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Revista de Sociologia e Política

Print version ISSN 0104-4478

Rev. Sociol. Polit. vol.17 no.32 Curitiba Feb. 2009

http://dx.doi.org/10.1590/S0104-44782009000100006 

ARTIGO

 

Poder, políticas y vida cotidiana un estudio antropológico sobre protesta y resistencia social en el área metropolitana de Buenos Aires

 

Power, politics and daily life: an anthropological study of protest and social resistance in the greater Buenos Aires

 

Pouvoir, politique et vie quotidienne: une etude antrhopologique sur la lutte et la résistance sociale dans l'agglomération de Buenos Aires

 

 

Mabel Grimberg

 

 


RESUMO

O artigo trata dos processos de protesto e resistência social na Argentina, a partir dos resultados de umestudo etnográfico sobre vulnerabilidade social e politização da vida cotidiana na Área Metropolitana de Buenos Aires. A pesquisa realizou-se entre 1995 e 2005 e tratou de desemprego, violência, uso de drogas e HIV-aids, por meio da análise das articulações entre as formas de padecimento e de sofrimento social e as estratégias individuais e coletivas de proteção, resistência e protesto de conjuntos subalternos residentes no cordão Sul da cidade de Buenos Aires (San Telmo, Boca, Barracas, Lugano), nas partes de Avellaneda (Dock Sur e Torres de Wilde) e La Matanza (Província de Buenos Aires). A partir de 2001 o estudo concentrouse na etnografia da formação, das modalidades de ação e do cotidiano de agrupamentos de desocupados, empresas recuperadas e assembléias de bairro. A partir de um enfoque da Antropologia Política que se centra nos processos de construção social da hegemonia e em conceitos como "tradição", "experiência" e "transação", propomos em primeiro lugar que os processos de protesto e de resistência social devem ser compreendidos em suas múltiplas articulações e entender-se em seu duplo caráter de processos históricos e de experiências de vida, que incluem sujeitos e coletividades. Sua abordagem, portanto, deve focalizar as tensões e as contradições desses entrecruzamentos. Em segundo lugar, sugerimos ressituá-los nos espaços de construção de práticas e sujeitos nos marcos mais amplos das relações de hegemonia; em particular, ponderar as experiências e as modalidades históricas de organização, dos processos da vida cotidiana e os sentidos que os protagonistas concedem às suas práticas.

Palavras-chave: protestos sociais; hegemonia; desigualdade social;vida cotidiana; Etnografia.


RÉSUMÉS

L'article traite des processus de protestation et résistance sociale en Argentine, à partir des résultats d'une étude ethnographique sur la vulnérabilité sociale et politisation de la vie quotidienne dans l'agglomération de Buenos Aires. La recherche a été menée sur le chômage, la violence, l'usage de drogues et le HIV-sida, entre 1995 et 2005, et s'est appuyée sur l'analyse des articulations entre les formes de détresse et de souffrance sociale et les stratégies individuelles et collectives de protection, résistance et protestation de groupes subalternes, domiciliés dans l'axe sud de la ville de Buenos Aires (San Telmo, Boca, Barracas, Lugano), dans la zone d'Avellaneda (Dock Sur et Torres de Wilde) et La Matanza (Province de Buenos Aires). En nous appuyant sur une approche de l'Anthropologie Politique axée sur les processus de la construction sociale de l'hégémonie et sur des concepts comme « tradition », « expérience » et « transaction », nous proposons qu'il est nécessaire en premier lieu de comprendre les processus de protestation et de résistance sociale dans leurs multiples articulations et dans leur double nature de processus historiques et d'expériences de vie, incluant sujets et collectivités. Cette approche donc doit centrer sur les tensions et les contradictions de ces croisements. En second lieu, nous suggérons de les resituer dans les espaces de construction de pratiques et des sujets dans les principaux cadres des relations d'hégémonie ; en particulier, il faut réfléchir sur les expériences et les modalités historiques d'organisation, les processus de la vie quotidienne et les sens que les protagonistes accordent à leurs pratiques.

Mots-clés: protestations sociales; hégémonie; inégalité sociale; vie quotidienne; Ethnoghaphie.


 

 

I. INTRODUCCIÓN

Si bien en Argentina los procesos de desigualdad social han constituido un dato constante durante el siglo XX, los cambios en el modelo de acumulación de capital y regulación social impulsados por políticas neoliberales desde la década de los 1970, promovieron procesos de concentración política y económica que intensificaron la desigualdad social y la precarización de las condiciones de vida de vastos conjuntos sociales. La profundización y la consolidación de estas políticas a partir de 1990 se tradujo en niveles sorprendentes, para nuestro país, de desempleo, subempleo y empleo precario y en un aumento inédito de la pobreza y la indigencia en nuestra historia1.

Al mismo tiempo, la redefinición del papel del Estado y la implementación de políticas que restringieron áreas sociales básicas como, entre otras, la salud, la educación y la vivienda, agudizaron procesos de fragilización diferencial por género y edad, por regiones y áreas urbanas, que se manifestaron en una variedad de formas de violencia y sufrimiento social2 , así como en notorios problemas de acceso a la atención médica3.

