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Revista de Sociologia e Política

Print version ISSN 0104-4478

Rev. Sociol. Polit. vol.20 no.42 Curitiba June 2012

http://dx.doi.org/10.1590/S0104-44782012000200007 

DOSSIÊ "NOVAS REPÚBLICAS: CONSTRUÇÃO DE NAÇÕES NA AMÉRICA LATINA DO SÉCULO XIX"

 

Civilización, masculinidad y superioridad racial: una aproximación al discurso republicano chileno durante la Guerra del Pacífico (1879-1884)

 

Civilization, masculinity and racial superiority: chilean republican discourse during The Pacific War

 

Civilisation, masculinité et supériorité raciale: le discours républicain chilien pendant la Guerre du Pacifique

 

 

Carmen McEvoy

Doutora em História pela Universidade da Califórnia em San Diego (Estados Unidos) e Professora de História na Universidade de South-Sewanee (Estados Unidos). (cmcevoy@sewanee.edu)

 

 


RESUMO

En este artículo se analiza el discurso republicano en el contexto de la Guerra del Pacífico. La propuesta es explicar cómo, por un lado, la noción de la "barbarie", tradicionalmente asociada a la naturaleza salvaje, fue empleada para referirse al despostimo, la degeneración y el lujo de la sociedad de Antiguo Régimen que - de acuerdo con los publicistas chilenos - aún reinaba en el Perú. La transformación del republicanismo, desde una ideología obsesionada con la fragilidad de la república a otra involucrada en la expansión territorial, permite estudiar el surgimiento de una "república imperio" en Chile. Esta reelaboración conceptual está basada en la austeridad, el trabajo arduo e incluso la incorporación de todos sus ciudadanos, incluyendo a los araucanos. Opino que el análisis de un experimento republicano llevado hasta sus extremos permitirá enriquecer el debate en torno a los vocabularios y a las prácticas políticas en la Hispanoamérica decimonónica.

Palavras-chave: republicanismo; civilização; barbárie; Guerra do Pacífico; Chile; Peru.


ABSTRACT

This article provides an analysis of republican discourse in the context of the Pacific War. Our proposal is to explain how, on the one hand, the notion of "barbarousness", traditionally associated with the wilderness, was employed to refer to the despotism, degeneracy and luxury of the Ancien Regime society that - according to its Chilean publicists - continued to reign in Peru. The transformation of republicanism, from an ideology obsessed with the fragility of the Republic to one that became engaged with territorial expansion, enables us to study the emergence of an "empire republic" in Chile. This conceptual re-elaboration is based on the austerity, hard work and even the inclusion of all citizens, including Indians. I suggest that the analysis of a republican experiment that was carried to an extreme can enrich debate on the vocabulary and political practice of 19th century Hispano America.

Keywords: Republicanism; Civilization; Barbarism; The Pacific War; Chile; Peru.


RESUMÉ

Dans cet article, on analyse le discours républicain dans le contexte de la Guerre du Pacifique. La proposition c'est d'expliquer comment, d'un côté, la notion de la barbarie, traditionnellement associée à la nature sauvage, a été employée pour faire référence au despotisme, à la dégénération et au luxe de la société de l'Ancien Régime qui régnait encore au Pérou, selon les journalistes chiliens. La transformation du républicanisme, à partir d'une idéologie obsédée par la fragilité de la république, jusqu'à une autre impliquée dans l'expansion territoriale, permet d'étudier le surgissement d'une « république empire » au Chili. Cette réélaboration conceptuelle est basée sur l'austérité, le travail ardu et encore sur l'incorporation de tous les citoyens chiliens, les « araucanos » y compris. Je considère que l'analyse d'une expérience républicaine menée à l'extrême permettra d'enrichir le débat autour des vocabulaires et pratiques politiques dans l'Amérique espagnole du XIX siècle.

Mots-clés: républicanisme; civilisation; barbarie; Guerre du Pacifique; Chili; Pérou.


 

 

I. INTRODUCCIÓN

"Vamos a empezar la obra grandiosa de regenerar dos pueblos, de colocar en su lugar dos desbocados, dos insensatos. Nuestros ejércitos irán mañana, como fueron en época no lejana, a restablecer en esas tierras el imperio de la moralidad y de la civilización" (EDITORIAL, 1979, p. 365).

"La desconocida colonia, que ayer no mas apenas figuraba cual imperceptible trazo en aquel imperio colosal sentado sobre dos mundos, con general asombro ha medido sus fuerzas con el antiguo virreinato y abriéndose paso entre formidables ejércitos aliados ha ido a colocar su bandera vencedora en las almenas de la orgullosa Lima" (CASANOVA, 1979, p. 1059).

"La superioridad de nuestro pueblo sobre el peruano es cuestión de raza y viene desde muy atrás" (EDITORIAL, 1869).

En el artículo "¿Por qué Chile ganó la guerra?", publicado el 5 de marzo de 1881 en la ciudad de Lima, su autor se propuso analizar los orígenes de la preponderancia de la antigua Capitanía General sobre el otrora poderoso Perú. En el contexto de una discusión cuyo objetivo principal era establecer la conexión entre poderío militar y superioridad cultural, el editorialista señaló que no era posible comprender la victoria del ejército expedicionario en Lima sin tener en cuenta la superioridad racial, el alto grado de civilización y la gran honradez del pueblo chileno. Los "hijos del sol", mezclados con el africano y el chino y debilitados por el exceso del calor tropical de la zona tórrida, no podían competir con el araucano indómito, una raza de esforzados guerreros que dormían con la lanza empuñada vigilando las fronteras y defendiendo el territorio patrio. La pureza étnica de Chile no era, sin embargo, la única causa de sus grandes éxitos. La república vencedora contaba con ciudadanos instruidos y con una "prensa juiciosa", generadora de valores tales como el amor al orden, al trabajo, a la patria y a la ley. Mientras que el soldado peruano, "desmoralizado por los vicios, holgazán, ocioso, rústico e inculto", era forzado a pelear por principios que no entendía, el combatiente chileno poseía todas las virtudes ciudadanas. Si a todo lo anterior se le agregaba el hecho de que Chile contaba con una administración honrada, capaz de disponer con eficiencia de los caudales públicos, era posible comprender no solo la apabullante victoria militar en Chorrillos y Miraflores, sino la misión civilizadora que el ejército chileno aseguraba estar cumpliendo en su avance triunfal hacia el corazón del Perú. Durante esa difícil jornada, cubierta de laureles, los soldados de la república se propusieron liberar a las ciudades peruanas del saqueo al que las habían entregado sus "hijos desmoralizados" (¿POR QUÉ CHILE GANÓ LA GUERRA?, 1881).

La Guerra del Pacífico ha atraído una enorme atención por parte de historiadores bolivianos, chilenos y peruanos. El sangriento enfrentamiento internacional que se prolongó por casi cinco años y que determinó cambios fronterizos radicales en el Pacífico sur ha sido analizado desde diferentes ángulos y perspectivas. Chile es probablemente el país que más estudios ha producido sobre la guerra. Diversas fuentes primarias, reeditadas periódicamente en ese país, han permitido ampliar nuestro conocimiento sobre un asunto del que queda aún mucho por averiguar1. Un tema que no ha despertado el suficiente interés de los investigadores es el referido a los aspectos ideológicos de la conflagración internacional. ¿Cómo fue definida la guerra y quién estuvo a cargo de aquella tarea? ¿Existió una imagen oficial o es que, por el contrario, múltiples productores culturales encontraron en la guerra el escenario adecuado para dirimir sus disputas ideológicas, las cuales venían de antiguo? ¿Será posible reconstruir la ideología (o las ideologías) que justificó (o justificaron) la guerra ante "el tribunal de la opinión pública", tanto nacional como internacional? Pienso que en la medida de que vayamos resolviendo estas interrogantes será posible definir una nueva área de investigación mediante la cual la Guerra del Pacífico pueda ser incorporada a ese campo de estudios que ha sido denominado "guerra y sociedad". Esta aproximación, cuyo mérito es refocalizar la atención desde los aspectos meramente militares a los sociales y culturales, está colaborando en renovar el interés académico en torno a un tema tradicionalmente analizado a partir de su fisonomía económica y castrense2.

En el presente artículo, me propongo analizar los usos de la retórica nacionalista durante la Guerra del Pacífico3. Expresada en clave republicana, dicha retórica fue el resultado de un complejo proceso de la tecnología escrita y oral, que fue acompañado de una notable expansion de la esfera pública. Fue ahí donde se reevaluaron viejos conceptos, tales como civilización, masculinidad y superioridad racial. Dentro de un contexto de grandes cambios sociales y económicos, el republicanismo clásico sufrió una serie de transformaciomes que la guerra contra Bolivia y el Perú no hizo más que precipitar. El discurso cívico-republicano adquirió así una nueva dimension en el marco de una guerra que para Chile fue, bajo todo punto de vista, de expansion fronteriza. Peter Onuf ha explorado la sorprendente interacción entre la ideología republicana, la política de los grupos de interés y el Oeste en el proyecto político estadounidense de la década de 1780. Para Onuf, aquel republicanismo comercial, expresado en el concepto de desarrollo y progreso, encontró su momento culminante en la conquista del Far West. Dicho mito, una suerte de utopía mesocrática de corte democratizador, le habría permitido a Estados Unidos escapar del inevitable ciclo de decadencia y corrupción al que, de acuerdo con sus teóricos, estaba condenada la república4. Semejante al caso norteamericano, el republicanismo chileno atravesó por una serie de transformaciones debido a su encuentro con el liberalismo comercial. Ello se verifica en el discurso de "la utopía civilizadora" que emerge respecto de las fronteras peruana y boliviana. Una similar transformación en el ámbito conceptual ocurrió con el discurso racial sobre el mestizaje, que para el caso de la república sudamericana fue dotado de características muy especiales. La critica a la corrupción que reinaba en Lima, una ciudad que - de acuerdo con los publicistas chilenos - encarnaba a lo femenino degradado, evidencia, por otro lado, la comparación entre los valores de una cultura de Antiguo Régimen y el ethos republicano, en su vertiente masculina, que Chile se propuso representar.

