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Psicologia & Sociedade

Print version ISSN 0102-7182

Psicol. Soc. vol.24 no.2 Belo Horizonte May/Aug. 2012

http://dx.doi.org/10.1590/S0102-71822012000200004 

ARTIGOS

 

El concepto de identidad como recurso para el estudio de transiciones

 

O conceito identidade como recurso para estudar transições

 

Identity as a conceptual resource for the study of transitions

 

 

José Ángel Vera NoriegaI; Jesús Ernesto Valenzuela MedinaII

ICentro de Investigación en Alimentación y Desarrollo, A.C., Hermosillo, México
IIUniversidad de Sonora, Hermosillo, México

 

 


RESUMEN

Se aborda el concepto teórico Identidad, sus orígenes, las posibilidades explicativas en la pos-modernidad y su situación actual, se presenta un modelo conceptual integrador, denominado genéricamente Enfoque Cultural de Identidad, que  incorpora tanto la visión de lo individual como de lo colectivo de manera dialéctica. El modelo explica cómo se reproduce la cultura, manteniendo la estabilidad estructural y como los factores relacionados tanto con la cultura como la estructura social influyen en situaciones de transición en las diferentes etapas de vida. Los conceptos de capital de identidad y estilo de identidad se derivan de la formulación hecha por James Marcia a mediados de los años sesentas, expandida por James Côté y extendida por Michael Berzonsky para explicar los procesos socio-psicológicos y psico-sociales involucrados en la auto-definición o identidad.  A partir de ambos conceptos se construye una categorización que permite el análisis de procesos psico-sociales en escenarios de transición.

Palabras clave: capital de identidad; estilo de identidad; escenario de transición entre jóvenes; modelo cultural de identidad.


RESUMO

Neste artigo, abordam-se aspectos do conceito teórico Identidade, suas origens, suas possibilidades explicativas na pós-modernidade e sua situação atual. Apresenta-se um modelo conceitual integrador, nomeado genericamente Enfoque Cultural da Identidade, que permite incorporar a visão dialética do individual tanto como do coletivo. O modelo explica como se reproduz a cultura, mantendo a estabilidade estrutural, e como os fatores relacionados tanto com a cultura como com a estrutura social influem nas situações de transição nas diferentes etapas da vida. Os conceitos Capital de Identidade e Estilo de Identidade derivam-se da formulação feita por James Marcia pela metade dos anos sessenta, a mesma que é propagada por James Côté e por Michael Berzonsky para explicar os processos sociopsicológicos e psicossociais envoltos na definição de si mesmo ou identidade. A partir desses dois conceitos é construída uma categorização para a análise dos processos psicossociais em cenários de transição.

Palavras-chave: capital de identidade; estilo de identidade, cenário do transição entre jovens, modelo cultural de identidade.


ABSTRACT

Relevant aspects of the theoretical concept Identity are treated in this paper, its origins, its possibilities in the postmodernism, and its actual situation.  An integrative conceptual model, named Culture-Identity Framework is presented, which allow to incorporate dialectically both, the view of individuality and the view of collectivity.  The model explains how culture reproduces itself, maintaining the structural stability, and how the factors related with the culture as well as the social structure do influence the transitions in the different life stages.  Identity Capital and Identity Style concepts stem from the formulation made by James Marcia in the mid 60's, is expanded by James Côté and extended by Michael Berzonsky as their efforts to explain the social-psychological and the psycho-social processes –their emphasis, respectively- involved in the self-definition or identity.  Both concepts permit the construction of a categorization framework which allow for the analysis of these processes in transition scenarios.

Keywords: identity capital; identity style; transition scenarios with adolescents; cultural-identity framework.


 

 

La categoría de identidad

El tema de la identidad se constituyó en uno de los aspectos unificadores en ciencias sociales durante la década de los noventas del siglo pasado y aún continúa como importante foco de interés para antropólogos, geógrafos, historiadores, politólogos, filósofos, psicólogos y, por supuesto, sociólogos (Jenkins, 2004).  Ha estado bajo escrutinio científico desde hace ya más de 5 décadas, desde que Erik Erikson publicó Childhood and Society en 1950 (Schwartz, 2007).

Para algunos teóricos (Giddens, 2002) la identidad del Yo es un proyecto distintivamente moderno, un intento del individuo por construir reflexivamente una narrativa personal que le permita comprenderse a sí mismo y tener control sobre su vida y futuro en condiciones de incertidumbre.  De acuerdo con Giménez (1997, 2004) el concepto de identidad no puede verse separado de la noción de cultura, ya que las identidades sólo pueden formarse a partir de las diferentes culturas y subculturas a las que se pertenece o en las que se participa.  Castells (2003) afirma que, tratándose de actores sociales, la Identidad es la construcción de sentido, atendiendo a uno o varios atributos culturales, priorizándolos del resto de atributos, que se construye por el individuo y representa su autodefinición.  Para Colhoun, la fuente de sentido y experiencia para la gente se aglutina en el constructo de Identidad, y eso se presenta en todas las culturas conocidas, pues todas establecen una distinción entre el Yo y el Otro, "...el conocimiento de uno mismo –una construcción y no un descubrimiento- nunca es completamente separable de las exigencias de ser conocido por los otros de modos específicos" (Colhoun, 1994, citado por Castells, 2003, p. 28).

