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Religião & Sociedade

Print version ISSN 0100-8587

Relig. soc. vol.31 no.2 Rio de Janeiro  2011

http://dx.doi.org/10.1590/S0100-85872011000200004 

Ser e parecer en el mundo carcelario-evangélico - sobre las condiciones sociales de definición de la realidad

 

Being or resembling in christian's cell-blocks. On the social conditions of the definition of reality

 

 

Joaquín Algranti

 

 


RESUMO

Proponho-me neste artigo a explorar as formas de habitar as prisões nos pavilhões cristãos do Sistema Penitenciário Bonaerense. O objetivo do trabalho consiste em compreender e explicar a morfologia genérica desses pavilhões, isto é, as formas de organização interna e os espaços de pertença que moldam distintos perfis de fiéis. Aqui o problema do "ser e parecer" emerge nos pavilhões cristãos, na luta pela definição legítima na construção da figura do fiel autêntico. O artigo se baseia em um corpus de entrevistas em profundidade realizadas com membros desses pavilhões, ex-presidiários, diretores, capelões.

Palavras-chave: pavilhões cristãos, espaços de pertença, ser e parecer.


ABSTRACT

I propose in this article exploring the different ways of inhabiting Christian prisons in Buenos Aires Penitentiary System. This paper aims at understanding and explaining evangelical cell-blocks' general morphology; ie internal organizational forms and community spaces that shape different believers' profiles. "Being or resembling" araises as a problem in Christian's cell-blocks in the struggle for legitimate definitions in the construction of the true believers. The article is based on a corpus of in-depth interviews with inmates of evangelical´s cell-blocks, ex-convicts, directors, chaplains and pastors related to the prison.

Keywords: christian prisons, spaces of belonging, being or resembling.


 

 

Introducción al problema de las apariencias

Uno de los principios de clasificación que rige los distintos dominios de la vida social, con sus numerosos acentos y matices, consiste en la diferencia entre el "ser o el parecer". Ella refiere a un criterio de distinción que hace blanco en el modo de ejercicio de los atributos sociales adheridos a la correcta interpretación de un personaje determinado. Para ser un profesor universitario, un sacerdote, un hombre de estado, un preso, un pastor o un chofer de colectivos, es necesario ajustarse, en un punto, a los roles que se interpretan y a las expectativas que suponen. En una palabra, es preciso construir un personaje convincente, creíble, como supo demostrar entre otras escuelas el interaccionismo simbólico. En contrapartida, los actores sociales se encuentran con la "mutua obligación de tomar al otro por lo que pretende ser", señalada tempranamente por Parsons (1967:137) en un periodo de tránsito y reformulaciones de su teoría de la acción. Este problema compartido de la vida social tiende a radicalizarse cuando se trata de condiciones intensivas de sociabilidad en el marco de instituciones de encierro. La cárcel traduce en términos amplificados situaciones cotidianas de la sociedad, generando sus propios mecanismos y procesos de resolución. Siguiendo esta clave de análisis podemos decir que el problema del "ser o el parecer" emerge en los pabellones cristianos del Sistema Penitenciario Bonaerense, en la lucha por la definición legitima de lo que significa ser un creyente llamémosle autentico en oposición a un simple "refugiado", entendidos como los reclusos que encuentran en el sistema religiosos, en el "Evangelio", una forma de supervivencia carcelaria que no podrían lograr de otra forma. Quizás uno de los puntos de partida fundamentales para introducir el trabajo consista en reconocer que actualmente el sistema carcelario de la provincia de Buenos Aires, es un sistema en crisis. Los dos vectores más persistentes de este proceso son la sobrepoblación de los pabellones y la consecuente despacificación, que trastoca los niveles de violencia preestablecidos entre los internos y las estrategias de intervención de las autoridades penitenciarias. En este marco de redefinición de las reglas de juego cobra relevancia la presencia religiosa de los evangélicos1 en tanto grupo mediador entre los reclusos y las autoridades. Con diferentes grados de eficacia, los pabellones cristianos intentan producir una nueva síntesis de convivencia que contemple la canalización de demandas internas con el mantenimiento del orden institucional. Desde una clave de lectura pragmatista podemos decir que su objetivo implícito apunta a generar las condiciones de posibilidad para construir una definición alternativa de lo "real", que rivalice con las visiones hegemónicas de los pabellones de población. Esto implica un trabajo activo de creación negociada de reglas cuyo resultado es un nuevo "invernadero social", en términos de Goffman (2004:25), en donde se crea un tipo genérico de subjetividad cristiano-carcelaria, plagada de matices y variaciones, imposibles de reducir a un modelo único de creyente. De hecho, lo que se estabilizan son distintas maneras de habitar los pabellones evangélicos.

Siguiendo estos lineamientos, el objetivo del presente artículo consiste en explorar los aspectos relativos a la morfología de los pabellones cristianos en donde se definen cadenas de interdependencias y jerarquías, que fijan posiciones móviles de sujeto. Ellas constituyen formas de pertenecer y habitar un subuniverso religioso dentro del universo general del sistema penitenciario. Para ello nos proponemos, en un primer apartado, caracterizar los rasgos dominantes de las figuraciones carcelarias relacionados fundamentalmente a la crisis institucional y el modo en que la religión opera en este contexto. De allí se desprenden dos tipos de abordajes del fenómeno que nos gustaría revisar críticamente. A continuación, en el segundo apartado, vamos a estudiar el modelo de organización de la vida cotidiana de los pabellones, con su sistema de autoridad y mecanismos de formación de reglas, identificando los espacios de inserción que habilita para las personas que "llegan al Evangelio". En base a los desarrollos previos en la tercera parte vamos a reconstruir el espacio de puntos de vista (Bourdieu 2007:9-10) en los que se plantea la disputa entre el "ser o parecer" en los pabellones cristianos. Nos interesa reflexionar brevemente sobre lo que denominaremos como el problema de la autenticidad en la vida religiosa, problema ligado a la pregunta recurrente -tanto en investigadores como fieles - por el carácter genuino o instrumental de las conversiones carcelarias. En términos metodológicos2 el articulo se inscribe en un proyecto de investigación dirigido por Rodolfo Brardinelli dentro de la Universidad Nacional de Quilmes, que cuenta hasta el momento con un corpus de 20 entrevistas en profundidad a miembros de los pabellones evangélicos del sistema penitenciario Bonaerense, a ex convictos que hayan compartido estos espacios, directores, capellanes, trabajadores sociales y pastores relacionados al mundo carcelario.

 

1. Perspectivas sobre las figuraciones carcelarias

En términos generales, las instituciones suelen entrar en crisis cuando pierden autonomía e injerencia frente a los asuntos externos e internos que delimitan su campo de acción. Los primeros refieren al modo en que son traducidas las presiones del entorno en su propio funcionamiento, es decir, apunta a la gravitación del afuera y la capacidad de lidiar con sus demandas. En contrapartida, los asuntos internos tienen que ver con las posibilidades con las que cuenta para definir hacia adentro situaciones sociales de interacción en base a sus propios recursos. En este sentido, y siguiendo una tendencia dominante en América Latina, el Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB) presenta una fuerte crisis en ambos frentes, que se expresan en la sobrepoblación y el problema de la gobernabilidad, como señalan las investigaciones sociológicas producidas en el marco del GESPyDH3. En este marco, de pérdida de autonomía y flexibilización de los límites externos e internos del SPB, comienza a crecer a partir de 1983 la presencia evangélica en las cárceles mediante un fuerte trabajo de evangelización del pastor Zucarelli en Olmos. Uno de los hitos del ministerio carcelario es la creación en el 2002 de un penal enteramente poblado y dirigido por evangélicos: la Unidad 25, Cristo La Única Esperanza, de Lisandro Olmos. El trasfondo de este caso, sin duda más extremo y excepcional, es la formación de distintos tipos de "pabellones evangelistas" que representan, siguiendo a Brardinelli (2007), un número que va desde el 30% para los más precavidos hasta el 50% en las lecturas más optimistas, de las 39 unidades carcelarias del SPB.

