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Varia Historia

Print version ISSN 0104-8775

Varia hist. vol.23 no.38 Belo Horizonte July/Dec. 2007

http://dx.doi.org/10.1590/S0104-87752007000200008 

DOSSIÊ: HISTÓRIA DAS AMÉRICAS: POLÍTICA E CULTURA

 

En torno a la desilusión argentina*

 

On Argentine disillusionment

 

 

Andrés Kozel

Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México. Becario posdoctoral PROFIP/DGAPA/UNAM en El Colegio de México.andreskozel@yahoo.com.mx

 

 


RESUMEN 

Con base en una revisión de la bibliografía que aborda el tema del fracaso argentino, y tomando en consideración las obras de cinco intelectuales que fueron, de alguna manera, especialistas en nombrar "los males del país” -Lucas Ayarragaray, Leopoldo Lugones, Benjamín Villafañe, Ezequiel Martínez Estrada y Julio Irazusta-, el artículo explora respuestas posibles para los interrogantes siguientes: ¿cómo definir el concepto de fracaso?; ¿cuándo datar la emergencia del tópico en la historia cultural argentina?; ¿cómo articular su aparición con procesos económicos y sociales más generales?; ¿cómo jalonar las peripecias de esa idea?; ¿cómo caracterizar, cómo clasificar, sus principales expresiones?; ¿cómo pensar la significación global de toda esa dinámica…? El planteamiento general destaca que el tópico del fracaso argentino adquirió sus rasgos decisivos durante la primera mitad del siglo XX, a través de una dinámica compleja que, más allá de sus especificidades, parece haber contribuido a la erosión de una entera configuración ideológico-cultural, caracterizada por un notorio impulso de futuridad, a la que denomino ilusión argentina. Como telón de fondo del proceso cabe mencionar la creciente complejización social, la cada vez mayor y disonante diversificación discursiva (Tulio Halperín) y la profunda crisis de hegemonía experimentadas por el país a lo largo del período.

Palabras-clave fracaso argentino, Historia de las Ideas, intelectuales


ABSTRACT 

Considering a review of the bibliography that approaches the topic about the Argentinean failure, and taking into account the analysis of five intellectuals that had been, in some way, specialists in naming "the country's ills” -Lucas Ayarragaray, Leopoldo Lugones, Benjamín Villafañe, Ezequiel Martínez Estrada and Julio Irazusta- the article explores some commendable answers to the following questions: How to define the concept of failure?; When to date the emergency of this topic in the cultural history of Argentina?; How can we link its emergence with general social and economic processes?; How can we extract the incidents of this idea?; How can we characterize and classify its main expressions?; How can we think about the global meaning of this ideological and political process? The general exposition of the research is focused on showing that the topic of the failure acquired its decisive attributes during the first half of the 20th century, through a complex dynamic, comprised of diverse channels which should be captured in their specificity, although without losing sight of the more general movement of which they form a part: seen globally, this movement contributed to the erosion of an entire ideological-cultural configuration, which I call "argentine illusion”. The backdrop of the process was none other than the growing social complexity, the greater and more dissonant discursive diversification (Tulio Halperín) and the profound hegemony crisis which the country experienced throughout the period.

Key words Argentine's failure, History of Ideas, intellectuals


 

 

Consideración inicial

En el marco de una entrevista en la cual se requirió su opinión acerca de la eventual singularidad de la experiencia del fracaso argentino, Tulio Halperín Donghi1 declaró que la frustración ligada al fracaso de un destino de grandeza podía ser consecuencia, no tanto de un fracaso efectivamente verificable, sino más bien de la decisión previa de que existía aquel destino. Sugirió asimismo que, en el caso argentino, semejante creencia pudo haber tenido algún fundamento mientras duró la articulación exitosa entre la economía del país y el mercado mundial; en su opinión, "el fin de todo eso provocó una amargura muy comprensible, pero no plantea un problema histórico demasiado complicado.” Al reflexionar sobre estas indicaciones quedamos situados ante un conjunto de cuestiones fundamentales: ¿cómo definir el concepto de fracaso?; ¿cuándo datar el "fin de todo eso”?; ¿cuándo ubicar la emergencia del tópico del fracaso nacional?; ¿cómo jalonar sus peripecias?; ¿cómo caracterizar, cómo clasificar, sus principales expresiones?; ¿cómo articularlas con otros procesos sociales?; ¿cómo pensar la significación global de toda esa dinámica?; ¿es cierto que ella no plantea un problema histórico "demasiado complicado”…? A la exploración de estas cuestiones están dedicadas las consideraciones que siguen.

 

Deslinde y tributación

Un primer aspecto, de tipo conceptual, es la definición de la noción misma de fracaso. Enfatizar el hecho de que para que tenga lugar una experiencia cultural de fracaso y frustración debe haber una idea de grandeza antecedente parece ser el punto de partida más conveniente para abrir una reflexión sistemática. En efecto, con dicho énfasis se consigue llamar la atención sobre la nota específica que distinguiría a las elaboraciones tematizadoras del fracaso de otras que también conforman el espectro de los pesimismos histórico-culturales. Sucede que, aun cuando todo pensamiento del fracaso es predominantemente pesimista con respecto a su presente de enunciación, resultándole difícil, como a todos los pesimismos, el perfilamiento de posibles "soluciones”, no todo pensamiento pesimista es necesariamente un pensamiento del fracaso; en otras palabras, en el seno del conjunto más vasto de los pesimismos, el pensamiento del fracaso parece singularizarse por establecer una muy compleja relación de toma de distancia frente a unos cauces discursivos hasta entonces hegemónicos, caracterizados por albergar un conjunto de certezas más o menos nítidas acerca del porvenir de una colectividad. Así entendido, el pensamiento del fracaso sería una variante especial del pesimismo histórico-cultural, caracterizada por ser justamente un pensamiento de la desilusión.

Para el caso que nos ocupa, es posible sostener que la versión principal de la ilusión argentina despuntó en los años centrales del siglo XIX -en particular en obras como el Facundo sarmientino (1845) o las Bases alberdianas (1852)-, para robustecerse en las décadas siguientes -por ejemplo, en la obra histórica de Bartolomé Mitre-, alcanzando un cenit (resplandeciente a la vez que abemolado) en torno a la celebración del Centenario (1910).
Como se desprende de lo antes indicado, en una importante medida los pensamientos del fracaso reaccionaron contra los núcleos de significados más decisivos de la configuración de la ilusión, poniéndolos seriamente en entredicho. ¿De qué estaba hecha esa ilusión? Ante todo, de una noción lineal y ascendente del tiempo, asociada a lo que Carlos Alonso ha llamado "retórica de la futuridad”;2 enseguida, de una idea según la cual al país efectivamente le esperaba un destino de grandeza (vinculado a la idea de civilización y cuyas primeras estaciones parecían estar alcanzándose en torno a 1880 y después); complementariamente, de cierta imagen de excepcionalidad argentina en el concierto latinoamericano; en suma, de la postulación de una coincidencia prácticamente aproblemática entre las esferas de lo que se juzgaba inminente y de lo que se concebía como deseable. Contra estos elementos embistieron con vigor los pensamientos tematizadores del fracaso argentino.

