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Revista de Sociologia e Política

versión On-line ISSN 1678-9873

Rev. Sociol. Polit. vol.22 no.52 Curitiba oct./dic. 2014

http://dx.doi.org/10.1590/1678-987314225207 

Sociología política de las elites. Apuntes sobre su abordaje a través de entrevistas

 

 

Mariana Gené

(mariana.gene@yahoo.com.ar) é Doutora em Ciências Sociais pela Universidad de Buenos Aires (UBA) e em Sociologia pela École des Hautes Études en Sciences Sociales (França). É professora de Sociologia na Universidad de Buenos Aires e de Estudios Políticos da Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS) e bolsista postdoctoral do Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (CONICET)

 

 


RESUMEN

El presente artículo reflexiona sobre los principales desafíos y potencialidades del abordaje histórico y cualitativo de las elites políticas, en particular a partir del trabajo con entrevistas en profundidad. Se identifican algunos interrogantes para los cuales esta metodología resulta particularmente pertinente y se reconstruyen los principales desafíos del trabajo de campo con los sectores dirigentes. Partimos para ello de una investigación sobre las elites del Ministerio del Interior en Argentina desde la vuelta de la democracia en la que triangulamos distintos tipos de fuentes: entrevistas en profundidad, archivos, normativa, material de prensa y bibliografía especializada. Lejos de dar por sentada la eficacia de las entrevistas en términos generales y abstractos, se revisan los alcances y límites de esta fuente de indagación para reconstruir la socialización política, las trayectorias y las prácticas de las elites políticas. Asimismo, se reconstruyen algunos de los principales obstáculos recurrentes en el trabajo de campo -relacionados con la accesibilidad, la temporalidad y la presencia de discursos "oficiales" o prefabricados- y los modos de superarlos. En particular, argumentamos que dicha estrategia metodológica es fecunda para: a) rastrear entradas en política y reconstruir trayectorias de los agentes de forma densa y contextualizada; b) identificar saberes valorados, códigos compartidos y fronteras simbólicas que tienen efectos sobre el campo político; y c) reconstruir prácticas, decisiones y dilemas ante la imposibilidad de "seguir a los actores". En ese sentido, este artículo dialoga a la vez con la bibliografía sobre metodologías cualitativas y con aquella especializada en elites políticas. Procura, por un lado, proveer pistas y recursos a los investigadores que trabajan con entrevistas; y, por el otro, recordar que las elites dirigentes "importan" y no son intercambiables, que no responden a una racionalidad universal y descarnada sino que sus lógicas de acción son complejas e históricamente situadas.

Palabras-clave: elites políticas; entrevistas en profundidad; sociología política; socio-historia; metodología cualitativa.


ABSTRACT

This article examines the challenges and potential of the historical and qualitative approach of political elites, particularly through in-depth interviews. We point out some questions for which this methodology is particularly relevant and we reconstruct the main challenges entailed by the fieldwork among leading sectors. The article is based on a research of the elites of the Interior Ministry in Argentina since 1983 that triangulates different types of sources: interviews, archives, formal regulations, national press and specialized literature. Instead of taking for granted the effectiveness of interviews in general and abstract terms, we analyze the scope and limits of this source of inquiry to rebuild political socialization, paths and practices of political elites. Furthermore, we reconstruct some of the recurrent obstacles in fieldwork -including accessibility, temporality and the presence of "official" or prefabricated speeches- as well as the ways to overcome them. In particular, we argue that this methodological strategy is fruitful for: a) tracing "entries in policy" and reconstructing trajectories of agents in a densely and contextualized way; b) identifying valued knowledge, shared codes and symbolic boundaries that impact on the political field; and c) reconstructing practices, decisions and dilemmas when it is impossible to "follow the agents". In that sense, this article discusses both with the literature on qualitative methodologies and with the one on political elites. It aims, on the one hand, to provide clues and resources to researchers working with interviews; and, on the other, to remind that the ruling elites "matter" and are not interchangeable, that they do not respond to a universal and disembodied rationality but draw forms of action that are complex and historically situated.

Keywords: political elites; in-depth interviews; political sociology; socio-history; qualitative research.


 

 

I. Introducción1

Sujeto a distintos vaivenes, el estudio de las elites gobernantes o "minorías políticamente activas"2 constituyó un foco de interés para las ciencias sociales desde los albores de su constitución. Weber elaboró los interrogantes clásicos sobre los políticos profesionales, su racionalidad y la relación con su séquito, así como sus distintas éticas en conflicto. Más tarde, la tradición elitista encarnada en exponentes tan disímiles como Mosca, Paretto, Michels y Wright Mills supo rastrear los atributos valorados para ejercer el poder político en cada época histórica así como las dinámicas propias de aquellos grupos dirigentes que surgen irrefrenablemente en las organizaciones complejas. Estos distintos análisis y sus sucesores muestran la especificidad de las elites dirigentes en cada contexto, sus vías de acceso al poder y los recursos que movilizan para mantenerse en él o bien reconvertirse en tiempos de crisis o trastrocamiento social.

Lejos de todo automatismo, tomarse en serio a las elites supone considerarlas como un actor histórico que no siempre se comporta del mismo modo, que tiene distintas maneras de ocupar las instituciones y de ejercer el poder. Y también que atraviesa procesos de aprendizaje e incorpora las reglas del universo en que se inserta así como sus principios legítimos de justificación. A las preguntas "¿quién gobierna?" y "¿quién decide?", puede agregarse, entonces el interrogante sobre "¿cómo lo hace?", "¿con qué recursos y relaciones?", "¿sujeto a qué condicionamientos en cada caso?", "¿con qué efectos?". La sociología política busca dilucidar en qué prácticas se traducen, nunca de modo transparente ni siquiera libre de problemas, esas formaciones y trayectorias. Explora, a su vez, qué instituciones las median y qué procesos históricos contribuyen a reconfigurarlas.

En el caso de las elites gubernamentales, la atención sobre ellas permite echar luz sobre la amplia variabilidad de la intervención estatal. En este sentido, se indaga la incidencia de sus ocupantes sobre esas instituciones y el peso de las mismas y sus tradiciones sobre aquellos agentes que las habitan. Esto es tanto más relevante cuanto que recurrentemente se constata que el Estado dista de ser un todo homogéneo, de fronteras fijas, objetivos monolíticos y actores unificados bajo una misma racionalidad. En efecto, bajo la etiqueta "Estado" conviven agencias diversas, con responsabilidades y desafíos específicos, con dinámicas de funcionamiento propias y temporalidades no siempre acopladas (Gupta & Ferguson 2002; Brenner et al., 2003; Lascoumes & Le Galès 2007; Frederic & Soprano 2009). El personal político del que estas distintas agencias se nutren es susceptible de tener, por lo tanto, credenciales, saberes y comportamientos diferentes. Asimismo, sus principios de reclutamiento, la gestión presidencial o el contexto histórico en el que se desempeñan pueden alterar sustantivamente las orientaciones de política pública elegidas y el modo de llevarlas adelante.

En ese sentido, la perspectiva interdisciplinaria es particularmente auspiciosa, ya que el diálogo entre disciplinas, tantas veces proclamado pero no siempre llevado a la práctica, no puede sino enriquecer nuestro conocimiento sobre las elites en sus diferentes aristas. Se trata, en efecto, de una problemática que trasciende fronteras disciplinarias y que como tal es estudiada en distintas escalas, con herramientas y preguntas específicas. Propiciar el conocimiento de los distintos abordajes contribuirá, entonces, a esclarecer el acervo teórico y metodológico del que podemos nutrirnos y también los hallazgos con los que contamos en cada caso. Sin duda, se trata de un intercambio complejo: la creciente especialización de las ciencias sociales y sus respectivas improntas hacen poco frecuentes las lecturas cruzadas, y ese mutuo desconocimiento suele derivar en una polifonía de voces o narrativas fragmentadas. A ello se suma la conquista de ciertos objetos por determinadas disciplinas, con sus consecuentes puntos de mira legítimos y la dificultad de habilitar otro tipo de indagaciones.

Para conjurar dicha ignorancia mutua, algunas tradiciones como la sociología política o la socio-historia proponen hibridaciones y encuentros entre tradiciones académicas. Con todas las dificultades que suponen esos acercamientos, los mismos proveen una vía para renovar preguntas sobre objetos supuestamente conocidos, eludir reduccionismos y restituirles su complejidad. En este sentido, Michel Offerlé (2001) sintetiza en tres principios metodológicos la impronta de la socio-historia. Por un lado, el ejercicio del asombro ante las instituciones, rutinas y objetos con los que estamos familiarizados. Frente a una mirada espontánea que los toma como evidentes, la socio-historia los muestra como el producto de procesos accidentados y conflictivos, de largos aprendizajes en los que se fueron sedimentando o alteraron su significado. Por otro lado, el fuerte énfasis en las prácticas, en la creación de roles y su transformación en el tiempo, en la aparición de dispositivos que habilitan y estimulan ciertos modos de actuar, y el modo en que los actores se apropian de esas tecnologías de forma contextual. Por último, se presta una atención fundamental a los conceptos y los sentidos que ellos vehiculizan: las cuestiones de nominación y clasificación se encuentran en el corazón de las preocupaciones de esta perspectiva que despliega una mirada histórica sobre los diversos sentidos que los términos adquieren en el tiempo. A estos tres énfasis se suma, claro está, la combinación de métodos y fuentes propios de los historiadores y los sociólogos, en articulación con una cierta rama de la ciencia política. De este modo, la reflexión sobre el pasado de los historiadores se complejiza con los métodos y los conceptos de los sociólogos. A su vez, el refugio de los sociólogos en el presente, que criticaba Norbert Elias (1987), es puesto en perspectiva con el recurso persistente a la historia, antídoto contra las estilizaciones normativas y los enunciados eternizantes.