El fenómeno evangélico en las cárceles ha generado dos tipos de hipótesis, relacionadas fuertemente a la dimensión que se pretenda priorizar del objeto y también, en un punto, a las prenociones que rondan la realidad estudiada, de manera muchas veces inconscientes para el mismo investigador. La primera de ellas es la hipótesis que llamaremos de la "sujeción religiosa". Aquí, prevalece la perspectiva institucional y en cierta medida funcionalista desde el momento en que la pregunta dominante refiere a las estrategias de gobierno que despliega el SPB para conservar el orden intra-muros, delegando el ejercicio del control, la violencia y el seguimiento cotidiano en el sistema de organización evangélico. Se lleva adelante, para estos estudios (Daroqui et al. 2009:12; Andersen y Suárez 2009), una "estrategia de terciarización" en donde el "régimen evangelista" se articula con el penitenciario en términos de efectos de poder, produciendo: "[...] la anulación de la voluntad por lo tanto un 'proceso' violento hacia la neutralización e incapacitación del sujeto". La religión seria la continuación de la disciplina y abusos carcelarios por otros medios. Estas investigaciones no plantean interrogantes vinculados, por ejemplo, al sentido de las prácticas (del diezmo o la oración), las resistencias a las sanciones, la refiguración de símbolos y discursos previos y posteriores al evangelio, los modos rituales de construcción de la realidad o las negociaciones que se emprenden ante el anclaje identitario del cristianismo. Se asume de forma implícita que los presos elegirían obedecer como parte de una elección racional, un cálculo, para alcanzar mejores condiciones de vida en un medio hostil. La propuesta del "Evangelio" aparece entonces como la cáscara, la superficie del asunto, mientras que el carozo, que explica la dimensión motivacional de las adhesiones, se agota en cuestiones de supervivencia. Es curioso que esta lectura de marcada impronta estructuralista presenta afinidades con la mirada de los capellanes católicos respecto a la pérdida de libertad que sufren, en su opinión, los reclusos que se convierten a la "secta" evangélica dentro del penal.

En las antípodas de la hipótesis de la "sujeción religiosa" nos encontramos con la perspectiva del "cambio total". Ahora, el líder evangélico no es asimilado a un prestidigitador funcional al sistema penitenciario. Si en el primer caso se afianza un análisis que explica el crecimiento religioso en las cárceles como un cambio de afuera hacia adentro, es decir, como una continuación de la violencia carcelaria bajo un régimen evangélico que opera sobre el cuerpo y el alma del recluso, en el segundo caso las explicaciones adoptan el camino inverso. La religión aparece como un refugio del mundo carcelario, como un modo de revertir las condiciones hostiles de los pabellones en base a un cambio que va de adentro hacia afuera, que empieza por la conversión espiritual afectando positivamente las distintas áreas del mundo de la vida de los internos: el vinculo con los otros, la resolución pacífica de los conflictos, el acuerdo consensuado con las autoridades, la distribución y circulación de recursos comunes, la organización del tiempo y el espacio en las actividades diarias, la resignificación del pasado y la recuperación de una idea de proyecto, la restitución del vinculo con la familia etc. El cambio total culmina con la reinserción de la persona afuera de la cárcel, a través de instancias intermedias de contención que ofrecen las iglesias como, por ejemplo, el Centro Cristiano Nueva Vida del pastor Prein. A fuerza de focalizarse en la perspectiva émica del creyente, a veces compartida también por el mismo investigador, esta lectura tiende a sobredimensionar estrictamente la motivación religiosa, convirtiéndola en la principal dimensión explicativa del fenómeno. Se pierde en parte la comprensión situacional del objeto, o sea, el contexto de producción de la creencia así como la diferencias entre las distintas formas de pertenecer y habitar el espacio religioso; en una palabra, se asume que todos los creyentes son como el pastor o los siervos dentro y fuera de los pabellones evangélicos.

Entre las hipótesis de la sujeción religiosa y el cambio total, existe una línea de estudios de corte antropológicos relacionados fundamentalmente a la academia brasilera. Estos se proponen comprender, por ejemplo, las formas de elaboración del crimen (Segato 2001), la conversión como proceso estratégico (Lenita Scheliga 2005), los mecanismos de adaptación-resistencia que ponen en juego las sociabilidades religiosas (Ordóñez Vargas 2005; 2011) y las formas de gestión de la violencia en la resolución de los conflictos carcelarios (Boarccaech 2009). Aquí emergen a su vez el uso de psicofármacos y la creación de parejas del mismo sexo - sobre todo en las cárceles de mujeres - para construir alternativas de solidaridad. En esta misma línea podemos reconocer en la academia local los estudios de Brardinelli (2007) orientados a construir una tipología de los pabellones evangélicos, que contemple el vinculo entre religión y derechos humanos, el trabajo de Miguez (2008) que es probablemente el estudio que mejor explicita los códigos de la cultura "tumbera", explorando las implicancias entre delito y cultura juvenil y una serie de tesinas de grado (Vallejos 2008; Fortín et al. 2009) que investigan la presencia evangélica en diferente penales - la Unidad 25, en Olmos, la cárcel de mujeres nº 33, en Los Hornos y la Unidad 27 de Villa Cacique. A continuación nos proponemos reconstruir, en base a una primera etapa del trabajo de campo, las coordenadas generales de los pabellones cristianos. Nos referimos a las coordenadas generales para hacer foco en los aspectos que podemos reconocer transversalmente en distintos pabellones a sabiendas de que estos no son de ninguna forma iguales entre si y presentan numerosos matices que los mismos actores reconocen. De esta manera, conscientes de la singularidad de cada espacio, pero focalizados en lo que ellos tienen en común, vamos a explorar la morfología general de los pabellones y los modos de habitarlos que se estabilizan.

 

2. Formas de pertenecer: posiciones y variaciones de la experiencia evangélica

Pudimos ver hasta hora, de manera más analítica que empírica y apoyados en la bibliografía especializada, que el SPB es una institución total en crisis y que la crisis se expresa en parte en la dificultad para establecer límites externos y definir situaciones sociales hacia el interior del establecimiento. Por ambos frentes se impone la presencia evangélica, extendiendo las cadenas de interdependencia de la cárcel. Esto se traduce en la génesis, continuidad y a veces rompimiento de pabellones de conducta organizados en base a un sistema de jerarquías y ordenamientos espirituales. Veamos, a partir de entrevistas en profundidad realizadas a internos de diferentes pabellones cristianos y posiciones dentro de los mismos, la dimensión morfológica que integra la experiencia del pentecostalismo en las cárceles. Podemos adelantar que, como iglesias en miniatura, los pabellones habilitan espacios negociados de pertenencia en los que se configuran posiciones marginales, periféricas, intermedias y otras duras en términos de autoridad y compromiso interno. Empleamos aquí un conjunto articulado de categorías de análisis que fueron surgiendo de diferentes estudios realizados junto al doctor Damián Setton a partir de investigaciones comparadas entre las formas pertenencia religiosa en el templo judío de Habad Lubavitch y la Iglesia neo-pentecostal Rey de Reyes, ambos localizados en la ciudad de Buenos Aires, Argentina (Setton 2010; Setton y Algranti 2010; Algranti 2010). El sentido de esta clasificación sobre las formas de creer y pertenecer se irá aclarando a lo largo del artículo.

