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História, Ciências, Saúde-Manguinhos

Print version ISSN 0104-5970On-line version ISSN 1678-4758

Hist. cienc. saude-Manguinhos vol.6 no.1 Rio de Janeiro Mar./June 1999

http://dx.doi.org/10.1590/S0104-59701999000200004 

 

 

 

 

De la antigüedad del hombre en el Plata a la distribución de las antigüedades en el mapa: los criterios de organización de las colecciones antropológicas del Museo de La Plata entre 1897 y 1930

From the antiquity of man in Argentina’s Plata region to the distribution of antiquities across the map: the organization of the Museu de La Plata’s anthropological colletion, 1897-1930

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Irina Podgorny

Investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas adscripta al Departamento Científico de Arqueología, Museo de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de La Plata (Conicet/UNLP)
Paseo del Bosque s/n, 1900 La Plata, Argentina
e-mails: podgorny@criba.edu.ar
ipodgo@isis.unlp.edu.ar
Revisão: Lucía d’Albuquerque

 

 

PODGORNY, I.: ‘De la antigüedad del hombre en el Plata a la distribución de las antigüedades en el mapa: los criterios de organización de las colecciones antropológicas del Museo de La Plata entre 1897 y 1930’. História, Ciências, Saúde — Manguinhos, VI (1), 81-101, mar.-jun. 1999.

En este trabajo se analizan los criterios de organización de las colecciones antropológicas del Museo de La Plata vigentes entre 1897 y 1930. Bajo el nombre de ‘antropológicas’ se incluyen las colecciones correspondientes a las exhibiciones de las salas de antropología, etnografía y arqueología.
Aunque el criterio que finalmente imperó fue el ordenamiento por regiones geográficas, según el sistema de Enrique Delachaux, se discutirán además las otras posibilidades de ordenamiento (etnológico, lingüístico y cronológico) que aunque conocidas por las autoridades y científicos del Museo de La Plata fueron descartadas.

PALABRAS CLAVE: museos de ciencias naturales, exhibiciones antropológicas, Universidad de La Plata, colecciones, criterios de clasificación, antropología en la Argentina.

 

PODGORNY, I.: ‘From the antiquity of man in Argentina’s Plata region to the distribution of antiquities across the map: the organization of the Museu de La Plata’s anthropological colletion, 1897-1930’.História, Ciências, Saúde — Manguinhos, VI (1), 81-101, Mar.-Jun. 1999.

The article analyzes the criteria for arranging and classifying anthropological collections (that is, anthropology, ethnography, and archeology exhibit rooms) adopted at the Museo de La Plata during 1897-1930. The criterion ultimately selected was arrangement by geographical regions, using a system devised by Enrique Delachaux. The article examines other rules of classification as well, familiar to the museum’s curators and scientists but rejected by them: ethnological, linguistic, and chronological criteria.

KEYWORDS: natural science museums; anthropological exhibits, Universidad de La Plata, collections, rules of classification, anthropology in Argentina.

Introducción

     La aparición de la actitud de disponer cosas en un lugar, de una manera deliberada para crear la posibilidad de comprensión de un todo más grande e ilustrar la brecha entre tradición y progreso, es un fenómeno peculiar de la historia europea. Estos espacios, que en honor a las musas se llamaron museos, aparecieron en el Renacimiento.
     El término ‘museo’, como hoy se utiliza, se refiere a una colección de objetos presentados al público general en la forma de exhibiciones. Sin embargo, éste no fue el concepto que rigió siempre para estos templos de las musas. En efecto, la cámara de estudio, o ‘studiolo’ del Renacimiento, o los gabinetes de rarezas de los príncipes se relacionaban con el deleite y el estudio privado. Los museos modernos, en cambio, nacen ligados a los Estados del siglo XIX y a la definición, por parte de ellos, de una ciencia, un arte y una historia nacionales. En este contexto los tesoros personales pasan a ser patrimonio público (Autores varios, 1994; Grote, 1994; Kaplan, 1994; Schaer, 1993; Stocking, 1985).
     El papel de la historia de las colecciones y de la actitud de coleccionar ha sido definida como ..."central to an understanding of how those social groups that invented anthropology have appropriated exotic things, facts and meanings" (Clifford, 1985 p. 240, cursivas en el original). El orden dado a las colecciones antropológicas revela, en este sentido, cómo las cosas pertenecientes a un universo diferente cobraron significado para los grupos que en el siglo XIX empezaron a disponer de ellas.
     La clasificación de las colecciones antropológicas de los museos argentinos hasta ahora no ha sido estudiada desde un punto de vista histórico ni en su relación con la institucionalización de la disciplina. Proceso doblemente pertinente, dado que la emergencia de algunas categorías metodológicas tiene lugar en el momento en que se están decidiendo los criterios para clasificar a las poblaciones aborígenes de la Argentina. Tomando el caso del Museo de La Plata, presentaré aquí el orden dado a las colecciones antropológicas exhibidas públicamente entre 1897 y 1930.1 El Museo de La Plata es particularmente interesante porque desde 1906 combinó el papel de divulgación general con el de formación profesional. En tal sentido las clasificaciones del mundo propuestas desde allí tuvieron una enorme difusión tanto en los intramuros como en los extramuros académicos (Podgorny, 1994).
     El argumento central de este trabajo puede formularse de la siguiente manera: las discusiones originales sobre los pueblos aborígenes y su cultura material se desplazaron desde el problema de la antigüedad al problema de la distribución espacial.

