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Revista de Psiquiatria do Rio Grande do Sul

Print version ISSN 0101-8108

Rev. psiquiatr. Rio Gd. Sul vol.26 no.3 Porto Alegre Sept./Dec. 2004

http://dx.doi.org/10.1590/S0101-81082004000300002 

ARTÍCULO ORIGINAL

 

La práctica analítica actual y la problemática del poder

 

Current analytic practice and the question of power

 

 

Norberto Carlos MaruccoI; Alejandra Vertzner de MaruccoII

IMiembro Pleno de la International Psychoanalytical Association y Miembro Titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina
IIMiembro Asociado de la International Psychoanalytical Association y Miembro Adherente de la Asociación Psicoanalítica Argentina

Dirección para correspondencia

 

 


RESUMEN

Los autores enfocan la práctica psicoanalítica bajo el vértice del poder y diferencian el poder en su acepción verbal y sustantiva. El poder verbal es la aptitud de realizar alguna cosa en el sentido de ser capaz. El poder sustantivo es el dominio, la supremacía, la autoridad, o aún la fuerza, la superioridad. Si el poder es sustantivo o verbal, de esto resultará una diferencia de significado y también de significante. Los autores enuncian el poder como categoría antropológica, psíquica y social. A seguir definen qué es la práctica analítica actual partiendo de tres aportes: los diferentes esquemas referenciales, las patologías actuales (psicosomáticas, limítrofes, anorexia y bulimia, etc..) y la actualidad sociocultural. Después de enmarcado el campo conceptual, los autores plantean el abuso del poder del analista que se acompaña por una progresiva supresión de Eros, o sea, de una desfusión pulsional. Cuando ocurre, la pulsión de muerte se expresa por una idealización de la transferencia, que es igual al poder sustantivo, no al poder verbal. La hipnosis es el mejor ejemplo de este fenómeno: el enamoramiento, la transferencia idealizada. Cuando, al contrario, ese poder en el sentido sustantivo está en el paciente, el analista, por vía de la contratransferencia, es obligado a renunciar su sexualidad. El analista, entonces, procederá, por su fuerza, el desmantelamiento de esta situación infantil en la que un objeto poderoso anula el nacimiento de la sexualidad en el escenario de la práctica analítica. Finalizan con la afirmación de que el resultado iatrogénico del apego a un objeto, cuando ese se instala en el análisis, es impedir el desarrollo de la pulsión sexual como amor de transferencia; la anulación de la sexualidad va generando, en el par analítico, relaciones de poder. Si eso ocurre, no importa quien triunfe, la práctica analítica será inundada por la pulsión de muerte.

Palabras clave: Práctica analítica, poder, pulsión, transferencia, contratransferencia.


ABSTRACT

The authors focus on psychoanalytic practice in the current days in what concerns power vs. ability. Ability is the possibility of doing something, it means "being able". Power, on the other hand, is associated with command, supremacy, authority or even strength, vigor. The difference between power and ability will result in a difference in meaning and form. The authors present power/ability as being an anthropological, psychic and social category. Still, they define the analytic practice in the current days in view of three aspects: different reference schemes, current pathologies (psychosomatic and borderline pathologies, anorexia and bulimia, etc.), and finally the current social and cultural reality. After tackling such concepts, the authors address the abuse of power on the analyst's part, which is accompanied by a progressive suppression of Eros, i.e., of a drive diffusion. When this happens, the death drive manifests itself through the idealization of transference, which is equivalent to power — not to ability. Hypnosis is the best example of this phenomenon: fascination, idealized transference. On the contrary, when power is on the patient's part, the analyst, by means of countertransference, is forced to renounce his/her sexuality. The analyst, then, will have to destroy this childish situation in which a powerful object cancels the birth of sexuality within the environment of the analytic practice. The authors finish saying that the iatrogenic consequence of the attachment to an object, when installed in the analysis, is prevention of the development of sexual drive as a transference love, and that the cancellation of sexuality gives rise to power relations in the analytic pair. If this occurs, it does not matter who wins — the analytic practice will be marked by the death drive.

Keywords: Analytic practice, power, drive, transference, countertransference.


 

 

INTRODUCCIÓN

La problemática del poder tiene, sin duda, una importancia decisiva en la práctica analítica actual, entre otras cosas, porque el modo de significar y categorizar este "poder" imprimirá características singulares a la conceptualización que se haga de la teoría, de la clínica y de la técnica psicoanalíticas. A su vez, el poder se manifestará en sus diversas formas en todos los ámbitos del quehacer del psicoanálisis, al tiempo que lo hace, sin duda, en todos los ámbitos de lo humano en general.

