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Psicologia & Sociedade

On-line version ISSN 1807-0310

Psicol. Soc. vol.18 no.1 Porto Alegre Jan./Apr. 2006

http://dx.doi.org/10.1590/S0102-71822006000100002 

Psicologia, identidade e política nas tecnologias de governo neoliberais

 

Psychology, identity and politics in neoliberal government technologies

 

 

Lucía Gómez SánchezI; Luz M. Martínez MartínezI; Francisco Jódar RicoII

IUniversitat de València (España)
IIUniversitat Autònoma de Barcelona (España)

 

 


RESUMO

Neste artigo partimos de uma concepção do neoliberalismo como tecnologia de governo, isto é, concebemos o neoliberalismo não unicamente como modelo sócio-econômico, mas também como entrelaçado de discursos e práticas que produz efeitos sociais e identitários. A partir desta perspectiva, propomo-nos mostrar, em primeiro lugar, os tipos de subjetividades que configuram as modalidades de governo neoliberais e, em segundo lugar, o papel que jogam as disciplinas psicológicas nessa configuração. Nas tecnologias de governo neoliberais a autonomia pessoal não é a antítese do poder político, mas um elemento fundamental para seu exercício. O neoliberalismo requer sujeitos ativos, auto-responsáveis e "empresários de si próprios" e os discursos e práticas psicológicos participam na elaboração de códigos morais que enfatizam esse ideal de autonomia responsável. Deste ponto de vista, a análise crítica da subjetividade converge com a análise crítica da psicologia.

Palavras-chave: identidade; psicologia; tecnologias de governo; neoliberalismo.


ABSTRACT

This paper is based on a conception of neoliberalism as a government technology, i.e. neoliberalism is conceived not only as a socioeconomic model but as a network of discourses and practices producing social and identitarian effects. From this perspective, we intend to show firstly the type of subjectivities that shape neoliberal government modalities and secondly the role played by psychological disciplines in such a process. In neoliberal government technologies, personal autonomy is not the antithesis to political power but rather a fundamental element to its exercise. Neoliberalism requires active, self-responsible subjects, basically "entrepreneurs of themselves"; psychological discourses and practices do participate in the production of moral codes which emphasize the responsible autonomy ideal. From this approach, the critical analysis of subjectiveness converges with the critical analysis from psychology.

Keywords: identity; psychology; government technologies; neoliberalism.


 

 

En las últimas décedas, la psicología social y las ciencias sociales han sometido a crítica la construcción que se ha hecho de la subjetividad bajo la racionalidad moderna siguiendo el modelo identitario: fija, estable, unitaria, autónoma, auténtica, privada, independiente y ahistórica y el papel que en dicho proceso juega la propia psicología. Frente a esta concepción despolitizada y esencializada de la subjetividad, se pone de manifiesto la necesidad de incorporar una perspectiva radicalmente histórica que permita desnaturalizar realidades psicológicas que aparecen como consustanciales a la condición humana y, de este modo, desenmascarar sus efectos reguladores (Henriques, Hollway, Urwin, Venn & Walkerdine, 1984; Rose, 1989, 1996a; Sampson, 1985, 1989).

Y ello obliga a que la Psicología Social adopte una perspectiva transdisciplinar y recurra a las distintas corrientes del pensamiento contemporáneo no sólo para cuestionar sino para redefinir su objeto: la constitución social de la subjetividad. En este proyecto, consideramos que la perspectiva iniciada por Foucault proporciona herramientas teóricas para pensar la subjetividad sin desligarla de los factores sociales, políticos e históricos (Gómez, 2003).

Las investigaciones foucaultianas llevan a cabo una genealogía del yo, donde la subjetividad no es un datum esencial a partir del cual desplegar una narrativa histórica sino aquello que necesita ser explicado. En ellas, se cuestiona el carácter universal y necesario de la "naturaleza humana" y la subjetividad es concebida como el producto azaroso y contingente de distintas prácticas históricas (Foucault, 1984a).