De estas primeras constataciones no habría que derivar, sin embargo, una imagen demasiado esquemática de la relación entre las dos etapas culturales, cual si se tratara, simplemente, de un proceso de sustitución "en bloque” de la primera (optimista) por la segunda (pesimista), quedando conceptuadas cada una de ellas como enteramente monolítica y autárquica. Porque si es cierto que la relación de los pensamientos del fracaso con la configuración de la ilusión antecedente supuso la puesta en marcha de operaciones de deslinde y cuestionamiento, también lo es que quedó signada por tributaciones y deudas tan variadas como profundas. En todo esto, hay cualquier cosa menos extrañeza rotunda entre ambos momentos culturales.3 Dos corolarios, entonces: primero, ni la configuración de la ilusión ni, menos todavía, la del fracaso, han de concebirse como bloques carentes de variantes, matices y fisuras; segundo, y muy fundamental, es preciso prestar suma atención al hecho de que el corpus del fracaso argentino no surgió ex nihilo ni, tampoco, se limitó a "reflejar” en clave vernácula motivos provenientes de la tradición cultural universal (sean clásicos, bíblicos o más contemporáneos): en su seno resuenan también, reelaborados y rearticulados de modos diversos, algunos de los racimos de significados que latían, de manera explícita o intersticial, en la propia configuración de la ilusión. Por eso, en los vínculos que los intelectuales tematizadores del fracaso establecieron con los arquitectos de la ilusión encontramos no sólo tomas de distancia y puestas en cuestión, sino además lealtades lesionadas o mantenidas a costa de ingentes esfuerzos, ajustes de cuentas tortuosos, largas polémicas retrospectivas, entre otras modalidades de vínculo. Por lo demás, si es cierto que la configuración de la ilusión sufrió a partir de cierto momento un innegable proceso de erosión y pérdida de centralidad, también lo es que no llegó a desaparecer por completo, ni entonces ni después, de la escena ideológico-cultural.

 

¿1930 con anticipaciones …?

Otra cuestión, de índole más bien histórica, concierne a la identificación más o menos precisa de los momentos-bisagra en los cuales hemos de situar tanto "el fin de todo eso”, es decir, de la "prosperidad fácil” de la Argentina, como el despuntar de la idea del fracaso en la escena ideológico cultural. Abordarla supone plantearse, entre otros, los siguientes interrogantes: ¿en qué medida el segundo proceso fue consecuencia del primero?; ¿cabe hablar de sincronía o de simultaneidad?; ¿cómo hemos de pensar una serie de elaboraciones que cultivaron el tópico del fracaso "adelantándose” a los "quiebres objetivos” postulados por los distintos consensos historiográficos?; ¿de qué manera jalonar la historia del tópico…? La sola mención de estas preguntas conduce a matizar la afirmación de Halperín según la cual todo esto "no plantea un problema histórico demasiado complicado” e, incluso, a discrepar con ella. Sucede, en efecto, que no hay consensos historiográficos plenos a la hora de fechar el fin del "progreso argentino” ni, tampoco, en el momento de datar la aparición del tópico del fracaso y de historiar su "vida” posterior. Como veremos enseguida, en la obra del mismo Halperín resulta posible identificar inestabilidades y oscilaciones en relación con estos importantes asuntos. Pero vayamos por partes. Ante todo cabe señalar, con Jorge Schvarzer,4 que existe una polémica muy intensa en relación con el origen de la "crisis argentina”. Según Schvarzer, el contenido de esta disputa no es exclusivamente científico, sino que normalmente aparece imbricado a imágenes sociales y a posiciones políticas. Los puntos de vista son, como puede adivinarse, múltiples: si algunos estudiosos sitúan la ruptura en 1930, responsabilizando ante todo a la crisis económica mundial, otros la ubican después, en particular en los años cuarenta, calificando al peronismo como el mayor culpable; para otros más, entre los que se cuenta el propio Schvarzer, no habría habido exactamente "ruptura”, sino continuidad de un proceso histórico que desembocó, por vías complejas, en un "resultado perverso”.5 El enigma es, en opinión de este autor, de difícil resolución, y ello debido no sólo a las incrustaciones ideológicas que en casi todos los casos presiden la misma formulación del problema, sino además a la escasez de estadísticas confiables para las distintas etapas históricas.

Por su parte, la datación del despuntar de la idea del fracaso argentino es, también, materia de debate. En la medida que, en términos generales, no disponemos de estudios sistemáticos sobre la historia de esa idea, resulta más difícil realizar un balance de la bibliografía existente, hemos de conformarnos entonces con inventariar observaciones ocasionalmente penetrantes, pero casi siempre tangenciales. En principio, parece recomendable distinguir dos posiciones básicas, resultando posible, a su vez, dividir a la segunda en dos subvariantes. La primera de esas posiciones es considerar al pensamiento del fracaso como una especie de rasgo constitutivo o esencial de la cultura del país, adentrándose así en los meandros, tan fascinantes como riesgosos, de la transhistoricidad. Es el caso de Graciela Scheines,6 quien en su ensayo dedicado al tema plantea que la oscilación pendular entre sueños desmesurados y sombrías frustraciones se constata desde el Descubrimiento a nuestros días. Según esto, la entera historia argentina estaría hecha de esos vaivenes, causa y síntoma de perturbaciones graves y profundas.

La otra posición se orienta a situar la cuestión históricamente, esto es, a plantear que el tópico del fracaso habría hecho su aparición en la escena cultural e ideológica en cierto momento de la historia del país susceptible de ser fijado con alguna precisión. Dentro de esta vertiente cabe distinguir, como dije, dos modalidades. De un lado, la que ubica la emergencia del tópico en un momento asaz temprano, prácticamente en los albores de la vida independiente. Unos señalamientos vertidos por Nicholas Shumway7 en su obra sobre el siglo XIX argentino constituyen un buen ejemplo de esta subvariante. Para Shumway, fueron los hombres de la generación de 1837 quienes crearon lo que más tarde acabaría convirtiéndose en un "género lamentable de las letras argentinas: la explicación del fracaso”; lo hicieron –según este autor- con una crudeza próxima al "negativismo autodestructor”. Del otro lado, aquella modalidad que sitúa en una fecha más tardía –precisamente en torno a 1930- la aparición de los cuerpos de pensamiento tematizadores del fracaso. Además de la indicación de Halperín referida al principio, cabe introducir dos ejemplos adicionales de este tipo de aproximación. En un estudio consagrado a la figura de Aníbal Ponce, Oscar Terán8 dedica una pincelada muy intensa a poner de relieve el impacto de la crisis económica del 1930 sobre la cultura argentina. Según Terán, a partir de ese momento no sólo se cuestionó la funcionalidad del esquema agroexportador, sino que además comenzó a plantearse, de una manera "casi salvaje”, el problema de la nación: la visualización de graves carencias estructurales condujo a una reconsideración global de dicho problema, por vía de la cual se llegó a situar el origen de los males en el proceso mismo de constitución de la nación, desembocándose incluso, en ocasiones, en la negación abierta del modelo decimonónico. Por su parte, en una de sus obras más conocidas, Beatriz Sarlo9 traza un marcado contraste entre la Argentina del siglo XIX -que era "una causa y un programa”- y la Argentina de los años treinta del siglo siguiente, cuando las visiones sintéticas del Centenario ya no resultaban convincentes, y el país se había vuelto un "problema” que admitía pocas resoluciones optimistas en el plano ideológico.

