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Horizontes Antropológicos

Print version ISSN 0104-7183On-line version ISSN 1806-9983

Horiz. antropol. vol.10 no.22 Porto Alegre July/Dec. 2004

http://dx.doi.org/10.1590/S0104-71832004000200006 

ARTIGOS

"Puentes de papel": apuntes sobre las escrituras de la emigración*

 

 

Verónica Sierra Blas**

Universidad de Alcalá — España

 

 


RESUMEN

La emigración contemporánea se presenta a los ojos del historiador como uno de los más potentes productores de escritura a lo largo de la historia. Junto a los millones de hombres y mujeres corrientes que cruzaron el océano desde finales del siglo XVIII hasta la década de los 60 del siglo XX, fueron también millones las cartas, las tarjetas postales, las fotografías, los diarios, los libros de cuentas y un sinfín de escritos personales y burocráticos, los que cruzaron el Atlántico. Las escrituras personales se convierten hoy en fuentes indispensables para el estudio del fenómeno migratorio y permiten volver la mirada hacia sus verdaderos protagonistas, para comprender, en suma, que sus testimonios no sólo nos hablan de su experiencia, sino que son el producto y la consecuencia directa de la misma.

Palabras clave: emigración, escritura popular, escritura privada, historia de la cultura escrita.


ABSTRACT

The contemporary emigration appears to the eyes of the historian like one of the most powerful producers of writing throughout history. With the million current men and women who crossed the ocean from XVIII century to XX century, they were also millions of letters, postcards, photographies, diaries, books of accounts and a lot of personal and bureaucratic writings, that that crossed the Atlantic. The private writings are today indispensable fonts for the study of the migratory phenomenon and allow to return towards their true protagonists to understand that their testimonies not only speak us of their experience, also they are the product and the direct consequence of that experiencie.

Keywords: emigration, popular writing, private writing, the history of literacy.


 

Para Francisco de la Fuente, que abandonó España y partió rumbo a Venezuela para ayudar a construir un mundo más justo.

 

Baúles de memoria

Al pie de la cama recuerdo un pequeño baúl abombado […] en su interior se conservaba un tesoro, como descubriría muchos años después, cuando uno de mis tíos me reveló qué era lo que éste contenía, el archivo de mi abuelo: cuadernos, documentos de la familia, cartas que mi abuelo había escrito y recibido — primero como emigrante, después como soldado —, durante sus largas ausencias de casa. Todo conservado cuidadosamente en aquel baúl con el que mi abuelo había cruzado tantas veces el océano, y que milagrosamente había llegado a mis manos habiendo superado el tiempo y los intentos de destrucción de hijos y nietos que consideraban esos papeles como un estorbo inútil […]. (Palombarini, 1988, p. 6).

Toda la historia de esta familia italiana estaba encerrada en un baúl que durante décadas permaneció cerrado y olvidado. Fue uno de los nietos quien descubrió que en su interior se hallaba la memoria familiar, depositada en varios cuadernos, paquetes de cartas, diarios, agendas diversas y distintos documentos personales que su abuelo había escrito y recibido a lo largo de su vida, especialmente durante sus años de emigrante y soldado. Seguramente sean muchos todavía los baúles que, como el que nos desvela este fragmento, estén sin abrir y descubrir, y en cuyo interior nos esperan tesoros de un valor inigualable: documentos privados, testimonios íntimos. Su existencia demuestra que han sido capaces de superar el tiempo y las historias que contienen, escritas a menudo por personas con escasa competencia gráfica y un bajo nivel de alfabetización, se convierten hoy en una parte fundamental de la memoria familiar, y al mismo tiempo, de la memoria histórica.

Unos empujados por la pobreza, otros por el deseo de librarse del servicio militar, la guerra o la represión y los más por el convencimiento de querer dar comienzo a una nueva vida llena de expectativas de enriquecimiento y ascenso social, lo cierto es que todos los emigrantes, independientemente de sus intenciones y sus suertes, y del momento en el que emigraran, tuvieron la necesidad de recurrir a la tinta y al papel para dar noticias a los suyos, registrar los acontecimientos más importantes y dejar constancia de sus vidas. Es por ello que, junto a los millones de hombres y mujeres corrientes que cruzaron el océano desde finales del siglo XVIII hasta la década de los 60 del siglo XX — año en que tuvo lugar la última oleada migratoria ultramarina — fueron también millones las cartas, las tarjetas postales, las fotografías, los diarios, los libros de cuentas y un sinfín de escritos personales y burocráticos, los que cruzaron el Atlántico. Por todo ello, como bien ha señalado el profesor Antonio Gibelli, la emigración contemporánea se presenta a los ojos del historiador como uno de los más potentes productores de escritura a lo largo de la historia (Gibelli, 2002, p. 194-196).

Todas estas escrituras cotidianas, en sus múltiples manifestaciones y tipologías, vinieron a cumplir unas funciones determinadas, entre las que predominaron la necesidad de mantener la unión y la identidad del grupo familiar y la cultura de procedencia en la distancia; y la voluntad de registrar y transmitir informaciones esenciales, no sólo de tipo personal (como la salud, las impresiones o los sentimientos) sino también concernientes a las condiciones de vida y de trabajo (como los salarios, los precios, las posibilidades de ascenso económico o los envíos de dinero). El estudio de las escrituras migrantes nos permite comprender la variedad de los usos y las funciones de lo escrito en este momento histórico, dependiendo de los lugares en los que se escribe y de los motivos por los que se hace; y en función de todo ello, de las diferencias materiales que presentan los distintos documentos. Volver la mirada hacia los protagonistas de este fenómeno y emplear como fuentes las producidas por ellos mismos lleva al historiador a contemplar la emigración desde una perspectiva nueva y fundamental. A comprender, en suma, que estos documentos no sólo nos hablan de la experiencia de los hombres y mujeres corrientes, sino que son el producto y la consecuencia directa de ella.

Sin embargo, su reconocimiento historiográfico ha sido más bien tardío, especialmente en el caso español, si lo comparamos con los estudios desarrollados en Italia, Gran Bretaña o Francia. Tan sólo desde hace algunos años se ha comenzado a considerar el valor histórico de las escrituras cotidianas y personales y a emplearlas, como fuentes alternativas y complementarias a las tradicionales, en la investigación acerca de las distintas migraciones contemporáneas y de otros fenómenos históricos, tales como la Guerra Civil, la represión o el exilio (Castillo Gómez 2001, 2002; Castillo Gómez; Montero García, 2003). Según Augusta Molinari, uno de los motivos de la falta de atención a la producción escrita de origen popular, en cualquier tiempo y no sólo en la época migratoria, se debe a la suposición, errónea y por lo general preconcebida, de este grupo social dado su escaso nivel de alfabetización, no estaba en condiciones de producir escritos que tanto cuantitativa como cualitativamente pudieran resultar interesantes de cara a la labor historiográfica (Molinari, 1999, p. 10). Dicha suposición implicaba, en gran medida, el desconocimiento de una realidad.

