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Varia Historia

versión impresa ISSN 0104-8775versión On-line ISSN 1982-4343

Varia hist. vol.31 no.56 Belo Horizonte mayo/ago. 2015

http://dx.doi.org/10.1590/0104-87752015000200003 

DOSSIÊ

Clío filósofa. Los inicios del discurso histórico rioplatense (1830-1852)

Philosophical Clio. The Birth of River Plate Historical Discourse (1830-1852)

Jorge Myers1 

1Centro de Historia Intelectual, Universidad Nacional de Quilmes. CONICET. Roque Sáenz Peña 352, Bernal, Buenos Aires, Argentina. jorgeeduardo1961@gmail.com

RESUMEN

Este trabajo explora un momento decisivo en la construcción del discurso historiográfico rioplatense – el romántico – marcado por la recepción de un conjunto de tópicos y conceptos acuñados en el transcurso de los debates filosóficos, políticos y sociales europeos de las décadas de 1820 y 1830. Enfatiza la importancia de cierta “Geschichtsphilosophie” para la cristalización de un discurso histórico que privilegiaba la interpretación general y la identificación de “leyes generales” del desarrollo histórico. Las hipótesis centrales son: a) que la referencia a la “nación” como sujeto privilegiado del relato histórico apareció por primera vez en las obras aquí analizadas; b) que ese esfuerzo por articular una historia de la “nación” tuvo como condición de posibilidad y como condicionante de sus contenidos el hecho de haberse producido en el exilio. Este artículo enfatiza el rol del contexto histórico para la reconstrucción histórica de los significados del discurso político, social e historiográfico.

Palabras-clave: romanticismo argentino; Geschichtssphilosophie; discurso nacional transnacional

ABSTRACT

This article explores a decisive moment in the construction of historiographical discourse in the River Plate: that of Romanticism, marked by the reception of topics and concepts forged in the course of philosophical, political and social debates in Europe during the 1820s and 1830s. It emphasizes the importance, in the River Plate, of a certain Geschichtsphilosophie for the crystallization of a historical discourse which emphasized general interpretation and the identification of “general laws” of historical development . The main hypotheses are: a) that reference to the “nation” as the basic object of historical discourse first appeared in the works analyzed here; b) that the effort to articulate a “national history” had as its precondition the fact of having been produced in exile, a situation that also conditioned its subject-matter. This article emphasizes the role historical context exercises in the historical reconstruction of the meanings of political, social and historiographical discourse.

Key words: Argentinian Romanticism; Geschichtsphilosophie; transnational national discours

El arte de la interpretacíon en los orígenes del discurso historiográfico argentino

Aunque existieron algunos antecedentes parciales en los años anteriores a 1830, fue la Nueva Generación o Joven Generación Argentina la que buscó formular por vez primera una interpretación general de la historia de la Revolución de Mayo, y – por extensión – de aquella de la nueva República y sus disensiones civiles. El marco ideológico que definió su pensamiento fue aquel surtido de ideas asociado a la Revolución de Julio en Francia, formado por corrientes cristalizadas en programas de mayor o menor espesor intelectual y proyectadas fuera del ámbito francés por obra de ese acontecimiento. En lo que se refiere a la producción historiográfica de los miembros de la Nueva Generación, el elemento más importante tomado por ellos de aquellas corrientes y reelaborado como insumo para su propia obra, fue la noción de una “filosofía de la historia”, que también aparecía asociada algunas veces a una nueva “ciencia de la sociedad”. La historia, aunque indudablemente debía reposar sobre una sólida base documental, debía consistir en una interpretación “filosófica” de los hechos del pasado. Esta historia filosófica o “filosofía de la historia” debía reposar sobre una conciencia clara del movimiento progresivo de las sociedades humanas a través de la historia – un movimiento surgido de la naturaleza perfectible de la humanidad y que debía conducir hacia estadios espirituales, materiales, y sociales, cada vez más desarrollados y complejos. Más aún, aunque la “filosofía de la historia” acompañara la reconstrucción de los hechos históricos de tan solo un pueblo o una época, debía estar imbuida la interpretación del historiador de una clara conciencia de la existencia de una historia universal, unaWeltgeschichte (para emplear el término alemán), en cuyo interior se debía desarrollar necesariamente toda historia local o nacional. Aunque esta concepción de la historia procedía de muchos autores y corrientes intelectuales activos en Europa desde el siglo XVIII en adelante, fue decisiva para los rioplatenses su cristalización precisa y programática en la obra de dos filósofos, Georg Wilhelm Friedrich Hegel y Victor Cousin. Hegel desenvolvió su filosofía de la historia en el interior de su propio sistema –basado en la dialéctica y en una concepción idealista de la realidad humana –, haciéndola pública a través de dos cursos universitarios: uno en 1822-1823 y el otro – con una mayor elaboración de la materia propiamente histórica – en el invierno de 1830-1831 (publicado en 1831). En ellos, Hegel clasificó a la práctica histórica según tres grandes tipos: 1) la historia original – aquella producida por los contemporáneos de los hechos (sus ejemplos son Heródoto, Tucídides y Guicciardini, entre otros) –; 2) la historia reflectiva o reflexiva (subdividida a su vez en varios tipos) – aquella cuyos practicantes habrían logrado una conciencia de la historia universal y que no se sintieran confinados dentro de su propio presente –; y, finalmente, 3) la historia filosófica – la historia universal escrita como la narración del constante desenvolvimiento del Espíritu (Geist) a través de las sucesivas épocas, impulsado hacia momentos de cada vez mayor autoconciencia y perfección (cuyo único practicante, se puede inferir, habría sido en ese momento Hegel). Inserta en su sistema filosófico general, la historia filosófica debía unir de un modo dialéctico los aspectos subjetivo y objetivo de la historia humana, lahistoria rerum gestarum con las rei gestaepropiamente tales: debía ser, en otras palabras, simultáneamente historia universal e historia universal de la historiografía. La historia era, más aún, el eterno desenvolvimiento del Espíritu en el espacio, y debía ser estudiada por ende desde una perspectiva holista, totalizadora.

No fue, sin embargo, la “filosofía de la historia” hegeliana la que obtuvo mayor repercusión en el Río de la Plata durante la primera mitad del siglo XIX. Fue la obra del otro gran condensador de la nueva “filosofía de la historia”, Victor Cousin, la principal fuente para los intelectuales argentinos de esa nueva forma de concebir la historia. Cousin había entablado una relación intelectual muy estrecha con Hegel a partir de su primer encuentro en 1817, razón por la cuál no resulta difícil discernir la huella del sistema hegeliano en el eclecticismo. Existieron, sin embargo, importantes diferencias entre ambos sistemas. Por un lado, el movimiento perpetuo de la dialéctica hegeliana, operando a través de sucesivas tesis, antítesis y síntesis, aparecía transformado en la obra de Cousin en una combinatoria de opuestos, sin que resultara siempre claro si el resultado del pasaje de un estadio histórico a otro implicaba una síntesis o una mera coexistencia de elementos de distintas épocas sin que se produjera una relación necesaria entre sí. Más importante aún fue la presencia más enfática de una visión providencialista, es decir, de una historia cuyo proceso de cambio habría estado subordinado a los designios de la divina providencia. En 1828, Cousin publicó el Cours d´histoire de la philosophie, en cuyas páginas condensaba su versión de la historia filosófica. Ese libro tuvo una importante repercusión en el Río de la Plata, donde fue parcialmente traducido y publicado en 1834 (por José Tomás Guido). Vicente López y Planes – de la generación neoclásica – comenta en su correspondencia el entusiasmo que le producía la filosofía ecléctica de Cousin y su escuela, mientras que su hijo, Vicente Fidel López, incluiría en más de uno de sus escritos una referencia a ese libro. Junto a ese, tres otros – publicados por historiadores que entonces eran discípulos del jefe de la escuela ecléctica – sirvieron para consolidar la importancia de la “historia filosófica” en el interior del universo intelectual de la Nueva Generación: Principes de la philosophie de l’histoire (1827), una traducción de la versión más breve de laScienza Nuova de Giambattista Vico hecha por el joven Jules Michelet y acompañada por un estudio introductorio, y la Introduction a la philosophie de l’histoire de l’humanité, una traducción de lasIdeen zur Philosophie der Geschichte der Menschheit de Johann Gottfried Herder realizada por Edgar Quinet (1827), y el estudio del mismo autor, Essai sur les Œuvres de Herder (1828). Es importante subrayar, además, que éstas no fueron las únicas fuentes posibles para que los jóvenes letrados del Río de la Plata adquirieran una noción más o menos clara de la nueva “filosofía de la historia” o “historia filosófica”. Nociones semejantes podían ser halladas en autores tan diversos como Pierre-Joseph Buchez, Pierre Leroux, Pierre-Simon Ballanche (de cuyoEssai sur la palingénesie sociale de 1830 es posible que Echeverría haya tomado la noción de palingenesia), Sismondi, o Théodore Jouffroy.

En sintonía con aquellas posiciones intelectuales, muchos de los integrantes de la Nueva Generación sostuvieron (sobre todo en los años 1830 y 1840) que la historia era una actividad docta que debía estar regida por la búsqueda de las causas generales del cambio y la transformación de los estados y de las sociedades, y no meramente por el deseo de reconstruir empíricamente las causas inmediatas y locales. La creencia que subtendía a aquel programa historiográfico era aquella en el progreso indefinido de la humanidad, en la perfectibilidad humana, en un destino providencial que las revoluciones ocurridas desde el siglo XVIII en adelante parecían haber puesto de manifiesto. Juan Bautista Alberdi (1811-1884), en su “Lectura” de 1837, esbozó este programa de un modo explícito y detallado:

Aquí tenéis, pues, nuestra revolución en presencia de la filosofía, que la detiene con su eterno por qué y para qué. Cada vez que se ha dicho que nuestra revolución es hija de las arbitrariedades de un virrey, de la invasión peninsular de Napoleón, y otros hechos semejantes, se ha tomado en mi opinión, un motivo, un pretexto, por una causa. Otro tanto ha sucedido cuantas veces se ha dado por causa de la revolución de Norteamérica la cuestión del té; por causas de la Revolución Francesa, los desórdenes financieros y las insolencias de una aristocracia degradada. No creáis, señores, que de unos hechos tan efímeros hayan podido nacer resultados inmortales. Todo lo que queda, y continúa desenvolviéndose, ha tenido y debido tener desenvolvimiento fatal y necesario. Si os colocáis por un momento sobre las cimas de la historia, veréis el género humano marchando, desde los tiempos más primitivos, con una admirable solidaridad, a su desarrollo, a su perfección indefinida.1

El proyecto intelectual y político de Esteban Echeverría (1805-1851) partía de este diagnóstico, para concluir que era necesario ofrecer una primera sistematización de la ciencia de la sociedad argentina: el Dogma socialista. Este escrito publicado en 1838 ofreció a sus compañeros de generación un programa político-ideológico elaborado en función de dos creencias rectoras: que la época actual se definía como una “era crítica” – es decir, como una en la cuál la crítica intelectual debía estar puesta al servicio de la destrucción de las instituciones heredadas de un pasado ya perimido – y que la única salida posible al atolladero que representaban el gobierno de Rosas, las guerras civiles recurrentes y el estado no constitucional de la República argentina, consistía en estudiar en profundidad al ideario que había presidido a la Revolución de Mayo para luego condensarlo en un sistema sintético que sirviera como guía para la acción política futura. La investigación histórica era, desde la perspectiva adoptada por Echeverría, una tarea subordinada a la gran exigencia política del momento: constituir la nación.

El argumento histórico – esquemático y generalizador, ya que no hay prácticamente alusión alguna a hechos concretos – consistió en la interpretación de la revolución de Mayo como un movimiento que había debido otorgarle el poder al pueblo como condición necesaria de su triunfo; cuando, debido al atraso civilizatorio, el pueblo no estaba aún en condiciones de convertirse en sujeto de soberanía. Según Echeverría:

Era preciso atraer a la nueva causa los votos y los brazos de la muchedumbre, ofreciéndole el cebo de una soberanía omnipotente. Era preciso hacer conocer alesclavo que tenía derechos iguales a los de suseñor, y que aquellos que lo habían oprimido hasta entonces no eran más que unos tiranuelos que podía aniquilar con el primer amago de su valor; y en vez de decir: la soberanía reside en la razón del pueblo, dijeron: el pueblo es soberano. (…) El principio de la omnipotencia de las masas debió producir todos los desastres que ha producido, y acabar por la sanción y establecimiento del despotismo.2

La revolución de Mayo había buscado fundar la nación argentina, pues, pero para hacerlo había debido crear una “democracia” que en el contexto de las condiciones entonces imperantes, había terminado por producir un régimen más despótico que aquel que ella había derrocado. Tal como había sucedido en el caso de la “Grande Révolution” francesa, a la revolución argentina había seguido la contrarrevolución, la restauración del sistema español, que Echeverría creía ver en el gobierno de Rosas.

Las consecuencias extraídas por él de ese ensayo de historia militante no discrepaban demasiado de las de Alberdi y otros miembros de la Nueva Generación, aunque el lenguaje en que eran expresadas si lo hiciera. Según Echeverría:

La revolución marcha, pero con grillos. A la joven generación toca despedazarlos y conquistar la gloria de la iniciativa en la grande obra de emancipación del espíritu americano, que se resume en estos dos problemas: emancipación política y emancipación social. El primero está resuelto; falta resolver el segundo. En la emancipación social de la patria está vinculada su libertad. La emancipación social americana sólo podrá conseguirse repudiando la herencia que nos dejó la España, y concretando toda la acción de nuestras facultades al fin de constituir la sociabilidad americana. La sociabilidad de un pueblo se compone de todos los elementos de la civilización: del elemento político, del filosófico, del religioso, del científico, del artístico y del industrial. La política americana tenderá a organizar la democracia, o en otros términos, la igualdad y la libertad, asegurando, por medio de leyes adecuadas a todos y cada uno de los miembros de la asociación el mas amplio y libre ejercicio de sus facultades naturales. Ella reconocerá el principio de la independencia y soberanía de cada pueblo, trazando con letras de oro en la empinada de los Andes, este emblema divino: la nacionalidad es sagrada.3

Poner fin al gobierno de Rosas, organizar la democracia y consolidar la nación: esa era la tarea que le incumbía a la Nueva Generación, y cualquier estudio histórico debía estar subordinado a ella. En cuanto al Dogma socialista y su croquis de la historia argentina – que combinaba de un modo ecléctico insumos tomados de las obras de Pierre Leroux y la escuela sansimoniana, de Alexis de Tocqueville, de Giuseppe Mazzini, y de muchas otras corrientes intelectuales contemporáneas – cabe indicar que como parte de su lectura de la historia argentina a la luz del proyecto de una política futura le reconocía, finalmente, igual legitimidad a los “antecedentes federativos” que a los “antecedentes unitarios”. La futura nación argentina debía emerger, según el autor de La cautiva, de la conciliación y síntesis de los programas unitario y federal, es decir, de “los dos grandes términos del problema argentino: la Nación y la Provincia”.4

Vicente Fidel López y Domingo Faustino Sarmiento, historiadores en Chile

Este esquema filosófico de interpretación de la historia recibiría la adhesión entusiasta de otros miembros de la Nueva Generación Argentina, dos de los cuáles no solo le darían un desarrollo más extenso en el marco de las polémicas historiográficas que tuvieron lugar en Chile – su país de exilio durante la década de 1840 –, sino que intentarían aplicarlo a la redacción de obras históricas concretas: Vicente Fidel López (1815-1906) y Domingo Faustino Sarmiento (1810-1888). Vicente Fidel López fue, de los dos, el que buscó adquirir de modo más asiduo una formación histórica profunda, y el que dedicó a lo largo de su vida el mayor empeño a la elaboración de una obra de carácter histórico. Como casi todos los escritores rioplatenses de la era romántica, empleó su pluma para producir obras pertenecientes a distintos géneros literarios. El centro de su obra estuvo constituido sin embargo por sus escritos históricos: la Memoria sobre los resultados generales con que los Pueblos Antiguos han contribuido a la Civilización de la Humanidad (Santiago, 1845); su Manual de Istoria de Chile (Valparaíso, 1845), su estudio sobre el banco fundado por Rivadavia, El Banco: sus complicaciones con la política de 1826 y sus transformaciones históricas (Buenos Aires, 1891), y la obra a la que dedicó toda su vida, la Historia de la República Argentina (Buenos Aires, 1883-1893), cuyo contenido había estado elaborando desde su exilio chileno y cuyo primer avatar fue la serie de artículos sobre la “revolución argentina” publicados por él en el periódico de Sarmiento,El Progreso.

Vicente Fidel López, pese a ser hijo del presidente del Tribunal Supremo de la Provincia de Buenos Aires e importante dirigente del partido federal, Vicente López y Planes, compartió la animadversión, contra el régimen de Rosas, de sus compañeros del Salón Literario. Es por ello que, cuando fuera enviado por su padre a Córdoba con la intención de alejarlo del ambiente político demasiado enrarecido de la Buenos Aires del “terror rosista”, no vaciló en unirse a la rebelión unitaria que estalló en esa provincia el 10 de octubre de 1840. Imposibilitado de volver a Buenos Aires luego de la caída del gobierno que había apoyado, se vio obligado a buscar asilo en Chile. En alguna fecha poco anterior a marzo de 1841, llegó a Santiago donde estableció su residencia hasta 1849. En Chile, López participó en muchas empresas conjuntas con Sarmiento, como la fundación de un colegio para señoritas que al poco tiempo quebró, o como escritor – más prolífico de lo que hasta ahora se ha creído – en El Progreso. Ante la imposibilidad de rehabilitar sus títulos de abogado, se vio obligado a ejercer la docencia, tanto en el Instituto Nacional de Santiago (donde Francisco Bilbao lo recordaba como una figura importante en su propia formación) y en la Universidad de Chile, luego de haber obtenido en 1845 el título de licenciado en Filosofía y Humanidades (con la Memoria sobre…los pueblos antiguos como última prueba). En relación a su trabajo en el Instituto Nacional, declaró (en carta a su padre):

“Pronto estaré en uno de los mejores colegios de esta ciudad enseñandofilosofía de la historia; sobre cuya ciencia yo soy aquí el único joven que tenga ideas; yo he empezado a popularizar a Jouffroy, Ud. conoce su importancia y el atractivo que este ramo tiene para la razón, puede juzgar de la reputación que él reflejará sobre mí, pasadas las primeras resistencias, que a la verdad están pasando ya”.5

Fue durante aquellos años de exilio, en Chile y en Montevideo, cuando López terminó de elaborar una perspectiva histórica propia.

Su orientación historiográfica fue claramente romántica, como se desprende de los libros que le pedía a su padre que le enviara: nuevos libros de Cousin, y de “Herder, Mélanges de Jouffroi, Filosofía del derecho de Lerminier, Introducción a la historia de Lerminier, e Influencia de la filosofía del Siglo XVIII del mismo; también Diario de cursos públicos y la obra de Sismondi; también Villemain”.6 En otras cartas le pedía obras de Saint-Simon, la Historia romana de Michelet – cuya lectura debió haber incidido sobre el juicio negativo formulado acerca de una reedición de Gibbon, reseñada por él en El Progreso –,7 Heeren, Charles Didier, Lerminier, Mignet, y muchos más. En su “Libro de Apuntes”, aparentemente comenzado durante su exilio chileno y continuado hasta los años 1870, aparecen huellas de aún más lecturas que sirvieron para conformar el molde historicista e idealista de la visión de la historia desarrollada por el joven exiliado: Madame de Stäel, Ancillon, Hyppolite Fortoul, Benjamín Constant (Mélanges littéraires et Politiques), y François Guizot. López habría sido el impulsor de la decisión tomada por la “Sociedad literaria” de Santiago de dedicar todo su primer año de actividades (1842-1843) al estudio en profundidad de la obra de Herder, seguida por la de Vico, según informa José Victorino Lastarria. La consecuencia que esas lecturas y estos principios tuvieron sobre su concepción de la historia aparece enunciada con claridad en una de las notas contenidas en su cuaderno de apuntes:

En todo trabajo histórico, la 1ª cuestión debe ser: ¿Cuáles son las ideas que dominan las diversas épocas, cuya historia se emprende, y cuáles son los hombres que representando esas ideas luchan en la escena bajo cada una de ellas como bajo otras tantas banderas distintas. Resuelta esta cuestión debe completarse la historia por la apreciación de las instituciones políticas destruidas, establecidas y por establecer, o por mejor decir, el resultado de toda historia debe ser apreciar el pasado para comprender y mejorar el presente; comprender y mejorar el presente para comprender y acelerar los progresos del porvenir.8

Desde su llegada a Chile había concebido el proyecto de escribir una historia de la Revolución Argentina que sirviera como “vindicación” de su tierra natal ante las críticas y la general ojeriza que ella provocaba entre los escritores chilenos. Aunque a fines de 1842 publicó un pequeño cuaderno en que daba inicio a esa obra, debió suspender su publicación por falta de recursos financieros.9 Fue por ello que, pese a estar ya envuelto en polémicas acerca de la literatura “socialista” – cuya superioridad a la “romántica” defendía – y la libertad sexual de las mujeres – su folletín panegírico dedicado a “Georges Sand” y su vida privada había generado cierto escándalo en el pacato ambiente chileno de aquella época –, aprovechó la ocasión de una polémica con otro periódico chileno, El Demócrata, más radical que El Progreso, para continuar su elaboración de los contenidos de lo que años más tarde cristalizaría como la Historia de la República Argentina. En su artículo titulado “República Argentina” – continuación de “Polémica con El Demócrata” – publicado en el número 52, el 11 de enero de 1843, luego de postular que “los sucesos y el espíritu de la civilización van como a ciegas, precipitándose, avanzando sin mirar para atrás, sin consultar las dificultades del terreno que pisan, ni los abismos que los cercan”, López proponía examinar la historia argentina, desde el presente dominado por la figura de Rosas, con la intención de hallar las causas generales que actuaban no sólo en ese país, sino en todos los que se habían emancipado de España. Se preguntaba retóricamente:

¿Qué es lo que se proponían nuestros padres al echarse en los brazos de la Revolución de Independencia? Darse garantías contra el poder de los virreyes españoles; asegurarse con la libertad de imprenta la libre manifestación del pensamiento; subdividir los poderes, según las doctrinas de todos los socialistas; hacerse representar en congresos para dictarse leyes, para labrarse su propia felicidad; poner límites a la autoridad del gobierno, para que no se entregue a la arbitrariedad de sus caprichos; establecer formas judiciales para los crímenes políticos; asegurar en fin la libertad de pensar y de obrar, según los dictados de la razón, en todo aquello que no contraríe las leyes y perjudique a un tercero. Estas han sido las aspiraciones de todos los pueblos americanos. Y bien, qué es lo que se ha conseguido en la República Argentina después de haber trabajado tanto para obtener estos resultados? Un gobierno que es la negación de todos estos propósitos, un gobierno que lejos de realizar nada de lo que se intentaba introducir en América en formas e instituciones, ha descendido ya mucho más allá de la antigua arbitrariedad española que nos sirve de tema siempre. (El Progreso, Santiago de Chile, n. 52, 11 enero 1843)

La explicación de este funesto resultado ya aparecía en aquella serie de artículos: la democracia. Luego de hacer suya la frase de Cousin – “el día de la democracia no siempre es el día de la libertad” – el historiador en ciernes pasaba a desarrollar el siguiente argumento:

(…) con la democracia puede también triunfar el despotismo. Y efectivamente así es siempre cuando las masas que constituyen la democracia son atrasadas; sucede que después del triunfo esas masas abdican su poder en su jefe; como que no están nutridas de principios ilustrados, de ideas ni de costumbres públicas, eligen una representación material, un jefe, un caudillo, y ponen en él toda la confianza y la fé que los hombres ilustrados sólo ponen en la inteligencia y en la razón pública (…).10

Según López – que respondía en este pasaje a lo que consideraba una visión de la historia argentina reciente distorsionada por el lente chileno con que se la miraba:

En este trabajo esperamos demostrar al Demócrata que lejos de haber ambicionado el partido ilustrado de la República Argentina a cimentar la desigualdad entre las provincias, ni erigir esta desigualdad en sistema político, ha ambicionado constantemente y hecho esfuerzos increíbles por introducir las mismas instituciones y el mismo ardor de cosas en cada una de ellas, y que son las masas, es decir la democracia, las que resistieron esta importación y las que se pusieron bajo la tutela de los caudillos; le probaremos que muy poco tiempo después de verificada la revolución del año 10, dejó de tener influencia la capital en el resto del estado, porque la democracia del interior se la quitó por lo mismo que la capital era liberal y civilizada; le probaremos que el partido ilustrado argentino, lejos de haber disputado al pueblo la posesión de sus derechos políticos los ha consagrado del modo más completo estableciendo el sufragio universal (…). Las capacidades (la minoría de la nación) comprendían y querían el progreso, las luces, la libertad, la mayoría, la democracia, hasta ahora poco, no ha comprendido ni querido estas cosas y las ha combatido en conformidad con lo que era mayoría atrasada, mayoría española, mayoría colonial, mayoría preocupada, mayoría retrógrada.11

Para el joven escritor argentino, el curso seguido por la revolución argentina debía explicarse a partir de la lucha entablada entre el “partido ilustrado” y la “democracia bárbara”, una contraposición que Sarmiento tan sólo dos años más tarde convertiría en el leitmotiv de la interpretación histórica de casi toda su generación. López – cuya concepción de la historia había sido formada en el mismo molde ideológico que la de sus contemporáneos, Alberdi y Sarmiento – sostenía que “las cosas sociales: son fenómenos de orden fatal y necesario”, y que era esa la razón por la cual, en una sociedad malformada por su historia anterior, la institución de la democracia – el gobierno de la mayoría, de las masas – podía generar y había generado consecuencias políticas opuestas a las que la revolución de 1810 había perseguido.

Esa interpretación de la historia de la revolución argentina se insertaba, para López, dentro de un cuadro más vasto, aquel de la historia universal. Solo cuando se comprendiera el fresco completo de la historia y de las sucesivas revoluciones que impulsaban a la humanidad por la senda de un progreso cada vez más vertiginoso, podría llegar a ser cabalmente comprendida también la revolución que puso fin al gobierno de los Virreyes en Buenos Aires. Es por esa razón que se propuso – alentado además por la polémica chilena en torno al mejor modo de escribir la historia – desenvolver la historia de los pueblos antiguos como tema de su trabajo final para obtener el título de licenciado en filosofía y humanidades. Partiendo de la frase entonces muy citada de Pascal – “la humanidad es, para mí, un hombre que perpetuamente crece y que perpetuamente aprende” – López buscó esbozar en suMemoria un cuadro sinóptico de la marcha general de la humanidad a través de sucesivas revoluciones y estadios. Si “progresar perpetuamente hacia la perfección” era el movimiento providencial que el Supremo Hacedor le había impreso a la humanidad, para López, la perfección de una sociedad y de una época se medían según un criterio explícitamente liberal: cuánta más libertad individual existiera en ella, tanto más civilizada y progresista sería.

Si la historia era el progresivo desenvolvimiento del germen de la libertad, la historia respondía, además, a un impulso fatal y necesario. Los hechos históricos – de cualquier índole que fueran – no eran nunca “un resultado del acaso” sino que respondían a “una necesidad histórica”. El motor detrás del cambio histórico, de la serie de revoluciones vividas por la humanidad, era la lucha perpetua entre progresistas y conservadores: “la historia no es otra cosa que la lucha recíproca que sostienen los que quieren detener el progreso con los que quieren desatar los lazos que le impiden volar sin obstáculos sobre las alas de la libertad”.12 El sentido profundo de la historia, examinada a la luz de la “historia filosófica”, residía en las ideas morales que los pueblos, los partidos y las revoluciones habían venido realizando desde la antigüedad más remota hasta la época en que López escribía. En el contexto del debate chileno – al que nos referiremos a continuación – López defendía una historia idealista y generalizadora, más atenta al sentido general de una época y de un proceso que a los datos específicos o a las comprobaciones documentales. En una carta escrita a su padre desde Montevideo en 1851, en la que respondía a críticas que su progenitor le había endilgado a una publicación suya, declaraba lo siguiente:

En cuanto a las inexactitudes que Usted ha encontrado en el Prólogo delTriunfo Argentino no tengo yo la culpa sino Usted que me negó todo auxilio; pues he tenido que hacerlo sobre reminiscencias ligeras yantiguas de algunas rápidas conversaciones con Usted sin que nadie me haya suministrado el menor dato. Mas creyendo que la verdad histórica está en el sentido de los hechos y no en su exactitud lineal y material, prescindí de lo que podrían ser pequeñas inexactitudes para fijarme sólo en que todos mis detalles fueran ciertos bajo el punto de vista de la época. Así es que aún en los errores que Usted me revela ninguno encuentro que no sea cierto en su verdad social, no sé si me podrá Usted comprender.13

Esta creencia, que presidió todo el trabajo histórico del futuro ministro de hacienda, subtendió a todos los errores e imprecisiones que aparecen en su obra, y sobre todo en su obra temprana. Era éste el flanco débil de la concepción de la práctica histórica preconizada por López. En su Memoria – elogiada con toda justicia por José Luis Romero por haber constituido el primer esfuerzo argentino por escribir sobre la historia europea y mundial – aparecen, además de las inexactitudes debidas al estado contemporáneo del conocimiento histórico referido a la antigüedad preclásica – fue recién en el umbral del siglo XX que las excavaciones en la región de la antigua Mesopotamia y en Egipto permitieron un conocimiento mucho más preciso y detallado de la historia del Medio Oriente antiguo –, errores lisos y llanos. La siguiente frase, por ejemplo, que sería inaceptable en el examen de un alumno universitario contemporáneo, ilustra los peligros hacia los cuales conducía el método filosófico de López: “No me acuerdo ahora, señores, de un modo preciso, de qué época es Zenón: lo que sí puedo decir es que su filosofía data desde entonces (es decir, de la época de los griegos antiguos)”.14

El argumento concreto desarrollado en ese texto no discrepaba demasiado de las visiones canónicas de la historia universal, interpretada en clave filosófica, que aparecían en el discurso de sus guías europeos, como Hegel, Cousin o Quinet. La historia humana avanzaba desde oriente hacia occidente; Egipto, la India, Persia, Etiopía habían dado inicio a la civilización de la humanidad, pero por la naturaleza profundamente teocrática de esas sociedades, habían permanecido estancadas durante milenios en su estadio original; Grecia había desarrollado por primera vez, debido a la fuerza determinista de su geografía, el espíritu de la libertad individual y el concepto del individuo; Roma a su vez había desenvuelto hasta su máxima expresión el espíritu del Estado y el de la ley. El cristianismo, finalmente, había surgido para efectuar una revolución en el mundo antiguo, abriendo el camino hacia el mundo moderno, al establecer una unidad de creencias, un dogma que permitiera dotar al mundo unificado creado por el Imperio Romano de una moral social. Al igual que en sus escritos referidos a la revolución argentina, para López la historia del progreso de la civilización durante la antigüedad y también después, bajo el imperio del cristianismo, estaba regida por una permanente lucha entre los ilustrados “las capacidades” – y las masas – ignorantes y atrasadas –: “Pensad en las masas, pensad en su atraso, pensad en su corrupción y en su ignorancia y comprenderéis las luchas y los obstáculos que las buenas doctrinas prueban en la historia”.15 Sin embargo, López no creía que la situación de las “masas” fuera estacionaria, ni en la historia europea ni en la americana. El progreso era un progreso civilizatorio, cuya consecuencia directa era ensanchar cada vez más el espacio social abarcado por “las capacidades” y reducir cada vez más aquel ocupado por las “masas atrasadas”. Es por ello que López, en su polémica con el Demócrata, había declarado que el también apoyaba como sistema político a la “democracia”: sólo que no creía llegado aún el momento oportuno para entregarle el gobierno a las masas en Hispanoamérica, ya que en la coyuntura contemporánea, la democracia haría perecer a la libertad. Ilustración y libertad: esos eran los dos principios rectores del progreso humano para López. Ellos presidían su visión de la historia, y presidían también su posicionamiento ante la política de su época. Su Memoria, en efecto, concluía con la siguiente declaración de principios: “Deseo la filosofía y la libertad para todos: su culto está providencialmente destinado a reinar sobre el orbe”.16

La sombra de facundo

La polémica – protagonizada por Andrés Bello, Joaquín Victorino Lastarria y Francisco Bilbao – en torno a la filosofía de la historia y al “modo de escribir la historia” que tuvo lugar en Chile entre 1842/1844 y 1848, definió el contexto intelectual en cuyo interior las primeras obras importantes de la tradición historiográfica argentina debieron ser escritas. Si bien la segunda polémica entre Lastarria y Bello tuvo lugar después de la publicación de la Memoria de López y delFacundo de Sarmiento, las observaciones del escritor venezolano permiten comprender con mayor claridad cuáles eran las líneas de combate, es decir las distintas posiciones en pugna, que desde 1842 habían servido para definir los términos de la polémica historiográfica en cuyo interior los argentinos debieron elaborar su obra. Por un lado, al haber sido reconocidos como el principal vehículo para la introducción de las nuevas “filosofías de la historia” en Chile, los emigrados argentinos se vieron obligados a reforzar sus argumentos a favor de ellas, quedando colocados a priori en una posición específica y no del todo cómoda en ese campo intelectual nacional que no era el suyo. Por otra parte, el clima de discusión intensa que se había generado en torno a autores como Michelet, Quinet, Cousin, Vico, Herder y los demás autores asociados a esa nueva manera de concebir la historia dejó huellas sobre la obra de ambos autores considerados aquí (como también sobre aquella del autor de las Bases).

No sólo se intensificó – como consecuencia de la presión ejercida por críticos como Bello, Varas, o Benavente – la necesidad de elaborar una defensa explícita del carácter propiamente histórico de las obras escritas desde una perspectiva “filosófica”, sino que además se modificaron los protocolos de lectura de aquel rico acervo de autores europeos, llevando a cambios en la evaluación que de ellos hacían los historiadores argentinos. Leer a Quinet, Michelet o Lerminier en el contexto de los conflictos culturales transandinos producía un sentido distinto al que podía haber emergido de su lectura en el contexto intelectual del que habían salido expulsados, aquel marcado por el ascenso al poder de Rosas y las interminables guerras civiles entre unitarios y federales. El nuevo contexto llevaba a complejizar y matizar el sentido de las obras que servían como herramienta intelectual e insumo a la hora de pensar la propia historia. Sin el obligado solapamiento de la polémica chilena con aquella argentina, sin la necesidad de pensar estrategias para convencer a dos públicos con preguntas y preconceptos muy distintos, cabe preguntarse si las primeras respuestas historiográficas argentinas a las dudas y acuciantes problemáticas que suscitaban los hechos de la revolución y de las guerras civiles habrían adquirido el grado de complejidad que finalmente alcanzaron. En el caso de López, aquella intensa y hasta cierto punto traumática experiencia chilena dejó huellas que se hicieron sentir sólo muy gradualmente en la elaboración de su obra histórica mayor, redactada muchos años después de su primer retorno a la patria; en el caso de Sarmiento, por el contrario, esa misma experiencia constituyó la fragua en cuyo interior sus obras históricas – Civilización y barbarie y (de más problemática clasificación) Recuerdos de provincia – asumieron una forma y un sentido definitivos. No parece casual que la complejidad, la tensión epistemológica, la rica ambigüedad, de aquella obra del exilio, haya tendido a evaporarse – salvo notables excepciones – de sus obras posteriores al mismo. Como sea, es importante subrayar el hecho de que la primera escritura histórica argentina realmente merecedora de ese nombre –los primeros esfuerzos por condensar en una interpretación sintética a los hechos del pasado nacional – se produjo en el contexto la “flotante provincia argentina”, lejos del suelo natal y en el marco de discusiones intelectuales nacidas de los dilemas que otras naciones entonces enfrentaban.

El momento culminante de la historiografía argentina en la primera mitad del siglo XIX fue el de la publicación de Civilización y barbarie de Sarmiento como folletín en Valparaíso en 1845. Algunos años antes de esa fecha, en 1842 en una carta a su padre, Vicente Fidel López había compuesto un retrato de Sarmiento que lo mostraba clara y explícitamente alineado con la “historia filosófica”, una afiliación cuya huella no puede sino ser palpada en las páginas delFacundo:

(Sarmiento) “no solo es mi amigo, sino mi admirador; verdad es que yo lo soy suyo también, porque es un hombre de una alta y bien nutrida inteligencia alimentado como yo a Cousin, Jouffroy, Lerminier, Leroux, Guizot, Damiron, etc., Herder y Vico y Heeren; en fin, tatita, ni a propósito podrían haberse formado dos inteligencias más análogas que la suya y la mía”.17

En efecto, ya desde sus primeras publicaciones en la prensa chilena, Sarmiento había señalado su preferencia por la historia escrita según el “método ad probandum”, es decir, por la historia filosófica. En su “Vindicación de la República Argentina en su Revolución y en sus Guerras Civiles”, publicado originalmente en las páginas de El Mercurio de Valparaíso en junio de 1841, había postulado que: “Una época refiere lo que ha visto, otra coordina estos datos en un cuerpo, otra los compara y los examina, hasta que viene una que los explica y los desenvuelve. Tal es la época actual, que se ocupa de explicar los hechos históricos, y colocarlos, no en el orden cronológico en que se han sucedido, sino en el orden progresivo de los desenvolvimientos de las sociedades.” Algunos años más tarde, en el marco de la primera polémica histórica con Andrés Bello, defendería con mayor contundencia aún a la “historia filosófica”, declarando lo siguiente:

Porque la historia, tal como la concibe nuestra época, no es ya la artística relación de los hechos, no es la verificación y confrontación de autores antiguos, como lo que tomaba el nombre de historia hasta el siglo pasado. El historiador de nuestra época va hasta explicar con el auxilio de una teoría, los hechos que la historia ha transmitido sin que los mismos que los describían alcanzasen a comprenderlos.18

Entre otros ejemplos de esta nueva manera de escribir la historia, Sarmiento mencionaba a Michelet, tan cuestionado por los sectores académicos chilenos más próximos a la Iglesia.

A principios de 1845, luego de haber publicado varios trabajos menores referidos a distintos temas de la historia argentina (y entre ellos su primer ensayo autobiográfico, luego reelaborado, expandido y transformado hasta convertirse en losRecuerdos de provincia), Sarmiento emprendió un camino autoral que lo llevaría a Alberdi a bautizarlo con el epíteto de “el Plutarco de los bandidos”. Guiado por la convicción de que “la biografía de los instrumentos de un gobierno revela los medios que pone en acción, y deja conjeturar los fines que se propone alcanzar”,19 escribía en febrero de ese año su Vida del General Fray Félix Aldao. De estructura más simple que su Facundo, con una escritura más espontánea y una retórica más explícitamente moralizadora, el propósito de aquel ensayo biográfico, la meta que había presidido a su escritura, fue sin embargo la misma que sirvió para articular su siguiente obra. A través del examen – un poco escueto y con más juicios de opinión que datos concretos – de la vida de un hombre representativo de su época – un “grand homme” según el modelo hegelo-cousiniano – Sarmiento buscó desentrañar en su Fray Aldao el sentido profundo de la revolución que había tenido lugar en el Río de la Plata, para auscultar de ese modo su posible destino futuro: “¡Oh Dios que nos ocultáis los secretos del porvenir, no nos los ocultéis! Ahí se están preparando los destinos hispano-americanos: algo – mejor que la América del Norte, o mil veces peor que Rusia –, va a salir formidable de entre tantos escombros. ¡La Edad Media otra vez, o algo grande que no ha visto el mundo en política! La civilización francesa llevada en hombros de españoles de pro o…¡Dios sabe qué!”.20

El 2 de mayo de 1845 apareció la primera entrega del nuevo folletín que publicaba el diario El Progreso, la Vida de Facundo Quiroga. Durante los siguientes tres meses aparecieron las sucesivas entregas de esa obra, la cuál fue publicada como libro inmediatamente después de concluida su aparición en el periódico. La adhesión de Sarmiento a la “historia filosófica” le resultaba evidente a sus contemporáneos de los años del exilio chileno: cualquier análisis de la contribución del Facundo a la construcción de una tradición historiográfica argentina debe asumir ese dato como su ineluctable punto de partida. A diferencia de Fray Aldao, el Facundo es un texto que por momentos parece a punto de verse desbordado por la cantidad de referencias a autores europeos y norteamericanos que sirven para legitimar o para reforzar los argumentos desarrollados por Sarmiento. Resulta evidente que la presencia de ciertos autores era más funcional a la interpretación del pasado y del presente argentinos que el autor sanjuanino deseaba desenvolver que la de otros que integraron aquella catarata de citas. Por un lado, Sarmiento, en su “Introducción” a la primera edición, presentaba su libro como una suerte de réplica sudamericana a La démocratie en Amérique de Alexis de Tocqueville: en efecto, las preguntas que formula Sarmiento en esa introducción acerca de la naturaleza de la democracia argentina, y que reverberan a lo largo de sus sucesivos capítulos, corresponden a la estructura del análisis ya desarrollado por el autor francés. Si el destino posible de la democracia, en América del Norte o en América del Sur, dependía de la compleja e inestable relación entre las instituciones que garantizan la libertad de los individuos, por una parte, y la pasión democrática, igualitaria, que anima e insufla vida a las repúblicas modernas, por otra parte, el eje vertebrador de la indagación histórica desarrollada por Sarmiento debería haberse visto obligado a consistir precisamente en la exploración de esa relación; siendo, en efecto, este interrogante tocquevilleano uno de los principales elementos que subtienden y estructuran esa obra. Otros autores, como François Guizot y Augustin Thierry le ofrecieron a Sarmiento los materiales con los cuáles elaborar una teoría de la civilización moderna – aunque cabe subrayar que algunas veces la relación entre las definiciones sarmientinas y aquellas halladas en las lecturas a las que explícitamente hace referencia son engañosas. Otros más aún – como el Barón de Humboldt, Volney, y Montesquieu – le sugirieron las aplicaciones posibles de una teoría que veía en los distintos tipos de régimen político existentes en el mundo una consecuencia de cierto determinismo climático y/o geográfico.

El sistema de citas empleado por Sarmiento resultó, sin embargo, torrencial, ya que además de estos autores, muchísimos más aparecen invocados en los acápites que acompañan cada capítulo, como también en el propio cuerpo del texto. Al formular un balance acerca del significado histórico de los gobiernos asociados a la figura de Bernardino Rivadavia y al partido unitario, Sarmiento subrayaba la emergencia de una nueva comprensión de la relación entre sociedad y estado – entre el sistema social de un país y su constitución política – con el siguientetour-de-force referencial:

Hoy los estudios sobre las constituciones, las razas, las creencias, la historia, en fin, han hecho vulgares ciertos conocimientos prácticos que nos aleccionan contra el brillo de las teorías concebidas a priori; pero antes de 1820 nada de esto había trascendido por el mundo europeo. Con las paradojas del Contrato social se sublevó la Francia; Buenos Aires hizo lo mismo; Montesquieu distinguió tres poderes y al punto tres poderes tuvimos nosotros; Benjamín Constant y Bentham anulaban al ejecutivo, nulo de nacimiento se le constituyó allí; Say y Smith predicaban el comercio libre, comercio libre se repitió. Buenos Aires confesaba y creía todo lo que el mundo sabio de Europa creía y confesaba. Sólo después de la revolución de 1830 en Francia, y de sus resultados incompletos, las ciencias sociales toman nueva dirección y se comienzan a desvanecer las ilusiones. Desde entonces, empiezan a llegarnos libros europeos que nos demuestran que Voltaire no tenía mucha razón, que Rousseau era un sofista, que Mably y Raynal unos anárquicos, que no hay tres poderes, ni contrato social, etcétera. Desde entonces sabemos algo de razas, de tendencias, de hábitos nacionales, de antecedentes históricos. Tocqueville nos revela por primera vez el secreto de Norteamérica; Sismondi nos descubre el vacío de las constituciones; Thierry, Michelet y Guizot, el espíritu de la historia; la revolución de 1830, toda la decepción del constitucionalismo de Benjamín Constant; la revolución española, todo lo que hay de incompleto y atrasado en nuestra raza.21

La constelación de autores cuyos nombres estructuran este pasaje le sirvió a Sarmiento, entre otras cosas, para subrayar su plena pertenencia al universo intelectual de la “Nueva Generación” argentina. La mirada escudriñadora dirigida por Sarmiento a la historia de la Revolución argentina se manifestaba ante sus contemporáneos, por ende, compenetrada con aquella nueva “ciencia social”, con aquella nueva conciencia del “espíritu de la historia” que las corrientes intelectuales salidas a la luz luego de la Revolución de Julio habían instaurado.

El argumento histórico desarrollado en el Facundo tuvo un impacto inmediato sobre los demás miembros de su generación y desencadenaría resonancias en la obra de historiadores y publicistas de otros países de la región (además de Chile en cuyo territorio residía). Condensado bajo la figura dicotómica de la civilización y la barbarie, el estudio de la vida y de la época de Juan Facundo Quiroga, analizada en contrapunto con aquella del general “civilizado” José María Paz, y también, de un modo más directo con aquella del representante de la síntesis “perversa” – la “barbarie civilizada” –, Juan Manuel de Rosas, le permitiría explorar el “espíritu” de la historia argentina más reciente, según el modelo del “grand homme”: “En Facundo Quiroga no veo un caudillo simplemente, sino una manifestación de la vida argentina, tal como la han hecho la colonización y las peculiaridades del terreno, a lo cual creo necesario consagrar una seria atención, porque sin esto, la vida y hechos de Facundo Quiroga son vulgaridades que no merecerían entrar, sino episódicamente, en el dominio de la historia”.22

A través del hilo de los acontecimientos que fueron labrando aquella vida sudamericana, Sarmiento pretendía resolver el gran dilema postulado por la “Esfinge Argentina”, a saber: ¿por qué una revolución que se había propuesto instaurar un sistema de democracia y libertades había desembocado, por el contrario, en un régimen más despótico que aquel contra el cuál se había realizado? La respuesta de Sarmiento, matizada y compleja a lo largo de varios centenares de páginas, es harto conocida: la revolución argentina habría sido doble, consistiendo primero en la revuelta de las ciudades de cultura europea en contra de la Metrópoli colonial – España –; y luego, en la revuelta de la campaña – sede de la barbarie americana – en contra de las ciudades.23 En el Río de la Plata, el choque entre la barbarie y la civilización habría producido el triunfo de la primera – emblematizada en la figura zoomórfica, primitiva, de Facundo Quiroga –, permitiendo luego la creación de una síntesis monstruosa, una “nueva República de Platón”, la Confederación Argentina regida por Juan Manuel de Rosas. Las razones históricas más profundas de ese curso errático y fallido de la revolución debían buscarse en las condiciones geográficas de la Argentina, en el tipo de sociedad que la colonización española había sabido conformar –tanto en la frágil cadena de ciudades que se extendía desde los Andes y el Altiplano hasta desembocar en el Río de la Plata, cuanto en las enormes y desiertas campañas que las rodeaban –, y en la dinámica precisa que el proceso revolucionario había adquirido desde sus comienzos en 1810. Aunque su referencia a Guizot y a Thierry puede inducir a engaño, es importante subrayar que la definición de “civilización” que habita el discurso de Sarmiento es en primer término, eminentemente político: remite a la tradición republicana de la antigüedad clásica y de las comunas del Renacimiento italiano.24 Si bien es cierto que el núcleo de la definición elaborada por Guizot habita, qué duda cabe, el concepto tal y como aparece empleado en el discurso de Sarmiento – es decir, que la “civilización” consiste en la unión necesaria entre el progreso moral y el progreso social, y que esos dos elementos derivan de la multiplicación de vínculos de sociabilidad entre las personas –, la referencia etimológica a la “civitate” y a los “civibus” que constituían su entorno natural y que le daban su razón de ser está también presente de un modo decisivo en los usos que Sarmiento hace de ese vocablo. Las ciudades no sólo eran repositorios de cultura, de saberes cultos y de conocimientos doctos, no sólo eran espacios de sociabilidad intensa que permitían el progreso moral y social de los individuos que las habitaban, sino que eran además – y de un modo eminente –sede de lo político. Según el análisis realizado por Sarmiento, la existencia de una densa y compleja trama de sociabilidad – siguiendo muy de cerca en este tramo de su exposición a Guizot y a Tocqueville – era la condición sine qua non para la emergencia y el buen funcionamiento de instituciones políticas modernas, de hábitos y costumbres acordes a las exigencias de una vida política articulada en torno a la “libertad de los modernos”.

La contraparte dicotómica de aquella “civilización” de las ciudades era la “barbarie” de la campaña, que se caracterizaba precisamente por su carácter profundamenteasocial. El vacío de la campaña argentina, las enormes distancias que separaban un poblado de otro, un rancho de otro, la rusticidad de los medios con los cuáles sus habitantes debían buscar sobrevivir, todo ello habría contribuido a forjar un espacio humano en el cuál la naturaleza había triunfado sobre la capacidad social de los hombres. En la descripción sarmientina, siempre atravesada por ambivalencias y ambigüedades, los hábitos y las costumbres de los habitantes de la campaña derivaban más de la naturaleza que los rodeaba que de su condición humana: siendo por ello que en la descripción elaborada de ellos, aparecían a veces como los hombres, lobos de los hombres, de la metáfora hobbesiana, otras veces como aquellas cuasi-bestias, mudas y solitarias, de la postulación rousseauniana. Cualquier apariencia de orden social resultaría ser meramente un remedo grotesco de la verdadera sociedad de las ciudades, una réplica paródica como en el caso de la “sociabilidad” de las pulperías. En semejante ámbito, lo político propiamente tal no podía existir. En ausencia de un orden político, no podía existir tampoco ningún progreso moral o social: la condición determinante del medio rural argentino era su “salvajismo”, y ello implicaba que el progreso – de cualquier tipo que fuera – siempre hallaría en ese medio un obstáculo a su pleno desenvolvimiento. Los únicos grupos humanos posibles en semejante situación debían corresponder necesariamente a los más primitivos que la humanidad había conocido, la tribu, la horda, el malón; y la única forma de gobierno debía ser por ende el despotismo carismático de los caudillos que los lideraban. El triunfo de este elemento, de esta entidad, en el curso de la revolución argentina, habría conducido a la desaparición de toda forma institucional de lo político. Antes que unirse a la marcha ascendente del progreso europeo, la consecuencia inesperada de la revolución argentina habría sido la de retrotraerla a formas políticas premodernas y aún extra-europeas: “Lo que por ahora necesito hacer notar es que con el triunfo de estos caudillos, toda formacivil, aun en el estado en que la usaban los españoles, ha desaparecido, totalmente, en unas partes; en otras, de un modo parcial, pero caminando visiblemente a su destrucción”.25

En un artículo seminal, Carlos Altamirano ha centrado su atención en las estrategias retóricas empleadas por Sarmiento como parte de la escritura delFacundo, y ha observado la cantidad abrumadora de referencias “orientalistas” que pueblan ese texto.26 Estas, según el convincente argumento de Altamirano, habrían servido para denotar “el espacio del despotismo”, es decir, el mundo de la campaña. Cruzando el archivo “orientalista” de Edward Said con las definiciones políticas de Montesquieu, Altamirano ha podido observar que la retórica orientalista de Sarmiento le permitió subrayar enfáticamente el carácter despótico asumido por las formas políticas que habían emergido en la campaña argentina luego de la Revolución de Mayo – basadas como lo estaban en el empleo arbitrario de la fuerza –. Esa frondosa referencia orientalista –aplicada también a Rosas, como cuando Sarmiento sugería que el gobierno de Mejmet Alí en Egipto era más sinceramente modernizador que el que regía a la Confederación Argentina – sirvió también para poner de relieve otro elemento de tanta o mayor importancia desde el punto de vista del Sarmiento historiador: que en el marco de uno de los esquemas centrales de la historia filosófica – aquel que señalaba que la civilización y/o el espíritu avanzaban no sólo en el tiempo, sino en el espacio, de oriente a occidente – la consecuencia fatal de la revolución argentina habría sido la de retrotraer al país a una situación semejante a la de los pueblos considerados entonces (desde una mirada europea teñida de racismo) los más estancados y abyectos del planeta. Como siempre en los libros más elaborados de Sarmiento, la argumentación combinaba diversas capas de interpretación, que no siempre eran enteramente compatibles entre sí. Si por un lado, la retórica orientalista servía para denotar simultáneamente la emergencia del despotismo y la exclusión de la Argentina de su lugar “natural” en el concierto de las naciones del mundo, también servía para subrayar una de las estructuras profundas de la mirada comparatista del Sarmiento historiador: su conciencia de una profunda continuidad entre el mundo árabe y el iberoamericano, soslayada por el relato español de la “Reconquista” pero cuyos indicios parecían rodearlo por doquier, hasta en el apellido de su madre. Es decir, en la interpretación histórica desarrollada en el Facundo, la referencia orientalista no sólo servía para señalar “semejanzas” entre pueblos y situaciones históricas muy distantes entre sí, sino para aludir – aunque más no fuera elípticamente – a la convicción sarmientina de que si algunos de nuestros males podían ser atribuidos a la mala herencia española, otros más profundos y arraigados podían serlo a la aún peor herencia que nos habría legado la experiencia de siete siglos de dominación árabe e islámica en la península ibérica. En textos posteriores como los Viajes o los Recuerdos de provincia, el lector de la Histoire de l’Empire Ottoman de Alix volvería explícita esta parte de su interpretación “filosófica” de la historia argentina. La condición “oriental”, juzgada por Sarmiento como “bárbara” por excelencia”, era el peligro latente que habitaba el fondo oscuro de todas las sociedades iberoamericanas, y de ninguna más que el de la argentina.

Además de constituir uno de los esfuerzos más complejos y coherentes por explorar la historia de la revolución argentina a la luz de la filosofía de la historia, elFacundo posee otra particularidad que hace de él un texto bisagra en el temprano desarrollo de la historiografía rioplatense: redactado por un nativo de San Juan, que contemplaba a su patria desde el mirador distante del exilio chileno, constituye el primer libro en concebir explícitamente a la historia patria como la historia de una nación, la nación argentina. Aunque postula la situación contemporánea de la República Argentina como una atravesada por la “guerra social”, por un conflicto entre dos “civilizaciones” antitéticas, su análisis nunca deja de postular a la totalidad del territorio de la Confederación Argentina como el sujeto natural de la historia que narra y examina. Más aún, en sus páginas aparece desarrollada de un modo más intenso cierta concepción cultural de la “nación”, tomada del nuevo nacionalismo romántico elaborado en los años treinta en los escritos de Echeverría, Alberdi, Félix Frías y otros miembros de la Nueva Generación. La identidad de los habitantes del territorio de la República Argentina se definiría por sus rasgos culturales, y estos a su vez aparecían representados como el producto de su medio geográfico – sui generis, según Sarmiento – y de su historia – única e intransferible –. Los argentinos poseían rasgos profundamente originales, que distinguían su carácter y sus costumbres de los de otros pueblos:

¿Qué impresiones ha de dejar en el habitante de la República Argentina, el simple acto de clavar los ojos en el horizonte, y ver… no ver nada, porque cuanto más hunde los ojos en aquel horizonte incierto, vaporoso, indefinido, más se le aleja, más lo fascina, lo confunde y lo sume en la contemplación y la duda? (…) De aquí resulta que el pueblo argentino es poeta por carácter, por naturaleza.27

A través del prisma que le ofrecían las obras de Tocqueville, de James Fenimore Cooper, del Barón Alexander von Humboldt, Sarmiento procuró descomponer los colores específicos y originales que identificaban a los argentinos como un pueblo con identidad propia, como una nación entre las demás naciones del mundo. Característicamente – dada la permanente ambigüedad generada en ese libro por la disonancia y a veces hasta confrontación entre el sentido de su argumento explícito y aquel contenido en los tropos de su retórica –, esa identidad nacional aparecía retratada por Sarmiento casi enteramente sobre la base de las costumbres de la campaña, y no de la ciudad.

Esparcido a los cuatro vientos por las generosas manos de su autor, elFacundo supo dejar una marca indeleble – pese a las polémicas y resistencias tenaces que suscitó – en el pensamiento historiográfico de la generación romántica. El poderoso tropo de la lucha heroica entre la civilización y la barbarie – de cuyo desenlace dependía el lugar que le correspondería en el mundo a los países de América latina – se impuso muy rápidamente en las polémicas históricas y políticas que entonces tenían lugar en Chile, en Uruguay y hasta en la propia Argentina – donde Bernardo de Irigoyen se sintió obligado a realizar una crítica pretendidamente demoledora a ese libro en las páginas del periódico mendocino, La ilustración argentina (1849) –. En Uruguay el esquema plasmado por Sarmiento ingresó muy rápidamente al debate local. En 1847, en el marco de su polémica con el letrado blanco, Bernardo Berro, Manuel Herrera y Obes (1806-1890, ministro en diversas oportunidades, rector de la Universidad de la República, diputado, senador y juez de la corte suprema uruguaya) incorporó a sus “Estudios sobre la situación”, publicados en el periódico El Conservador, dirigido por José Mármol, argumentos muy próximos a los del Facundo, como se puede apreciar en la siguiente cita (donde formulaba la siguiente apreciación en referencia al General Fructuoso Rivera –e ntonces enemistado con el gobierno de letrados “colorados” del cuál Herrera y Obes formaba parte –): “Vamos a hablar de un hombre, pero de un hombre que contiene en sí toda una faz de nuestra sociedad; todo un principio de revolución; todo un sistema de ideas, de hábitos y de tendencias – esto pues, toda una cuestión social bajo la forma de un hombre; y al nombrarlo, nosotros no haremos sino determinar esa cuestión”.28

Poco tiempo después, en España, otro letrado uruguayo, Alejandro Magariños Cervantes (1825-1893), escribía, en 1851, lo siguiente:

Lo que hay en América, lo que aquí no ven o no quieren ver, es la lucha entre el principio retrógrado absolutista, hijo de las tradiciones seculares de la colonia, disfrazado con nombres más o menos especiosos, y el principio progresista de la revolución prematuramente iniciada en 1810. Lo que hay allí, es la democracia en pugna con los mil obstáculos que la rodean: el antagonismo de razas, de intereses, de preocupaciones, de abusos e innovaciones, que ora vencidas, ora vencedoras, ora encaminadas al bien, ora despeñadas en un abismo sin fondo, caen y se levantan como heridas de un vértigo espantoso. Las costumbres, las creencias, las leyes, el carácter nacional, y hasta el idioma, se templan y modifican en la fragua ardiente de este gran cataclismo nacional. (…) las ideas, los hábitos y tradiciones del viejo hemisferio sostienen el rudo embate de otras ideas, hábitos y tradiciones, que llamaríamosamericanas, si no les cuadrase mejor el nombre detártaras. (…) En suma, lo que hay en la América española, y en ninguna parte como en el Río de la Plata, es la lucha más franca e ingenua de que nos ofrecen ejemplo los anales de la humanidad entre el absolutismo y la democracia, entre la civilización y la barbarie, ya se considere en las cosas, ya en los elementos que constituyen la vida política y social de las naciones.29

En este caso, como en el anterior, se percibe claramente la marca de la interpretación histórica articulada por Sarmiento en su Facundo, un libro que además aparece citado explícitamente en más de uno de los “estudios” que integraron el libro de Magariños. Organizados en torno a la matriz interpretativa de la historia argentina y latinoamericana que había hallado en Lamas, en Sarmiento, en Herrera y Obes, en Las Bases de Alberdi (cuyo comentario constituyó el último capítulo de la primera edición de sus Estudios), los escritos históricos de Magariños publicados en la década de 1850 se apartaron sin embargo en un punto decisivo de la visión de aquellos otros autores: la mirada que dirigía hacia la tradición colonial era bastante más complaciente que la de ellos, tanto en relación al rol positivo que habría cumplido el catolicismo cuanto en relación al valor – también entendido como positivo – del aporte de España a la cultura de sus antiguas colonias.

Como lo sugieren estas referencias uruguayas, el momento de mayor impacto de la clave sarmientina de interpretación del pasado nacional sobre el debate histórico correspondió a los quince años que siguieron a la publicación deFacundo. A partir de la década del sesenta, en el contexto de un clima intelectual cada vez más preocupado por la naturaleza de la información histórica, y por su precisión, obras como la de Sarmiento comenzaron a perder su fuerza de persuasión historiográfica. Sometido a cuestionamientos cada vez más severos acerca de la naturaleza de la documentación en que se había basado para reconstruir la biografía de Juan Facundo Quiroga, la identidadhistórica del libro de Sarmiento – es decir, su capacidad de interpelar al lector como libro de historia – comenzó lentamente a desvanecerse. Publicado como un aporte a la reconstrucción de la historia de la revolución argentina y leído como tal en un inicio, las lagunas, las omisiones, los errores fácticos, se volvieron cada vez más tangibles en la medida en que el siglo XIX avanzaba hacia su cierre. Las refutaciones póstumas realizadas por autores más preocupados que el pensador sanjuanino por la cientificidad de su método y por la confiabilidad de sus fuentes documentales – como Ernesto Quesada o aún David Peña –, sirvieron simplemente para confirmar lo que ya hacía tiempo había sido el destino del Facundo: de libro de historia se había transformado en un magnífico relato romántico, plasmado en una prosa vehemente y transgresora, acerca de unos personajes cuya verdadera historia debería aguardar aún algún tiempo antes de ser narrada. El destino crítico del Facundo – que ha llevado a teóricos literarios recientes a sostener que se debería leer como una novela o como una suerte de epopeya pampeana – no debe sin embargo obturar una adecuada comprensión del sentido preciso que los contemporáneos, los primeros lectores, de esa obra, le asignaron: en el contexto de la discusión e investigación históricas de las décadas de 1840 y 1850, el libro de Sarmiento ocupó el lugar de una de las síntesis más importantes de la historia nacional efectuadas hasta ese momento, si no la más importante. Es por ello que la sombra terrible del Facundo, tanto como la del homónimo personaje en cuya vida se basaba, seguiría proyectándose sobre el debate histórico argentino hasta épocas aún muy recientes.

Referencias bibliográficas

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WEINBERG, Félix. El Salón Literario de 1837. Buenos Aires: Hachette, 1977. [ Links ]

1 ALBERDI, Juan Bautista. Doble armonía entre el objeto de esta Institución con una exigencia de nuestro desarrollo social; y de esta exigencia con otra general del Espíritu humano. In: WEINBERG, Félix. El Salón Literario de 1837. Buenos Aires: Hachette, 1977, p.137. Sobre J.B. Alberdi, ver: TERÁN, 1988; BOTANA, 1984; HALPERIN DONGHI, 1982; CANAL FEIJÓO, 1988.

2 ECHEVERRÍA, Esteban. Obras completas. Buenos Aires: Ediciones Antonio Zamora, 1972, p.144-145.

3 ECHEVERRÍA, 1972, p.149.

4 ECHEVERRÍA, 1972, p.165.

5 Archivo Los López. Correspondencia, Legajo 2364, Documento 3955, AGN, Buenos Aires.

6 Archivo Vicente Fidel López. Correspondencia, Legajo 2364, Documento 3934, AGN, Buenos Aires.

7 Boletín bibliográfico. El Progreso, Santiago de Chile, n. 54, 13 enero 1843.

8 Archivo Los López, Sala VII, Legajo 2377, (7/21/2/4), “Libro de Apuntes” (Documento n. 5451), p.19.

9 Archivo Los López, Sala VII, Legajo 2364, Documento 4276 (Carta a Félix Frías, Santiago de Chile), 8 set. 1842.

10 Algunas palabras sobre El Demócrata No.2. El Progreso, Santiago de Chile, n. 62, 23 enero 1843.

11 Algunas palabras sobre El Demócrata No.2. El Progreso, Santiago de Chile, n. 62, 23 enero 1843.

12 LÓPEZ, Vicente Fidel. Memoria sobre los Resultados Generales con que los Pueblos Antiguos han contribuido a la Civilización de la Humanidad. Buenos Aires: Editorial Nova, 1943, p.29-30.

13 Archivo Los López, Sala VII, Legajo 2364, Documento 4088 (VFL-VLyP, Montevideo, 27 oct. 1851), Archivo General de la Nación, Buenos Aires.

14 LÓPEZ, 1943, p.55.

15 LÓPEZ, 1943, p.102.

16 LÓPEZ, 1943, p.107.

17 Archivo Vicente Fidel López. Correspondencia, Legajo 2364, Documento 3934, Archivo General de la Nación, Argentina.

18 SARMIENTO, Domingo Faustino. Los estudios históricos en Francia (1844). En: SARMIENTO, Domingo Faustino. Obras completas, Tomo II. Buenos Aires: Editorial del Estado (Gobierno Nacional de Argentina), 1883, p.200-201.

19 SARMIENTO, Domingo Faustino. Vidas de Fray Félix Aldao y el Chacho. Buenos Aires: Editorial Argos: 1947, p.65.

20 SARMIENTO, 1947, p.26.

21 SARMIENTO, Domingo Faustino. Facundo. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1979, p.109.

22 SARMIENTO, 1979, p.15.

23 SARMIENTO, 1979, p.65.

24 Sobre el carácter republicano del pensamiento político de Sarmiento, ver: BOTANA, 1984; HALPERIN DONGHI, 1982; ORGAZ, 1945; ROMERO, 1946; HALPERIN DONGHI; JAKSIC, 1994.

25 SARMIENTO, 1979, p.65.

26 ALTAMIRANO, 1994, p.7-19.

27 SARMIENTO, Domingo Faustino. Facundo (1845). Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1977, p.40.

28 HERRERA Y OBES, Manuel; BERRO, Bernardo Prudencio. El caudillismo y la revolución americana. Polémica. (a cura de Juan Pivel Devoto). Montevideo: Biblioteca Artigas, 1966, p.32.

29 MAGARIÑOS CERVANTES, Alejandro. Estudios históricos, políticos y sociales sobre el Río de la Plata (1851 –folletín-; 1854 –libro-). Montevideo: Biblioteca Artigas, 1963, p.282-283.

Recibido: 13 de Octubre de 2014; Aprobado: 2 de Abril de 2015

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