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Lua Nova: Revista de Cultura e Política

versión impresa ISSN 0102-6445

Lua Nova  no.49 São Paulo  2000

http://dx.doi.org/10.1590/S0102-64452000000100013 

AMÉRICA LATINA

 

Filosofía y drama nacional en la cultura argentina*

 

Philosophy and national drama in Argentine

 

 

Eduardo Rinesi

Professor na Universidade de Buenos Aires - UBA e doutorando em Filosofía na USP

 

 


RESUMO

Comentário crítico do mais recente livro do conhecido ensaísta argentino Horacio Gonzales, Restos pampeanos, que trata do pensamento e da cultura argentinas no século XX.

Palavras-chave: Argentina, pensamento; Argentina, intelectuais.


ABSTRACT

A critical commentary of the most recent book by the well-known Argentine essayist Horacio Gonzales, Restos pampeanos, which deals with Argentine thought and culture in the 20th century.

Keywords: Argentina, thought; Argentina, intelectuais.


 

 

Extraídas del arcón de las palabras "de sabor antiguo" con las que se imaginó una vez, entre nosotros, el futuro de una comunidad emancipada, una colección de viejas frases argentinas son convocadas a comparecer, con su invicta capacidad para estremecernos y para perturbarnos, en las páginas del último libro de Horacio González. Entre ellas, luce especialmente aquella, muy famosa, en la que John William Cooke se mofaba de "los soñadores de la revolución perfecta, con escuadra y tiralíneas", contra quienes advertía que la espesura de las sociedades históricas y la densidad de los procesos políticos reales son refractarias a la ilusión geometrizante de una política que pudiera desplegarse sobre una tela virgen de símbolos confusos y de mitos nebulosos, de relatos que nunca dicen la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad de las luchas sobre las que se levantan, de identidades que son inexorablemente -siempre- opacas, inciertas e incompletas. Agudo lector de los Manuscritos de 1844, interlocutor epistolar privilegiado del exiliado General Perón, Cooke sabía de que, hablaba. Conocía -cito el libro de Horacio, tal vez el más militantemente "cookista" de los que haya escrito-"la disparidad entre las criaturas sociales efectivas y el ideal histórico-épico", sabía "que ningún momento de la historia es igual a la Historia desplegada en su verdad taimada". Años atrás, le había escrito a Ernesto Guevara que "en la Argentina los comunistas somos nosotros, los peronistas", condensando en esa frase celebérrima (que repetiría muchas otras veces) una de sus obsesiones recurrentes y una de sus ideas más originales: la de que las palabras, en la historia efectiva de los pueblos, sólo por excepción coinciden con las cosas, la de que el mundo está siempre desencajado, out of joint, la de que, en fin, la alienación (para el caso, la doble alienación, "el doble desajuste entre lo que se producía en la historia y el nombre propiciador que cada uno llevaba: comunistas alienados de la revolución pero no del nombre; peronistas alienados del nombre y de las palabras balsámicas pero no de la revolución") no es algo que podría descartarse como el provisorio lado malo de la historia, porque constituye en realidad su misma carne, y por lo tanto es exactamente aquello que -y dentro de lo que- es necesario pensar.

Ésta es quizás la más insistente invitación de Restos pampeanos: la invitación a pensar -digamos así, juguemos un poco- (en) la alienación. Esto es -apunto dos de los temas centrales del libro que nos ocupa-: a pensar (en) la nación, y a pensar (en) el mito. Pensar pues -primero- (en) la nación, que no puede ser considerada apenas -aunque sin duda debe ser considerada, también- una sustracción al ser genérico del hombre, una pérdida, una amenaza o un obstáculo para la realización plena de una humanidad emancipada, porque ese "obstáculo" es tambien, al mismo tiempo, la forma espontánea de organización de la historia y el marco en el que cualquier proyecto liberador tiene sentido. De otro modo: que la nación es un obstáculo, sí, pero que la historia misma tiene la forma de ese obstáculo. Pensar -segundo- (en) el mito, o (en) los grandes mitos políticos argentinos. El mito de la pampa y el del gaucho, desde luego, pero también el "mito peronista" y el mito de la revolución, las diversas combinaciones de los cuales son cuidadosamente exploradas en el recorrido que hace González por los autores y los textos que componen lo que en los años sesenta se llamó la "izquierda nacional". Es que toda la discusión del siglo "que ya concluye" (dice González, pero nosotros ya debemos escribir: "pasado") "puede pensarse como un debate en torno del mito". Siendo esto así, no se trata entonces de optar -como tienden a hacer las tradiciones ilustradas- "por el mero laicismo y la cáustica razón", persiguiendo a los mitos, los mitólogos y las mitologías como a los peores enemigos del verdadero saber, sino de penetrar en el "corazón de las tinieblas" de la historia para pensar. Porque pensar es algo que siempre hacemos en el interior de los pliegues míticos del tiempo.

