SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.33 issue3Social space and class structure in Brazilian metropolitan regionsDesistance from crime author indexsubject indexarticles search
Home Pagealphabetic serial listing  

Services on Demand

Journal

Article

Indicators

Related links

Share


Sociedade e Estado

Print version ISSN 0102-6992On-line version ISSN 1980-5462

Soc. estado. vol.33 no.3 Brasília Sept./Dec. 2018

http://dx.doi.org/10.1590/s0102-6992-201833030007 

Artigos

La inseguridad como problema público desde un barrio del conurbano bonaerense*

Insecurity as a public problem from a neighborhood in the Buenos Aires suburbs

María Cecilia Ferraudi Curto** 

** Doctora en ciencias sociales (Instituto de Desarrollo Económico y Social - Universidad Nacional de General Sarmiento). Investigadora adjunta del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Docente Instituto de Altos Estudios Sociales - Universidad Nacional de San Martín, San Martín, Argentina. <mceciliafc@hotmail.com>.

Resumen

En este artículo, me propongo analizar cómo la cuestión de la inseguridad ha emergido como problema público desde un barrio periférico de Buenos Aires. Si los análisis académicos suelen destacar la centralidad de los medios de comunicación en la construcción de la cuestión y ciertos rasgos peculiares de las víctimas reconocidas como legítimas, aquí me interesa explorar el trabajo colectivo por ser incorporado en ese canon (y desafiar sus límites). Para ello, seguiré la articulación colectiva de tres lenguajes de movilización: uno asociado a la figura de la víctima, otro heredado de las manifestaciones populares y un tercero vinculado a mediaciones tecnológicas recientes.

Palabras clave: Inseguridad; Problema público; Barrio; Gran Buenos Aires.

Abstract

In this paper, I pretend to analyze how insecurity has emerged as a public problem in a peripheral neighborhood of Buenos Aires. While academic researches usually emphasize the role of media in the construction of insecurity and the specific features of victims recognized as legitimate, here I am interested in exploring the collective work of being included in the canon (and challenge its limits). In order to achieve my goals, I will focus on the collective articulation of three languages of mobilization: one linked to the image of the victim, another one inherited from popular protests and a third one connected to current technological devices.

Key words: Insecurity; Public issue; Neighborhood; Great Buenos Aires.

Introducción

Al charlar con diferentes habitantes de Villa Constructora1 hoy, el tema de la “inseguridad” en el barrio suele aparecer como una preocupación central. Muchos refieren algún acontecimiento cercano para dar cuenta del fenómeno (ya sean robos o violencia callejera). Ante mi interés, todos evocan “las muertes” ocurridas en 2013. Algunos hablan de cinco, otros de seis o siete, pero todos resaltan que “salieron en todos los medios” como amonestación a mi pretendido desconocimiento. Aquí me propongo analizar cómo la cuestión de la inseguridad ha emergido como problema público desde este barrio del conurbano bonaerense.

En principio, esta pregunta podría resultar banal. Dos argumentos son usados para anular-la. Para algunos, dichas muertes ya explicarían el problema. Se trataría de una cuestión objetiva. Aquí intentaré mostrar que la misma constitución de la serie como “ola” requirió trabajos de interpretación de los hechos, de coordinación de las acciones colectivas y de legitimación pública del reclamo. En este proceso, no sólo la categoría de familiar sino especialmente la categoría de barrio fue central para la movilización.

Otros, aún reconociendo la dimensión subjetiva del problema, podrían considerar superflua la pregunta porque la cuestión de la inseguridad ya está instalada en Argentina desde hace tiempo. De hecho, las movilizaciones masivas encabezadas por el padre de Axel Blumberg luego de su secuestro y asesinato en 2004 resultaron claves en la reconfiguración del campo de conflictividad social posterior a la crisis de diciembre de 2001 (Calzado, 2006; 2015; Martínez, 2005; Murillo, 2008). A la vez, las noticias policiales han adquirido creciente protagonismo en los medios de comunicación desde fines de los noventa: se desplazaron de la prensa sensacionalista a la de mayor tirada y fueron rotuladas como “inseguridad” a inicios de siglo (Focás, 2013). Aquí, la cuestión radica en la escala de análisis: los procesos locales resultan reducidos por una explicación generalista (que olvida su propia localización). Como señala Kessler (2009), la inseguridad tomó centralidad como problema público en Argentina cuando afectó a los varones de clase media y alta si bien mucho antes los barrios populares ya mostraban tasas altas de delito y violencia callejera. A la vez, Kessler da cuenta de concepciones de la inseguridad diferentes según las clases sociales y las “culturas locales”. Dentro de este marco, los agentes locales periféricos enfrentan un desafío mayúsculo para amplificar sus voces para ser objeto de políticas específicas. Si los análisis académicos suelen destacar la centralidad de los medios en la construcción de la cuestión y ciertos rasgos peculiares de las víctimas reconocidas como legítimas, aquí me interesa explorar el trabajo colectivo por ser incorporado en ese canon (y desafiar sus límites). Para ello, seguiré la articulación colectiva de tres lenguajes de movilización: uno asociado a la figura de la víctima, otro heredado de las manifestaciones populares y un tercero vinculado a las mediaciones tecnológicas recientes.

En este sentido, esta investigación se inscribe dentro de un amplio campo bibliográfico que apunta a enriquecer las visiones más amplias sobre la “cultura del control” (Garland, 2005), a partir de analizar empíricamente experiencias y concepciones específicas sobre el riesgo, el crimen y la inseguridad en diferentes latitudes, atendiendo a la relación entre malestar privado y problema público (Hope y Sparks, 2000). Dentro de Argentina, mi intento de relativizar la perspectiva dominante ha consistido en centrar la mirada en la periferia. Puntualmente, aquí me pregunto: ¿cómo se configura el reclamo por inseguridad en un barrio del conurbano bonaerense?, ¿cómo se legitima públicamente? En este artículo, recurro al análisis etnográfico y a las fuentes periodísticas para construir mi argumento2.

Un típico barrio del conurbano

Mi investigación se desarrolla en el municipio de La Matanza. Se trata del distrito más extenso y poblado del conurbano bonaerense, situado al oeste de la Capital Federal argentina. Su configuración actual puede entenderse como sedimentación de un pasado industrial. Luego de su apogeo a mediados del siglo XX, ha sufrido un fuerte deterioro en las últimas décadas (y cierta reactivación post-2001). Si bien suele ser caracterizado por la pobreza, La Matanza es un distrito socialmente heterogéneo en el que se distinguen tres zonas según su distancia relativa de la Capital (Molina Derteano, Dávolos y Diú, 2014). Villa Constructora está situado en el límite entre la primera zona y la segunda, en la localidad de San Justo (cabecera del distrito). En ese sentido, esta investigación intenta horadar una imagen simplificada del conurbano bonaerense, que resalta la polarización social centrando la atención en villas o countries (Carman, 2015). Aquí se trata de observar un fragmento invisibilizado comprendido en esa amplia franja intermedia.

En términos políticos, el municipio ha sido gobernado por el Partido Justicialista (PJ) desde el retorno de la democracia en 1983. Pero la continuidad del PJ en el poder municipal no debe opacar ni los conflictos entre diferentes fracciones partidarias a lo largo del tiempo ni la existencia de alternativas políticas populares más o menos distantes del mismo según las coyunturas históricas (Rocca Rivarola, 2006). En 2013, la intendencia estaba a cargo de Fernando Espinoza, heredero de Alberto Balestrini en el distrito. Aunque la situación del intendente se había debilitado desde que Balestrini sufriera un ACV en 2010, una relación aceitada con el gobierno nacional contribuía a sostener una gestión continuamente comprometida por múltiples focos de conflicto social. La Matanza suele ser considerada como territorio electoral clave para el gobierno nacional kirchnerista (2003-2015), y suele ser elegida como lugar de cierre de las campañas. A la vez, es vista como terreno privilegiado para los desafíos políticos dada la complejidad de su situación social y la escasez de recursos propios. Como decía un funcionario, vivían “apagando incendios”.

Dentro de este contexto, me centro en un barrio de la cabecera distrital lindante con una villa recientemente urbanizada3. En la página web local4, el mismo es presentado como un “típico barrio del conurbano bonaerense” de “casas bajas, algunas muy antiguas, árboles y espacios verdes”. En su descripción, se suele resaltar la antigüedad del poblamiento así como los orígenes inmigrantes de sus habitantes: “italianos, españoles, portugueses, franceses, polacos, eslovenos, árabes y turcos, quienes junto a provincianos argentinos, empezaron la tarea de concebir un barrio” a partir del loteo de una serie de quintas desde la década de 1920. Es decir, a la vez que aparecen las dos grandes olas migratorias de Buenos Aires, se agiganta el peso de la inmigración europea (usualmente asociada a la formación de la clase media). Más aún, se subraya la larga historia desde la llegada de los primeros pobladores y un horizonte de progreso basado en el trabajo. Según se explica allí, su nombre está asociado a esos inicios de “crecimiento febril”: Villa Constructora. En definitiva, los habitantes de Villa Constructora no pueden ser catalogados fácilmente como “clases medias” o “clases populares”. Más bien, se trata de posiciones más o menos heterogéneas atravesadas por una situación de inestabilidad que se reconocen en la idea de barrio constituido positivamente en relación a los valores de la antigüedad, de la inmigración, del trabajo y de la buena convivencia, y negativamente por diferenciación (relativa) de la villa lindante (de allí el desafío que la urbanización implicaba). Ante este contexto, este artículo intenta seguir dos preguntas: ¿cómo se configura el reclamo por inseguridad en este “típico barrio del conurbano”?, ¿cómo se legitima públicamente?