La organización de los museos cientificos argentinos

     La fundación de los primeros museos en los momentos que siguieron a la organización del estado nacional redundó en la adopción de criterios de ordenamiento para los materiales que se incorporaban al patrimonio de los mismos. En efecto, crear un museo a fines del siglo XIX implicaba, no sólo el acopio de los más diversos objetos, sino también buscarles una presentación adecuada a los fines de su exhibición. Montar un museo significaba, a su vez, el ingreso al mercado internacional de objetos científicos (Pérez Gollán, 1995) incluyendo en esto las colecciones, el instrumental, las publicaciones y todo el dispositivo mueble que pusiera a los museos argentinos a tono con los museos emblemáticos de la modernidad.
     La ola de creación de museos rioplatenses a fines de siglo dio lugar a la apertura del Museo de La Plata en 1888. Luego, en 1891 se abriría el Museo Histórico Nacional; en 1892, el Museo Naval de la Nación; en 1896, el Museo Nacional de Bellas Artes; en 1899, el Museo de la Policía Federal; y en 1904, el Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires. Estas instituciones se sumaban al ya existente Museo Nacional (fundado en 1823 como Museo Público de Buenos Aires), al agonizante Museo de Paraná creado en la presidencia de Urquiza (Auza, 1973; Podgorny, 1997) y al Museo Zoológico, Mineralógico, Antropológico y Paleontológico de la Universidad de Córdoba creado en 1885 (Ameghino, 1885). Los promotores de los museos creados entre 1880 y 1905 marcaron claramente las incumbencias y los objetivos de cada uno en función de las disciplinas y temas que cada institución debía presentar. Los campos del arte, de la ciencia, de la naturaleza, de la historia se formaban así a partir de su exhibición y de la creación de un público para ellos.
     Al Museo de La Plata le tocó, por lo menos en los primeros años, la exclusividad de exhibir los restos antropológicos y la cultura material aborigen para mostrar las primeras etapas de la evolución del suelo patrio argentino. La cesión en 1877 de los materiales de la colección particular de Francisco Pascasio Moreno al gobierno de la Provincia de Buenos Aires dio origen al Museo Antropológico de la Provincia, una de las instituciones que se trasladó a La Plata luego de la federalización de la ciudad de Buenos Aires (González, 1935; Teruggi, 1988). La construcción del actual edificio se inició en 1884 para contener el proyecto del museo general de la nueva capital provincial. La ciudad de La Plata, fundada en 1882, era parte de la nueva etapa de la historia argentina que se había abierto en 1880 con la presidencia de Roca y en la cual el lema de "paz y administración" sería el dominante.
     La expedición militar al río Negro, unos pocos años antes, había expandido la frontera argentina sobre los territorios indígenas. Una vez sometidos a la nación, los indios y el territorio conquistado pasaron a ser objeto de conocimiento y reflexión para la ciencia. De este proceso quedan, entre otros, los testimonios de Hermann ten Kate (1904) y Lehmann-Nitsche (1908), Podgorny y Politis (1992).
     Los aborígenes se constituyeron en objeto de análisis y de observación, al mismo tiempo que su cultura material, sus cuerpos y sus restos óseos pasaron a formar parte de aquello sobre lo que ahora la nación ya tenía soberanía. Fueron considerados como objeto del discurso científico desde diferentes puntos de vista. Por una parte, como uno de los obstáculos raciales del presente y del pasado que impedirían la consolidación de un país moderno.2 Por otro, como laboratorio y prueba de las teorías sobre la sociedad y la cultura que regían en las nuevas instituciones científicas argentinas. Desde este punto de vista, la constitución de una mirada científica sobre los ‘aborígenes’ era, a la vez, un paso hacia una mayor modernización.
     Quizás el caso del Museo de La Plata sea uno de los mejores para analizar este proceso dado que en él se conjugan:
     a) el traspaso de las colecciones privadas al patrimonio público;
     b) la creación de la necesidad de poseer un patrimonio público para ‘nacionalizar’ fósiles, yacimientos, pueblos y cultura material indígenas (Endere y Podgorny, 1997); y
     c) la organización de las disciplinas que trataban sobre los pueblos aborígenes al mismo tiempo que se daba el ordenamiento de las colecciones (Podgorny, 1995; 1994; 1992).

