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Pro-Posições

Print version ISSN 0103-7307

Pro-Posições vol.23 no.1 Campinas Jan./Apr. 2012

http://dx.doi.org/10.1590/S0103-73072012000100005 

DOSSIÊ
EDUCAÇÃO, CIDADE E POBREZA

 

Violencia urbana, memoria y derecho a la ciudad: experiencias juveniles en Ciudad Bolívar

 

Urban violence, memory and right to the city: youngsters' experiences in Ciudad Bolívar

 

 

Martha Cecilia HerreraI; Alvaro ChaustreII

IProfesora titular. Doctorado Interinstitucional en Educación, Universidad Pedagógica Nacional (Colombia). Doctora en Educación, Universidad de Campinas. Directora grupo de investigación Educación y Cultura Política. malaquita10@gmail.com
IIDocente Secretaría de Educación del Distrito Capital (Bogotá). Magister en Educación UPN. Estudiante del Doctorado Interinstitucional en Educación, Universidad Pedagógica Nacional (Colombia) en la línea de investigación Educación y Cultura Política. achaustrea@yahoo.com

 

 


RESUMEN

El presente texto aborda una reflexión en torno a las formas de constitución de los sujetos juveniles y sus modos de actuación por el derecho a la ciudad, en un contexto de violencia urbana en una zonas periférica de Bogotá - Colombia, conocida como Ciudad Bolívar. Hace parte de los avances de una tesis doctoral, en el marco del macroproyecto de investigación Memorias de la violencia y constitución ético-política de jóvenes y maestros en Colombia, llevado a cabo en la Universidad Pedagógica Nacional en el que participan estudiantes de Maestría y Doctorado.

Palabras clave: derecho a la ciudad; violencia urbana; organizaciones juveniles; subjetividades; memoria urbana.


ABSTRACT

This paper reflects on the constitution of young subjects and how they act in order to have access to the right to the city in the context of urban violence in the peripheral areas of Bogotá, Colombia, in Ciudad Bolívar. This study consists in an step ahead of a doctoral thesis within the framework of the macro research project "Memorias de la violencia y constitución ético-política de jóvenes y maestros en Colombia" ("Memories of Violence and Ethical Political Constitution of Youngsters and Teachers in Colombia") developed by 'Universidad Pedagógica Nacional' with the participation of graduate students from Ph.D and Master´s Degree programs.

Key words: right to the city; urban violence; youngsters' organizations; subjectivities; urban memory.


 

 

Introducción

En las últimas décadas las ciudades latinoamericanas han atravesado por grandes transformaciones marcadas por fenómenos de desigualdad social, política y cultural, los cuales han estado acompañados por hechos de violencia de diversa índole, así como por la irrupción de nuevos actores y sujetos sociales, dentro de los cuales se cuentan los jóvenes, quienes han generado demandas y expectativas específicas en torno al derecho a la ciudad y a la ciudadanía. Estas transformaciones conllevan grandes retos para las políticas públicas, en el propósito de propender por proyectos colectivos de ciudad sobre la base de idearios políticos democráticos que permitan la expresión y el reconocimiento de los distintos pobladores urbanos (Balbín, 2004).

En el presente artículo se aborda una reflexión en torno a algunas de estas problemáticas en el marco de una tesis doctoral denominada "Los jóvenes como sujetos políticos en el modelo de democracia participativa en Bogotá: 1994-2009". El texto consta de cuatro partes. En la primera se trata el tema de las grandes urbes y la violencia como escenarios de formación y actuación de los jóvenes. En la segunda se presentan las características de Ciudad Bolívar y las marcas de la violencia urbana en los jóvenes. En la tercera parte se describe la dinámica de constitución de las organizaciones juveniles en esta localidad y sus luchas por el derecho a la ciudad. Finalmente se presentan algunas conclusiones.

 

Las grandes urbes como escenarios de formación y actuación de los sujetos juveniles

En los últimos cincuenta años los procesos de expansión y masificación de las ciudades latinoamericanas han alcanzado amplias dimensiones, lo cual ha estado acompañado de problemas relacionados con los modelos de desarrollo que los han pautado y la serie de consecuencias no deseadas que les han estado correlacionadas. A la par con políticas públicas que incentivaron el desarrollo de las ciudades de manera planificada, con circuitos en los que se sitúan las actividades más productivas y los sectores más acomodados de la sociedad, se presentan modalidades de poblamiento no planificado en las zonas periféricas en las cuales se asientan sectores populares que acceden en forma desventajosa a los bienes y servicios. Estas lógicas se intersectan y generan procesos de urbanización contradictoria, con alto grado de conflictividad y evidencian la asimetría de programas urbanísticos que no consiguen dotar a las ciudades de un plan integral de inclusión social, económica y cultural, trayendo como resultado condiciones precarias de existencia para buena parte de la población, lo cual se constituye en obstáculo para el ejercicio de una ciudadanía plena (Ramos y Choay, 2004).

