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Revista Brasileira de Ciências Sociais

versão impressa ISSN 0102-6909versão On-line ISSN 1806-9053

Rev. bras. Ci. Soc. vol.30 no.89 São Paulo out. 2015

http://dx.doi.org/10.17666/3089159-170/2015 

ARTIGOS

La configuración de los nuevos movimientos sociales frente a la crisis de lo social

The configuration of the new social movements in face of the social crisis

La configuration des nouveaux mouvements sociaux face à la crise du social

Carlos Mejías Sandia 1  

Pablo Suárez Manríquez 2  

1Universidad de Talca, Maule Region, Chile. E-mail: camejias@utalca.cl

2Universidad Tecnológica Metropolitana, Maule Region, Chile. E-mail: psuarez@utem.cl


RESUMEN

Las nuevas condiciones socioeconómicas han agudizado las desigualdades y han establecido la deslegitimación de las estructuras tradicionales de administración del poder, dentro de este contexto, la ciudadanía ha comenzado a exigir sus derechos, lo que ha implicado que ésta se vuelva a las calles y plantee nuevas formas organizativas y nuevas formas de vivir la democracia. Este artículo procura establecer algunas características distintivas de los nuevos movimientos sociales, en relación con los anteriores movimientos sociales.

Palabras-clave: Procesos sociales; nuevos movimientos sociales; democracia; ciudadanía

ABSTRACT

The new socioeconomic conditions exacerbated inequalities and delegitimized traditional management structures of power. In such a context, the citizenship started to call for its rights, what has led masses of people to the streets, raising new forms of organization and new ways of living democracy. The article seeks to highlight some distinctive features of the new social movements in comparison with the characteristics of the previous and more traditional ones.

Key words: Social processes; New social movements; Democracy; Citizenship; Construction

ABSTRACT

Les nouvelles conditions socioéconomiques accentuent les inégalités et portent atteinte à la légitimation des structures traditionnelles de la gestion du pouvoir; en conséquence, la citoyenneté commence à exiger ses droits. D’où le retour dans les rues et la proposition de nouvelles formes d’organisation et de vie en démocratie. Partant de là, cet article propose d’établir certaines caractéristiques qui distinguent les nouveaux mouvements sociaux des antérieurs.

Key words: Processus sociaux; Nouveaux mouvements sociaux; démocratie; Citoyenneté; Construction conjointe

Introducción

Estamos frente a una de las crisis del sistema neoliberal expresado en descontento, indignación, frustración frente a innumerables situaciones de injusticia como la distribución del ingreso, falta de oportunidades y condiciones laborales, mínimo acceso y calidad a servicios de salud, fuerte fragmentación en relación con el acceso y calidad de la educación, coerción a las libertades individuales, discriminación étnica, racial, de género, en definitiva, una antigua/nueva cuestión social manifestada en brechas que interpelan un cambio de orden social.

Lo anterior ha sido expresado en indicadores estadísticos de organismos internacionales e investigaciones que dan cuenta de la magnitud de la situación, pero que sin embargo, al parecer no son suficientes para reorientar la dirección y énfasis del modelo neoliberal, ya que el crecimiento económico no es sinónimo de desarrollo, sino varios soportes teóricos indican que lo económico es sólo una dimensión del verdadero desarrollo humano.

En este contexto empieza, al igual que en otros periodos históricos, a generarse una sensación de descontento social, sobre todo en clases sociales no tan desfavorecidas en lo económico, sino empobrecidas en sus derechos sociales por este crecimiento económico, transformando ese descontento en indignación, generando articulaciones, comunicaciones, interacciones, es decir, procesos de organización que hacen de esta mancomunión institucional para la segregación, explotación y exclusión, sentida a nivel individual, se vuelva a un sentido colectivo, pues comprenden de manera primigenia que sólo la articulación desde la colectividad puede colocar y exigir mayor justicia e igualdad de derechos. Se produce un proceso de concientización de asumir la realidad, por muy injusta y violenta que sea, como natural o como diría Zabaleta: “En otras palabras, en tanto aceptes como una petición de principio la consecuencia ideológica del núcleo corpóreo que es la supeditación total” (2009, p. 35).

Precisamente, son los movimientos sociales los que están emergiendo con fuerza ante un periodo oscurantista y de primacía absoluta del pensamiento único. Estos movimientos sociales que son “una colectividad que actúa con cierta continuidad para promover o resistir un cambio en la sociedad (o grupo) de la que forman parte” (Turner y Killian, 2001). Y estos movimientos tienen elementos que los constituyen, a saber son seis; su carácter colectivo, su continuidad, su lucha contra la injusticia, su transversalidad, los elementos de cambio que comporta y la recuperación de la dignidad a través del reconocimiento del otro.