La denominada por Armando Petrucci como "democratización de lo escrito", o lo que es lo mismo, la apropiación de la escritura por parte de todas las clases que componen una sociedad, es un fenómeno que, aunque hunde sus raíces en la época moderna, sólo se consolida de manera real y efectiva en la edad contemporánea, pues es en este momento cuando se conjugan una serie de factores que lo permiten (Petrucci, 1987). Entre los mismos destacan el aumento de los niveles de alfabetización, la difusión de la enseñanza pública — ligada a la creciente creación de escuelas —, y la ampliación de las bibliotecas públicas y populares. A lo que hay que añadir las circunstancias impuestas por el devenir histórico y las fracturas sociales provocadas por los distintos episodios de movilización masiva, como las emigraciones y las guerras, que multiplican la necesidad de escribir y permiten a muchos acceder por vez primera al mundo de lo escrito.

Por esta razón no debe establecerse una relación directa entre la extensión de lo escrito y la aceleración de los procesos de alfabetización y escolarización, ya que si el acceso a lo escrito por parte de la gente común ha de tener algo que ver con una causa concreta, ésta es más bien la específica necesidad comunicativa generada por dichos fenómenos históricos. De hecho, es precisamente la ruptura, a menudo traumática, del legado familiar y comunitario lo que hace que la escritura asuma usos y valores completamente nuevos: lo que para muchos era algo excepcional, como por ejemplo escribir una carta, se convierte ahora en una práctica cotidiana y consuetudinaria, en una obligación moral y social, e incluso en un verdadero ritual. Así, las clases populares no sólo crearon sus propios documentos — escribieron cartas a sus familiares y amigos, pergeñaron páginas en blanco de diarios y agendas, se vieron obligados a rellenar pleitos, escrituras de compraventa o exenciones militares —, sino que, además, conservaron y guardaron celosamente todos esos papeles a lo largo del tiempo con una clara voluntad de construir su memoria.

Valga el ejemplo de Pedro Jado Agüero, un pequeño propietario rural natural de Escalante (Santander), nacido el 28 de abril de 1815, que con tan sólo 17 años emigró a Cuba. Regresó a España en 1840, pero dos de sus hijos, Emilio y Ezequiel, emigraron a La Habana en 1867 siguiendo, como tantos otros hicieron, la trayectoria que había iniciado su padre y que continuó el hermano de éste, Ventura. Pedro, consciente de que las circunstancias habían provocado la disgregación del grupo familiar, tomó la decisión, para mantener la cohesión del mismo, de conservar las cartas. Pero no sólo guardó las que recibía de sus hijos y hermano, sino también las que él les escribía, gracias a los borradores o copias de las mismas que confeccionaba y que nos permiten conocer el proceso de creación del texto. Utilizaba para ello cualquier papel que tuviese a mano, aprovechando en ocasiones la carta recibida o espacios libres en otros documentos particulares; y anotaba cuidadosamente las fechas de recepción y envío (Blasco Martínez; Rubalcaba Pérez, 2003, p. 12-15). El caso de Pedro Jado Agüero es, desde luego, un caso excepcional, no sólo ya por el hecho de que se hayan conservado las cartas en ambas direcciones, la del remitente y la del destinatario, permitiéndonos así lo que raras veces ocurre: contemplar el ciclo completo de la comunicación epistolar; sino fundamentalmente por su clara voluntad de construir memoria, su mentalidad organizativa y meticulosa y su concepción de la carta como "el hilo que une" ante la distancia, ante la separación de los seres queridos (Sánchez Rubio; Testón Núñez, 1999).

Tan sólo advertir que no es mi objetivo en estas líneas llevar a cabo un recuento pormenorizado de las investigaciones que se han desarrollado en torno a los documentos personales y privados de los emigrantes populares, ni tan siquiera realizar un análisis exhaustivo de las diferentes tipologías escriturarias que pueden establecerse dentro de esta producción, sino más bien desarrollar una serie de reflexiones acerca de las escrituras de la emigración, fundamentalmente de las cartas de los emigrantes, en cuanto productos en sí mismos, atendiendo a los usos y las funciones que asumieron en este momento histórico, a sus diferencias materiales y de contenido, a su condición de registro de la memoria, de creación de núcleos de sociabilidad, de medios de afirmación de la identidad individual y colectiva, y reflejo de la representación del mundo de los emigrantes. Si bien es cierto que cada aventura individual pertenece al dominio de lo privado no debemos olvidar que nos encontramos ante un acontecimiento colectivo. Adoptar una de estas dos perspectivas, la experiencia personal o el hecho social, supone describir un mismo fenómeno desde interpretaciones muy diferentes, escribir una misma historia desde visiones opuestas.

Las escrituras cotidianas de los emigrantes son ese terreno donde pueden conjugarse ambas perspectivas. Su dimensión de documentos íntimos y al tiempo colectivos, junto a las distintas características que se han venido subrayado líneas atrás, es lo que ha llevado a considerar las escrituras personales como fuentes indispensables para conocer la vida privada de los emigrantes, como documentos vivos y de primera mano que ponen de manifiesto la vertiente humana de la emigración. La exhumación de dichos escritos pone en manos del historiador, y a disposición del público, todo un tesoro documental que sigue, en gran medida, sin ser descubierto en archivos públicos, oculto entre expedientes y documentos administrativos; en colecciones privadas, muchas de ellas conservadas todavía en el seno familiar y otras donadas a los archivos donde se está salvaguardando la escritura y la memoria popular,1 y la gran mayoría olvidadas en el fondo de esos baúles de emigrantes similares al que ha dado comienzo a esta historia.

 

El anciano analfabeto

La explosión demográfica, el desarrollo del capitalismo industrial, la necesidad de disminuir el consumo, controlar la natalidad o modernizar las pequeñas explotaciones agrícolas y ganaderas fueron algunas de las causas que junto a las citadas anteriormente provocaron las emigraciones masivas del período contemporáneo. Las familias hipotecaron sus tierras, vendieron sus propiedades y se endeudaron para poder financiar los viajes de maridos, hermanos e hijos que marchaban a hacer las Américas. De ahí que Brettell (1991) haya definido a esta emigración en masa como "la industria de los pobres" y que otros, como Douglass (1994, p. 13-31), afirmen que estos flujos migratorios no fueron más que los mecanismos de seguridad con los que muchas familias campesinas, artesanas y de clase media-baja, en su mayoría pertenecientes al ámbito rural, respondieron a las grandes transformaciones contemporáneas.