Al mismo tiempo, desde esta perspectiva, se defiende el carácter no sólo histórico sino político de la propia identidad. La subjetividad es el resultado discursos y prácticas – denominados tecnologías – que toman modos de ser humanos como su objeto y que pretenden conformar, normalizar, guiar, instrumentalizar, modelar las ambiciones, aspiraciones, pensamientos y acciones de los sujetos a efectos de lograr los fines que se consideran deseables. La relación entre estos conjuntos heterogéneos de tecnologías, la subjetividad y los objetivos de regulación social se aborda a partir de la noción foucaultiana de gobierno. Este concepto hace referencia al modo de ejercer el poder que se apoya en el conocimiento, es decir, que precisa conocer a aquellos que toma por objeto y que persigue la realización de fines sociales y políticos a través de la acción, de una manera calculada, sobre las fuerzas, actividades y relaciones de los individuos (Foucault, 1978a, 1978b, 1981). Por tanto, son las distintas tecnologías, concebidas como conjuntos de discursos y prácticas las que despliegan, materializan y concretan las distintas formas de gobierno.

Foucault (1975) analiza una forma particular de gobierno, la tecnología disciplinaria que surge en el XVIII y XIX y alcanza su apogeo a principios del XX. Sin embargo, las sociedades disciplinarias, ya forman parte de nuestro pasado inmediato, lo que estamos dejando de ser. Las disciplinas entraron en crisis después de la segunda guerra mundial, crisis que dio paso lentamente a la gestación de una organización del poder diferente (Deleuze, 1996). Por ello, retomando el hilo de las propuestas foucaultianas y, de alguna manera, continuándolas, diversos autores (Barry, Osborne & Rose, 1996; Burchell, Gordon & Miller, 1991; Dean, 1999; Gane & Johnson, 1993; Rose, 1989, 1996b, 1999; Rose & Miller, 1992) examinan la instalación progresiva y dispersa de un nuevo régimen de gobierno – característico de lo que denominan sociedades neoliberales – que está sustituyendo a las sociedades disciplinarias analizadas por Foucault (1).

A la luz de estas investigaciones, en este artículo pretendemos mostrar la forma en la que se conforma la identidad en las modalidades de gobierno neoliberales y problematizar el papel que en dicha conformación juegan los discursos y prácticas psicológicos.

Autonomía y Responsabilidad: El Gobierno de la Libertad

Las políticas neoliberales se han implantado en las últimas décadas como respuesta a las dificultades del estado welfarista y de una manera relativamente independiente de los compromisos históricos e ideológicos de los respectivos gobiernos políticos de cada país. Es decir, éstas no corresponden únicamente a una ideología determinada, la del conservadurismo neoliberal, sino que subyacen a los programas de gobierno de todo el espectro político. El avance – de carácter global – de estas políticas se constata en contextos diferentes y en ámbitos diversos: educación, salud, control de los delitos (Rose, 1997; Rose & Miller, 1992).

Sin embargo, el presente no es un conjunto coherente sino una multiplicidad fragmentada en la que encontramos transición, crisis, dislocación, fragmentación, heterogeneidad y recombinación de discursos y prácticas diversos y contradictorios. Esta fragmentación no sólo hace referencia a diferentes sectores del espacio social o geopolítico, en los cuales tendría predominio un tipo de discurso en tanto que otros quedarían en penumbra, o en los cuales se aplicarían ciertas tecnologías en detrimento de otras, sino que los sujetos mismos se encuentran atravesados por discursos diferentes, o por discursos que no resultan armónicos con las prácticas que realizan o que se les imponen (De Marinis, 1999). Concebimos, por tanto, el neoliberalismo como tecnología de gobierno emergente que coexiste en el presente con discursos y prácticas decadentes. El neoliberalismo no constituye una tipología pura ni una sola lógica de justificación unívoca o dominante. Como señala Vázquez (2005) no hay un presente sino una constelación de "presentes" que no pertenecen a la misma época.

Por ello, antes de presentar las tecnologías de gobierno neoliberales, señalaremos algunas características de las disciplinarias. De este modo, asumiendo que las distintas tecnologías de gobierno son la expresión de la compleja conjunción de discursos y prácticas y de los efectos sociales e identitarios que producen, mostraremos cómo el neoliberalismo rompe con el régimen disciplinario en el plano de las formas organizativas e institucionales pero también en el plano de las subjetividades que configura y de los saberes que requiere.