Desde el marco de la sociología (Jenkins, 2004) la Identidad es nuestra comprensión de quiénes somos y quiénes son los demás, y recíprocamente, la comprensión que los otros tienen de sí y de los demás, incluidos nosotros.  Desde esta perspectiva, la Identidad es resultante de acuerdos y desacuerdos, es negociada y siempre cambiante.  Al reflexionar sobre quiénes somos, la imaginación psicológica nos remonta hasta esa dimensión en la que nos enfrentamos a nosotros mismos, nuestro Yo, un sustrato biológico, familiar, educativo y social (de la Torre & Tejada, 2007), que llegamos a experimentar fenomenológicamente como una parte de nosotros mismos, como nuestra marca indeleble a través de momentos y circunstancias, y que trasciende nuestros pensamientos y sentimientos.

Ya sea que se hable de Identidad del Yo (aspecto individual), o de Identidad Social (aspecto negociado con la colectividad) el concepto se utiliza en ciencias sociales siempre que hay necesidad de un puente conceptual entre los niveles de análisis individual y colectivo (Brewer, 2001, p. 115).  Bruebaker y Cooper (2000) señalan que el término Identidad en Ciencias Sociales se ha utilizado de dos maneras: en un sentido 'fuerte' –esencialismo- y en una versión 'suave' -construccionismo1

A conclusión similar llega John MacInnes (2004) cuando identifica que uno de los problemas para las ciencias sociales es dilucidar en primera instancia el hecho de que el concepto de identidad sea utilizado con significados contrastantes, a veces haciendo alusión a la singularidad, y a veces refiriendo lo compartido.

A finales de la década de los años setentas, analizando la situación que vivía la Psicología Social Norteamericana, James House (1977) destacaba que el discurso se hallaba 'partido', al igual que el campo de estudios, en tres orientaciones que mostraban un progresivo aislamiento entre sí, la corriente principal en la Psicología Social o Psicología social Psicológica era uno de ellos.  Esta orientación interesada en los procesos psicológicos relacionados con estímulos sociales, utilizaba experimentos de laboratorio y era enseñada en la mayoría de las universidades. Otra de las corrientes identificada por House fue el Interaccionismo Simbólico considerado como la variante sociológica de la Psicología Social, cuyo interés siempre ha sido el estudio de las interacciones sociales cara a cara mediante la observación naturalista. Asentada institucionalmente y conocida como la Escuela de Chicago, seguía el pensamiento de George H. Mead, Charles H. Cooley, Herbert Blumer, principalmente.

La tercera orientación identificada por House era la Sociopsicología –conocida como la Escuela de Iowa-, otra variante sociológica interesada en relacionar los fenómenos macrosociales (organizaciones, sociedades, y aspectos de las estructuras y procesos sociales en sí) con atributos y comportamientos individuales, mediante el uso de métodos cuantitativos y no experimentales (estudios ex post facto).  Se identifica esta tercera orientación como Enfoque de la Personalidad y la Estructura Social (Côté & Levine, 2002), o también como la Psicología Social Sociológica.  Estas tres orientaciones constituyen un antecedente que permite rastrear el uso actual que se hace del concepto de Identidad y sus dimensiones, pues en las agendas de las tres, representó siempre un interés central.

Brewer (2001) identifica diferentes tipos de usos del concepto Identidad: (a) que agrupa definiciones localizadas en el auto-concepto, como la identidad de género, la identidad racial y étnica, y la identidad cultural;  (b) que se deriva de las relaciones interpersonales entre roles;  (c) que se refiere a la percepción del Yo como parte integral de una unidad social o grupo amplio (más que a relaciones específicas con los individuos que conforman el grupo, la identidad se deriva de la pertenencia a dicha unidad, como es el caso de la afición y adhesión a un equipo deportivo).  Finalmente, (d) implica la participación activa del individuo en la construcción de la identidad de la unidad o agrupación, como sería el caso de la participación política en algún proyecto que unifique al colectivo.

Entre los usuarios de estas acepciones existen ciertas afinidades, pero también fuertes oposiciones.  Para algunos (Bruebaker & Cooper, 2000), por este uso inconsistente el concepto ya no debiese usarse como categoría analítica; para otros (Jenkins, 2004) el concepto ya está establecido como parte importante de la imaginación y las herramientas conceptuales de la sociología, por lo que debemos seguir usándolo con el compromiso de estudiar toda la experiencia humana en sus propios términos para entenderla mejor.

El uso de acepciones 'fuertes' –muy asociadas a trabajos relacionados con género, raza, etnicidad, y nacionalismo- preserva el significado de sentido común dado al término; es decir, enfatiza la permanencia de lo esencial a través del tiempo y las personas, lo que implica los siguientes supuestos: (a) La identidad es 'algo' que toda la gente tiene, que debe tener, o que se está en búsqueda de ella y debe llegar a descubrir; (b) Es algo que todos (individuos y grupos) poseen o debiesen poseer; (c) Es algo que se posee sin estar consciente de ello, que debe descubrirse y que puede resultar difícil obtener; (d) Implica poseer marcas claras de diferenciación de los otros, y de homogeneidad al interior de la categoría, a fin de evitar la ambigüedad.

Las acepciones 'débiles' o construccionistas tienden a romper con la noción de sentido común.  Acompañadas por fuertes críticas filosófico-conceptuales por el contenido tradicional del término, representan el uso contemporáneo del término. En tales versiones, al concepto de Identidad se le relaciona con adjetivos como: múltiple, inestable, fluida, contingente, fragmentada, construida, y negociada.  Según la propuesta de Bruebaker y Cooper, tres conceptos podrían servir a esta empresa.  En una primera instancia, en el contexto de una teoría de la acción, convendría utilizar los conceptos de Identificación y Categorización para evitar la 'cosificación' de la identidad, pues ambos se refieren a acciones y procesos que llevan a pensar en la actividad desarrollada por los actores, en vez de una 'sustancia' o rasgo poseído; "...la identificación de uno mismo y de los demás es intrínseca a la vida social; la identidad en el sentido 'duro' no lo es" (Bruebaker & Cooper, 2000, p. 14). 