La palabra desempeñó un papel fundamental durante la Guerra del Pacífico. Entre 1879 y 1884, el homo rethor chileno se valió de ella para definir el conflicto armado con sus vecinos, exacerbar el patriotismo de la población y resaltar la preeminencia de una tradición cívico-republicana considerada como una excepción en Sudamérica. Aun cuando la disputa entre Cicerón y Catilina estableció el principio de que en las relaciones civilizadas las armas estaban vedadas, la retórica que surgió en Chile a partir del desembarco en Antofagasta sirvió, entre otras cosas, para justificar la violencia organizada5. La idea de que la pequeña república sudamericana estaba cumpliendo la función de recuperar el territorio arrancado al enemigo para la "humanidad civilizada" fue claramente establecida en la primera proclama que el ejército expedicionario emitió con ocasión de la "reivindicación" de Antofagasta el 14 de febrero de 1879. Luego de subrayar que la cordura, la moderación, la magnanimidad y el orden eran las principales características del "pueblo chileno", el documento urgía a que los "descarriados" bolivianos entendieran que lo que los expedicionarios traían a sus playas era básicamente el conjunto de los más nobles y generosos sentimientos de "todo hombre civilizado" (PROCLAMA DE ANTOFAGASTA, 1879).

El discurso pronunciado en San Bernardo por el presbítero Ramón Ángel Jara nos permite explorar a otro representante de la palabra en armas. En la despedida del batallón Chacabuco, el sacerdote explicó el verdadero sentido de la misión que les aguardaba en el campo de batalla a los casi seiscientos soldados formados alrededor del altar del templo. Jara, un reconocido orador sagrado, arrancó copiosas lágrimas de los asistentes al señalar que "la religión y la patria" lo habían enviado con la misión de fomentar el heroísmo entre los futuros combatientes. Cuando la patria - "insultada cobardemente por la insolencia y perfidia de dos naciones" - convocó el apoyo de todos sus hijos, los del Chacabuco no dudaron en aceptar el reto, demostrando que ni los halagos de la fortuna ni las necesidades del hogar eran obstáculos para cumplir con ese sagrado deber. Antes de desempeñar su tarea patriótica, los soldados cristianos estaban, sin embargo, obligados a doblar sus rodillas ante el Dios de los ejércitos y ante el altar de María, quien, desde ese momento, se erigiría en escudo del batallón. Lo anterior se debía a que los guerreros cristianos iban al combate obedeciendo a su conciencia y desempeñando el honroso cargo de "ministro[s] de la justicia de Dios". La recomendación del sacerdote a los expedicionarios era que recordasen siempre los nombres gloriosos de O'Higgins, Carrera y Rodríguez, y que, antes de lanzarse como leones sobre los "pérfidos enemigos" de la república, invocasen el apoyo de las fuerzas espirituales. "Romped sus filas, sembrad la muerte, pisotead sus manchados estandartes", fueron las poderosas palabras que, junto con los escapularios de la Virgen del Carmen, los soldados del Chacabuco portaron consigo a través del largo peregrinaje que culminó en Concepción (JARA, 1879).

La oratoria y la prensa, tanto en su versión liberal como en la conservadora, colaboraron en la forja de una comunidad de sentimiento y de sentido respecto de una guerra que causó gran angustia tanto en los salones de La Moneda como en las calles de Santiago y de las provincias. "Grande es la ansiedad que reina en el público por conocer algunas noticias sobre lo ocurrido en Iquique", señaló un editorial de El Constituyente de Copiapó a escasos días de la declaratoria de guerra al Perú. Muchos de los ciudadanos de la república en armas abandonaban sus casas preguntando a todo el mundo: "¿Qué hay de nuevo? ¿Sabe usted algo del Norte?". Ante la ausencia de información, no faltaban algunas personas que "echaban a correr bolas en perjuicio de los asustadizos del pueblo" (EDITORIAL, 1879a). "¿Qué han hecho esos queridos compatriotas? ¿Qué suerte han tenido sus planes de ataque? ¿Han tocado con felicidad los puertos enemigos? [...] ¿Son dueños de los sitios a donde han llevado su planta?", fueron algunas de las preguntas planteadas en un texto que con su solo nombre, "Ansiedad", describía la situación de un público ávido por noticias del frente. Fue en vista del surgimiento de este mercado, difícilmente atendido por el gobierno, que un famoso orador sagrado le solicitó a Dios que pusiese en sus labios "palabras de consuelo y esperanza" (MUÑOZ DONOSO, 1879).

A pesar de que las palabras de los oradores y de los periodistas chilenos fueron decisivas en la importante tarea de generar confianza en el frente interno, y coraje y deseo de revancha en el externo, la compleja arquitectura conceptual de la narrativa que se fue consolidando a partir de 1879 no ha merecido, salvo honrosas excepciones, el interés de la historiografía de la Guerra del Pacífico6. La ausencia de un estudio detallado sobre lo que, en nuestra opinión, es la matriz cultural del enfrentamiento entre Chile, Bolivia y el Perú resulta bastante sorprendente cuando se descubre que en el país vencedor existió una tradición oratoria y periodística que se remonta a los años de la Independencia. Ella, junto con su nivel de alfabetización, convierte a la república sudamericana en un caso bastante peculiar de construcción y diseminación sistemática del discurso nacionalista. Una comprensión cabal de la cultura de la retórica - tempranamente instalada en la transición de colonia a república - y de su evolución a lo largo del siglo XIX permite abordar tanto los viejos argumentos que la guerra reproduce (Chile país civilizador o pueblo elegido de Dios, por ejemplo) como las importantes mutaciones que, debido a los intensos cambios sociales, sufrieron la actividad oratoria, el periodismo y el discurso republicano7.

 

II. DE LA REPÚBLICA VIRTUOSA A LA REPÚBLICA IMPERIO

La atención al republicanismo como problema conceptual ha sido puesto en el tapete junto con el rescate de la historia de las ideas y del pensamiento político8. El desarrollo anterior está relacionado con la madurez de la historiografía hispanoamericana, cuyo mayor logro ha consistido en desplazarse de los estrechos márgenes a los cuales la tenían reducida el materialismo histórico y sus derivados ideológicos. Este gran paso, dado en las dos últimas décadas, se ha logrado mediante la puesta en valor de la historia de los conceptos y de las ideas9. El análisis del republicanismo, un concepto intímamente asociado a la expansión de la esfera pública, ha permitido descubrir una textura cultural mucho más rica que la proveniente del liberalismo clásico (MCEVOY, 1997, p. 11). La riqueza del republicanismo reside en la interacción entre un vocabulario asociado a un ethos específico y la esfera de la opinón pública10. La sociabilidad republicana se convierte, en consecuencia, en una categoría de análisis muy poderosa que involucra "la guerra de las palabras". En esta, juegan un papel fundamental el mercado, el patronazgo estatal y los impresores, quienes asumen el papel de empresarios culturales en el marco de una tarea política que trasciende lo meramente discursivo. Dentro de esta perspectiva, la construcción estatal es parte de un proceso civilizador en el que el pueblo, de la mano de los publicistas republicanos, transita el camino "de la comunidad retórica a la comunidad política"11.

En mi análisis sobre el Diccionario para el pueblo: republicano, democrático, moral, político y filosófico (1855) del uruguayo-peruano Juan Espinosa (1807-1871) (ESPINOSA, 2001), logré descubrir el tipo de estrategias narrativas y la variedad de recursos simbólicos a los que la intelligentzia latinoamericana recurrió con el fin de dar sentido a los nuevos estados independientes, cuya legitimidad dependía de la puesta en marcha del proyecto republicano. La redacción del diccionario ocurrió en el marco de la lucha contra la consolidación de la deuda interna del Perú (lo que dio lugar a un auge especulativo y a una corrupción generalizada), pero también formó parte de un largo combate contra el caudillismo reinante en el ex-virreinato español. Toda su retórica, y especialmente el carácter didáctico que la misma asume, apunta al esfuerzo por producir en estas sociedades, aún aferradas a hábitos e ideas coloniales, una "revolución moral" pendiente, que, según postulaban los publicistas republicanos, era el corolario natural y el requisito necesario para hacer efectiva la revolución política iniciada en las primeras décadas del siglo. Tal proyecto de "regeneración moral" debe inscribirse a su vez, sin embargo, en el contexto del renacimiento liberal que se produce luego del ciclo revolucionario de 1848 (y que alcanza su punto culminante en América Latina con la Guerra de Reforma en México), que le confiere a aquel un sentido particular. El movimiento regeneracionista se modela de ideas provenientes de diversas fuentes y tradiciones, desde las ciencias naturales hasta las nuevas ideologías sociales. Más allá de su aparente sencillez conceptual, el diccionario de Espinosa se sostiene en un entramado discursivo muy rico y complejo.