La tecnología disciplinaria se dirige a "encauzar conductas", corregir, reducir las desviaciones, transformar y prevenir, hacer del individuo un cuerpo dócil, un objeto moldeable, utilizable y eficaz, en una palabra: normalizar. Las prácticas disciplinarias funcionan por medio una detallada estructuración del espacio y del tiempo de las relaciones entre los individuos, con ayuda de procedimientos de observación jerárquica y de juicio normalizador, en instituciones cerradas (cárcel, hospital, escuela…). El gobierno disciplinario requiere un conocimiento que sea capaz de traducir la subjetividad en trazos materiales sobre los que el cálculo político pueda trabajar: relatos escritos, mapas, gráficos, estadísticas... En este sentido, son las llamadas ciencias humanas – de las que emergerá progresivamente la psicología como disciplina autónoma – las proporcionan métodos para la inscripción de propiedades y capacidades de los individuos (2). Métodos como el examen, la medida, la confesión – origen de la encuesta estadística, los tests, la entrevista… – que son en sí mismos prácticas de intervención y conocimiento. En ellos, converge la función cognitiva de extracción de información (configuran espacios de visibilidad, son técnicas de generación de enunciados) con la función política de control (son medios para fijar la norma, la regla, la división, la exclusión). Es decir, unen la formación de saber con el ejercicio de poder (Foucault, 1975).

En cambio, las tecnologías de gobierno neoliberales abandonan las instituciones cerradas y llevan a cabo un control "al aire libre". La "forma encierro" característica de las sociedades disciplinarias desaparece por cara (en términos económicos y políticos) y la vigilancia externa es sustituida por la obligación interna de la propia responsabilidad. En las sociedades de control el poder pierde el rostro y en ellas el sujeto de gobierno no es un sujeto dócil y disciplinado sino un sujeto libre y autónomo (Dean, 1999; Rose, 1999).

La transformación de los mecanismos de gestión de riesgos que habían caracterizado al régimen welfarista exige reemplazar al individuo dependiente y necesitado, al ciudadano social ligado a la colectividad por mecanismos estatales de solidaridad y atendido por una red de dependencias colectivas en un individuo activo y autorresponsable, empresario de sí mismo capaz de desarrollar conductas de cálculo, autodisciplina y previsión en relación con su salud corporal y mental, con su seguridad (Burchell, 1996; Dean, 1999; Rose, 1989, 1992, 1996b). Los sujetos son permanentemente estimulados a responsabilizarse, a ser activos y a tomar su destino en sus propias manos sea para contratar un servicio de salud, acceder a una vivienda, buscarse un empleo, proveerse de seguridad física, modificar sus hábitos alimentarios y practicar y preservar un determinado estilo de vida. Este modelo empresarial y los parámetros de calidad, iniciativa, competitividad, flexibilidad se extiende también a ámbitos como la educación o la sanidad. Los servicios públicos son descentralizados y dotados de autonomía financiera y de gestión. Y esta mercantilización de las agencias públicas no requiere ciudadanos pasivos sino clientes, consumidores de servicios "libres para elegir", cuyas demandas singulares deben ser atendidas de forma personalizada (Dean, 1999; Rose, 1996b, 1999). El neoliberalismo concebido como tecnología de gobierno no apunta únicamente a un modelo socioeconómico, sino también, como intentamos mostrar, a una nueva alineación de la conducta personal con diversos objetivos sociopolíticos. Así, la recodificación del papel del Estado y de las instituciones lleva aparejada una recodificación de la posición del sujeto.

En estas racionalidades políticas se procura la economización más efectiva de los medios de gobierno. Se trata de "gobernar contando con la mayor cantidad posible de energía que para su propio gobierno aporten los gobernados mismos" (De Marinis, 1999, p.95). En las sociedades postdisciplinarias el poder se repliega porque circula a través del individuo que ha constituido (Deleuze, 1995). Surge un "orden interior" que evita que el poder tenga que intervenir por sí mismo, que el orden social se autoengendre, se perpetúe, se autocontrole. De esta forma, aunque en estas racionalidades de gobierno la esfera de lo político se delimita por oposición a otros dominios: mercado, sociedad civil, familia; estos dominios no políticos (la productividad y las condiciones de comercio, las actividades de las asociaciones civiles, las formas de crianza de los hijos y de organizar las relaciones conyugales y las cuestiones financieras en el interior del hogar) sustentan los objetivos políticos en lugar de oponerse a ellos (Rose, 1989).

Estas modalidades de gobierno no pretenden anular la iniciativa de los individuos sino modularla continuamente para empelarla a su favor (Deleuze, 1996). Los mecanismos de gobierno actuales construyen a los sujetos como participantes activos de sus vidas, persuadidos para entrar en una alianza entre objetivos y ambiciones personales y objetivos o actividades socialmente valorizados: consumo, rentabilidad, eficiencia y orden social. Es importante señalar que las tecnologías de gobierno actuales se despliegan no a través de la coerción sino a través de la persuasión inherente a sus verdades, de las ansiedades estimuladas por sus normas y de las atracciones ejercidas por las imágenes de vida y del yo que ofrecen. Tácticas soft: seducción frente a represión, creación de necesidades en lugar de inculcación de prescripciones, relaciones públicas frente a fuerza pública, publicidad frente a autoridad (Varela y Álvarez-Uría, 1989). Las redes de poder se instalan preferentemente en el terreno de lo considerado tradicionalmente como privado: el cuerpo, la sexualidad, las relaciones afectivas, las motivaciones, los deseos... y sobre él ejercen un control sutil mediante tácticas que no rompen el convencimiento de actuar libremente.