Por otra parte, para explicar el motivo no instrumental de la acción humana, representado por la acepción 'fuerte' de la Identidad, se plantea la utilización del concepto reflexividad (auto-comprensión).  Este se refiere a la "subjetividad situada, el sentido de lo que uno es, de la propia ubicación social y de cómo –con base en ambos polos- uno se prepara para actuar" (Bruebaker & Cooper, 2000, p. 17).  Esta auto-comprensión abarca tanto la dimensión cognoscitiva como la afectiva, que recuerda la noción de 'sentido práctico' formulada por Pierre Bourdieu, y en ese sentido reflexividad no sólo es un término disposicional individual, es también un término transaccional (interactivo).

Continuando con la propuesta de Bruebaker y Cooper, en el ámbito de la utilización del concepto de Identidad en temas como raza, religión, etnicidad, nacionalismo, género, sexualidad, movimientos sociales, entre otros fenómenos colectivos en los que se hace referencia al sentido de pertenencia a un cierto grupo con las implicaciones tanto de adhesión al mismo como de diferenciación y hasta rechazo por 'los otros', se plantea sustituir Identidad por los conceptos de Comunalidad –compartir un atributo-, Conectabilidad –vínculo relacional entre las personas-, y Agrupabilidad –sentido de pertenencia a un grupo determinado.

Aunque la polémica sobre la utilidad del concepto en la actualidad continuará por algún tiempo, es pertinente el planteamiento de Jenkins para avanzar en la discusión: "hay tantas buenas razones para rechazar un modelo de identidad definida en términos de interioridad individual, autonomía y reflexividad, como para no aceptar una visión de exclusiva determinación externa (Jenkins, 2004, p. 29).

 

La actualidad del concepto de identidad

Del análisis realizado por James House hace ya más de treinta años, en el que se identificaban tres orientaciones, la segunda tradición socio-psicológica (además del Interaccionismo Simbólico), el llamado Enfoque de Personalidad y de Estructura Social (EPES), parece apropiado para la tarea de desarrollar un entendimiento comprensivo de la Identidad y los procesos implicados. 

Quizás el aspecto más relevante en estas formulaciones consiste en que ambas parten de que la realidad social puede ser entendida en tres niveles o dominios (Côté & Levine, 2002; Jenkins, 2004). El primer nivel, el de la personalidad (el dominio del individuo en el discurso de Jenkins) involucra el funcionamiento intrapsíquico. Su explicación tradicionalmente ha sido propiedad de los que trabajan en el ámbito de la psicología evolutiva y del desarrollo. En inglés, el término selfhood, que se traduce como individualidad o singularidad es el que refiere a la condición resultante del desarrollo del individuo. Es en este nivel de las relaciones entre el individuo y la realidad, activado tempranamente mediante la socialización primaria, como se va conformando la Identidad del Yo, es decir, el sentido de continuidad temporal y espacial que reflexivamente construye el individuo de sí mismo, a partir de las formas en que reaccionan los demás a sus características singulares. 

En términos del lenguaje de las teorías de la personalidad, la estructura en la que se manifiesta subjetiva y objetivamente recibe el nombre de Yo, Ego, Psiqué, Sí mismo, o Estructura Cognoscitiva, dependiendo de la escuela de pensamiento.

El siguiente nivel analítico es el de las Interacciones; en él se consideran los patrones de comportamiento concretos, que dan forma a los encuentros cotidianos entre los individuos en diferentes campos (arenas): familia, escuela y otros, que típicamente son estudiados por el Interaccionismo Simbólico. En este nivel se manifiesta lo que se conoce en el discurso de la sociología como estrategias de manejo de la impresión o de presentación del Yo (Goffman, 1969). Se hace referencia a éste como el análisis del nivel micro-social que conforma el punto de encuentro entre las manifestaciones de la individualidad y la influencia de la colectividad que es donde se desarrolla y asienta la llamada Identidad Personal (Côté & Levine, 2002). 

La Identidad Personal abarca los aspectos más concretos de la experiencia individual surgida en las interacciones, el conjunto de funciones de rol que el individuo haya introyectado como significativas en su biografía. En este nivel, "los individuos construyen un ajuste entre las prescripciones sociales y la singularidad e idiosincrasia de su biografía" (Côté & Levine, 2002, p. 8). Si la identidad del Yo es afectada principalmente por la socialización primaria, en el proceso de formación de la Identidad Personal la influencia de la socialización secundaria es fundamental (Berger & Luckmann, 2001).

Finalmente, el nivel socio-estructural o dominio institucional se refiere a los sistemas social y político y a sus subsistemas, que conforman la estructura normativa de la sociedad. Este último nivel se refiere al análisis macro-social en donde se conforma la llamada Identidad social (Côté & Levine, 2002), entendida como producto de la reflexión que el individuo hace de los rasgos y características normativas propias de su particular posición en la estructura social.

 

El modelo cultural de la identidad

En la Figura 1 se resume la idea de los tres niveles analíticos recién enunciados y sus relaciones con la identidad y los procesos implicados. El modelo explica cómo se reproduce la cultura, manteniendo la estabilidad estructural y cómo los factores relacionados tanto con la cultura como con la estructura social pueden cambiar. Es una representación única en el sentido que incorpora factores macro-estructurales, interactivos (micro-estructurales), e individuales. Describe los procesos que suceden en forma iterativa y dinámica cuando los individuos se asocian en grupos y llevan a cabo procesos de comunicación.

