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História, Ciências, Saúde-Manguinhos

Print version ISSN 0104-5970On-line version ISSN 1678-4758

Hist. cienc. saude-Manguinhos vol.6 no.3 Rio de Janeiro Nov. 1999/Feb. 2000

http://dx.doi.org/10.1590/S0104-59702000000400001 

La tuberculosis en la literatura argentina: tres ejemplos a través de la novela el cuento y la poesía

 

Tuberculosis in Argentinean literature: three examples in novels, short stories, and poetry

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Adrián Carlos Alfredo Carbonetti

Centro de Estudios Avanzados de la Universidad
Nacional de Córdoba
Avenida Velez Sarsfield, 153 — Córdoba
Argentina
acarbonetti@cea.unc.edu.ar

 

 

 

CARBONETTI, A. C. A.: ‘La tuberculosis en la literatura argentina: tres ejemplos a través de la novela el cuento y la poesia’.
História, Ciências, Saúde — Manguinhos, VI (3), 479-492, nov. 1999-fev. 2000.

En este artículo propongo analizar las visiones de tres autores sobre la tuberculosis en la primera mitad del siglo XX y que en cierta medida reflejan la visión social sobre la enfermedad. Los tres tuvieron contacto con la dolencia de alguna manera pero estuvieron separados en el tiempo, por su posición social y por el género de literatura que desarrollaron.
A pesar de estas diferencias se pueden apreciar ejes comunes y visiones similares lo que demuestra una percepción similar de la enfermedad en toda la sociedad.

PALABRAS-CLAVES: tuberculosis, literatura, marginalidad, estigma, exclusión.

 

CARBONETTI, A. C. A.: Tuberculosis in Argentinean literature: three examples in novels, short stories, and poetry.
História, Ciências, Saúde — Manguinhos, VI (3), 479-492, Nov. 1999-Feb. 2000.

The article analyzes the views of three Argentinean authors who wrote about tuberculosis in the first half of the twentieth century. All three had some form of contact with TB but each lived during a different period, came from a different social background, and worked with a different genre. These differences notwithstanding, their common focuses and viewpoints demonstrate how to a certain extent society shared a common perception of the disease.

KEYWORDS: tuberculosis, literature, marginality, stigma, social exclusion.

 

 

    La tuberculosis es, tal vez, una de las enfermedades que más se ha reflejado en la literatura mundial. Es posible que las características que asumía la enfermedad: con largos períodos de evolución, con terapéuticas imperantes, hasta bastante entrado el siglo XX, caracterizadas por el aislamiento y el reposo; y la percepción social de que representaba una sentencia de muerte para quien la sufriera, hicieron que muchos autores de principios y mediados del siglo XX, en la mayoría la sufrían ellos mismos o alguien cercano, la tomaran como hilo conductor o como presencia fatal en sus argumentos.
     Desde la famosa obra de Thomas Mann, La montaña mágica, de la década del diez hasta el Pabellón de reposo de Camilo José Cela de la década del cuarenta, encontramos a la tuberculosis en la literatura europea como un hilo conductor en diferentes novelas.
     En América Latina y especialmente en Argentina, también podemos encontrar obras literarias importantes donde la tuberculosis es parte de la argumentación o la presencia central en novelas y poesías. Varios autores, según Cetrángolo (1945, pp. 183-4), la llevaron a ocupar un lugar destacado en sus obras. "En varias de las poesías de Evaristo Carriego constituye el tema total. En Los derechos de la salud, de Florencio Sanchez, en Dios, de González Castillo y también en Balcón hacia la muerte de Ulises Pettit de Murat (1968) de 1934 y un cuento de Roberto Arlt (1993), ‘Ester primavera’".
     A partir de tres de los autores que hemos mencionado, Evaristo Carriego y Ulises Pettit de Murat y Roberto Arlt trataremos de analizar, tal vez una de las facetas mas complejas acerca de la tuberculosis, la marginalidad, la exclusión y los estigmas de que eran objeto los enfermos de tuberculosis y que los llevaban a conformar, en muchos casos dentro del sanatorio grupos sociales que se distinguían de los ‘sanos’, por sus propios códigos comunicacionales y su visión de la vida y la muerte.