Las distintas formas de gobierno neoliberal que insisten en preservar la autonomía y la iniciativa de los gobernados, conceden una importancia primordial a las llamadas por Foucault tecnologías del sí mismo (Foucault, 1988). Las tecnologías del sí mismo son prácticas que tienen a uno mismo como sujeto y objeto y que incluyen mecanismos de (auto)orientación a través de los que los individuos se vivencian, comprenden, juzgan y se conducen a sí mismos. Prácticas voluntarias que permiten a los individuos efectuar un número de operaciones en sus propios cuerpos, en sus pensamientos, en sus conductas con el fin de transformarse a sí mismos en función de determinados valores y criterios. Gobernar supone siempre un difícil equilibrio, con conflictos y complementariedades, entre las tecnologías de poder exteriores al sujeto que aseguran la coerción y que determinan su conducta y las tecnologías del sí mismo a través de las que uno mismo se construido y modifica (Foucault, 1988). Sin embargo, el gobierno neoliberal es un gobierno que se apoya fundamentalmente en las segundas, en las prácticas voluntarias que llevan a cabo los propios individuos para formarse a sí mismos como sujetos de conducta moral. En el neoliberalismo que descansa en la exigencia de autorresponsabilidad, el solapamiento de la ética con la política alcanza su expresión extrema (Vázquez, 2005). Se produce, como hemos mostrado, una coordinación entre las tecnologías del sí mismo y las estrategias más generales de gobierno. La regulación social pasa a ser un asunto ligado al deseo de cada individuo de dirigir su propia conducta "libremente" con el fin de lograr la maximización de una concepción de su felicidad y realización personal que asume como si fuese obra suya. Paradójicamente, la autonomía personal no es la antítesis del poder político sino un elemento fundamental para su ejercicio (Dean, 1999; Rose, 1999; Rose & Miller, 1992).

Psicología, Tecnologías del sí Mismo y Regulación Social

Una vez presentado el papel que juegan las tecnologías del sí mismo, estamos en condiciones de mostrar el papel que desempeñan los discursos y prácticas psicológicas en las formas de gobierno neoliberales.

Los modos psicológicos de explicación participan en la elaboración de códigos morales que enfatizan un ideal de autonomía responsable, códigos que, como hemos mostrado, forman parte de la regulación de los individuos en las racionalidades políticas actuales (Rose, 1989, 1996b, 1997). Por ello, la psicología como cuerpo de discursos y prácticas mantiene una relación simbiótica con las tecnologías del sí mismo (Burchell, 1996). Constituye una racionalidad práctica y por tanto, es un régimen de pensamiento por medio del cual los sujetos pueden dar importancia a aspectos de sí mismos y a su experiencia y un régimen de práctica, por medio del cual pueden hacer de sí mismos seres éticos y dotados de agencia a través de una gama heterogénea de técnicas y de sistemas de juicio.

Como régimen de pensamiento, las disciplinas psicológicas impregnan una pluralidad de escenarios sociales ofreciendo nuevos lenguajes para construir, evaluar y entender el yo y las relaciones con los otros, definen creencias, deseos y aspiraciones. En efecto, la Psicología Social, la Psicología en general, la Pedagogía, la Sexología, la Criminología toman como objeto al ser humano problematizando determinados aspectos de su relación consigo mismo o con los otros. En este sentido, el aspecto del ser humano que es problematizado en el presente no es el cuerpo-placer (como en la Antigüedad clásica) ni la carne-deseo (en la moral cristiana) sino el yo-realización (Rose, 1989, 1996b). Por otro lado, sus sistemas de juicio, sus explicaciones, su vocabulario específico se han convertido en el lenguaje autorizado para hablar sobre la subjetividad humana, para identificar sus patologías y normalidades gracias a la legitimidad derivada de constituirse como conocimiento científico y, por ello, verdadero (3). Del mismo modo, los saberes psicológicos ofrecen, sostienen y legitiman determinadas teleologías (calidad de vida, autorrealización...) contribuyendo a que los sujetos se vinculen a un proyecto de identidad y a un proyecto secular de "estilo de vida" en el que la vida y sus contingencias adquieren sentido en la medida en que puedan ser construidas como producto de una elección personal. Las distintas tecnologías de la subjetividad integran a los sujetos en un nexo moral de identificaciones mediante procesos que modulan los cuerpos, guían los deseos, rigen los comportamientos, haciéndoles adoptar un "estilo de vida" funcional a las redes de poder. Redes reales o virtuales de identificación que funcionan si los sujetos se reconocen como, ideal y potencialmente, cierto tipo de persona. Así, a partir del desasosiego originado por un juicio normativo que muestra la distancia entre aquello que son y aquello en lo que se pueden convertir y de la consiguiente incitación ofrecida para superar esa discrepancia, se aceptan determinados modos de vida (Rose, 1997).

