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Varia Historia

Print version ISSN 0104-8775

Varia hist. vol.24 no.39 Belo Horizonte Jan./June 2008

http://dx.doi.org/10.1590/S0104-87752008000100011 

ARTIGOS

 

El Barroco en la misión jesuítica de Moxos*

 

Moxos Jesuitic mission's Barroc art style

 

O Barroco na missão jesuítica de Moxos

 

 

Victor Hugo Limpias Ortiz

M. Arq. Facultad de Arquitectura y Urbanismo. Universidad Privada de Santa Cruz de la Sierra. Av. Paraguá y 4to anillo.Santa Cruz de la Sierra – Bolivia. victorlimpias@upsa.edu.bo

 

 


RESUMEN 

La estructuración de la experiencia cultural llevada a cabo por la Orden Jesuita en la región de Moxos en los siglos XVII y XVIII, en las llanuras y bosques amazónicos de la Audiencia de Charcas, actual Bolivia, es el tema de este trabajo. Se intenta demostrar que esta experiencia de ocupación del territorio se fue definiendo a partir de la combinación de dos criterios de organización del espacio: un criterio simbólico que estableció una serie de referencias arquitectónicas distribuidas en un marco urbano propio del barroco, y un criterio productivo que entendió y convirtió a las reducciones en grandes establecimientos industriales y agropecuarios. Como consecuencia de esta perspectiva dual, los jesuitas junto a los indígenas, construyeron pueblos nuevos en todo sentido: en lo social, en lo tecnológico, en lo estético y lo espacial, tanto a nivel urbano como regional.

Palabras clave: Barroco, mision, jesuitas


ABSTRACT 

The structuring of the cultural experience carried out by the Jesuit Order in the Moxos region during the 17th and 18th centuries, on the plains and Amazonian woods of the Audience of Charcas, now Bolivia, is the theme of this work. We strive to show that this experience of occupation of territory was defined from a combination of two criteria of spatial organization: a symbolic criterion, which established a series of architectonic references distributed in an urban framework typical of the ‘baroque', and a productive criterion, that extended and converted the reductions into large industrial, agricultural, and cattle-raising establishments. As a consequence of this dual perspective, the Jesuits, in dealing with the Indians, built new settlements in every sense: social, technological, aesthetic, spatial, at both the urban and regional levels.

Key words: Barroc, Jesuitic mission, jesuits


RESUMO 

O tema deste trabalho é a estruturação da experiência cultural empreendida pela Ordem Jesuíta na região de Moxos, nos séculos XVII e XVIII, nas planícies e bosques amazônicos da Audiência de Charcas, atual Bolívia. Desejamos mostrar que essa experiência de ocupação do território se definiu a partir da combinação de dois critérios de organização do espaço: um critério simbólico, que estabeleceu uma série de referências arquitetônicas distribuídas em um marco urbano próprio do barroco, e um critério produtivo, que estendeu e converteu as reduções em grandes estabelecimentos industriais e agropecuários. Como conseqüência dessa perspectiva dual, os jesuítas, junto aos indígenas, construíram povoados novos em todos os sentidos: social, tecnológico, estético, espacial, tanto a nível urbano como regional.

Palavras-chave: Barroco, missões, jesuítas


 

 

La aplicación parcial de la estética arquitectónica y la especialidad del barroco, como instrumento formal de jerarquización del espacio, no explican por sí mismas el espacio misional en Moxos. De hecho, las preocupaciones simbólico-religiosas han sido básicamente entendidas como el factor de organización fundamental en la definición espacial de las reducciones jesuitas en Sudamérica, ignorando la dimensión "productiva" de la arquitectura y el urbanismo misional, particularmente en cuanto al diseño urbano de la reducción.

En este marco, resulta particularmente interesante el esfuerzo de los misioneros en utilizar el espacio de la reducción de varias maneras, primero como instrumento de catequización permanente de los indígenas, construyéndole de manera que tal recuerde sistemática y permanentemente la presencia de la divinidad en la misión; segundo, como medio para lograr el control social por grupos y por familias, y tercero, como estructura capaz de asegurar una mayor eficiencia productiva.

Para explicar esta estrategia jesuítica, el enfoque del análisis se concentra en los aspectos materiales, particularmente en la arquitectura y el urbanismo. A pesar de que la mayor parte de las edificaciones han sido reemplazadas y el trazado urbano modificado, existen una serie de documentos textuales y gráficos, así como de algunos ornamentos sobrevivientes que permiten reconstituir las características espaciales de las reducciones mojeñas, con razonable consistencia. Se advierte que no se ahonda en algunos detalles de la cultura misional, salvo aquellos que se reconoce como importantes en la identificación de la relación entre la cultura intangible y la economía en relación a la cultura material, urbana y arquitectónica.

En definitiva, y reconociendo que el proyecto jesuítico era fundamentalmente movido por el deseo sincero de evangelizar a los nativos, se busca demostrar cómo la combinación de la impronta cultural mojeña con la estética y el espíritu barroco importado por los sacerdotes jesuitas definieron un mestizaje material que contribuyó tanto a la propagación de la fe como a la producción agropecuaria y exportaciones hacia el mercado virreinal.

 

Introducción

El conjunto de reducciones de la Misión Jesuítica de Moxos, fundada y organizada por misioneros de la Orden de Loyola entre el siglo XVII y XVIII, se constituye en una notable experiencia de modificación de la cultura y el hábitat de la región mojeña, hasta entonces ocupada por naciones de las llanuras y los bosques tropicales del corazón de Sudamérica. Algunas de esas naciones estaban originalmente constituidas por nómades que vivían de la caza y la pesca, pero otros, como los Baures, ya habían logrado organizarse en sociedades relativamente complejas, capaces de construir decenas de kilómetros de terraplenes, canales, centenares de terraplenes residenciales y miles de hectáreas de camellones destinados a la agricultura.

Siendo la región de Moxos una pampa aluvional con bosques periféricos a ríos amazónicos, entre los que se destaca el Mamoré, convivían allí varios pueblos nativos o naciones, cada uno conformado por varios pequeños grupos dominados por un cacique y diseminados en un determinado territorio, y con una lengua común. Las naciones más importantes eran los Moxos y los Baures, ambos de lenguajes de origen arawak. Otras cuatro naciones importantes eran la Cayubaba, Canichana, Movima e Itonamas. Una vez que los diferentes pueblos que conformaban la nación de Moxos tuvieron los primeros contactos con los españoles, prevaleció el nombre de estos para nominar a toda la región.1

El éxito misional en Moxos tuvo como antecedente favorecedor a la pre-existencia de modos de organización social lo suficientemente avanzados como para facilitar las posteriores tareas de organización social jesuítica. Debido a que la región es una sabana inundadiza, los primeros habitantes del territorio se vieron obligados a construir una compleja red de islas artificiales para fines residenciales, conectadas mediante canales y terraplenes de varios kilómetros de extensión, acompañadas por camellones de cultivo, lagunas artificiales y diques para el control de las inundaciones y asegurar la productividad agrícola. Las obras hidráulicas de Moxos y Baures, mencionadas por varios cronistas virreinales, fueron estudiadas por Erland Nordenskiöld, e investigadas desde los años '60 por Keneth Lee y William M. Denevan, y más recientemente, por Heiko Prümers, Clark Erickson, Umberto Lombardo, Efraín Barbery, y otros.2

El ordenamiento "urbano" presentaba algunos elementos comunes en diferentes regiones. Un espacio abierto, en posición central en relación al conjunto de casas, flanqueado por el bebedero y la casa del cacique, constituía el núcleo espacial del conjunto. Era de hecho, una "plaza" ceremonial. Aun que no existían calles en el sentido occidental, cronistas como Schmidel mencionan que los Jarayes contaban con un camino de acceso de ocho pasos de ancho, bordeado de flores y pulcramente limpio, que llegaba hasta la casa del cacique.3 Esto no es otra cosa que lo que hoy se entiende como una avenida, lo que demuestra que estos pueblos poseían y aplicaban criterios de jerarquización urbana. Así, a pesar de su precariedad, las construcciones y el urbanismo prehispánico en Moxos presenta cualidades dignas de destacar y son un antecedente importante en cuanto definen patrones posteriores de construcción y asentamiento, que influirán en el modo en que se desarrollará estas mismas actividades durante la colonia.

A pesar de que los archivos peruanos contienen buena parte de la documentación secuestrada a los jesuitas al momento de la expulsión, así como informes de superiores y hasta cartas personales de los misioneros, el Archivo Nacional de Bolivia en Sucre es el principal depositario de documentos mojeños. Para este trabajo han sido particularmente significativas los testimonios textuales que dejaron los padres Eguiluz, Altamirano, Éder y otros, tanto en el siglo XVII como en el siglo XVIII. También son ilustrativos los informes de los gobernadores y viajeros del siglo XIX, quienes pudieron reconocer las características de Moxos antes de que sufran alteraciones significativas. Entre los documentos gráficos se destacan los grabados de D'Orbigny (1832), uno de los cuales nos muestra con notable precisión la estructura urbana y elementos constituyentes de la Misión de Concepción de Baures. También son importantes las acuarelas de Melchor María Mercado (1859), y los grabados de Gibbon (Trinidad, 1852) y Keller (Exaltación, 1874). La fotografía del templo de Trinidad en el Álbum del Centenario (1925) y los dibujos de Jorge Coimbra (1945) también ofrecen la oportunidad de apreciar las cualidades de la arquitectura misional mojeña. Las más recientes fotografías de Rogers Becerra y Antonio Carvalho, de ornamentos y restos de columnas, son también ilustrativas.

