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Revista de Antropologia

Print version ISSN 0034-7701

Rev. Antropol. vol.47 no.1 São Paulo  2004

http://dx.doi.org/10.1590/S0034-77012004000100010 

RESENHAS

 

Lorena Isabel Córdoba

CONICET - UBA

 

 

Barrig, Maruja. El mundo al revés: imágenes de la mujer indígena, Buenos Aires, CLACSO-ASDI, 2001, 127 pp.

Este libro pretende, primero, encontrar las causas de las curiosas omisiones que las feministas peruanas de la década de 1970 hacían respecto de las mujeres indígenas de las zonas rurales andinas. En segundo lugar, propone indagar en una marcada resistencia de los funcionarios de Organizaciones No Gubernamentales de Desarrollo (ONGs) para aceptar que las campesinas andinas se encuentran discriminadas, tanto en el ámbito de su familia como en el de sus comunidades (p. 11-2).

Para comprender este tipo de investigación, debemos decir que la autora se reconoce como activista feminista peruana, además de escritora; y que militó dentro del movimiento feminista peruano en la misma década propuesta para su análisis. Pero, a la vez, que también rescata su experiencia como consultora para ONGs en el tema específico de la incorporación de la perspectiva de género en los diferentes programas de desarrollo, así como su rol de organizadora de talleres para funcionarios en la "planificación con perspectiva de género". Toda una serie de razones, en suma, habilitan a Barrig para echar luz sobre el problema con propiedad.

El libro plantea dos interrogantes iniciales: 1. ¿Qué sucedió con el movimiento feminista peruano y la mujer indígena? 2. ¿Qué sucede actualmente con la mujer campesina y las organizaciones no gubernamentales? Para dar respuesta al primero, no bastan las justificaciones basadas en el racismo: "así concluir en el racismo como sentimiento también compartido por las feministas limeñas a modo de explicación para esta omisión respecto de las indígenas de la sierra y las andinas del servicio doméstico, no era suficiente" (p. 12). Para responder el segundo, la autora explica la doble imagen que en Perú se tenía o se tiene del indio: por un lado, como eco lejano del debate entre los religiosos españoles durante la época de la conquista, es visto como un nativo sin alma a la espera de ser civilizado; por el otro, coexiste con esta imagen la representación de los indígenas altivos, orgullosos de su tradición y que reinvindican los nexos con el imponente imperio incaico.

Según la propia autora, el libro no pretende ser más que una crónica de los discursos de distintos sectores sociales en los que rastrea ciertas "representaciones binarias", que llama "imágenes al revés". Se apoya para ello en testimonios orales, como también en la literatura de ficción, por ejemplo en ensayos de autores no muy difundidos pero cuyas ideas graficaron en su tiempo cierto "sentido común" compartido por "los peruanos" acerca de los indígenas de su país.

El libro se divide en dos partes. Los capítulos de la primera abarcan temáticas como la definición del "indio peruano", las diferencias genotípicas, las relaciones entre el servicio doméstico y la población indígena andina y, finalmente, el surgimiento y desarrollo del movimiento feminista peruano. En la segunda se recorre la base histórica del imperio incaico y algunas de sus relaciones con las representaciones sociales actuales: tomando lo que creen un "ideal de igualdad" propio de los incas, muchos funcionarios de las ONGs peruanas lo transforman en una realidad incuestionada e incuestionable y lo trasladan luego a los planes de desarrollo vigentes. Sin embargo, el desarrollo del libro parece prometer una articulación final y comprehensiva de ambas partes del libro, que por alguna razón no ocurre. Esto no impide que algunos de sus aspectos resulten interesantes por separado, desde ya; pero es el lector quien debe realizar o no algún tipo de conexión entre ellas.

Aunque el tema central es "la mirada sobre la mujer indígena", casi no se puede distinguir si Barrig habla en general, como la anuncia el título de su libro, o solamente sobre la mujer andina. Parece caer en el mismo tipo de problemas de los cuales se ha quejado, representando "metonímicamente" al Perú sólo por su historia y sus grupos étnicos andinos. Queda sin analizar la "otra" población indígena, la que no pertenece a los Andes, la que una vez más no ha sido tomada en cuenta. Si antes no aparecían en el cuadro las mujeres indígenas, el libro deja la sensación de que las que ahora faltan, las que han sido silenciadas, son por ejemplo las indígenas amazónicas. Esto no sería problema si la autora lo especificara en algún momento de su escrito, o pusiera de relieve por qué en "imágenes de la mujer indígena" hay una fracción poblacional que jamás es considerada. Otra falencia es que se podrían haber caracterizado de una manera antropológicamente más fina las diferencias o similitudes entre las categorías de "mujer andina", "mujer indígena", "mujer campesina" y "chola", que la autora utiliza indistintamente, así como los sentidos que distintos grupos de la población peruana atribuye a cada una de ellas.

Quizá uno de los aciertos del volumen sea una de las respuestas que propone para su primera pregunta: la omisión de las mujeres indígenas por parte de las feministas peruanas. Al entrevistar a varias activistas, surge la misma idea, tan abrumadora por su sencillez como por su brutalidad: "no las vimos". Barrig describe su propio perfil como el de sus compañeras en aquella época: mayoritariamente limeñas, provenían de la clase media, habían tenido una formación universitaria en humanidades y estaban políticamente comprometidas con la izquierda. La mayoría de las activistas tenían en sus casas empleadas domésticas justamente pertenecientes a las zonas rurales. La contradicción que ello generaba en las feministas era evidente: se luchaba contra la explotación de la mujer, pero ellas mismas eran las que contribuían con esa situación contratando mujeres indígenas para limpiar o cuidar sus hogares. Se luchaba por la igualdad de oportunidades, por la mejora de las condiciones de trabajo y por la dignidad laboral; pero a la vez estas mujeres eran demasiado necesarias como servicio doméstico como para empezar la lucha "en casa".

Si bien, los testimonios que presenta la autora para ilustrar este tipo de problemáticas no dejan de ser interesantes y evidencian toda una época, en el final del libro Barrig se ve forzada a reconocer que no puede brindar conclusiones definitivas sobre el silencio de las feministas y su ignorancia de los asuntos indígenas. Ello implicaría, dice, tocar un problema aún mayor, que de forma sorpresiva es "el prejuicio racial" existente en las clases sociales peruanas (el mismo que, recordemos, en la página 12 reputaba como explicación insuficiente): "En un país como el Perú, de gentes mezcladas y coloreadas, el prejuicio racial es doblemente absurdo, aunque las brechas socialSes existentes permiten que éste encaje en la segmentación de los grupos" (p. 119). No podemos evitar el desconcierto. El tema con que se concluye, el tema del cual no se habla, el que aparece sólo como una sugerencia en la inconclusiva conclusión, es precisamente el que parece constituir uno de las vías más promisorias para construir una respuesta a los mismos dilemas que Barrig se ha preocupado por plantear.