Aunque muchos emigrantes escribieron a sus familias y mantuvieron el contacto con las mismas desde su partida hasta prácticamente su muerte, debemos también recordar que no fueron pocos los que, por el contrario, o no escribieron nunca o dejaron de hacerlo en algún momento de su vida. Numerosos periódicos, como el Laurac Bat, de la Asociación de emigrantes vascos en Buenos Aires, publicaban en sus páginas largas listas de cartas sin reclamar y peticiones de información acerca de parientes que habían desaparecido (Douglass; Bilbao, 1986, p. 206). Los motivos que se han señalado para analizar este fenómeno de los "desaparecidos" son varios: el primero vendría motivado por la muerte prematura del emigrante al poco de llegar a su lugar de destino sin que la familia llegase nunca a saberlo; igualmente, la existencia de ciertas desavenencias y problemas familiares, así como el deseo de desvincularse de la familia, bien como resultado de la creación de un nuevo núcleo familiar o bien por causa del fracaso de la aventura americana, fueron decisivos para dejar de escribir a casa. Pero junto a estos aspectos hay que señalar la importancia que tuvo el problema del analfabetismo, como bien ha señalado Juaco López Álvarez. En este sentido, resulta muy interesante el testimonio que nos ofrece el emigrante José González a través de una de las cartas que desde Buenos Aires le envía a su hermana, residente en Valdés (Asturias), el 13 de septiembre de 1940. En ella rememora un viaje realizado en 1904 desde Bahía Blanca a Río Negro como representante de una casa de comercio. Han pasado ya muchos años, pero al comerciante no se le olvida la imagen que nos describe:

Marchábamos días enteros y no se veía otra cosa que majadas de ovejas, tropillas de guanacos y avestruces y un montón de zorros salvajes que hacían estragos en las majadas. Un poco más lejos de donde nos quedamos empantanados, en una lomita había un rancho: paredes de barro y el techo unas cuantas chapas de zinc. Caminamos hasta allí. Nos recibió un hombre […] Uraño, desconfiado, le contamos lo que nos había ocurrido y le pedimos nos dejara hacer noche allí. De mala manera contestó que podíamos quedarnos, pero que no tenía nada para comer. Hacía mucho frío, y queríamos calentarnos al lado del fuego. Poco a poco traté de conquistarme su confianza, le pregunté el tiempo que llevaba en el desierto, de qué nacionalidad era y sus medios de vida. Y llegamos a lo que quería contarte. Han pasado tantísimos años, nada de aquella escena se me olvidó, ni se me olvidará hasta que muera. No sabía los años que tenía, ni cuantos estaba en el Río Negro. Era español […] De pronto sin decir nada se levantó y se fue. Tardó más de una hora en volver […] regresó con un baúl, de esos que traemos los inmigrantes cuando venimos a América. Estaba hecho pedazos, la tapa suelta, atada con una cuerda. Sacó un montón de cartas de España, 10 ó 15, todas sin abrir y me pidió que se las leyera. Eran de una hermana y de una sobrina que le llamaba: "Mi querido tío". Había de todas las fechas desde diez años atrás. Le contaban miserias y le pedían ayuda. (López Álvarez, 2000, p. 118-119).

En su inmensa mayoría, los emigrantes estaban poco familiarizados con la escritura. Hasta el momento de su partida no habían tenido ni oportunidad ni necesidad de escribir. Las cartas y otros escritos de índole personal nos revelan esa escasa competencia gráfica, el bajo nivel de instrucción y las dificultades que el emigrante tenía para escribir: repeticiones temáticas y formularias; necesidad de recurrir a frases hechas, expresiones coloquiales o tópicos; uso continuado de interjecciones que reclaman la presencia física del destinatario; registros expresivos propios de la oralidad; errores gramaticales y ortográficos; incapacidad, en muchos casos, de organizar el discurso; una escritura deficiente, incierta e irregular; y, de manera muy habitual, la presencia de otras manos que escribiesen por ellos, bien fuesen amigos o conocidos (los denominados "escribientes vicarios") o escribanos públicos. Características todas ellas de una escritura inexperta, reflejo de los primeros contactos con el mundo de lo escrito derivados de las necesidades que imponían las circunstancias.

Frente al problema del anciano analfabeto de Río Negro, cuya familia nunca llegó a saber nada de él porque nunca pudo leer ni responder a sus cartas; sin embargo, América supuso también para muchos otros emigrantes, que salieron de España sin saber leer o escribir o con escasos conocimientos de ambas capacidades, la oportunidad de adquirirlas y perfeccionarlas. El hábito de escribir propio de los emigrantes, que se convierte en una actividad casi diaria, cotidiana, como bien demuestra la regularidad en los envíos de muchas de las correspondencias que se han estudiado, fue fuertemente impulsado no sólo por esa necesidad que éstos sintieron de la escritura, sino también por los procesos de alfabetización que tuvieron lugar en el seno de muchas de las colonias y comunidades de emigrantes y la exigencia de dichos conocimientos para el desarrollo de la vida laboral. Los emigrantes se esforzaron así por aprender cuanto antes las normas básicas de expresión escrita y caligráfica, y los documentos nos ofrecen el testimonio de ese proceso de adquisición de la escritura.

Según Fabio Caffarena y Antonio Gibelli, los particulares modelos textuales, los registros comunicativos y las características gráficas derivadas de esta "alfabetización de urgencia" de la que muchos emigrantes fueron objeto, pueden atribuirse a determinadas formas de aprendizaje mimético (por imitación y copia) y a la transmisión de ciertos modelos y estereotipos a través de los manuales de correspondencia, los distintos tratados prácticos y guías destinados a los emigrantes y las revistas y periódicos del momento (Gibelli; Caffarena, 2001, p. 569). Baste como ejemplo un fragmento de este modelo de carta titulado "De un hijo, que emigra, a su madre", que podemos encontrar al abrir una de las páginas del manual epistolar Cómo Deben Escribir sus Cartas los Hombres, de Agustín Chaseur Millares, publicado en Barcelona en el año 1943:

Queridísima madre: Cuando reciba usted esta carta, tal vez aun no se haya dado exacta cuenta de que mi ausencia será más larga de lo que piensa […] Me ha faltado valor para decírselo de palabra, temiendo que su pena hiciera vacilar mi resolución, y que, a pesar de todo lo que a marcharme me obliga, me quedase. Cuántas veces intenté sondear su ánimo sobre este asunto, tuve que callar, vencido por la chispa de temor que veía brillar en sus ojos; pero, pasaba el tiempo, las cosas iban de mal en peor, era preciso resolverse, y no he tenido más remedio que recurrir a la astucia, y fingir ese viaje al pueblo. Más lejos voy, madre; más lejos, mucho más lejos me lleva el trasatlántico que me alberga en su seno, junto con otros muchos desgraciados que buscan en la América acogedora y propicia el porvenir que la patria les niega […] Por lo que me cuentan aquí, en el barco […] en América, si no se hace uno rico en un año, cosa tan imposible como ahí, por lo menos, teniendo un poco de suerte y muchas ganas de trabajar, se abre uno paso […] Voy a una hacienda, a un rancho, como allá abajo se dice; a una gran extensión de terreno dedicado especialmente a la ganadería e industrias derivadas. Mi empleo tiene un poco de todo: secretario, administrador, capataz. Pero no puedo quejarme; no soy el pobre emigrante que desembarca en tierra extraña sin dinero ni trabajo, a merced de todos los contratiempos de la vida, víctima de la miseria o del engaño y la codicia de los seres sin conciencia que con ellos trafican. No; voy con un empleo y un sueldo inicial decoroso, que me permitirá ahorrar algunos centenares de pesos al año, y tener un capitalito a la expectativa de negocios pequeños, que pueden ir bien o ir mal, y aun en este caso no me veré en la miseria. (Chaseur Millares, 1943, p. 92-94).