Los autores

    La elección de la obra de los autores antes mencionados no es antojadiza ni un capricho de quien escribe estas líneas, sino que trata de analizar la visión de tres escritores que se encontraban separados por el tiempo, por su posición social y estilo literario pero al mismo tiempo los unía el sufrimiento por una enfermedad que se creía estigmatizante e incurable.
    Carriego nació en Paraná, Provincia de Entre Ríos, en 1883 y en 1889 junto con su familia se instala en Palermo, uno de los suburbios de Buenos Aires, donde se relaciona y escribe sobre los elementos marginales de la sociedad. Borges (1977, pp. 42, 44) relata en el libro que lleva el nombre de quien estamos estudiando que se relacionó con el "caudillo Paredes, entonces el patrón de Palermo".
     Por él, Carriego conoció la "gente cuchillera de la sección … mantuvo por un tiempo con ellos una despareja amistad". De tal modo que Carriego se constituyó en el escritor de los delincuentes, de los vagabundos, de las prostitutas, en una palabra del elemento marginal de Buenos Aires en la primera década del siglo XX. En 1912 muere de tuberculosis a pesar de que su familia siempre lo negó. Con respecto a la enfermedad, nuevamente Borges (idem, pp. 44, 45) nos habla de la influencia que sobre el autor tuvo esa dolencia: "Arribo a la cuestión de su enfermedad, que pienso importantísima. Es creencia general que la tuberculosis lo ardió: opinión desmentida por su familia, aconsejada tal vez por dos supersticiones, la que es denigrativo ese mal, la de que se hereda." Lo cierto es que Borges encuentra en ciertas actitudes de Carriego la influencia de la enfermedad. La "inspirada movilidad y vitalidad’ de su conversación, "favor posible de un estado febril; la figura, insistida con obsesión, de la escupida roja; la solicitud urgente del aplauso, esta última actitud ya que se veía pronto a morir". De él rescataremos dos poemas que se refieren especialmente al significado de la tuberculosis en personajes marginales.
     Una historia de vida distinta llevó a cabo Pettit de Murat, nacido en Buenos Aires en 1907. Pettit de Murat dedicó gran parte de su vida al estudio y traducción de Shakespeare, Baudelaire, Rilke y Eliot. Escribió poesía y obras de teatro y fue crítico literario. Este autor, a diferencia de Carriego, pertenecía a una familia intelectual burguesa, sufrió la enfermedad veinte años después de aquel poeta, cuando existían ya algunas terapéuticas que salvaban algunas vidas como fue su caso. De Pettit de Murat tomaremos su Balcón hacia la muerte, autobiografía escrita en forma de novela en la cual el autor refleja todas sus vivencias con respecto a la enfermedad cuando se encontraba en un hotel en las sierras de Córdoba y luego cuando es internado en uno de los tantos sanatorios que existían en esta misma región.
     Arlt era hijo de una familia de inmigrantes de Europa Central con todo lo que eso significaba para un individuo a principios de siglo, como problemas económicos y familiares, a tal punto que no culminó la escuela primaria. Tal vez todas estas dificultades en su juventud lo llevaron a escribir y denunciar "la injusticia social y se ubicó entre quienes pretendían cambiar ese orden". Ubicado dentro de la literatura argentina como un marginal sin estilo, no vivió de ella sino que trató por todos los medios de conseguir cierta tranquilidad económica para poder escribir. Jamás lo consiguió. Se cree que en su juventud sufrió alguna enfermedad de pulmón y por ello visitó en algunos momentos las sierras de Córdoba. Murió en 1942. De Arlt (1993) analizaremos el cuento ‘Ester Primavera’ que refleja los sentimientos del personaje, internado en un sanatorio para tuberculosos, hacia la mujer que le da el nombre a la obra.
    Los tres autores, con sus diferencias sociales y temporales, percibieron ciertas miradas por parte de la sociedad hacia los enfermos de tuberculosis y como es lógico hacia la tuberculosis misma. En efecto, componentes como la marginalidad, la exclusión y los estigmas caracterizaron la mirada que la sociedad poseía de la enfermedad. Esa mirada tendía a generar ciertos tratamientos hacia el tuberculoso que no se realizaba con otros enfermos, como el aislamiento total que los transformaba en otro grupo social, distinto de los sanos.