Junto con la república letrada, de la que da cuenta el diccionario en mención, aparece la república práctica, que va abriéndose paso a pesar de las serias limitaciones y tremendos desafíos que la realidad le opone. En ese sentido, en mi último libro sobre Manuel Pardo y los dilemas de la política peruana analicé los profundos cambios por los que atravesó el republicanismo peruano en "la era del capital". De manera similar al norteamericano, que para inicios del siglo XIX experimenta una importante mutación del modelo clásico al comercial, el mercado peruano intentó infiltrarse en la polis para, de esa manera, construir una república práctica, integrada por los ferrocarriles. El proceso anterior estuvo lleno de contradicciones, pues el comportamiento ideal y las actividades reales de los hombres diferían de una manera dramática. En su versión liberal, el republicanismo recomendaba a los hombres a dedicarse a la armonía, al orden y al bienestar de la república, mientras que, al mismo tiempo, promovía un ser agresivo e individualista, apto para competir en el mercado. Este será visto como una institución capaz de expresar las ambiciones de hombres iguales (MCEVOY, 2007). El republicanismo comercial (obviamente de corte liberal) mezcla los conceptos utópicos de James Harrington, el individualismo de Locke y los preceptos del pragmatismo (common sense) de los filósofos escoceses, entre ellos Adam Smith. Para 1800, en Estados Unidos ya se estaba produciendo un viraje hacia los ideales de autonomía individual y soberanía popular que se notan en la utopía civilizadora que Chile usa para legitimar la guerra contra sus vecinos.

La guerra fue un elemento constitutivo del republicanismo hispanoamericano. En un trabajo pionero sobre la interacción entre el republicanismo patriótico, la guerra y la noción de ciudadanía, María Teresa Uribe observa que a veces no es posible deslindar dichos términos e incluso situarlos frente a frente, pues entre ellos existen hilos de continuidad, tramas de complicación, ecos reconocibles e insoslayables, y repercusiones mutuas. El concepto de ciudadano que surge como consecuencia de las guerras de independencia no es necesariamente el del actor pacificado, desarmado, que es receptor de derechos, que obedece la ley y participa activamente en los asuntos de interés colectivo. El hecho de que ese ciudadano no vaya en la misma dirección de las ciudadanías imaginarias no quiere decir que no exista. Lo que ocurre, sostiene Uribe, es que la ciudadanía ha tenido que desenvolverse en contextos históricos de altísima complejidad y de mixturas profundamente inestables y contingentes, marcadas por guerras sucesivas y conflictos sociales de todo orden. De allí que, tanto en el pasado como en el presente, no sea posible pensar al ciudadano por fuera del registro de las guerras, pues estas, de alguna manera, han marcado su forma de ser ciudadano y de hacer ciudadanía (URIBE, 2004)12.

El papel de la violencia en la construcción de la política hispanoamericana es un campo de estudio que ofrece nuevas perspectivas de análisis para la historia de su esfera pública (PICCATO, 2010). A pesar de que la lógica de las guerras no ha sido incorporada, salvo algunas excepciones, al análisis de la cultura política de la región13, "la nueva historia militar" apunta a una integración de los estudios de la guerra con los de la historia cultural y social14. Trabajos recientes, como el de Hilda Sabato, muestran, por otro lado, que las confrontaciones armadas no son necesariamente mecanismos irracionales para expresar opiniones. La violencia fue formalizada en Hispanoamérica mediante instrumentos que posibilitaban su continuidad incluso como diálogo. En este artículo, me propongo continuar con mi análisis del discurso republicano trasladándolo a un escenario de guerra internacional. Lo que me interesa es explicar cómo, por un lado, la noción de la "barbarie", tradicionalmente asociada a la naturaleza salvaje, fue empleada para referirse al despostimo, la degeneración y el lujo de la sociedad de Antiguo Régimen que - de acuerdo con los publicistas chilenos - aún reinaba en el Perú. La transformación del republicanismo, desde una ideología obsesionada con la fragilidad de la república a otra involucrada en la expansión territorial, permite estudiar el surgimiento de una "república imperio" en Chile. Esta reelaboración conceptual está basada en la austeridad, el trabajo arduo e incluso la incorporación de todos sus ciudadanos, incluyendo a los araucanos. Opino que el análisis de un experimento republicano llevado hasta sus extremos permitirá enriquecer el debate en torno a los vocabularios y a las prácticas políticas en la Hispanoamérica decimonónica.

 

III. LA UTOPÍA CIVILIZADORA

Desde sus inicios, la Guerra del Pacífico fue definida mediante un vocabulario que se sostenía en una malla de significaciones y de oposiciones valóricas. Civilización-barbarie, virtud-vicio, regeneración-corrupción, trabajo-ocio, mérito-privilegio, progreso-atraso, por nombrar solo algunas de ellas, constituyeron el vocabulario fundamental de las arengas, discursos y artículos periodísticos que empezaron a circular en Chile con ocasión de la declaratoria de guerra a Bolivia y el Perú. Así lo deja entrever el discurso pronunciado por el periodista y político Isidoro Errázuriz el mismo día que el conflicto estalló. La revalorización del desierto boliviano se debía, de acuerdo con el publicista, al esfuerzo y al trabajo de Chile. Era indudable, dentro de su particular opinión, que los "pasos atrevidos de los exploradores chilenos" en una tierra que parecía maldita lograron arrancar "el secreto de los tesoros" que ella "ocultaba en su seno". La industria activa, el trabajo fecundo, el progreso y la "civilización universal" habían arribado a las "soledades" bolivianas gracias a los brazos del industrial y del peón chilenos, únicos responsables de la transformación del desierto en "un emporio de riqueza". Si algo intentaba Bolivia, era arrebatar a Chile "la creación de un pueblo esencialmente trabajador". "¿Con qué objeto?", se preguntó en su momento el hombre de letras y orador Máximo Lira: con el propósito de que el fruto de ese trabajo honrado alimentara el ocio corruptor de gobernantes que gastaban sus días en la "perpetua orgía del licor y de la sangre", con mengua del buen nombre de América y de "la avanzada civilización del continente" (LIRA, 1879).

La prensa chilena contribuyó con su arsenal retórico a la legitimación ideológica de la ocupación del territorio enemigo. Y a veces de manera muy directa. Todavía no transcurría una semana desde la toma de Antofagasta (14 de febrero de 1879) cuando un editorial de El Ferrocarril diagnosticaba que el territorio recién ocupado requería tanto de una "administración severa" como "de un régimen de moralidad". Frente a la "increíble torpeza administrativa" del gobierno de Bolivia - se decía en otra edición - , el mayor objetivo para la administración chilena era que sus actos "contrastaran" lo antes posible con las prácticas preexistentes. En otras palabras, las naciones que observaban la actuación de Chile debían ser convencidas de manera práctica de las ventajas que traía consigo la sustitución de una administración por otra, siendo para ello clave el "desarrollo progresivo y ascendente" de los territorios ocupados "a la sombra" de las instituciones chilenas. Dentro de ese contexto, la seguridad provista por las tropas de ocupación sería un estímulo para "el espíritu de empresa". Asimismo, la regularidad del nuevo régimen fiscal y administrativo y la confianza que de ahí en adelante los habitantes podían depositar en el servicio municipal creaban las condiciones para "transformar la vitalidad" del antiguo territorio boliviano y aprovechar las fuentes de riqueza que la zona aún escondía en su seno (EDITORIAL, 1879b).

Contraviniendo la opinión de Domingo Santa María, para quien las palabras eran de escaso provecho en las guerras, la prensa y la oratoria desplegada en las movilizaciones populares se convirtieron en instrumentos esenciales para la construcción de un bastión político e ideológico, primero en Antofagasta, luego en Tarapacá y más adelante en Lima15. Periódicos como El Catorce de Febrero, La Voz de Chile y El Pueblo Chileno fueron las vanguardias de un discurso nacionalista de corte civilizador que apuntó a perfilar las características político-culturales del enemigo. Una similar tarea civilizadora, pero en el ámbito religioso, cupo a los capellanes del ejército chileno, en especial a Ruperto Marchant Pereira, corresponsal de El Estandarte Católico y figura emblemática de esa cohorte clerical (MCEVOY, 2006a). En un editorial titulado "A los diarios del Perú hostiles a Chile", un periodista de El Pueblo Chileno señalaba, por ejemplo, que era necesario que los peruanos entendieran de una vez por todas que en Antofagasta nunca se habían visto escenas de horror ni de asesinato, "ni hombres colgados del pescuezo de lo alto de las torres". En alusión directa a lo acontecido en Lima en 1872 luego del golpe militar de los Gutiérrez, el editorialista afirmaba que el orden y la paz eran lo único que reinaba en la zona "reivindicada". Era tal la quietud existente que los extranjeros, "sin intento de romper su neutralidad" e impulsados por un sentimiento de justicia, dirigieron un oficio al gobierno de Chile felicitándolo por el acto del 14 de febrero y por el celo demostrado por sus efectivos en el respeto a la integridad de sus personas y propiedades (A LOS DIARIOS DEL PERÚ, 1879). En un artículo posterior, titulado "Demora perjudicial", se discutía la dilación del gobierno en declarar la guerra a Bolivia. Según el articulista, la urgencia de llevar a cabo ese trascendental acto se relacionaba con la incorporación definitiva de Antofagasta a Chile en los términos definidos por la Constitución (DEMORA PERJUDICIAL, 1879).