En el diagrama de la Figura 1, empezando  por las relaciones entre los niveles de estructura social y procesos interactivos, la flecha 1 representa la influencia causal de la estructura social sobre las interacciones a través de la formulación de leyes, normas, valores, rituales y demás controles que han sido previamente codificados e institucionalizados. Es decir, cuando la gente se involucra en comportamientos cotidianos busca normas y convenciones instituidas para estructurar su comportamiento, dándole con ello significado y justificación a lo que hace. Mediante este proceso se reproduce la estructura social.  Es en la intersección entre la estructura social y el nivel de interacción en donde los procesos de socialización y otros mecanismos de control tienen existencia como garantes de la reproducción.

La flecha número 2 representa la articulación entre el nivel de interacción y el individual o de la personalidad.  Es aquí donde hallamos los procesos mediante los cuales cada individuo internaliza los resultados de sus continuas interacciones cotidianas (subjetivación, utilizando el término de Berger y Luckmann, [2001]), desarrollando construcciones individuales de la realidad.  Estas son imperfectas en la medida que las experiencias de los individuos son 'filtradas' ya sea por sus capacidades perceptuales o por mecanismos aprendidos.  Erikson empleaba la expresión capacidades sintéticas del Yo para referirse a las competencias asociadas con la percepción y filtrado de la información en este nivel.  No obstante su carácter internalizado, el punto es que dicho proceso se lleva a cabo en las fronteras de los contactos concretos con los demás, incluyendo tanto conocimientos como sentimientos relativos a la estructura social.

La flecha número 3 se refiere al momento en que un individuo se involucra en una interacción, ya sea para iniciar un contacto o mantenerlo. Para ello, parte de sus internalizaciones previas, mediante las cuales define primero la situación y luego procede a presentar una impresión apropiada que será percibida por los otros en la interacción. Erikson llamó capacidades expresivas del Yo a este conjunto de disposiciones a la acción. Goffman (1969) les llama estrategias de manejo de la impresión y son las que permiten al individuo intentar un balance entre su auto-imagen y su imagen pública. Aquí es conveniente apuntar que el comportamiento del individuo es en parte un producto de las internalizaciones previas, de su intento por actuar de manera apropiada en tal situación, y sus capacidades para producir el comportamiento que sus capacidades de síntesis del Yo (flecha número 2) sugieren como apropiadas. Los procesos implicados en las flechas 2 y 3 permiten explicar la acción del individuo en términos de agencia o acción deliberada (auto-determinación).

La flecha número 4 describe lo que Berger y Luckmann (2001) denominaron procesos de objetivación. Cuando los individuos interactúan entre sí, surge un subproducto de sus intercomunicaciones (intersubjetividad) que incluye la tendencia a buscar definiciones consensuadas de la situación, una construcción social de la realidad.

Estos procesos pueden observarse en las interacciones cotidianas. Tratándose de aspectos importantes, los acuerdos previos, formalmente codificados e institucionalizados tienden a reproducirse en subsiguientes encuentros (influencia de la flecha 1). Una vez que las construcciones han sido objetivadas existe una tendencia a internalizarlas como reales y concretas y a verlas como naturales.

Desde la perspectiva del EPES un análisis completo de la identidad debe incluir cuatro componentes: (a) la experiencia del individuo sobre sus propios procesos subjetivos; (b) la experiencia subjetiva que tiene de su propio comportamiento, expresada en sus Identidades Personal y Social; (ambas conforman el aspecto de auto-reflexión); (c) las identidades Personal y Social concretas, definidas en términos de los juicios emitidos por otros como observadores de nuestro actuar; y (d) lo que los demás puedan decir de nuestros procesos subjetivos (a partir de inferencias privadas, chismes, resultados de pruebas psicológicas, o encuestas de actitudes, etc., juntas conforman el aspecto objetivo).

A través de estos conceptos se describe y explica cómo se forma, mantiene o cambia la Identidad, dependiendo de las circunstancias. Este es un proceso continuo que afecta a todos en una sociedad. Variará de una sociedad a otra en función de su estructura, de los recursos que el individuo tenga a su disposición, y de los eventos externos que afectan a estos procesos durante la vida del individuo.

Partiendo de estos elementos es posible analizar las estrategias de manejo de la impresión usadas por  las personas durante su proceso de incorporación los procesos de transición y los posibles conflictos surgidos entre los nuevos campos de demanda, mapeándolos en los diferentes niveles.  Al verlo así, nos aproximaremos al proceso de negociación que el individuo realiza entre la imagen que tiene de sí y la imagen que los otros tienen de él.

 

Escenario de transición en jóvenes

En la sociedad actual, calificada por sociólogos contemporáneos como 'de riesgo' (Beck & Beck-Grensheim, 2003; Côté, 2005; Côté & Levine, 2002; Giddens, 2002) por su condición de precariedad para la autodefinición, los individuos deben elegir, en vez de sólo adoptar las tradiciones, como vía para negociar sus identidades.  El contexto social en el que esta nueva transición a la vida adulta se lleva a cabo se caracteriza por las políticas orientadas al mercado y los estilos de vida basados en el consumo, que han venido a sustituir a las políticas orientadas a la comunidad y a los estilos de vida basados en la producción, propios de las sociedades industriales. En consecuencia, los problemas y asuntos que antes fueron tratados mediante soluciones colectivas son cada vez más un asunto dejado a los individuos para que los resuelvan por sí mismos (Côté, 2002).

