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História (São Paulo)

versão On-line ISSN 1980-4369

História vol.31 no.1 Franca jan./jun. 2012

http://dx.doi.org/10.1590/S0101-90742012000100008 

DOSSIÊ: REPRESENTAÇÕES DO MASCULINO NA HISTÓRIA

 

La pureza del samurái – historia y política en el pensamiento de Yukio Mishima

 

A pureza do samurai – história e política no pensamento de Yukio Mishima

 

The purity of the samurai – history and politics in Yukio Mishima's thought

 

 

Carimo Mohomed

Doutorando em Ciência Política, especialidade de Teoria e Análise Política, com tese já entregue, aguardando a respectiva defesa, na Faculdade de Ciências Sociais e Humanas da Universidade Nova de Lisboa (Avenida de Berna 26C – 1069-061 Lisboa - Portugal), onde também se licenciou em História, E-mail: mohomed.carimo@gmail.com

 

 


RESUMEN

En este artículo se analiza el pensamiento político de Yukio Mishima (1925-1970), uno de los escritores japoneses más famosos y polémicos que, tras intentar un fallido golpe de Estado, se hizo el seppuku, el suicidio ritual samurái. A través de la lectura y análisis de sus obras más relevantes, podemos ver cómo el escritor recuperó, releyó y reinterpretó elementos de la historia y cultura japonesas tradicionales para responder a lo que él consideraba como la decadencia de la moderna sociedad japonesa de la segunda mitad del siglo XX. Muy importante en el pensamiento político de Mishima fue la figura del samurái que, para el escritor, corporizaba la pureza y la verdadera alma del pueblo japonés.

Palabras clave: Yukio Mishima, Japón, Siglo XX, Tradición, Modernidad.


RESUMO

Neste artigo analisa-se o pensamento político de Yukio Mishima (1925-1970), um dos escritores japoneses mais famosos e polémicos que, após tentar um golpe de Estado falhado, cometeu seppuku, o suicídio ritual samurai. Através da leitura e análise das suas obras mais relevantes, podemos ver como o escritor recuperou, releu e reinterpretou elementos da história e cultura japonesas tradicionais para responder a aquilo que ele considerava como a decadência da moderna sociedade japonesa da segunda metade do século XX. Muito importante no pensamento político de Mishima foi a figura do samurai que, para o escritor, corporizava a pureza e a verdadeira alma do povo japonês.

Palavras-chaves: Yukio Mishima, Japão, Século XX, Tradição, Modernidade.


ABSTRACT

In this article we analyse the political thought of Yukio Mishima (1925-1970), one of the most famous and polemic Japanese writers who, after an attempted failed coup, commited seppuku, the ritual samurai suicide. Through the reading and analysis of his most relevant works, we can see how the writer recovered, reread and reinterpreted traditional elements from Japanese history and culture in a way in which he tried to respond to what he considered the decadence of modern Japanese society in the second half of the 20th century. Very important in Yukio Mishima's political thought was the figure of the samurai, whom the writer considered as the embodiment of the purity and true soul of the Japanese people.

Keywords: Yukio Mishima, Japan, 20th century, Tradition, Modernity.


 

 

Introducción

El 25 de noviembre de 1970, tras haber revisado y entregado las pruebas finales del último volumen de su tetralogía Hojo no Umi [El Mar de la Fertilidad]1, el más célebre escritor japonés de su tiempo, Yukio Mishima2, de su verdadero nombre Kimitake Hiraoka (Tokio, 14 de enero de 1925 – Tokio, 25 de noviembre de 1970), se dirigió con cuatro miembros de su milicia privada Tatenokai [La Sociedad de los Escudos], creada algunos años antes, al cuartel-general de las Fuerzas de Autodefensa Japonesas, en la capital nipona. Llegados aquí, hicieron rehén a un general de manera a obligar a los soldados a escuchar el discurso que Mishima había preparado y que era supuesto haber durado cerca de treinta minutos. El objetivo con ese discurso era el de hacer sublevar los soldados y exigir el derecho de que éstos pudieran volver a verter la sangre y morir en nombre del emperador, soldados eses que, en secuencia de la derrota japonesa en la Segunda Guerra Mundial, habían sido "condenados a la paz". Numerosos y armados, los soldados hostilizaron a Mishima, considerándole como loco. El escritor, que estaba casi solo y no tenía más que una espada para defenderse, se había equivocado en la época. El Viento Divino3 ya no existía más y nadie lo escuchaba. Victoria o derrota, la cuestión fue la misma. Al final de cinco minutos, y delante de algunos testigos horrorizados, Yukio Mishima dio las espaldas a los soldados y se hizo el seppuku, el suicidio ritual samurái, el último del siglo XX (LESIEUR, 2011, pp. 11-12).4

Mishima nació, vivió y murió en una época de profundas transformaciones a nivel mundial, y que también afectaron a Japón. El país estaba sufriendo cambios a varios niveles, cambios esos que habían empezado oficialmente en 1853 con la apertura del Japón a las potencias extranjeras, en particular las europeas y norteamericana, reforzados en 1868 con la Restauración Imperial Meiji y la abolición del Shogunato Tokugawa. El país había encetado una política de modernización, que en el caso concreto de Japón, y de otros, era sinónimo de "occidentalización", que estaba a cambiar un país rural y señorial en una potencia industrial, militar y expansionista, que le llevaría a participar en la Primera Guerra Mundial, al lado de Gran Bretaña, Francia y Rusia, al expansionismo militar y territorial en la China y, finalmente, a una alianza con Alemania en la Segunda Guerra Mundial y a su derrota definitiva en agosto de 1945, simbolizada por las destrucciones de Hiroshima y Nagasaki. Tras este conflicto, y a pesar de su derrota, Japón rápidamente se convirtió en una potencia económica, en un proceso de rápida y forzada modernización/occidentalización, que provocó una reacción por parte de algunos sectores intelectuales que consideraban a ese proceso como sofocante del alma de Japón, que, a su vez, había sido privado de un emperador con esencia divina, transformado en un simple ser humano tras el final de la guerra.

Mishima buscó, entonces, revitalizar aquello que él consideraba como el alma de Japón, encarnada en los valores (idealizados) y en el espíritu de los samuráis, y aplicarlos al Japón moderno. A lo largo de más de treinta años de carrera literaria, Yukio Mishima, profundo conocedor y admirador de la literatura europea, fue autor de una vasta y variada obra, habiendo publicado más de cuarenta novelas y un sinnúmero de ensayos, piezas de teatro, relatos de viaje y cuentos. Todavía hoy, para muchos japoneses, el escritor es una figura polémica, sobre todo por sus ideas políticas.

En su obra de 1950, Ao no jidai [Los años verdes], Mishima dice, a través del personaje principal, Makoto Kawasaki, que la política suele encargarse de que la verdad fracase (MISHIMA, 2011a, pp. 70-71). Años después, el escritor intentaría hacer que la política y la verdad, su verdad, fueran una y la misma cosa, habiendo sido tres los elementos de la historia y cultura política japonesas a estructurar profundamente el pensamiento político de Yukio Mishima y su visión idealizada del samurái: la obra del siglo XVIII Hagakure [Oculto bajo las hojas] (YAMAMOTO, 2008), escrita por Tsunetomo Yamamoto (1659-1719), la revuelta samurái del 24 de octubre de 1876 y, finalmente, el intento de golpe de Estado del 26 de febrero de 1936.

El objetivo con este artículo es el de explorar y analizar el pensamiento político de Yukio Mishima a través del análisis y contextualización histórica de sus obras más emblemáticas.