Corresponde agregar que algunos analistas, entre los que se cuentan los mismos Tulio Halperín10 y Oscar Terán,11 han llamado la atención sobre ciertos impulsos a los que cabría definir, desde nuestra perspectiva, como "anticipaciones” de la emergencia del tópico. Destacan entre ellos las profundas tensiones axiológicas que surcan las obras elaboradas, en los años del cambio de siglo y después, por algunas de las más conspicuas figuras de la elite dirigente argentina (Miguel Cané, Ernesto Quesada, José María Ramos Mejía, Joaquín V. González, entre otros), signadas todas por una rara y problemática combinación de optimismo, turbación y nostalgia.12 Incluyamos en ese grupo a Lucas Ayarragaray, sobre quien volveremos enseguida. En esta misma línea de reflexión interesa recordar, con Fernando Devoto13 que, hacia 1880, "el viejo” Sarmiento ya había producido una "primera y temprana meditación sobre el fracaso del proyecto argentino”, balance de lo realizado hasta entonces que se recorta con perfiles nítidos de la euforia prevaleciente y cuyos motivos centrales, predominantemente negativos,14 estarían destinados a perdurar en una larga serie de elaboraciones ulteriores, empezando justamente por aquellas correspondientes a los momentos ideológico-culturales del fin de siglo y del Centenario, ambos, como dijimos, señaladamente ambivalentes.15 Es igualmente importante llamar la atención sobre el hecho de que la victoria del líder radical Hipólito Yrigoyen en las elecciones presidenciales de 1916 suscitó reacciones negativas por parte de varios intelectuales ubicados a la derecha en el espectro ideológico, en particular después de la Semana Trágica de enero de 1919. Algunas de estas reacciones, específicamente las que ponen sistemáticamente en entredicho la vitalidad del tiempo colectivo, integran a mi juicio el corpus del fracaso argentino.

Asociar –como lo hace Shumway- la emergencia del tópico del fracaso nacional a la producción intelectual de la generación del 37 constituye posiblemente un exceso: la generación del 37 es, en todo caso, la que da forma a la configuración de la ilusión, al menos, a la versión de ella que devendría hegemónica a partir de la caída de Rosas. Sin embargo, conviene no olvidar que algo del gesto primordial desplegado en esas obras seminales perduró a lo largo de las etapas subsecuentes; conviene no olvidar, además, que aquellos textos están surcados de matices, tensiones y grietas que hemos de integrar a la historia del tópico, acaso no tanto en condición de jalones iniciales cuanto en calidad de voces y de ecos soterrados, más tarde reelaborados y rearticulados en constelaciones simbólicas de signo distinto. En cuanto al balance negativo del viejo Sarmiento y a las dudas y ansiedades del deslinde del siglo y del Centenario, considero adecuado verlas como "anticipaciones”, más o menos intensas, más o menos decisivas. Pareciera, entonces, que la expresión "emergencia del tópico del fracaso argentino” debiera emplearse para caracterizar con cierta exclusividad una serie de elaboraciones que vieron la luz a partir de los años veinte y, muy especialmente, en respuesta a la situación abierta por la crisis económica y política de 1929-1932.

 

Las formas del tiempo

Otra cuestión de interés tiene que ver con la caracterización de las vías específicas a través de las cuales fue cobrando forma y robusteciéndose el tópico del fracaso. Más concretamente, dada la percepción del fracaso, ¿de qué maneras se lo tematizó?; ¿cómo se procuró explicarlo?; ¿cuáles fueron las imágenes y los lenguajes que se emplearon a tal fin? Vías, maneras, imágenes, lenguajes…: el plural se impone. Ilustrémoslo. Tomemos, para comenzar, el caso de ese "finisecular saturado” que fue Lucas Ayarragaray (1861-1944).16 Los juicios que sobre la historia argentina elaborara este médico psiquiatra devenido político, diplomático y escritor destacan, ante todo, por su volubilidad. Sus oscilaciones entre disposiciones pesimistas y optimistas testimonian, de manera casi transparente, distintas ubicaciones en la "rueda de la fortuna” de la política. Incondicional "juarista” hacia 1889, no parece excesivo sostener que buena parte de su prédica ulterior estuvo condicionada por esa vituperada filiación - recuérdese que la crisis económica de 1890 dio lugar a la Revolución del Parque, forzando la renuncia del presidente Juárez Celman, quien acabó representando, entonces y después, el papel de "chivo expiatorio”. En sus escritos tempranos,17 las ideas de Ayarragaray sobre la historia combinan elementos nostálgicos y recelosos de la modernidad con un embrionario impulso fatalista. Ubicado en las filas de los antiroquistas partidarios de Carlos Pellegrini, Ayarragaray dio a conocer La anarquía argentina y el caudillismo.Estudio psicológico de los orígenes argentinos,18 uno de los libros más fatalistas surgidos de la atmósfera finisecular rioplatense y, en tanto tal, "anticipación” intensa del tópico del fracaso del país, que sin embargo resulta indisociable del más prosaico propósito de demoler a Roca. El circunstancial afán de "explicar” al "moderno” caudillo conduce a Ayarragaray, gobineanamente obsesionado por el tema de la bastardía racial, a una filosofía fatalista de la historia: "Desentrañando, pues, nuestra psicología histórica de su trama fundamental, de disposiciones innatas, se evidencia la tradición de la sangre, de modo tal, que pareciera estar en la primera gota, el destino de la última”.19

Tras la muerte del presidente Manuel Quintana, la facción política de la que Ayarragaray formaba parte llegó al poder; entonces, éste pasó a desempeñar cargos de mayor relieve y a integrar, entusiasta, el coro de los optimistas. En los años diez fue Ministro Plenipotenciario en el Brasil, donde promovió el tratado ABC.20 Tiempo después, tras la victoria electoral de Hipólito Yrigoyen (1916) y, particularmente, luego de que el presidente radical lo removiera de su cargo diplomático en Roma (faltaba poco para su retiro), Ayarragaray dejó atrás su entusiasmo y se volvió un crítico severo de la situación del país, en particular de los gobiernos radicales, aunque ahora en clave más nostálgico-decadentista que fatalista (lo cual supuso recuperar cierta zona del pasado), llegando a plantear, desde un desasosegado retraimiento, sombrías preguntas acerca del futuro de la nación. Pese a considerar "prematura” la ley electoral del presidente Sáenz Peña y a sostener que fue el radicalismo el que sacó al país de su "órbita de evoluciones progresivas”, el Ayarragaray de los años veinte no fue –a diferencia de Leopoldo Lugones- partidario de una interrupción arbitraria de la vida democrática. Melancólico, escribía: "Derrumbamos las columnas del antiguo templo político nacional y entre sus ruinas todo va pereciendo”.21