Las elecciones que deben realizar los individuos en esta sociedad a veces llamada Alta Modernidad, Posmodernidad, o Modernidad Tardía, no se hacen en condiciones estables y para mucha gente la complejidad de tales condiciones les representa una fuente de ansiedad. Se habla incluso de la "tiranía de libertad" y de "paradoja de elección" (Côté, 2005; Schwartz, 2001, 2004) en referencia al impacto de la economía de mercado sobre la calidad de vida y la felicidad de la gente. La desvinculación entre las instituciones tradicionales (desestructuración social), y la falta de credibilidad en la que éstas han caído en la sociedad postindustrial, por una parte, y la tendencia a la individualización, común en las sociedades capitalistas, por otra, han hecho que el proceso de autodefinición o formación y mantenimiento de la identidad se torne desafiante.

En el plano de las disciplinas, tanto en la psicología como en la sociología, desde mediados del siglo XX a la actualidad, se ha observado un incremento constante en los estudios sobre la formación y mantenimiento de la Identidad, aunque en la actualidad ha venido haciendo falta un modelo teórico integrador (ver Schwartz, 2001, y Côté, 2006 para identificar los esfuerzos más actuales). Los procesos de exploración de opciones y de establecimiento de compromisos- representan para la teoría actual sobre la identidad los dos polos alrededor de los que  se conforma la autodefinición (Berzonsky, 1989, 1992; Côté, 2005; Marcia, 1966, 1989). Por exploración se entiende la deliberación consciente (reflexiva) que la persona realiza sobre metas, roles y valores alternativos que se le presentan en sus interacciones cotidianas; puede definirse como "comportamiento de solución de problemas, orientado a la búsqueda de información sobre uno mismo o de su propio ambiente, a fin de tomar decisiones cuando se presentan elecciones personales cruciales" (Grotevant, 1987, citado por Schwartz, 2001, p. 11), mientras que por compromiso se entiende la posible consolidación y adopción de estas deliberaciones como cursos de acción futura. El estudio de los procesos de transición que viven las personas al moverse de un nivel de organización social otro, o incursión en el mundo laboral o adaptación a una religión, nuevos grupos sociales, vecindarios o comunidad es abordado desde distintas perspectivas disciplinarias.  Aquí asumimos que tales transiciones pueden ser estudiadas desde el marco teórico de la psicología social de orientación sociológica, particularmente la sustentada por el Enfoque de Personalidad y Estructura Social (EPES), como ya dijimos, identificado por House (1977) como uno de los tres polos de pensamiento teórico en el área.  Una característica distintiva de este enfoque es que representa un esfuerzo de integración disciplinaria en el que confluyen distintas tradiciones, principalmente la sociológica, pero también la psicológica y la antropológica. 

En esta perspectiva se plantea como base meta-teórica los principios del Idealismo Metafísico, los del Realismo Epistemológico y los del Construccionismo Pragmático (Côté & Levine, 2002). En conjunto, estos principios permiten entender que la realidad social tiene una existencia  "separada de nuestra percepción individual de la misma, [y por tanto] nunca podemos estar seguros de que la percibimos con absoluta precisión. (Côté & Levine, 2002, p. 75). Además, se acepta que es posible descubrir patrones y regularidades en nuestras construcciones individuales de la realidad basadas en la observación empírica, aunque nuestras interpretaciones (teorías) al respecto deben permanecer siempre abiertas a la revisión y al cuestionamiento. Como colofón, y con base en la idea de Construccionismo Social de Berger y Luckmann (2001) se acepta que estas referencias consensuadas de la realidad se institucionalizan y convencionalizan como saber sobre el que se van conformando nuevas maneras de entendimiento de la realidad.

 

Para comprender las transiciones

Históricamente, entre las distintas metáforas explicativas en psicología y otras ciencias sociales (Gergen, 1992), se ha utilizado la de 'capital' para entender cómo las personas aplican distintos recursos en su funcionamiento social.  En esta forma de conceptualización, un recurso vendría siendo cualquier elemento que puede ser intercambiado de forma real o metafórica por los individuos en las interacciones sociales.

Según Côté (2005) las tres metáforas principales de capital son las de capital humano, capital cultural, y capital social.  La de capital humano (Becker, 1975) surgió en la Economía se basa en el supuesto de que la adquisicion de conocimientos orientados al desarrollo de habilidades genera actividad económica que extiende sus beneficios a la sociedad. La de capital social (Falk & Kilpatrick, 2000), surge de la sociología para explicar las redes de relaciones sociales, basadas en la confianza y la reciprocidad, que pueden funcionar como pasaportes en distintas esferas socio-institucionales.  La de capital cultural (Bourdieu & Passeron, 1985) también surge en el contexto de la sociología para dar cuenta de las estrategias de reproducción social utilizadas por las clases dominantes a través del dominio ejercido por sus miembros en los distintos espacios sociales, especialmente la educación y la cultura en general. Se basa en el supuesto de que el conocimiento de la alta cultura (estética, patrones de habla, etiqueta, etc.) le permite solo a algunos el acceso a la estructura de recompensas de las clases privilegiadas.

 

El capital de identidad

Extendiendo el uso de la metáfora de capital, James Côté (1996, 1997) acuñó el término Capital de Identidad, como un heurístico que se refiere a los recursos y activos que una persona pone en juego cuando se enfrenta a situaciones que tienen que ver con su auto-definición. Recursos que despliega para conformar su identidad e influir en la forma en que lo definen y aceptan los demás en diversos contextos. Incluye procesos psicológicos que pueden contribuir al establecimiento de un punto de referencia interno, y a la capacidad para evaluar reflexivamente y maniobrar en una variedad de contextos sociales.