Los estudios historiográficos sobre la arqueología y los museos en la Argentina

     Los trabajos arqueológicos en Argentina han sido objeto de reflexión desde el punto de vista historiográfico por parte de varios autores (Fernández, 1979-80; Fernández Distel, 1985; González, 1985, 1991-92; Madrazo, 1985; Boschín, 1991-92; Orquera, 1987; Politis, 1995, 1992, 1988). Estos autores difieren en el tipo de acercamiento histórico y, en consecuencia, no han utilizado los mismos criterios para señalar las discontinuidades que, por otro lado, les sirvieron para definir los diferentes períodos y etapas en la historia de la disciplina. Sin embargo, estos trabajos pueden relacionarse a través de un presupuesto común: la tácita aceptación de la idea de que las sub áreas arqueológicas han demarcado los métodos y los problemas. Quizás la pregunta historiográfica debería desplazarse y plantearse en términos de cuándo y cómo los criterios geográficos-regionales empiezan a regir los planes de las investigaciones antropológicas de manera tal que hoy nos parezcan naturales.
     De cierta forma, hacer historia de las ciencias implica distanciarse de las ideas científicas contemporáneas y cuestionarse acerca de su emergencia. En tal sentido sería conveniente, quizás, plantearse la historia de la arqueología tomando como eje las instituciones de formación y validación de la disciplina y no el objeto de estudio ya constituido. Los métodos y problemas de investigación resultan de una determinada formación, aprendizaje y socialización en una práctica científica y no de la zona donde se aplican. Asimismo, la división de la Argentina en sub áreas arqueológicas no es un estado natural, sino un resultado de la institucionalización de la arqueología argentina, proceso que todavía no ha sido estudiado.
     Además, como es notorio en la estructuración de las investigaciones arqueológicas en Argentina, y por lo menos hasta 1919-21 cuando se crean las universidades de Tucumán y del Litoral, tres centros regían la investigación en el país: La Plata, Buenos Aires y Córdoba. Sin detenerme en lo ocurrido entre 1920 y la actualidad, solamente es en la década de 1960 que los centros regionales propenden a darse sus propios programas de investigación. Pero también es un lugar común en la caracterización del estado de las investigaciones arqueológicas que: a) las mismas son en su gran mayoría iniciadas desde Buenos Aires y La Plata (Alvarez et alii., 1986); y b) que las investigaciones de un centro académico no necesariamente coinciden con la región en la que ese centro está ubicado, como en el caso del proyecto del Valle Santa María promovido desde la Universidad Nacional del Litoral en la década de 1960 (Garbulsky et al., 1993). Por lo tanto, el problema historiográfico consiste en tratar de definir el proceso por el cual las investigaciones arqueológicas en Argentina tienen determinada organización para evitar la ilusión del condicionamiento del tema y del objeto por la realidad geográfica y/o regional.
     Como ya he hecho mención, las discusiones originales sobre los pueblos aborígenes y su cultura material se desplazaron desde el problema de la antigüedad al problema de la distribución espacial. Mientras que hasta 1908 se centraban en la mayor o menor edad de los restos, a partir de ese momento aparece una alternativa en la organización del estudio de los pueblos aborígenes: la división temporal combinada con la geográfica (Podgorny, 1994).
     Este trabajo se centra en particular en los criterios que guiaron el ordenamiento de las colecciones antropológicas del Museo de La Plata entre 1897 y 1930, momento que la mayoría de los autores — a excepción de Politis (1988) — ha desestimado en su complejidad teórica, científica, institucional e ideológica.
     El intervalo se define por el año de 1897, fecha de llegada al país de Robert Lehmann-Nitsche. Este antropólogo alemán ocupó durante 33 años la jefatura de la Sección Antropología del Museo de La Plata y eligió los criterios para exhibir las colecciones de su sección. El año de 1930, además de coincidir con el de su jubilación y regreso a Alemania, corresponde a la intervención de la universidad. En 1932 se jubiló Luis María Torres, el último director antropólogo del Museo de La Plata.3
     Hay que destacar que en los inicios del siglo las posibilidades en juego para organizar las colecciones eran las siguientes: a) un orden que implicara la temporalidad y el desarrollo histórico; y b) una visión que no incluyera el problema de la historicidad, ya fuera desde una visión raciológica, lingüística o geográfica.4 Este trabajo se detiene particularmente en las discusiones sobre la organización geográfica siguiendo el sistema de Delachaux.5

El sistema Delachaux

     Enrique A. S. Delachaux, geógrafo según la denominación de sus contemporáneos (Lehmann-Nitsche, 1910; Torres, 1917a, b), fue profesor y el primer director de la Escuela de Ciencias Geográficas del Museo de La Plata de la nueva Universidad Nacional. Había nacido en Suiza en 1864 y se nacionalizó argentino a su llegada al país en 1888. Según la nota necrológica de la Revista del Museo de La Plata (1908), Delachaux había estudiado dibujo y matemática en Iverdom para luego frecuentar cursos de la Sorbonne y del Museo de Historia Natural de París. Durante su estadía en Francia, integró el Bureau Géographique donde colaboró en diversas obras geográficas y cartográficas. Si bien no hay estudios al respecto, Delachaux parece haber manejado, o por lo menos conocido, los sistemas de Humboldt, Ritter, Agassiz, Reclus, Ratzel, Penck, Heim, Lapparent, Guyot (Delachaux, 1907, p. 7).
     Al llegar al país integró el Departamento de Ingenieros de la provincia de Buenos Aires y de allí pasó al Museo de La Plata. Delachaux formaba parte del grupo de "trabajadores del museo" de Moreno (1890) como responsable de la sección de geografía y con intenciones de publicar un gran atlas de la República Argentina. Es desde esta función que elaboró su clasificación científica del territorio argentino para ordenar las colecciones antropológicas.
     En 1896, al ser Moreno nombrado perito en el conflicto con Chile, Delachaux se hizo cargo de la dirección de la sección cartográfica y hasta 1903 ocupó la secretaría de la comisión demarcadora. En 1904 fue designado catedrático en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires y jefe de la sección cartográfica del Instituto Militar del Gran Estado Mayor. En 1906 fue nombrado en la Universidad Nacional de La Plata donde además fue consejero académico del museo y delegado ante el Consejo Superior.
     La Escuela de Geografía de la Universidad propendía a la educación de geógrafos argentinos con formación científica para "el levantamiento del territorio y la clasificación metódica de sus riquezas naturales desde las reparticiones públicas dedicadas a ese fin" (Delachaux, 1907, p. 13). Si bien tanto la de La Plata como la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires otorgaban el título de ‘profesor’, la diferencia con la formación que se daba en la primera radicaba precisamente en el rasgo ‘científico-aplicado’ de la carrera platense.
     Se presentarán aquí los elementos de la clasificación del territorio argentino tal como fueron: a) tomados por Lehmann-Nitsche (1910) a principios de siglo en la organización de las colecciones de la sección antropológica procedentes del territorio argentino; b) definidos por el mismo Delachaux (1908) antes de su muerte; c) tomados por Torres (1917) en la clasificación de los aborígenes argentinos.