Como régimen de práctica, las disciplinas psicológicas definidas como "ciencias" que trabajan sobre la conducta, la personalidad, la conciencia, la identidad convierten a los individuos en objeto de multitud de análisis, consideraciones, técnicas, instrumentos y programas. Los saberes psi, al diagnosticar placeres, temores y deseos en términos psicológicos, promueven una rectificación o mejora de la existencia cotidiana por medio de una intervención en nuestro interior de acuerdo con una regla terapeútica. En este sentido, han inaugurado una nueva relación del "yo" con el "yo" ejemplificada por la noción de autoestima. Innovación que transforma la relación de uno consigo mismo en una relación gobernable, a través de una procesión de técnicas psicológicas que se convierten en el centro de las nuevas obligaciones éticas de realización personal (Rose, 1996b). De hecho, nuestra relación contemporánea con nosotros mismos se caracteriza por la necesidad de mirar hacia el interior (prácticas de autoexploración, ideales de autorrealización...) y sigue siendo una cuestión abierta a una investigación histórica. Fruto de la influencia de la psicología en las diferentes prácticas que nos constituyen, desde esta perspectiva, se afirma que nuestra ontología es psicológica: "La ontología humana es establecida, así, en parte, por medio de conexiones constitutivas con las tecnologías psicológicas que la imaginan y que actúan sobre ella" (Rose, 1996b). Estamos habitados por una interioridad psicológica, una interioridad constituida mediante prácticas como la inculcación, la emulación, la mimesis, la performance, la habituación y otros rituales de autoformación. El "yo" es producido en el proceso de practicarlo, producido como una interioridad compleja (Rose, 1989, 1996b).

Así, la psicología como régimen de pensamiento y de práctica actúa como tecnología del sí mismo y se aplica, en las sociedades de control, a la amplificación de las capacidades y potencialidades de los individuos, esto es, a la maximización de su utilidad pero a partir de su propio modelado voluntario. Y, de este modo, pretende alinear objetivos políticos, sociales e institucionales con los deseos y placeres individuales (Rose, 1989, 1996a). Los discursos y prácticas psicológicos favorecen – y ahí radica su función reguladora – el desplazamiento desde procedimientos de control externo hacia mecanismos de autocontrol típicos de las modalidades de gobierno neoliberales. Y esta transformación en los procedimientos de control social requiere, a su vez, el desplazamiento del ideal de normalidad al que los sujetos deben adaptarse propio de los saberes disciplinarios por el ideal de optimización continua de las potencialidades de cada sujeto.

Para ilustrar dicho tránsito de la normalización a la optimización, nos detenemos en la metamorfosis que ha sufrido el concepto de "salud" y las prácticas que de él se derivan. Como señala Bauman (2001) en la actualidad, la salud no se define como ausencia de enfermedad, con su connotación de estado permanente, de norma claramente delineada. Ese ya no es el modelo al que se aspira. La salud pasa a definirse como plena forma, lo que implica estar siempre en movimiento o dispuesto a moverse así como la flexibilidad necesaria para digerir cantidades cada vez mayores de estímulos. Mientras la enfermedad en las sociedades disciplinarias era la incapacidad para la vida laboral, la marca de la falta de forma es una carencia de impulso vital, una incapacidad para sentir con fuerza, una falta de deseo y de deseo de desear. La plena forma es una norma desdibujada que no puede por definición tener un límite superior sino que supone una capacidad constante de avanzar más. Es, por tanto, un horizonte inalcanzable que supone esfuerzos continuos, ninguno de ellos completamente satisfactorio ni definitivo y que requiere por tanto, de una nueva forma de expertos: los expertos de la subjetividad. Nuevos grupos profesionales (psicólogos clínicos, ocupacionales, educacionales, trabajadores sociales, consejeros y terapeutas de diferentes escuelas y orientaciones) que encuentran en ese horizonte inalcanzable su propia definición identitaria (Rose, 1989).