El movimiento o los movimientos sociales surgen, en su mayoría, en respuesta a la injusticia que convertida en problema social y cuya salida ya no es individual, cuando su extensión afecta a una parte importante de la comunidad1 y que se asume la consciencia de cambio de dicha situación. Cuando la situación se vuelve contradictoria en relación a los intereses comunitarios se trasforma en problema. Por supuesto que no toda contradicción es legitimada y reconocida como tal por el resto de la sociedad. Hay incluso, en algunos momentos una contradicción. No se constituye como problema social aunque sea reconocida como tal por la sociedad, pues ni siempre la contradicción alcanza niveles de consciencia más profundos, sobre todo cuando la solución atenta contra el orden establecido. Así, muchas injusticias como las diferencias sexuales o étnicas pueden tardar mucho tiempo en ser conceptualizadas como problemática social y ser asumidas conscientemente como una contradicción esencial. Como existe gran conciencia colectiva del problema social, el movimiento no sólo requiere la expresión de sus demandas, sino también un cambio sostenible, que logre satisfacer la insatisfacción consciente.

En virtud de lo anterior y analizando situaciones en los últimos años podemos observar que claramente estamos ante movimientos sociales en busca de reivindicaciones sociales que ha implicado una organización desde la base ciudadana, con una intención clara de visibilizar sus problemáticas, demandas o situaciones que aquejan y atentan fuertemente a su calidad de vida, su dignidad, y que por lo tanto, interpelan al orden social. En otras palabras

Se vuelve más claro para los movimientos sociales la reivindicación de participar de la redefinición de los derechos y de la gestión de la sociedad. No reivindican sólo obtener o garantizar derechos ya definidos, sino ampliarlos y participar en la definición del tipo de sociedad en la cual quieren incluirlos, de participar de la invención de una nueva sociedad (Carvalho, 1998, p. 12.)

Dentro de este contexto es que los movimientos sociales de las dos últimas décadas han introducido nuevos factores en la relación regulación-emancipación-liberación y la relación realidad-subjetividad-ciudadanía-dignidad, y son estos factores los que aun si están presentes en todos los nuevos movimientos sociales no lo están del mismo modo. Por tanto, el objetivo de este artículo es visibilizar los factores que los reconfiguran, cómo se articulan en esta relación y cómo influye en los nuevos escenarios sociales.

Tensiones del modelo neoliberal

La palabra liberalismo es, sin duda, una de las más ambiguas, tanto en el vocabulario político como económico; designa una filosofía política, fundada en el valor de la libertad individual, describe así mismo un conjunto de principios ideológicos e identifica una perspectiva de análisis ante los mecanismos rectores del funcionamiento de la economía.

Como sostenía Stuart Mill:

Las máximas son: primera, que el individuo no debe cuentas a la sociedad por sus actos, en cuanto éstos no se refieren a los intereses de ninguna otra persona, sino a él mismo. El consejo, la instrucción, la persuasión, el aislamiento, si los demás lo consideran necesario para su propio bien, son las únicas medidas por las cuales puede la sociedad, justificadamente, expresar el disgusto o la desaprobación de su conducta. Segunda, que de los actos perjudiciales para los intereses de los demás es responsable el individuo, el cual puede ser sometido a un castigo legal o social, si la sociedad es de la opinión que uno u otro es necesario para su protección (2004, pp. 179-180).

La crisis económica de los años setenta altera de manera fundamental la perspectiva de la intervención del Estado y afecta, además, la naturaleza de la teoría. De hecho, el Estado no es la solución sino el problema, y esto se le atribuye supuestamente por el exceso de intervención, precisamente, esta intervención, de acuerdo a los neoliberales, produce desempleo masivo, inflación, debilidad del crecimiento o desincentivo a la inversión. Ello cimentó el campo para la crítica a la intervención estatal en los asuntos económicos. Desde entonces, se empezó a centrar más el análisis de las políticas públicas y no en los fallos del mercado que pudieran corregirse con las intervenciones del Estado, sino en los fallos del Estado, en el exceso de intervención, en la burocratización etc.

Por tanto, el objetivo fundamental de la política económica, según las orientaciones neoliberales, es propiciar el funcionamiento flexible del mercado, eliminando todos los obstáculos que se levantan a la libre competencia. Precisamente, el neoliberalismo ha hecho suya la teoría del libre cambio en todas sus versiones y se ha apoyado en unas u otras para justificar su concepción del mundo como un gran mercado donde todos compiten en condiciones de igualdad entre cada país según sus posibilidades, teoría que se ha convertido en verdad revelada. Ello supone no solamente la exposición de la economía a la competencia internacional, sino la adopción de tipos de cambio flexible y el desmonte de todo tipo de protecciones, estímulos y ayudas reales a la ciudadanía.

Alineados con el Banco Mundial, FMI y BID, en la última década todos los países de América Latina y el Caribe han realizado reformas estructurales orientadas hacia el mercado y para supuestamente mejorar la eficiencia de la economía, acelerar el crecimiento, etc. Estas reformas se han orientado principalmente a alienar y enajenar la consciencia crítica de las personas, a invisibilizar al otro en su desarrollo y someterlo a “leyes de mercado” que se transforman en leyes del “buen comportamiento”, del “buen ciudadano”. Como sostiene de Sousa:

La tensión entre capitalismo y democracia desapareció, porque la democracia [y el Estado] empezó a ser un régimen que en vez de producir redistribución social la destruye (…) Una democracia sin redistribución social no tiene problema con el capitalismo; al contrario, es el otro lado del capitalismo, es la forma más legítima de un Estado débil (De Sousa, 2006, p. 75 ).