En sintonía con dicha corriente, la sociología política, en particular la practicada por autores franceses desde hace más de veinte años3, llama también a transgredir las fronteras académicas entre disciplinas -acercándose sobre todo a la historia y la etnografía-, si bien se deja guiar principalmente por los métodos y las teorías de la sociología. En definitiva, "es la investigación empírica la que pone de relieve la pertinencia de tal o cual teoría, su interés, así como sus límites" (Lagroye 1994, p. 17). Será entonces clave lo que dicha aproximación permite hacer ver: las vacilaciones en la "construcción de lo político", el carácter histórico y conflictivo de las instituciones, y también de las prácticas y creencias de los agentes que las habitan. Se busca así desnormativizar el análisis de los fenómenos políticos, atendiendo a las relaciones de autoridad dentro de los partidos y la cohesión entre sus miembros, así como a la manera de tomar decisiones y el aprendizaje de modalidades legítimas de acción política que varían en el tiempo.

Siguiendo estas perspectivas, el presente artículo reflexiona sobre los principales desafíos y potencialidades del abordaje histórico y cualitativo de las elites políticas, en particular a partir del trabajo con entrevistas en profundidad. Partimos para ello de una investigación sobre las elites del Ministerio del Interior en Argentina desde la vuelta de la democracia. En primer lugar, se repasan brevemente los estudios sobre las elites políticas y estatales disponibles para el caso argentino, haciendo hincapié en los trabajos recientes sobre el gabinete de ministros. En un segundo momento, se presentan los ejes principales de la investigación llevada a cabo sobre el ministerio "político" del gabinete nacional argentino, mostrando las particularidades que lo hacen una ventana para pensar la profesión política en Argentina y las características singulares de sus elites. Finalmente, en tercer lugar, a partir de esa experiencia de investigación, se reflexiona sobre el abordaje metodológico basado en la realización de entrevistas en profundidad y su articulación con el relevamiento de archivos y material de prensa. En particular, se revisan los alcances y límites de estas fuentes de indagación para reconstruir la socialización política, las trayectorias y prácticas de las elites políticas.

 

II. La intermitencia de los estudios sobre las elites en Argentina y la atención reciente sobre el gabinete de ministros

Hace algunos años, Renato Perissinotto y Adriano Codato se referían a la disminución de los estudios sobre las elites políticas en Brasil a partir de 1980 y a la incidencia que sobre ese desplazamiento habían tenido ciertas perspectivas teóricas y programas de investigación (Perissinotto & Codato 2008). En la misma línea, un libro célebre compilado por Heinz (2006) constataba ese relativo desinterés y llamaba a hacer la historia de las elites de otra manera, ya no fijando personajes y fechas excepcionales sino rastreando regularidades, condicionamientos sociales y culturales de aquella dinámica colectiva. El caso argentino no hace sino parecerse al brasilero en este aspecto: los interrogantes sobre las elites políticas del siglo XX tuvieron un momento de auge entre las décadas del 60 y el 70 para entrar luego en una etapa de intermitencia.

Trabajando codo a codo con Gino Germani, José Luis de Imaz sentó el principal antecedente de estos estudios en su clásica investigación sobre la morfología de los grupos dirigentes durante 25 años de historia argentina (1936-1961). En "Los que mandan" (De Imaz 1964) el autor reconstruyó, mediante encuestas y análisis de documentos, las historias de vida de distintos grupos jerárquicos, entre los que se encontraban las principales elites estatales y políticas. Por su parte, Cantón (1966) realizó un estudio pionero sobre tres cohortes de parlamentarios en períodos de cambio social (1890, 1916, 1946) estableciendo los cambios sustantivos que se operaron en sus vías de reclutamiento y sus propiedades sociales al calor de transformaciones más amplias ocurridas en la estructura social y el campo político.

Sin grandes ecos en su momento de publicación, la revitalización de estos análisis tuvo que esperar al menos dos décadas. Entre los principales exponentes de este "retorno" de los estudios sobre las elites cabe mencionar el trabajo prosopográfico de gran alcance realizado por Ferrari (2008), que analizó las trayectorias y prácticas de los dirigentes políticos de la Unión Cívica Radical desde la instauración del sufragio masculino universal hasta el primer golpe de Estado del siglo XX (1912-1930). En lo que respecta al peronismo, los trabajos de Rein (1998) y Campione (2007) analizaron las segundas líneas del primer gobierno de Perón así como sus estructuras burocráticas, y Sidicaro se ocupó de las elites políticas y sus prácticas durante los distintos períodos en que dicho partido estuvo en el poder (Sidicaro 1995; 2002). Más recientemente, Morresi y Vommaro movilizaron un recurso metodológico muy aplicado en otras latitudes4 pero poco utilizado en Argentina: realizaron una encuesta semi-cerrada a una gran proporción de cuadros dirigentes del partido PRO en la Capital Federal. Combinando esa estrategia con la realización de entrevistas, analizaron las propiedades sociales, trayectorias educativas y políticas así como los espacios sociales de inserción de este grupo dirigente, y lo compararon con otras experiencias partidarias de similar posicionamiento ideológico (centro-derecha) en la historia reciente del país (Vommaro 2013; Morresi & Vommaro 2014). Asimismo, se produjeron reflexiones teóricas sobre este programa de investigación en la actualidad (cf. Lorenc Valcarce 2011).

También los parlamentarios convocaron la atención de los investigadores para indagar en su conformación, modos de reclutamiento y carreras. Así, los legisladores sindicales del primer peronismo (Prol 2011), los parlamentarios de Buenos Aires o Mendoza (Aelo 2004; Mellado 2006), los senadores nacionales antes y después de la última dictadura (1973, 1983, 1989) (Canelo 2011), o esos mismos senadores tras la crisis de 2001 (Levita 2011) se han examinado en profundidad. El perfil de esos políticos, la incidencia de la inestabilidad institucional sobre sus carreras, y también sus transformaciones ideológicas fueron relevados por estos trabajos. Asimismo, desde la ciencia política se estudiaron las carreras parlamentarias, en este caso haciendo foco especialmente en los factores institucionales (las características del sistema electoral) y partidarios (los procesos de selección de candidatos) que contribuyen a moldearlas y trastocar las ambiciones políticas (De Luca, Jones & Tula 2002; Lodola 2009; Caminotti, Rotman & Varetto 2011) o bien en su relación con el Poder Ejecutivo (Jones et al., 2000; Mustapic 2000).

Frente a este interés sobre las elites parlamentarias, en los últimos años ha tomado un incipiente impulso el estudio de los altos funcionarios del Poder Ejecutivo Nacional. En nuestras latitudes, dicha agenda de estudios vino a cubrir un paradójico vacío, ya que, aún cuando el Ejecutivo posee una incidencia mucho mayor sobre las políticas públicas, la atención de los investigadores se inclinó persistentemente hacia el Congreso. O bien, en el otro extremo, el interés se cifró exclusivamente en la figura presidencial, como si el presidente se desempeñara solo en la acción gubernamental. Ubicado en la intersección entre Estado y gobierno, entre administración pública y política, el gabinete de ministros se erigió así en una nueva ventana para pensar la interacción entre políticos profesionales y funcionarios burocrático-administrativos, la toma de decisiones y las controversias sobre políticas en el seno de las agencias estatales. Sin duda, los ministros son fundamentales en el ejercicio del poder político desde el Estado y en la definición e implementación de políticas públicas. Sus estudios para regímenes parlamentarios y semi-presidencialistas tienen una larga tradición (entre otros: Dogan 1979; 1981; Blondel & Muller-Rommel 1988; 2001; Blondel 1991; Blondel & Thiébault 1991; Mathiot & Sawicki 1999; Bermeo 2005; Schleiter & Morgan Jones 2010). Pero sus características en los presidencialismos son diferentes: nombrados directamente por el presidente, tanto sus soportes organizacionales, sus trayectorias y competencias, como sus márgenes de acción varían. Si en Estados Unidos los gabinetes ministeriales han retenido la atención de muchos investigadores (Mann & Smith 1981; Macy Adams & Walter 1983; Wyszomirski 1989; Virgala Foruria 1994; Bennet 1996), en América Latina la investigación sobre ellos ha sido dispar. Recientemente crecieron los estudios de ciencia política que los abordan, enfocando los criterios que guían su conformación, las relaciones de los ministros con otros poderes y las razones por las que abandonan el gabinete (Camerlo 1990; Amorim Neto 1994; 2006; Martínez-Gallardo 2011; 2012); o su relación con las reformas estructurales en la región (Geddes 1994; Altman & Castiglioni 2008; Corrales 2010).

En su mayoría desde el paradigma del institucionalismo de la escuela racional, aquellos trabajos concentran su énfasis en la formación de coaliciones y en el supuesto de que la incorporación de ministros de otras pertenencias partidarias garantiza apoyos legislativos. Dichos estudios movilizan gran cantidad de datos y tienen una importante sofisticación en los métodos cuantitativos con los que los procesan. No obstante, corren el peligro de vaciar de historia sus análisis, suponiendo una racionalidad universal que ignora tradiciones y culturas partidarias, coyunturas políticas o preferencias de los actores en cuestión. Así, algunos de sus resultados suelen ser singularmente formalistas: los "cálculos sobre los costos" de "cambiar posiciones en el gabinete por apoyo legislativo" (Martínez Gallardo 2012, p. 67-68) son los mismos en todos los países y los factores que guían las decisiones son tan pocos y simples que las mismas se volverían susceptibles de ser predichas. Mediante sucesivos reduccionismos, estos estudios pueden ofrecernos una visión muy estandarizada y casi mecánica de la política. Pero además, en el caso argentino la importancia de las coaliciones a la hora de garantizar gobernabilidad y apoyo parlamentario es poco determinante, ya que a pesar de ser un país federal los partidos mayoritarios tienen presencia fuerte en todas las provincias y, aún cuando bajo estas etiquetas partidarias puedan convivir configuraciones político-ideológicas muy disímiles (Scherlis 2009), tienen menos obstáculos para lograr el quórum legislativo5. Por lo tanto, trasplantar las preocupaciones centrales sobre los gabinetes presidenciales en virtud de la formación de coaliciones no es acertado en este caso (Camerlo 2013).