Comencemos con la siguiente pregunta: ¿Cómo se construye una definición exitosa de la realidad - en el sentido, de creíble, sustentable, reconocida intersubjetivamente - dentro de una institución total en crisis? Para empezar recordemos que, como señala Peter Berger (1980:34-43) en The Heretical Imperative, la paradoja de la "realidad primordial" reside en el hecho de ser al mismo tiempo una construcción firme, socialmente confirmada - lo que el autor denomina realissimum -, y a la vez una realidad precaria y frágil debido a que los procesos sociales que la conservan pueden ser siempre interrumpidos. En este sentido, los pabellones evangélicos ofrecen, en su mayoría, una respuesta a este interrogante, a través de un doble juego de ruptura y recuperación de elementos propios del medio que son recombinados con el objeto de producir una definición alternativa de la experiencia carcelaria. Esta definición depende de soportes específicos relacionados a dos dimensiones claves de la vida social: nos referimos específicamente a las rutinas y a la producción de sentidos. La primera dimensión se plasma en el uso del tiempo a partir de momentos de oración ("primicias" y "atalayas"), cultos y lectura de la Biblia ritualmente segmentados, el trabajo en actividades colectivas (limpieza, cocina, etc.) y personales (trabajo o estudio), la aceptación de una estructura jerárquica con un régimen de premios, sanciones, ascensos y amenazas de expulsión, la disponibilidad de marcadores identitarios que se plasman en el cuerpo, el lenguaje, la vestimenta, y la convalidación intersubjetiva de un mundo espiritual. Por su parte, la dimensión del sentido remite a los principios - en este caso religiosos - de clasificación que permiten ordenar el entorno y ofrecer fundamentos motivacionales para actuar día a día. Las nociones evangélicas de "quebrantamiento", "perdón", "sanidad" "nueva vida en Jesucristo" o "liderazgo espiritual", para hacer referencia a las expresiones más comunes, forman parte de un nuevo universo de significaciones que moldean los relatos que construyen los reclusos sobre sí mismos y su experiencia cotidiana. Este entrelazamiento entre rutinas y sentidos, orientado a definir una situación social en términos religioso, funciona a fuerza de proponer "hipótesis operativas", en palabras de George Mead (2009:349), que permiten solucionar problemas concretos, retomando el curso de acción interrumpido. Como vamos a ver a lo largo del artículo, el Evangelio no es exclusivamente una forma de huir del mundo de la cárcel, sino un modo específico de actuar sobre él, es un desvío aparente que vuelve a plantear los problemas institucionales, pero en sus propios términos.

 

2.1 Marginales y periféricos: los dos lados de la frontera

El punto cero del proceso de construcción de este subuniverso carcelario-evangélico es la diferenciación con otros pabellones organizados en torno a criterios específicos como los pabellones de conducta, de estudiantes, de reincidentes, los llamados de "refugiados", para ex-miembros de las fuerzas policiales o internos cuyas causas - de violación, por ejemplo - amenazan su vida, los pabellones católicos en los que aparece la devoción a San Expedito, la Virgen o el Gauchito Gil y, por sobre todas las cosas, la diferenciación se establece con los pabellones de población general. Ellos representan la posición marginal del discurso evangélico, es decir, el afuera, el límite exterior sobre el cual se construye un universo de referencias habitado por figuras negativas que confrontan la identidad del grupo con propuestas rivales de definición de la realidad y de uno mismo.

Se peleaban por bronca de la calle, por broncas de ahí adentro, porque le gustó la zapatilla de uno. Porque ahí adentro es otra vida, es otro mundo y ahí adentro digamos que es la ley del más fuerte y uno se tiene que hacer, tiene que sobrevivir ahí adentro, porque uno quiere ser más que el otro y siempre hay amistad, hay grupos, hay de 10, 15; ellos le llaman ranchadas, son como 10 personas que vendrían hacer como una familia, ellos juntos si tienen que chocar con otras personas se pelean, puede acontecer que haya un muerto. Muchas cosas pasan o lastimados mal, rompidas de panza y ya pierden un ojo, un fuelle, muchas cosas muy fuertes (Mariano, 38 años).

En la definición evangélica de la realidad, que ofrecen las entrevistas, lo primero que se deja afuera, o sea, lo primero que emerge como exterioridad constitutiva de la propia identidad, es la cultura "tumbera", de los pabellones de población general. Así como las iglesias de la calle plantean un rompimiento con las "cuestiones del mundo", ajenas a los valores cristianos, en el universo carcelario-evangélico la posición de marginalidad condensa, a veces como caricatura, los rasgos sobresalientes de la vida en los espacios de población: la violencia (choques, peleas, broncas), el peligro de muerte y enfermedad, la provocación constante, la necesidad de "pararse de manos" [pelearse, defenderse], la pertenencia y defensa de la "ranchada" [grupo de pertenencia], la circulación de drogas y "pajaritos" [bebida alcohólica casera], la lucha por la comida, la falta de respeto con la familia o la mujer de otro. A veces incluso la estrategia de medicalización constante de la psicología carcelaria en tanto propuesta rival en el tratamiento de la cura de almas, genera conflicto entre psicólogos y pastores. Existe, siguiendo la perspectiva figuracional de Elias (1993:325), una correspondencia entre la estructura de relaciones de este espacio y la estructura de carácter que propone, es decir, el modo en que se moldean los impulsos, fomentando ciertos rasgos de la personalidad en base a un juego de coacciones externas e internas. Los reclusos con experiencia en los pabellones de población general hacían referencia, durante nuestro trabajo de campo, al sentimiento de vivir "metidos en una cajita", "en un frasco" o a la necesidad de construirse una "caparazón" que les permitiera esconder expresiones de debilidad como llorar o mostrarse sensibles. En un ambiente marcado por la violencia, el stress, y los nervios - todas definiciones que surgen de las mismas entrevistas -, la estructura de la personalidad más adecuada consiste en la presentación de si como una persona recia, dura, dispuesta a pelear si hace falta. Para los evangélicos, éste es el sistema de referencias marginales sobre el que se busca afirmar una realidad alternativa-religiosa que tenga como eje fundante la pacificación del territorio; pacificar significa, como punto de partida, la ausencia o disminución de los conflictos físicos, con el consecuente desarme (facas, púas y otras armas caseras) de los pabellones o, en su defecto, la concentración de estos medios en las autoridades internas. Implica una estructura de carácter diferente en donde se valora la expresividad de las emociones, el contacto físico, la tranquilidad y la obediencia por sobre las actitudes desafiantes. Los entrevistados coinciden en la pérdida del sentimiento de amenaza que potencia actitudes introspectivas en los dominios de población general. De hecho, en un pabellón pacificado los mecanismos de resolución de conflictos obedecen generalmente a la estrategias del dialogo en presencia del líder o la expulsión directa que habilita el respaldo policial.

Antes había un líder que decía: bueno, el que se tiene bronca lo invito hermano que venga y me diga quién y quién se tiene bronca: y el chabón [muchacho], lo hacía, iba y buscaba al que se tenía bronca con el otro y les decía: bueno, ahora siéntense a tomar unos mates juntos, hasta que no digan sus diferencias no van a dejar de tomar mate, y ahí los chabones hablaban y se decían no, porque no me gusta esto y esto de vos, y no peleaban, hablaban. Sin embargo otro siervo no; se iba corriendo, llamaba a la policía y decía: aquel tiene una faca, sacámelo del pabellón (Carlos, 28 años).

