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Ambiente & Sociedade

On-line version ISSN 1809-4422

Ambient. soc.  no.6-7 Campinas Jan./June 2000

http://dx.doi.org/10.1590/S1414-753X2000000100001 

ARTIGOS

 

Tiempo de sustentabilidad*

 

Time of sustainability

 

 

Enrique Leff**

 

 


RESUMEN

El desarrollo sustentable, como todo desarrollo, se despliega en el tiempo. Mas este proceso no ocurre en los tiempos de la evolución biológica y del progreso económico. No es el tiempo cronológico en el que se suceden inercias y se enlazan las tendencias de la realidad existente. La sustentabilidad es la marca del límite de la racionalidad unidimensional de la modernidad, de una crisis de civilización que abre nuevos horizontes y evoca otros sentidos del tiempo. En la sustentabilidad convergen los tiempos multifacéticos de diversos procesos materiales y simbólicos -geológicos, biológicos, económicos, tecnológicos, culturales- y se enlazan las diferentes racionalidades que configuran la complejidad ambiental. Los tiempos de la sustentabilidad se forjan en formas del ser que se proyectan del pasado hacia el futuro arraigando en nuevas identidades. En esa perspectiva se esboza una visión fenomenológica de inspiración heideggeriana sobre los tiempos de sustentabilidad.


ABSTRACT

Sustainable development, like any deveolopment, happens in time. But this process does not occur in the time of biological evolution or economic growth. It is not within cronological time that inercies happen and tendencies of existing reality take place. Sustentability is in the edge of the modern unidimensional rationality, of a civilization in crisis which opens new horizons and evokes different senses of time. Sustainability contains different times of diverse material and symbolic processes -geological, biological, economic, technological, cultural- and gathers different rationalities which shape environmental complexity. Sustainability times are forged by forms that are projected from the past to the future, resulting in new identities. This perspective inspires a heideggerian phenomenologic view on the times of sustainability.

Keywords: sustainability, time, Heidegger.


 

 

El tránsito hacia el nuevo milenio es una cuestión de tiempo; un tiempo cronológico que gana fuerza simbólica y adquiere valor de cambio, precipitando los tiempos históricos y propiciando una reflexión sobre el mundo; un mundo que desborda su inercia de crecimiento —la saturación y el límite de la modernidad— hacia un futuro incierto. Este fin de siglo marca un punto de inflexión en la historia; una historia que se proyecta hacia un horizonte nebuloso por el que avanzamos descifrando las marcas que la cultura ha dejado en la naturaleza, para construir un desarrollo sustentable.

Varios acontecimientos en la historia reciente anuncian un cambio de época: el fin de los grandes proyectos de la modernidad y la emergencia de nuevos sentidos civilizatorios. El signo más elocuente de esa falla histórica es la crisis ambiental y la reconstrucción social desde los potenciales de la naturaleza y los sentidos de la cultura. La sustentabilidad del desarrollo anuncia el límite de la racionalidad económica, proclamando los valores de la vida, la justicia social y el compromiso con las generaciones venideras.

Las grandes narrativas de la modernidad ignoran al tiempo que determina y delimita sus posibilidades de progreso y su proyección hacia el futuro. La modernización transcurre en la permanencia de valores universales, atemporales y trascendentes; en un tiempo indefinido e incierto, negado por los paradigmas en los que se funda el conocimiento del mundo. En el «fin de la historia», el tránsito hacia la sustentabilidad aparece como el «desarrollo» de la economización del mundo. Sin embargo, es esta racionalidad modernizadora lo que ha generado las externalidades económicas y sinergias negativas del crecimiento sin límites que ha llevado a la insustentabilidad: al desequilibrio ecológico, la escasez de recursos, la pobreza extrema, el riesgo ecológico y la vulnerabilidad de la sociedad.