Es lícito reconocer como referencias importantes para el análisis, el diseño urbano persistente en la mayor parte de los pueblos mojeños actuales, y los pocos templos construidos posteriormente a la expulsión de los jesuitas en 1767. Estos generalmente imitaban a los preexistentes, en un proceso similar al reconocido en Chiquitos (caso de Santa Ana) y deben reconocerse como parte de la misma categoría de análisis. Al respecto, es bueno señalar que aunque buena parte de los templos dibujados por Mercado eran post-jesuíticos, debido al traslado de algunos pueblos y la fundación de nuevos, el espíritu barroco se mantuvo vigente en Moxos hasta bien entrado el siglo XIX, tal como lo señalan varios investigadores.4 Por su estrecha relación histórica, y por su contemporaneidad, también son referentes importantes los contemporáneos templos madereros de Chiquitos, seis de los cuales se salvaron de la destrucción definitiva al ser restaurados y reconstruidos por el desaparecido Hans Roth desde 1972 hasta 1999, en una labor que tuvo mucho del sabor misional original.5

Finalmente, como resabio de un pasado de esplendor, están los púlpitos, ornamentos y restos de columnas y vigas que todavía existen en Moxos y en algunos museos del país y el exterior. Estos remanentes materiales demuestran sin lugar a ninguna duda que en la región existieron artistas y artesanos de excepcional calidad, tanto europeos como indígenas, y que el barroco se manifestó con toda su exhuberancia en el espacio misional moxeño, aprovechando la madera de la región.6

 

Historia

Para referirse a las Misiones de Moxos es necesario puntualizar su independencia de las de Chiquitos, con las que regularmente han sido mencionadas en la bibliografía misional. De hecho, dentro del marco de la experiencia jesuítica en América, Moxos y Chiquitos presentan algunos elementos comunes, pero también importantes diferencias. Entre sus diferencias más notables está el hecho que, mientras las misiones de Moxos surgen bajo el impulso del Provincial de la Orden en Lima, las de Chiquitos lo hacen bajo el impulso del Provincial del Paraguay pero más específicamente del Colegio de Tarija.7

Aunque dependían administrativamente de dos provincias jesuitas ubicadas en ambos extremos del continente, ambas misiones se relacionaban con el mundo a través de Santa Cruz de la Sierra, de cuya gobernación hacían parte. En este sentido, Santa Cruz se convirtió en el único y obligado punto de contacto entre dos de las mayores provincias jesuíticas de Sudamérica. Es lícito suponer que en varias ocasiones, los misioneros que pasaban de viaje hacia o desde las misiones debieron coincidir en el colegio que la Orden tenía en la ciudad.8 Ello permite inferir un grado de interrelación e intercambio de experiencias entre ambas, más allá de las pocas situaciones mencionadas en las comunicaciones oficiales. Al respecto, vale la pena mencionar que desde la fundación de las primeras reducciones, realizadas en Moxos por los padres Castillo, Marban y Barace y en Chiquitos por los padres Arce y Rivas, hasta la expulsión de la Orden en 1767, la relación con Santa Cruz de la Sierra fue compleja y contradictoria: mientras los cruceños representaban una amenaza constante para la libertad de los indígenas, eran éstos quienes defendían a las mismas de los avances de los bandeirantes paulistas y "mineiros".9

Las varias misiones jesuíticas americanas se regían bajo los mismos decretos reales y se administraban bajo los mismos criterios y modelos administrativos de la Orden. Sin embargo, la autonomía de cada región, junto a las diferencias geográficas y culturales, permitió el surgimiento de diferencias, dentro de un marco común estructural. Por ejemplo, aunque las misiones de Moxos y Chiquitos, junto a las del Paraguay, presentan experiencias urbanísticas y arquitectónicas con varios elementos comunes, existen diferencias entre ellas. Urbanísticamente, todas ellas descartan la cuadrícula como alternativa de diseño urbano y más bien aplican un modelo alternativo, de características propias, pero con matices distintos en cada región. Arquitectónicamente ocurre lo mismo, adoptando al principio en todas ellas la misma tipología maderera, pero ganando detalles diferenciadores en el proceso.

 

Fundación de Moxos

Fueron variados los intentos españoles de ocupar la región durante los siglos XVI y XVII. Desde la primera expedición que partió desde Lima al mando del capitán Pedro de Candia en 1538, hasta la penúltima de Alonso de Cerezeda, Andrés Pardo y Miguel de Oña, enviados en 1671 por el gobernador de Santa Cruz, los informes fueron cambiando desde un absoluta desesperanza hasta el reconocimiento de que era crítico y también posible lograr la incorporación de la región a la corona. Las trágicas muertes de dos misioneros a manos de los indígenas, el franciscano Gregorio de Bolívar y del agustino Felipe de Paz, no fueron suficientes para que un jesuita de Santa Cruz de la Sierra, el Hermano José del Castillo, decida buscar en Lima el apoyo necesario para emprender el que sería el último y exitoso intento de convertir a los mojeños.10

A Castillo lo motivó particularmente el éxito relativo del Hermano Coadjutor Juan de Soto, quien convivió más de dos años en armonía con los mojeños, junto a los misioneros José Bermudo y Julián de Aller.11 Luego de convencer al Provincial de Lima, Castillo regresó a Santa Cruz acompañado de los misioneros Pedro Marbán y Cipriano Barace, el primero de los cuales fue designado como Superior de la futura Misión. Tanto Barace como otros jesuitas consideran a Castillo como "autor y gran promovedor de esta insigne obra (...).12 A principios de 1675, los tres misioneros partieron hacia el Mamoré, y para el 28 de junio, el P. Marbán tomaba posesión de ese territorio. Gracias a varios informes positivos que enviaron a Santa Cruz y a Lima, en 1682 lograron la incorporación de nuevos misioneros: Antonio de Orellana y José de Vega, dando impulso definitivo al emprendimiento. La fundación de Nuestra Señora de Loreto en abril de ese mismo año señala el inicio formal de la Misión de Moxos.13

Entre 1682 y 1744, la Orden de la Compañía de Jesús fundó en Moxos un total de 25 pueblos, entre los que se destacan los todavía existentes: Loreto, el primero, luego Trinidad (1687), San Ignacio (1689), San Javier (1691), San Borja (1693), San Pedro (1697), que sería durante muchos años la sede principal, Concepción (1708), Exaltación (1709), San Joaquín (1709), Reyes (1710), Santa Ana (1719), Magdalena (1720) y Desposorios de Buenavista (1723), en Santa Cruz. En el momento de la expulsión sólo quedaban 16, pues ya algunos habían desaparecido (San José, San Luis, San Pablo, San Patrocinio, San Juan Bautista y dos Santa Rosa y dos San Miguel), otros desaparecerían posteriormente (Santos Simón y Judas, San Nicolás, San Martín) mientras que algunos se trasladaron a nuevos sitios (Loreto, San Ignacio, San Joaquín, San Pedro entre ellos), abandonando el sitio original. Después de la expulsión en 1767, se fundaría otras reducciones siguiendo el modelo misional jesuítico (caso de San Ramón), en pleno periodo secular español.14

 

Sociedad

Los jesuitas lograron combinar exitosamente la organización social nativa, respetando su estructura y liderazgos originales, con la tecnología europea, aprovechando la inyección de capital que le proveía la Audiencia de Charcas y la Provincia Jesuítica limeña. El éxito del emprendimiento se fundamentó en la fundación progresiva de pueblos reducidos, conforme la labor de evangelización se iba consolidando. La creación de centros poblados seguros, en donde el indígena se sentía protegido de las temidas malocas de los bandeirantes, y en los cuales podía vivir y crecer en armonía con sus semejantes, pudiendo inclusive moverse entre una población y otra sin mayores contratiempos, contribuyó a lograr un éxito básico, tanto social, como económico, y también, espiritual. El Orden Jesuítico, con todas sus bondades, generó en el nativo una confianza extraordinaria, que se tradujo en su total inmersión en el desarrollo de una cultura mestiza que se ancló en la música, la religión, la arquitectura y la producción agropecuaria.

El aparato productivo de las misiones se sustentaba en una organización interna claramente estructurada. Cada reducción, que podía tener hasta cerca de 3.000 habitantes, era dirigida por dos jesuitas aunque a veces solamente uno estaba a cargo. Los sacerdotes eran apoyados por una serie de líderes indígenas comandados por el cacique mayor de la parcialidad original. Un alférez y dos tenientes apoyaban a éste, además de los dos alcaldes de familia y los dos de pueblo. Estos ocho formaban el Cabildo, y eran nombrados cada 1 de enero.

