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Mana

versão impressa ISSN 0104-9313versão On-line ISSN 1678-4944

Mana vol.25 no.1 Rio de Janeiro jan./abr. 2019  Epub 30-Maio-2019

https://doi.org/10.1590/1678-49442019v25n1p284 

Resenhas

QUICENO TORO, Natalia. 2016. Vivir Sabroso: luchas y movimientos afroatrateños, en Bojayá, Chocó, Colombia. Bogotá, Colombia: Universidad del Rosario. 247 pp.

Germán Moriones Polanía1 

1Universidade Estadual de Campinas, Campinas, SP, Brasil

QUICENO TORO, Natalia. 2016. Vivir Sabroso: luchas y movimientos afroatrateños, en Bojayá, Chocó, Colombia. Bogotá, Colombia: Universidad del Rosario, 247 pp,


A los 30 años del lanzamiento del libro O diabo e o fetichismo da mercadoria na América do Sul, Michael Taussig (2010) en el prefacio conmemorativo reflexiona sobre la forma de hacer antropología - y escribir etnografía- sobre y en contextos de conflicto, en especial, donde la violencia y el despojo de tierras marcan determinados pasajes de la historia de poblaciones rurales. Si la antropología no solo estudia la cultura, afirma el autor, sino que al escribir sobre ella también está “creando” cultura, ¿cómo abordar historias sobre el terror sin que reproduzcan la violencia que parece silenciada en nuestros interlocutores? ¿Cómo no entrar en el juego de adensar las narrativas que destacan el terror por encima de las historias que reafirman la vida a partir de prácticas cotidianas? Quizás esta reflexión podría ser un punto de entrada a las discusiones que Natalia nos trae sobre lo que ella denomina “los modos de vida afroatrateños y afrochocoanos”.

Vivir sabroso es el resultado de la tesis doctoral en Antropología Social que la autora defendió en el Museo Nacional, UFRJ, en 2014, bajo la orientación del profesor Marcio Goldman. Además, esta expresión local que da el título al libro se nos presenta, de manera general, como una “filosofía de vida” de las comunidades negras que fueron poblando, desde la abolición de la esclavitud a mediados del siglo XIX, la cuenca media del río Atrato y sus afluentes al norte del litoral Pacífico colombiano.

Como todo proceso de tesis doctoral, Natalia expresa que su pregunta inicial consistía en indagar los efectos de la guerra en una población víctima del enfrentamiento armado entre guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC-EP) y los ejércitos paramilitares. Este enfrentamiento culminó en “La Masacre de Bojayá”, ocurrida el 2 de mayo de 2002. Tras iniciado el combate, los pobladores de Bellavista, cabecera urbana del municipio de Bojayá, se refugiaron en la iglesia, lugar en donde cayó y explotó un “cilindro bomba” dejando más de 100 personas muertas. A su llegada a campo 10 años después de sucedido este evento, Natalia encontró silencios y rechazos por parte de los sobrevivientes cuando quería iniciar conversaciones sobre los acontecimientos de aquel 2 de mayo. Como consecuencia de ello, y tras un replanteamiento de sus cuestiones iniciales, el trabajo se enfocó hacia una etnografía de varias prácticas cotidianas del pueblo afroatrateño que se asocian con la creación de una vida sabrosa: prácticas que permiten resistir a la guerra al tiempo en que se reafirma la vida.

A partir del diálogo con la literatura y autores clásicos sobre las “comunidades negras” del Pacífico colombiano, Natalia nos ofrece una relectura y actualización de temas como territorio y parentesco, organización social, religión y música, cuerpo y persona en la región del Medio Atrato, especialmente a partir de la irrupción del conflicto armado a mediados de la década de 1990. Abordados en 6 capítulos, estos temas nos llevan, a su vez, por la discusión de aquello que la autora denomina las estrategias locales para crear un balance entre polos opuestos sobre los que se fundamenta la vida sabrosa: proximidad y distancia, calentura y frialdad, movilidad y estabilidad. Polos que regulan la relación con la alteridad, con lo desconocido.

No obstante, esta relectura está marcada especialmente por la relación entre el sistema espiritual afrotomeño, y los armados, una expresión local que hace referencia a los distintos grupos armados que se han confrontado en esta región por el control del territorio y del narcotráfico, incluyendo las fuerzas militares del Estado. Esta relación da cuenta de algunas prácticas cotidianas como viajar por los ríos, crear parentela, acompañar a los muertos, ir a los cultivos, ir a las minas de oro y celebrar las fiestas patronales, prácticas que se convierten en actividades fundamentales en la búsqueda del balance que torna la vida sabrosa.