En este contexto, desde la segunda mitad de los noventa se tornó evidente el crecimiento de la conflictiva social y la emergencia de una variada gama de formas de demanda y protesta en procesos que, en primer término, involucraron a trabajadores y localidades o regiones, afectadas por las políticas de desmantelamiento y privatización de servicios y empresas del Estado. Los trabajadores petroleros, del carbón, de hospitales, docentes, municipales, provinciales, ferroviarios, etc.se constituyeron en los principales protagonistas de la demanda social. Entre el 20 al 26 de junio de 1996 residentes de las ciudades de Cutral-Có y Plaza Huincul, provincia de Neuquén, bloquearon rutas en demanda de "fuentes de empleo". En ese año, gremios estatales y otros sectores sociales ocuparon durante seis meses la plaza principal de la ciudad de Corrientes, provincia del mismo nombre, al mismo tiempo que organizaban acciones que incluían cortes de rutas y puentes. En 1997 se realizaron nuevos bloqueos de rutas en Cutral-Có, Neuquén, y en las localidades de General Mosconi, provincia de Salta, y Tartagal, provincia de Jujuy. A fines de ese año se efectuó en Florencio Varela el primer corte de ruta de la Provincia de Buenos Aires.

Progresivamente la movilización de estos sectores fue acompañada por familiares y vecinos, mientras los cortes y bloqueos de rutas, puentes o calles iban cobrando forma como "medidas de fuerza" visibles y posibles para las demandas. A partir de ahí, en tres años, este repertorio que incluía la ocupación de plazas y otros espacios públicos se extendió por todo el país. Los hechos del 19 y 20 de diciembre del 2001 y las movilizaciones y acciones de protesta posteriores sumaron un número creciente de sectores sociales. Parte de este proceso fue la aparición y la difusión de agrupamientos de desocupados, la ocupación y "recuperación" de empresas y la emergencia de asambleas barriales.

Ahora, ¿como entender estos procesos? La dimensión alcanzada por las protestas y sus formatos abrió una significativa discusión en el campo político y académico en torno al carácter y a los sentidos de las acciones, los actores, los alcances de las demandas y los repertorios puestos en juego. La mayor parte de esas lecturas han ten-dido a resaltar lo novedoso y las discontinuidades en las formas de acción y en la conformación de identidades y actores colectivos.

Nos proponemos aquí resituar la problemática de la protesta y resistencia social a partir de resultados de un estudio etnográfico sobre procesos de vulnerabilidad social y politización de la vidacotidiana en el Área Metropolitana de Buenos Aires. Este estudio se desarrolló en varias etapas entre 1995 y 2005, indagando los problemas de desempleo, violencia, uso de drogas y VIH-sida, a través del análisis de las articulaciones entre la formas de padecimiento y sufrimiento social y las estrategias individuales y colectivas de protección, resistencia y protesta social de conjuntos subalternos residentes en el cordón Sur de la ciudad de Buenos Aires (San Telmo, Boca, Barracas, Lugano) y el partido de Avellaneda en la Provincia de Buenos Aires (Dock Sur y Torres de Wilde). A partir del 2001, este proyecto amplió su área de estudios a La Matanza (Provincia de Buenos Aires) y se concentró en el seguimiento etnográfico de los procesos de formación, las modalidades de acción y la cotidianeidad de agrupamientos de desocupados, empresas recuperadas y asambleas barriales.

Nuestro trabajo recupera un enfoque de Antropología Política que centra en los procesos de construcción social de hegemonía y en conceptos como tradición, experiencia y transacción. Desde ahí, proponemos un abordaje relacional y procesual de vulnerabilidad social como combinatoria de procesos de fragilización y de protección social, que incluyen tanto el con-junto de relaciones y condiciones económicas, sociales, políticas y culturales de vida y se corporifican en una diversidad de padecimientos y modos de sufrimiento social; como los soportes, las redes, las estrategias individuales y colectivas de cuidado y autocuidado, así como al conjunto de prácticas y modalidades de organización, de demandas, de reivindicación de derechos sociales y políticos. En esta línea entonces, más que como un dominio autónomo con lógicas propias o exclusivamente institucionales, entendemos la política como un entramado de relaciones de poder y, al mismo tiempo, como una dimensión básica de las prácticas sociales (VINCENT, 2002) y las experiencias de la vida cotidiana. En este contexto conceptual, el término "politización" refiere a un simultáneo proceso de sujeción y subjetivación (SHORE & WRIGHT, 1997) que construye prácticas y sujetos. Este sentido permite destacar el tejido de relaciones de poder desde el que se configuran agrupamientos de distinto tipo, la simultaneidad y diversidad de procesos asociativos involucrados, así como la inscripción de los distintos niveles de poder local, municipal, provincial y nacional en las actividades de la vida cotidiana de los conjuntos subalternos.

Nuestro abordaje etnográfico prioriza el estudio de las prácticas y las narrativas de los sujetos de estudio, la reconstrucción de sus trayectorias de vida y la construcción de los datos desde el contexto global de la vida cotidiana. La etnografía resulta a nuestro criterio una estrategia de investigación privilegiada para el abordaje de la complejidad de los procesos sociales y de las experiencias de vida, privilegiando la construcción de los datos desde una profunda y prolongada relación con los sujetos de estudio. En este marco, estar ahí implica no sólo observar sino también participar de las situaciones de vida y transformar la propia experiencia de investigador en un hecho etnográfico, es decir en un dato construido. Las tareas de análisis e interpretación de las prácticas, experiencias y narrativas registradas en el trabajo etnográfico tienen como objetivo no sólo la documentación de las complejas características de la experiencia cotidiana de los sujetos en contextos específicos y sus cambios, sino también la determinación de sus vínculos con los procesos sociales, políticos y económicos de nivel macrosocial. Partimos de un supuesto metodológico básico de la perspectiva antropológica: el de la recuperación de los saberes y prácticas, de las demandas y las estrategias desarrolladas por los actores. Ponemos en juego un enfoque relacional para dar cuenta tanto de la articulación de los fenómenos en el contexto global de las prácticas, como de la operatoria de procesos socio-culturales y políticos. Para ello, implementamos estrategias propias del método etnográfico: observación con participación, entrevistas en profundidad, relatos biográficos y análisis de narrativas.