 

El espíritu del samurái

A mediados de los años 30 del siglo XX surgió la Nippon Roman-ha [Escuela Romántica Japonesa], en un momento en el cual el fascismo japonés acababa de ganar una batalla decisiva contra el movimiento proletario. Portadores de la convicción de que la cultura tradicional japonesa, con más de tres mil años, era la única causa por la que el pueblo podría morir, los líderes de esa escuela eran nacionalistas obsesionados con el linaje y la pureza de la sangre, habiendo concebido un nacionalismo estético y complejo en el cual todo lo que fuera fruto de la tradición era exaltado en un ideal supremo, y la esencia divina del emperador era erigida en acto de fe. Los miembros más influyentes de esa Escuela, Zenmei Hasuda (1905-1945) y Shizuo Ito (1906-1954), enaltecían la muerte en todos sus textos – sobre todo la muerte de jóvenes hombres – y consideraban a Mishima como uno de los suyos, al punto de proclamarlo como heredero de la cultura japonesa. El escritor, a su vez, admiraba la erudición de Hasuda y sus ideales, y se identificaba con Ito, cuyos poemas fúnebres leía religiosamente. Se consideraba a la literatura clásica como el reflejo y la confirmación de esa divinidad del emperador. Tradición, culto imperial, atracción por la guerra y por el sacrificio calaron en el espíritu ávido y maleable del joven Mishima, encorajado por la escuela a desarrollar las tendencias que él había demostrado en textos escritos hasta entonces, sobre todo su primera novela, Hanazakari no Mori [Un bosque en flor], publicada en 1941 y en la cual el escritor adoptó su seudónimo. Basada en el espíritu y la historia del Japón Antiguo, esta novela consistía en perfiles de figuras aristocráticas de variadas épocas históricas, y el Japón que Mishima evocaba era la memoria de un tiempo en el cual el creciente egotismo y la crudeza "moderna" de los militaristas japoneses contemporáneos era impensable: cuando era "un bosque en flor", el Japón era una sociedad cortesa y donde las formas antiguas eran seguidas literalmente.

Los antecedentes de esa devoción al emperador pueden encontrarse en la Escuela de Mito, uno de los varios feudos que dependían del Shogunato.5 Elaborada a lo largo del siglo XIX, esa ideología de devoción imperial celebraba la importancia de la institución imperial y describía al emperador como la corporización mística y simbólica de la civilización japonesa, apoyándose en el aura religiosa del emperador. Según esa Escuela, la dinastía japonesa llegaba, sin interrupciones, hasta los principios del Tiempo, siendo el emperador descendiente de la diosa-sol Amaterasu y su autoridad divina y transcendente. A mediados del siglo, un número significativo y creciente de japoneses, en particular los samuráis, estaba entusiasmado con la idea de que la devoción al emperador pudiera solucionar los problemas políticos de la nación. Hasta la restauración imperial Meiji en 1868, budismo y shintoísmo estaban interrelacionados y, a través de la síntesis dualista del shintoísmo (Ryobu Shinto), las divinidades y los sacerdotes budistas dominaban muchos santuarios. Muy influidos por el pensamiento de Atsutané Hirata (1776-1843), que había demostrado una gran hostilidad con relación al Confucianismo y al Budismo, y que abogaba un retorno a las tradiciones antiguas y a la veneración del emperador, los shintoístas hicieron presión sobre el Gobierno Meiji, intentando centralizar la religión en torno de la figura del emperador. Así, en 1868 se ordenó la separación de aquella religión del Budismo y, a finales del siglo XIX, principios del XX, el Gobierno japonés buscó realizar el ideal antiguo de Saisei itchi, o sea, la unión del ritual religioso con la administración gubernamental, utilizando al shintoísmo para fortalecer la creencia en la divinidad del emperador y la originalidad de la política nacional japonesa [kokutai]. El pensamiento de Hirata también fue fulcral en la ideología de lealtad imperial radical, una creencia que defendía que los extranjeros en el Japón constituían una impureza en la "tierra de los dioses" y sólo su expulsión permitiría que los súbditos imperiales probasen su lealtad, por lo que había que "venerar al emperador (sonno) y expulsar a los bárbaros (joi)", ideología que quedó conocida como sonnojoi (RANKIN, 2011, pp. 156-184; RAVINA, 2004, pp. 59-60 y 110-111).

En el inicio de su carrera, Mishima no dejó de buscar los apoyos y la inspiración de los miembros de la Escuela Romántica Japonesa, antes de abandonarlos cuando ya no le eran útiles. Tras la guerra, el escritor renegó a los románticos y a sus ideales extremistas, clasificándoles como enfermedad para la juventud. En la ya referida obra Los años verdes puede leerse a cierto momento que "[e]n todos los patriotismos late una sombra de narcisismo. Quizás por eso, todos los patriotismos parecen necesitar vestirse de atractivos uniformes" (MISHIMA, 2011a, p. 84). El llamamiento a la guerra santa y a la destrucción desprovista de sentido no le interesaba, pues otra guerra, la Segunda, le había marcado más. Tomándola como una noción filosófica, como un arte de vivir olvidada y reintroducida en la modernidad, la Segunda Guerra Mundial evocaba en Mishima el Japón anterior a la Restauración Meiji de 1868, ese pasado espléndido donde los samuráis morían por su señor, con la espada en la mano. En esos tiempos de crisis, la muerte era una amenaza real para la mayor parte de los jóvenes japoneses enviados para el frente de combate, y Mishima empezó a definir su destino conscientemente como la búsqueda de una muerte grandiosa, lo que no significaba que aprobara la guerra. Al contrario, él la condenaba como "vulgar" y "mediocre", a la vez que reprobaba la fascinación que su padre sentía por los nazis y, por lo menos al inicio, por el ejército imperial japonés. Pero los riesgos prementes bien reales del conflicto no hicieron más que alimentar el fantasma exaltado de un Mishima de dieciocho años, en que la muerte se volvía un ideal de felicidad desde que acompañada de heroísmo (LESIEUR, 2011, pp. 46-49).

Inmediatamente después de la guerra, la política americana fue influida por la obra de la antropóloga cultural Ruth Benedict (1887-1948) que había sido encargada, durante el conflicto, de producir un análisis de la, y un guía para la, mentalidad japonesa. La obra resultante, The Chrysanthemum and the Sword: Patterns of Japanese Culture [El crisantemo y la espada: patrones de la cultura japonesa] (BENEDICT, 2003), de 1946, fue escrita bajo condicones tales que Benedict no fue capaz de entrar en el Japón, basándose, en su lugar, en entrevistas a americanos de origen japonesa, y análisis de noticias de periódicos y de otros medios de comunicación disponibles. El libro de Benedict, originalmente destinado a los militares, fue influyente para establecer la idea del papel del emperador como un foco de lealtad japonesa, y para explicar la "imprevisibilidad del comportamiento" de los prisioneros de guerra japoneses. Benedict describía la mentalidad japonesa como estando en relación directa con el fanatismo de la resurgente ética samurái. Como el título indicaba, "la espada" era vista como una componente crucial de la cultura japonesa, y sus poseedores, los samuráis, como señores de la sociedad japonesa.

A pesar de haber sido preparada apresuradamente, y para un público limitado, El crisantemo y la espada obtuvo un éxito más allá de su objetivo inicial. El año de la muerte de su autora, la obra fue publicada em japonés, contribuyendo al sentimiento de singularidad japonesa del posguerra, incluso por entre los propios japoneses (CLEMENTS, 2010, p. 305), entre los cuales el propio Mishima, haciendo acordar una de las advertencias que Edward Said hizo en su obra Orientalismo – el peligro y la tentación que pueblos anteriormente colonizados tienen en aplicar sobre sí mismos la formidable estructura de dominación cultural del "Orientalismo" (SAID, 2003).6

El 05 de octubre de 1968, en una reunión formal entre Mishima y cuarenta estudiantes, donde por sugerencia de Mishima fue escogido el nombre de la milicia, Tatenokai, fueron también definidos tres principios: 1) el comunismo, incompatible con la tradición, la cultura y la historia japonesas, se oponía al régimen imperial; 2) el emperador era el único símbolo de la comunidad histórica y cultural japonesa, así como de su identidad racial; y 3) ante la amenaza representada por el comunismo, el recurso a la violencia era justificado. La bandera de la sociedad, también imaginada por el escritor, representaba dos cascos rojos de samurái sobre fondo blanco. No armados, pues el porte de armas por civiles era ilegal, la Sociedad aseguraba que pasaría a la acción como último resorte y empuñando sólamente espadas japonesas, autoproclamándose como el ejército más espiritual existente.7

La mañana siguiente, en una rueda de prensa, fueron éstos los detalles que Mishima transmitió, a la vez que anunciaba oficialmente la creación de su ejército. Por la noche, los miembros de la Tatenokai desfilaron en el Teatro Nacional, delante de un grupo de personalidades y de soldados de las Jieitai [Fuerzas de Autodefensa Terrestres Japonesas]. Al final del desfile, los soldados se volvieron al Oriente, en dirección del palacio imperial, y gritaron un saludo al emperador. Citando la referida obra de Ruth Benedict, Mishima pronunció entonces un discurso de introducción, en japonés y en inglés, teniendo en mente los corresponsales extranjeros: la tradición de Japón reposaba sobre esos dos conceptos, el crisantemo, que representaba a la casa imperial, y la espada, pero el equilibrio se había roto tras la guerra, equilibrio ese que Mishima pretendía restaurar, sea a través de su literatura sea a través de sus acciones.