Un grupo de amigos

Quienes empezaron a organizar las movilizaciones en Villa Constructora se definen como “un grupo de amigos”: cuatro parejas de alrededor de 35 años de edad que en su mayoría habían crecido en el barrio y allí continuaban criando a sus hijos, que se conocían desde chicos y solían reunirse semanalmente a comer un asado. Un día cancelaron su encuentro porque en la madrugada habían matado a un vecino al intentar robarle el auto, a la vuelta de la casa de uno de ellos. La noticia fue tapa de Clarín (el diario de mayor tirada en Argentina): “Fue padre hace 22 días y ayer lo asesinaron”. Como señalaban los periódicos entonces, se trataba de un “joven de 29 años” que trabajaba como “repartidor de frutas” y acababa de ser padre. Diego fue al velatorio junto con su hermano. Allí se encontró con Roberto, otro de los integrantes del grupo. “Esto no da para más. Tenemos que hacer algo”. Mientras tanto, la esposa de Roberto miraba las fotos del muchacho fallecido por Facebook. “Sin saber lo que ellos estaban hablando, también pensaba qué podíamos hacer”.

Según dicen, ninguno tenía experiencia política previa. Diego trabajaba en una fábrica de plásticos, donde se había incorporado hacía poco y esperaba la efectivización. Natalia, su mujer, se ocupaba de la casa y vendía souvenirs. Tenían dos hijos adolescentes. El mayor trabajaba en la carpintería de Roberto. El negocio estaba debajo de su casa, en el terreno de sus suegros. Él se había casado un año antes con Micaela, aunque se conocían de toda la vida. Tenían una beba de pocos meses cuando fue la muerte de Nicolás. Ella, además, tenía una hija adolescente. En consonancia con Natalia, Micaela hacía catering para cumpleaños.

Luego de hablar entre ellos, decidieron organizar una marcha para reclamar por la “inseguridad en el barrio”. La primera tarea fue buscar el “acompañamiento de los familiares” de Nicolás Rodríguez, el muchacho fallecido. Fueron a su casa y hablaron con el padre. La familia encabezaría la manifestación. Aunque enseguida los diarios publicaron la detención de un sospechoso, el reclamo se mantuvo en pie. Ellos invitaban a los “vecinos del barrio” a participar.

Según cuentan, convocaron a una reunión para armar un petitorio. “La gente se sorprendía de que no estuviera todo ya armado”. Entre los presentes, discutieron adónde lo llevarían: si al municipio o a la dependencia policial. Finalmente, imprimieron una copia dirigida a cada uno. Allí se presentaban como “vecinos de Villa Constructora” y reclamaban por “libertad, seguridad y justicia”: denunciaban las “juntas” en las esquinas y la “corrupción” policial; pedían que los “menores sean juzgados como delincuentes y no como niños” y que se sancione realmente a los policías ineficaces; finalmente, los “puntos a reclamar” eran cinco.

  • Presencia de Gendarmería Nacional

  • Puestos de Vigilancia y mayor patrullaje

  • Mayor control callejero dentro del barrio

  • Cámaras de seguridad en el barrio y/o arterias principales

  • Más operativos Antidrogas.

Las mujeres se dividieron las zonas del barrio para convocar a los pobladores a la marcha. A Micaela le tocaron los alrededores de su propia casa, donde siempre había vivido. A Natalia le asignaron la zona céntrica, donde se había criado. Era importante que “los vecinos las conocieran”, justifican. Repartieron copias del petitorio entre sus allegados. “Juntamos 2.500 firmas”, cuentan orgullosas. También contactaron al gestor del Facebook barrial para que difundiera la marcha. Se presentaban como “amigos de Nicolás”, aunque apenas lo conocían. “Si no, nadie iba a entender por qué lo hacíamos”, aclaran siempre.

Unos días antes de la manifestación, un policía de la custodia presidencial fue asesinado en otro distrito céntrico de La Matanza (Villa Luzuriaga) en un intento de robo de auto. Cristina Fernández de Kirchner se refirió al tema en un discurso. Según la tapa de Clarín, era la primera vez que la Presidenta reconocía el “drama social” de la inseguridad (si bien la misma nota citaba una referencia previa durante la apertura de sesiones del Congreso). A la vez, el problema aparecía como primero entre las preocupaciones de los habitantes del AMBA según una encuesta citada por el periódico. El tema ocupaba un lugar secundario en la tapa del matutino. Por su parte, la prensa local reproducía el llamado a marchar como reclamo “vecinal” por la “inseguridad”, aunque difería al referir a los convocantes así como a los lugares de reunión. En los hechos, todos coincidieron en la plaza de San Justo (el centro distrital).

Según cuenta el grupo de amigos, la marcha salió de la esquina donde había muerto Nicolás, recorrieron el barrio para atraer gente, cortaron la ruta tres y avanzaron hasta la plaza central del distrito. Según muestran los noticiarios, ya llevaban los carteles que vi un año más tarde: Villa Constructora (San Justo o La Matanza) zona liberada; y fotos de las víctimas con el pedido de justicia y el nombre debajo. También había un pasacalle con el lema: Basta de inseguridad. En la plaza, se encontraron con otros grupos de manifestantes, especialmente los “vecinos” movilizados después de la muerte del policía. Posteriormente la prensa zonal aseveraba que la principal columna había salido de Villa Constructora.

Una vez allí, la meta era entregar el petitorio a las autoridades. Algunos organizadores fueron recibidos por el intendente de La Matanza, quien prometió incrementar los patrullajes y los pedidos de identificación en Villa Constructora. En la nota televisiva (emitida por TN5), sólo tres personas accedieron al micrófono: el marido de una víctima asesinada a puñaladas en una localidad del segundo cordón unas semanas antes, el hermano del policía muerto en Luzuriaga y el padre de Nicolás. La nota se cerraba con unas palabras de Sergio Rodríguez: “¿Vieron las películas del Far West? Bueno, acá es igual”6. Si bien la organización de la movilización había recaído en diversos actores, los familiares de víctimas llevaban la voz mediática del reclamo.

Al término de la primera marcha, los organizadores fijaron fecha para la segunda. Sería un mes más tarde, si las autoridades no cumplían con el petitorio. Se trataba de una fecha clave para la familia de Nicolás: su cumpleaños. Al relatar el proceso, el grupo de amigos resalta las tareas de organización que emprendieron. Hicieron mapas para repartirse el barrio y avisar casa por casa. También consideraron que necesitaban bombos y organizaron una choripaneada en el centro de jubilados de la esquina de lo de Nicolás para juntar fondos. “Era del Frente para la Victoria [partido gobernante]. Nadie entendía qué hacíamos ahí”. Armaron carteles. Un comerciante del barrio les ofreció hacer pasacalles. A la vez, continuaban difundiendo las actividades por “Nosotros de Villa Constructora, San Justo” (el Facebook barrial), que multiplicaba la cantidad de miembros a medida que el reclamo se ampliaba. Su administrador, un diseñador gráfico del barrio que había emigrado a Italia, propuso darle un logo al reclamo. Se estamparon remeras con el mismo:

En la narración, el grupo de amigos también resalta su inexperiencia en encabezar un reclamo así como lo vertiginoso de los acontecimientos. Se muestra un trabajo intenso, cierta improvisación y, sobre todo, el uso imaginativo de elementos variados para organizar una movilización eficaz. Contrariamente a lo que uno podría pensar, la ignorancia no desacredita su posición sino que es un modo de legitimarla. Como insinúan al referir al armado del petitorio, los reclamos profesionalizados aparecen asociados al distanciamiento entre organizadores y asistentes (excluidos de la toma de decisiones).

Si bien los carteles y el discurso del padre de Nicolás refieren al reclamo de justicia, el petitorio se centra en la demanda securitaria. En ello, se mueve ambiguamente entre una crítica de las instituciones estatales de seguridad (y su connivencia con el delito) y el pedido de más presencia policial (garitas, patrullaje, gendarmería, cámaras etc.)7.