A partir de nuestros datos etnográficos, sobre todo de los años 2000 a 2005, este trabajo discute la problemática de la protesta y la resistencia social para proponer, en primer término, que debe considerarse en sus múltiples articulaciones y entenderse en su doble carácter de procesos históricos y experiencias de vida, que involucran a sujetos y colectivos. Su abordaje, por tanto, debe hacer foco en las tensiones y contradicciones de estos entrecruzamientos. En segundo término, sugerimos resituar esta problemática en los espacios de construcción de prácticas y sujetos en los marcos más amplios de las relaciones de hegemonía y más en particular ponderar las experiencias y las modalidades históricas de organización, los procesos de la vida cotidiana y los sentidos que sus protagonistas otorgan a sus prácticas.

 

II. EL PROBLEMA DE LA PROTESTA COMO PUNTO DE PARTIDA

Diversos estudios sociológicos y de ciencias políticas analizaron los procesos de movilización social en Argentina, a partir de interrogantes referidos a los mecanismos del sistema político para procesar demandas y conflictos, las particularidades de los ciclos de protesta y las discontinuidades en los formatos de protesta y en la conformación de actores e identidades colectivos (AUYERO, 2002a; 2002b; 2004; SVAMPA & PEREYRA, 2003; SCHUSTER, 2005; SVAMPA, 2005). Se propuso entender la protesta social como acontecimientos de tipo contencioso e intencional, de visibilidad pública, caracterizados por acciones de demanda fundamentalmente direccionadas hacia el Estado (SCHUSTER & PEREYRA, 2001; SCHUSTER, 2005). Esta lectura permite abordar el carácter segmentario de la acción colectiva y detenerse en los sentidos políticos particulares de las demandas. Este enfoque del problema, parte de una serie de preguntas tales como: quiénes, porqué, cuándo, dónde, cómo y para qué protestan, para identificar cambios en los tipos de conflictos, en los actores, en las demandas y en los formatos de la protesta (SCHUSTER & PEREYRA 2001; SCRIBANO & SCHUSTER, 2001; SCHUSTER, 2005). Sus contribuciones apuntaron a la forma en que la sociedad produce demandas, cómo éstas generan posiciones de sujetos colectivos y cómo impactan en el sistema político. Si bien esta propuesta per-mite identificar discontinuidades, resulta insuficiente sin embargo para abordar la complejidad de articulaciones entre esas discontinuidades y ciertas continuidades que deberían leerse en términos de procesos culturales e históricos específicos. Sin desconocer sus aportes, es posible observar un vacío analítico en torno de las articulaciones entre la acción de protesta y la cotidianidad de los sujetos, así como de las relaciones e interacciones diarias que los movimientos mantienen con el Estado, mas allá del momento de la protesta.

Cabe mencionar una serie de estudios etnográficos sobre agrupamientos de desocupados que han recuperado la vida cotidiana focalizando en las tensiones incluidas en la gestión de programas sociales y las categorías desplegadas por las personas para legitimar posturas en conflicto (FERRAUDI CURTO, 2005); así como en las relaciones entre la "gestión" familiar de las políticas sociales y la "gestión" de las organizaciones de desocupados (MANZANO,2004; 2007a; 2007b; QUIRÓS, 2006).

Algunas líneas de estudio han buscado incorporar al análisis de los procesos estructurales y las modalidades de la protesta, las vivencias e identidades de los protagonistas. Auyero (2002a; 2002b; 2004) propuso que tres macroprocesos "simultáneos y mutuamente reforzados" (el hiperdesempleo, la retirada del Estado en su función de "semibienestar" y la descentralización de los servicios educativos y de salud) habrían impactado de manera indirecta la acción colectiva, en la que gravitaría un contexto local de redefinición según "los intereses, las oportunidades y la organización de la acción colectiva". Para analizar los medios y sentidos de la protesta, utiliza el concepto de "repertorio" de Tilly (2000a; 2000b), entendido como un conjunto limitado de rutinas aprendidas, compartidas y ejercidas mediante un proceso de selección relativamente deliberado. Para el autor este concepto ubicaría a la cultura en el centro de las formas de acción colectiva al hacer foco en los "hábitos" de lucha adoptados por los distintos actores y en las for-mas que cobra la acción colectiva como resultado de "expectativas compartidas e improvisadas". Desde ahí, analiza la protesta en términos de ruptura, sosteniendo que estas nuevas formas permiten identificar "identidades insurgentes" construidas en torno a la noción de "pueblo", distanciadas del "repertorio clásico" caracterizado por un lenguaje identitario fuertemente asociado a la clase obrera.

Un aspecto a destacar desde una perspectiva antropológica es que una visión de la cultura que centraliza en los "hábitos", en una serie limitada de rutinas, o en "expectativas compartidas e improvisadas", imposibilita abordar la dinámica, en tanto continuidad y cambio, de procesos materiales y simbólicos más complejos en su sentido productivo y reproductivo. Entendiendo a la cultura como proceso fluido de construcción de sentidos en permanente confrontación, negociación y transformación, realizada activamente por sujetos en desiguales relaciones de poder (WRIGHT, 1998), proponemos incluir el análisis de las experiencias y las modalidades históricas de la protesta, de las prácticas de la vida cotidiana y de los sentidos que sus protagonistas otorgan a las mismas.

