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História, Ciências, Saúde-Manguinhos

Print version ISSN 0104-5970On-line version ISSN 1678-4758

Hist. cienc. saude-Manguinhos vol.7 no.2 Rio de Janeiro July/Oct. 2000

http://dx.doi.org/10.1590/S0104-59702000000300006 

 

 

 

 

 

 

Los circuitos del agua y la higiene urbana en la ciudad de Cartagena a comienzos del siglo XX

Water pipelines conduits and urban sanitation in Cartagena in the beginning of the twentieth century

 

 

 

 

El presente trabajo es el resultado de la investigación financiada por Colciencias: ‘Prácticas y discursos de medicalización e higiene en la formación de la salud pública en las ciudades del Caribe colombiano 1880-1930’.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Álvaro León Casas Orrego

Universidad de Antioquia
Cartagena, Colômbia
Carrera 46 A 46 sur Envigado Antioquia
Medelin Colômbia
casas@epm.net.co

 

 

ORREGO, A L. C.: ‘Los circuitos del agua y la higiene urbana en la ciudad de Cartagena a comienzos del siglo XX’. História, Ciências, Saúde — Manguinhos, vol. VII (2), 347-75, jul.-out. 2000.

Cartagena de Indias, puerto en el Caribe colombiano, convivió durante su historia con la desventaja de no poder ofrecer condiciones de salubridad a sus habitantes y visitantes.
La falta de un acueducto y de un sistema de alcantarillado fueron obstáculos para el progreso de la ciudad. Estos problemas provocaron, casi por cuarenta años (1890-1930), un sinnúmero de discursos de medicalización formulados por científicos, técnicos y políticos.
El aporte de Cartagena a la solución del problema de la higiene de las ciudades consistió en aprovechar el saber del ingeniero. La construcción del equipamiento urbano, a comienzos del siglo XX, requirió la presencia de un conocimiento más técnico que planteara una solución integral para el problema del agua, garantizando abastecimiento suficiente y eficiente evacuación. Así, en el último cambio de siglo, el médico deja de ser la única autoridad en los asuntos de regulación de la vida urbana. Las obras que demandan al ingeniero y lo involucran en la salubridad pública producen una distinción entre "higiene" y "ciencia sanitaria".

PALABRAS CLAVES: agua, alcantarilla, ciudad, higiene, medicina, ciencia sanitaria, ingeniería

ORREGO, A L. C.: ‘Water pipelines conduits and urban sanitation in Cartagena in the beginning of the twentieth century’. História, Ciências, Saúde — Manguinhos, vol. VII (2), 347-75, July.-Oct. 2000.

Throughout its history, Cartagena de Indias, a seaport in the Colombian Caribbean, has been handicapped for not offering salubrious conditions to its people and visitors. The lack of an aqueduct and a sewerage system was an impairment to progress. For nearly forty years (1890-1930) these problems have caused a myriad of medical discourses formulated by scientists, technicians and politicians. Cartagena’s contribution to solve the sanitation problem in cities has consisted in making use of engineers’ knowledge. The construction of urban facilities in the beginning of the twentieth century required a more technical knowledge, one which would advance a comprehensive solution to the water problem, ensure sufficient supply and efficient drainage. Thus, in the last turn of the century, the medical doctor is no longer the only authoritative voice when it comes to the management of urban life. The construction works which require an engineer, involving him in public health, have drawn a distinction between "hygiene" and "sanitary science".

KEYWORDS: water, sewerage, city, sanitation, medicine, sanitary science, engineering.

 

Agradezco a las estudiantes del programa de historia de la Universidad de Cartagena, Indira Vergara, Estela Simancas y Elsy Sierra, por su colaboración como miembros del equipo de investigación. A Angélica María Charris, en Barranquilla, a Marta Martínez, en Santa Marta, a Felipe Gutiérrez y Mary Luz Toro, en Medellín y al historiador Jorge Márquez Valderrama, investigador principal del proyecto, por su valiosa ayuda en la redacción definitiva del texto.

Introducción

     La falta de un acueducto suficiente y de buena calidad para el abasto doméstico e industrial de la ciudad de Cartagena y la carencia de un sistema de evacuación de aguas usadas fueron dos de los más importantes obstáculos para el progreso material de la ciudad en el último cambio de siglo. En pleno comienzo de la modernización de las estructuras urbanas de las principales ciudades de Colombia y en el momento en que Cartagena enfrentaba retos como el del aumento de población y el crecimiento de su perímetro urbano, la ciudad tenía la enorme desventaja de no contar con agua suficiente para ofrecer mínimas condiciones de salubridad para sus habitantes y visitantes y las aguas usadas contaminaban calles y espacios públicos, estancándose junto con las basuras en pestilentes muladares. Esta situación, que se mantuvo durante casi cuarenta años (1890-1930), provocó un sinnúmero de discursos, discusiones y proyectos formulados desde distintas instancias científicas, técnicas y políticas que traemos a consideración para ayudar a la comprensión de problemas viejos que son aún hoy motivo de preocupación como el de las condiciones medioambientales y su grave deterioro.

Antecedentes

     Desde el año de 1533, lo había advertido Pedro de Heredia al elegir el lugar para la fundación de la ciudad y verificar que no había agua en la isla de Calamarí. En consecuencia, los habitantes de Cartagena debieron abastecerse todo el tiempo, hasta comienzos del siglo XX, de agua lluvia colectada en aljibes y jagüeyes.
      El almacenamiento de aguas lluvias en aljibes y un sistema de evacuación ‘natural’, que dependía de las épocas de lluvia, eran los dos componentes del ‘sistema de aguas’ ideado por los primeros pobladores. En las dos últimas décadas del siglo XIX, se ve aparecer una nueva conciencia entre las autoridades civiles y los médicos higienistas de Cartagena. El sistema de aguas de Cartagena se había vuelto caduco y peligroso. Ya no llenaba las necesidades de una ciudad que día a día ampliaba sus términos por fuera de la ciudadela amurallada. Médicos y autoridades comenzarán diálogos y discusiones en la búsqueda de soluciones al estado de constante insalubridad de la ciudad. Aguas estancadas, permeabilidad de las conducciones construidas en cal y ladrillo y filtraje de suciedades, desde las cañerías porosas que conducían aguas usadas hacia los depósitos subterráneos de agua potable, son algunos de los problemas que empiezan a ser denunciados por médicos y periodistas, en plena época del auge de la higiene pasteuriana.
      Un primer intento de buscar una solución con recursos locales se expresa en la comunicación del gobernador José Manuel Goenaga G. al empresario Ramón B. Jimeno, en 1888.1 Según él, la solución no podía ser individual y dejarse en manos de los particulares "que no tienen recursos suficientes para la construcción de cisternas como las que abastecían las necesidades de los pocos pobladores en tiempos de la colonia". Además, reconocía que ese sistema de cisternas presentaba dos serios inconvenientes: primero, su dependencia de la estación de lluvias; y segundo lo que el gobernador consideraba más grave que podía constituirse en origen de algunas de las enfermedades endémicas que azotaban la ciudad, toda vez que se trataba de aguas estancadas en depósitos subterráneos de cal y ladrillo (Registro de Bolívar, 12. 3. 1888, p. 78).
      El propósito del gobernador Goenaga de interesar a Jimeno en la solución del problema del agua en Cartagena no tuvo los resultados esperados. En consecuencia, al no encontrar las autoridades civiles soluciones con recursos colombianos, la historia del sistema de distribución de agua potable domiciliaria de la ciudad estuvo marcada por la intervención técnico-financiera de empresas extranjeras. En general, en las primeras cuatro décadas del siglo XX, el proceso de construcción, administración y usufructo del equipamiento de servicios públicos de la ciudad fue responsabilidad de compañías foráneas, al principio inglesas y luego norteamericanas.