Poco tiempo después, en enero de 1970, el escritor publicaría un texto en la revista Queen, donde afirmaría que, con el objetivo de resucitar las tradiciones de los samuráis y la vía del guerrero (Bushi-do), vitales en la cultura japonesa, él, Mishima, había escogido una vía sin palabras, una vía de silencio, y que su objetivo consistía en resucitar en sí mismo el alma del samurái (LESIEUR, 2011, pp. 196-198).

 

Patriotismo

Los años 30 del siglo XX fueron un período de gran inestabilidad y violencia política, no sólamente en Europa sino también en Japón. Mishima hace eco de esa situación en la obra de 1950 Los años verdes, donde están presentes referencias al asesinato del primer ministro Osachi Hamaguchi (1870-1931), en 19318, la guerra de la Manchuria ese mismo año, la declaración de guerra entre China y Japón en 1932, y al Incidente del Quince de Mayo de 1932 que tuvo como protagonista un joven oficial de la Marina que, con la ayuda de cadetes del Ejército de tierra, asaltó la residencia del primer ministro, que fue fusilado.9 Finalmente, encontramos referencia a los sucesos del Veintiséis de Febrero de 1936, que Mishima recrearía en 1960 en su corto relato Yukoku [Patriotismo], llevado después al cine (MASAKI y MISHIMA, 1965).

La concepción que Mishima tenía del nacionalismo japonés demandaba a la Historia que volviera atrás, hacia al punto donde un camino errado había sido tomado. En el caso del Japón, ese punto estaba localizado con exactitud: el 26 de febrero de 1936, cuando Mishima tenía once años. El incidente, conocido como el caso Niniroku jiken [el caso del Veintiséis de Febrero], se trató de un intento de golpe de Estado llevado a cabo por jóvenes oficiales radicales del ejército de tierra, la kodo-ha [facción de la vía imperial], que se oponía a la facción rival, dicha de control [tosei-ha], liderada por Hideki Tojo (1884-1948) y un grupo de burócratas de la vieja guardia que más tarde serían acusados de crímenes de guerra y ejecutados.10  En esa época, había una gran división en los círculos militares y en la Corte imperial con relación al rumbo a tomar por parte del expansionismo japonés. Algunos defendían la expansion en la China, mientras otros, profundamente anticomunistas, defendían la invasión de Unión Soviética. La facción de la vía imperial quería hacer la guerra a los soviéticos y construir un imperio japonés en el norte. El grupo del control pretendía conquistar la costa chinesa y, después, profundizar en el territorio asiático, chocando, así, con los intereses coloniales europeos y occidentales. La facción de la vía imperial creía que el emperador había perdido el control para un grupo de tecnócratas burócratas, ejemplificados por Tojo, quien había traicionado las tradiciones del Japón antiguo en su carrera de modernización. La solución de la vía imperial era hacer un llamamiento al emperador para que tomara el control directo del gobierno y descartara a los ministros y otros funcionarios occidentalizadores. También estaban en contra del poder de los zaibatsu [clique financiera, o sea, los grandes grupos empresariales], que extendían su poder hacia el gobierno y la Corte Imperial. Los rebeldes creían que el emperador había sido engañado y, así, su rebelión era un llamamiento directo al emperador Hiro Hito (1901-1989). Estos oficiales nacionalistas, a cubierto de la lealtad para con el emperador, y comandando mil quinientos soldados, tomaron de asalto la residencia oficial del primer ministro y asumieron el control del centro de Tokio tras asesinar a tres de los principales miembros del gobierno. Al día siguiente se proclamó la ley marcial y, oponiéndose a los rebeldes, el emperador puso fin al conflicto en cuatro días. Diecisiete de los conjurados fueron condenados a la muerte, entre los cuales Asa-ichi Isobe (1905-1937)11, y el incidente acabó por hacer con que subiera al gobierno un primer ministro ultra-nacionalista, Koki Hirota (1878-1948), encargado por el emperador de formar un nuevo gabinete, iniciándose la carrera militarista de Japón que culminaría con su participación en la Segunda Guerra Mundial (KAWABATA y MISHIMA, 2002, p. 207, notas 300 y 301; MISHIMA, 2011a, pp. 20-21).

Mishima simpatizaba con los rebeldes: si ellos hubiesen ganado, Japón jamás hubiera entrado en la Guerra contra el Occidente y no habría sufrido la devastación, la ocupación, el proceso radical de occidentalización y la humillación de no poder poseer un verdadero ejército, "condenado" a un pacifismo obligatorio.

En Patriotismo, Mishima relata los últimos momentos de una joven pareja, un teniente de treinta y un años y su esposa de veintitrés, casados hace menos de seis meses. Dos días después del incidente, el teniente Shinji Takeyama, profundamente perturbado por el hecho de que sus colegas más cercanos estuviesen involucrados desde el inicio con los amotinados, e indignado ante la perspectiva de que tropas imperiales atacasen sus compañeros, decide hacerse el seppuku, siendo acompañado por su joven esposa, Reiko, que corta su cuello. La nota de despedida del teniente consistía en una única frase, "Vida larga para las Fuerzas Imperiales"; la de su esposa, tras pedir perdón a sus padres por precederlos en la muerte, concluía diciendo "El día en que para la esposa de un soldado había que venir, vino..." (MISHIMA, 1966, pp. 93-118; MISHIMA, 2003a, pp. 67-106).

El mismo año en que escribió Patriotismo, Mishima ya había escrito un corto ensayo titulado Una opinión política, donde suas convicciones políticas son confusas e indecisas. Sin embargo, Mishima sentía despertar en sí una nostalgia difusa por la época imperial. Su patriotismo vendría a nacer y a crecer en un corto espacio de tiempo, y de una forma que ya no mostraba dudas - Mishima estaba claramente del lado de los partidarios de la Vía imperial, cuya bravura y juventud los convertía en héroes míticos, a pesar, y sobre todo, si su sacrificio era en vano. Patriotismo fue la forma que Mishima encontró para rendirles homenaje y de mostrar a los lectores contemporáneos lo que eran los "verdaderos hombres". Cinco años después, en 1965, el escritor decidió dirigir una película de veintiocho minutos, basada en su historia, a blanquinegro, protagonizada por si propio, con subtítulos en francés, inglés y alemán, para poder exportarla, con el mismo título pero teniendo en las versiones europeas el subtítulo de Ritos de Amor y Muerte (LESIEUR, 2011, pp. 138-140). En un fotograma de la película, observamos cómo en la parte superior, por encima de la cabeza de Mishima, aparece la palabra sinceridad. Esto simboliza básicamente toda la finalidad del seppuku. El final de la película muestra doblemente el verdadero significado del seppuku. El desarrollo final nos ofrece dos imágenes claras al respecto: por una parte, Mishima deja aflorar sus vísceras en función de una suprema sinceridad; por otra, la inscripción grabada detrás y que nos recuerda la finalidad de la acción. No importa la victoria, el postrer reconocimiento, la admiración. Sólo importa la pureza de la acción.

Con Patriotismo, Mishima también retoma un tema clásico del teatro japonés, el junshi [suicídio, en este caso el doble suicidio por amor], popularizado por la pieza Sonezaki Shinju [Doble suicidio por amor en Sonezaki], del autor de origen samurái Monzaemon Chikamatsu (1653-1725) y llevada a la escena por primera vez en 1703. Muchas de las piezas de Chikamatsu eran cuentos militares de un heroísmo fantástico, pero sus dramas más populares eran basados en temas cotidianos. Reflejando la forma cómo la ética samurái había sido apropiada por la clase mercantil, aquella pieza relata la historia de un mercader pobre y de su amante cortesana. Tras haber sido ordenado que se casara con otra mujer, el mercader pide dinero prestado para salir del problema pero acaba por ser estafado por otro mercader. Desesperados, y divididos entre Emoción (ninjo) y Deber (giri), dilema característico de la época Tokugawa (1603-1867)12, los amantes acaban por suicidarse. La pieza tuvo tal éxito, resultando en varios suicidios dobles, que las autoridades decidieron prohibir, en 1723, piezas cuyo tema fuese el shinju (CLEMENTS, 2010, pp. 252-253).

