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Revista Estudos Feministas

Print version ISSN 0104-026XOn-line version ISSN 1806-9584

Rev. Estud. Fem. vol.26 no.3 Florianópolis  2018  Epub Sep 06, 2018

http://dx.doi.org/10.1590/1806-9584-2018v26n348371 

Artigos

Cuerpos y espacio en un mito de origen alternativo

Bodies and Space in an Alternative Myth of Origin

1Universidad Nacional de Córdoba, Córdoba, Argentina

Resumen:

En el presente trabajo pretendo abordar la novela de Doris Lessing, The Cleft (2007), desde conceptualizaciones del cuerpo y el espacio que enfatizan sus cualidades de inestables y en constante devenir debido a la naturaleza social tanto de uno como del otro. En The Cleft se revisa el mito de origen de la humanidad a través de la interpretación que realiza un senador de la antigua Roma de manuscritos que datan de tiempos remotos. En esta fundación alternativa de la humanidad, las mujeres se reproducen asexualmente y dan luz a mujeres. Pretendo interrogar al texto de Lessing sobre cómo se construyen los cuerpos de varón y de mujer a medida que avanza el relato, a través del tiempo, qué organizaciones e imaginarios espaciales determinan la constitución de unos y otros cuerpos, cómo ilumina el acercamiento a las problemáticas del texto un enfoque espacial, cuál es efecto de y en última instancia cuál es la crítica subyacente en revisitar el mito de origen de la humanidad, una humanidad inaugurada por mujeres según el texto objeto de análisis.

Palabras clave: The Cleft; mito de origen; práctica corporal; cuerpo; espacio

Abstract:

The present article explores Doris Lessing's novel The Cleft (2007) by means of conceptualizations of space and the body that highlight their instability and ever-changing qualities, resulting from their socially constructed nature. The Cleft revisits the myth of origin of humankind through the interpretation of ancient manuscripts that a Roman Senator carries out. In this alternative inauguration of humankind, the reproduction of the first people (women) is asexual. I explore here how women's and men's bodies are constructed through time, which spatial imaginations and organizations determine the construction of these bodies, and the effect of recreating a myth in which humanity's origin is female.

Keywords: The Cleft; Myth of origin; Corporeal practices; Body; Space

Introducción

En el presente trabajo pretendo abordar la novela de Doris Lessing, The Cleft (2007), desde conceptualizaciones del cuerpo y el espacio que enfatizan sus cualidades de inestables y en constante devenir debido a la naturaleza social tanto de uno como del otro.

La longeva y prolífica Doris Lessing, nacida en Irán 1919 y fallecida en 2013, por ser hija de un ex militar y funcionario británico, viaja extensamente con su familia durante sus años tempranos. Su vasta obra, enriquecida por su experiencia de vida, se enfoca en temas diversos, entre ellos las cuestiones de género, y se emplaza en el corpus de literatura poscolonial anglófona.

En The Cleft se revisa y revierte el mito de origen de la humanidad a través de la interpretación de remotos manuscritos que realiza un senador de la antigua Roma. La narración que este produce como resultado de las lecturas de los manuscritos abarca un período no especificado de años, pero que bien podría tratarse de varios miles, en un espacio indeterminado. Los manuscritos más antiguos analizados remiten a una tribu de personas a la orilla del mar - en realidad, mujeres, pero este término no existía, ya que tampoco existía otro género del que diferenciarse - que no se reproducían sexualmente, sino por acción de las olas, las brisas, o espontáneamente, y estas primeras personas cíclicamente parían a otras mujeres. La Grieta, el accidente geográfico que da nombre a la novela, se refiere a una roca con forma de vagina que otorga significado y regula a la vida y muerte de las primeras mujeres. Los ciclos reproductivos que, según los registros de transmisiones orales, habían sido así por siempre, cambian repentinamente cuando las mujeres empiezan a parir seres deformes a los que llaman de Monstruos - se trata de bebés varones. Los bebés varones no son aceptados y muchos de ellos mueren: son abandonados para morir, mutilados, o mantenidos como mascotas. El creciente número de Monstruos que nacen es traumático para la comunidad de mujeres, quienes lidian con la diferencia de una manera que se presenta como instintiva, y que contempla un arco de emociones negativas, tales como la sorpresa, el rechazo, el enojo. Gradualmente, los bebés varones que sobreviven maduran y conforman una comunidad apartada de la femenina, comunidad que se ve acrecentada por los constantes nacimientos de Monstruos, abandonados por las mujeres y llevados hasta allí por las águilas. Con el tiempo, la nueva generación de mujeres ya no podrá reproducirse por partenogénesis, y precisará de la reproducción sexual. A partir de la tensión causada por el parto de Monstruos, lo que el historiador romano narra es la historia temprana de las relaciones entre los sexos, la aceptación y los conflictos producto de las diferencias corporales que la convivencia con esta otra comunidad ocasiona. El historiador, además, con frecuencia, introduce comparaciones en forma de comentarios metatextuales entre estos pueblos con la sociedad romana, cuya influencia en la constitución de la cultura occidental actual es innegable. Poco a poco se observa la ampliación de los límites del mundo conocido para estos ancestros, la modificación de las prácticas y los cuerpos, principalmente los de las mujeres. La última sección del relato narra el viaje que emprende el líder de los varones junto con un heterogéneo grupo (en cuando a edad y género) para colonizar tierras. Este largo viaje, tal como lo señala la líder de la comunidad de mujeres en varias oportunidades, está mal pensado, mal ejecutado, con poca inteligencia y nada de estrategia, y está impulsado sobre todo por el deseo de alejarse de las mujeres, a quienes finalmente se ven obligados a retornar, diezmados en número, sanitaria y afectivamente.

