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Revista de Antropologia

Print version ISSN 0034-7701

Rev. Antropol. vol.49 no.2 São Paulo July/Dec. 2006

http://dx.doi.org/10.1590/S0034-77012006000200011 

RESENHAS

 

 

Hortensia Caro

Doctoranda – Universidad de Cádiz y Universidade de São Paulo

 

 

Augras, Monique R. A. Todos os santos são bem-vindos, Rio de Janeiro, Pallas, 2005, 197 pp.

Todos os santos são bem-vindos es un objeto atractivo antes de leerlo desde la primera vista. En la cubierta ya está esa intención de encanto que transmite: la cinta azul a modo de fita de bomfim como separador, las imágenes de santos abigarradas, unas al lado de otras... En la portada, São Elesbão, santo negro, tiene una aureola de siete rosas, que, siendo blancas y no rojas, me llevaron a la antítesis de una ofrenda a una pombagira – espíritu femenino de umbanda –; un ángel dibujado en la parte superior exaltaba la devoción a la sacralidad cristiana. Es la imagen de los santos católicos venerados en Brasil por la que Monique Augras nos invita a dar un paseo: desde los primeros mártires y santos europeos hasta la beatificación de brasileños. Este texto habla del poder de la iconografía católica y también de una realidad histórico-cultural, la colonización de la fe católica europea en Brasil.

Su intención, conseguida de la primera a la última página, queda expuesta en la presentación al lector:

Quero levá-lo a compartilhar essa jornada encantada pelos caminhos do imaginário popular. Na verdade, quanto mais penso no assunto, estou cada vez mais desconfiada de que "imaginário" é uma palabra contemporânea que, no fundo, serve para designar aquilo que, outrora, se chamava "o sagrado".

La oralidad, enraizada en tiempos que se antojan legendarios, oscuros y fantásticos, aún sigue manifestándose en situaciones de nuestra cotidianeidad sin preguntarnos qué tradiciones han hecho su poso ni de dónde vienen esas acciones. El imaginario popular católico, cargado de leyendas de héroes y heroínas, que se acercaron a la perfección por la renuncia a placeres terrenales, sobrevuela las imágenes barrocas de los santos católicos brasileños. La percepción visual de las imágenes de los santos, las hagiografías revistadas por el ojo de Monique Augras y su equipo de colaboradores convierten la lectura en una atractiva "preçe" de abnegaciones ejemplares que se proyectan en los anhelos salvadores de los fieles. No sabemos hasta dónde llegan las narraciones populares ni dónde comienza la oficialidad eclesiástica a crear los ejemplos de la educación en la fe católica. Si, como dice Augras, lo sagrado se identifica con el imaginario, los santos, como modelo de perfección, enlace con el Dios cristiano, logran la transmisión de cuentos y leyendas convirtiéndose en arquetipos. La iglesia supo adoptarlos desde temprano para convertirlos en elementos doctrinantes.

La mirada de Augras es cariñosa y científica, es milagrera y archivística, es un guiño cargado de libros sepia y cromos antiguos de las abuelas: su libro acompaña tanto el recuerdo de la primera comunión cuanto las oraciones de una bahiana fumando en pipa que escondía hierbas y amuletos bajo una higuera; la devoción a esos santos también me lleva a mi propia abuela rezándole a San Cucufato para encontrar un dedal en su cuarto. Estas imágenes se insinuaban en mi mente mientras leía el libro. El catolicismo ibérico recreado en Brasil es la herencia religiosa que sigue las mismas prácticas en este lado del Atlántico, tan sólo cambia el nombre de unos santos por otros.

Augras nos cuenta historias de la oralidad católica que fluctúan entre la oficialidad eclesiástica y la veneración popular, siendo que ésta última, de tan asentada por los siglos de los siglos, fuerza la primera. Es decir, la santificación y su reglamento de grados basan su poder en la vox populi. El canon de la santa perfección, dice la autora, tiene sus grados: desde el "siervo de Dios", pasando por el "venerable" y "mártir", el "beato" y, finalmente, el "santo", además de aquellas personas que no fueron canonizadas pero que hicieron de su vida "testimonio de la presencia de Dios" en la "comunión de los santos".

La autora aprovecha las hagiografías antiguas para convidarnos a rememorar la historia cultural y política de Occidente (la época romana de Octavio Augusto, el reinado de Constantino, vertebrador de la división de la iglesia cristiana de Oriente y de Occidente, el Papa Gregorio...). Excava los relatos entre volúmenes de vidas de santos perdidos en París o en la biblioteca de la PUC, como la "Lenda aúrea" de Varazze (s. XIII) o en la "História das ruas do Rio de Janeiro" de Gerson, llegando a la conclusión de que es en los autores antiguos donde el testimonio de santidad es más patente, puesto que la cercanía temporal los hacía más reales, más vivos, más cercanos a la existencia de los creyentes. Por supuesto, no faltan referencias al trabajo de antropólogos como Carlos R. Brandão o Luiz Mott, que han dedicado gran parte de su obra a la religiosidad popular, como tampoco podían faltar las leyendas recogidas por Câmara Cascudo.