El itinerario de Leopoldo Lugones (1874-1938) testimonia un modo posible de transitar de la ilusión a la desilusión.22 Poniendo entre paréntesis su extremismo juvenil, Lugones es, antes de 1916 –para ser más precisos, entre 1900 y 1920-, acendrado adalid de la ilusión argentina. Aunque el ocaso del roquismo lo afectó de manera inversa a Ayarragaray, perjudicándolo, Lugones elaboró, justamente por entonces, un racimo de obras celebratorias de la grandeza nacional, entre ellas Prometeo, Historia de Sarmiento y El payador. Aún cuando no deja de haber consideraciones críticas en algunas de esas páginas, no hay duda de que la visión de la historia que las surca es tributaria plena de la idea de progreso (precisemos: de una idea "no positivista” del progreso, muy próxima a posiciones derivadas de la teosofía, como puede apreciarse especialmente en el Ensayo de una cosmogonía en diez lecciones y en numerosos pasajes de Prometeo) y, también, de los textos fundacionales de la tradición liberalcivilizatoria argentina. Después de la Gran Guerra y de la inconsistente paz, y también como producto de su asimilación de los nuevos hallazgos de la física y de la llegada al poder de Benito Mussolini, Lugones –por un momento intelectual "en busca de actor”- abandonó, no sin oscilaciones desgarradoras, elementos medulares de su anterior ideario e ingresó a lo que se ha convenido en llamar su "fase jerárquica”. Dejó "de creer” en el progreso y en el liberalismo para argumentar que había llegado "la hora de la espada” y que el momento reclamaba un viraje sustantivo del rumbo seguido hasta entonces. Visualizando el presente como encrucijada fatal, planteó en forma estentórea la caducidad de la Constitución de 1853 y la necesidad de abandonar sus postulados. Todo ello no lo llevó a recuperar alguna otra zona del pasado nacional distinta a la de las presidencias fundacionales o a la del predominio roquista: sus afanes de entonces no eran historiográficos, sino fundamentalmente políticos. Su deriva postrera -que incluye la desazón por el naufragio del "proyecto” uriburista, las turbadoras inconsistencias de su inacabada biografía de Roca y su eventual conversión final al catolicismo-, así como también su suicidio, se convirtieron rápidamente, para muchos, en confirmaciones fácticas de su flamígera prédica y en emblemas insuperables de la tragedia del país.

La trayectoria de Benjamín Villafañe (1877-1952)23 tuvo también una (breve) primera estación que podríamos designar como crítica, pero todavía optimista, cristalizada en su libro Nuestros males y sus causas,24 derivado de su experiencia como presidente del Consejo General de Educación de la provincia de Jujuy. Aunque en esa primera obra hay indicios de cuestionamientos a la "política radical”, su ruptura abierta con el yrigoyenismo parece datar de 1921, año en que se debatió en el parlamento la cuestión del azúcar, de medular importancia para las provincias del Noroeste. Justamente en ese mismo año Villafañe, que era diputado nacional, dio a conocer Yrigoyen,el último dictador,25 obra que criticaba duramente la gestión presidencial. Durante los años del interludio alveariano, que coinciden con su gestión al frente de la provincia de Jujuy, Villafañe vivió, tal vez, su momento de mayor gloria política: en ese tiempo, su ya filoapocalíptica prédica se orientó a la defensa de los intereses de las "provincias pobres” del Interior frente al demagógico librecambismo porteño; por entonces tuvo lugar, también, su áspera polémica con el Gral. Mosconi acerca de las concesiones petroleras en Jujuy.26 La segunda parte de su crítica a Yrigoyen, titulada Degenerados.Tiempos en que la verdad y la mentira engendran apóstoles,27 aunque elaborada también en 1921, vio la luz recién en 1928, cuando se aproximaba la reelección del popular caudillo. Parecidamente al caso de Leopoldo Lugones (y, también, al de los hermanos Irazusta), Villafañe apoyó el golpe militar de 1930 para terminar, un par de años después, desilusionado con el curso "convencional” que tomaron los acontecimientos. En los años treinta, Villafañe se convirtió, desde su banca en el Senado, en sistemático denunciante de los graves escándalos de corrupción que tuvieron lugar en esa década, a la cual el periodista José Luis Torres, a la sazón informante clave del senador, bautizaría como "década infame”. De ese tiempo es el libro de Villafañe La tragedia argentina. La visión de la historia argentina que se despliega en aquellas páginas combina una serie de motivos difíciles de articular, más si se los considera en relación con sus escritos previos que, aunque críticos del yrigoyenismo y preñados de impulsos filoapocalípticos, se dejaban ubicar todavía en los cauces de la tradición liberal-civilizatoria:

Por doloroso que sea, es menester convenir en que somos un país fracasado, debido en primer término a las instituciones copiadas de otros pueblos; después a la mala orientación de la enseñanza; finalmente, debido a la entrega de las principales fuentes de riqueza a capitales internacionales, con los negociados de los puertos, vías férreas y caminos. Pero lo más grave, es que el aliento frío del materialismo (…) ha hecho de nosotros un conglomerado amorfo, sin cohesión, sin dios, ni moral, ni otro ideal que el dinero bien o mal adquirido. En el barro del aluvión extraño, apenas alienta cual rescoldo bajo cenizas la vieja alma criolla. Lo repito: hemos dejado de ser una patria! 28

Cada vez más cerca de posiciones anti-modernas, el Villafañe de 1940 parece recostarse cada vez más sobre actitudes no sólo nativistas, sino también decididamente nostálgicas de la "vieja alma criolla” e, incluso, del pasado colonial. Por lo demás, su prédica se vuelve entonces más antiimperialista y filoapocalíptica que nunca. Hacia 1944, en plena Segunda Guerra, dio a conocer un escrito en el convocaba a los jóvenes de América Latina a fundar la Logia Sandino y a incendiar Wall Street. Extraña estación final para el recorrido de un político-escritor al que genéricamente podemos considerar "de derecha”, pero cuyo pensamiento es, si se lo toma en serio, extremadamente sinuoso y difícil de etiquetar.

Fuera de algunos textos juveniles de poca importancia para el estudio del tema que nos ocupa, Ezequiel Martínez Estrada y los hermanos Rodolfo y Julio Irazusta irrumpieron, casi simultáneamente, en la escena cultural, dando a conocer dos obras cruciales en el robustecimiento y consolidación del tópico del fracaso argentino. En 1933, Martínez Estrada publicó Radiografía de la pampa;29 un año después, vio la luz La Argentina y el imperialismo británico,30 de los hermanos Rodolfo y Julio Irazusta. Aunque en un sentido general ambas obras parecen formar parte de un único proceso, se trata de elaboraciones muy distintas, que albergan matrices interpretativas de significación muy diferente y, en última instancia, incompatibles. No resulta excesivo sostener que, en la historia ideológica y cultural argentina, Radiografía… es la summa negationum por excelencia.31 Jalón inicial de una larga, exuberante e inacabada polémica con los desarrollos sarmientinos, la pregunta que la preside parece ser la siguiente: ¿por qué el país no llegó a ser lo que Sarmiento había soñado en 1845…? En un breve y seminal artículo dedicado a la figura de Sarmiento, escrito un par de años antes que Radiografía…, leemos:

Parecería, pues, que nada de cuanto hacia 1880 pareció incorporado a la nacionalidad, como conquista definitiva, hubiera pasado de ser una apariencia sostenida en tanto vivieron aquellos grandes ciudadanos hechos en la misma escuela de Sarmiento: Mitre, Avellaneda, Alberdi, Vélez Sársfield y tantos más (…) Estos grandes hombres crearon por superfetación nuestra realidad, según sus ideas, sin haberse extinguido y sí sólo sofocado, las fuerzas disolventes que agitaron nuestra historia en el período que abarca Facundo. No se había cambiado una realidad por otra; y, andando el tiempo, desaparecidas las fuerzas de orden que primaron, por capacidad de la minoría, sobre la multitud, habrían de pugnar, eruptivas, por retrotraer al caos latente aún, un mundo de fábrica. Aquellos hombres no pudieron hacerlo todo y nosotros estamos, ahora otra vez, privados de la luz que los alumbró (…) No creo, tampoco, que encontremos sus huellas, en el desconcierto que ha seguido al orden que instauraron.32

La lectura de esta cita no debe llevarnos a pensar que Martínez Estrada lee la historia argentina como simple "recaída en la barbarie”; las cosas son bastante más complejas, y no hay espacio aquí para desarrollar adecuadamente sus múltiples dimensiones. Sólo diré que a una eventual pregunta por el "por qué”, Martínez Estrada podría responder, sin traicionar para nada sus posiciones fundamentales: "por todo…”, es decir, por la historia y la geografía universales, por la Conquista, por el mestizaje, por la persistencia de lo colonial, por Rosas, por las "fuerzas mecánicas”, por la inmigración, por la ineptitud de los dirigentes, por Perón, por el antiperonismo, por la ceguera de los intelectuales… Más allá de ello, cabe destacar que, a diferencia de lo que sucedía con La anarquía… de Ayarragaray,33 Radiografía… no es una obra fatalista de corte "coyuntural”; con el paso del tiempo, Martínez Estrada no sólo ratificó sus posiciones, sino que además amplió el alcance de sus disposiciones críticas, gravitando hacia una universalización del ámbito del mal, en el cual acabó por incluir a los Estados Unidos (hasta cierto momento, los había admirado) y luego a la entera civilización moderna. Nada de esto hace de Martínez Estrada, simplemente, un pensador reaccionario: en su obra no se promueve un retorno al mundo arcaico, sino que se libra un denodado combate a favor de una "civilización genuina e integral”, cuya definición es difícil de condensar en una fórmula esquemática. Llama la atención que Martínez Estrada, intelectual antipolítico que sin embargo no deja, a lo largo de tres décadas, de escribir sobre política, no recupere alguna zona específica del pasado nacional. Si cabe identificar en sus páginas algún "ámbito de valores positivos”, éste tendría que ver, por un lado, con una "familia” de pensadores (entre los que destacan, entre otros, Nietzsche, Thoreau, Simone Weil, el primer y el último Sarmiento, el Alberdi del exilio y, sobre todo, William Henry Hudson), y, por otro, con el elogio de un ámbito de experiencias vitales ligadas al trabajo honesto, a la creación intelectual, a la vida hogareña…

Por su parte, el mencionado libro de los hermanos Irazusta es una de las obras fundadoras del revisionismo histórico argentino, en particular de su versión rosista.34 El volumen, originariamente escrito para cuestionar la actuación de la diplomacia argentina en el famoso acuerdo Roca-Runciman, 35 presenta una interpretación de la historia argentina basada, entre otras cosas pero muy fundamentalmente, en una carta de Vicente López Planes al Gral. San Martín,36 y se orienta en lo fundamental a cuestionar severamente la "política oligárquica”, seguida por el país a partir de la caída de Rosas.

A partir de la publicación de La Argentina y el imperialismo británico,37 el terreno estaba abierto para una recuperación cabal del período rosista,38 vasta empresa historiográfica, ideológica y cultural a la que se consagraría Julio Irazusta –devenido "historiador a la fuerza” tras la fallida experiencia uriburista- en los años por venir.39 Son hitos decisivos de ese afán los ensayos Ensayo sobre Rosas y la suma del poder (1935) y Alberdi, verdadero precursor de la claudicación (1939-1940)40 y, naturalmente, su ópera magna, Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia,41 cuya elaboración le llevó casi tres décadas. La mirada de Julio Irazusta sobre la historia argentina es decadentista y, en algún sentido, nostálgica. Sin embargo, no parece adecuado llevar demasiado lejos esa caracterización: más que una Edad de Oro, la época de Rosas se presenta en su obra como una "dorada ocasión perdida”, como una madeja de encrucijadas cuya desfavorable resolución llevó a que una oportunidad histórica única se escapara para siempre. La Edad de Oro no había llegado aún, sino que, en todo caso, estaba por llegar: "La caída de Rosas fue la alternativa desgraciada que el destino ofreció a la voluntad de los argentinos; la otra era la grandeza absoluta que se puede dar en el orden humano”.42

Según Irazusta, en la resolución negativa de aquella madeja de encrucijadas de mediados del siglo XIX tuvieron mucho que ver no sólo la traición de Urquiza y el juego de las potencias extranjeras (Inglaterra, Francia, el Imperio brasileño), sino además, y sobre todo, los intelectuales liberales como Alberdi y Sarmiento, miopes ante la grandeza política de Rosas. Con ligeras particularidades, ese mismo esquema, por el cual se enfatiza el modo desfavorable en que se fueron resolviendo unas encrucijadas que, adecuada política mediante, podrían haber sido antesalas de la anhelada grandeza nacional, se despliega una y otra vez en la obra irazustiana, siendo aplicado a períodos posteriores al rosista e, incluso, a épocas que, como la de Perón, se confunden ya con el presente de la enunciación.

 

