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Psicologia USP

versión impresa ISSN 0103-6564versión On-line ISSN 1678-5177

Psicol. USP vol.27 no.3 São Paulo sept./dic. 2016

http://dx.doi.org/10.1590/0103-656420150046 

ARTIGOS ORIGINAIS

Aportes de la psicología discursiva a la investigación cualitativa en psicología social: análisis de su herencia etnometodológica

Contributions de la psychologie discursive à la recherche qualitative en psychologie sociale: une analyse de son patrimoine ethnométhodologique

Contribuições da psicologia discursiva à pesquisa qualitativa em psicologia social: uma análise de seu legado etnometodológico

Antar Martínez-Guzmána 

Antonio Stecherb 

Lupicinio Íñiguez-Ruedac 

aUniversidad de Colima, Facultad de Psicología. Colima, México

bUniversidad Diego Portales, Facultad de Psicología. Santiago, Chile

cUniversidad Autónoma de Barcelona, Departamento de Psicología Social. Barcelona, Cataluña, Espanha

Resumen

Este artículo se propone a caracterizar la especificidad de la Psicología Discursiva (PD) en tanto particular propuesta teórica y metodológica para la investigación cualitativa en psicología social, diferenciándola de otras formas de investigación cualitativa y de análisis del discurso. Para ello, se destaca la importante influencia de la perspectiva etnometodológica como antecedente teórico central de la PD, la cual incide fuertemente en su conceptualización de lo social y en su aproximación al trabajo empírico. En primer lugar, se caracteriza la forma en que la etnometodología se aproxima al estudio de la realidad social, enfatizando la manera en que concibe al actor, el orden y la acción social. En segundo lugar, se da cuenta del modo en que la PD hace suyos ciertos postulados teóricos y metodológicos de la tradición etnometodológica, los cuales permiten comprender mejor la especificidad de la PD en el campo de la investigación cualitativa en psicología social.

Palabras clave: discurso; psicología social; etnometodología; investigación cualitativa

Résumé

Le document vise à caractériser la spécificité de la Psychologie Discursive (PD) comme une proposition théorique et méthodologique particulier pour la recherche qualitative en psychologie sociale, se différenciant des autres formes de recherche qualitative et d’analyse du discours. Pour cela, on remarque l’influence importante de la perspective ethnométhodologique comme arrière-plan théorique et central de PD, qui affecte fortement sa conceptualisation du social et l’approche au travail empirique. Tout d’abord, la forme dans laquelle l’ethnométhodologie s’approche à l’étude de la réalité sociale est caractérisée, en insistant sur la manière dont l’acteur, l’ordre et l’action sociale sont conçus. Ensuite, on se rend compte de la façon dans laquelle la PD s’approprie de certains principes théoriques et méthodologiques de la tradition ethnométhodologique, lesquels permettent de mieux comprendre la spécificité de PD dans le domaine de la recherche qualitative en psychologie sociale.

Mots-clés: discours; psychologie sociale; ethnométhodologie; recherche qualitative

Resumo

Este trabalho tem como objetivo caracterizar a especificidade da psicologia discursiva (PD) como uma proposta específica teórica e metodológica para pesquisas qualitativas em psicologia social, diferenciando-se de outras formas de pesquisa qualitativa e de análise do discurso. Para isso, destaca-se a importante influência da perspectiva etnometodológica como pano de fundo teórico e central da PD, que afeta fortemente sua conceituação do social e na sua abordagem do trabalho empírico. Primeiro, caracteriza-se a forma como a etnometodologia aborda o estudo da realidade social, enfatizando o modo como concebe o ator, a ordem e a ação social. Depois, chama-se atenção para a forma como a PD se apropria dos princípios teóricos e metodológicos da tradição etnometodológica, que permitem compreender melhor a especificidade da PD no campo da pesquisa qualitativa em psicologia social.

Palavras-chave: discurso; psicologia social; etnometodologia; pesquisa qualitativa

Introducción

La psicología discursiva (PD), surgida desde fines de los años 1980 en Inglaterra, constituye uno de los desarrollos teórico-metodológicos más importantes en el campo de la psicología social contemporánea. Asumiendo las implicancias del giro lingüístico en las ciencias sociales y humanas (Rorty, 1998), y desarrollando una fuerte crítica a la matriz cognitivista y neopositivista de la psicología social hegemónica, la PD se ha constituido en una perspectiva teórica y un modelo de investigación empírica que ofrece un modo alternativo de conceptualizar y estudiar los fenómenos psicológicos y los procesos psicosociales1 (Augoustinos & Tileaga, 2012; Billig, 2012; Edwards & Potter, 1992; Edwards, 2003; Garay, Iñiguez, & Martínez, 2005; Hepburn & Wiggins, 2005; Potter & Wetherell, 1987; Potter, 2000a, 2000b; Potter & Edwards, 2001; Sisto, 2012; Wetherell & Potter, 1996).

A partir de minuciosos análisis de las prácticas discursivas en sus contextos ordinarios y de la consideración del lenguaje como acción social y como mecanismo configurador de realidades, la PD ofrece un novedoso abordaje del ámbito de “lo psicológico”, el cual rompe con la distinción “cognición interior” / “mundo exterior” que subyace a los enfoques sociocognitivos dominantes (Edwards & Potter, 1992; Potter & Wetherell, 1987). El estudio de la PD se centra en las acciones que a través del discurso los individuos llevan a cabo en diversas situaciones prácticas, así como el modo en que en dichos contextos de interacción los participantes construyen particulares versiones del mundo y de la “realidad mental” dirigidos al logro de ciertos fines pragmáticos (Edwards & Potter, 1992; Potter, 2000a, 2000b). Así el interés -más que en las “entidades psicológicas” entendidas como dinámicas psíquicas internas, de carácter abstracto y formalizables en ciertas reglas universales- está puesto en el modo como los individuos utilizan en la vida social diversas nociones psicológicas (“yo pensé”, “yo recordé”, “me sentí así”) y producen en el marco de una acción discursiva local y específica lo que puede considerarse el ámbito de “lo psicológico”. Como señalan (Edwards y Potter, 1992), “rather than seeing the study of discourse as a pathway to individual´s inner life, whether it be cognitive processes, motivations or some other mental stuff, we see psychological issues as constructed and deployed in the discourse itself”. (p. 127)