El libro parte de dos proyectos: Existencias lendárias: hagiografia e subjetividade y socorro urgente: das almas benditas aos santos da crise, en el que han colaborado un grupo de alumnos "movidos pelo puro prazer de descobrir aspectos fascinantes da religiosidade brasileira". El texto saborea un trabajo de campo entre los fieles de las iglesias de Rio de Janeiro, realizado por becarios y colaboradores con nombres y apellidos, entusiasmados en su tarea de equipo. Monique R. A. Augras es profesora titular de psicología en la Pontificia Universidade Católica con sede en Rio de Janeiro. Para presentarla como psicóloga mejor transcribo sus palabras de una comunicación personal: "Não posso ser considerada como amostra representantiva das professoras de psicologia, sou mais para marginal ou transgressora". Esta auto-descripción es un respiro entre los cánones académicos. Su postura desenfadada es vital y así la transmite en finas percepciones extraídas de las líneas de relatos, textos y romances… Ante su mirada las voces populares cuentan cuál es el hilo que teje el rico imaginario popular.

Desde María, madre de todo el altar católico, madre del propio Dios hecho hombre, hasta la última beatificación brasileña, Augras sigue un camino fragmentario del catolicismo brasileño a través de la iconografía, densa y barroca, de los santos católicos venerados en las iglesias de Rio de Janeiro. Madre de todos, sin pecado, Maria da Conceição, Inmaculada Concepción es la figura femenina articuladora de altares por su facultad femenina de la reproducción. Ella, la primera, el origen de todo el altar, es también a la que le dedica las primeras treinta páginas con todos los nombres que la mimetizan (das Graças, da Glória, da Aparecida, do Rosario, de Fátima, das Candeías, da Luz...). Los Padres de la Iglesia borraban en la imagen de María toda la fisiología que caracteriza a la mujer; su cuerpo sucio de mujer se convierte en blancura, se hace madre de la humanidad, reina de altares y de Dios mismo. Dice Augras con la misma ironía que he leído en otros de sus textos: "Com uma representante dessa magnitude, o que mais poderiamos pedir?".

La devoción por los santos negros, segundo grupo de santos, nos dice la autora, tuvo su origen en las hermandades de negros del siglo XVIII para asegurar una sepultura cristiana a las "no personas", esclavos negros que no tenían derecho a ser enterrados en las iglesias. São Benedito, que fue director de convento franciscano, no dejaba de "juzgarse indigno de tanta hora" por ser negro y fraile; Santo Antônio Preto, negro, musulmán, y claro, hecho esclavo; São Baltazar, que adoró al rey divino blanco, Jesús... El color de su piel, utilizado por la institución católica para controlar la conversión de esclavos negros, sirve para legitimar, inclusive, un remoto origen cristiano de los africanos. El comercio de la trata habría producido narraciones fantásticas que se incorporaron a la hagiografía brasileña. Y entre negros, indios, musulmanes y mujeres anda el juego de la santa marginalidad: Santa Ifigênia, compañera de Santo Elesbão en la devoción carioca, entra en este bloque de "santos negros" y no en el de "santas mujeres", como si primase la etnia al género; para la iglesia primó, por encima de todo, la narración que contaba que era hija de un rey etíope cristiano.

El tercer bloque de santos, los monjes y guerreros, son los más numerosos: Santo Antônio de Padua ("Quê seria de mim, meu Deus, sem a fé em Antônio?", canta Maria Bethânia), São Brás, São Dimas, Santo Expedito, São Jerônimo, São João Evangelista, São Jorge, patrón de Brasil… La lucha contra los herejes de Oriente fue principal cometido de la iglesia, como también se encontraba, entre demoníaca e herética, la atracción del cuerpo de la mujer. Todos los santos reciben el relevo mítico de acciones heroicas de santos anteriores; los relatos se mezclan produciendo diferentes versiones de un mismo hecho.

Como no podía ser de otra manera, el número de santas es menor: "A desproporção reflete provavelmente as linhas de poder e a estrutura da sociedade cristã da época". Las "santas mujeres" del cuarto bloque sufren los peores martirios de padres y reyes como castigo por abrazar la fe católica: Santa Bárbara, Santa Catalina o Santa Inés. Las bellas y nobles doncellas renuncian a la pasión para conservarse castas a Dios o, como Santa Edwiges, que pide al esposo que se abstenga de tener relaciones sexuales. Son modelos que la iglesia manipula para crear el catecismo de la mujer. Las investigaciones de Augras nos adentran en recovecos míticos que recogen fantásticas especulaciones a lo largo de siglos y distintas geografías. Las leyendas de Santa Ana y sus tres hijas María, que vivían con su sierva gitana Sara Cali, y de María Magdalena, originaria de Magdala, me reenvían a textos del imaginario popular brasileño, donde la construcción de los mitos femeninos se nutren unos a otros para transformarse y reinventarse sin que importen fronteras de tiempo y lugar.

Por último, en "Brasileños en los altares", la vida de Santa Paulina, primera y única santa brasileña, que llegó a Brasil procedente de Italia a mediados del siglo XIX, y el suceso de los mártires que murieron a manos de indios convertidos al calvinismo, son los protagonistas nacionales.

Quiero volver a la madre de todos los santos, María, en esta suerte de nana cantada por Maria Bethânia:

O sobrado de mamãe é debaixo d'água
o sobrado de mamãe é debaixo d'água
debaixo d'água por cima da areia
tem ouro, tem prata
tem diamante que nos alumeia.