Lehmann-Nitsche y la organización de la sección antropológica

     Francisco Moreno concibió al Museo de La Plata como un lugar donde exhibir el proceso evolutivo de la Argentina que con la creación de la ciudad moderna de La Plata podía mostrarse orgullosa en la cima del progreso (Podgorny, 1995). En el diseño del museo, Moreno dedicaba una sala a la antropología, otra a la "edad de la piedra y del hombre nómade", una tercera a la "edad de la piedra pulida" y una cuarta a la "cerámica" en un esquema que presuponía el desarrollo de las fases de la humanidad en la Argentina y en América (Moreno, 1890). La antropología ocupaba en el plan original del museo un sitio central, tanto en las exhibiciones como en el papel social que debía desempeñar. El museo, con la antropología como ciencia soberana, era el centro desde donde se iluminarían los territorios y las zonas de la nación todavía no exploradas por la razón.
     Moreno, en su papel de estudioso del suelo patrio, dividió a la Argentina en regiones geográficas a la vez que comisionó viajes y misiones a distintos puntos del país. Respecto a la antropología, durante su dirección,6 las áreas de investigación dedicadas a los aborígenes americanos se organizaron en una ‘sección’: la de antropología y arqueología inicialmente a cargo de Hermann ten Kate. Con su alejamiento en 1897 y hasta 1930, la responsabilidad de la misma fue de Robert Lehmann-Nitsche. Este adoptó una clasificación regional de la Argentina y un criterio de presentación de los materiales que se distanció de los de Moreno.
     En efecto, Lehmann-Nitsche (1910, pp. 10, 12) en el catálogo que preparó de la Sección Antropológica explicó las razones para adoptar en 1900 un ordenamiento geográfico siguiendo las ideas de Delachaux sobre las regiones geográficas del territorio argentino y que difería del ideado por el director del Museo:

Como de buena parte de las piezas no se conoce su pertenencia a tal o cual tribu y solamente su procedencia territorial, elegí por base de clasificación el principio geográfico. Deseaba encontrar una división del país en regiones que correspondiera tanto a las zonas naturales físico-geográficas como a las divisiones políticas. Sé perfectamente que lo que yo anhelaba, es decir una correlación entre las zonas naturales y las zonas políticas, en realidad no existe de un modo bien marcado y sólo aproximadamente; pero cuando un sistema corresponde sólo aproximadamente a los hechos, es suficiente para una clasificación, la que de todos modos es artificial como indispensable para los fines de un catálogo. Los límites naturales entre dos zonas nunca están marcados, pero sí los políticos y como para los fines de una catálogo se necesitan límites fijos, es menester tomar como base de división las provincias o territorios. Prefiero, pues, para un catálogo la división defectuosa del señor Delachaux que deja íntegras las provincias políticas (Santa Fe y Santiago del Estero), base de nuestra clasificación de la República Argentina. Según este sistema, tengo arreglada desde hace más de diez años la sala antropológica.

     Lehmann-Nitsche anhelaba entonces una correlación entre las zonas naturales y políticas dado que suponía que ésa existía. Eligió la clasificación de Delachaux porque este sistema — a diferencia del de Moreno — respetaba para cada región la integridad política de las provincias que la forman (Tabla 1). Lafone Quevedo (vide infra) discutió permanentemente contra esta idea insistiendo en que una clasificación basada en los límites políticos actuales falsearía la visión histórica de sociedades que no vivieron de acuerdo a esas fronteras.

 

TABLA 1

DIVISIÓN DE LA REPÚBLICA ARGENTINA SEGÚN DELACHAUX Y MORENO

Enrique A. S. Delachaux Francisco P. Moreno
Región hidrográfica del Plata:
Formosa, Chaco, Santiago del Estero,

Santa Fe, Misiones, Corrientes, Entre Ríos


Región mediterránea: Córdoba,
San Luis

Región pampeana: Buenos Aires,

Pampa central
Región andina: Jujuy, Andes,

Salta, Tucumán, Catamarca,
Mendoza,
La Rioja, San Juan, Neuquén

Región chaqueña: Formosa, Chaco,
partes de Santiago Del

Estero y de Santa Fe

Región paranaense: Misiones, Corrientes, Entre Ríos, parte de Santa Fe
Región Central: Córdoba,
San Luis y parte de Santiago del Estero
Región pampeana:
Buenos Aires
Pampa central, parte de San Luis
Región andina: Jujuy, Andes, Salta, Tucumán,
Catamarca, San Juan, La Rioja,
Mendoza,
Neuquén

     De aquí es necesario destacar dos cosas: primero, que la adopción de tal clasificación por parte de Lehmann-Nitsche se hacía en 1900 para ordenar y presentar restos esqueletarios y cráneos de procedencia imprecisa; segundo, que en 1910 Lehmann-Nitsche consideraba que tal clasificación basada en el "suelo" era útil no sólo para ordenar "grupos humanos somáticos", sino también "grupos humanos psíquicos y sociales (ergológicos), colecciones arqueológicas y etnológicas en los museos argentinos, clasificaciones botánicas, zoológicas, geológicas y mineralógicas, todas de procedencia argentina" (idem, ibidem, p. 14).