El acueducto de Russell: entre la modernidad y el fraude

     En la ciudad de Cartagena, luego del acueducto de canal propuesto por los primeros españoles, al que los comerciantes y encomenderos llamaron irónicamente "el canal fantasma" (Gómez, 1996, p. 287), no hubo otra propuesta de acueducto hasta el año de 1892, cuando la Gobernación de Bolívar contrató a una compañía inglesa, representada por Arturo J. Russell, para la construcción de un acueducto que suministrara "agua potable a la ciudad" con una proyección futura para treinta mil habitantes.2 A partir de esta fecha, se suceden en Cartagena una serie de compañías extranjeras interesadas en establecer y/o explotar en la ciudad, en sus barrios y cercanías,3 un acueducto moderno en tubería de hierro. La contratación de las firmas europeas o norteamericanas implicaba la incorporación de nuevas técnicas y la utilización de ingenieros extranjeros.
      El acueducto Russell, de acuerdo con el contrato firmado en 1892 entre este empresario y el gobernador del departamento, debía suministrar agua potable a la ciudad de Cartagena, sus barrios y sus agregaciones (Ordenanzas, resoluciones y contratos expedidas por la Asamblea de Bolívar, 1894, pp. 288-96). La conducción del agua debía efectuarse a través de tubos de hierro fundido con un diámetro suficiente para proveer a toda la población con una cantidad de quince galones diarios por cabeza y todo el sistema debía estar enterrado a una profundidad de uno y medio a dos pies. Una verdadera maquinaria hidráulica se instalaría debajo de la ciudad. En la superficie, la gobernación ponía a disposición del empresario, previo permiso del gobierno nacional, la parte necesaria del Fuerte de San Felipe, conocido entonces con el nombre de El Cerro, para el establecimiento de un tanque con suficiente capacidad para mantener las reservas de agua que garantizaran la regulación del servicio. Señalaba como fuentes los arroyos de Turbaco, Matute, Colón o Torrecilla.
      Todo estaba aparentemente muy calculado para ofrecer una solución ‘moderna’ a las carencias de agua de consumo doméstico e industrial de la ciudad. Sin embargo, en el contrato Russell de 1892, no se menciona la necesidad de construir simultáneamente un sistema de cañerías subterráneas para la evacuación de aguas usadas. ¿Se trataba acaso de una particular idea de la higiene urbana que compartían las autoridades civiles de la ciudad, los médicos higienistas y los contratistas extranjeros? ¿Era por falta de recursos? ¿Había negligencia de las autoridades? ¿Hubo segundas intenciones por parte de los contratistas ingleses? "El transporte y alejamiento de las inmundicias, según lo indica la ‘ciencia sanitaria’, debe hacerse mediante el sistema de alcantarillado o de cloacas, consistente en la construcción de alcantarillas o tubos por donde pasan las aguas que llevan en solución o suspensión las excretas" (Chivas, 1905, p. 309). A finales del siglo XIX, estos sistemas de evacuación de las aguas sucias, que arrastran inmundicias, se conocían y aplicaban bastante bien en Europa y en los Estados Unidos. Inglaterra había acumulado una experiencia de casi un siglo en la construcción de redes de acueducto y alcantarillado lo que la convertía en ese momento, junto con los Estados Unidos, en país de vanguardia en estas tecnologías.4 En ese momento, un empresario inglés como Arturo J. Russell, debería saber que para lograr el saneamiento de una urbe era necesario un circuito de tuberías de hierro que abasteciera de agua las viviendas, establecimientos fabriles, comerciales y fuentes públicas; pero además, debería saber también que ese circuito de agua potable tenía que ser articulado con un sistema de evacuación rápida e invisible para evitar acumulaciones que pusieran en peligro la salud de los habitantes.5
      En 1890 no existía en la ciudad de Cartagena un ‘sistema’ subterráneo de evacuaciones de aguas residuales. Todavía a finales del siglo XIX, las evacuaciones en la parte amurallada de la ciudad se realizaban mediante dos técnicas establecidas por los españoles durante el periodo de la colonia aprovechando las aguas torrenciales que corrían por las pendientes de las calles y salían por los "husillos" de las murallas que servían como conductos de evacuación de los "desechos líquidos", arrastrándolos hacia el mar. Igualmente, el caño de San Anastasio, que se consideraba desde el siglo XVII como la "alcantarilla natural" de la ciudad, dependía también de las lluvias para ser eficiente en su función. A finales del siglo XIX, este canal se había convertido en uno de los peores "focos de infección" y en un obstáculo a la expansión urbana de la ciudad.
      Un sistema de evacuaciones que dependía de la temporada de lluvias no garantizaba la higiene de la ciudad. En el verano, el polvo y la escasez de agua afectaban considerablemente la salud de sus habitantes. El consumo de las pocas aguas de aljibe era causa de disenterías y las basuras que se acumulaban formaban verdaderos focos de contaminación. En el invierno, por su parte, las primeras lluvias encontraban casi siempre obstruidos los desagües y, en consecuencia, los desechos líquidos se acumulaban en las cunetas de las calles y se formaban charcas que se constituían en criaderos de mosquitos.
      A finales del siglo XIX con la reactivación de las actividades comerciales y el despegue de los primeros ensayos industriales y a medida que la población aumentaba y crecían sus demandas de servicios, las condiciones sanitarias de Cartagena se deterioraban día a día. En estas condiciones, el acueducto de Russell, además de no solucionar el abasto de agua, se había convertido en un atentado a la higiene de la ciudad.

Otros acueductos

     En estas circunstancias, en 1905 el gobernador de Bolívar, Enrique Luis Román, firmó otro contrato con el ingeniero y empresario jamaiquino James T. Ford6 para el establecimiento en la ciudad de un acueducto utilizando las mismas fuentes de agua que anteriormente se habían indicado para el contrato Russell. El acueducto entró en funcionamiento a comienzos de 1907. Pero, en menos de un mes, el señor Ford transfiere los derechos de explotación a la compañía inglesa denominada Cartagena (Colombia) Water Works Ltda., la cual ofrece el 20% de sus acciones a empresarios cartageneros, quienes asumen todas las responsabilidades y privilegios adquiridos por J. T. Ford.
      Pero, esta vez, la falta de una alternativa diferente con respecto a las fuentes de agua, que tuviese en cuenta las nuevas dimensiones de la población a comienzos del siglo XX, trajo consigo problemas de insuficiencia del líquido y generó situaciones conflictivas con los hacendados de Matute y Turbaco, quienes se quejaban de perder agua para sus ganados.7 Después del litigio de las aguas de Turbaco entre la empresa del acueducto y los dueños de las tierras, con la intervención directa del ministro de obras públicas, Aurelio Rueda, el ingeniero inglés William Eduard Hughes Dickin adquiere en 1916 los derechos de propiedad del acueducto de Cartagena.8 En esta ocasión, el propósito es prolongar la tubería existente hasta un punto adecuado del río Magdalena para conducir al tanque de reserva de Matute, por medio de bombas y filtros, una cantidad de agua suficiente para abastecer a una población hasta de ochenta mil habitantes y suministrar, además, las cantidades necesarias para riego de calles y fuentes públicas.

Crisis del acueducto

     Sin embargo, la falta de agua potable seguía constituyendo uno de los más grandes problemas que tenía la ciudad de Cartagena y que detenía su crecimiento a principios del siglo XX. Desde finales de la década de 1910, el acueducto que tomaba agua de Matute se había hecho insuficiente e ineficiente. La población había aumentado considerablemente, y lo más grave, la carencia de un tratamiento complementario para eliminar el alto tenor de calcio que poseía provocó grandes incrustaciones en su tubería con la consiguiente reducción del diámetro de ésta y de su capacidad de transporte (Lemaitre, 1983, p. 580). En consecuencia, el agua no llegaba a las ‘cercanías’ de Cartagena.
      Según El Porvenir (18. 4. 1916, p. 2), "barrios excéntricos, como el de Manga, que en un principio tuvieron un desarrollo a saltos asombrosos, han quedado paralizados desde que se hizo difícil, casi imposible, la consecución del agua a los pobladores de escasos recursos". Los barrios extramuros, agregaba el artículo, eran abandonados en un movimiento de retorno a los barrios centrales de La Catedral y San Diego. Las aglomeraciones seguían constituyendo un serio peligro para la higiene pública. El cálculo de una ciudad con ochenta mil habitantes dependía directamente de las posibilidades de un crecimiento urbano que garantizara un buen abastecimiento de agua.
      Todavía en 1920, en el marco de la Sexta Conferencia Sanitaria Internacional Panamericana, celebrada en Montevideo en el mes de diciembre, el director nacional de higiene, delegado de la República de Colombia, Pablo García Medina insistía en señalar, con mucha puntualidad, que las dos más urgentes necesidades del puerto de Cartagena eran la provisión de agua y la lucha contra el mosquito. Al identificarse con las memorias presentadas por otras delegaciones panamericanas, García Medina (s. d., pp. 64-80) reconoció que una vez atendido el problema del abasto de agua "se resolverán fácilmente los problemas de letrinas y alcantarillados que de ella dependen".
      El interés del director nacional de higiene en el saneamiento de la ciudad de Cartagena estaba ligado directamente con la preocupación por la sanidad de los puertos. Desde 1914, cuando estaba próximo el servicio de navegación interoceánica a través del canal de Panamá, el mismo Pablo García Medina (1914, pp. 289-93), entonces presidente del Consejo Superior de Sanidad, advertía ante el Senado de la República que a las autoridades sanitarias de la oficina central de Washington, en cumplimiento con las convenciones sanitarias internacionales, no les bastaba "para considerar saneado un puerto ... el que no haya enfermedad alguna de las llamadas pestilenciales (peste, fiebre amarilla y cólera) u otras infecciones, como tifo, fiebre tifoidea etc. Ellas exigen, y con razón desde el punto de vista de la higiene, que los puertos y las poblaciones, que estén en rápida y constante comunicación con éstos, tengan agua potable debidamente vigilada, acueducto bien construido, excusados higiénicos y alcantarillas."
      El 29 julio de 1916, el general norteamericano William Crawford Gorgas, jefe de la oficina sanitaria del canal de Panamá, al mando de una expedición sanitaria norteamericana compuesta por 27 personas con destino a varios puertos de sur América, fondeó en la bahía de Cartagena en el vapor Zapara. Según su itinerario, debía permanecer varios días en esta ciudad. Pero, antes de saltar, tuvo la precaución de pedir datos sobre los hoteles y otras cosas. En respuesta, fue informado que "en los principales hoteles de la ciudad no se conseguía agua suficiente para el aseo de inodoros etc." Con esta información, el importante higienista resolvió no quedarse, siguiendo viaje en el mismo buque para Puerto Colombia. De inmediato, El Porvenir (31. 7. 1916, p. 2), principal exponente de la prensa local, interesado en conservar la buena imagen de la ciudad y del puerto, más aún cuando se trataba de una persona de cuyos informes podía depender el levantamiento de las cuarentenas, propuso que los jefes de sanidad tomaran cartas en el asunto de los hoteles y casas de asistencia y se cerciorasen si efectivamente tenían agua suficiente para la limpieza y demás servicios. Este periódico se encargó, también, de hacer aparecer el hecho como desinformación mal intencionada de "alguien empeñado en presentar nuestro puerto y ciudad como inadaptados a la vida moderna y desprovistos de las más elementales cosas necesarias". La verdad era que el general Gorgas había vivido la experiencia de escasez de agua en junio de 1904, cuando se organizaba el Hospital de Ancón como una de las medidas sanitarias para el saneamiento de la zona del canal de Panamá (Gorgas, 1918, p. 229). La realidad de Cartagena en aquella época era que no tenía ni agua limpia suficiente ni un sistema de cloacas.
      La posición del doctor García Medina estaba en abierta contradicción con la memoria sobre las condiciones higiénicas de Cartagena que en 1918 había presentado el doctor Manuel Pájaro H.9 ante los delegados al Tercer Congreso Médico Nacional. García Medina (s. d., p. 76) insistía que Cartagena sufría de manera creciente las consecuencias de una deficiente provisión de aguas, «siempre defectuosa por su calidad". Denunciaba en la Conferencia Panamericana que en Cartagena,

una parte del agua se obtiene de dos quebradas que distan más o menos cinco millas de la población y que, conducida por tubería metálica, se distribuye a los habitantes acomodados de la ciudad; la mayor parte de la población hace uso de agua llovediza recogida en cisternas construidas en general dentro de las antiguas murallas, sujeta por consiguiente a una segura contaminación; o bien recogida en aljibes que se encuentran en los solares y en otros lugares de la ciudad, sujetos también a contaminaciones provenientes de las basuras o de las muy defectuosas letrinas. La calidad del agua que suministra el acueducto deja mucho que desear: son aguas que tienen un sabor salado y dureza marcada; por otra parte, se proveen en cantidad relativamente escasa. Las aguas de aljibe y cisterna son escasas porque las lluvias han disminuido considerablemente en los últimos años. Si a esto se agrega el aumento visible de la población y el desarrollo de las industrias fabriles, se verá la urgencia de cambiar esta situación que coloca a Cartagena en la categoría de los puertos peligrosos porque es terreno favorable para las infecciones que como la disentería, la fiebre tifoidea, el paludismo, nacen fácilmente en semejantes condiciones.