Si entendemos el problema de la insustentabilidad de la vida en el planeta como síntoma de una crisis de civilización —de los fundamentos del proyecto societario de la modernidad—, podremos comprender que la construcción del futuro (sustentable) no puede descansar en falsas certidumbres sobre la eficacia del mercado y la tecnología —ni siquiera de la ecología— para encontrar el equilibrio entre crecimiento económico y preservación ambiental. La encrucijada en la cual se abre camino el nuevo milenio es un llamado a la reflexión filosófica, a la producción teórica y al juicio crítico sobre los fundamentos de la modernidad, que permita generar estrategias conceptuales y praxeológicas que orienten un proceso de reconstrucción social. La complejidad ambiental y los procesos de auto-organización generan sinergias positivas que abren el tránsito hacia una sociedad sustentable, fundada en una nueva racionalidad.

Ello implica la necesidad de trascender la idea de la trascendencia histórica que descansa en la razón económica como un proceso de superación dialéctica del reino de la necesidad, fundado en la racionalidad científica e instrumental que moviliza el desarrollo de las fuerzas productivas como un proceso natural de evolución que avanza hacia estadios superiores de desarrollo. Esta teleología histórica llevaría en ciernes la satisfacción de las necesidades básicas y el acceso al reino de la libertad; la emancipación de las sociedades «primitivas» por la clarividencia del conocimiento y la desalienación del mundo premoderno por el desarrollo de la ciencia y la tecnología.

La crisis ambiental cuestiona las premisas ontológicas, epistemológicas y éticas con los que se ha fundado la modernidad, negando las leyes límite y los potenciales de la naturaleza y de la cultura; la degradación ambiental es producto de un paradigma societario globalizador y homogeneizante que ha negado la potencia de lo heterogéneo y el valor de la diversidad. Los propósitos de la sustentabilidad implican la reconstrucción del mundo a partir de los diversos proyectos civilizatorios que se han construido y sedimentado en la historia. La racionalidad ambiental es una utopía forjadora de nuevos sentidos existenciales; conlleva una resignificación de la historia, desde los límites y las potencialidades de la condición humana, de la naturaleza y de la cultura.

El tránsito hacia el tercer milenio es un viraje de los tiempos en nuevas direcciones. La sustentabilidad no podrá resultar de la extrapolación de los procesos naturales y sociales generados por la racionalidad económica e instrumental dominante. No será una solución trascendental fundada en la «conciencia ecológica» como emergencia de una dialéctica de la naturaleza (BOOCKIN, 1990), sino la construcción social de una racionalidad ambiental (LEFF, 1999).

Los tiempos históricos fraguan en la maduración de tiempos ancestrales que preceden a tiempos inéditos; tiempos contenidos que no se manifiestan en una sucesión de tiempos cronológicos, sino que transgreden la previsión de la historia y la proyección hacia el futuro de la realidad actual. Los límites de la modernidad se han venido expresando sin esperar el fin de siglo. Así, en la década de los sesenta (1968 como la marca más precisa), irrumpen los movimientos juveniles como un proceso emancipatorio por la libertad y la democracia, desencadenando el reconocimiento de la diferencia, la otredad, la diversidad y la autonomía; las reivindicaciones de género, la participación y la expresión de la ciudadanía, los derechos de los pueblos indios.

1989 marca el fin de la guerra fría y del socialismo real, y al mismo tiempo el triunfo provisorio de la globalización económica, bajo la hegemonía del mercado; 1992 inicia la era del desarrollo sustentable, en un momento en el que coinciden 500 años de la conquista de los pueblos indígenas de las Américas y del dominio sobre la naturaleza. Estas irrupciones en la historia son la manifestación de fuerzas internas, reprimidas por las estructuras de poder, que se sacuden el yugo de la historia para abrir nuevos cauces en el devenir del ser y del tiempo. Anuncian nuevas formas de habitabilidad, de convivencia, de solidaridad y de identidad.