El pueblo se dividía en parcialidades y cada una de éstas era dirigida por un capitán y su segundo. Esto era particularmente importante en reducciones en donde convivían dos o más pueblos diferentes. Había también alcaldes para cada uno de los gremios de tejedores, herreros, carpinteros y constructores, y también para cada estancia productiva, muchas de ellas en las proximidades del pueblo y a orillas de los puertos principales. Las mujeres y los jóvenes menores de 17 años también eran liderados por un alcalde especial.15

Toda esa estructura conformaba un sistema de jerarquías suficientes para asegurar una ordenada y sistemática vida cotidiana, a la vez que permitía una actividad productiva sin contratiempos. El urbanismo que definía los espacios colectivos de las misiones, además de establecer las jerarquías simbólico-religiosas necesarias para mantener al indígena consciente de la presencia divina, también contribuía al orden interno y a la producción de bienes y productos. La combinación del orden jerarquizado propio del barroco europeo encajó perfectamente con la intencionalidad productiva de los jesuitas, conscientes de que la labor evangelizadora que realizaban necesitaba de una estructura económica capaz de sostenerla a largo plazo.

Los jesuitas establecieron en cada pueblo talleres de carpintería, telares y sastrería, curtiduría y zapatería, trapiches, fundición y herrería. Al mismo tiempo, ya sea en las proximidades de la reducción o en los puertos fluviales de embarque, poseían diferentes plantaciones: cañaverales, cacaotales, algodonales, arrozales, maizales y cafetales, y contaban con ranchos en donde criaban ganado vacuno y caballar. Cada pueblo tenía su propio aserradero y matadero. Igualmente, contaban con su propia flotilla de carga fluvial. René Moreno indica que "(...) puede calcularse en 60 barcos o canoas la dotación media de cada pueblo para el debido trajín de las chacras, conducción de productos de receptoría y transportes personales de unos a otros pueblos (...)".16

Aunque las reducciones de Moxos nunca pudieron autosostenerse completamente, los jesuitas, junto a los indígenas, fueron capaces de organizar un aparato productivo articulado con el resto de la Audiencia y el Virreinato, que permitió el sostenimiento de los 35.000 habitantes que en algún momento poblaron las diferentes reducciones mojeñas. La estructuración del entorno urbano necesario para llevar adelante la experiencia cultural jesuita estuvo definido tanto por una estética barroca en su composición espacial urbanística, como por un criterio productivo de organización del espacio, que convirtió a la Misión en un gran establecimiento industrial y agropecuario.

Moxos, además de requerir permanentemente el apoyo de la Provincia Peruana y contribuciones reales, demandó el establecimiento de una red de estancias y fincas, cuya producción y rentas suplía el déficit. Algo particular en el caso de Moxos es que las estancias que apoyaban económicamente su sostenimiento no se encontraban dentro de su área de influencia, sino a centenares de kilómetros, en los valles de Cochabamba y Chuquisaca, e inclusive en el Bajo Perú, e incluso pertenecían, jurisdiccionalmente, a otras misiones.

Una de las diferencias marcadas entre Moxos y Chiquitos tiene que ver con los resultados de su economía. Mientras Chiquitos logró autosostenerse en buena medida, las misiones de Moxos aparentemente sólo lograron una relativa subsistencia alimentaria. Block es contundente cuando indica que:17

(...) a pesar de sus esfuerzos impresionantes, nunca pudieron cubrir los gastos con su propio trabajo. Los utensilios de metal (...). y los bienes suntuarios dedicados a fines religiosos exigían grandes erogaciones de dinero (...). Sólo con la combinación de los aportes de la Corona y las inversiones en la economía civil lograron los jesuitas hacer florecer las reducciones de Mojos (...). La empresa de Mojos demostró ser cara desde sus comienzos (...).

Para sostener a Moxos, la Provincia Peruana de la Orden Jesuíta tuvo que valerse de al menos cuatro fuentes de ingresos diferentes: el aporte de la propia administración central de la Provincia, las contribuciones reales que abarcaban donativos específicos y estipendios anuales por cada sacerdote, las donaciones que incluían limosnas y legados de bienhechores del Alto y el Bajo Perú, y la renta anual de capitales invertidos. Estos últimos provenían tanto de las rentas generadas por una serie de estancias y fincas situadas en los valles de Charcas, y en la costa peruana, como de las exportaciones de los productos generados en las mismas reducciones mojeñas, las que también contaban con sus propias fincas.18 Asimismo, su sostenimiento no hubiera sido posible sin la habilidad financiera de la Orden, la que permitió, con una flexibilidad pragmática notable, transferencias monetarias y de bienes, así como préstamos a terratenientes utilizando los fondos que la Corona les entregaba. Parte fundamental de las estrategias financieras empleadas por los jesuitas la constituía la adquisición y administración de establecimientos agrícolas y ganaderos, los que se mantenían bajo su propiedad en tanto produjeran rentabilidad, y se vendían apenas mostraban su inviabilidad.19

La documentación existente indica que las Misiones de Moxos eran sostenidas en buena medida por la rentas generadas por la producción de una red de estancias ubicadas en los valles orientales de Chuquisaca, al norte de Santa Cruz de la Sierra, en la zona del valle de Pojo en Cochabamba y otras situadas en la costa peruana. Algunos de estos establecimientos fueron donados a la Orden, o fueron adquiridos por la administración provincial.20 En algunos casos, es posible que hayan quedado bajo custodia jesuita si el propietario no pudo cubrir la deuda contraída, pero tal situación, difícilmente podía quedar documentada, y es de esperar que tan situación se haya presentado legalmente como una donación.

Un benefactor especialmente importante fue el General Juan de Murga, cuyo legado en estancias peruanas rindió 500 pesos anuales entre 1698 y 1725, cuando fallece. A partir de entonces, la mitad de sus estancias fueron donadas a la Orden. En 1704, el viñedo de Callejas la Baja fue donado por Gabriel Encinas. La administración provincial adquirió dos estancias en el valle de Pojo, destinadas a producir vino la primera, cereales y ganado la segunda, para las reducciones. Estas eran Challwani y La Habana. Los datos sobre la producción de éstas no son claros, pues mientras se indicó que producían pérdidas a mediados del Siglo XVIII, se estimó que rentaban 30.000 pesos anuales al momento de la expulsión, en 1767. En algún momento Challwani pasó a propiedad del gobernador de Moxos, León Fernández de Velasco, quien las declaró con un valor de 54.000 pesos y contaba con 80 esclavos negros.21

En la zona oriental de Chuquisaca, y en las proximidades de Mizque, los jesuitas administraban varias fincas menores: Palca, San Nicolás de Umiriqui, Jesús y María, Pampas del Tigre y Cuesta Negra. Según Barnadas, las tres últimas eran administradas por el jesuita Karl Hirschko, y aunque "nunca rindieron grandes sumas de dinero a las misiones, (...) incrementaron sus contribuciones proveyendo de vino y cereales (...)".22 Ellas fueron donadas por los herederos de Melchor de Rodas al Colegio de La Plata. En 1662, el Colegio la vendió a Jerónimo de Soria, pero la viuda, María de Cuéllar, la cedió otra vez al año siguiente.23

Las estancias de la costa norte peruana fueron más productivas. Ellas pertenecían al Colegio Máximo de San Pablo de Lima y producían 2.439 pesos anuales al momento de la expulsión. Las haciendas azucareras de San Jacinto y San Antonio de Mutakachi, constituyen un buen ejemplo de inversión rentable de la Compañía, ya que fueron adquiridas a bajo precio en 1709, ante el endeudamiento de sus propietarios originales. Block puntualiza la especial relación entre el Colegio de Lima y las reducciones de Moxos, al aportar el Colegio con capitales y personal administrativo. San Jacinto poseía 81 hectáreas de cultivo, dos molinos, un complejo de refinación y 101 esclavos, mientras que San Antonio de Mutakachi poseía 13 hectáreas, dos molinos y solamente 24 esclavos. Desde 1710, las inversiones se concentraron en ésta última, que empezó a producir vino en 1713 y para 1720 ya contaba con sus "propios talleres de alfarería para la fabricación de botijas y botellas".24 En 1725 se adquirió la estancia Huaura (Wawra), y en 1739 se adquirió el "gran viñedo" de Umay, en el valle Pisco, a un costo de 80.000 pesos, de los cuales se pagaron al contado 5.403 pesos. Las reducciones de Moxos habrían de pagar el resto al Colegio de San Pablo, de su producción, en una demostración más de su impresionante flexibilidad financiera, que generó para Moxos, solamente en 1748, la impresionante suma de 11.188 pesos de 8 reales de beneficios e intereses.25 El cómo justificar semejante escala de apoyo económico a una región marginal de la Provincia se puede entender desde la perspectiva estratégica, tanto de la Corona española como de la misma Orden Jesuita, de proteger las fronteras de su territorio, asegurando su control en términos de conversión y de producción, tal como lo señala certeramente David Block.26