Asimismo, uno de los espacios donde estas concepciones se han desarrollado y concretado de un modo privilegiado es el ámbito laboral donde el viejo orden taylorista de la normalización disciplinaria con ritmos rígidos, segmentación y especialización en tareas deja paso a la diversificación de modalidades contractuales, la flexibilización de horarios, el énfasis en la polivalencia de los empleados, medidas que se presentan como una ganancia de autonomía y de responsabilidad (Sennett, 1998). Surgen nuevas prácticas y nuevos discursos que sustituyen la mirada normalizadora por el ideal de optimización continua, y que exigen y configuran subjetividades funcionales al orden neoliberal: subjetividades flexibles, activas, dinámicas, autónomas, responsables y polivalentes (4). Se considera que el conocimiento psicológico es vital para la maximización y empleo de los recursos humanos en la vida institucional y que el grupo es un campo fundamental de análisis, terapia y regulación. En el ámbito laboral, la autorrealización individual y el provecho empresarial han llegado a converger mediante la reconceptualización del trabajo como un imperativo no sólo económico, sino psicológico; con el correlato correspondiente de que una gestión empresarial eficaz requiere un conocimiento de la subjetividad del trabajador. Así, los nuevos métodos de selección, como el test y la entrevista personalizados y realizados por psicólogos profesionales evalúan principalmente el sentido de la responsabilidad, la aptitud para la polivalencia, la resistencia al estrés, las capacidades de autonomía y apertura al otro. En este proceso, la figura emblemática es el manager, carismático animador de grupo definido por la creatividad, la capacidad de construir nuevas relaciones para el trabajo en red, el antiautoritarismo, la inspiración, la empatía, la movilidad, la capacidad para romper las reglas (Boltanski & Chiapello, 1999).

En nuestro presente, las psicologías que son importantes en la regulación social (psicologías sociales, las psicoterapias, el psicoanálisis, las terapias familiares) no son las que tratan al individuo como un ser aislado al que hay que dominar, adaptar, someter..., sino las prácticas y teorías psicológicas que conciben al sujeto de gobierno como ciudadano libre, con motivaciones y deseos personales e insertado en una red de relaciones dinámicas. En este sentido, conviene tener presente que estas tecnologías de la subjetividad que pretenden optimizar las capacidades de los individuos, mejorar sus relaciones y potenciar sus cualidades a través de su propia autonomía, iniciativa y responsabilidad, surgieron precisamente como respuesta y como crítica a la psicología adaptacionista dirigida a una normalización de aquellos sobre los que se ejercía. La propia noción psicológica de "inadaptación" refleja este movimiento. La inadaptación llegó a definirse en la primera mitad de este siglo en función de las ideas de persona normal (la psicología de las diferencias individuales), de ajuste (el funcionalismo norteamericano) y de evolución (la psicología comparativa). En cambio, a partir de la segunda guerra mundial el problema de la adaptación o el ajuste se convierte en una cuestión de grado y universalmente aplicable. Este nuevo marco, donde la Psicología Social tiene mayor influencia, se caracteriza por el reconocimiento de la centralidad del grupo como elemento de investigación, análisis e intervención; el énfasis en la subjetividad como clave de la humanidad; la importancia concedida a la economía emocional y a la gestión de las relaciones interpersonales de los microcontextos inmediatos del sujeto a la hora de explicar y gestionar la inadaptación social; el énfasis preventivo y no correctivo, la fundamentación de la acción no en lo que uno ha hecho sino en lo que uno es o lo que uno podría llegar a hacer y el interés por las conductas más como síntomas de una cierta condición global que se constituye en objeto legítimo de regulación social que como objeto de regulación en sí mismas (Molpeceres, 1999).

De este modo, en los modos de gobierno neoliberales, la regulación social se ha ido desplazando progresivamente de las instituciones cerradas al empleo de tecnologías psicológicas de reconfiguración del yo que alcanzan casi cualquier espacio en la que se haya de configurar la acción humana (ejército, vida laboral, sexualidad, publicidad, cuidado del cuerpo, opinión pública) en función de metas especificadas. Abandonando la idea de norma coercitiva, medible y visible, hoy, las características pertinentes de mimesis y de alteridad son establecidas en los vectores de estilos de vida, sexualidad, personalidad, aspiraciones (Bauman, 2001; Rose, 1989, 1996a). Al igual que sucedía en las tecnologías de gobierno disciplinarias, encontramos también un circuito de saber-poder en el que cada una de las instancias se funda en la otra, retroalimentándose mutuamente, pero un circuito que esta vez no afecta los casos anómalos en una comunidad dada como en las sociedades disciplinarias, sino a los modos que esta comunidad se da para producir y legitimar a los elementos que la componen en tanto que tales.