De este modo, las expectativas que en materia de ciudadanía cobran vigor en los entornos urbanos del siglo XX y comienzos del XXI, se articulan alrededor de demandas sobre el derecho a la ciudad en sus distintas aristas, las cuales adquieren diversas expresiones según la lógica del poblamiento de los sectores sociales que allí se sitúan (Borja, 2005). Así, el derecho a la ciudad no se constituye como dado y sobre él se disputan sus distintos pobladores, quienes de acuerdo a sus recursos, estrategias, tácticas y capacidades de actuación obtienen mayores o menores beneficios en torno a él. Para Harvey:

El derecho a la ciudad, tal como se haya hoy constituido, se encuentra demasiado restringido, en la mayoría de los casos, a una elite política y económica que se halla en condiciones cada vez más de conformar las ciudades de acuerdo con sus propios deseos (...) La democratización de ese derecho y la construcción de un amplio movimiento social para hacerlo realidad son imprescindibles si los desposeídos han de recuperar el control sobre la ciudad del que durante tanto tiempo han estado privados, y desean instituir nuevos modos de urbanización (2008, p. 37, 39).

La serie de problemas no resueltos respecto al uso de los espacios urbanos marcados por su acceso desigual, así como las dificultades de su gestión por parte de los Estados, han generado múltiples fenómenos de violencia. En el caso de Colombia, a partir de la década del 80 cuando emerge el narcotráfico y sus distintas prácticas culturales, al tiempo que la insurgencia armada penetra las áreas urbanas, los problemas que ya albergaban las ciudades cobran mayores dimensiones y se ven acompañados de signos de violencia de variada índole, así como de situaciones de desinstitucionalización y deslegitimación del Estado, ya que éste evidencia su incapacidad para mediar en los conflictos, siendo desafiado por sectores privados y actores armados, en el monopolio de la violencia física y simbólica respecto a la organización del orden social. Para Useche:

Es sobre ese ambiente de disolución que la violencia tiende a establecerse como una situación generalizada y duradera en las ciudades y que ella entra en resonancia con los fenómenos de la guerra que atraviesa toda la vida del país. Las violencias como formas predilectas de resolución de los conflictos, las violencias como únicas maneras de ser alguien en el anonimato urbano, las violencias como sobrevivencia en el mundo del rebusque, las violencias como formas de significación, como respuesta a otras violencias, como emplazamiento al sistema, en fin, las violencias como forma de ser en las ciudades (Useche, 2004 p. 170).

Es este el escenario en el que los jóvenes se forman a través de complejos procesos de socialización y subjetivación en los que la memoria sobre las maneras de experienciar la ciudad, tanto por ellos como por las generaciones que les anteceden, juega un papel fundante en el moldeamiento de sus subjetividades. En el caso de los jóvenes que pertenecen a sectores populares, éstos enfrentan condiciones difíciles de inserción debido a las condiciones precarias con las que cuentan, las cuales marcan las posibilidades de habitar y disfrutar los espacios urbanos y sus distintos circuitos, incluidos los culturales, no sólo porque tienen restricciones económicas para acceder a buena parte de ellos, sino también porque en el entorno inmediato en el que viven están bajo la presión de grupos armados insurgentes y delincuenciales que, además de colocarlos en riesgo de ser reclutados en sus filas mediante coacción o amenaza, les imponen códigos de comportamiento y normas morales autoritarios, en contravía de derechos adquiridos dentro del Estado colombiano sobre el libre desarrollo de la personalidad.

Asimismo, los jóvenes de las periferias urbanas han tenido que constituir sus subjetividades lidiando no sólo con lo atinente a su condición etárea y los estilos de vida que les son propios, sino también con los referentes identitarios y las memorias que han marcado a los pobladores urbanos de las periferias, en medio de contextos de discriminación y de violencia social y política (Perea, 2002). De este modo, juventud, pobreza y conflictos sociales constituyen una triada altamente problemática en las ciudades más pobladas de Colombia como Bogotá -su capital-, Medellín y Cali, que ha tenido variadas expresiones en las últimas décadas, con gran despliegue de los medios de comunicación -lo cual llevó a marcar a los jóvenes de los sectores populares como violentos y peligrosos per se-, y en las que el derecho a la ciudad adquiere rasgos complejos por la multiplicidad de intereses y de actores en contienda.

Veamos algunos aspectos sobre Ciudad Bolívar, una de las localidades con más habitantes en Bogotá, para mirar cómo el derecho a la ciudad por parte de los jóvenes está atravesado por las especificidades de la lógica de poblamiento de la localidad, las cuales han delimitado buena parte de las condiciones de posibilidad de las actuaciones juveniles, tanto en su entorno local como en el de la ciudad en su conjunto. Para Naranjo:

Asumir el reto de repensar las ciudades colombianas contemporáneas desde la perspectiva sociocultural y política, implica volver la mirada hacia los procesos migratorios, los desplazamientos forzados, la colonización urbana y las luchas por el reconocimiento, como elementos de larga duración o ejes de pervivencia histórica que han marcado y siguen marcando la configuración y dinámica de la urbanización actual (...) Si en alguna experiencia colectiva y multitudinaria de los grupos sociales existentes se puede anidar un contenido más amplio de cómo se formaron las ciudades, esa es la experiencia histórica de la plebe urbana. Los pobladores populares refundan la ciudad que ellos necesitan y en los lugares donde mejor pueden hacerlo, marcan indeleblemente la memoria urbana de lo que ha sido y será la ciudad colombiana contemporánea (2008, p. 1, 12).

