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Mana

versão impressa ISSN 0104-9313versão On-line ISSN 1678-4944

Mana vol.24 no.2 Rio de Janeiro maio/ago. 2018

https://doi.org/10.1590/1678-49442017v24n2p306 

Resenhas

MONTANI, Rodrigo. 2017. El mundo de las cosas entre los wichís del Gran Chaco. Un estudio etnolingüístico. Scripta autochtona, 17

Cecilia Paula Gómez1  2  3 

1 Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas - CONICET, Argentina

2 Universidad de Buenos Aires - UBA, Facultad de Filosofía y Letras - FFyL, Sección Etnología, Buenos Aires, Argentina

3 Centro de Investigaciones Históricas y Antropológicas - CIHA, Argentina

MONTANI, Rodrigo. 2017. El mundo de las cosas entre los wichís del Gran Chaco. Un estudio etnolingüístico. Scripta autochtona, 17. Cochabamba: Instituto Latinoamericano de Misionología, Itinerarios Editorial, Centro de Investigaciones Históricas y Antropológicas, 607 pp,


Este nuevo libro de Rodrigo Montani se destaca en muchos sentidos. Tal vez el más evidente de ellos sea la minuciosidad con la que estudia cada elemento material wichí a fin de entender “el comportamiento social de los artefactos”. A través de los objetos, en efecto, el autor nos propone un recorrido integral por la sociedad wichí. La obra ofrece a la vez pertinentes comparaciones con las culturas de otros grupos indígenas chaqueños, generando un diálogo que también resulta provechoso para aquellos que trabajamos en otras zonas del Chaco: ya sea para avalarla, para criticarla o para explayarse, es casi seguro que cada investigador que trabaje en la región -y por qué no más allá de la misma- encontrará en ella algo que se liga de una u otra forma a su propia investigación. El libro expone un trabajo de campo hecho de forma exhaustiva, con datos obtenidos in situ, cuyo ordenamiento y cuya lógica profunda el análisis de Montani nos ayuda a desentrañar.

Comprender el punto de vista wichí supone realizar lo que promete la segunda parte del título del libro: “un estudio etnolingüístico”. Y sin embargo, al contrario de lo que podría pensarse, el recorrido resulta reproducible incluso para aquellos que no somos expertos en lingüística, puesto que el autor explica detallada y explícitamente cada paso que da respecto de la cultura y la lengua nativas. A partir de ese esclarecimiento comienza a abrir camino -y hay que notar que, además de ser una metáfora habitual de las cosmologías chaqueñas, el camino es justamente un artefacto más en la perspectiva wichí. Se trata de un camino que busca dar por sentado lo menos posible, y que despliega una trama de senderos analíticos que va de lo general hasta lo particular, y en la cual cada paso incluye al anterior.

La introducción y el primer capítulo nos permiten contextualizar lo que será el núcleo de la investigación. En principio especifican determinados aspectos y prácticas del trabajo de campo, proponiendo a posteriori premisas tanto teóricas como metodológicas que guían las decisiones tomadas en el estudio antropológico y lingüístico de la cultura material wichí. Luego se explica la razón de la elección del concepto de “artefacto”, por medio del cual se traza un recorrido que capítulo a capítulo será analizado desde diversos puntos de vista hasta llegar, finalmente, a reconstruir las formas de clasificación wichí. Se presta atención no sólo al tipo de utilización de cada artefacto, sino también a su forma y a sus nombres, puesto que el autor considera que la acción de los hombres que moldean la materia, dándole forma y nombrándola, también genera sentido. El libro no excluye la insoslayable cuestión de la llegada del “blanco” a la región, esencial para investigar la temprana occidentalización de la tecnología wichí, en la cual los ingenios azucareros del noroeste argentino desempeñan un papel fundamental.