Esta perspectiva se aproxima al estudio de los procesos psicológicos clásicos y las categorías psicosociales al uso analizando las formas en las cuales un sujeto situado en un campo específico de interacción discursiva busca alcanzar ciertos fines prácticos. Así, por ejemplo, se interesa por la forma en que el sujeto explica y da cuenta de sus acciones creando un cierto relato del pasado (memoria); en que construye retóricamente una particular versión de los hechos que presenta como un reporte factual objetivo (conocimiento); en que atribuye específicas responsabilidades a los otros y a sí mismo en el marco de los hechos sucedidos (atribución); en que elabora, en el uso concreto que hace del lenguaje, valoraciones particulares de personas y objetos (actitudes) y se posiciona a sí mismo y a los otros a través de ciertas estrategias lingüísticas en una particular identidad (identidad social). En palabras nuevamente de (Edwards y Potter, 1992):

Rather than seeing such discursive constructions as expressions of speaker`s underlying cognitive states, they are examined in the context of their occurrence as situated and occasioned constructions whose precise nature makes sense, to participants and analysts alike, in terms of the social actions those descriptions accomplish. (pp. 2-3)

La PD si bien comparte con otros enfoques alternativos (comprensivos, hermenéuticos y/o fenomenológicos) de la psicología social su apuesta por la investigación cualitativa, su crítica a los enfoques sociocognitivos y experimentales de investigación psicosocial, y su distanciamiento de las perspectivas estructural-funcionalistas de la teoría social; presenta también importantes diferencias y especificidades a nivel teórico y metodológico respecto a dichos otros enfoques alternativos de la psicología social (Iñiguez, 2006). Así, por ejemplo, el enfoque de la PD no está puesto principalmente, como en gran parte de la actual investigación psicosocial cualitativa, en la reconstrucción e interpretación -a través de algún método basado en una lógica de análisis de contenido cualitativo- de los significados y sentidos que de la propia acción y los objetos sociales elaboran los sujetos. Por el contrario, la PD coloca en el centro de investigación a la acción social, el modo en que las personas interactúan cotidianamente entre sí y coconstruyen, a través de distintas prácticas discursivas, el mundo social y el dominio de lo psicológico. Se trata de una psicología social de las prácticas centrada en estudiar empírica y rigurosamente -a través de las herramientas metodológicas del análisis del discurso- las prácticas discursivas a partir de las cuales se organiza, produce y regula localmente la acción social. (Potter & Edwards, 2001; Wetherell & Potter, 1988)

A pesar de la riqueza y novedad de sus planteamientos, así como de las diversas oportunidades de reflexión teórica e indagación empírica que ofrece, la PD ha tenido, hablando en términos generales, una escasa recepción y desarrollo en el contexto de la psicología social latinoamericana. Ésta, dicho gruesamente, puede caracterizarse, por un lado, por la primacía de los enfoques socio-cognitivos dominantes de raigambre neopositivista, y, por otro, por un significativo (aunque siempre minoritario) desarrollo en las últimas décadas de abordajes psicosociales de corte interpretativo, los que a través de la recuperación de planteamientos fenomenológicos, interaccionistas, constructivistas, de la teoría crítica, y/o hermenéuticos, han dado un fuerte impulso a la investigación cualitativa dentro de la región2.

El objetivo de este artículo es contribuir a dar cuenta y precisar las características distintivas de la PD, entreviendo algunos de sus aportes e innovaciones más significativas para el campo de la psicología social y de la investigación cualitativa. Específicamente, el artículo se centra en visibilizar la fuerte influencia de los postulados teórico-metodológicos de la etnometodología en la PD, mostrando el modo en que dicha impronta etnometodológica le otorga a la PD gran parte de su especificidad y singularidad como marco conceptual y perspectiva de análisis de los procesos psicosociales (Edwards, 2003; Potter, 2000a; Potter & Wetherell, 1987). En última instancia, este esfuerzo pretende contribuir a mostrar cierta lógica de investigación psicosocial cualitativa de sensibilidad etnometodológica menos desarrollada en el contexto latinoamericano3, la cual replantea la comprensión de la realidad social y de la de los sujetos que participan en ella, poniendo en el centro de su preocupación la comprensión de las prácticas discursivas cotidianas y situadas a partir de las cuales los individuos producen y reproducen activamente la vida social.

A la luz de este propósito se ha organizado este texto del siguiente modo. En primer lugar, se desarrolla una presentación de la etnometodología como particular escuela sociológica, destacando el modo en que ésta conceptualiza las nociones de actor social, orden social y acción social. Se destaca en este apartado algunos conceptos claves de dicha escuela (micro)sociológica: miembro competente, reflexividad, indexicalidad y accountability4. A continuación, y a partir del desarrollo de cinco ejes, se da cuenta del modo en que la PD asume en sus marcos conceptuales y sus estrategias investigativas los principales postulados de la etnometodología. A lo largo de esta caracterización se busca precisar los rasgos teórico-metodológicos que distinguen a la PD de otras aproximaciones cualitativas en psicología social e, incluso, de otros abordajes metodológicos basados también en alguna modalidad de análisis del discurso. Finalmente, se cierra el artículo con unas breves reflexiones finales.

La perspectiva etnometodológica: reconsideraciones en torno a lo social

La etnometodología es una corriente sociológica que surge en los años 1960 en Estados Unidos a partir de los trabajos pioneros de Harold Garfinkel, y que se desarrolla posteriormente gracias a la labor de investigadores como Harvey Sacks, Don Zimmerman, Aaron Cicourel y John Heritage. El desarrollo de la etnometodología se inserta en un contexto más amplio de problematización en la teoría social, caracterizado por una importante crítica al paradigma estructural-funcionalista parsoniano (que tiende a centrar su atención en el análisis de sistemas o estructuras macro-sociales que se presumen, anteceden y determinan las prácticas concretas de los sujetos), y por una (re)valorización de perspectivas micro-sociológicas de corte interpretativo como el interaccionismo simbólico y la sociología fenomenológica o comprensiva. Estos enfoques pondrán como foco de análisis a la vida cotidiana, el sentido común, las interacciones simbólicas, la producción intersubjetiva de la realidad y las prácticas cotidianas en las que se configura y sostiene la producción de la sociedad (Alexander, 1990). Esto es, aquellas dimensiones que constituyen “la cocinería profunda” o, en la frase de Goffman, el “agua sucia de la vida social”, y que habían sido descuidadas por los estudios macro-sociológicos hegemónicos de corte funcionalista o marxista (Giddens, 1976; Wolf, 1982).

Si bien la etnometodología debe comprenderse dentro de este contexto teórico más amplio de renovación de las aproximaciones a la realidad social, es importante no perder de vista la especificidad y radicalidad epistemológica, teórica y metodológica de sus planteamientos (Coulon, 1987). Es dicha especificidad la que es retomada por la psicología discursiva y la que permite no confundir, por ejemplo, a la sensibilidad etnometodológica con las perspectivas de las sociologías comprensivas o interaccionistas que, en la estela de Weber, Mead, Schutz, Berger y Luckmann, constituyen hasta cierto punto la matriz teórica dominante de la investigación cualitativa micro-sociológica en el campo de la psicología social.