 

Ciudad Bolívar: la hoguera de las ilusiones1

Los barrios que conforman Ciudad Bolívar constituyen un conglomerado que se ha construido día a día, desde los años cincuenta, en las laderas de los cerros en el suroccidente de Bogotá. En el año de 1983 se conformó como una de las Alcaldías Menores de la capital y es la localidad número 19 de las 20 que integran actualmente el Distrito Capital (Bogotá). Con una extensión cercana a las 13.000 hectáreas es una de las localidades más populosas y constituye, a su vez, uno de los cinturones de pobreza más grande del país. Su población se estima en unos 800.000 habitantes y rebasa ampliamente en número a capitales intermedias como Armenia -320.000-, Pereira -488.000- o Cúcuta -653.000- (Ruiz, 2006, p. 170).

Aquí han encontrado asiento, en distintas oleadas de poblamiento, personas que llegaron a las grandes ciudades huyendo de la violencia política y social en medio de luchas pertinaces y grandes dificultades económicas. Geográficamente está conformada por un 70% de área rural y un 30% de área urbana. En esta última proliferan los paisajes erosionados como consecuencia de un proceso acelerado y desordenado de urbanización que ha dado origen a 341 barrios, de los cuales en la actualidad se encuentran legalizados 139 (Aguirre, Montañez, 2009, p. 16), en donde miles de personas comparten el hacinamiento en las viviendas y la estrechez de las calles y lugares públicos. "En esta zona, las ráfagas de polvo se meten en los ojos, cubren el pelo, impregnan la ropa. En cambio, los nombres huelen a poesía: Lucero Alto, El Paraíso, Quiba, Villa de los Alpes y Altos de Cazucá. Son algunos de los barrios de Ciudad Bolívar (Bogotá) y de la cúspide de Soacha en donde habita el mayor número de desplazados del país" (Neira, 2006).

Sus lógicas de poblamiento han estado signadas por cuatro fases: en los años cincuenta se instalaron los primeros habitantes, algunos de ellos empleados en fábricas para elaborar ladrillos. Hacia los años 60 y 70 llegaron migrantes que huían de la violencia bipartidista, liberal-conservadora, y de los procesos de despojo y redistribución territorial a la que ésta condujo en las áreas rurales. En los años 80 y 90 llegó otra oleada de desplazados, con motivo del narcotráfico, la guerrilla y los paramilitares (Alcaldía Mayor, 2005, p. 4). Así, al igual que muchas de las zonas periféricas de las ciudades, en esta localidad se mezclan las memorias y vivencias de campesinos desplazados y de las nuevas generaciones que nacen y crecen allí. En Ciudad Bolívar se produce:

 

 

un enfrentamiento de dos memorias: la memoria de la trashumancia de adultos que expresa un imaginario campesino: la tierra en la lejanía, frustración por los sueños perdidos, y en su mirada una reciente mezcla explosiva urbana; por otro lado, miles de niños que crecen y viven su experiencia de niñez en el contexto de una ciudad que no les pertenece porque físicamente son excluidos, ya que son mirados como sospechosos y advenedizos (Alape, 2006, p. 21).

Luego de intensas luchas por el derecho a la ciudad, algunos de estos barrios han sido legalizados, lo cual ha permitido a sus pobladores acceder a unas cuantas vías de comunicación pavimentadas, a escuelas y colegios públicos y a uno que otro centro de salud. En 2006 el 76% de los hogares se situaba debajo de la línea de pobreza y el 25% se encontraba en la indigencia. El acceso a derechos como educación y salud presenta deficiencias: la cobertura en educación sólo llega al 70% y el analfabetismo alcanza un 8 % (el más alto de todo el Distrito Capital); sólo el 26% tiene garantizado el acceso a salud y la desnutrición presenta niveles elevados. Gran parte de la población es joven siendo el 58.6% de ella menor de 26 años (Ruiz, p. 114).

La agresión ocasiona el mayor número de muertes registrándose 280 en el 2001, con una tasa de 4,7 por cada 100.000 habitantes. Lo anterior se relaciona con hechos que históricamente se dan en la localidad en los cuales se cuenta la presencia de grupos de delincuencia común organizados, desde pandillas y combos juveniles, hasta organizaciones guerrilleras que penetraron en la zona a finales de los 80, debido a su importancia estratégica ya que comunica a Bogotá con la región del Sumapaz, con el norte del Tolima y con los Llanos Orientales (Villamizar y Zamora, 2005, p. 67).

En la década del 90 los procesos de reinserción con grupos como el M-19 condujeron al asentamiento de ex-guerrilleros en algunos de sus barrios, lo cual ha llevado a la estigmatización de sus pobladores. Según el testimonio de una líder comunitaria en 2007:

La Personería Local ha desmentido públicamente que aquí haya conflicto. Dicen que lo que se presenta son hechos de delincuencia callejera (...) la Policía se la tiene montada a los pelados de Ciudad Bolívar. Cada rato los aporrean, no los pueden ver en la calle porque los señalan de ser guerrilleros y los detienen arbitrariamente (Cruz, 2007).