Por otro lado, como ya reveló Jean-Charles Vegliante, el análisis del lenguaje permite desvelar los mecanismos a través de los cuales se define históricamente la idea y la representación de la imagen del emigrante (Vegliante, 1986, 1996). Los escritos nos muestran así el mestizaje lingüístico que éstos experimentan entre la lengua de origen y la del país de acogida como símbolo por excelencia de la integración del emigrante en su nueva vida, o, por el contrario, la reafirmación de la identidad de origen, que se manifiesta fundamentalmente en la tendencia a utilizar los recursos dialectales. Adrián Blázquez, Ariane Bruneton-Governatori y Michel Papy (2002, p. 213), en su análisis de la correspondencia de los bearneses emigrados a Uruguay, Paraguay y Argentina entre 1836 y 1940, afirman que aunque la inmensa mayoría de las cartas están escritas en francés, empleándose en muchos casos el patois (dialecto local de Bearne), existen numerosos ejemplos de la fuerte influencia de hispanismos en la lengua de origen, llegando algunos de los emigrantes incluso a escribir sólo en español y a sentirse incapaces de escribir correctamente en francés porque lo habían olvidado.

 

Diarios de "a bordo"

Aunque hay que tener en cuenta que cada acto de escritura está sujeto al temperamento del emigrante, al nivel de instrucción y al dominio de la escritura que éste tenga, al destinatario al que se dirige — es evidente que no se cuenta lo mismo en una carta a un padre que a un hermano o a un amigo — y al estado de ánimo y las circunstancias que rodean el momento de escribir, — pues no es igual escribir una página de un diario por la noche, después de una dura jornada laboral, que un día festivo —; la repetición de temas, los intereses comunes, las necesidades compartidas e incluso la similitud que, en muchos casos puede apreciarse en las características propiamente materiales de los distintos escritos, nos lleva a subrayar el valor de la correspondencia como fuente capaz de construir esa historia colectiva del fenómeno migratorio que trasciende las vidas y experiencias individuales de cada uno de los emigrantes.

En lo que concierne a la escritura epistolar, por ejemplo, cada paquete epistolar conservado encierra la representación de todo un proceso, así como la evolución de esta práctica concreta de escritura a lo largo del tiempo. Por un lado, como es evidente, en lo que respecta a la adquisición y perfeccionamiento de la competencia gráfica, al proceso mismo del aprendizaje; pero igualmente en lo que se refiere a la regularidad de los envíos, a la extensión de los escritos y al esquema temático que adopta la carta según el periodo de la vida del emigrante en la que es escrita. Así, mientras en los primeros meses se contesta con rapidez a las cartas que llegan desde casa y se escriben textos muy largos, con todo lujo de detalles y explicaciones; a medida que el tiempo avanza y el emigrante va asentándose y formando una familia o un círculo de amigos, la regularidad y la extensión descienden y la pereza a escribir es mayor, retardándose las contestaciones. De la misma manera, mientras que en una primera etapa las cartas del emigrante relatan fundamentalmente su partida y su viaje en barco, la llegada a América y las primeras impresiones; después cobran importancia aquellas otras que señalan una segunda etapa en la vida del emigrante, siendo sus temas centrales el trabajo, los negocios o las relaciones que se van gestando.

Pero eso sí, todas las historias de emigrantes, independientemente del soporte en que se registren, empiezan a bordo de un barco. El viaje representa el primer paso del proceso migratorio y, para muchos, la toma de conciencia de la realidad de ser emigrante; el viaje se convierte en la metáfora del pasaje y del cambio de estatus existencial, profesional, mental y cultural. En la travesía oceánica se concentra y expresa un valor simbólico entre el antes y el después de la emigración. El viaje es, además de un topos propio de la literatura de emigración, el tema con el que se inician miles de cartas, diarios, memorias o autobiografías de emigrantes. Baste como ejemplo el caso de Giovanni Soldi, un joven piamontés de 28 años, que embarca el 5 de octubre de 1897 en el Vapor Totmes en el puerto de Génova. Durante los 52 días que dura su viaje hasta Perú (el 28 de noviembre llega al puerto de El Callao) escribe un diario que titula Mi viaje a Lima. El diario está escrito a lápiz en una libreta de pasta negra de 98 páginas y a través de las mismas podemos conocer las incidencias de la travesía, sus impresiones acerca de sus compañeros de viaje, los extraños paisajes que va observando e igualmente sus añoranzas, temores y expectativas Así relata su primera noche a bordo del Vapor:

Día 6 de octubre. Sobre las cinco de la mañana me despierta un ruido bastante inquietante, me levanto y voy a cubierta a ver el tiempo. El mar está muy agitado por el viento en contra y el Totmes hace algunos movimientos que me dan vértigo. Vuelvo a mi camarote y me acuesto después de tomarme un sorbo de coñac y comer un poco de chocolate. Sobre las seis viene un marinero con una sonda consistente en una varilla de hierro atada con una larga cuerda y abre una baldose del suelo de mi camarote y me dice en inglés que mire cuánta agua ha hecho el vapor […]. Me entretengo leyendo, pero de repente me veo obligado a levantarme porque una ola entra por mi ventanilla y me empapa literalmente. Cierro herméticamente la ventanilla y me acuesto […]. El viento continúa soplando más fuerte, veo el mar que se bate contra la ventanilla, siento al Capitán que con voz ronca grita sus órdenes, y siento el agua esparcida sobre la cubierta, mientras el vapor se mueve de un lado a otro hasta rozar el agua, entrando mucha cantidad […]. (Croci, 2002, p. 175).