The Cleft es un relato que cómodamente puede ubicarse en el género de la ficción especulativa por tratarse de la proyección de tendencias actuales, familiares, en un mundo alternativo distante, en este caso hacia el pasado lejano. Se acerca así a la obra especulativa de Lessing de los años 70 y 80, que le valió críticas por su alejamiento de la literatura realista (Earl INGERSOLL, 1994; Alice RIDOUT and Susan WATKINS, 2009) pero que le permitió explorar temas de su interés sin las constricciones del tiempo y el espacio, tal como lo afirma en el prólogo a la novela Shikasta (Doris LESSING, 1979, p. ix), primera de la Serie Canopus. Ella ubica estos textos más específicamente en el género “space fiction”, ya que esta denominación no la compromete con la aquella rama de la ciencia ficción conocida como hard science fiction, basada estrictamente en avances y conocimientos científico-tecnológicos. En Shikasta además se presenta, al igual que en The Cleft, un narrador más evolucionado que los sujetos sobre quienes cuenta la historia, un narrador cuya subjetividad es, sin embargo, cambiada al entrar en contacto con las vivencias de los personajes de la historia que relata. Asimismo, The Cleft establece un diálogo con la obra de Lessing en cuanto a la centralidad de la experiencia de la mujer, centralidad que le ha valido a la autora el rótulo de feminista, a pesar de su resistencia a ser caratulada como tal (INGERSOLL, 1994; RIDOUT and WATKINS, 2009). Sin embargo, a pesar de la controversia que puede haber producido la novela o la aparente contradicción que esta manifiesta con respecto a algunas teorías feministas, acordamos con Ridout y Watkins (RIDOUT and WATKINS, 2009, p. 12) en que es este tipo de contradicción es una manera estratégica de poner en tensión nociones que son inherentemente dinámicas, tales como los debates esencialismo/constructivismo, naturaleza/cultura. Cabe aclarar que el objetivo de este trabajo no es sostener que la novela de Lessing sea constitutivamente feminista, sino que considero que las especulaciones y los cuestionamientos habilitados por las tensiones antes mencionadas permiten lecturas que desestabilizan preconceptos de género en el plano extradiegético.

Tal vez por la aparentemente contradictoria naturaleza de la novela de Lessing bajo análisis, se han reseñado pocos trabajos que den cuenta de esta, de los cuales resultan de interés los siguientes, ya que convalidan mi aseveración anterior. “The Porous Border between Fact and Fiction, Empathy and Identification in Doris Lessing's The Cleft” (Pyhllis STERNBERG PERRAKIS, 2009) examina la ambigüedad de los límites genéricos (de genre y gender), ya que atribuye a la metaficción historiográfica, tal como se observa en The Cleft, la predilección por socavar los valores imperialistas y patriarcales. Este trabajo, enfocado en el rol del historiador, rastrea el proceso por el cual este alcanza un balance entre la distancia y la empatía, poniendo en duda los presupuestos de género de su cultura, y por extrapolación, los del lector. Asimismo, se reseñó el trabajo “A Post-Battle Landscape: Doris Lessing’s The Golden Notebook and The Cleft” (Katarzyna WIECKOWSKA, 2013), en que los textos analizados desde un enfoque psicoanalítico remiten, según Wieckowska, al deseo de un mundo previo a la diferencia sexual y sin otredad, y exponen una nostalgia de un tiempo imaginario previo a la pérdida de la unidad del sujeto. Wieckowska propone leer estas novelas como excursiones más allá del orden falocéntrico que determina a la mujer como “síntoma del hombre” (WIECKOWSKA, 2013, p.45-54.). “Paradise Lost: Men in Charlotte Perkins Gilman’s Herland and Doris Lessing’s The Cleft” (Sharon L. JANSEN, 2011, p.101-128) también hace foco en comunidades de mujeres que no establecen una seclusión para evadirse de un mundo que les es hostil, a diferencia de La ciudad de las damas, de Christine de Pizan, por ejemplo, sino que, por el contrario, no hay una exterioridad de la que evadirse ya que los varones directamente no existen. Con respecto a The Cleft, Jansen afirma que la no existencia previa del varón hace que, cuando comienzan a nacer los Monstruos, se establezca al cuerpo femenino como la norma, en contraposición con textos canónicos tales como La generación de los animales de Aristóteles, que sostienen la normatividad del cuerpo masculino. Asimismo, Jansen lee The Cleft y Herland como desafiantes contrapuntos a los relatos sobre las Amazonas de Homero, Esquilo, o Boccaccio, en los cuales la comunidad femenina está fuera de los límites de la civilización y por lo tanto es deshumanizada y devaluada. En concordancia con todos estos análisis, que no se enfocan en el estatus de la obra de Lessing dentro de los debates sobre si es o no feminista, mi trabajo propone indagar en las posibilidad de epistemologías alternativas sobre las prácticas corporales en relación con el espacio, epistemologías no obstruidas por la polaridad y el esencialismo que pueden estar presentes en la novela.