Las regiones físicas de la República Argentina según Delachaux (1908) y las primeras síntesis sobre los aborígenes argentinos

     Según Lehmann-Nitsche (idem, p. 12) su consulta sobre cómo clasificar el territorio argentino fue el origen del sistema Delachaux que se publicó póstumamente. Este sistema divergía en algunos puntos con respecto al que había sugerido en 1900. En efecto, las regiones se agrupaban de otra manera (Delachaux, 1908, p. 131):

Región litoral u oriental:
Sección a: gobernación de Formosa/ del Chaco.
Sección b: gobernación de Misiones, provincias de Corrientes/ Entre Ríos.
Sección c: provincias de Santa Fe y de Buenos Aires.

Región mediterránea o central:
Provincias de Santiago del Estero, Córdoba y San Luis, Gobernación de La Pampa.

Región Serrana u Occidental:
Sección a: provincias de Jujuy, Salta, Tucumán y gobernación de los Andes.
Sección b: provincias de Catamarca, La Rioja, San Juan y Mendoza; gobernación del Neuquén.

Región Patagónica o Austral:
Gobernaciones del Río Negro, del Chubut, de Santa Cruz y de la Tierra del Fuego.

     En este trabajo Delachaux (idem, pp. 102-14) presentó las diversas clasificaciones del territorio que le antecedieron mencionando en cada caso los aspectos insuficientes de las mismas. Así, cita y objeta las clasificaciones de Woodbine Parish, de Martin de Moussy, de Germán Burmeister, de Ricardo Napp; la división en regiones naturales que figura en el censo de 1895 y la adoptada por la oficina meteorológica nacional. Por otro lado, define como problema central de la clasificación natural de la República Argentina la relación entre sus dos aspectos físicos "fundamentales": las llanuras y las cordilleras. Lo que su sistema resuelve es precisamente distinguir qué parte del territorio se adscribe a la llanura y cómo debe considerarse a la Patagonia.
     Es digno destacar aquí que la clasificación ‘natural’ del territorio argentino se hace coincidir con la división política del mismo, aún cuando se reconoce la arbitrariedad presupuesta en ello

     La publicación del trabajo de Delachaux se hace en 1908 como un homenaje póstumo al director de la Escuela de Geografía. Aparece en la segunda serie de la Revista del Museo de La Plata cuando ya el museo era universitario y Lafone Quevedo ocupaba el doble cargo de director/decano de la facultad. Hay que subrayar que durante la dirección de Samuel Lafone Quevedo (1906-19), el Museo de La Plata, como lugar de exhibición, no modifica en nada el diseño anterior7 aunque sí su lugar institucional. El museo dentro de la universidad funcionaba como centro formador de científicos argentinos y como centro de extensión universitaria. La tarea del museo se aliaba, así, al compromiso moral de los reformadores de principio de siglo (Podgorny, 1995).
     En este período, varias de las salas dedicadas a la exhibición son ocupadas por las dependencias de la nueva facultad: aulas y laboratorios para las escuelas de química y farmacia, para las escuelas de dibujo y geografía, para el doctorado en ciencias naturales y para las cátedras de correlación. Por su parte, en 1912 se crea el departamento de arqueología y etnografía con Luis María Torres como jefe y con colecciones que pertenecían incluso a la sección antropología.
     Las ideas de Lafone Quevedo sobre la sistemática de los pueblos aborígenes no se traducen en las exhibiciones; su huella sólo se halla en las publicaciones que realizó sobre el tema.8 Por otro lado, Lafone Quevedo en 1908 presentaba los tipos de alfarería de la región diaguito-calchaquí acompañados de tres mapas históricos (Lafone Quevedo, 1908, mapas I-III) y la siguiente recomendación para sus lectores:

No obstante ser éste un estudio de índole esencialmente arqueológica, se ha creído conveniente acompañarlo con tres mapas históricos: los dos que se refieren al primer medio siglo de su conquista y el tercero, a la distribución geográfica de los objetos arqueológicos de que se trata en este estudio. Cada día se hace más y más necesario que todo trabajo de historia, de lingüística, de arqueología etc., lleve sus mapas más o menos detallados que faciliten la relativa ubicación de cuanto se describe: sobre todo en lo que corresponde al presente ensayo puesto que por lo pronto la base de nuestra clasificación para los objetos arqueológicos de la región diaguito-calchaquí es principalmente geográfica, y por la sencilla razón de que es la única más segura y por la que alguna vez acaso alcancemos a llegar a la cronológica (idem, ibidem, p. 297, subrayado de la autora).

     De aquí se destacan varias cosas. Primero, la aclaración con que Lafone Quevedo abre el párrafo explica algo que los lectores contemporáneos podrían tomar como un sin sentido: adjuntar mapas a un trabajo arqueológico. La necesidad de hacer tal consideración remite a que los trabajos de "índole arqueológica" hasta ese momento no incluían el aspecto de la distribución de los restos. Segundo, incluye mapas regionales históricos porque, como Lafone señalará una y otra vez, los mapas políticos contemporáneos muestran límites engañosos para entender la historia de momentos anteriores a la aparición de las fronteras actuales. Por último, el ordenamiento geográfico es siempre presentado como el único seguro pero nunca el definitivo. La provisoriedad de la distribución de las antigüedades en el mapa era solo el tránsito hacia la deseada cronología.
     En el marco de la "restauración nacionalista" propuesta, entre otros por Rojas (1909), varios de los científicos del museo toman el papel de trabajar sobre el pasado histórico nacional. En 1910 Félix Outes y Carlos Bruch9 publican, en la editorial Angel Estrada y cía., Los aborígenes argentinos, una síntesis del estado actual del conocimiento de los pueblos indígenas. En el prefacio, los autores hacen suya una frase de Ricardo Rojas (1909 p. 467): "esta restauración del propio pasado histórico debe hacerse para definir nuestra personalidad y vislumbrar su destino". De esta manera se justificaba la presentación al público no especializado de un resumen sobre los aborígenes: la historia constituye la base de la personalidad nacional.