Como he propuesto en trabajos pasados en referencia a los trabajadores gráficos (GRIMBERG, 1997) y mas recientes (GRIMBERG, 2000; 2005; GRIMBERG, FERNÁNDEZ ALVAREZ & MANZANO, 2004), los procesos de demanda y acción colectiva, y en particular los procesos de movilización y las diversas formas de protesta social que nos ocupan, deben entenderse en su doble carácter de procesos históricos y experiencias de vida, que involucran a sujetos y colectivos. El abordaje entonces debe situarse en las tensiones y la conflictiva de estos entrecruzamientos.

Una primera y más visible relación puede reconstruirse entre estos procesos de protesta social y ciertas modalidades de prácticas sociales y políticas previas. En efecto, los primeros agrupamientos "piqueteros" surgieron en partidos del Gran Buenos Aires (Matanza, zona Oeste, y San Francisco Solano, Quilmes, zona Sur) a partir de organizaciones sociales y políticas4, que tenían como antecedentes más inmediatos las experiencias de ocupación ilegal de tierras y la constitución de asentamientos durante la década de 1980, caracterizados por un fuerte desarrollo de procesos asociativos y redes sociales de protección (sociedades de fomento, "salitas" de salud, centros de educación popular, etc.) que se expresaron, entre otros, en las "ollas populares" del período de la "hiperinflación" en 1989 y posteriormente en la creación de "comedores", "merenderos" y otros recursos colectivos. Estas acciones entonces se entraman en un proceso de largo plazo que, a partir de 1980, configuraron simultáneamente procesos de ocupación de tierras y urbanización popular, y procesos asociativos, de intercambio y reciprocidad, de distinto tipo y procedencia política e ideológica cuya sostén fue de manera creciente la base territorial.

Otro tanto debe reconocerse en los casos de ocupación de empresas por parte de sus trabajadores frente al peligro de cierre (cf. FERNANDEZ ALVAREZ, 2006; 2007; FERNANDEZ ALVAREZ & WILKIS, 2007). Estas ocupaciones como el "salvataje" por parte del Estado han sido parte de las "tradiciones" gremiales y de las políticas estatales de Argentina5. Empresas gráficas, ingenios azucareros, astilleros y otras empresas fueron en los años setenta ejemplos de estas prácticas. En el marco de los procesos hiperinflacionarios y las quiebras de la década de 1980, numerosas empresas fueron ocupadas por sus trabajadores quienes ensayaron distintas modalidades cooperativas con dispares resultados. Parte de éstas las he documentado personalmente en la industria gráfica desde 1988 a 1996 (GRIMBERG, 1997).

Visto en perspectiva histórica, es posible proponer otras relaciones para un enfoque de proceso. Así, desde 1985 se visibilizan desplazamientos en los ejes y las formas de protesta en nuestro país, en un proceso que va desde la recuperación y reorganización sindical, los conflictos a nivel de ramas de producción del sector industrial privado por la recuperación de condiciones de trabajo y beneficios laborales perdidos con la dictadura militar a mediados del gobierno de Alfonsín, a las acciones de resistencia a los cambios en la organización del trabajo y las formas de contratación, a las privatizaciones y, sobre todo, a procesos de demanda por salarios adeudados, despidos y cierres, que se profundizan durante el gobierno de Menem, hasta las movilizaciones y cortes por subsidios y programas de atención al desempleo de finales de los años noventa.

El inicio de siglo mostró un escenario de disputa, demanda y negociación de carácter territorial, dirigido básicamente hacia el Estado, que articuló distintas modalidades de ocupación del espacio público. Parte de esta territorialización ha sido la configuración de un espacio de ocupación y cortes que supuso desplazamientos de los actores entre el Gran Buenos Aires y la Ciudad de Buenos Aires, cuyos puntos focales lo constituyeron los puentes y lugares de entrada-salida, así como ciertos lugares emblemáticos de la política, tales como la Plaza de Mayo, la Plaza del Congreso o el Palacio de Justicia (Tribunales).

El análisis de esta dinámica debería poder comprender las articulaciones entre procesos económicos y sociopolíticos. En particular me refiero a analizar de manera relacionada los cambios en la estructura social y en las experiencias de la vida cotidiana, promovidos por la concentración y el desmantelamiento industrial durante la primera parte de aplicación de las politicas neoliberales del gobierno menemista, que involucró a trabajadores del cordón industrial del Area Metropolitana de Buenos Aires, de empresas privadas y del Estado y que, a partir de 1995, culminó en la recesión, el hiperdesempleo y la masificación del empleo precario. En otros términos, a indagar las transformaciones en los modos de vida, las experiencias y sobre todo en las relaciones y estrategias que los conjuntos subalternos ponen en juego cotidianamente.

Este análisis sería insuficiente si no se entiende cómo ciertas tradiciones y tensiones históricas gravitan en estos procesos sociopoliticos. Debería entonces considerarse los cambios en las lógicas políticas del Estado en su relación con los conjuntos sociales subalternos y su inscripción en los modos de acción, la organización y las construcciones identitarias de éstos, así como en las experiencias y trayectorias políticas de los agrupamientos. La protesta debe ser relocalizada en procesos más amplios de la resistencia social, cultural y política y, más en particular, ser articulada al entramado de las experiencias de la vida cotidiana, como desarrollamos en el siguiente punto.

