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Varia Historia

versão impressa ISSN 0104-8775

Varia hist. vol.25 no.41 Belo Horizonte jan./jun. 2009

http://dx.doi.org/10.1590/S0104-87752009000100013 

ARTIGOS

 

Contrastes cotidianos - os engenhos açucareiros do norte da Argentina como complexos sócio-culturais*

 

Contrastes cotidianos - los ingenios del norte argentino como complejos socioculturales, 1870-1930

 

Everyday contrasts - the sugar cane engenhos of northern Argentina as socio-cultural complex

 

 

Daniel Campi

Instituto Superior de Estudios Sociales (UNT-CONICET). Av. da. Rivadavia 1917 - CP C1033AAJ - Cdad. de Buenos Aires- Argentina. daniel_campi@yahoo.com.ar; dcampi@ct.unt.edu.ar

 

 


RESUMEN

Este artículo indaga los patrones de la vida social en los ingenios azucareros del norte argentino entre 1870 y 1930, producto de la interacción de una serie de variables que incluyen la disposición jerárquica del espacio; la organización y los ritmos de trabajo; las medidas adoptadas por los propietarios o las empresas para modelar (con propósitos "civilizatorios") las conductas de los trabajadores; las representaciones y creencias, los hábitos de sociabilidad y las actitudes frente al trabajo de los mismos. La resultante fue una dinámica de la vida cotidiana caracterizada, por un lado, por un interjuego de imposiciones, resistencias y adaptaciones; por otra parte, por agudos contrastes: el observable entre el período de la zafra y los meses de interzafra; el que separaba la utilización del tiempo y el estilo de vida, en general, de los distintos estratos que conformaban el complejo sociocultural del ingenio - patrones, personal jerárquico y de dirección, técnicos y empleados administrativos, obreros calificados, peones con contrato "permanente" y peones "transitorios". El trabajo incluye análisis comparativos con otros complejos azucareros latinoamericanos.

Palabras-chave: ingenios, cana de azúcar, Argentina


ABSTRACT

This article explores patterns of social life in the sugar plantations of northern Argentina between 1870 and 1930, resulting from the interplay of a number of variables including the hierarchical arrangement of space, organization and working patterns, the measures taken by owners or strategies of modeling (with purposes of "civilizing") workers' behavior, the representations and beliefs, social habits and attitudes to work. The result was a dynamic everyday life that is characterized, first, by an interplay of obligation, resilience and adaptability, on the other hand, by sharp contrasts: the observable in the period between the harvest and during inter harvest, the differences in time-use and lifestyle, in general, of the various social strata that make up the complex sociocultural of the sugar cane engenho - masters, hierarchical and managerial staff, technicians and administrative staff, skilled workers, permanent contract laborers and itinerant laborers. The study includes comparative analysis with other Latin American sugar complex.

Keywords: engenhos, sugar cane, Argentina


 

 

Presentación

Las transformaciones impulsadas por la modernización y expansión de la agroindustria del azúcar en el norte argentino durante el último tercio del siglo XIX fueron múltiples y profundas. El espacio se reorganizó en torno a "áreas centrales" (los epicentros productivos) y "áreas satélites" (las zonas que se articulaban con las primeras como proveedoras de mano de obra); se redefinieron las relaciones de poder a partir de la conformación de una burguesía del azúcar; las migraciones intrarregionales se hicieron intensas, acentuando antiguos desequilibrios demográficos y generando otros nuevos.

Aunque la región continuó siendo - globalmente considerada - expulsora de población en beneficio del área pampeana, ese papel se vio moderado por la emergencia del auge azucarero, por lo menos en los años del "despegue" tucumano. En efecto, el saldo negativo de 24.763 migrantes que dio el censo nacional de 1869 se redujo a sólo 6.543 en el de 1895, pero volvió a ascender a 46.606 en 1914. Estas cifras demuestran que la "revolución industrial del azúcar" - por sí misma o generando encadenamientos con otras actividades - no logró retener en el norte el aumento de la población por crecimiento natural. En consecuencia, aunque la mejor articulación de la región con el auge económico del litoral pareció ser el reordenamiento de sus recursos para producir un bien de consumo masivo como el azúcar, logrando así compartir de algún modo los beneficios de la expansión agroexportadora, esa "redistribución del progreso" fue muy limitada, si atendemos a ciertos indicadores demográficos y sociales, muy elocuentes sobre las reales condiciones de existencia de la población. Lo que se conformó con el auge azucarero fue, en realidad, un mundo de contrastes. La tecnología más moderna en el proceso industrial y la difusión de exquisitas manifestaciones de la vida burguesa en los chalets de los propietarios de ingenios, acompañaban aquellos rasgos típicos de la pobreza, el atraso y el subdesarrollo cuya más dramática manifestación fueron los ranchos de maloja de los peladores en los cañaverales tucumanos y los huetes de los indios matacos en los ingenios de Jujuy.

Las alteraciones que en los hábitos de vida de los miles de migrantes ocasionaron los cambios de hábitat y la integración en el ciclo productivo azucarero todavía no han sido estudiadas en profundidad. Las grandes dificultades para encontrar fuentes a través de las cuales recuperar la experiencia subjetiva de los sectores subalternos determinan que la empresa se presente, a veces, quimérica. Tratándose de una población con elevados niveles de analfabetismo, se carece de registros directos a través de los cuales aproximarse no sólo a sus sistemas de representación, sino a sus más elementales percepciones sobre los asuntos en los que hombres y mujeres se involucraban en el trabajo, en la vida doméstica, en las actividades recreativas, en sus prácticas religiosas. Cuanto más, pueden encontrarse en las fuentes policiales y judiciales rastros de conductas y conflictos, siempre a través de la lente de individuos y de un Estado empeñados en "disciplinar" y "moralizar" a quienes inveteradamente se presentaba como refractarios al trabajo, al orden y a la "vida civilizada". Las descripciones de contemporáneos y las fuentes literarias, insustituibles para aproximarnos "desde afuera" al mundo subalterno, deben asimismo decodificarse por la considerable distancia cultural que separaba a sus autores de la realidad que pretendían retratar, brecha magnificada por una gran carga de prejuicios y, con frecuencia, por el uso de lenguas diferentes.

 

El ingenio como complejo socio-cultural

El ingenio fue el punto neurálgico de la nueva sociedad que se modeló en torno a la producción azucarera. A poco más de cinco años de la llegada del ferrocarril a Tucumán, los establecimientos de vieja tecnología -que en el mejor de los casos apenas habían reemplazado los trapiches de palo por los de hierro y la fuerza motriz animal por la hidráulica- desaparecieron de escena para dar paso a prodigios de acero impulsados por máquinas a vapor e iluminados con luz eléctrica. Renovados totalmente o importados "llave en mano", hasta la primera crisis de sobreproducción - acaecida en 1895-1896 - treinta y cinco se montaron en Tucumán, siete en Santiago del Estero y cinco en Salta y Jujuy; en los años subsiguientes dejaron de producir los ingenios santiagueños y, hasta 1930, los cierres y nuevas fundaciones mantuvieron equilibrado el número de plantas en producción en las otras tres provincias norteñas.

El establecimiento de un ingenio moderno implicaba un radical cambio del paisaje, en el que los bosques y el monte eran reemplazados por la uniforme alfombra verde de los cañaverales, la traza de caminos se modificaba tajantemente, se abrían nuevas redes de canales de riego y se instalaba un "hambre de brazos" por muchos años insatisfecho. Como los caminos y las vías férreas, hombres y mujeres de los más variados orígenes y condiciones confluían en estos establecimientos fabriles, en torno a los cuales se levantaron nuevos e improvisados pueblos.

En un comienzo, estos pueblos eran abigarradas rancherías en torno a las plantas industriales. A mediados de la década de 1880, en el ingenio San Pablo, a pocos kilómetros al sur de San Miguel de Tucumán, coexistían unos 300 indígenas tobas con contingentes de trabajadores tucumanos y santiagueños quechuaparlantes, quienes debían entenderse con los técnicos franceses que los propietarios del recientemente modernizado ingenio habían contratado para su montaje y puesta en producción.