A continuación, buscaremos dar cuenta de dicha singularidad discutiendo el modo en que la etnometodología conceptualiza el actor, la realidad y la acción social. Señalaremos la forma en que estas concepciones suponen una ruptura teórica y epistemológica con la (macro)sociología tradicional, al tiempo que marcaremos, allí donde sea pertinente, la manera en que la mirada etnometodológica se distancia de otras (micro)sociologías de la vida cotidiana. Antes de abordar esta tarea, hacemos una breve caracterización general de la etnometodología, con la intención de proveer un marco para una mejor comprensión de los tres ejes específicos recién señalados.

La etnometodología puede entenderse como el estudio empírico de las prácticas, los procedimientos, los métodos y los conocimientos de sentido común que utilizan cotidianamente los actores sociales para darle sentido y, al mismo tiempo, producir, los escenarios sociales en que participan (Heritage, 1984, 1995; Robles, 1999; Rodríguez, 2008; Wolf, 1982). Como señala (Garfinkel, 1967/2006) en su clásico Studies in Ethnomethodology, el foco de la etnometodología “son las actividades y circunstancias prácticas y el razonamiento sociológico práctico como objetos de estudio empírico” (p. 9). Es importante notar que, desde esta perspectiva, el objeto de estudio no son los significados que las personas atribuyen a las situaciones de su vida ordinaria, sino más bien el conjunto de estrategias, procedimientos y métodos a partir de los cuales los actores, en escenarios sociales particulares, encuentran el camino apropiado para coordinarse y proseguir la acción esperable en dichas circunstancias.

Se trata, así, de una sociología de la práctica, centrada no en las motivaciones internas o las determinaciones externas del actor, sino en las diversas modalidades prácticas que despliega cotidianamente para reconocer y explicar los escenarios sociales, y actuar en consecuencia, produciendo el sentido de la realidad social (Heritage, 1995; Wolf, 1982). Como iremos recalcando, para la etnometodología el lenguaje y sus distintos usos en la vida cotidiana son un elemento clave de los métodos y procedimientos de razonamiento práctico que emplean los actores. Es a través de las diversas tipificaciones, clasificaciones y explicaciones desplegadas en el habla cotidiana, en tanto parte indisoluble de la misma acción, que emergen y se sostienen de forma local y contingente los distintos escenarios sociales (Potter & Weteherell, 1987).

Presentamos a continuación tres ejes fundamentales para comprender la especificidad de la perspectiva etnometodológica: su concepción del actor, el orden y la acción social. Buscaremos entretejer en esta exposición algunos conceptos clave que aglutinan o “encarnan” la sensibilidad del abordaje etnometodológico: miembro competente, indexicalidad, reflexividad y accountability.

La noción de actor social

Contra la idea funcionalista del actor social como una sumatoria de estatus y roles dentro de un sistema estructural de posiciones sociales que antecede y constriñe su acción, la etnometodología considera a los individuos como miembros competentes y activos dentro de su realidad social, dotados de un conjunto de conocimientos y saberes prácticos que les permiten participar en la producción incesante de los diversos escenarios sociales en los que están insertos (Coulon, 1987; Ritzer, 1993).

Se considera, siguiendo a Schutz, que cada individuo es “un sociólogo en estado práctico”, un agente que con sus recursos lingüísticos expresa, describe y construye cotidianamente la realidad social (Ritzer, 1993). Más que una mera posición en un sistema institucional anterior e independiente, el individuo es un actor dotado de una racionalidad práctica que le permite participar con otros en la danza social de tipificaciones, comportamientos, explicaciones, descripciones que van modelando, desde dentro de la interacción misma, la especificidad de los diferentes escenarios sociales.

La noción de “miembro competente” sirve de anclaje a esa conceptualización del actor social. En el lenguaje etnometodológico, este término no se refiere a un individuo perteneciente a una categoría social o circunscrito a una identidad colectiva, sino a un actor social con capacidad de gestión y manejo del lenguaje en una comunidad determinada. De acuerdo con (Garfinkel y Sacks, 1970, en Coulon, 1987), la noción de miembro competente se refiere al manejo del lenguaje común, al hecho de que “la gente, al hablar un lenguaje natural, está comprometida de alguna manera en la producción y presentación objetivas del saber de sentido común de sus asuntos cotidianos como fenómenos observables y relatables”. (p. 50)

En un escenario social concreto, los miembros competentes hacen un uso naturalizado y no-problemático del lenguaje, lo que implica que las actividades sociales y las interacciones discurren en un horizonte común de entendimiento que no genera perplejidad, asombro o extrañeza. Los escenarios cotidianos que configuran el mundo social son vividos y visualizados como evidentes, naturales, ordenados, verosímiles, típicos, disponibles, continuos y estables (Rodríguez, 2008). Como lo expresa (Coulon, 1987, p. 51):

Los miembros competentes no tienen necesidad de interrogarse sobre lo que hacen. Conocen lo implícito de sus conductas y aceptan las rutinas inscritas en las prácticas sociales. Esto es lo que hace que no seamos extraños a nuestra propia cultura y, a la inversa, que las conductas o las preguntas de un extranjero nos resulten extrañas.

De este modo, los actores no están en todo momento reflexionando o discutiendo sobre los procedimientos, categorizaciones y métodos involucrados en la producción de las distintas situaciones (participar de una clase en la universidad, trabajar como taxista, visitar un museo, discutir de política en un bar, tomar el desayuno con la familia), sino que éstos operan a un nivel tácito y rutinario. Así el miembro competente cuenta con un conjunto de recursos y procedimientos que le permiten conducirse con facilidad en el mundo social que le rodea. La figura del miembro competente puede entenderse como una especie de “sabio de lo cotidiano” que, cuando sostiene un encuentro social, pone en juego saberes y procedimientos de manera espontánea y rutinaria (Coulon, 1987; Íñiguez, 2006), y esta habilidad es precisamente la condición para que el encuentro se produzca.