 

III. RELACIONES DE PODER Y EXPERIENCIA COTIDIANA: EL PROBLEMA DE LA RESISTENCIA Y LOS APORTES ANTROPOLÓGICOS

Recién a partir de la década de 1970 la Antropología comenzó a reemplazar sus preocupaciones por el orden y la organización política, para interrogarse por las "relaciones de poder" y los mecanismos de dominación y resistencia (CALDEIRA, 1989). En ese marco, diversas líneas de investigación propusieron abordar de manera histórica y relacional los procesos de dominación y resistencia haciendo eje en el rol de la agencia, la cultura y la conciencia. Algunos de esos estudios revisaron el colonialismo y las relaciones colonialistas a través de movimientos religiosos, para sostener que los procesos de resistencia implican la apropiación y reelaboración de los elementos de la dominación, retraducidos a los contextos culturales de los dominados. Estas reelaboraciones forman un collage de elementos de distinto tipo que se objetivan en categorías opuestas, en visiones en confrontación que permiten identificar a los dominadores y posicionarse. Estas objetivaciones darían lugar a formas de resistencia popular codificadas frente a las posibles reacciones represivas de los regímenes de dominación (COMAROFF & COMAROFF, 1991). Otros estudios profundizaron a través del estudio de los rituales del diablo en minas bolivianas, la configuración de relaciones de poder, la multiplicidad de sentidos de esos rituales y su articulación en procesos de resistencia (NASH, 1979; TAUSSIG, 1993); o priorizaron el análisis de los significados y los espacios de autonomía en las formas encubiertas de resistencia a la dominación, que pueden basarse en pequeños robos, boicots, chismes y rumores, ausentismo o trabajo a desgano; en definitiva, en pequeñas acciones de la vida cotidiana que no confrontan de manera abierta (SCOTT, 1976; 1985; 1990).

Quisiera llamar la atención sobre algunos problemas relacionados con las particularidades observadas desde los datos de campo. Un problema central refiere a las tensiones entre lo social y lo político y en particular a las distinciones realizadas frecuentemente en la bibliografía entre resistencia y estrategias de vida o de supervivencia (ORTNER, 1995). Un punto de partida conceptual a mi criterio es considerar que la desigualdad y la precarización social deben ser entendidas al mismo tiempo como un proceso estructural y una experiencia subjetiva (POLLAK, 1990; TURNER & BRUNER, 1997). En tanto experiencia subjetiva dichos procesos se expresan simultáneamente en una diversidad de padecimientos y modos de sufrimiento social, así como en modos de interpretar, actuar y responder frente a ellos (FARMER, 2003; GRIMBERG, FERNANDEZ ALVAREZ & MANZANO, 2004). Se trata, entonces, de registrar no sólo la forma en que los sujetos padecen, sino el modo cómo describen, interpretan, explican y actúan con relación con sus situaciones de vida y sus padecimientos, así como las vinculaciones que ellos efectúan entre aquello que viven individualmente y lo que se juega a nivel colectivo.

En términos de proceso estructural, una mirada de largo plazo permite reconocer que desde finales de los años setenta se impulsó un proceso de reconfiguración societal, que transformó el modelo de sociedad que con modificaciones se mantenía desde la década de 1940. Me refiero a un modelo caracterizado por el peso del trabajo asalariado, legislación de protección social y laboral y alto nivel de organización sindical, así como por sectores medios de significativa importancia en términos comparativos con otros países latinoamericanos (VILLARREAL, 1986; BASUALDO, 2003). Me interesa destacar que estos procesos, en particular la extensión del desempleo y el subempleo, han reestructurado profundamente la vida cotidiana de los sectores populares, desdibujando las fronteras tradicionales entre ocupación y desocupación, entre espacio público y privado, en un proceso que: a) ha comprometido la vida (la sobrevivencia) de cada vez más sectores de población, afectando todas las dimensiones de su vida cotidiana; b) ha redefinido las formas y los sentidos del trabajo, reinsertándolo y entramándolo en otras formas de organización social de la vida cotidiana, modificando o produciendo nuevas relaciones entre el espacio laboral y los espacios doméstico-familiares y barriales; c) ha extendido e intensificado procesos de explotación.

Esta reconfiguración, entonces, se constituyó en una vertiginosa experiencia de pérdida para los miles de desempleados y precarizados, así como para significativos "sectores medios" empobrecidos. El análisis de narrativas de vida y el seguimiento de las actividades cotidianas en algunos de los agrupamientos de desocupados muestran trayectorias que destacan el ensayo de una variedad de formas individuales y colectivas de supervivencia, desde el "cartoneo", la venta callejera, las artesanías, las ferias, la participación en sistemas más o menos formalizados de trueque, el recurso a la asistencia (enviar niños a comedores comunitarios, ir a buscar la comida y comer en la casa), a la inclusión en alguno de los programas sociales. Parte de estos procesos comprometen en extenso a redes familiares y vecinales e implican el desarrollo de prácticas diferenciadas y combinadas de formas cooperativas; también a diferenciadas instituciones (sociales, religiosas, políticas, etc.) y áreas estatales.

Ahora, el trabajo etnográfico permitió observar una variedad de modos de organización: asociaciones vecinales de distinto tipo, asociaciones mutuales y clubes de barrio de distinta antigüedad, grupos murgueros, asociaciones de inquilinos, comedores comunitarios, movimientos de desocupados, "asambleas" barriales, entre otros. Como señaláramos en un trabajo anterior (GRIMBERG, FERNANDEZ ALVAREZ & MANZANO, 2004), los procesos de demanda, los cortes y movilizaciones desarrollados por los distintos agrupamientos sociales, se traman con actividades laborales y sociales que intentan responder de manera colectiva a necesidades cotidianas de la vida en el barrio.

