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REMHU: Revista Interdisciplinar da Mobilidade Humana

Print version ISSN 1980-8585On-line version ISSN 2237-9843

REMHU, Rev. Interdiscip. Mobil. Hum. vol.27 no.57 Brasília Sept./Dec. 2019  Epub Dec 02, 2019

http://dx.doi.org/10.1590/1980-85852503880005707 

Dossiê: Enfoques e perspectivas sobre mobilidade humana

La centralidad de las migraciones en la reproducción de las sociedades avanzadas

The central place of migrations in the reproduction of advanced societies

*Departamento de Estudios Regionales Universidad de Guadalajara. Guadalajara, Jalisco, México. E-mail: acanales60@gmail.com.


Resumen

Las migraciones internacionales ocupan un lugar central en la reproducción de las sociedades avanzadas. Como componente demográfico, contribuyen a cubrir los vacíos que deja el envejecimiento y descenso de la natalidad, y de ese modo, sustentan la reproducción demográfica de la población. Como fuerza de trabajo contribuyen a cubrir los déficits de mano de obra y sustentar la acumulación de capital y reproducción de la economía. Como trabajadores se insertan preferencialmente en tareas de la reproducción cotidiana de las clases medias y altas, contribuyendo a sustentar sus estilos de vida y patrones de consumo en un mundo globalizado.

Palabras clave Reproducción; Remplazo Demográfico; Desigualdad Social

Abstract

International migration occupies a central place in the reproduction of advanced societies. As a demographic component, they contribute to cover the population gaps left by ageing and declining birth rates, and thus, support the demographic reproduction of the population. On the other hand, as a labor force contribute to cover deficits labor and sustaining capital accumulation and reproduction of the economy. As workers, they preferentially insert themselves into tasks of the daily reproduction of the middle and upper classes, contributing to sustain their lifestyles and patterns of consumption in a globalized world.

Keywords Reproduction; Demographic Replacement; Social Inequality

Introducción

En las últimas décadas hemos sido testigos de un renovado interés por la migración internacional. No es sólo un interés académico por un fenómeno emergente, sino también un interés político en virtud de las dimensiones que ha adquirido la migración en las últimas décadas, así como de sus diversos impactos sociales, culturales y económicos (Pécoud, 2018). En torno a la migración se genera un debate profuso y amplio, que involucra posiciones tan opuestas como quienes abogan por el cierre total de fronteras, deportaciones masivas de inmigrantes indocumentados, la criminalización de la condición de indocumentado, construcción de más muros, hasta quienes en posiciones opuestas y antagónicas, promueven la abolición total de las fronteras nacionales y el libre tránsito de personas y trabajadores, e incluso, la posibilidad de instaurar una fórmula de ciudadanía mundial, supranacional.

No obstante este amplio abanico de posiciones, el debate académico y por sobre todo, el político, ha estado dominado por visiones conservadoras de la sociedad que suelen cuestionar el papel de la migración en ella y sus transformaciones. Claro ejemplo de ello es el mínimo y poco significativo avance que se ha dado en los diferentes Foros Mundiales sobre Migración y Desarrollo. En ellos, suele predominar la visión de los países desarrollados, principales áreas de destino de la migración contemporánea, quienes no sólo imponen sus intereses, sino que además, coartan las posibilidades de un consenso mundial en la materia, y han sido reacios a la firma y/o ratificación de diversos convenios internacionales en materia de derechos humanos, sociales, laborales y políticos de los inmigrantes1.

Frente a estas visiones hegemónicas de la relación Migración-Desarrollo, se han levantado diversas voces y propuestas que junto con cuestionar su validez conceptual y empírica plantean propuestas alternativas tanto en lo que respecta al análisis y comprensión, como en lo que respecta al diseño de políticas y programas de acción en relación al de las migraciones (Castles, Delgado, 2007). Considerando los alcances de este debate, en este artículo nos interesa contribuir a él aportando elementos analíticos y conceptuales que contribuyan a sustentar, desde una perspectiva académica, una posición crítica respecto a esta visión hegemónica de las migraciones en la sociedad contemporánea.