Los establecimientos agrícolas y ganaderos de la Orden durante la colonia eran generalmente administrados por un sacerdote que actuaba como administrador. Si la hacienda se ubicaban en las proximidades de las reducciones, éste era apoyado por un indígena con el cargo de Alcalde de Hacienda, y los trabajadores eran igualmente indígenas. Por otro lado, los establecimientos ubicados fuera del área de las reducciones, como las mencionadas previamente, podían contar con hasta dos sacerdotes y la mano de obra estaba constituida por esclavos negros. Vale la pena destacar que, al momento de su expulsión, la Orden Jesuita era la mayor propietaria de esclavos negros de todas las colonias españolas, con más de 7.000 de ellos bajo su control.27

Las reducciones mojeñas exportaban buena parte de su producción, aprovechando por un lado la red de colegios jesuíticos, que le permitía colocar sus productos en Charcas, Potosí, La Paz y el Cusco; y por otro lado, estableciendo su propia red de distribución de productos en Santa Cruz de la Sierra y Cochabamba. Los productos de exportación más comunes de las reducciones de Moxos eran el azúcar y alcohol de caña, el algodón y telas, cacao, sebo, miel y arroz. Entre las manufacturas que se exportaban se encuentran muebles, instrumentos musicales, tejidos litúrgicos y productos de cuero. A cambio, importaban toda clase de adornos litúrgicos y diferentes herramientas de hierro, papel, vestimenta para los religiosos, espejos, vidrio, vino y tabaco.28

 

Urbanismo

La estructura urbana de una misión de Moxos estaba originalmente conformada por el conjunto arquitectónico principal, la plaza y los cuarteles o residencia de los indígenas. En primera instancia, se aprecia que su ordenamiento responde a un criterio de ocupación centrado en el templo, en la Casa de Dios, como elemento articulador de todo el conjunto y corazón espiritual de la comunidad.29 La plaza abierta es físicamente el centro de la misión, con la cruz marcando dramáticamente el predominio de la iglesia sobre el terreno, y su generosa amplitud contribuye a destacar la presencia del templo, el que actúa como verdadero núcleo material y espiritual de la comunidad. La definición del espacio de la plaza, definida lateralmente por los cuarteles y posiblemente por las escuelas, contribuye a realzar la presencia del conjunto religioso de uno de sus lados. La escenográfica centralidad del templo y la valoración que hace de él la plaza, junto a las posas y la cruz, intenta remarcar simbólicamente la presencia de Dios en la Misión.

Por ello, no es de extrañar el impacto que causaba en el visitante semejante articulación de espacios y volúmenes, hábilmente ordenados para recordar en todo momento el por qué y el para qué de toda manifestación de vida. Es elocuente el viajero francés cuando dice "(...) La extensión, la distribución de las casas y sobre todo la plaza... me dieron ocasión para admirar una vez más los trabajos extraordinarios de los jesuitas en esas regiones (...)" y posteriormente indica que "(...) La Plaza, bastante grande, está dotada de capillas en sus cuatro esquinas y ocupa su centro una cruz adornada con hermosas palmeras cucich. Está rodeada por numerosas casas de indios, bien alineadas y ubicadas de manera que favorezcan la libre circulación del aire. Todo respira grandeza y orden en esta misión (...)".30

Contribuyó a la aceptación indígena de la propuesta misional el hecho que la plaza no era una exclusividad española. Al respecto, los cronistas comentan que los poblados indígenas contaban con un gran espacio en el centro de sus comunidades, cerca de la cual estaba el bebedero o casa de los hombres. De hecho, tanto el espacio de la plaza como tampoco las calles rectas o avenidas, no les eran ajenos a los indígenas pues varios poblados contaban con ellos antes de su contacto con los europeos.31

La inserción del espíritu barroco en la experiencia misional en la amazonía boliviana era inevitable, a pesar del carácter marginal de las reducciones en la selva y las pampas al norte y este de Santa Cruz de la Sierra, por dos razones fundamentales. Primero, debido a que los sacerdotes jesuitas, principales protagonistas del proceso, se habían educado en las ciudades y monasterios de la Contrarreforma, proceso en el cual la Orden de Loyola era protagonista de primer orden; por lo tanto, no es de extrañar que sus esfuerzos de catequización estuvieran marcados por los ideales estéticos, teológicos y sociales que marcan a la sociedad barroca en la península y el resto de Europa. En segundo lugar, debido a que el interés jesuita en desarrollar un proyecto social sostenible a largo plazo, en un marco humano ingenuo al que se veía necesario controlar en todas las facetas de su vida para lograr su salvación, no podía encontrar mejor modelo espacial a implementar que el barroco.

De esa manera, la experiencia misional implicó la "construcción" de una sociedad barroca en pleno corazón del continente, demarcando moral y materialmente las jerarquías y límites necesarios para lograr el éxito de una empresa catequizadora sostenible. Para el misionero jesuita, este proceso de reproducción de su propia sociedad ("mejorada", en el sentido del acatamiento del orden) implicó la adopción-a veces forzada-de una serie de adaptaciones, en donde se reconoce algunos aportes indígenas y geográficos. Sin embargo, ese esfuerzo catequizador y productivo implicaba como resultado que las naciones indígenas reducidas reemplacen para siempre sus dioses y creencias, sus costumbres de alimentación y vestimenta, su moral y su ética, su vivienda, su música, su organización social, sus mecanismos de supervivencia, sus sueños y hasta sus miedos. El sacerdote jesuita piensa y actúa en base a una ética que justifica la imposición a todo el espacio de una estética que controle la totalidad del espacio, y genera entonces una espacialidad que favorece los controles sociales necesarios para asegurar una actividad productiva y preservar la nueva fe.

La presencia de la modernidad que implica el barroco impuesto en las pampas y selvas amazónicas tiene que ver también con el sentido productivo de la reducción, concebida como una fábrica de almas, salvadora de hombres, y en eso, no difiere del espíritu europeo que impulsa la Contrarreforma. El pragmatismo jesuita es capaz entonces, de construir un espacio doblemente productivo, espiritual y económicamente, otorgando una dimensión integradora de la vida, desconocida hasta entonces en la América española.

El misionero no tuvo otra alternativa que trasladar su experiencia cultural a la misión, adaptándose menos que imponiéndose. De esta manera, cuando emprende la tarea de construir los templos, los misioneros lo hacen a partir "de su propia imaginación".32 Para ello, "(...) necesario les fue hacerse Arquitectos para fabricar templos, (...) y enseñar a los indios el oficio de carpinteros, el uso de las herramientas y proporción del edificio en todas sus partes."33 No pudiendo ejecutar la tarea solo, el misionero está obligado a entrenar al indígena en todo lo concerniente al proceso de construcción. Precisamente por lo elemental de su formación arquitectónica, la repetición era la opción más fácil y en este marco, no se podía esperar soluciones arquitectónicas demasiado diferentes a las que él mismo había experimentado en Europa y su paso por el Perú y Charcas.

Como en todo proceso complejo y en donde participa gran cantidad de actores, en Moxos resultó inevitable la introducción de elementos no europeos, aportados por el indígena a través del tiempo, y también aportados por el propio misionero, una vez que resultó influenciado por el entorno en el cual se desenvolvía. El "mestizaje" que sufre el barroco europeo al reproducirse en la misión afectó tanto la selección de alternativas, como los procesos y los resultados. Los indígenas contribuyeron decisivamente no solamente en la construcción de los templos, sino también en el tallado de las esculturas y relieves, en la fabricación de los muebles, las telas, seguramente más allá del simple aporte manual. En este sentido, al referirse al púlpito de San Ignacio, Altamirano indica que es "(...) muy airoso y entallado; y se conoce lo hábil de la gente, pues todo es obrado por manos mismas de los indios (...)" y esto lo dice a principios del siglo XVIII, cuando todavía las misiones habrían de funcionar por más de medio siglo.34 Tampoco hay que olvidar que los indígenas administraban, hasta la llegada de los españoles y los misioneros, una compleja y variada mitología, que hasta entonces había encontrado en la cerámica una expresividad morfológica original. Esta habilidad ya desarrollada colectivamente, sin duda debió canalizarse después de la catequización, en la ornamentación de los templos.

Como se indicó previamente, la misión se estructuraba urbanísticamente en base al conjunto arquitectónico principal (a describirse posteriormente), la plaza y los cuarteles. En este sentido, la experiencia urbanística de Moxos es muy similar a Chiquitos y Paraguay, pero existen diferencias evidentes, como se verá a continuación.

 

Plaza con cruces y posas

La plaza era el corazón de la misión, dominada por la presencia imponente de la iglesia, el colegio, el campanario y las escuelas de letras y de música. Éder remarca que "en el centro de la reducción estaba la plaza, perfectamente cuadrada, midiendo cada lado ciento sesenta pasos".35 En ella se desarrollaban todas las actividades más significativas: procesiones, semana santa, rogativas, velorios, bienvenidas y festejos de índole religiosa. Actúa, de hecho, como un gran atrio. Dando más detalles, continúa Éder indicando que "En cada esquina de la plaza hay una cruz muy grande con capillas para la celebración de las procesiones (...). En el centro de la plaza había también una cruz, mayor que las demás, protegida por una reja y rodeada de árboles debidamente distribuidos (...).36 La cruz central, como en el caso de San Ignacio de Moxos, podía estar "llena de incrustaciones del brillante nácar de las conchillas de agua dulce" como indica D'Orbigny, levantada sobre un podio y rodeada de una varanda de madera como nos la dibuja Mercado en San Joaquín, San José y la misma Concepción, y cerca de ella, cuatro palmeras plantadas en cruz.