¿Como caracterizar estas prácticas? Formula-do en estos términos, esta enumeración podría ser una respuesta a la pregunta "¿cómo sobreviven los marginados?" que hiciera Larisa Lomnitz (1975) en los años setenta. Desde el marco de la teoría de la marginalidad esta pregunta inauguró una línea de estudios que puso el énfasis en el desarrollo de estrategias y en la existencia de redes familiares, de vecindad y amistad como parte de las mismas. Mas allá de las críticas posibles de efectuar a los lineamientos conceptuales de estos estudios, resulta evidente que los conjuntos subalternos desarrollan una serie de prácticas y generan y/o aprovechan una serie variada de recursos que deben ser tenidos en cuenta para el análisis de estos procesos. En esta perspectiva debe considerarse que estas prácticas involucran procesos de evaluación y diagnóstico de situaciones de vida, identifican problemáticas, tipifican modos de resolución y activan mecanismos de procesamiento colectivo de modos acción y relación con distintos actores sociales.

Una cuestión a considerar en este análisis es la extensa tradición de "lucha social barrial" que desde 1960 se manifestó en procesos asociativos y modalidades de acción política6 en función de la ocupación de tierras para el asentamiento urbano en el Gran Buenos Aires, la ocupación de viviendas en la Ciudad de Buenos Aires, las demandas de mejoras de infraestructura y servicios tales como los relacionados con la atención médica ("salitas"), guarderías, saneamiento ambiental, etc. y más recientemente, a partir de mitad de los la década de 1980, en la ocupación de tierras, la participación en procesos de (auto)construcción y la ejecución de tareas de infraestructura y saneamiento ambiental. Parte de estas formas asociativas fueron en distintos momentos históricos las bases de procesos de movilización política entre finales de los sesenta y mediados de los setenta, así como foco y espacio de disputa de partidos políticos en época de campañas electorales.

La significación, entonces, no puede ser planteada en forma aislada, sino desde el contexto de relaciones de poder y sus expresiones sociales, políticas y culturales y más específicamente desde los sentidos que en cada momento histórico movilicen sus protagonistas. Es ese contexto el que puede permitir indagar los alcances y los límites de las demandas y las iniciativas de los conjuntos subalternos y los procesos de politización de la vida cotidiana en los que se inscriben.

Este tipo de análisis, a la vez, permitiría a mi criterio extender la mirada hacia los contextos de no confrontación abierta para entender que no significan consenso ideológico a las relaciones y condiciones de dominación (o falta de conciencia). Por lo contrario el trabajo etnográfico, así como de fuentes documentales no tradicionales (relatos populares, literatura, etc.) permite captar niveles de constante confrontación en términos de "transcripción oculta" (SCOTT, 1990), en que los conjuntos subalternos muestran en sus prácticas y discursos entre pares, su reconocimiento de los agentes y las modalidades de la dominación.

El trabajo etnográfico, en la medida en que compromete a un estar ahí cotidiano, y sobre todo prolongado, mas allá del momento visible de la acción formalizada, para seguir las alternativas, las incertidumbres y pequeñas decisiones de todos los días, los diferentes y contrapuestos posicionamientos y las tramas sociales en las que los sujetos están involucrados, debe poder evitar tendencias a la homogeneización de los "sujetos de la protesta" o a la naturalización de sus diferencias, que en ambos casos dejan fuera de análisis las disputas, tensiones y contradicciones entre sectores y agrupamientos, así como al interior de cada uno de ellos (tal como se expresó a partir del 2002 y con mas intensidad del 2003, en los procesos de ruptura de agrupamientos de desocupados, asambleas barriales y movimientos de diversos tipos y organismos de coordinación). Un resultado de tendencias homogeneizadoras lo constituye tanto las visiones de una "identidad piquetera", o "identidades beligerantes", como el énfasis en los vínculos "clientelares" con partidos y sectores del Estado (cf., entre otros, AUYERO, 2002a; 2002b; 2004; SVAMPA & PEREYRA, 2003; SVAMPA, 2005; CLEMENTE, 2006). Como señaláramos en un punto anterior, este abordaje de los sectores subalternos y la centralidad en los momentos de la protesta mantiene estrecha vinculación con los énfasis analíticos en la ruptura y la discontinuidad que operan como supuestos de análisis.

En definitiva, los distintos momentos de emergencia y las particularidades del proceso de conformación de agrupamientos responden a las especificidades de trayectorias y de contextos de relaciones políticas que deben ser nudos focales del análisis. En ese marco debería indagarse de manera relacional el papel de las políticas y programas del Estado, de las organizaciones de base religiosa, de los partidos y grupos políticos, de sectores ligados a agrupaciones sindicales y de otros actores sociales y políticos en la conformación de los procesos de resistencia y de sus protagonistas.

Tal como han señalado distintos autores (ORTNER, 1995; GLEDHILL, 2000), los problemas centrales de los estudios sobre resistencia residen en la unilateralización del análisis en las prácticas y discursos de los conjuntos subalternos, fuera del marco de las relaciones más generales de poder y los contextos sociohistóricos específicos. Como he propuesto en trabajos pasados en referencia a los trabajadores gráficos (GRIMBERG, 1997) y más recientes (GRIMBERG, 2000; 2005; GRIMBERG, FERNANDEZ ALVAREZ & MANZANO, 2004), la "protesta" y los procesos de resistencia deben ser situados en el contexto mayor de las relaciones y procesos de hegemonía.