Ahora bien, la pacificación lograda por medios religiosos, reubica al interno en otro espacio de reglas y referencias que afectan - siempre en distintos grados - la conducta así como los usos del tiempo, el cuerpo y el lenguaje. En este sentido, la morfología de los pabellones evangélicos delimita una forma de habitar y pertenecer al grupo que denominamos, siguiendo otros estudios mencionados anteriormente, con el término de periferia. Las posiciones periféricas lindan con las posiciones marginales sólo que ellas ocupan el límite interior. Tienen que ver con una forma distanciada de pertenencia que negocia con los marcadores identitarios y las reglas colectivas que se ponen en juego, como registra cuidadosamente el documental de Alejo Hoijman (2008), Unidad 25. En el pabellón cristiano, en tanto pabellón de conducta, hay un uso reglado del tiempo, que consiste en momentos uniformes de levantada, oración, trabajo y lectura de la biblia, también la utilización del cuerpo y del lenguaje apunta a romper con los modelos de población general. Es por eso que la vestimenta tiende a ser más cuidada, predomina el pelo corto, la higiene personal, el modo de caminar y desenvolverse en el pabellón evitando provocaciones, gritos, insultos y, por supuesto, evitando referencias "tumberas" sobre lugares y personas ("cobani", "gorra", "mulo", "rancho") que son sustituidas en parte por expresiones formales y cristianas ("celador", "hermano", "espiga" etc.). Habría en principio una prohibición estricta en el consumo de alcohol, drogas y cigarrillos. Los creyentes periféricos tienden a distanciarse y negociar con algunas de estas reglas, relacionadas a la presentación de si, el modo de hablar y vestirse y la práctica clandestina de ciertos hábitos, como fumar, armar "pajaritos" o, incluso, cigarrillos de marihuana y otras substancias a escondidas. El punto de inflexión en torno al cumplimiento de las normas, tiene que ver con la obediencia y el respeto a las autoridades religiosas del pabellón y al modo en que organizan la vida cotidiana de los reclusos. Así, lo explica Carlos, un ex-recluso de 28 años oriundo en Corrientes pero radicado en Wilde desde el 2001 y hasta el 2004 cuando a raíz de una pelea vecinal hiere de muerte a un conocido. Al año es encarcelado y sigue un derrotero por distintos pabellones de la Unidad 24 hasta que otro interno lo convence de pedir el traslado con los "hermanitos" para terminar de cumplir el resto de la pena. Allí transcurren sus días hasta su liberación en el 2010, conservando siempre una distancia con la propuesta evangélica:

[...] me explicaron las reglas, me dice: vos si no crees en Dios, aunque sea tenés que respetar las cosas; si hay oración a la mañana te levantas a la oración de la mañana, si hay culto a la tarde te levantas al culto a la tarde, si hay eventos salís a los eventos, si uno te dice anda a barrer tenés que barrer. No, está bien, le digo, yo no vine para hacer quilombo [crear problemas, conflictos], y menos acá en el pabellón de hermanitos. [...] yo vine a hacer conducta le digo, yo sé que haciendo conducta me voy a mi casa. Y respetaba, no me juntaba con nadie, andaba siempre solo, compartía con un pibe de la celda y cero cabida. [...] me preguntó si creía en Dios y yo le dije que sí pero a mi modo, no al modo que quieren los demás.

Yo no estoy convertido, no estoy convertido, porque yo fumo, tengo mente así, mente podrida vamos a decir, tenés pensamientos malos, buenos, yo no estoy convertido. Convertido estas cuando uno deja todas las cosas, va a la iglesia, deja de fumar, deja las vanidades [...] Creo en Dios, pero convertido es cuando dejas todas las cosas que vos querés, las cosas carnales, viste que el espíritu y la carne siempre van a estar peleados porque vos vas a querer hacer las cosas carnal, no espiritual.

Es posible participar de la periferia de los pabellones evangélicos sin estar convertido, es decir, aceptando a Dios, haciendo conducta y respetando la estructura de jerarquías internas, pero conservando al mismo tiempo una actitud distanciada frente a los marcadores identitarios de los "hermanitos". Para las posiciones más altas de los cuadros medios y el núcleo duro, la periferia es un espacio en donde "Dios trata con la persona", con sus dificultades y conductas, con los viejos hábitos que traen del "mundo". Por eso las reglas se vuelven más plásticas, flexibles, porque el creyente atraviesa un proceso de acercamiento al "Evangelio" en donde la conversión puede ocurrir o no. La posición periférica se expresa internamente en las figuras del "Obrero" o el "Colaborador", todas ellas tienen en común el hecho de ocupar el escalafón más bajo de los pabellones, realizando tareas de mantenimiento (de la organización cotidiana así como de los cultos y celebraciones) en las que no cuentan con personas a cargo, ni manejan recursos. Sería posible extender el juego de comparaciones hacia el universo de la política criminal brasilera y dentro de ella a la experiencia institucional de las Asociaciones de Protección y Asistencia a los Condenados (APAC), en donde se combinan elementos religiosos de corte católico en una propuesta de humanización del preso, estudiada recientemente por Laura Ordóñez Vargas (2011). En base a un abordaje antropológico, la autora señala en su tesis de doctorado la distinción interna de los reclusos entre los "sumisos", que nosotros podríamos asociar a la periferia institucional, y los "comprometidos con la verdad", relacionados en nuestros términos a los cuadros medios y el núcleo duro de los creyentes que asumen la definición carcelaria-religiosa de la realidad, ocupando posiciones internas de liderazgo. Los sectores periféricos son denominados en algunas entrevistas como "Pueblo" o "hermanitos", para referirse genéricamente a los creyentes que están a medio camino entre el convencimiento y la conversión a la vida religiosa. En este sentido también es interesante señalar que la periferia combina, aunque no sin tensión, las creencias evangélicas con entidades y símbolos de otras religiones, como santos católicos y divinidades afro-brasileras. Las entrevistas abundan en relatos sobre "manifestaciones", es decir, momentos en los que se hacen presentes espíritus y santos. El Exú Tranca Rúa, que abre o cierra caminos, y San la Muerte, son entidades con cierto arraigo en el mundo carcelario que entran en conflicto con las creencias evangélicas.

La periferia representa una forma de pertenencia en donde conviven y pugnan las antiguas creencias con el orden simbólico del "Evangelio"; es un ámbito atravesado por experiencias religiosas de atadura y, a veces también de liberación, que pueden llevar a un compromiso más grande con la propuesta cristiana. Es posible que la mayor parte de los pabellones evangélicos - que oscilan en términos generales entre 25 y 70 personas -, estén compuesto por una población predominantemente periférica de "Obreros" y "Colaboradores". Ellos aceptan y participan de la definición evangélica de la realidad, colaboran en sus actividades, asisten a los cultos, a las reuniones de "espiga" y trabajan en las tareas asignadas. Sin embargo, conservan rasgos propios de las posiciones marginales: fuman, mantienen creencias de otras religiones, utilizan lenguaje carcelario y no están interesados, por ejemplo, en el "proceso de elevación", o sea, en asumir nuevos roles y responsabilidades dentro de la jerarquía evangélica.