Tanto el capital humano, como el social, y el capital cultural son activos y recursos útiles para desarrollar e intercambiar, pero sin los atributos incluidos en el capital de identidad su utilidad neta disminuye a la larga. Por sí mismos pueden no representar, a la larga, la inversión más astuta en términos de la propia perspectiva de vida. De hecho, un conjunto más "diversificado" que incluye habilidades y conocimientos psicosociales puede ser más apropiado como estrategia inteligente ante las condiciones de incertidumbre de la sociedad actual, en las que la clave es que el individuo forme y mantenga identidades pragmáticamente situadas. Para hacerlo en un medio social complejo y cambiante –como el medio académico, laboral,  social- requiere las habilidades cognoscitivas y atributos personales que no son transferidos junto con el capital humano ni promovidos por el capital cultural, y que ciertamente tampoco lo son por el sistema educativo público y masivo. Con estos activos un individuo debiese estar en mucha mejor posibilidad de moverse reflexivamente a través de las dimensiones de lugar, espacio y tiempo en el mundo de la alta modernidad (Giddens, 2002), y podría hacerlo utilizando identidades situadas, es decir, ajustando su propio comportamiento a las circunstancias.

Al capital de identidad lo conforman dos tipos de recursos, ambos de suma importancia en escenarios de transición.  Los recursos tangibles incluyen objetos, servicios y derechos que se obtienen en intercambios, y que servirán como "pasaportes" o "claves de acceso" a ciertas interacciones, y hacia otras esferas sociales e institucionales.  Por ejemplo la membresía a determinados grupos, credenciales académicas, y cierto status político. Como tales, resultan importantes para la inserción en varios grupos. Tales recursos pueden variar en su concreción (abarcando desde tarjetas de acceso a un club, hasta la pertenencia simbólica a grupos de referencia). Así, los recursos 'tangibles' son recursos o instrumentos de suma importancia en el manejo de impresión y las relaciones en la esfera micro-social en las que se negocia la identidad. Al estar así implicados en las interacciones cotidianas durante un cierto tiempo, tales recursos también contribuyen indirectamente al desarrollo del individuo y a la socialización a través de la construcción de varios auto-conceptos e identidades específicas, que varían situacionalmente.

Por otra parte, los recursos intangibles incluyen cogniciones y habilidades que se generan a partir de las interacciones. Representan formas exitosas de intercambio que serán utilizadas por el individuo en subsiguientes intercambios (representan las capacidades sintéticas y ejecutivas del Yo en términos del discurso de Erikson; en el de Bourdieu, representan el Capital Cultural Incorporado). Son estos recursos los que dan pié a hablar de estilo de identidad, tal como lo formula Michael Berzonsky como veremos en el siguiente apartado. El Capital de Identidad es una adquisición, en un momento dado es el conjunto de activos que un individuo ha acumulado biográficamente a partir de sus intercambios sociales.   Activos que definen y operan en favor de su propia imagen ante sí mismo y ante los demás.  En otras palabras, es la construcción de imágenes de uno mismo, más o menos duraderas, a partir de la imagen que proyectamos a los demás y que son aprobadas (o no) por ellos, en situaciones específicas.  Podemos decir que la configuración particular que cada individuo construye puede entenderse como su identidad, más particularmente "su estilo identitario".

 

El estilo de identidad

Otro concepto utilizado en la literatura  para dar cuenta de la formación y mantenimiento de la identidad es el de Estilo de Identidad.  Éste es un constructo que se refiere al uso preferencial de una estrategia de solución de problemas o un mecanismo de afrontamiento (Schwartz, 2001). Es decir, representa un modo usado por la persona para enfrentarse a situaciones cotidianas que tienen un impacto significativo sobre su identidad personal y su biografía. De acuerdo con Berzonsky (1989, 1992) quien lo desarrolló como una extensión del Paradigma del Status de Identidad de James Marcia (1966, 1989), la orientación o estilo adoptado por la persona tiende a ser una característica conductual estable y resistente al cambio, que se forma en el contexto de las interacciones sociales.

Se han identificado tres modos, orientaciones, o estilos consistentes. El estilo aparentemente más adaptativo es el llamado Informativo, caracterizado por la búsqueda de información y el afrontamiento centrado en el problema, la exploración activa, el compromiso flexible, la necesidad de cognición, y altos niveles de autoestima.  Por otra parte, el estilo Normativo representa la imitación y la conformidad. Involucra un enfoque cerrado, de compromiso rígido y dogmático, un concepto estable de sí mismo, y la supresión de la exploración. Se basa en la dependencia de figuras de autoridad y en otros actores significativos, por lo general de aquellos en los que las personas que utilizan este estilo se han basado para imitar sus estándares. En este sentido, las personas que "manifiestan el estilo normativo procuran evitar tener que enfrentarse con información que entre en conflicto con sus valores, por lo que pueden resistir el cambio lo más posible" (Schwartz, 2001, p. 23). El tercer estilo, el Difuso o Evasivo, representa evitación y no compromiso.  Se expresa como un enfoque de 'cosa por cosa', e involucra una estrategia de afrontamiento centrada en la emoción. Se asocia con bajos niveles de compromiso, a menos que las circunstancias obliguen a asumirlos, con baja autoestima y con auto-concepto inestable. Suele también asociarse con poner poca atención en el futuro o en las consecuencias a largo plazo de las elecciones realizadas.  Aunque las personas que lo muestran se llegan a involucrar con exploraciones, éstas suelen ser desordenadas y caprichosas.