Por otra parte, las preocupaciones que nuestra práctica analítica suscitan cotidianamente, nos obligan a actualizar nuestras preguntas clínicas y a revisar nuestras respuestas teóricas y técnicas, situados como estamos, y con la parcialidad que nuestra vocación nos impone, en la arena donde combaten el hombre y su sufrimiento. Arena caliente, además, si tomamos debida cuenta de que este proceso se inscribe en un presente, en una "actualidad", cuyas características debemos analizar profundamente para justipreciar, de manera adecuada, esta variable que actúa sobre el paciente, sobre el analista y sobre el campo en el que este vínculo se conforma. De ahí que también valga subrayar vigorosamente la importancia de la problemática del poder de la práctica analítica actual para cumplir con sus objetivos terapéuticos, ya que, en cierta medida, esta cuestión actualiza la vigencia del poder del psicoanálisis para explicar al hombre, auxiliarlo en sus malestares y aportar una visión lúcida y crítica de su cultura, a la vez que un análisis profundo de sí mismo como ciencia y, en tanto, como producción cultural.

Conviene comenzar, entonces, por definir a qué nos referimos cuando hablamos de "poder". Vale aquí una primera distinción semántica en sus acepciones: "poder", en su forma sustantiva, alude a imperio, dominio, potestad, mando, jurisdicción, supremacía, facultad, autoridad, a la vez que a vigor, fuerza, potencia, pujanza, eficacia, influencia, ascendiente, posibilidad, poderío. En su forma verbal, alude a la aptitud de realizar algo, a tener expedita la facultad o potencia de hacer una cosa, ser factible, ser posible, ser capaz. Veremos, más adelante, el peso de esta distinción: al tratar el tema del poder, importará señalar de qué "poder" estamos hablando. Este poder, en su sentido sustantivo o verbal, impondrá una diferencia no sólo de significado sino, fundamentalmente, en cuanto a sus consecuencias significantes.

El poder, entendido como una categoría antropológica, no "aparece" ante el hombre, sino que es propio de su carácter humano. La inermidad en la que éste nace lo ubica en una estructura vincular asimétrica, en la que le está asignado un lugar de no-poder en sentido verbal (imposibilidad de simbolizar y de actuar en la realidad) frente a un otro que puede, también en sentido verbal, y que tiene el poder en sentido sustantivo (esto es, tiene capacidad simbolizante, gratificante, estructurante y, a la vez, carácter absoluto en tanto que su ausencia condena a la angustia y aún a la muerte). "Historia del 'en-amoramiento a-pasionado' de un ser 'desvalido' (desamparo inicial) cuya imagen se agiganta y empequeñece en el reflejo devuelto por la 'fuente de vida o de muerte'. Enamoramiento ('caída en el amor') de su propia imagen (narcisismo erógeno) o terror ante la 'fuente' que le da el ser y podría, al dejar de mirarlo, provocarle la 'muerte'"1. Esta situación original, como sabemos, instalará al sujeto en una trama intersubjetiva que, sumada a los procesos identificatorios que tendrán lugar posteriormente en el curso de su desarrollo ontogenético (dando lugar a la formación de los ideales, y del mismo superyo al modelo del superyo de los padres), signarán el prototipo y la génesis de un orden de poder como categoría psíquica que quedará fuertemente arraigado en el inconciente como paliativo de la angustia, del temor a la desorganización psíquica ante la amenaza de pérdida del objeto, y aún como garantía de subsistencia, a la vez que constituirá el núcleo del poder como categoría social. La sociedad se ha interiorizado profundamente en el aparato psíquico del sujeto, al tiempo que éste se integra a ella participando de la re-producción del sistema que lo produjo: la proyección e interiorización de la estructura social en lo subjetivo conlleva la implantación, en esta subjetividad, de un poder que busca convertirnos en individuos adecuados a las formas dominantes2. En el comienzo mismo de su vida, el sujeto se halla en el entramado cultural, en el universo simbólico, aún siendo incapaz, impotente, para simbolizarlo: en el complejo camino que se inicia a través de su vínculo con el objeto, y que continúa por medio de la mediatización de sus otros significativos, de las relaciones personales que ha ido estableciendo, de su pertenencia a las instituciones, de su participación en la comunidad, de la influencia de los medios masivos de comunicación, ha tenido que vérselas, desde siempre, ante el problema del poder.

¿Cómo no reconocer entonces la importancia que el problema del poder tendrá siempre en la práctica analítica? Freud adoptó una postura crítica tanto de las experiencias de dominación previas (el encierro de los locos y el intento de liberarlos que se produce en Europa en la época de la revolución francesa), como de aquellas a las que él mismo había recurrido (el método de la hipnosis, el apremio, la sugestión), e incluso las que fueron pilares de su teoría, a la vez que objeto de constante revisión, como la transferencia misma. Quizás, en esto coincidamos con León Rozitchner (p.19)2 cuando dice que lo fundamental del aporte freudiano respecto al tema del poder es "que permite pensar al sujeto como una fuerza de resistencia pronta a surgir, inagotable e insublimable, y sin la cual todo el proceso histórico de transformación carecería de fundamento. Desde aquí, es posible leer entonces su Psicología de las masas y análisis del yo como el lugar donde el poder individual se debate en la apertura hacia el poder colectivo".