En el texto de Lessing se pueden leer diferentes construcciones de cuerpos de varón y de mujer a medida que avanza el relato, a través de la historia temprana de la humanidad, y observar cómo organizaciones e imaginarios espaciales determinan y son determinados por la constitución de unos y otros cuerpos. El acercamiento al texto desde un enfoque espacial puede iluminar estos aspectos y sus efectos en las construcciones sexo-genéricas. Por otra parte, la novela The Cleft revisita e invierte los mitos de origen que fundan la civilización occidental, en los cuales es el varón el agente capaz de otorgar vida. Las categorías de análisis de las que me valdré serán la noción de cuerpo y la de espacio para interpretar la propuesta de Lessing.

Brevemente, la noción de cuerpo propuesta para el análisis se sirve de teorías que se apartan de nociones biologicistas y se enfocan en los cuerpos como prácticas y resultados de prácticas y percepciones. En cuanto a su relación con el espacio, el cuerpo lo determina y es determinado por este, en una dinámica de reciprocidad. Siguiendo nociones de espacialidad tal como la propone la geografía cultural en la actualidad, entiendo el espacio no como un mero telón de fondo donde se desenvuelve la historia, sino como una construcción social que, como tal, no es ingenua sino que se encuentra políticamente cargada.

Las preguntas que guían esta indagación son las siguientes. ¿Determina el espacio las prácticas corporales de varones y mujeres? ¿Qué cuerpos encarnados se constituyen a través de estas prácticas? ¿Cómo inciden en el espacio las prácticas corporales? ¿Cómo inciden al revisitar los orígenes de la humanidad estas representaciones corporales y espaciales? Propongo las siguientes hipótesis de trabajo como tentativas respuestas a los interrogantes planteados. Las prácticas corporales son determinadas por el espacio y, a su vez, influyen sobre el espacio, de modo recíproco. Sin embargo, se observan o mandatos encarnan los cuerpos de varones o mujeres, a través de prácticas divergentes, y los espacios que estos ocupan, imaginan y modifican.

En la novela se puede observar el gran impacto de la especificidad reproductiva como marca corporal que determina los espacios que se habitan y cómo se habitan. Asimismo, por pertenecer esta novela al género especulativo, las estrategias y temas presentados permiten reescribir y desnaturalizar los mitos fundacionales de la civilización occidental que legitiman el patriarcado, soldándolo a los orígenes de la humanidad, y se desmontan así las representaciones de varones y mujeres que jerarquizan a los primeros sobre las segundas.

Cuerpos, prácticas corporales y espacio

Para esta investigación, me valgo del concepto de práctica corporal según lo propone la antropóloga Elsa Muñiz. En este trabajo adhiero a la idea de que el soma es transformado en cuerpo mediante prácticas corporales, definidas estas como una “serie de acciones que materializan o encarnan a los sujetos” (MUÑIZ, 2014, p. 27). Se trata de acciones reiteradas, que configuran un sistema y que el individuo realiza sobre sí mismo y sobre los demás. A través de estas “se adquiere una forma corporal y se producen transformaciones, es decir, se constituye la materialidad de los sujetos” (MUÑIZ, 2014, p.10), ya que son sistemáticas y regulares, aunque a la vez, por su característica performativa, sean repeticiones con pequeñas variaciones, las cuales permitirían un espacio de contestación de la normatividad. Parafraseando a Judith Butler cuando se refiere a los performativos: existe la posibilidad de que un ritual sea resignificado al momento de su repetición, ya que el contexto puede cambiar, y así esta acción puede adquirir nuevas funciones para las que no fue concebida (Judith BUTLER, 1997, p.147).

Además, es pertinente destacar que las prácticas corporales de los sujetos así entendidas se influencian mutuamente, ya que no es viable pensar en una comunidad como el resultado de múltiples individuos que realizan prácticas aisladamente. Las prácticas corporales, aunque se realicen sobre el propio cuerpo, articulan mandatos sociales, producen rechazo o aceptación, y son potencialmente contestatarias, sin mencionar que pueden incluir incluso la violencia contra otros cuerpos. Las prácticas corporales de sujetos femeninos en relación ineludible con las prácticas de otros sujetos - masculinos o femeninos - constituyen en La Grieta los conflictos principales de la trama.