El mundo económico, ha quedado demostrado, no es realmente como pretende la teoría dominante, un orden puro y perfecto, que desarrolla de manera implacable la lógica de sus consecuencias previsibles. Por el contrario, lo que ha primado es todo lo contrario, lo que ha llevado al modelo dominante a estar dispuesto a reprimir todas las transgresiones con las sanciones que inflige, bien de forma automática o bien - más excepcionalmente- por mediación de sus brazos armados, el BM, el FMI o la OCDE, y de las políticas que estos imponen: reducción del costo de la mano de obra, restricción del gasto público y flexibilización del mercado de trabajo, concentración de la riqueza, aumento de la pobreza, mayor desigualdad y más exclusión, es decir, pérdida de nuestra dignidad social y personal.

Por lo mismo, el discurso neoliberal no es un discurso como cualquier otro. Es un “discurso fuerte y de fuerza”, y si es tan fuerte y tan difícil de combatir es porque dispone de todas los medios de un mundo de relaciones de fuerza que él contribuye a armar, sobre todo orientando las opciones económicas de los que dominan las relaciones económicas y sumando a esta fuerza real/emotiva/simbólica, a esas relaciones económicas de fuerza. En nombre de esa filosofía política, convertida en programa político de acción, se lleva a cabo un inmenso trabajo ideológico-político que trata de crear las condiciones de realización y de funcionamiento de la “teoría”; de destrucción metódica de los colectivos y de la moderación de la crítica.

El neoliberalismo, que extrae su fuerza social de la fuerza políticoeconómica de aquellos cuyos intereses expresa y defiende, tiende a favorecer globalmente el desfase entre las economías y las realidades sociales, y a construir de este modo, en realidad, un sistema económico que se presenta como una cadena de restricciones que obliga a los agentes económicos a cumplir irrestrictamente.

Como bien describen Bruckmann y Dos Santos:

25 años de experiencia neoliberal, comandadas a nivel internacional por el FMI y por el Banco Mundial, sumergieron a nuestros países en graves problemas económicos que llevaron los movimientos sociales de la región a la defensiva. El desempleo, la inflación, la caída de los niveles salariales, la falta de inversiones productivas, de infraestructura, o sociales y la ausencia de nuevos empleos como consecuencia de esta situación forman un conjunto de fenómenos que va destruyendo el tejido social, desestructurando las lealtades institucionales, rompiendo los lazos sociales, abriendo camino a la violencia, las drogas y la criminalidad en sus diversas formas de expresión (2005, p. 17).

La mundialización de los mercados financieros, junto al progreso de las técnicas de la información, garantizan una movilidad sin precedentes de capitales y proporciona a los inversores, preocupados por la rentabilidad a corto plazo de sus inversiones, la posibilidad de comparar de manera permanente la rentabilidad de las más grandes empresas y de sancionar en consecuencia los fracasos relativos.

De este manera, se instaura el reino absoluto de la flexibilidad, de la competencia, de la individua- lización, técnicas todas ellas de dominación racional que, mediante la imposición de la súperinversión en el trabajo a destajo, se concitan para debilitar o abolir las referencias y las solidaridades colectivas.

¿Cabe esperar que el volumen extraordinario de ineqüidad, pobreza y exclusión que produce semejante régimen político económico llegue un día a ser el origen de un movimiento social capaz de parar esta carrera hacia el vacío?

La respuesta está precisamente en ambos actores, los defensores del modelo y la ciudadanía, y principalmente será la ciudadanía quien ha comenzado a dar síntomas de su rol histórico y de su papel transformador, emancipador y liberador, de ahí la importancia de entender y caracterizar a los movimientos sociales actuales en función del empoderamiento que ellos son capaces de articular para dicha transformación

Nuevos movimientos sociales en el contexto del neoliberalismo: tensiones del modelo político.

Cuando queremos avanzar en comprender los movimientos sociales tenemos que considerar que éstos “nacen y actúan en el contexto de una cultura política específica, que contribuye a darles forma, pero que también es recompuesta por ellos” (Aquín, 2005, p. 101). Esto puede ser analizado desde una cultura política dominada por un paradigma hegemónico que por su naturaleza, entonces, no otorga espacios reales en la toma de decisiones, cuestionándose así la expresión de una real democracia. De esta forma, esta cultura política genera el espacio para el surgimiento de movimientos sociales que una vez que se configuran también son influenciados por la estructura política pero no supeditados. Por lo tanto, el Estado al sucumbir ante las presiones de los intereses privados, relega a un segundo plano la capacidad de regulación ejercida por un sistema público eficiente y, en consecuencia, puede utilizar una lógica de poder despótico (Iazzetta, 2007, p. 27) para someter – tanto en el sentido físico como simbólico – a la sociedad civil en nombre de un supuesto (utopía) bienestar nacional inclusivo.