A finales de los 90 y comienzos del 2000 penetraron grupos paramilitares y se incrementaron los asesinatos selectivos, bajo la mal llamada limpieza social2., así como las extorsiones, los desplazamientos intraurbanos y el reclutamiento forzado de jóvenes. Este fenómeno no es exclusivo de Ciudad Bolívar sino también de zonas y barrios de otras ciudades del país que muestran, ante la ausencia de regulación y control estatal, la presencia de actores que imponen órdenes sociales paralelos al régimen legalmente establecido:

En el caso de los escenarios de órdenes múltiples y sobrepuestos que incluyen ya típicamente territorios de grandes y medianas ciudades, (se debe) considerar la presencia de pequeños guerreros y pequeños órdenes que, emparentados o no, relacionados o no con los grandes protagonistas del conflicto político, establecen verdaderos espacios de dominio y control, y regulaciones informales pero efectivas referidas a comportamientos individuales y trámites sociales (Pérez, 2000, p. 25).

De este modo, el asesinato de jóvenes es una de las marcas más fuertes con las que se enfrentan las subjetividades juveniles en la localidad desde finales de los años 80. Entre 1990 y 1992 se calcula que fueron asesinados alrededor de 500 jóvenes (Navia, 1994). "Las víctimas fueron en su mayoría jóvenes de la más variada condición: algunos se dedicaban a actividades comunitarias, culturales y deportivas; otros eran pequeños distribuidores y consumidores de alucinógenos; un tercer grupo simplemente era de alguno de los parches (Neira, 1993, p. 28). Fenómeno que ha continuado a lo largo de las décadas siguientes y ha sido interpretado por el Estado y la opinión pública como ajustes de cuentas entre grupos delicuenciales al desdeñarse la complejidad de factores en juego y eludiéndose las responsabilidades sociales en torno a ellos. Hacia mediados del 2009 los jóvenes fueron de nuevo objeto de intimidaciones a través de panfletos fijados en lugares públicos. En mayo de 2010 circularon en el barrio María Auxiliadora panfletos en donde con nombre propio se amenazaba a algunos jóvenes entre los 13 y los 16 años (El Tiempo, mayo 13 de 2010).

Como consecuencia de este ambiente de permanente sospecha, miles de estudiantes y jóvenes trabajadores que viven en la localidad se ven afectados no sólo por la discriminación que genera su procedencia en otros de los circuitos de la ciudad, sino además por la inseguridad que cotidianamente los pone en estado de indefensión como potenciales víctimas en su entorno barrial. De este modo, el denominado toque de queda en horas de la noche que imponen los grupos de limpieza social afecta de manera particular a los jóvenes que regresan a sus casas luego de sus jornadas laborales y de estudio nocturno (El Tiempo, marzo 30 de 2009).

El estigma social (Goffman, 1986) que rotula a los jóvenes de Ciudad Bolívar como violentos y generadores de prácticas delincuenciales, responde a una lectura sesgada de la vida de miles de sujetos que luchan por sobrevivir en medio de grandes limitaciones socioeconómicas, en un espacio citadino agreste. Ser joven en esta localidad y en los barrios periféricos de las megaciudades resulta complejo ya que las posibilidades de construir proyectos de vida digna son restringidas y los espacios, tiempos y sueños de los jóvenes chocan con frecuencia con los intereses del modelo económico, la desconfianza de los adultos y las tensiones frente a lo institucionalmente establecido y los órdenes sociales paralelos.

No obstante, buena parte de estos jóvenes reivindican su derecho a sentirse como tales, resintiendo y contestando el modelo dominante de juventud difundido por los medios de comunicación, que al tiempo que les sirve de espejo creándoles expectativas de consumo y bienestar que están lejos de su alcance, propagan a la vez significaciones en torno a ellos como sujetos subalternos y potencialmente peligrosos. Así lo dejan ver testimonios como los expresados en el texto Ciudad Bolívar: la hoguera de las ilusiones (1995), del historiador y periodista Arturo Alape. En 2006, Alape al referirse a la experiencia de escritura del libro y sus vivencias en la localidad, en su propósito de coadyuvar a la construcción de memoria colectiva, afirmaba que los jóvenes le decían: "La gente de Bogotá no nos comprende, nosotros queremos que nos entiendan porque somos jóvenes con los mismos conflictos de los jóvenes en el país: tenemos problemas familiares, problemas educativos, vivimos entre todo tipo de violencia y drogadicción, somos de origen muy humilde pero somos jóvenes" (p. 22).

A pesar del accionar de algunas comunidades y organizaciones de base, apoyadas por entidades del Estado y Organizaciones No Gubernamentales, interesadas en mejorar las condiciones de vida de los habitantes de Ciudad Bolívar y en descriminalizar los debates y las políticas públicas relacionados con la localidad, el fantasma de la violencia social y política recorre sus barrios y el estigma que marca a los jóvenes como violentos y sospechosos adquiere vigencia cuando los medios de comunicación recuerdan que Ciudad Bolívar es, socialmente hablando, una bomba de tiempo. De este modo, lo que queda claro es que el derecho a la ciudad por parte de los sectores populares y, en este caso, de los jóvenes de Ciudad Bolívar, se encuentra con grandes obstáculos y debe ser apalancado por los procesos de organización juvenil y por la presión de las luchas y conquistas alcanzadas por las comunidades y los movimientos sociales.