Las descripciones que de estas rancherías han hecho observadores de época pintan un panorama desolador. Según un trabajo premiado en 1892 por la Sociedad Médica de Tucumán, el peón de esta provincia

trabaja en exceso; no es bien pagado; come muy mal; vive en ranchos miserables, como el indio de las pampas o los negros del Centro de África, es decir en casuchas construidas con totora, tierra cruda, paja o despunte de caña de azúcar; durante la mitad del año no le es permitido descansar ni aún el día festivo.1

Estas características del hábitat de gran parte de las peonadas ocupadas en ingenios y plantaciones se mantendrán invariables sólo en el caso de los trabajadores temporarios o zafreros.2 En efecto, a pocos años de iniciado el auge azucarero, en 1886, Sarmiento ponderaba la construcción de casas de material que los propietarios de un ingenio ubicado en Ranchillos levantaban para sus trabajadores permanentes.3 Sin duda, no eran previsiones ante una posible explosión social lo que promovía las construcciones de viviendas obreras por parte de las empresas, como creía Sarmiento,4 sino una doble necesidad: la de retener y disciplinar una mano de obra cuyas conductas y hábitos no se adaptaban automáticamente a las nuevas exigencias de la organización fabril del trabajo, como lo advertía Julio P. Ávila:

Ubicados estos edificios [las viviendas obreras] en los puntos más convenientes a los intereses del patrón, se regularizaría notablemente el trabajo, se impedirían con facilidad los excesos a que se entregan los peones, casi siempre por falta de inmediata vigilancia policial, y podría sujetárselos, por la circunstancia de tenerlos reunidos, a la inspección más minuciosa.5

Los trabajadores que, en forma definitiva o sólo en los meses de zafra se radicaban en los ingenios, en sus "colonias" o "lotes", tenían un origen muy heterogéneo: indígenas chaqueños cazadores recolectores, trabajadores mestizos con diversos grados de experiencia en el trabajo asalariado, arrendatarios y minifundistas de Santiago del Estero, de Catamarca, del Valle Calchaquí y de la Quebrada de Humahuaca, coyas de la Puna argentina y de Bolivia, chiriguanos del Chaco boreal, etc. Los que terminaron como trabajadores permanentes ocuparon las viviendas que a ese fin construyeron los ingenios; los transitorios o zafreros en los llamados cuartos, conventillos, pabellones o galpones -construcciones mucho más precarias-, o directamente instalaban sus rancherías o tolderías, según el caso, en las inmediaciones de las fábricas o en las plantaciones a que eran destinados.

Tanto permanentes como transitorios llevaron al ingenio, junto con sus enseres, familias y animales, las creencias, rituales, hábitos y formas de sociabilidad que definían su universo cultural y social, las que colisionaron, resistieron o se adaptaron en grado diverso a los ritmos, a la nueva organización del tiempo y a la disciplina laboral que exigía el funcionamiento del complejo agroindustrial cañero. He aquí la presencia de dos elementos estructurales que pautarán los más elementales detalles de la vida cotidiana de todos los actores de este nuevo y central escenario de la vida social de una vasta porción de la geografía argentina. Sobre ese marco se desplegarán las iniciativas de los propietarios, de las empresas y las de miles de anónimos protagonistas, dando por resultado un producto, el "pueblo azucarero" -para nada uniforme ni estático-, en el cual las condiciones para el desarrollo de prácticas que sobrepasaban o eludían las rígidas normas a las que se intentaba constreñir la vida de los trabajadores y sus familias se fueron redefiniendo permanentemente.

Para el caso tucumano fueron relevantes - en tanto significaron una importante ampliación de la libertad de movimiento de los asalariados- la derogación en 1896 de las normativas del "conchabo" obligatorio6 y la gran huelga de 1904,7 cuyas conquistas fueron la supresión legal de la "ración" como componente del salario y del "vale", la moneda privada emitida por las empresas. En Salta y Jujuy, el mayor poderío relativo de las empresas -más concentradas y muy distantes unas de otras con relación a las tucumanas- parecería haber limitado en mayor medida esos márgenes de maniobra. Igualmente, diversas formas de resistencia fueron desplegadas ante las mismas (elevado ausentismo, fugas, etc.), pero no conocemos demasiado sobre ellas.

 

Las peonadas y la "mirada del otro"

En este cuadro, según los contemporáneos -propietarios, administradores y observadores más o menos imparciales- las condiciones de existencia de los trabajadores estaban definidas en gran medida por una carga cultural negativa que era preciso modificar en su propio beneficio. Ante todo, dos vicios capitales, con consecuencias desastrosas para su salud y el bienestar de sus familias, eran el alcoholismo y la propensión a los juegos de azar y diversiones non sanctas, que con frecuencia desembocaban en violentas y trágicas reyertas, desórdenes, enfrentamientos con la fuerza pública e, invariablemente, gran ausentismo laboral.

Asociado a ello, se remarcaban los elevadísimos niveles de analfabetismo; una religiosidad primitiva, inseparable de las creencias en supersticiones y agüeros; la confianza en la efectividad de las prácticas de los curanderos y el correlativo rechazo a la medicina científica; la mayor difusión del concubinato con relación a las uniones legales; la ausencia de hábitos de higiene y el desaseo personal generalizado. Esto último es lo que habría creado condiciones muy propicias para el desarrollo y la propagación de enfermedades infecto-contagiosas y la presencia de altas tasas de mortalidad infantil.8 "Todos iban descalzos, se dice en una descripción de algunas parcialidades matacas del ingenio jujeño La Esperanza de principios de siglo. Portaban anillos de lagartija que eran amuletos contra las enfermedades y otros males, y no emblemas del estado nupcial. No tenían el hábito del baño, es decir, no lo practicaban nunca.9 Hacia 1910, un inspector del Departamento Nacional del Trabajo, Federico Figueroa, afirmaba refiriéndose a los obreros tucumanos:

Los patronos mantienen una lucha constante en el sentido de inculcarles hábitos de aseo, así en lo relativo al cuerpo como a las viviendas, pero sus esfuerzos han resultado hasta ahora poco menos que impotentes para vencer la ingénita indolencia de aquellos", llegando a proponer la aplicación de un reglamento interno de los ingenios que hiciera obligatorio el baño diario y la "desinfección" semanal de las viviendas, tal como se hacía en el ingenio "Concepción" con una solución de "acaroina y bicloruro".10

Con relación a los índices de analfabetismo, los "registros cívicos" levantados con fines electorales y que consignan, entre otros datos, las ocupaciones de los empadronados, son una buena fuente para determinar la aptitud de leer y escribir de las peonadas. En 1889, el Registro Cívico Provincial del primer distrito de Famaillá, típico departamento azucarero tucumano, consigna que sólo sabían leer y escribir seis de los 133 jornaleros inscriptos, un exiguo 4,5%; en 1894, según un padrón del segundo distrito de Río Chico, leían y escribían seis de 50; y en 1896 lo hacía el 10,2% de los 581 jornaleros detenidos ese año, por diversas causas, por el Departamento de Policía.11

La gran influencia de brujos, curanderos y curanderas en la vida de los trabajadores no escandalizaba menos a nuestros testigos. En Tucumán la fe en los curanderos - que atendían diversas dolencias, hacían y deshacían conjuros- fue muy fuerte en todo momento. Eran las curanderas quienes, generalmente, efectuaban abortos con cabos de perejil, agujas de tejer u otros elementos punzantes. Al curanderismo se atribuía, también, un elevado porcentaje de las muertes de infantes (mayormente por dolencias del aparato digestivo), que llegaban desahuciados a los consultorios médicos.