     De otro lado, si bien la idea del ingeniero W. E. Hughes Dickin - de utilizar como fuente del acueducto las aguas del río Magdalena - carecía de un estudio técnico preliminar, contó con el respaldo del ministro de obras públicas, Aurelio Rueda, muy interesado en la mejora del acueducto para Cartagena y quien, al parecer, había atendido a la gestión de Pablo García Medina ante el gobierno nacional para que se lograse la aprobación del nuevo contrato de acueducto.10 El ministro Aurelio Rueda consideró que los estudios necesarios para el establecimiento de un acueducto con agua del río Magdalena estaban ya contenidos en los trabajos que la empresa Pearson & Son11 había elaborado en 1915 para el saneamiento del puerto de Cartagena. Realmente, esta firma londinense había limitado sus estudios al diseño de diversos planos urbanos de la bahía de Cartagena, tal como lo había hecho para Bogotá, y a algunas recomendaciones para el más ágil e higiénico funcionamiento de la navegación en el puerto.12 Sin embargo, la que parecía ser la única alternativa confiable para una fuente de agua con la que se pudiese abastecer las necesidades higiénicas de la ciudad contó con el concepto favorable del doctor Pablo García Medina. García Medina proponía, para remediar la situación de la escasez de agua en la ciudad de Cartagena, que se prolongase el acueducto hasta el canal del Dique o hasta el río Magdalena.
      El primero de estos proyectos sería el menos costoso, pero tendría varios inconvenientes entre los cuales resalta la inferioridad de la calidad de esta agua respecto a la del Magdalena y el temor fundado de que en épocas de gran sequía no pudiese el canal del Dique suministrar la cantidad necesaria. El segundo proyecto no presentaba estos inconvenientes, pero resultaba mucho más costoso. En este sentido, en su calidad de representante de Colombia a la Conferencia Sanitaria Panamericana, García Medina (idem, p. 76) hizo un llamado urgente al gobierno nacional y al gobierno departamental para que apoyaran eficazmente al municipio de Cartagena en la solución de su problema de agua, toda vez que se trataba del "puerto marítimo más importante"S del país.

Médicos e ingenieros: ¿diálogo científico?

     En Colombia, a finales del siglo XIX, se oficializó el papel regulador de la medicina en materia de ordenamiento urbano, sobre todo en el momento de la constitución de sociedades científico-médicas como cuerpos consultivos de los gobiernos. A partir de esta alianza entre medicina y autoridades, comienza un proceso de medicalización de la función de distribución del agua en las principales ciudades y se la convierte en un problema que involucra el saber de la higiene.
      En las diversas sociedades médicas que se formaron en las principales ciudades colombianas a finales del siglo XIX (Bogotá, Medellín, Cali, Cartagena, Bucaramanga, Barranquilla) es muy notoria la preocupación por la higiene urbana y se publicaron en sus respectivas revistas artículos sobre el tema. Se trata de discursos en los que la higiene ya no es un adjetivo (del griego hygeinos, lo que es sano), sino un saber definido como el conjunto de los dispositivos y de los conocimientos que favorecen el mantenimiento de la salud; se trata también de un nuevo campo abierto como materia del saber médico (Vigarello, 1991, p. 210). La aparición de la figura del médico-higienista en Colombia tiene que ver con la de estas sociedades, pues ellas serían los cuerpos consultivos del estado para los asuntos de higiene y salubridad. Ser médico higienista era desempeñar una nueva función social en ejercicio público de la medicina dentro de una institución que era el "cuerpo médico de la ciudad" (Obregón, 1992, p. 63).13 Es la higiene pública, como rama de la medicina, el lugar en el que los médicos colombianos de finales del siglo pasado y comienzos del presente van a reclamar su competencia científica como autoridades reguladoras del orden urbano y lo harán con fuerte convencimiento y optimismo inédito, pues consideran que, a partir de los descubrimientos pasteurianos, la medicina ha dejado de ser ciega y ha comenzado, por primera vez, a curar y prevenir las enfermedades colectivas.
      Este auge del higienismo médico en las dos últimas décadas del siglo XIX, contemporáneo del primer intento de organización de una política sanitaria nacional,14 no llegó a ser en esa época una solución para los problemas de insalubridad que afectaron a las poblaciones colombianas y, por supuesto, tampoco para los que padecieron las ciudades de la costa atlántica. Todavía en 1913, en el marco de los trabajos del Segundo Congreso Médico de Colombia, el ingeniero civil Lucio Zuleta (1917, pp. 7-22) señalaba que en materia de saneamiento urbano "Colombia está apenas en sus principios."15
      La mala calidad de las aguas y su denuncia como causa de enfermedades frecuentes en la época del verano era el tema común en los discursos de los médicos higienistas y de la prensa comercial de Cartagena. La disentería y la fiebre disentérica eran asociadas a la ausencia completa de las lluvias. El doctor Rafael Pérez C. (1897, pp. 330-8),16 en un interesante ‘trabajo original’ sobre el estado sanitario de Cartagena en 1897, admite como causa de la disentería la mala calidad de las aguas, reconociendo también para las fiebres disentéricas, además del problema del agua, al paludismo como endemia constante de la ciudad.17 Sobre el consumo de aguas, anota en el mismo trabajo, la manera como casi todos los habitantes de la ciudad hacen uso del agua de aljibes en los que "en ocasiones nos ha sorprendido observar, por la prolongación del verano, cierta coloración anormal del agua y la presencia de vegetales en descomposición que le comunican a veces un olor y un sabor más o menos desagradables". De lo anterior, concluye el doctor Pérez, "fácilmente se comprende la participación considerable que esta agua, así alterada, podría tomar en la génesis de ciertas perturbaciones de las vías digestivas".
      Por otra parte, la creencia de que el agua obraba como causa eficiente en la producción de enfermedades como la elefantiasis árabe, el hidrocele y los vermes intestinales mantenía divididas las opiniones de los médicos de Cartagena: mientras unos eran partidarios del papel del agua en la producción de dichas enfermedades, otros preferían asignar a estos estados patológicos causas diferentes. Como miembro de la Academia de Medicina de Medellín, el doctor Pérez prefirió adoptar una posición prudente: "Nosotros, sin adherirnos a ninguno de los dos bandos, aguardamos a que el tiempo y, sobre todo, la experimentación nos indiquen claramente de qué lado está la verdad."
      Pero cualquiera que fuese la posición de los médicos con respecto a la incidencia del agua en aquellas enfermedades, lo que más llama la atención en la postura del doctor Pérez, así como en la de otros higienistas de su tiempo, es la ausencia del tema de las evacuaciones de detritus. Al tratar del saneamiento de las poblaciones, su preocupación no va más allá que garantizar el abastecimiento de agua con la convicción de que las evacuaciones se producen gracias a un sistema ‘natural’ determinado por el régimen de lluvias. Se evidencia aquí un discurso higienista que caracteriza la manera médica como en Colombia, a finales del siglo XIX, se enfrenta el tema del agua para consumo humano, tratándolo sin tocar para nada el asunto de la evacuación de aguas usadas. Es una insólita manera moderna de concebir la higiene de las ciudades, visible también en el ‘trabajo original’ del médico Manuel Prados (1894, pp. 145-54) sobre las condiciones higiénicas de Sincelejo.
      Con la única diferencia de un punto en el que trata el tema del Hospital de Cartagena, el artículo de Pérez (1897) parece seguir el esquema adoptado por Prados (1894). Los dos artículos describen la "ciudad" y la "población" "desde el punto de vista higiénico". El modelo usado en ambos llena los siguientes apartados: ubicación geográfica, clima, cementerio, abastecimiento de agua, alimentación e "índole de sus habitantes", mercado público y matadero, nosología de la región y su relación con los cambios atmosféricos, demografía (nacimientos y defunciones) y condiciones de vida de los pobladores. En los dos, el apartado del agua queda incompleto. La preocupación por el agua limpia deja en el olvido el problema de las aguas sucias que deben evacuarse como factor indispensable para la conservación de la salubridad urbana.18 Opuestos a una forma de limpieza que arroja las inmundicias a la calle, los discursos higienistas de finales del siglo XIX y comienzos del XX parecen aceptar el sistema natural de las evacuaciones por medio de la lluvia y la construcción de letrinas en todas las viviendas: esos depósitos secos en los que se pueden arrojar "las aguas sucias procedentes de la limpieza de ropas, vajillas y el lavado corporal".19
      La necesidad de dar solución a los problemas de insalubridad, agravados con el crecimiento paulatino de la población que se hacinaba por el escaso aumento del perímetro urbano dentro de la ciudad amurallada, y la construcción de un acueducto moderno, que no se complementaba con un adecuado sistema de alcantarillado, constituyeron las circunstancias que definieron la participación de la "ciencia sanitaria" como saber técnico-científico en las instancias reguladoras del orden urbano. Al lado de médicos como Rafael Calvo, Manuel Pájaro, Manuel R. Pareja, Rafael Pérez, Miguel A. Lengua, Camilo S. Delgado, la ciudad de Cartagena, en el último cambio de siglo, contó con la presencia e influencia de ingenieros civiles y sanitarios como J. M. Tobías, Ricardo Arango, Eduardo Chivas, Pearson, Geo Bunker y Umberto Bozzi que, en distintos momentos y circunstancias, propusieron nuevos puntos de vista, diferentes del de los médicos-higienistas.
      El proceso de construcción del equipamiento urbano moderno a comienzos del siglo XX requirió la presencia de otro saber, más técnico pero no por eso menos científico, que planteaba una solución integral a la insalubridad urbana garantizando circuitos de agua con suficiente abastecimiento y eficiente evacuación. En el último cambio de siglo, el médico ya no es la única autoridad en los asuntos de regulación de la vida urbana. Las obras que demandan al ingeniero y lo involucran en la salubridad pública producen una clara distinción entre la "higiene" y la "ciencia sanitaria". De esta manera, el médico encuentra nuevos interlocutores, pero al mismo tiempo su autoridad científica, en materia del abastecimiento de agua potable, se ve desplazada por la del ingeniero quien se ocupará en adelante de la construcción de los acueductos y particularmente de los alcantarillados. La entrada en escena de este nuevo personaje sugiere la comprensión de la necesidad de las evacuaciones como complemento imprescindible de los circuitos urbanos del agua. La gran novedad de los circuitos del agua, en la Cartagena de comienzos de este siglo, consistió pues en involucrar un nuevo saber que se agregaba a las reflexiones médicas sobre el agua de finales del siglo XIX y su relación con la higiene de las ciudades: el saber del ingeniero.