Esta revalorización del agente individual, de sus competencias prácticas y de su papel activo y creador en los procesos de configuración de la realidad social, no debe confundirse, sin embargo, con la apelación a un espacio interior de procesos psicológicos o subjetivos que daría cuenta de la esencia de cada persona, y que estaría “detrás” y en el origen de la acción. La siguiente cita ilustra este punto:

Siguiendo una preferencia teórica, afirmaré que los acontecimientos significativos son entera y exclusivamente los acontecimientos del entorno conductual de la persona... . Por tanto, no hay razón alguna para mirar debajo del cráneo, pues nada de interés se encontrará allí, a excepción del cerebro. Se dejará intacta la piel de la persona. Las preguntas se limitarán a las operaciones que pueden efectuarse en acontecimientos pertenecientes al entorno de las personas. (Garfinkel 1963, en Heritage, 1995, p. 301)

Así y a diferencia de otras micro-sociologías como la fenomenológica o el interaccionismo simbólico, que incorporan una noción de subjetividad, conciencia, self o identidad en sus modelos teóricos sobre la realidad social, los etnometodólogos se centran en las acciones observables de los individuos en contextos concretos, atendiendo a los discursos que los agentes producen como parte de la acción (Ritzer, 1993). Desde esta perspectiva, los individuos son entendidos no como sujetos psicológicos, ni como agentes dedicados centralmente a producir significados estables sobre sí mismos y el mundo social, sino como actores con competencias lingüísticas, con diversos recursos y conocimientos observables que despliegan en sus prácticas cotidianas, y que les permiten operar en el mundo social y coordinarse con otros en el marco de la motivación fundamentalmente pragmática de la vida cotidiana.

La noción de orden social

Para la etnometodología, la realidad social es una realización práctica de los actores sociales. Esta perspectiva supone una fuerte crítica a la noción durkhemniana y parsoniana de los hechos sociales como eventos independientes, exteriores y anteriores a las prácticas cotidianas de los actores, quienes son entendidos, desde la lente funcionalista, como fuertemente coercionados y determinados por un conjunto de instituciones estables y supraindividuales que estructuran la realidad social. (Alexander, 1990; Ritzer, 1993)

La etnometodología argumenta que la atención de la sociología tradicional a un conjunto de macro-estructuras (políticas, económicas, culturales) que se dan por supuestas -y que no serían accesibles para los miembros ordinarios de la sociedad, sino solo para una ciencia social de corte positivista- habría llevado a desatender una dimensión clave de la vida social. Esto es, que

los hechos sociales son el producto de acciones metódicas, perseverantes, reflexivas, prolijas y competentes efectuadas por los propios actores sociales en actividades prácticas, resultados que ellos mismos dotan, recubren y presumen como racionales y más o menos correctos en la medida que les son útiles y necesarios para configurar sus realidades prácticas. (Robles, 1999, p. 180)

La tesis central de la etnometodología es que el orden social es un logro práctico de los miembros que participan en la sociedad (Garfinkel, 2006; Ritzer, 1993) y no un conjunto de hechos o instituciones que se imponen y constriñen a los actores. Así la realidad social se entiende como un entramado de “logros contingentes de prácticas comunes de organización” (Garfinkel, 2006, p. 44), y para conocerla es preciso atender el incesante proceso de realización y producción de escenarios locales endógenamente organizados.

Es importante notar que el interés central de la etnometodología no son, como en otras tradiciones micro-sociológicas, los significados intersubjetivamente compartidos que los actores tienen de un escenario u objeto social, ni las intenciones y sentidos que individualmente explicarían la presencia y acción de un actor en dicho contexto. El foco está puesto, más bien, en las diversas modalidades de acción y razonamiento práctico que los participantes movilizan para reconocer, insertarse, producir y sostener escenarios sociales particulares, como una consulta médica, una conversación en una tienda, o un viaje en metro.5

Esta perspectiva invita a quien investiga a reconstruir “desde dentro” de los mismos contextos locales de acción, el modo en que los actores producen y mantienen la estabilidad, organización y naturalidad de un determinado escenario social. Más que presuponer que dicha regularidad es el producto de determinantes estructurales que imponen sus lógicas de acción, y más que aproximarse a los escenarios sociales como “ejemplos” o “casos” de modelos y categorías previamente determinadas por el analista, se trataría justamente de reconstruir “el conjunto de técnicas que los mismos miembros ... utilizan para interpretar y actuar dentro de sus mundos sociales” (Levinson, 1989, p. 281). Dicha reconstrucción exige del analista un esfuerzo de “suspensión fenomenológica” de las teorías y categorías de análisis previas (Ritzer, 1993), de tal modo que haya que revelar, inductivamente, las propias categorías y estrategias movilizadas por los actores y no imponer desde fuera de la situación un conjunto de esquemas y modelos preconcebidos, tanto descriptivos como normativos, acerca de la realidad social. (Levinson, 1983; Wetherell, 2001)

La perspectiva etnometodológica propone dos conceptos fundamentales para abordar la realidad social en tanto producción situada, determinada por los diversos (etno)métodos (recursos, prácticas, procedimientos, conocimientos) que las personas despliegan para producir el orden social que habitan: “indexicalidad” y “reflexividad”.

La indexicalidad se refiere al carácter contextual del lenguaje ordinario: las palabras (y las acciones) adquieren su significado completo en contextos concretos de interacción. Las expresiones indexicales son aquellas cuya inteligibilidad depende de la situación en que las expresiones son enunciadas, a partir de diversos elementos que no se encuentran en la expresión misma, sino en la propia situación de enunciación (Coulter, 1991). Es en esta línea que (Garfinkel, 2006) nos recuerda a Husserl quien

habló de expresiones cuyo sentido no puede ser decidido por un oyente sin saber necesariamente o asumir algo sobre la biografía y las intenciones de la expresión del usuario, las circunstancias de la emisión, el curso previo de la conversación, o la relación particular de la interacción real o potencial que existe entre el que expresa y el oyente. (p. 4)

Garfinkel argumenta que el carácter general del lenguaje natural participa de esta característica y que las formas de interacción tienen una naturaleza indexical, de tal forma que no hay expresión que tenga un significado completo y definido al margen de su uso concreto y del espacio social de su enunciación.

Parte importante de la investigación psicosocial tradicional se ha preocupado por “reparar” de distintas maneras las expresiones indexicales al interpretarlas como un obstáculo para acceder al significado esencial y a la generalización (Coulter, 1991): así pues, la tarea ha consistido en transformar las “expresiones reales” y situadas en “expresiones ideales”, y, de esta manera, abstraer estructuras y categorías que después son asignadas a las expresiones indexicales como si les fueran propias. En contraste, si admitimos que la naturaleza del discurso y de la acción social es irremediablemente indexical, y que las expresiones funcionan de diferentes maneras en distintos contextos, la investigación no puede sino orientarse hacia los escenarios y negociaciones locales, intentado recuperar “desde dentro” los usos contingentes y situados del lenguaje que configuran la especificidad de cada situación. Es así como (Garfinkel, 2006) argumenta que el carácter indexical del lenguaje no debe ser considerado como un obstáculo para un adecuado conocimiento de los fenómenos sociales, como fuente de error o incomprensión, sino como parte constitutiva de la realidad social que debe ser investigada en cuanto tal, sin la pretensión de traducirla o reducirla a categorías generales y preconcebidas.