Es con este espíritu que Restos pampeanos dirige sus dardos críticos contra lo que González considera dos corolarios del sueño iluminista de un mundo sin opacidades ni zonas secretas. Por un lado, la hipótesis -de sabor foucaultiano y fuerte presencia en la vida académica argentina de los últimos diez o quince años- de que la identidad nacional fue compulsivamente definida (al mismo tiempo que controlada la peligrosa materialidad de sus anomalías y de sus desviaciones) por una serie de dispositivos estatales (médicos, criminológicos: disciplinarios) de los que un conjunto notorio de textos científicos y literarios nos habrían quedado como testimonio, como expresión y como metáfora. Nuevamente, entonces, la historia como un suelo blanco y liso, sobre el que se levanta la acción creadora de un conjunto de individuos o de instituciones. Pero además, ¿no es injusta con los propios textos, y con sus autores, una perspectiva de lectura que los reduzca a unos y a otros a meros efectos de una serie de tácticas de dominación? ¿No hay acaso siempre "algo que de todos modos permanece inasimilable al 'dispositivo'"? Algo en la historia, claro, pero también algo en los textos mismos, a los que no hay por qué "reducir" al cómodo casillero que este "determinismo dispositivista" -como lo llama González- ha preparado para él. Así, ese "algo" que siempre "sobra" en los textos es, al mismo tiempo, lo que permite calificar de unilateral al enfoque que González critica y lo que permite "salvar" a esos textos de su inmersión obligatoria en una determinada serie, en un determinado "corpus", permitiendo de ese modo "que no se cierren las puertas de la interpretación de lo que las obras dejan al margen de su época, de su texto, de su literalidad y de su intención política". Una interpretación semejante debería operar, entonces, "desviando", "rescatando", o incluso más fuerte: "arrancando" esas obras (en el mismo sentido en que Masotta decía que había que arrancarle a la derecha la idea de destino) de los medios en los que las han inscripto las convenciones de la crítica. Releyéndolas "de otro modo": iluminando los quiebres, las vacilaciones y las ambivalencias que todavía nos permiten ser justos con esos textos o con esos autores, es decir: que todavía nos permiten asombrarnos con ellos. Difuminando de esta manera "los anaqueles establecidos" y permitiendo así "trazar un atlas distinto de la cultura nacional". La puesta en cuestión -verbigracia- de una serie de lugares comunes sobre José María Ramos Mejía, sobre José Ingenieros y sobre las relaciones que es posible establecer entre ambos, así como el acercamiento que se propone entre el estilo del autor de Las multitudes argentinas y el aguafuertismo de Roberto Arlt por un lado, o el "hipnotismo" de Ezequiel Martínez Estrada por el otro, deben ser valorados sobre el telón de fondo de este ambicioso propósito que anima todo el libro.