Esta situación es compleja si se tiene en cuenta que el logro de las demandas de los sectores populares por el acceso a bienes y servicios en las urbes, conjunto de derechos y deberes que hoy en día están asociados con el derecho a la ciudad (Nehls, 2008), nunca ha sido propiamente pacífico teniendo que recurrir, en más de una ocasión, a situaciones de violencia física para su conquista, para lo cual han tenido que enfrentarse tanto a las fuerzas del Estado como a distintos actores armados ilegales o, en algunas circunstancias, aliarse con ellos:

Los grupos armados logran construir al interior de la comunidad nociones de ciudadanía, tramitan valores de reciprocidad, armonía, comunidad y moralidad. Muchos de ellos no ejercen solamente dominio en torno a las armas, paulatinamente han redescubierto las actividades cívicas, las actividades de integración, como eficaces estrategias a través de las cuales logran activar solidaridades y el control moral de la comunidad que dicen proteger. En efecto, estos particularismos territoriales armados, en su relación con el afuera, se han convertido en una vía expedita para lograr reconocimiento y bienestar, es decir, han logrado la expansión de titularidades y derechos que antes habían sido negados. La violencia, el ser peligroso, se considera como un activo para poderse incorporar en mejores condiciones a unidades mayores (ciudad, región, nación), para ser reconocidos por el Estado (Naranjo, Hurtado, 2002, p. 149).

Pilar Riaño, quien ha investigado sobre la relación entre jóvenes, memoria y violencia en periferias urbanas en Medellín, considera cómo los sujetos juveniles están insertos en contextos diversos que los llevan a ocupar variadas posiciones de sujeto, según las características y coyunturas específicas que experiencian en su cotidianidad, lo cual complejiza la comprensión y análisis sobre los modos como éstos se forman y constituyen sus subjetividades. Según ella su trabajo de campo le develó:

las complejidades de la vida diaria en medio de esta realidad, las cambiantes posiciones de los jóvenes como dolientes de la pérdida de sus bienamados o de amigos cercanos, como perpetradores de agresión, como portadores de odio y sentimientos de venganza, como colaboradores activos de propuestas democráticas, como testigos del terror o como partícipes de movimientos sociales y expresiones contraculturales (2006, p. xvii).

A continuación se abordarán las características y el accionar de las agrupaciones juveniles en Ciudad Bolívar comprometidas con apuestas en torno a lo cultural y a la defensa de los derechos humanos, así como a la afirmación de representaciones sobre los jóvenes que toman distancia de las marcas de estigmatización con las que buena parte de la sociedad y los medios les han identificado.

 

Organizaciones juveniles en Ciudad Bolívar: construyendo el derecho a la ciudad

Si bien la discriminación, la estigmatización y el menosprecio producen una serie de huellas, especialmente entre los niños y los jóvenes, que contribuyen a la expresión de sentimientos y prácticas de resentimiento social, ésta no es la única de las aristas en juego en la constitución de los sujetos juveniles pertenecientes a los sectores populares. Muchos de ellos buscan a través de acciones comunitarias, culturales, educativas y laborales, el reconocimiento como sujetos y la realización de expectativas de carácter vital, contraponiendo a los procesos de subjetivación que los colocan en condición subalterna y bajo proyectos de no-futuro, prácticas sociales que propenden por subjetivaciones más autónomas y liberadoras, algunas de las cuales contribuyen, a su vez, al posicionamiento en la esfera pública de representaciones colectivas alternativas sobre ellos y las comunidades de las cuales forman parte (Restrepo, 2010).

Las primeras organizaciones juveniles en Ciudad Bolívar surgieron hacia finales de la década del ochenta y comienzos del noventa, en momentos en los cuales se dieron procesos de reinserción de varios grupos armados de izquierda, como el M-19, y cuando los asentamientos en la zona se hacían a través de invasiones y construcciones ilegales, al tiempo que los espacios comunitarios se constituían como posibilidades de nucleamiento para las luchas en torno al derecho a la ciudad. Los barrios donde surgieron las primeras formas de organización juvenil fueron donde se presentaron las primeras muertes y masacres de jóvenes, constituyéndose el derecho a la vida en uno de sus principales ejes de actuación (Mantilla, 2004, p. 2).

En 1990 el gobierno central creó la Consejería Presidencial para la Juventud, la Mujer y la Familia y en 1991 se organizó en Bogotá el Consejo Distrital de Juventudes. Estas disposiciones de política pública partían de la preocupación de los nexos de los jóvenes con fenómenos como el narcotráfico, el sicariato y la delincuencia, en donde se les percibía sólo como actores -victimarios- de los hechos de violencia. Sin embargo, en la localidad, las agrupaciones juveniles ya pensaban a los jóvenes de manera diferente a la mirada institucional restrictiva. En este contexto se creó el "Primer Festival Juvenil por el Derecho a la Vida en Ciudad Bolívar", así como foros de discusión sobre el conflicto territorial que impedía, y sigue impidiendo, la libre circulación de los jóvenes entre los barrios de la localidad (Ibid).