La enfermedad

    Las características que asumió la tuberculosis y la falta de terapéutica útil para combatirla, además de las estrategias que generaron la medicina y el Estado para evitar su desarrollo en el cuerpo social, le dieron a ésta una fama y generaron una percepción de la sociedad que ninguna otra enfermedad poseyó. En ese sentido es importante realizar un análisis de la literatura que permita estudiar las concepciones que sobre la tuberculosis poseía la sociedad entre principios y mediados de siglo y cómo esas concepciones se reflejaban sobre la dolencia.
     Una de las percepciones más fuertes que poseía la sociedad eran "las fantasías inspiradas por la tuberculosis en el siglo pasado, … reacciones ante enfermedades consideradas intratables y caprichosas. … Las enfermedades de este tipo son, por definición, misteriosas. Porque mientras no se comprendieron las causas de la tuberculosis y las atenciones médicas fueron tan ineficaces, esta enfermedad se presentaba como el robo insidioso e implacable de una vida" (Sontag, 1989, p. 10).
     Es indudable que esa concepción de la que habla Sontag mirando el siglo pasado se encontraba aún vigente en la sociedad argentina a principios y mediados del siglo XX y son confirmadas en 1943 por Antonio Cetrángolo (1945, p. 99), antiguo médico tisiólogo, director del sanatorio Santa María, en sus memorias escritas luego de haberse retirado de la actividad médica: "Cuando ya no se habla de la tuberculosis sino del tuberculoso y es éste, no un ser imaginario sino real que está ante nosotros solo o rodeado de su familia, la idea de muerte surge en el ambiente. Pero esa idea se asocia a otra más dominante aún, la aprensión al contagio."
     Según este autor la tuberculosis poseía, entonces, ese sesgo eminentemente implacable de enfermedad misteriosa que derrota cualquier tipo de resistencia que se le pueda llegar a anteponer. En ese sentido la tuberculosis está impregnada de la idea de muerte. El tuberculoso pasa a ser un condenado. El problema es que esta condena no sólo lleva a la muerte sino también a la marginación social debido a la aprensión del contagio.
     Otra de las características asociada justamente a lo que venimos exponiendo es la de la innombrabilidad de la enfermedad. "Hace pocas décadas, cuando saber que se tenía tuberculosis equivalía a una sentencia de muerte … era corriente esconder el nombre de la enfermedad a los pacientes y, una vez muertos, esconderlo a sus hijos. Aún a los pacientes que sí sabían qué tenían, médicos y familiares se resistían a hablarles libremente" (Sontag, 1989, pp. 12, 13).
     Tal vez en estas palabras esté parte de la visión que poseía la sociedad sobre la enfermedad. El pánico alrededor del paciente era una reacción en muchos casos natural frente a la tuberculosis. En este sentido el abandono del enfermo por parte de los familiares y los amigos era la consecuencia lógica del terror que generaba la enfermedad y todas sus metáforas.
     Estas metáforas tratarán de ser captadas en las tres obras que vamos a analizar.

La percepcion de la enfermedad en la literatura

    Existen figuras que se repiten constantemente en los trabajos de los tres autores que estamos analizando. La que más llama la atención es el vómito de sangre como el síntoma más temido y el preanuncio de la muerte por la enfermedad, la señal de que quien la poseía estaba agonizando.
    En uno de los pasajes de su poema ‘Residuo de fábrica’, Carriego (1993, pp. 18-9) señala la hemoptisis como final de su poesía para darle un sentido más dramático, el momento más fatídico del proceso de la dolencia del personaje.