En el capítulo dos se describe el “escenario etnográfico”, que oficia de puerta de entrada al espacio chaqueño mediante un sucinto pero sustancioso recorrido de la historia regional tanto desde el punto de vista etic como desde el punto de vista de los nativos. Es en esta instancia que se comienza a plantear algo de gran importancia, que será retomado más adelante: la relación dueño/dependiente. Así como en otros grupos chaqueños, los wichí consideran que cada espacio delimitado (“social” o “natural”) tiene un “dueño”, y que el conjunto de entidades que lo habitan son recíprocamente sus “dependientes”. Esta relación es presentada como una asimetría no coercitiva: una jerarquía fluida, no autoritaria, que resulta fundamental para el desarrollo de los argumentos del autor, pues ofrece un principio de ordenación de la experiencia más abstracto, pero a la vez más exhaustivo que los planteados hasta el momento por la bibliografía. Este principio manifiesta jerarquías fluctuantes que también organizan otros ámbitos como el cuerpo humano, la familia, la aldea o los propios artefactos.

También, a esta altura, entrevemos algo que se trasluce a lo largo de todo el libro: la necesidad de pensar las categorías que se identifican y analizan en un panorama variable. Así, se dibujan arcos semánticos para expresar las relaciones interétnicas, escalas cromáticas para aproximarnos a la delimitación de los conjuntos de viviendas, o gradientes de “prototipicidad” para resolver el problema de la variabilidad de interpretaciones respecto de los diseños de las bolsas enlazadas. Al igual que los tatuajes, este último artefacto es entendido en el marco de un espectro estilístico que se da en la región chaqueña, fondo común sobre el cual se marcan luego sutiles diferencias culturales, étnicas o grupales (:456). Sucede lo mismo hacia el final del libro, cuando el autor revisa el tema de la propiedad y plantea un continuum entre sus diversos tipos. Sin embargo, esa fluidez que delimita las opciones identificadas por los wichí no nos coloca ante un panorama amorfo e inclasificable: así, por ejemplo, cuando se analizan las relaciones interétnicas, se entiende por qué “ser wichí” significa cosas distintas según los diferentes contextos. Ser “wichí” incluye a los consanguíneos y a los afines reales y potenciales, pero en una forma más abarcativa expresa también que se está hablando de los humanos o de las personas en contraposición con los difuntos ahät; y luego, sobre la base de la polaridad de esos dos extremos, se ubican a los diversos “otros” sociales. Entonces, según el contexto y sobre la base de las categorías que expresa el arco semántico limitado por las categorías (wichi/ahät), los hablantes se igualan o no a los demás grupos étnicos regionales. Pero, en el extremo opuesto a los wichí, hay también otras categorías politéticas cuya adscripción se activa contextualmente: “blancos”, “criollos” y “chaqueños”, llamados süwelëlhais (antigua forma wichí de llamar a los guaraní-chiriguanos) y ahätäylhais, que se relacionan de algún modo con la expresión ahät: “Si dentro de la categoría de los ‘no wichís’ (wichi-elh, lit. ‘gente otra’) los otros grupos amerindios representan en la actualidad una oposición débil, los criollos ocupan un papel contrastivo fuerte” (:80).

Luego de la aproximación global a la sociedad wichí, el tercer capítulo prosigue enfocando la lente hasta llegar a los wichís contemporáneos mediante coordenadas diacrónicas y sincrónicas cada vez más precisas. El autor contrasta en cada punto su lectura con la bibliografía existente. Así, describe la economía, la religión, la política y los sistemas de clasificación intraétnica. Respecto de esta última explica que los criterios rectores de esta diferenciación son el ecológico, el topológico y el de los nombres de parentela. Para indagar sobre este último nos propone un recorrido por la filiación y el parentesco: indica que no debe sobrevaluarse la formalidad de estos sistemas clasificatorios y alerta sobre la posibilidad de que los hablantes más jóvenes ya no les estén prestando tanta atención o, simplemente no estén utilizando alguno de ellos -por ejemplo, el antiguo sistema de parentelas. Por otro lado, aunque advierte que a nivel de la aldea hay instituciones que asumen un importante papel político y de control social, Montani señala que el sistema político está fundamentalmente sostenido por una red flexible cuyos pilares son las aldeas, los nombres de parentelas y las redes del parentesco cognaticio. Claramente es el parentesco el que sienta las bases de los roles políticos: la “política” no es una dimensión autónoma, sino que “está fuertemente relacionada con la filosofía wichí de la persona, la sociedad y el cosmos” (:105-106).