Edificio del Museo de La Plata desde el parque del Jardín Zoológico
(fotos del Acervo del Museo de La Plata).

     En el manual, cada capítulo fue estructurado como unidad según la conjunción historia-geografía y los grupos aborígenes se clasificaron en prehistóricos e históricos. La clasificación de los tiempos prehistóricos de la República Argentina define un período paleolítico (hallazgos de los pisos ensenadense y bonaerense), un período neolítico (terrenos post-pampeanos), período neolítico (agrupaciones que hallaron los conquistadores) y edad del bronce (pueblos históricos y sedentarios del noroeste argentino). Los pueblos aborígenes ‘históricos’ son agrupados según "provincias geoétnicas" y descritos a partir de sus caracteres físicos, aspecto exterior y lenguas, usos y costumbres. Quizás uno de los rasgos más importantes de este libro sea que mientras para los pueblos históricos se adopta una clasificación geoetnográfica, para los tiempos prehistóricos se sigue utilizando la cronología geológica, incluyendo — y discutiendo — los problemas que plantean las hipótesis ameghineanas. Outes y Bruch son los primeros en preferir la distribución espacial para presentar una síntesis de la etnología argentina pero, sin embargo, distinguen entre aborígenes prehistóricos e históricos. Esta diferencia luego se perderá y con ella la dimensión temporal que implica.10 En suma, en esta obra, la primera escrita para la divulgación general, Outes y Bruch concurren al llamado de definir la historia argentina acuñando la clase "aborígenes argentinos" como una entidad que existe desde la prehistoria a los tiempos contemporáneos.


Sección Etnográfica; vista parcial.

Torres y el sistema Delachaux

     Luis María Torres adopta la clasificación de Delachaux por primera vez en 1917 en el Manual de historia de la civilización argentina, obra conjunta de Carbia, Ravignani, Molinari y Torres, representantes de la llamada "nueva escuela histórica". En esta obra se pueden señalar dos aspectos novedosos. El primero, el uso del término ‘civilización’ para designar, ya no la etapa última de la evolución, sino un "tipo ideal de vida" que existe desde los inicios de la humanidad. El segundo, es la transformación de los datos e interpretaciones arqueológicos y etnográficos en "prehistoria" y "protohistoria", respectivamente. Pero aquello que aparece como fundamental tanto para Torres (1917b) como para los otros colaboradores, es que para hacer la historia de la civilización argentina es necesario volver a ordenar lo que hasta ese momento había sido hecho sin un método adecuado. La enunciación de la necesidad de ordenamiento debe interpretarse más como la irrupción de nuevas reglas, que como una falta de ellas en momentos anteriores. La sistematización de los procedimientos científicos a través de la enseñanza es uno de los móviles de la publicación del manual.
     En esta obra, las categorías temporales, espaciales y tecnológicas utilizadas para la prehistoria europea se condensan para América en categorías espaciales. La clasificación se transforma así en una geoetnografía y el territorio argentino en la base para determinar las "regiones geoétnicas" (Torres, 1917a, p. 69).
     La elección de la geografía de Delachaux para la clasificación de la prehistoria y protohistoria de la civilización argentina resulta en la adopción de las regiones geográficas de este autor para ordenar la descripción de los restos arqueológicos.


Sección Antropológica; vista parcial.