Por otro lado, la noción de reflexividad se refiere al carácter constitutivo del lenguaje en uso. Indica que el carácter factual de una situación social depende reflexivamente de sí mismo, del modo en que la misma situación supone formas de explicación y (auto)descripción que la configuran recursivamente. Así pues, “la propiedad de la reflexividad tiene que ver al mismo tiempo con la descripción de una situación y con su construcción, en el sentido de que describirla es construirla” (Íñiguez, 2006, p. 75). La reflexividad6 apunta hacia un movimiento bidireccional que opera en todo momento: el orden social es percibido/descrito como objetivo y real por los miembros, y, al mismo tiempo, es esta percepción/descripción la que constituye e imprime el carácter factual a las situaciones sociales.

Adoptar la posición de que son las prácticas cotidianas indexicales y reflexivas las que describen y al mismo tiempo producen el mundo social, implica una mirada renovada con respecto al orden social; una mirada que diluye la distinción entre la explicación que un actor hace de una práctica y la práctica misma, entendida ésta como un núcleo subyacente y anterior a la explicación. Desde esta perspectiva, “no hay un antecedente o un código que al seguirlo conforme la realidad social; lo que existe es la propia acción como un entramado de prácticas y discursos que la instituye en cada momento”. (Íñiguez, 2006, p. 74)

La noción de acción social

Desde el modelo sociológico funcionalista, así como desde muchas tradiciones psicológicas, entender la acción social implica explorar las motivaciones de los actores individuales, las que dependerían, a su vez, de la internalización de normas y valores culturales propios de las instituciones en que dichos actores han sido socializados. Se asume, pues, que el analista podría entender, anticipar y explicar el porqué de la acción social o de la conducta individual en un contexto particular, a partir del conocimiento de las normas sociales que serían anteriores/exteriores y que se presupone organizan dicho contexto. (Heritage, 1995; Ritzer, 1993)

La etnometodología hace una crítica a este paradigma normativo de la acción social y plantea una conceptualización distinta de la relación entre las normas, el actor y la acción. En primer lugar, problematiza el presupuesto según el cual debemos explicar la acción a partir de una pregunta por la motivación de los actores, buscando así una causa exterior y anterior a la acción misma que dé cuenta de su origen. En contraposición, la etnometodología dirá que es necesario analizarla atendiendo a las estructuras constitutivas de la acción misma, a sus patrones recurrentes, los que deben entenderse como emergentes locales y autoorganizados que son resultado de las mismas prácticas situadas de organización (Heritage, 1995; Ritzer, 1993; Wolf, 1982). Dicho en otros términos, la etnometodología remplaza la pregunta del porqué de una acción, instalando la interrogante con respecto al cómo emerge, se organiza y sostiene un particular campo de acciones en que distintos sujetos se coordinan entre sí; campo de acciones que contiene en sí mismo su propia inteligibilidad.

En segundo lugar, la etnometodología problematiza la idea de que las normas reconocibles en los escenarios sociales son principios claros y distintos que organizan y regulan, desde el exterior y con prescindencia de los actores localmente involucrados, los acontecimientos en determinada situación. Contra dicha imagen de las normas, se insistirá en que estas son siempre normas en uso, recursos movilizados por los actores en procura de garantizar la racionalidad, coherencia y continuidad de la situación misma. Las normas en abstracto no informan nada acerca de la acción social, puesto que la acción social supone siempre la articulación práctica, local y contingente de dichos marcos normativos. (Wolf, 1982)

Esta articulación local implica un trabajo permanente de interpretación, ajuste y modulación por parte de los participantes en una situación dada: ¿Cómo se entiende la norma en los diferentes momentos, inciertos y variables, que definen un particular contexto? ¿Cuáles son las excepciones tolerables o incluso razonables? ¿Con qué criterios se determina qué casos se incluyen y cuáles no en la categoría de cumplimiento o incumplimiento de lo esperado? Dicho de otra forma, la normatividad de una situación no es algo dado de antemano, una formulación genérica que permite anticipar las secuencias de acción de un escenario social, sino que, por el contrario, es un logro de los propios participantes quienes deben decidir y negociar, en el curso de la acción misma, el modo en que se movilizan y actualizan ciertas normas en un contexto específico. (Heritage, 1984, 1995)

Es importante aclarar que la etnometodología no desconoce el valor de las normas como organizadores de la acción, lo que se resalta es que las normas deben entenderse como normas en uso, en un activo juego de negociación y (re)interpretación. Las normas tienen siempre contornos borrosos que deben ser “completados” por los actores en el marco de las diversas modalidades de razonamiento y acción práctica que configuran los escenarios sociales. Paradójicamente, es esa flexibilidad y carácter revisable e interpretable de las normas lo que garantiza una cierta consistencia, continuidad y regularidad de los marcos de expectativas normativas que sostienen cualquier situación de interacción social. Como señala (Wolf, 1982), muchas veces el uso competente de una norma exige transgredirla en ciertas situaciones, en tanto que es su transgresión lo que garantiza la reproducción del normal estado de cosas, lo que constituye el principal objetivo de las regulaciones normativas de una situación.

De esta manera, un aspecto singular de la sensibilidad etnometodológica consiste en rechazar cualquier intento de imponer a la lógica interna de la acción cotidiana algún principio explicativo exterior -psicológico o macro-social- que termine invisibilizando la especificidad de dicha acción y su carácter de realización local y contingente por parte de actores competentes. Este énfasis en la particular producción de cada escenario social, en la necesidad de comprenderlo “desde dentro”, a partir de los procedimientos y las prácticas concretas que lo constituyen y dan cuenta de él, se cristaliza en la noción de accountability.

La accountability hace referencia, en primer lugar, a que toda acción social es descriptible, inteligible, relatable o analizable por los miembros competentes que participan en ella. Una situación es “accountable” en el sentido de que puede ser descrita o explicada. Igualmente, al relatarla estamos produciendo dicha situación. Los “accounts” tienen una propiedad constitutiva de realidad (Íñiguez, 2006). En este sentido, las acciones cotidianas como describir, analizar, criticar e idealizar se convierten en el foco de atención de la mirada etnometodológica en tanto son estas acciones (discursivas) las que configuran, en su ejecución regular y cotidiana, los diversos escenarios sociales.

De aquí se desprende que los informes de los actores no son meras descripciones de la realidad, sino realizaciones en situación, prácticas de reconstrucción constante de un orden social que funciona como espacio de inteligibilidad para que suceda la interacción. Así pues, acceder a los “accounts” de las personas no consiste solo en conocer la forma en que las personas relatan las situaciones, sino en conocer las costuras mismas con que se tejen esas situaciones.