Las posas son una tipología arquitectónica propiamente americana, tal como ya lo han abundantemente explicado Mesa, Gisbert, Gutiérrez y otros investigadores.37 Ellas contribuían a enriquecer el ceremonial a escala urbana, preservando el estrecho y milenario vínculo entre el nativo y la naturaleza, en donde hasta la llegada de los conquistadores moraban sus dioses. Al parecer las posas existieron en todas las misiones de Moxos-no así en en Chiquitos- una vez que no solamente Éder da testimonio de ellas, sino también Verdugo en 1760.38 El conjunto "ideal" de cuatro posas de Concepción, una en cada esquina de la plaza, es dibujado por D'Orbigny con relativa precisión y las ubica en la planta general de la misión. (Figura 1) Se trataba de simples construcciones a dos aguas con el mojinete enfrentado a la plaza, estableciendo una especie de ochave a la misma. Se las reconoce como elementos puntuadores del espacio y por ello, su rol en la conformación del espacio barroco misional es digno de destacar. La presencia de las posas en Moxos, y posiblemente en Chiquitos, se entiende como una extensión de la tradición andina de iglesias con atrio y posas, y deben verse, por lo tanto, como consecuencia de la permanente relación de los misioneros con Charcas y Lima.

 

 

 

 

Viviendas

Las viviendas en la reducción eran cuarteles, en donde varias familias vivían separadas por muros divisorios transversales dentro de un solo módulo a dos aguas, paralelo a uno de los costados de la plaza. Contaban con corredores exteriores en ambos lados y eran de una sola planta, todas levantadas un palmo del nivel del terreno. Se construían de la misma manera que los templos, aunque su cubierta no necesariamente era de teja, siendo en la mayor parte de los casos, de hojas trenzadas de palmeras o jatata. Éder informa que las casas eran de tabique y a veces de adobe e indica también que "cada casa mide diez varas de altura, veinticuatro de largo y trece de ancho, de manera que el espacio destinado a la vivienda era de ocho varas, siendo el corredor que rodea la casa de dos varas y media de anchura (...)".39

Un aspecto importante de destacar, por el impacto escenográfico que debía causar, es el uso del color en los muros. Éder indica que las casas "se blanqueaban por dentro y por fuera; no con cal, sino con una tierra blanquísima igual o mejor que aquella. La base de las paredes, los dinteles de las puertas y ventanas se pintaban con tierras de diferentes colores jaspeados, con bastante gusto (...)".40 El número de cuarteles variaba de una misión a otra, pudiendo aproximarse al centenar.41

 

Estructura urbana productiva

El plano levantado por D'Orbigny en Concepción de Mojos es ilustrativo al respecto del sentido productivo de la misión mojeña. De hecho, en ese gráfico se evidencia el criterio productivo que complementaba al sentido barroco del espacio. Dejando de lado la orientación tradicional este-oeste del templo, los misioneros adoptaron en Concepción un criterio más eficiente, desde la perspectiva productiva. Construyeron los espacios religiosos paralelos a la zona pantanosa del sudoeste y levantaron los cuarteles residenciales en forma asimétrica, haciéndolos coincidir con las plantaciones de algodón, cacao, café, caña de azúcar, maíz y arroz.

En el plano se observa también una red de caminos de acceso a las plantaciones, así como las divisiones claras de las diferentes parcelas productivas. Se cuenta más de una decena de edificaciones con fines aparentes de apoyo a las actividades productivas, una vez que no se articulan espacialmente con los cuarteles residenciales. Una de ellas se encuentra en el puente sobre el Río Negro, otras cerca o dentro de los cafetales y cañaverales, otras cerca del algodonal este. Es interesante la alameda de palmeras que es rematada en otra edificación, en el sector sudeste. Cinco jardines o chacras menores, bien delimitadas, se levantan en diferentes sectores.

En Concepción de Baures, la simetría ha sido sacrificada para favorecer la proximidad de los habitantes con la zona productiva. Esta aplicación del eficientismo productivo, que modifica el esquema ideal de urbanización jesuita, puede entenderse perfectamente como una expresión pragmática del sentido productivo de la Orden, capaz de modificar-o complementar-el modelo urbanístico preestablecido, con tal de favorecer un desplazamiento eficiente de los indígenas en el interior de la misión, lo que incrementa su productividad.42

 

Arquitectura

Coincidiendo con otras experiencias jesuitas hispanoamericanas, el conjunto arquitectónico principal estaba conformado por el templo, el colegio o casa de los misioneros, y el campanario o torre.

 

 

El templo pseudoperíptero de atrio profundo

El templo barroco mojeño es una estructura maderera de planta renacentista, pseudoperíptera con atrio sexástilo, con una gran nave de tipo salón, construida con muros de adobe y cubierta con troncos de palma o teja. La permanencia de la planta renacentista con presbiterio de ángulo recto en los tempos americanos durante el barroco, se debió probablemente a dificultades insalvables para incorporar la espacialidad dinámica y compleja que implican los muros curvilíneos, las bóvedas ovoidales y las transparencias fenomenales profundas del barroco europeo. De todas maneras, y a pesar de la rigidez muraria, los espacios interiores presentaban una riqueza expresiva esencialmente barroca gracias a la exhuberancia de la ornamentación arquitectónica (retablos y altares) y estatutaria, la riqueza polícroma de los revestimientos y la policromía dominante.43

El aporte local se reconoce primero en todo lo concerniente a la tecnología empleada; desde los materiales de construcción, pasando por el sistema estructural y concluyendo en el proceso constructivo. Todo ello se fundamenta en un sistema estructural maderero y no en el sistema de muro portante, de adobe o piedra, que se aplica en la región andina de Charcas. La aplicación de un sistema estructural maderero tiene que ver tanto con la disponibilidad de materiales como con la familiaridad tecnológica del indígena. El proceso de construcción también fue consecuencia de las condiciones locales, impuestas por los materiales disponibles y el sistema adoptado. De hecho, los sacerdotes levantaron sus templos siguiendo el mismo procedimiento constructivo que los indígenas aplicaban en la construcción de sus chozas originales. En una carta de 1747, el padre José Gardiel explica el mismo:

Todos estos edificios se hacen de diversos modos que en Europa, porque primero se hace el tejado, y después las paredes. Clávanse en tierra grandes troncos de madera, labrados a azuela. Encima de ellos se ponen los tirantes y soleras; y encima de éstas las tijeras, llaves, latas y tejado; y después se ponen los cimientos de piedra, y 2 ó 3 palmas hasta encima de la tierra y de ahí arriba es la pared de adobes, quedando los troncos o pilares, que aquí llaman horcones, en el centro de la pared, cargando todo el tejado sobre ellos y nada sobre la pared. Esto se hace por no haberse hallado cal en todo este territorio (...). Hácense en las naves de enmedio y en donde ha de ser la pared, unos hoyos de 9 pies de profundo y 12 ó 14 de círculo. Enlósanse bien, y con máquinas de arquitectura meten dentro los horcones labrados ya en forma de columnas, o cuadrados para después aforrarlos con tablas de cedro pintadas y doradas. Los 9 pies que quedan dentro están sin labrar, y aún con parte de las raíces del árbol para mayor fortaleza y se quema esa parte para que resista a la humedad (...).44

El clima lluvioso y húmedo debió deteriorar rápidamente los muros de los primeros edificios construidos en el siglo XVII, lo que obligó a los sacerdotes a aplicar una solución tecnológica de fuerte impacto formal que protegiera a los mismos, como son los corredores laterales cubiertos. La ampliación de los faldones obligó a que sus aleros sean sostenidos con pies derechos de madera, adicionados tanto hacia los costados como hacia los frentes, generando un atrio (nártex) cubierto. Así surgió el templo maderero períptero de Moxos, de igual manera que las demás misiones jesuíticas de Chiquitos y el Paraguay.

El atrio cubierto es una solución única en la arquitectura colonial americana. Este espacio que servía de antesala de la portada, excepcional en América, aunque motivado por el rigor del clima tropical, debió contribuir particularmente a la escenificación de las complejas ceremonias y rituales urbanos de la iglesia, en donde participaba toda la población. Es, junto a las galerías laterales, un espacio que contribuye a reforzar el sentido barroco del espacio, al generar y expresar dinamismo y profundidad, dramatizando la policromía de la arquitectura y seguramente facilitando la complejidad y expresividad de la decoración efímera de las celebraciones religiosas.

Algo muy interesante y digno de destacar de Moxos es que, a diferencia de los atrios cubiertos de Chiquitos y Paraguay en donde sólo abarcan una crujía o intercolumnio, en Moxos se llegó a adoptar dos y al parecer, hasta más intercolumnios, generando un atrio cubierto que más parecía un salón abierto con una superficie de 150 hasta 300 metros cuadrados, capaz de albergar más de un centenar de fieles. Al parecer, esta solución más radical se dio después de la expulsión de los jesuitas, particularmente en San Ramón (ver el dibujo de Mercado), y después pudo haberse aplicado en Trinidad y otros templos.