     Para Torres (idem, pp. 63, 70), la cronología no deja de ser un problema. Pero la polémica acerca de la edad de los pisos geológicos del territorio argentino y, los así considerados, escasos estudios estratigráficos y paleontológicos hacen que adopte un "criterio agnóstico en lo que respecta a la edad relativa de los pisos, estratos y zonas". Las referencias a la edad de los tiempos prehistóricos se hacen subrayando su carácter provisional, inseguro y polémico. Torres adopta el ordenamiento geográfico — denominándolo "geoétnico" — de manera provisoria hasta tanto los restos arqueológicos pudieran ordenarse por su mayor o menor antigüedad. De esta manera, la región geográfica adquiere el rango de criterio para la clasificación cultural de los tiempos prehistóricos de "la vida de las poblaciones argentinas anteriores y coetáneas a los descubrimientos y exploraciones del siglo XVI; antecedente fundamental de los nuevos factores sociales que dan origen al proceso constructivo de nuestra nacionalidad".
     Tal plan de clasificación fue adoptado también al reordenar los materiales de las salas de arqueología y etnografía del Museo de La Plata mientras Torres fue su director. Cuando Torres asume en 1920 la dirección del Museo de La Plata enuncia como uno de sus objetivos principales el ordenamiento de las exhibiciones. Durante su gestión el museo adquiere el rango de instituto por estatuto del poder ejecutivo nacional y, por otro lado, es definido como museo de historia natural.
     El nuevo ordenamiento del museo puede considerarse completo en el momento en que Torres logra realizar: a) el inventario completo de los materiales depositados en los departamentos científicos; y b) la edición en 1927 de una guía para visitar el Museo de La Plata. En ese impreso, los capítulos dedicados al departamento de antropología fueron redactados por Lehmann-Nitsche, mientras que Torres escribió los del departamento de arqueología y etnografía.
     Lehmann-Nitsche explicaba en la guía cuáles eran los problemas de la antropología contemporánea y presentaba, ordenado, el tipo de materiales que el visitante encontraría en las vitrinas. Dos eran los problemas científicos exhibidos: el hombre fósil y el hombre actual. El hombre fósil americano tenía su propia vitrina. Bajo "hombre actual" se presentaban no sólo los aborígenes, sino también los huesos patológicos de contemporáneos "sanos", alienados y delincuentes. Las colecciones de cráneos mantienen el orden según las regiones de Delachaux, pero otros materiales son presentados a partir de una clasificación que hacía intervenir a las propiedades de los mismos ("cabellos", "pigmento cutáneo", "pigmento irídico", "cerebros", "cadáveres y cabezas disecadas" entre otras).
     Luis María Torres, por su parte, ratifica los criterios de 1917: las colecciones arqueológicas y etnográficas se presentan al público adoptando un criterio "geoétnico" como una serie cultural para cada región física del territorio argentino. El reordenamiento conceptual y material que Torres hace de las colecciones refuerza las dificultades implicadas en el problema de la antigüedad de los pueblos aborígenes debido al estado de los conocimientos y las técnicas.
     En 1930 convivían en el Museo de La Plata dos momentos de la sistemática regional de Delachaux: una, la adaptada por Lehmann-Nitsche alrededor de 1900 para la sección antropológica; la otra, la adaptada por Torres, basada en Delachaux (1908), para las salas de arqueología y etnografía argentinas.
     En 1935, Torres reedita por separado y por editorial Kapelusz, Los tiempos prehistóricos y protohistóricos de la República Argentina, modificando el mapa de la edición de 1917 y llamándolo "Las cuatros regiones naturales del territorio argentino" (p. 53). Compitiendo por el público escolar y docente con el de Outes y Bruch (1910), los libros de Torres nunca alcanzaron su popularidad.

Conclusión

  El proyecto de Moreno consistía en un museo que explicara, a través de la exhibición, la evolución o la historia física y moral del "hombre argentino". En esta historia, los pueblos aborígenes eran considerados como representantes de la infancia de tal especie. El Museo de La Plata propendía a lograr la educación y la transformación "por las cosas" del público "todavía inculto". Para el "público culto" y científico la acción del museo era la consolidación del grupo de individuos aptos y seleccionados para regir los destinos del progreso científico del país.
     Durante la dirección de Samuel Lafone Quevedo y la inclusión del museo en la Universidad Nacional de La Plata se favorecen ambas ideas pero desde una nueva manera educativa: la enseñanza se centra en la formación de científicos a través de las cátedras y la tarea de educar al "pueblo inculto" se transforma en extensión universitaria y divulgación científica.
     Alrededor de 1910 parecen confluir en el Museo de La Plata tres criterios diferentes para la organización de las colecciones antropológicas y de los pueblos aborígenes: el etnológico de Lafone Quevedo, el geográfico de Lehmann-Nitsche (basado en el sistema de Delachaux) y el histórico evolutivo que sobrevivía en la organización de Moreno.
     La dirección de L. M. Torres vuelve a colocar al Museo de La Plata en una situación de relativa independencia con respecto a la universidad. La función didáctica de las colecciones se enfatiza y es por ello que se buscan nuevas maneras de organizarlas. Para todas las salas relacionadas con los aborígenes "argentinos" (antropología, etnografía y arqueología) se adopta como criterio ordenador un criterio geográfico por sobre el cronológico-evolutivo. Por otro lado, durante este momento, se hace más evidente el pasaje de los pueblos aborígenes a la historia de la civilización nacional. Definidos como héroes identificados con el territorio, los indígenas son incorporados a esta nación Argentina que vive desde un tiempo inmemorial.
     A pesar de las simplificaciones que suelen caracterizar los instantes fundacionales de los museos, he querido demostrar que, al leer los trabajos de la época, la pretendida uniformidad desaparece y que, por el contrario, surgen las posiciones en pugna coexistentes en el período. Actualizados con las discusiones que se daban en el resto del mundo, los protagonistas de las mismas dejaron evidencia material suficiente como para emprender hoy una arqueología de nuestra propia práctica.

 

Notas

1 Este trabajo forma parte de otro mayor sobre la historia del Museo de La Plata y la relación entre antropología y ciencias naturales en el proceso de institucionalización de las ciencias en Argentina.

2 Es el caso de los trabajos de Sarmiento (1915), de Bunge (1918, 1909), de Ingenieros (1988) y Terán (1986).

3 Luis María Torres (Buenos Aires, 1878-1937) es de los tres directores (ver nota 7) el primero con título profesional otorgado por una universidad argentina. Graduado de abogado en la Universidad de Buenos Aires, Torres ingresó en 1901 al Museo Nacional de Buenos Aires como adscripto a la Sección de Arqueología; en 1903, a la Junta de Historia y Numismática Americana y en 1905, a la Sección Arqueología del Museo de La Plata. Intervino además en la organización de los estudios históricos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. El tipo de instituciones por las que transita Torres da una aproximación al tipo de cruces que existían entre arqueología e historia en la época de la institucionalización de estas ciencias.