¿Cómo precisar las particulares modalidades de expresión del problema del poder en la actualidad de la tarea analítica? Será útil comenzar por definir a qué nos referimos con "práctica analítica actual", ubicándonos frente a esta problemática desde tres perspectivas de aproximación: 1) la de los distintos esquemas referenciales desde los cuales ésta es abordada, 2) la de las peculiaridades que adquiere en el presente la psicopatología de la que esta práctica debe dar cuenta, o sea, de las llamadas "patologías actuales", y 3) la de las características que definirían la actualidad sociocultural en la que la práctica analítica estaría particularmente inserta.

Una vez hechas estas aproximaciones, nos adentraremos específicamente en el tema de la práctica analítica actual fundamentando la psicopatología al explicar metapsicológicamente una relación dialéctica entre la pulsión y el objeto. Esta perspectiva demandará al analista en la clínica una ubicación por momentos en esa posición de objeto, y por momentos en la de intérprete de la pulsión3. Aquí campea, una vez más, la problemática del poder, pero ahora en el ámbito específico de la tarea analítica: el poder del objeto versus el poder de la pulsión, el poder del analista versus el poder del deseo del paciente, el poder de la enfermedad versus el poder de la cura (en todos los casos, convendrá tener en cuenta el poder en sus dos sentidos verbal y sustantivo), los distintos tipos de poderes que se dirimen en la transferencia (idealización, hipnosis, enamoramiento versus amor y sexualidad), el poder de Eros versus el poder de Tánatos, etc.

Los esquemas referenciales: de la capacidad explicativa y la aptitud clínica al imperio del esquema

En la actualidad, los psicoanalistas nos acercamos al fenómeno clínico a través de distintos esquemas referenciales. La adhesión a alguno de ellos en particular, el intento de combinatoria entre varios, la conformación de un "estilo propio" a la luz de la reflexión de los textos o de la producción personal, el alineamiento tras el esquema referencial freudiano (habida cuenta de los avatares que éste hubo de atravesar con el correr del siglo tras los aportes y críticas de autores posfreudianos), y las resonancias particulares que las lecturas y relecturas de la obra freudiana despiertan en cada analista, imponen un sesgo particular al ejercicio de la práctica analítica: se cuenta con una riqueza de conceptos teóricos y clínicos, y de recursos técnicos, que podrían aportar mucho al esclarecimiento de las problemáticas que ésta plantea (lo que cada esquema referencial tiene como poder, en su sentido verbal), a la vez que se corre el riesgo de una babelización confusionante, o de convertir a la clínica analítica en el campo de batalla de una lucha por el poder (en su sentido sustantivo). Ambas perspectivas deben tener en cuenta las instituciones psicoanalíticas, a quienes les cabe la función de dar espacio y estímulo al debate de ideas, y de promover el pluralismo científico desde la formación psicoanalítica misma.

Cuando la coexistencia de distintos esquemas referenciales se resuelve por el mero eclecticismo, las posibles desavenencias o indiferencias del grupo analítico en lucha por el poder (el poder del saber, o aún el poder político institucional) tendrán su manifestación, seguramente, en la práctica clínica. Esto se planteará en la transferencia, tanto en los análisis didácticos de la formación o los reanálisis de los analistas, como en el de pacientes ajenos al círculo psicoanalítico*.

Las patologías actuales: el psicoanálisis en un camino de cornisa

Dijimos que otro modo de aproximación a la práctica analítica actual sería definir las características propias de las llamadas "patologías actuales", aquellas que estarían en "los bordes" de la psicopatología, y quizás también en los límites del psicoanálisis, ya que se trataría de patologías que no habrían sido alcanzadas por las explicaciones que éste hallara para las neurosis clásicas, y aún para las psicosis: las neurosis narcisistas, las patologías borderlines, psicosomáticas, adicciones, bulimia y anorexia, propensión a accidentes, sobreadaptación, el SIDA, la violencia doméstica y social, el maltrato, etc.4. ¿Estaríamos ante nuevas patologías? Este interrogante, por sí mismo, definiría particularmente la actualidad del ejercicio del psicoanálisis como un trabajo en el límite, en el que se dirime nuevamente un problema de poder: poder traspasar creativamente los propios límites revisando la teoría, la metapsicología, la teoría de la cura, la técnica, procurando ampliar así toda la potencialidad de la tarea analítica; o bien negarlos con omnipotencia, ya sea haciendo extensiones ilícitas, excluyéndolas de la comprensión psicoanalítica, o negándoles el auxilio terapéutico.