Otro aspecto original de Moxos, es el tratamiento de la portada protegida por el nártex cubierto mencionado. Los dibujos de Mercado son los que mejor permiten reconocer las características curiosas e indudablemente barrocas de su decoración. Tanto en la simplicidad del tratamiento en Concepción de Baures y en la prolífica ornamentación de Magdalena, así como en Exaltación, San Joaquín y San Ramón, se reconoce el mismo concepto de pilastras adosadas a modo de cirios. Éstos por un lado sostienen el corredor maderero en voladizo que sirve tanto para interconectar las puertas del coro como para balcón a modo de capilla abierta; y por otro, estructuran la decoración de la portada de la misma manera que en un retablo.45

Los corredores o galerías exteriores y el gran atrio cubierto frente a la plaza, conforman una estructura semiperíptera, la cual genera un espacio semicubierto que mientras protege eficazmente a los muros de adobe de la lluvia y a los fieles del sol tropical; contribuye a la integración volumétrica de los templos con la fábrica urbana en su conjunto. El sentido dual de estos espacios, al reproducirse en las demás edificaciones de la misión, establece un sentido de unidad a todo el conjunto.46

El interior de los templos exige una consideración importante, especialmente en lo que concierne a las "tres naves" que tanto mencionan los cronistas, sean misioneros u oficiales reales o de gobierno. De hecho, la solución espacial interna de Moxos, Chiquitos y Paraguay se encuadra mejor en el concepto de nave salón, muy común en el centro de Europa y bastante popular en el barroco.47 Desde una perspectiva arquitectónica, las dos hileras de columnas madereras no necesariamente implican una subdivisión del espacio interior en tres naves, como popularmente se lo puede interpretar. La percepción del espacio en estos templos es total y no fragmentada, como ocurriría con una edificación de sección basilical. En Moxos, así como en Chiquitos, sólo hay un gran espacio. Las columnas interiores sólo están allí porque tecnológicamente eran necesarias para lograr una capacidad funcional suficiente para que las dos mil o tres mil almas puedan caber en su interior. De haber existido los medios tecnológicos para salvar la luz del ancho del templo sin apelar a columnas intermedias, se hubiera construido así. En otras palabras, las columnas interiores fueron el producto de una limitación tecnológica y no la consecuencia de un ideal arquitectónico.

El modelo original, el punto de partida de los templos barrocos de Moxos, pudo haber sido la antigua Catedral de Santa Cruz de la Sierra, el primer templo maderero que conocieron los jesuitas que llegaron a esa ciudad desde Lima, para desde allí partir a Moxos y también a Chiquitos. La descripción que se hace de ese templo, anterior a las reducciones, coincide con el tipo aplicado en las misiones.48

Altamirano describe al segundo templo de Loreto, inaugurado en 1691, como siendo "(...) de adobes crudos (...) su medida, ciento ochenta pies de largo y su latitud de sesenta pies geométricos; de tres naves, entablado con madera de cedro, su techumbre bien labrada. Tiene cinco altares cuyos tabernáculos se van haciendo labrados con toda curiosidad; y en particular el altar mayor con retablo igual a la capacidad del testero que termina el presbiterio de la Iglesia, tan cabal en sus medidas y entablados con sus nichos, columnas, cornisas y arquitrabes como pudiera el maestro más inteligente y experimentado hacerlo". Al lado de la gran nave, se levantaban otras salas, también descriptas por Altamirano: "(...) la sacristía que está inmediata al templo (es) bien capaz, con alacenas suficientes para guardar los cálices consagrados y la boxilla toda que sirven a los santos sacrificios y al adorno especial en las fiestas más solemnes (...)" y más adelante dice que "(...) hay otra pieza menor que la sacristía y más curiosa en medio de la cual está la pila Bautismal con el sumidero necesario para desaguarla cuando convenga. Dicho baptisterio tiene inserta en la pared otra alacena cerrada con llave, dónde guardan las alhajas ordinarias para los bautismos... En dicha alacenita se guarda también las alhajas que sirven según el ritual de España en los matrimonios y velaciones (...)".49

La ornamentación arquitectónica del templo debió sustentarse en el tallado barroco (fuste salomónico) de las columnas interiores y exteriores, tal como nos la dibuja Mercado en el atrio de Exaltación; o en su defecto, pudieron ser de fuste simple, apenas ochavado, como se percibe en San Joaquín y Trinidad. Aunque los dibujos de Mercado no los muestran, por su poca precisión y distorsión de perspectiva, no debe descartarse el uso de arcos de arriostre entre columnas, tal como las vemos en Chiquitos. De hecho, cuando D'Orbigny escribe que la iglesia de Magdalena "(...) es muy amplia, construida en el gusto gótico... y pertenece al estilo más florido de la Edad Media (...)". Para la primera mitad del siglo XIX, cuando el francés visita las misiones, la historia del arte y la arquitectura estaban en pañales, y hasta un erudito como D'Orbigny podía confundirse entonces. Mesa y Gisbert ya alertaron sobre esta evidente confusión.50

Por otro lado, el contacto permanente de los misioneros con Lima permitió a los templos adornarse con gran cantidad de objetos adquiridos en los viajes. El P. Diego Francisco Altamirano indica que estaban "(...) sus Iglesias bien alhajadas con ornamentos ordinarios y ricos de todos colores y con lámparas bien grandes y curiosas, blandones y candeleros. Ultra de los cálices, custodias, prijides y vinagreras con salvillas, todo hecho de plata y aún ramos del mismo metal (...)".51 y después que (El Padre Marban) "(...) volvió del Perú con provisión de alhajas, que de limosna adquirió, conducentes al adorno de las Iglesias, que liberal repartió entre todas (...)" para posteriormente indicar que "(...) para proveer de ornamentos a las Iglesias concurrieron los Rectores de los principales Colegios, cuales son el de San Pablo, del Cuzco, de Chuquisaca y Potosí (...)".52 Tal aporte de Charcas y Lima no se limitaba a unos cuantos adornos, sino que implicaba cantidades significativas de materia prima, además de grandes esfuerzos económicos y de transporte. El mismo Altamirano indica que

(...) desde que se comenzaron estas reducciones de los Moxos, año de 1675 hasta el presente, tiene gastados más de cien mil pesos, así en los costosos viáticos de los sujetos á los Moxos, que desde Lima son 600 leguas, como en ornamentos para las iglesias, cálices, píxides, custodias, lámparas, imágenes de talla y pincel, guiones con sus cruces de plata, pálios, vestuario, sustento de vino y harina para las misas, chaquiras, cuchillos y demás donecillos para el atractivo y conversión de los indios (...).53

Con el tiempo, Moxos fue capaz de producir sus propios adornos. En este sentido, fue importante el aporte de un grupo de misioneros centroeuropeos, entre los que destacan el germano Padre Borinie, los bávaros Adalberto Martereer y Franz Faltik, Juan Reher de Praga, Francisco Javier Durheim, de Augusta y Juan Bautista Koening. Aunque no se conoce exactamente las fechas en las que estuvieron trabajando en Moxos, lo debieron hacer entre 1716 y 1767, construyendo los templos, tallando retablos, esculturas y platería, construyendo muebles, y pintando murales y cuadros religiosos.54 Así como Martin Schmid marcó el espacio barroco en las Misiones de Chiquitos, este grupo de arquitectos y artistas definió el barroco en Moxos, llamando poderosamente la atención la atención de viajeros como D'Orbigny, quien creyó, erróneamente, que las excepcionales esculturas de San Pedro de Moxos eran "(...) estatuas de madera esculpidas e Italia por los mejores maestros del siglo pasado (...)".55

D'Orbigny remarcó que

(...) por sus monumentos, por el número de las estatuas de santos, por las joyas que adornaban a sus vírgenes y niños Jesús, por las planchas de plata que decoraban sus altares y, más que nada, por las hermosas tallas de madera de su iglesia, San Pedro no tardó en rivalizar no sólo con las catedrales de Europa, sino también con las más ricas iglesias del Perú. Cuando entregaron la misión a los curas, después de la expulsión de los jesuitas en 1767, inventariaron en ella 80 arrobas (casi 1.000 kilos) de plata maciza (...).56

Existen algunas referencias a las ventanas y vidrios de estos templos. Al referirse al crucero del templo de San José, Altamirano indica que sus ventanajes "aclaran y hermosean" la iglesia. Por su parte, Mesa y Gisbert señalan que los vidrios del templo de Trinidad llegaron desde Cochabamba en 1767.57

 

Colegio de doble columnata maderera

El colegio y el templo se construían uno al lado del otro y definían todo un sector de la gran plaza. Generalmente se construían simultáneamente pero a veces el colegio se construía antes que el templo.58 Se trataba de un edificio multipropósito, con grandes salas que servían indistintamente de depósito, comedor, vivienda de misioneros, talleres y hospital, Generalmente se construían transversales al templo y de una sola planta, aunque hay algunos de dos plantas como el de las misiones de Concepción, Magdalena y San Ramón, ésta última fundada después de la expulsión de los jesuitas. La disposición es completamente diferente a la de Chiquitos, en dónde se construía paralelamente al templo. Esta diferencia posiblemente se manifestó por influencia del modelo de disposición de los cabildos seculares.