Como los diarios, las cartas, cuyo tema central es la salida de casa, la despedida de los suyos y la narración del viaje, tienen siempre un trasfondo traumático; el mito de cruzar el océano, el miedo a lo desconocido y la incertidumbre que provoca abandonar la seguridad del ámbito doméstico y enfrentarse a un nuevo mundo, a una nueva vida, quedan patentes en estos escritos. El emigrante narra el largo trayecto y las peripecias del mismo con todos los pormenores, registra los lugares por los que pasa, apunta las fiestas que tienen lugar a bordo, los mareos y las enfermedades, y se queja de la incomodidad, del frío, del hambre, de estar lejos de casa. De hecho, es tal la similitud entre cartas y diarios que muchas de las misivas son investidas oficialmente con el título de Diario de Viaje por sus autores (Blázquez, Bruneton-Governatori; Papy, 2002, p. 223). El detallismo de las descripciones de todo lo que acontece en el barco lo podemos apreciar en la primera carta que el emigrante Ángel González envía a su madre nada más llegar a Argentina. Ángel tenía 16 años el 27 de septiembre de 1919 cuando abandonó su hogar y partió rumbo a América para reunirse con dos de sus hermanos:

A los de Villar les darás las gracias a los padres, el hijo de Juaco de la Pega no se separaba de mí ni un momento, me quería como un hermano, me traía cuando necesitaba, el otro tenía bastante para él. Un día salimos del camarote y subiendo las escaleras la vista se me iba, ya no podía ver nada, me caí. Vino un médico, me preguntó qué tenía, yo le dije: mucho calor y algo mareado, me dijo: anda sube arriba a tomar el fresco. Me levanté, me fui como pude y mandé al de Villar que fuese a buscarme una purga. Va él y cuenta todo al médico, sin saber nada le manda que vaya yo a tomarla y que me llevase a la enfermería. No fui. Al poco tiempo vino a buscarme y me escondí y me fui a proa, cuando él estaba en proa me fui a popa y no me pudo coger. Aquel día metieron a 80 en la enfermería, pero era al pasar el Ecuador, y fue por el mucho calor. Muerte hubo, pero como quien dice ninguna, una mujer de un mal parto y uno tuberculoso. No hagáis caso de los periódicos. El 16 yo ya no tenía nada, estaba bueno. Llegamos a Montevideo el día 22 y a Buenos Aires el 23. (López Álvarez, 2000, p. 93).

 

Las cartas reclamo y las "lettere di affari"

La mayor parte de los emigrantes partían con un trabajo buscado de antemano. Normalmente se incorporaban a algún negocio regentado por miembros de la familia que habían viajado con anterioridad y que al colocarse reclamaban a hijos, hermanos, primos, tíos o sobrinos. Las cartas reclamo o cartas de llamada, tal y como las denomina el investigador alemán Enrique Otte, son un producto escrito específico del fenómeno migratorio (Otte, 1988). Por lo general se trata de misivas remitidas por los emigrantes a sus parientes y amigos con objeto de animarles a seguir su ejemplo y facilitarles la tramitación de la licencia que debían emitir las autoridades pertinentes para que pudiesen realizar el viaje, empleando los datos contenidos en ellas como prueba de la existencia en tierras americanas de un núcleo de acogida que podía ofrecer a los solicitantes ayuda, hogar o empleo.

Aunque en un principio deben considerarse documentos privados — pues al fin y al cabo son cartas en las que se da cuenta de datos íntimos, noticias particulares y sentimientos diversos —; hay que diferenciarlas de las propiamente familiares, ya que, como bien ha señalado María Dolores Pérez Murillo en su estudio sobre los reclamos de los emigrantes españoles en Cuba entre los años 1800 y 1829, detrás de esa dimensión privada, inherente a los escritos personales, las cartas fueron escritas con una clara finalidad pública: demostrar la conveniencia y la necesidad de que el pariente reclamado parta para América para que éste consiga su licencia de embarque (Pérez Murillo, 1999).

De entre las 149 cartas estudiadas por la autora está una del emigrante Martín Carricarte, quien escribe a su hermano Pedro el 20 de agosto de 1815 para reclamar al hijo de éste, Tomás, de 18 años y natural de Huérfanos (La Rioja). El reclamante es su tío paterno, afincado en La Habana como hacendado, y la carta nos muestra esa ambigüedad de documento público y privado que caracteriza a este tipo de escritos. Por un lado el tono familiar y cercano, las noticias de la correspondencia recibida y los buenos deseos para los suyos; por otro, las recomendaciones para la preparación de su sobrino, la posibilidad de ofrecerle un trabajo, las promesas de bienestar futuro y felicidad si éste va a reunirse con él:

Mi muy estimado hermano Pedro: con fecha 12 de abril recibí una de Pepe, por lo cual veo que no habéis recibido muchas cartas que os he escrito todas por correo ordinario, siempre deseando saber de vuestra salud y de toda la familia. También te decía que quería viniesen a ésta un hijo tuyo y otro de Pepe, y que yo los colocaría en el comercio, único ramo en donde pueden progresar los muchachos, para cuyo efecto conviene les deis buenos principios en lo físico y moral, en este particularmente, instruyéndolos en los dogmas de la religión, en la humildad, en la obediencia a los superiores; buena formación de letras con buena ortografía, la aritmética por principios, y aplicación al trabajo, sólo con esto, ellos y vosotros podréis ser felices. Para que vengan a ésta deben salir de esa el mes de agosto o septiembre para que lleguen en la estación más fría, y se vayan aclimatando para poder sufrir los días calurosos de los meses de abril hasta septiembre; como que la causa inmediata del tifus acalórico, o vómito prieto, es sólo el excesivo calor que hace en la zona tórrida, y hace un terrible estrado, ataca de cuatro a tres, y escapan pocos, particularmente los que vienen de los temperamentos fríos, yo te avisaré sobre esto, el año entrante, y te mandaré alguna remesa para que los habilitéis y vengan con comodidad. Mi esposa os hace muchos cumplimientos y que tiene ganas de conocer a sus sobrinos ya que no puede a vosotros. (Pérez Murillo, 1999, p. 41-42).

A parte de estos reclamos podía ocurrir que el emigrante fuera por su propio pie o por mandato paterno/materno. Entonces, si los familiares con los que allí contasen no tenían la posibilidad de encontrarles un sitio en su propio negocio, los mandaban como empleados de otros conocidos y amigos; en el caso de que el emigrante no tuviera familiares en el lugar de destino, solía llevar en el bolsillo una socorrida carta de recomendación que le facilitaba su colocación en algún lugar. Una vez que el emigrante encontraba trabajo, las cartas variaban. Y no sólo en el contenido, pues es evidente que el tema central lo pasan a ocupar el trabajo y las condiciones de vida; sino también en el aspecto material, dado que muchas de estas cartas están escritas en papel timbrado. William Isaac Thomas y Florian Znaniecki, cuya obra, The Polish Peasant in Europa and America, publicada entre 1918 y 1920, constituye todavía hoy un clásico imprescindible para el estudio de la correspondencia de la emigración, distinguen en su estudio cinco variaciones en las cartas de los emigrantes: las cartas rituales, en las que se da cuenta de los nacimientos, las defunciones o eventos familiares destacables; las cartas de información, que tienen como fin transmitir alguna noticia distinta a la ritual a la familia; las cartas sentimentales, o de amor, donde se manifiestan los aspectos más íntimos; las cartas literarias, que, destinadas fundamentalmente a su lectura pública, responden a intereses estéticos e incluyen poemas o canciones; y las denominadas como lettere di affari, que son aquellas en las que el emigrante plasma su vida laboral (Thomas, 1918-1920). En este sentido, las cartas con papel timbrado y membretes litografiados, independientemente del tono y del contenido que presentan, pertenecen a este último grupo. Los membretes, como las palabras, se nos presentan como elementos fundamentales para conocer la vida laboral de los emigrantes junto a las noticias mismas que se dan en las cartas. Nos informan del tipo de negocio, de su evolución, de las relaciones comerciales, de la abundancia o de la escasez.