Berzonsky (1992) ha sugerido que las personas difieren en los procesos socio-cognoscitivos que utilizan para formar y mantener sus identidades.  Se supone que estos procesos operan en tres niveles. El más básico involucra unidades de respuestas cognitivas y de comportamiento utilizadas cuando se afrontan aspectos de la auto-definición. El nivel intermedio abarca conjuntos organizados de estas unidades –esquemas- llamados estrategias socio-cognoscitivas.  El nivel más general involucra los estilos de identidad, que se refieren a estrategias empleadas por las personas para enfrentar y resolver situaciones relacionadas con su propia auto-definición (Berzonsky, 1992; Berzonsky, Nurmi, Kinney, & Tammi, 1999).

 

El origen y la aplicación de ambas nociones

Ambos, el de Capital de Identidad (Côté, 1996, 1997) y el de Estilo de Identidad (Berzonsky, 1989, 1992), provienen de un antepasado conceptual común (Schwartz, 2001), el llamado Paradigma del Status de Identidad (Marcia, 1966, 1989), que a su vez es una extensión del trabajo pionero de Erik Erikson sobre el desarrollo de la Identidad.  Desde esta perspectiva, se considera que las personas sometidas a presiones adaptativas que producen incertidumbre, pero que a la vez cuentan con oportunidades para superarlas, enfrentarán de mejor manera importantes momentos en su biografía.

La formulación de Marcia es y continúa siendo un esfuerzo importante de operacionalización del pensamiento de Erikson; se dice que ha sido el planteamiento teórico que ha generado mayor cantidad de trabajo empírico sobre el tema de la identidad, tanto en la psicología como en la sociología (Côté, 2006; Côté & Levine, 2002). Marcia consideró que en vez de la dimensión bipolar de crisis-resolución, propia de la etapa de la adolescencia considerada por Erikson, la formación de la identidad podía entenderse mejor al considerar el entrecruzamiento de dos dimensiones, la exploración y el compromiso. Dicho entrecruzamiento da lugar a la formación de cuatro estadios o momentos en el desarrollo de la identidad.   

Tales estadios fueron caracterizadas mediante la combinación de presencia-ausencia de las dos dimensiones: la más adaptativa, y que manifiesta el mayor desarrollo psico-social es la etapa de Identidad Consolidada (Exploración y Compromisos personales realizados, con resultados adaptativos asociado con logro); la siguiente es la etapa de Identidad en Moratoria o Demorada, (Exploración presente, pero no compromiso; se permanece en constante búsqueda a pesar de la incertidumbre); le seguiría la etapa de Identidad Enajenada3 (No exploración personal y compromiso ajeno asumido; asociada con pensamiento conservador y rigidez); finalmente, la etapa de la identidad menos adaptativa es la de Identidad Difusa (No exploración y no compromiso asumidos; asociado con apatía y distanciamiento emocional).

Esta formulación actualmente se considera más una tipología de carácter que una visión de etapas secuenciales como en su pretensión inicial, y cada tipo ha sido asociado a distintos conjuntos de rasgos de personalidad (Berzonsky, 1997, 2003; Schwartz, 2001).

El de Berzonsky representa una extensión del modelo de Marcia, en tanto que el de Côté representa una expansión (Schwartz, 2001).  En ese sentido, al utilizar ambos como marco de referencia para interpretar los fenómenos de la identidad, se hace eco a la necesidad buscar un enfoque integrador, que permita el establecimiento de una taxonomía convencional para el estudio  de las transiciones institucionales, y que según Côté (2006; y Côté & Levine, 2002) se vislumbra como una empresa posible desde la psicología social de orientación sociológica. Como ya se expuso, la taxonomía multidimensional de la identidad reconoce como legítimas las manifestaciones de la identidad en tres planos u órdenes de análisis (Côté & Levine, 2002; Jenkins, 2004): la subjetividad del individuo (identidad individual, u orden de la personalidad), los patrones de comportamiento específicos de la persona (identidad personal, u orden interactivo), y el de la membresía del individuo en grupos sociales (identidad social, u orden institucional). Primero y segundo órdenes son capturados por el constructo Estilo de Identidad, en tanto que segundo y tercero lo son por el modelo Capital de Identidad. Analicemos ahora los hallazgos de investigaciones informadas por ambos conceptos.

La investigación sobre el desarrollo de la identidad en personas en escenarios de transición en jóvenes tiene ya una tradición de más de 30 años en países anglosajones (Berzonsky, 1989; Côté, 2006; Côté & Levine, 2002; Marcia, 1966, 1989; Schwartz, 2001). En dicha tradición se han desarrollado propuestas teórico-metodológicas diversas. En la investigación con individuos que enfrentan transiciones, (Côté, 1997; Côté & Levine, 1997, 2002) se han identificado al menos dos tipos de estrategias con las que las personas abordan las tareas de formación de su identidad ante la exigencia de individualización propia de la sociedad contemporánea.  Una de aceptación pasiva, y otra de adaptación activa. 

A nivel individual, la respuesta pasiva parece más extendida e involucra el seguimiento irreflexivo de las contingencias prescritas institucionalmente, el consentimiento de la manipulación de la identidad que caracteriza a la sociedad consumista-corporativista y a la cultura de las 'modas' juveniles producidas por ésta.  Esta forma ha sido llamada individualización pasiva o por defecto, y en términos comunes se percibe como una estrategia de acción de 'mínimo esfuerzo'. En contraste, otros individuos asumen una respuesta activa, y se involucran en su propio crecimiento personal, lo que implica arriesgarse a tomar rutas de desarrollo y patrones de logro social y ocupacional más desafiantes.  Este patrón activo es llamado individualización por desarrollo (Côté, 1996, 1997).