El 11 de octubre de 1993 se convocó a un paro cívico por parte de 65 organizaciones sociales de la localidad, entre las cuales se encontraban varios grupos juveniles, en demanda de educación y servicios públicos (Zibeche, 2008). A través de él se consiguió la construcción de una universidad, de más de 20 colegios y de algunos centros de salud, así como la cobertura de servicios públicos para el 70% de la población en los barrios legalizados. Asimismo, en ese año se organizó el Primer Foro de Derechos Humanos desde una perspectiva juvenil y se celebraron varios festivales de música. Con la participación de las asociaciones juveniles el Distrito elaboró la primera propuesta de política pública para la localidad, con base en los ejes de productividad, política, y comunicación y cultura (Mantilla, p. 3).

En el año de 1996 se creó el programa de Jóvenes y Líderes para Ciudad Bolívar, en el marco de la ley 3000 de reinserción, en convenio con la Universidad Pedagógica Nacional, con el respaldo de las organizaciones juveniles. En este contexto se crearon dos programas de educación popular en los cuales los jóvenes le apostaron a una nueva imagen del sujeto juvenil y al rechazo a imaginarios difundidos por los medios de comunicación que los estereotipaban como violentos y peligrosos. En 1997, cuando el Congreso de Colombia decretaba la Ley de Juventud, en Ciudad Bolívar las organizaciones juveniles celebraban el Primer Festival Evaristo Bernate y el Carnaval de San Francisco, al tiempo que se realizaba la Marcha de Antorchas Juvenil en solidaridad con los campesinos del Guaviare y Casanare en la cual participó la mayoría de los grupos juveniles locales.

En el año 2002, las organizaciones concertaron con la administración local recursos para escuelas de formación cultural, financiación de carnavales y programas de educación artística, al tiempo que las Casas Culturales obtuvieron con el Instituto de Cultura y Turismo la financiación de proyectos para su sostenibilidad. En este mismo año se dio la elección del primer Consejo Local de Juventud de Ciudad Bolívar, con el apoyo del Gestor Local de Juventud y organizaciones juveniles aglutinadas alrededor de la Mesa MINGA (Ibid, p. 7). A pesar de los acercamientos que estas organizaciones han hecho con las autoridades locales, para la consecución de demandas referentes al derecho a la ciudad, contemplan con recelo todo lo institucional pues en ellas persiste la memoria local sobre promesas incumplidas por el Estado frente a las demandas de sus pobladores. Por ello entre las organizaciones juveniles existe desconfianza frente:

a todo lo que proceda de la administración, y prefieren no entablar relaciones muy directas ni constantes, pues consideran que la Alcaldía pretende mostrar una imagen en la que todo es bonito y negar la realidad de pobreza de los sectores en los que residen. Por otra parte, existe mucha desconfianza y temor a que organizaciones gubernamentales se apropien de sus propuestas, se pierda la autonomía para desarrollarlas o se restrinja el compromiso con la comunidad (Villamizar y Zamora, p. 72).

En el año 2003 las agrupaciones de jóvenes empezaron a sentir la presión y muerte de algunos de sus integrantes por parte de grupos armados ilegales, sin embargo continuaron con su trabajo social y cultural. Se realizó el Primer Festival de RAP con recursos de la administración local. El 7 de diciembre de 2004 se organizó en Bogotá la movilización juvenil y social "Para Seguirle la Línea a la Vida" en solidaridad con Ciudad Bolívar en la cual participaron las distintas localidades (Casa Creativa, 2007). En el comunicado difundido por sus organizadores se expresaba la voluntad de buscar estrategias en defensa del derecho a la vida: "Es una movilización, no es un evento simple, es un hito, es el inicio de un proceso de construcción de reacción ciudadana activa frente al contexto de violencia social y política en la localidad, para exigir el respeto a la vida" (Mantilla, p. 10).

 

 

En el año 2005 a través de las caminatas nocturnas se implementó una estrategia de resistencia civil, por iniciativa del Observatorio Urbano de Cultura y Turismo de Bogotá y con el respaldo de la Mesa de Jóvenes de Ciudad Bolívar. En septiembre de ese año se llevó a cabo la movilización "Para que la vida siga siendo joven", en la cual participaron más de 50.000 jóvenes.