Los tiempos cíclicos ordenan rituales; son una danza de fuerzas subyugadas que abren procesos suspendidos en el tiempo. Si algo aprendimos de los sofisticados métodos de proyección y de los modelos de prospección, es que la historia guarda en secreto sus innovaciones y sus tiempos de cambio; la contingencia y la incertidumbre tiran por tierra las predicciones construidas sobre principios teleológicos y leyes científicas, sobre la inercia de procesos construidos sobre la base de una naturaleza dominada por la tecnología y una sociedad controlada por el Estado.

De esta historia clausurada hemos visto brotar lo inédito como una renovación incesante de identidades que, desde la densidad de su pasado —de las formas en que los seres colectivos han habitado el mundo y transformado la naturaleza—, se enlazan en la complejidad ambiental emergente abriendo nuevos sentidos civilizatorios a partir de los límites del ser y los potenciales de la naturaleza.

La crisis ambiental ha estado acompañada por la emergencia de la complejidad frente a la instrumentalidad del conocimiento y el fraccionamiento de lo real. La degradación ecológica introyecta la flecha del tiempo como un camino inexorable hacia la muerte entrópica del planeta, develando el carácter antinatura de la racionalidad económica; revela las estrategias fatales de ese espectáculo sin límites que manifiesta su carácter autodestructivo e incontrolable por su ineluctable inercia hacia la catástrofe. Pero también anuncia la posibilidad de construir otra racionalidad social, fundada en la autoorganización de la materia, en la productividad de la naturaleza y la creatividad de los pueblos.

La encrucijada de nuestro tiempo es el encuentro de diversos tiempos: de los ciclos de la naturaleza —de la vida y la evolución; la emergencia y la novedad—, los cambios tecnológicos y las transformaciones históricas. Allí se inscriben los tiempos internos —los de la verdad y el sentido— marcados por la muerte ineluctable y la finitud de la existencia, y tiempos que cristalizan en la diversidad étnica, en la heterogeneidad de culturas y tradiciones. Estos tiempos internos y externos se entrelazan en un caleidoscopio de mundos de vida, reconfigurando sentidos existenciales a través de nuevos códigos éticos, valores culturales e identidades subjetivas.

En este fin de milenio que presagia la muerte de la vida por la hipertrofia de lo real y el triunfo de una hiperrealidad por la sobreobjetivación del mundo, surgen nuevas identidades y se vislumbran nuevos sentidos civilizatorios movilizados por nuevos actores sociales. Más allá del sujeto autoconsciente de la ciencia, el saber ambiental emergente (Leff, 1998) plantea la reconstrucción de la subjetividad y de los sujetos de la historia; desde la diferencia del ser y la otredad del individuo, desde la diversidad de los sujetos colectivos, desde las identidades y la memoria de los pueblos originarios, se generan nuevas formas de posicionamiento en el mundo. Desde el sentido más profundo de la existencia de los pueblos se reconfiguran las identidades étnicas y los intereses sociales; se legitiman derechos humanos que movilizan cambios históricos, orientados por los valores de la autonomía, la diversidad cultural, la pluralidad política y la democracia participativa.

Hacia el fin de siglo, lejos de percibirse una estabilización del desequilibrio ecológico (crecimiento de la población, de la economía, de la tecnología), se siguen acelerando las sinergias negativas y los círculos perversos de pobreza, desigualdad social y degradación ambiental. Hoy, no sólo constatamos signos contundentes del colapso ecológico (las sequías y los incendios forestales atribuidos a "El Niño", o "La Niña"; los ciclones y huracanes que han azotado en forma particular a los ecosistemas y los pueblos de las regiones tropicales); también se avizora una crisis económica global sin precedentes, sin que se manifieste la voluntad y la factibilidad de desacelerar el crecimiento económico y la producción de gases invernadero.

La racionalidad ambiental se plantea como la reanudación de procesos en el sentido de la sustentabilidad. La transición hacia la sustentabilidad convulsiona los tiempos donde se entrecruzan las inercias en aceleración de las racionalidades establecidas y el desencadenamiento de nuevos procesos para desarrollar el potencial ambiental, la conformación de nuevas conciencias, la constitución de nuevos actores y la producción de cambios institucionales movilizados por nuevos valores y racionalidades.

