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Ambiente & Sociedade

Print version ISSN 1414-753XOn-line version ISSN 1809-4422

Ambient. soc. vol.20 no.1 São Paulo Jan./Mar. 2017

http://dx.doi.org/10.1590/1809-4422asoc20150088r1v2012017 

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EL PAISAJE VISUAL: UN RECURSO IMPORTANTE Y POBREMENTE CONSERVADO1

ANDRÉS MUÑOZ-PEDREROS 2  

2Pesquisador da Núcleo de Estudios Ambientales (NEA), Facultad de Recursos Naturales, Escuela de Ciencias Ambientales, Universidad Católica de Temuco. Endereço: Rudecindo Ortega 02950, Temuco, Chile. E-mail: amunoz@uct.cl

Resumen

El paisaje es el escenario de la actividad humana y cualquier acción artificial repercute en su percepción. Los procesos que generan pérdidas de paisaje son el incremento de las zonas urbanas y de infraestructuras productivas y de servicios; los cambio del uso del suelo rural hacia el monocultivo y el incremento de estructuras antrópicas en el paisaje rural. Esto ha implicado un creciente y rápido deterioro de la calidad paisajística con pérdida de paisajes de valor estético alto, pérdida de riqueza paisajística; pérdida de naturalidad al sustituir la cubierta vegetal nativa y pérdida de paisajes arquetípicos, con despojo de la identidad local. Se debe avanzar a políticas de paisaje que incluyan acciones como construcción de catálogos de paisaje, programas de monitoreo y restauración, así como un vigoroso programa de educación ambiental orientado a la conservación y recuperación del paisaje.

Palabras claves: Paisaje visual; perdida de paisaje; gestión

Introducción

El término paisaje proviene del francés paysage, como extensión de terreno visto desde un lugar determinado, aunque posiblemente no refleje tan claramente su sentido como en otros idiomas. En inglés, landscape, etimológicamente combina los términos land (tierra) con un verbo germánico scapjan/schaff que significa literalmente shaped lands o tierras modeladas en español (HABER, 1995). Se reconoce en esta última lengua que ese espacio acotado tiene una historia natural, pero con modelado humano, fundiendo naturaleza, cultura y sociedad en su sentido temporo-espacial (URQUIJO-TORRES y BARRERA-BASSOLS, 2009). Pese a esta fusión se tiende a considerar que el paisaje se define de dos formas, Urlandschaft o paisaje natural, es decir el paisaje que existía antes de cambios mayores inducidos por el ser humano; y Kulturlandschaft o paisaje cultural referido al creado por la cultura humana, y que puede ser definido como parte de un producto de la sociedad y que actúa como estructurante de la vida social que involucra el tiempo y el espacio, en permanente conflicto, reformulación y reproducción (JAMES y MARTÍN, 1981; SOJA, 1985; ORTEGA, 1998).

SAUER (1925) relevaba la dimensión cultural como la fuerza que modela los rasgos visibles de la superficie de la tierra en áreas delimitadas, así el ambiente físico conserva su significado central como el medio a través del cual las sociedades humanas y sus culturas interactúan.

Las definiciones de paisaje han evolucionado hasta determinarlo y centrarlo como un valor estético, como un recurso y como una combinación de elementos físicos, biológicos, ecológicos y humanos (véase GONZÁLEZ, 1981; BENAYAS, 1992). El paisaje puede identificarse como el conjunto de interrelaciones derivadas de la interacción entre geomorfología, clima, vegetación, fauna, agua y modificaciones antrópicas (DUNN, 1974; MOPT, 1992). Por ello, para estudiarlo se deben investigar sus elementos constituyentes (MUÑOZ-PEDREROS, 2004).

El paisaje, como un complejo de interrelaciones, tiene diferentes formas de percepción (e.g., auditiva, visual, olfativa). GONZÁLEZ (1981) lo define como la percepción plurisensorial de un sistema de relaciones ecológicas. De este modo, las restricciones técnicas y de escalas sólo permiten considerar, por ahora, sus valores visuales, motivo por el cual se buscan métodos para establecer la calidad visual de un paisaje (e.g. PENNING-ROWSELL, 1973; DEARDEN, 1980; ZUBE, et al., 1982; DANIEL y VINING 1983; MUÑOZ-PEDREROS 2004; LOTHIAN 1999; DANIEL 2001; MUÑOZ-PEDREROS, et al.; 1993; 2000; 2012). Podemos, entonces, considerar al paisaje como la expresión espacial y visual del medio y entenderlo como un recurso natural, escaso y valioso. Para más definiciones véase a MATA (2008).