Más atenta a la especificidad de las distintas carteras de gobierno, sus racionalidades y legitimidades específicas, y la conformación y el funcionamiento de sus elencos, una nueva gama de estudios sobre los ministerios y sus funcionarios en Argentina se ha desarrollado en los últimos tiempos6. Existen, por un lado, grandes prosopografías que ofrecen una visión desagregada del gabinete de ministros nacional a través del tiempo, mostrando tendencias generales en el perfil de cada ministerio y las credenciales valoradas para su designación (Giorgi 2014). Por otro lado, para el período pos-dictatorial se ha mostrado en detalle la dinámica política de conformación del gabinete y los criterios diferenciales para su nombramiento según presidente y partido político (De Luca 2011), y se ha reflexionado sobre la especificidad de las destrezas, atributos y apoyos externos requeridos según el área de intervención que recorta cada cartera (Heredia, Gené & Perelmiter 2012). Finalmente, existen distintas investigaciones sobre el personal político de ministerios específicos (Dalbosco 2003; Canelo 2012; Gené 2012a; Heredia 2012; Perelmiter 2012), que reconstruyen las trayectorias educativas, sociales y políticas de sus elites, así como los vínculos y saberes que detentan y su desempeño en la historia reciente.

En esta agenda de investigación se incorpora la reflexión sobre los distintos saberes que nutren la acción estatal. La tensión entre saberes "técnicos" y "políticos" y el conflictivo despliegue de capacidades estatales (cf. Bohoslavsky & Soprano 2010) así como la gravitación de conocimientos expertos de todo tipo (cf. Morresi & Vommaro, 2012) son un tema fundamental a la hora de estudiar las distintas carteras de gobierno. Sin duda, fue el ministerio económico el que más atención recibió a este respecto: con el creciente protagonismo de los expertos económicos a escala global proliferaron los estudios sobre su desembarco en la gestión estatal7. En Argentina, en especial por las grandes transformaciones económicas que se suscitaron desde la década del 90 y la adopción de la paridad entre el peso y el dólar, estas preocupaciones fueron centrales (Camou 1999; 2007; Beltrán 2005; Heredia 2007; 2012). Pero los "saberes de Estado" (Plotkin & Zimmermann 2012) distan de ser homogéneos y no se reducen a la expertise económica o siquiera a las habilidades respaldadas por un título universitario. Los estudios sobre los distintos ministerios presentan, entonces, una oportunidad de revisar esos diversos "saberes" que intervienen en la toma de decisiones (ya sea sobre políticas públicas o sobre política), y son reconfigurados al calor de desafíos concretos.

 

III. El ministerio "político" del gabinete y sus elites desde la vuelta de la democracia

En ese marco, mi tesis de doctorado se concentra en el Ministerio del Interior de la Nación y sus elites entre 1983 y 2007, indagando sus dominios de intervención, sus rutinas, las trayectorias de sus miembros y sus prácticas. Dicho ministerio es escogido por considerarse a la vez una pieza fundamental del gabinete nacional y un locus privilegiado para observar las características del trabajo político desde la vuelta de la democracia.

En efecto, la de Interior es comúnmente denominada la cartera "política" del gabinete nacional8, ya que sus funciones están directamente relacionadas con el sistema político en su conjunto y con la articulación de los distintos niveles estatales que constituyen el régimen federal. Creado por el presidente Urquiza en 1854, se trata de uno de los ministerios más antiguos en la estructura del Estado argentino y tiene, según su definición legal, "responsabilidad en el gobierno político interno y el resguardo del régimen republicano, representativo y federal"9. En principio, constituye el vínculo privilegiado entre el gobierno nacional y los gobiernos provinciales, participa en la evaluación de la estructura económico-financiera de las provincias y regiones del país y ejecuta las intervenciones federales en las provincias en estado de crisis10. En segundo lugar, concentra toda una serie de atribuciones en el plano político-institucional: entiende en las propuestas de reforma de la Constitución, en la declaración del estado de sitio y sus efectos, y en la concesión del derecho de asilo político; además de tener a su cargo los actos de carácter patriótico, feriados, custodia de símbolos nacionales y emplazamiento de monumentos. Por otra parte, es el responsable de la programación y ejecución de los actos electorales, el funcionamiento de los partidos políticos y su financiamiento. Desde este ministerio, entonces, se programan las fechas de las elecciones y se comunican sus resultados, se inscriben los partidos y se impulsan las distintas propuestas de reforma política. En tercer lugar, el Ministerio del Interior tiene a su cargo el Registro Nacional de las Personas y la Dirección de Migraciones: es quien expide los documentos nacionales de identidad, centraliza las estadísticas demográficas de todo el país y controla los flujos migratorios en los distintos momentos históricos. Se ocupa, así, desde los inicios del Estado argentino de contabilizar a sus habitantes y de vigilar sus entradas y salidas, estando también a cargo -a través de la gendarmería y la aduana- del control de sus fronteras. Finalmente, en cuarto lugar, esta cartera estuvo a cargo, durante la mayor parte del siglo XX, de la seguridad interna y el manejo de las fuerzas de policía. Pero esta responsabilidad histórica del ministerio se vio alterada de acuerdo al poder de negociación de algunos ministros11.

En suma, uniendo los aspectos vinculados a: 1) el federalismo y la relación con las provincias, 2) la investidura simbólica del Estado, la relación con los partidos y el manejo de las elecciones, 3) la población de todo el territorio nacional y el control de sus fronteras, y 4) -durante la mayor parte del tiempo- el manejo de las fuerzas de seguridad; esta cartera constituye un soporte fundamental de la estatalidad.

Entre sus distintas funciones y áreas de intervención, algunas son particularmente burocráticas y rutinarias. Ajenas a los vaivenes de la coyuntura política, la emisión de documentos, el departamento de legalizaciones y el registro de personas conocen una inercia administrativa que es rara en el resto del ministerio. Pero frente a estas áreas en las que prima el saber de expediente y la aplicación de mecanismos y reglas impersonales, se recortan otras que se dedican principalmente a negociar con actores políticos, a articular intereses en conflicto, a alcanzar acuerdos y repartir fondos, obras y asistencia de todo tipo por parte del Estado nacional. En efecto, en un nivel menos formalizado, esta cartera gestiona la negociación de leyes importantes para el Poder Ejecutivo con los representantes de las dos cámaras del Congreso, y funciona como mediación de múltiples acuerdos entre los partidos mayoritarios. Además, durante gran parte del período estudiado concentró instrumentos particularmente relevantes12, que lo convirtieron en un "un poderoso órgano de vinculación política, técnica y financiera con los gobiernos provinciales y municipales" (Oszlak 2000, p. 7). En efecto, por un lado tuvo la responsabilidad, junto con el Ministerio de Economía, de negociar los pactos fiscales con las provincias (Falleti 2004) y, por otro, detentó el manejo de una cantidad importante de recursos económicos a través de los controversiales Aportes del Tesoro Nacional (ATN)13. Vehículo a la vez de asistencia, persuasión y cooptación14, este instrumento hizo de la cartera de Interior un potente organismo de negociación y arquitectura política.

Finalmente, desde 1983 este ministerio estuvo comandado por algunos hombres fuertes de la política nacional, que retuvieron una gran dosis de poder, marcaron épocas y maneras de hacer política. Por la particular área de intervención que define a este ministerio, así como por sus interlocutores y desafíos, el personal del que se nutren sus cúpulas está integrado casi exclusivamente por profesionales de la política ampliamente experimentados. En este sentido, las elites de este ministerio se recortaron por las posiciones jerárquicas que ocuparon y por el supuesto de que las mismas involucran la capacidad de tomar decisiones que impactan en el resto de la sociedad (Wright Mills 1957)15, pero se trata además de elites políticas en sentido más amplio: son dirigentes políticos avezados, que ocuparon muchos cargos electivos y no electivos en los distintos niveles estatales, así como al interior de las principales estructuras partidarias.

A partir de un abordaje que combinó la realización de entrevistas en profundidad a sus miembros jerárquicos (quienes ocuparon los puestos de ministro, secretario y subsecretario de Estado)16, sus declaraciones y la elaboración de perfiles en medios periodísticos17, y el trabajo de archivo y la sistematización de fuentes secundarias18, esta investigación se concentró en las lógicas de funcionamiento de este espacio privilegiado de construcción de poder; reconstruyendo las transformaciones en su organización, la composición social y las trayectorias sociales y político-profesionales de sus elites, así como sus pruebas de eficacia y los instrumentos específicos que utilizaron para afrontarlas.