El ingeniero y la ciencia sanitaria

     En un texto del ingeniero civil Ricardo M. Arango (1903, pp. 189-93), redactado en Panamá en 1903, aparecen las medidas que deberían adoptarse "para el mejoramiento del estado sanitario de la ciudad". Su publicación oficial en Cartagena constituyó la difusión por primera vez de un nuevo tipo de saber científico-técnico aplicable al saneamiento urbano."La higiene, dice el ingeniero Arango, es la conservación de la salud individual conforme las indicaciones del médico. La ciencia sanitaria, más amplia que aquella, tiene por objeto primordial la preservación y protección de la salud de la comunidad mediante la acción combinada del médico, del ingeniero y de las autoridades civiles." Comprende, además, "todos los principios y todos los métodos que tienden al mejoramiento de la salud de los asociados y a contrarrestar el desarrollo de gérmenes genitores de enfermedades".20 Desde el punto de vista del ingeniero sanitario, la higiene es dominio del médico y es sólo una parte de la ciencia sanitaria. En la competencia de saberes, es aquí el ingeniero quien reclama para sí la autoridad científica en la higienización de la ciudad.
      No hay gran dificultad en evidenciar los motivos de la publicación oficial del informe de Arango en la ciudad de Cartagena. Sus recomendaciones para Panamá podían aplicarse casi todas en esta otra ciudad, pues ninguna de las dos poseía en ese momento "sistema de distribución de aguas". Además, en 1903, Cartagena sufría una terrible escasez de agua, aumentada por la presencia de tropas nacionales y por la especulación comercial con el costoso líquido. A raíz de la grave situación, el gobernador del Departamento de Bolívar expidió un decreto21 en el que se restringía el uso del agua de "los aljibes pertenecientes al gobierno" o "aljibes públicos" para "consumo de las tropas acantonadas en esta ciudad y para las personas enteramente pobres"; creaba el empleo de "celador de aljibes públicos" entre cuyas funciones se contaban la de asearlos por dentro y en sus canales, procurarles puertas y vigilar que se mantuvieran cerradas. El uso del agua limpia era un privilegio en la Cartagena de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, pues había que comprarla y los aljibes públicos, por su mal estado, constituían un verdadero peligro para la salud. La salud era, pues, otro privilegio de las gentes pudientes. Nada diferente de la situación del puerto colombiano en el Pacífico donde el dinamismo comercial y las obras de construcción del canal interoceánico hacían aún más grave la falta de agua.
      Otro rasgo común entre las ciudades de Cartagena y Panamá era la carencia de los elementos más necesarios y, sobre todo, de control de los mismos para garantizar la salud de la comunidad. "Agua abundante y de buena calidad, factor indispensable para mejorar la salubridad pública" constituía la divisa del ingeniero civil Ricardo M. Arango (1903, p. 189).
      También llama la atención en Arango, la clasificación de las aguas aptas para consumo humano (aguas lluvias, aguas subterráneas, pozos y fuentes) y los medios pasteurianos de purificación, considerados por el autor como el más importante objetivo de todo sistema de limpieza del agua debido al peligro que las bacterias representan en la transmisión de enfermedades infecciosas. Hay aquí un cambio respecto a la higiene del siglo XIX que atacaba los depósitos de aguas estancadas sin tener en cuenta este nuevo peligro de lo invisible puesto en evidencia por el químico Louis Pasteur y sus seguidores médicos.
      Con Arango, estamos ante el caso de un ingeniero pasteuriano por la doctrina y por la técnica. Entre los sistemas de filtros domésticos que recomienda se cuenta el inventado por Chamberland,22 el exitoso alumno de Pasteur, que ideó filtros para el agua y para el laboratorio y aparatos de esterilización como el autoclave.
      La importancia del informe del ingeniero Arango (1903, pp. 191, 192) consiste en que va más allá de las preocupaciones que en cierto modo compartía con los higienistas sobre el abastecimiento municipal y la higiene del agua. Constituyen también factores indispensables de la sanidad urbana para la ciencia sanitaria, la "colección y disposición de desperdicios" que distingue unos sólidos y otros líquidos y la "protección de la salud" en la vida colectiva de las ciudades que se ocupa de la "reglamentación de las construcciones de edificios, las desinfecciones, las vacunas, los baños públicos, las lavanderías y los lavaderos".
      Arango advierte que "los desperdicios humanos son perjudiciales para la salud" y distingue dos clases entre los desperdicios líquidos: las llamadas "aguas de albañal", que son las "infectadas por el jabón, por materias vegetales y animales, orines y materias fecales"; y los "residuos de cocina". Desde el punto de vista de la ciencia sanitaria, el ingeniero deja establecido que

cualquier sistema que se adopte para la remoción y disposición de estos desperdicios deberá obedecer a las reglas sanitarias que exigen: primero, que las aguas de albañal sean conducidas de la manera más rápida al punto escogido para su tratamiento final y segundo, que su disposición sea tal que queden incapacitadas para hacer daño al hombre. Sin duda alguna, el sistema que mejor llena estas condiciones es el conocido con el nombre de cloacas. Es esencial al funcionamiento regular de éste, una red de cañerías y una abundante cantidad de agua que por gravedad conduzcan con toda rapidez las aguas de albañal (y los residuos de cocina) al lugar donde deben recibir el tratamiento final. Sin agua no debe existir un sistema de cloacas. Desde luego que la base sobre la cual descansa es agua y agua en abundancia. Toda separación de este principio es un error que trae graves consecuencias para la comunidad porque las cloacas quedan convertidas así en focos inmundos de infección peligrosa para la salud pública y las autoridades municipales, sin dicho elemento, carecen de medios de control indispensables sobre las aguas de los albañales que en estado pútrido contaminan el suelo, las aguas subterráneas y el aire.

     Sin embargo, al reconocer las dificultades que algunas ciudades tienen para lograr un abundante y constante abastecimiento de agua, el ingeniero Arango proponía un "sistema de disposición de desperdicios domésticos" que consistía en "dotar a la población de cubos de metal de convenientes dimensiones para la facilidad de su remoción periódica". Los desperdicios se depositarían sobre una base de arcilla pulverizada al interior de los recipientes y una carreta del municipio los recogería cada dos o tres días, "en atención a nuestras condiciones climatológicas", remplazándolos por otros limpios. En 1903 este era un sistema adaptable a ciudades sin agua como Panamá y Cartagena.
      Esta era la primera vez que se daba a conocer en Cartagena un discurso teórico coherente con exposición de los conceptos de la ciencia sanitaria aplicables a ciudades puerto con graves problemas de insalubridad y falta de agua. Con la publicación del informe del ingeniero Ricardo Arango en el Registro de Bolívar, en 1903, el conocimiento sobre la necesidad de las alcantarillas, como complemento para cerrar los circuitos del agua, quedaba constituido públicamente en Cartagena.
      Dos años más tarde, en mayo de 1905, la Revista Médica de Bogotá, bastante conocida por los médicos de Cartagena, publicaba un artículo del ingeniero civil cubano Eduardo J. Chivas (pp. 307-8). En el escrito, Chivas recordaba un precepto hipocrático que determina que la vida saludable exige "aire puro para respirar, agua pura para beber y suelo puro donde vivir". Explicaba, también, la necesidad de "evitar que se vicie la atmósfera y la necesidad de establecer una buena ventilación en las habitaciones; ... impedir que se infecten los arroyos o los depósitos de donde tomamos el agua, establecer un buen sistema de drenaje en los lugares húmedos y evitar que se formen pozos de aguas estancadas donde las materias orgánicas que contengan puedan entrar en estado de putrefacción e infectar la atmósfera y el suelo".
      La ciencia sanitaria había hecho su presentación en sociedad y para ello utilizaba justamente los eventos y publicaciones médicas o las publicaciones oficiales. Sin embargo, en una ciudad como Cartagena, cuyo saneamiento interesaba a toda la nación por tratarse de uno de sus más importantes puertos marítimos, el discurso de los ingenieros apenas tendrá algún eco a mediados de la década de 1920.
      Se supone que por lo menos desde esta fecha, las autoridades civiles de Cartagena, el Ministerio de Obras Públicas y el cuerpo médico de la ciudad debían comprender que era imposible el saneamiento de las poblaciones sin tener en cuenta los tres factores expuestos por el ingeniero Arango: garantía de un abastecimiento continuo de agua limpia, construcción de una red de cloacas para las evacuaciones y reglamentación de la higiene pública para la protección de la salud de los habitantes; o en caso de defecto, obligar a la utilización de ese "sistema de disposición de desperdicios domésticos".
      Sin embargo, en Cartagena no existió un proyecto específico para dotar a la ciudad de un sistema de cloacas o cualquier otra alternativa para la colección y disposición de las excretas. Durante todo el periodo de nuestro estudio, 1880 a 1930, observamos una ciudad con estancamientos de agua, amontonamientos pútridos, basuras, polvo, lodo y mosquitos, todos factores insalubres causantes de permanentes endemias que azotaban la ciudad.

El médico, el político

     En 1918, en una intervención tendiente a desvirtuar la imagen insalubre de Cartagena ante las naciones con las que Colombia sostenía relaciones comerciales, en el marco del Tercer Congreso Médico Nacional en Cartagena, el doctor Manuel Pájaro (1919 a, b, p. 170) 23 sostuvo que Cartagena podía ser considerada una ciudad y un puerto higiénicos, pues tenía desde la época colonial una distribución suficiente de aguas para consumo y una evacuación eficiente de las aguas usadas que se mantuvo hasta la segunda mitad del siglo XIX, época en que, debido al aumento de la población y a la expansión urbana, se comenzó la destrucción de parte de las murallas y de las obras de evacuación que habían sido construidas por los españoles.