Del paisaje prístino al paisaje urbano

Los paisajes se pueden clasificar en naturales y culturales, sin embargo la naturalidad o el nivel de naturalidad puede ser discutible en un territorio caracterizado por una gradiente extensa que va desde paisajes prístinos a paisajes urbanos, por esto es una clasificación vaga. La percepción visual puede variar en los términos usados, así puede ser llamado calidad visual (visual quality) en las ciudades y belleza del paisaje (scenery beauty) en las zonas rurales (KIVANÇ, 2013).

En los paisajes naturales la naturalidad se define como el grado de ocupación en un territorio de las unidades de paisaje clasificadas como naturales (sin intervención humana), por unidades de paisaje con modificación antrópica. Los paisajes naturales tienen muy poca construcción humana, y si la tienen es dispersa y no los monopoliza. Los pasajes culturales, ya definidos por SAUCHKIN (1946) como paisajes naturales donde las relaciones entre los elementos naturales son cambiados por la actividad humana, subdividiéndose en: (a) paisajes culturales rurales, donde la matriz original de naturalidad ha sido reemplazada mayoritariamente por la actividad silvoagropecuaria (e.g., plantaciones forestales, cultivos, praderas ganaderas) o minerero o de infraestructura vial o energética. Esto incluye paisajes que contienen microbasurales o basura en disposición difusa. (b) paisajes culturales urbanos, paisajes prácticamente sin naturalidad, artificiales o construidos y que incluyen los emplazamientos industriales o de servicios.

Preferencias por ciertos paisajes

La evaluación del paisaje puede definirse como las relaciones comparativas entre dos o más paisajes en términos de evaluación de la calidad visual (LAURIE, 1975), por esto los paisaje no se pueden definir en función de sus partes, sino que son imágenes integradas, una construcción de la mente y el sentimiento donde se hace indisoluble el objeto (paisaje) y el observador (LAURIE, 1975; TUAN, 1979; ARRIAZA, et al., 2004).

Diversos autores proponen que las preferencias por ciertos paisajes tendrían una explicación evolutiva al asociar las inclinaciones estéticas con ciertas características del ambiente que aumentarían la capacidad de supervivencia del individuo (e.g. APPLETON, 1981; KAPLAN y KAPLAN, 1982; GONZÁLEZ, 1981). Esto es apoyado por quienes defienden la idea de universalidad de las preferencias estéticas, es decir, que los seres humanos, en general, prefieren ciertos paisajes (e.g. KAPLAN, 1976). Contradice esta idea JACQUES (1980), quien considera determinantes los aspectos culturales e idiosincráticos a la hora de apreciar paisajes. Pareciera que una posición intermedia es, por ahora, la más atractiva. Es decir, existiría una preferencia general del ser humano por ciertos paisajes, reconociendo un sustrato darwiniano asociado a la supervivencia, pero estas "preferencias innatas" estarían influenciadas culturalmente (MUÑOZ-PEDREROS, 2004).

Diversos autores en muchos países han registrado las preferencias paisajísticas de los habitantes locales. ORMAETXEA y LUCIO (1992) en España; WILLIAMS y CARY (2001) en Australia; PONTALTI et al. (2004) en Brasil, quienes estudiaron las preferencias de paisajes de los agricultores, en una gradiente desde zonas urbanas a naturales, estableciendo una mayor preferencia por paisajes naturales y urbanos, pero no por los rurales y propios a los que estaban habituados.

Como ya se indicó existen diferencias marcadas por la cultura. Por ejemplo, LE LAY et al. (2008) estudiaron la percepción de paisajes ribereños en diez países, con 2.250 estudiantes mediante una encuesta y usando fotografías. Sus resultados demuestran que las percepciones difieren entre los países, lo que refleja los distintos contextos culturales. Así, la presencia de troncos de árboles en el cauce y orillas de los ríos fue percibido por alemanes, suecos y norteamericanos como un elemento natural mientras que para chinos, rusos o indios fue percibido como desordenado o sin mantención. Pero, pese a estas diferencias culturales, en general, existe preferencia por paisajes que contienen ciertos componentes tales como cubierta vegetal, espejos de agua, formas irregulares, poco artificializados, entre otros.

HERTZOG (1988) investigó la conexión entre ciertas categorías de ambientes (urbanos y rurales) y seis variables predictoras: misterio, peligro físico, peligro social, sombra, naturalidad y profundidad vertical, documentando que fue concluyente en las preferencias, como predictor positivo, el misterio y como predictor negativo el peligro social. Es decir se aprecia el misterio, pero no la amenaza (GÓMEZ y RIESCO, 2010). Aun cuando existe unanimidad respecto a la preferencia por ciertos componentes de un paisaje (e.g., vegetación, agua, formas irregulares) ciertas características más específicas de los paisajes pueden variar con la edad y el sexo. Por ejemplo los paisajes ajardinados, controlados y suaves son preferidos por niños y personas mayores (e.g., > 40 años), en cambio paisajes percibidos como peligrosos, agresivos, salvajes e intimidantes (e.g., cataratas, junglas, ríos con rápidos) son preferidos por jóvenes (e.g., > 15 y < 30). Esto ha sido documentado en España por BENAYAS (1992) y en Chile por MUÑOZ-PEDREROS et al. (1993).

Hidrofilia y fitofilia

El agua es siempre un elemento estructurante que determina, no solo los paisajes, sino que también las prácticas sociales (GONOT, 2004; FROLOVA, 2007). No es extraño entonces que los paisajes que incluyen agua sean preferidos. MUÑOZ-PEDREROS et al. (2012) documentan una alta valoración de los paisajes de humedales en el sur de Chile, lo que puede explicarse por el consenso generalizado que existe por preferir paisajes con masas de vegetación verde, bien desarrollada (especialmente arbórea) y espejos de agua (especialmente limpia y en movimiento). Esto concuerda con lo documentado en un área de estudio cercana, en la misma cuenca hidrográfica por MUÑOZ-PEDREROS et al. (1993), en que las unidades de paisaje mejor valoradas fueron bosques nativos asociados a cuerpos de agua. Ésta alta valoración de los componentes agua y vegetación coincide con lo documentado por QUEIJEIRO (1989) en paisajes similares en España. Por lo tanto, es importante el papel que cumple la presencia del conjunto vegetación de ribera espejo de agua en los paisajes, por el efecto sinérgico que aporta a su valoración.

Respecto a las preferencias por el color contenido en algunos paisajes, esto no está del todo claro. Aunque en un contexto más amplio (e.g., no solo paisajes) EYSENCK (1941) y BALL (1965) exploraron estas predilecciones y pareciera que existe una preferencia por el color azul en todo el mundo (PASTOREAU, 2001). Esto no se ha aplicado con suficiente rigurosidad a los paisajes, pero el azul de los cielos y de las aguas pareciera ser una preferencia en los paisajes. Los paisajes forestados ocupan un lugar central en la estética de los paisajes, tanto como un tema de discusión teórica y como tema preferido para el trabajo empírico (KELLERT y WILSON, 1993; ULRICH, 1993; ROLSTON, 1998). HAN (2003) lo evidenció en un estudio en los seis biomas terrestres principales (desierto, tundra, pradera, bosque de coníferas, bosque caducifolio y bosque tropical), estableciendo que los de mayor valoración fueron los bosques de coníferas y las tundras y los de menor valoración las praderas y desiertos. Pero esto tiene sus matices, FALK y BALLING (2010) en un estudio con habitantes en el cinturón selvático de Nigeria en el que les mostraron fotografías de cinco biomas: selva tropical, bosque caducifolio, bosque de coníferas, sabana y desierto, éstos mayoritariamente prefirieron la sabana como el lugar más deseable para vivir. Por ello especulan que los seres humanos tienen una preferencia innata por este tipo de paisajes que luego se modificó por la experiencia y la aculturación. Sin embargo no es lo mismo preguntar por la belleza de un paisaje que por el paisaje ideal para habitar.

En Chile MUÑOZ-PEDREROS y LARRAÍN (2002) en un transecto de 550 km en el sur de Chile determinaron que los paisajes mejor valorados fueron los bosques nativos adultos. Esta preferencia es consistente con estudios en otros territorios tales como complejo de humedales estuarinos, complejo de humedales en la depresión intermedia y cordillera andina (MUÑOZ- PEDREROS et al., 1993; 2012; 2017).

Estas preferencias por paisajes con bosque podrían tener diferentes motivaciones. KOSHAKA y FLITNER (2004) encontraron diferencias significativas entre encuestados de Japón y Alemania atribuibles a diferentes prácticas discursivas de las organizaciones forestales en estos países, así, la percepción se asocia a la producción en Japón y al misterio y el romance en Alemania.

Otro factor que puede introducir variabilidad en la valoración de los bosques es la percepción de peligro y miedo. HERZOG y KUTZLI (2002) encontraron que la visibilidad y el acceso para caminar son los dos factores determinantes, por lo cual son de alta valoración los paisajes boscosos de alta visibilidad y buen acceso, mientras que los de baja visibilidad y mal acceso generan temor y no son bien valorados. El mal acceso es un buen predictor para la sensación de peligro y trampa. Pero esto no debe interpretarse como evidencia de que el miedo es el inverso de preferencia, ya que dependerá del contexto, si éste no es amenazante el ocultamiento puede ser reconfortante, pero cuando el contexto es de peligro la ocultación puede reforzar el miedo (WARD y TRAVLOU 2009).

Pese al consenso sobre la importancia de la cubierta vegetal en la valoración de los paisajes PATSFALL et al. (1984) estudiaron su influencia en relación a la distancia de la vegetación en un paisaje (primer plano, segundo plano y fondo escénico) y ubicación en la composición de la escena (presencia a la izquierda, centro o derecha del paisaje), concluyendo que la cantidad de vegetación en segundo plano y la vegetación central de fondo escénico eran relevantes e incidían en una valoración más alta. En concordancia, MUÑOZ-PEDREROS et al. (1993) demuestran en paisajes en el sur de Chile, que los valores declinan conforme disminuye la densidad de la cubierta vegetal arbórea; por ejemplo, desde bosque nativo denso, hasta praderas con pequeños fragmentos aislados de bosque.

Importancia y destrucción de los paisajes arquetípicos

Las personas se vinculan con el paisaje de manera profunda, característica que es universal y ancestral, por lo tanto los paisajes tienen un rol principal en la creación de identidades territoriales. Un paisaje está marcado por las experiencias y aspiraciones de sus habitantes, son paisajes con significados. De hecho podemos entender el paisaje, no sólo en su dimensión física, sino que también como un sistema de signos y de símbolos, de modo que no solo refleja la cultura, sino que es parte de su constitución y es expresión de una ideología (LASH y URRY, 1994). Desde hace décadas se ha explorado en el rol crucial que la percepción del ser humano tiene en el proceso de formación de imágenes del medio real, repercutiendo en su comportamiento individual y colectivo (FRÉMONT, 1976; BAILLY, 1977). También se ha ahondado, más allá de la percepción, en el concepto de lugar o paisaje como centro de significado, de identificación personal y foco de vinculación emocional (e.g. TUAN, 1977; BUTTIMER y SEAMON, 1980). Luego el posmodernismo lo relevó por su fuerte interés en la espacialidad de la emoción, el sentimiento y el afecto, con un interés cada vez mayor por las interacciones emocionales entre la gente y los paisajes. Son los paisajes de la emoción y la poética del afecto (véase SOJA, 1989; DAVIDSON et al., 2005; NOGUÉ, 2008, 2009).

Los arquetipos según Jung son formas o imágenes colectivas de los seres humanos que surgen como elementos constitutivos de los mitos y como productos autóctonos e individuales de origen inconsciente. Son patrones de formación de símbolos que se repiten a lo largo de la historia y las culturas y a través de ellos buscan expresión las energías psíquicas. Los arquetipos representan el pasado, lo que se ha heredado, la historia en el marco de lo colectivo. En este contexto el paisaje es un concepto con una dimensión comunicativa notable y los ciudadanos se sienten parte de un paisaje, consciente o inconscientemente, con el que establecen una fuerte comunicación. Este sentimiento es ancestral y universal y, si bien la globalización está afectando mucho lo local, se sigue actuando como una cultura territorializada. Ello es parte de la identidad territorial, porque el paisaje desempeña un papel relevante en el proceso de formación, consolidación y mantenimiento de esas identidades territoriales (NOGUÉ, 2007). La alta valoración de los paisajes naturales que contienen bosques puede explicarse porque son paisajes arquetípicos, que evocan nociones de tiempo profundo. HAN (2003, 2007) hace referencia a reliquias psicológicas de nuestro pasado evolutivo, ya que estas preferencias pueden explicarse porque las fases críticas de la evolución humana tuvieron lugar en los bosques en lugar de ambientes de pastizal, pradera o sabana.

La contemplación del paisaje real contemporáneo está marcada por un paisaje arquetípico (ROGER, 1997) transmitido de generación en generación por diversas vías (e.g. transmisión oral, pinturas, dibujos, fotografías, medios de comunicación). Un ejemplo es el paisaje arquetípico inglés, bucólico, pintoresco, ordenado, humanizado, verde y con bosques caducifolios, que construye el ideal de belleza paisajística para sus ciudadanos, aquí el paisaje es concebido casi como una vieja antigüedad. MATLESS (1998) muestra que este paisaje es la esencia de lo inglés, como también constatan lo propio en Francia NORA (1984), LUGINBÜHL (1989), BERQUE (1990, 1995) y ROGER (1997) y en regiones de España NOGUÉ y VICENTE (2004). En Chile existe una gran diversidad de paisajes, modelados por sus muy diversos climas, la geodiversidad, la diversidad de ecosistemas que existe y el continuo proceso de artificialización humana. Esto ha generado paisajes que han sido el escenario de los diferentes asentamientos humanos y que pueden ser considerados paisajes arquetípicos, por ejemplo, los pueblos altoandinos y sus entornos agrícolas; los valles con poblaciones dispersas del centro norte; el paisaje rural plano, con montañas de fondo y cruzados de alamedas de la zona central; en la zona sur las formaciones de parque en la depresión intermedia, los paisajes lacustres con volcanes y cordilleras nevadas; los lomajes con cultivos y bosquetes nativos. En la zona austral los bosques nativos cruzados por ríos caudalosos y las estepas patagónicas con piños de ovejas y casas de estancias dispersas en el extremo austral de Chile. Esto es en un macronivel, pero los paisajes más anclados en nuestro subconsciente están a un micronivel, a nivel predial, con el que los grupos humanos interactuaron por largos años e incluso quedaron en nuestro subconsciente como parte de la impronta de los recuerdos infantiles.

La pérdida de este tipo de paisajes crea un abismo entre el paisaje arquetípico y el paisaje real cada vez más homogéneo y banal, sobre todo en las periferias urbanas y en las áreas turísticas (NOGUÉ y SAN EUGENIO DE VELA, 2011). En Chile se constata permanentemente este choque entre las ideas arquetípicas del paisaje de Chile central (praderas y cultivos, cruzados de alamedas) con construcciones de la industria frutícola; o las campiñas salpicadas de bosquetes nativos del sur, con extensas plantaciones de pinos y eucaliptos.

La estandarización y homogeneización de los paisajes tiene serias repercusiones en la pérdida de la identificación de las comunidades locales con los paisajes destruidos o alterados. Debemos poner más atención en la estética, incluyendo lo visual, ya que es una parte importante de la vida cotidiana de la mayoría de las personas. Sin embargo muchas profesiones que podrían (y debieran) ser promotores de políticas públicas que protejan (y mejoren) los paisajes visuales son, por el contrario, tímidos e incluso críticos cuando se trata de valorizar y analizar la estética del paisaje, y mucho menos participan en políticas progresistas del paisaje (BENEDIKTSSON, 2007). Esta actitud claramente refractaria de profesionales e investigadores se debe muchas veces a la simple ignorancia o al temor frente a lo que se consideran técnicas supuestamente subjetivas acerca de los métodos y procedimientos que, desde hace más de 30 años, se han venido perfeccionando en la evaluación del paisaje visual, por lo que ya no debieran existir excusas ni temores para abordar la gestión de los paisajes de forma seria y responsable (véase ZUBE et al.,1982; DANIEL y VINING, 1983; BOLÓS, 1992; MUÑOZ-PEDREROS, 2004).

Que el paisaje no tenga valor de mercado no es impedimento para su no inclusión (e.g. véase WILLIS y GAROD; 1993, BERGIN Y PRICE, 1994; OUESLATI, 2011). La importancia del paisaje para una localidad es tal que los organismos, públicos y privados, deberían poner en marcha acciones que permitan controlar el impacto ambiental que ciertos planes o proyectos ocasionan sobre el paisaje, especialmente cuando se trata de tomar decisiones frente a propuestas de instalaciones industriales o facilidades públicas (e.g. caminos, alcantarillados). En América Latina, el uso de los espacios silvestres públicos para la recreación se viene masificando, producto del aumento del tiempo libre y la elevación del nivel de vida de al menos un segmento de la población. El ciudadano medio está, por diferentes motivos, internalizando cada vez más una suerte de "conciencia ambiental" que redunda en una novedosa valorización de los espacios naturales y sus ecosistemas. Esto explica la creciente resistencia ciudadana a perder espacios de alto valor turístico, paisajístico y recreacional.

Amenazas al recurso paisaje

El ser humano crea paisaje, pero al mismo tiempo éste modela afectiva y físicamente a aquél. Los severos cambios en el paisaje de América Latina han ocurrido principalmente por la intervención humana, especialmente por los procesos de asentamientos humanos y la actividad silvoagropecuaria y forestal. El paisaje rural se diferencia de otros tipos de paisaje porque en el territorio que ocupa se desarrolla una actividad antrópica, siendo ésta básicamente los cultivos agrícolas, la cría de ganado y las plantaciones forestales con especies exóticas. Por lo tanto, una presencia tan activa del ser humano no se da en otros tipos de paisajes más naturales como montañas, selvas, etc. Aun cuando también es estos agroecosistemas se puede reconocer una gradiente de naturalidad. Pero, en definitiva, las actividades antrópicas han transformado el paisaje como consecuencia de la utilización de los recursos naturales y de la introducción de elementos exógenos al paisaje natural (cf. NOHL, 2001; AYUGA, 2001).

Paralelamente la ciudad ha vuelto su mirada hacia estos espacios y exige a los habitantes de las áreas rurales la conservación de los paisajes tradicionales que se constituyen en patrimonio cultural, patrimonio que empieza ahora a ser valorado por parte de la población (GARCÍA, 1998; HANLEY et al. 2009). El paisaje debe ser un recurso a proteger de contaminaciones estéticas negativas para diversificar el uso que de éste puede hacerse. Según GARCÍA (1998) en el análisis de los paisajes rurales un enfoque multifuncional y multisectorial constituiría una nueva dimensión económica en donde, junto a actividades tradicionales, aparecen otras formas de utilización de los recursos naturales y humanos (e.g., turismo rural, deportes en la naturaleza). Sin embargo, las diversas actuaciones sobre el paisaje afectan tanto su contenido como su forma, ocasionando la pérdida de capacidad de los mismos para el desarrollo de otras actividades (FERNÁNDEZ y GUZMÁN, 2004).

Cuando se impactan negativamente los paisajes se sustituyen por otros de baja calidad o directamente se destruyen, estamos en presencia de un conflicto paisajístico. En la actualidad la relación del paisaje y el desarrollo económico es el fundamento de un debate, sobre cómo la sociedad debe armonizar la preservación del paisaje y al mismo tiempo cómo debe utilizarlo.

Diversos autores han estudiado el paisaje de agroecosistemas desde las carreteras. AGUILÓ (1984) estudió el paisaje para establecer tramos de carretera con interés paisajístico en España, utilizando un método directo y cartográfico para determinar zonas homogéneas. Lo mismo hicieron MUÑOZ-PEDREROS y LARRAÍN (2002) en el sur de Chile y OTERO et al. (2006) en España. Por otro lado SAYADI et al. (2004) utilizaron métodos mixtos de análisis conjunto y valoración contingente para estudiar, por una parte, la importancia relativa de la componente agraria en la función de utilidad derivada del disfrute de los paisajes de Las Alpujarras (Granada-España) y, por otra, la disposición a pagar de los entrevistados por disfrutar de dichos paisajes. ARRIAZA et al. (2004) emplean un método directo de evaluación e indirecto por análisis de componentes en paisajes en Andalucía, España y documentan que la calidad visual varía, por ejemplo, con el grado de desertificación del paisaje, el porcentaje de cubierta vegetal, la cantidad de agua y la presencia de montañas, el color y el contraste. En otro ámbito MARTÍN (2001) ha evaluado el impacto negativo de infraestructuras tales como las antenas de telefonía.

La actividad silvícola con monocultivo de especies exóticas en grandes extensiones, ha tenido un fuerte impacto negativo sobre el paisaje, lo que ya ha sido documentado por diversos autores (e.g. PALMER y SENA, 1993; PAQUET y BÉLANGER, 1997; MUÑOZ-PEDREROS y LARRAÍN, 2002). PÂQUET Y BÉLANGER (1997) determinaron la correlación entre el efecto de dos tipos de manejo forestal y el impacto visual generado, utilizando grupos de usuarios del área y estableciendo umbrales de tolerancia por uso. En Chile, MUÑOZ-PEDREROS, et al. (1993, 2012) demuestran en paisajes en el sur de Chile, que los valores declinan conforme disminuye la densidad de la cubierta vegetal arbórea; por ejemplo, desde un sector de bosque nativo denso hasta praderas con pequeños fragmentos aislados de bosque. Lo mismo registran MUÑOZ-PEDREROS y LARRAÍN (2002) en un transecto por la autopista principal de Chile, relevando la baja calidad paisajística de las plantaciones forestales, en sus diferentes etapas silvícolas (véase también a GAYOSO, 1995; GAYOSO Y ACUÑA, 1999). Si bien es cierto que la actividad silvícola es de relevancia en la economía nacional de Chile, es por otra parte, una de las actividades económicas que más ha alterado el paisaje en los últimos 80 años. Si consideramos que el turismo también genera ingresos importantes a la economía nacional y regional, una pérdida del paisaje bajo este contexto, podría a su vez producir pérdidas considerables al ingreso nacional. Podemos hablar entonces de un binomio paisaje-turismo puesto que la interacción entre ambos es evidente. La implantación de la actividad turística está en gran parte basada en la atracción que ejerce un determinado paisaje, que se convertirá en un bien de consumo gracias a dicha actividad turística (GROS, 2002).

Respecto a las energías renovables muchos países intentan sustituir su matriz energética de combustibles fósiles y/o nucleares por energías renovables (e.g. solar, eólica), las que usualmente se emplazan en territorios poblados, de modo que esta visibilidad disminuye la calidad paisajística de éstos (WÜSTANHAGEN et al. 2007). Ello radica en que muchas veces los mejores emplazamientos para los aerogeneradores están en sitios de alta exposición visual como cimas de montes o zonas costeras (FROLOVA, 2010). Esto ha generado una fuerte oposición en países europeos como Alemania y Francia llegando a calificarlos como monocultivo de paisaje eólico, constituyéndose esta resistencia ciudadana en el mayor obstáculo para el desarrollo de las energías solar y eólica. Por otro lado los ciudadanos que están de acuerdo con las energías renovables cambian sus opiniones cuando las tienen cerca (FROLOVA y PÉREZ, 2011). LOTHIAN (2008) midió los efectos de los parques eólicos en el sur de Australia mediante simulación (paisajes con y sin parques eólicos) y observó que los paisajes de mayor calidad, al ser presentados con el parque eólico disminuyeron su calidad, mientras que aquellos paisajes de menor calidad, aumentaron su calidad con la presencia del parque.

Gestión del paisaje

Cualquier política nacional de gestión del paisaje debiera tener al menor tres objetivos: (a) conservar, restaurar y poner en valor los paisajes relevantes del país, ya sea por su alta valoración estética, como paisajes arquetípicos o culturales para las poblaciones locales; (b) incorporar y ponderar la variable paisaje en los planes de ordenamiento y planificación territorial, para conservar y/o aumentar la calidad paisajística tanto de los espacios naturales, rurales, periurbanos y urbanos; (c) coordinar los servicios públicos que tengan en sus atribuciones acciones y políticas que involucren el uso, manejo y/o gestión del paisaje, definiendo metodologías y procedimientos para la evaluación, manejo y gestión del paisaje en todo el territorio nacional, tendientes a minimizar los impactos negativos sobre éstos, restaurando los destruidos y conservando los paisajes relevantes. Para implementar los objetivos de una política de paisaje es necesario avanzar en algunas líneas de acción, tales como: (a) financiar líneas de investigación en paisaje a escala nacional, por ejemplo en catastros regionales, identificación de paisajes arquetípicos a nivel nacional, regional y comunal; (b) elaborar catálogos nacionales de paisaje; (c) establecer un programa de monitoreo del estado de conservación de los paisajes a nivel nacional; (d) promover un programa de mitigación de impactos negativos sobre el paisaje a nivel nacional y (e) difundir la importancia del paisaje en los ciudadanos mediante un programa de educación ambiental y paisaje.

Los catálogos nacionales de paisaje tienen como objetivo inventariar y analizar las unidades de paisaje de cada territorio, tipificando y evaluando los paisaje, tanto naturales como culturales. Respecto a estos últimos es importante definir cuáles son los paisajes que pueden considerarse característicos del siglo XX a XXI. ROGER (2009) releva una cierta incapacidad de la sociedad actual para identificar los paisajes que ella produce y una búsqueda paradojal por un pasado romántico o por una naturaleza presentada incorrectamente como prístina. Así los agroecosistemas, las plantaciones forestales, las autopistas, los parques industriales son ignorados como paisajes y serán éstos los reconocidos como nuestros por las sociedades futuras. La sociedad nunca ha tomado en serio el legado paisajístico, quizá porque nunca se ha planeado qué tipo de paisajes son lo que quiere disfrutar y legar. El catálogo debe incorporar todos los paisajes de un territorio, considerando al menos tres variables (modificado de MUÑOZ, 2012): (a) calidad del paisaje, (b) valor cultural y (c) visibilidad.

A partir del catálogo se establecen los indicadores del monitoreo de paisajes que pueden ser: la riqueza de paisajes, la naturalidad paisajística y la valoración de paisajes. La riqueza de paisaje es el número total de unidades paisajísticas (UP) diferentes que existen en un determinado territorio. El índice de naturalidad estima la proporción de UP naturales en relación al total de UP en un territorio, así, este indicador puede ser relevante para estimar las tendencias de los cambios paisajísticos en relación a la artificialización de los paisajes.

Finalmente la valoración de la calidad paisajística de cada unidad de paisaje obtenida del catálogo de paisajes, permite obtener un valor promedio de un territorio con su desviación estándar, lo que posibilita medir el incremento o decremento de esta calidad en un territorio determinado. HAINES-YOUNG y POTSCHIN (2005) proponen indicadores que otorgarán sustentabilidad a los diferentes usos del territorio (véase CASSATELLA y PEANO, 2011).

La restauración del paisaje es el conjunto de métodos y herramientas que tienen por finalidad que la percepción visual de un espacio sea similar o evolutivamente concordante a la que componía antes de ser alterada por una actividad humana. De este modo son mecanismos orientados a detener la pérdida de valor de una(s) unidad(es) de paisaje(s) y restituirla en sus condiciones originales, asegurando su persistencia en el tiempo. Los ejemplos de restauración de paisaje no son abundantes, SKLENIČKA y KAŠPAROVÁ (2008) documentan sus experiencias en recuperación de paisajes en territorios afectados por la minería en Europa Central, para lo cual emplearon métodos de diagramas visuales y visualización 3D, considerando la participación de los ciudadanos.

REFERENCIAS

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ARRIAZA, M.; CAÑAS-ORTEGA, J. F.; CAÑAS-MADUEÑO J.; RUIZ-AVILES, P. "Assessing the visual quality of rural landscapes". Landscape and Urban Planning n. 69, p.115-125, 2004. [ Links ]

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1. Agradecimientos. El autor agradece el aporte de la Dirección General de Investigación y Postgrado de la Universidad Católica de Temuco, proyecto DGIPUCT Nº CD2010-01 y Proyecto Mecesup UCT 0804. También agradece a los proyectos: Variabilidad de los observadores en los estudios de paisaje, Dirección de Investigación Universidad Católica de Temuco. DIUCT 97-5; Evaluación del impacto de las actividades silvoagropecuarias sobre el recurso paisaje en el sur de Chile. Dirección de Investigación, Universidad de Concepción P.I. 95.310.020-6.; Impacto sobre el recurso paisaje en proyectos de regadío en el sur de Chile. Dirección de Investigación Universidad Católica de Temuco. DIUCT 94-4.

Recibido: 12 de Junio de 2015; Aprobado: 28 de Marzo de 2016

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