Podemos verlo, por ejemplo, en una de las muchas cartas que Belarmino Pardo Cuenya, emigrante asturiano en Cuba, le escribe a su hermana Pura. Está escrita en el año 1916 y en su membrete podemos observar una casa de dos plantas, característica del casco viejo habanero, en la que el comercio ocupa la parte baja. Fuera, un furgón tirado por una caballería con el rótulo de "La Caoba" en el costado, el nombre del negocio, que espera mientras un camión parece estar descargando algunas mercancías. En el margen izquierdo se indica que "Pardo y Hno" son representantes de la sidra Champagne y de la mantequilla La Praviana, así como de los chorizos y morcillas de Visitación Suárez de Gijón. Aparecen, además, un apartado de correos, el teléfono y la dirección cablegráfica. Por lo que parece, el negocio debió marchar muy bien en los primeros años según indican los giros que Berlamino envió a su hermana y el tono esperanzador de sus cartas, pero la llegada de la crisis económica vino a truncar estos momentos de esplendor. Poco a poco en los membretes van desapareciendo las menciones a los productos iniciales y a otros que se habían ido incorporando con el tiempo. A partir de 1930, ya no consta que "Pardo y Hno" sean representantes de ningún producto o marca concreta; pero es más, desde 1936, en "La Caoba", ya no se utiliza papel timbrado. Belarmino escribe en folios simplemente encabezados con su nombre a máquina. La desaparición del membrete viene así a constatar la caída del negocio (Quirós Linares, 1993, p. 41-44).

 

Libros de cuentas y mecanismos de control

La inmensa mayoría de los emigrantes no hicieron fortuna en América, ni grande ni pequeña, ni pasaron de ser simples asalariados, empleados o todo lo más dueños de pequeños y modestos negocios que les ataron a aquellas tierras para siempre y les impidieron regresar a su hogar, a pesar de lo cual que el sueño de retornar a su país de origen nunca se desvaneció del todo. Su partida, como alivio de la presión demográfica, facilitó la supervivencia a los que se quedaron, pero no solucionó por lo general sus problemas económicos. Independientemente del puesto que ocupasen y de los negocios donde estuviesen trabajando, unos y otros tenían una obligación común a la que les era imposible renunciar: remitir giros de dinero a casa. Su comportamiento estaba marcado por el cumplimiento de las expectativas familiares y por una moral de subsistencia, aprendida en el marco de las relaciones domésticas y vecinales de la sociedad rural de procedencia. Aunque no fuesen grandes cantidades de dinero, el envío prolongado durante décadas, se dejó sentir. El dinero venido de América provocó unos efectos económicos que más se conocen por tradición oral que por constatación escrita; pero bien es cierto que fueron muchos los foros redimidos, las parcelas adquiridas en propiedad, las hipotecas levantadas o los hermanos librados del servicio militar para que pudiesen ayudar en las tareas domésticas. A través de los giros el emigrante daba una determinada imagen de sí mismo y de su familia: la forma de vestir, los productos para comer, la mejora de la vivienda, etc.; todos ellos eran aspectos que la familia del emigrante debía cuidar para dar testimonio de la prosperidad del negocio.

En fin, la obligación de enviar dinero se convertía para el emigrante en una obligación social, de cara a los demás, y moral, en lo que concernía a su condición de hijo. Los padres pagaban el viaje de los hijos a cambio de que éstos contribuyeran al sustento familiar una vez que se estableciesen laboralmente. El envío de los giros, junto a las cartas mismas, se convirtió así en una suerte de control social. Al igual que el emigrante omite muchas veces en la correspondencia las penalidades que pasa, el hundimiento del negocio, las noticias que puedan provocar disgustos a los padres, o pide permiso para tomar determinadas decisiones personales y laborales — por ejemplo, para contraer matrimonio o para cambiar de trabajo —; éstos, a su vez, emplean el espacio que ofrece la carta para hacer valer su autoridad a pesar de la distancia y recordar al hijo sus obligaciones para con ellos. La carta se convierte así en representación de esa autoridad ausente; la escritura restablece los roles y las jerarquías familiares que la distancia hace a veces olvidar.

De hecho, no es raro que, como manifestación de esta forma de control, los padres apunten meticulosamente las cartas que reciben de los hijos y, fundamentalmente, el dinero que les envían. Lo podemos ver, por ejemplo, en este fragmento del libro de cuentas del padre de los hermanos Segundo, Filomeno y Juan Suárez, que habían viajado a Cuba en 1905, 1906 y 1909, donde quedan registradas las cantidades que éstos le enviaban, las fechas en las que lo hacían, el canal por el que llegaban y, en ocasiones, el motivo y/o los destinatario/s de dichos envíos (López Álvarez, 2000, p. 114).

 

 

Pero no sólo las cartas personales podían actuar como mecanismos de control. La correspondencia cruzada entre familiares y amigos a ambos lados del Atlántico, además de suprimir distancias y alimentar la memoria, desarrolla una importante función en el fenómeno migratorio, sus mecanismos y sus estrategias. Las cartas jugaron un papel decisivo en la producción, la reproducción y las modificaciones que experimentaron las corrientes migratorias. El hecho de que muchos de los periódicos de la época incluyesen una sección dedicada a la publicación de algunas de estas cartas de emigrantes a sus familiares y amigos, como hacía El Oriente de Asturias, por citar un ejemplo español, es por sí mismo bastante significativo (Gómez, 2000, p. 149).2 La información depositada en las cartas acerca de las características y condiciones de los diferentes países receptores del flujo migratorio era tenida muy en cuenta por todos; mientras que se dudaba de otros medios de comunicación que, a modo de instrumentos propagandísticos, trataban de atraer a los emigrantes hacia determinados destinos y actividades. Las cartas, como fuentes de información, como herramientas de transcripción de la realidad, influyeron de manera decisiva en la formación de opinión y en la toma de decisiones acerca del destino a elegir, así como en la creación y regulación mismas de las cadenas migratorias (Gibelli, 1997, p. 296-297).3

Muestra de ello es, por ejemplo, como nos cuenta Marlon Salomon en su estudio de la correspondencia de los emigrantes alemanes de Blumenau a mediados del siglo XIX, en el Valle de Itajaí (Brasil), el hecho de que todas aquellas cartas, destinadas o no a su publicación, que contenían noticias susceptibles de propiciar una imagen negativa de la colonia, eran quemadas, tal y como refleja la siguiente misiva que el emigrante Julius Baumgarten envió a su padre el 26 de octubre de 1853: "É sabido que a direção faz a violação de toda a correspondência, permitindo apenas chegar ao destino aquelas cartas que fazem elogios da colônia; as outras são queimadas" (Salomon, 2002, p. 32). Es más, el fundador de la colonia en cuestión, Hermann Blumenau, publicó en Hamburgo, en 1857, una memoria anual de las actividades y acontecimientos del año anterior que tuvieron lugar en la misma, y al final de ella incorporó varias cartas de emigrantes y familiares de éstos en las que se narraban las buenas condiciones de vida de la colonia. Cartas, todas ellas, que habían sido publicadas anteriormente en diferentes periódicos de Jena y Hamburgo (Salomon, 2002, p. 72).4