 

Consideraciones Finales

Hemos presentado, desde una perspectiva de inspiración foucaultiana, el funcionamiento de las formas de gobierno neoliberales y el papel que, en ellas, desempeñan las prácticas y discursos psicológicos. Al hacerlo, hemos intentado subrayar las diferencias respecto a las racionalidades disciplinarias tanto en lo que hace referencia a las formas específicas de regulación social como a los saberes en los que se apoyan.

Al mismo tiempo, describir el funcionamiento de cualquier tecnología de gobierno exige también señalar sus peligros, enfrentarse a la opacidad del propio presente, cuestionando así su carácter de evidencia. Es necesario preguntarse si estas nuevas modalidades de gobierno neoliberales abren posibilidades reflexivas y creativas para la intervención del sujeto en la gestión de sus propias opciones vitales o, por el contrario, inauguran nuevos regímenes de sujeciones más difíciles de identificar que los que caracterizaban a las disciplinarias. No se trata, como señala Deleuze (1996), de comparar para decidir cual de los dos regímenes es más duro o más tolerable sino comprender que tanto la resistencia como la sumisión han de ser afrontadas en cada uno de ellos de modo diferente.

En este sentido, es importante señalar que las tecnologías de gobierno neoliberales bajo su apariencia amable, establecen una relación entre subjetividad y poder más insidiosa, compleja y difícil de evidenciar que la que establecían las disciplinas porque gobiernan la subjetividad apelando precisamente a la autonomía y libertad de los sujetos (Dean, 1999; Rose, 1999). Por ello, en nuestro presente, es difícil precisar la línea que separa la obediencia de la elección libre. Las tecnologías del sí mismo incorporadas hoy a la reorganización del poder propia del neoliberalismo fueron concebidas por Foucault como prácticas de resistencia, como prácticas de libertad porque a partir de ellas era posible una participación activa de los individuos en la formación de sí mismos. Participación que se sostenía precisamente en la ausencia de códigos morales de carácter prescriptivo, obligatorio (Foucault, 1984b). Sin embargo, en el contexto político que hemos descrito, no todas las prácticas que uno aplica sobre sí mismo con la convicción de ser elegidas, son prácticas de resistencia, prácticas de libertad. Los ideales de autorrealización o de calidad de vida también son códigos con carácter prescriptivo ¿quién cuestionaría la validez del ideal de autorrealización? ¿Quién no repite constantemente el término calidad de vida? ¿Quién no recurre y utiliza el lenguaje de las variadas psicoterapias? En este sentido, a pesar de que los experimentamos como códigos elegidos son códigos vinculantes dirigidos a producir comportamientos funcionales a un determinado orden social y político. Pero, a diferencia de las estrictas normas de las sociedades disciplinarias, no sólo no rompen nuestra ilusión de actuar y decidir libremente sino que nos convierten en participantes activos en la configuración de nuestras vidas (Dean, 1999; Rose, 1996b, 1999).

No obstante, la coordinación entre las tecnologías del sí mismo y las estrategias más generales de gobierno no puede reducirse a una simple determinación. Las tecnologías del sí mismo tienen un carácter ambivalente y por ello, pueden funcionar también como lugar de resistencia. En este sentido, para ser fieles al sentido que Foucault (1984b, 1988) otorgaba a este concepto, habría que circunscribir éstas al ámbito de las prácticas que cuestionan dichos códigos neoliberales y no aquellas que los consolidan (Domenech, Tirado & Gómez, 2001; Gómez, 2003; Rose 1996b).

En el ámbito de la psicología, en particular y de las ciencias sociales, en general, la perspectiva teórica que estamos mostrando a lo largo del artículo, ha tomado la forma de esfuerzo reflexivo que atiende a la significación política del conocimiento producido. Se trata de prestar atención a los efectos que produce el conocimiento generado, a su valor de uso, a cómo (in)forma a nuestra vida cotidiana, problematizando aquellas prácticas y discursos que se presentan como evidentes y mostrando las condiciones por las que adquieren ese estatus de evidencia (Doménech & Ibáñez, 1998; Ibáñez, 2001). Se asume que la dificultad para percibir los efectos negativos de esta reorganización del poder radica en que las herramientas críticas de las que disponemos apuntan a unas sociedades que ya no son las nuestras. Por tanto, se vuelve imprescindible asumir la urgencia de actualizarlas en función de las nuevas configuraciones de saber/poder.