A la vez, es llamativo cómo los actores van dando forma a la movilización. En principio, se destaca un rasgo común a los reclamos por seguridad: la importancia de la figura de la víctima (y la cercanía con ella) como eje de las manifestaciones. Este foco coincide con el punto de vista mediático y estatal. A la vez, la proximidad es un criterio importante para movilizar-se, que involucra familiar, amigo, vecino como círculos cada vez más amplios (e inciertos). La proximidad es un modo de legitimación pública del reclamo pero no siempre es acorde con los principios que fundamentan efectivamente la práctica para los actores. Como me decía Rosa, la madre de Nicolás, un año después:

A mi hijo lo mataron el 26 de Abril. La primera marcha fue el 2 de mayo. Eso me asombró muchísimo porque mi hijo no tenía amigos acá. Sí le quedaron amigos de la escuela secundaria. Del barrio tenía conocidos. Se saludaba con todos, obviamente, pero nunca pensé que iba a tener este impacto. Por eso les voy a estar eternamente agradecida, porque nunca pensé que se iba a hacer esta movida. La primera noche fue bastante grande. Se sumaron otros barrios que también tenían problemas de seguridad, de falta de seguridad.

La centralidad de la figura de la víctima ha sido señalada como una cuestión definitoria del régimen de gubernamentalidad contemporáneo, implicando una redefinición de la ciudadanía, del papel de los medios de comunicación y de los modos estatales y privados de vigilancia y control (Garland, 2005). En Argentina, se ha señalado además una especificidad de dicha figura asociada a los movimientos de derechos humanos (Jelin, 2007) y redefinida a lo largo del tiempo en torno de los reclamos por justicia contra la violencia policial (Pita, 2010), la impunidad (Schillagi, 2012) y la inseguridad (Calzado, 2006; 2015; Galar, 2009).

Como en otras manifestaciones similares, aquí se destacan los elementos que remiten a la víctima: carteles y remeras con su foto pidiendo justicia, encabezamiento de los familiares, minuto de silencio. También aparece la denuncia del lugar como “zona liberada”, recordando una práctica policial asociada a los secuestros durante la última dictadura. Pero este reclamo en La Matanza no sólo remite a dicha tradición. Como mostraré, aquí algunos aspectos del formato evocan los actos políticos populares: si el corte de la ruta tres rememora los reclamos piqueteros, aquí puede verse como una práctica ampliamente utilizada en el distrito que se ha extendido como repertorio modular a diversas protestas a lo largo de los años; junto con ello, los bombos son un elemento significativo que le da un sentido diferencial frente a otras marchas por inseguridad en tanto rompe con el silencio (asociado al respeto a la muerte), apelando a un objeto fuertemente inscripto en la tradición política popular en Argentina. Por último, la elaboración de un logo para la protesta y los usos de Facebook en la convocatoria introducen otras claves de lectura más o menos novedosas: la primera muestra cómo los lenguajes publicitarios no sólo son apropiados para las campañas electorales sino también para las manifestaciones; la segunda, en cambio, da cuenta de los modos actuales en que los lazos políticos se inscriben en la sociabilidad local a partir de su actualización tecnológica.

Para concluir, se resalta la importancia del barrio en la conformación de la acción colectiva. Varios análisis han dado cuenta de las tensiones en torno de la figura de la víctima legítima y de la voz del familiar (Bermúdez, 2013; Calzado, 2006; 2015; Schillagi, 2011). Menos se ha hablado sobre la proximidad como criterio de legitimación y movilización que, partiendo de la categoría de familiar de víctima, se extiende hacia una red social imprecisa que involucra otras figuras tales como amigo, conocido, vecino (y sus límites), en tanto se ha destacado la identificación con la víctima como una cuestión de alcance amplio (bajo el lema, “podría haberle pasado a cualquiera” y la piedad ante el sufrimiento). Si la apelación universalista ha sido un eje de análisis para dar cuenta de la masividad de las movilizaciones “ciudadanas” encabezadas por Blumberg (Calzado, 2006), aquí la localización resulta importante para los actores y coloca al barrio en el centro de la movilización.

Ola de asesinatos

“Cuando llegó la segunda marcha, ya eran tres los muertos... imaginate lo que fue eso”, me dice Diego. Diez días después de la primera movilización, un chapista del barrio fue “ejecutado” durante un robo, “delante de su hijo de 11 años”, informaba Clarín. A un mes de la muerte de Nicolás Rodríguez, y a pocas cuadras de su casa, tuvo lugar el intento de robo de una moto y la muerte de Nicolás González, un día antes de su cumpleaños de 25. La protesta fue inmediata: muchos manifestantes cortaron la ruta e incendiaron un patrullero; luego, algunos se dirigieron a la comisaría para pedir justicia. Natalia me cuenta: “Eran pibes, porque Nicolás González era más chico, tenía 24 años. Tenían otra forma de ver las cosas: querían una respuesta ya”. El Diario Popular titulaba “furia vecinal por el asesinato de un joven”. En las primeras líneas de la nota, se mencionaba el barrio y se reproducía una frase de un manifestante: “son pibes de 15 años que salen a matar”. La categoría de “pibe” aparecía tanto para nombrar a quienes eran acusados por el crimen como a aquellos que protestaban con “violencia” luego del mismo. Si en ambos casos la juventud operaba para explicar ruptura de normas y violencia cuestionada, su uso no implicaba valoraciones similares: Natalia parecía exculpar-los; la prensa, en cambio, establecía una distancia entre “vecinos” que protestaban por la muerte de un “joven” y “pibes” que delinquían. A través del uso de categorías diferenciales, la prensa establecía una distancia sustantiva entre ambos.

Luego, el Diario Popular conectaba el reclamo con otra manifestación por inseguridad en Isidro Casanova, una localidad cercana del distrito, una semana antes. A diferencia de este periódico, Clarín omitía el incendio del patrullero (si bien refería a la “furia” de los “vecinos” frente al crimen de un “joven”). El zócalo de TN señalaba: “Indignación en San Justo por el crimen de un joven”. Además, agrupaba diferentes casos ocurridos en el distrito (y borraba otros): “En La Matanza ya es el cuarto robo seguido de muerte en 2013”8. Según informaba el mismo medio, las autoridades nacionales prometieron el envío de gendarmes. A la vez, mencionaban la próxima manifestación en reclamo de justicia.

Otros análisis ya han resaltado las dificultades de la prensa para reconocer los usos de la violencia como parte de la acción de “vecinos” bajo la hipótesis de que esta categoría era elaborada como figura moral asociada a los valores de la “clase media” (Fava, 2014). Aquí se muestra una diferencia entre encuadres periodísticos: uno, orientado a las clases populares, otorgaba espectacularidad a la violencia vecinal; el otro, dirigido a un público más amplio, sólo aludía a ella en términos ambiguos y le asignaba un espacio marginal entre otras noticias9.Más allá de eso, ambos medios establecían distancia a través de las categorías para nominar a los actores de la trama y constituían series de casos para fundamentar el hartazgo vecinal. En esa tarea, la serie elaborada por Clarín-TN extendía la de Diego en tanto modificaba la escala de análisis: el multimedio refería a La Matanza; Diego, a su barrio.

A los tres días del crimen, la prensa informaba la detención de un “adolescente” acusado de la muerte de Nicolás González, luego de un tiroteo con la policía en Villa Palito, la villa urbanizada lindante con Villa Constructora. Según las autoridades policiales citadas por la agencia de noticias oficial Télam (y reproducidas en los diarios locales y en Clarín), el mismo equipo especializado en robo de autos, titulado “La Banda de los Mellis” por la prensa, había estado involucrado en tres de los crímenes ocurridos en el distrito. Al comunicar la detención, los periódicos locales también anunciaban la apertura de un nuevo destacamento policial en el límite entre Isidro Casanova y Villa Luzuriaga, realizado en respuesta a la demanda vecinal. El problema de la inseguridad aparecía no sólo como relevante para la prensa sino también como un eje de la agenda estatal.

Según me contó Rosa, a los pocos días los familiares del joven detenido organizaron una marcha por el centro de San Justo, reclamando justicia. Aducían que la policía lo había confundido con su hermano. No encontré referencias a ello en la prensa nacional o local. Si bien los repertorios de protesta se asemejaban, los medios de comunicación operaban selectivamente sobre el universo para visibilizar ciertos reclamos y ocultar otros.

En esa selección, los medios mostraban un sostenido interés por la cuestión de la inseguridad. En la continuidad del tema a lo largo del tiempo, la estrategia mediática no sólo apelaba a la reiteración de casos (como muchos críticos suelen remarcar) sino que combinaba varios enfoques: noticias puntuales, seguimiento de casos individuales, series de casos y notas de color. El 30 de mayo, el Clarín zonal realizó una nota breve dedicada a la inseguridad en San Justo. El artículo se centraba en el miedo de los “vecinos”, evocando las dos muertes más recientes: “Este era un barrio tranquilo. Cuando instalaron las villas comenzó la inseguridad”, aseveraba un poblador citado en la nota. El artículo se cerraba con la mención a las marchas cada vez más frecuentes… y la ausencia de respuesta estatal eficaz. Unos días después, el mismo diario titulaba: “Por la ola de asesinatos, marcharon para pedir seguridad”. Si bien resaltaba que el reclamo provenía de diferentes zonas del distrito, también aseveraba que la columna principal había salido de la esquina donde murió Nicolás Rodríguez. Sólo tres casos de asesinato eran mencionados en la nota, los tres ocurridos en Villa Constructora (aunque no se distinguía el barrio de las demás zonas del municipio)10. A la vez, se citaban las palabras de un manifestante: “El reclamo se hizo sentir en la plaza. No hubo banderas políticas y fue un pedido de seguridad en paz”. Medios y participantes convergían en el intento de distanciar el reclamo de los actos violentos ocurridos unos días antes. Simultáneamente, buscaban alejarlo de la política. De este modo, pretendían legitimar el reclamo.