Como era de esperar, el tenor de los discursos fue radicalizándose conforme los hechos hacían inminente las declaraciones de ofensiva bélica. El editorial "Estamos en guerra con el Perú", publicado dos días antes de la declaración formal de hostilidades, hacía evidente la duplicidad del aliado de Bolivia, que mientras enviaba ministros a conciliar con La Moneda, fraguaba "un pacto secreto contra Chile". Desde esa "hipocresía", no era muy complejo proyectar un retrato polarizado donde la incontestable disparidad en los perfiles culturales peruano y chileno no dejaba lugar a discusión. La cuestión era simple: de un lado estaban "las hordas de los sanguinarios coyas y los cholos serranos azuzados por los sibaritas del Rímac"; del otro, los nobles hijos de Chile. En suma, la lucha estaba planteada entre los ciudadanos chilenos, que comprendían y amaban la libertad, y los esclavos peruanos, que la desconocían. Dentro de ese contexto, la obra que Chile estaba decidida a cumplir era "de humanidad", pues una vez desparecidos los "tiranuelos" de las repúblicas enemigas, estas finalmente levantarían su "abatida cabeza" para "entonar un himno de gratitud" a la nación salvadora. El desafío era inmenso, pero Chile no debía retroceder y menos todavía vacilar. El camino apuntaba a Lima. Era ahí donde debía de clavarse el pendón tricolor (ESTAMOS EN GUERRA, 1879).

No menos explícitas fueron las propuestas sintetizadas en "La futura geografía política de los beligerantes", de Augusto Orrego Luco, diputado liberal y otrora presidente de la Cámara de Diputados, quien delineó con meridiana claridad la doctrina del accionar político-militar de los expedicionarios. La propuesta central de Orrego era "despojar" a los vecinos de todos los medios de que pudieran disponer para dañar a Chile. Era menester arrebatar al Perú, por ejemplo, su litoral, que pertenecía a Chile por la simple "naturaleza de las cosas". Asimismo, las vanguardias militares chilenas no debían detenerse en el Loa, sino seguir avanzando para tomar el departamento de Tarapacá, cuyas inmensas riquezas salitreras ocuparían los brazos y capitales de los ciudadanos chilenos. En la lógica de este importante político liberal, los millones que el Perú solía despilfarrar en guerras civiles y trastornos políticos serían "elementos poderosos de prosperidad y engrandecimiento" en manos de Chile (ORREGO LUCO, 1879)16.

Si bien ya presentes en las primeras intervenciones periodísticas, el perfil decadente del Perú y el barbarismo de Bolivia se convertirán en temas recurrentes tras la declaratoria de guerra del 5 de abril de 1879. Ahora, con más fuerza que antes, el propósito fundamental de periodismo chileno era validar el accionar "civilizador" de los expedicionarios en el territorio reivindicado17. Los peruanos, decía un articulista de El Pueblo Chileno, no satisfechos con esquilmar sus recursos atendiendo a los gastos de una vida "sibarítica y ociosa", empujaban ahora a Bolivia a declarar la guerra a Chile. Frente a este panorama, la república del sur no tenía otra misión que destruir los gobiernos aliados para liberar, de esa forma, a sus "tribus desgraciadas" (El Pueblo Chileno, 26 de abril de 1879). "El deber de Antofagasta", otro artículo publicado en dicho periódico, pero esta vez en vísperas de la celebración de la Independencia de Chile, es quizás el que traduce con mayor precisión los alcances de esa ideología civilizadora que sirvió de justificación a la guerra y a la ocupación del litoral boliviano. Fueron compatriotas chilenos - señalaba el texto - quienes habían levantado en el desierto la ciudad ahora en disputa. Los montones de arena fueron sustituidos por calles, el silencio fue remplazado por el ruido del martillo y el silbato de la locomotora, mientras las nubes de polvo fueron seguidas por el humo de la industria. Ese "páramo" que era la Antofagasta del pasado fue convertido por los "soldados del trabajo" chilenos y extranjeros en un "pueblo importante". Por estas razones, la ciudad que había logrado vencer a las fuerzas de la naturaleza y hoy disfrutaba de "los beneficios de la civilización" debía ocupar un lugar "entre sus hermanos de la República" (EL DEBER DE ANTOFAGASTA, 1879).

Chile, al igual como ocurrió con los Estados Unidos de Norteamérica, resolvió los dilemas y las contradicciones del republicanismo mediante la expansión fronteriza, proceso que ocurrió tanto en el ámbito político como en el económico. Cabe recordar que uno de los mayores desafíos del republicanismo clásico fue resguardar a la república del efecto corrosivo del tiempo, concebido como el verdadero enemigo del régimen y el responsable del caos y la inestabilidad. Así, frente a su carácter ineluctable, frente al elemento que en su marcha anunciaba el declive y la corrupción moral, se alzaba el antídoto de la expansión fronteriza, aquel conjuro pensado como horizonte de superación. En este sentido, además de posibilitar la reproducción del ideal fundacional del republicanismo - el de un perpetuo comienzo - , el concepto de frontera colaboró también con reforzar la noción de que la virtud era posible, para todos, mediante el trabajo y la producción (ONUF & MATSON, 1985). Si analizamos detenidamente el proceso de ocupación de territorio boliviano y peruano por parte del Estado chileno, emerge, una y otra vez, la formulación del discurso de una polis civilizadora. Esto confirma, por cierto, la existencia de una suerte de "momento maquiavélico" en la ocupación de cada nuevo territorio que la república de Chile cree estar liberando de la barbarie que lo precede. El análisis del comportamiento de las vanguardias estatales chilenas durante la guerra, un tema que analizaremos a continuación, permite entender no solo el discurso civilizador de quienes asumen la tarea de integrar los territorios conquistados al "comercio universal del mundo", sino la absoluta necesidad de presentar a Bolivia y el Perú como los vestigios de sociedades premodernas atrapadas en el estatismo, la corrupción e incluso la cobardía. Es entonces en los márgenes donde el Estado chileno refuerza su poder político y su autonomía económica, a la vez que reformula su republicanismo, que por ser individualista y competitivo va tomando distancia de su americanismo previo.

El 2 de junio de 1881, el Gobernador de Antofagasta, J. Reyes, envió al ministro del Interior un proyecto de división administrativa en subdelegaciones y distritos para la erección de la futura provincia chilena. La confección de este boceto no solo implicó acopiar todos los datos posibles entre las autoridades y vecinos de la zona, sino también imaginar una eventual recomposición de circuitos y lógicas espaciales a partir del efecto del "tiempo" y el "incremento de las industrias". Cruzando toda esta información, el burócrata propuso fijar una línea divisoria entre el departamento de Caracoles y la provincia de Tarapacá, añadiendo los ricos depósitos de borato de Azcotan al departamento bajo su mando. Con la llegada del ferrocarril a Chiu-Chiu, dichos depósitos, todavía inexplotados, podrían convertirse no solo en una nueva fuente de ingresos para el erario nacional, sino además en un poderoso factor de prosperidad y riqueza local. Reyes opinaba, asimismo, que el establecimiento de Atacama como departamento no tenía razón de ser debido a que su población era escasa y estaba formada, en su mayoría, por "indígenas ignorantes". Era, por lo tanto, difícil encontrar entre sus habitantes a alguien con la capacidad de asumir el cargo de juez de distrito, y solo con este antecedente resultaba materialmente imposible formar una municipalidad en la zona (CHILE, 1881).

Pero solo unos meses antes de la propuesta de Reyes, el comandante de armas de Caracoles, Joaquín Cortés, había enviado un informe relativo a la subdelegación de Atacama en términos bastante más optimistas. Habiendo estudiando su topografía y recorrido personalmente los caminos que conectaban la región con Argentina y Bolivia, llegó al convencimiento de que el espacio entrañaba un gran potencial económico. De hecho, no ahorró palabras en su texto para la descripción acabada de la producción de vegetales - duraznos, peras, uvas, manzanas, guindas, hortalizas de todas las clases - y menos todavía para la enumeración de sus recursos hídricos. Amplios horizontes, pensaba, se abrían para la región ahora que estaba bajo el control de Chile, pues cada uno de esos recursos sería trabajado por manos más "industriosas y trabajadoras" que las bolivianas. Casi como complemento de lo anterior, opinaba que Atacama necesitaba con urgencia una fuerza de policía capaz de guardar el orden y moralizar a una "población embrionaria", gente a la que conocía directamente. En efecto, luego de arribar a la zona donde habitaban los indios tributarios, fue él mismo quien les notificó que, desde el 14 de febrero de 1879, no solo estaban exentos de toda contribución, sino que además habían adquirido la categoría de ciudadanos de la república de Chile, gozando, por consiguiente, de "todas las garantías que esa nación otorgaba a sus hijos". Y aun cuando desconfiaba del carácter "veleidoso y traicionero" de los pobladores indígenas, los ayudó a organizar el suministro de agua y los persuadió para que ellos mismos nombraran a sus jueces y celadores respectivos. En sus consideraciones finales, Cortés se lamentaba de que una región como Atacama - a su juicio, uno de "los puntos de mayor importancia del territorio reivindicado", tanto por su potencial agrícola y ganadero como por su producción mineral - hubiera estado en manos de gente tan negligente como la boliviana. Sin embargo, confiaba en que una vez terminada la guerra, florecerían ahí "poblaciones industriosas y de mucha importancia", como nunca antes habían existido. Pero ello solo comenzaría a ser posible cuando el gobierno dotara a Atacama de autoridades civiles. Esta era una necesidad imperiosa en todos los pueblos, pero especialmente en aquellos que recién se integraban al "mundo civilizado" (CORTÉS, 1979, p. 570-573).

Otro documento similar a los anteriormente citados es el "Informe sobre la frontera Norte de Chile", enviado por J. Velásquez al Ministro de Relaciones Exteriores, Demetrio Lastarria. En sus páginas, el convincente funcionario pronosticaba que la vida de Tarapacá sería imposible sin la existencia del departamento de Tacna. Arica, el puerto natural de este último, no solo constituía una "verdadera fortaleza", sino también el escenario del clima "más bello y benigno del Perú". Incluso se atrevía a sugerir que Tacna debía ser "el cerebro" de los territorios ocupados. La variedad y sorprendente riqueza de sus productos, sus ferrocarriles, industria y capitales, la convertían en "la única frontera digna, permanente y aceptable, que el dedo justiciero de Dios" había "marcado para los hijos de Chile" (CHILE, 1883).