Son estas prácticas definidas como el sistema espiritual y terapéutico de los afroatrateños las que permiten relacionarse con esas nuevas alteridades: los armados. Esta relación es sistematizada en el capítulo final y, desde mi criterio, se nos presenta como el mayor aporte etnográfico que vale la pena destacar. Partiendo de un panorama y recuento histórico sobre la llegada de los grupos armados al Medio Atrato, se expone cómo en la década de 1990 se transforma la presencia del conflicto armado en esta región del país. En los años 90 esa “gente llegó para quedarse”, a diferencia de dinámicas anteriores que consistían en un tránsito continuo sin relación directa y estrecha con los pobladores locales, donde apenas pedían favores y continuaban su camino.

Todo cambió a partir de 1996 con la presencia de paramilitares y el combate a la guerrilla, lo cual se agudizó durante los gobiernos del ex-presidente Álvaro Uribe Vélez, entre 2002 y 2010. Este periodo se describe a partir de dos categorías locales. La primera de ellas: llegó la calentura, remite no solo a un desequilibrio de temperaturas necesarias para que la vida se mantenga, sino también a nuevas formas de violencias asociadas a estructuras armadas al servicio del narcotráfico como la minería ilegal, los empresarios de palma, entre otros. La segunda categoría, asociada a la primera, es la idea de estar enmontados y hace referencia a estar montados en los pueblos, a no tener la libertad de moverse por los distintos lugares que hacen la vida sabrosa, como ir a los cultivos, ir al monte, visitar parientes, acompañar los muertos y asistir a las fiestas. En resumen, dice Quiceno, estar enmontados es estar privados de la libertad. Esta es razón suficiente para que la guerra sea entendida como una forma de victimizar a los grupos étnicos, una vez que impide y amenaza la reproducción de su vida cotidiana, así como los procesos emprendidos por las organizaciones étnicas que buscan hacer efectivos los derechos consagrados en la Ley 70 de 1993.

Quiceno expone algunos aspectos paradójicos. Por un lado, la militarización del territorio por ejércitos al margen de la ley, el aumento de cultivos ilícitos y los desplazamientos inclusive durante la época posterior a la masacre. Por otro, la “presencia del Estado” visible tanto en la militarización del territorio por ejércitos nacionales como en la reubicación y reconstrucción del municipio de Bellavista a partir de un determinado modelo citadino, ya que se construyeron casas de ladrillo y cemento lejos de la orilla del río en reemplazo de las casas de madera ubicadas a lo largo del río. Todos estos son aspectos, concluye Quiceno, que pueden ser analizados más allá de una simple “ausencia” u “olvido” del Estado hacia estas poblaciones. También se puede pensar en una consolidación de un modelo de gobernabilidad mediada por la guerra, ya que por un lado se establece una continuidad al despojo histórico de los territorios, pero a su vez se elimina la diferencia, la cual solo puede ser visible en tanto encaje dentro de las categorías identitarias y existenciales establecidas por el Estado.

Por lo tanto, la guerra, los discursos estatales, la presencia de la policía y el ejército, las prácticas reguladoras y de reconstrucción del pueblo, así como los subsidios ofrecidos por el Estado para que se abandonen los poblados y se consigan casas en las ciudades de Quibdó y Medellín, por ejemplo, son prácticas interpretadas por muchos como nuevas formas de colonización. Nuevas formas que buscan eliminar los modos de vida afroatrateña considerados como creencias y supersticiones dignas de ser borradas, a la vez que se encuentran ligadas con proyectos de minería, narcotráfico y cultivos de palma.

Para concluir, es importante mencionar que se trata de un libro muy bien escrito, con una riqueza etnográfica que da cuenta de las prácticas y los modos de vida y resistencia de las comunidades negras del Medio Atrato en el litoral pacífico colombiano. Además, es una retomada de lecturas clásicas que tiene el objetivo de “actualizar” y analizar cómo dichas prácticas que fueron discutidas como pertenecientes a un campo mágico-religioso durante las décadas de 1970 y 1980, son actualmente redefinidas y resignificadas por los pobladores locales como elementos fundamentales para dar continuidad a la vida en medio del conflicto armado y expresar de forma pacífica lo que las armas han querido silenciar.

Embarcarse por los ríos para visitar parientes, para pagar promesas a los santos, para acompañar a los muertos, para hacerse baños que protejan los cuerpos de males enviados o para participar en las fiestas patronales, demuestran la vida fluida y en movimiento de las comunidades negras del Medio Atrato que se resisten a la quietud y al confinamiento. La descripción y el análisis de estas prácticas que Quiceno desarrolla, nos reafirma la idea de que no solamente las historias de guerra y violencia merecen ser destacadas, sino que por el contrario, la positivización de los modos de vida es importante para entender que a partir de ahí también se resiste y se defiende la vida y los territorios amenazados por otros actores.

REFERENCIAS

QUICENO TORO, Natalia. 2016. Vivir Sabroso: luchas y movimientos afroatrateños, en Bojayá, Chocó, Colombia. Bogotá, Colombia: Universidad del Rosario. 247 pp. [ Links ]

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