Ha tosido de nuevo. El hermanito
que a veces en la pieza se distrae
jugando, sin hablarla, se ha quedado
de pronto serio como si pensase…
Después se ha levantado, y bruscamente
se ha ido murmurando al alejarse,
con algo de pesar y mucho asco:
que la puerca, otra vez escupe sangre…

    El personaje de Ulises Pettit de Murat, Federico Clancy, señala apenas comienza el relato que se dio cuenta de su enfermedad por el vómito de sangre que en un día y medio no paró: "Acechaba, sin cesar, el pequeño hormigueo en el pecho. Precedía siempre la llegada del chorro tibio, dulzón de sangre que me colmaba la boca" (Pettit de Murat, 1968, pp. 11, 46). En el personaje de Murat el miedo a la hemoptisis es una constante que se refleja en el hábito de llevarse el pañuelo a la boca y después observar si había sangre:
"Federico en cuanto oyó el vocablo sangre, comenzó a paladear su propia saliva. Deseaba ardientemente que los otros se distrajeran para acercarse el pañuelo a los labios."
     Arlt (1994, p. 40) también se refiere a la hemoptisis como un síntoma de empeoramiento de la enfermedad y en él también se observa un miedo que acapara a todos los personajes enfermos del cuento:

El muchacho tose continuamente con el pañuelo apretado contra los labios. Después mira el pañuelo y sonríe con alegría. El pañuelo está blanco aún.
— ¿No hay sangre?
El pelirrojo hace que no con la cabeza.
Esa es la obsesión nuestra. Y siempre nos consultamos.

    Especialmente en Arlt y en Pettit de Murat los enfermos hablan de la hemoptisis como un momento de empeoramiento del individuo, pero en los tres autores el vómito de sangre era percibido como un síntoma fatal de la enfermedad del cual era casi imposible salir. Tal vez era la forma en que la sociedad percibía el vómito de sangre, con asco como en el caso del hermano del personaje de Carriego, o con temor como la madre de Federico Clancy.
     Otra de las imágenes que se repiten constantemente en los tres autores es la del individuo que enfermo de tisis era percibido, desde la sociedad, también como un personaje marginal al cual se debe erradicar o aislar "pues son quienes esparcen la enfermedad". Evaristo Carriego (1993, pp. 18-9) refleja nuevamente en su poema ‘Residuo de fábrica’ la problemática social del tuberculoso, el miedo que generaba en aquellos que estaban conscientes de la afección y de la marginalidad que deberían enfrentar:

Hoy ha tosido mucho. Van dos noches
que no puede dormir; noches fatales,
en esa oscura pieza donde pasa
sus más amargos días, sin quejarse.

El taller la enfermó, y así, vencida
en plena juventud, quizás no sabe
de una hermosa esperanza que acaricie
sus largos sufrimientos de incurable.

Abandonada siempre, son sus horas
como su enfermedad: interminables.
Sólo a ratos, el padre, se le acerca
cuando llega borracho, por la tarde…

Pero es para lo de siempre,
el invariable insulto, el mismo ultraje:
le reprocha el dinero que le cuesta
y la llama haragana, el miserable.

    La problemática que generaba la tisis aparece aquí en todas sus dimensiones. La enfermedad vislumbrada como consecuencia de malas condiciones de vida, la soledad que debe soportar el enfermo, la marginalidad a la que es sometido el doliente por su familia, pero que en todo caso puede extenderse hacia toda la sociedad. Por último la muerte, como única alternativa de quien enfermaba de tuberculosis. Esta dolencia de pronto pasaba a ser un padecimiento vergonzante, estigmatizante, incluso el enfermo era confundido con la misma enfermedad debido al contagio.
    Observamos en el poema de Carriego la soledad de la enferma acompañada solamente por su padecimiento. Los únicos que se acercan son dos inconscientes: el padre borracho, y por lo tanto sin conciencia, y el hermanito que aún no posee reparo de lo que representa la enfermedad que sufre su hermana. Esa marginalidad del hogar para algunos se va a constituir en marginalidad espacial y social cuando los enfermos sean internados en sanatorios o en las sierras de Córdoba.
     En ese sentido, tal vez quien mayor dramaticidad le da a la cuestión del contagio y del aislamiento del enfermo de tuberculosis es Ulises Pettit de Murat (1968, pp. 104, 60) ya que refleja con mayor magnitud el estigma y la marginalidad de quien sufría de tuberculosis, estuviera dentro o fuera del sanatorio: "El contagio. Siempre ese factor mórbido, separándolos del mundo. Cuando se hablaba de contagio, Federico se sentía sucio y abandonado. El contagio era lo que le daba al sanatorio su perfil secreto de cárcel. A veces pasaban autos rápidamente por las sendas y alguien se llevaba un pañuelo a la boca."
     Esta visión social de la enfermedad la tenía en muchos casos el mismo enfermo y queda patentizado un poco antes en la novela mencionada, cuando el personaje central le pregunta a Federico porqué quería internarse. Éste le responde: "Si me interno, a pesar de todo, es porque lo considero un deber. Los de casa quieren agotar todos los recursos. Y además, no me gusta andar sembrando por ahí mi enfermedad…"
     En Arlt (1994, pp. 29, 35) el tema de la marginalidad del tuberculoso aparece en los primeros párrafos del cuento. Su visión en cierta medida coincide con la caracterización que Pettit de Murat le daba al sanatorio.