Las "patologías actuales" nos enfrentan como analistas a: 1) las expresiones sintomáticas ya conocidas de la sexualidad reprimida, 2) nuevas expresiones de la sexualidad que deberemos reconocer (¿neosexualidades? ¿nuevos destinos de la pulsión?), y 3) expresiones sintomáticas que remitirían a traumas condicionados por un objeto que habría "borrado", por así decirlo, la presencia de la pulsión sexual. (Serían manifestaciones de la pulsión de muerte que tienen lugar cuando la pulsión sexual desfallece frente a un objeto que logra afirmar su primacía)"7 (p. 677-8). Objeto de poder ¿sicario de la pulsión de muerte? La psicopatología se fundaría, entonces, en esta relación dialéctica entre la pulsión y el objeto, y el ejercicio de la práctica analítica demandaría, como lo desarrollaremos más adelante, la ubicación del analista, por momentos, en esta posición de objeto y, en otros, en la de intérprete de la pulsión.

 

EL POSMODERNISMO Y SUS QUEBRANTOS

La tercera vía de aproximación anunciada al tema de la práctica analítica actual sería la de introducirnos en él a través de un intento de descripción, o una visión lo más objetiva posible, de lo que define precisamente su actualidad: los factores socioculturales (económicos, ideológicos, etc) que determinan el ejercicio analítico en virtud de su peculiar inserción en este tiempo de la posmodernidad. En este punto, el problema del poder alcanza, sin duda, la mayor complejidad y extensión, de ahí que sólo me ocuparé de él dejando abiertas a la reflexión algunas cuestiones que considero de gran importancia: Por un lado, cabría examinar las consecuencias que esta particular situación histórica acarrea en la creación de la subjetividad (definida desde el siglo pasado como esa particular estructuración psíquica que se organiza a partir de la resolución del complejo de Edipo), redefiniendo lugares y roles de los progenitores (en especial el del padre), y revisando qué papel tendrían los medios masivos de comunicación, la informática, y la distribución del espacio individual y social, en la estructuración del psiquismo.

Por otra parte, es útil señalar las consecuencias directas y concretas que estos factores socioculturales y económicos tienen sobre el ejercicio del psicoanálisis: en cuanto al tiempo de duración de los tratamientos, la exigencia de prontitud y eficacia en la remisión sintomática, la frecuencia de las sesiones analíticas, e incluso en la duración de las mismas, la particular contextualización que adquiere el psicoanálisis (en el consultorio, en las instituciones privadas, en los hospitales, a través de las medicinas prepagas, etc.), e incluso teniendo que "competir" con la amplísima oferta de terapias alternativas. Aquí, el psicoanálisis parece verse "a más no poder" por las exigencias de la posmodernidad: la vertiginosidad, la pasión por lo efímero, el pragmatismo, el imperio del marketing, el reinado de la ilusión en soluciones mágicas, la idolización, la idolatría de la imagen, la potestad del dinero, etc.

El problema del poder en la formación de la subjetividad

La prohibición del incesto y el parricidio, temáticas centrales de la conflictiva edípica, se constituyen a través de una dramática intersubjetiva en el núcleo de aprehensión de la legalidad cultural. El deseo compartido entre el niño y su progenitor del mismo sexo por el progenitor del sexo opuesto inicia una lucha tras la cual, imaginariamente, emergerían un vencedor y un vencido. Por la conjunción de la amenaza de castración, por un lado, y el reconocimiento de la falta de pene en la mujer, por el otro, se produciría el "sepultamiento"8 del Edipo. ¿Cuál sería entonces el vencido? ¿El deseo mismo? La introducción freudiana de "El fetichismo"9, germen a su vez de "La escisión del yo en el proceso defensivo"10,11 y nuclear en el Esquema del psicoanálisis, ha permitido hallar las pistas para entender un mecanismo estructurante del psiquismo1,12,13. El yo se escinde frente al juicio de reconocimiento de la diferencia de los sexos. Ante la amenaza de castración proveniente de la figura paterna, el yo asume dos actitudes que coexisten sin estorbarse. Una reconoce la diferencia de los sexos, y por tanto, la amenaza de castración, ante la cual reprime para preservar su narcisismo (fundando el inconciente reprimido). La otra actitud reniega de la teoría de la castración de la figura materna, intentando mantenerse en la situación anterior al reconocimiento de la diferencia de los sexos. El niño desmiente la falta de pene en la madre, creando en su lugar (por desplazamiento y transmutación de valores) un otro "algo" que lo sustituye, inaugurándose el fetiche7. Ese objeto virtual (que difiere enteramente de aquel fetiche materializado en un objeto, de la perversión) implica el triunfo de la pulsión sobre la castración, es estructurante de un aparato psíquico escindido, de un modo de funcionamiento acorde a esta escisión12,14,15, y determinante no sólo de la elección de objeto sino, además, de las condiciones del amor. Entonces, el fetiche protege la vida pulsional frente a las exigencias de una 'cultura' que, con su 'ideal de aniquilar el Edipo,' puede provocar no sólo la muerte de la pulsión, sino afectarla tanto en la elección del objeto sexual como, quizás más gravemente, en las condiciones mismas del amor. ¿Sepultamiento 'eficaz' del complejo de Edipo? ¿O la normalidad 'cultural' en su exigencia de aceptar la castración (realidad) podrá imponerse de manera tan "eficiente", como para no dejar margen alguno a la desmentida de la castración, impidiendo crear el fetiche?"7. Hablamos de amenaza (de castración) y reconocimiento (de la diferencia de los sexos), de aceptación (de la ausencia de pene en la mujer — represión) y de rechazo (de la castración materna — desmentida), de objeto virtual (fetiche) y objeto material perverso (fetichismo), de la posibilidad del amor y la anulación de la sexualidad. Si el dilema actual sigue siendo el de "aceptar" la realidad, ¿de qué realidad estamos hablando? Situémonos en el tiempo que nos toca vivir, y echemos brevemente un vistazo sobre la realidad, tratando de pensar qué otros elementos podrían estar influyendo en la formación de estas estructuras de la subjetividad.