 

2.2 Los guardianes de las reglas

La morfología de los pabellones cristianos construye un espacio de relaciones sociales en donde no sólo se estabilizan posiciones marginales y periféricas. Al igual que en los templos, y otras organizaciones religiosas, la vida en grupo depende del trabajo semi-profesionalizado de un cuerpo de creyentes comprometidos que desempeñan funciones intermedias en la división del trabajo social. Esta es la posición de los cuadros medios, o sea, de aquellos agentes que habiendo incorporado el universo de reglas y referencias disponibles, se vuelven autentico garantes del orden establecido y de la definición de la realidad que éste supone. Su posición es intermedia porque las oportunidades disponibles para la acción y promoción dependen de otras personas con cargos más altos, pero cuentan, a su vez, con la capacidad de decidir sobre los miembros periféricos. En los pabellones cristianos, esta posición corresponde a los llamados "obreros de pieza" o "líderes de espiga". Ellos son los creyentes que tienden a incorporar los marcadores identitarios y el sistema de reglas evangélico sobre los hábitos, la vestimenta, el lenguaje, los usos del cuerpo y las creencias; es decir, que rompen - en principio totalmente - con los códigos de población general y hacen suya la propuesta cristiana, asumiendo mayores responsabilidades. No son los "convencidos" de la periferia, sino los que asumen el rito de pasaje y se convierten al "Evangelio", participando del "proceso de elevación" - para usar la expresión émica - que implica el hecho de ser llamado a ocupar posiciones internas de liderazgo. Este comienza con la conducción de un grupo de internos a los que se "pastorea". Pastorear significa llevar a adelante un trabajo cotidiano de seguimiento a través de reuniones de "espiga" y charlas individuales. Supone saber en qué está cada uno, conocerlo, compartir lecturas de la Biblia, estar atento a lo que le falta, asegurarse que reciba recursos del diezmo colectivo si los necesita, seguir la evolución de su causa, intentar que recupere la relación con su familia si es un "pálida" - si no tiene quien lo visite; también implica resolver verbalmente los conflictos que puedan surgir, designar tareas y colaboradores, controlar que se respeten las normas del pabellón, mantener las infracciones al mínimo y reconocer el potencial de cada uno para cumplir nuevos roles. En fin, se trata de un administrador de gratificaciones, sanciones y cuidados, un referente de autoridad que contribuye a mantener las condiciones de producción de la creencia evangélica.

El liderazgo de los cuadros medios supone el aprendizaje de una ética religiosa que también es una técnica. Ambas se plasman en la apropiación de una cosmología cristianas, con sus credos, dogmas y formas de pensar, y el aprendizaje de técnicas específicas vinculadas a la oración, la lectura de la Biblia, el pastoreo y la ejecución correcta de los rituales durante el culto y las celebraciones. Las formas de sociabilidad intensiva que supone una institución de encierro, contribuyen fuertemente a la construcción social de la "mirada evangélica". Ella consiste en un conjunto articulado de esquemas de percepción y comprensión del entorno en base a etiquetas, definiciones, principios de clasificación y criterios de razonamiento. En homología con las mega-iglesias y sus formas de moldear la mirada (Algranti 2010:161-166), los pabellones cristianos proponen la sustitución de los "ojos naturales", propios del mundo en todas sus variantes y expresiones, por los "ojos espirituales", que hacen del sentimiento de realidad que ofrece la religión, el fundamento de todas las esferas de la vida. Este es el caso de Mariano, un ex-convicto de 38 años del barrio la Odisea en el partido de Quilmes. Él es encarcelado por robo a mano armada en dos oportunidades, primero, en 1999 y luego nuevamente en el 2003 a los pocos meses de haber cumplido la pena anterior. Durante este segundo período, Mariano, decide en el 2005 pedir el traslado a los pabellones evangélicos en donde asciende hasta convertirse en un líder de celda:

yo ingresé a ese lugar y miraba con los ojos naturales porque en sí todavía miraba con mis ojos naturales, miraba todas las cosas. [¿Qué son los ojos naturales?] Los ojos naturales son los que supuestamente uno se conduce en el mundo, yo me conducía conforme a mis pensamientos, me dirigía basado en lo que a mí me parecía que estaba bien.

Experiencia y cambio son las dos coordenadas fundantes que pre-figuran la incorporación de la mirada evangélica. La experiencia remite al contacto sensible con lo numinoso, es decir, al punto de encuentro con la dimensión vivencial de la fe que se expresa en el cuerpo a través de trances extáticos, sueños, glosolalia, llantos de quebrantamiento, la sensación de paz, perdón o alegría, que narran las entrevistas. El cambio consiste en las marcas visibles, socialmente reconocidas, que deja esta experiencia y que se hacen cuerpo en la forma de vestir, caminar, hablar y conducirse dentro de los pabellones, portando los signos de la conversión. La proyección de si de los cuadros medios requiere del abandono definitivo de los "ojos naturales", de los valores y juicios del mundo, para anteponer la clave religiosa de interpretación de la realidad. Otro de los rasgos distintivos de esta posición son las aspiraciones o intereses creados en las oportunidades de poder y prestigio que habilita el régimen evangélico dentro y eventualmente fuera del pabellón. Internamente implica la posibilidad de reconocimiento, el acceso a recursos (como el diezmo y las donaciones externas), la ampliación de las redes sociales con las fuerzas de seguridad de la cárcel y con los pastores de las iglesias que respaldan a las autoridades internas. Los entramados de contactos y conexiones ocupan un lugar central en la vida del pabellón. Les otorga, por ejemplo, la posibilidad de pedir a los directivos del penal el traslado de los reclusos que no cumplan con las expectativas de conducta. Esto funciona como realidad, pero por sobre todas las cosas funciona como una amenaza implícita; es la máxima sanción que puede recibir un interno en los pabellones evangélicos. También, los contactos les permiten participar de un régimen de circulación de recursos relacionados a la iglesia que los apadrine. Los cuadros medios, es decir, las figuras de los obreros de pieza o líderes de espiga, ocupan una posición en la morfología evangélica que es inseparable de ciertas aspiraciones de ascenso al círculo del núcleo duro que gobierna la vida del pabellón. En este sentido, y a diferencia de la periferia, el discurso de los líderes que emerge de las entrevistas tiende a desdibujar los conflictos y a acusar en todo caso al "pueblo" de mantener conductas marginales propias de la población general.