Sanatorio Santa Mónica

Qué bien han hecho en ponerle este nombre de mansedumbre al infierno rojo, en el que todos los semblantes los ha barnizado de amarillo y muerte, y donde entre los cuatro pabellones, dos de hombres, dos de mujeres sumamos cerca de mil tuberculosos.

    En otro párrafo del cuento aparece en toda su dimensión el tema del contagio entre los mismos enfermos, condición que incluso influía en la vida cotidiana: "Tomamos mate de la misma bombilla, porque ya no tememos al contagio y bacilo más o menos por campo poco importa."
     En los tres autores el tema del contagio ocupa un lugar central y esa percepción de la propagación de la enfermedad los llevaba a la marginalidad del enfermo, a ser separados del medio en que vivían para situarlos en el sanatorio. En Carriego el aislamiento se refleja en la soledad de la enferma; para Pettit de Murat, el lugar donde se aislaba a los dolientes, el sanatorio, se constituía en cárcel; para Arlt éste era un infierno caracterizado por una reiteración de rostros que reflejan siempre la muerte. En ambos casos el sanatorio es un lugar donde es casi imposible salir.
     De esta forma la tuberculosis era vista y percibida por la sociedad y por el mismo enfermo como una dolencia que se constituía en la antesala de la muerte, no sólo de la muerte física, sino también de la muerte social. Quien enfermaba era confundido con la enfermedad y condenado a la marginalidad, a ser desplazado del espacio perteneciente a los sanos para ser situado en las afueras (en las sierras o en el sanatorio) donde no pudiese ponerse en contacto más que con sus pares, otros enfermos de tuberculosis. En este sentido, el aislamiento jugaba una doble función: por un lado marginarlo y por otro ocultarlo.
     Esa marginalidad de la que era objeto el tuberculoso debido a su enfermedad es fielmente interpretado por Cetrángolo (1945, p. 177):

Frente a todos los argumentos contrarios, es indudable que existe uno favorable, aparte de los estrictamente científicos, y es que mediante la cura de clima se obtiene un discreto aislamiento. Ya se ha hablado del temor al contagio y de como repercute en el espíritu del enfermo y del ambiente. Este lo siente y procura disimular aunque sin éxito, pues el enfermo se percata de la aprensión y se crea en él un complejo de inferioridad. Esta situación origina una serie de molestias de las que el enfermo quiere huir. El médico puede facilitarle la escapatoria a las sierras donde estará lejos de la dictadura familiar, según unos; de la asiduidad fastidiosa, según otros y de la aprensión, según casi todos.