Al igual que Diego y la prensa, la mamá de Nicolás Rodríguez asocia la sucesión de crímenes con la masividad de las manifestaciones (a la vez que insiste sobre los vínculos personales como criterio relevante en la movilización):

Para el 3 de Junio ya había tres muertos más. Porque a la semana siguiente de Nicolás habían matado a un policía en Villa Luzuriaga, después viene el de [las calles] Zarratea y Balbastro, y el 25 de mayo mataron a Nicolás González. 25 años tenía, él tenía muchos amigos en el barrio, así que se levantó todo el barrio11.

La segunda marcha fue multitudinaria, y de ahí no paró, porque con cada muerte se hizo una marcha. Se hicieron seis marchas porque fueron seis muertes las que pasaron en cincuenta días. La última fue la de Miguel Gialluca, el 17 de Junio del 2013.

Periodistas y habitantes de Villa Constructora conectaban las muertes entre sí y construían series más o menos cambiantes a lo largo del tiempo. La localización de la “ola de asesinatos” variaba según los diferentes actores (y contextos)12. En la prensa nacional, primero se agruparon todos los casos ocurridos en La Matanza para luego priorizar San Justo, la cabecera distrital. No sólo se trataba de un lugar conocido y reconocido por las mayorías sino que esa atribución también acercaba los hechos a la “clase media”. En la prensa local, en cambio, la localización era más específica. Allí Villa Constructora logró protagonismo en la medida en que concentrara una proporción importante de los casos ocurridos en el distrito y fuera reconocido como el punto de partida de las columnas más numerosas en las manifestaciones. Por último, Diego y Rosa priorizaban el barrio como locus de su mirada. Diego incluso se quejaba de los llamados telefónicos de habitantes de otros barrios para pedirle ayuda aseverando: “cada uno tiene que ocuparse de lo suyo. Lo mío es mi barrio”. Rosa, en cambio, destacaba lo ocurrido en Villa Constructora pero introducía otros casos resonantes a nivel distrital.

Mientras la delimitación espacial considerada relevante variaba según el enunciador (y el contexto), se estabilizaba el caso de Nicolás Rodríguez como primero de una saga que se iría consolidando a lo largo del tiempo, relegando a otros (que antes habían sido usados como eslabones previos). Muchos análisis han destacado la combinación entre características personales y circunstancias de la muerte para construir a una víctima como legítima (Calzado, 2006; Galar, 2009). Tanto por su apariencia física (joven, alto, castaño de ojos claros, musculoso, retratado en un estilo gauchesco) como por su situación de vida (trabajador, padre reciente), la figura de Nicolás Rodríguez era convocante. Si bien algunos periodistas policiales dudaron inicialmente sobre los móviles de su crimen (por las circunstancias: cantidad de balas usadas y ausencia de robo), el fiscal estableció el intento de robo como única hipótesis del caso y no hubo cuestionamientos posteriores. Quizá el trabajo de su entorno luego de la muerte también haya contribuido a su encuadramiento y popularidad. No sólo la columna principal se congregaba en el lugar de su muerte y eran sus familiares quienes encabezaban las movilizaciones sino que su padre era orador y representante del colectivo para la entrega de los petitorios a las autoridades.

El trabajo local se basaba y repercutía sobre el de los medios masivos de comunicación. Como se suele señalar, los medios han jugado un papel central en la configuración del régimen de gubernamentalidad actual constituido en torno de la “cultura del control”, especialmente en términos de la agenda pública y del enmarcamiento de la cuestión (Cavender, 2004). Para ello, se combinan diferentes estrategias. Al analizar la construcción mediática de la inseguridad en Argentina, Kessler (2009) da cuenta de la conformación de dos ejes: por un lado, se procura detectar “olas” delictivas (diferentes modalidades de acción criminal son abordados como una emergencia reciente, previniendo a la audiencia sobre medidas de seguridad acordes a la misma: secuestros express, motochorros, secuestros virtuales etc.); por otro, los medios operan a partir de “casos” paradigmáticos (María Soledad, Nair Mostafá, José Luis Cabezas, Axel Blumberg etc.) que generalmente han dado lugar a reclamos colectivos. Aquí es interesante ver cómo se combinan ambas lógicas. Inicialmente, la muerte de Nicolás Rodríguez puede ser vista como caso movilizador. Pero incluso desde la primera noticia al respecto, su caso se encadena con otros. Al principio se observan variaciones en el intento de construir un relato más amplio. Luego se va solidificando una serie específica y se la nombra como “ola” (introduciendo una concepción más amplia de este término que la analizada por Kessler). Dentro de esta construcción, se jerarquizan los casos, resaltando el considerado como primero al tiempo que se realizan manifestaciones colectivas en reclamo de seguridad y justicia. Según Isla y Míguez (2010), el periodismo articula información y espectáculo al construir el relato de la inseguridad: de allí la combinación de casos resonantes y olas delictivas. Mientras un enfoque convoca las emociones de la audiencia, el otro llama al reconocimiento de la cuestión como problema público reclamando una respuesta estatal. Aquí, es posible observar que las herramientas usadas por el periodismo son variadas en la construcción del relato de la inseguridad. En todas ellas, operan diferentes combinaciones de emoción, información, espectáculo y construcción de problema público. Aquí, no sólo se observa el trabajo mediático sino también sus conexiones (y distancias) con el trabajo local en la construcción de la inseguridad como problema público.

Nosotros de Villa Constructora

Desde el barrio, la producción de acciones comunes no fue tarea sencilla. Aún cuando la figura de Nicolás Rodríguez prevalecía, se multiplicaban los actores involucrados en el asunto a medida que el problema se amplificaba con nuevas muertes y movilizaciones. A la vez que el tema comenzó a inquietar a los representantes de varias instituciones barriales (iglesia, Rotary Club, clubes, dirigentes políticos), los familiares de algunas víctimas mostraban cuestionamientos al operar colectivo así como diferentes capacidades de movilización. En la segunda marcha, un grupo salió del lugar donde había muerto Nicolás Rodríguez y otro, del punto donde falleció Nicolás González. Pero ambos convergieron en el trayecto hacia la plaza de San Justo.

Cuando el problema se estableció localmente, el párroco convocó a varias reuniones para organizarse. Algunos grupos comenzaron a disputar el liderazgo de la movilización barrial. Diego y su mujer resaltan el respaldo recibido por parte de los padres de Nicolás Rodríguez cuando las autoridades del Rotary Club quisieron callarlos en una reunión en la parroquia. No sólo en los medios sino también en el barrio los familiares de víctimas eran reconocidos como palabra autorizada en el reclamo. También aquí la figura de Nicolás Rodríguez (cimentada en el trabajo colectivo para sostenerla) era central.

Mientras algunos actores buscaban protagonismo dentro del colectivo, otros, en cambio, pretendían desarticular el reclamo ante lo que aparecía como un desafío para el poder político municipal en año electoral. Natalia y Micaela me cuentan de llamados telefónicos amenazantes, de personas desconocidas que los seguían en las marchas, y del miedo a represalias. Otra vez en la parroquia, Diego recuerda el momento en que le preguntó al “puntero [mediador peronista] más conocido del barrio” si él no vivía ahí que ellos tenían que explicarle qué estaba pasando. El grupo de amigos buscó mantenerse unido rechazando los intentos de “definir-los políticamente”. Cada uno tenía posturas diferentes. Optar por un partido habría llevado a la división, argumentan.

Al mismo tiempo, desde Italia, el muchacho que gestionaba el Facebook barrial, que los ayudaba a diseñar carteles y remeras afines y a difundir las convocatorias, pidió a algunos de ellos que se sumaran a la administración del perfil porque ya contaba con más de mil miembros. El Facebook se iba convirtiendo en una vía de comunicación central entre los habitantes del barrio.

El día de la segunda manifestación, los diarios informaron sobre el asesinato de un remisero (chofer) ocurrido en las cercanías del barrio (la noticia ya había circulado en el Facebook). Tres días después, un nuevo caso llamaba la atención de los medios: la víctima era un policía que vivía en San Justo. Al día siguiente, la prensa informaba la llegada de ciento sesenta gendarmes y diez camionetas para patrullar las “zonas más calientes” del distrito: entre ellas, Villa Constructora. A mediados de junio, otra noticia local se propagó por los medios nacionales: Jorge Aguirre, un herrero del barrio, resultó muerto en un intento de robo. La movilización fue convocada para dos días después. Los límites del barrio (en una definición concordante con la oficial) operaron fuertemente en la consideración de los casos que fundamentaban una nueva movilización.