Reflexión final

La última cuestión que abordaremos aquí tiene que ver con discutir la posible significación de todo este proceso. Combinando con alguna libertad unos señalamientos formulados por el citado Tulio Halperín43 con propuestas orientadas a conceptualizar la historia argentina desde la clave de la "crisis de hegemonía”, cabe sostener que, más o menos a partir del 900, y acompañando procesos más amplios de complejización social, los discursos constitutivos del campo ideológico argentino tendieron a diversificarse, asumiendo la forma de un coro polifónico cada vez más disonante, y al interior del cual lo que cabría denominar polo discursivo hegemónico, minado desde múltiples ángulos, fue perdiendo su centralidad y vigor. Esta doble imagen de una sociedad cada vez más compleja y de unos discursos cada vez más diversos y reñidos entre sí es muy importante para nuestros fines por, al menos, dos razones principales. La primera es que con ella puede pensarse en términos a mi juicio adecuados la no equivalencia y por tanto la no aditividad de los pensamientos tematizadores del fracaso y, en general, del conjunto de discursos que fueron desplazando, a los cauces "fundacionales”, sin llegar jamás a silenciarlos por completo. La segunda es que a partir de la consideración de esa imagen resulta posible asomarse a un problema capital, el de la hegemonía y su crisis, cuya consideración conduce, a su vez, a interrogarse sobre el lugar y el papel de los intelectuales en un marco definido por semejante proceso. A este respecto hay que volver a decir que no hay pleno acuerdo entre los estudiosos. No lo hay en lo que concierne a la localización temporal del origen de la crisis de hegemonía ni, tampoco, en lo que respecta a la pertinencia de dicho concepto para caracterizar el desenvolvimiento de la sociedad argentina. Sin embargo, es posible sostener al menos tres cosas con un aceptable margen de certidumbre. Una, el resultado de las elecciones de 1916, en las que triunfó Hipólito Yrigoyen –candidato de la Unión Cívica Radical-, reveló que los grupos social y económicamente predominantes tenían dificultades para conservar el poder político en la situación abierta por la reforma electoral de 1912. Dos, tras el retorno de Yrigoyen en 1928 y el golpe militar que interrumpió su mandato en septiembre de 1930, esos mismos sectores tuvieron ocasión de comprobar que las mayorías seguían apoyando al partido derrocado. Tres, los contextos de 1916 y de 1930 no fueron equivalentes; en la medida de ello, tampoco lo fueron las respuestas que los grupos predominantes dieron en cada caso; en efecto, si en 1916 pudieron aceptar o tolerar una situación que, con Alfredo Pucciarelli,44 podemos conceptuar como de "hegemonía compartida”, en 1931-1932 optaron por transitar otro camino: el del llamado "fraude patriótico”, revelador de una circunstancia que, ahora sí, era abiertamente crítica.45 Así, la fecha 1930 simboliza con eficacia un quiebre, ya no sólo económico, sino también ligado a esa dimensión crucial que concierne a la dirección política, intelectual y moral de la sociedad y a la que no es posible dejar de articular estrechamente con el problema de la legitimidad de la dominación. La emergencia, robustecimiento y consolidación del tópico del fracaso debiera, a mi modo de ver, inscribirse sobre ese más amplio telón de fondo.

Para concluir: si se acepta que no habitamos el mejor de los mundos posibles y que no necesariamente hemos resuelto satisfactoriamente una densa trama de dilemas –de varias clases, pero sobre todo éticos- concernientes a la significación y al sentido últimos de nuestro modo de participar, en tanto colectividad, en el mundo contemporáneo, pienso que puede admitirse también que examinar las elaboraciones discursivas de unos antiguos inconformes puede resultar simbólicamente productivo para repensar nuestra relación con una particular "experiencia de modernidad”, y ello de un modo oblicuo y bastante especial, en la medida que, como vimos, las trayectorias y los textos en cuestión no remiten necesariamente a las facetas más convencionales de la problemática sino que, por el contrario, nos plantean un cúmulo de desafíos que, en su condición iconoclasta y desgarrada, cabría designar como extremos: allí están, desafiantes, el desasosegado retraimiento ayarragarayano, la prédica turbulenta y la tragedia final de Lugones, el impulso tanático y la iracundia que un día devino piromanía en Villafañe, las conmovedoras fugas martínezestradianas, la monumental a la vez que sucedánea –por hecha "a la fuerza”- obra irazustiana… Se entiende entonces que esta reflexión final no desemboque en alguna clase de articulación definitiva y que no haya aquí "tomas de partido” ni "explicaciones últimas”; no persigo eso, sino otra cosa muy distinta, que debiera comenzar con el reconocimiento de las lagunas, inconsistencias y limitaciones de las valoraciones hoy preponderantes e, incluso, de las propias posiciones últimas; en otras palabras, en el rechazo, el abandono o, al menos, la puesta entre paréntesis de cualquier clase de soberbia y de autocomplacencia con nuestro propio tiempo y con nuestra propia actuación en él. Porque si hay algo recuperable en el intrincado y heterogéneo corpus de tribulaciones examinado, quizá no resida tanto en tal o cual proposición específica, sino más bien en el hecho de que los desarrollos y opciones "extremos” que albergan parecen invitarnos a revisar y cuestionar profundamente el modo en que concebimos no sólo el pasado y el tiempo histórico en general, sino también, y más fundamentalmente, la manera en que imaginamos lo deseable en tanto tal (también, si somos capaces de hallar sus propiedades efectivizadas en algún lugar del tiempo, en alguna zona de la vida social…), la forma en que consideramos los complejos vínculos entre lo deseable y lo inminente y, en fin, el modo en que conceptuamos el lugar y el papel de los intelectuales en la sociedad y, más allá, la manera en que pensamos las difíciles relaciones entre historia, política, cultura y moral.

 

 

Artigo recebido em 07/06/2007.

 

 