Las actividades culturales han sido las que han nucleado buena parte de las formas organizativas juveniles en torno a manifestaciones estéticas, varias de ellas potenciadas a través de las Casas de Cultura y gestionadas por los mismos jóvenes. Estas actividades al tiempo que permiten la expresión estética de las subjetividades juveniles, posibilitan el posicionamiento de imaginarios diferentes a los de la estigmatización sobre los jóvenes y la localidad. El artista Harold Bustos, formado en grupos juveniles y culturales en la zona, hizo en el 2007 una escultura en el barrio Juan Pablo II para reivindicar la memoria de 11 jóvenes asesinados en una masacre de limpieza social el 25 de julio de 1992, cuando estaban departiendo en la esquina de sus casas en horas de la noche. La obra, denominada Tributo a la Vida, fue colocada en una plaza cercana a la calle de la masacre, confrontando cotidianamente a los propiciadores de la misma. Para Lizarralde (2008) este monumento se constituye en un esfuerzo por "contrarrestar la memoria oficial sobre los asesinatos de jóvenes en ciudad Bolívar; de hecho los medios de comunicación la mayoría de las veces han distorsionado la información cuando lo que se posiciona en la opinión pública es que son ajustes de cuentas entre bandas delincuenciales, tal como se reportó esta masacre en los periódicos el 26 y el 27 de julio de 1992" (p. 13). "No olvidamos los sueños derrumbados por las balas" dice el epígrafe del monumento.

 

 

El año 2007 marcó una oleada de manifestaciones sociales motivada por recortes a la inversión pública en salud, educación y derecho al trabajo. El movimiento, en el cual participaron jóvenes de Ciudad Bolívar además de otras localidades, marcó un hito por la presencia masiva de los estudiantes de secundaria y por sus formas de actuación que, en general, se apartaron de modalidades violentas haciendo uso de tácticas en las cuales lo cultural, expresado a través de la música, los performances y otras expresiones lúdicas y estéticas, fueron la característica.

El 23 de mayo se movilizaron en Bogotá, entre maestros y estudiantes de colegios de secundaria y universidades públicas, más de 70.000 personas. En abril estudiantes de los colegios La Estancia de Ciudad Bolívar e Inem de Kennedy ocuparon los planteles para exigir mejores condiciones de infraestructura y aspectos relacionados con la calidad de la educación. En mayo, sólo en la capital, los estudiantes se tomaron, en una acción improvisada, 120 colegios con estas mismas reivindicaciones; 22 de ellos en Ciudad Bolívar (Desde Abajo, 2007; El Tiempo 21 de mayo de 2007).

Aunque el Congreso acabó aprobando la reforma constitucional, motivo central de las marchas, dos hechos llamaron la atención de la opinión pública: la masiva presencia en las calles de jóvenes de todos los estratos y las más diversas edades. Y el discurso político de los manifestantes que sorprendió a quienes creían que la apatía era la constante entre las nuevas generaciones. Algunos de los motivos que explican estos hechos se asocian por un lado, con las formas de organización juvenil que se han venido gestando desde los años 90 y, por el otro, con la Constitución de 1991 y la ley de educación de 1994 que enfatizaron en el tema de los derechos humanos, lo cual permitió a los estudiantes comprender cómo las medidas del gobierno vulneraban el derecho a la educación y movilizarse en torno a su defensa. Además, muchos de los líderes de secundaria venían de la experiencia de lucha contra el acto legislativo/ 012 de 2001 que propiciaba la privatización de la educación pública.

El subsecretario de Educación de Bogotá, Francisco Cajiao, afirmó que la participación masiva de escolares obedecía a su mayor conciencia frente a los asuntos públicos debido a que: "En los últimos años el Distrito ha vinculado escolares en programas como Personeros Escolares, Escuela de Veedores y Jóvenes Contralores, inculcándoles el interés por los temas que afectan su entorno" (Cambio, 2007). Uno de los estudiantes declaró ante los medios de comunicación lo siguiente: "Mis compañeros y yo sí sabemos por qué salimos a protestar. Estamos en contra de la nueva ley de transferencias porque le va a quitar recursos a la educación, a la vivienda y a la salud, para dárselos a la guerra y a los paras desmovilizados, le dijo a Cambio con voz firme un alumno del Colegio Santa Librada". "Yo organicé a la gente para la marcha. Hace dos semanas fuimos nosotros quienes nos tomamos el colegio. Vamos a seguir marchando hasta que el gobierno nos escuche", sostuvo a su vez un alumno del colegio de Brasilia" (Ibid).

En líneas generales, el análisis de la dinámica de la organización juvenil de Ciudad Bolívar, en consonancia con otras formas organizativas de los jóvenes en la ciudad de Bogotá, evidencia el interés:

 

 

Por tejer procesos de reconocimiento del sujeto juvenil, en los cuales se busca que la institucionalidad comprenda que hay unos antecedentes históricos que los han gestado. Y desde ellos el movimiento juvenil ha ido construyendo un norte dentro del cual confluyen propuestas como Ciudad Bolívar territorio de Paz, Ciudad Bolívar como zona de reserva Forestal, Jóvenes Construyendo Propuestas Alternativas de Cultura y Comunicación y Jóvenes por la Promoción y Fortalecimiento de Procesos Organizativos y Participativos Juveniles. Propuestas que posicionan a Ciudad Bolívar no sólo como constructora juvenil de apuestas en el ámbito local sino también como innovadora de ideas para la construcción participativa de la ciudad (Mantilla, p. 12).