La finalidad de Hermann Blumenau, como es evidente, no era otra que aprovechar esa buena imagen que se desprendía de las cartas seleccionadas para atraer a la colonia a nuevos contingentes de emigrantes. Y junto a las cartas, las memorias. Así, en 1900, al cumplirse los 50 años de la fundación de la colonia Blumenau, se invitó a todos los emigrantes, como participantes de ese hecho histórico, a que escribieran sus memorias con el fin de construir, a partir de los testimonios individuales, una historia de la comunidad. Al igual que las cartas, muchas de estas memorias se publicaron después en periódicos alemanes, como estrategia de atracción de nuevos emigrantes (Salomon, 2002, p. 76). La escritura privada, por tanto, a pesar de su espontaneidad y de su transparencia, no debe ser concebida como una actividad desinteresada. Los documentos producidos por los emigrantes son, al fin y al cabo, testimonios de una época en los que se conjugan la realidad y la ficción, la imagen que de las cosas que ve y experimenta se forja el propio emigrante y la que la comunidad en la que vive y su tiempo impone.

 

La redes de la emigración

Volvamos ahora al libro de cuentas del padre de los hermanos emigrantes Segundo, Filomeno y Juan Suárez, empleado como registro de los envíos monetarios y postales de los hijos. Releyendo uno de los asientos, fechado el 30 de julio del año 1907, en el que se apunta "Recibí de Filomeno que mandó por Macrino 250 pesetas", vemos cómo aparece otra de las características de la correspondencia de la emigración. Y es que las cartas y el dinero de América no llegaban únicamente a través del servicio de correos, por lo general irregular e inseguro, lento y costoso, sino que los emigrantes acostumbraban a emplear intermediarios. Éstos jugaron un papel fundamental en el fenómeno migratorio y en el mantenimiento de los lazos familiares.

Los intermediarios, que eran por lo general familiares, conocidos o comerciantes de cierta confianza, fueron uno de los medios de comunicación más efectivos y recurrentes para transmitir encargos y noticias, hacer llegar regalos, comida y dinero. Su importancia se manifiesta en que no hay carta en la que no se haga referencia a su labor, a cómo el emigrante se aprovecha de sus viajes para realizar los diferentes envíos. Pero, sobre todo, los intermediarios fueron la única alternativa que muchos tuvieron para burlar las restricciones legales, evitar los canales oficiales, ahorrarse los costes de correos y asegurarse la recepción de la encomienda (Soutelo Vázquez, 2001, 2003). En un diario de viaje escrito por un emigrante del concejo de Colunga en el trayecto que realiza de Buenos Aires a Asturias, entre marzo y abril de 1907, aparece la relación de los encargos que traía, así como los que se llevó al volver. Para hacernos una idea, regresó a Colunga con los recados de once emigrantes para repartir entre diecisiete personas que consistían en doce cartas, seis retratos fotográficos, una postal, dos giros de 100 y 50 pesetas, unos pañuelos y aros y un corte de vestido que envió una emigrante para su familia de Oviedo (López Álvarez, 2000, p. 85).

Las cartas y escritos de los emigrantes, como es el caso de este diario de viaje, testimonian, por tanto, el funcionamiento de importantes redes de parentesco y solidaridad entre ellos, así como los mecanismos de construcción y reconstrucción de la identidad individual y la pertenencia a una comunidad y a un lugar de origen. Permiten, así mismo, contemplar la evolución de las relaciones humanas y las dinámicas de cambio. Una vez que llegaba en América, el emigrante se relacionaba, fundamentalmente, con otros emigrantes que, por lo general, pertenecían a su propia familia, estaban cercanos a ésta o bien procedían de su misma zona geográfica. Estos vínculos de parentesco funcionaban como todo un mecanismo de protección, ayuda y solidaridad ante un entorno nuevo, desconocido y potencialmente hostil.

En las relaciones entre emigrantes es muy común que se reproduzcan unas pautas determinadas de comportamiento y unos hábitos culturales propios de los lugares de origen. Por lo general, y según se desprende de sus escritos privados, tenían una vida social organizada en asociaciones (centros regionales, de beneficencia y de acogida, o asociaciones recreativas, culturales, religiosas, floclóricas, etc.). La importancia de las escrituras de los emigrantes para el estudio de las redes y espacios de sociabilidad ha sido puesta de manifiesto por Raúl Soutelo, quien ha analizado los documentos privados de los emigrantes gallegos en Brasil (São Paulo, Río de Janeiro y Bahía, fundamentalmente) en los años 60 a través de diferentes entrevistas orales. En uno de los testimonios que recoge, escuchamos la voz de Marcial Mariñas, natural de la Coruña que emigró a São Paulo en el año 1953, quien nos cuenta la relación de solidaridad que existía entre los emigrantes:

"Había hermandad ya desde el principio, a pesar de la necesidad porque el dinero era escaso, pero a la hora de ayudar fijamos escotes muchas veces… Cuando llegué yo no tenía nada y vivía en una pensión, dormía en un cuarto con otros tres y un muchacho andaluz que también llegó en el mismo barco que nosotros, se puso enfermo y no tenía dinero. Fijamos un escote, juntamos un dinero y le procuramos un médico que atendía a los españoles aquí en el Brasil. El médico le detectó una enfermedad grave… empezó a quedarse delgadito, delgadito y se nos murió. No tenía familia ninguna, entonces juntamos otro escote y le hicimos un entierro de primera categoría" (Soutelo Vázquez, 1999, p. 339).5

La vida que se llevaba a cabo en las asociaciones, las redes de compañerismo y solidaridad, y el interés por mantener las tradiciones y las costumbres propias del lugar de origen a pesar del paso del tiempo ha llevado a muchos historiadores especialistas en el fenómeno migratorio a hablar de una cierta fosilización de la cultura de procedencia y de la memoria (Croci, 2002, p. 230). Conservar las cartas de la familia suponía, en cierta medida, preservar esa memoria, recordar el verdadero origen, la identidad y la cohesión del grupo familiar. Lo que parece indiscutible es que, junto a esa construcción o reconstrucción de la identidad del emigrante, y en estrecha relación con la misma, la escritura evidencia también la interacción que acontece entre los modelos de comportamiento y los valores propios del lugar de origen y los sugeridos, o a veces impuestos, por el lugar de adopción. Es por ello que las cartas y demás escritos de los emigrantes nos permiten conocer ese encuentro entre dos culturas que supone la emigración; al igual que analizar la integración de sus protagonistas, los cambios en su mentalidad y los procesos de formación y transformación de la identidad. La cultura de los emigrantes queda estancada en el momento de su partida, en su mente las imágenes quedan congeladas, fosilizadas. Por eso los emigrantes siguen cocinando con las recetas que aprendieron en su hogar, conservan las costumbres y los hábitos propios del momento en que partieron de sus pueblos, y todo ello lo transmiten a sus hijos y a sus nietos, constituyendo así una comunidad capaz de superar el tiempo y la distancia, lo mismo que lo hicieron sus cartas, sus escritos y sus retratos hasta llegar a nosotros.