En 1959, o sea, un año antes de la aparición de Patriotismo, Mishima había publicado la obra Kyoko no Ie [La casa de Kyoko] que, a través de sus cuatro personajes, desvela cuatro facetas de la personalidad del escritor: un hombre de negocios, un pugilista, un actor y un pintor, que tienen en común el sentimiento de que son, cada uno de ellos, confrontados con un muro intransponible, un obstáculo que les impide de formar parte de la vida normal. Intentando contestar a la eterna cuestión que atormentará Mishima (¿cómo existir?, ¿cómo sentirse vivo?), cada uno de ellos intentará dar su respuesta.

En el caso concreto del pugilista, que representa la filosofía de la acción del escritor13, y que será la raíz de su patriotismo creciente, siempre que reciba golpes él, el pugilista, se siente vivo, hasta que un bate de béisbol le rompe la mano en medio de una violenta discusión, lo que le impide de cerrar el puño. Privado de acción, el pugilista se ve privado de su identidad, así que resuelve su crisis existencial uniéndose a un grupo de extremaderecha. Los discursos proferidos por uno de sus nuevos amigos son los mismos que Mishima proferirá algún tiempo después para explicar sus posiciones: los japoneses deben proteger y alabar su imperio; Japón debe servir de ejemplo a las otras naciones por su paz, libertad y su elevación espiritual; los japoneses deben dedicar su vida y su fe al emperador, salvaguardando la prosperidad de su trono en un ideal de grandeza. Yendo más lejos, anuncia querer clarificar los ideales del imperio, sublevar al espíritu japonés, perseguir al comunismo, rectificar al capitalismo, y revisar la Constitución impuesta a los japoneses como nación derrotada y humillada. Pretende promover el rearme en nombre de la paz, de la independencia y de la autodefensa, y derribar a la clase dirigente, estableciendo una nueva orden para traer la prosperidad al pueblo. Al inicio, el pugilista se mostra escéptico ante esta ideología que él comprende mal, pero su amigo le contesta diciendo que cuanto menos comprendemos, más eficaces somos (LESIEUR, 2011, pp. 129-130).

Mientras que la conversión del pugilista a la extrema-derecha es descrita con ironía, las motivaciones del teniente en Patriotismo son tratadas con mayor seriedad, pues el soldado es conducido por su patriotismo por el cual se sacrifica. Sin embargo, en Mishima se trata menos de un amor apasionado por su país y más, según sus palabras, por la esencia del espíritu japonés, a través de su devoción por ideales que transceden la realidad. Mishima es más espiritual y religioso que político, mientras que en su teniente todo se encuentra en un mismo nivel: devoción patriótica, devoción religiosa shinto, devoción conyugal del marido por su esposa, que es honrada una última vez y que el escritor describe con algún detalle erótico (LESIEUR, 2011, pp. 142-143; MISHIMA, 1966; MISHIMA, 2003a).

Mishima consideraba como enemigo del emperador todo y cualquier sistema totalitario, antes de más el comunismo. Sin embargo, el emperador cultural que el escritor defendía, el imágen de un emperador del antiguo Japón, un combatiente, un sabio, un amante magnífico, mediohombre mediodios, una figura literaria, mitológica, el héroe de una novela, ya no existía. Para Mishima, la Constitución Meiji de 1889 había hecho de este emperador épico un emperador político, decalcado de la monarquía europea. La Constitución del posguerra, por su vez, había alcanzado la "totalidad" del emperador declarándolo como símbolo del Estado y de la unidad del pueblo, mientras que el emperador cultural, ese, había murido con él, junto con la "totalidad" de la cultura japonesa (LESIEUR, 2011, p. 201).

En el verano de 1966, Mishima escribió un ensayo poético, Eirei no Koe [Voces de los espíritus heroicos], el primer texto de Mishima en ser seriamente interpretado como político. Mientras que el Partido Comunista lo clasificó como retórica de derecha, la extrema-derecha se puso furiosa con las críticas hechas al emperador. Se trata de una historia que se presenta como el recuerdo de una terrible sesión espírita en la que las almas de los jóvenes oficiales de la rebelión de febrero de 1936 y de los pilotos-suicidas de la Segunda Guerra Mundial vienen reprochar al emperador por haberlos traicionado al negar ser un dios, traición responsable de la decadencia espiritual del Japón posguerra. El estribillo es un leitmotiv lancinante y doloroso: ¿por qué se ha vuelto el emperador hombre? Este lamento hace eco del histórico discurso de Hiro Hito en enero de 1946, en el cual admitió que su presunta divinidad era una noción imaginaria y peligrosa. Al hacer esto, el emperador había vaciado de sentido la muerte de los pilotos. Mishima añadió un largo poema, que registró más tarde en banda magnética, y en el cual los espíritus recitan las consecuencias desastrosas de la paz, en la cual la política se borra ante los sentimientos personales. Los rebeldes y los pilotos son coronados con un aura de mártires, y, al defender la caída del emperador como responsable de ese declinio, Mishima creía que la solución sería restaurar el imperialismo (LESIEUR, 2011, pp. 178-180).

Para comprender mejor estas críticas al emperador, hay que llevar en línea de cuenta la forma cómo el samurái, palabra que significaba "servidor", encaraba su lealtad para con su señor. Si por un lado ella era personal, en el sentido en que, mientras vasallo, el samurái era leal a un hombre específico, que se reflejaba en la tradición del junshi, o sea, seguir a su señor en la muerte, suicidándose en lugar de ponerse al servicio de otro señor, por otro lado la lealtad samurái era institucional, en el sentido en que el samurái era leal no a su señor, sino a su "estado". La práctica del junshi, prohibida en 1663, requería normalmente la previa aprobación del señor y se mantuvo como modelo de lealtad individual. A su vez, la lealtad institucional significaba que un samurái podía oponerse a las decisiones de su señor sin ser desleal, pues el vasallo tenía un propósito más alto: servir la política de su señor o "estado". Esta faceta de la lealtad samurái se basaba en las tradiciones de la herencia guerrera. Mientras que el junshi demostraba la lealtad de un vasallo para con su señor, un vasallo muerto no era capaz de servir al heredero de un señor. Un vasallo leal a la casa del señor tenía que pensar en las futuras generaciones en lugar de pensar en un único individuo y de valorar la posteridad de su señor tanto como su persona. Este cambio en la lealtad de un hombre para una institución significaba que los vasallos podían desafiar a su señor si sus decisiones amenazasen el futuro de su dominio. Un vasallo estaba obligado a impedir que su señor derrochara su legado. La lealtad institucional también se inspiraba en la tradición china confucianista de servicio al emperador. Un servidor imperial estaba obligado a rebatir a su señor, a explicarle el error de sus decisiones. Un servidor mostraba su lealtad no al concordar con los errores de su señor sino al discordar bajo riesgo de muerte (RAVINA, 2004, p. 66).

La nueva fe de Mishima por el emperador se volvió la base de su nacionalismo anacrónico, anacronismo reforzado por su relectura y reinterpretación del Bushi-do, expresada en la obra Hagakure, de Tsunetomo Yamamoto (1659-1719). Tres años antes de su muerte, en agosto de 1967, Mishima escribió un ensayo comentando pasos escogidos del Hagakure, con el título Hagakure Nyumon [Introducción al Hagakure], y donde anunciaba que aquella obra era la matriz de su obra literaria, la fuente de su vitalidad y su razón para vivir (MISHIMA, 2003b).

 

La vía del guerrero

El bushi, guerrero del pasado, a cambio de una tierra o de un feudo, juraba fidelidad a su señor y estaba submetido a un riguroso código moral: coraje, abnegación, cortesía, frugalidad, desprendimiento. Estas leyes, que derivaban del código no-escrito de la "Vía del arco y del caballo" observado después de la época de Kamakura (1185-1333) y expresado en forma literaria en una obra del siglo XIII, Heike Monogatari [Cuento de Heike] (Heike Monogatari, 2009), fueron precisadas, bajo la influencia del zen y después del confucianismo, en la época Tokugawa (1603-1867).