4 Habría también otra de la que hasta ahora no he explorado su recepción que es la ensayada por Boas según culturas en el American Museum of Natural History de Nueva York (Jacknis, 1985; Staatsbibliothek zu Berlin, 1992). Aunque ambos alemanes, el antisemitismo de Lehmann-Nitsche pudo haber jugado en el desprecio a las ideas de cuño boasiano.

5 Si bien en este artículo las referencias a Ameghino son mínimas dado que sus criterios no aparecieron en la organización de las exhibiciones antropológicas del Museo de la Plata, no hay que olvidar que Florentino Ameghino es una pieza clave en el contexto. Todas las referencias a los problemas de la cronología se refieren, en la mayoría de los casos, a la cronología de los hallazgos de Ameghino. Por otro lado, Ameghino no estaba dispuesto a encuadrar su trabajo en los estudios geográficos. En una carta de agosto de 1900 a Elina González Acha de Correa Morales afirma lo siguiente: "Ignoro qué trozos de mis obras pueda Ud. haber separado, pues ninguna de mis publicaciones es de carácter geográfico. Quizá la sola excepción, y sólo en parte, sea mi folleto sobre Monte Hermoso, ya viejo, pero que no encontrándose en el comercio me tomo la libertad de enviarle un ejemplar" (en Obras completas, vol. 21, p. 824, carta 1.452). Elina de Correa Morales, esposa del escultor Lucio Correa Morales y directora entonces de ‘Lecturas geográficas’, por su parte consideraba que correspondía a su pedido "algo de geología de la Patagonia" (idem, ibidem, carta 1.453)

6 En el período que analizo en este artículo, tres fueron los directores del Museo de La Plata: Francisco Pascasio Moreno (desde la fundación hasta 1906), Samuel Lafone Quevedo (1906-20) y Luis María Torres (1920-32).

7 Con la excepción de la incorporación del Diplodocus Carnegie, donación de los Estados Unidos de América, recibido por Joaquín V. González (1935, p. 110) como parte de la misión de paz que le cabe a la Universidad de La Plata (Podgorny, 1995).

8 En 1907, como parte de las actividades de extensión universitaria de la Universidad de La Plata, se inicia la publicación de la ‘Biblioteca de difusión científica del Museo de La Plata bajo la dirección de Outes. El tomo 1 se dedica precisamente al problema de la clasificación de un museo antropológico, editando traducciones de las siguientes obras: Métodos y propósitos en arqueología, methods and aims in archaeology, de W. M. Flinders (1904) traducido por A. Costa Alvarez: ‘Las sucesiones de los restos prehistóricos’, ‘Sequences in prehistoric remains’, de W. M. Flinders Petrie (1900) tomado de Journal of the Anthropological Institute of Great Britain and Ireland, vol. 29, pp. 295-301; y ‘Clasificación y arreglo de las exhibiciones de un museo antropológico’, ‘Classification and arrangement of the exhibits of an anthropological museum’, de William H. Holmes (1903) publicado en Reports of the U.S. National Museum under the direction of the Smithsonian Institution, for the year ending June 30, 1901, pp. 253-78, Washington, 1903 y reproducido en Journal of the Anthropological Institute of Great Britain and Ireland, vol. 32, pp. 353-72. Las dos últimas fueron traducciones de Samuel Lafone Quevedo.
En 1909 Lafone Quevedo presenta una de las primeras síntesis etnológicas de la Argentina en el Cuarto Congreso Científico de Buenos Aires donde cuestiona los límites políticos actuales como criterio para delimitar las clases etnológicas y el uso de "límites naturales" para establecer de manera rigurosa la distribución etnológica de la Argentina. En este trabajo Lafone Quevedo combina dos criterios para realizar su sistemática etnológica: por un lado la determinación de ‘nombres’ que designarían tribus e indios y por otro lado la de ‘regiones’ (territorios y provincias).

9 Félix Outes era en ese momento secretario y director de publicaciones del Museo de La Plata mientras que Carlos Bruch ocupaba la jefatura de la Sección Zoología del mismo. Los aborígenes argentinos fue definido como un ‘pequeño libro’ que resume con documentos iconográficos numerosos los "antecedentes reunidos hasta ahora a propósito de los habitantes prehistóricos de la República, los que existían en el momento de la conquista y los que aún subsisten, precariamente, en algunas localidades lejanas" (Outes y Bruch, 1910, p. 5). Alcanzó una gran difusión y varias ediciones hasta la década de 1950. El libro se había editado en el mismo formato que los manuales escolares de la época y asumió esta función por mucho más tiempo del que los autores podían imaginar.

10 Félix Outes fue luego el organizador y director de la Sección de Geografía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires donde la geoétnica basada en Delachaux es redefinida como antropogeografía y donde el peso de lo geográfico se define como determinaciones mesológicas (Outes, 1921). En 1930 asume la dirección del Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires, propendiendo a la reorganización del mismo desde los criterios geográficos (idem, 1931).

 

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Recebido para publicação em dezembro de 1997.

 

 

Agradecimientos
Este trabajo nace en 1993 como ‘El sistema Delachaux’, apéndice de mi tesis doctoral. Agradezco a mis directores, Gustavo Politis y Guillermo Ranea, por su apoyo y sugerencias constantes. En 1994, los comentarios de los jurados, Alberto Rex González, José Panettieri y José Antonio Pérez Gollán, me han servido para profundizar con algunos de los temas que en ella esbozaba. José Antonio Pérez Gollán me señaló aspectos que no había relevado en la obra de L. Quevedo de 1908 y, al igual que Gustavo Politis, comentó críticamente los borradores de este trabajo.

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