Para Muñiz, las prácticas existen bajo el gobierno de dispositivos corporales, los cuales determinan las condiciones de posibilidad de dichas prácticas. De este modo, se podría hablar de prácticas corporales estratégicas que resisten o subvierten convenciones o mandatos (MUÑIZ, 2014, p. 24). Aquí es pertinente hacer una salvedad, ya que en el texto objeto de análisis, las prácticas corporales, y por lo tanto, los cuerpos, también están indefectiblemente gobernados por la naturaleza. El espacio y los fenómenos naturales determinan con tanta o más fuerza las condiciones de posibilidad para toda práctica en estas comunidades con nula o poca tecnología y reducidas en número de miembros. Es decir, los dispositivos corporales en este mundo y la capacidad de decidir sobre las propias prácticas corporales están altamente limitados por condiciones que, con frecuencia, poco tienen que ver con la agencia humana. Así, protegerse contra los ataques de animales salvajes, por ejemplo, hace que la comunidad de varones sepa trepar árboles con agilidad.

Según la geógrafa neozelandesa feminista Robyn Longhurst (2001), los cuerpos femeninos pueden cuestionar los límites más que los masculinos ya que dan a luz, menstrúan, amamantan-gotean y fluyen-mientras que los cuerpos masculinos son leídos como individuados, construidos como si tuvieran control sobre sí mismos. En estudios de campo, Longhurst estudia el cuerpo de la mujer embarazada como epítome de los bordes fluidos del cuerpo. Con frecuencia, de estos cuerpos brotan líquidos (calostro, orina, vómito) y además expulsa líquidos cuando da a luz. Como estos cuerpos rompen con los sistemas de comportamiento aceptable, son confinados a ciertos espacios (posiblemente los que Foucault llama heterotopías). En The Cleft, se puede observar el gran impacto de la especificidad reproductiva como marca corporal que determina los espacios que se habitan y cómo se habitan.

Lo espacial es entendido aquí - siguiendo las líneas de la geografía humana y cultural, así como también las influencias del giro espacial en las humanidades y las ciencias sociales - como construcción social que, a su vez, produce socialidad. Es decir, el espacio es producido socialmente y, complementariamente, las disposiciones espaciales determinan las relaciones sociales. Además, esta investigación se nutre de la perspectiva de Michel Foucault (1999, p.134-141) sobre el espacio, cuando sostiene que este no es homogéneo, sino que está conformado por redes de relaciones, convirtiéndolo en una dimensión heterogénea, de manera que el espacio, lejos de ser plano, está jerarquizado y da origen a luchas de poder. Asimismo, geógrafos como Doreen Massey (2001) o Edward Soja (1996; 2009) insisten en la importancia de reconocer la naturaleza socio-política en la dimensión espacial. Para entender los espacios representados en las obras seleccionadas, recupero la noción de Tercer Espacio propuesta por el geógrafo estadounidense Soja como una manera de pensar sobre la espacialidad fuera del pensamiento dicotómico tradicional. El Tercer Espacio es un elemento que completa y al mismo tiempo engloba el par binario en que el Primer Espacio es el espacio material y tangible, y el Segundo Espacio es el espacio concebido, las abstracciones y discursos sobre el primero. El Tercer Espacio se refiere a los espacios tal como son vividos por sus habitantes. Estos espacios, que son potencialmente espacios de resistencia, se pueden encontrar a toda escala, desde el ámbito planetario hasta la geografía más íntima, el cuerpo (SOJA, 1996, p. 66-68). La noción de Tercer espacio es importante para este análisis en cuanto a su potencialidad de englobar lo material y lo imaginario, como dimensiones que se retroalimentan. En particular, interesa cómo los cuerpos generizados y sus especificidades vivencian y modifican los hábitats.

Espacio y distribución de sujetos según su sexo

En The Cleft las especificidades del cuerpo sexuado se ponen en evidencia gracias al espacio que habitan los sujetos -la naturaleza en estado prácticamente salvaje. El cuerpo se encuentra en su entorno y con los demás cuerpos con escasas mediaciones, más expuesto en su carnalidad. Por esto, la biología, particularmente la capacidad reproductiva de las mujeres, determina las actividades y prácticas de estas y los lugares que ocupan en el mundo físico. Por otro lado, el cuerpo social, no el individuo, cobra relevancia en el amanecer de la historia de la humanidad, ya que en el grupo se halla la única manera de sobrevivencia: “then we wouldn’t say I, it was we. We thought we” (LESSING, 2007, p.7. Destacado en el original). De hecho, en un comienzo no existían nombres para cada individuo, sino que las personas eran nombradas según sus prácticas corporales de servicio y cuidado de la vida de la comunidad: las guardianas del agua, las pescadoras, las guardianas de La Grieta, las recolectoras de algas, las tejedoras de redes. La estrategia de colectivizar a los individuos no es infrecuente en la literatura especulativa, ya que en muchos casos la inclusión de tipos, en lugar de personajes desarrollados en profundidad, puede favorecer la interpretación de estos textos como advertencias. Cabe tener en cuenta la distopía de Margaret AtwoodEl cuento de la criada (1985; 2008) en la que las mujeres son tipificadas según su capital reproductivo y económico, y las funciones sociales resultantes de estos, en “Criadas”, “Martas”, “Esposas” o “Tías”, o incluso en “No mujeres”, si no pueden o no quieren ser clasificadas con ninguno de los anteriores rótulos. Sumado a esto, las criadas deben abandonar su nombre de pila y utilizar la preposición “de” más el nombre del varón a quien sirven, como marca de pertenencia y desubjetivación impuesta, de modo tal que la protagonista ha pasado a llamarse Defred. Esta clasificación en la novela de Atwood establece comportamientos prescriptivos para los sujetos femeninos, lo cual no se distancia demasiado del texto de Lessing, donde la clasificación según los roles dentro de la comunidad, con el paso del tiempo, produce resistencia a la autoridad de las Viejas, la elite gobernante, por parte de las primeras personas que se autoperciben como individuos y se dan nombres propios (Astre y Maire), tienen curiosidad y desean la compañía de los varones. El patriarcado a nivel social, institucionalizado por medio de un estado religioso del texto de Atwood, es comparable con el gobierno de las conservadoras Viejas en el texto de Lessing, que buscan castigar a las primeras mujeres disidentes - aquellas que abrazan el cambio en el orden de las cosas y reconocen a la comunidad de varones.