 

Escribir con imágenes

Las relaciones y modos de comunicación entre el emigrante y su familia se basaban, como hemos visto, en los giros monetarios y otros artículos que aquel enviaba o recibía, las cartas que entre ambas partes se escribían y las noticias que iban y venían bien a través del papel — pensemos, por ejemplo, en los periódicos — o bien de boca en boca. Asimismo, el testimonio de vida de los emigrantes queda recogido en las cartas, los diarios, las memorias y las entrevistas orales; las dos primeras tipologías redactadas al tiempo que dicha experiencia se desarrollaba; el resto, por lo general, escritas o narradas en épocas posteriores, y por lo tanto, reconstrucciones de los hechos vividos. Pero en ambos casos, como medio de comunicación con la familia en la distancia o como catalizador de la memoria, no podemos olvidar, dentro también de los documentos privados e íntimos de los emigrantes, las fotografías (Gibelli, 1989). Los emigrantes se retratan junto a sus negocios, sus casas, sus nuevas familias, etc. Definen incluso los retratos como una escritura de imágenes más eficiente a nivel comunicativo que la escritura misma.

La fotografía adoptó un papel muy relevante en las relaciones entre el emigrante y su familia de origen. De hecho, los retratos que cruzaban el Atlántico ocupaban siempre los lugares más importantes y significativos de las casas, porque permitían mantener viva la memoria de los ausentes. La difusión del retrato y de la fotografía puede entenderse como parte del esfuerzo del emigrante por afirmar su propia personalidad y articular su identidad, tanto individual como familiar. Como ha afirmado Alain Corbin componer, construir, un álbum de fotografías es un claro indicio de la cohesión y definición del grupo (Corbin, 2001, p. 403). Al fijar las imágenes en el espacio y en el tiempo, la fotografía crea una narrativa y un lenguaje específico que comunica tanto o más que la palabra escrita. A través de las cartas y con el auxilio de las fotografías, el emigrante trataba de mantener inalterable y actualizada la imagen de aquella realidad que abandonaron un día. Gracias a las fotos el tiempo y el espacio que se había interpuesto entre las dos partes parecen borrarse de golpe; se pueden reconocer las personas, los lugares más queridos, observar los cambios ocurridos, o al contrario, descubrir lo desconocido, conocer, por ejemplo, a los nuevos miembros de la familia. De la misma manera, la correspondencia y la escritura diarística o memorialista están plagadas de informaciones acerca de parientes y vecinos, muertes, nacimientos y matrimonios. Las fotografías crean así una relación complementaria y llena de simbiosis con la escritura: responden muchas veces a intereses y necesidades, al igual que las palabras, y suelen ir acompañadas de comentarios y anotaciones que guían su interpretación o sitúan la imagen en un contexto específico — incluso puede darse el caso en que la carta sea simplemente el lugar en el que la foto se explica.

Al fin y al cabo, ambos, testimonios escritos y fotografías, constituyen la única forma de mantener y crear la percepción de un mundo que puede llegar a olvidarse o puede que no se conozca nunca. Una función más de las escrituras de la emigración, la de la representación, de las muchas referidas en este trabajo y de todas las que en realidad llegaron a existir. La escritura, en fin, como modo de fijar el mundo sobre el papel, como medio de convertir la vida en texto y concederla así un carácter eterno. Como afirmó Halbwachs (1995), sólo las palabras y las imágenes que emanan de los escritos personales, que fueron producidos por los testigos y protagonistas de los hechos que en cada uno de esos documentos concretos se narran, pueden constituirse en las páginas impresas de un libro que al abrirse nos descubre otra historia. En nuestro caso, son los escritos de los emigrantes los que nos invitan a leer esa otra historia del fenómeno migratorio, la que ellos vivieron, registraron y conservaron para que superase el tiempo y llegase a nuestras manos. A todos ellos, gracias.

 

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Recebido em 07/06/2004
Aprovado em 02/08/2004

 

 

* Este artículo se inserta en la marco de la Acción Especial BHA2002-12723-E, "Red de Archivos e Investigadores de la Escritura Popular", del Ministerio de Ciencia y Tecnología, dirigida por el Dr. Antonio Castillo Gómez desde la Universidad de Alcalá.
** Antes de comenzar expresar mi agradecimiento a Federico Croci, Fabio Caffarena, Raúl Soutelo y Juaco López, sin cuyas apreciaciones, referencias, sugerencias y trabajos sobre los escritos privados de los emigrantes este artículo habría sido muy diferente.
1 Para el caso español no pueden dejar de citarse las labores de búsqueda y conservación de las escrituras de emigrantes que llevan a cabo, desde hace ya algunos años, el Museo del Pueblo de Asturias (Gijón), el Arquivo da Emigración Galega (Santiago de Compostela) y el Museo de la Emigración de la Casa de Indianos (Colombres).
2 Como afirma el autor, en el periódico asturiano El Oriente de Asturias, en el año 1885, se dedicaba una sección a las cartas familiares que enviaban desde México los emigrantes a sus hogares, la mayoría de las cuales daban cuenta de las penosas condiciones de vida y de trabajo con las que tenían que convivir, alertando así a los que pensaban emigrar allí para que eligiesen otro destino.
3 Piénsese asimismo que muchos de los estudios realizados sobre la correspondencia de los emigrantes se basan, además de en las cartas manuscritas mismas, en las que fueron publicadas en los periódicos del momento, como es el caso de William Isaac Thomas y Florian Znaniecki (1918-1920), quienes en su libro The Polish Peasant in Europa and in America, estudiaron las cartas publicadas en la Gazeta Swiateczna. Acerca de la publicación de cartas en los periódicos como una práctica común en la Europa del siglo XIX, entre ellas de emigrantes, pero no sólo, remito a Pierrette Lebrun-Pezerat (1991).
4 La memoria se conserva en el Archivo Histórico José Ferreira da Silva (Santa Catarina, Brasil) y lleva por título Ereignisse und Fortschritte der deutschen Kolonie Blumenau im Jahre 1856 [Sucesos y progresos de la colonia alemana Blumenau en el año 1856].
5 Dicho testimonio oral se conserva en el Archivo Oral del Museo Etnológico de Ribadavia (Orense, Galicia).

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