En esta dirección, es importante resaltar el papel que juegan los movimientos sociales juveniles en la resignificación de la cultura política dominante, pues a través de su accionar construyen nuevas gramáticas socio-históricas que alimentan la memoria colectiva y confrontan la memoria oficial, elaborando representaciones en mayor consonancia con la polifonía que caracteriza a los sujetos jóvenes en las ciudades en la actualidad. Para Escobar, Alvarez y Dagnino (2001):

En la medida en que los objetivos de los movimientos sociales contemporáneos algunas veces se extienden más allá de los logros materiales e institucionales percibidos, en la medida en que sacuden las fronteras de las representaciones culturales y políticas y de la práctica social, en la medida, finalmente, en que sus políticas culturales ponen en marcha cuestionamientos culturales o presuponen diferencias culturales, entonces debemos aceptar que lo que está en juego, desde la perspectiva de los movimientos sociales y de manera profunda, es una transformación de la cultura política dominante, en la cual ellos mismos deben moverse y en cuyo ámbito buscan constituirse como actores sociales con pretensiones políticas. Si los movimientos sociales tienen el objetivo de modificar el poder social y si la cultura política también involucra campos institucionalizados para la negociación del poder, entonces los movimientos sociales están necesariamente en pugna con el asunto de la cultura política. En muchos casos, éstos no exigen una inclusión en la cultura política dominante; más bien buscan modificarla (2001, p. 27).

 

CONCLUSIONES

El análisis de las particularidades que han caracterizado el accionar de los jóvenes en Ciudad Bolívar, las formas de constitución de sus subjetividades y las maneras como sortean sus expectativas y demandas sobre el derecho a la ciudad, señalan la pertinencia de desmitificar la imagen de los jóvenes de las periferias urbanas y dentro de éstos los de Ciudad Bolívar, como generadores y responsables de diversas tipologías de violencia social y política, si se quiere aprovechar al máximo la creatividad y las capacidades que éstos aportan a sus comunidades, para lo cual se requiere posicionar representaciones en las que se reconozcan como sujetos no subalternos, se entienda su singularidad y se respeten sus maneras de resignificar el orden social establecido.

Los jóvenes refundan la ciudad y dejan sus propias huellas en la memoria urbana, dejando a través de sus actuaciones el sello que caracteriza las subjetividades juveniles contemporáneas, marcadas por la fugacidad, la fragmentación y el deseo de vivir intensamente (Cubides, Laverde, Valderrama, 1998). No existe una sola manera de ser joven y en Ciudad Bolívar se trenzan de forma caleidoscópica los sueños, expectativas y frustraciones de una generación que se mueve entre órdenes sociales contradictorios que ponen a prueba sus posibilidades para constituirse como sujetos autónomos y con capacidad de interpelar los discursos dominantes que los sitúan en posiciones subalternas. Cada uno de ellos hace su apuesta de acuerdo a sus propias trayectorias y a los contextos en los cuales se forman y configuran sus subjetividades.

En el caso de Ciudad Bolívar los jóvenes cuentan con gran tradición organizativa haciendo parte de las redes sociales a través de las cuales sus habitantes han llevado a cabo, desde mediados del siglo pasado, fuertes luchas por el derecho a la ciudad y la consecución de formas de vida dignas, las cuales configuran parte de las memorias colectivas en la localidad. Pero al mismo tiempo estas memorias también están signadas por la multiplicidad de actores sociales en pugna, en el marco de la pobreza y de las lógicas de urbanización conflictivas que han caracterizado las zonas periféricas de la ciudad. De este modo, sus formas de constitución como ciudadanos y habitantes urbanos son complejas y en muchas ocasiones contradictorias, pues en ellas están en pugna idearios democráticos y autoritarios que desafian las lecturas lineales para su comprensión y análisis. Como lo ha señalado María Teresa Uribe, en estos procesos están en juego tácticas y estrategias en las que las tensiones entre lo violento y lo cívico han sido la constante:

las formas de ser ciudadano y de hacer ciudadanía en Colombia transitan por caminos distintos de aquellos trazados por la imaginación filosófica y jurídica; en cambio, en los entrecruzamientos entre la guerra y la política, entre las violencias y las transacciones, entre las intermediaciones y la fuerza, entre la palabra y la sangre, se configura un ciudadano posible, el realmente existente, que no es tan virtual ni tan deficitario como algunos lo quisieran ver, ni tan cívico como otros anhelarían que fuera (2004, p. 92).

En este sentido, como bien lo señala Huergo, se requieren nuevas lecturas políticas en torno a la ciudad para pensarla "como ámbito de posibilidad y de realización efectiva de la autonomía, de la solidaridad y de la subjetivación", con el fin de mapear las conexiones entre "las pequeñas tácticas del hábitat y las grandes estrategias geopolíticas, entre las biografías singulares y los tiempos largos de la historia, o entre las desafiantes prácticas socioculturales indisciplinadas y la tardoconquista expresada en la trama/trampa del mercado, como empresa neodisciplinaria global" (2000).

 

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Recebido em 15 de julho de 2011 e aprovado em 23 de setembro de 2011.

 

 

1. Este es el nombre del libro de Arturo Alape sobre Ciudad Bolívar referenciado en este texto.
2. Según Alvaro Guzmán se entiende por limpieza social "las acciones de eliminación de individuos que representan una identidad, valores y prácticas que son indeseables y lesionadoras de un orden social concebido como ideal" (citado por Ruiz, p. 282).