Construyeron, los colonizadores, grandes cisternas públicas en las murallas y castillos de la histórica ciudad para el servicio especial del ejército. En gran número de casas existen también aljibes, más o menos capaces, que recogen las aguas de lluvia que se conservan más o menos bien aireadas y bajo la influencia depuradora del calor solar directo o reflejo. Hay además en cada casa, grande o pequeña, uno, dos o tres pozos de agua procedente de excavaciones y filtraciones. Todo esto según un antiguo sistema español que ha prestado y presta a la población incalculables beneficios en el ramo de aguas. Las de aljibe se han considerado potables y en este concepto se las ha venido usando sin graves reparos de la higiene y sin daño apreciable para la salubridad pública.

     Era evidente que el doctor Pájaro no diferenciaba entre las soluciones que los países europeos daban a los problemas de higiene urbana en sus colonias y los proyectos para sus propias ciudades. Gracias a un reciente estudio sobre el agua en el siglo XVIII (Calatrava, 1995, pp. 193-6), conocemos una muy interesante reflexión sobre la estrecha relación histórica de las ciudades con el agua como un "problema urbanístico en su triple vertiente del abastecimiento, el saneamiento y el ornato". En ese trabajo se puede apreciar, también, que la preocupación en la España de Carlos III por el ordenamiento de las ciudades produjo iniciativas para la construcción de acueductos y sistemas de evacuación que se copiaban de Francia24 y que superaban en tecnología y eficiencia a los sistemas de aguas y evacuación construidos en los puertos americanos en aquella centuria.
      Para este año de 1918 no sería extraño encontrar un diálogo entre dos maneras diferentes de plantear soluciones a la higiene pública: la del médico y la del ingeniero. Sin embargo, en el Tercer Congreso Médico Nacional, Manuel Pájaro expresa la exaltación de las ventajas de las ciudades construidas a la orilla del mar y que, por tanto, pueden utilizar una abundante provisión de agua de mar que es "antiséptica poderosa" como complementaria del agua lluvia recogida en cisternas. Ni las cisternas, ni esa expresión sobre el agua de mar, extraña al pasteurianismo de los ingenieros, tiene que ver en 1918 con la ciencia sanitaria que, según Lucio Zuleta (1917, p. 8), había tomado la delantera en la ejecución de obras para acueductos modernos en Medellín, Cartagena, Cali y Bogotá. Aquí el médico sigue una tradición colonial alentada por las persistencias más arcaicas de ciudades europeas como París (Pájaro, 1919b, p. 25). En el fondo, se trataba sólo de una argumentación política para defender y solicitar la reapertura del puerto y garantizar el comercio libre finalizando el régimen de cuarentenas al que estaban sometidos, en los puertos cercanos de destino (Estados Unidos, Panamá, La Habana y las Antillas), todos los barcos que tocaran Cartagena.
      El celo por el cumplimiento de las convenciones sanitarias internacionales que favorecían el comercio había generado un descuido de los deberes para con el saneamiento de las poblaciones que albergaban los puertos donde se generalizaban y se hacían endémicas muchas enfermedades evitables, igual como había ocurrido en las ciudades cubanas a comienzos del sigo XX (Chivas, 1905, p. 308).
      En 1919, el doctor Pájaro dedicó otro trabajo a plantear el problema del abastecimiento de agua para las poblaciones. En ese estudio revisó las experiencias históricas del agua en los pueblos, desde la antigüedad greco-romana (Malissard, 1996),25 y reconoció que las aguas de una población no son homogéneas; planteó el modelo de Ormsby, higienista inglés, sobre la clasificación del "sistema de distribución del servicio de aguas en la populosa Londres" donde se reconocían tres grupos: "aguas de primera clase, pureza grande, exclusivamente aplicadas para bebida y de las cuales se dotará a cada habitante, diariamente, con galón y medio"; "aguas de segunda clase, tomadas en los ríos, los lagos, los pozos, destinadas al lavado de la ropa, a los baños, a los usos industriales, las cuales deben proporcionarse a razón de treinta litros diarios por persona"; "aguas de tercera clase, tomada de los ríos, del mar y de fuentes de mediana calidad. Esta clase de agua se destina al servicio de incendios, excusados, fuentes públicas, esclusas de alcantarillas, riego de calles, cuya cantidad varía desde setenta hasta los doscientos cincuenta litros por día y habitante" (Pájaro, 1919b, pp. 18-25).
      El hecho de que desde tiempos inmemoriales, los pueblos civilizados hubiesen utilizado las aguas de cisterna, o sea las pluviales, las de pozos ordinarios y los artesianos alentaba al doctor Pájaro en la defensa del sistema de aguas con que contaba la ciudad de Cartagena desde su fundación, ignorando así en su discurso la necesidad de modernización del equipamiento urbano de servicios públicos. Apoyado en el higienista Fonssagrives y en el caso de la población de Venecia, donde sólo se bebe agua de cisternas, Pájaro defiende el sistema de aguas de Cartagena. Además cita a Grimaud de Caux para encumbrar las virtudes del agua lluvia por la cantidad de aire que contiene, facilitando su "digestibilidad".

El diálogo científico

     Si se comparan estos trabajos del médico Manuel Pájaro con el informe que en 1903 presentó el ingeniero Ricardo Arango ante el jefe civil y militar del departamento, se verá con claridad la diferencia de los puntos de vista sobre la calidad y las virtudes del agua lluvia. Mientras el doctor Pájaro las reconoce como aguas de "primera clase", el ingeniero Arango las considera como el origen de todo abastecimiento de agua, pero advirtiendo que para garantizar su pureza se precisa recogerlas en condiciones muy especiales, práctica que él tilda de "casi imposible" en poblaciones como Panamá y Cartagena donde no había acueducto ni sistema de purificación de aguas por falta de recursos. Según el ingeniero Arango, desde el punto de vista pasteuriano, las aguas lluvias, por su composición de polvo, carbón y materias orgánicas, acompañadas de bacterias, son "dignas de desconfianza". Esta advertencia la hace con el propósito de que se tomen precauciones en los sistemas de abastecimiento de la ciudad para evitar los peligros de una contaminación que sería vehículo de un sinnúmero de enfermedades. El predominio de una opción política en un médico higienista, como el doctor Manuel Pájaro, lo colocaba en 1918 en la posición de defender el ineficiente y peligroso sistema de aguas de Cartagena para mostrar, ante las naciones del Caribe y de los Estados Unidos, la imagen de un puerto sano, ignorando así el detallado estudio del ingeniero Arango, quien había denunciado en 1903 las condiciones de insalubridad de las ciudades que debían abastecerse de las sospechosas aguas lluvias y de pozo. El seguimiento del sistema de recolección de las aguas lluvias hecho por Arango (1903, p.189) describe con detalle los factores de la contaminación.26
      Por otra parte, la débil presencia de los ingenieros en la toma de decisiones de la administración de la ciudad se debía a que las autoridades civiles (los gobiernos departamental y municipal), ante la poderosa presencia de un cuerpo médico, organizado en la Sociedad de Medicina y Ciencias Naturales de Bolívar (SMCNB), no los tenían en cuenta como cuerpo consultivo en la búsqueda de una solución sanitaria urbana. Por esta razón, todos los trabajos de construcción del acueducto para Cartagena se hicieron sin que las compañías de ingenieros extranjeros, que tuvieron presencia en la ciudad, se comprometieran a realizarlo con todas las especificaciones modernas.