* Autor convidado.
1 HALPERÍN DONGHI, T. Halperín en Berkeley. Latinoamérica, historiografía y mundillos académicos (Entrevista de Diego Armus y Mauricio Tenorio Trillo). Entrepasados, Buenos Aires, año IV, n°.6, p.165, 1994.
2 Alonso introduce este concepto para caracterizar al siglo XIX hispanoamericano en términos generales, distinguiéndolo de otros contextos ex-coloniales. Por mi parte, y más allá de diferir con Alonso en algunos puntos importantes de su desarrollo argumental, creo no desvirtuar la noción circunscribiéndola al caso argentino, para el que me parece especialmente pertinente. ALONSO, C. The burden of modernity. The rhetoric of cultural discourse in Spanish America. New York: Oxford University Press, 1998.         [ Links ]
3 Con la finalidad de esclarecer este punto puede resultar de interés tomar en consideración unos señalamientos formulados por RESZLER, André. Mitos políticos modernos. México: FCE, 1984, p.77,         [ Links ] en relación a la naturaleza del mito de la decadencia. Para este autor, la noción de decadencia, así como otras emparentadas (disolución, crepúsculo, desintegración, ocaso…), no debieran verse exclusivamente como "la reflexión en contrapunto de una época desencantada con sus ilusiones perdidas”; habría que pensarlas, por el contrario, como una constante de la imaginación occidental, que se amplifica o contrae en función de una "biología de las culturas” no suficientemente conocida.
4 SCHVARZER, J. Ensayo de análisis de bibliografía: el enigma argentino en la perspectiva histórica. Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana 'Dr. Emilio Ravignani', Buenos Aires, III Serie, n°.7, p.126, 1993.         [ Links ]
5 Están también los expertos que sostienen que los efectos de la Primera Guerra Mundial sobre la economía argentina fueron más decisivos que los correspondientes a la gran crisis económica. Véase ROMERO, Luis Alberto. Breve historia contemporánea de la Argentina, 1916-1999. Buenos Aires: FCE, 2001, p.50,         [ Links ] quien en torno al punto sigue de cerca consideraciones de Arturo O'Connell.
6 SCHEINES, Graciela. Las metáforas del fracaso. Desencuentros y utopías en la cultura argentina. Buenos Aires: Sudamericana, 1993.         [ Links ]
7 SHUMWAY, Nicholas. La invención de la Argentina. Historia de una idea. Buenos Aires: Emecé, 1993, p.132.         [ Links ]
8 TERÁN, Oscar. Aníbal Ponce o el marxismo sin nación. In: En busca de la ideología argentina. Buenos Aires: Catálogos, 1986, p.162.         [ Links ]
9 SARLO, Beatriz. Una modernidad periférica. Buenos Aires 1920 y 1930. Buenos Aires: Nueva Visión, 1988, p.242.         [ Links ]
10 HALPERÍN DONGHI, Tulio. Canción de otoño en primavera: previsiones sobre la crisis de la agricultura cerealera argentina (1894-1930). Desarrollo Económico, Buenos Aires, v.21, n°.95, 1984;         [ Links ] e HALPERÍN DONGHI, Tulio. Ensayos de historiografía. Buenos Aires: El cielo por asalto, 1996         [ Links ]
11 TERÁN, Oscar. Positivismo y nación en la Argentina (ensayo y antología). Buenos Aires: Puntosur, 1987;         [ Links ] e TERÁN, Oscar. Vida intelectual en el Buenos Aires fin-de-siglo (1880-1910). Derivas de la 'cultura científica'. Buenos Aires: FCE, 2000.         [ Links ]
12 En un conocido artículo, Halperín (1984) fecha el despuntar de las anticipaciones pesimistas acerca del "final” de la expansión de la agricultura del cereal en 1894, año en que apareció la obra La concurrencia universal y la agricultura en ambas Américas, de Estanislao Zeballos. Vale la pena examinar también las consideraciones vertidas por Halperín en un antiguo ensayo sobre Ramos Mejía y su posterior rectificación (ambos en la recopilación de 1996). Por su parte, y recuperando observaciones suyas previas (1987), TERÁN, O. Vida intelectual en el Buenos Aires fin-de-siglo (1880-1910). Derivas de la 'cultura científica', Buenos Aires: FCE, 2000, p.18-20,         [ Links ] ha indicado recientemente que, aún en el clima de enérgica confianza en el porvenir que caracterizaba al país en torno a 1900, "… no son pocos los miembros de la elite letrada que desde temprano observan inquietos cómo, junto con frutos valorados, el torrente modernizador ha acarreado fenómenos indeseados o incomprensibles, tanto más preocupantes luego de la crisis financiera y los acontecimientos políticos del 90 (…) De ahí que en el seno de este sector que apuesta a la modernización y al progreso se desplieguen una serie de discursos complejos y correctivos que desearían cumplir el papel de la lanza mítica capaz de curar las heridas que ella misma produce.” En el mismo sentido pueden verse las aportaciones de SVAMPA, M. El dilema argentino: civilización o barbarie. De Sarmiento al revisionismo peronista. Buenos Aires: El Cielo por Asalto, 1994.         [ Links ] Segunda Parte y de NEEDELL, J. Optimism and melancholy: elite response to the fin de siècle bonaerense. Journal of Latin American Studies, Cambridge, v.31, part 3, October, 1999,         [ Links ] las cuales se aproximan al momento finisecular desde una perspectiva afín a la indicada. En cuanto al pensamiento de ese "reformista permanente” que fue J. V. González contamos con el estudio de ROLDÁN, Darío. Joaquín V. González, a propósito del pensamiento político liberal. Buenos Aires: CEAL, 1993.         [ Links ]
13 DEVOTO, Fernando. Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna. Una historia. Buenos Aires: Siglo XXI, 2002, p.14.         [ Links ]
14 Escribe Devoto: "Las ideas de Sarmiento no eran sólo de él. Eran compartidas por muchos otros miembros de la elite; también lo eran las posibles soluciones que aquellos diagnósticos sugerían: la política migratoria selectiva y la educación pública”.
15 Conviene recordar asimismo que no todo el siglo XIX argentino fue autocelebratorio. Ejemplos de cuestionamientos relativamente tempranos a los procesos de modernización en curso son Una excursión a los indios ranqueles, de Lucio V. Mansilla (1870) y el Martín Fierro, de José Hernández (1872 y 1879). En estas obras, y a diferencia de lo que sucedía en las elaboraciones de los arquitectos de la ilusión, las esferas de lo inexorable (que sigue siendo visto como tal) y de lo deseable ya no coinciden aproblemáticamente.
16 No hay, hasta donde sé, una biografía de Lucas Ayarragaray. Puede verse KOZEL, A. La Argentina como desilusión. Contribución a la historia de la idea del fracaso argentino (1900-1955), Tesis de doctorado en Estudios Latinoamericanos, Universidad Nacional Autónoma de México, 2006, cap.II,         [ Links ] donde he procurado condensar información obtenida en distintas fuentes.
17 AYARRAGARAY, L. Pasiones. Estudios médico-sociales. Buenos Aires: Peuser, 1893.         [ Links ]
18 AYARRAGARAY, L. La anarquía argentina y el caudillismo. Estudio psicológico de los orígenes argentinos. Buenos Aires: L. J. Rosso [1935, 1ª ed. 1904]         [ Links ].
19 AYARRAGARAY, L. La anarquía argentina y el caudillismo, p.75.         [ Links ]
20 Según IBARGUREN, C. La historia que he vivido. Buenos Aires: Sudamericana, 1999 (1ª ed. 1955), p.307,         [ Links ] el tratado ABC fue un acuerdo de sentido "panamericano” que, en el caso de la diplomacia argentina, rubricó el repentino "olvido” de su anterior "política de prescindencia absoluta” frente a los sucesos mexicanos. Enfermo el presidente Roque Sáenz Peña, el país se alineó con Brasil y Chile para apoyar a los Estados Unidos en su tentativa de "pacificar” México vía la eliminación del General Huerta. Por su actuación en el asunto, Ayarragaray recibió la condecoración "Al Mérito” otorgada por el gobierno de Chile. En la conferencia de homenaje a Ayarragaray pronunciada en la Academia Nacional de Medicina en 1961, el Dr. Luis Esteves Balado recordó que en cierta ocasión Ruy Barbosa se refirió a Ayarragaray como "el Tácito del Nuevo Mundo, por la austeridad y exactitud de su pensamiento y de su expresión.” Supongo que esa referencia tuvo lugar en relación con la presencia de Ayarragaray en Brasil.