Si en las protestas anteriores habían marchado hasta la plaza, ahora los manifestantes se concentraron en la rotonda de San Justo (el cruce de dos rutas centrales), cortaron ambas vías y quemaron un cartel con la foto del intendente que decía: “Matanza no es grande. Es grandiosa” sobre el cual colocaron un pasacalles con la consigna de “NO + [mancha roja]”. Según me explica Diego, sabían que allí harían más ruido.

En el Facebook barrial esta protesta derivó en tres grandes ejes de conversación. Primero, se produjo un debate sobre la baja participación. Desde el momento mismo del piquete, dos posteos preguntaban por qué había tan poca gente. Existían disidencias ideológicas con las movilizaciones dentro del barrio: algunos las cuestionaban por “no mantenerse apolíticas”; otros, por demandar mayor policía. Pero ninguno se manifestó ante la pregunta. Entre las respuestas, muchos se excusaban aduciendo un contratiempo. Otros argüían la “violencia” (rotura del cartel, pelea con un policía y pedradas a la comisaría), ya sea para ausentarse o para retirarse apenas iniciada la protesta. Luego, otra intervención preguntaba por la baja participación de comerciantes específicamente. Los comentarios cuestionaban aspectos organizativos: el horario de movilización y, sobre todo, el tiempo y el medio de la convocatoria (Facebook). Por primera vez, Diego contestó:

Tenés mucha razón y comparto tu opinión. Pero parece que si a los vecinos no les avisas puerta x puerta, nunca se enteran de lo q pasa en villa constructora. Esta bien, no hubo mucho tiempo para difundir lo de hoy. Pero en Clarin de hoy pagina 56, salio la marcha, Donde se hacia, a que hora y que cortaba la Rotonda!!!

Posteriormente, la charla abordó las escasas repercusiones mediáticas de la movilización. Los comentarios derivaron hacia el humor. Entre varios, comenzaron a formar el futuro gobierno municipal adjudicando cargos a los vecinos más destacados.

Segundo, el cambio en los repertorios de acción colectiva produjo una acalorada discusión entre los miembros del grupo. En varias intervenciones, un perfil insistió en que el “piquete” (corte de ruta inicialmente vinculado a las protestas de organizaciones de desocupados) no servía porque perjudicaba al “trabajador” (al “pobre” o al “ciudadano”) y no al “intendente” (a los “políticos” o a los “ricos”). Hacia el final de la discusión, se autocalificó como anarquista y citó la película V de Venganza (McTeigue, 2006) como ejemplo de acciones eficaces. Varios perfiles le respondieron. Resaltaban la importancia de la demanda (por comparación con otras demandas usualmente asociadas a los piquetes), ya por su gravedad o por su alcance (como mal común). También apelaban a la autoridad (y en algunas ocasiones, al insulto) para desacreditar el cuestionamiento: ya fuera por ser joven, por escribir con faltas de ortografía, por no tener ningún familiar muerto o por no pertenecer al barrio13.

Por último, el cartel roto constituyó la marca más fuerte del reclamo. Al principio, numerosas intervenciones describieron los avatares del mismo (con fotos ilustrativas) a lo largo del tiempo. Si al inicio algunas voces deploraron la violencia, posteriormente el cartel se convirtió en un estandarte. Al día siguiente de la protesta, una cuadrilla municipal repuso el cartel.

Algunos comentaristas en el Facebook bromeaban: “No sabía que los empleados municipales trabajaban…”. A la madrugada alguien volvió a romperlo. En el Facebook, no sólo hubo quienes se adjudicaron el hecho sino también citas a Fuenteovejuna (Lope de Vega, 1618). A las semanas, otro posteo celebraba que todos los carteles de la intendencia circundantes estaban rotos. Unos meses más tarde, alguien recordaba con nostalgia estas acciones y señalaba que, junto al cartel del intendente, ahora también había uno con la imagen de la presidenta. Al charlar conmigo un año después, Rosa resalta este mismo hecho pero no para exaltarlo sino para disculpar lo que ahora (ante mí) vuelve a ser violencia (aún cuando justifica el desenfreno por la inmediatez del dolor): “Las marchas fueron pacíficas, pero esos chicos se desbordaron. No se les podía decir nada: ellos estaban ahí cuando mataron al padre”.

Estas acciones mostraban lenguajes de movilización popular en juego en el reclamo securitario e implicaban una distancia respecto del modelo representado por Blumberg. En principio, se apropiaban de un repertorio asociado a los piqueteros, evocando una tradición fuerte en el distrito. Como argumentan Svampa y Pereyra (2003), un corte de la ruta 3 de dieciséis días en el año 2000 fue clave para la consolidación de las organizaciones de desocupados en La Matanza así como para su visibilización pública. Casi quince años después, ese formato se había difundido a otros reclamos pero también aparecía como posible fuente de descrédito. De allí que hubiera disidencias en el colectivo en torno de su uso. A la vez, los manifestantes combinaban otros elementos de la protesta popular. Pita (2010) da cuenta de cómo los familiares de víctimas de violencia policial recurren a la broma y al insulto en las manifestaciones como un ritual de degradación de dicha fuerza pública. Farinetti (2000) analiza los sentidos purificadores del fuego en la pueblada de Santiago del Estero en 1993 como respuesta de la población frente a los abusos del poder político. Como en esas situaciones, los habitantes de Villa Constructora también plantearon un desafío a la autoridad, a través de insultos, cargadas, pedradas, quema de símbolos del poder público. En la cita de Fuenteovejuna, ellos mismos interpretaban esta singularidad del reclamo colectivo: el pueblo podía matar al emisario del rey y evitar la condena, en un acto de justicia frente a los abusos del poder. Pero aquí se trataba de un terreno disputado en el que emergían temores y diferencias.

El Facebook barrial fue clave en la elaboración de las acciones colectivas. En principio, fue usado para la organización de las mismas, mostrando algunas limitaciones. Pero, además de las cuestiones operativas, el Facebook funcionó como un espacio de construcción del colectivo. El barrio también tomaba forma a través de esta red. Vínculos cara a cara y mediación tecnológica se complementaban. Se establecían exclusiones y jerarquizaciones en el “nosotros” (barrio/afuera, vecinos/comerciantes), se discutían los repertorios de acción válidos (marcha, piquete, sabotaje), se disputaban legitimidades (especialmente en torno de la “violencia”) y se potenciaban los sentimientos colectivos. A la vez, el formato del Facebook (grupo cerrado que habilitaba posteos y comentarios de todos sus miembros) también introducía un tipo de sociabilidad específico, diferente a asambleas y reuniones. Pronto los gestores del grupo cerrado tuvieron que regular estos intercambios (y hacer respetar la normativa, borrando algunas intervenciones), colocándose en el foco de disputas locales. Por último, así como el cartel era un símbolo territorial del antagonismo con el municipio, la presencia mediática era considerada fundamental en el reconocimiento del reclamo.

Todos los canales

Luego del corte de ruta, una conclusión se imponía entre los manifestantes: la protesta fue escasamente cubierta por los medios. La planificación de la siguiente acción colectiva se elaboró sobre ese juicio. Mientras tanto, las autoridades estatales desplegaban diferentes respuestas: al accionar penal y securitario, se sumó la presencia del gobernador en el municipio.

Al día siguiente de la manifestación, una noticia se destacaba en el Clarín zonal: Daniel Scioli visitó La Matanza junto con su ministro de seguridad, se entrevistó con el intendente y prometió efectivos policiales, móviles y comisarías. La próxima seccional se localizaría en el límite entre Villa Constructora y Villa Palito. Estos anuncios se realizaban en el contexto de la campaña electoral. En pocos días, se presentarían las candidaturas. En la provincia, se esperaba una ruptura en el oficialismo: un joven intendente de un distrito del norte del conurbano, ex funcionario del gobierno kirchnerista, se presentaría como candidato opositor apoyado por varios intendentes del Gran Buenos Aires. El eje de su campaña era la seguridad. Entre sus candidatos en La Matanza, estaba Saredi, quien apoyara las marchas desde el inicio. A la vez, se especulaba sobre los movimientos de Scioli, heredero potencial pero no querido en la sucesión presidencial. La Matanza era un lugar clave del oficialismo para ganar las elecciones. En ese momento, Scioli se reunió con Espinoza. El primer candidato oficialista a diputado nacional por la provincia sería anunciado por la presidenta. Aunque corrían rumores de que Espinoza había aspirado a dicho puesto (en una carrera hacia la gobernación de Buenos Aires), el nombramiento recayó sobre el intendente de un municipio vecino. Ni Scioli ni Espinoza rompieron con el armado oficialista. Al contrario, Espinoza se presentó como candidato “testimonial” para concejal en su distrito.

Luego de la contundente reelección presidencial en 2011, los comicios legislativos inauguraban la carrera hacia la sucesión. La contienda electoral tenía al conurbano como locus privilegiado, amplificando las disputas internas del PJ gobernante. La inseguridad era el tema clave del candidato opositor. En una agenda gubernamental predominantemente defensiva, el reclamo se tradujo en una variedad de medidas de control policial sobre el territorio que combinaban recursos nacionales y provinciales. Sin embargo, el problema continuaba presente.