    Es decir, a partir de la enfermedad el tuberculoso pasaba a convertirse en un individuo estigmatizado ya que posee una enfermedad vergonzante y que debe ser ocultada. En este sentido creemos importante analizar el concepto de estigma que mejor puede explicar estas concepciones sociales de la tuberculosis. Para ello debemos adentrarnos en el interaccionismo simbólico. Uno de los más reputados teóricos de esta teoría de la psicología social, Erving Goffman (1993, p. 15), define al individuo estigmatizado como opuesto a lo normal. Desde esta perspectiva el individuo sano sería normal y el tuberculoso, el individuo estigmatizado. Goffman pasa a analizar la visión que la sociedad posee del individuo estigmatizado: "Creemos por definición … que la persona que tiene un estigma no es totalmente humana. Valiéndonos de este supuesto practicamos diversos tipos de discriminación mediante la cual reducimos en la práctica … sus posibilidades de vida."
    Basándonos en el defecto original tendemos a atribuirle un elevado número de imperfecciones y al mismo tiempo algunos atributos deseables, pero no deseados por el interesado, a menudo de índole sobrenatural".
     La percepción que poseía la sociedad sobre el tuberculoso se acerca a las definiciones que realiza Goffman. El individuo tuberculoso era visto por los ‘sanos’ como una fuente de contagio y por lo tanto lo confundían con la enfermedad lo que llevaba a considerarlo como no completamente humano y por otro lado le asignaba atributos que devenían de su dolencia. Al internarlo o alejarlo del medio donde vivía se le reducía sus posibilidades de vida.
     Ahora bien, tanto en Arlt como en Carriego, tal vez por su posición social, hay una especie de denuncia sobre las condiciones sociales que inciden en la tuberculosis y la marginalidad sobre la cual nos expresábamos anteriormente. Según estos autores, la enfermedad era simplemente la continuación de una marginalidad social debido a la posición en la sociedad que ostentaba quien enfermaba. Así en Carriego, el mismo título del poema posee una denuncia de carácter social fuerte: ‘Residuo de fábrica’, y en este sentido ubica al taller como único culpable de la enfermedad del personaje central del poema, justamente, por las condiciones laborales que debía soportar el proletariado a principios de siglo. En Arlt (1994, pp. 35-6) hay un desfile de personajes internados en el sanatorio, cuyas historias permiten percibir cierta marginalidad: tahúres, ladrones, asesinos etc. El lenguaje utilizado, el lunfardo, refuerza esa percepción de marginalidad.
     Tal vez lo que hemos venido tratando a lo largo del trabajo lleve a otra de las características que asumía la enfermedad en la sociedad y que son reflejadas especialmente en Carriego y en Pettit de Murat, la innombrabilidad de la dolencia:

Los nombres mismos de estas enfermedades tienen algo así como un poder mágico ….

Hace pocas décadas, cuando saber que se tenía tuberculosis equivalía a una sentencia de muerte, … era corriente esconder el nombre de la enfermedad a los pacientes y, una vez muertos, esconderlos a sus hijos (Sontag, 1989, pp. 11-3).

    Como expresáramos anteriormente, la familia de Carriego ocultó siempre la enfermedad del poeta y es posible que el significado vergonzante de la tuberculosis en una familia burguesa, como era aquella de la cual provenía Pettit de Murat, haya influido acerca de la no pronunciación del nombre de la dolencia en los trabajos de los autores. En efecto, en Carriego (1993, pp. 22-3), en los dos poemas que analizamos está la idea de muerte como representación fuerte de la enfermedad pero en ningún momento se la menciona, como en ‘De invierno’, el segundo de los podemas que analizamos.

Oh las vidas, condenadas en el lecho
al suplicio de las fiebres horrorosas …
Pobrecitos los pulmones que no llegan
al dorado mes del sol y de las rosas

Oh la carne, que se va tan resignada
que soñando una esperanza, ya no espera…
Pobrecita la incurable que se muere
suspirando por la dulce primavera

Oh las frígidas blancuras, las mortales,
de las novias peregrinas, que en su marcha
al país de lo vedado se desposa
con los tísicos donceles de la escarcha.

    Observamos que en los poemas de Carriego la enfermedad es obvia. Los síntomas, como la fiebre, la mención de los pulmones, como órgano atacado, permiten reconocer rápidamente que se trata de la tuberculosis. Sin embargo, el autor no la nombra. En estos poemas se puede sí percibir el estado de ánimo del enfermo y la percepción de que el mal lo llevará irremediablemente a la muerte.
     En Pettit de Murat (1968, p. 66) también es explícita la no pronunciación del nombre tuberculosis, por lo menos mientras se encuentra fuera del sanatorio.

— ¿Qué tiene?— le preguntó el otro mientras se acomodaba al pie de la cama.
Y sin esperar respuesta: ¡Ya sé! — dijo sonriente — ¿ Tuberculosis, no es cierto?
En su casa, en el hotel, en toda su vida anterior jamás se había pronunciado la mala palabra. Le impresionó la soltura con que el hombrecillo la había dicho.