Sabemos que el enfrentamiento desigual entre un padre y un hijo, hombre y niño respectivamente, conlleva una especial situación: para preservar su masculinidad, el niño, disminuido frente al poder real del padre, se iguala con el represor, identificándose con él. Este padre, odiado rival amenazador, es al mismo tiempo objeto de amor para el niño, por eso, intentará preservarlo, recluyendo en el inconciente aquel deseo que motivara el enfrentamiento. Queda así instaurada la Ley del padre y, con ella, la normativa cultural y una matriz de dominación a través de la culpa y el arrepentimiento. Pero a la vez que la interdicción paterna implica la amenaza de una pérdida, significa también la posibilidad de mantener a salvo la posibilidad de la satisfacción dejando expedita la salida a la exogamia en búsqueda de otro objeto de amor. Así, la fuerza de la oposición paterna resulta estructurante y liberadora, y el empeño en oponerse a ella instaura, a su vez, una matriz de rebelión en defensa del deseo que será muy útil para preservar la individualidad ante las formas objetivas de dominación social. Resultan interesantes las observaciones de Marcuse16 respecto al lugar del padre en lo social como pater familias, que "representa la regimentación básica de los instintos que preparan al niño para la represión sobrante por parte de la sociedad durante toda su vida adulta". Pero, sigue diciendo Marcuse, "el padre representa esta función como el representante de la posición familiar en la división social del trabajo más que como poseedor' de la madre. Subsecuentemente, los instintos del individuo son controlados mediante la utilización social de su poder de trabajo. (...) El desarrollo de un sistema jerárquico de trabajo social no sólo racionaliza la dominación, sino que también 'contiene' la rebelión contra la dominación. En el nivel individual, la rebelión original es contenida dentro del marco del conflicto de Edipo normal. (...) El padre, restringido en la familia y en su autoridad biológica individual, es resucitado, con mucho más poder, en la administración. Estas últimas y más sublimes encarnaciones del padre no pueden ser superadas 'simbólicamente' mediante la emancipación: no hay liberación de la administración y sus leyes porque ellos aparecen como los instrumentos últimos que garantizan la libertad. La revuelta contra ellos sería el crimen supremo otra vez — en esta ocasión, no contra el déspota animal que prohibe la gratificación, sino contra el sabio orden que asegura los bienes y servicios para la progresiva satisfacción de las necesidades humanas." En ese sentido, para hablar del tema del poder, resulta interesante examinar de qué manera esta promesa de bienestar opera como uno de los tantos mecanismos de control que se establecen en las sociedades posmodernas. Al respecto, dice Deleuze17: "El marketing es ahora el instrumento de control social, y forma la raza impúdica de nuestros amos. El control es a corto plazo y de rotación rápida, pero también continuo e ilimitado (...) El hombre ya no es el hombre encerrado, sino el hombre endeudado". Aquel padre que tras la conflictiva edípica encarnaba la autoridad, se presentaba como el rival más poderoso a vencer, a la vez que protegía a su familia y cuidaba a su prole poniendo límites y proveyéndola de cierta seguridad, parece puesto en crisis, impotentizado, "endeudado" por un poder mucho mayor e impiadoso. "Su autoridad como transmisor del bienestar, el conocimiento, la experiencia, es reducida grandemente; tiene menos que ofrecer, y por tanto, menos que prohibir. (...) Sin embargo, las prohibiciones siguen prevaleciendo, el control represivo de los instintos persiste e igualmente el impulso agresivo. ¿Quiénes son los sustitutos paternales contra los que están dirigidos?" nos preguntamos con Marcuse16. Anclado sobre un tipo de cuestionamiento similar, Rosolato5 (1986) halla una respuesta a la "necesidad de idealización" que generaría, en el ámbito psicoanalítico, el eje del idealoducto, y más allá de él, la búsqueda de un conductor despótico: "La pasión por el padre idealizado corresponde a una decepción generalmente vivenciada respecto al padre real, debida a una primera idealización de éste, que no resiste a la aparición de sus defectos reales, ineludibles, percibidos tarde o temprano en el sentido de una realidad en desacuerdo con una perfección y un poder absolutos. El niño desplaza desde entonces sus ideales y participa en un mito religioso en el que un dios todopoderoso deja tras de sí al padre real.". Y ese Dios puede asumir diversas formas: la de un conductor de masas, la de una ideología, la de un estilo de vida, y aún la de la ciencia misma y su fascinador despliegue tecnológico.