Tras más de un siglo de guerras civiles, el clan militar Tokugawa pacificó al Japón en 1603, y los cerca de doscientos territorios feudales pasaron a obedecer a un gobierno central, conocido como Bakufu. Gubernando en nombre del emperador, que se había convertido en una mera figura simbólica, situación bien ejemplificada por las relaciones diplomáticas entre la casa imperial, establecida en Kioto, y el shogunato, que estaba en Edo (actual Tokio), los emisarios imperiales deslocábanse hacia Edo para rendir homenaje al Shogun, mientras que este no viajaba hacia Kioto para rendir la suya al emperador. Con el objetivo de instituir orden, el gobierno intentó entonces cristalizar la sociedad en un orden jerárquico de cuatro clases hereditarias: los samuráis, los campesinos, los artesanos y los mercaderes. En la cumbre, los samuráis tenían el monopolio del poder político y militar como también el uso legítimo de la fuerza. Las clases más bajas no tenían derechos politicos, a pesar de con el paso del tiempo los mercaderes fueron ganando una fuerza económica considerable. A medida que la guerra civil se volvió un recuerdo lejano, la clase militar de los samuráis sufrió un proceso de desmilitarización y se convirtió en una clase de burócratas que servían al gobierno central y a los dominios regionales. Una nueva ética de rectitud y benevolencia, inspirada por enseñanzas neoconfucianistas y un énfasis en la literacia, emergió.

El neoconfucianismo era un sistema filosófico basado en los escritos del pensador chino Zhu Xi (1130-1200), cuyas ideas constituyeron un gran revivalismo y reinterpretación de las ideas confucianistas antiguas. Introducido en el Japón por monjes budistas durante el período Kamakura (1185-1333), el neoconfucianismo se convirtió en la base de la ideología oficial del Bakufu Tokugawa, enfatizando la racionalidad, el sistema agrario y las relaciones interpersonales con base en un orden jerárquico. Utilizando la Naturaleza, los neoconfucianistas argumentaban que la jerarquía permeaba no sólo la relidad humana, sino también la natural, actitud que hizo normalizar las nuevas funciones administrativas de los samuráis, a la vez que legitimaba su autoridad sobre las otras clases sociales a través de un complejo sistema que buscaba justificar ese nuevo orden jerárquico sea a través de la Naturaleza sea a través del Derecho. Este proceso de desmilitarización y transformación social, donde el orden social ya no era el producto del control directo coercivo de una aristocracia militar a través de su poder marcial, sino a través de mecanismos culturales indirectos instituídos por una élite educada que se diferenciaba a través de la superioridad intelectual, fue gradual y acabó por radicarse por todo el archipiélago. Sin embargo, muchas luchas violentas ocurrieron, pues algunos samuráis intentaron negociar entre, por un lado, el valor intemporal colocado en el honor y en las capacidades marciales y, por otro, las demandas sociales de un sistema socio-económico que apoyaba el orden y los hechos culturales.

A partir de mediados del siglo XVII, con la pacificación política de la sociedad japonesa descrita más arriba, los samuráis pasaron a ser cada vez menos solicitados por sus capacidades militares, e incluso las propias artes marciales empezaron a perder algunas de sus cualidades prácticas. Durante este periodo, el sufijo "-jutsu", que remetía para la idea de entrenamiento militar, pasó a ser normalmente sustituído por el más teórico "-do". El kendo [la vía de la espada] se desarroló en esta época como una disciplina más semejante a un deporte en el cual, en la mayor parte de las veces, los participantes combatían entre sí con espadas simbólicas hechas de bambú o de madera (este deporte sirve de telón de fondo al cuento de Mishima Ken [Espada] (MISHIMA, 1998, pp. 57-136). El kyudo [la vía del arco] permaneció como un pasatiempo aristocrático y, más significativo, se empieza a oír hablar en el bushido [la vía del guerrero].

A poco y poco, diferentes individuos, escribiendo en diferentes lugares, empezaron a crear una idea general de cómo se debía comportar un guerrero, incluso sin guerras para combatir. A pesar de tener fuertes semejanzas con guías escritos en tiempos más recuados, la formación de un código de bushido a finales del siglo XVII, y posteriormente, parece ser una reacción de protesta contra esa situación. El shogun Iemitsu Tokugawa (1604-1651) había ordenado en 1650 que era el deber de todo el samurái mantener su indumentaria en orden, a la vez que prohibía duelos entre samuráis. En 1694, su succesor Tsunayoshi Tokugawa (1646-1709) ordenó que la práctica de artes marciales fuese obligatoria, a pesar de que muchos de los samuráis eran funcionarios administrativos y burocráticos, sin cualquier experiencia en asuntos más militares, comportándose y trajándose como cualquier civil de las clases más altas (CLEMENTS, 2010, pp. 244-245).

Fue en este contexto que vivió Tsunetomo Yamamoto, autor del ya referido Hagakure, donde fue codificada la ética guerrera, que pretendía que el guerrero despreciase la muerte y accedese a la gloria muriendo por su señor. Miembro de la clase gobernante, Yamamoto sintió con acuidad las contradiciones entre las tradiciones de los samuráis y el mundo en cambio a su alrededor. Un fiel servidor del clan Nabeshima desde su adolescencia, Yamamoto había planeado hacerse el seppuku en 1700, por ocasión de la muerte de su señor que, sin embargo, le había prohibido que hiciera tal cosa, acabando Yamamoto por servir un heredero por quien no nutría simpatía. Jubilándose diplomáticamente, Yamamoto pasó la última década de su vida como un eremita en una remota montaña, adoptando el nombre budista Jocho y escribiendo su perspectiva personal sobre la ética samurái, teniendo como referente, sobre todo, las palabras y los actos de las dos anteriores generaciones de su familia. La compilación resultante, publicada tras su muerte, fue una de muchas obras sobre filosofía samurái. Utilizando episodios del pasado, historias sobre guerreros conocidos y aforismos atribuídos a samuráis famosos que servían de ejemplo para sus posiciones, Yamamoto abordaba aspectos relacionados con la existencia humana pero también con el cuotidiano, la forma de estar en sociedad, el comportamiento más adecuado en diferentes situaciones, incluyendo la vida conyugal y sentimental, la educación de los niños, o incluso la propia homosexualidad, vista de una forma negativa14, y, sobre todo, el deber y la lealtad para con el señor de cada uno. Con el tiempo, la obra de Yamamoto se convirtió en uno de los pilares de la forma de se ser samurái, en particular la afirmación y la creencia, que había venido a caer en desuso, de que "el camino del samurái es la muerte" (RANKIN, 2011, pp. 26-31).

Sus aforismos reflejaban su preocupación por aquello que Yamamoto consideraba como la pérdida de virilidad por parte de los samuráis, un afeminamiento revelado con el hecho de que los samuráis ya no sabían como luchar, como también la decadencia de la sociedad japonesa de la época, decadencia esa revelada porque las personas, incluyendo los samuráis, sólo se preocupaban por los bienes materiales. Los escritos de Yamamoto también reflejaban un profundo conocimiento de la historia militar japonesa, como, por ejemplo, la alusión a dar "siete vidas" por el clan Nabeshima, en una referencia a las últimas palabras de Kusunoki Masashige (1294-1336), un guerrero devotado al emperador y que prefirió hacerse el seppuku a dejar que fuera capturado. Yamamoto también expresaba alguna aprehensión por el hecho de que, al prohibir que los servidores de un señor lo siguiesen en la muerte, el shogunato había perdido contacto con la realidad. Sin embargo, incluso el propio clan Nabeshima había banido tales suicidios en 1661, dos años antes de que el Shogunato hubiera hecho lo mismo en reacción a una serie de tales actos practicados por parte de sus seguidores (RANKIN, 2011, pp. 113-115). Para Yamamoto, tales actos eran señal de verdadera lealtad, y consideraba que el verdadero camino del samurái era el de continuo perfeccionamiento y uno de perpetuo estado de disponibilidad para morir al servicio de su señor, igual que una vida siempre lista para entrar en acción inmediata (YAMAMOTO, 2008).