Más allá de los anuncios oficiales, la siguiente movilización se fijó para el 25 de junio. Unos días antes, una nueva víctima fatal ocupaba la primera plana de Clarín: Miguel Gialluca, el comerciante que había donado los pasacalles para las manifestaciones. Como cuenta Micaela, “nos pusimos paranoicos”. Las crecientes tensiones fraccionaron al grupo de amigos. Sólo dos parejas continuaron con la organización. Paralelamente, otros actores cobraron centralidad en el reclamo.

En el velatorio, algunos de los presentes acordaron un corte de ruta frente al barrio para la tarde siguiente. Enseguida, el hijo de una de ellas (y hermano de Diego) lo difundió por Facebook. Una vez reunidos en la esquina, los manifestantes decidieron dirigirse a las puertas de un canal de cable cercano para exigir cobertura mediática en las movilizaciones. Sólo hablaron quienes se identificaron como “familiares de víctimas”: el cuñado del herrero; el hermano y los hijos de Miguel; y un hombre que, luego de presentarse como “amigo de la familia de Nicolás González”, aclaró que su sobrina era “el caso de Junín [una ciudad intermedia de la provincia]”. A diferencia de otras movilizaciones, los familiares de Nicolás Rodríguez estuvieron ausentes. Allí anunciaron fecha y hora de la siguiente “manifestación pacífica” en pedido de seguridad y solicitaron la presencia de “todos los canales”.

También ahora, “familiar de víctima” y “amigo” eran usados para justificar la toma de la palabra en el reclamo. Pero ya no comprendía exclusivamente a quienes se reconocían por vivir cerca sino que la publicitación de las movilizaciones había atraído a personas cuyo involucramiento con la cuestión securitaria se fundamentaba en la condición de “familiar” de otros “casos” resonantes. Así se iban forjando redes entre actores comprometidos. En la carrera de la actualidad, los nuevos casos vigorizaban a los anteriores mientras se nutrían de dichas experiencias.

Una pregunta se abre sobre la relación entre presencia mediática y presencia en las calles, en tanto ambas combinadas hicieron a la publicitación del problema. Esta cuestión ya fue abordada en varias investigaciones. Cuando analiza la movilización colectiva de los habitantes de una ciudad intermedia de Buenos Aires luego de la muerte de un joven a la salida de una discoteca, Galar (2009) resalta el papel de los medios de comunicación locales en el llamado a la acción. Al introducir una secuencia de hechos de violencia previos, los medios construyen un “escenario de inseguridad” y denuncian la inacción oficial. Según la investigación de Calzado, la relación de la prensa con la movilización fue diferente en el caso del secuestro y asesinato de Axel Blumberg.

Los medios más que instalar la noticia, la potencian (…). [El padre de Axel] es el personaje que acompaña a las nuevas víctimas; pasa a ser la víctima que les da voz mediática a aquellos que recién ingresan en los relatos. Pero cuando estos hechos disminuyen y los pedidos se diversifican y multiplican, las noticias periodísticas dejan de acompañar masivamente estos reclamos (Calzado, 2006: 6).

A diferencia de los casos antedichos, mi análisis se sitúa en el contexto del enfrentamiento entre Clarín y el gobierno kirchnerista, iniciado durante el conflicto agrario en 2008. Si bien la inseguridad era un punto habitual de crítica mediática al gobierno, otras cuestiones ocupaban el centro de la agenda periodística en 201314. Por ello, el problema de la inseguridad en Villa Constructora no sólo da cuenta de cómo los medios impactaron sobre la emergencia de la cuestión sino también de cómo los actores movilizados buscaron impactar en los medios. Ver la foto de Nicolás Rodríguez en la tapa de Clarín quizá haya potenciado la percepción de que el umbral de tolerancia había sido sobrepasado. Sin embargo, los relatos locales resaltan otros momentos de elaboración compartida del malestar, como el velatorio. La prensa parece haber contribuido a consolidar la sucesión de casos como “ola”. Pero, sobre todo, los relatos locales destacan su propio trabajo para publicitar mediáticamente el reclamo (incluyendo una perspectiva crítica sobre el accionar mediático). No se trata simplemente de que los medios llamen la atención sobre el problema o potencien el accionar colectivo sino también de que son percibidos por los actores como un recurso clave para exigir una respuesta estatal.

Entonces se armó quilombo

El 25 de junio fue la última gran marcha. Nuevamente, salieron dos grupos desde Villa Constructora. Una vez más, el Facebook (que ya superaba los dos mil miembros) sirvió para organizarse: avisar dónde estampar remeras o conseguir carteles y volantes para repartir, agradecer que una camioneta de publicidad estuviera difundiendo gratis, convocar a una choripaneada para juntar fondos para las víctimas, contactar a familiares de víctimas de otros barrios del distrito, circular un párrafo para colgar en los muros de diferentes programas periodísticos. Algunos comentarios pedían definir referentes porque había información cruzada. También querían hablar con “los chicos que organizan”. Diego, Natalia y Micaela respondieron las consultas, insistiendo con la importancia de mantenerse unidos. Poco antes de la marcha, Diego publicó el mapa del recorrido que realizarían, repitiendo hora y lugar de reunión.

Además de arengar, el Facebook canalizaba dudas, miedos, tristezas y broncas. Un posteo preguntaba por un supuesto grafiti amenazante en un cementerio cercano (lindante con una villa): “Una marcha, un muerto”. En los comentarios, varias personas lo desmintieron. De todos modos, se rumoreaba que los “chorros” iban a las marchas para ficharlos y asesinarlos. El miedo estaba muy presente. Otro posteo arengaba a romper todo para ser escuchados. Pero no recibía la aprobación general: “Es importante controlar nuestra bronca para que a la marcha concurra toda la familia”. Por último, en el Facebook se manifestaba el malestar ante la desigual cobertura mediática de los casos policiales. Recientemente, una adolescente de Capital había sido asesinada. Los medios seguían la investigación policial y especulaban sobre el posible sospechoso: madre, padre, padrastro, portero etc. En Facebook, se criticaban los intereses oscuros de los medios o la desigualdad entre la Capital y el resto del país (o entre “status social”, rememorando el caso de Axel Blumberg) sino que incluso se citaban opiniones autorizadas (de periodistas) para señalar que esperaban “quilombo” para cubrir la marcha. Ante las situaciones previas (y los comentarios), el pronóstico de violencia cobraba vigencia.

Si bien el Facebook los muestra activos, Diego y Natalia aseguran que ellos sólo acompañaron, no convocaron… Porque ya sabían lo que se preparaba. También previnieron a “su gente”. A diferencia de las marchas anteriores, al llegar a la plaza encontraron la intendencia vallada. TN transmitió en vivo el paso de las columnas hasta que, en una esquina, un grupo de manifestantes comenzó a quemar carteles de propaganda oficialista y a lanzar piedras a la comisaría mientras explotaban bombas de estruendo. Como me cuenta Natalia, justo cuando estaban todos los medios, justo entonces se armó quilombo. Algunos asistentes se dispersaron. Como relata la mamá de Nicolás Rodríguez, ella y su marido les quitaron los carteles a los presentes antes de irse, porque no querían que la foto de su hijo estuviera allí. El grupo organizador comandó una retirada colectiva. Al vaciarse la plaza, aquellos que habían apedreado la comisaría se desplazaron a la parte trasera del municipio para dejar su marca también allí. La situación se apaciguó rápidamente sin víctimas. Pero tuvo amplias repercusiones en el Facebook barrial.

Algunas voces atribuían los desmanes a personas ajenas al barrio. Las acusaciones se dirigían principalmente contra el intendente (refiriéndose a la presencia de “infiltrados”). También se lanzaban sospechas contra Villa Palito (algunos atestiguaban situaciones de robo dentro de la marcha como prueba). Otros posteos, en cambio, aseguraban haber reconocido a los agitadores como “vecinos” o “familiares de una de las víctimas”. Allí había divisiones entre quienes justificaban el accionar por el dolor, la impotencia y la desidia oficial, y quienes consideraban que la “violencia” los igualaba con los “delincuentes”: “Quieren seguridad y hacen quilombo???”. Un familiar de víctima recusó el argumento justificatorio y anunció su abandono del colectivo. Muchos se referían al miedo que generaban estos actos entre los asistentes. Otros subrayaban la bronca. También había disidencias en cuanto a la eficacia de la violencia: había servido para llamar la atención, decían unos (recordando la quema del patrullero); pero ahora había provocado que TN suspendiera la transmisión en vivo, respondían los otros. Si inicialmente se dudaba de que los atacantes fueran del barrio, más tarde algunas voces intentaron expulsarlos del colectivo. Claramente, ser del barrio no era una categoría fáctica sino moral15. Ante una exacerbación de las discusiones, algunos buscaban apaciguar los ánimos tratando de mantener al barrio unido para continuar el reclamo.