La noción de “accountability” puede leerse como un concepto integrador que involucra el resto de conceptos etnometodológicos que hemos expuesto: los “accounts” son realizaciones de “miembros competentes” y son “indexicales” en tanto no deben considerarse externas al contexto en el que se producen. Además, la accountability es simultáneamente reflexiva y racional: reflexiva porque la accountability de una circunstancia o actividad es al mismo tiempo el elemento constitutivo de las mismas; y racional porque se produce metódicamente, sobre actividades que pueden ser descritas y evaluadas bajo el aspecto de su racionalidad (Coulon, 1987). De esta manera, los “accounts” de una situación social son al mismo tiempo “informantes” y “estructurantes”.

La noción de accountability, por último, permite pensar de distinta manera la relación entre la acción y la explicación: desafía la distinción tradicional entre ambas actividades que ha permeado la investigación social. El concepto de accountability sugiere que la acción y su explicación/descripción forman una unidad inseparable: los accounts son el espacio donde la acción social se vuelve inteligible y las operaciones constitutivas de las situaciones sociales. Las explicaciones y descripciones sobre el mundo son acciones por derecho propio, y se utilizan de múltiples maneras para producir y sostener las situaciones sociales cotidianas.

Para concluir con este panorama, y a modo de ilustración sobre cómo opera la mirada etnometodológica, proponemos la lectura de una situación social concreta a la luz de los conceptos etnometodológicos discutidos.

Imaginemos un partido de fútbol de la liga argentina con la tribuna popular del estadio llena. Las personas que han acudido al encuentro son miembros competentes porque conocen y ponen en práctica los códigos de comunicación y de conducta propios de dicho contexto: están de acuerdo y dan por sentado que la interacción tiene un carácter informal, en las que las expresiones de júbilo o enfado, los gritos y los ademanes exagerados, forman parte del transcurso normal de ese escenario. Cada asistente presupone que los demás asistentes entienden la situación y participan en ella del mismo modo en que él o ella lo está haciendo. Por otro lado, los reproches exaltados o las vociferaciones de los asistentes no serán interpretados como señal de un comportamiento ofensivo, patológico o inadecuado por parte de las personas que los expresan, sino que la propiedad indexical del lenguaje cotidiano permitirá leerlos como formas de interacción típicas, e inclusive esperadas, en dicho contexto. Además, los asistentes al estadio podrán dar cuenta de la actividad en que participan (contar a una amiga por teléfono cómo ha ido el partido, narrar lo que está ocurriendo a un hijo asustado que va por vez primera vez al estadio), podrán relatar la situación en la que se encuentran y, de esta manera, estarán dotando de sentido e inteligibilidad a la ocurrencia misma de la situación. Así, al describir su propia acción y la de los otros dentro del estadio de una particular manera, estarán configurando, tal como lo señala la noción de reflexividad, la especificidad y racionalidad de ese particular escenario social. Finalmente, son estas descripciones/explicaciones, conocimientos compartidos y prácticas concretas, las que producen la situación social como tal y la estabilizan como un hecho social objetivo. Comprender la lógica de dichos accounts que dan cuenta, al tiempo que producen, la racionalidad, inteligibilidad y predictibilidad del escenario en el cual ellos mismos emergen, permite entender que presenciar un partido de fútbol en el estadio no es otra cosa que los relatos, las actividades, las prácticas y los conocimientos comunes que los individuos competentes ponen en juego en dicha situación y que, recursivamente, producen la situación misma.

La impronta etnometodológica de la psicología discursiva

Hasta ahora hemos buscado dar cuenta de algunas de las principales características de la perspectiva etnometodológica, de su particular manera de conceptualizar y abordar el estudio de la realidad social. Nuestro interés es contribuir, a través de este recorrido, a una mejor comprensión de la lógica de investigación social cualitativa propuesta por la psicología discursiva. Nuestra tesis es que la especificidad de la PD dentro del campo más amplio de la investigación psicosocial cualitativa, e incluso dentro del ámbito más específico de los abordajes metodológicos de análisis del discurso, deriva en parte de la decisiva influencia que sobre ella ha tenido la perspectiva etnometodológica.

Por cierto que la etnometodología es solo una de las diferentes tradiciones teóricas que confluyen y sirven de fundamento a la psicología discursiva (Potter & Wetherell, 1987; Garay, Iñiguez, Martínez, 2005), la cual, al tiempo que reconoce su influencia también se distancia de ciertos argumentos y líneas de desarrollo de la etnometodología (Potter, 2005). Asimismo, si hubiese que ubicar dentro de las metodologías de análisis del discurso un núcleo de desarrollo directamente heredero de la etnometodología, éste sería aquel del análisis conversacional (Sacks, 1992; Wetherell, 2001). Con todo, nuestra tesis es que más allá de la pluralidad de antecedentes que confluyen en la psicología discursiva, y más allá de la heterogeneidad y los diversos matices de los desarrollos recientes de la etnometodología, es posible reconocer en la lógica de la investigación social cualitativa propuesta por la PD un núcleo etnometodológico que es parte constitutiva de su impronta teorética y su perspectiva analítica de los procesos psicosociales.

En lo que queda de este apartado presentamos cinco consideraciones que buscan ilustrar el modo como las tesis centrales de la etnometodología están presentes en la lógica de investigación y el trabajo empírico sobre el discurso de la PD.

a) Al igual que la etnometodología con sus nociones de reflexividad y accountability, la psicología (social) discursiva atiende a la centralidad del lenguaje en tanto constitutivo de la realidad social. Como argumentan (Potter y Wetherell, 1987), “talk is not merely about actions, events and situations, it is also a potent and constitutive part of those actions, events and situations” (p. 21). Más que atender al lenguaje como una representación más o menos precisa de una realidad exterior, o incluso, más que considerar al lenguaje en tanto tejido simbólico que expresa ciertos significados e intenciones subyacentes de los actores sociales que deberíamos interpretar, de lo que se trataría es de llevar a cabo un análisis del papel del lenguaje en términos de sus usos y funciones en contextos locales y específicos. Vemos así como la consideración etnometodológica del lenguaje como parte indesligable de la racionalidad y acción práctica que produce el mundo social, es retomada por la PD al proponer una aproximación funcionalmente orientada del análisis del texto y el habla (Edwards & Potter, 1992). Tanto en la noción de función (Potter & Wetherell, 1987) -o la de acción (Edwards & Potter, 1992)-, como en las de construcción y variabilidad, en tanto ejes desde el cual considera y analiza el discurso propuesto por la PD, lo que está en juego es un interés en las acciones o funciones (culpar, disculpar, legitimar, habilitar) que vehiculiza un discurso, así como una consideración del carácter constructivo y productivo del lenguaje, aspectos ambos que solo pueden ser aprehendidos atendiendo al carácter específico, local y variable de las diferentes situaciones sociales.

