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Revista Brasileira de Anestesiologia

Print version ISSN 0034-7094

Rev. Bras. Anestesiol. vol.62 no.1 Campinas Jan./Feb. 2012

http://dx.doi.org/10.1590/S0034-70942012000100001 

EDITORIAL

 

El Compromiso de cuidar

 

 

Son innumerables las oportunidades en las que hemos oído esta pregunta del paciente: " ¿Usted me va a cuidar bien doctor?" Si esa frase es ingenua en su contenido, por otro lado, sin embargo, está repleta de un significado y de un compromiso. Es la piedra angular que sustenta la conocida relación médico/paciente. Los pacientes nos buscan con la esperanza de que podamos devolverles la vitalidad perdida, o de que les podamos devolver un poco del tiempo extra de existencia de que disponen. Ellos confían en nosotros, y a partir del momento en que aceptamos esa confianza, sea cual sea el motivo, se inicia por definición un proceso entre dos seres humanos, el cual será guiado por la solidariedad, por el respeto y por la compasión.

De hecho, la ética prescinde de ser escrita o almacenada en algún pendrive. Ella rebasa el texto impreso o transformado en impulsos eléctricos que exhiben las pantallas de LCD. Solo registra lo que es evidente con relación a la conducta que será adoptada en ese medio social o en un determinado grupo profesional, sobre todo si el foco de la actividad es cuidar a otras personas. La ética debería ser intrínseca a cada individuo que asumió el compromiso. La lectura atenta de los artículos y de los párrafos de los Códigos de Ética Médica, que abordan la relación entre los médicos y sus pacientes, permite concluir que solamente informan lo que es obvio con relación a la conducta correcta frente a los seres humanos. En la investigación clínica, esos principios son todavía más implícitos: conceptos como la generosidad por ejemplo, que expanden el proceso al beneficio de muchos otros. La búsqueda por un mayor reconocimiento, promoción personal y profesional, o las ganancias financieras, corrompen de forma lamentable los principios éticos y traicionan la confianza del paciente, atestiguada en la firma del Término de Consentimiento Informado. Inclusive, esa firma no exime, ni tampoco nunca eximió, a los investigadores clínicos, de apartarse de aquello que rige el precepto, la ética y los acuerdos en base a esa ética. Los Consejos de inspección de las prácticas médicas formados por pares, no serían necesarios si no existiesen tantas desviaciones y falta de compromiso con los principios que deberían ser obvios.

Florence Nightingale, en el siglo XIX, creó la sala de recuperación para los pacientes sometidos a procedimientos quirúrgicos. Tal vez ella estuviese ya cansada de presenciar tantos decesos y complicaciones en el período postoperatorio inmediato por la falta de cuidados adecuados. A partir de ese momento, se estableció un diferencial: la obligación y la necesidad de cuidar de forma intensiva a los pacientes sometidos a procedimientos quirúrgicos. Hoy por hoy, en el siglo XXI, esa discusión se convirtió en una discusión pasiva. Podemos fácilmente deducir que, por cuestiones de solidariedad, respeto y compasión, los pacientes sometidos a las operaciones, adultos o niños, deberían recibir cuidados diferenciados en el postoperatorio inmediato porque, de acuerdo con la observación de Madame Nightingale, las chances de esas personas podrían ser menores. Muchas ciudades brasileñas pequeñas, de mediano tamaño y metropolitanas, todavía continúan ofreciendo la asistencia quirúrgica sin salas de recuperación postanestésica. Ese hecho es una notable falta de respeto a la legislación vigente. Esa situación se podría encuadrar como una falta de ética por ese y por los otros motivos ya expuestos. Cada profesional que esté involucrado con los actos quirúrgicos, por una cuestión ética, debería garantizarle al paciente el recurso de la sala de recuperación postanestésica, independientemente de los códigos, leyes y acuerdos que lo obligan a tal acción. Esos códigos o leyes de nada sirven sin el compromiso sincero por parte del médico con el paciente que está bajo sus cuidados. En la actualidad, la realidad observada por Nightingale hace ya 200 años, continúa siendo la misma. Las estadísticas nos indican un número considerable de complicaciones ocurridas en las primeras horas del postoperatorio. Los relatos son extensos en la descripción de las posibles complicaciones en las salas de recuperación postanestésicas. Ya en su primer año de residencia, un médico residente en Anestesiología, exhibirá con orgullo sus conocimientos recién adquiridos, enumerando desde la "hipotermia" hasta la "curarización residual". Tres años después, sin embargo, y con el certificado debajo del brazo, después de anestesiar "una barriga", "un fémur", o una "cesárea", se olvida de todo y deja al paciente, del que ni siquiera sabe el nombre, abandonado a su suerte, semiconsciente, sufriendo de dolor, en una cama que tampoco tiene nombre, de alguna enfermería. ¿Cuántas veces ha sucedido que, concentrado en su recién adquirido tablet, o celular, él deje al paciente abandonado inclusive ya durante la operación?

Siempre existió un cierto conflicto entre el avance científico y el desarrollo de la humanidad. En nuestros días, el crecimiento vertiginoso de la tecnología impulsó el avance científico en igual proporción. Nuevas formas de pensar y de actuar en esas áreas exigen nuevas conductas por parte de la sociedad, que hasta cierto punto ya está involucrada en la perplejidad de la agilidad de las transformaciones actuales. Esa exigencia hizo que en los años 1970 surgiese el concepto de la bioética, ampliando así el espectro de la ética en las ciencias biológicas. Eso tal vez fuese el deseo, un poco pretencioso, de querer juntar en una sola asignatura, la filosofía y la ciencia involucrando la vida. Sus temas o asuntos van, desde el respeto a la autonomía del paciente en sus elecciones, (incluso para los tratamientos ya preconizados), hasta la distribución universal de los beneficios de los servicios de salud, pasando por la obligación del bien y el rechazo al mal. En los tribunales, el desinterés y la falta de atención a esos aspectos, pueden responder por la negligencia y la imprudencia.

No nos saltamos un semáforo en rojo solamente por el hecho de que la ley lo prohíba. Ellos existen para que todos podamos circular con seguridad y con el debido orden.

La Ética es algo que está implícito. No necesita estar escrita para ser puesta en práctica. Los Códigos de Ética serían innecesarios si tuviésemos implícito el respeto, la solidariedad y la compasión por aquellos que nos confían sus vidas.

 

Mario J da Conceição, MD, MSc, PhD
Editor-Jefe