Existe, por último, una cuarta posición dentro de los pabellones cristianos que, en homología con las iglesias, corresponde a lo que podemos denominar con el término de núcleo duro. Esta posición representa una posible forma de habitar el espacio de relaciones evangélico, ocupando ámbitos de autoridad entre los internos. La autoridad del cargo reúne condiciones objetivas y subjetivas. Las primeras, siguiendo a Wright Mills (2005:110-111) en su estudio clásico sobre las elites, tiene que ver con la acumulación de ventajas, es decir, oportunidades objetivas de poder y prestigio que construyen los círculos de sociabilidad de dirigentes en base a redes ampliadas que los conecta con otros espacios de influencia. Las condiciones subjetivas, en cambio, refieren a las disposiciones psicológicas, la confianza, la seguridad, la determinación para ocupar lugares de liderazgo y estar dispuestos a hacer lo que haga falta por conservarlos. Podemos decir que en los pabellones evangélicos, el núcleo duro se encuentra compuesto por las figuras - generalmente denominadas con el termino - de "Siervo" y "Con-siervo". También es preciso reconocer que cuando la cadena de interdependencias se amplia y diversifica tienden a cristalizarse nuevos roles dentro del entramado social. Este es el caso, por ejemplo, de los nombramientos de "Ministros" y "Diáconos" en la Unidad 25, la cárcel iglesia "Cristo la única esperanza". Volviendo a la cuestión de las condiciones subjetivas es interesante señalar que el neo-pentecostalismo refuerza y capitaliza a los líderes locales. Por eso no es extraño que el núcleo duro comprenda, en algunos casos, a antiguos jefes de "ranchada" que antes ejercían el liderazgo de "mala manera", para "defender lo mío", como explica Mariano un ex-siervo de la Unidad 23, al hablar de la violencia y el maltrato en los pabellones de población general. Es posible trasladar las disposiciones individuales de un espacio a otro, reconvirtiendo la autoridad carcelaria en autoridad religiosa. Aquí el carisma, en las dos formas en las que lo distinguía Weber relacionadas a los atributos personales y al oficio de función, inviste la autoridad del líder con el soporte simbólico de lo sagrado, reforzando, sacralizando, las posiciones dominantes de la cárcel. Si pensamos ahora en las condiciones objetivas del núcleo duro, o sea, en las oportunidades de poder que representa ser un siervo o un con-siervo, nos encontramos con la acumulación de ventajas, propias de un entramado social más amplio, y nos encontramos también con el modo en ellas son capitalizadas hacia adentro. Las ventajas remiten fundamentalmente a la capacidad mediadora y de gestión que implica el trabajo de los siervos. Recordemos que ellos mantienen un vínculo exclusivo con los pastores externos que respaldan su cargo, le suministran recursos (Biblias, comida, ropa, remedios, entretenimiento - películas, música, libros, materiales de enseñanza), pueden realizar trámites y averiguaciones sobre sus causas y en algunos casos funcionan como intermediarios con las familias de los reclusos. Es también el núcleo duro el que evalúa individualmente a cada interno y decide quienes están en condiciones de ser líderes. En sentido contrario, cuentan con la capacidad de pedir y conseguir traslados para los que no cumplen con las reglas gracias a las relaciones que se estabilizan con las fuerzas de seguridad del penal. Por último, podemos mencionar el manejo y la administración de los recursos - básicamente alimentos, pero también productos de aseo personal - que diezman los creyentes y que consiguen a través de sus familias. Este recurso colectivo es monitoreado, no sin tensión y conflicto, por los siervos. La acumulación de ventajas no supone una impunidad total. Muy por el contrario implica un juego cruzado de responsabilidades y vigilancias en donde las posiciones medias y periféricas exigen que las autoridades reproduzcan los marcadores identitarios, reglas, normas y valores que predican. En nuestro corpus de entrevistas la diferencia entre "el ser o el parecer" sobresale como un sistema informal de clasificación desde donde se confirma o deslegitima la autoridad evangélica de las posiciones dominantes. Un siervo o líder "cachivache" es aquel que hace un mal uso de las ventajas objetivas: se apropia recursos del diezmo, conserva armas caseras, abusa del monopolio de la capacidad de expulsión, consume drogas o "pajaritos", le preocupa más su vínculo con la policía que con los reclusos, monta una puesta en escena para los pastores externos y concentra los negocios4 del pabellón.

 

3. Hacer de corazón, hacer de costumbre

En un medio cultural históricamente católico, como es el caso de la Argentina, las prácticas y creencias evangélicas suelen producir un efecto de extrañamiento que suscita la pregunta inmediata por la autenticidad de la creencia. El rito de pasaje que supone la conversión, en términos de cambio religioso y adhesión a un nuevo culto, sumado a una poderosa ética intramundana que se propone realizar la religión en el mundo y no fuera de él, mezclándose con las distintas esferas de la vida social, genera una cierta desconfianza sobre el carácter genuino o impostado, secretamente instrumental, de la fe evangélica. Esta prenoción o zoncera aparece, a veces de forma explícita otras de manera sublimada, en el discurso mediático, aunque también es posible rastrearla en investigaciones académicas y en el modo en que los mismos creyentes se juzgan entre sí. Llevada al mundo carcelario esta valoración se plasma en la siguiente pregunta: ¿Los internos viven un cambio espiritual desde adentro que los lleva a mejorar sus condiciones de vida en base a la religión o aceptan cínicamente y desde afuera la performance evangélica para gozar de los beneficios de un pabellón pacificado, que presenta nuevos espacios de poder?

Podemos comenzar señalando que para la sociología no existe la distinción irreconciliable entre el adentro y el afuera - entre "hacer las cosas de corazón o hacerlas de costumbre", como señalan los entrevistados - a la hora de analizar las formas de producción social de las creencias. Hábitos y experiencias numinosas, forma y contenido, son en un punto indisociables. El actuar como si se creyera puede terminar inspirando la adhesión o cercanía a una verdad en principio impostada. "Actuar sin sentir para llegar a sentir" - el abêtissez-vous (atóntate) de Pascal en Pensamientos - es una de los casos fundamentales que analiza Giovanni Papini (2011:115-124) en sus estudios sobre el pragmatismo y la voluntad de creer. Por eso la pregunta por la autenticidad es, en todo caso, una pregunta por los usos de la autenticidad en el discurso evangélico-carcelario. Y es aquí donde cobran importancia las distintas formas de habitar los pabellones cristianos. Las posiciones marginales, periféricas, medias y duras, configuran un espacio de puntos de vista, siguiendo a Bourdieu (2007:9-10), en donde la manera de pertenecer y relacionarse con el "Evangelio" depende del lugar que se ocupe dentro de él. En este sentido, la definición exitosa de la situación social, con el sentimiento de realidad que la acompaña, es el resultado del trabajo conjunto de obreros, líderes y siervos, que permiten introducir variaciones religiosas del contexto carcelario. Ahora bien, las posiciones señaladas son complementarias, pero a la vez rivales entre sí. Por eso el discurso de la autenticidad funciona internamente para respaldar o deslegitimar actitudes individuales.

En este sentido, desde la posición marginal de los pabellones de población, los "hermanitos", son vistos como "refugiados", o sea, como internos que no podrían sobrevivir a la dureza del medio carcelario sin la religión o que buscan en ellas nuevas oportunidades de autoridad que no encuentran en su espacio. Por eso dentro de los códigos "tumberos" el pedido de traspaso de los pabellones generales a los pabellones cristianos carga con una suerte de estigma indisociable del rompimiento con el grupo de pertenencia. "Y la ranchada mía como que ya me miraban con otros ojos. Dicen: mira, éste se apagó, se le enfrió el pecho", relata Mariano al hablar de los días restantes entre su solicitud de traslado y la llegada al módulo evangélico, luego de haber estado encerrado en las celda individual de castigo, los llamados "buzones", por una pelea con otro recluso. En el subuniverso de la población general las posiciones dominantes, es decir, lo que nosotros denominamos como el núcleo duro son los líderes de las "ranchadas". Y los "hermanitos" pertenecen a las posiciones marginales, al borde exterior, el afuera de la identidad "tumbera" que se afirma en la exclusión de las formas alternativas de definir la realidad carcelaria. Aquí, la crítica de la autenticidad adopta la forma de la descalificación de las creencias religiosas reducidas a pura estrategias de las posiciones débiles, que no soportan la presión de los "ranchos", y estrategia también de las posiciones intermedias, que buscan en los pabellones evangélicos el liderazgo que no pueden desplegar totalmente en los módulos de población.