A lo largo de la época Meiji (1868-1912), los japoneses consideraron al Hagakure sobre todo como un tratado de fidelidad al emperador. Recuperado por los nacionalistas en los años 30 del siglo XX, considerado como conteniendo la esencia del "genio" japonés, el libro se convirtió en una especie de manual distribuído a los pilotos suicidas. Tras la Segunda Guerra Mundial, el libro pasó a considerarse como peligroso y subversivo, siendo citado sólo por los adeptos de artes marciales a causa de sus referencias al honor, al coraje y a la cortesía (en el citado relato Ken [Espada], encontramos una referencia hecha al Hagakure por un estudiante de esa arte marcial, MISHIMA, 1998, p. 92). Fue en este contexto, en el que se pasó a considerar a la obra de una forma negativa, que Mishima la descubrió (MISHIMA, 2003b, pp. 15-16). Con el paso del tiempo, el escritor hizo más que profundizar el Hagakure, pues quiso vivirlo a la letra, apasionándose, sobre todo, por la "vía conjugada del hombre de estudio y del hombre de guerra", doctrina nacida a lo largo de los dos siglos de paz del gobierno Tokugawa, que incitaba a los samuráis a estudiar con el mismo ardor las letras (bun) y las artes marciales (bu), doctrina que quedó conocida como bunburyodo (LESIEUR, 2011, pp. 150-153; MISHIMA, 2003b, pp. 10-11).

Mishima, hablando y comentando los tres primeros libros, de un total de once, del Hagakure, se apropió de la crítica acerba, y por veces truculenta, que Yamamoto dirigió al Japón pacífico y próspero de los Tokugawa, aplicándola al Japón pacífico y próspero de la segunda mitad del siglo XX, enalteciendo la "utopía" ética de los samuráis. Si la muerte es su tema central, Mishima también acentúa la acción, la subjectividad, la fuerza del carácter, la pasión y el amor, exponiendo su interpretación personal, hallando paralelos con la situación descrita por Yamamoto más de dos siglos atrás: la juventud sólo piensa en bienes materiales, el creciente afeminamiento del hombre japonés, el egoísmo y los efectos nocivos del Estado providencia, que contribuye al debilitamiento de los individuos (MISHIMA, 2003b, pp. 23-26 y 31-32). El escritor, dos años después, con sus Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis, volvería a hacer una crítica feroz a la sociedad japonesa su contemporánea (MISHIMA, 2006c, pp. 65-145).

Es en este periodo, cuando escribe su comentario al Hagakure, que Mishima se acerca todavía más del escritor y crítico Fusao Hayashi (1903-1975), un nacionalista con un pasado fuertemente izquierdista. Mientras estudiante, Hayashi había frecuentado seminarios marxistas en la Universidad de Tokio antes de ingresar como importante miembro en el movimiento literario proletario. Hecho prisionero debido a sus actividades comunistas, tuvo que renunciar públicamente a sus convicciones para ser excarcelado. Tras la guerra, su cambio sorprendió sus antiguos camaradas, habiendo publicado textos que elogiaban al ejército japonés y criticando el pacifismo de izquierda. El libro que escribió para el centenario de la Restauración Meiji, Dai Toa Senso Kotei Ron [Argumento en favor de la Gran Guerra de Japón en Asia Oriental] provocó una gran controversia, y vino a servir de modelo a los historiadores revisionistas (KAWABATA y MISHIMA, 2002, p. 190, nota 134). Para Hayashi, considerado como una especie de tutor por Mishima, la modernización de Japón había sido una reacción defensiva contra la agresión de Occidente y contra sus intentos de colonización; la invasión japonesa de Corea, de China y de Asia del Sudeste había sido necesaria para contener al imperialismo americano, siendo los Estados Unidos de América los verdaderos enemigos de las naciones asiáticas (LESIEUR, 2011, pp. 185-186).

 

Viento Divino

El último episodio de la historia japonesa en marcar profundamente a Mishima fue la revuelta samurái del 24 de octubre de 1876. Investigando más este acontecimiento, el escritor acabaría por utilizarlo en Honba [Caballos desbocados] (MISHIMA, 2010b), el segundo volumen, escrito en 1969, de su tetralogía El Mar de la Fertilidad, a través de una narración inserta con el título La Liga del Viento Divino, atribuída a Tsunanori Yamao, y que ocupa todo el capítulo 9. Dividida en tres partes, ese presunto libro narra la situación del Japón entre la Restauración Meiji en 1868 y 1876, como también los preparativos para la revuelta; describe la rebelión en una segunda parte; y, finalmente, el después y el seppuku de los varios rebeldes.

Las medidas tomadas por el gobierno imperial en secuencia de la restauración Meiji de 1868, en la cual muchos samuráis participaron, no fueron al encuentro de sus aspiraciones, al contrario, lo que provocó que muchos se opusiesen vehementemente a las reformas modernizadoras/occidentalizadoras del nuevo gobierno, que pretendía crear un Estado-Nación, centralizado y uniforme, a semejanza de lo que estaba ocurriendo en Europa. El emperador dejó Kioto, la antigua capital imperial, y pasó a residir en el antiguo palacio shogunal, en Edo, la antigua capital del Shogunato, ahora rebautizada con el nombre de Tokio [Capital Oriental]. Con la abolición de las distinciones de clase hereditarias, en 1869, el pueblo llano ya no era obligado a bajar su cabeza siempre que veía pasar a un samurái. En 1871, año de la prohibición del seppuku judicial, los dominios samurái, daymios, fueron abolidos, reorganizados y transformados en prefecturas gubernamentales, y muchos de los antiguos señores obtuvieron títulos que mimetizaban a la nobleza europea (condes, duques y príncipes), a la vez que perdían sus ejércitos privados. En 1873, el gobierno Meiji estableció un ejército moderno, quitando la necesidad de una élite guerrera separada. Los peinados y los trajes estaban en rápida transformación, mientras que la presencia pública de los samuráis estaba a desaparecer, como también la propia palabra, sustituída a poco y poco por shizoku [guerreros pertenecientes a un clan]. En marzo de 1876 fue promulgada una ley que prohibía el porte de espadas en público, excepto para los oficiales en ceremonias del Estado, miembros del ejército y oficiales de seguridad designados para tal. Esta medida, bien como la prohibición de ejecutar no-samuráis que les hubieran ofendido, atingía directamente a los samuráis, que consideraban a la espada como su factor identitario más importante. En agosto fue ordenada la conversión de los estipendios de los samuráis en bonos a treinta años, que era opcional desde 1873 y que pocos habían aceptado. Los bonos pagaban un interés de entre cinco a siete porciento, lo que para la mayor parte de los samuráis significó una reducción de por lo menos treinta porciento en ingresos anuales. En 1877, perdieron el derecho al estipendio de arroz, con el cual habían sido pagados a lo largo de siglos, y los últimos samuráis estaban desempleados. Estos cambios fueron profundamente impopulares entre muchos de aquellos que habían luchado al lado del nuevo régimen. Mientras algunos aceptaron los hechos, otros sintiéronse traicionados, entre los cuales Saigo Takamori (1828-1877), que lideró en 1877 la Rebelión de Satsuma (CLEMENTS, 2010, pp. 296-301; RAVINA, 2004, pp. 198-199).

Historias sobre el fin de los samuráis llegaron al Occidente, acabando por formar un nuevo subgénero de orientalismo, el japonismo. Madame Butterfly (1904), de Puccini, era una heroína imbuída con el espíritu samurái, y su historia contiene sombras de la revuelta de Takamori.15 Sin embargo, la revuelta samurái que huellas más profundas dejó en el imaginario de Mishima fue la llevada a cabo por rebeldes de la Liga del Viento Divino.

Harukata Kaya (1836-1876), monje superior del Santuario Nishikiyama en el Castillo de Kumamoto, que ya se había mostrado ultrajado con las reformas religiosas que habían otorgado al Cristianismo una igualdad de derechos con relación al Shintoísmo, se dimitió de su posición en protesta por la prohibición del porte de espada. Durante su juventud, Harukata había estudiado en una escuela privada dirigida por Oen Hayashi (1797-1870), conocido por ser un nacionalista shinto extremista. Esa escuela se llamaba Gendokan [La Escuela del Camino Fundamental] e, inspirado por sus enseñanzas, Harukata, junto con un ex-compañero, Tomo Otaguro (1835-1876), crearon una facción shinto, Keishin-to [El Partido de la Reverencia Divina], popularmente conocida como Kumamoto Shinpuren [La Liga del Viento Divino de Kumamoto] - tal como los Vientos Divinos de finales del siglo XIII habían salvado al Japón, ahora serían ellos a evitar la destrucción del país.

