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Horizontes Antropológicos

Print version ISSN 0104-7183

Horiz. antropol. vol.14 no.30 Porto Alegre July/Dec. 2008

http://dx.doi.org/10.1590/S0104-71832008000200012 

ESPAÇO ABERTO

 

Homenaje a un fundador: Eduardo Archetti

 

 

Pablo Alabarces

Universidad de Buenos Aires – Argentina

 

 

 

Eduardo Archetti, el Lali Archetti para todos los que lo conocimos y entonces, invariablemente, lo amamos, murió el 6 de junio de 2005, hace infinitos tres años. Tenía un cáncer contra el que peleó infructuosamente, todavía demasiado joven, todavía con demasiadas cosas para investigar, inventar y decir. Se fue en Noruega, donde vivía desde hace más de treinta años con su compañera y madre de sus dos hijos, Kristi Anne Stølen, y desde donde nunca dejó de pensar la Argentina, mientras parecía que hablaba de fútbol, de polo, de tango, de comida.

Porque la mirada de Archetti sobre el fútbol siempre excedió lo previsible, el sentido común, la celebración populista o la condena apocalíptica. Y siempre transitó por el rigor, como cuando estudió el campesinado santafesino o el ecuatoriano. En 1996 inauguró las primeras jornadas sobre Deporte y Ciencias Sociales que se hicieron en la Argentina, en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, diciendo: "yo no hago fútbol: hago antropología". El fútbol, como el polo, el box, el automovilismo o el tango, le resultaba un espacio privilegiado para indagar lo que, en realidad, era su gran tema: cómo se había inventado (y cómo, trabajosamente, se seguía inventando) una nación. La gran diferencia, el gran hallazgo de Archetti, era que la construcción de la Argentina podía rastrearse e indagarse en las zonas limítrofes y periféricas, en los espacios menos privilegiados y legítimos de los discursos: en lo que llamaba "las zonas libres" de una cultura, las que, por estar más lejos de las restricciones y las prohibiciones explicitas –los gestos de censura del estado, por ejemplo–, daban lugar a la creatividad. Allí, la danza, la música y los deportes (y también la comida o las bebidas) eran los objetos centrales, los territorios donde las identidades dejaban de ser puro relato para volverse cuerpos: danzantes o deportivos, pero cuerpos significativos para construir nacionalidades.

Así, Archetti publicó (entre otros) dos libros inolvidables: Masculinidades, editado en 1999 en Inglaterra y en 2003 en la Argentina, y El potrero, la pista y el ring. Las patrias del deporte argentino, en 2001. En 2004, en un sabático latinoamericano, profundizó sus indagaciones sobre la danza y la música en una investigación inédita y comparada sobre Argentina, Brasil y Cuba; mientras que en la Argentina desplazaba su eje de trabajo hacia la producción de vinos y su relación con las narrativas de identidad ("La Argentina es Malbec", se titulaba su proyecto).

Su gran libro, Masculinidades, es una magnífica puesta en escena de esas preocupaciones. La invención de la Argentina, sostiene Archetti, fue una invención a múltiples niveles simultáneos; mientras Rojas o Lugones discutían la argentinidad desde la cátedra o el Estado, Borocotó y Chantecler la descubrían en las páginas de la revista deportiva El Gráfico, criollizando ese extraño invento inglés llamado fútbol. Y a la vez, lo mismo ocurría con el polo, con el extravagante caso de los "gauchos británicos". Paralelamente, el tango se volvía producto criollo de exportación; en un momento, afirma Archetti, la Argentina se inventa mundialmente exportando cuerpos y carnes: a las vacas de la agroexportación las acompañan los jugadores de fútbol, los polistas y los bailarines de tango. En El potrero, la pista y el ring puede leerse cómo esa invención de la argentinidad revela una condición democrática: porque el fútbol, el automovilismo y el boxeo le permiten a Archetti mostrar las facetas policlasistas del deporte en la construcción de las identidades, entre los chacareros de la pampa gringa que se vuelven "fierreros" –amantes de los autos– arreglando carros viejos, y los pobres de toda pobreza que inventan sus vidas a los golpes.

Lali Archetti era un gran antropólogo, un inventor de zonas nuevas para el trabajo académico, un porfiado estudioso de nuestros países. Pero además, o por sobre todo, era un tipo inigualable, de una generosidad y un humor increíble. Un gran cocinero, que abría las puertas de su casa en Oslo a todo el que estuviera dispuesto a comer y beber con él como excusa para conversaciones ilimitadas. Cuando lo conocí en 1994, apareció en nuestra cita con un montón de manuscritos inéditos: estaba convencido de que era imprescindible expandir los estudios sobre deporte en nuestro país, y en ese objetivo no se regía por ninguna especulación de propiedad intelectual. Durante más de diez años me regaló una amistad inclaudicable, generosa, alimentada por correos electrónicos que discutían los avatares del fútbol argentino o europeo, mientras comentaba sus últimas ideas o discutía las mías, siempre deudoras. Y lo mismo hizo con decenas de colegas: hace pocos días Roger Magazine, un talentoso antropólogo norteamericano que trabaja en México, me contaba cómo Archetti se lo había llevado a Oslo durante la temporada indispensable para escribir su tesis de doctorado.

La antropología latinoamericana perdió uno de esos escasos y necesarios creadores: esos tipos que inventan cosas, con el único objetivo de explicarnos, comprendernos, hacernos mejores. Sus amigos, decenas en todo el continente, perdimos un tipo inolvidable. Sus discípulos, un maestro, su mejor título. En diciembre de 2004 habíamos organizado una reunión con colegas brasileños para discutir perspectivas comunes y comparadas: queríamos que fuera también un homenaje al que nos había abierto todos los caminos. Lali estaba en Buenos Aires, pero ya con los primeros síntomas de su enfermedad, y no pudo participar. Estas palabras son, entonces, las que hubiera debido escuchar en vida; las que, por esas cosas de la reserva masculina que él tan bien conocía, nunca me animé a decirle.