Ahora bien, ¿qué ocurre hacia adentro del mundo cristianos-carcelario? Podemos comenzar señalando que los creyentes periféricos, mantienen una postura controladora de sus autoridades, atenta a la doble moral que pueda surgir de líderes y siervos que no cumplan con las reglas que imponen. La apropiación periférica del discurso de la autenticidad consiste en una suerte de crítica subterránea de las actitudes impostadas, que ponen en evidencia un desfasaje entre lo que los creyentes dicen y hacen o en el modo en que se comportan dentro y fuera del culto, frente a los ojos del pastor externo o a sus espaldas. Recordemos que en un espacio intensivo de socialización, como es la cárcel, es considerablemente más difícil interpretar personajes sociales excluyentes entre sí, sin quedar en evidencia. Este peso gravita fundamentalmente sobre los distintos grados de autoridad, sobre los líderes de espiga, los con-siervos y siervos; todas figuras ejemplares de una forma de vida religiosa que requiere un monitoreo constante de las propias acciones. En el espacio de los puntos de vista de los pabellones evangélicos, la periferia ocupa un lugar subordinado, pero altamente crítico de las visiones dominantes del mundo, o sea, del corpus de creencias pentecostal, y del modo de ejercicio de la autoridad. Los "líderes" inauténtico o cachivaches son aquellos que se preocupan exclusivamente por agradar a los siervos y pastores, descuidando al grupo que tienen a cargo o conservan hábitos de los pabellones de población, conductas agresivas, maltratos, insultos, vicios que no se corresponden con el puesto que ocupan; en una palabra, no se terminan de ajustar a las reglas y al personaje que representan. Esto no sería un problema si fueran parte de la periferia. Pero en tanto líderes se encuentran expuestos a la descalificación, de la cual la periferia es propensa por su condición dominada. La situación de encierro acorta la distancia entre el "ser o el parecer" del juego social. En alusión a este planteo, puede resultar útil la mirada sensibilizadora de la filosofía, sobre todo las elaboraciones referidas al modo en que las representaciones artísticas se constituyen en una lógica específica de concebir el mundo. Retomando, específicamente, la Estética de Georg Lukács (1966) - heredero a su vez de la Lógica hegeliana -, podemos decir que la vida religiosa de los pabellones cristianos se rige en parte por una dialéctica de la esencia y la apariencia. El mundo sensible de lo aparente encuentra su verdad en una esencia que lo trasciende e integra, pero esta última sólo se manifiesta, es decir, se expresa y vuelve accesible al conocimiento, a través de las apariencias fenoménicas. En relación a nuestro objeto de estudio, esto significa que en los pabellones evangélicos el sentido último de las apariencias que componen los atributos esperables del creyente - el modo de vestirse, hablar, caminar, desenvolverse con otros, participar de los cultos y ritos cotidianos - debería, siguiendo el discurso religioso, encontrar su razón de ser en una creencia previa, que los internos asocian a la conversión, al sentimiento de ser "tocado y transformado por Dios". Sin embargo, esta vivencia espiritual de carácter fundante sólo es reconocible por los pequeños cambios cotidianos, aparentes, externos, en donde los detalles ocupan un lugar decisivo porque evidencian o desmienten el estado de comunión con la divinidad que tiene la persona. Las posiciones periféricas, que como vimos habitan la frontera interior de los pabellones en un juego de aceptación y rechazo de la propuesta evangélica, tienden a hacer foco en la crítica de las actitudes desviadas de los cuadros medios y el núcleo duro. Analicemos ahora el lugar de los "líderes" y los "siervos".

Los usos de la autenticidad en el discurso evangélico-carcelario adoptan nuevas aristas cuando ascendemos en las jerarquías internas. Recordemos que las posiciones medias y duras son los guardianes de una definición imperante, legítima, de la realidad, construida en base a un soporte religioso. Son ellos los encargados de llenar de contenido al significado de lo que implica ser una creyente autentico. Y a su vez la autenticidad es una forma de consagrar la propia posición, elevarla frente a las otras. En este sentido, lideres y siervos se diferencian de la periferia, pero sin abandonarla como blanco de intervención. Para el núcleo duro los creyentes periféricos son personas con las que "Dios trata" porque todavía conservan rasgos de la "vieja vida", o sea, las costumbres amplificadas de los pabellones de población general.

[...] porque muchas personas van ahí para buscar una comodidad, porque no pueden vivir en otros lados, en sí todos tienen un llamado; pero ahí también es el que persevera, el que realmente abre el corazón a Dios y quiere cambiar de verdad. [...] No es que son cachivaches, son personas que Dios tiene que tratar, son de carácter distinto. Ahí en la unidad donde estábamos nosotros, hay personas que vienen de una vieja vida, de una mala manera de vivir ¿no? que es de tocar las cosas, de hacer daño o querer lastimar a uno o al otro; y a esas personas no se las cambian de un día para el otro. Entonces, se las acomoda en un pabellón, se las ministra, se las trata con personas capacitadas, con personas que quizás pasaron por el mismo proceso (Mariano).

"Abrir realmente el corazón", "cambiar de verdad", reemplazar los malos hábitos por nuevos códigos de conducta, esta es la distancia que las autoridades construyen entre el creyente en proceso y el cristiano autentico que hace suyos los marcadores identitarios del "Evangelio". Este ultimo carga con el peso de conservar esa correspondencia entre "el ser o el parecer" en un ámbito intensivo de micro-interacción en donde los detalles cuentan porque casi no hay espacios privados, íntimos, para desmarcarse del personaje social asumido. Los bastidores o tras bambalinas, siguiendo a Goffman, como aquellos espacios detrás de escena que permiten relajar los atributos particulares del rol que se interpreta, se encuentran naturalmente reducidos en el vida de los pabellones a su mínima expresión. Dentro de las posiciones dominantes se establece una nueva distancia entre los cuadros medios de líderes de espiga y el grupo nuclear de siervos y consiervos. Y ahora, visto desde lo alto de la jerarquía, es el cuadro medio y no la periferia, la posición que se encuentra en proceso de alcanzar un nuevo piso de autenticidad relacionado al buen ejercicio de las tareas pastorales de su grupo de internos. Los intereses creados que conlleva la función del líder obedecen a la posibilidad de conseguir el respaldo de su siervo y de las instituciones (iglesias, fundaciones, seminarios) que lo avalaban y, tal vez, en el futuro tener su propio pabellón. Esto no quiere decir que todos los líderes tengan el mismo objetivo, sino que su lugar intermedio hablita un horizonte de expectativas generalmente orientado hacia el núcleo duro. De ahí también la disputa por la cercanía al siervo y la consecuente adopción de pautas de conducta - formas de hablar, de orar, de estudiar y citar la biblia - mediante las cuales el líder busca homologarse con el núcleo duro, aparentando un status y un prestigio que no posee. Esta condición de medio pelo, como diría Arturo Jauretche (2010), se expresa de forma más extrema cuando los líderes se comportan como "pastores en miniatura" y replican situaciones carismáticas - de sanidad, trances extáticos, guerra spiritual - que corresponden a posiciones más altas, entrando en una zona de conflicto. Digamos que el principio de correspondencia entre "el ser o el parecer" puede ser trastocado en dos direcciones: hacia abajo cuando el líder, conserva actitudes propia de las posiciones marginales y periféricas, disimuladas bajo un halo de espiritualidad; hacia arriba, cuando incorpora a su status de ascenso atributos exclusivos de las máximas autoridades, casi siempre relacionados a las formas del carisma religioso. En ambos casos, el intento exagerado por tratar de parecer algo que no se es puede derivar en la expulsión irremediable del pabellón.