A inicios de julio, un destacamento policial fue inaugurado en la calle asfaltada que conectaba Villa Constructora y Villa Palito. Las reuniones en la parroquia continuaron, aunque la participación fue disminuyendo. Los reclamos comenzaron a vehiculizarse a través de reuniones con funcionarios policiales y municipales, donde participaban, entre otros, Diego, Roberto, Natalia y Micaela. Sólo siete meses más tarde, cuando se produjo otra muerte en el barrio, los habitantes volvieron a marchar (demandando el regreso de gendarmería). Mientras tanto, los familiares de víctimas siguieron protestando en reclamo de justicia.

El cierre de este ciclo de protestas puede verse asociado a la eficacia (relativa) de la respuesta estatal. Tuvo lugar un proceso de institucionalización del reclamo, a partir de la elaboración de dispositivos para minimizar daños y para canalizar el malestar vecinal. Si estas iniciativas no implicaron el fin de la inseguridad, sí parecieron acallar las manifestaciones en tanto y en cuanto no se produjeran nuevas muertes. La muerte era el umbral para actuar, pero las muertes valían diferente. Aunque la cantidad también movilizara, se destacaron tres casos: el de Nicolás Rodríguez, que fue construido como inicio de la serie; el de Nicolás González, que introdujo una presencia disidente en el colectivo; y el de Miguel Gialluca, colaborador en la organización del grupo y último de la ola. En esa valencia diferencial, influyeron las características acordadas de la víctima y el trabajo de mostrarlo de familiares, amigos y prensa.

A la vez, las acciones colectivas exhibían diferentes modos de tramitar públicamente el sufrimiento. Tanto los actores locales como los análisis académicos llaman la atención sobre los modos en que la canalización del dolor implica un trabajo difícil sobre sí mismo. Schillagi (2011) muestra cómo las organizaciones de familiares de víctimas trabajan para regular el dolor (contenerlo y mostrarlo). Pita (2010) distingue formas populares de protesta donde el insulto y la broma se constituyen como parte de un ritual específico de degradación moral de la autoridad cuestionada por parte de familiares de víctimas de violencia policial.

Aquí los manifestantes mostraban desacuerdos en su definición de la situación, de lo admisible, de lo recomendable. Si la destrucción de los carteles en la rotonda llamaba a la aprobación (y la burla) general, otras acciones resultaban más controvertidas. Aunque difirieran, las posturas no necesariamente se invalidaban mutuamente. Natalia podía justificar una expresión desmesurada de bronca porque eran “pibes”. Rosa podía referir a la cercanía de la muerte de un ser querido para entender la quema de carteles. Sin embargo, la actuación en la marcha condujo a un fuerte repudio en el Facebook barrial. Si la búsqueda de atención mediática fundamentaba las diferentes posturas en controversia en tanto todos acordaban la centralidad de los medios en la legitimación del reclamo, la respuesta de TN durante la protesta era prueba del fracaso de la estrategia “quilombera”. La situación no sólo habla de moralidades diferenciales en juego en el colectivo sino que, a través de sus disonancias, es posible observar la propia inestabilidad del grupo. Si el aplacamiento de las movilizaciones puede verse asociado a la eficacia de la respuesta estatal, también muestra algunos límites del accionar colectivo.

Palabras finales

En este artículo analicé cómo emergió la inseguridad como problema público desde un barrio del conurbano bonaerense. En términos generales, las experiencias de la inseguridad difieren según el origen social y las culturas locales mientras la problematización pública de la misma ha estado asociada a las inquietudes de los varones de clase media y alta (Kessler, 2009). Partiendo de esta distancia entre experiencia y problema público, traté de mostrar el trabajo de los habitantes de un barrio periférico por ser reconocidos dentro del canon (y desafiarlo).

En ese sentido, la historia de Villa Constructora presenta ciertas especificidades respecto del modelo de acción colectiva securitaria más conocido en Argentina, asociado al caso de Axel Blumberg (Calzado, 2015). Tres aspectos de este modelo fueron retomados aquí: la caracterización de la víctima como clave en la legitimación del reclamo, el papel de los medios de comunicación en esta construcción y la figura de los familiares de víctima como centrales en la movilización colectiva. A partir de allí, exploré algunas diferencias. Primero, aquí no sólo se destacó la figura de Nicolás Rodríguez como víctima legítima (joven, lampiño, trabajador, padre reciente) sino que la misma se inscribió en una sucesión de casos, dando forma a una ola delictiva. Esto implicó la pluralización de las voces legítimas.

Segundo, los medios de comunicación tuvieron un papel significativo en la publicitación de los reclamos (ya fuera que contribuyeran a alarmar a la población o sólo difundieran una demanda ya constituida localmente) pero, sobre todo, fueron considerados por los propios protagonistas como un recurso clave y se ocuparon activamente de atraer su atención (generaron discusiones sobre cómo hacerlo y se abrieron críticas a las desigualdades en la cobertura).

Tercero, los familiares de víctimas fueron reconocidos como voces legítimas del reclamo. Sin embargo, la multiplicación de casos no sólo implicó jerarquizaciones entre los mismos sino que también abrió paso a disidencias dentro del colectivo. A la vez, la legitimación de las voces del reclamo siguió un criterio de cercanía que excedía la figura del familiar, extendiéndose hacia el amigo, conocido, vecino. Mientras los actores movilizados tomaban al barrio como lugar de su preocupación, los medios de comunicación referían al municipio en general y, especialmente, a su centro. Sea de un modo u otro, y a diferencia de Blumberg, el problema estaba localizado.

Mientras estos elementos remitían a la víctima como forma de construcción del sujeto político, otras características de la movilización se apartaban del régimen de gubernamentalidad elaborado en torno de esta figura (Garland, 2005). Por un lado, destaqué la apropiación de elementos provenientes de los lenguajes populares de movilización en Argentina. Por otro, introduje el uso del Facebook como una mediación clave en la constitución del colectivo en términos barriales.

Por último, la respuesta estatal frente al reclamo combinó diferentes artefactos de control policial de la población. Entre ellos, el destacamento resulta significativo en tanto coincide con el fin de las manifestaciones. Su localización en el límite entre Villa Constructora y Villa Palito parece una respuesta al acercamiento implicado en la urbanización. Mientras otras agencias estatales operan igualando, la policía restituye las jerarquías controlando los movimientos de las poblaciones.

Bibliografía citada

BERMÚDEZ, N. Moralidades de la inseguridad. In: BERMÚDEZ, N.; PREVITALI, M. E. “Merodear la ciudad”. Miradas antropológicas sobre espacio urbano e inseguridad en Córdoba. Córdoba: Facultad de Filosofía y Humanidades, 2013. [ Links ]

CALZADO, M. Inseguros. El rol de los medios y la respuesta política frente a la violencia. Buenos Aires: Aguilar, 2015. [ Links ]

_____ . Elementos para el análisis del tratamiento mediático del caso Blumberg. Documento de Trabajo 5, 2006. [ Links ]

CARMAN, M. Cercanías espaciales y distancias morales en el Gran Buenos Aires. In: KESSLER, G. (Comp.) El Gran Buenos Aires. Buenos Aires: Unipe; Edhasa, 2015. [ Links ]

CAVENDER, G. Media and crime policy: a reconsideration of David Garland’s the culture of control. Punishment & Society, v. 6, n. 3 p. 335-348, 2004. [ Links ]

FARINETTI, M. Violencia y risa contra la política en el Santiagueñazo: indagación sobre el significado de una rebelión popular. Apuntes de Investigación del Cecyp n. 6, 2000. [ Links ]

FAVA, R. La clase media, entre la historia y la cultura. Representaciones sobre los “vecinos” en el conflicto con los “ocupantes” del Parque Indoamericano”. In> CRAVINO, C. (Comp.) Derecho a la ciudad y conflictos urbanos. La ocupación del Parque Indoamericano. Los Polvorines: UNGS, 2014. [ Links ]

FOCÁS, B. Inseguridad: en busca del rol de los medios de comunicación. La Trama de la Comunicación, v. 17, p. 163-174, 2013. [ Links ]

GALAR, S. Seguridad ciudadana, movilización colectiva y percepción del delito. El rol de los medios de comunicación locales en la construcción de una marcha de silencio en una ciudad del interior de la provincia de Buenos Aires. Question, v. 1, n. 23, 2009. [ Links ]

GARLAND, D. La cultura del control. Delito y orden social en la modernidad tardía. Barcelona: Gedisa, 2005. [ Links ]

HOPE, T.; SPARKS, R. Introduction. In HOPE, T.; SPARKS, R. Crime, risk and insecurity. Law and order in everyday life and political discourse. New York: Routledge, 2000. [ Links ]

ISLA, A.; MÍGUEZ, D. Entre la inseguridad y el temor: Instantáneas de la sociedad actual. Buenos Aires: Paidós, 2010. [ Links ]

JELIN, E. Víctimas, familiares y ciudadanos/as: las luchas por la legitimidad de la palabra. Cadernos Pagu, v. 29, p. 37-60, 2007. [ Links ]