Con el cuarto capítulo comienzan las descripciones más puntuales: artefacto por artefacto se van generando racimos de asociaciones que hallan su colofón al llegar al análisis etnolingüístico del capítulo ocho. En efecto, en los capítulos cuatro y cinco podemos apreciar la forma en que despliega de a poco una red que a partir de la vivienda wichí engloba una serie de “moradas” tanto dentro como fuera de la casa, siendo a su vez dichos objetos subsumidos en tres categorías: el fuego, los recipientes y los instrumentos. Aquí comienza a observarse la forma en que el autor logra que los objetos o materialidades cobren “vida”, y que a partir del meticuloso análisis etnográfico y lingüístico deviene inteligible incluso para lectores legos en la lengua wichí. También es aquí que comienza a notarse que un índice más detallado hubiera sido de gran utilidad para realizar búsquedas más puntuales, sin por ello perder la visión global sobre el tema; sin embargo, también es cierto que en buena medida esto se subsana gracias al puntilloso índice analítico ubicado al final del libro. Como sea, el tejido de malla que proponen los sucesivos capítulos siguientes se inicia con el análisis del lexema -wet, utilizado como “un hilo conductor lingüístico para ir abordando una serie de entidades que pueden ser entendidas como ‘moradas’ de personas o de cosas” (:139). Estas entidades se describen en la medida en que articulan el paisaje aldeano (como las moradas de la gente, del agua o del juego), o bien se asocian con el conjunto de edificios de uso comunitario (iglesia, centro comunitario, escuela, centro de salud, etc.). Hacia el final del capítulo se incluyen asimismo elementos que otras etnografías podrían tratar como bienes muebles, pero que desde el punto de vista wichí son entendidos como otras tantas “moradas”.

En el capítulo siguiente Montani se refiere a otra serie de “elementos de la casa” (cosas que se guardan allí, aunque algunas de ellas se utilicen también para actividades en el exterior). Dos de las categorías en cuestión son los recipientes y los instrumentos, que a su vez engloban a “una serie de objetos que sirven para actuar sobre otras entidades” (:282). Ambas categorías de artefactos tienen marcas lingüísticas en al menos una de sus acepciones: así, los recipientes son nombrados con compuestos cuyo tema 2 es -hi o bien derivados con el morfema -thi (:231), y los instrumentos son nombrados a su vez con un compuesto cuyo tema 2 es -cha o bien por medio de derivados con el morfema -nat; sin embargo, en ambos casos también se incluyen algunos elementos que, aunque no tienen esas marcas lingüísticas, son considerados como “herramientas” (:282-283). Entre las “cosas en la casa” finalmente figura el fuego (itaj), que junto a las cosas relacionadas con él no se subsume en ninguna de las categorías antes descriptas, y por ello es tratado por Montani de forma separada. A medida que analiza el papel de cada artefacto en la cotidianeidad wichí, nos muestra cómo pueden rastrearse toda una serie de características que reúnen o subdividen a los “recipientes” e “instrumentos” por medio del tamiz de las relaciones de género (femenino/masculino).

El capítulo seis enfoca la atención sobre una gama de artefactos a los que hace referencia una categoría verbal específica: lëkäy. Esta palabra distingue a aquellos objetos esenciales para la persona, que se asocian directamente con el cuerpo e intervienen en él para hacer del individuo un actor social, y al mismo tiempo lo constituyen como sujeto en cuanto a su singularidad existencial. En esta descripción se distinguen sobre todo las variaciones sincrónicas, aunque sin descartar cierta referencia a los procesos históricos de definición y redefinición de los grupos tanto al interior como al exterior del límite étnico. Por otro lado, aunque no se deja de lado factores como la cosmología, la religión, las relaciones interétnicas, el sistema político, el parentesco o la economía, esta parte del texto se organiza mucho más específicamente en función de coordenadas sociales ligadas entre sí: el género y la edad de las personas. Por ejemplo, se describen los juguetes wichí y la utilización de los mismos en cada edad y género. A una edad aproximada de seis años se aprecia una división en la que las niñas tienen un tipo de juego y por tanto los juguetes las “conducen” hacia el interior de la aldea y el espacio doméstico, en tanto que la materialidad de los niños apunta a actividades en las afueras de esos espacios. Ese movimiento replica a su vez el funcionamiento de la norma de residencia uxorilocal. Por otra parte, resulta interesante observar el tipo de diferencias que se van “leyendo” en la vestimenta y en las bolsas enlazadas (hïlu y sichet) en la medida en que transcurre la vida de una persona, dependiendo de si el portador es masculino o femenino (mostrando gradualidad en el primer caso y no así en el segundo). De forma similar el análisis describe otros artefactos implicados en el embellecimiento del cuerpo, el legado a los descendientes, la parafernalia chamánica, el dinero o la propia escritura.