Para las posiciones más altas del núcleo duro los usos del discurso sobre la autenticidad religiosa les permiten establecer criterios de clasificación y, en algunos casos, de ascenso de los creyentes. Como vimos, los reclusos que se ajustan a las reglas de convivencia, se involucran activamente en los cultos y muestran capacidades de liderazgo, están en condiciones de convertirse en obreros de pieza o lideres de espiga. Y son los siervos los que pueden decidir quiénes y en qué medida se adecuan a los criterios de obediencia cotidiana, participación religiosa e influencia sobre sus compañeros para transformarse en auténticos líderes. Ahora bien, los principios de autenticidad, entendidos siempre como el grado de ajuste entre la persona y al papel que interpreta, también recaen indefectiblemente sobre el circulo del núcleo duro que debe garantizar la legitimidad de su cargo hacia adentro del pabellón y probarse hacia afuera frente a la iglesia que lo designa y respalda. La puesta en escena de los cultos semanales, que cuentan con la presencia del pastor principal, son eventos en donde el monitoreo del "ser o el parecer" recae fuertemente sobre el núcleo duro. La ejecución correcta del culto en presencia de las autoridades es fundamental en la reproducción de las condiciones materiales y simbólicas de la realidad carcelaria-religiosa. Pero cuando los cultos son realizados durante los días de semana sin permiso, ni supervisión de la iglesia, se aplican sanciones a siervos y lideres por desobedecer a los pastores y atribuirse funciones que no corresponden con su posición.

Una vez más el problema del vinculo entre la posición objetiva y el status asumido, se presenta ahora en el núcleo duro, que olvida que su posición dominante dentro de la cárcel no puede ser trasladada mecánicamente sin más a otro espacio de relaciones como es la iglesia que lo apadrina. Allí, forma parte de los cuadros medios de la institución religiosa, no de los cargos nucleares. El carácter situacional de toda autoridad marca un límite a las pretensiones de proyección de los siervos, cuando el desencuentro entre "el ser y el parecer" se expresa en la mimesis de los pastores y sus patrones de conducta.

 

4. Conclusiones: acuerdos prácticos con las "cosas"

Siguiendo la perspectiva relacional empleada a lo largo del artículo, podemos decir que la definición exitosa de un sentimiento alternativo de realidad que proponen los pabellones cristianos se forja en el reconocimiento implícito de cuatro posiciones diferentes, pero complementarias. Los pabellones cristianos delimitan así un territorio espacial y simbólico que puede ser habitado, en términos analíticos, desde las cuatro posiciones señaladas (nucleares, medias, periféricas y marginales). Este espacio de pertenencias múltiples reordena las relaciones sociales e ideales del recluso, acentuando la dimensión espiritual preexistente en las variadas formas de la religiosidad del mundo carcelario. La realidad más verdadera del sentimiento religioso, frente a la cual parecen palidecer el resto de los dominios de la existencia, no se construye en oposición y consecuente fuga de los problemas concretos de la vida cotidiana, sino más bien como una respuesta práctica a ellos. "La religión", planteaba Marx (2005:20) en La cuestión judía, "es propiamente el reconocimiento del hombre por un rodeo, por un mediador". Aquí el rodeo del neo-pentecostalismo se fija en cuestiones concretas que afectan la realidad cotidiana de la vida carcelaria, pero que aparecen en términos espirituales. En este sentido, los relatos, especialmente los de las posiciones intermedias y nucleares, no así los de la periferia, tienden a espiritualizar la vida cotidiana, haciendo de las formas de la experiencia numinosa - el sentimiento de ser tocado y afectado por Dios - la fuerza modeladora de nuevas orientaciones y definiciones del entorno. En la visión nativa, el cambio personal es un camino que va desde la creencia hacia la conducta, desde adentro hacia afuera. Si dejamos por un momento de lado el efecto pleno de sentido que produce la resignificación retroactiva de los creyentes al hablar de su trayectoria, nos encontramos con que los pabellones actúan sobre dos dimensiones más o menos diferenciadas. Podemos reconocer primero una dimensión práctico-material, relacionada al mundo de la rutina, o sea, al día a día de los internos y los problemas que deben enfrentar. En términos generales la propuesta evangélica plantea soluciones a cuestiones concretas: nos referimos a la pacificación de los pabellones y el desarrollo de formas no violentas de gestión del conflicto, la prohibición de maltratos y abusos sexuales, la atención de las necesidades cotidianas, como comida, ropa y elementos de aseo personal, el seguimiento de la evolución de las causas, la comunicación con la familia, posibilidades de capacitación en el aprendizaje de una técnica y un ética que se plasma en el lenguaje, en la hexis corporal, en el empleo del tiempo, generando un status de ascenso en los creyentes más comprometidos que buscan proyectarse hacia otras posiciones. Se restablece así un cierto acuerdo práctico con las "cosas", con lo "real", como plantea Durkheim (2003:91-95) en sus estudios críticos sobre el pragmatismo.

A su vez las cuestiones prácticas no tendrían eficacia ni duración si no fuera por el soporte simbólico, los sentidos que las sostienen y envuelven, las sacralizan, las tornan inteligibles. La dimensión de las imágenes religiosas contribuye a definir la realidad carcelaria a través de: ritos de pasaje y consagración, oraciones diarias y cultos semanales que alternan momentos de alabanza y adoración cargados de emotividad (son paréntesis en los que los internos pueden cantar, bailar con otros, llorar desconsoladamente o reír a carcajadas); el universo simbólico se actualiza también mediante un sistema de premios y castigos (promociones y disciplinas) y relatos duraderos sobre el sentido del sufrimiento, la vida y la muerte, la salvación, la injusticia, la disparidad entre merito y destino, para utilizar la expresión de Weber sobre las teodiceas. La dimensión práctica y simbólica se entrelaza en un espacio de sociabilidad intensivo, de clausura, que se caracteriza en parte por la escasez de opciones alternativas para los reclusos del SPB. En este sentido, los pabellones cristianos no son sólo el recurso de los que no tienen recursos, sino también un horizonte de acción para aquellos que quieren alcanzar posiciones de liderazgo más altas de las que tienen en los módulos de población general.

Retomemos nuevamente y para concluir la pregunta por el "ser o el parecer" de la vida religiosa en las cárceles. Consideramos insuficientes las lecturas de corte utilitaristas en la medida en que suelen hacer foco exclusivamente en la dimensión del interés, el cálculo y la apuesta que llevan a adelante los reclusos que ingresan al pabellón evangélico, reduciendo la creencia a un medio cuyo único fin es mejorar las condiciones de vidas. En el extremo opuesto es preciso desmarcarse de las definiciones idealistas que suelen considerar a las creencias, desde la perspectiva del actor, en tanto ideas que son consideradas y vividas como verdaderas por las personas. Esta definición de matriz religiosa suele ser el discurso de los actores sobre su propia experiencia, significada como un cambio que se da desde adentro hacia afuera. Por el contrario el punto de partida de una definición sociológica de las creencias consiste en invertir los términos de esta relación y pensar el asentimiento o conformidad con un corpus de representaciones como el resultado de ocupar un lugar, un espacio, en un entramado de relaciones. Creer o no, al menos desde la perspectiva relacional, es una cuestión de posición y no de principios. Se puede creer con el cuerpo, sin el discurso. Se puede creer con el hábito y la conducta, sin la profesión de fe ni el cambio radical de conciencia. En este sentido podemos decir que creer no es otra cosa sino habitar una posición, con todas sus variantes, desde la cual se convalida una definición de la realidad y de las situaciones que la componen. Bajo esta lente, la subjetividad no es ni más ni menos que el punto de intersección, el cruce, entre las distintas posiciones que reúnen - combinan, jerarquizan y sintetizan - las personas en la vida cotidiana.

 

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Recebido em junho de 2011
Aprovado em setembro de 2011

 

 

Joaquín Algranti (bmnreinhardt@gmail.com)
Sociólogo, Doutor em Ciências Sociais pela Universidade de Buenos Aires e pela École des Hautes Études en Sciences Sociales. Pesquisador assistente do CONICET, professor titular do Seminário de Sociologia da Religião da Universidad de Salvador e professor ajudante da Facultade de Ciências Sociais da UBA.