En la novela, las mujeres y los varones se relacionan con su entorno de maneras diversas y el entorno hace que moldeen sus cuerpos de manera diferente. Se observa una asignación espacial según el sexo, lo cual tiene su origen durante los primeros alumbramientos de Monstruos. Los primeros bebés machos en nacer, por ser 'deformes', son abandonados en 'la Roca de la Muerte' para dejarlos morir. A medida que los alumbramientos de varones se multiplican, los bebés, aberraciones a los ojos de estas mujeres, son mutilados, torturados, asesinados, o mantenidos como mascotas. Sus genitales, único rasgo visible notable al momento de nacer que los diferencia de las bebés hembras, determinan su no pertenencia a la comunidad humana. Son monstruos por exceso, por presentar en su cuerpo algo que está de más con respecto a los órganos conocidos. Por estas anomalías es relativamente sencillo deshacerse de ellos al principio. Aquellas personas (que, recordemos, no necesitaban llamarse mujeres porque no existía nada de lo que diferenciarse) niegan estatus de humanidad a estos seres monstruosos. Podría decirse que gradualmente, como contraparte, son los nacimientos cada vez más numerosos de monstruos los que terminan por ayudar a establecer, por oposición, una normatividad, y que el sujeto normativo entonces necesitó diferenciarse como femenino.

Cuerpos y lugares femeninos

El narrador-historiador, quien a su vez se basa en antiguos manuscritos que recogen testimonios orales de 'las memorias', personas que, previamente a la invención de la escritura, se ocupaban de memorizar y repetir los relatos de la comunidad, sostiene que el origen de la humanidad se encuentra en las primeras mujeres. Los cuerpos de las mujeres y su lenguaje fueron cambiando a través de los siglos según su forma de reproducirse. Para ser más precisos, debido a que no existían varones, en realidad, estas no necesitaban referirse a sí mismas como mujeres, sino que se identificaron con la geografía y el entorno y se llamaron las grietas, como la roca que domina el paisaje: “The Cleft is that rock there, which isn’t the entrance to a cave, it is blind, and it is the most important thing in our lives. It has always been so. We are The Cleft, The Cleft is us. (...) It is a clean cut through the rock and under it is a deep hole” (LESSING, 2007, p.10).

Estas primeras personas, a través de la reproducción asexual, parían siempre mujeres. Sus cuerpos acompañaban los ciclos de la luna. En rituales de fertilidad que denotan una fuerte conexión con la naturaleza, todas las que no estaban embarazadas tenían su menstruación colectivamente al cortar las flores rojas que florecían en la montaña que formaba La Grieta. La Grieta es entonces una marca geográfica, que a su vez se replica en los cuerpos de las mujeres, en la vagina y el útero. Tal como se puede observar, el acto de cortar flores y actuar sobre el entorno físico influye directamente sobre el funcionamiento fisiológico de las mujeres, que entonces tienen su menstruación. Esta proto-civilización está mayormente definida por la simbolización en el espacio natural del cuerpo y sus funciones.

Asimismo, la proximidad al agua es relevante en cuanto al ordenamiento y la imaginación espacial. El agua es un símbolo que tradicionalmente se asocia con lo femenino por la fluidez, la necesidad del medio líquido para el desarrollo del feto, los líquidos que emanan del cuerpo femenino. Nuevamente podemos observar cómo el espacio físico es leído y semantizado por estas personas como el cuerpo, y el cuerpo, como el espacio.

En la Grieta, de cuyas profundidades emanaban efluvios sulfurosos que sedaban a las personas que eran entregadas como ofrendas, se realizaban sacrificios rituales cuya finalidad era apaciguar a la deidad y garantizar el bienestar y permanencia de la comunidad. La Grieta es, tal como el aparato genital femenino según aquí se presenta, potencial fuente y garantía de vida.