La novedad más grande de los Nuevos Movimientos Sociales es que constituyen una crítica de la regulación/desregulación/asistencialismo social capitalista, así como colocan al centro de sus reivindicaciones la justicia y la dignidad. Ello, al identificar nuevas formas de opresión que sobrepasan las relaciones de producción, que ni siquiera son específicas de ellas aunque sean responsables, como son la contaminación, la discriminación (género, etnia) o la explotación productiva; y al abogar por un nuevo paradigma social, menos basado en la riqueza y en el bienestar material y más centrado en la calidad de vida, igualdad y justicia. Es decir, “Una sociedad civil esperando cambios radicales: empleo, mejores ingresos, ayuda para los pobres, nacionalización de recursos naturales, una nueva constitución y, más que nada, un gobierno eficaz, limpio, social y escuchando a la gente” (Salman, 2013, p. 151).

Lo que denuncian los nuevos movimientos sociales, con una radicalidad sin precedentes, son los excesos de regulación, de inequidad, la pérdida, cada vez mayor de derechos sociales y derechos vitales (agua, aire, medio ambiente), una real participación en las decisiones locales y nacionales y ser respetados como un “Otro” sólo por ser Otro.

Tales excesos alcanzan no sólo el modo como se trabaja y produce, sino también el modo como se vive; la pobreza y las asimetrías de las relaciones sociales son la otra fase de la alienación y del desequilibrio interior de los individuos y esas formas de opresión no alcanzan específicamente a una clase social, sino a grupos sociales transclasistas o incluso a la sociedad en su conjunto.

En estos términos, la denuncia de nuevas formas de opresión implica la denuncia de los movimientos emancipadores que las omitieron, que las descuidaron cuando no fue que pactaron con ellas. Lo que fue visto por estos como factor de emancipación (el bienestar material, el desarrollo tecnológico de las fuerzas productivas) se transforma, en los nuevos movimientos sociales, en factor de regulación, de violencia. Por otro lado, porque las nuevas formas de opresión se revelan discursiva y materialmente en los procesos sociales donde se forja la identidad de las víctimas, no hay una previa constitución estructural de los grupos y movimientos de emancipación, por lo que el movimiento de trabajadores, como había sido históricamente, no tiene una posición privilegiada en los procesos sociales de emancipación. Por último, aunque las nuevas contradicciones no deban hacer perder de vista las viejas, la lucha contra aquellas no se puede hacer en nombre de un futuro mejor en una sociedad por construir. Al contrario, la justicia por la que se lucha, tiene como objetivo transformar lo cotidiano de la opresión aquí y ahora, y no en un futuro lejano. De ahí que los nuevos movimientos sociales, con excepción parcial del movimiento ecológico, no se movilicen por responsabilidades intergeneracionales. Según Susana Eckstein, a partir de la arremetida de los movimientos sociales:

América Latina se convirtió más aún en un museo vivo de actividad de movilización en el decenio de 1990 que en los decenios anteriores. Algunos de los movimientos más viejos continuaron, aunque a menudo en una forma modificada, mientras que surgieron movimientos nuevos, nacidos de nuevas preocupaciones (2001, p. 367).

Los diferentes movimientos, sean de los indignados, por la diversidad sexual, los sin tierra, los zapatistas, o antiglobalización, muestran por sí mismos la nueva relación entre regulación y emancipación pues presentan la manifestación de una constelación políticocultural dominante, diversamente presente o ausente en los diferentes movimientos concretos. Lo que los caracteriza verdaderamente es un fenómeno aparentemente contradictorio de ubicación-globalización-ubicación , tanto a nivel de la regulación como a nivel de la emancipación. La globalización a nivel de la regulación se hace posible por la creciente promiscuidad entre producción y reproducción social. Si el tiempo vital y el tiempo de trabajo productivo se confunden cada vez más, las relaciones sociales de la producción se desdibujan como campo privilegiado de dominación y jerarquización social; y el relativo vacío simbólico así creado lo llenan las relaciones sociales de reproducción social (en la familia y en los espacios públicos) y por las relaciones sociales en la producción (relaciones en el proceso de trabajo productivo asalariado entre trabajadores).

Cualesquiera de estos dos últimos tipos de relaciones sociales ha venido adquiriendo creciente visibilidad social en los últimos veinte años. Pero, en contradicción, este proceso de visibilidad social sólo es posible anclado en la lógica histórica de la dominación propia de las relaciones de producción. Es decir, la vivencia social de la producción, al mismo tiempo que vuelve difusas las relaciones de producción, también hace difusas las formas de dominación. Mientras más fuerte fue en el pasado la vivencia social de la dominación en las relaciones de producción, más intenso será ahora su carácter socialmente difuso. La explotación ya no sólo es laboral sino que también puede ser sexual, étnica, religiosa, generacional, política, cultural; puede tener lugar en las relaciones desiguales entre grupos de presión, partidos o movimientos políticos que deciden el armamento y el desarme, la guerra y la paz; puede incluso tener lugar en las relaciones sociales de destrucción entre la sociedad y la naturaleza, o mejor entre los mal llamados recursos “humanos” y los llamados recursos “naturales” de la sociedad. Por lo mismo, para Gandásegui, todo movimiento social contiene:

Un conjunto de sectores sociales, hegemonizado y/o dominado por una clase social y reproduce las contradicciones propias del momento histórico, es decir, el movimiento social se encuentra inmerso y es parte de las pugnas sociales que se expresan en la formación social. [En consecuencia], el movimiento social no es la expresión exclusiva de una clase social, más bien, es la expresión de varios proyectos de clase que pugnan por la hegemonía y/o dominación del potencial social contenido en el movimiento (2005, p. 126).