La segunda de las "modas académicas" que a González le interesa discutir es la que, asociada al doble propósito de producir pensamientos "sin ontologias" (que, teme González, "sobre todo en nuestro ambiente intelectual paupérrimo y vicario", pueden "preparar el camino para despojar al conocimiento de sus responsabilidades") y de reescribir la historia de los países bajo el signo del "fin de las identidades", hace de la tradición y de la cultura de un país el producto de una "invención" ideológica o literaria. Pero esas unidades lingüísticas y culturales que son las naciones -objeta González en polémica con quienes han querido ver en ciertas famosas conferencias de Leopoldo Lugones un capítulo especialmente significativo de esta "operación"- no son algo que pueda simplemente "inventarse" desde arriba del escenario del Odeón ni desde ninguna parte, sino algo dentro de lo cual se vive. Una malla de significaciones, un horizonte de experiencia dentro del cual se vive. ¿Pensamiento "de derecha"? Pensamiento -digamos mejor- que ha sido abonado, a lo largo de los dos últimos siglos, por autores a los que es fácil calificar bajo ese rótulo, pero que es necesario -de nuevo- "arrancar", "recuperar", "salvar" de sí mismo, de su propias connotaciones eventualmente antidemocráticas y antipopulares. Así, en Restos pampeanos encontramos por ejemplo un Renán que, si en su culturalismo espiritualista y deshistorizante anticipa o prepara -vía Barrès- el elitismo de las derechas tradicionalistas argentinas (del propio Lugones, sin ir más lejos), al mismo tiempo no deja de anunciar el tema -democrático-popular e historicista- de la "situación moral e intelectual" de una nación, que reaparecer por ejemplo -via Sorel y Gramsci- en La formación de la conciencia nacional, el "libro viviente", la Bildungsroman, la work in progress de Juan José Hernández Arregui.

Hernández Arregui, Carlos Astrada y su búsqueda de una filosofía de la nación y del Estado, José Ingenieros y su cientificismo señorial, alucinado y juguetón, Juan Perón y su pedagogía de militar y de político: Son algunos de los protagonistas principales de este poderoso ejercicio de lectura que es Restos pampeanos, que hace aparecer entre las obras de estos protagonistas del drama intelectual de la Argentina (pero también entre la de Sarmiento y la de Ramos Mejía, o entre la de Martínez Estrada y la de León Rozitchner, o aún entre la "gauchipolítica" jauretcheana y el "neoaguafuertismo" de David Viñas) familiaridades inesperadas, resonancias de diverso tipo, vibraciones comunes, "ecos": ecos sarmientinos en el higienismo finisecular, ecos positivistas en el arte peronista de la conducción. Y al final entendemos que, para González, una nación (que no es un carácter ni un valor, sino una praxis) es exactamente ese conjunto de ecos, de resonancias y de familiaridades. Ese conjunto de textos "que debaten entre si" y que reclaman una interpretación que les haga justicia, que no los convierta en meras funciones derivadas de tal o cual dispositivo de control y que nos vuelva a nosotros capaces de volver a oír lo que esos textos tenían para decir.

Entre esos muchos textos que González, como suele decirse, "rescata del olvido" y hace "hablar de nuevo", entre esos muchos textos que forman la urdimbre secreta, espesa, contradictoria y oscura de la nación argentina (y esta segunda palabra, "argentina", también es reivindicada, en Restos pampeanos, como pertinente y como necesaria), los de Juan Perón son inspeccionados con un especial empeño. Y lo que resulta de esa inspección es un Perón partidario -qué novedad- del orden, pero no de un orden que pudiera pensarse como el resultado de una ideología simplemente "ordenancista", sino de un orden que deberá alcanzarse (Perón pensaba y escribía en un mundo de masas movilizadas, agitadas: después de Octubre y después de la República española) a través de una razón capaz de contener en sí misma la capacidad para producir el caos. Perón llamó "conducción", escribe González, a ese procedimiento, a esta técnica combinatoria de las pasiones que parte de entender que el orden está dentro del desorden y no fuera o por encima de él, descubrimiento fundamental que está en el corazón trágico del peronismo, que una y otra vez "amenaza con actos irreparables para que se comprenda que viene justamente a conjurar lo irremisible", y que por fin se ve obligado a hacer lo que nunca habría querido (llamar a la resistencia) sólo porque quienes debían entenderlo no entendían. El orden dentro del desorden. El peronismo hablaba de revolución para impedir la revolución. De acuerdo. Pero no puede dejar de advertirse el riesgo de la apuesta. El peronismo hablaba de revolución para impedirla, pero, para impedirla, no hacía más que hablar de ella. El peronismo se configuraba así -escribe González- como "un lugar de escisión, de quiebre, que anulaba lo que él mismo representaba, y representaba anulando lo que decía tener voluntad de hacer". Y si es posible, por supuesto, considerar esa aventura desde el punto de vista del orden que finalmente vendría así a ser conquistado, también lo es hacerlo desde la perspectiva de la capacidad desarregladora que la crispación política de la realidad que así se producía tenía sobre ese orden, aun cuando nada en esa crispación permitiera anunciar alguna forma de "superación" del mismo. Si hacemos lo primero, estamos en el terreno de lo que González llama la "pre-dialéctica" de las pasiones de Perón; si hacemos lo otro, estamos -claro- ante la figura cookiana (que implica también una dialéctica trunca, una dialéctica mocha, "que persevera en su ser inacabada") del peronismo como "hecho maldito" del país burgués.