Condiciones higiénicas de Cartagena: aguas estancadas y mosquitos

     El sistema de aguas de Cartagena, a comienzos del siglo XX, continuó siendo mayoritariamente el de aguas estancadas en aljibes o pozos que con el crecimiento de la población se hacía cada vez más insuficiente, pero, además, constituía un verdadero peligro para la salud pública por la gran cantidad de mosquitos que en ellos se desarrollaban.
      La atención de las autoridades sanitarias se orientó, en este sentido, hacia la vigilancia del agua. Con este objetivo, la Junta Departamental de Higiene ordenó en 1908 cerrar con tela de alambre los aljibes, los tanques y demás depósitos de agua porque estando al descubierto se convertían en "criaderos de mosquitos". La policía sanitaria fue encargada de recorrer todas las calles de la ciudad impidiendo que las personas derramaran agua, formando charcos, que favorecían la reproducción de dichos mosquitos. El gobierno nacional comenzó a estudiar el problema de la pavimentación y alcantarillado de la ciudad para evitar la gravedad de los males proveniente de la multiplicación de los insectos. Esa vigilancia de las aguas estancadas es una nueva práctica de higiene, que aunada a la de la destrucción de los reservorios de dichos animales, constituía la nueva prescripción profiláctica predicada por los médicos especializados en los estudios de patología tropical. La medicina tropical y la entomología médica habían cambiado el panorama de la higiene, como práctica y como saber, pues las investigaciones y las medidas sanitarias se habían enfocado en el mundo, desde 1899, hacia la persecución de los llamados vectores de las enfermedades tropicales, tanto las endémicas como las epidémicas. Y este movimiento revolucionario de la medicina a nivel mundial no era extraño en una ciudad como Cartagena donde, desde 1911, el doctor Miguel Antonio Lengua había propuesto la idea de anexar a la Escuela de Medicina una de "medicina tropical"27 inspirada en modelos suramericanos, probablemente en la Escuela Tropicalista Bahiana de Medicina que funcionó entre 1869 y 1890, y en las demandas sanitarias de los países colonialistas europeos (Peard, 1996, pp. 31-52) alentadas desde el Instituto de Medicina Colonial de París y la Escuela Londinense de Higiene y Medicina Tropical.28
      Sin embargo, la lucha contra el mosquito aparece tímidamente en la Cartagena de comienzos de siglo como iniciativa de las autoridades locales y nacionales. Sanear la ciudad consistirá ahora, también, en evitar que los mosquitos tengan criaderos en las aguas estancadas. Esto convierte a los aljibes privados y públicos en los lugares más sospechosos y, por ende, los más perseguidos. Esta persecución creó conflictos entre los particulares y los agentes de la policía sanitaria, quienes eran acusados de atacar la propiedad privada e intentar, a la fuerza, dejar sin agua al pueblo.
      Mientras eso sucedía entre las instancias encargadas de velar por los intereses públicos, según las críticas publicadas en la prensa local, la compañía del acueducto, la Cartagena Water Works, "sin recomendarse a nadie, abre llaves de agua públicas y privadas". En efecto, "de manera intempestiva, y cuando menos se espera, se llenan las calles de agua", actuando abiertamente en contra de las elementales medidas profilácticas, mostrando un "menosprecio notorio por la salubridad, por la higiene, por las leyes y por las ciencias". Como consecuencia de esto, los charcos y los mosquitos se convirtieron en una constante causa de enfermedad, incluso en los meses de verano. "La presión del agua del acueducto era tan fuerte, según dice Daniel Lemaitre en sus ‘Corralitos de Piedra’, que las tuberías se reventaban y la compañía administradora del acueducto aconsejaba dejar las plumas abiertas por la noche donde fuera posible por cuyo servicio nada se cobraba, ..." (Lemaitre, 1983, p. 470). En estas circunstancias, el saneamiento de la ciudad, decía un columnista de El Porvenir (4.9. 1909), "resulta tela de Penélope en que el gobierno teje y la compañía del acueducto deshace el fruto de la labor". Los casos de fiebres palustres aumentaron considerablemente por aquellos años y crecieron los temores por la epidemia de fiebre amarilla.
      En 1909, el director de sanidad municipal, doctor Antonio Merlano, define como tarea fundamental de la salubridad pública la lucha contra el mosquito, considerando que "es verdad científica indiscutible que los mosquitos son agentes vectores de varias enfermedades como el paludismo, la fiebre amarilla etc." y "que en esta ciudad existen muchos pozos y depósitos de agua estancada que son criaderos de mosquitos, que el agua de pozos no es potable y por lo tanto es, a todas luces inconveniente para la salud, pues está en directa comunicación con los excusados y reciben infiltraciones subterráneas".
      En este sentido, el 1 de septiembre de ese mismo año, el gobernador José María de la Vega expidió una resolución mediante la cual se dispuso que la Dirección de Sanidad procediera al cierre de los pozos públicos y privados y a desecar por los métodos conocidos (rellenos etc.) los lugares de la ciudad donde existan aguas estancadas. Se aprobaba el "petrolaje de las aguas" o la utilización de cualquier otra sustancia que hiciese posible la asfixia de las basuras donde la medida del cierre no fuera aplicable. La medida obligaba a los individuos poseedores de aljibe o tanque a mantenerlo cerrado por una puerta de alambre de cobre cuando no se esté haciendo uso inmediato de ellos, labor que sería inspeccionada directamente por la Dirección de Sanidad que quedaba autorizada para imponer multas de $5 a $50 pesos oro en caso de oposición o incumplimiento (El Porvenir, 11. 9. 1909).
      Pero, estos intentos de la Dirección de Sanidad para cegar los pozos de la ciudad no pudieron ejecutarse, pues con las deficiencias del acueducto de Matute, en 1909, los pozos y aljibes representaban la única fuente para la mayoría de los pobladores de bajos recursos. La resistencia justificada de la población no permitió clausurar pozos, cisternas o aljibes y, además, las personas no tenían recursos para garantizar rejillas antimosquitos en sus fuentes de agua. En este sentido, fueron notorias las gestiones hechas por el general D. Eloy Porto, para mantener el servicio de agua tradicional de la ciudad hasta que se garantizara el eficiente funcionamiento del acueducto.
      Sin embargo, la defensa de los pozos era apenas una parte del saneamiento que debía realizarse en la ciudad. La Dirección de Sanidad procedió a la desinfección de las alcantarillas y a adoptar otras medidas que contribuyeran a erradicar aquellos "terribles focos de infección" (Acuerdos, 28. 3. 1919).
      Otras medidas complementarias de gran importancia se adoptaron de parte de la Dirección de Sanidad. A través de la prensa, el doctor Merlano anunciaba que los expendedores de agua estaban bajo vigilancia de la sanidad y que estaban obligados a lavar semanalmente los depósitos de agua, interior y exteriormente, en presencia de un empleado de esa oficina. Se prohibió vender "agua impotable", como la de los pozos, y sólo estaba permitido su uso para el lavado de ropa. También fueron reglamentados los excusados: éstos debían construirse por el sistema de pozos sépticos de conformidad con el diseño, plano y dimensiones que determinara el ingeniero municipal (El Porvenir, 22. 5. 1915, p. 2).

El agua urbana entre la caridad y el privilegio

     La precariedad del abastecimiento de agua en la ciudad de Cartagena constituyó, no sólo un factor de insalubridad urbana, sino que además fue un elemento de diferenciación social. Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, las tres empresas que se comprometieron con el gobierno municipal y departamental a suministrar agua potable a la creciente población cumplieron sólo parcialmente con su deber, pues, como se evidencia en toda la documentación científica y comercial revisada, además de que no incluían en los contratos la construcción simultánea de un sistema de alcantarillado que garantizara cerrar los circuitos del agua, no se superaron las dificultades que presentaban las fuentes y, por consiguiente, el acueducto llegaba solamente a los domicilios de las familias que podían pagarlo. En este sentido, se entiende que el sistema de aguas en Cartagena no constituyó en esa época un ‘servicio público’, sino un privilegio de los ricos. Los pobres de la ciudad, por su parte, dependían del agua de aljibe que se vendía en las calles o de las fuentes públicas que se dejaban abiertas en ciertos lugares. En épocas de crisis, calmar la sed dependía de la caridad de los miembros de la elite y de los empresarios que regalaban el líquido a los pobres de solemnidad.
      En 1915 hubo una particular preocupación de las autoridades civiles, sanitarias, médicos e ingenieros por solucionar los graves problemas que en materia de salubridad azotaban a la población con permanentes epidemias y fuertes endemias. No en vano, la alarma sobre la epidemia de "peste bubónica", que se había presentado durante los años de 1913 y 1914 y que en el mejor de los casos se admitía como una fuerte afección neumónica o "peste neumónica", había servido de advertencia a todos sobre los peligros y consecuencias de que se presentara realmente una epidemia que impidiera la apertura del puerto y la liberación de las cuarentenas. Tal vez por eso, en 1915 se comienza a reconocer como el problema fundamental en la higiene de la ciudad, además de la falta de agua potable, la falta de un sistema de cloacas. Los acueductos que se habían contratado y construido en 1892 con la compañía de Russell y en 1905 con Ford, la misma empresa que en 1915 ‘administraba’ la Cartagena (Colombia) Water Work, no habían alcanzado a superar la falta de fuentes de agua para el acueducto de la ciudad. Ya en ese año se discutía la solución de traer agua desde el río Magdalena o desde el canal del Dique, mediante unos canales que empataran con las aguas de Turbaco. Es en este momento cuando comienzan a tener presencia las observaciones de los ingenieros que se contrataban para que emitieran conceptos sobre la viabilidad de las propuestas. Sin embargo, el problema del abastecimiento de agua potable domiciliaria en Cartagena debería esperar hasta más allá de los años de 1930 para consolidar lo que serían las empresas públicas de Cartagena.
      Aunque en 1915 el acueducto que construyera James Ford funcionaba administrado por la compañía inglesa, no constituía un servicio público, sino que se había convertido en un privilegio para las pocas personas adineradas que podían pagarlo y en instrumento de poder con el que se ejercía la caridad pública organizada por la Comisión Sanitaria Municipal como un acto de beneficencia que debía agradecerse públicamente.
      La cadena de distribución de las fichas, que le daban derecho a los pobres a tomar las cantidades de agua asignadas, funcionaba paralela a otras formas de asistencia alimentaria como la de la leche, y desde luego, se hacía de ello un acto digno de toda la publicidad que resaltara las virtudes cristianas de los miembros particulares de la Junta Sanitaria Municipal. Por ejemplo, la Dirección de Sanidad anunciaba en El Porvenir, el 28 de mayo de 1915, que en todos los lugares donde se reparte gratis la leche a los pobres ha depositado las fichas que dan derecho a los necesitados a sacar gratuitamente el agua del gran tanque de la estación del ferrocarril.
      Ya el 5 de junio, la campaña ‘filantrópica’ había dado muy buenos resultados. En las páginas de El Porvenir de ese día se presentaba el siguiente reporte:

Distinguidísimas damas de refinada cultura no han esquivado ir de puerta en puerta solicitando una limosna destinada al socorro de los desvalidos; el comercio ha concurrido con su óbolo al mismo caritativo fin, la compañía del ferrocarril se ofreció para traer agua del Magdalena para regalar a los necesitados, la empresa del acueducto regala a los mismos dos mil quinientos galones diarios, los médicos contribuyen con sus conocimientos a hacer menos dura la suerte de los infelices y todas aquellas personas, a quienes de uno u otro modo se les ha pedido su concurso, lo han prestado voluntaria y decididamente. Esto habla muy en alto de los magnánimos sentimientos de la sociedad de Cartagena y es un timbre de orgullo más para esta ciudad por mil títulos notable.

     En el proceso de transformación urbana, el acceso a un sistema de agua y alcantarillado u otro sistema de evacuación de los detritus era limitado para la mayoría de la población que vivía en medio de la más absoluta falta de condiciones higiénicas. Las descripciones de las viviendas de los pobres son un buen testimonio del acceso a la higiene como privilegio de las clases acomodadas. En la habitación de la clase pobre, "combatida por la miseria fisiológica … , habitaciones que apenas merecen el nombre de tales … , verdaderas zahúrdas en donde a veces ni siquiera existen letrinas, ni hay desagües, ni pisos, ni ventilación, ni nada … , lugares donde hasta las enfermedades más benignas se agravan" (El Porvenir, 10. 1. 1921). Lo que los médicos e ingenieros recomendaban, como ‘viviendas higiénicas’ con letrinas y desagües en una ciudad carente de sistema de alcantarillado, resultaba prácticamente imposible para la clase pobre, tal como lo parece ahora.
      La solución propuesta en las páginas de El Porvenir consistía en una intervención directa de las autoridades de la ciudad para que los propietarios de las viviendas las acondicionen mejorando su higiene, aunque los costos de la inversión al final lo paguen los inquilinos. El aumento de los alquileres de vivienda se compensaría con el mejoramiento de la salud de los habitantes.