 

IV. RESITUANDO EL PROBLEMA: LA HEGEMONÍAY SUS LÍMITES

Utilizo esta categoría, "hegemonía", para referir a relaciones de poder activamente construidas, que articulan de manera tensa coerción y consenso. Interesa puntualizar que este concepto destaca el rol de la agencia y las múltiples acciones e interacciones entre sectores sociales dominantes y subalternos, en un proceso de mutuas apropiaciones y resignificaciones. Como tal, esta relación de poder "tan solo puede ser mantenida por lo gobernantes mediante un constante y diestro ejercicio de teatro y concesión" (THOMPSON, 1984, p. 80).

Enfocados en su dinámica, estos procesos se articulan en un campo de fuerza societal de múltiples disputas, en el que los conjuntos subalternos pueden desarrollar prácticas que simultánea y contradictoriamente implican cuestionar-impugnar algunos aspectos de las relaciones de dominación-subordinación, mientras adhieren o reproducen otros; aceptar, resignar, negociar y resistir de maneras más o menos encubiertas, efectuar reelaboraciones, desarrollar iniciativas propias o prácticas no necesariamente funcionales a la reproducción de las relaciones de dominación. En este sentido es un proceso contradictorio, fragmentario, cuyos intersticios dan margen tanto a la demanda y la disputa, como a la negociación; a la dependencia como a la autonomía no funcional.

Mirado desde las tensiones y contradicciones de los procesos de hegemonía, puede reconocerse que tanto el desarrollo como el notable crecimiento de organizaciones de desocupados a partir del 2000 se vincula, básicamente, a las políticas implementadas por el Estado, a través de la demanda de subsidios y programas de empleo transitorio y, fundamentalmente, de la gestión organizada de estos recursos. La variedad de tensiones y contradicciones y, en este marco, las significaciones políticas que estas prácticas expresan solo pueden entenderse, y esto me interesa destacarlo, a la luz de un proceso de construcción conjunta de modalidades de acción estatal y de procesos de demanda y de actores, que deben enmarcarse en modelos políticoseconómicos y simbólicos más amplios.

Cabe recordar que durante la década de 1990 las líneas de créditos otorgadas por organismos internacionales impusieron la modalidad de "políticas focalizadas" sobre determinados sectores de la población, cuyos fondos podían ser gestionados por programas públicos o asociaciones nogubernamentales. Los distintos programas contra el desempleo exigieron una serie de requerimientos, tales como formular proyectos a partir de modelos standarizados de programación y control, preveer ciertas contraprestaciones de trabajo y tareas diversas, explicitar ciertos dispositivos de "capacitación" de las organizaciones, asi como mecanismos de tramitación periódica de reasignación de beneficiarios, etc.

Ahora bien, las especificidades de implementación de estas políticas afirmaron ciertas modalidades de relación social entre sujetos, agrupamientos y poderes locales, al mismo tiempo que imponían una dinámica de demanda de confrontación-negociación configurando un campo transaccional desde el que se definen y redefinen modos de acción y actores sociales, incluyendo entre éstos a la propia acción estatal. Por eso, es en el marco y la dinámica impuesta por estas políticas cómo se crean y modelan demandas, formas de protesta y resistencia, así como actores sociales y políticos. "Impuesta" porque es resultado del contexto de deprivación y (des)estructuración social promovido por el con-junto del modelo neoliberal. Este carácter constituye a esas políticas tanto en resortes coercitivos como en espacios de oportunidad para la demanda.

Visto desde las relaciones de hegemonía, estas políticas redefinen el campo de fuerza societal, perfilan (en términos de propuesta) los objetos de la demanda y acotan los caminos; pero al mismo tiempo la demanda y la gestión de estos "planes" resultan en principal motor de crecimiento de estas organizaciones y en intensificaciones coyunturales de los procesos de protesta social. Parte de estas tensiones y contradicciones emergen de las características de estas prácticas que combinan procesos de movilización con múltiples actividades de vida cotidiana en áreas como trabajo, salud, educación, etc. y de ciertas dimensiones de significado de sus discursos, tales como el fundamento en la "dignidad social" y la vinculación simbólica entre movilización y logro, entre "lucha" y "conquista", que permite configurar tanto el objeto como el medio de la demanda en derecho político.

En este campo de disputa y de variadas correlaciones de fuerza, esta dinámica de demanda y negociación de los "planes" asume funciones de contención de la conflictiva, de disciplinamiento y control social, de legitimación de políticos y políticas y de refuerzo de una enorme red de intercambios entre el gobierno nacional, los gobiernos provinciales y municipales, los partidos y grupos políticos y agrupamientos de distinto tipo. Pero, al mismo tiempo, permite el despliegue de una multiplicidad de prácticas tales como disputar y capturar recursos, apropiar y reelaborar significados frente a las estrategias políticas gubernamentales, desarrollar ciertas iniciativas propias, extender la capacidad de gestión de ciertas áreas de la vida cotidiana. Es en este senti-do que puede pensarse a las políticas en una doble función de sujeción y subjetivación (SHORE & WRIGHT, 1997) y al Estado como constructor de sujetos sociales y políticos.

En esta perspectiva, los "planes" deben ser vistos como uno de los múltiples dispositivos de un complejo sistema de gobernancia, en el que debe incluirse tanto el padecimiento, como la resistencia o las variadas estrategias de "aprovechamiento" de conjuntos y agrupamientos sociales y políticos, en un proceso de construcción hegemónica que fuerza los límites y los alcances de las prácticas.