b) Por otro lado, y al igual que la propuesta etnometodológica de una suspensión fenomenológica de las categorías (sociológicas o psicológicas) previas, la PD insistirá en la necesidad de que el analista no imponga sus propias categorías teóricas ni juzgue a priori el dominio de acción que está buscando explicar. Como señala (Edwards, 2003), una máxima del análisis es que cada vez que el investigador quiera añadir algo a los datos debe “intentar ver hasta qué punto es algo que los propios participantes (en su discurso) tratan o manejan de alguna forma. Si dicha cuestión no aparece como una preocupación de los participantes, debe plantearse en qué se basa para introducirla” (p. 148). Muy cercano al análisis conversacional, y marcando diferencias con otras formas de análisis de discurso como aquellas vinculadas al análisis crítico del discurso (Fairclough, 1992; Wodak & Meyer, 2003) o a los autores más cercanos a la obra de Foucault, la PD insistirá en la importancia de adoptar una perspectiva fuertemente empírica que respete al máximo la propia lógica de la acción situada y que reconstruya el sentido de cada situación “desde dentro” de la misma (Edwards & Potter, 1992; Wetherell, 2001). Se trata de una forma de análisis del discurso que busca evitar al máximo la sobredeterminación teórica de los datos, así como la sobreinterpretación, las que llevan al analista a encontrar en las interacciones que estudia únicamente aquello que le indican sus categorías previas. Así es como Wetherell (2001), haciendo eco de la perspectiva más etnometodológica, plantea una defensa de la

autonomy of the data as an object of study in its own right ... . In conversation and interaction ... participants are building a joint reality, their conversational actions demonstrate to each other their local interpretations of what is going on and the kind of event this conversation is ... in this sense the World has already been interpreted by the participants (p. 386).

Esta lógica empiricista, inductiva y altamente sensible a la operación local de la acción discursiva presente en la PD es en buena medida también herencia de la etnometodología y del análisis conversacional que de ella se deriva. Esta denominada indiferencia etnometodológica no debe ser entendida como una indiferencia política o como una falta de perspectiva crítica, es más bien un estilo de investigación social y análisis del discurso que no excluye ni es contradictorio con un fuerte compromiso político del analista (Wetherell, 2001).

c) El énfasis en la realización práctica del mundo social es otro aspecto que la psicología discursiva retoma de la etnometodología: las actividades cotidianas son consideradas el tejido y el cuerpo de aquello que llamamos “lo social”. Atendiendo a la propuesta etnometodológica, estudiar la realidad social debe consistir en centrar la atención sobre los intercambios naturales de todos los días, en los cuales los escenarios y situaciones sociales son constituidos. La PD se nutre de esta perspectiva para formular una aproximación que se interesa por la dimensión local, situada y contingente de las acciones sociales (Edwards & Potter, 1992; Garay, Iñiguez, Martínez, 2005). Esta sensibilidad la lleva a desarrollar un análisis del discurso centrado en cómo la acción discursiva produce y sostiene localmente la realidad social. Más que buscar en el discurso la expresión de ciertos procesos cognitivos internos o de macro-estructuras sociales, la atención se dirige al discurso en tanto acción que produce cotidianamente versiones del mundo y de los sujetos, las que constituyen la urdimbre, siempre local, variable y contingente, de la realidad social. Como señala (Potter, 1990), la PD es una psicología de las prácticas y ofrece un abordaje metodológico que permite analizar su especificidad. Considera que las prácticas son situadas, están orientadas a la acción, son construidas en secuencias de interacción y están orientadas desde las categorías y producciones locales (indexicales) de lenguaje de los propios participantes. Desde esta perspectiva, y como ya lo hemos señalado, el objetivo del análisis no es develar la subjetividad interna o las estructuras sociales externas que causan y organizan la acción discursiva, es la acción discursiva misma la que se constituye en el objeto de estudio, y el modo como van emergiendo desde la misma ciertas versiones del mundo y de los sujetos que contribuyen a la realización local y contingente de lo social.

d) Una consideración de la naturaleza reflexiva y autoconstituida de los escenarios y la acción social es otro aspecto en común entre la etnometodología y los abordajes metodológicos de la PD. Como mostramos, las actividades y situaciones se constituyen a sí mismas a través de la puesta en práctica de etnométodos por parte de los miembros competentes en ocasiones concretas. Es desde esta noción que uno puede entender el trabajo empírico de la psicología discursiva como un esfuerzo por visibilizar y poner el foco en las prácticas (auto)constituyentes de la vida social, en la “profundidad de la superficie autoorganizada”. La PD no se propone a develar procesos cognitivos o macro-estructurales que supuestamente subyacen a las actividades de los individuos. La idea común que lleva a pensar que detrás de las prácticas manifiestas hay unos procesos (cognitivos, simbólicos, económicos, etc.) ocultos que las gobiernan y organizan, y que son precisamente éstos lo que debe ser descubierto, se esfuma. La manera en que se reconceptualiza la relación entre actor y norma, a la cual ya nos referimos, evidencian este giro:

no hay nada que sea eso que llamamos la normas que hacen que nuestro comportamiento sea de una determinada manera, sino que cuando hacemos algo estamos haciendo normas. No es preciso, por lo tanto, buscar cuál es la norma que hay detrás regulando nuestro comportamiento ... . La norma no es un código escrito o una clave que a través de la observación del comportamiento de las personas puede inducirse que existe. La norma es la acción. (Íñiguez, 2006, pp. 78-79)

Al adoptar una mirada que se aproxima a los procesos sociales como procesos reflexivos en el sentido etnometodológico, la PD invierte el esquema de las perspectivas psicológicas y sociológicas tradicionales y propone un modelo de análisis del discurso que ayuda a reconstruir detalladamente la producción local, situada y autoorganizada de las diferentes interacciones sociales. Lo importante es lo que las personas están haciendo en el día a día y la forma en que estas prácticas, entendidas como acción discursiva, constituyen el entramado social, producen versiones del mundo y de los sujetos, y estabilizan así ordenes locales endógenamente organizados (Edwards & Potter, 1992; Potter, 2000; Potter & Wetherel, 1987).