La ciudad sin agua

     La preocupación de las autoridades civiles por resolver la sed de los pobres con la acción caritativa dejaba al descubierto las deficiencias del sistema de aguas que desde la colonia tenía Cartagena y que no habían sido superadas por ninguna de las propuestas de acueducto contratadas con las compañías extranjeras. Todavía en 1921, la visión de algunos miembros de la elite cartagenera, que proyectaba una ciudad nueva sin la estrechez de sus calles coloniales y el encierro de las murallas, tan "contrarias al progreso" y que se imponían como un rígido obstáculo, incómodo y perjudicial para la actividad comercial de la ciudad y el puerto, reclamaba la solución del abastecimiento de agua como una necesidad imperiosa29.
      La Cartagena (Colombia) Water Works Ltd. continuaba, aún en la década de 1920, intentando soluciones diferentes a la propuesta contenida en el contrato del ingeniero Dickin que proponía conectar el área del reservorio a un punto en el río Magdalena. La empresa buscaba aumentar la cantidad de agua sin atender a su calidad e insistía en utilizar las aguas del arroyo de Aguas Vivas.
      El agua de Aguas Vivas presentaba un serio peligro para la contaminación del acueducto, y en esto, hasta el doctor Pájaro (1919 a, b, p. 173), apologista del servicio de agua de Cartagena, estaba de acuerdo en que el agua del acueducto procedente del arroyo de Matute, no sólo era insuficiente para la población, "sino que no es del todo potable, mayormente en la época en que no llueve y que por lo mismo se reduce su volumen y se precipitan en mayor cantidad los elementos calcáreos insolubles en que abundan dichas aguas". Con esta consideración, Pájaro propone la filtración (El Porvenir, 2. 1. 1924). Aunque, frente a la propuesta de cambio de fuente, insiste en señalar las bondades del agua lluvia recogida y conservada en tanques de hierro como el agua ideal para el consumo doméstico en Cartagena y otros pueblos del departamento de Bolívar. En este sentido resulta pertinente e interesante la siguiente observación de higiene pública: "es de notar que la población vecina de Turbaco, en donde 15 años atrás se bebía exclusivamente agua de los arroyos próximos, agua calcárea y casi impotable, esa risueña población era azotada sin intermisión por la disentería. Hoy se consume allí agua de cisternas o de tanques de hierro y es palpable que la enfermedad disentérica que la diezmaba ha perdido desde entonces su antigua frecuencia y gravedad mortífera" (Pájaro, 1918, pp. 172, 173). Finalmente, el médico aceptará como acertado el proyecto de prolongar el acueducto hasta el Dique o el Magdalena, siempre y cuando esta agua "sea bien filtrada y se la someta a la purificación necesaria para evitar futuros peligros a la población".
      Años más tarde, el ingeniero sanitario norteamericano Geo C. Bunker reportaba en el estudio que presentó ante la empresa, publicado en El Porvenir en enero de 1924, que el problema no residía solamente en encontrar una fuente de agua abundante para la ciudad. Era preciso procurar la buena calidad de la misma. En este sentido, el análisis científico de las aguas de la corriente del arroyo Aguas Vivas fue el primero de ese orden en la ciudad y ponía a disposición de las autoridades urbanas el conocimiento necesario para adoptar las medidas más convenientes en materia de la higiene de las aguas (Casas, 1996, p. 87).
      El resultado de los análisis del ingeniero Bunker (Cartagena, 1924) coincide con los del ingeniero Arango (Panamá, 1903) en el sentido de que las aguas arrastran gran cantidad de inmundicias, las cuales depositadas en los estanques se convierten en el principal factor de contaminación. En la inspección del área de recolecta del reservorio, proyectado en el Arroyo de Aguas Vivas, y en los estudios sobre varios datos relativos a ese sistema de recolección, Bunker proscribió esta agua como no conveniente para la Cartagena (Colombia) Water Works Ltd. y por eso habría que represar las aguas lluvias en esta área por medio de la construcción de una represa en el nombrado arroyo (Acuerdos, 23. 1. 1929).
      La gran dificultad para la higienización del puerto y de la ciudad de Cartagena, tal como lo había expresado Pablo García Medina en su informe de Montevideo en 1920, consistía en la ausencia de una fuente propicia para el abasto. Cartagena, ciudad sin agua, se convertía así en espacio de las observaciones y análisis de médicos e ingenieros que, con espíritu cívico o contratados, procuraban una solución duradera.

Circuitos abiertos: la constante insalubridad

     Mientras los funcionarios de la Junta Sanitaria se ocupaban de la caridad pública, en Cartagena se seguían viviendo los rigores de la falta de saneamiento.
      Durante los años de 1920, los circuitos del agua seguían siendo abiertos, o mejor, cerrándose en presencia de los habitantes tal y como se habían conocido desde la colonia y en el siglo XIX. Tanto en El Porvenir como en El Diario de la Costa, los dos periódicos más importantes de la ciudad, se multiplicaron constantes y numerosas denuncias sobre focos de insalubridad. Las críticas y demandas a las autoridades sanitarias fueron igualmente frecuentes.
      En la primera mitad del siglo XX, el problema de los desagües de Cartagena constituyó a comienzos un asunto permanente y estructural. El Porvenir muestra, en una nota publicada el 21 de enero de 1925, que este problema seguía sin solución: "En la época de invierno es explicable y hasta tolerable que en las calles se formen lodazales por la constante lluvia, pero que en pleno verano existan en algunas calles aguas estancadas, no hay motivo alguno que lo justifique y las autoridades encargadas de la sanidad deben proceder a impedirlo. En la Plaza de los Mártires hay una corriente permanente que pasa por la Calle Larga y desagua en el mar."
      La topografía del espacio urbano, con depresiones bajo el nivel del mar, permitía, y permite aún hoy, la acumulación de aguas que permanecen incluso en épocas de prolongado verano. Hoy lo sufrimos y hasta nos acostumbramos a vivir con ello, pero se trata de un problema estructural, crónico y de muy vieja data, origen de numerosas endemias y epidemias. En las primeras décadas del siglo XX, este problema era denunciado por muchas voces interesadas en mostrarle al mundo un puerto y una ciudad sanas. Por otra parte, en ese momento, el interés del estado se centra, como nunca antes, en tener una población apta para el trabajo, fuera nativa o inmigrante. Esto explica, en parte, el nuevo auge de la higiene urbana y la argumentación médica oficial en favor de inversiones en saneamiento y salud.
      La documentación y la realidad de los servicios públicos de Cartagena de todo el siglo XX dejan ver una lentitud característica en el proceso de saneamiento de la ciudad. El juego de circunstancias y procesos históricos paralelos se repite en el transcurso del tiempo. Cuando se termina de ejecutar una obra proyectada para cierto crecimiento de la ciudad y de la población, aparece insuficiente y pareciera como si hubiera que comenzar de nuevo. Ha sido el eterno retorno de los mismos problemas e insuficiencias que aparecen en momentos distintos. En 1929, se autorizó al alcalde del distrito, Enrique Grau, para que adelantara las gestiones necesarias a la pavimentación general de las calles de Cartagena, Getsemaní y otras avenidas extramuros. Y, paradójicamente, las disposiciones tendientes a la construcción del alcantarillado de toda la ciudad aparecen sólo al año siguiente cuando, por acuerdo del consejo, se estableció una junta compuesta por tres ciudadanos y el personero municipal para realizar los estudios pertinentes en colaboración con el ingeniero municipal u otro profesional especializado, teniendo en cuenta "la topografía y necesidades de Cartagena".
      Al cerrar el siglo XX, aunque Cartagena se perfila como una de las ciudades más importantes, como sede de eventos internacionales y como "capital alterna de Colombia", la problemática urbana de los circuitos del agua continúa. No solamente es insuficiente el abasto, sino que las aguas sucias se derraman o simplemente brotan de las alcantarillas, formando charcos con malos olores y focos de contaminación y de enfermedsades endémicas que afectan todos los barrios de la ciudad, incluso los más elegantes o dedicados como espacios del turismo. Esta visión histórica del problema debe llevar a una reflexión más profunda sobre el futuro de la ciudad y el desarrollo de una planificación urbana que, sin desconocer los intereses particulares, haga efectiva la interlocución entre médicos, ingenieros y autoridades civiles.

 

NOTAS

1 Ramón B. Jimeno había establecido, en 1886, una compañía privada de abastecimiento de agua para la ciudad de Bogotá y Chapinero, reemplazando el sistema de acequias por el de tubería de hierro (Vargas y Zambrano, 1988, pp. 11-94). No se tiene evidencias de la participación del señor Jimeno en alguna propuesta para la construcción del acueducto en Cartagena; pero si sabemos, por las memorias de Eusebio Grau, que este empresario, natural de Ciénaga (Magdalena), había iniciado el primer acueducto moderno establecido en la ciudad de Barranquilla aproximadamente en 1875 (Grau, 1896, p. 47). Una pequeña nota biográfica sobre Jimeno, en Conde (1995, pp. 92-3).

2 El texto completo del contrato con el señor Russell había sido aprobado en el consejo por el acuerdo número 8 del 12 de agosto de 1892 y se publicó en una compilación de Contratos, ordenanzas y resoluciones expedidas por la Asamblea de Bolívar 1892-1894 (1894, p. 78).

3 En estos contratos se ve aparecer una transformación del concepto tradicional de ciudad en la administración oficial. Dado el crecimiento de finales del siglo XIX, la ciudad de Cartagena ya comprende también sus barrios extramuros y los nuevos espacios urbanos, llamados por los cronistas de la época "cercanías". Sobre la expansión de la ciudad de Cartagena, en Casas (1994, pp. 39-68).

4 El sistema se utilizaba en Inglaterra, desde 1838, en su forma combinada de aguas lluvias con aguas sucias. En los Estados Unidos, en la ciudad de Memphis, se había propuesto, por primera vez desde 1880, un sistema de evacuación que separaba las aguas lluvias de las cloacas haciéndolas correr por otros conductos o por las cunetas de las calles (Chivas, 1905; Vigarelo, 1991, p. 225).

5 Según el sistema de aguas inglés de comienzos del siglo XIX, éstas riegan las casas antes de volver a circuitos subterráneos.

6 James T. Ford (1864-1907) llegó a Cartagena como ingeniero y empresario para encargarse de la construcción del acueducto en la que sería su última actividad empresarial. Este ingeniero caribeño, nacido en Jamaica, tenía, a sus 43 años de edad, una reconocida experiencia empresarial y profesional en varios países del Caribe. Había participado en las obras de irrigación de Guantánamo, en Cuba. Fue ingeniero consultor del gobierno de Colombia en lo relacionado con la empresa del canal de Panamá. Tuvo a su cargo las empresas de ferrocarriles de Cartagena, Girardot y Antioquia y fue socio de la empresa de vapores Cartagena-Magdalena Steamboat Company. (El Porvenir, Cartagena, mayo 10. 5. 1907, citado en el inédito de Ripoll, 1992, p. 5).