El capítulo siete comienza exponiendo las razones por las cuales Montani encuentra que sería inadecuado emplear los conceptos de “arte” o “artesanía”. El autor alerta sobre la existencia de una modalidad de figuración wichí que debe ser entendida en un sentido laxo, puesto que los diversos mecanismos de representación perceptibles a través de los artefactos varían ampliamente: así, por ejemplo, en un contexto los diseños geométricos de las bolsas pueden ser considerados mecanismos figurativos representando mayormente a ciertos animales. Tanto por el nivel de detalle de los datos como por la profundidad analítica que logra ordenar el material, estos apartados son realmente fascinantes. Nuevamente la díada masculino/femenino resulta fructífera para ordenar datos que en una primera lectura podrían no parecer relacionados. Analizando término a término, y exaltando en cada caso las oposiciones de cada contexto, el autor logra exponer la visión diferencial del mundo: “En el caso wichí el principio uxorilocal se traduce en la asociación diferencial de los géneros con dos tipos de objetos, sus técnicas de manufactura, sus estilos de figuración, sus patrones de circulación, sus usos, etc.” (:474). Los últimos apartados continúan analizando otros elementos de la figuración plástica -la pictografía o bien los juegos de hilo-, aunque aquí sobre la base de un material más escaso, complementado por la fragmentaria información de otros especialistas.

La descripción etnográfica alcanza su mayor profundidad al enlazarse con el análisis lingüístico que se va perfilando en el transcurso del libro, y que encuentra su clímax en el capítulo ocho. Con su minucioso planteamiento, este capítulo tal vez sea el más arduo para los antropólogos. Es cierto que un par de errores de tipeo confunden un poco, como en uno de los títulos del cuadro 16 que dice «(nd)» donde debería decir «Nombres independientes (ni)», o bien cuando la página 527 remite a los ejemplos de «40» en vez de «49», pero esto no obstaculiza la trama ni las conclusiones. Montani investiga la subcategorización posesiva de los nombres, los nombres de artefactos inalienables (nd) y los alienables (ni), tema en el que los especialistas han encontrado cierta ambigüedad semántica: sin embargo, lejos de contentarse con la sugerencia habitual de que la ambigüedad es determinada por motivaciones socioculturales, analiza su corpus punto por punto y propone reglas lingüísticas concretas para su esclarecimiento. Para el pequeño número de lexemas del corpus que quedan sin explicación, sí apela luego a una hipótesis más ligada al análisis sociocultural: el principio de un mundo ordenado por relaciones jerárquicas no autoritarias entre dueños/dependientes. Sin embargo, Montani insiste en que es muy probable que haya alguna regla intralingüística que aún no ha llegado a desentrañar para entender los lexemas residuales. El capítulo final se cierra con un balance integrador que revisa las propuestas realizadas y a la vez nos presenta nuevas perspectivas de trabajo, relativas al tratamiento antropológico del “animismo” de los artefactos o el “minimalismo” wichí.

Montani no duda en explorar con gran detalle cada posibilidad analítica, incluso aquellas que no considera certeras, como para marcar claramente el pasaje elegido a través de las encrucijadas posibles y conducir persuasivamente al lector hacia su punto de vista respecto de la cuestión particular que explora en cada momento. Así como no titubea en criticar, comprobar o negar hipótesis propias y ajenas, con el mismo detenimiento ofrece hipótesis o preguntas de trabajo, abriendo así nuevas sendas que apuntan en todos los casos a una mejor compresión del mundo wichí. Razonado, paciente, cuidadoso, el camino a través del mundo de los artefactos, no hay duda, ha resultado muy fértil.

REFERENCIAS

MONTANI, Rodrigo . 2017. El mundo de las cosas entre los wichís del Gran Chaco. Un estudio etnolingüístico. Scripta autochtona, 17. Cochabamba: Instituto Latinoamericano de Misionología/ Itinerarios Editorial/ Centro de Investigaciones Históricas y Antropológicas. 607 pp. [ Links ]

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