Estos rebeldes, cultural y políticamente tradicionalistas y anti-modernos (no tocaban en los billetes de banco con las manos y protegían las cabezas con abanicos de manera a que no fuesen conspurcados por los hilos eléctricos y telegráficos), avanzaron con la revuelta el 24 de octubre de 1876 tras consultar un oráculo. Rehusándose a utilizar armas de fuego, u otras de origen occidental, y armados sólo con espadas japonesas y puñales, ciento ochenta y un samuráis atacaron el castillo de Kumamoto, las instalaciones militares más importantes del Ejército en Kyushu, defendidas por una fuerza de cerca de dos mil hombres que poseían armas de fuego. Si al inicio el asalto cogió de sorpresa al castillo, pues el comandante de la guarnición fue muerto y el gobernador de la prefectura herido mortalmente, a la mañana siguiente las fuerzas imperiales arrollaron la rebelión. Los que consiguieron escapar fueron despedirse de sus familias antes del seppuku (LESIEUR, 2011, pp. 11-12; RANKIN, 2011, pp. 195-201; RAVINA, 2004, pp. 198-199).

Este episodio marcó Mishima por la pureza de los samuráis envolvidos, pureza esa que, en opinión del escritor, era lo que caracterizaba al Japón y al pueblo japonés. Por otro lado, morir en nombre del emperador no era sólamente heroico - revelaba la esencia profunda del Japón, pues

[l]a Vía de los Dioses significaba que el culto y el gobierno eran una y la misma cosa. Servir al Emperador, que es el relumbrante vicario de los dioses en el mundo de los hombres, es como servir a los distantes dioses del mundo oculto a los ojos humanos. Gobernar no es más que actuar siempre de acuerdo con la ley divina, con la confianza de que esa ley contiene la más sagrada tarea (MISHIMA, 2010b, pp. 98).

De esta actitud derivaba un sentimiento anti-budista, que podemos ver a través de Kaido Masugi, un personaje en la novela Caballos desbocados que dirige un campo de entrenamientos especializado en los ritos de la purificación y que condenaba al budismo "porque negaba la vida y, en consecuencia, tornaba imposible entregarla al Emperador muriendo por él" (MISHIMA, 2010b, p. 339).

Esta novela forma parte de la tetralogía El Mar de la Fertilidad, y a lo largo de sus cuatro volúmenes acompañamos a la historia del Japón desde 1912 hasta los años 1970, a través de dos personajes centrales: Kiyoaki Matsugae y Shigekuni Honda. El primer volumen, Haru no yuki [Nieve de Primavera] (MISHIMA, 2010a), comienza en Tokio en 1912. La época Meiji, que acaba, había introducido usos y costumbres occidentales en una sociedad todavía fuertemente impregnada de sus tradiciones imperiales y religiosas. Fue en esta sociedad llena de contradicciones que crecieron los dos personajes. Kiyoaki es hijo de marqués, que subió a las más altas escaleras gracias a la Restauración, y Shigekuni, su mejor amigo, es hijo de magistrado. Mientras que el primero es dominado por sus emociones, el segundo es racional y frío. Honda recurre todo el periodo, acompañando a las vicisitudes del Japón a la vez que envejece. Matsuagae muere en el primer volumen y va reencarnando en diferentes personajes en cada uno de los volúmenes. Así, en el segundo, Caballos desbocados, reencarna en el joven Isao Iinuma, hijo del antiguo preceptor de Kiyoaki (MISHIMA, 2010b). En el tercer volumen, Akatsuki no Tera [El templo del alba] (MISHIMA, 2006a), reencarna en una princesa tailandesa, Ying Chan, y, por fin, en el último volumen, Tennin Gosui [La corrupción de un ángel] (MISHIMA, 2006b) reencarna en el adolescente Toru Yasunaga, que es adoptado por Honda.

Exímio praticante del kendo, y profundamente emocionado por la Liga del Viento Divino, Isao considera al Japón como estando en decadencia: los políticos son corruptos, los banqueros y los zaibatsus sólamente pretenden hacer aumentar sus beneficios, mientras que los campesinos mueren de hambre. El rostro más visible del mundo de las grandes finanzas, en la novela, es Busuké Kurahara, descrito como "la personificación de los males del capitalismo" y como "la inconfundible encarnación del capitalismo desprovisto de fidelidad a la nación" y cuya perversidad "parecía ser la de una inteligencia que carecía de vínculos con la sangre y con el suelo patrios" (MISHIMA, 2010b, pp. 321-322). Dentro del ideal de pureza de Isao, definida como un "concepto que hacía recordar a las flores, al picante sabor del agua fresca y al niño que se coge a las faldas de su madre" y que para él era algo "que unía todo eso a la idea de la sangre, de la espada que abate hombres inicuos, de las hojas de acero que cortan desde el hombro para salpicar el aire con sangre y también del seppuku" (MISHIMA, 2010b, p. 171), era necesario asesinar a estos representantes del Mal, de manera a permitir al emperador que volviera a encontrar sus plenos poderes y "colocar las finanzas y la industria bajo el control directo del Emperador, eliminando al capitalismo y al comunismo, doctrinas propias del materialismo occidental", pues sólo así podría Japón volver a ser la tierra de la abundancia (MISHIMA, 2010b, p. 360). Para llevar a cabo sus ideales, Isao recluta camaradas, con edades comprendidas entre los dieciocho y veinte años, para formar una nueva Liga del Viento Divino. Independientemente del resultado de sus acciones, queda establecido que los miembros se harán el seppuku. La novela acompaña esta visión del patriotismo en un Japón ya fuertemente occidentalizado, y los intentos desesperados para restaurar el "espíritu samurái" en una época en la que la fuerza del dinero ya triunfó y en la cual la traición puede surgir de aquellos que nos están más cerca.

Colocado en la cárcel dos días antes de llevar adelante sus planes, Isao es defendido por Honda, que renuncia a su cargo de juez para poder ser el abogado de su amigo reencarnado en Isao. Éste, cuándo es llamado a hablar por el juez, dice que

El Japón, desde tiempos remotos, ha sido un país en el cual puede señalarse un carácter persistente: la continua reverencia a Su Sagrada Majestad. Es una tierra en la que el Emperador se considera como la armoniosa cabeza de una amplia familia, que es el pueblo japonés. Aquí, apenas será preciso puntualizarlo, está la verdadera imagen de la Tierra del Emperador, que mantiene esos puntos de vista con la firmeza de que hay un cielo y una tierra (MISHIMA, 2010b, p. 548).

Por otro lado, como Isao no comprende que sea posible que haya gente sufriendo de hambre, gente que sigue siendo hija del Emperador, decidió actuar y despejar el cielo, pues

Allá en las alturas brilla el sol. Desde aquí no nos es posible contemplarlo; pero hasta esta luz gris que nos rodea tiene que tener en él su fuente, de modo que en algún rincón del cielo, el sol debe brillar. La de ese sol es la verdadera imagen de Su Sagrada Majestad. Si la gente pudiese bañarse en sus rayos, lanzaría gritos de goce. De inmediato la desolada tierra se tornaría fértil y el Japón, sin sombra de duda, volvería a ser la Tierra del Arroz Abundante (MISHIMA, 2010b, p. 549).

La sentencia fue la de descartar a los acusados, pues eran demasiado jóvenes, sus motivos puros y habían dejado llevarse por un excesivo patriotismo. Al salir de la cárcel, el padre de Isao le confiesa que había sido él a denunciarlo, pues Makiko Kito, una joven mujer que está enamorada de su hijo, le había llamado pocos días antes de la fecha establecida informándole que Isao preparaba el ataque. Por otro lado, Iinuma padre, que dirige una organización de extrema-derecha, la Academia de Patriotismo, frecuentada por Isao y sus camaradas, dice a su hijo que fue debido al dinero del barón de Shinkawa, otro gran financiero, que la institución había prosperado recientemente y que, en cambio, el barón había solicitado la seguridad de Kurahara. Para el padre de Isao, la verdadera pureza es corromperse sin resultar en realidad corrompido, pues

[e]l dinero es dinero y la fidelidad es la fidelidad. No hay que confundir. El dinero se usa en problemas de dinero, mientras la fidelidad puede guardarse mediante el seppuku. [...] Si te pones fastidioso con la pureza, nunca harás nada en el mundo. Nunca serás un verdadero hombre (MISHIMA, 2010b, p. 570).