Una nueva ética, basada en el reconocimiento y respeto a la otredad, la diversidad y la diferencia, está generando una política de diálogo y consenso, de convivencia y solidaridad. Pero en un tiempo en el que se derrumban las ideologías del humanismo y el socialismo, en el que se ensanchan las diferencias sociales y económicas, se produce un abismo que desemboca en el sinsentido de la vida. En la desesperanza, los sujetos sociales se rearraigan y reafirman en los valores de la individualidad y la competencia, del estatus y la distinción. Allí renace la reafirmación de la diferencia como distancia, propiciatoria de la explotación, la marginación y el racismo; de allí emergen los fundamentalismos exclusionistas y la intolerancia ante la alteridad y la diferencia.

La sustentabilidad replantea la pregunta por el ser y el tiempo desde el cuestionamiento sobre la racionalidad económica, sobre la ontología y la epistemología que fundan una comprensión del mundo que ha derivado en formas de dominación de la naturaleza. Al mismo tiempo interroga los procesos ónticos de la naturaleza y los potenciales de lo real; valora el ser desde la diversidad cultural, abriendo nuevas vías para la reapropiación de la naturaleza y la recreación de mundos de vida; configura nuevas temporalidades e identidades de las que depende la transición hacia un futuro sustentable. En el crisol de la sustentabilidad se confrontan los tiempos de la degradación entrópica, los ciclos de la naturaleza y las crisis económicas, la innovación tecnológica y los cambios institucionales, con la construcción de nuevos paradigmas de conocimiento, comportamientos sociales y racionalidades productivas.

Más allá de la posibilidad de acceder a un estado de equilibrio a través de una «gestión racional del ambiente», la pregunta por la sustentabilidad se presenta como un problema sobre el sentido de la existencia. La sustentabilidad replantea la relación entre cultura y naturaleza; entre las diferentes significaciones culturales y los diversos potenciales de la naturaleza. La sustentabilidad implica un proceso de apropiación cultural de la productividad neguentópica de biomasa que genera la fotosíntesis por diferentes estilos étnicos y diversos proyectos de gestión productiva de la riqueza vital del planeta. La sustentabilidad se funda en la capacidad de vida del planeta fundada en ese fenómeno neguentrópico único —la fotosíntesis—, que permite transformar la energía radiante del sol en biomasa.

Cantemos pues la sustentabilidad en clave de sol. Articulemos los tiempos cósmicos y planetarios con los procesos globales desde la diversidad de racionalidades ambientales y culturales locales. Pensemos la sustentabilidad desde los procesos entrópicos que rigen el devenir del universo, pero sobre todo, desde ese proceso neguentrópico que da su singularidad al planeta Tierra, de donde emerge la vida que alimenta la evolución biológica y determina su productividad ecológica. Lo que determina la sustentabilidad no es ese proceso entrópico que luego del big-bang rige el devenir del universo a través de la «flecha del tiempo». La muerte del universo está inscrita en un horizonte temporal que desborda el interés más cercano de nuestros mundos de vida y de la equidad transgeneracional. Lo que nos interesa son los tiempos en los que se reflejan las formas actuales de dominación y explotación de la naturaleza; tiempos que están conduciendo hacia una precipitada muerte entrópica del planeta.

El tiempo es flujo de fenómenos y acontecimientos; pero es también la marca de la finitud de la existencia que resignifica la vida y los procesos reales (la entropía y la neguentropía; la cultura y el orden simbólico). Si la contingencia suplanta al determinismo, ello no anula la ineluctabilidad de los procesos de degradación entrópica —la ley límite que resignifica la existencia de los hombres—, que hoy plantea la reconstrucción de la economía para la sobrevivencia del planeta. La actualidad que vivimos como presente en crisis, como encrucijada del proceso civilizatorio, no sólo es presencia de nuevos hechos; no es la actualización de proceso evolutivo «natural» que ha llevado del ser biológico al ser simbólico, del homo sapiens al homo economicus, cuya verdad se reconoce en su adecuación a las leyes (externas y objetivas) del mercado.

La actualidad es entrecruzamiento de tiempos, desde la explosión de tradiciones congeladas y bloqueadas por los tiempos de dominación y represión histórica, hasta el entrelazamiento de las diversas racionalidades que han constituido las formas humanas de relación con la naturaleza. La sustentabilidad es la sobrevivencia en el tiempo de otros tiempos que enfrenta la aceleración del tiempo (degradación entrópica). La complejidad ambiental anuncia la emergencia de nuevos tiempos que se gestan por la reflexión del saber y del conocimiento sobre las cosas: la tecnologización de la vida; la mercantilización de la naturaleza.

Es en este sentido que Morin y Kern (1993) piden que

No olvidemos finalmente lo que constituye la propia originalidad de la era planetaria en el siglo XX, la constitución de un espacio-tiempo planetario complejo en donde todas las sociedades tomadas en un mismo tiempo, viven tiempos distintos: tiempo arcaico, tiempo rural, tiempo industrial, tiempo posindustrial. Todo ello debe llevarnos a romper con la idea de que, en adelante, debemos alinear todas las sociedades en el tiempo más rápido, el tiempo cronometrado, el tiempo occidental. Eso debe llevarnos, más bien, a vivir la complementariedad de los distintos tiempos, a contener la invasión del tiempo cronometrado, a desacelerar el tiempo occidental. (MORIN & KERN, 1993: 185).

Hoy, la historia se está rehaciendo en el límite de los tiempos modernos; en la reemergencia de viejas historias y la emancipación de sentidos reprimidos por una historia de conquista y dominación, de sometimiento y holocausto. Estas historias ancestrales —la inquietante quietud de su permanencia en el tiempo—, que parecían haber perdido su memoria, despiertan a una actualidad que resignifica sus tradiciones y sus identidades, abriendo nuevos cauces en el flujo de la historia. Como afirma Heidegger,

Esta quietud del acontecer no es ausencia de la historia, sino una forma básica de su presencia. Lo que conocemos generalmente como pasado y lo que nos representamos en primer término como tal, es casi siempre sólo la 'actualidad' de un momento pasado, [...] lo que pertenece siempre a la historia pero no es propiamente historia. El mero pasado no agota lo sido. Este está presente todavía, y su forma de ser es una peculiar quietud del acontecer, cuya forma se determina a partir de aquello que acontece. La quietud es sólo un movimiento que se detiene en si, y es con frecuencia más inquietante que éste (HEIDEGGER, 1975:44-5).

Hoy, esta quietud está descongelando la historia; sus aguas fertilizan nuevos campos del ser y fluyen hacia océanos cuyas mareas abren nuevos horizontes del tiempo. No es tan sólo el entrecruzamiento de los tiempos objetivados en la historia, de las historicidades diferenciadas de lo real, del encuentro sinergético de procesos que han llevado a la catástrofe ecológica. Se trata de la emergencia de nuevos tiempos, de una mutación histórica donde se articula la tecnologización transgénica de la vida y la mercantilización de la naturaleza capitalizada; la hibridación de lo real donde confluye la naturaleza física y biológica, la tecnología y el orden simbólico; la actualización de tiempos vividos en nuevos mundos de vida.

Esta hibridación de mundos de la complejidad ambiental es algo nuevo y muy diferente de la visión evolutiva, cibernética y trascendental del devenir histórico. Pues el hombre, en su voluntad de conocer y apropiarse el mundo, ha cambiado las leyes de lo real —sus ontologías y epistemologías—, desviado sus trayectorias, generado nuevos sentidos y formas de ser en el mundo. Y es esto lo que se anuncia a la vuelta del nuevo milenio, más que el aceleramiento de los ritmos de rotación del planeta sobre sus viejos y corroídos ejes tecnológicos y económicos.

La sustentabilidad apunta hacia un futuro, hacia una solidaridad transgeneracional y un compromiso con las generaciones futuras. Ese futuro es una exigencia de supervivencia y un instinto de conservación. Pero esta sustentabilidad no está garantizada por la valorización económica que pueda asignarse a la naturaleza ni en ese horizonte de temporalidad restringida que es traducible en tasas de descuento económicas. La sustentabilidad no será tampoco resultado de internalizar una racionalidad ecológica dentro de los engranajes de los ciclos económicos.

La sustentabilidad surge del límite de un mundo llevado por la búsqueda de una unidad de la diversidad sometida bajo el yugo de la idea absoluta, de la racionalidad tecnológica y de la globalización del mercado. Es el quiebre de un proyecto que quiso someter la diversidad a la unificación forzada de lo real (del monoteísmo al mercado globalizado). Es un proyecto emancipatorio para dejar en libertad a los potenciales de la diversidad biológica y cultural. Es el desencadenamiento de un mundo tecnologizado para dejar hablar al ser acallado por la objetivación de un mundo calculado.

La crisis ambiental es el punto donde confluyen las líneas de la saturación y encasillamiento de las inercias de un desarrollo unidimensional, y donde emerge la complejidad ambiental que destraba el potencial de lo real y de la historia. El ambiente es lo otro, lo absolutamente otro de ese mundo cerrado y saturado. La apertura hacia un infinito de alteridad proveniente del ambiente como exterioridad (LEVINAS, 1977).

La sustentabilidad arraiga en el ser y en el tiempo; en tiempos que, anidados en la cultura, trascienden el cerco de la hegemonía homogeneizante para dar curso a la heterogeneidad y la diversidad. Es la reapertura de los sentidos de la historia y la existencia donde se encuentran los tiempos de la historia y se decantan en identidades híbridas, donde se enlazan la historia natural, la tecnología y el orden simbólico; espacio en el que se articulan las ciencias transformadas por un saber ambiental; crisol donde se funden los tiempos pasados, unitarios y mensurables, y donde irradia un futuro proyectado hacia la diferencia, creado por la utopía, movilizado por la otredad y seducido por el infinito. Esta trascendencia no es proyección ni desarrollo de la realidad existente, sino creación de algo nuevo desde la reemergencia de identidades que conservan las marcas de sus historias diversas, para rearraigar el yo en un territorio, lugar donde se sustentan nuevos sentidos civilizatorios.

La sustentabilidad anuncia el nacimiento de lo que aún no es, a partir del potencial de lo real, el encauzamiento de lo posible y la forja de la utopía. La sustentabilidad encuentra su razón y su motivación, no en las leyes objetivas de la naturaleza y del mercado, sino en el pensamiento y en el saber; en identidades y sentidos que movilizan la reconstrucción del mundo.

En el mundo interdependiente de la globalización económica, bajo el dominio de una visión unipolar y monolítica, cada nación y cada población juegan su viabilidad y sobrevivencia en esta encrucijada histórica. El tránsito hacia la democracia y la sustentabilidad implica una nueva concepción y nuevas formas de apropiación del mundo; allí se definen nuevos sentidos existenciales para cada individuo y cada comunidad, trazando nuevas líneas de fuerza que atraviesan las relaciones de poder donde se forjan nuevos proyectos históricos y culturales.

Lo que con magnavoces grita la globalización económica, es el fin de las ideologías y de la historia, la disolución de los conflictos en una concertación de voluntades domeñadas, la dilución del pensamiento en un automatismo absolutista. Empero, el nuevo milenio no será una continuación y una expansión del orden actual; este mundo se está resquebrajando ante la imposible proyección de la realidad actual hacia un futuro sin futuro. Lo que emerge desde este límite no es una conciencia ecológica reordenadora de un mundo fragmentado, antagónico y enajenado, guiado por la misión de una ecología generalizada que habría de resolver las contradicciones y conflictos del mundo actual.

La crisis ambiental anuncia una mutación de los sentidos de la vida. Muerte y transfiguración; creación de nuevos sentidos para reconstruir la historia a partir de los límites de la modernidad.

La insustentabilidad del planeta y de la humanidad, es un cuestionamiento de los fundamentos de nuestro ser en el mundo, cuyos sedimentos primeros están en la forja misma de la civilización occidental judeocristiana, desde la ética y la filosofía de la antigua Grecia, hasta la ontología y la epistemología modernas. Es una nueva pregunta por el ser que cuestiona a la realidad acuñada por la lógica y la gramática con las que hemos construido nuestro mundo, bajo el signo monetario como símbolo de igualdad, medida de cambio y valor-signo de todas las cosas. Por ello, el problema de la sustentabilidad no sólo remite a un cuestionamiento de la modernidad, sino a una auténtica crisis de civilización, que abre una transformación de nuestra existencia histórica.

La complejidad acompaña a la sustentabilidad, como una conjunción de tiempos heterogéneos que se enlazan en la construcción de lo real. El concepto de complejidad ambiental sale al encuentro de los procesos ecológicos, tecnológicos y sociales que movilizan su campo de posibilidades, como articulación de lo heterogéneo en la multiplicidad de los fenómenos de la naturaleza, los símbolos de la cultura, las racionalidades sociales y las categorías del pensamiento (LEFF, 2000).

La temporalidad es el ser de los procesos y está en la esencia de las cosas. El cambio de época es una mutación histórica: el cambio, la transformación, ya no son accidentes, sino la esencia de la determinación: mutaciones genéticas, emergencia sistémica, cambio social. Lo constante es el cambio. Hoy, estar en el tiempo no se define por la constancia del objeto y el fin de la historia, sino por la movilización del ser y los procesos en el tiempo. Lo real estalla en el límite de las inercias de un mundo insostenible, reabriendo los potenciales de la historia.

El proyecto unificador del mundo está por morir: el monoteísmo, la idea absoluta, la unidad de la ciencia y el mercado globalizador. La historia se abre hacia una resignificación del ser, desde el límite de una razón insustentable, hacia los potenciales de la naturaleza y los sentidos de la cultura.

 

EPÍLOGO

En el tránsito hacia la sustentabilidad está en juego la propuesta y la apuesta de Ernesto Sábato:

Les propongo entonces, con la gravedad de las palabras finales de la vida, que nos abracemos en un compromiso: salgamos a los espacios abiertos, arriesguémonos por el otro, esperemos con quien extiende sus brazos, que una nueva ola de la historia nos levante. Quizá ya lo está haciendo, de un modo silencioso y subterráneo, como los brotes que laten bajo las tierras del invierno (SÁBATO, 1999:214).

 

BIBLIOGRAFÍA

BOOCKIN, M. The Philosophy of Social Ecology. Essays on Dialectical Naturalism, Montreal, Black Rose Books, 1990.        [ Links ]

HEIDEGGER, M. La Pregunta por la Cosa, Buenos Aires, Editorial Alfa Argentina, 1975.        [ Links ]

LEFF, E. Saber Ambiental: Sustentabilidad, Racionalidad, Complejidad, Poder, México, Siglo XXI/UNAM/PNUMA, 1988.        [ Links ]

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MORIN, E. & KERN, A. B. Tierra Patria, Kairós, 1993.        [ Links ]

SÀBATO, E. Antes del Fin, Barcelona, Seix Barral, 1999.        [ Links ]

 

 

NOTAS

* Una primera versión de este texto fue presentada en el Seminario "La Sociedad Mexicana frente al Tercer Milenio", organizado por la Coordinación de Humanidades, UNAM, el 8 de septiembre de 1998.
** Enrique Leff é professor na Universidade Autônoma do México (UNAM) e autor de vasta obra (seu livro mais conhecido talvez seja "Ecologia y Capital"). Leff pertence ao PNUMA (Programa das Nações Unidas para o Meio Ambiente), escritório México, onde coordena a Rede de Formação Ambiental da América Latina e Caribe.