También es por eso que, en el campo de los nuevos movimientos sociales, América Latina, y concretamente Chile, sobresale en forma destacada. El proceso de globalización en el campo de la regulación emancipación también es un proceso doble de ubicación . Las contradicciones generadas por el neoliberalismo, son o tienden a ser locales pero responden a una lógica global y cuyas articulaciones locales se enfrentan con las formas de articulación en cada país o grupo, es decir, ante una problemática social la respuesta es global, respondiendo a las regulaciones del mercado mundial y su materialización se transforma en una nueva problemática social. Lo interesante es que el modelo de dominación ha logrado convertir este espacio de dominación en cotidiano, de ahí que lo cotidiano sea la dimensión espaciotemporal de la vivencia de los excesos de regulación y de las opresiones concretas en que ellos se desdoblan, desnaturalizando las reales causas, deslocalizando los espacios de opresión e invisibilizando el carácter social y comunitario de los mismos.

Ello hace que la tarea de descubrir las contradicciones u opresiones y de la lucha contra ellas, sea potencialmente una tarea sin fin, sin un sujeto social específicamente titular, pues puede ser el Estado, el empresariado, el parlamento u otro organismo donde no necesariamente se reconoce la lógica de dominación que permita distinguir sus estrategias y mucho menos las tácticas utilizadas para confundir y expandir las responsabilidades. Por eso en algunos movimientos sociales es discernible un interés específico de un grupo social (las mujeres, las minorías étnicas, los habitantes de las poblaciones populares, los jóvenes), en otros, el interés es colectivo y el sujeto social que los titula es potencialmente la humanidad en su totalidad (movimiento medio ambientalista, movimiento pacifista).

Por último, la lucha emancipadora de los movimientos sociales implica una temporalidad absorbente que compromete en cada momento todos los fines y todos los medios, siendo difícil la planeación y la acumulación, y por lo tanto, más probable, la discontinuidad. Porque los momentos son “locales” de tiempo y de espacio, la fijación momentánea de la globalidad de la lucha también es una fijación situada, y es por eso que lo cotidiano, cuando se percibe como proyección y globalidad, deja de ser una fase menor o un hábito descartable para pasar a ser el campo privilegiado de la lucha por un mundo y una vida mejores. En palabras de Salman “Así, un afán de protesta e indignación en contra de ‘todo el viejo sistema’ articulado económicopolítico y étnicoemocional, fueron efectivamente consideraciones importantes para las grandes mayorías” (2013, p.150)

Frente a la transformación de lo cotidiano en una red de síntesis momentáneas y situadas , pasan a ser oportunidades únicas de inversión y protagonismo personal y de grupo los procesos de concientización colaborativos que generen procesos de consciencia sobre las contradicciones esenciales y no sólo se queden en la forma de esa esencia. De ahí que la nueva relación entre realidad, subjetividad y ciudadanía sea un eje central para comprender y activar a los nuevos movimientos sociales.

La nueva ciudadanía en los nuevos movimientos sociales

Muchos teóricos de los nuevos movimientos sociales sostienen que éstos representan la afirmación de la realidad subjetividad ante la ciudadanía. La injusticia y emancipación concretas por las que luchan, supuestamente, no son políticas sino ante todo personales, sociales y culturales. Las luchas en que se traducen se pautean por formas organizativas (democracia participativa) diferentes de las que precedieron a las luchas por la ciudadanía (democracia representativa). Al contrario de lo que se dio con el dúo ciudadanía clase social en el período del capitalismo organizado, los protagonistas de estas luchas son grupos sociales (que no se reconocen pertenecientes a una clase social aun cuando lo son), a veces mayores, a veces menores que las clases, con contornos más o menos definidos en función de intereses colectivos, a veces muy situados pero potencialmente universalizables. Como describe Svampa:

Las acciones de dichos movimientos, orientados tanto contra el estado como contra sectores privados (grandes empresas trasnacionales) generalmente se inician con reclamos puntuales, aunque en la misma dinámica de lucha tienden a ampliar y radicalizar su plataforma representativa y discursiva incorporando otros temas, tales como el cuestionamiento a un modelo de desarrollo monocultural y destructivo y la exigencia de desmercantilización de los llamados “bienes comunes” (2010, p. 17)

Las formas de opresión y de exclusión contra las cuales luchan no pueden, en general, ser abolidas con la mera concesión de derechos, como lo sostenía la teoría de la ciudadanía; exigen una reconversión global de los procesos de socialización y de inculcación cultural y de los modelos de desarrollo, o exigen transformaciones concretas, inmediatas y locales (por ejemplo, cierre de una central eléctrica a carbón, impuesto al petróleo o contaminación por desechos de una empresa de porcinos), exigencias que, en ambos casos, van más allá de la mera concesión de derechos abstractos y universales. Por último, los nuevos movimientos sociales tienen lugar en el marco de la sociedad civil y no en el marco del Estado y, en relación con el Estado mantienen una distancia calculada, simétrica a la que mantienen con los partidos y con los sindicatos tradicionales.