La maldición, entonces, como gradación menor de la dialéctica, como momento de bullicio y de desesperación del presente. ¿Es tan diferente esa desesperación de la del alma trotskista, enfrentada a un mundo objetivo que, sometido a fuerzas contradictorias y a leyes inefables, siempre está (como el de Perón, como el de Cooke) "en la inminencia de una crisis resolutiva", y al mismo tiempo en la imposibilidad de superar dialécticamente su propia inmovilidad? No, y a tal punto no lo es que González define al cookismo, en las páginas finales de su libro, como un trotskismo sin entrismo (es claro: el problema de Cooke no era cómo entrar a ningún lado, sino como no salir de donde siempre había estado), pero con el mismo interés por los "nudos de excitación" en la historia que caracterizaba a los herederos de Nahuel Moreno. Son esos nudos de excitación, esos puntos de crispación, esos momentos de densificación de la historia, los que han dado los grandes pensamientos trágicos (es decir: antidialécticos, es decir: políticos) que este libro sobre la tragedia argentina se ha propuesto volver a oír. A la luz de este esfuerzo enorme, y de su estimulante resultado, revela toda su torpeza el fácil gesto de desprecio con el que la academia se ha acostumbrado a declarar a todos estos pensamientos y problemas el producto de no sé qué "malentendido" que el progreso natural de las Luces, o las edificantes contribuciones de dos o tres cazadores de mitologías, habrían conseguido felizmente despejar. Esta pretensión no sólo es absurda (no hay malentendidos en la historia, o, mejor -es apenas otro modo de decirlo-, sólo hay malentendidos), sino que además es injusta, porque vacía retrospectivamente de sentido (y esta expropiación brutal es una que nadie tiene derecho a cometer) las acciones, los sueños y las vidas de miles de hombres declarando apenas, con supremo desdén, que habían vivido equivocados. Pero nadie vive equivocado, o mejor -es apenas otro modo de decirlo-, todos lo hacemos. Esta convicción -me parece entender- es la que hace de Restos pampeanos un libro clemente. Crítico y clemente. Que no quiere sacar a nadie de ningún error del que el autor estaría a salvo o habría conseguido por fin librarse, sino darles una nueva oportunidad a las voces que nos llegan desde los más intrincados atolladeros del pasado.

 

 

NOTA DO EDITOR. O presente texto trata do mais recente livro de Horácio Gonzales, intelectual argentino que viveu anos (demasiado poucos) no Brasil, até quando a aguda consciência dos compromissos que sentía em relação à sua sociedade saída da ditadura o levou de volta a su Buenos Aires querida. Publicou aqui títulos preciosos nas coleções "Encanto Radical" e "Primeiros Passos" da editora Brasiliense, cuja reedição se anuncia; entre eles livros sobre Camus, Evita, Marx (o "semeador de sinais"), a Comuna de Paris, além de outros cuja autoria contestará, se lhe perguntarem. Neste exato momento acaba se de sair texto seu, na coletânea organizada por Afrânio Mendes Catani, América Latina: impasses e alternativas (Humanitas/FFLCH/USP, 2000). Vale a pena ler essas bem pouco cartesianas "Meditaciones brasileñas" sobre intelectuais, sociologia e cultura, publicadas no seu idioma original por feliz decisão do organizador. Aliás, também vai no original o comentário de Eduardo Rinesi, colaborador de Gonzales na edição em Buenos Aires da excelente revista El Ojo Mocho (na qual os debates são como se imagina ser um debate porteño: absolutamente intermináveis). Com isso Lua Nova quer ampliar o espaço para os temas latino-americanos, para além da análise no registro mais político que se encontra neste número.
* Acerca de de Horacio González, Restos pampeanos. Ciencia, ensayo y política en la cultura argentina del siglo xx. Colihue, Buenos Aires, 1999.         [ Links ]