En cuanto al hábitat de estas primeras personas, se trata de un espacio difícil de determinar cartográficamente en un principio para el historiador, pero que luego establece como una isla. Sí está claro que se trata de una playa, junto a un mar calmo, con grandes rocas suaves y lisas donde las mujeres se recuestan gran parte del día, con medio cuerpo sumergido en el agua, cuando no están nadando. Este paisaje se encuentra dominado por La Grieta, más allá de la cual nadie se ha aventurado. Estas mujeres, por vivir mayormente en un medio acuoso, en un clima apacible, sin depredadores, no necesitan intervenir su entorno ni movilizarse por largas distancias, por lo que sus cuerpos se desarrollan como entidades blandas, rosadas y rellenas. Se mueven torpemente en tierra pero sin dificultad en el agua. Se alimentan de pescado, y algunas algas y no utilizan herramientas ni utensilios. La vida de las primeras personas transcurre sin sobresaltos por muchos cientos o tal vez miles de años, en un paisaje monótono que determina y acompaña prácticas corporales altamente ritualizadas y por lo tanto previsibles. Las primeras personas satisfacen sus necesidades básicas, se multiplican, crían a las hijas, envejecen y mueren sin realizar esfuerzos y sus cuerpos dan cuenta de esta situación de relativo confort. Está ausente toda iniciativa de explorar tierra adentro, de apropiarse de otros espacios más allá de las cuevas que utilizan para resguardarse y La Grieta. Sus prácticas, determinadas por el espacio que habitan y por su capacidad reproductiva, producen cuerpos blandos y senos siempre listos para amamantar. Ellas habitan su hábitat en un presente permanente, en el cual sus necesidades vitales se ven satisfechas, lo cual se presenta en contraposición al narrador-historiador y los varones que aparecen más tardíamente, quienes sienten la necesidad -codificada como masculina- de explorar, explicar y cuantificar el tiempo y el espacio. A mi parecer, el tipo de esencialización presente en la novela contribuye a traer a primer plano la materialidad y especificidad del cuerpo sexuado expuesto al espacio físico por medio del ejercicio especulativo que habilita imaginar un tiempo remoto sin una somatecnia sofisticada.

Después de la aparición de los varones, las mujeres (ya podemos llamarlas así) modifican sus prácticas corporales. Cambian las demandas en cuanto al cuidado de los hijos e hijas ya que estos, ahora nacidos como resultado de la reproducción sexual, son mucho más inquietos y propensos al llanto y los berrinches que las niñas que nacían de la reproducción asexual. La aparición de varones no conlleva simplemente el efecto de mostrar una diferente o anómala forma de relacionarse socialmente, sino que también implica cambios biológicos. Las mujeres, además, mudan otras prácticas corporales cotidianas: tienen relaciones sexuales, procuran otro tipo de alimentos, se desplazan al bosque a buscar la compañía de los varones, y adquieren la capacidad de sentir curiosidad. Sus cuerpos dan cuenta de estos cambios ya que estas mujeres tardías son fuertes, ágiles y de piernas firmes, a diferencia de sus predecesoras, más parecidas a mamíferos acuáticos.

Los espacios y cuerpos masculinos

Los primeros varones, quienes consiguen escapar de la comunidad de las mujeres, conforman, a medida que las águilas llegan con más bebés, una comunidad ubicada en el bosque, territorio inaccesible a las mujeres. Sus cuerpos (mutilados en su mayoría) guardan las marcas del tormento y son los recordatorios de por qué les deben temer a las mujeres.

Allí, por ser un espacio hostil para los seres vulnerables, aprenden de pequeños a trepar árboles con rapidez. Construyen chozas y refugios que provocan miedo en las primeras mujeres que se atreven a ir más allá de su playa y cruzar las montañas. A muy corta edad, los niños deben aprender a cazar y sobrevivir por sus propios medios. Los varones desconocen cómo expresar cariño o apego y son esclavos de sus impulsos sexuales, que canalizan frecuentemente a través de animales que no representan peligro, exceptuando a los ciervos, ya que son los cuidadores de los bebés que arriban. Tampoco se registra que lo hayan hecho entre sí. Son un cuerpo que desconocen, y la cultura a la que pertenecían, y que los produjo, lo leyó como monstruoso. Sus cuerpos son abyectos y deben ser expulsados del orden de la cultura, del espacio femenino.

Estos primeros varones que escapan cuando niños del tormento y el maltrato que le propinaban las mujeres, aprendieron solo los rudimentos de la lengua. Al llegar a la edad adulta, siguen hablando este protolenguaje, y es el que transmiten a los pequeños que arriban. Años más tarde, las dos mujeres se individualizan adscribiéndose nombres propios, Maire y Astre, y se diferencian así de la comunidad, son las dos primeras en hacer contacto significativo con la comunidad de varones y tener hijos con varones como padres, les enseñan a hablar como adultos, y así los incorporan de alguna manera a la cultura de la que fueron expulsados. El historiador reconoce en ellas el origen de las deidades que él venera: Minerva y Diana.