e) Por último, al igual que la etnometodología, la PD tendrá como uno de sus focos de investigación el propio quehacer y discurso de la ciencia, particularmente aquellos vinculados al campo de la psicología. Como es posible colegir a partir de los trabajos de Garfinkel, la ciencia debe ser entendida como una práctica social más que se produce a través de un conjunto de etnométodos que tienen un valor y un significado localmente determinado. Es decir, la práctica de las/los científicas/os debe ser comprendida a través de los mismos conceptos de miembro competente, indexicalidad, reflexividad y accountability con los que la etnometodología comprende las diferentes prácticas sociales. Tanto la ciencia como la magia, como el deporte, se ofrecen al estudio del etnometodólogo como configuraciones locales de acción y razonamiento práctico, como “ingeniosas prácticas socialmente organizadas” (Garfinkel, 2006). En palabras del propio (Garfinkel, 2006): “ninguna investigación puede ser excluida, sin importar cuándo o dónde ocurra, sin importar cuán vasto o trivial sea su enfoque, organización, costo, duración, consecuencia; cualquiera que sea su éxito, su reputación, sus practicantes” (p. 43). En el marco de esta herencia etnometodológica, la PD se caracteriza por ofrecer una estrategia analítica que permite escudriñar en los discursos y prácticas de las mismas disciplinas científicas, atendiendo al modo como éstas producen particulares versiones del mundo y de los sujetos que sostienen ciertas formas de relación social. Al mismo tiempo, se destaca por tomar reflexivamente como objeto de análisis los discursos que la propia psicología produce, explicitando el modo en que estos operan retóricamente en un campo argumentativo, en que persiguen ciertas funciones y en que buscan contribuir a expandir ciertas versiones del mundo social que por razones de diversa índole son consideradas por particulares actores del campo como fecundas, virtuosas y aconsejables.

Reflexiones finales

La tesis central que hemos buscado argumentar es que la especificidad y singularidad de la psicología discursiva, en tanto perspectiva teórica y abordaje de investigación cualitativa en el campo de la psicología social, deriva de la fuerte influencia recibida de la perspectiva etnometodológica. Hacer investigación psicosocial y análisis del discurso, desde la perspectiva de la PD, implica un conjunto particular de opciones y posicionamientos teórico-metodológicos. Estos suponen una ruptura importante con otras formas de investigación psicosocial cualitativa ancladas en tradiciones más bien comprensivas, fenomenológicas o interaccionistas, las que muchas veces -fundamentalmente bajo la forma de la grounded theory o el análisis cualitativo de contenido- se tienden a considerar como la única vía de investigación cualitativa de los sujetos y el mundo social. Asimismo, como hemos puntualizado, las opciones teórico-metodológicas de la PD suponen no solo una especificidad dentro del amplio campo de la investigación cualitativa, sino también, inclusive, dentro del campo, vasto pero más acotado, de las metodologías de análisis del discurso. A partir de los argumentos desarrollados se espera contribuir al reconocimiento, valoración, diferenciación y puesta en discusión de la gran diversidad de tradiciones y opciones para la investigación cualitativa en el campo de la psicología social contemporánea en América Latina.

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1El año 2012 el British Journal of Social Psychology dedico un número especial titulado “Twenty five years of Discursive Psychology”, en el marco del cumplimiento de los 25 años del Discourse and Rhetoric Group (DARG), del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de Loughborough, el cual ha sido el principal actor en el surgimiento y desarrollo de la psicología discursiva.

2Las revistas Psicologia & Sociedade (Brasil), Psicoperspectivas (Chile), Athenea Digital (España) y Universitas Psychologica (Colombia), entre otras, han jugado un rol clave en la difusión en el espacio iberoamericano de este boom de investigaciones psicosociales con abordajes cualitativos ocurrido en las últimas dos décadas.

3Una revisión en la base de datos latinoamericana SciELO que cuenta con más de 1.000 revistas, arroja (en general, no con un foco en psicología) únicamente 31 artículos que de algún modo abordan como perspectiva u objeto de reflexión la tradición etnometodológica. En la misma base, se observa la publicación en los últimos cinco años (2010-2014) de solo 42 artículos que se vinculan, en el resumen, a la categoría de psicología discursiva, la cual se usa muchas veces genéricamente para referirse a cualquier estudio que utiliza o discute los métodos de análisis del discurso, y no en el sentido específico y acotado –un particular enfoque teórico y metodológico en el campo de la psicología social– que le damos en este artículo.

4Hemos decidido no traducir el término “accountability”, pues consideramos –junto con otros autores (Coulon, 1987; Íñiguez, 2006)– que difícilmente se puede encontrar un equivalente de esta palabra en el español. Algunas formas aproximadas de traducción que han sido usadas son: “dar cuenta de”, “explicaciones”, “informes”, con propiedad de “observable-y-reportable”. (Lynch, 1993)

5Al respecto conviene recordar el estudio de Sudnow, “Morir, la organización social de la muerte”, en que se explora etnográficamente en un hospital el modo como se gestiona, circula y se produce “la muerte” como hecho social local que es parte de la cotidianidad de dicho centro hospitalario. En relación a dicha investigación, Wolf (1982) nos señala, de un modo que ilustra la diferencia entre la sensibilidad etnometodológica y la de otras micro-sociologías, lo siguiente: “Sudnow analiza así la estructura sociológica ... de la muerte (en una comunidad específica y delimitada en el espacio y el tiempo): no es un análisis de las ‘imágenes culturales de la muerte’ ni de las actitudes y disposiciones subjetivas hacia ella: se trata más bien de un estudio de cómo se hacen, elaboran, construyen, de qué contienen las prácticas, actividades, métodos de ‘constatar la muerte’, ‘declarar la muerte’, ‘anunciar la muerte’, ‘sospechar la muerte’, etc.: los modos y los métodos proporcionan en este caso la base para describir lo que es sociológicamente la muerte en una gran organización hospitalaria”. (p. 116)

6Vale la pena hacer notar que la reflexividad, en el lenguaje etnometodológico, no es la “reflexión”, en el sentido de un ejercicio mental consciente. Cuando se dice que la gente tiene prácticas reflexivas, no significa que reflexione sobre lo que hace. Por el contrario, los miembros no son conscientes del carácter reflexivo de sus prácticas (Coulon, 1987), no se interesan por las circunstancias y las acciones prácticas como temas de reflexión o problematización; si no fuese de esta manera, el desarrollo natural de las actividades cotidianas se vería constantemente obstaculizado. En este sentido, la reflexividad como fenómeno solo se torna visible cuando se abandona la “actitud natural” con que se trata el mundo cotidianamente.

Recibido: 09 de Marzo de 2015; Revisado: 03 de Septiembre de 2015; Aprobado: 26 de Octubre de 2015

*Endereço para correspondência: antarmar@gmail.com, antar_martinez@ucol.mx

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