El plano que levantó D'Orbigny en Concepción, así como los dibujos de Mercado, permiten reconocer las características de la casa de los misioneros. Las habitaciones se construían alrededor de uno o dos patios, compartiendo los fondos con la iglesia, en lo que debió ser el huerto de los misioneros. Al igual que los templos, estaban rodeados de corredores cubiertos o galerías exteriores, inclusive dentro de los patios. Es posible reconocer en los dibujos cierta ornamentación en las fachadas, ventanas balaustradas de arco adintelado, portón principal en planta baja y puertas en la planta alta, cuando ésta existía.

 

Campanario de adobe y madera

No son mencionados en las crónicas coloniales, pero sin duda debieron existir desde entonces, una vez que las campanas han jugado un rol importante en la definición de la vida misional, llamando a la oración, a misa, al velatorio, a la procesión, a la defensa y hasta al amor. Mercado nos permite reconocer sus cualidades mejor que cualquier otro, al dibujar cuatro de ellos: Magdalena, Concepción, San Joaquín y San Ramón, estos dos últimos postjesuíticos (San Joaquín se trasladó en 1796). Los dos primeros presentan tres cuerpos, con el primero de base mayor y el tercero menor. Entre cada cuerpo existe un pasamanos, aprovechando la diferencia de anchura. En los dos casos, las campanas se encuentran en el tercer y último cuerpo, cubierto con techo piramidal de cuatro aguas, en cuyo vértice se ubica una cruz. En el caso de Magdalena se trata de una edificación de gran altura, aparentemente más alta que la cumbrera del templo.

El campanario de San Joaquín es el de menor envergadura aparente (hay que dudar de las proporciones de Mercado) y cuenta con sólo dos cuerpos, pero siguiendo la misma lógica estructural de los anteriores. Por su parte, el de San Ramón, el más nuevo de los tres, es también el de mayores dimensiones y complejidad. Se trata de una estructura de cuatro cuerpos que necesariamente debió superar con creces la cumbrera de su templo. El último cuerpo parece haberse resuelto con balcones en voladizo colgados de la cubierta.

 

Conclusiones

Resulta evidente que la manipulación teatral de la realidad que supone la construcción del espacio misional en Moxos, fue básicamente influenciado por dos preocupaciones articuladas y complementarias entre sí: la espiritual y la productiva. Mientras la primera se concentraba en la catequización permanente de los indígenas, definiendo un espacio capaz de recordar sistemática y permanentemente la presencia de la divinidad en la misión; la segunda preocupación fue capaz de complementar la primera con un diseño eficiente en términos de promoción y control de la productividad. El sentido espiritual y el interés productivo, si bien se complementan, en ningún caso puede interpretarse como dos dimensiones paralelas igualmente significativas. Sería injusto pretender que los misioneros valoraran equitativamente a esas dos preocupaciones, pero es también cierto que comprendían la necesidad de convertir su proyecto en una experiencia sostenible, y por ello, su pragmatismo se evidencia no solamente en el diseño mismo de la misión moxeña, sino en los complejos mecanismos financieros que llevaron a cabo para sostenerla.

Por otro lado, complementariamente a las dos motivaciones anteriores, otro par de influencias contribuyeron a determinar el resultado misional material. Estas son la cultura indígena y la geografía mojeña. Lo indígena incorporó diferentes procesos constructivos (sistema maderero y cubierta) y elementos espaciales (cuarteles) y al mismo tiempo confirmó el uso de otros (plaza, calles y avenidas) al serles familiares. El más importante aporte indígena fue sin duda su organización social, la cual preservó estructura y jerarquía, asegurando la preservación de muchos aspectos de la cultura originaria.

Como resultado de esa amalgama de influencias recíprocas, se destacan seis características como particulares a Moxos, diferente a lo acontecido en Chiquitos y Paraguay. Primero, la definición de la reducción como un emplazamiento productivo; segundo, la plaza con posas y cruces puntuadoras y jerarquizadoras del espacio central; tercero, el atrio profundo del templo con dos o más crujías semicubiertas; cuarto, la decoración con pilastras-cirios en las portadas; cinco, la disposición del colegio en frente abierto hacia la plaza y transversal al templo, y sexto, la excepcional calidad de la estatuaria.

Al margen de la polémica que implica el uso de adjetivos para la experiencia misional "barroco mestizo", "barroco hispanoamericano", "barroco andino", etc.), se puede afirmar que las peculiaridades de la sociedad misional en Moxos-junto a las de Chiquitos-permiten reconocerlas como una experiencia cultural material que va más allá de ser reconocida como variante regional más precisa del barroco en América ("barroco misional maderero", "barroco amazónico", "barroco maderero", "barroco mestizo maderero"), pudiendo simplemente calificarse como urbanismo y arquitectura misional mojeña o chiquitana.

En síntesis, todo indica que la experiencia misional de la Orden de la Compañía de Jesús en las pampas y bosques de Moxos, además del interés central catequizador, se desarrolló influenciada por las preocupaciones productivas, sintetizando a su manera varias fuerzas motivadoras: lo espiritual y lo económico, lo indígena y lo geográfico, lo religioso y lo español. Aparte de cualquier valoración contemporánea de lo ocurrido en tiempos virreinales, la supervivencia de la cultura mojeña en nuestro tiempo, preservando varios de los elementos sociales y culturales que se definieron en el siglo XVIII, es una demostración contundente de la eficacia del proyecto jesuítico en la sabana beniana, y también, del arraigo del espíritu barroco en la sociedad mojeña.

 

 