Así, por un lado, se subraya que aunque la promoción de la normalidad en las sociedades postdisciplinarias, se ha vuelto heterogénea y flexible, sin embargo, sigue vigente un patrón de juicio normativo en el que los criterios de adaptación psicológicos abarcan más aspectos de la subjetividad (deseos, aspiraciones, emociones, aspiraciones) y son más exigentes. La exigencia de que la gente sea un cierto tipo de "yo" es siempre conducida por medio de operaciones que distinguen al mismo tiempo que identifican. Sin embargo, no todo el cuerpo social tiene las mismas posibilidades de alcanzar los "estilos de vida" que se ofrecen como universalmente valiosos y potencialmente alcanzables por todos sino que depende de la posición diferencial de los sujetos en el espacio social (Bourdieu, 1993, 1994). De modo que los excluidos serán aquellos que se apartan de estos objetivos, aquellos que, en definitiva, no poseen los medios de hacerse reconocibles a partir de estos prototipos psicológicos que marcan los modos de ser aceptables (Bauman, 1998; Beauvois, 1994). De esta forma, las diferentes posiciones de género y de clase continúan distribuyendo desigualmente a los perdedores y a los vencedores.

Y por otro lado, se pone de manifiesto que en estas modalidades de gobierno se produce una psicologización de la realidad que justifica los problemas estructurales, interiorizándolos como problemas psicológicos, como asuntos privados cuya responsabilidad pertenece exclusivamente a los afectados. La política, como hemos visto, se proyecta en psicología. Los problemas sociales pasan a ser considerados problemas individuales (inmadurez, falta de motivación, problemas de autoestima, inestabilidad emocional...). Y si los "excluidos" de los beneficios de una vida de elección y autorrealización lo son a causa de sus problemas psicológicos y no de un conjunto de determinaciones sociales, lógicamente deberán ser asistidos a través de programas dirigidos a "su reconstrucción psicológica en cuanto activos ciudadanos" (Rose, 1997). De esta forma, la prescripción individualista de cambio subjetivo, en definitiva, desdibuja la necesidad del cambio en las condiciones sociales de desigualdad.

 

Notas

1. También llamadas sociedades de control o postdisciplinarias (Deleuze, 1996).

2. A la luz de estos análisis, el surgimiento y el desarrollo de la psicología está ligado a su capacidad para producir los medios técnicos para construir, observar y registrar la subjetividad humana tal como el proceso de gubernamentalización requiere (Rose, 1989; Venn, 1984). Por ello, el análisis foucaultiano de la emergencia sociohistórica del saber psicológico y su institucionalización como campo de conocimiento ha supuesto una mirada reflexiva que trastoca y deja en suspenso el modo en el que la psicología se autocomprende (Gómez, 2003).

3. En sociedades como las nuestras la verdad está centrada sobre la forma de discurso científico y sobre las instituciones que lo producen (Foucault, 1977).

4. A lo largo de los años 80 y 90, hemos conocido una espectacular reconversión del sistema de convenciones, justificaciones y metáforas asociado a la transformación del modelo socioeconómico y de las formas de organización y regulación de carácter welfarista. Se trata de prácticas y discursos que Boltanski y Chiapello (1999) denominan "el tercer espíritu del capitalismo" y que tienen una función legitimadora. Son representaciones susceptibles de guiar la acción y justificaciones compartidas que hacen del capitalismo – en su versión neoliberal – un orden aceptable e incluso deseable.

 

Referências

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Recebido: 20/03/2006
1ª versão reformulada: 23/04/2006
Aceite final: 5/05/2006

 

 

Lucía Gómez Sánchez. Departamento de Psicología Social. Facultad de Psicología. O endereço para correspondência com a autora é: Universitat de València (España), Departamento de Psicología Social Facultad de Psicología Avda. Blasco Ibáñez, 21. 46010 Valencia (España). O endereço eletrônico da autora é: Lucia.Gomez-Sanchez@uv.es
Francisco Jódar Rico é professor da Univesitat Autonoma de Barcelona.
Luz M. Martínez Martínez é vinculado a Universitat Autònoma de València (España).

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