Un periodismo de profundo corte nacionalista se encargó de explicar y justificar el accionar de las vanguardias cívico-militares apostadas en la zona ocupada por el ejército de Chile. La idea del "destino manifiesto", en su particular versión sudamericana, ocupa un lugar importante entre los argumentos de los publicistas chilenos. Al menos así se advierte al revisar las referencias utilizadas para interpretar el decisivo triunfo en la capital peruana. El destino de las naciones aliadas estaba fallado de antemano, se afirmaba, y dicha decisión providencial tenía que ver con las distancias raciales entre los contendientes, en especial las que existían entre Chile y el Perú. Mientras la primera nación era "homogénea, inteligente, trabajadora, valerosa", la segunda se caracterizaba por ser "heterogénea, ignorante, perezosa y cobarde". Dentro de esas condiciones, no era difícil calcular, opinaba un publicista, a quién le correspondería "el éxito final" (El Veintiuno de Mayo, 23 de enero de 1881). En términos simples, el asunto se reducía a esto: las razas fuertes, inteligentes y trabajadoras, como la chilena, debían dominar "necesariamente" a las débiles, ignorantes y ociosas, como la peruana y la boliviana. El Perú, donde los habitantes se entregaban al lujo y la molicie; las autoridades, al fraude y a la corrupción; y los partidos, a las revueltas sangrientas en manos de caudillos ambiciosos, no podría nunca vencer a Chile, "una nación honrada" y en la que primaba ese poderoso motor del progreso que era el patriotismo (El Veintiuno de Mayo, 5 de enero de 1881). Innumerables son las ocasiones en las que el aliado de Bolivia es descrito como un país enfermo, "extenuado por los excesos y los despilfarros, hambriento por haber arrojado a manos llenas sus riquezas", como "un tunante" sin visión de futuro (La Voz Chilena, 6 y 8 de julio de 1880). No obstante, toda esa riqueza, antes malgastada en lujos y derroches o perdida en el "vicioso fiscalismo" peruano, sería ahora fuente de nuevos recursos en manos de la industria libre. Ese era uno de los efectos de estar bajo el dominio de Chile, una nación que aspiraba a ser parte del "comercio universal del mundo" (El Veintiuno de Mayo, 5 de enero de 1881).

 

IV. DISCIPLINANDO A LA ROMA SUDAMERICANA

En Canto a la victoria, un poema publicado a raíz de la toma de la capital peruana en enero de 1881, el sacerdote y orador Esteban Muñoz Donoso definió algunos elementos de género presentes también en la retórica nacionalista que estamos analizando (MUÑOZ DONOSO, 1882). La feminización y erotización de la capital peruana, un tema recurrente en la retórica nacionalista de Chile, tuvo por objeto presentar a Lima como una criatura inferior que era avasallada por la masculinidad de los vencedores. En el marco de una tendencia en la cual la ex capital virreinal fue convertida en lo femenino en estado de degradación, el sacerdote Ramón Ángel Jara la comparó con la antigua y decadente Roma. En la salutación al ejército expedicionario, pronunciada por dicho cura en Valparaíso, Lima fue descrita como una mujer "cargada de cadenas", marchando semidesnuda y "uncida" al carro triunfal del ejército vencedor. Al mismo tiempo que cubría su desnudez con los jirones de la bandera del Perú, la cautiva besaba la espada de los generales y, como "las esclavas de Grecia", imploraba por su perdón (JARA, 1979, p. 1060-1061)18.

La percepción que muchos chilenos tuvieron de Lima como una mujer frívola cuyo destino inevitable era caer en manos de un hombre que la avasallara marca la narrativa de guerra de los soldados-cronistas e incluso de periodistas de la talla de Daniel Riquelme (MCEVOY, 2000). En la pieza titulada "Los relojitos", escrita por Riquelme durante el período que acompañó a los expedicionarios en el asalto final sobre la capital peruana, el hombre de letras señaló que la llegada del ejército a Lima era "la justa recompensa" y "el desquite" por los "tantos sacrificios" vividos a lo largo de la campaña. Lima era para la imaginación de cada soldado "un pedazo de aquel cálido paraíso prometido por Mahoma a sus devotos". Así, la capital peruana fue definida en varios de los escritos de Riquelme como una mujer de cuyo "seno parecían venir, soplando sobre todos los corazones, vientos cargados de babilónicas promesas, bocanadas tropicales, abrasadoras y libidinosas como besos de mulata cortesana". La percepción de Lima como una fémina que esperaba por el hombre que la poseyera y dominara despertaba la "excitación de la tropa". Antes de la llegada a la capital peruana "se hubiera creído", afirmaba Riquelme, que todos acababan de obtener de su amada una ansiada cita. Por ello, tanto revisaban las armas como se cercioraban de que yaciera en el fondo de la mochila una camisa medio almidonada (RIQUELME, 1931b).

La razón de la excitación que provocaba la llegada a Lima estaba relacionada con las fantásticas historias que sobre la capital peruana circulaban entre la tropa. Una de ellas era que "los hombres se bañaban juntos y revueltos con las mujeres, ligero traje de por medio, y todos aplaudían la franqueza de tal proceder". Otra era que "las engreídas y rumbosas limeñas no usaban calzones y que en camisa dormían la ardorosa siesta en frescas hamacas". Las descripciones de las tiendas y joyerías, arrancadas "de un cuento de la Lámpara Maravillosa", sazonaban los relatos de una narrativa que cautivó la imaginación de miles de chilenos (MCEVOY, 2000). La situación de la capital peruana, como mujer derrotada, provocaba lástima: "Pobre Lima, soñadora incorregible, caída de los celajes rosados de la ilusión a la realidad de un charco de sangre" (RIQUELME, 1931a, p. 213). La razón de este destino trágico era, para muchos, su irracionalidad, su "fanatismo religioso" y su "rencor mujeril", el haber vivido por siglos en un mundo de artificio que creaba su corazón ligero y su "fantasía tropical". Resulta muy interesante la conexión que establecen los narradores chilenos entre la capital peruana y lo exótico-oriental-tropical. En efecto, Lima - la capital del "imperio turco americano" (El Mercurio, 21 de enero de 1881) - poseía, de acuerdo con los relatos chilenos, un fantástico y oculto harén. Comentarios como los anteriores, publicados en la prensa santiaguina y provinciana, reafirmaron ante un amplio público lector el hecho de que la voluptuosidad y la holgazanería eran las principales características de todos sus habitantes de la capital peruana. (RIQUELME, 1931a, p. 188, 213)19.

La descripción de Lima como una ciudad pecadora y lujuriosa no fue un invento de los narradores chilenos: décadas antes, muchos viajeros ya se habían referido a ella como una urbe disoluta, cuya característica principal era el amor por el placer (HALL, 1971, p. 205; LAFOND DE LURCY, 1971, p. 125). Lo que interesa, sin embargo, es observar de qué manera los estereotipos prevalecientes se convirtieron en propiedad intelectual de numerosos escritores chilenos, quienes se valieron del recurso de la feminización de la capital peruana para mostrar uno de los elementos fundamentales de la retorica nacionalista que estamos analizando en este artículo, esto es, la exaltación de la propia masculinidad. En efecto, Chile oponía su masculinidad a lo femenino de una ciudad no solo seductora, sino también caótica, infestada de gérmenes y de "genes de una raza inferior", una ciudad sucia y descuidada que tenía como Palacio de Gobierno a "un vergonzante caserón", en el que se hallaban distribuidos, como en la intrincada Babilonia, "salones y patios erigidos sin orden ni concierto" (SALINAS, 1893, p. 253). Así, la voluptuosidad y el "lujo oriental" de Lima convivían con elementos de desorden, de suciedad y de caos, que debían ser urgentemente eliminados por las fuerzas de ocupación. En la oración fúnebre pronunciada en honor de los chilenos muertos en Chorrillos y Miraflores, el sacerdote Esteban Donoso se refirió abiertamente a la oposición entre los "varoniles pechos" de los expedicionarios, quienes entraban en "silencio y orden" a Lima, y esta última ciudad, que, cual mujer traicionera, esperaba agazapada para tratar de "hartarse de su sangre" (MUÑOZ DONOSO, 1882, p. 7)20. El comentario anterior intentaba alertar sobre los peligros ocultos que dicha ciudad, casi fantástica, disimulaba. Y es que Lima había estado ocultando, debajo de sus "lujosas galas", "úlceras profundas" (HOLGUÍN, 1925, p. 236)21. Estas úlceras eran las que estaba decidido a cauterizar el "esfuerzo viril" del ejército de ocupación.