Años más tarde, ya con la comunidad de mujeres establecida en la costa y la de varones en el valle, y con un tránsito importante de uno a otro sitio, se puede observar que la conquista de territorios se encuentra presente en la imaginación espacial de los varones, y no en la de mujeres. La exploración representa un desafío, una aventura y una buena oportunidad para alejarse de ellas, quienes los regañan por ser irresponsables, como ya se ha señalado, aunque son ellas quienes cuidan de niñas y niños hasta los cinco o seis años. Horsa, el líder de los varones, organiza una expedición alrededor de la isla, en la que parten los varones adultos, las mujeres que así lo desean y niños mayores de ocho años.

Horsa concibe el espacio como una tábula rasa, como un misterio pronto a ser descubierto y apropiado. Luego de pocos años de haber partido en expedición, está claro que la aventura no da los frutos esperados: los bebés que nacen mueren de enfermedades desconocidas, el grupo de niños se rebela, se extravía y la mayoría muere. Peligra la existencia de la comunidad toda y tal vez también de la especie humana. El líder tiene un accidente en una precaria embarcación, mientras obstinadamente trata de llegar a un punto en el horizonte que cree es tierra. El accidente lo deja casi paralítico, febril y agónico y pierde toda autoridad. Es que, sin mediar tecnologías avanzadas, en el cuerpo del líder reside su poder, parece ser que solo en la habilidad y la fuerza física, ya que se deja claro que éste no es inteligente ni estratégico. El viaje concluye con el regreso al espacio femenino, a la tierra donde nacieron, para lo cual deben ser guiados por las mujeres de la expedición ya que los varones se encuentran desorientados y son incapaces de reconocer La Grieta.

Esta expedición es significativa, ya que concurren al menos dos cuestiones: por un lado, la capacidad reproductiva del cuerpo femenino representa un obstáculo para el avance de la expedición, y esto se vuelve un motivo de reproche. Por otro lado, permite observar la ambición masculina de ocupar nuevas tierras. La conjunción de ambas cuestiones parece remitir al comienzo de los metarrelatos patriarcales y falogocéntricos sobre la expansión de la civilización y las funciones asignadas a cada sexo en este proyecto. Se presenta así una crítica, o al menos una desmitificación, de las empresas expansionistas por ser vanas e interrumpir los ciclos vitales, cuando en realidad el mantenimiento y la reproducción de la vida se encuentran ligados a la comunión con el entorno, más que con su apropiación.

A modo de conclusión

De acuerdo a Joseph Campbell, el nacimiento de los mitos es impulsado por el reconocimiento de la mortalidad del individuo, quien, a su vez, reconoce la permanencia del orden social. Los mitos, en otras palabras, nacen de la necesidad individual, pero son reafirmaciones de la pertenencia a un grupo humano (CAMPBELL, 1999, p. 31-33). Revisitar los mitos de origen, entonces, es una propuesta de relectura - tanto por parte del narrador-historiador como de la autora - de los fundamentos sobre los cuales se basa un colectivo todo. Este relato especulativo permite este ejercicio de pensamiento que, lejos de ser escapista, decide preguntarse nuevamente por qué las cosas con tal como son, proyectar las tendencias presentes a otros mundos y tiempos, y ofrecer respuestas alternativas.

La novela de Lessing cuestiona los binarismos sobre los cuales se basa el pensamiento occidental, por medio de un ejercicio de inversión de las nociones patriarcales del iluminismo sobre las que se basa la epistemología occidental, realizando una inversión paródica. Entiendo la parodia presente en el texto de Lessing como marcando una continuidad con los mitos de origen (en el sentido que hay una la hegemonía) y una diferencia (la inversión de la hegemonía llama la atención sobre la naturaleza construida de aquellos). Es decir, por medio de la reescritura de mitos de origen, plantea para sus lectores del siglo XXI una negación de los metarrelatos de la razón iluminista patriarcal que hemos legado, según la cual las mujeres no participan de las plenas cualidades de la norma, definida por el varón, por ausencia de ciertos atributos. Asimismo, el relato remite al feminismo italiano de la diferencia, particularmente en el pensamiento de Luisa Muraro, para explicar el origen de la humanidad, origen en el cual la madre es la fuente de la autoridad simbólica, en el cual se restituye la palabra como lengua materna - “la lengua de la 'nación femenina'” - y en el cual se une lo femenino con lo natural (AMORÓS, 2000, p.94-96).