En esta misma dirección, Goicovic considera que

Los sectores populares se han construido históricamente en los bordes del sistema. Ello ha determinado que, en general, sus relaciones con el Estado se encuentren permanentemente conflictuadas. Su defensa de la autonomía y de los aspectos esenciales de su identidad social, los han contrapuesto permanentemente con las iniciativas y mecanismos disciplinadores y homogeneizadores desplegados por las clases dominantes y el Estado (2000, pp. 120-121).

Precisamente, los nuevos movimientos sociales son, de hecho, parte de la tradición histórica de lucha (los movimientos ecológicos, feministas, pacifistas del siglo XIX y el movimiento antirracista de esa época y de los años cincuenta y sesenta); y son portadores de reivindicaciones que fueron parte integrante de los movimientos sociales históricos (el movimiento obrero y el movimiento agrario o campesino); y por último, corresponden a ciclos de la vida social y económica porque aunque recurrentes, esta recurrencia es sólo aparente y comportan una relación diferente en cuanto al rol del Estado. Los modos de movilización de recursos organizativos como central, y la ideología como elemento implícito son los sustentos de los nuevos movimientos sociales, además de su pluralidad y transversalidad. Pues el impacto buscado por ellos es, en última instancia, ideológico político y la lógica que los orienta es una extensión y utilización de la de los movimientos sociales del pasado. Por lo mismo, la distancia con el Estado es más aparente que real, pues las reivindicaciones globales locales siempre acaban por traducirse en una exigencia hecha al Estado y en los términos en que el Estado se sienta ante la contingencia política de tener que darle respuesta. Además, la prueba de ello es que no es raro que los nuevos movimientos sociales jueguen el juego de la democracia representativa, aunque sea por cumplir con las formalidades y por la vía extraparlamentaria; y entran en alianzas más o menos oficiales con sindicatos, otros movimientos y partidos, cuando ellos mismos no se transforman en partidos.

La pluralidad presente en los nuevos movimientos sociales la podemos observar en las diferencias ideológicas y sociales que significativamente están presentes en América Latina, y en particular en Chile; entre ellas podemos encontrar los valores neomaterialistas y las necesidades básicas; entre las críticas al consumo y las críticas a la falta de consumo, entre el hiperdesarrollo y el subdesarrollo, entre la alienación y el hambre, entre la nueva clase media y las clases populares, entre otras. Por eso compartimos lo expresado por Fernando Calderón y Elizabeth Jelin cuando afirman que,

Una de las características propias de América Latina es que no hay movimientos sociales puros o claramente definidos, dadas la multidimensionalidad, no solamente de las relaciones sociales sino también de los propios sentidos de la acción colectiva. Por ejemplo, es probable que un movimiento de orientación clasista esté acompañado de juicios étnicos y sexuales, que lo diferencian y lo asimilan a otros movimientos de orientación culturalista con contenidos clasistas (Calderón y Jelin, 1987, p. 78)

Así, los movimientos sociales se nutren con innumerables energías que incluyen, en su constitución, desde formas orgánicas de acción social por el control del sistema político y cultural hasta modos de transformación y participación cotidiana de auto reproducción societaria. En esta opacidad, en esta fragmentación, en esta realidad concreta y subjetivada reside la verdadera novedad de los nuevos movimientos sociales en Chile y América Latina, y que es una de las condiciones de la revitalización de la energía emancipadora de estos movimientos en general.

Los nuevos movimientos sociales representarían, en palabras de Noé: “Una alternativa de búsqueda de soluciones para los problemas que se encuentran en la base del desarrollo social de la sociedad capitalista” (2005, p. 387).

Este enfrentamiento transformador establece un espacio en disputa que posee una regulación emancipadora dado que los movimientos sociales buscan la transformación y el cambio, pero más situado pues no está en su imaginario la sustitución o mutación del Estado; de ahí que no sean liberadores sino emancipadores, que resaltan el papel que el Estado debe juzgar en defensa de los intereses de la mayoría y ese es el espacio de disputa. Ello conlleva, como dirá Aramburo a “la no correspondencia entre autoridad exclusiva del Estado y territorio, es decir, que la política, la economía y la cultura de una nación no necesariamente se circunscriben a los límites jurídicos del estado, lo que hace que muchas comunidades busquen por fuera de su territorio la forma de colmar sus expectativas (Barreira, 2012, p. 200)

La novedad de los nuevos movimientos sociales, entonces, no reside en el rechazo de la política, sino en la convicción de un sistema político incapaz de responder con cambios profundos a sus reivindicaciones y, además, de la ampliación de la política hasta más allá del marco capitalista de la distinción entre Estado y sociedad civil. Los nuevos movimientos sociales parten del presupuesto de que las contradicciones y las oscilaciones periódicas entre el Estado y el mercado son más aparentes que reales, pues saben que invocar al Estado contra el mercado, es caer en la trampa de la radicalidad fácil.