Se trató, así, en lo que respecta a sus elites, de saber quiénes conformaron sus equipos, en base a qué criterios fueron reclutados y qué capitales y destrezas contribuyeron a mantenerlos en sus cargos. En el período seleccionado se sucedieron en Argentina 8 presidentes y 15 ministros del Interior. No obstante, si restamos de este cálculo a los breves presidentes que ocuparon ese cargo durante la crisis de 2001 (Ramón Puerta durante 2 días, Adolfo Rodríguez Saá durante 1 semana y Eduardo Camaño durante 3 días) queda un saldo de 5 presidentes para los 24 años de democracia inmediatos al fin de la última dictadura militar: 3 de ellos peronistas (Carlos Menem, elegido constitucionalmente en 2 períodos sucesivos -1989 a 1995 y 1995 a 1999-, Eduardo Duhalde, ocupando el cargo de presidente durante más de 1 año tras la mentada crisis -2002 a 2003-, y Néstor Kirchner -2003 a 2007) y 2 de ellos radicales (Raúl Alfonsín -1983 a 1989- y Fernando de la Rúa, que llega al poder por medio de un partido de coalición -la Alianza- entre la UCR y el Frepaso - entre 1999 y 2001). En las 5 gestiones presidenciales comprendidas en este estudio, los 15 ministros del Interior se repartieron de la siguiente forma: 3 ocuparon el cargo durante la presidencia de Alfonsín, 6 durante las presidencias de Carlos Menem, 2 durante la gestión de Fernando De la Rúa, 3 entre la crisis de 2001 y el gobierno de Duhalde y 1 ministro durante toda la presidencia de Néstor Kirchner. Estos ministros y sus colaboradores directos enfrentaron desafíos y llevaron adelante intervenciones muy disímiles: desde la subordinación del poder militar y los levantamientos de los primeros años de la democracia hasta el estado de sitio y la represión durante la crisis de 2001; desde la reforma del Estado y la puesta en marcha de las medidas asociadas al Consenso de Washington hasta el cuestionamiento de las políticas neoliberales y la vuelta a la intervención estatal en diversos ámbitos de la economía y lo social; desde éxitos electorales rotundos hasta derrotas y escándalos políticos, pasando por atentados y denuncias de gran magnitud. A su vez, se insertaron en configuraciones de poder marcadas por distintos equilibrios de fuerzas y, en consecuencia, con distintos recursos y márgenes de acción disponibles. Tuvieron, finalmente, improntas y niveles de visibilidad pública sensiblemente diferentes: desde ministros-voceros de la presidencia, de gran presencia en los medios y en la arena política en general, hasta ministros cuyo protagonismo fue solapado por otros hombres fuertes del presidente. En este sentido, la misma posición institucional no tuvo iguales implicancias a lo largo del tiempo, sino que los partidos y presidentes en el poder, los desafíos enfrentados y el peso específico de cada uno de sus ocupantes contribuyeron a cualificarla y determinarla.

El abordaje cualitativo e histórico permitió poner en relación aquellas características de su formación y socialización con la configuración organizacional e ideológica de sus partidos -que, ciertamente, no se mantuvieron idénticos a sí mismos a través del tiempo ni llegaron al poder en cada período histórico apoyados sobre las mismas bases sociales ni con la misma gravitación de cada una de sus fracciones internas-, así como con las coyunturas políticas a las que se vieron enfrentados. Un entrecruzamiento de este tipo procuró no dar por sentado el tipo de decisiones y posicionamientos que implicarán ciertos orígenes sociales y trayectorias sino identificar las chances o probabilidades de acción que implican (Mathiot & Sawicki 1999, p. 6) y analizarlas históricamente. Para ello, las entrevistas en profundidad constituyeron el corazón de nuestra indagación, por lo que a continuación nos detenemos en sus ventajas y límites.

 

IV. Las elites ministeriales en abordaje cualitativo: ventajas y límites de las entrevistas en profundidad

Las entrevistas en profundidad con miembros de las elites políticas constituyen una vía privilegiada para indagar en el sentido de sus biografías, sus procesos de socialización política y el establecimiento de solidaridades grupales, así como los estándares que movilizan para evaluar a sus pares y los efectos que éstos tienen en la conformación y estabilidad (o no) de los equipos de gobierno. Asimismo, permiten reconstruir ciertos eventos desde la perspectiva de los protagonistas, identificar dilemas y racionalidades específicas a la hora de enfrentarlos, rastrear la "cocina" de ciertas decisiones, las rutinas de funcionamiento y las prácticas formales e informales que signaron a las agencias estatales. Este abordaje permite, así, acceder a la densidad de la perspectiva de los actores y su interpretación sobre determinados procesos, pero también establecer su relativa regularidad y sus efectos sobre el campo político.

Ciertamente, las entrevistas no son un vehículo neutro de transmisión de información (Guber 2001) y su utilización implica recaudos, mediaciones y reinterpretaciones por parte del investigador. En el caso de las entrevistas con "los de arriba", dirigentes o dominantes en distintas áreas de lo social, se presentan problemas específicos que exigen redoblar la vigilancia epistémica (al respecto, Peabody et al., 1990; Willemez et al., 1994; Laurens 2007). A los problemas prácticos de acceso y disponibilidad, se suma la recurrente sospecha de "manipulación" o falsedad que pueden comportar ciertos discursos oficiales. No obstante, aún teniendo en cuenta que los políticos -como es nuestro caso con los altos funcionarios del Ministerio del Interior- son "profesionales de la palabra", muchas de sus experiencias y representaciones son susceptibles de rastrearse a través de entrevistas, a condición de realizar un análisis reflexivo sobre la propia indagación y sus límites (Bachelot 2011).

Para la investigación a partir de la que aquí se reflexiona se movilizaron distintas fuentes y materiales, desde la producción propia del ministerio y su normativa, hasta la prensa y la bibliografía secundaria sobre el período estudiado. Asimismo, se recurrió a un acervo de entrevistas realizadas por otros investigadores durante la historia reciente19. Equilibrar las fuentes y las estrategias de registro es una condición básica para no avalar sin más el discurso de los protagonistas. No obstante, las entrevistas en profundidad compusieron el corpus central de la investigación. En ellas se indagaron los siguientes temas: a) trayectorias educativas y político-profesionales, b) socialización política y modos de acceso al Estado, c) perspectivas sobre el rol del ministerio, sus responsabilidades e interlocutores, d) actividades cotidianas y decisiones en coyunturas históricas seleccionadas, y e) significaciones y evaluaciones en torno a otros ocupantes del ministerio desde la vuelta de la democracia. En las páginas que siguen, reflexionamos sobre las potencialidades y los límites de este abordaje, haciendo énfasis en sus desafíos, así como en el tipo de preguntas de investigación para las que esta metodología resulta pertinente.

IV.1 Entradas en política y trayectorias: los primeros aprendizajes como modo de "romper el hielo"

Las vías de "entrada en política" han retenido la atención de diversos estudiosos en sociología política (Lévêque 1996; Offerlé & Sawicki 1996), buscando comprender los rasgos y las particularidades de una carrera singular, cuyos canales y capitales de ingreso fueron variando en la historia larga de la profesionalización política, es decir, "de la aparición, a menudo concomitante de la estabilización del sufragio 'universal' (primero masculino), de una categoría de agentes especializados y profesionalizados en la conquista y el ejercicio de un tipo particular de poder, el poder político" (Offerlé 2011, p. 85).

Las entrevistas en profundidad permiten reconstruir estos momentos de ingreso, indagar en la existencia de sociabilidades políticas familiares y en los determinantes históricos de los primeros contactos con el mundo de la política. En nuestra experiencia, los interrogantes sobre estos comienzos constituyen también un excelente disparador de la situación de entrevista, un modo adecuado para "romper el hielo". En efecto, una vez logrado el nada fácil objetivo de arribar a una entrevista con miembros de las elites políticas20, eludir su desconfianza y el escepticismo inicial hacia el investigador constituye un desafío central. Frente a una situación -la de entrevista- que se asocia, al menos en Argentina, más al periodismo que a la indagación científica, es menester interesar a los entrevistados, lograr distenderlos y atraerlos al diálogo21. Explorar las razones y los momentos que marcaron esa entrada, las épocas poco rutinizadas en las que se vivía en gran medida "para" pero todavía no "de" la política, posibilitó entusiasmar a los entrevistados y entrar rápidamente en un registro de relato vívido, repasando anécdotas, identificando momentos significativos que jalonaron dicho recorrido y marcaron a fuego su aprendizaje.

En este sentido, para las elites del ministerio "político" argentino reconstruimos grandes ciclos de politización marcados por períodos históricos intensos. Signados por recurrentes interrupciones del orden democrático, estos acontecimientos y los líderes políticos que se asociaron a ellos -la "Revolución Libertadora" en 1955 y el golpe de Estado contra el gobierno de Illia, el "Cordobazo", el exilio de Perón y el surgimiento de las agrupaciones juveniles con su mayor o menor cercanía a la lucha armada, la Guerra de Malvinas y la "solitaria" oposición de Alfonsín a esa gesta- propiciaron un tipo de vinculación con la política y una representación sobre los partidos, sus idiosincrasias y sus estilos de ejercicio del poder. Del mismo modo, las divisiones internas de los partidos fueron definiendo primeras afinidades y grupos de pertenencia, a la vez que dotaron a los dirigentes políticos de contactos y recursos decisivos para su futuro. Los mismo puede decirse de la importancia de los "mentores" o "padrinos", que en muchos casos jugarían un rol importante en la entrada y el mantenimiento en la carrera política. Aquellos "otros significantes" (Berger & Luckmann 2011, p. 162 y segs) son particularmente relevantes a la hora de transmitir toda una serie de definiciones y saberes prácticos sobre el mundo político. Dichos referentes facilitan aprendizajes y disposiciones no necesariamente coincidentes con la historia previa de los individuos, contribuyendo así, lejos de toda mecánica, a una socialización compleja y plural (Lahire 1999; Thévenot en prensa). En este sentido, las entrevistas en profundidad permiten comprender hasta qué punto los padrinos pueden influenciar muchas de las decisiones de carrera a futuro, tanto para las derrotas como para los triunfos, tanto para los enfrentamientos y exclusiones como para las solidaridades y las oportunidades de retener espacios a lo largo del tiempo.

Asimismo, las entrevistas permiten recorrer las trayectorias de estos agentes, situarlas en su contexto histórico y cualificarlas. Si la prosopografía o las biografías colectivas sirven para cuantificar ciertos atributos y establecer perfiles típicos en una población escogida (Ferrari 2010), ese mismo método llama a no contentarse con un análisis de la distribución de las características y atributos de los actores sino a avanzar sobre "discursos, reflexiones, recuerdos, escritos o tomas de posición públicas" para relacionar "las trayectorias, las posiciones y los trazos de mentalidad" (Charle 1994, p. 13). Las entrevistas con protagonistas de una institución constituyen una herramienta decisiva para avanzar en ese sentido. Con ellas pueden estudiarse en profundidad las trayectorias, indagando a la vez los aprendizajes prácticos que las acompañaron, las tomas de posición implicadas, los grupos de pertenencia y la importancia de las redes de sociabilidad a la hora de construir dichos itinerarios.