La misión de Patricio Lynch, comandante en jefe de las fuerzas de ocupación, fue continuar la tarea civilizadora de Chile en la capital peruana. Lynch, el hombre que - de acuerdo con uno de sus biógrafos - odiaba profundamente a "los borrachos y a los bullangueros", era el modelo de la virilidad, de la austeridad y de la disciplina que, según los publicistas, les faltaba a los peruanos (RIQUELME, 1931c). El encargado de gobernar el Perú hasta que este país aceptase las condiciones de paz impuestas por Chile era "la persona misma de la nación" chilena. Por la estrecha identificación entre Chile y Lynch, el general dotó a la retórica nacionalista de un modelo de héroe civilizador. Así, paradójicamente, el mismo personaje que ordenó dinamitar haciendas azucareras peruanas porque sus propietarios se negaron a pagar cupos de guerra también prestó una especial atención al aseo de Lima. En una campaña higienista, continuadora de la que realizó el ejército chileno en San Pedro de Antofagasta (donde, a decir de un testigo, se hizo una ciudad a partir de un pueblo "semibárbaro"), el comandante en jefe del ejército de ocupación ordenó la destrucción de los basurales que cercaban la antigua urbe virreinal, además de asegurarle los servicios de gas y de agua potable. Lynch, asimismo, obligó a despejar el mercado de los "asquerosos" chinos que llenaban las calles adyacentes con cocinas "que impregnaban el aire con un olor nauseabundo" (SALINAS, 1893, p. 86)22.

Los habitantes del Perú, en especial los de Lima, no se escaparon del proceso de feminización antes mencionado. Y es que, en palabras de Antonio Urquieta, soldado del batallón Calama, desde la etapa de los incas los peruanos se habían caracterizado por su afeminamiento. A los peruanos, hombres "sin fuerza ni energía", les daba "placer" el verse "dominados" (URQUIETA, 1907). Fue tal vez por lo popular de una aseveración cuyo objetivo era reforzar la propia masculinidad que no sorprende escuchar a Hipólito Gutiérrez, humilde soldado del regimiento de Chillán, decir que los indios eran no sólo "traicioneros", sino también "maricones" (PINO SAAVEDRA, 1960-1963, Prólogo, p. 11). La descripción de un limeño hecha por un soldado del Aconcagua puede ayudarnos a graficar la percepción tan peculiar que se tenía acerca de los habitantes de la capital peruana. "Un dandy limeño", opinaba el aconcagüino, era "una dama con pantalones, de trato almibarado y cabellera encrespada", que rara vez fumaba por temor a oler a tabaco y ahumarse los dedos, que no bebía sino rossoli y emoliente de yerba buena. Para este hombre afeminado, las calles eran un teatro y los salones, un escenario. "Hablad con una de estas criaturas, cuidando de ir suficientemente impregnado de almizcle y agua de Imperio, para no serle repelente, y veréis que con su amabilidad, finos modales y cadencioso timbre de voz, parece querer enamoraros" (SALINAS, 1893, p. 259).

El "afeminamiento" y la "enervación" fueron asociados a la cultura del Antiguo Régimen que, de acuerdo con los publicistas chilenos, prevalecía en Lima. Mientras que la "masculinidad" fue vinculada a un supuesto "hombre lockeano" chileno - paradigma de virilidad y ciudadanía - , el lujo, la ostentación, el despilfarro y el amaneramiento se convirtieron en las principales características de la sociedad peruana. Por ello, no sorprende la permanente comparación que establecieron los escritores chilenos entre el republicanismo propio y ese otro mundo de privilegio y de ocio alienante en el cual el mérito y el trabajo honrado y productivo brillaban por su ausencia23. A quienes criticaban la dureza con la que Chile trataba a los derrotados, el editorialista de La Patria - defendiendo la impostergable necesidad de someter al Perú "vigorosamente" al "derecho de la guerra" y de "la fuerza" - no tuvo reparo en responderles que el rigor chileno favorecería a esa "nación de enemigos, acampada durante medio siglo en las inmediaciones de la Olla del pobre del presupuesto nacional". Solo una vez que los peruanos fueran redimidos de sus problemas, habiendo perdido - a manos de Chile - "la fácil riqueza de las salitreras y guaneras", podrían sacudirse definitivamente del letargo y acostumbrarse a "trabajar con empeño varonil" (CHILE, 1880).

La violencia ejercida contra el Perú estaba simbólicamente justificada en la necesidad de regenerar a una nación en dramático estado de agonía. Esta idea ya había sido planteada en 1870 por el ensayista Domingo Morel, quien advertía que las extraviadas naciones del sur solo tenían por futuro la inminente purificación en manos de Chile, circunstancial agente de los designios de la civilización; pocos años después, la guerra parecía ofrecer la ocasión propicia para consumar tan elevado propósito (MOREL, 1870, p. 3). Para el autor del artículo "Anexión o anarquía", publicado más de diez años después del alegato de Morel, la única posibilidad de civilización que tenía el Perú pasaba por su anexión a Chile. El hecho de que ambos países constituyeran una sola nación, denominada "La Unión Chilena", con capital en Santiago, beneficiaría grandemente a la raza de "los rebeldes de profesión", la cual desaparecería debido a su mezcla con la raza chilena, además de la europea. La subordinación peruana a un Estado que, como el chileno, contaba con leyes y con instituciones sólidas sería la solución adecuada para todos sus problemas políticos. A pesar de que el artífice de este esquema anexionista era consciente de que el mismo podía ofender a muchos peruanos, opinaba también que ningún amante de la ley y del orden, del progreso intelectual y moral, "de la civilización en suma", debía sentir pesar ante el hecho de que una "raza progresista" entrara en posesión de un territorio que andaba en manos "de un pueblo ocioso y afeminado" (ANEXIÓN O ANARQUÍA, 1881).

Gail Bederman señala que lo más interesante respecto de la palabra "civilización" no es tanto su significado específico, sino su utilización con el fin de legitimar reclamos de poder simbólico. Uno de los temas que concita la atención de la autora - y que es relevante para nuestra discusión - es la forma, en muchos casos contradictoria, en la que la narrativa civilizadora ha sido invocada con la finalidad de construir un discurso de virilidad (BEDERMAN, 1995). Para fines del siglo XIX, el tema de la civilización empezó a imbricarse con elementos de género y, como veremos seguidamente, también con reclamos de superioridad racial. Con respecto al primer punto, era la idea prevaleciente que las mujeres civilizadas fueran delicadas y espirituales y estuvieran dedicadas al cuidado del mundo doméstico. En una línea de análisis de corte estrictamente patriarcal, los hombres civilizados exhibían firmeza de carácter y autocontrol, siendo por ello los protectores de las mujeres y de los niños. Por el contrario, los hombres salvajes eran emocionales y carecían de las habilidades para controlar sus pasiones. Al percibirse lo femenino como perteneciente a la naturaleza más que a la civilización, lo masculino adquiría la legitimidad necesaria para dominar a las razas caracterizadas como femeninas y salvajes, es decir, en estado de naturaleza. Es dentro de este contexto que adquiere sentido el proceso de feminización de Lima. Presentar a lo peruano como el producto natural de una cultura antirepublicana, similar a la que predominaba en la antigua capital virreinal, permitió que el ejército expedicionario hiciera el alegato simbólico de que su permanencia en Lima se debía a una necesidad eminentemente moral. Esta era establecer el orden y la disciplina en un país "mujeril" y caótico, cuyo comportamiento político rayaba, a juzgar por el accionar de las guerrillas campesinas lideradas por el general Cáceres, en una violencia "absurda e irracional".

 

V. LA CUESTIÓN RACIAL

La retórica nacionalista en clave republicana a la que nos hemos venido refiriendo a lo largo de este texto predicaba obviamente la superioridad racial de Chile. Así, de la mano con la afirmación del predominio de lo civilizado sobre lo bárbaro y de lo masculino sobre lo femenino iba otra importante noción: la necesidad de que las razas puras sometieran a las impuras. El racismo no era novedoso en el pensamiento nacionalista chileno. En 1869, durante una sesión del Congreso en la cual se discutía la suerte de los araucanos (paradójicamente, los antiguos símbolos de la joven nación chilena), Benjamín Vicuña Mackennna defendió su argumento de la conquista violenta del Arauco argumentando que, "según el derecho de gentes, la conquista de los pueblos bárbaros, ociosos y vagabundos era perfectamente legítima" (VICUÑA MACKENNA, 1939, p. 431). Simon Collier ha subrayado, sin embargo, la relación ambigua que sostuvo la elite intelectual chilena con su población indígena. La admiración ante la defensa de la libertad por parte del indio se entremezcló con un profundo desprecio por el estado de atraso y de salvajismo que prevalecía en la frontera sur. Antonio Varas - ministro de Manuel Montt y, durante la Guerra del Pacífico, de Aníbal Pinto - recomendó que los indígenas fueran civilizados y convertidos a la fe cristiana. La cruzada civilizatoria, que adquirió un gran auge en Chile desde mediados del siglo XIX en adelante, se sirvió de diversas estrategias: desde la guerra a muerte contra los indios rebeldes hasta la cristianización forzada, pasando por la instalación en territorio mapuche de colonias de inmigrantes capaces de establecer los valores de la civilización occidental (COLLIER, 2003).

El advenimiento de la Guerra del Pacífico obligó a replantear la idea que presentaba al indígena como el malhechor salvaje cuya única ocupación era incendiar propiedades y matar a seres indefensos (El Mercurio de Valparaíso, 1 de noviembre de 1860) y retornar a la noción surgida al fragor de las guerras de independencia: la de "la república de Arauco". Como consecuencia de la llegada a Santiago de las parcialidades araucanas para enrolarse en el ejército expedicionario, el indio salvaje mutó en soldado de la patria, ejemplo de coraje y de superioridad militar. Esta actualización de la imagen de los araucanos, descritos por Camilo Henríquez como preclaros representantes de los valores republicanos (COLLIER, 1977, p. 200), fue de la mano con la elaboración de una peculiar noción acerca de "la raza chilena". En 1882, el bibliógrafo José Toribio Medina afirmó que las cualidades de tenacidad que sostuvieron a los araucanos en su resistencia contra los europeos habían reaparecido en el soldado que peleó contra Bolivia y el Perú (MEDINA, 1952, p. 318). Unos años después, el historiador Francisco Encina reforzó la idea de que la victoria de Chile sobre sus adversarios se había debido en gran parte a la mezcla de sangre gótica española y sangre araucana que existía en los soldados encargados de defender a la república. Este mestizaje, opinaba Encina, produjo en su país una raza con mayor vigor físico que el de todos los demás mestizos hispanoamericanos (ENCINA, 1954, v. II, p. 1420; y v. III, p. 48).