    En Pettit de Murat se pronuncia la palabra cuando ésta ya es explícita, en el sanatorio, cuando el enfermo fue erradicado del espacio de los sanos, donde estaba prohibida, para ser internado con sus pares. Allí el tema es fundamentalmente la enfermedad.
     Por el contrario la tuberculosis se percibe en todas sus dimensiones en el sanatorio. Ahí la afección se convierte en el principal y casi único tema que tratan los internados. Aparece tanto en el trabajo analizado recién como en el cuento de Arlt. Este último expresa la obsesión de los enfermos con respecto a saber sobre las dolencias suyas y la de otros internados.

No hay uno de nosotros que no sepa donde está localizada su lesión y la del compañero. Nos auscultamos mutuamente. …

Y hablamos de las evoluciones de la enfermedad con una erudición enfermiza. Hasta hacemos apuestas, sí, apuestas sobre los que están moribundos en las salas (Arlt, 1994, p. 40).

    En Pettit de Murat (1968, p. 71, 72) aparece también la temática de la tuberculosis como la única válida y la que se repite constantemente y casi inconscientemente:

Los hombres sin hacerle mucho caso, tomaron el ritmo de su conversación habitual. Discutieron de foot ball y enseguida Alurralde colocó una disquisición acerca de la mala calidad de la comida. Luego, insensiblemente, como gobernados por ese tic que nos lleva a comprobar el dolor de un miembro resentido, estirándolo una y otra vez, cayeron fascinados en el vértigo de la enfermedad. Allí cesaba la confusión babélica, fundidas las inteligencias en un dialecto que todos entendían con extraordinaria lucidez.

    Pero no sólo la temática de la enfermedad, que se repite constantemente en el sanatorio, es lo que resaltan los autores. Son también los códigos comunicacionales que los transforman en un grupo social distinto, que utilizan palabras con significados disímiles a los que utilizaban los sanos y las percepciones sobre la vida y la muerte que poseen los enfermos en el sanatorio, distintas a las percepciones que tienen los sanos:

—¿Alguien está mal? — interrogó Galarza.
Federico pensó en lo absurda que resultaba esta pregunta en un pabellón de candidatos a una muerte prematura. Pero en las convenciones de la vida sanatorial el lenguaje tomaba giros especiales.

— ¿Ningún accidente?— ¿De veras hermana?— insistió Galarza.

Federico traducía, a través de esta breve conversación, que denunciaba el miedo de las almas acosadas dentro de cuerpos heridos, insuficientes. Estar mal no tenía nada que ver con la importancia del proceso crónico, poco a poco sumido en un segundo plano que la costumbre desdibujaba; servía para designar un momento agudo del proceso…

    A lo largo de todo el cuento de Arlt (1994, p. 31) se puede percibir también la aparición de giros idiomáticos relacionados con la tuberculosis y las formas de ver la vida y la muerte donde ésta última se vuelve algo cotidiano. Hasta las apuestas sobre el tiempo de vida de uno u otro enfermo, en las cuales interviene incluso aquél sobre quien se hace la apuesta, aparecen en el cuento.

Del interior de la sala vienen ruidos de toses. Es el nueve ahora, el nueve que no se termina de morir, el nueve que le apostó al médico del pabellón un cajón de botellas de cerveza ‘a que no se muere este invierno’. Y no morirá. No morirá porque su voluntad lo ha de sostener hasta la primavera. Y el médico, que es un experto, está enfurruñado en este caso. Le dice, porque el enfermo es casi amigo y lo sabe...

Pero si no podés vivir. ¿No te das cuenta que no te queda ni un pedazo así de pulmón? — y le enseña la uña de su dedo meñique.

El nueve arrinconado en blanco ángulo recto de la sala, se ríe con estertor subterráneo envuelto en la acre neblina de su descomposición:

— Hasta la primavera no hay caso, doctor, sáquese las ilusiones.