Es, a mi entender, por ser rechazados fuera de la cultura (o proto cultura), y por la materialidad del cuerpo sexuado puesta en extremo, que los varones y sus prácticas se diferencian de la primera comunidad de mujeres. En el amanecer de la humanidad planteado por Lessing, quienes tienen un cuerpo abyecto son los varones y, por esto, son expulsados del orden de la cultura, al que no logran tener acceso sino hasta mucho tiempo después. La norma es el cuerpo femenino y coexiste en interacción con la naturaleza. Asimismo, el lenguaje es femenino, y lo que aprenden los varones originalmente de ellas es una lengua rústica, infantil y el maltrato, lo que pretende explicar por qué los varones son representados como individualistas, sucios, y descuidados con respecto al cuidado de los niños y otros miembros vulnerables de la comunidad. Lessing de alguna manera da cuenta de las diferencias sexuales, por un lado poniendo el acento en las especificidades del cuerpo, y por otro, presentando la inversión de las prácticas del patriarcado. El aporte de Lessing, según mi parecer, es cuestionar algunos discursos feministas en los que lo social está perfectamente aislado de lo biológico. Además, revisita las creencias patriarcales con respecto a la manera en que son inscriptos los cuerpos femeninos en el pensamiento dualista patriarcal “como una falta, en relación con la completud del varón, un modo de incapacidad en términos de las aptitudes y habilidades del varón, un modo de naturalidad e inmanencia femenina, comparada con la trascendencia del varón” (GROSZ, 1994, p. xiii. Traducción propia).

Como pudimos observar, el espacio es vivido e intervenido de distinta manera según sean varones o mujeres quienes lo habiten, ya que durante todo el relato establecen comunidades separadas, con un tráfico más o menos intenso entre una y otra, según la época. Los varones viven la experiencia de su entorno por medio de la dominación, la exploración y la posesión, actividades que muchas veces se presentan como infantilizadas, poco planeadas, e incluso peligrosas para la existencia misma de la humanidad. El espacio vivido de los varones es un territorio a ser conquistado, y sus prácticas corporales, las cuales priorizan la potencia física, dan cuenta de esto. De este modo, en el espacio que habitan los varones no hay lugar para los enfermos, los niños pequeños, las parturientas, ni para ningún individuo vulnerable, los cuales son enviados para ser cuidados por las mujeres. El cuerpo del sujeto - sus genitales, y su estado de salud y de desarrollo - determina qué ubicación le corresponde transitoria o definitivamente. El espacio femenino es el de la crianza y el cuidado, y es donde se sustenta la materialidad de la vida. Los cuerpos y las prácticas corporales de las mujeres dan cuenta de esto: tienen hábitos de higiene, por ejemplo, y coexisten con la naturaleza de manera armónica por medio de prácticas ritualizadas. Sus prácticas corporales corresponden a los ciclos vitales, y se identifican directamente con la geografía. En este sentido, el relato mantiene la dualidad tal como la conocemos entre los conceptos asociados a lo femenino - estaticidad, cuidado, inmanencia - y los elementos asociados a lo masculino -dinamismo, exploración, trascendencia - pero, a la inversa del pensamiento binario tradicional, en el relato parecen favorecerse los elementos femeninos de la dualidad.

En pocas palabras, sin negar la materialidad y la especificidad del cuerpo sexuado, Lessing expone la construcción de estas inscripciones en un cuerpo siempre cultural - soma devenido en cuerpo a través de las prácticas - que interviene y es intervenido por el espacio que habita.

Referencias

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1 “En aquel entonces no decíamos yo, era nosotras. Pensábamos como nosotras” (Traducción propia).

2“La Grieta es esa roca de allí, que no es la entrada a una cueva, sino que es ciega, y es lo más importante de nuestras vidas. Siempre ha sido así. Nosotras somos la Grieta, la Grieta es nosotras. (…) Es un tajo limpio que corta la roca y debajo hay un hueco profundo” (Traducción propia).

3El deseo de cuantificar y cartografiar, como se observa recurrentemente, se atribuye en la novela exclusivamente al varón.

4El término “abyecto”, en la teoría post-estructuralista, fue acuñado por Julia Kristeva, quien abrevó del psicoanálisis lacaniano, para referirse a aquellos elementos que son rechazados por la cultura. Lo abyecto no es objeto ni sujeto, y por eso causa repulsión. Lo abyecto marca lo que está fuera del orden simbólico, o lo que separa a la cultura de su estado previo. El mejor ejemplo de lo que provoca abyección es el cadáver —el cual no es sujeto ni objeto— ya que no pertenece más al mundo de la cultura y no encaja en el orden simbólico (KRISTEVA, 1982, p.1-10). Por extensión, en este contexto, lo “abyecto” hace referencia a aquellos cuerpos que necesitan ser dominados o marginados ya que causan desorden o caos en el orden establecido de la sociedad.

5Entiendo la parodia siguiendo a Linda Hutcheon (1993), quien la define como una manera de intertextualidad, manifiesta en diversos grados. “A través de un doble proceso de instalación e ironización, la parodia señala cómo las representaciones presentes vienen de representaciones pasadas y qué consecuencias ideológicas se derivan tanto de la continuidad como de la diferencia” (Linda HUTCHEON, 1993, p. 187).

Nadia Der-Ohannesian (nadiader719@gmail.com) es doctora en Ciencias del Lenguaje con mención en Literaturas y Culturas Comparadas y profesora de lengua inglesa en el Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades y en el Centro de investigaciones de la Facultad de Lenguas, Universidad Nacional de Córdoba, CONICET, Argentina

Recibido: 24 de Diciembre de 2016; Revisado: 22 de Diciembre de 2017; Aprobado: 07 de Marzo de 2018

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