* Artigo recebido em 25/10/2007. Aprovado em 18/02/2008
1 BLOCK, Davis. La cultura reduccional en los llanos de Mojos. Sucre, 1997, p.51.         [ Links ]
2 Ver: DENEVAN, William M. La Geografía cultural aborigen de los llanos de Mojos. La Paz: Juventud: 1980;         [ Links ] LEE, Keneth. Obras hidráulicas de Moxos. El Deber, Agosto 6, 2004;         [ Links ] y LEE, Keneth. Cultura precolombina: sorprenden vestigios de sociedad que desarrolló obras hidráulicas. El Deber Extra, Santa Cruz, v.20, p.8-9, Abril 1997;         [ Links ] BARBERY CALLAÚ, Efraín. Las grandes obras hidráulicas prehispánicas de la Civilización del Río Yacundá. El Deber, Santa Cruz, n.17, Mayo, 1997.         [ Links ]
3 SCHMIDEL, Ulrico. Relatos de la conquista del Río de La Plata y Paraguay, 1534-1554. Buenos Aires: Alianza, 1944, Capítulo 36.         [ Links ]
4 BLOCK, Davis. La cultura reduccional en los llanos de Mojos, p.41.         [ Links ]
5 Sobre la labor de Roth en Chiquitos ver LIMPIAS ORTIZ, Hugo Victor. Hans Roth Merz: el arquitecto de la selva. Revista Fundación Cultural Banco Central de Bolivia, La Paz, n.10, p.7-13, enero-marzo 2000.         [ Links ]
6 Incluye interesantes fotografías del arte mojeño BECERRA CASANOVAS, Rogers. Retablos coloniales del Beni. Santa Cruz: 1985.         [ Links ] Por su parte, CARVALHO UREY, Antonio. Visión del Beni. Trinidad: 1978, p.80,         [ Links ] incluye una fotografía de restos de columnas.
7 PAREJAS MORENO, Alcides. Historia del oriente Boliviano: S. XVI y XVII. Santa Cruz: UAGRM, 1980, p.89.         [ Links ]
8 GARCIA RECIO, José María. Los jesuitas en Santa Cruz de la Sierra hasta fines del siglo XVII: la actividad misional y sus limitaciones. Historia y Cultura, La Paz, n.16 , p.20-40, octubre, 1989.         [ Links ]
9 Respondiendo al proverbial pragmatismo jesuita, la Orden respondió con inusitada tolerancia ante los cruceños, lo que se manifestó en la falta de reclamos o denuncias ante las autoridades virreinales, tal como lo señala GARCIA RECIO, José María. Los jesuitas en Santa Cruz de la Sierra hasta fines del siglo XVII, p.20-40.         [ Links ]
10 Las diferentes expediciones son descritas por CHÁVEZ SUÁREZ, José. Historia de Moxos. 2a. de. La Paz: Don Bosco, 1986, p.55-200.         [ Links ]
11 El informe de Soto demostraba que era posible lograr la conversión de los hasta entonces ariscos mojeños, y que solamente se requería de paciencia para lograr su confianza definitiva, ver: CHÁVEZ SUÁREZ, José. Historia de Moxos, p.194-197.         [ Links ]
12 CHÁVEZ SUÁREZ, José. Historia de Moxos, p.200-201.         [ Links ]
13 CHÁVEZ SUÁREZ, José. Historia de Moxos, p.209-210.         [ Links ]
14 GUTIÉRREZ DA COSTA, Ramón; GUTIÉRREZ VIÑUALES, Rodrigo. Territorio, Urbanismo y Arquitectura en Moxos y Chiquitos. In: QUEREJAZU, Pedro. (ed.) Las misiones jesuíticas de Chiquitos. La Paz: Fundación BHN, 1995, p.305-394.         [ Links ]
15 CHÁVEZ SUÁREZ, José. Historia de Moxos, p.304-306.         [ Links ]
16 MORENO DEL RIVERO, Gabriel René. Catálogo del Archivo de Mojos y Chiquitos. Santa Cruz: El Mundo, 1986, p.169-170         [ Links ]
17 BLOCK, Davis. La cultura reduccional en los llanos de Mojos, p.107.         [ Links ]
18 Ver los capítulos correspondientes a la economía misional en BLOCK, Davis. La cultura reduccional en los llanos de Mojos, p.107-123 y en BARNADAS,         [ Links ] Joseph. Introducción. In: ÉDER, Padre Éder Francisco J. Breve descripción de las reducciones de Mojos, c.1772. Cochabamba, 1985, p.LVII.         [ Links ]
19 BLOCK, Davis. La cultura reduccional en los llanos de Mojos, p.115 y BARNADAS,         [ Links ] Joseph. Introducción, p.LIX.         [ Links ]
20 BLOCK, Davis. La cultura reduccional en los llanos de Mojos, p.114-115.         [ Links ]
21 Mientras BLOCK, Davis. La cultura reduccional en los llanos de Mojos, p.116 el déficit,         [ Links ] Barnadas cita a Aimeric indicando el notable excedente. BARNADAS, Joseph. Introducción, p.LVIII.         [ Links ]
22 BLOCK, Davis. La cultura reduccional en los llanos de Mojos, p.117 y BARNADAS,         [ Links ] Joseph. Introducción, p.LVIII.         [ Links ]
23 Según BARNADAS, Joseph. Introducción, p.LVIII.         [ Links ]
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25 BLOCK, Davis. La cultura reduccional en los llanos de Mojos, p.120-121.         [ Links ] Block compara esta cantidad con los 17.314 pesos que demandaba la administración del Obispado de Santa Cruz.
26 BLOCK, Davis. La cultura reduccional en los llanos de Mojos, p.123.         [ Links ]
27 PAGE, Carlos. El camino de las estancias. Córdoba: Comisión del proyecto, 2001, p.116.         [ Links ]
28 BLOCK, Davis. La cultura reduccional en los llanos de Mojos, p.106-107.         [ Links ]
29 Las motivaciones conceptuales de estos aspectos, se las analiza en detalle en PAREJAS MORENO, Alcides; SUÁREZ SALAS, Virgilio. Chiquitos.         [ Links ]
30 D'ORBIGNY, Alcide. Viaje a la América Meridional. La Paz: IFEA, 2002, tomo IV, p.1479-80, tomo IV, p.1433, p.1437.         [ Links ]
31 Sobre estos aspectos del urbanismo indígena, ver LIMPIAS ORTIZ, Víctor Hugo. Santa Cruz de la Sierra: arquitectura y urbanismo. Santa Cruz: UPSA, 2001, p.16-17, notas n.15, 16, 17 e 19 del Capítulo 1,         [ Links ] y también LIMPIAS ORTIZ, Victor Hugo. Arquitectura del Barroco Misional en Moxos. In: Barroco Andino. La Paz: Unión Latina, 2003, p.161-174.         [ Links ]
32 Ver MESA, José; GISBERT, Teresa. Monumentos de Bolivia. La Paz: Gisbert, 2002.         [ Links ] "(...) en Trinidad (...) la iglesia fue ideada por Barace "de su propia imaginación". citando al EGUILUZ, P. Diego. Historia de la Misión de Moxos, c. 1700 . Lima: 1884.         [ Links ]
33 ALTAMIRANO, Diego Francisco. Historia de la misión de los Mojos, c.1710. La Paz: IBC, 1979, p.72.         [ Links ]
34 ALTAMIRANO, Diego Francisco. Historia de la misión de los Mojos, p.76-77.         [ Links ]
35 ÉDER, p.357. Esta medida equivale a poco más de 120 metros.
36 ÉDER, p.357
37 Ver: MESA, José y GISBERT, Teresa. Iglesias con atrio y posas en Bolivia. La Paz: ANCB, 1961;         [ Links ] MESA, José y GISBERT, Teresa. Monumentos de Bolivia. La Paz: Gisbert, 1978; 2002;         [ Links ] MESA, José y GISBERT, Teresa. Arquitectura andina. La Paz: Embajada de España en Bolivia, 1985, 1997;         [ Links ] y GUTIÉRREZ, Ramón. Arquitectura y urbanismo en Iberoamérica. Madrid: Cátedra, 1983.         [ Links ]
38 ÉDER, p.357. Según Nota 19 del editor.
39 ÉDER, p.355.
40 ÉDER, p.356.
41 MORENO DEL RIVERO, Gabriel René. Catálogo del Archivo de Mojos y Chiquitos, p.68.         [ Links ]
42 De esta manera, la reducción adquiere un sentido muy próximo a las estancias productivas que la compañía tenía en la región de Córdoba, con la diferencia de que en este caso no eran esclavos negros los que realizaban las tareas de plantío y cosecha.
43 Al respecto de la necesidad de entender el barroco americano bajo criterios diferentes del europeo, ver GUTIÉRREZ, Ramón. Arquitectura y urbanismo en Iberoamérica, p.104-105.         [ Links ]
44 Ver: ROTH, Hans. Lo que entonces sucedió. In: BÖSL, Antonio Eduardo. Una joya en la selva boliviana. Concepción: 1987, p.35,         [ Links ] citando a FURLONG, G. José Cardiel, S.J. y su Carta-Relación de 1747, 1953, p.154.         [ Links ]
45 Existe una contradicción importante entre el dibujo de Mercado de Concepción de Baures, y el grabado que incluye D'Orbigny. Una vez que Mercado dibujó y pintó personalmente el dibujo y que el grabado del naturalista francés fue realizado por encargo en Francia a partir de bocetos, debemos valorar más al primero. Tampoco hay que ignorar el hecho que el francés pudo haber privilegiado el detalle de la portada, ignorando el atrio precedente. Ver: D'ORBIGNY, Alcide. Viaje a la América Meridional.         [ Links ]
46 Sobre el tema, ver el análisis exhaustivo que hace GUTIÉRREZ, Ramón. Arquitectura y urbanismo en Iberoamérica, p.211-213         [ Links ]
47 Un ejemplo temprano de templo tipo salón es San Juan Bautista de León, Nicaragua, de 1547, cuyo tratamiento interior maderero es muy similar al de los templos de Moxos y Chiquitos
48 Ver LIMPIAS ORTIZ, Victor Hugo. El Obispado de Santa Cruz de la Sierra, 1605-2005: cuatro siglos de fe en el oriente de Bolivia. Santa Cruz: La Hoguera, 2006, p.158-61.         [ Links ]
49 ALTAMIRANO, Diego Francisco. Historia de la misión de los Mojos, p.72-74.         [ Links ]
50 MESA, José y GISBERT, Teresa. Monumentos de Bolivia, p.263;         [ Links ] y para la cita de D'ORBIGNY, Alcide. Viaje a la América Meridional, tomo IV, p.1441.         [ Links ]
51 ALTAMIRANO, Diego Francisco. Historia de la misión de los Mojos, p.98.         [ Links ]
52 ALTAMIRANO, Diego Francisco. Historia de la misión de los Mojos, p.202, 100.         [ Links ]
53 Ver: Breve Noticia de las Misiones de Moxos. In: ALTAMIRANO, Diego Francisco. Historia de la misión de los Mojos, p.216.         [ Links ]
54 ÉDER, p.358 con las Notas 21 y 23. Ver también a MESA, José y GISBERT, Teresa. Monumentos de Bolivia, 2002, p.263,         [ Links ] comentarios sobre Martereer; y sobre los demás, en la p.267. Ver también el trabajo de FRANCA CALMOTTI. La actividad del hermano Adalberto Martereer en las misiones de Mojos. In: Festival Internacional de Música "Misiones de Chiquitos": III Reunión Científica. Santa Cruz: agosto, 2000, p.151-176.         [ Links ]
55 D'ORBIGNY, Alcide. Viaje a la América Meridional, tomo IV, p.1479-80.         [ Links ]
56 Ver: D'ORBIGNY, Alcide. Viaje a la América Meridional, tomo IV, p.1476. José de Mesa y Teresa Gisbert indican, a nuestro entender con acierto, que el viajero francés no sabía de la existencia de tantos misioneros expertos y por lo tanto, atribuyó a italianos las piezas que vió en San Pedro. Ver MESA, José y GISBERT, Teresa. Monumentos de Bolivia, p.263.         [ Links ]         [ Links ]
57 ALTAMIRANO, Diego Francisco. Historia de la misión de los Mojos, p.77 y MESA, José y GISBERT, Teresa. Monumentos de Bolivia, p.262.         [ Links ]         [ Links ]
58 Caso de Concepción de Baures, según ALTAMIRANO, Diego Francisco. Historia de la misión de los Mojos, p.134.
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