En el caso del Ministerio del Interior argentino constatamos un tipo de reclutamiento muy específico: la cartera fue confiada casi exclusivamente a profesionales de la política de extensas carreras y a hombres de confianza del Presidente. Sólo dos de los ministros de este período, por distintas razones, casi no tenían cargos públicos en su carrera antes de llegar a la cúspide del ministerio: Enrique Nosiglia (ministro del Interior entre septiembre de 1987 y mayo de 1989) y Gustavo Béliz (ministro del Interior entre diciembre de 1992 y agosto de 1993). El primero de ellos había ocupado numerosos puestos de responsabilidad en la estructura del partido, pero fue históricamente reticente a los cargos públicos; no obstante, desde la vuelta de la democracia constituyó una pieza fundamental en el armado de la Unión Cívica Radical y en su relación con el peronismo y otros actores de poder (Gallo & Álvarez Guerrero 2005). Por su parte Gustavo Béliz, había desarrollado una carrera más similar a la de un outsider, trabajando en medios periodísticos y ocupando sólo un cargo de Secretario en el período inmediatamente anterior a su llegada al puesto de ministro con apenas 29 años. Ambos casos son excepcionales por su relativa ausencia de cargos formales antes de ser ministros, pero también lo son por su extrema proximidad al presidente: confidentes y consejeros fundamentales, iniciaron su carrera política al calor del ascenso de Raúl Alfonsín y Carlos Menem, con quienes mantenían relaciones casi filiales.

Así, las elites del ministerio cuentan con largas trayectorias políticas, con numerosos puestos ocupados en el nivel nacional o subnacional22, y con alineamientos en diversas corrientes al interior de los partidos mayoritarios, tanto en virtud de clivajes ideológicos como de lealtades personales. Tanto para las primeras como para las segundas líneas, no se trata de políticos intermitentes u ocasionales sino de personajes con una nutrida combinación de cargos electivos y de designación política, con experiencia en distintos niveles de gobierno, y de un carácter ininterrumpido en muchos casos, salvo por las sucesivas dictaduras militares. Las reglas propias de cada partido para escalar posiciones y los modos en que se llegó a ocupar cada puesto pueden ser analizados e historizados mediantes este abordaje. Lo mismo puede decirse, como veremos en el próximo apartado, sobre los capitales y recursos que son valorados en cada caso.

IV.2 La identificación de saberes valorados, códigos compartidos y fronteras simbólicas

¿Qué tipo de destrezas, saberes y competencias caracterizan a los miembros jerárquicos de un determinado ministerio? ¿Cómo son valoradas esas capacidades y hasta qué punto se modifican o se mantienen estables en el tiempo? Como vimos, mucho se ha dicho sobre las credenciales técnicas y los saberes expertos de los que se nutren las agencias estatales. Ahora bien, quienes intervienen en la toma de decisiones y en la gestión cotidiana de instituciones como los ministerios pueden combinar de distintas maneras su carácter técnico, sus credenciales profesionales y todo un conjunto de destrezas y recursos menos formalizables. En nuestro caso, el Ministerio del Interior ofrece un ejemplo de arena en la que el saber y los recursos políticos prevalecen sobre otras competencias y definen las interrelaciones cotidianas.

Las entrevistas pueden servir, entonces, para identificar los saberes prácticos valorados en una institución, los que caracterizaron a un equipo de gobierno en particular o reportaron cierta eficacia para enfrentar sus pruebas específicas. Nos proveen así una ventana para comprender las habilidades que reivindican sus miembros y las que se rechazan o penalizan, las prácticas que son consideradas legítimas y las que no en distintos momentos históricos, las reglas no siempre escritas de un determinado espacio social.

En este caso, el recorrido por los recursos y las capacidades reivindicadas y admiradas en el seno del Ministerio del Interior devela un énfasis remarcable y estable en el tiempo en las habilidades que son importantes al interior del campo político y para relacionar a sus participantes: saber negociar, entablar diálogos y alcanzar acuerdos; contar con la confianza presidencial, tener contactos y comunicación fluida con dirigentes políticos y sociales en distintos puntos del territorio, ser "creíble" o confiable para otros referentes. En gran medida, esos contactos y esa confianza se adquieren por el hecho de frecuentar de forma regular un mismo universo y conocer sus reglas de juego. Como señala Bourdieu, el aprendizaje del habitus político requiere un cierto tipo de entrenamiento: se trata de un recorrido que incluye pruebas y ritos de pasaje, en el que se aprenden valores, jerarquías e incluso censuras (Bourdieu 1981). Es por eso que la expresión "venir de la política" suele estar en boca de sus dirigentes como un requisito para ocupar dicha cartera:

"Tiene que ser el perfil de alguien que viene de la política, que tiene un profundo conocimiento del mundo de la política, y en lo posible conoce a los principales actores de la política del oficialismo y de la oposición. Y en eso incluyo a los gobernadores de todos los signos políticos y a los presidentes de los partidos (...) En segundo lugar, tiene que ser alguien que tenga el prestigio suficiente para ser interlocutor de personas tan destacadas como son los gobernadores o los presidentes de los partidos. Se espera que tenga suficiente talla y personalidad para estar a la altura de ese desafío, del sistema de relacionamiento que supone" (Secretario de la Función Pública del Ministerio del Interior entre 1992 y 1993 -Pres. Menem-, PJ. Entrevista con la autora el 29.jul.2009).

"El ministro del Interior tiene que tener una muy buena formación política y un muy buen nivel de relación; por eso es que no es equivocado cuando los parlamentarios están ahí, porque las relaciones con el Parlamento son muy relevantes, hay que conocer el métier del Parlamento (...) Y [tener] mucho conocimiento personal de los protagonistas, porque hay algunas cosas que las sacás por amistad, por relación personal. Me parece que esas son las condiciones, y el conocimiento del partido que está en el poder" (Ministro del Interior entre 1999 y 2001 -Pres. De la Rúa-, UCR-Alianza. Entrevista con la autora el 3.set.2009).

A este conocimiento de los partidos y los actores se suma el hecho de tener pericia e incluso astucia para actuar en escenarios inciertos y tomar decisiones dilemáticas. Los propios dirigentes se miden mutuamente en base a la "capacidad política" para alcanzar acuerdos, idear estrategias y movilizar voluntades. En cierto sentido, en esta cartera, convencer a otros políticos parece más importante que saber convencer o agradar al común de la sociedad. Si bien el planteamiento de la agenda política y la defensa de las decisiones de gobierno constituyen un aspecto muy relevante de su trabajo, es en los acuerdos entre pares y en las estrategias para garantizar la gobernabilidad y asegurar el éxito del gobierno que se dirime su expertise.

A su vez, las entrevistas nos hacen percibir las fronteras simbólicas que los actores tienden entre distintos tipos de agentes y los efectos que las mismas tienen sobre el espacio que ocupan. Como señalan Lamont y Molnár (2002), el concepto de frontera hace hincapié en el carácter relacional de aquellos procesos por medio de los cuales se define la pertenencia a un grupo, se lo clasifica y se establece quién queda adentro y quién afuera. Los distintos grupos sociales contribuyen a crear, mantener, poner en cuestión o incluso disolver fronteras simbólicas que operan sobre la realidad: "Las fronteras simbólicas son distinciones conceptuales realizadas por actores sociales para categorizar objetos, personas, prácticas, e incluso el tiempo y el espacio. Son herramientas por medio de las cuales los individuos y grupos luchan y llegan a acuerdos sobre definiciones de la realidad. Examinarlas nos permite captar las dimensiones dinámicas de las relaciones sociales, dado que los grupos compiten en la producción, difusión e institucionalización de sistemas y principios de clasificación alternativos" (idem, p. 168). Estas fronteras separan a los actores en grupos, generando sentimientos de similitud y de pertenencia, haciendo viables ciertas relaciones y obstruyendo otras. A su vez, son una mediación esencial a través de la cual las personas adquieren status y monopolizan recursos (ibidem).

En el mismo sentido, muchos investigadores se han inspirado en la sociología de las etiquetas y el análisis sobre la carrera moral desarrollado por Becker (2009a). Su aporte constituye una pista para pensar a las elites políticas, sus estrategias de cierre y sus cosmovisiones comunes. A la vez, sus notas sobre las maneras de hablar de los entrevistados que nos resultan extrañas y el modo en que demarcan lo que algo "no es" (Becker 2009b, p. 194 y segs) constituyen pistas sobre el trazado de límites y fronteras simbólicas entre diferentes tipos de agentes y situaciones. En esas páginas, el sociólogo de la Escuela de Chicago ofrece una sensibilización hacia el modo en que los actores definen lo que los rodea y cómo eso permite rastrear valores y principios de clasificación compartidos que serán fundamentales para su acción.

En el caso de las elites del Ministerio del Interior analizadas, identificamos códigos compartidos entre sus diversos miembros y criterios comunes de evaluación que son determinantes para producir una frontera entre "políticos" (respetados), por un lado, y "amateurs" o "aficionados", por el otro. Entre los ministros del período seleccionado, dos de ellos se erigen en figuras arquetípicas: el que más tiempo duró en el cargo desde la vuelta de la democracia, Carlos Corach23, y el "outsider" al que nos referimos previamente, Gustavo Béliz24, personifican los atributos admirados y denostados en este espacio. A su vez, revelan la existencia de una grilla de lectura que es compartida por las elites de este ministerio de forma transversal, más allá del partido al que pertenezcan, sus camadas o el contexto histórico en el que hayan ocupado sus cargos.

En coincidencia con el reclutamiento típico del ministerio, se considera verdaderos "políticos" a quienes tienen una larga trayectoria en ese ámbito y "conocen sus códigos". Esto implica tener un trato fluido con sus participantes, saber negociar, llegar a acuerdos y cumplirlos, tener autoridad frente a los pares y creatividad para enfrentar la incertidumbre25.