    Estas expresiones y percepciones sobre la vida y la muerte, que eran reales en alguna medida según pudimos comprobarlo, son inentendibles para un sano, para alguien que esta fuera del sanatorio, para alguien que no sufre la tuberculosis.
    Por último nos queda por analizar otro aspecto de la creencia popular sobre la tuberculosis. El imaginario social y médico generaba una serie de metáforas acerca de la enfermedad y le asignaba al tuberculoso una personalidad egoísta, de maldad a partir de los mismos bacilos que con sus toxinas desviaban temperamentos convirtiéndolos en personajes malévolos, capaces de repartir por doquier su enfermedad, especialmente a los seres queridos (Carbonetti, 1998; Bertolli Filho, 1992, p. 23).
    Este tipo de expresiones acerca de lo que generaba la tuberculosis fueron motivo de estudio por varios médicos argentinos que incluso dieron origen a libros. El mismo Antonio Cetrángolo (1945, p. 154) menciona el problema: "Desde épocas remotas le fue atribuida al tuberculoso una psicología particular. Su personalidad psicológica se caracterizaba por una gran sensibilidad y egoísmo ... A su egoísmo le atribuían el deseo de transmitir su enfermedad a los suyos y al prójimo ... le era atribuido un exotismo extraordinario."
     En ‘Ester primavera’, justamente Arlt (1994, p. 38) hace referencia a estos mitos acerca de la tuberculosis:

La vi al otro día de nuestra entrevista. ¿Qué mal espíritu me sugirió el malvado experimento? No sé. Más tarde he pensado muchas veces que en esa época se estaba ya iniciando en mí la enfermedad, y esa malignidad que revelaba en todos mis actos debía de ser la consecuencia de un desequilibrio nervioso, ocasionado por las toxinas que segregaban los bacilos, ya que más tarde descubriría que eran numerosos los tísicos perversos, y enconados en actitudes que tenían que hacer padecer a sus semejantes.

    Pettit de Murat (1968, p. 77) también hace referencia a uno de los mitos a los que aludía Cetrángolo, el deseo de contagio a los seres queridos. En una de las charlas que tiene Federico, el personaje central de la novela, con otro internado en el sanatorio, éste le comenta:

— Le pegaron al venezolano. ¿Se da cuenta? ¡Tuvieron que pegarle!
Y ante el silencio interrogativo de Federico:

-¿No sabe? Tiene a la mujer con él. Y quiere contagiarla, a toda fuerza. La fuerza en la boca y grita cada vez que la pobre sale a dar una vuelta. … Es duro y, antes de morirse, quiere enfermar a la mujer …

    En ambos autores encontramos una fuerte mención al tema de la personalidad de quien enfermaba de tuberculosis. Esta personalidad devenía de la propia dolencia y llevaba también a la necesidad de estigmatización y separación del doliente del espacio social del sano.

Conclusion

    En los tres autores, a pesar de las distancias sociales y temporales que los separaron, encontramos ciertos ejes coincidentes y que reflejaban muchos de los mitos y creencias populares y médicas acerca de la tuberculosis que se repercuten en la literatura argentina.
     En ese sentido la enfermedad que estamos tratando era, en la percepción social una antesala de la muerte, esa antesala de la muerte era prevista a partir de uno de los síntomas más aterradores, el vómito de sangre, que aparece como una figura muy fuerte en los tres autores.
     Ahora bien esta muerte no sólo se traducía en la muerte corporal, sino también en la muerte social. En ese sentido quien enfermaba pasaba a ser un individuo marginal en lo social, traducido en muchos casos en la internación donde pasaba a constituir un grupo distinto, con códigos y expectativas distintas. Todos estos factores llevaban a que la enfermedad se rodeara de una serie de mitos, metáforas que iban desde la innombrabilidad de la enfermedad hasta asignarle al tuberculoso una personalidad distinta, exuberante y misteriosa.
     Tal vez Cetrángolo (1945, p. 138) nuevamente sintetiza la visión que el enfermo poseía sobre él mismo y que en cierta medida resume también la percepción social. "El hombre se ha formado un concepto de su situación y pasa a formar parte de otra clase de individuo, es y será en adelante siempre tuberculoso, un tuberculoso como él se imagina, una figura sobre la base de sus recuerdos." Estas percepciones sociales y de la medicina se encuentran indudablemente en los tres autores a pesar de las distancias sociales y temporales que los separaban, lo que permite percibir que la visión social sobre la tuberculosis no había cambiado ni en sus diferentes componentes ni a lo largo del tiempo.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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Recebido para publicação em agosto de 1998.
Aprovado para publicação em janeiro de 1999.

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