Dentro de este marco, los nuevos movimientos sociales buscan fundar nuevas energías emancipadoras que permitan la horizontalidad política entre ciudadanos y la idea de la participación y de la solidaridad concreta en la formulación de la voluntad general, y no como plantea Tilly que “Los movimientos sociales no fomentan ni defienden necesariamente la democracia. Es mucho más habitual que los movimientos nazcan alrededor de un interés o de un agravio concreto que de las reivindicaciones democráticas como tales” (2010, p. 189). Ellas son las únicas susceptibles de fundar una nueva cultura política y una nueva calidad de vida personal y colectiva basadas en la autonomía y en el autogobierno, en la descentralización y en la democracia participativa, en el cooperativismo y en la producción socialmente útil. La politización de lo social, de lo cultural, e incluso de lo personal, abre un inmenso campo para el ejercicio de la ciudadanía y hace posible pensar y organizar nuevos ejercicios de ciudadanía –porque las conquistas de la ciudadanía civil, política y social no son irreversibles aunque están lejos de ser plenas y dan paso a nuevas formas colectivas de ciudadanía y no meramente individuales como se nos hace creer.

No es sorprendente que, al regresar políticamente, el principio de la comunidad se traduzca en estructuras organizacionales y estilos de acción política diferentes de aquellos que fueron responsables de su eclipse o de su desnaturalización. De ahí la preferencia por estructuras descentralizadas, no jerárquicas, asambleístas y fluidas. De ahí también la preferencia por la acción política no institucional, fuera del compromiso partidista, direccionada a la opinión pública, con una potente utilización de los medios de comunicación social (especialmente los virtuales, aunque ellos no aseguren su éxito o convocatoria), involucrando casi siempre actividades de protesta y confiando en la movilización de los recursos que ellas proporcionan para ejercer el cambio esperado. Esta nueva forma de las estructuras organizativas y el estilo de acción política son la esencia que une los nuevos movimientos sociales con los viejos movimientos sociales. A través de esta novedad continúan y ahondan la lucha por la justicia ciudadana, aunque en momentos parezcan que prima un pretendido desinterés por las cuestiones de la ciudadanía.

Estos nuevos movimientos sociales poseen la capacidad de reinventarse ante los nuevos contextos, esta reinvención puede ser intermitente, es decir, fragmentada o asistemática, lo que termina con la disolución del movimiento o puede ser permanente, como da muestras el movimiento zapatista (México), los sin tierra de Brasil o la India (Ekta Parishad), los ocupa (España, EEUU), los antimineristas (Ecuador, Chile) o los antiglobalización, por nombrar algunos que han sabido comprender el entorno, los cambios que se están generando y las posibilidades de triunfos dentro de esas realidades.

Más allá de lo anterior, no podemos desconocer las limitaciones de los nuevos movimientos sociales y las complejidades a las que se enfrentan, ello implica, precisamente, que sean inestables, discontinuos e incapaces, en muchos momentos, de universalización, lo que al final termina produciendo un impacto relativamente restringido en la transformación política de los países donde han ocurrido y están ocurriendo.2

Aunque los movimientos han avanzado mucho en la denuncia y en la protesta pero menos en la formulación de propuestas globales, alternativas y concretas (como por ejemplo lo acertado de la Tasa Tobin). Es algo inherente a la propia diversidad del “movimiento de movimientos”: su gran pluralidad es a la vez su fortaleza y su debilidad (Alberich, 2007, p. 193)

Sintetizando, la dificultad de los nuevos movimientos no sólo radica en su heterogeneidad, profundidad de la tensión con el modelo de dominación, alcance de sus demandas, la fragmentación de su composición, la inmediatez de sus resultados y la extra territorialidad local, sino que también en la institucionalidad política y gubernamental que, en muchos casos acoge sus demandas pero las desvirtúa o relativiza dejando vacío de contenido el sentido de dichas plataformas reivindicativas.

A modo de epílogo

La complejidad de las nuevas configuraciones que ha desarrollado el neoliberalismo ha implicado la profundización de las contradicciones y tensiones entre Modelo neoliberal-movimientos sociales y sistema político. Este nuevo contexto ha provocado el resurgimiento de nuevos movimientos sociales que, aunque recogen parte de las dinámicas, de las temáticas y de las formas de lucha de los antiguos movimientos sociales, contienen algunas diferencias importantes.

La dinámica de los nuevos movimientos sociales parece ser más fluctuante y, a veces, transitoria; el comportamiento colectivo es más espontáneo aunque alcanza importante grados de organización, ajeno al orden institucional, preso de la dualidad transitorio/duradero, relativamente no organizado, con conductas más intencionales, más instrumentales y más propositivas y expresivas y opuestos al orden institucional. Diferente a la visión sostenida por Tilly, que comprende a los movimientos sociales con una lógica tradicional institucional: “Comparados con otras formas de política popular más afianzada a escala local, las dimensiones, la vigencia y la eficacia de los movimientos sociales dependen en gran medida del trabajo de emprendedores políticos” (2010, p. 83).