"[Hay que tener] buena relación con los partidos políticos, es decir, vos en la política sí acordás algo tenés que cumplirlo, sino perdés confianza con los propios y con los ajenos, y un buen ministro del Interior tiene que ser un tipo que construya esa confianza y la mantenga. Con Corach podías no estar de acuerdo tenerle bronca, podía resultarte antipático, pero era un tipo que te generaba confianza, no estabas hablando con un 'cuatro de copas'26, sino con un tipo que tenía poder y lo ejercía. Yo creo que un ministro puede tener cualquier rasgo pero un ministro debe ejercer el poder [...] y ser confiable" (Subsecretario de Relaciones Políticas y Subsecretario del Interior del Ministerio entre 1993 y 1995 -Pres. Menem-, PJ. Entrevista con la autora el 13.ago.2009).

En cambio, son considerados "amateurs" quienes no respetan las reglas del juego, los que traicionan la palabra empeñada, los que entablan diálogos con soberbia o "mirando desde arriba", los que no tienen destreza para idear un plan B cuando una estrategia no da resultado.

"Negociador: no. Estructurado: . Y Gustavo [Béliz] tenía para mi gusto un problema bastante grave: que era... Yo no concibo un buen negociador que te mira de arriba. Digo, yo considero un buen negociador al tipo que te entra sin mirarte de arriba y te gana la negociación" (Subsecretario de Gestión Municipal del Ministerio del Interior durante 2003 -Pres. Duhalde y Kirchner-, PJ. Entrevista con la autora el 5.nov.2009)

Las entrevistas proveen así un medio para acceder al entre-soi de las elites políticas, sus intereses en común y su cercanía (al respecto, entre otros, Aron 1965; Lefebvre 2010; Lorenc Valcarce 2011; Bachelot 2012). Nos informan también sobre los desafíos específicos de una institución y las improntas personales que contribuyeron a moldearla. Por supuesto, esta presencia de códigos compartidos y la constatación de un cierto espíritu de cuerpo no invalida la existencia de culturas partidarias y tradiciones políticas diferenciadas. En efecto, los estilos presidenciales y partidarios signan las gestiones ministeriales y sus márgenes de acción, como lo hacen también los problemas históricos que se enfrentan y la cambiante relación de fuerzas que se ostenta en cada momento dado.

IV.3 Reconstruir prácticas y dilemas aún ante la imposibilidad de "seguir a los actores"

Además de la composición social, la socialización y los "saberes" plurales de las elites estatales, la sociología política se interesa por sus prácticas concretas. En este sentido, permite explorar sus decisiones sin dar por sentada una racionalidad universal o descarnada que las guía. En particular, si algunas corrientes tienden a asignar una importancia determinante a los marcos institucionales que cristalizan en sanciones e incentivos, así como a suponer agentes maximizadores que se adaptan a aquellos marcos; la socio-historia permite mostrar la inestabilidad en el tiempo de esos incentivos y recursos, así como los procesos históricos y conflictivos en los que se interpretan los mismos y se fabrican las decisiones de los actores.

Uno de los imperativos metodológicos que se ha sugerido para reconstruir estas racionalidades complejas es el de "seguir a los actores" (Latour 2008). También se ha señalado la productividad de realizar acercamientos etnográficos a "los de arriba", tanto en partidos políticos (Aït Aoudia et al., 2010) como en las oficinas estatales (Rhodes 2011). Sin embargo, en algunos casos tal entrada no está disponible: si nos remontamos a períodos históricos pasados o si pretendemos comprender agencias estatales menos permeables a la inmersión de un observador externo, otras estrategias metodológicas se vuelven necesarias. En nuestro caso, el ministerio indagado se caracterizó por una peculiar cultura del secreto y la dificultad para acceder a datos básicos sobre su estructura y funcionamiento. Desde el momento mismo de comenzar el trabajo de campo, uno de los antiguos miembros de su burocracia que funcionó como informante clave nos señalaba esta característica:

"Si fuiste al Ministerio alguna vez, si vos vas, te vas a dar cuenta de que es un... como Ministerio del Interior tiene esa cosa así de oscuridad, de política, todas las puertas son... o sea, no ves nada, entonces vos nunca sabés cuánta gente hay ni qué hace. Todas las puertas son dobles" (Técnica en la Secretaría de Asuntos Municipales del Ministerio del Interior entre 2002 y 2005 -Pres. Duhalde y Kirchner-. Entrevista con la autora el 3.out.2008).

Lo que en un principio parecía una exageración o el fruto de un enfrentamiento entre dos lógicas de acción -la burocrática y la política- se revelaría más tarde una constante: por ejemplo, dirimir la existencia o no de una biblioteca dentro del ministerio llevó mucho tiempo de trabajo. La información de prensa y el relevamiento de archivos pueden combinarse en este caso con las entrevistas en profundidad. En efecto, el discurso de los protagonistas puede contribuir a mostrar los titubeos, las distintas opciones en pugna a la hora de tomar decisiones, los repartos de poder efectivos que no se ven reflejados en los organigramas, el modo en que colaboraron o entraron en conflicto los grupos al interior de un gobierno frente a coyunturas específicas.

Ciertamente, existen múltiples desafíos para esta indagación. En primer lugar, es fundamental preparar extensamente las entrevistas. Informarse previamente sobre la biografía del entrevistado y sus espacios de pertenencia, conocer el período en el que se desempeñó en el cargo y los principales etapas que atravesó su gestión, constituye un punto de partida ineludible por dos razones: permite situarnos en la especificidad de cada entrevista y contribuye a suscitar el respeto e interés del entrevistado, su impresión de que ese tiempo ha sido acordado a alguien que toma en serio el encuentro. La situación de entrevista con elites políticas está plagada de momentos en los que los entrevistados nos piden que les recordemos fechas específicas o nombres de funcionarios, apelan a nuestro conocimiento y miden hasta qué punto pueden darlo por sentado. De todos modos, la situación de entrevista también se nutre de nuestro desconocimiento: aquello que queremos saber, los mecanismos que ignoramos, la interpretación del entrevistado que nos interesa colaboran para no ser percibidos como una amenaza. En todo caso, frente al interés por ciertas decisiones concretas o controversias en el seno de un gobierno o ministerio, es conveniente combinar ambos modos de indagación: por un lado, pedir a los entrevistados que señalen cuáles fueron para ellos los hitos principales de su gestión y el modo en que se condujeron en ellos, los principales problemas y las decisiones que los marcaron; y por el otro, tener un registro de los períodos o decisiones específicas que quieren revisarse, sobre los que se interrogará a todos los que pasaron por posiciones análogas durante ese período.

De este modo pueden explorarse las prácticas, los entretelones de algunas decisiones y los dilemas que las mismas conllevaron. En nuestras entrevistas con miembros jerárquicos del Ministerio del Interior argentino nos encontramos a menudo con la tensión entre lo que podemos llamar, con Weber, una ética de la responsabilidad y una ética de la convicción (cf. Weber 2002). Así, ante situaciones inciertas, distintas apuestas fueron posibles para los diferentes actores y en ellas tuvieron que gestionar distintas racionalidades en conflicto. Los ejemplos abundan: funcionarios que en períodos críticos tuvieron que tomar o defender decisiones en franca contradicción con su trayectoria previa, controversias tajantes al interior del partido que los llevó al poder, procesos por medio de los cuales se "convirtieron" a nuevas orientaciones (del intervencionismo estatal al neoliberalismo, de las críticas a los crímenes de la dictadura a la defensa de los indultos a sus responsables), negociaciones de ajustes a cambio de acuerdos con organismos financieros, desacuerdos con la dirección adoptada por el oficialismo y sin embargo necesidad de exigir disciplina partidaria, etc. Las elites políticas no se comportan siempre igual y por lo tanto atender a las coyunturas que los reposicionan, a los constreñimientos partidarios e institucionales que pesan sobre ellos, a los recursos que movilizan, las solidaridades que pueden activar y las controversias en las que participan provee una comprensión más acabada de aquellos procesos y de la complejidad de su acción.

La cuestión de la temporalidad es otro de los desafíos específicos con el que nos enfrentan las entrevistas semi-dirigidas. Desde el punto de vista epistemológico, ellas implican un relato subjetivo y una trama temporal que comporta a la vez una puesta en perspectiva y una "puesta en coherencia" (Demazière 2007)27. Este tipo de abordaje lidia, entonces, con la tensión constante entre la experiencia pasada y la posición presente. Es desde el presente que se rememora y se otorga sentido. Los relatos de los actores están irremediablemente atravesados por el tiempo transcurrido, por el conocimiento de los acontecimientos que tuvieron lugar después de lo que se evoca, por las lecturas y justificaciones que se produjeron sobre ese momento histórico. En consecuencia, los agentes tienden a posicionarse frente a esas interpretaciones del pasado, buscan discutirlas o reafirmarlas. En mi propio trabajo de campo, recuerdo el asombro inicial al comprobar que algunos de mis entrevistados tenían en sus bibliotecas o mesas de trabajo los mismos libros sobre el período que yo había leído. Citaban, así, investigaciones académicas o interpretaciones canónicas para criticarlas y mostrar sus inconsistencias, o bien para reforzar sus afirmaciones.

Asimismo, en nuestro caso las entrevistas con funcionarios ministeriales hicieron que nuestros interlocutores se situaran a la vez en el contexto histórico en el que tuvo lugar su gestión y tomando posición frente a la coyuntura política inmediata. Al interrogarlos entre 2009 y 2012, en pleno auge del kirchnerismo, los ex miembros de la cartera de Interior tendieron recurrentemente a caracterizar el funcionamiento del ministerio y del gabinete durante su gestión contraponiéndolo con el modo de gestión en tiempos de los Kirchner. Más aún, por tratarse de dirigentes que en general siguieron con sus carreras políticas o su vinculación estrecha al partido de origen, casi invariablemente disputaron el sentido de esos gabinetes ministeriales y los reinsertaron en la lucha política más actual (contraponiendo presidentes que confían en sus ministros vs. presidentes que "gobiernan solos"; equipos amplios de gobierno vs. "mesas chicas"; realización periódica de reuniones de gabinete vs. inexistencia de las mismas; utilización equitativa de los recursos vs. uso discrecional de los mismos; etc.).