Así, por ejemplo, los beneficios que la tecnología informática aportan al trabajo humano tienen como contrapartida la depositación de un poder ilusorio en la máquina. Un nuevo fetiche, este sí objeto material como el de la perversión, concretiza todas las promesas de placer (placer sin deseo). Olvidado de que es él quien la ha creado, el hombre posmoderno ha convertido a la computadora en una especie de ídolo poseedor de un poder autónomo que sintetiza ideales fundamentales de su época: velocidad y eficacia. Si el pensamiento posmoderno se ancla en el presente, y éste se asimila a lo instantáneo, lo efímero, la computadora aparece como el objeto ideal: con una memoria apenas instrumental, carece de permanencia y de huellas del pasado en las que se pueda hallar algún sentido fundante y compartido. Como un símbolo de su tiempo, la tecnología informática ha igualado a casi todos en la ignorancia: quien no conoce al menos los rudimentos del uso de la computadora queda literalmente fuera del mundo. Una vez más, cierto poder es delegado en un objeto con la ilusión mesiánica de conjurar definitivamente la amenaza del abandono y el desamparo. En este sentido, es interesante lo que nos dice Castoriadis18: "Con la tecnociencia, el hombre moderno cree haber alcanzado el poder. En realidad, a medida que ejerce un número creciente de 'dominios' puntuales, va siendo menos poderoso que nunca ante la totalidad de los efectos de sus acciones".

Los mecanismos de control social se habrían ido sofisticando a la par del avance tecnológico. Ya no se trataría sólo de controlar a la sexualidad, sino de ejercer, además, un control profundo sobre la subjetividad: no sólo importa controlar el trabajo humano sino también el ocio, promoviendo actividades de descanso ajenas al pensamiento, frivolizando el tiempo libre, masificando la percepción, adormeciendo la creatividad. Lo que antes se volvía objeto de curiosidad al permanecer oculto, incitando a la trasgresión y un tipo de culpa concomitante, hoy se ha vuelto espectáculo. Una luz poderosa vuelve todo "a la vista", al tiempo que encandila al sujeto, impidiéndole percibir la ideología que subyace. No hay virtualidad posible. A través de este "espectáculo", el sujeto no sólo se ve forzado a asumir pasivamente los criterios axiológicos de un sistema que satisface y controla sus necesidades, y del cual le es prácticamente imposible intentar sustraerse sin enfrentar aquella vivencia de soledad y desamparo tan profundamente arraigada en su psiquismo, sino que además se verá forzado a asumir como real la realidad que se le muestra. Parafraseando a O. Mannonni19, es una especie de "no lo sé, pero así debe ser". De ahí la importancia de considerar el papel que los medios masivos de comunicación juegan en la formación de la subjetividad y en el entramado intersubjetivo y social de la problemática del poder.

El problema del poder en la práctica analítica actual

Habiendo señalado algunas cuestiones que intentan contextualizar la práctica analítica actual, intentaremos abordar el problema del poder desde la perspectiva eminentemente clínica. Una vez más, diremos que, como defensa frente al desamparo, el sujeto se vuelve proclive a caer en la idealización. ¿Cómo se expresa eso en el análisis? Lentamente, en el psicoanálisis, el amor de transferencia tiende a ceder su plaza a la idealización del objeto. "En un movimiento regresivo, el psicoanálisis encubrirá al sujeto y 'des-cubrirá' al 'objeto'. ¿Otra vez el retorno de la hipnosis?"6. El objeto desea el poder (no el amor) y exige la idealización bajo la "amenaza" del no-ser (con el desamparo, la desprotección). En el análisis, el abuso de poder por parte del analista se hace posible si es correlativo a una progresiva supresión del Eros; en otras palabras: a una mayor desfusión pulsional. De ser así, ese 'Superyo como puro cultivo de la pulsión de muerte', que le inquietaba a Freud, se encontraría 'corporizado' como ese 'poder' sin placer§. Entonces, la pulsión de muerte puede expresarse en una peculiar "idealización de la transferencia": aquella que se expresa como "poder" (en aquel sentido sustantivo del que hablábamos al principio). ¿Qué mejor ejemplo de este poder que el de la hipnosis? Enamoramiento, hipnosis, transferencia idealizada.

Pero, ¿podrá ser esta idealización del objeto de alguna 'utilidad' en la cura de patologías en las que el objeto ha adquirido tal relevancia como para definir no sólo el destino pulsional sino la existencia misma de la pulsión? La cura analítica demandará asumir una posición difícil: si bien la preeminencia del analista como objeto idealizado tendería a diluir la presencia clínica de la sexualidad, ¿puede el psicoanálisis renunciar a sus 'compromisos' terapéuticos en estos casos? Quizás deba aceptarse provisoriamente ese lugar preeminente como objeto, para poder desde allí 'desmontar' la idealización, despertando el potencial modificador del inconsciente7.

Cuando el poder (en sentido sustantivo) aparece ubicado del lado del paciente, el analista se verá obligado a renunciar, vía transferencia recíproca o contratransferencia, al reconocimiento de su sexualidad. En esto, una vez más, serán fundamentales tanto el análisis personal del analista como el uso de su capacidad de autoanálisis porque es el desmantelamiento de esta situación infantil en la que un objeto poderoso anula el nacimiento de la sexualidad trasladada al escenario de la práctica analítica, lo que permite interpretar una lucha por el poder, a través de la cual se manifiesta la pulsión de muerte en sus diversas expresiones: agresión, autoagresión, compulsión a la repetición, el fenómeno de lo siniestro, etc.

Si el apego a un objeto fue necesario en un momento de la vida para posibilitar la estructuración y el desarrollo del aparato psíquico (el apego preedípico al primer objeto materno, anterior al pasaje al segundo objeto, paterno), se transforma en peligroso, en fuente de iatrogenia, cuando se instala en el análisis, impidiendo el desarrollo de la pulsión sexual como amor de transferencia y en desmedro de la integridad psíquica, ya que la anulación de la sexualidad necesariamente va generando, en la dupla analítica, relaciones de poder. Así planteada, ya no importará quién triunfe en esta lucha: paciente y analista condenados a un enfrentamiento absolutamente inútil quedarían entrampados en esta situación. Lo que en verdad quedaría sometido, inundado por la pulsión de muerte, sería la práctica analítica misma. ¿No podría explicar esto, al menos parcialmente, la proclamada crisis del psicoanálisis?

Para finalizar, podríamos decir, entonces, que el problema del poder es esencial en la práctica analítica porque entroniza la pulsión de muerte en detrimento de la pulsión sexual; y también que el poder de la práctica analítica radica en su posibilidad de rescatar a la sexualidad, a través del amor de transferencia, limitando así el poder del objeto y liberando al sujeto de la idealización que lo ata a él. El verdadero poder (en el sentido verbal que mencionábamos al comienzo) de la práctica analítica, se nutre de la fuerza del deseo y se encamina firmemente hacia los objetivos terapéuticos que, desde los comienzos del psicoanálisis, lo orientaron fundamentalmente: la cura psicoanalítica. He aquí su primer objeto, el que lo estructuró como ciencia al servicio del hombre, y del que jamás se ha hecho prisionero. De ahí que, además, haya "podido" brindar su auxilio como método de investigación, como modo reflexión aplicable al hombre en general, a su cultura, a la ciencia, y también al análisis de sí mismo y de su transmisión en las instituciones psicoanalíticas.

 

REFERENCIAS

1. Marucco N. La melancolía: el ocaso de una pasión. Retrotiempo, por los rastros de Caín y Abel (un estudio psicoanalítico). In: Cura analítica y transferencia. De la represión a la desmentida. Buenos Aires: Amorrortu; 1998. cap. 8, p. 138.        [ Links ]

2. Rozitchner L. Freud y el problema del poder. México: Folios Ediciones; 1982. p. 19.         [ Links ]

3. Marucco N. Algunas puntuaciones psicoanalíticas. Desde mi práctica clínica. Rev Franc Psicoanal. 2001;45:167. In: Green A, ed. Hors Série Courants de la psychanalyse contemporaine. Paris: Presses Universitaires de France; 2001.        [ Links ]

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5. Rosolato G. El psicoanálisis idealoducto. Rev Psicoanal 1986;53(1):25.        [ Links ]

6. Marucco N. Transferencia idealizada y transferencia erótica. (Su dialéctica en el proceso de la cura analítica). In: Cura analítica y transferencia. De la represión a la desmentida. Buenos Aires: Amorrortu; 1998. cap. 15, p. 239.        [ Links ]

7. Marucco N. Edipo, castración y fetiche. Una revisión de la teoría psicoanalítica de la sexualidad. Rev Psicoanal 1997;53(3):677-8. (Trabajo pre-publicado al 40° Congreso de la API, Barcelona, 1997).        [ Links ]