Sumándose el uso de las tecnologías y redes sociales como medio de comunicación y organización fundamental (aunque, a veces, también es parte de su debilidad). Gohn destaca que la debilidad de los nuevos movimientos sociales se debe a la pérdida de fuerza política como agentes autónomos porque “transfomaram em meios de institucionalização de práticas sociais organizadas de cima para baixo, práticas que são forma de controle e regulaçãoo da população (2009, p. 60)

Por la gran diversidad de los nuevos movimientos sociales, es imposible hablar de un patrón único de relaciones entre la lucha por una democracia representativa o contra las injusticias de esta democracia, no representativa de las mayorías, cuando ésta existe, debido a que en América Latina, y la historia lo demuestra, la lucha de los nuevos movimientos sociales se ha dado muchas veces por lograr dicha democracia, vista como mejor que una dictadura (pero que en la actualidad no ha cumplido con las aspiraciones puestas en ella). Estas relaciones, cualesquiera que sean, siempre se han caracterizado por la tensión y por la difícil convivencia entre las dos formas de democracia; la verdaderamente representativa y la democracia capitalista, toda vez que es de esa tensión que se han liberado muchas veces las energías emancipadoras necesarias para la ampliación y la redefinición del campo político y eleve los niveles de justicia.

Hay que agregar que, incluso cuando las formas de institucionalización son más tenues, la discontinuidad de los nuevos movimientos sociales puede ser más aparente que real, pues es necesario tener en cuenta las contribuciones positivas de los movimientos tanto para la memoria colectiva de la sociedad, como para la reforma de las instituciones, pues es esa memoria la que hace que los movimientos sociales reaparezcan una y otra vez hasta que las contradicciones se reduzcan a lo mínimo. Los nuevos movimientos sociales son señal de transformaciones globales en el contexto político, social y cultural de nuestra contemporaneidad y por eso sus objetivos serán parte permanente de la realidad política de los próximos decenios, independientemente del éxito, necesariamente diverso de los diferentes movimientos concretos.

Somos conscientes de lo complejo de las dificultades que los nuevos movimientos sociales enfrentan y que existe un aparato de poder que intenta invisibilizarlos, invisibilizar sus demandas, entorpecer sus alianzas; ello no implica, necesariamente, que sus expresiones sigan jugándose en la calle. Como Galvão indica:

Si, por una parte, la ideología neoliberal afecta negativamente a los movimientos sociales en general y al movimiento sindical en particular, y aleja a los trabajadores de sus sindicatos, favoreciendo las asociaciones entre capital y trabajo, distanciando los sindicatos de una perspectiva de clase, por otra parte, los resultados de continuos años de políticas neoliberales abren un espacio para la recuperación de los movimientos sociales, que no se mantienen pasivos ante el aumento del desempleo, del menoscabo de los servicios públicos y de la violación de derechos sociales y laborales (2004, p. 207).

Si las dos últimas décadas fueron experimentales, es natural que en los inicios del siglo XXI ellos traigan una profundización de algunas de sus experiencias, a menos que la sociedad del futuro no necesite de un modo específico y dominante de auto reproducirse y haga de la inestabilidad de las nuevas experiencias, la única forma viable de estabilidad.

Los nuevos movimientos sociales han adquirido experiencias, reformulando sus estrategias y focalizando sus demandas. Aún queda camino por recorrer, pues una importante particularidad de los nuevos movimientos sociales es la capacidad de auto reflexión y auto transformación. El esfuerzo que están realizando los nuevos movimientos sociales incluye una nueva manera de ejercer la democracia, una democracia que permita reconstruir el concepto de ciudadanía, de participación popular, una nueva realidad que permita reconstruir el concepto de sujeto y nuevas formas de construir y plantearse la emancipación, es decir, que sea la transformación de la práctica social llevada a cabo por el campo social de la emancipación al campo de la justicia, dignidad y la verdadera democracia participativa donde los intereses de la mayoría sean, finalmente, la respuesta a tanta exclusión, abuso y marginación.

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1 Dado el problema tienden a ser transclasistas, como puede ser el medio ambiente, la educación, salud, pensiones, por nombrar algunas.

2 Por ejemplo, los riesgos de asambleísmo, plebiscitarismo o mesianismo muchas veces no permiten que exista ningún tipo de institucionalización, de que no existan los mecanismos necesarios para la construcción de la voluntad colectiva. Pero, por otro lado, con un éxito muy diferenciado, algunos movimientos se han “institucionalizado”, convirtiéndose en partidos y disputando la política partidaria con lo que, en este caso, corren el riesgo al adoptar la estructura organizativa del partido de movimiento, de subvertir la ideología y los objetivos del movimiento que condujo al partido. Este es un riesgo bien expresado en la forma del fraccionalismo entre pragmatismo y fundamentalismo, propio de estos partidos.

Recibido: 15 de Enero de 2014; Aprobado: 28 de Noviembre de 2014

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