En el último capítulo de la novela, Isao Iinuma, contra tudo y contra todos, mata a Busuké Kurahara y, en seguida, se hace el seppuku cerca del mar

Isao aspiró una gran bocanada de aire y cerró los ojos mientras su mano izquierda recorría acariciante la pared de su estómago. Empuñando su cuchillo con la mano derecha, acercó la punta a su cuerpo y la guió hasta el lugar indicado sirviéndose de los dedos de su mano izquierda. Entonces, con un poderoso impulso de su brazo, hundió la hoja en su vientre. En aquel momento, cuando sus carnes se entreabrían, el brillante disco del sol surgió de pronto, estallando tras sus párpados (MISHIMA, 2010b, p. 586).

 

Conclusión

El periodo inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial fue un periodo de rápido crecimiento, reconstrucción y occidentalización en el Japón, acompañados por el surgimiento en fuerza de una sociedad de consumo. Yukio Mishima, uno de los escritores más importantes y famosos de la posguerra, se sintió desilusionado ante el creciente materialismo que él veía en su sociedad, encarándolo como evidencia de la decadencia moral y espiritual del pueblo japonés.

Algunas de las obras de Mishima glorificaban al militarismo, la muerte y las artes de los samuráis. En los años 1960 estos ideales eran considerados como anticuados, abiertamente militaristas o incluso como motivo de risa. Sin embargo, al mismo tiempo, el creciente enfoque de Mishima por la cultura tradicional japonesa despertó el interés de los lectores occidentales y, a partir de los años 1960, muchas de sus obras fueron traducidas, sobre todo al inglés. Con su sensacional muerte en 1970, muchas de esas traducciones volvieron a publicarse, ahora con fotografías de Mishima en las cubiertas que solían presentarlo con taparrabos o empuñando una espada.16

Para muchos lectores en el Japón y en Occidente, el nombre de Mishima es inseparable del ícono del samurái. Al elevar la imagen del samurái a cumbres tan altas, Mishima creó y reforzó la idea del samurái como la corporización de los verdaderos valores japoneses y ética correspondiente. Su corto relato Patriotismo, de 1960, puede considerarse como una especie de manifiesto, escrito para promover los valores tradicionales japoneses, como también la estética y el honor del "código del guerrero" (bushido), que él más tarde desenvolvería en su comentario al Hagakure. Mishima también tenía un objetivo más concreto – desilusionado con el Japón contemporáneo, el escritor pretendía derribar al gobierno, reescribir la constitución y reinstaurar al emperador japonés como el verdadero líder espiritual, militar y político del Japón.

Mishima no era un autoritario, sino un crítico de la democracia japonesa occidentalizada que, para él, era sólo el viejo sistema burocrático dominado por los zaibatsu trajando una máscara "democrática". Él veía al emperador y al sistema Shinto de veneración al emperador como la esencia del espíritu japonés. El orden del posguerra había quitado los valores masculinos a la cultura japonesa, que hasta ahí había sido representada por el crisantemo y la espada en conjunto; tras la derrota sólo el crisantemo había permanecido, mientras que la espada había sido abolida, pues la constitución impuesta por los americanos prohibía cualquier forma de actividad militar, quedando la cultura japonesa sólamente representada por actividades pacifistas, mientras que el lado oscuro estaba completamente reprimido.

En cuanto que la mayor parte de los japoneses consideraron a esta posición como extrema, Mishima era popular por entre grupos de derecha y sigue inspirando a grupos conservadores en sus sentimientos nacionalistas. Parte de la razón para su fama adviene de la forma espectacular en la cual decidió terminar con su vida. Mishima, a semejanza del personaje Isao Iinuma de su obra Caballos desbocados, se hizo el seppuku, el suicidio ritual por desentrañamiento, en la mañana del 25 de noviembre de 1970. Con más cuatro miembros de su ejército privado, La Sociedad de los Escudos, el escritor se dirigió al cuartel-general de la Fuerza de Autodefensa del Japón, en Ichigaya (Tokio). Tras intentar leer su Manifiesto (MISHIMA, 2006c, pp. 243-253) desde la terraza, Mishima gritó "Vida Larga al Emperador" antes de hacerse el seppuku con su espada.

 

Notas

1 Esta obra en cuatro volúmenes está traducida al español por Alianza Editorial. Para más detalles véase las referencias bibliográficas al final.

2 En este artículo los apellidos serán presentados en segundo lugar, al contrario de lo que es normal en lengua japonesa.

3 A finales del siglo XIII, Japón fue asediado, primero diplomática y después militarmente, por los mongoles que intentaron conquistar el archipiélago a partir de la China. Debido a las fuerzas de la Naturaleza esos intentos fracasaron, y los japoneses atribuyeron ese hecho al "Viento Divino" (Kamikaze). Los pilotos suicidas de la Segunda Guerra Mundial, conocidos en Occidente como kamikazes, eran designados por los japoneses como Shinpu, cuyo significado también es "Viento Divino". Para más detalles véase CLEMENTS, 2010, p. 303 y RANKIN, 2011, p. 195, nota 97.

4 También interesante es la película dirigida por Paul Schrader que, utilizando algunas de las obras del escritor, recría la vida, y en particular el último día, de Yukio Mishima. SCHRADER, 1985.

Para evitar el deshonor, los samuráis empezaron a practicar el seppuku, suicidio ritual por desentrañamiento. El ritual, corte del vientre, era tan doloroso que los samuráis acabaron por modificarlo, permitiendo que un asistente, el kaishaku, normalmente una persona de confianza, ayudara a decapitar el guerrero así que este introducía el filo en el abdomen. Reservado a los samuráis, el seppuku era visto como un honor pues permitía que un individuo quitase su propia vida en lugar de ser ejecutado como un criminal normal. Para el samurái, la finalidad de toda ceremonia era mostrar la makoto [sinceridad], que residía en las vísceras, en el abdomen, el centro de uno, y que tenía que ver con conceptos tales como la lealtad, el honor, el valor, el aguante. Para más informaciones sobre este ritual y su evolución histórica, véase RANKIN, 2011.

5 Un señor feudal era el daimyo, miembro de la élite de la clase samurái.

6 Orientalismo fue el término genérico que Edward Said utilizó para describir la visión occidental sobre el Oriente, y también la disciplina por la cual esta región y/o concepto era, y todavía es, abordada sistemáticamente, como un asunto de aprendizaje, enseñanza, descubierta y práctica.

7 Para más detalles sobre La Sociedad de los Escudos, en palabras del propio escritor, véase MISHIMA, 2006c, pp. 147-160.

8 Blanco de un atentado perpetrado por un extremista de derecha en la Estación Central de Tokio el año anterior, Hamaguchi había desarrollado una política moderada y firmado, poco tiempo antes del atentado, un convenio de desarme con la Marina inglesa.

9 Este acontecimiento sería utilizado por Mishima como telón de fondo para el segundo volumen, Caballos desbocados, de su tetralogía El Mar de la Fertilidad.

10 Hideki Tojo fue primer ministro del Japón entre 1941 y 1944 y responsable político del ataque a Pearl Harbour.

11 Mishima dedicaría a este oficial un ensayo en marzo de 1967, publicado en la revista Bungei, con el título "Dogiteki kakumei no ronri: Isobe itto shukei no yuiko ni tsuite" ["Una lógica de la 'revolución moral': a propósito del testamento del intendente de primera clase Isobe"].

12 También conocida como época de Edo (antiguo nombre de Tokio), pues era aquí donde se encontraba la residencia oficial del shogun.

13 Mishima desarrolaría con más detalles su concepción de "filosofía de la acción" en un ensayo publicado entre septiembre de 1969 y agosto de 1970. Para más detalles, véase MISHIMA, 2006c, pp. 161-233.

14 Curiosamente, Yukio Mishima era homosexual, siendo sus obras Kamen no Kokuhaku [Confesiones de una máscara], de 1948, y Kinjiki [El color prohibido], de 1953, un reflejo de todas las cuestiones existenciales inherentes a un individuo integrado en una sociedad que no veía con buenos ojos a las relaciones afectivas entre hombres. MISHIMA, 2012 y MISHIMA, 2011b.

15 Esta ópera sirve de telón de fondo al cuento de Mishima Chocho [Mariposa]. MISHIMA, 2009.

16 Como ejemplos refiramos aquí las cubiertas de algunas traducciones hechas al francés por la Editorial Gallimard, donde Mishima está representado como el mártir San Sebastian semidesnudo (MISHIMA, 1996), o como el teniente Shinji Takeyama en un fotograma retirado de la película Yukoku (MISHIMA, 2001).

 

Referencias Bibliográficas

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Recebido em março de 2012.
Aprovado em junho de 2012.