KESSLER, G. El sentimiento de inseguridad: sociología del temor al delito. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2009. [ Links ]

KRAUSE, K. Supporting the iron fist: Crime news, public opinion, and authoritarian crime control in Guatemala. Latin American Politics and Society, v. 56, n. 1, p. 98-119, 2014. [ Links ]

MARTÍNEZ, F. Ciudadanía episódica y exclusión. Análisis del caso Blumberg. Tropos y Topos, v. 1, n. 3, Córdoba, 2005. [ Links ]

MOLINA DERTEANO, P.; DÁVOLOS, P.; DIÚ, G. Los fenómenos demográficos y las desigualdades territoriales. Debate Público, v. 4 n. 8, p. 39-49, 2014. [ Links ]

MULCAHY, A. Claimsmaking and the construction of legitimacy: Press coverage of the 1981 Northern Irish hunger strike. Social Problems, v. 42, n. 4, p. 449-467, 1995. [ Links ]

MURILLO, Susana. Colonizar el dolor. La interpelación ideológica del Banco Mundial en América Latina. El caso argentino desde Blumberg a Cromañón. Buenos Aires: Clacso, 2008. [ Links ]

OBSERVATORIO DE POLÍTICAS DE SEGURIDAD DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES. Violencias y delitos en la provincia de Buenos Aires 2009-2012: un análisis a partir de la estadística oficial. La Plata: UNLP, 2014. [ Links ]

PITA, M. V. Formas de morir y formas de vivir: el activismo contra la violencia policial. Buenos Aires: Editores del Puerto, 2010. [ Links ]

ROCCA RIVAROLA, D. La Matanza, avatares de la continuidad asegurada. Peronismo, partidos opositores y organizaciones piqueteras. In: CHERESKY, I. (Çomp.). La política después de los partidos. Buenos Aires: Prometeo, 2006. [ Links ]

RODRÍGUEZ ALZUETA, E. Temor y control. La gestión de la inseguridad como forma de gobierno. Buenos Aires: Futuro Anterior, 2014. [ Links ]

SCHILLAGI, C. La muerte como recurso político. Respuestas institucionales en torno al asesinato de José Luis Cabezas en 1997. Jornadas de Sociología UNGS, 2012. [ Links ]

_____ . Sufrimiento y lazo social. Algunas reflexiones sobre la naturaleza ambivalente del dolor. Práctica de oficio. Investigación y Reflexión en Ciencias Sociales, v. 7, p. 1-8, 2011. [ Links ]

SVAMPA, M.; PEREYRA, S. Entre la ruta y el barrio. La experiencia de las organizaciones piqueteras. Buenos Aires: Biblos, 2003. [ Links ]

WACQUANT, L. Castigar a los pobres. El gobierno neoliberal de la inseguridad social. Barcelona: Gedisa, 2010. [ Links ]

Fuentes citadas

DIARIO CLARÍN, 27.04.13, 30.04.13, 12.05.13, 26.05.13, 28.05.13, 04.06.13, 07.06.13, 14.06.13, 19.06.13, 18.08.13. [ Links ]

DIARIO PERFIL, 27.04.13. [ Links ]

DIARIO POPULAR, 27.04.13, 26.05.13, 05.07.13. [ Links ]

DIARIO NCO, 02.05.13, 07.05.13, 29.05.13, 06.06.13. [ Links ]

PERIÓDICO UNO, 13.06.13, 24.06.13, 01.07.13. [ Links ]

PORTAL TN, 27.05.13. [ Links ]

Suplemento Clarín zonal, 01.05.13, 03.05.13, 28.05.13, 30.05.13, 04.06.13, 07.06.13, 14.06.13, 15.06.13, 17.06.13, 18.06.13, 19.06.13, 20.06.13. [ Links ]

www.villaconstructora.com.ar (consultado en Mayo 2015). [ Links ]

* Esta investigación ha sido financiada con un subsidio de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, PICT 2013-1572. Versiones previas de este artículo han sido discutidas en un GT coordinado por Gabriel Nardacchione y Ornela Boix, y en un grupo de estudios coordinado por Brenda Focás y quien suscribe. También recibí la lectura generosa de Débora Gorbán y de evaluadores por parte de la revista. Agradezco a todos ellos por sus comentarios.

1. Aunque he preservado la confidencialidad de los testimonios etnográficos modificando el nombre de mis interlocutores, he respetado el nombre original del barrio, de las víctimas y de sus familiares porque son figuras públicas y refiero a notas periodísticas donde son mencionados.

2. El trabajo de campo se desarrolló entre octubre de 2013 y diciembre de 2016, con posterioridad a las movilizaciones. Comprendió visitas regulares a diferentes habitantes del barrio, observación de eventos (misas en conmemoración, marchas, mateadas en la plaza, toma del colegio barrial, etc.), entrevistas y charlas informales con habitantes y comerciantes, y seguimiento de diferentes grupos de Facebook. Para este artículo, consulté también la prensa local y nacional de los meses de abril, mayo y junio de 2013.

3. En Argentina, el término “villa” es usado para referir a los barrios informales, conocidos como “favelas” en Brasil o “callampas” en Chile. A diferencia de estos países, sin embargo, el mismo término forma parte de la denominación de barrios formales alejados del centro, como Villa Constructora.

4. Consulte <www.villaconstructora.com.ar>. Consultado en Mayo 2015.

5. TN es el canal de noticias del multimedio Clarín.

6. La relación entre el problema de la inseguridad y el punitivismo penal como respuesta es tema central del debate académico sobre la cuestión (Garland, 2004; Krysten, 2014; Rodríguez Alzueta, 2014; Wacquant, 2010). Si bien constituye una cuestión relevante, aquí no profundizaré al respecto.

7. A diferencia de lo señalado por Garland, aquí la policía de proximidad convive con la Gendarmería, la cual ha extendido sus tareas de la vigilancia fronteriza al control en “zonas peligrosas” de la ciudad y es más respetada por la población que la policía local.

8. Al menos se excluía el caso de las mujeres asesinadas a puñaladas en Isidro Casanova, cuyo pariente había sido entrevistado por TN durante la primera manifestación. Probablemente esta omisión se debía a las dudas de los periodistas sobre los móviles del mismo, dado el modus operandi. En estas exclusiones se ven los límites móviles de lo caratulado como “inseguridad” por los medios.

9. Al analizar los procesos de legitimación de reclamos colectivos a través de la prensa, Mulcahy (1995) distingue las posturas mediáticas de acuerdo a la cercanía relativa respecto de los actores movilizados y del gobierno de turno. En su análisis de la huelga del hambre de un grupo de presos del IRA, se diferencia la postura del periódico local (más sensible al reclamo), la de la prensa británica (alineada con el gobierno de Thatcher) y la del diario extranjero (situado entre ambos extremos). Estos ejes pueden ayudar a comprender la respuesta mediática frente al reclamo en Villa Constructora. Aquí, la cuestión no sólo se conecta con la posición de clase implicada en el reclamo sino también (como mencionaré más adelante) con el conflicto entre la prensa dominante y el gobierno de turno. Estos aspectos contribuyen a comprender las ambigüedades en torno de la cobertura de este reclamo.

10. El diario local NCO, en cambio, mencionaba siete casos, en relación con la presencia de “familiares de víctimas” en la manifestación: a los ya citados aquí se sumaba el de Mario Felippo, un remisero asesinado en Villa Constructora en 2012.

11. El hermano de Nicolás González (si bien no quiso que lo entrevistara) me contó que sus amigos fueron a buscarlo para ir a la movilización. Aunque no creía que sirviera, se sintió obligado a acompañarlos.

12. Esta construcción del fenómeno puede ser relativizada a partir de los datos cuantitativos sobre el distrito. Según un informe del Observatorio de Políticas de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires, La Matanza tuvo un pico de 11,1 homicidios dolosos cada 100 mil habitantes en 2009. La tasa se redujo en 2010 para estabilizarse posteriormente. En 2013, estaba en 10 puntos. Sin embargo, el mismo informe asevera que La Matanza, como uno de los distritos más poblados, presenta las tasas de homicidios dolosos más altas de la provincia.

13. Mientras los dos primeros criterios eran cuestionados dentro del grupo, los dos últimos eran arteros.

14. Por una lectura de las primeras planas de Clarín, se pueden enumerar tres cuestiones claves en la agenda del multimedio: las inundaciones en La Plata en abril, el accidente ferroviario en Castelar en junio (que evocaba la “tragedia de Once” un año antes) y el conflicto judicial (en el marco de las denuncias cruzadas por corrupción y concentración mediática).

15. Fuera del Facebook, existían también otros puntos de controversia en torno de los límites del colectivo. Clara vive en una manzana del barrio que llaman “villita”. Su hermano está preso. Según me cuenta, cuando iba a las marchas, algunas personas la miraban mal como diciendo “¿qué hacés vos acá si tu hermano es chorro?”.

Received: October 02, 2017; Accepted: May 14, 2018

Creative Commons License Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons