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Varia Historia

versión impresa ISSN 0104-8775versión On-line ISSN 1982-4343

Varia hist. vol.33 no.62 Belo Horizonte mayo/ago. 2017

http://dx.doi.org/10.1590/0104-87752017000200003 

DOSSIÊ

Identidades erosionadas: Literaturas latinoamericanas, de la espacialidad ontológica a la atopía

Eroded Identities: Latin American Literatures: From Ontological Spatiality to Atopy

Claudio Gustavo Maíz1 

1Universidad Nacional de Cuyo. Centro Universitario Parque General San Martín, Mendoza, 5500, Argentina. cmaiz@ffyl.uncu.edu.ar

RESUMEN

En el presente trabajo pretendemos realizar un recorrido en torno a la identidad en América Latina desde el siglo XIX al XXI. Para ello nos valemos de las expresiones literarias, pero también de los contextos en los que identidad, literatura y nación — el otro pilar importante para nuestros objetivos- entran en relación o cambia la importancia de algunos de estos componentes . Desde una identidad ontológica hasta otra que se desentiende del espacio, la cultura latinaomericana ha dejado de ser una entidad homogénea para dar paso a un espacio fluido o ya olvidado. Intentaremos demostrar que aquellas identidades de carácter totalizante y ontologizadas han quedado en el pasado. Las nuevas identidades se multiplicaron porque hubo una desconexión entre ellas yel espacio o el lugar. Como consecuencia hubo una visibilización de las identidades étnicas, sexuales, ecológicas y tantas otras. El espacio y la tradición han dejado de ser los marcos referenciales para sentirse idénticos. A menor identidad, mayor parece ser el impulso por sentirse parte del mundo.

Palabras-clave: identidad; literatura; nación

ABSTRACT

The present work reviews identity in Latin America from the 19th to the 21st century. For this, we draw upon literary expressions, but also on contexts in which identity, literature and nation — the other important pillar for our goals — come into relationship or the importance of some of these components changes. From an ontological identity to another disengaged from space, Latin American culture has ceased to be a homogeneous entity to give way to a fluid or already forgotten space. We will try to demonstrate that those totalizing and ontologized identities have remained in the past. The new identities have multiplied because there was a disconnect between them and space or place. As a consequence, ethnic, sexual, ecological and other identities have become visible. Space and tradition have ceased to be the frameworks for the sense of identity. The smaller the identity, the greater seems to be the impulse to feel part of the world.

Key words: identity; literature; nation

Introducción: ¿literaturas nacionales o posnacionales?

Para comenzar quisiéramos traer a colación el poema del escritor mexicano José Emilio Pacheco, titulado “Alta traición”:

No amo mi patria.

Su fulgor abstracto

es inasible.

Pero (aunque suene mal)

daría la vida

por diez lugares suyos,

cierta gente,

puertos, bosques de pinos,

fortalezas,

una ciudad deshecha,

gris, monstruosa,

varias figuras de su historia,

montañas

-y tres o cuatro ríos.1

El poeta pone en juego un conjunto de semas que se ligan fuertemente a paradigmas concebidos desde el siglo XIX y vigentes en gran parte del XX, como por ejemplo los que se vinculan con la idea de la traición. La traición es un sema que remite a un campo de significados que incluye a nociones como patria, soberanía, defensa del suelo, etc. La violación de estas entidades presupone una traición, es decir, el abandono de una veneración. La muerte ha sido en los países latinoamericanos la pena con la que se ha castigado la traición a la patria; a tal extremo ha llegado la eficacia performativa del gran sema Patria. El yo lírico se nos presenta asumiendo esa falta máxima, la “alta traición”, porque es incapaz de conformarse con el significado abstracto e inasible de “patria”, cuyo brillo es extremadamente inoperante. Pero el rechazo del poeta a esa “patria” no lo vuelve un descastado ni mengua su pertenencia, sino que se avoca a desbrozar uno a uno los elementos activos que le permiten expresar su adhesión a otra “patria” infinitamente menos abstracta pero más asible y propia. El poema podría considerarse como una poética de lo “posnacional”, en el que la nación, la patria y los valores que se asocian a estos semas han perdido todo el poder imantador y centrípedo que tuvieron. En su lugar se instalan con facilidad diversas adhesiones a la nación: ya no puede haber sólo una manera válida.

De manera que si las naciones, tal como han sido concebidas en América Latina después de las guerras de la independencia han ingresado en un recorrido crítico, necesariamente las identidades forjadas bajo aquellos paradigmas van quedando en suspenso o lisa y llanamente son puestas en tensión con la idea de la nación como unidad de análisis. Es por eso que queremos poner en el centro, de nuevo, a la nación, no tanto para preguntarnos por su invención o carácter constructivo, ni tampoco como forjadora de identidades nacionales sino como el polo opuesto en el que la literatura se ha ido situando en las últimas décadas para la recreación, tergiversación o despreocupación por la identidad.

Más aún, habría que preguntarse si todavía tiene sentido pensar grandes espacios regionales en la era de la mundialización y como consecuencia de ello, si la utopía de Pedro Henríquez Ureña, esto es, haber alcanzado una expresión propia o lo que es lo mismo, haber fraguado una literatura latinoamericana nunca dejó de ser un propósito irrealizable. Una extensa reflexión crítica ha abierto el debate sobre este punto.2 El interrogante apunta también al histórico interés por la integración latinoamericano, que se evoca permanentemente desde los discursos bolivarianos hasta los últimos gobiernos de este siglo XXI de vocación integracionista, en la confianza de que la cultura podía jugar un papel preponderante. Parece evidente que el intento de la conformación de grandes espacios tampoco llegó a desarrollar (el carácter comercial con el que se llevó a cabo no es ajeno al fracaso actual), por lo menos, una identidad del Cono Sur. Con ello quedaron al descubierto dos cosas: la poca incidencia de la cultura en general y la irrelevancia de los intelectuales en la construcción colectiva. Lo mismo podría trasladarse a otros espacios regionales, como el andino, el antillano o el centroamericano. Vale decir que ni por el lado de la nación ni por el lado de la regionalización integracionista pareciera que existan novedades dignas de destacarse, salvo las últimas constataciones que a esta altura no despiertan niguna sorpresa.

Sin embargo, es probable que lo que esté erróneamente formulada sea la pregunta que necesitamos para averiguar los cambios que acontecen a nivel de las representaciones literarias, las reformulaciones identitarias y las remozadas figuras del autor. Enclaves que han sabido captar anticipadamente la estructura de sentimientos, en el sentido de Raymond Williams, de lo que con ulterioridad se hace evidente. Que en América Latina existe un abanico de afinidades, de todos modos, no es sinónimo de entendimiento, por tomar un ejemplo, ahí están los fronteras calientes que todavía asolan a varias naciones. Más aún, la mirada antropológica arroja inusitados resultados, como constatar que en el área andina ciertas identidades étnicas no siempre se corresponden con las identidades territoriales.

Ahora bien, volviendo al interrogante inicial, la literatura en cierto modo se anticipa de manera dispersa a algunas respuestas. Los textos que ponen distancias con la problemática de la identidad están lejos de preocuparse, desde luego, por procesos de integración como el MERCOSUR, UNASUR o lisa y llanamente por América Latina como un objeto. Claro que no le corresponde a la literatura decidir sobre esto. En rigor las literaturas de América Latina de las últimas décadas no han producido, dentro del marco político-económico, una instancia capaz de alentar, propiciar, favorecer la conformación de estructuras referenciales a partir de los cuales se derive hacia una identidad supranacional latinoamericana. Esta respuesta negativa demanda averiguar cómo se gesta dicha negación.

Como se sabe, durante el siglo XIX, la formación del estado-nación estuvo acompañada por una narrativa que creó un sujeto nacional homogéneo — que estaba le, tal como lo han estudiado Benedict Anderson (1997) o Doris Sommer (2004) en el que los discursos se tornaron aleccionadores o pedagógicos al momento de crear un comunidad imaginada. Si en el presente podemos alegar lo contrario, la visión dominante por entonces consistía en admitir las naciones como una entidad que era y estaba ahí, como verdaderos datos objetivos de la realidad. Lejos se estaba de admitir su carácter de constructo, como producto de procesos sociales ni mucho menos que no se trataba de un dato previo y empírico (Máiz, 2007, p.10). Ahora bien, ¿podemos admitir que la nación es la consecuencia de un proceso político y (re)significante y no un dato previo? La pregunta es crucial, habida cuenta de que la respuesta nos orienta hacia espacios epistemológicos diferentes. Como por ejemplo, el que surge de las tesis del constructivismo posmodernista radical, que considera la nación al igual que un “invento de las prácticas discursivas nacionalistas” (Máiz, 2007, p.09). En cambio, parece más atinada la línea que propone la realidad nacional al modo de un complejo de fenómenos existentes y que le impone límites al contenido del conocimiento e interpretación del mundo, pero a la vez adquiere significación si se interpretan desde algún marco de sentido, no en dependencia con el exterior (Máiz, 2007, p.10).

Lo dicho hasta ahora perfecciona nuestros recursos hermenéuticos para entender que no hay una nación sin su respectivo discurso, esto es, que la ideología y la cultura nacionalistas no pueden ser consideradas como la expresión de una nación preexistente ni emanación profunda de un “ser nacional” inalterable. Y aquí debemos incorporar el papel de los intelectuales, puesto que por su intermedio o gracias a su labor el “artefacto cultural” llamado nación se realiza, al menos, en algunas de sus dimensiones más importantes, a saber: la elaboración de mitos fundadores, narrativas de origen, poesía de alabanzas, interpretaciones ensayísticas, etc. La consolidación de las nacionalidades latinoamericanas, en suma, fue una tarea que tuvo a los intelectuales y por tanto y en gran medida a la literatura como activos protagonistas en la creación de los sistemas identitarios y la escritura de una memoria colectiva. Los procesos de regionalización actuales no destacan claramente la incidencia de los letrados, puesto que las fuerzas intervinientes resultan más descontroladas e incluso anárquicas, como las que corresponden a los flujos de información transnacionales, la imposibilidad del control financiero o la desaparición de la producción estética del libro a favor del mercado. Una primera consecuencia de este fenómeno podría consistir en la emergencia de identidades nuevas que mezclan imaginarios nacionales, tradiciones locales con flujos transnacionales.

A partir de estas preliminares aproximaciones nos proponemos detenernos en diversos momentos en que los componentes aquí en juego, tales como nación, identidad, territorio, espacio, discursos literarios han ido variando su ubicación conceptual en la sintaxis cultural así como también la intensidad semántica. Resumidamente y para orientarnos es imprescindible que pensemos en por lo menos tres grandes momentos de la sintaxis aludida en la ensayística y la narrativa hispanoamericana: 1. El espacio como determinación; 2. La crisis del binomio cultura/ nación o “culturas nacionales”; 3. La descentralización y fluidez de la cultura. Dicho en términos más sintéticos: existe en torno a las representaciones literarias y la identidad un proceso de territorialización, desterritorialización y extraterritorialidad que intentaremos rastrear.

La territorialización: invención identitaria y espacio

Una delimitación clásica de la identidad nacional ha puesto invariablemente en juego varios elementos: una lengua, una unidad socio-cultural, un espacio geográfico y un pasado histórico colmado de valores. El funcionamiento de este entramado, en el que se activan las representaciones y lealtades, además de que nunca ha sido el mismo, posee una serie de etapas que cruzan componentes políticos, sociales y culturales. Así los interrogantes que despierta la trama identitaria durante el siglo XIX difiere de los que se desprenden del proceso de transformaciones, por caso, en la era global.

Domingo Faustino Sarmiento en Conflicto y armonías de las razas en América cuando escribe: “¿Argentinos? Desde cuándo y hasta dónde, bueno es darse cuenta de ello”3 asocia la pregunta por la identidad, además del tiempo, al espacio y es un interrogante que no agotaría su validez en el momento en que Samiento lo formula. En verdad puede, por un lado, extenderse al resto de América Latina en la era global, tomando en cuenta el tercer momento, al que luego nos referiremos, esto es, el de la extraterritorialidad. En ese sentido, José Martí pareciera dudar de la eficacia de ligar un territorio nacional a una literatura, y con ello pone en crisis los dichos de Sarmiento, al decir: “No hay letras, que son expresión, hasta que no haya esencia que expresar. Ni habrá literatura hispanoamericana, hasta que no haya Hispanoamérica. Estamos en tiempos de ebullición, no de condensación; de mezcla de elementos, no de obra enérgica de elementos unidos /…/”.4 El tiempo de ebullición parece no haberse detenido y resulta entonces más acorde a los tiempos actuales de la mundialización de la cultura. Con todo, la espacialidad con tintes políticos resulta la vara desde donde se aprecian los fenómenos sociales, culturales, filosóficos. Fernando Ainsa ha intentado describir este fenómeno mediante su propuesta de una geopoética, en la que el espacio adquiere una relevancia inusitada desde su ingreso a la historia occidental. América en sus albores se presenta al europeo como “un conjunto de ‘lugares posibles’ para el despliegue de un prodigioso imaginario geográfico” (Ainsa, 2006, p.09).

Pese a todo, la escasa consideración del espacio para abordar fenómenos complejos tiene que ver con el prejuicio historiográfico que se desentiende del contorno ambiental o natural de los procesos socioculturales (Arnold, 2000, p.19). En términos muy generales, se puede decir que la historiografía sigue, en algunas de sus escuelas, convencida de que la historia tiene como único sujeto a la humanidad, desconociendo la influencia que la naturaleza puede tener o ha tenido en el desarrollo de los fenómenos históricos. Tomemos el caso de las divergentes percepciones sobre el istmo de Panamá que han tenido la cultura precolombina y los españoles que lo descubrieron. Por el hecho de ser culturas terrestres antes que marinas, las precolombinas confirieron una categoría mitológica al espacio. Circunstancia que habrá de alterarse violentamente con la avanzada europea llegada con la conquista, en virtud de la reorientación geográfico-cultural que impone. No sólo en Mesoamérica se visualiza el fenómeno, sino también en el antiguo imperio incaico, ya que de ser una organización con bases en los valles de la Sierra y orientada hacia el Este, a la montaña y la selva, pasó a emplazarse hacia la costa. Es la tesis sostenida por el peruano Luis E. Valcárcel en su ensayo La ruta cultural del Perú (1944).5 Dentro del campo culturológico referido al espacio, merece mencionarse el texto del boliviano Jaime Mendoza, Macizo andino (1935), que ve en la cadena montañosa el nexo de unión histórico entre las culturas del Tiahuanacu y la nación boliviana, hasta la guerra del Pacífico.6 Asimismo Germán Arciniegas en Biografía del Caribe (1945)7 remarca el extraordinario salto dado por la historia, valiéndose de los espacios marítimos, tal como se observa desde el título del capítulo primero de su ensayo: “Del mar grecolatino al mar de los caribes”. Dice el ensayista: “De 1503 hacia atrás, los hombres se mueven en pequeños solares, están en un corral, navegan lagos. De 1500 hacia adelante surgen continentes y mares océanos. Es como el paso del tercero al cuarto día, en el primer capítulo del Génesis. Todo este drama se vivió, tanto o más que en ningún otro sitio del planeta, en el mar Caribe” (Arciniegas, 1973, p.11). El cambio de escenario de la historia alcanza un tono épico, nada más que para tornarse picaresco de acuerdo a los personajes, circunstancias vividas y acciones llevadas a cabo por ellos. Aunque exagerada la afirmación del ensayista, nos resulta significativa la idea del cambio interpretativo sobre el espacio que supone la irrupción de “continentes y mares océanos”.

Nada más lejos de nosotros que una entronización determinista de la naturaleza, sin embargo, el intento de abordar la problemática espacial dentro de una cuestión de índole socio-político-cultural, como resulta el de las identidades nacionales, hace ineludible realizarlo desde bases diferentes de las que ciertos estatutos permiten. Habría coincidencia, en general, sobre la función de la producción imagológica que necesariamente convierte al espacio en representación e involucra a los lenguajes literarios, con el consiguiente enriquecimiento de la estructura imaginaria de los lectores-ciudadanos de una nación.8

El impacto del romanticismo es tan fuerte que, junto con la formación de los nacionalismos políticos, se produce también el nacimiento de una conciencia nacional de las literaturas latinoamericanas. Para la generación romántica, la extensión espacial resultó un escollo imposible de sortear y conspiraba contra las ideas civilizatorias. Domingo F. Sarmiento frente a la fatalidad de la naturaleza escribía: “Deberíamos quejarnos, antes de la Providencia, y pedirle que rectifique la configuración de la tierra”. Aún más, agrega Sarmiento en el Facundo: “La inmensa extensión de país que está en sus extremos, es enteramente despoblada, y ríos navegables posee que no ha surcado aún el frágil barquichuelo. El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión: el desierto la rodea por todas partes, y se le insinúa en las entrañas; la soledad, el despoblado sin una habitación humana, son, por lo general, los límites incuestionables entre unas y otras provincias”.9 Dentro del proyecto civilizatorio romántico, la ciudad adquiere la función de segmentar la extensión y definir así una espacialidad. La primera percepción que se tuvo del espacio americano fue la de la inmensidad y el desierto, que adicionado a la particular concepción colonizadora de España, creó una fiebre fundadora de ciudades para que actuaran como un tejido de enlace. Valga esta aclaración: hablar del desierto, en nuestro caso, es referirse al espacio y no a quienes ya lo habitaban. Así la fórmula polis-civilización, al fin de cuentas, recogía la tradición griega, incorporada a su vez por los españoles en el método de colonización adoptado: crear ciudades al igual que islas dentro de la inmensidad desconocida y no civilizada. “Si muchos textos — escribe Ainsa- reflejan un conflicto y un enfrentamiento con los elementos primordiales de un medio que parece hostil (narrativa de la selva, del mundo andino, de los ríos que vertebran el continente) otros reflejan el horror al vacío (las pampas y desiertos) /…/” (Ainsa, 2006, p.10).

En particular resulta de interés para nuestra argumentación el ‘horror vacui’ que pretendía compensarse con la fiebre fundadora de ciudades, si, por una parte, creaba remansos de civilización, por otro, levantaba murallas de aislamiento. Bien vale la pena recordar el rechazo de José Martí a todo provincialismo, que colige como fatal para el destino de América, pero que tenía su origen en aquellos antiguos temores. Debe reconocerse que si el cubano amplía la visión más allá de la “provincia”, lo es porque los sistemas de comunicación han mejorado ostensiblemente. Dice en su conocido ensayo “Nuestra América”: “Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal /…/”. Seguidamente hace un llamado dramático: “Lo quede de aldea en América ha de despertar” (Martí, 2002, p.15).10 Pero a diferencia de Sarmiento, el cubano rechaza la idea iluminista de una mayor jerarquía de la ciudad sobre el resto del espacio, tomado como barbarie por el argentino. Dice Martí: “No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno…” (Martí, 2002, p.17). La proposición de la falsa dicotomía no persigue la creación de otra en su lugar, sino la de armonizar el conocimiento con lo propio americano y postula: “Conocer es resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de las tiranías” (Martí, 2002, p.18).

Así las cosas, si válido para las metrópolis europeas, distinto será el caso de América Latina: el sistema de comunicaciones está apenas desarrollado, lo que desde luego redunda en perjuicio de las ideas integracionistas de espacios dispersos. Problema que había sido identificado por el argentino Manuel Ugarte tempranamente: “Debido a la escasez de ferrocarriles, telégrafos y líneas de navegación, estos países se han desarrollado tan independientemente los unos de los otros, que a pesar de la identidad de origen y la comunidad de esperanzas, evolucionan en órbitas distintas. Sólo los más vecinos están en contacto”.11 Desde luego que esta deficiencia, mientras que por un lado imposibilita salir de la reclusión y enturbia la visión de conjunto, por otro, el sistema de comunicación funciona eficazmente en relación con el resto del mundo, con el que los países latinoamericanos están unidos a través de “maravillosas vías de comunicación”. Más aún, razona Ugarte, es mayor el conocimiento de lo que pasa en China, pero se ignora lo que ocurre en el propio continente (Ugarte, 1953, p.94). Es un sistema de comunicación colonial. Pues bien, así como esta era puede pensarse por medio de la “unidad geográfica elemental” asentada en el medio físico, la unidad tecnológica relevante que le incumbe viene dada por el ferrocarril. A la noción moderna del tiempo y del espacio corresponde, pues, al ciclo del ferrocarril. Desde su nacimiento el tren ha sido considerado como un símbolo del progreso, nada más acorde entonces a los impulsos hacia el futuro de la modernidad.

Ahora bien, algunos de los sintagmas tomado de Sarminto o de Martí ponen de manifiesto el aislamiento entre los países latinoamericanos y por ende crean un fondo de recelo y resentimientos. Esta limitación comenzará a variar con la generación del novecientos. Nos hemos referido en otro lugar al papel de la generación novecentista en la percepción moderna del espacio (Maíz, 2003). Retomamos algunos de aquellos argumentos. Las ideas sobre el espacio de los novecentistas y también de los miembros de la promoción conocida como mundonovista nos han parecido dignas de considerar. La noción de Manuel Ugarte y de Gabriela Mistral, respectivamente, sobre el espacio tiene el enorme valor de haberse planteado en pleno auge de las identidades fuertemente nacionales, es decir, cuando la territorialidad y la centralidad del estado-nación más vigor hubieron alcanzado (Maíz, 2002). Se confiaba en que cada nación sería portadora de un carácter propio, intransferible. Se trata de un momento herderiano, si se quiere, en el que lo específico se opone a lo universalizante. La base material, claro está, de estos supuestos es el estado-nación. La cultura como la nación sería una civilización centrada en sí misma. Dentro de este círculo conceptual en el que se ha visto reforzado el estado-nación, novecentistas y mundonovistas alientan una corriente de religación hispanoamericana que se funda en otros preceptos e indaga en la historia buscando nuevos datos para sostenerla. Vale destacar también, que en tanto intelectuales, no tomaron partido en la elaboración de las memorias nacionales, tal como lo hicieron otros miembros de sus promociones generacionales. Como mediadores culturales no buscaron la legitimación de las fuerzas económicas que propiciaban la afirmación del estado-nación, sino que, al modo de puntos de fuga, se desmarcaron en dirección hacia nociones macroespaciales. El hecho de que abandonaran tempranamente sus patrias ayuda a explicar estas divergentes miradas.

El desocultamiento de la naturaleza es una operación que emprenden varios ensayistas del periodo. En el prólogo a Chile o una loca geografía, Gabriela Mistral sitúa el ensayo de Subercaseaux junto a Martínez Estrada: Radiografía de la Pampa, López de Mesa: Relato lírico de Colombia, Eduardo Mallea: Historia de una Pasión Argentina y el chileno Agustín Edwards. Todos, como puede apreciarse, tienen en común la alusión directa o sesgada a la espacialidad.12

En buena hora — dice, satisfecha, Mistral- ha venido a prestigiarnos el ensayo geográfico y a propagarlo entre los mozos. Va siendo tiempo de que algunos dejen el oficio universal de poetas y se den con una modestia servicial a contar la tierra que les sostiene juntamente los pies trajinadores y la densa pasión. (Mistral, 1940, p.13). Las cursivas son nuestras.

La literatura cumple una función esencial en la conquista simbólica del espacio y la naturaleza. La literatura movilizó lo que podría llamarse la “imaginación territorial”, que puede entenderse como una actividad fundamental de apropiación del terreno, realizada por los letrados. La función de imaginar el territorio cumplida por la escritura es más ostensible después de las guerras independentistas, no obstante, la agresión imperialista reaviva el sentimiento telúrico y la intención de su custodia.13 El debate en torno a los espacios, desde una perspectiva que puso en juego elementos geográficos e históricos, le permitió a los novecentistas extraer de esta operación importantes consecuencias de proyección simbólica. En el proyecto literario novecentista la configuración de una imagen de territorialidad, accesible simbólicamente al conjunto, está al servicio de salvaguardar los territorios nacionales frente al peligro que representa el imperialismo norteamericano. La novedad estriba en las dimensiones y la mirada múltiple que se debe acordar para dotar de sentido a una nueva noción de espacialidad, a partir de la cual se produzca la relación identificatoria.

Es así como el elemento telúrico ha tenido un enorme peso en la configuración del discurso literario hispanoamericano, como también ha estado en la base de la reflexión sobre lo nacional y la definición de la identidad. La tierra llegó a considerarse el principal componente de la identidad, como ocurrió durante la segunda etapa del romanticismo en el XIX o el criollismo en el XX. Pero en la concepción novecentista, la naturaleza recupera su dimensión histórica y política, puesto que no se la percibe solamente como una entidad digna de alabanzas o un simple referente para la constitución de las identidades. Se cuestiona el axioma heredado de las generaciones anteriores, según el cual en cierta etapa del desarrollo histórico hispanoamericano, el espacio se había vuelto un obstáculo insalvable. Por el contrario, la revisión de este principio convirtió la extensión del espacio en una ventaja. Gracias a la reinterpretación de la idea de territorio, se logra orientar con acierto la noción de la supranacionalidad cultural o “nacionalidad superior”, que resulta de la adición de los patriotismos locales. Se cumple así aquel mandato de Martí de terminar con los provincialismos. Esta idea habrá de ser uno de los grandes aciertos, por ejemplo de Manuel Ugarte, que servirá de base para la formulación de una teoría del nacionalismo hispanoamericano. En el fundamento de la supranacionalidad se halla la configuración imaginaria de un nuevo mapa, que implica el tránsito de “los intereses de la aldea a la salvación del conjunto”.

Desterritorialización: erosiones irreversibles de la identidad

Santiago Castro-Gómez reconoce con razón que se ha producido el declive de la idea de una “cultura nacional” como un proyecto de la modernidad:

No cabe duda de que uno de los logros mas importantes de los estudios culturales fue el haber desmitificado la noción moderna de “cultura nacional”, entendida ésta como la expresión de una idiosincrasia nacida y anclada en territorialidades específicas. La ruptura consiste principalmente en haber mostrado que la modernidad taxonomiza la cultura, es decir, la produce como alga telúrico y orgánico, como una forma “nacional” de estar-en-el-mundo. (Castro-Gomez, 1999, p.78).

¿Cuándo entra en crisis este modelo temporo-espacial correspondiente a la modernidad que con entusiasmo pusieron a funcionar las generaciones de las primeras décadas del siglo XX? Podríamos decir que con el modernismo literario y Rubén Darío a la cabeza comienza el proceso de erosión de la idea de una identidad nacional. Los modernistas son los grandes viajeros de la América de habla hispana. El viaje para ellos no es medio sino el fin, gracias al cual viven y experimentan otras culturas. París como se sabe fue el faro para la gran mayoría de los miembros de la promoción modernista. Pero su tendencia viajera no se agotó en ese lugar. La “aldea” a la que se refería José Martí dejó de serla y se convirtió en cosmópolis. El modernismo hispanoamericano entonces habría que reconocerlo como el primer estadio de la erosión de la identidad nacional al ampliar el horizonte cultural, echando mano a una transnacionalidad identitaria. Un segundo momento de tanta intensidad como el mencionado se produce durante el boom de la narrativa hispanoamericana en los años 1960 a 1970, aproximadamente. En este caso la desterritorialidad es doble, en cuanto a que no solo hay un desprendimiento de lo telúrico como materia narrable (sustitución de la novela de tema rural por la fantasía creadora y la mitificación de la realidad) sino también una reconfiguración de la figura del escritor (asume compromisos políticos, se comporta como un intelectual preocupado por la situación latinoamericana). Al igual que en el modernismo, los miembros del boom (Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y muchos otros) son grandes viajeros. Pero en ambos casos el viaje siempre tiene un retorno a América. Esto es muy importante de recordar al momento de hablar de la extraterritorialidad. Pues bien, es obvio que algo sucedió, en virtud de que aquel optimismo en las identidades regionales o nacionales cayó en una profunda depresión, por el impulso hacia una religación continental que la nueva etapa del latinoamericanismo trajo consigo. En el campo literario, no habrá ya plena confianza en la capacidad cognoscente del escritor, se tornan sospechosas las estructuras temporales heredadas, en fin, la concepción de la realidad se fragmenta o difumina. Hacia finales de la década de 1940 parece ser el momento más propicio para situar el comienzo de estos cambios críticos. Para más datos el choque entre concepciones se produce en tiempos de la Guerra Fría. La cultura también se vuelve campo de batalla, aunque los combates hayan sido menos estruendosos. El escenario estaba ocupado por la ex URSS, defendiendo un realismo en el que lo “real” se definía como la lucha de clases y la paz se volvía táctica política. Por otro lado, los Estados Unidos que hizo de la libertad del artista y la autonomía del arte una bandera. La ganancia para los latinoamericanos, en tal contienda, estribaba en la posibilidad de ser incluidos dentro de la cultura “universal”, “aunque esto — escribe Jean Franco — disfrazara un ataque no demasiado sutil a las culturas nacionales, étnicas y locales, a las cuales se denigraba por aberrantes, por meramente provincianas o por idiosincrásicas” (Franco, 2003, p.10).

En tal sentido, los enormes contrastes en las maneras de concebir el tiempo y valorar el espacio, que existen respecto del discurso crítico novecentista y mundonovista, pueden estimarse en los criterios mediante los cuales fue apreciada la narrativa de la tierra por algunos de los representantes de la Nueva Novela Latinoamericana (Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Alejo Carpentier). Hemos intentado demostrar en otro lugar que las alteraciones conceptuales sufridas por las nociones de “lo regional” y “lo universal” (Maíz, 2006) en el discurso crítico, consisten en una pérdida de la significación espacio — temporal de dichas nociones y, en consecuencia, su derivación hacia un juicio de valor, no sólo estético. En otros términos, la noción de universalidad que se le atribuía a la Nueva Novela latinoamericana — a la que pertenece el fenómeno del boom-, la hacía superior a la Novela de la Tierra del ciclo anterior. Conviene alertar sobre el hecho de que el concepto “regional”, que se lo liga al atraso, proviene del campo espacial y “universal”, de manera ambigua, al temporal. Se produce un “desprendimiento” del factor físico de la espacialidad; en otros términos, se cobra conciencia del esencial carácter representacional de la espacialidad.

Llegados a este punto, se hace necesario declarar que lo que había entrando en crisis hacia finales de los años 1940 y comienzos de 1950 se torna lisa y llanamente, no mucho tiempo después, en ruptura paradigmática. Como resultado, la problemática identitaria deja de tener como base de sustentación solamente al espacio definido por el estado-nación. Sin embargo, tal como sugiere una corriente de pensamiento contemporánea en la “modernidad-mundo”, la cuestión de la espacialidad continúa siendo clave. Porque, a través de los cambios en el concepto del espacio, es posible explicitar alteraciones que son mucho más amplias en las sociedades contemporáneas. La producción cultural actual ya no se ubica en un espacio físico determinado; por eso la noción de desterritorialización ganó mucha fuerza en los últimos años.14 Debe insistirse en que toda desterritorialización se hace en paralelo a una reterritorialización. Para nosotros el interrogante es qué características tienen las nuevas reterritorializaciones que se están produciendo o se han vuelto directamente en una extraterritorialidad. De tal manera que se pueda pensar una nueva configuración cartográfica para la identidad latinoamericana. Según la tradición durkheimiana, las funciones cognitivas están marcadas por las culturas que las envuelven, de modo tal que cada pueblo tendría una forma particular, primitiva anterior al contenido que ordena y clasifica la concepción del tiempo y el espacio. Omar Ette se ocupa asimismo de nuevos mapas culturales como consencuencia de una alteración de la noción espacial:

Los nuevos mappings, la nueva cartografía de lo cultural, que acuñó, bajo el signo de la posmodernidad, por lo menos el último tercio del siglo pasado, comienzan a perder su capacidad de representación y su eficacia. Los nuevos movimientos, que sin lugar a duda habían sido anunciados por las discusiones en las proyecciones de los debates de la posmodernidad, se están apoderando del espacio y demandando nuevas formas de pensamiento y perspectivas para su análisis. Esto corresponde especialmente, me parece, a las concepciones y a los conceptos que se dedican a las espacialidades transformadas y en proceso de cambio. Al lado de una convivencia multicultural y una mezcla y reciprocidad interculturales —y lo siguiente es para mí muy positivo— se ha instalado un entrevero transcultural en el cual las más diversas culturas se penetran recíprocamente y se modifican. (Ette, 2008, p.16).

Lo interesante residiría en el hecho de que ahora sería posible, por un lado, tratar la problemática cultural y también identitaria abandonando antiguas matrices como la del estado-nación, por ejemplo, e involucrando los niveles locales, nacionales y aun mundiales. Por eso Omar Ette insiste en que los “lugares de residencia fijos de las culturas en su mayor parte pertenecen al pasado” (Ette, 2008, p.16). Así como el tiempo pudo ser percibido como simultáneo, tal como de manera magistral lo representó la nueva novelística hispanoamericana, al mostrar la persistente coexistencia de planos del pasado, presente y futuro (pensemos en La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, Pedro Páramo de Rulfo, desde luego que los ejemplos sobran), la espacialidad se ha visto alterada por la superposición de sus niveles locales, nacionales y globales. Así los espacios se cruzan con la fragmentación del tiempo. En algunos casos, la percepción de esa índole del espacio que acusa el impacto temporal es macro y abarca varios países, en otros se trata de un espacio más acotado.

Hace algún tiempo Antonio Benítez Rojo cuestionó, desde una mirada posmoderna, el mestizaje como teoría cultural de América Latina. El texto del escritor cubano va asimismo contra las ideas esencializadoras de la identidad. La misma inestabilidad y turbulencia del Caribe hace impensable poner en juego la obsesión ontológica, en la que se demanda un centro irradiante de legitimidad. La repetición de los tropismos, esa “cierta manera” de actuar que le atribuye a la cultura caribeña fluctúa y se desplaza como buena hija de una cultura de los pueblos de Mar. Pero no es lícito reducir al Caribe a la solo cifra de la inestabilidad, ya que se trataría de un error, según este autor. La imposibilidad de poder asumir una identidad estable, ni siquiera el color que se lleva en la piel, sólo puede ser reconstruida por la posibilidad de ser “de cierta manera” en medio del ruido y la fuerza del caos”.15

La extraterriorialidad o multiterritorialidad: ¿comunes o excepcionales?

La problemática del abandono del lugar como fuente de pertenencia y signo de creación está siendo estudiada desde hace tiempo. Se han acuñado términos como el de “extraterritorialidad” (Noguerol, 2008 p.20) o “multiterritorialidad” (Montoya Juarez; Esteban, 2008, p.09) en referencia a la narrativa más reciente. Asimismo la figura que mejor describe al autor de estos tiempos, según Ainsa, es la de ‘homo viator’ (Ainsa, 2014, p.114), es decir, el infatigable viajero que no se deja seducir por un lugar en especial. Asimismo como ha dicho el escritor español Enrique Vila Matas que la falta de visibilidad de la literatura española no lo ha alcanzado a él, sencillamente porque “opté por escribir una literatura no nacional española. Y así Italia, Francia, México, Venezuela o la Argentina se acercaron a mi obra mucho antes de que ésta fuera mínimamente comprendida por mis conciudadanos”.16

Ahora bien, ¿hacia dónde nos han conducido estos recorridos a través de las nociones sobre la nación, el espacio, la identidad, desafíos a la nacionalidad? En primer lugar, a la posibilidad de plantear algunos principios sobre lo que pensamos (o creemos) ser. Dos nos parecen fundamentales: la tesis de la excepcionalidad y la tesis de la especificidad, que han sido, a nuestro juicio, la base del malestar que la literatura reciente expresa en punto a las nociones antes aludidas. Se debe reconocer que los aportes a una cultura mundializada por parte de América Latina son muy escasos, si exceptuamos tal vez la teoría de la dependencia y algunas hipótesis culturales que de ella se desprendieron. Distinto es el caso de la literatura y el arte. Los regionalistas de las primeras décadas del siglo XX (José Eustasio Rivera, Rómulo Gallegos, Martín Guzmán, Ricardo Rojas, Manuel Gálvez, etc.) constituyen la primera generación que ingresa en Europa. Si esta promoción de narradores es la primera que entra en Europa, la novecentista con el ensayo contribuyó desde Europa a que ello se facilitara. La fuerte impronta telúrica y el reforzamiento de la imagen de América como naturaleza de esta generación de narradores junto con su especial repercusión internacional nos llevan a revisar la tesis de la excepcionalidad latinoamericana, que de manera involuntaria esta promoción consolidó. Esta tesis ha operado como eje fundador de la originalidad americana; su postulado más caro sostiene que América Latina es un ente histórico-cultural de rasgos muy particulares, quizás irrepetibles y, hasta cierto punto, adánicos. El más destacado “teórico” de esta corriente a comienzos del siglo XX fue Francisco Contreras. Como se sabe, en 1927, en el proemio a su novela El pueblo maravilloso, elabora un programa de enfatización de la geografía americana que la literatura debe rescatar como materia novelable, no a la manera de un costumbrismo romántico, ya ejercitado y acabado, sino desde una perspectiva integral que aúne lo físico del entorno pero también el fondo psíquico subyacente de quienes la habitan. Acuña así el término Mundonovismo para nominar a esta sensibilidad naciente de su generación, la cual aspiraría a crear una “literatura autónoma y genuina” inspirándose en el “tesoro tradicional” que compendia las “sugestiones” de la tierra, la raza y el ambiente.17

Podría argüirse que el origen de la noción de excepcionalidad coincide con los albores de nuestra expresión literaria (es preciso subrayar aquí el carácter letrado de ese origen y no oral, ya que la discusión permanece abierta, como toda discusión por los orígenes) En efecto, los textos de Cristóbal Colón están en el comienzo de la idea de la excepcionalidad americana. Hay quienes incluso se atreven a sostener que el realismo mágico mismo estaría presente en ellos. En cualquier caso, basta recordar los pasajes de sus Diarios en los que el paraíso terrenal se implanta como subtexto de una percepción inaugural. Durante el comienzo de la vida independiente, Simón Bolívar se ubica entre quienes sostienen la novedad étnica y cultural del continente en la famosa “Carta de Jamaica”, abonando de tal manera la tesis de la excepcionalidad americana. Recordemos uno de los pasajes: “Nosotros somos un pequeño género humano, poseemos un mundo aparte cercado por los dilatados mares, nuevo es casi todas las artes y ciencias /…/nos hallábamos en el caso más extraordinario y complicado /…/”.18 Más adelante, hablando de la situación política: “Tan negativo era nuestro estado que no encuentro semejante en ninguna otra avocación civilizada, por más que recorro la serie de las edades y la política de todas las naciones” (Bolivar, 1993, p.23). La línea se continúa en José Martí, es casi obvio declararlo, ya hemos hecho mención de su ensayo liminar y más conocido, “Nuestra América”, a partir del cual se sopesa la razón por la que este texto abona la versión de la excepcionalidad americana. Estos escasos ejemplos contribuirían a alumbrar una probable idea de América Latina como un continente único, sin puntos de comparación en el contexto mundial, o si los tiene no son relevantes. Aquí vale otro paréntesis. Emil Volek (2007) ha indicado que el macondismo (por el mítico pueblo Macondo imaginado por Gabriel García Márquez), al que nos referiremos enseguida, tiene ya en José Martí un primer cultor. ¿Cuánto de cierto y cuánto de ímpetu y entusiasmo hay en esta corriente de la excepcionalidad? Nos llevaría demasiado lejos despejar completamente este interrogante, digamos a los efectos de nuestro hilo argumentativo, que América Latina ha sido en muchas dimensiones de la historia y la cultura, un caso especial, singular. Ahora bien, la excepcionalidad ni la especificidad de la cultura latinoamericana parecen los mejores argumentos para diagnosticar lo que sucede en la actualidad. Al continente le vendría mejor la tesis de la especificidad antes que la excepcionalidad, en una primera aproximación. La excepcionalidad toma al continente latinoamericano como una entidad que se aparta de la regla o condición general de las demás de su especie. A tal tesitura pertenecen ciertas miradas extremadamente benévolas sobre las cuestiones históricas y políticas que, filtradas por la condición excepcional, podían tomarse como idiosincrásicas y no como lo que eran: graves violaciones a determinados principios generales (entre otros la democracia, la soberanía, la libertad, la libre determinación de los pueblos, los derechos humanos, etc.). En cambio, la especificidad, es decir aquello que distingue una especie de otra, por lo propio y característico, se ha ido forjando paulatinamente, no sin dificultades de variada índole. Es probable que la teoría de la dependencia haya sido uno de los intentos más certeros para desbaratar la excepcionalidad. América Latina no era única, razonaba esta corriente, sino periférica, circunstancia que compartía con otros espacios mundiales. La teoría de la excepcionalidad ha estado en permanente tensión con los variados intentos de modernización en América Latina. Aún más, las corrientes culturales que reivindican una identidad latinoamericana, en los casos más extremos, ontologizada, se corresponden y complementan con la teoría de la excepcionalidad. En rigor, esta tesitura afecta en general a áreas de reciente ingreso en Occidente: América Latina comparte con la América sajona esa inclinación. Si la premisa de la excepcionalidad la llevamos a los estudios literarios se aprecia también las enormes coincidencias existentes entre la producción latinoamericana y la de otras áreas, como consecuencia de compartir la condición periférica. El campo en el que es factible ponderar debidamente lo que decimos es el de los estudios transatlánticos, en los que situaciones como las del modernismo y su relación con París, por caso, son compartidas por otras literaturas periféricas europeas y no europeas; al contrario de lo que muchas veces se piensa que se trata de una condición propiamente latinoamericana de nuestra modernidad. Otro ejemplo significativo es el del Caribe y la conexión afroatlántica y el consecuente corpus de la novela sobre la esclavitud.19

Emil Volek, conocido por sus brillantes trabajos de teoría literaria, es además uno de los más firmes críticos del “macondismo”, quizás la corriente cultural más afín a la excepcionalidad. Para el crítico checo, entonces, tanto el “realismo mágico” como el “macondismo” constituyen el reverso del fracasado proyecto de la Modernidad en América Latina — en cuanto a sus promesas de libertad, democracia, igualdad, justicia — que ni el brillo y embellecimiento de la ficción literaria, como la del boom, han logrado ocultar. Aun con todo el atractivo que se aprecia en el hecho de un reconocimiento mundial, el “macondismo” actúa como el subterfugio que convierte las particularidades en estereotipo. En efecto, se trata de la construcción de una otredad pergeñada en el centro metropolitano y tomada como relato de identidad. “Originado en América Latina como forma para hablar de nosotros mismos en relación, contraste u oposición a las miradas ‘occidentales’ el macondismo aparece para los latinoamericanos como la forma afirmativa de representar el “Otro” de los europeos y norteamericanos” (Von Der Walde, 1998). Lo que el realismo mágico tenía de revolucionario en Miguel Angel Asturias, Alejo Carpentier, Juan Rulfo o José María Arguedas, al proponerse una exploración crítica de la realidad, se deteriora, al finalizar el siglo, en una versión posmoderna, en la que se exalta el irracionalismo y se produce una fijación fundamentalista de la identidad. Sin embargo, los escarceos caracterizadores de José Gaos, Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña fueron formas de la especificidad. Con todo, ¿existe una especificidad inamovible, ontologizada como ciertas versiones de la identidad que han tenido vigencia periódicas? Con la especificidad ocurre lo que con la identidad, ninguna de las dos es una esencia sino un proceso, una historia, una suma de niveles que engrosan una tradición. Por el contrario, la exacerbación de la diferencia propia de la excepcionalidad culmina siendo una verdadera ontologización de la identidad sobre la base de la marginalidad.

Un nuevo glosario sobre la especificidad se elaboró gracias a la obra de los maestros que hemos reseñado. La disolución de las fronteras genéricas de los posmodernistas, “macondistas” o “estudioculturalistas” nada tiene que ver con la convergencia o coexistencia del pensamiento y la literatura entrevistas por ellos, cada uno a su manera y desde sus propios puntos de vista. La disolución epistemológica actual no es la marca que caracterizó a la actividad reflexiva hispanoamericana, sino que la confluencia entre la estética y la ética ha sido quizás su nota más distintivamente perdurable. Precisamente esas distinciones no se excluyeron sino potenciaron en la literatura y el pensamiento, particularmente en un género discursivo como el ensayístico, pero no el único, por cierto. Sin embargo, los nuevos términos emergentes no han negado radicalmente algunos anteriores, aunque sí fueron fuertemente increpados: heterogenidad (Cornejo Polar), transculturización (Renato Ortiz (1996), Picón-Salas, Angel Rama), ciudad letrada (Rama), formación y sistema (Antonio Candido), hibridez (García Canclini), antropofagia (Haroldo de Campos) son algunas de las nociones que salieron al cruce del mestizaje, la homogeneidad, la identidad única, las historias literarias nacionales. Lo que está claro es que esa agenda por rica que haya sido, no ha llegó para quedarse definitivamente, tal como lo demuestra la tradición de ruptura que ha animado durante estos casi dos siglos la cultura latinoamericana.

Pues bien, frente a la mundialización cómo hacer literatura “fuera de lugar”, en cierto modo en el sentido de Edward Said (2003), en su calidad de intelectual nómade, migrante que sigue la tradición de los grandes humanistas como Erich Auerbach o Walter Benjamin (1973), que pudieron crear luminosos textos mientras se encontraban en tránsito. Aunque habría una lectura un tanto más literal en el sintagma “fuera de lugar” en los tiempos de la extraterritorialidad, es decir, hacer literatura “fuera de lugar” es estar “fuera de un lugar” aquel que sujetaba al escritor a un espacio determinado de donde provenía. Ese atavismo de escribir dentro de una tradición se troca en una escritura practicada valiéndose de diversas tradiciones que no necesariamente deben tener conexiones entre sí. Los proyectos literarios nacen del cinetismo y no del anclaje. Cuatro momentos clave han expresado el malestar con el espacio y la tradición:

  1. La Generación de Mc Ondo: “Si uno es un escritor latinoamericano y desea estar tanto en las librerías de Quito, La Paz y San Juan hay que publicar (y ojalá vivir) en Barcelona. Cruzar la frontera implica atravesar el Atlántico” (Fuguet; Gómez, 1996, p.13);

  2. La Generación del Crack mexicano: “Acaso sólo aparecerán algunos “ismos” extraños que tienen más de juego que de manifiesto. Ahí hay más bien una mera reación contra el agotamiento; cansancio de que la gran literatura latinoamericana y el dudoso realismo mágico se hayan convertido, para nuestras letras, en magiquismo trágico/…/”;20

  3. Postmanifiesto del Crack, 1996-2016 (Ricardo Chávez /Castañeda / Ignacio Padilla/Pedro Ángel Palou / Eloy Urroz / Jorge Volpi):

La novela es un género internacional, las influencias no tienen que ver con los países. Pensar en una novela latinoamericana—o, arequipeña o norteña— es como pensar en equitación protestante. Si a la novela se la adjetiva se la banaliza. El Crack apostó por esa globalidad de la novela desde las tradiciones locales. No buscó destruir al Boom, como se dijo, sino continuarlo. Hizo Crack, una fisura en la tradición que aún hoy suena como cuando se pisan las ramas y las hojas en un bosque. La novela presenta, no explica. “Europiccola”, llamaba Joyce a Trieste. Sabía una cosa: el escritor es siempre un exiliado, es el exiliado por excelencia: un desplazado. El cosmopolita es alguien que ya dejó de tener patria. Supo también que el provinciano es alguien vacío, carente de contenido. El provinciano se ancla en la nostalgia porque no tiene nada. El cosmopolita exiliado, habiéndolo perdido, lo tiene todo.21

  1. La Generación nacidos entre 1970 y 1980:

Hablo, pues, de la forma de afrontar el acto de la escritura - eso que en la cita previa Agustín llama “espíritu generacional” — de un grupo de escritores de América Latina nacidos justo después del mayo parisino del 68 y de la matanza estudiantil de Tlatelolco; educados por sus padres en el marco de dictaduras militares en Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, República Dominicana, El Salvador, Ecuador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú y Uruguay; adolescentes y jóvenes que fueron/son testigos de la caída del muro de Berlín, la matanza de la plaza de Tiananmen, la matanza de Srebrenica, la caída de la Perestroika y la disgregación de la Unión Soviética, el fin de la Guerra Fría, la subversión armada y la represión militar sudamericana, la aparición del Internet, el suicidio de Kurt Cobain, el asesinato metódico y prolongado de mujeres en Ciudad Juárez, el auge de la música electrónica, la caída de las Torres Gemelas en New York, los atentados terroristas en España y el Reino Unido, el enfrentamiento palestino-israelí, la cárcel de Guantánamo, el genocidio en Darfur y, entre muchos otros conflictos armados, las invasiones de la Unión Soviética a Afganistán, y de Estados Unidos — junto a una coalición internacional de países- a Irak. (Trelles Paz, 2008).

En la antología de cuentos del escritor peruano Diego Trellez Paz confiesa que los textos seleccionados no abandonan el pasado histórico como tema literario. Pero advierte: “Lo que ha cambiado es la forma y, ante todo, esa aspiración fundacional del narrador por legitimar, o deformar, un origen que, en nosotros, ya no existe. Ni las raíces ni las tradiciones, menos aún conceptos tan desfasados como la nacionalidad o la patria, limitan ahora nuestro pacto incondicional con la ficción” (Trelles Paz, 2008). No deja de ser muy significativa el título de la antología: El futuro no es nuestro. Hay un dejo de escepticismo que pone de manifiesto asimismo la aceptación sin ambages de que poco o nada puede cambiarse. No hay confianza en las herramientas de la cultura para la transformación social.

En los tiempos de la extraterritorialidad, la unidad de análisis de la literatura ya no es el estado-nación, tampoco una supuesta unidad latinoamericana expresada en el arte verbal sino que el mirador es la globalización. Ello conlleva la caída de antiguas dicotomías espaciales como la centro y periferia, tan cara al pensamiento desarrollista como la aparición de nuevos lenguajes que incorporan las dinámicas globalizadoras. Las fronteras ya no poseen el poder de policía que las caracterizó en el siglo XX puesto que los flujos de información las hacen irrisorias. Claro está que ello tiene validez para todo lo fluido, no así para los humanos. La doble faz del fenómeno globalizador crea también una doble posibilidad creativa en la literatura, una que es celebratoria y otra que es dramática y se expresa en las desgracias individuales de los migrantes. Los escritores toman o no partido por estas variantes, pero lo cierto es que están más atentos a los acontecimientos mundiales que a los provinciales. Se extraterritorializa el espacio pero también la memoria, o mejor, se crean nuevas formas de la memoria en las que a las débiles tradiciones que todavía acompañan a los escritores se le adicionan las tradiciones de los lugares que habitan, mixtura propia de todo nomadismo.

Conclusiones

Qué queda de las identidades. Cuánto sentido puede tener volver a plantearse la pregunta, cuyas respuestas han sido objeto de numerosas variantes, como hemos podido verlo desde el siglo XIX en adelante. Desde el Facundo con aquel axioma espacial que hacía recaer en la extensión el origen de los males sociales hasta La isla que se repite como una mirada posmoderna, es decir, fractal de los fenómenos culturales, la espacialidad fue un marco referencial para la identidad latinoamericana. Las identidades totalizantes, ontologizadas forman parte de un pasado sepultado. Si ello quedó atrás es porque surgieron múltiples identidades que muy lejos estaban del espacio o del lugar. Así ganaron terreno las identidades étnicas, sexuales, ecológicas y tantas otras. El espacio y la tradición han dejado de ser los marcos referenciales para sentirse idénticos. A menor identidad, mayor parece ser el impulso por sentirse parte del mundo. Pasamos de la identidad optimista y confiada en su poder aglutinador al desinterés y hasta cierta hostilidad por la pregunta sobre el “ser americano”.

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1 In: PACHECO, José Emilio. No me preguntes cómo pasa el tiempo. Poemas 1964/1968. México: Ediciones Era, 2005, p.30.

3 SARMIENTO, Domingo Faustino. Conflicto y armonías de las razas en América. Buenos Aires: Imprenta D. Tuñez, 1883, p.14.

4 MARTÍ, José. Obras Completas. Cuadernos de apuntes, t. XXI. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1991, p.164.

5 VALCÁRCEL, Luis Eduardo. La ruta cultural de Perú. Ciudad de México: Fondo Cultura Económica, 1944.

6 Hemos estudiado este tema en MAÍZ, 2007. MENDOZA, Jaime. Macizo andino. La Paz: Imprenta Arnó, 1935.

7 ARCINIEGAS, Germán. Biografía del Caribe. Buenos Aires: Sudamericana, 1973 [1945].

8 Tal como lo afirma la propia autora de Ficciones fundacionales, el propósito de su libro consiste en poner al descubierto “lo inextricable que es la relación que existe entre la política y la ficción en la historia de la construcción de una nación” (SOMMER, 2004, p.22). Dice por parte WÜNENBURGER: “Sin dudas nuestras relaciones con el espacio están mezcladas con los frutos de nuestra imaginación. Tanto la poética de los lugares como la de los objetos provienen de nuestra capacidad para sobrecargar el mundo de ensoñaciones, para hacer brotar imágenes nuevas de las representaciones que nos son impuestas por el ser-ahí de las cosas” (1999, p.41).

9 SARMIENTO, Domingo Faustino. Facundo. Buenos Aires: CEAL, 1979, p.24.

10 MARTÍ, José. Nuestra América. Edición crítica Cintio Vitier. Guadalajara: Universidad de Guadalajara, Centro de Estudios Martianos, 2002, p.15.

11 UGARTE, Manuel. El porvenir de América Latina. Buenos Aires: Editorial Indoamérica, 1953, p.94.

12 MISTRAL, Gabriela. Prólogo. En: SUBERCASEAUX, Benjamín. Chile o una loca geografía. Santiago de Chile: Ediciones Erilla, 1940, p.13. p.11-23.

13 Graciela Montaldo ha estudiado ciertos textos literarios del siglo XIX partiendo de la premisa de que la escritura cumplió la función de imaginar los territorios y sus vínculos, “allí donde los ejércitos criollos sucumben al saber de los nativos” que disputan el mismo territorio. También la escritura proyecta sobre el territorio desconocido “la grandeza futura de un país”. Respecto de esta última función, veremos la importancia que recobra en la idea de la unidad continental en la ensayística ugarteana, en su relación con la utopía (MONTALDO, 1999, p.16). Manuel Ugarte, por su parte, entrevió la importancia que revestía una complementación entre el espacio y su representación discursiva: “La naturaleza es un organismo salvaje que necesita ser domado como los potros de nuestras Pampas. Para poseer verdaderamente un territorio, no basta imponerle límites y clavar una bandera. Es indispensable ante todo traer a la superficie las posibilidades de realización y fecundarlo con la inteligencia, darle por fin una fisonomía, imponerle un alma y transformarlo en una especie de ser viviente. La tierra, como el papel, sólo vale por lo que escribimos encima.” UGARTE, Manuel. Las nuevas tendencias literarias. Valencia: F. Sempere y compañía, 1908, p.17. Las cursivas son nuestras.

14 La desterritorialización que se asocia a las transformaciones tecnológicas y financieras no implica la desaparición de las coordenadas de ubicación y localización geográfica y suponen una cartografía propia. Es posible que la actual cartografía que acusa recibo de la transformación cartográfica introducida por la informática sea también de transición. Como ha sido señalado “espacio y tiempo son categorías fundamentales de la experiencia y percepción humana, pero lejos de ser inmutables, están muy sujetas al cambio histórico” (HUYSSEN, 2002).

15 BENITEZ ROJO, Antonio. La isla que se repite. El Caribe y la perspectiva posmoderna. Hanover: Ediciones del Norte, 1989, p.XXXV.

16 VILA-MATAS, Enrique. ¿Una narrativa invisible?. La Nación (Buenos Aires), 15 abr. 2007. Disponible en: http://www.lanacion.com.ar/899967-una-narrativa-invisible; Consultado: 02 mayo 2007.

17 CONTRERAS, Francisco. Proemio. El pueblo maravilloso. París: Agencia Mundial de Librerías, 1927, p.07-08.

18 BOLIVAR, Simón. Carta de Jamaia. En: ZEA, Leopoldo (org.). Fuentes De La Cultura Latinoamericana. México: Fondo de Cultura Económica, 1993, p.22. p.17-32.

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Recibido: 27 de Noviembre de 2016; Revisado: 1 de Febrero de 2017; Aprobado: 14 de Febrero de 2017

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