Una aproximación al artículo "El Advenedizo", escrito por el notable intelectual liberal Justo Arteaga Alemparte a los pocos meses de la declaratoria de guerra de 1879, permite entender cuáles fueron algunas de las características de aquel "mestizaje chileno", responsable, de acuerdo con Encina, de la victoria militar (ARTEAGA ALEMPARTE, 1879). Luego de recordar a sus lectores que la pobreza había determinado el carácter de un pueblo que, como el chileno, era "trabajador, sobrio, modesto, amigo del hogar y extraño al bullicio del mundo", Arteaga subrayó el hecho de su excepcionalidad. El autor consideraba que era muy difícil distinguir a un argentino de un colombiano, o a un peruano de un mexicano, pero resultaba imposible no reconocer a un chileno. Este era un "tipo aparte", que "merced al esfuerzo de su voluntad" y a pesar de no ser brillante o espontáneo, lograba todo lo que se proponía. La antipatía que despertaba entre sus vecinos provenía de su extrema racionalidad y de un realismo que le era innato. Callados entre habladores, infatigables en el trabajo "entre perezosos infatigables en su pereza", los ciudadanos de la república de Chile crecían, se enriquecían, se hacían respetar e iban a todas partes llevando "trabajo, capitales, industria y progreso". Sus grandes esfuerzos - que beneficiaron al Perú durante los años de la Independencia, la guerra de la Confederación y aquella otra contra España - no fueron, sin embargo, suficientes para que "los grandes señores haraganes" admitieran como a un igual a un "advenedizo de la fortuna, de tez tostada por el sol" y "de anchos hombros desarrollados por el trabajo". En una obvia alusión a los peruanos, Arteaga Alemparte señaló que "los "grandes señores" no podían entenderse con aquellos que consideraban como inferiores. Antes de verse obligados a convertirse en un pueblo de trabajadores, de contribuyentes y de ciudadanos, los habitantes del ex-virreinato intentaban detener una invasión que, para el autor, era eminentemente civilizadora.

En un trabajo reciente, Bernardo Subercaseaux ha recordado que fue Nicolás Palacios, un antiguo combatiente de la Guerra del Pacífico, quien acuñó el concepto de "raza chilena" (SUBERCASEAUX, 2007). Los elementos biológicos, psíquicos, culturales y sociales que caracterizarían a los habitantes de Chile - a los que aludió Arteaga Alemparte en "El advenedizo" - fueron discutidos por Palacios en una suerte de tratado que fue publicado en 1904 con el título de Raza chilena: libro escrito por un chileno y para los chilenos. Sin dejar de lado que el concepto utilizado por el sobreviviente de la batalla de Tacna fue a todas luces una invención intelectual, Subercaseaux llama la atención sobre la noción de homogeneidad que nutre la visión de Palacios, quien se cree estuvo influenciado por las ideas de Gustave Le Bon. Opinamos que los rasgos adscritos a "la raza chilena" por Palacios - entre ellos la valentía, el sentido guerrero, la sobriedad, el amor a la patria, la moralidad doméstica, el rechazo de los afeites, el carácter parco, el predominio de la psicología patriarcal sobre lo femenino caótico - son producto, como lo ha intentado probar este artículo, de la disputa ideológica que, en clave republicana, Chile sostuvo, en medio de la guerra, con sus adversarios. Por ello, opinamos que los orígenes de la categoría "raza chilena", íntimamente asociada a nociones de civilización y de masculinidad, estarían mas cercanos al debate inaugurado en Chile a raíz de la Guerra del Pacífico que a la influencia posterior de pensadores extranjeros, como Le Bon. La necesidad de justificar una guerra, duramente cuestionada por la opinión pública mundial, colaboró con la construcción de un frente ideológico, en el cual lo civilizado, lo masculino y lo racialmente homogéneo fueron factores predominantes frente a la heterogeneidad, el atraso y el caos que supuestamente reinaban en Bolivia y en el Perú.

La "mescolanza de razas" que existía en el último país mencionado era, de acuerdo con los publicistas chilenos, la causa directa de su atraso político y económico. Semejante al "imperio turco", en el ex virreinato convivían todas las combinaciones étnicas imaginables. Los hombres de letras chilenos no fueron los únicos capaces de sorprenderse ante la diversidad peruana. Para Eugenio María De Hostos, uno de los países más heterogéneos del mundo era sin lugar a dudas el antiguo virreinato sudamericano. La descripción que hizo el patriota puertorriqueño de un mercado de Lima, en el que "variedades de razas pululaban allí a la manera que en un horno de fundición se buscaban y cambiaban las moléculas afines", dio cuenta de la heterogeneidad racial de un país complejo y, por ello, dotado de una gran riqueza cultural. Según De Hostos, en el Perú existían "todas las frutas de todas las zonas, todas las flores de todos los climas, todos los cereales de todos los países, las variedades más inesperadas de algunas plantas familiares, los pájaros más y menos brillantes de los trópicos y de las altiplanicies de los Andes. Toda esa abundancia y diversidad en medio del negro, ya manumiso o ya libre; del chino, del hombre primitivo peruano, del mestizo y del europeo". Así, el Perú fue visto por De Hostos como una suerte de laboratorio multiétnico en donde era posible constatar esa "inmensa vitalidad social" que era el elemento fundamental para la concreción de un proyecto republicano capaz de transitar, como lo hizo en su momento dicho autor, por territorios desconocidos por el republicanismo clásico (DE HOSTOS, 2011).

El blanco principal del periodismo chileno fue sin lugar a dudas la población indígena de Bolivia y el Perú. Argumentaba la prensa que la razón por la cual ambos países habían perdido la guerra fue la composición del ejército de la alianza, formado por campesinos ignorantes, explotados y oprimidos durante siglos (KLAIBER, 1978). Dentro de esa línea de análisis, los indios que seguían al general Cáceres, líder de la resistencia serrana, eran "confusas manadas de indios ignorantes y abyectos", y la batalla de Concepción, peleada entre el 9 y el 10 de julio de 1882 entre guerrilleros indígenas y el batallón Chacabuco, fue "una orgía de alcohol y de sangre". Los montoneros del general peruano, quienes derrotaron en una remota ciudad serrana a los remanentes del ejército de línea, fueron descritos como "cobardes chacales", "hordas ebrias y desordenadas", "salvajes desalmados", "bandadas de famélicos gallinazos", "caribes" asesinos de mujeres y de niños recién nacidos, "desenfrenados cholos" que se animaban mutuamente con "discordantes alaridos que semejaban al lúgubre rugido de las panteras"24. Esto muestra la dimensión que adquirió en el campo de batalla la confrontación entre la "civilización chilena", representada por el héroe de la jornada, Ignacio Carrera Pinto, y la "barbarie peruana", manifestada en una masa anónima cuya ausencia de nacionalismo fue compensada, de acuerdo con el periodista de El Mercurio de Valparaíso Eloy Caviedes, con litros de aguardiente.

Lo ocurrido en Concepción - "una escena semejante al paso de las Termópilas por Leonidas" - significó, para muchos de los publicistas chilenos, el encuentro simbólico entre el descendiente directo de uno de los padres fundadores de la república de Chile y "una horda de indios salvajes sin patria y sin ley". Las tremendas "escenas de barbarie" encontradas luego de veinte horas de dramático combate fueron descritas en repetidas oportunidades por la prensa. En un particular análisis del combate, Caviedes colocará de un lado a "los indios y cholos montoneros", armados de "garrotes, hondas y lanzas", quienes "demostraban mucha valentía" debido a que venían "embravecidos por la borrachera"25, y del otro a "los titánicos soldados" del Chacabuco, quienes con extremo heroísmo metían sus afiladas bayonetas "en las compactas masas de los embrutecidos cholos". Los mejores elogios fueron, sin embargo, para "el alma de la incomparable resistencia", Ignacio Carrera Pinto, quien antes de morir en combate reclamó públicamente su filiación con el patriciado que fundó la república de Chile, negándose, por ello, a aceptar la propuesta de una rendición honrosa hecha por el Coronel peruano Gastó26.

En Concepción, "la barbarie" venció a "la civilización". Este episodio significó un quiebre importante en el discurso civilizador de Chile. Era evidente que la cruzada civilizadora tenía sus límites, y los Andes eran uno de ellos. En la sesión extraordinaria convocada por el Congreso a raíz del desastre militar chileno, Vicuña Mackenna habló durante cuatro horas pidiendo un "castigo tremendo" para las cobardes matanzas de la sierra peruana. En esa misma sesión, Aldunate solicitó al gobierno que ordenara "arrasar todos los pueblos de la sierra" e hiciera "sentir a Lima todo el peso de la guerra". La situación de viaje sin retorno en el que se encontraban los expedicionarios, esa suerte de atolladero político-militar e incluso cultural del cual Ignacio Carrera Pinto y su compañía no pudieron escapar, fue analizada en una serie de artículos publicados en El Ferrocarril a raíz de la derrota en Concepción, donde se había probado lo absurdo que resultaba utilizar formas civilizadas en un escenario de guerra27. En el artículo "Basta de contemplaciones", publicado el 19 de julio de 1882 en El Mercurio de Valparaíso, su autor recordó el ejemplo dado por Inglaterra al bombardear Alejandría. No existía otro remedio, y si bien "era doloroso" que volviera a correr "sangre chilena", siempre era preferible que fuera en el campo de batalla y no en "emboscadas traidoras". Ello porque el mayor problema era que el Perú no quería la paz, sino "la guerra a muerte", un concepto que estaba referido a una guerra no convencional, en la cual no se respetaban las reglas civilizadas que debían de regirla y en donde, incluso, podían ocurrir todo tipo de crueldades (BASTA DE CONTEMPLACIONES, 1882)28. Lo que quedó claro a partir de la derrota en Concepción fue que civilización y guerra eran conceptos a todas luces incompatibles.