 

V. REFLEXIONES FINALES

La discusión efectuada permite acercarse a la complejidad de los procesos de resistencia y protesta social, abordar con mayor sentido crítico sus alcances y límites, para resituarlos en un proceso de construcción de prácticas y sujetos en los marcos más amplios de las relaciones y procesos de hegemonía. Esta mirada destaca la necesidad de un enfoque relacional que recupere y articule en el análisis las modalidades de prácticas sociales y políticas históricas y las experiencias de vida cotidiana, de manera de entender procesos sociales y subjetivos y, en particular, tanto la multiplicidad como la fragmentación de acciones y sentidos simultáneamente comprometidos en un campo más amplio de disputa y transacción. En esta perspectiva se destaca el trabajo con categorías como las de tradición y experiencia.

Desde ahí proponemos que es en este marco de relaciones de hegemonía cómo deben ser leídos los procesos transaccionales de apropiación y gestión de recursos materiales y simbólicos en relación a las estrategias políticas gubernamentales. La significación no puede ser planteada en forma aislada, sino desde el contexto de relaciones de poder y sus expresiones sociales, políticas y culturales y más específicamente desde los sentidos que en cada momento histórico movilicen sus protagonistas. El objetivo entonces es captar las tensiones y contradicciones de las prácticas y propuestas, es decir indagar los alcances y los límites de las demandas y las iniciativas de los conjuntos subalternos. Esto no significa desconocer que, en el marco de la heterogeneidad de las propuestas de sus protagonistas, estos procesos fuerzan y expanden las fronteras de la ciudadanía, en tanto redefinen modos de relación con el Estado y legitiman necesidades y modalidades de acción en términos de derechos.

La discusión planteada refuerza, a su vez, la potencialidad del trabajo etnográfico para el seguimiento de los modos de vida de los conjuntos subalternos, por lo general fuertemente invisibilizados. Sobre todo dimensiona la vida cotidiana como espacio en el que se entretejen relaciones sociales y compromisos, se configuran y confrontan lealtades, se despolitizan y politizan problemas, se separa y "reunifica" vida y política, en otros términos se traban los procesos de hegemonía y se despliegan múltiples procesos de resistencia.

Las transformaciones que estos procesos han promovido (y promueven) en la reconfiguración de las modalidades de relaciones sociales, en las representaciones y las prácticas de los conjuntos subalternos, en las construcciones identitarias y en la subjetividad, constituyen los principales interrogantes del momento actual.

 

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Recebido em 11 de julho de 2007.
Aprovado em 15 de novembro de 2007.

 

 

Mabel Grimberg (mabelgrim@gmail.com) é Doutora em Antropologia Social pela Universidade de Buenos Aires (UBA), Profesora Titular da mesma instituição e Investigadora do Consejo Nacional de Investigaciones Cientificas y Tecnicas (Conicet).
1 El alcance de esta situación puede dimensionarse considerando que el desempleo pasó de 13% en 1998 al 23% en abril del 2002 (con un aumento del 74%), la pobreza del 31% en 1998 al 49% en abril del 2002 (con un incremento de 59%), mientras que la indigencia ascendió del 8% en 1998 al 18% para abril del 2002 (con un aumento del 128%) (LOZANO, 2002).
2 La mortalidad de menores de un año por causas evitables pasó de 12 120 en 1999 a 17 000 en el 2002, mientras que la mortalidad por desnutrición ascendia a 10 000 en 2002. En el último trimestre del 2002 en La Matanza (Conurbano Bonaerense) el 70% de los jóvenes menores de 14 años se ubicaba bajo el nivel de pobreza, y de ellos la mitad bajo el nivel de indigencia (CIDH, 2003). Entre otros emergentes se destacan el aumento de padecimientos evitables como problemas respiratorios e infecciosos, la baja del rendimiento escolar, el incremento de embarazos tempranos y otros problemas de salud reproductiva, las muertes y heridos por violencias de distintos tipos, el VIH-sida, el uso de drogas, etc. (Informe sobre la situación de los derechos humanos en Argentina, 2004).
3 Según datos disponibles, el porcentaje de población dependiente exclusivamente de la atención pública pasó del 37,6% en 1997 al 43,2% en el 2001, mientras que los que tenían alguna clase de cobertura social (para trabajadores activos o pasivos) decrecieron en ese mismo lapso del 50,3% al 46,7% (SIEMPRO, 2002). Para un estudio antropológico sobre accesibilidad, ver Margulies (2003).
4 Entre ellas, las Comunidades Eclesiales de Base vinculadas a la Teología de la Liberación, organizaciones vecinales y grupos políticos de distintas orientaciones como la Corriente Clasista y Combativa del Partido Comunista Revolucionario, la Federación de Tierra, Vivienda y Habitat (FTV), adherida a la Central de Trabajadores Argentinos (CTA).
5 Solo algunos ejemplos: la toma del Frigorífico Lisandro de la Torre y la resistencia barrial en Mataderos en 1959, las tomas de fábrica de los planes de lucha de los años 1963-1964, la ocupación de ingenios en Tucumán en 1968 y 1969, el Ingenio Las Palmas, Chaco, en 1987.
6 Entre ellas, sociedades de fomento, agrupaciones vecinales, clubes barriales, centros parroquiales, etc., según momentos en formas y estructuras partidarias, centros políticos, etc.