21 AYARRAGARAY, L. Cuestiones y problemas argentinos contemporáneos. Buenos Aires: Lajouane, 1930, p.102.         [ Links ]
22 La bibliografía sobre Leopoldo Lugones es copiosa. Cabe mencionar aquí la monumental biografía de CONIL PAZ, Alberto. Leopoldo Lugones. Buenos Aires: Huemul, 1985;         [ Links ] y el más reciente estudio de LÓPEZ, Maria Pia. Lugones: entre la aventura y la cruzada. Buenos Aires: Colihue, 2004.         [ Links ]
23 Acerca de Benjamín Villafañe, véanse los trabajos de FLEITAS, M. S. El pensamiento político y económico de Benjamín Villafañe. Jujuy: UNIHR- FHyCS-UNJu, 1997;         [ Links ] y NASCIMBENE, M. El nacionalismo liberal y tradicionalista y la Argentina inmigratoria: Benjamín Villafañe (h.), 1916-1944. Buenos Aires: Biblos/ Fundación Simón Rodríguez, 1997.         [ Links ] También KOZEL, A. La Argentina como desilusión. Contribución a la historia de la idea del fracaso argentino (1900-1955). México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2006, cap.IV. (Tesis de doctorado en Estudios Latinoamericanos)         [ Links ]
24 VILLAFAÑE, B. Nuestros males y sus causas. Buenos Aires: Juan Perrotti, 1919.         [ Links ]
25 VILLAFAÑE, B. Yrigoyen, el último dictador. Buenos Aires: Moro, Tello y Cía., 1922.         [ Links ]
26 Por momentos he dudado si calificar la prédica de Villafañe como (filo)apocalíptica o simplemente como catastrofista. Considero que la primera expresión da cuenta, entre otras cosas, del notorio acercamiento del Villafañe de los años treinta y cuarenta a núcleos de significados enraizados en la tradición católica. Con la introducción del prefijo filo busco llamar la atención sobre el hecho de que aunque Villafañe pronostica de manera recurrente la intensificación de las calamidades y desgracias -tópico apocalíptico por excelencia-, no necesariamente deriva de ello el advenimiento de la redención.
27 VILLAFAÑE, B. Degenerados. Tiempos en que la mentira y el robo engendran apóstoles. Segunda Parte de "Yrigoyen el último dictador”. Buenos Aires: s/e, 1928.         [ Links ]
28 VILLAFAÑE, B. La tragedia argentina. Buenos Aires: s/e, 1943, p.414.         [ Links ]
29 MARTÍNEZ ESTRADA, E. Radiografía de la pampa. Madrid: Colección Archivos, 1991 (1ª ed. 1933).         [ Links ]
30 IRAZUSTA, J. La Argentina y el imperialismo británico, los eslabones de una cadena, 1806-1933 (en colaboración con su hermano Rodolfo). Buenos Aires: Independencia, 1982 (1ª ed. 1934).         [ Links ]
31 Sobre Ezequiel Martínez Estrada pueden verse, entre otras cosas, los trabajos de ORGAMBIDE, Pedro. Genio y figura de Ezequiel Martínez Estrada. Buenos Aires: Eudeba, 1985;         [ Links ] ORGAMBIDE, Pedro. Un puritano en el burdel. Ezequiel Martínez Estrada o el sueño de una Argentina Moral. Buenos Aires: Ameghino, 1997,         [ Links ] y los estudios que acompañan la edición de Radiografía de la pampa en la colección Archivos.
32 MARTÍNEZ ESTRADA, E. Sarmiento. Buenos Aires: Sudamericana, 1969, p.84-85 (1ª ed. 1946).         [ Links ]
33 Martínez Estrada cita directamente esa obra de Ayarragaray (AYARRAGARAY, L. La anarquía argentina y el caudillismo. Estudio psicológico de los orígenes argentinos. Buenos Aires: L. J. Rosso [1935, 1ª ed. 1904]         [ Links ]) en su obra dedicada al Martín Fierro. MARTÍNEZ ESTRADA, Ezequiel. Muerte y transfiguración de Martín Fierro. México: FCE, 1948, dos tomos, TI, p.347 e T II, p.378.         [ Links ]
34 Además de las Memorias de Julio (IRAZUSTA, J. Memorias (Historia de un historiador a la fuerza). Buenos Aires: Ediciones Culturales Argentinas, 1975),         [ Links ] pueden consultarse el fundamental estudio de ZULETA ÁLVAREZ, Enrique. El nacionalismo argentino. Buenos Aires: La Bastilla, 1975,         [ Links ] dos tomos y el más reciente de MUTSUKI, Noriko. Julio Irazusta. Treinta años de nacionalismo argentino. Buenos Aires: Biblos, 2004.         [ Links ] También HALPERÍN DONGHI, T. Ensayos de historiografía. Buenos Aires: El Cielo por Asalto, 1996;         [ Links ] y DEVOTO, Fernando. Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna. Una historia. Buenos Aires: Siglo XXI, 2002.         [ Links ]
35 Así llamado por haber sido sus suscriptores Julio A. Roca (h), vicepresidente de la Argentina, y Walter Runciman, presidente del Comité de Comercio británico. En síntesis, el pacto aseguró la cuota argentina de carnes en el mercado británico a cambio de una serie de concesiones que resultaron ofensivas para parte importante de la opinión nacional.
36 Fechada el 4 de enero de 1831, la carta en cuestión bosqueja una interpretación de las primeras décadas de la vida independiente del país con base en una dicotomía entre el partido "de la revolución” (centrado en el patriotismo) y el "de la contrarrevolución” (que perseguía la riqueza y el progreso material). Con base en esta carta, los Irazusta fechan el nacimiento de la oligarquía argentina el 7 de febrero de 1826, ocasión de la "conjuración rivadaviana”. Más tarde, Julio haría de la contraposición propuesta por López la clave de bóveda de su interpretación de la historia nacional.
37 IRAZUSTA, J. La Argentina y el imperialismo británico.         [ Links ]
38 Sobre los antecedentes del replanteamiento de "la cuestión Rosas”, véanse la sección final de IRAZUSTA, J. Memorias;         [ Links ] y el libro de QUATTROCCHI-WOISSON, Diana. Los males de la memoria. Historia y política en la Argentina. Buenos Aires: Emecé, 1998.         [ Links ]
39 Memorias (Historia de un historiador a la fuerza) es el título completo de las memorias de don Julio Irazusta.
40 Ambos ensayos fueron recogidos más tarde en el volumen titulado Ensayos Históricos (IRAZUSTA, J. Ensayos históricos. Buenos Aires: La Voz del Plata, 1952).         [ Links ] Según Irazusta el título bajo el cual apareció por primera vez el ensayo sobre Alberdi le fue puesto por la redacción de la Revista del Instituto Juan Manuel de Rosas. Al reeditarlo en 1952, Irazusta retomó el título que originariamente había pensado para el texto ("Alberdi en 1838”), adicionándole la cláusula "Un trascendental cambio de opción práctica”.
41 IRAZUSTA, J. Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia. Buenos Aires: Jorge Llopis, 1975 (1ª ed. 1941-1969),         [ Links ] ocho tomos.
42 IRAZUSTA, J. Ensayos históricos, p.65.         [ Links ]
43 HALPERÍN DONGHI, Tulio. Vida y muerte de la República verdadera (1910-1930). Buenos Aires: Ariel, Biblioteca del Pensamiento Argentino, v. IV, Estudio Preliminar y Antología, 1999.         [ Links ]
44 PUCCIARELLI, Alfredo. Conservadores, radicales e yrigoyenistas. Un modelo (hipotético) de hegemonía compartida, 1916-1930. In: ANSALDI, W.; PUCCIARELLI, Alfredo e VILLARRUEL, J. (eds.) Argentina en la paz de las dos guerras. 1914-1945. Buenos Aires: Biblos, 1993.         [ Links ]
45 Como escribe SVAMPA, M. El dilema argentino: civilización o barbarie. De Sarmiento al revisionismo peronista. Buenos Aires: El Cielo por Asalto, 1994, p.201: "El primer drama de la historia política argentina se juega probablemente aquí: la clase dominante hace la prueba, dolorosa, de que el gobierno no está al alcance de sus manos. Uno de los dramas de la política argentina, la ausencia de un verdadero partido de derecha y conservador, ha nacido. Después del golpe de Estado, pero sobre todo luego de los comicios anulados en la provincia de Buenos Aires, que habían dado la victoria a la fórmula radical (1931), la burguesía realiza a través del 'fraude patriótico' menos un acto de fuerza que una confesión de debilidad electoral”.
        [ Links ]