 

VI. CONCLUSIÓN

Domingo Santa María, Presidente de Chile durante los años de la ocupación (1881-1884), fue conciente del precio que la república bajo su mando debió pagar cuando decidió ocupar "indefinidamente" el Perú. En carta a Eulogio Altamirano, fechada el 12 de agosto de 1882, el Presidente le señalaba que la ocupación del Perú no cambiaba la evolución de la guerra; más bien, estaba creando intereses antagónicos con la paz misma, pero, por sobre todas las cosas, estaba afectando "la moralidad chilena". En ese viaje sin retorno a la tierra de la barbarie andina y de la corrupción limeña, el mayor temor entre los conductores de la guerra fue que los chilenos se "peruanizaran". Esta era la opinión del burócrata Adolfo Guerrrero, quien imaginó ello, en elun escenario en el cual no eran los peruanos quienes se oponían a la paz, sino "los chilenos peruanizados". La "ocupación indefinida" era un asunto que "espantaba", ya que el peligro inminente era que los expedicionarios adquirieran los "vicios políticos" de aquellos a los que se intentaba moralizar29. Por contexto de un complicado escenario bélico cuya dinámica contradecía, a cada momento, el discurso civilizador de los expedicionarios, un grupo de políticos experimentados debió diseñar un plan de acción que pusiera término a una guerra que, por su prolongación, amenazaba con corroer una precaria identidad republicana. No solamente ello: era necesario modelar una estrategia que permitiera sustraerle a la naturaleza sus inmensos tesoros, manteniendo, en el proceso, aquella sociabilidad civilizada de la cual se enorgullecía tanto la república de Chile.

 

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Recebido em 28 de junho de 2010
Aprovado em 22 de outubro de 2010

 

 

1 Los trabajos más exhaustivos de recopilación de fuentes, tanto primarias como secundarias, sobre la Guerra del Pacífico son Ahumada (1982) y Rodríguez Rautcher (1991). Entre los aportes más recientes al estudio del conflicto militar destacan los de Pinto (1997), Larraín (2002), Larraín y Matte (2004) y Sater (2007).
2 Para una discusión respecto de este renovado campo historiográfico, ver Black (2004, p. 50-59). Un trabajo que brindó aportes fundamentales a esta disciplina es el de Keegan (1993). Para estudios sobre guerra y cultura, consultar Fussel (1975), Hynes (1990), Mosse (1990), Winter (1995), Noakes (1998), Winter y Sivan (1999), Paris (2000), Fahs (2001) y Goldstein (2001).
3 Este discurso tiene su antecedente en la Guerra de la Confederación (1836-1839). En su trabajo pionero sobre ese conflicto trinacional, Gabriel Cid muestra que la participación chilena en dicha conflagración fue inicialmente justificada como un medio de resguardar la soberanía nacional, el respeto al derecho internacional, el republicanismo y la libertad en América. Luego de la victoria surgió, sin embargo, una interpretación alternativa del conflicto. En la versión que sucedió a la guerra se destacaron otros elementos, como el carácter intrínsecamente guerrero de los chilenos y un mesianismo cuyo objetivo era subrayar el liderazgo de Chile en la región (CID, 2009). Lo que hace a la Guerra del Pacífico única es la notable expansión de la esfera pública y de la tecnología de las comunicaciones en Chile, proceso que se había iniciado en ese país a mediados del siglo XIX. Esto permitió que el discurso nacionalista republicano se difundiera a niveles nunca antes vistos.
4 Para esta reflexión, consultar Onuf y Matson (1985), Onuf (1986), Onuf y Clayton (1990) y Onuf y Sadosky (2002).
5 Acerca de esta discusión, ver McEvoy (2010).
6 Sater (2005) es hasta el momento el mejor ejemplo de las enormes posibilidades que ofrece la Historia Intelectual para explorar aspectos aún desconocidos de la Guerra del Pacífico.
7 El tema de la oratoria chilena sido analizado en Vicuña (2002). El ensayo bibliográfico de este trabajo es sumamente completo. Sobre el rol que cumplió la prensa y la oratoria en la política latinoamericana del siglo XIX, ver Jaksic (2002). Otra interesante aproximación al tema es la provista por Herrejón Peredo (2003). Para un análisis sobre la tradición retórica y su uso con fines bélicos, consultar el estudio preliminar de McEvoy (2010).
8 Un balance de esta discusión se encuentra en Aguilar y Rojas (2002). El tema del discurso republicano y sus usos políticos en el Perú lo abordé en McEvoy (1997).
9 Un valioso aporte sobre el tema en Palti (2007).
10 Para un balance historiográfico sobre este tema, consultar Piccato (2010).
11 Para el caso peruano, ver McEvoy (2002).
12 En esa misma dirección apunta el excelente libro de Thibaud (2003). Para el caso peruano, consultar McEvoy y Rénique (2010).
13 Un notable intento en ese sentido es el libro de Sabato (2008).
14 Ver nota 6.
15 Esta categórica opinión de Santa María está contenida en una interesante misiva a Aníbal Pinto, cuando comparte con este último su reticencia a la política de banquetes, de periódicos y de mítines en la cual muchos de sus compatriotas se habían embarcado: "Yo querría que gastásemos todo este ardor en dar recursos al Gobierno, que con palabras no ha de hacer guerra; palabras que no sólo han de servir para despertar mayor animosidad en nuestros vecinos. Así comenzamos la guerra con España. La historia dirá como terminamos" (MARÍA, 1879).
16 De acuerdo con Orrego, los límites de la república de Chile debían extenderse desde el grado 19 de latitud sur hasta el Cabo de Hornos (ORREGO LUCO, 1879).
17 Este argumento lo he desarrollado en McEvoy (2006b).
18 Para una discusión en torno a lo femenino-pecador en la Inglaterra victoriana, ver Dijkstra (1986).
19 El soldado Lucio Venegas anota en su diario que en Lima lo esperaban "las delicias del paraíso de Mahoma: el goce, la satisfacción, el placer y el amor" (VENEGAS, 1885, p. 297).
20 El autocontrol, en la percepción de los hombres, es una característica masculina. Por su parte, las mujeres, así como la naturaleza, son impredecibles, desinhibidas y caóticas. Ellas son guíadas por las emociones más que por la razón. La idea anterior tomó cuerpo en la Inglaterra victoriana cuando la "ciencia médica" descubrió que las mujeres estaban inclinadas naturalmente al estado de la histeria. Para una discusión sobre este punto, consultar Bassuch (1986, p. 143-144).
21 Para Arturo Benavides, el primer golpe de vista de Lima le pareció espléndido: "Las numerosas iglesias, todas muy elevadas y dotadas generalmente de cúpulas, le daban ante mis ojos, y entre las sombras, aspecto casi monumental. Sus calles caprichosas y abundantes en edificios de estilo morisco, mirada entonces a la claridad débil del gas que le disimulaba, como a una vieja sus arrugas, lo que tienen de más chocante es su falta de aseo" (BENAVIDES, 1925, p. 242).
22 Para la campaña higienista de Lynch, ver Riquelme (1931a, p. 215). Sobre los chinos, consultar Salinas (1893, p. 257).
23 Ver el estudio preliminar que publiqué en Espinosa (2001) y a Hartz (1955).
24 Estas son algunas de las caracterizaciones que aparecieron en la primera versión de lo sucedido en el combate escrita para El Mercurio de Valparaíso por Eloy Caviedes entre el 2 y el 7 de agosto de 1882. Otros relatos, como el del Diario Oficial, afirmaron incluso que los atacantes "se comieron parte del cadáver" del subteniente Cruz "en memoria tal vez de los hermanos Gutiérrez" (Diario Oficial, 25 de julio de 1882). Dentro de esa misma tendencia, El Ferrocarril publicó, en su edición del 29 de julio, un artículo que, con el título de "Horribles detalles", graficaba lo ocurrido en La Concepción: así, se refirió a los "cadáveres sembrados de tajos" y "otros horrorosamente mutilados". Es interesante recordar el argumento de Peter Hulme, quien sostiene que las historias de canibalismo permanecen sumergidas en los imaginarios para reaparecer luego de que las misiones civilizadoras entran en crisis (HULME, 1998, p. 3).
25 Eloy Caviedes señalaba que, desde muchas casas, se les mandaban "grandes cantidades de licor" a los montoneros con la finalidad de "mantener vivo el patriotismo" (CAVIEDES, 1882).
26 La respuesta de Carrera a Gastó, en la que el oficial chileno le recuerda al peruano que por sus venas corría la misma sangre de los Carrera, se encuentra en Machuca y Marín (1930, p. 299).
27 Los artículos salieron publicados en El Ferrocarril entre el 18 y el 30 de julio de 1882.
28 Para una referencia al concepto y a sus antecedentes históricos, consultar Vicuña Mackenna (1972).
29 La carta de Santa María a Altamirano y la discusión sobre la "peruanización" se encuentra en Bulnes (1911-1919, p. 255, 257, 319).