7 Los propietarios de tierras en Turbaco, Toribio Marrugo, Juan Carrillo, Eliodoro Chico, Eloy Castellón y Antonio Araujo, beneficiarios de la fuente de Coloncito, promovieron un pleito ante el fiscal del Tribunal para obligar a la empresa del acueducto de Cartagena a proveer de agua para las bestias y ganados de sus predios. El pleito se resolvió favorablemente a los propietarios en 1912, gracias a la intervención de la gobernación que contrató, con el ingeniero Dickin, la construcción de albercas en dichos predios. Memoria que presenta el secretario de gobierno al gobernador de Bolívar (1913, p. 101).

8 Mensajes e informes del gobierno Departamental de Bolívar (1916, pp. 28-38).

9 Manuel Pájaro (1855-1943), médico de la ciudad de Cartagena, muy activo en política, fue miembro de las directivas locales del Partido Nacional, concejal y diputado en varias oportunidades (Restrepo, 1989, pp. 25-39).

10 En 1915, el obstáculo más grave para mejorar las condiciones de salubridad de Cartagena seguía siendo la falta de agua potable. En este sentido, el 7 de junio de 1915, el doctor Pablo García Medina, presidente de la Junta Central de Higiene, dirigió una comunicación a la Dirección Departamental de Higiene de Bolívar, en la que ofrecía su gestión ante el gobierno nacional para lograr la aprobación de un nuevo contrato de construcción del acueducto (El Porvenir, 9. 6. 1915).

11 El informe presentado por la Pearson & Son para la ciudad de Cartagena fue publicado en las Memorias del ministro de Obras Públicas al Congreso de 1916 (1916). Sobre la Pearson & Son, también en la Memoria del ministro de Obras Públicas al Congreso de 1915 (1915, p. 23).

12 Antes de ser contratada para Cartagena por el Ministerio de Obras Públicas, la casa Pearson & Son realizó estudios de saneamiento urbano para Bogotá en 1907 (Puyo, 1992, p. 214).

13 También fueron tareas de estas sociedades científico-médicas la reglamentación legal del ejercicio profesional de la medicina, la vigilancia de la conducta de los médicos y su unificación en un gremio que defendiera sus intereses.

14 Ley 30 de 1886 (20 de octubre) que crea las Juntas de Higiene en la capital de la república y en los departamentos o ciudades principales (Repertorio Oficial, Medellín, año I, nº 47, 10. 1. 1887, p. 371). "En Bogotá, con una oficina de higiene bien establecida, algunas alcantarillas, bastantes calles pavimentadas con asfalto y un servicio bastante bueno de aseo en las calles", el acueducto constituía un verdadero «foco de infección». «Cali, hasta ahora, se ha venido a preocupar por el asunto y actualmente hay ingenieros elaborando un proyecto de saneamiento de la población que piensan llevar a efecto antes de la llegada del ferrocarril. En Cartagena, con ocasión del centenario, se hicieron algunas obras y de resto en las demás ciudades nada se ha hecho."

15 El doctor Rafael Pérez, miembro de la Academia de Medicina de Medellín, realizó estudios de medicina en la Universidad Nacional de Bogotá para luego completarlos en París, donde obtuvo el título de doctor en medicina y cirugía. Allí conoció al doctor Lascario Barboza, miembro activo de la Sociedad de Medicina y Ciencias Naturales de Bolívar, con quien sostuvo una corta pero fecunda amistad hasta el día en que murió Pérez. De esta relación científica quedaron varios escritos, de los cuales dos fueron publicados en la revista de la misma sociedad (Barboza, 1897, pp. 298-9).

16 Vieja noción de las fiebres palúdicas como condición climatérica de los lugares, Cartagena era considerada como lugar palúdico o malario, de malos aires.

17 Sólo en 1918 aparece una tímida alusión al asunto en el Tercer Congreso Médico Nacional que se reunió en Cartagena. Este encuentro consignó, en sus resoluciones y votos, la necesidad de organizar el estudio de las aguas minerales en Colombia y pedir al gobierno nacional el cumplimiento de las leyes referentes al saneamiento de los puertos marítimos y fluviales, especialmente la ejecución de las obras de sanidad de los puertos de Cartagena, Barranquilla y Buenaventura, la construcción de una estación sanitaria en Cartagena, la pavimentación de calles, y la fundación de laboratorios para los tres puertos. Se solicitaba, también, hacer las gestiones diplomáticas necesarias para obtener la supresión de la cuarentena a que estaban sometidos los buques que atracaban en los puertos colombianos del Atlántico y del Pacífico, como en Buenaventura y Tumaco (Tercer Congreso Médico Nacional De Colombia, 1918, pp. 42-3).

18 Un ejemplo de esta concepción sobre la higiene urbana se contiene en la reseña bibliográfica de Santero (1886, pp. 67-73).

19 El informe del ingeniero Ricardo M. Arango (1903, p. 189), presentado en cumplimiento de un decreto gubernamental expedido por el jefe civil y militar del departamento de Panamá, comprende tres amplios capítulos: el primero, dedicado a los abastecimientos municipales de agua; el segundo, destinado a tratar el problema de la colección y disposición de los desperdicios; y el tercero, al tema de la protección de la salud.

20 Gobernación del Departamento de Bolívar, decreto no 523 de 24 . 7. 1903 (Registro de Bolívar, no 2161, 30. 7 1903, p. 257).

21 Entre los diferentes filtros destinados al uso doméstico, Arango (1903, p. 190) recomienda el conocido con el nombre de Pasteur Chamberland y Berkefeld para contribuir a la purificación de las aguas.

22 El doctor Manuel H. Pájaro fue un afamado médico cartagenero. Cuando en 1875 inició los estudios profesionales de medicina, tuvo como sus profesores a los médicos, Rafael Calvo, José Manuel Vega y Manuel D. Montenegro. Luego de recibir su diploma en medicina y cirugía, fue nombrado profesor en la Escuela de Medicina de Cartagena. Fue miembro fundador de la Sociedad de Medicina y Ciencias Naturales de Bolívar y de la Academia de Historia. Ocupó una curul en el Consejo de Cartagena y lo presidió desde 1888 hasta 1891. También fue diputado en la Asamblea del Estado Soberano de Bolívar desde 1884 y le correspondió presidir la misma corporación cuando ésta tenía carácter departamental en 1903. En 1904 fue elegido representante primer suplente del Congreso de la República. En 1910, el poder ejecutivo nacional lo nombró director general de instrucción pública del departamento de Bolívar, desde donde, entre otras iniciativas, ideó la de dar el nombre permanente de Universidad de Cartagena al antiguo Colegio del Estado. Ocupó la presidencia honoraria del Tercer Congreso Médico Nacional, celebrado en Cartagena en 1918, evento en el que se destacó por su intervención en la defensa de las condiciones sanitarias del puerto, evidenciando una postura más política que científica (El Porvenir, no 6063, 14. 8. 1918, p. 2).

23 Uno de los más conocidos proyectos realizados en España durante el reinado de Carlos III fue la "nueva traída de aguas a Pamplona mediante la realización del acueducto de Noaín". A esta obra se le dio tanta importancia que en ella intervinieron sucesivamente los dos arquitectos más importantes del siglo XVIII en España: Juan de Villanueva, en 1776 y Ventura Rodríguez, en 1782. En materia de evacuaciones, concretamente en Madrid, desde 1761 se dictaron normas para el empedrado de las calles y el arquitecto Francisco Sabatini "dictó una serie de instrucciones, bastante detalladas, que preveían la construcción de conductos para evacuar, separadamente, las aguas pluviales, las de cocina ‘y otras menores de limpieza’ y las fecales" (Calatrava, 1995, p. 194).

24 Reciente estudio en el que distingue tres tipos de agua para diferentes usos: el agua en la calle, cubos y tinajas, usada para beber; el agua en casa, palanganas y aguamaniles, usada para el lavado de la ropa y la limpieza; el agua industrial, usada en los molinos, en el taller.

25 "...los techos de las casas que forman el área de recolección de las aguas que van a estanques y aljibes... recogen gran cantidad de polvo que el viento levanta de las calles y es bien sabido que el polvo es uno de los mejores conductores de infinidades de bacterias patogénicas; además... nuestros techos son Rendez Vous de los gallinazos, que el alimento principal de esos animales constituyen cuerpos en putrefacción; que los instintos glotones de estas aves los llevan a repletarse de modo tal que les provocan contracciones de regurgitación y entonces riegan los techos con ese alimento que no pueden contener en el estomago; ... las aguas arrastran luego estas inmundicias, lo mismo que los excrementos de aquellas aves y de otros animales para depositarlos en los estanques donde el agua impropiamente aireada se convierte en caldo de cultivo para el microbio de un sinnúmero de enfermedades, como la tifoidea, la malaria etc.".

26 AHC, El Porvenir, no 3893, 9. 3. 1911. Sobre la Escuela de Medicina Tropical, Casas, y Márquez (agosto de 1997).

27 Sobre médicos colombianos que se especializaron en Europa en patología tropical, cf. Abel (1996, pp. 39-40).

28 En 4. 6. 1908, en El Porvenir se ventilaba que uno de los problemas más sentidos de la ciudad de Cartagena era la extirpación de los mosquitos que se identificaban como el medio con que la ciencia reconocía la transmisión de algunas enfermedades como "la malaria, la fiebre amarilla y quién sabe cuantas más". En el mismo año, un columnista de ese mismo periódico se pronuncia sobre el problema de la compañía del acueducto: "¿Por qué se permite a la compañía … que encharque las calles? … ¿Qué ha hecho la policía a este respecto? … ¿Por qué no cumplen estas compañías los reglamentos de sanidad?"

29 Muy apegado a lo tradicional, el doctor Pájaro ( 1919 a, b, p. 172) señala las desventajas del agua de Matute para resaltar las buenas cualidades del agua de cisterna: "La filtración de estas aguas (de Matute) se impone, pues, de un modo imperioso si han de emplearse esas aguas para bebida como la usa la clase pobre, pues la acomodada sigue usando sin inconveniente, antes bien con placer, el agua de cisternas por ser delgada y agradable y reunir muchas de las condiciones del agua verdaderamente potable."

 

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Recebido para publicação em junho de 1999
Aprovado para publicação em julho de 2000

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