Desde la perspectiva de los Estilos de Identidad, los hallazgos muestran que la orientación Difusa está asociada con esfuerzos de afrontamiento controlados por otros; con técnicas de evitación para el manejo del estrés; con decisiones postergadas; conciencia introspectiva limitada, y con auto-definición basada socialmente (Berzonsky & Neimeyer, 1994; Berzonsky & Sullivan, 1992). También, se ha hallado que una orientación Normativa está relacionada con un sentido colectivo de auto-definición, y con una elevada tendencia a cerrarse a información que amenaza con invalidar "áreas esenciales" del Yo, tales como los valores personales (Berzonsky, 1994; Berzonsky & Sullivan, 1992; Streitmatter, 1993). La orientación o estilo Informativo se ha encontrado asociado con una elevada auto-exploración; con sistemas familiares individualizados; con estrategias de afrontamiento centradas en el problema (Berzonsky & Neimeyer, 1994), y con varias dimensiones socio-cognitivas que incluyen un estilo racional epistémico, con apertura a ideas y valores, necesidad de cognición, e introspección (Berzonsky & Sullivan, 1992). 

La replicación de un estudio de Berzonsky (Streitmatter, 1993) aportó evidencia a favor del modelo de tres estilos de identidad.  Otros estudios también han reportado relaciones significativas entre los estilos de identidad y otras medidas de personalidad (Dollinger, 1995).   Berzonsky y Kuk (2000) llevaron a cabo una investigación con estudiantes universitarios y concluyeron que, consistentes con resultados en estudios previos, sus datos mostraron relaciones entre status de identidad y los procesos socio-cognitivos preferidos por los estudiantes (estilos) para procesar información relacionada con la identidad.  Discuten que sus hallazgos sugieren que el Estilo Informativo resultó ser el recurso más adaptativo y que el Estilo Difuso/Evasivo el más relacionado con dificultades de integración. Así mismo, concluyeron que aunque las relaciones empíricas estudiadas resultaron significativas, los constructos de status de identidad y estilo de identidad no resultan sinónimos. 

Otros reportes (Berzonsky, 1989, 1997) no encontraron diferencias significativas entre sexo y estilos, pero Berzonsky (1992) reporta diferencias relacionadas con el sexo de los participantes sólo en el Estilo Difuso. El reporte informó que no obstante las diferencias en puntajes intra-sujeto relativas a sus preferencias, la comparación inter-grupos mostró el mismo patrón: puntajes de Estilo Informativo mayores que los de Estilo Normativo, y estos a su vez mayores que los de Estilo Difuso. En un estudio con estudiantes universitarios de nuevo ingreso, Boyd, Hunt, Kandell y Lucas (2003) reportan diferencias estadísticamente significativas entre hombres y mujeres en dos de las tres orientaciones, ellas resultaron más altas que ellos en estilo Informativo, mientras que ellos fueron más altos en el estilo Difuso.

Conclusión y perspectivas de investigación

En general, de acuerdo con las revisiones de Adams, Berzonsky y Keating (2006); Adams, Ryan y Keating (2000); Berzonsky (2008); Berzonsky y Adams (1999); Berzonsky y Kuk (2000); en la investigación realizada con jóvenes universitarios, las diferencias significativas en las preferencias relacionadas con los tres estilos han estado más vinculadas a variables motivacionales y de personalidad que a variables de capacidad y funcionamiento intelectual.  Los individuos que preferentemente utilizan un Estilo Informativo tienden a definirse en términos de atributos personales tales como: mis ideas, mis valores, o mis metas personales. Los que utilizan un Estilo Normativo tienden a  hacerlo con base en atributos colectivos tales como: mi religión, o mi país.  Finalmente, los que prefieren un Estilo Difuso expresan atributos sociales tales como: mi reputación, mi popularidad. 

Estos hallazgos informan acerca de las orientaciones con las que los jóvenes enfrentan el período de 'moratoria social institucionalizada' al que se refirió Erikson (1968) como característico de las sociedades post-industriales.

Aun cuando en la literatura abundan  los trabajos con jóvenes en tránsito por la universidad, la realización de estudios sobre esta importante transición que sean informados por este enfoque de integración resultarían beneficiados teórica y metodológicamente, por lo que consideramos relevante iniciar en México, Brasil y Latinoamérica un programa de investigación sobre los procesos de transición empleando los conceptos de capital de identidad y estilo de identidad.

 

Notas

1 Construccionismo refiere al pensamiento sociológico, en tanto que Constructivismo a la perspectiva psicológica.

2 Sheldon Stryker, en el mismo número de la revista en que House publicó su trabajo, hablaba de que eran dos las psicologías sociales.  El trabajo de House resulta mejor descripción de la situación, por lo que se retoma.  En todo caso, lo que se ilustra es el hecho de distintos matices disciplinarios en la época.

3 Foreclosure en el original; preferimos nombrarla Identidad Cerrada o Adoptada por sus características.

 

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Recebido em: 31/01/2011
Revisão em: 16/10/2011
Aceite em: 20/04/2012

 

 

José Ángel Vera Noriega es Doctor en Psicología Social por la UNAM. Investigador titular E en el Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo A.C., México. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SIN), CONACYT – México. Dirección postal: Las Moras 22, Ejido La Victoria, Hermosillo, Sonora, México. Email: avera@ciad.mx

Jesús Ernesto Valenzuela Medina es Profesor de Tiempo Completo en el Departamento de Psicología y Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Sonora. Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma de Sinaloa. Email: evalenzuela@sociales.uson.mx