En un sentido más inmediato, la temporalidad de las entrevistas realizadas con funcionarios -que en algunos casos ocuparon sus cargos hace más de 20 años- comporta el olvido, la dificultad para recordar aspectos específicos de aquella experiencia. En nuestro trabajo de campo, entrevistamos en algunos casos a personas que ocuparon numerosos cargos después del puesto por el cual las seleccionamos, que intervinieron en otros contextos de decisión y acumularon nuevas experiencias políticas, por lo que sus recuerdos se entremezclaban fácilmente o adquirían cierta vaguedad. Por supuesto, no todo es restituible con la memoria. En estos casos, las preguntas puntuales, la alusión a algunos nombres, los marcadores temporales o incluso la evocación de información que se ha leído o se ha recabado en otras entrevistas constituyen estrategias de gran utilidad. Una vez más, mientras más conocimiento se tenga del período y de la institución que se investiga, más fácil será relanzar las preguntas. Lo mismo puede decirse para la indagación sobre ciertas "cuestiones espinosas". ¿Cómo "hacer las preguntas que molestan" a los grupos dirigentes? se pregunta Laurens (2007), y provee algunos consejos al respecto: movilizar archivos y mostrar a los entrevistados resoluciones o declaraciones realizadas por ellos en el pasado resultan modos de confrontarlos con sus tomas de posición desde un registro más cercano al del historiador. Se trata, a la vez, de un recurso para evitar los discursos más vagos y evasivos, para resituar al entrevistado frente a los conflictos de la hora y las intervenciones efectivamente llevadas adelante.

Finalmente, sobre la posibilidad de traspasar "discursos de institución", excesivamente formales u "oficiales", se ha dicho ya que es oportuno entrevistar a distintos actores situados en los "márgenes" (por ejemplo, Bachelot 2011). Interrogar a los recién llegados, al personal de menor jerarquía, a quienes dejaron un ministerio rompiendo con el partido o el presidente, o incluso a los que ya se encuentran retirados (y por lo tanto tienen "menos para perder" y en general muchas ganas de hablar) implica grandes ventajas. A veces, poseen una mirada menos rutinizada sobre su propia práctica y sus mismos asombros pueden sugerir preguntas al investigador; otras veces, tienen menos internalizado el control de sí y su discurso está menos eufemizado que el de sus pares con mayor trayectoria; por fin, en ocasiones la distancia con aquella experiencia y la inexistencia de apuestas inmediatas pueden autorizar narrativas que hubieran sido impensadas en plena carrera política. En nuestra propia investigación nos sorprendimos de hasta qué punto este tipo de entrevistados fueron una vía de acceso privilegiada para conocer prácticas informales, criterios políticos de toma de decisiones y modos usuales de saldar conflictos. Desde negociaciones de leyes a cambio de fondos para provincias, pasando por pedidos de favores personales entre dirigentes políticos de partidos opuestos, hasta la presión para modificar la final de un campeonato de fútbol en un contexto crítico; muchas prácticas y criterios de decisión fueron más factibles de reconstruir a través de entrevistas de lo que hubiera podido creerse antes de entrar al campo. A través de anécdotas y relatos sobre coyunturas puntuales, los entrevistados nos describieron prácticas cotidianas en el ministerio "político" del gabinete que a menudo son condenadas en el espacio público. Algunas de ellas responden a la informalidad28 y el carácter interpersonal de múltiples decisiones, que son rutinarias en el modo de gestionar el Estado pero que las visiones normativas eluden; otras, en cambio, se instalan en los bordes de la ilegalidad.

Por supuesto, la posibilidad de que esos discursos menos reificados emerjan en las entrevistas depende de la actitud del entrevistador, de su capacidad de suspender el juicio moral (al menos momentáneamente) para intentar comprender un entramado de relaciones y prácticas que excede y a la vez contiene al propio entrevistado. De más está decir que para que un interlocutor pueda expresar sus opiniones o relatar sus experiencias de forma relativamente abierta es necesario que no perciba que se lo está juzgando o evaluando. Claro está, eso será más difícil de hacer cuando nuestros entrevistados no nos agradan o no sentimos una afinidad ideológica con ellos (Avanza 2008). Pero en todos los casos, es importante recordar que la entrevista es un fenómeno metacomunicativo (Briggs 1986) para el cual hace falta adquirir determinadas competencias, utilizar cierto vocabulario y evitar otro, privilegiar cierto modo de presentación de sí, adquirir un sentido de lo que puede preguntarse y del modo en que se puede hacerlo. Por lo demás, en nuestro caso resultó particularmente útil movilizar entrevistas realizadas por otros investigadores a la par de las propias. Por un lado, constatamos de forma reiterada que muchas prácticas pueden reconstruirse por este medio, que los entrevistados están dispuestos a volver sobre sus acciones si se sabe indagar en ellas. Por el otro, multiplicamos la información adquirida y advertimos hasta qué punto la posición del entrevistador y el modo en que es percibido por sus interlocutores incide en los datos que pueden obtenerse. En el caso de la investigación a partir de la que aquí reflexionamos, el hecho de ser mujer y relativamente joven habilitó no ser percibida como una amenaza, al tiempo que la formación de posgrado en el exterior facilitó la buena predisposición de algunos entrevistados. En el caso del archivo oral consultado, el hecho de que las entrevistas fueran realizadas por investigadores familiarizados con el mundo político y con un prestigio académico significativo hizo viable que personajes públicos de primera línea les acordaran mucho tiempo (llegando a registrarse entrevistas realizadas en 10 sesiones diferentes) y ahondaran llamativamente en detalles, dilemas y entretelones de las decisiones públicas.

Por último, también las entrevistas con miembros de la burocracia ministerial se revelaron fructíferas para comprender el modo de funcionamiento de esta cartera durante distintos períodos. Aunque no constituyan el centro de la indagación, su aporte puede ser decisivo, pues contribuyen a cruzar perspectivas y a hacer el puzle de ciertas prácticas habituales en una agencia estatal. A su turno, conocer el modo de funcionamiento menos formal pero no por ello menos habitual y performante de ciertas instituciones, contribuye a entrevistar a las elites de forma menos ingenua y normativa. Nos proveen, así, un modo de rastrear regularidades difíciles de reconstruir por otros medios y comprender las racionalidades históricas y complejas que guían la acción.

 

V. Conclusiones

En estas páginas hemos constatado, para el caso argentino y en concordancia con otros países latinoamericanos, el nuevo impulso que tomaron los estudios sobre las elites políticas. Rastreando sus propiedades sociales, sus vías de acceso al poder, sus espacios de pertenencia y sus desempeños en la historia reciente, estos trabajos nos recuerdan que las elites dirigentes "importan" y no son intercambiables, que las sanciones y los incentivos a los que responden son históricos y reinterpretados por sus miembros. Lejos de desconocer la relevancia de las instituciones para comprender el comportamiento de los actores, que ha sido ampliamente subrayada por la literatura anglosajona (March & Olsen 1984) y más recientemente por la francesa (Lagroye & Offerlé 2010), comprender a las elites de determinadas instituciones será también comprender cómo se adaptan a sus reglas o las renegocian, de qué poder disponen para influir sobre la definición de sus marcos normativos y cómo éstos condicionan sus opciones disponibles. En este sentido, una mera oposición entre perspectivas interpretativas sería inconducente, como lo sería también desconocer lo que hemos aprendido de las instituciones políticas gracias al institucionalismo racional. No obstante, al señalar el peligro de formalismo que esta corriente puede promover en nombre de cierta pureza metodológica, la sociología política llama a recobrar la importancia de los grupos y su arraigo social, los contextos históricos en los que actúan, las tradiciones políticas que los atraviesan, los recursos educativos, económicos e ideológicos que movilizan (cf. Perissinotto 2004).

En el marco del interés sobre los gabinetes de ministros, presentamos algunas reflexiones sobre el abordaje cualitativo centrado en entrevistas en profundidad. Intentamos mostrar en qué sentido dicha aproximación contribuye a enriquecer nuestro conocimiento sobre las elites, su composición y comportamiento. En gran medida, argumentamos, este tipo de metodología permite complementar y profundizar los hallazgos de la prosopografía. En el caso de esas biografías colectivas, el análisis macro y sistemático de una población permite cuantificar sus propiedades y describir sus perfiles típicos, sistematizando patrones de reclutamiento según instituciones y contextos históricos. Las entrevistas, por su parte, permiten comprender el modo en que dichas trayectorias son valorizadas, los recursos que se adquieren en ellas y los contextos de acción en que los mismos cobran sentido. El rastreo de creencias, tomas de posición, prácticas y criterios de decisión que son invisibles a la prosopografía, se vuelve central en el trabajo con entrevistas. En este sentido, las mismas permiten analizar comportamientos y cualificar los atributos que desde otros abordajes son cuantificados.

Repasando algunas de las limitaciones prácticas y estructurales de las entrevistas, sostuvimos que dicha perspectiva metodológica es particularmente fecunda para analizar: 1) la socialización política y las trayectorias de las elites, prestando especial atención a sus procesos de aprendizaje; 2) los principios de percepción y evaluación compartidos, el establecimiento de fronteras simbólicas y sus efectos sobre el funcionamiento político; y 3) las prácticas formales e informales que tienen lugar en el seno de una institución y los dilemas enfrentados por los actores a la hora de tomar decisiones. Todos estos elementos dan cuenta de procesos, y por lo tanto son difícilmente asibles en una grilla cuantitativa. Asimismo, argumentamos, esta perspectiva permite identificar los saberes y recursos valorados para responder a ciertos desafíos específicos. En este sentido, el trabajo sobre el Ministerio del Interior y los políticos profesionales que lo habitan constituye un contrapunto interesante con el Ministerio de Economía y los "expertos económicos" que suscitaron una gran cantidad de investigaciones en el pasado reciente. Mientras que estos últimos acceden a posiciones de poder en el Estado y de autoridad en el espacio público a través de sus credenciales técnicas, sus contactos internacionales y la pretensión de validez universal de la disciplina científica que dominan, la competencia de los políticos se dirime en planos locales e interpersonales, en la capacidad de negociación y articulación, en la generación de confianza y la astucia ante la incertidumbre. Ambos tipos de figuras públicas son fundamentales en coyunturas críticas, pero tienden a movilizar herramientas disímiles para conjurarlas. Las entrevistas, en fin, constituyen una vía para reconstruir las disputas entre saberes estatales presentados como "técnicos" o "políticos", las justificaciones que los acompañan y las luchas por sus clasificaciones valorizantes o estigmatizantes.