Las tribus chaqueñas, que conformaban el contingente principal de la mano de obra de los ingenios jujeños Ledesma y La Esperanza, eran más reacias que las peonadas tucumanas a la "medicina cristiana". Refiriéndose globalmente a esas parcialidades, el Dr. Paterson, el único médico contratado a principios de siglo por el segundo de esos establecimientos -que en época de cosecha contaba con 2.000 a 2.500 empleados y obreros de fábrica y entre 3.000 y 3.500 indígenas en sus plantaciones-, afirmaba: "creen tanto en nuestra medicina como yo en la de ellos".12 El inspector Niklison cuestionaría, años después, la justeza de esta opinión. Pero, aunque renegaba de "la interesada inexactitud de los juicios expresados por algunos industriales respecto a la resistencia opuesta sistemáticamente por los tobas al socorro de la ciencia médica", no podía dejar de reconocer la supervivencia en éstos de ancestrales hábitos y costumbres en lo que hacía al tratamiento de las enfermedades:

El toba, si se exceptúan las tareas que debe cumplir y cumple en jornadas regulares, hace la misma vida [en el ingenio] que en el desierto, según ya lo he consignado. Abandonado a las prácticas y preocupaciones de raza –muchas de las cuales su prudencia oculta– recurre, en casos de enfermedad, a sus propios 'médicos' y al poder sobrenatural de sus brujos o augures.13

Estas opiniones ponen en evidencia la gran distancia cultural que separaba a los dos componentes sociales - por llamarlos de algún modo - que coexistieron en los pueblos azucareros: el conformado por propietarios, administradores y empleados jerárquicos, de hábitos y cosmovisiones urbanas y burguesas; y el de los trabajadores, todos provenientes del mundo rural, algunos recién incorporados al mercado de trabajo e inclusive -en el caso de los provenientes de zonas de economía de subsistencia y de los indígenas chaqueños- al mercado de bienes. En el marco de este contraste de sensibilidades, el sector dominante implementó, con suerte diversa y con el auxilio estatal, una serie de medidas correctivas tendientes a "moralizar" y "civilizar" al sector subalterno que debían apuntalar el ordenamiento social y elevar la productividad del trabajo.

Si en un punto podría sintetizarse este empeño, era el de la necesidad de disociar de manera tajante el ámbito del esparcimiento y la diversión, del laboral, estigmatizando al primero y enalteciendo al segundo. En el mundo rural del norte argentino esta separación era por lo menos difusa en gran parte del siglo XIX. El ámbito del trabajo, como espacio eminentemente público, se confundía con frecuencia con el doméstico, brindando a labradores, criadores, tejedoras, trabajadores no propietarios, etc., la posibilidad de disponer y organizar su tiempo con gran libertad -inclusive para holgar o para la diversión-, sin alterar ninguna cadena productiva ni violentar la estricta lógica que las nuevas maquinarias y el trabajo asalariado impondrán a partir del auge azucarero con el ingenio moderno.

El Reglamento para los Peones del ingenio Bella Vista, elaborado a fines del XIX pero que regía todavía hacia 1920, demuestra con elocuencia los serios obstáculos con los que se enfrentaba la élite azucarera para modificar ese legado del mundo rural e imponer una férrea disciplina laboral. Ciertamente, esas dificultades eran mayores a la hora de proyectar esa disciplina al ámbito de lo privado en los pueblos y colonias, para imponer a todos, a hombres y mujeres, jóvenes y viejos, el estricto control de los impulsos y de las conductas que era el ideal del trabajo fabril.

Queda completamente prohibido a los peones de la fábrica [se lee en el segundo punto del reglamento mencionado, titulado "Advertencias"], entrar al trabajo con cuchillo o cualquier otra arma. Queda también prohibido hacer bailes y jugadas de taba o naipe, dentro del radio del ingenio.14

Aún más que en lo relativo a las obligaciones laborales, en el ámbito de la religiosidad los hombres y mujeres de los pueblos azucareros no concebían sus prácticas disociadas de fiestas y bailes - los que podían durar varios días -, cuestión que también llegó a preocupar sobremanera a las jerarquías eclesiásticas. Con relación a las celebraciones patronales en el interior tucumano, el Primer Sínodo del Obispado de Tucumán, reunido en 1905, ordenaba en su artículo 309: "Trabajen con celo los párrocos en desterrar la impía costumbre de celebrar estas fiestas con banquetes, bailes u otro tipo de espectáculos, juegos o simples reuniones que ofendan la honestidad o la templanza".15 Obviamente, la brecha entre los modos de valorar las obligaciones laborales y las diversiones de los sectores dominantes y los subalternos, así como la existente en las prácticas religiosas y otras manifestaciones de la sociabilidad, no logrará cerrarse. El legado del mundo rural en los pueblos azucareros pervivirá, con variantes y modificaciones, muchas décadas más allá de nuestro período de estudio.

 

Las viviendas obreras

Como se ha afirmado más arriba, los pueblos azucareros surgieron como simples rancheríos instalados alrededor de los ingenios. Sin embargo, en la década de 1880 las empresas comenzaron a construir viviendas de material para el personal estable: empleados superiores, técnicos, capataces y obreros. Otro tanto se hacía en las "colonias" (en Tucumán) o "lotes" (en Jujuy), propiedades de las empresas administradas por un encargado a sueldo o con participación en las utilidades. El ordenamiento del espacio, la localización de las viviendas, su diseño, el tipo y calidad de los materiales utilizados reflejaban estrictamente las jerarquías sociales. El centro, el lugar del poder por antonomasia, era la sala o el chalet de los propietarios, ubicado generalmente en el mismo predio de las fábricas, aunque en un espacio celosamente reservado. La distancia o cercanía con relación a éste del resto de las viviendas daba una pauta del estatus social que poseían. En consecuencia, las destinadas a los pocos empleados jerárquicos y técnicos se ubicaban pegadas o en frente de las fábricas, luego las de los empleados administrativos, más alejadas las de los obreros permanentes y, luego de éstas, los "pabellones" o "conventillos" destinados a los trabajadores temporarios.

La tipología de las viviendas obreras era eminentemente rural. Las de los obreros permanentes eran, al principio, simples "ranchos sistematizados", emplazados en hileras, con paredes blanqueadas y techo de tejas en reemplazo de la paja, construyéndose luego casas de material con techos de teja o zinc y pisos de ladrillo cocido. Los diseños de estas viviendas tendrán muchas variantes, pero dos elementos serán constantes: la galería y la inexistencia de pasillos de circulación.16 En la galería y en el patio de tierra apisonada provisto de una cubierta o "ramada" se desarrollará gran parte de la vida familiar. Allí se cocinaba, se comía y se pasaban los momentos de ocio; se instalaban los hornos de barro, se lavaba la ropa, se amasaba el pan y se molía el maíz en grandes morteros de madera. En el cuarto único (o en los dos, en el caso de que la vivienda los tuviera) sólo se dormía y se guardaban los muebles y enseres más valiosos. El equipamiento sanitario se reducía a una letrina o "excusado".

La calidad y solidez de estas viviendas fueron reconocidas por Ávila, Bialet-Massé y Juan B. Justo, entre otros. Pero su equipamiento era, más que modesto, muy pobre. En los catres y camas de madera y tiento, los colchones eran de paja o de "chala" (la hoja que cubre el maíz), y en cada uno de ellos dormían con frecuencia varias personas. Completaban el mobiliario unas pocas sillas de cuero y dos o tres petacas para conservar y trasladar las pertenencias. El hacinamiento y la promiscuidad eran la natural consecuencia del reducido espacio cerrado de estos cuartos-dormitorios, circunstancia que también explicaría la facilidad con que se propagaban las enfermedades infecto-contagiosas, principal causa de los decesos en todo nuestro período.

En estas condiciones, la vida de las familias (numerosas, en general) transcurría la mayor parte del día en el exterior, en un espacio más semi-público que privado. Allí el aislamiento de la mirada de extraños, el disfrute de momentos de intimidad personal en un contexto fuertemente regimentado, deben haber sido difíciles. Por ello los espacios abiertos, el monte, la cercana montaña, los cañaverales, eran ámbitos naturales de encuentros furtivos; lugares hacia donde partían los hombres -solos o en pequeños grupos, a salvo de la vigilante mirada de patrones y capataces-, a cortas excursiones de caza o pesca; donde se realizaban abortos y se abandonaban a recién nacidos no deseados; en los cañaverales y florestas que rodeaban los caseríos se desarrollaban también algunos de los juegos de los niños, que frecuentaban, durante los meses del largo verano, los ríos y las acequias de los ingenios.

Si para los obreros permanentes los espacios destinados a la intimidad eran casi inexistentes en sus viviendas, podría afirmarse que los trabajadores temporarios carecían en absoluto de ellos. Aquellos que no instalaban directamente sus ranchos, se alojaban en viviendas colectivas (los "pabellones", "cuartos" o "conventillos"), ocupadas por seis, ocho o diez familias. A cada una se le otorgaba una habitación y un pedazo de galería con precarias divisorias, pero todas debían compartir el lugar destinado a la cocina y la misma letrina. Naturalmente, el hacinamiento en estos bloques eran notoriamente superiores a los de las viviendas unifamiliares. Estado que se potenciaba aún más en los miserables ranchos que los peladores levantaban en las fincas cañeras.

 

Los chalets de los propietarios y del personal jerárquico

Propietarios y empresas levantaron a fines del siglo XIX y comienzos del XX, para sí, para administradores, personal jerárquico y técnicos, viviendas tipo chalets muy cómodas y aún lujosas. Según Paterlini, todas tenían

una característica común conceptualmente unificada en la 'villa palladiana', es decir, edificios de alto valor arquitectónico emplazados en áreas suburbanas o rurales que representan el prestigio del propietario y deben, en consecuencia, distinguirse unas de otras como afirmación de su individualismo.17

En torno a algunos de estos chalets se han tejido numerosas leyendas, tanto por su magnificencia como por el origen de la fortuna de sus propietarios. Los chalets poseían, además de parques privados, bibliotecas, salas de juegos, jardines de invierno y amplios ambientes en los que tenía lugar una activa y refinada vida social. Casi todos los ingenios poseían canchas de tenis y algunos hasta campos de polo, como La Esperanza de Jujuy y Santa Ana, en Tucumán. Tomaban parte de estas actividades sociales el personal jerárquico, en buen porcentaje europeos contratados por su formación técnica, invitados de otros ingenios y miembros de la "gente decente" de capitales provinciales.

Las jornadas de tenis podían, inclusive, convertirse en desafíos entre ingenios, pero lo más usual eran los juegos informales de la gente joven. Sin duda, en los ingenios el tenis era, rigurosamente hablando, el "deporte blanco", al cual solamente podían acceder algunos elegidos fuera del reducido círculo de propietarios, administradores y personal jerárquico: los médicos de las empresas o los concesionarios de las proveedurías y sus familias.

Los partidos de polo y las "carreras cuadreras" eran eventos menos frecuentes pero más espectaculares, que se organizaban en oportunidad de celebraciones de especial importancia. Las organizadas por el Jujuy Polo Club Esperanza en mayo de 1917 preveían carreras en varias categorías, pero ordenadas con una distinción básica: las reservadas a los propietarios de caballos "poleros" y las destinadas a los "empleados en general".18 Actividades más íntimas eran las cabalgatas y las partidas de caza, éstas últimas organizadas a veces en homenaje de algunos de los visitantes ilustres que periódicamente recibían los ingenios.

Esta simplificada descripción no pretende abarcar el conjunto de las variadas manifestaciones que la vida de la élite tuvo en los ingenios, sino destacar algunos rasgos que distinguían un estilo de vida. Más allá de las grandes similitudes señaladas, las diferencias que las empresas y sus administraciones establecieron con la sociedad otorgaron más que un matiz distintivo a la élite tucumana, con múltiples y fuertes conexiones con los estratos medios urbanos y rurales, con relación a las concentradas empresas jujeñas, cuyos propietarios y administradores se relacionaron más política que socialmente con la dirigencia tradicional de esa provincia.

 

Vestido, alimentación, salud y educación obreras

En Tucumán, hacia la década de 1850,

el peón de campaña, en general, vestía de chiripá compuesto de tela de lana, rayados, de fábrica (lo mismo era el poncho) -sobre la camisa de hechura criolla también. Casi todos descalzos, con el chiripá ajustado y bien enjuto a las piernas, sin ninguna elegancia por cierto y con aspecto de pobreza y poco aseo.19

Es de suponer que, aproximadamente, ésta sería la vestimenta de los trabajadores que se ocuparon en los ingenios azucareros en la segunda mitad del siglo XIX. Según la misma referencia, los "obreros" de la ciudad ("carpinteros, herreros, sastres, albañiles, sombrereros, fabricantes de carretas, etc."), "criollos y numerosos", no usaban chiripá, pocas veces el poncho y se vestían en general con pantalón y saco. En cuanto a los sombreros, los usuales en la ciudad eran de ala más bien corta y en la campaña de ala ancha, los dos tipos confeccionados "en el país".

Lotito da por hecho generalizado que las empresas obligaban a los trabajadores a usar una vestimenta uniforme, confeccionada en lona muy basta. Sin embargo, las favorables consecuencias de la huelga de 1904 se habrían manifestado en casi todos los planos, inclusive en la vestimenta:

Los vestidos han mejorado enormemente, pues los trajes de lona han desaparecido para siempre, siendo sustituidos por otros más en armonía con la producción y la confección de vestidos de la época. El calzado mejoró igualmente. La alimentación y todo, en fin, tuvo un cambio favorable.20

En las décadas de 1910 y 1920 esos cambios continuaron sin pausa. Aunque siguió usándose el poncho, en los ingenios los trabajadores se vestían usualmente con sacos; algunas mujeres acortaron sus vestidos, llevándolos a media pierna, y comenzaron a calzar zapatos con pequeños tacones.

Las descripciones que se hicieron de los indios chaqueños de los ingenios de Jujuy resaltaron invariablemente la desnudez de sus cuerpos. El desapego al uso de ropas se explicaba como un rasgo más de su renuencia a asimilar las costumbres del "mundo civilizado". Pero Niklison dio al respecto otra explicación: si los matacos andaban casi desnudos lo hacían porque eran "tan pobres en los ingenios como en el desierto, en una palabra, porque no pueden vestirse".21 No obstante, la diferencia con los chiriguanos o chaguancos, muchos más "acriollados", era notable en lo que respecta a la vestimenta. Este proceso de asimilación se daba también, aunque en menor medida, en los tobas, quienes al promediar la segunda década del siglo, "en gran proporción", se vestían "poco más o menos como el último de los peones criollos de la región".22

En las crónicas periodísticas que redactó Sarmiento en su visita a Tucumán de 1886, observó que "la generalidad de la gente come pan y carne diariamente".23 En efecto, el pan (amasado y horneado en las viviendas), la carne y el maíz constituían la base de la dieta alimenticia. En los ingenios se solía suministrar locro24 en grandes bateas, de las cuales los trabajadores se servían con cucharas de madera. Pero lo más usual - hasta la huelga de 1904 - era "la ración", dos libras de carne, dos libras de maíz, unos gramos de sal y a veces algo de leña, que diariamente se entregaba a los trabajadores como parte del salario. Según los críticos del sistema, la calidad del alimento suministrado era mala y producía no pocos conflictos entre patrones y peones. La importancia que la cuestión de la ración adquirió en los primeros años del siglo XX fue tal que su supresión -junto al vale, la moneda privada de los ingenios- ha sido contabilizada como una de las grandes conquistas de la huelga de 1904.

Se ha asociado el vale a las proveedurías forzosas, las que, con el expendio de productos de primera necesidad a precios superiores a los del mercado, habrían dejado elevados beneficios extras a las empresas. Al respecto, las situaciones eran muy diversas, como se desprende de la descripción de Bialet Massé. Refiriéndose a un ingenio que no nombra, afirmaba el médico y laboralista catalán:

Resulta que la proveeduría se come ya la mitad del salario en una u otra forma, que se revisan las libretas cuando se le ocurre al mayordomo y les meten gatos, esto es, anticipos que no se le han hecho, dinero que el obrero no ha visto, aunque alguna vez lo ha pedido y no se lo hayan dado.25

Pero, a pesar de que en algún momento hace extensiva esta valoración negativa a todos los ingenios tucumanos, de su descripción se desprende que no todos tenían almacenes para sus trabajadores y que los precios de algunos de ellos eran iguales - y a veces inferiores - a los de los comercios minoristas de la provincia. No está de más añadir que las proveedurías perduraron en algunos ingenios hasta la primera década peronista y que la ley del salario mínimo para los trabajadores de fábricas y talleres, votada por la legislatura provincial en 1923, establecía que el salario obrero debía ser abonado en "moneda nacional de curso legal", lo que indica que también los vales seguían presentes y jugando su papel en la realidad social tucumana.

En referencia a los hábitos alimenticios de los indios del Chaco en los ingenios jujeños, se ha llamado la atención sobre su frugalidad, sobre su aptitud para sobrevivir con exiguos recursos. Nuevamente la cita obligada es Niklison, quien afirmaba sobre los tobas:

El plato obligado de los tobas obreros es el locro, con bastante agua, poco maíz y menos carne. Las empresas no les dan más, y sus jornales, por otra parte, no les permiten adquirir otros artículos. En circunstancias en que el hambre empieza a apurarlos demasiado, después de algunas semanas de dieta industrial, hacen un alto y se van al monte, a los arroyos y a las lagunas, en busca de mejores y más abundantes alimentos. Y la corta mariscada les resulta siempre de provecho.26

La evolución de algunos indicadores demográficos es un buen punto de referencia para aproximarnos a la condición sanitaria de los trabajadores azucareros. Al respecto, solo contamos con estudios sobre Tucumán, pero es muy probable que las conclusiones de los mismos puedan proyectarse al conjunto del área azucarera de la región. La persistencia de una alta proporción de defunciones en el primer año de vida con respecto al total de muertes y - por lo menos hasta 1920 - de "torres de mortalidad exacerbadas" pondrían de relieve que se trataba de "una sociedad que todavía se encontraba fuertemente expuesta a la acción de enfermedades que, por otro lado, ya habían sido controladas - en el país o en el exterior - con medidas sociales o con la mejora de los niveles de ingreso".27

En efecto, en el bienio 1897-1898 la mortalidad en el grupo de edad de cero a cinco años en toda la provincia constituía el 56,29% del total de defunciones. Las enfermedades infecciosas y parasitarias, epidémicas o no, eran las causas principales de los decesos. Las infecciones gastrointestinales, broncopulmonares y patologías como el sarampión (esta última con una participación del 6,35% en el total de las defunciones) predominaban entre niños y jóvenes. La mala alimentación, las bajas defensas, el incipiente desarrollo de la vacunación preventiva y una atención sanitaria más que deficiente pueden enumerarse como los factores que explican esta realidad. En este marco, la falta de higiene y la ausencia de elementales hábitos de asepsia explican la elevada mortalidad de los recién nacidos por el "mal de los siete días", el tétano, cuya participación en el total de muertes ascendía al 3,25% en los dos años citados.28

Obviamente, los índices de mortalidad infantil eran muy elevados y sufrían bruscas variaciones. Aunque los valores continuaron siendo muy elevados con relación a los de Buenos Aires y de otras provincias, a partir de 1920 tendieron a descender y los altibajos se hicieron más moderados.29

Rodríguez Marquina no dudaba en responsabilizar de las elevadas cifras de la mortalidad infantil en Cruz Alta a los industriales azucareros, quienes, a su criterio, "salvo alguna muy honrosa excepción, no sostienen médico ni botica para los miles de brazos que fomentan su riqueza".30 Parece que ello era rigurosamente cierto en los años del "despegue" azucarero. En octubre de 1884, se informaba en la prensa que: "de uno de los ingenios situados en la banda del río Salí, vino ayer al hospital un peón atacado de viruela. Como era natural, se le negó la entrada, lo que motivó que el desgraciado enfermo permaneciera largas horas abandonado en la plaza Belgrano".31 Años después, el 17 de julio de 1891, el mismo medio informaba:

La viruela en San Felipe. Hace estragos la terrible peste de viruela en las familias de los peones del ingenio San Felipe. Ninguna precaución se toma por las autoridades respectivas para evitar el contagio. La vacunación no se practica, y el médico policial no se da por notificado.

Pero en la primera década del siglo XX varios ingenios prestaban ya asistencia médica a sus trabajadores. Lo hacían La Esperanza, La Providencia y Bella Vista, establecimientos que, además, acostumbraban a otorgar pensiones a aquellos que quedaban impedidos por accidentes de trabajo.32 De todos modos, parece que en Tucumán la usanza era una o dos visitas semanales de los facultativos, lo que no habría brindado una buena cobertura en fábricas que durante la zafra ocupaban con frecuencia a más de 1.000 operarios. Según recuerda una testigo de excepción, a fines de la década de 1910 y comienzos de la de 1920, "el doctor Poviña venía a 'La Florida' dos veces a la semana y atendía a los obreros".33 Por otra parte, no está claro si tal asistencia contemplaba sólo a los trabajadores o abarcaba también a sus familias. En el caso del ingenio jujeño La Esperanza, ello debe haber sido muy difícil, pues la empresa

daba [a los trabajadores enfermos] asistencia médico-farmacéutica-hospitalaria relativa. A fines del siglo pasado y comienzos del actual, el único galeno que actuaba en la factoría era el Dr. Paterson, y en época de cosecha, había 2.000 a 2.500 empleados y obreros en la fábrica y 3.000 a 3.500 indígenas en la zafra.34

Estas condiciones cambiarían lentamente. Hacia 1920 sostenían hospitales los ingenios Santa Ana, Bella Vista y San Pablo, en Tucumán, y La Esperanza y Ledesma, en Jujuy, y recién en la década de 1940 estarán instalados en todas las empresas azucareras.

Sobre la calidad de la atención recibida por los trabajadores no hay mayores referencias. No hay dudas que en algunos casos la acción de los médicos perseguían, prima facie, reducir el ausentismo; es decir, formaban parte del complejo de medidas instrumentadas para disciplinar a los trabajadores. Hay testimonios coincidentes sobre el uso de una medicina universal en los ingenios Lastenia y Santa Ana para "depurar" los organismos enfermos: la purga de sal. En el ingenio Santa Ana, además, se habría acostumbrado "desinfectar" y "purificar" las vías respiratorias con gases de azufre. "La purga de sal era para depurarlos y entonces nadie faltaba por enfermedad a menos de que sea realmente seria la enfermedad que tuvieran; si no, padecían la desinfección con el azufre o la purga de sal".35

Los ingenios tucumanos fueron más proclives a sostener escuelas. En 1886 Sarmiento elogiaba la iniciativa del industrial Juan María Méndez, quien mantenía en su establecimiento, La Trinidad, una "excelente escuela".36 Pero, en 1899 el ejemplo no había cundido demasiado, ya que en sólo seis de los 33 ingenios de la provincia funcionaban establecimientos de primeras letras para niños.37 Con el nuevo siglo las escuelas fueron apareciendo en todos los poblados azucareros, apoyadas por las empresas en grado diverso. En algunos casos facilitaban el edificio, o pagaban los maestros, o proveían de leche a los niños; inclusive se pusieron en funcionamiento centros para enseñar a leer y escribir a obreros adultos. La temprana edad de ingreso al mundo laboral atentaba, sin embargo, contra la posibilidad de extender la educación básica. Niños de hasta nueve años trabajaban en las fábricas en las tres primeras décadas del siglo XX y siguieron haciéndolo -con todo el grupo familiar- por muchos años más en las labores del corte y cargado de la caña.

 

Los límites del disciplinamiento

La vida en los pueblos azucareros estaba estrictamente pautada por los tiempos del ingenio. Todo se organizaba en función de la zafra. En octubre o noviembre la actividad entraba en un estado de letargo, para despertar y ponerse lentamente en movimiento al terminar el verano. Llegaba entonces la hora de poner a punto las máquinas y de tensar los músculos. Los obreros permanentes sabían que se aproximaba el momento en el que debían echar a andar el monstruo de acero, del que atendían los órganos más sensibles; los temporarios aprestaban sus bártulos para migrar a veces cientos de kilómetros a ingenios y cañaverales, donde de su esfuerzo dependía hacer en tres o cuatro meses "la diferencia" y poder adquirir, de regreso al pago, una vaca u otro bien igualmente preciado; los indígenas del Chaco iniciaban una larga y penosa marcha, que duraba a veces más de un mes, para arribar a un punto en el que abordarían los vagones de carga que los depositarían en el lugar asignado por las empresas; los carreros alistaban bestias y aperos; los comerciantes preparaban la variada gama de mercaderías que intentarían colocar en el revitalizado y bullicioso mercado en que se convertía cada pueblo; los cañeros independientes aseguraban sus planteles de "peladores" y negociaban con las fábricas el precio y las condiciones de liquidación de la materia prima; industriales, grandes mayoristas, financistas y políticos especulaban sobre las perspectivas de los precios y discutían – todos los años – sobre las bondades e inconvenientes de las tarifas aduaneras vigentes y sobre la conveniencia o no de elevar o reducir la banda protectora al azúcar.

A fines de mayo o en la primera quincena de junio, primero pesadamente pero luego a un ritmo febril, brazos y machetes comenzaban a cortar la caña en los plantíos; los trapiches a triturarla; las chimeneas a despedir columnas de humo grisáceo y el ingenio a impregnar su entorno con el dulce olor de la miel quemada. Centenares de hombres, largas tropas de carros, locomotoras y vagones ferroviarios entraban y salían diariamente de cada fábrica, cuyos caminos y avenidas de acceso se cubrían de un manto de polvo que sólo se iría con el fin de la zafra.

Durante la cosecha, los turnos y horarios de trabajo imponían la rutina a todos los habitantes del pueblo. Los hombres cumplían jornadas diurnas o nocturnas de 10 a 12 horas, aunque a fines de la década de 1910 algunos ingenios tucumanos decidieron adoptar la de ocho horas, modalidad que se generalizó a partir de una ley provincial de 1923. Los quehaceres de las mujeres se adaptaban a los horarios de sus compañeros; debían servir las comidas en los momentos determinados por el ritmo laboral y hasta llevarlas a los lugares de trabajo. Diariamente, un enjambre de mujeres y niños irrumpían a una hora determinada en los ingenios portando "el almuerzo" en pequeñas ollas, platos envueltos en trozos de género o en portaviandas enlozadas. Tal rutina imponía un orden, una disciplina, al compás de los repiques de las campanas y, luego, del ulular de las sirenas, que anunciaban la rotación de los turnos.

Otros elementos actuaban en la misma dirección, reduciendo las posibilidades de los trabajadores de actuar al margen o contrariando las normas establecidas. En primer lugar, todo era propiedad del ingenio, incluyendo las viviendas. De ellas podían ser desalojados sin ningún preaviso y así sucedía ante cualquier problema que los propietarios, el administrador o, simplemente, los capataces, consideraran conveniente enfrentar aplicando un duro correctivo. Así, el trabajador castigado era subido a un carro con su mujer, hijos y pertenencias y era expulsado del radio del establecimiento. Por cierto que esas medidas formaban parte de una dinámica de relaciones paternalistas, en las que el patrón o los administradores de las empresas combinaban favores con reprimendas y sanciones, algunas inusitadamente duras, como los castigos corporales y la aplicación del cepo, que fueron legalmente reconocidos hasta 1888. Al respecto, Bialet Massé observaba - generalizando de un modo por lo menos discutible - que

el obrero sirve a su patrón caudillo de sus servidores, que nacen y viven y muchos mueren en el terreno del patrón en que nacieron. Cualquiera que sea el modo de ser de éste, se crean afecciones recíprocas que nada puede borrar (...) aun en las mismas sociedades que se han formado donde han quedado como gerentes sus antiguos dueños, el personal fijo conserva con ellos las mismas relaciones de afección, que es recíproca y se manifiesta con detalles tan interesantes como el cuidado de dar la leche a los niños de los obreros.38

Sin duda, esta valoración entra en contradicción con los innumerables actos de desobediencia e insubordinación de los trabajadores, de los que hay sobradas evidencias. Las fugas de los lugares de trabajo, tan generalizadas mientras tuvieron vigencia las leyes de conchabo, como los movimientos huelguísticos que episódicamente convulsionaron el clima social tucumano posteriormente, prueban que esas "relaciones de afección recíproca" no eran tan sólidas ni estables.

Las empresas cuidaban con celo que la presencia de extraños no perturbara el normal desenvolvimiento de las actividades y el orden dentro de sus propiedades. Por lo general sus límites estaban cercados y los accesos vigilados. De noche era necesario identificarse ante los guardias para ingresar a los pueblos. Especial prohibición regía en algunos ingenios contra los comerciantes ambulantes, muchos de ellos "turcos" (es decir, árabes del Imperio Otomano), quienes rompían el monopolio del comercio minorista que las empresas reservaban para sus proveedurías.

Ese objetivo regimentador apuntaba, como se ha dicho, a todas las esferas de la vida cotidiana de los pueblos. En consecuencia, las empresas procuraron dotarlos de una adecuada infraestructura que contemplaba la realización de deportes, el culto y la recreación, practicados "civilizadamente". De ese modo se construyeron para los trabajadores y sus familias canchas de fútbol, de básquet y natatorios; capillas y clubes sociales (donde se proyectaban películas, se representaban piezas teatrales y se realizaban diversos tipos de fiestas), los que se transformaron en importantes centros de la sociabilidad obrera.

Una mirada optimista sobre el éxito de tales propósitos formuló un periodista que visitó el ingenio Ledesma en la década de 1920:

Esto no es un conglomerado de casas, como pudiera suponerse, yuxtapuestas y alineadas a lo largo de los caminos centrales. Éste es un centro edilicio, perfectamente corporizado y autónomo, en el desenvolvimiento de sus necesidades y recursos. La vida se desenvuelve bajo un control bifásico – oficial y privado – ya que la expansión demográfica de aquel poderoso núcleo de edificación particular, ha reclamado por su intensidad, todas las atenciones de la vida civil, legislada por la acción oficial en justicia, en policía y en instrucción. En urbanismo, empero – es decir, dentro de su estructura material y moral – aquella armazón de ciudad obrera, donde se disciplina armónicamente la vida de ocho mil almas, es un derivado absoluto del ingenio.39

Sin embargo, hay suficientes razones para dudar de que las empresas y el Estado hayan logrado imponer tal "armónica disciplina" a través de ese "control bifásico". Cuanto más, el disciplinamiento conseguido fue relativo, toda vez que muchas de las manifestaciones de la sociabilidad obrera cuestionadas por el discurso "civilizado" de las élites y reprimidas con frecuencia por la policía –como el juego de la "taba" y las riñas de gallo- jamás fueron erradicadas.

Las prácticas y creencias religiosas de los trabajadores distaban mucho también de ser las de la élite y los sectores medios. El obrero tucumano, según Rodríguez Marquina, "cree en Dios y en todos los Santos, en supersticiones y agüeros, pero no tiene ni la más mínima noción de los deberes del hombre para con Dios y sus semejantes".40 En efecto, aunque las empresas levantaron capillas junto a las fábricas y procuraron brindar servicios religiosos regulares para las nuevas poblaciones, la religiosidad en los ingenios se desenvolvió por carriles no controlados por la jerarquía católica. Se trata ésta de una cuestión sobre la cual la historiografía no ha indagado, pero puede afirmarse que, en primer lugar, la devoción religiosa y sus rituales eran las de los lugares de origen de las gentes que constituyeron los poblados, desde las montañas y valles tucumanos y catamarqueños a las llanuras santiagueñas. En segundo término, se centraba inexorablemente en torno a la veneración de una imagen de la Virgen María o de algún santo, cuya guarda estaba en manos de particulares, generalmente en las propias viviendas. La veneración de las imágenes, por otro lado, era acompañada con aires musicales interpretados con cajas, bombos, violines y a veces vientos, que alegraban las celebraciones, y concluían en fiestas con abundante comida y bebida. Los lugares de culto eran las casas que guardaban las imágenes, pero bien podrían ser oratorios más o menos distantes de los pueblos; algunos congregaban a los feligreses en días determinados (el del santo o el de una determinada advocación de la Virgen); otros eran organizados para cumplir promesas o pedir favores especiales.

Sobre la vida familiar y la sexualidad en los pueblos azucareros el vacío historiográfico es aún mayor. Podemos guiarnos, al respecto, por algunas escasas referencias. Según Rodríguez Marquina, en las familias obreras de fines del siglo XIX era "muy raro ver individuos casados, pues lo general es el concubinato, y es frecuente encontrar uno cuya muger [sic] tiene varios hijos de distintas procedencias".41 Si las uniones informales eran moneda corriente, habría habido una gran tolerancia en materia sexual, con abundancia de embarazos de mujeres que apenas habían dejado la pubertad. El cuadro que sobre el ingenio Santa Lucía de fines de los 40 y los 50 del siglo XX que se desprenden de dos testimonios a partir de perspectivas diferentes (una hija de obrero y una psicoanalista) son coincidentes al señalar una realidad caracterizada por el alcoholismo, la violencia familiar, los abusos y los castigos físicos a los niños.

Éramos de las últimas generaciones de familia numerosa y de padres que nos pegaban, que usaban el castigo corporal como imposición de disciplina, como instrumento de educación -afirma Lucía Mercado-; casi todos hemos sufrido 'el látigo colgando de la galería', las varillas de nuestras madres, el cinto de nuestros padres; no tenía nada que ver con el amor o el desamor (…). El castigo corporal era impune y era bien visto y a esto se sumaba la costumbre desprovista de contacto físico afectivo: nuestros padres nos cuidaban, atendían las necesidades, teníamos mucha libertad, pero no nos abrazaban, no nos besaban.42

El alcoholismo en los hombres habría sido el disparador de gran parte de las golpizas a que eran sometidas esposas y compañeras, del mismo modo que habría favorecido las relaciones incestuosas y las violaciones, los que siendo conocidos se cubrían en general con un manto de silencio. Según uno de los testimonios, la sexualidad era algo omnipresente, que "estaba a flor de piel, sin ningún tipo de sublimación". En ese contexto, aunque la virginidad no dejaba de ser una cualidad preciada, un "ideal" enaltecido tanto por la prédica de la iglesia como por los propósitos moralizadores de la élite azucarera, el perderla no impedía a las jóvenes conseguir pareja y formar un hogar, ni aún siendo madres solteras.43

 

Colofón

Toda sociedad es un mundo de contrastes. Pero en los ingenios azucareros del norte argentino éstos fueron notablemente acentuados en lo relativo a costumbres, formas de sociabilidad y condiciones de vida. En un radio reducido convivían propietarios, personal jerárquico y todas las escalas de los trabajadores; la riqueza exhibida con ostentación y la pobreza que se manifestaba, impúdicamente, a los ojos de los observadores; los sofisticados trajes europeos y los rústicos géneros que, a veces, apenas cubrían la desnudez.

Los contrastes también eran muy marcados entre el período de cosecha, que imprimía a toda la sociedad cañera una febril actividad, y los del período inter zafra, que bien podríamos llamar de hibernación si no coincidiera con el tórrido y lluvioso verano. Todo cambiaba en uno y otro: las rutinas, los contactos con el mundo exterior, la disponibilidad de tiempo propio, las posibilidades de adquirir ciertos tipos de bienes, etc.

Entre los propios trabajadores las disparidades no eran menores. Sobre la base de la calificación laboral, de la pertenencia étnica o de la condición de permanentes y transitorios, estaban divididos en una compleja escala de jerarquías de los que eran celosos defensores. En los ingenios jujeños no era lo mismo ser peón criollo o trabajador chiriguano que soldado mataco. Las tareas que se asignaba y las retribuciones que recibía cada grupo respondían estrictamente a su diferenciado estatus. En ese sentido, preservar las diferencias significaba para algunos conservar ventajas o privilegios frente a las categorías que gozaban de menor estima. Este tipo de diferencias eran menos radicales en Tucumán, aunque no dejaban de existir entre un maestro de azúcar o un electricista y los peladores santiagueños.

Algunas de estas características no fueron privativas del ingenio azucarero (como las diferencias que hacían las patronales entre las parcialidades chaqueñas), pero otras se generaron en la dinámica productiva y cultural de este verdadero microcosmos social. La condición sanitaria de los trabajadores, el comportamiento de los indicadores demográficos y ciertas pautas de conducta (como el trato dado a mujeres y niños) no pueden, a su vez, atribuirse al ingenio. En realidad, eran comunes a todas las áreas rurales del norte argentino. En ese sentido el ingenio no era un submundo, sino un lugar en el que, gracias a su importancia económica, a las concentraciones humanas que nucleaba y a la circunstancia de que en él confluían intensamente la cultura de la élite y la cultura popular, tales rasgos se hicieron más visibles.

Las luchas políticas que enfrentaron a los partidos "conservadores" con la Unión Cívica Radical y - en el caso tucumano - las que oponían a "industriales" con "cañeros" alimentaron un imaginario que mostraba a la agroindustria como la causante del atraso económico y a los pueblos azucareros como un concentrado de padecimientos sociales. En él los trabajadores eran víctimas inermes de una despiadada explotación que, para colmo, les privaba de toda libertad. Sin duda, muchos de los elementos con los que se elaboró el mismo fueron tomados de la realidad, pero se los proyectó en el tiempo y en el espacio violentando una diversidad de situaciones que, de ser contempladas, ofrecerían un panorama más matizado y complejo. Lo que cuestiona más seriamente su validez es la evidencia de la creatividad inagotable de los hombres y mujeres de los pueblos azucareros que, en un marco muy condicionante, pudieron construir espacios en los que se expresaron con relativa libertad en el ámbito de la religiosidad, de la recreación y de la acción política y sindical.

Ello no invalida la existencia de situaciones de injusticia ni puede echar un manto de disculpas sobre las agudas desigualdades sociales que acompañaron y se hicieron inherentes a la actividad azucarera, expresadas en la mitología surgida en torno de la fábrica, de su entorno agreste y de sus misterios. Muchos de los mitos que predominaban en el imaginario colectivo de los trabajadores del azúcar eran propios del mundo rural, como los de La Mulánima, La Viuda y El Duende. Pero uno era peculiar del ingenio y su pueblo, el de El Familiar. La existencia de un pacto de los patrones con el demonio, transmutado en un gran perro negro que, arrastrando cadenas, habitaba los sótanos de las fábricas y merodeaba al anochecer por los cañaverales sediento de sangre obrera, estaba en la base de esa creencia que se extendió a toda la región, inclusive a los grandes centros urbanos, y que pretendía explicar de algún modo la extraordinaria concentración de la riqueza en pocas manos. Pese a los estudios que ha merecido desde diferentes perspectivas, todavía no se ha indagado suficientemente sobre su articulación lógica con un sistema de representaciones y conductas; sobre su historicidad, sus orígenes, las formas y los contenidos cambiantes que fue adquiriendo a lo largo del tiempo. Como éstas, muchas otras cuestiones de la historia de los pueblos azucareros del norte argentino -y que aquí han sido sólo esbozadas- continúan en la agenda de tareas pendientes de los investigadores de nuestra sociedad y sus culturas.

 

 

Artigo recebido em: 05/05/2008.
Aprovado em 05/08/2008.

 

 

* A partir de comunicación presentada en el II Seminário de História do Açúcar. Trabalho, População e Cotidiano, Museu Republicano-Museu Paulista, Itu, noviembre de 2007.
1 ÁVILA, Julio P. Medios prácticos para mejorar la situación de las clases obreras. In: PÉREZ, Manuel. (ed.) Tucumán intelectual. Tucumán: producciones de los miembros de la Sociedad Sarmiento, 1904, p.183 (cursivas en el original).         [ Links ]
2 La demanda de mano de obra en la agroindustria azucarera del norte argentino se concentraba entre mayo y fines de setiembre o comienzos de octubre, en los meses de la cosecha o "zafra", que coincide con la estación seca. La plantación y las tareas culturales se llevaban a cabo en la época de lluvias, de octubre a marzo-abril.
3 SARMIENTO, Domingo F. Obras de Sarmiento. Buenos Aires, 1900, t.XLII, p.358-359.         [ Links ]
4 SARMIENTO, Domingo F. Obras de Sarmiento, p.360.         [ Links ]
5 ÁVILA, Julio P. Medios prácticos para mejorar la situación de las clases obreras, p.190.         [ Links ]
6 CAMPI, Daniel. Captación forzada de mano de obra y trabajo asalariado en Tucumán, 1856-1896. Anuario IEHS, nº8, Tandil, 1993.         [ Links ]
7 BRAVO, María Celia. Liberales, socialistas, Iglesia y patrones frente a la situación de los trabajadores en Tucumán. In: SURIANO, Juan. (comp.) La cuestión social en Argentina, 1870-1943. Buenos Aires: La Colmena, 2000.         [ Links ]
8 MARQUINA, Paulino Rodríguez. La mortalidad infantil en Tucumán. Tucumán, 1899.         [ Links ]
9 SIERRA, Jobino. IGLESIAS, Pedro. Un tiempo que se fue. Vida y obra de los hermanos Leach, S. S. de Jujuy/Municipalidad de San Pedro de Jujuy:Universidad Nacional de Jujuy, 1998, p.58.         [ Links ]
10 FIGUEROA, Federico. Los obreros de la industria azucarera en Tucumán. Informe de un comisionado. In: La Industria Azucarera, nº89, p.85-86. 1910.         [ Links ]
11 Archivo Histórico de Tucumán, Sección Administrativa (en lo sucesivo AHT, SA), vol.185, f.514 y ss.; vol.208, f.190 y ss. Los "labradores" eran el segmento mayoritario en este tipo de padrones y su nivel de instrucción mayor que el de los jornaleros.
12 SIERRA, Jobino e IGLESIAS, Pedro. Un tiempo que se fue, p.63.         [ Links ]
13 NIKLISON, José Elías. Los tobas. Buenos Aires, 1916, p.100.         [ Links ]
14 Reglamento para los peones del Ingenio Bella Vista. In: Ingenio Bella Vista. Libro Copiador (20.7.1904-24.10.1905), p.226-229, Archivo de la familia García Fernández.         [ Links ]
15  Primer Sínodo Diocesano del Obispado de Tucumán, Roma, 1907, p.91 (agradezco a María Celia Bravo el haberme advertido sobre esta obra).         [ Links ]
16 KOCH, Olga Paterlini de. Pueblos azucareros de Tucumán. Tucumán: Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UNT, 1987, p.87 y 153.         [ Links ]
17 KOCH, Olga Paterlini de. Pueblos azucareros de Tucumán, p.115.         [ Links ]
18 SIERRA, Jobino. IGLESIAS, Pedro. Un tiempo que se fue, p.135.         [ Links ]
19 ARÁOZ, Luis F. Restrospecto sobre la entrada a Tucumán de la primera mensajería. In: La Gaceta, Tucumán, 15.10.1922 (citado en PÁEZ DE LA TORRE,         [ Links ] Carlos (h),Tucumán. In: Historia testimonial Argentina. Historia de ciudades, nº16, Buenos Aires: CEAL, 1984.
20 LOTITO, Luis. El proletariado tucumano a comienzos del siglo. In: DI TELLA, Torcuato S. (comp.) Sindicatos como los de antes. Buenos Aires: Biblos/Fundación Simón Rodríguez, 1993, p.32.         [ Links ]
21 NÍKLISON, José Elías. Investigación sobre los indios matacos trabajadores. Jujuy: Universidad Nacional de Juyjuy, 1989, p.72.         [ Links ]
22 NIKLISON, José Elías. Los tobas, p.116.         [ Links ]
23 SARMIENTO, Domingo F. Obras de Sarmiento, p.313.         [ Links ]
24 El locro es un potaje que tiene como ingredientes principales la carne (vacuna y/o porcina) y el maíz, al que se suele agregar, además, vegetales y condimentos diversos.
25 MASSÉ, Juan Bialet. Informe sobre el estado de la clase obrera, Madrid: Hyspamérica, 1985, p.226 (cursivas en el original).         [ Links ]
26 NIKLISON, José Elías. Los tobas, p.118 (cursivas en el original). Se denominaba mariscada a la acción de pescar, cazar y recoger frutas silvestres en los montes.         [ Links ]
27 BOLSI, Alfredo. D'ARTERIO, Patricia. Población y azúcar en el noroeste argentino. Mortalidad infantil y transición demográfica durante el siglo XX. UNT, 2001, p.38.         [ Links ]
28 MARQUINA, Paulino Rodríguez. La mortalidad infantil en Tucumán, p.116-118.         [ Links ]
29 BRAVO, Augusto M. La industria azucarera en Tucumán. Sus problemas sociales y sanitarios, Tucumán: Imprenta Violetto, 1966, p.77.         [ Links ]
30 MARQUINA, Paulino Rodríguez. Anuario Estadístico de la Provincia de Tucumán. 1897. Buenos Aires, 1898, p.XXX.         [ Links ]
31 El Orden, Tucumán, 20.10.1884 (las cursivas nos pertenecen).
32 MASSÉ, Juan Bialet. Informe sobre el estado de la clase obrera, p.224 y 228;         [ Links ] Reglamento para los Peones del ingenio Bella Vista.
33 Referencia al autor de la Sra. Erna Voigt de Kindgard, hija del sub-administrador de dicho ingenio en los años indicados.
34 SIERRA, Jobino. IGLESIAS, Pedro. Un tiempo que se fue, p.63.         [ Links ]
35 Testimonio del Dr. Félix Mothe, Santa Ana. Un modelo de cultura rural, p.28-29.         [ Links ] La referencia a la misma práctica en el ingenio Lastenia, In: MARTEAU, Fanny. Una entrevista de historia oral sobre las condiciones de trabajo y de vida en un ingenio azucarero. Seminario de Historia Regional, FHCS, UNJu, 1992, p.7. (mimeo)         [ Links ]
36 SARMIENTO, Domingo F. Obras de Sarmiento, p.3617         [ Links ]
37 El Orden, Tucumán, 4.5.1899.
38 MASSÉ, Juan Bialet. Informe sobre el estado de la clase obrera, t.II, p.771.         [ Links ]
39 MOLINS, W. Jaime. Los grandes industrias argentinas. Por los emporios del azúcar. Una visita al ingenio Ledesma. Buenos Aires, 1925, p.19-20.         [ Links ]
40 MARQUINA, Paulino Rodríguez. Las clases obreras. La mano de obra, costumbres, vicios y virtudes de las clases obreras y medios de mejorar sus condiciones. Tucumán Literario, nº.11, 8.4, p.90, 1898.         [ Links ]
41 MARQUINA, Paulino Rodríguez. Las clases obreras. La mano de obra..., p.90.         [ Links ]
42 MERCADO, Lucía. El Gallo Negro. Vida, pasión y muerte de un ingenio azucarero. Buenos Aires: Producciones Gráficas, 1997, p.123.         [ Links ]
43 Testimonios al autor de las señoras Lucía Mercado y Clara Garfinkel de Espeja.