8. Freud S. [1924]. El sepultamiento del complejo de Edipo. Buenos Aires: Amorrortu; 1989. Tomo 19.        [ Links ]

9. Freud S. [1927]. Fetichismo. Buenos Aires: Amorrortu; 1996. Tomo 21.        [ Links ]

10.Freud S. (1940b [1938]). La escisión del yo en el proceso defensivo. Buenos Aires: Amorrortu; 1996. Tomo 23.        [ Links ]

11. Freud S. (1940a [1938]). Esquema del psicoanálisis. Buenos Aires: Amorrortu; 1996. Tomo 23.        [ Links ]

12. Marucco N. Narcisismo, escisión del yo y Edipo. In: Cura analítica y transferencia. De la represión a la desmentida. Buenos Aires: Amorrortu; 1998. cap. 1, p. 15.        [ Links ]

13. Marucco N. Sugestión en la interpretación y en la construcción. La función "madre fálica". In: Cura analítica y transferencia. De la represión a la desmentida. Buenos Aires: Amorrortu; 1998. cap. 13, p. 202.        [ Links ]

14. Marucco N. Introducción de [lo siniestro] en el yo. In: Cura analítica y transferencia. De la represión a la desmentida. Buenos Aires: Amorrortu; 1998. cap. 3, p. 67.        [ Links ]

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16. Marcuse H. (1985 [1953]). Eros y civilización. In: De Agostini SA. Obras maestras del pensamiento contemporáneo. Barcelona: Planeta; 1985.        [ Links ]

17.Deleuze G. Posdata sobre las sociedades de control. In: Ferrer C, org. El lenguaje literario. 2ª ed. Montevidéu: Nordan; 1991.        [ Links ]

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19. Mannonni O. La otra escena. Claves de lo imaginario. Buenos Aires: Amorrortu; 1973.        [ Links ]

20. Marucco N, Korol L, Rozitchner E, Vertzner de Marucco A. Autoanálisis y contratransferencia. Primeras aproximaciones a una revisión de la técnica psicoanalítica. Trabajo Libre presentado en el XXI Congreso Latinoamericano de Psicoanálisis, Monterrey, México, 1982.        [ Links ]

21. Subirats E. La cultura del espectáculo. Madrid: Fondo de Cultura Económica; 1988.        [ Links ]

 

 

Dirección para correspondencia
San Luis 3364 (1186)
Capital — República Argentina
E-mail: marucco@ciudad.com.ar

Recebido en 24/08/2004.
Revisado en 08/09/2004.
Aceptado en 19/10/2004.

 

 

* Rosolato5 describe exhaustivamente, bajo el nombre de "psicoanálisis idealoducto", las consecuencias de una cierta explotación de la transferencia que deriva en un abuso del poder encarnado en el conductor, que se muestra como la imagen "objetivada, visible, patente, del narcisismo (p. 25). La transmisión del psicoanálisis signada en este caso por la transferencia idealizada6 adquiriría, al transitar por este "eje idealoducto", las características del adoctrinamiento, con el consecuente sacrificio de la posibilidad de pensar y el predominio de la imitación más que del estímulo de la reflexión crítica. Más adelante, volveré sobre este tipo de vínculo para tratarlo más ampliamente, ya que considero que algo de él estaría presente en cierta medida en todo análisis.
En aquella "ya lo sé, pero aún así..." que, como expresión verbal, permite expresar más claramente esa cierta cuota de desmentida necesaria para la constitución del fetiche como objeto virtual que representa un reconocimiento y un desconocimiento a la vez de la castración (Marucco, 1996)20.
En este sentido, acordamos con E. Subirats21 en "La cultura del espectáculo": "El simulacro medial se revela en esta situación ideal como aquella representación, o más bien aquella reduplicación técnica de la realidad que, por sus características técnicas de difusión masiva, de su efecto ilusionístico y de su consenso virtualmente universal, rebasa cualquier valor estrictamente representativo, para adquirir el status de una realidad más verdadera que la propia experiencia subjetiva e individual de lo real. (...) La fundamental dimensión de la reproducción medial de la realidad no reside ni en su carácter instrumental como extensión de los sentidos y de la experiencia, ni en su capacidad manipulativa como factor condicionador de la conciencia, sino en su valor ontológico como principio generador de lo real. A sus estímulos, reaccionamos con mayor intensidad que frente a la realidad de la experiencia inmediata. Un evento casual — escándalos, crímenes o una consigna política — al ser reproducido como imagen medial, se convierte en un acontecimiento universal, no importan cuán insignificantes puedan ser sus características particulares."
§ Esta expresión de la pulsión de muerte como poder sin placer (no como pulsión de dominio) se correspondería con el concepto de deseo de no-deseo de Piera Aulagnier (Conferencias APA, 1981)

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