Por supuesto, las entrevistas en profundidad tienen sus límites y no constituyen un vehículo transparente de sentido o un medio puramente informativo. Son en cambio parte del acervo metodológico de la sociología, y de las ciencias sociales en general, y pueden proveernos importantes conocimientos sobre las elites a condición de que tengamos sobre ellas un uso reflexivo. Las razones de llegada a una cartera ministerial, los motivos de sus recambios, los modos de conformar equipos o las tensiones internas entre grupos que se traducen en su modo de intervención pueden ser más acabadamente comprendidos mediante esta aproximación. Lo mismo puede decirse sobre los márgenes de acción de un ministro y los recursos e instrumentos que están efectivamente a disposición de su cartera. Se puede objetar que en un régimen fuertemente presidencialista, como es el argentino, los ministros no tienen la facultad de tomar decisiones relevantes sobre políticas públicas, sino que son solamente quienes las aplican. No obstante, una aproximación socio-histórica a dichos actores y sus entornos muestra la inexactitud de tal afirmación: por un lado, el presidente no gobierna solo, aún en un régimen presidencialista, sino que existen múltiples mediaciones de la acción gubernamental y grupos que inciden en la toma de decisiones, tanto sobre políticas públicas como sobre política; por el otro, en el caso argentino al menos, los distintos ministerios han visto variar su poder sustantivamente en la historia reciente (siendo las carteras de Economía e Interior casos paradigmáticos). Su capacidad de acción, su relevancia frente a los más diversos interlocutores y su injerencia sobre recursos de todo tipo son, por lo tanto, difíciles de establecer a priori o solamente en términos formales. Ciertamente, las jerarquías que figuran en los organigramas no siempre coinciden con el reparto de poder y responsabilidades que tiene lugar en la práctica. Las entrevistas con múltiples actores de un período histórico permiten, en este sentido, revelar espacios y mecanismos de decisión efectivos, así como indagar en las razones que explican aquel desajuste entre funciones formales e informales. Asimismo, nos dejan ver hasta qué punto ciertos ocupantes tienen un peso decisivo sobre las instituciones que comandan, contribuyendo a redefinir sus perímetros y dominios de intervención.

Por lo demás, todos estos interrogantes, al igual que los listados más arriba, deben ser indagados triangulando fuentes, relevando archivos disponibles, combinando distintos tipos de datos, contrastando discursos con decisiones y dispositivos concretos. En este sentido, la sociología política y la socio-historia nos recuerdan, desde su misma constitución híbrida e interdisciplinar, la importancia de eludir reduccionismos y nutrirnos de múltiples herramientas para comprender los fenómenos políticos en toda su complejidad.

 

 

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Recebido em 29 de Janeiro de 2014
Aprovado em 2 de Setembro de 2014

 

 

1 Agradezco los comentarios y sugerencias de Flávio Heinz, Renato Perissinotto, Adriano Codato, Roy Hora, Miguel De Luca, Mariana Heredia y dos evaluadores anónimos de la Revista de Sociologia e Política a versiones previas de este trabajo.
2 Según la clásica definición de Gaetano Mosca (2006).
3 Para una síntesis de esta perspectiva y sus aportes, véase Lagroye (1994; 2003).
4 Véase, por ejemplo, Mathiot y Sawicki (1999); Aberbach, Putnam y Rockman (1981).
5 En este sentido, la dinámica del régimen político federal es particularmente distinta a la del brasileño, donde en efecto se necesitan formas coaliciones para gobernar (cf. Abranches 1988).
6 En este mismo sentido, también existen antecedentes clásicos sobre el reclutamiento de gabinetes en México (Camp 1971; 1995; Hernández Rodríguez 1985; 1987).
7 Pueden consultarse, entre muchos otros, Brint (1994), Markoff y Montecinos (1994), Domínguez (1997), Centeno y Silva (1998), Babb (2001), Dezalay y Garth (2002), Montecinos (2005), Hira (2007), Medvetz (2009).
8 Al respecto, Orlansky (1995) y Oszlak (2000). Los medios retoman esta caracterización durante todo el siglo XX (Heredia & Gené 2009), y la misma es evidente para sus miembros, que lo definen como el ministerio que es "pura política" (Gené 2012b).
9 Ley de Ministerios n. 26 338/2007.
10 Consagrada por la Constitución de 1853, la figura de la intervención federal implica que el Estado nacional puede nombrar un gobernador interventor en las provincias que atraviesan fuertes convulsiones que amenazan el mantenimiento del orden institucional. Sobre su utilización desde la consolidación del Estado argentino, consultar Serrafero (2009).
11 Desde 2010 existe un ministerio específico que alberga a la policía federal: el Ministerio de Seguridad. En otras épocas, esa responsabilidad tradicional de Interior se desplazó al Ministerio de Justicia, argumentando que la seguridad ciudadana debía regirse por una óptica de derechos, aunque en la práctica tal decisión dependería fuertemente del perfil de los ministros.
12 Sobre la relevancia de los instrumentos para comprender las acciones de gobierno, véase Lascoumes y Le Galès (2005).
13 Es un fondo creado por ley en 1988 que representa el 1% de los recursos coparticipables y que el Estado central, a través del Ministerio del Interior, reparte entre las provincias. Si la Ley de Coparticipación y los pactos fiscales establecen porcentajes fijos y automatismos (relativos) para el reparto de dinero, los ATN representan prendas de negociación política con los poderes territoriales.
14 El manejo de esos fondos estuvo rodeado de denuncias y escándalos. Cetrángolo y Jiménez (2003) apuntan la particularidad de su distribución durante el gobierno de Menem: su provincia natal, La Rioja, recibió el 26.5% de tales recursos, mientras que el resto de las 22 provincias (la Ciudad de Buenos Aires no está comprendida en el cálculo) recibieron entre el 1.3% y el 5.9% de los mismos.
15 Por tanto, nuestra definición de "elites políticas" es amplia y descriptiva: designa aquellos grupos que ocupan la cima de estructuras de autoridad, en este caso políticas, y que disponen de poderes, influencias o privilegios inaccesibles al conjunto de los miembros de una sociedad. Sobre el carácter heurístico e instrumental de esta definición amplia, cf. Heinz (2006) y Castellani et al. (2010).
16 Entre 2009 y 2012 realizamos 40 entrevistas semi-estructuradas: 35 a ex ministros, secretarios y subsecretarios de Estado del Ministerio en el período 1983-2007; y las 5 restantes a miembros medios de su burocracia. Asimismo, nos servimos de las entrevistas con personajes públicos disponibles en el Archivo de Historia Oral del Instituto de Investigaciones Gino Germani (UBA).
17 Sistematizamos la información publicada por los diarios nacionales en ocasión de los nombramientos de ministros, y en coyunturas políticas específicas en que estos funcionarios adquirieron protagonismo.
18 Nos referimos fundamentalmente al material propio del ministerio -normativas, presupuestos, comunicados- y a la bibliografía especializada sobre el período.
19 Cf. Archivo de Historia Oral de la Argentina Contemporánea, Programa de Historia Política, Instituto de Investigaciones Gino Germani (UBA). Disponível em: http://www.archivooral.org/. Acesso em: 29 nov 2014.
20 Es conocida la poca disponibilidad de los políticos y la existencia de "gate-keepers" para acceder a ellos (secretarias, asesores, etc.). Aquí combinamos estrategias formales de presentación (cartas de la universidad) con la activación de contactos informales que pudieran acercarnos a los actores. Una vez abierto el campo, el efecto "bola de nieve" entre los entrevistados resultó crucial.
21 Esta pertinencia de comenzar por los modos de "iniciación" en las entrevistas con políticos es señalada, por ejemplo, por Marc Abélès en su etnografía de la Asamblea francesa (Abélès 2001, p. 34-35).
22 De los 15 ministros, 13 tuvieron antes experiencia parlamentaria, siendo senadores o diputados a nivel nacional (en 10 casos) y/o provincial (en 5 casos). Algunos incluso llegaron al Congreso 5 veces. Además, contaron con múltiples puestos de designación directa: la gran mayoría (12 de 15) habían sido antes ministros o secretarios, ya sea en el nivel nacional o en alguna de las provincias.
23 Ministro del Interior de Carlos Menem entre enero de 1995 y diciembre de 1999.
24 Ministro del Interior, también durante la gestión de Menem, entre 1992 y 1993.
25 En este sentido, una vez más, esta frontera se encuentra en estrecha relación con la socialización política y los aprendizajes que los actores realizaron en sus trayectorias previas (y actualizan constantemente). Dicho recorrido otorga el dominio de un saber práctico, de un creciente autocontrol (Elias 2011) y una ductilidad para manejar las reglas formales y tácitas del juego compartido.
26 Esta expresión típica del lunfardo argentino está inspirada en el juego de cartas llamado "truco", donde el 4 de copas es la carta menos importante, la de menos valor.
27 Al respecto, también el clásico artículo de Bourdieu sobre la "ilusión biográfica" retoma la atribución de coherencia y unidad, no sólo retrospectiva sino también prospectiva, que promueve el relato en primera persona (cf. Bourdieu 1986).
28 Sobre el carácter informal y a la vez eficaz de muchas organizaciones políticas y procesos de decisión, cf. Freidenberg y Levitsky (2007).

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