Al respecto, nuestra tesis fundamental que queremos desarrollar en este texto, refiere a la centralidad de las migraciones en la reproducción social, económica y demográfica de las sociedades contemporáneas. En particular, entendemos esta centralidad desde tres campos o dimensiones sociales. Por un lado, como componente demográfico, contribuyen a cubrir los vacíos que deja el envejecimiento y descenso de la natalidad, y de ese modo, sustentan la reproducción demográfica de la población. Por otro lado, como fuerza de trabajo contribuyen a cubrir los déficits de mano de obra y sustentar la acumulación de capital y reproducción de la economía. Por último, como trabajadores se insertan preferencialmente en tareas de la reproducción cotidiana de las clases medias y altas, contribuyendo a sustentar sus estilos de vida postmodernos y patrones de consumo en un mundo globalizado.

Iniciamos presentando una visión crítica de los enfoques hegemónicos, señalando sus principales limitaciones teóricas y metodológicas. Posteriormente, presentamos las bases epistemológicas y principales conceptos que sustentan nuestra propuesta teórica, para a continuación presentar nuestra tesis sobre el papel y centralidad de las migraciones en la reproducción social de las sociedades avanzadas. En este punto, nos enfocamos en tres campos. Por un lado, el papel de la migración en la reproducción demográfica, por otro lado, en la reproducción del capital, y por último, en la reproducción de la desigualdad social y la estructura de clases. Finalmente, a modo de conclusiones presentamos las tensiones y contradicciones que surgen en las sociedades avanzadas en torno a las migraciones.

Migración y desarrollo. Las trampas de un discurso engañoso

Aunque suele plantearse que la relación Migración-Desarrollo es un fenómeno complejo multifacético, al final de cuentas el debate ha estado hegemonizado por la visión de los países receptores y de organismos internacionales (Delgado, 2014). Desde nuestra perspectiva, en cambio, creemos que estos enfoques de la migración internacional, adolecen al menos de cinco limitaciones para el entendimiento de sus causas y consecuencias en la sociedad global contemporánea, a saber:

  1. Predominio de una visión utilitarista del migrante que lo invisibiliza como sujeto social y de derechos. En no pocos enfoques y análisis, predomina un modelo de análisis costo-beneficio, que según sea el caso, enfatiza y pone de relieve, o bien los costos (problemas, conflictos, impactos negativos) de la migración, o bien sus beneficios (aportes, contribuciones, impactos positivos en general). En cualquiera de los casos, la migración y el migrante son evaluados y analizados en función de nuestras propias visiones e intereses vinculados con la migración, y no como sujetos en sí mismos, con derechos y responsabilidades (Castles, 2013). En ambos casos, no son los migrantes, sino otros sujetos (clases, Estado, instituciones supranacionales, entre otros), quienes definen y determinan el carácter positivo o negativo de la migración. En ambos casos, ya sea como portador de beneficios o como causante de prejuicios y costos, el migrante es igualmente un objeto de políticas definidas desde el Estado y a partir de situaciones de poder e intereses ajenos al mismo migrante, y que le impiden constituirse como un sujeto social con derechos e intereses propios, y lo sitúan como un actor estructuralmente subordinado (y subsumido) frente al Estado, la Sociedad y en una posición de sumisión frente a otras clases y sujetos sociales.

  2. Nacionalismo Metodológico. Se trata de una herencia de la modernidad, que consiste básicamente, en la forma como se delimita y construyen las categorías de análisis y marcos de entendimiento de la sociedad moderna. Según este principio, la moderna teoría social y el pensamiento de la modernidad se sustenta en la correspondencia entre Estado, Nación y Territorio (Beck, 1998). A partir de ello, todo proceso social que deviene objeto de estudio para alguna disciplina de las ciencias sociales, es construido con base en este principio metateórico. Las sociedades nacionales conforman el contexto para el análisis de cualquier proceso social, y devienen la unidad de análisis para el estudio de los procesos mundiales, los que se conceptualizan como procesos y relaciones internacionales, esto es, entre-naciones. Sin embargo, en un mundo donde las sociedades se globalizan, en donde los procesos sociales, económicos, culturales, y de todo tipo traspasan y disuelven cotidianamente las fronteras nacionales, resulta anacrónico seguir suponiendo que el Estado-Nación es la forma social natural del mundo contemporáneo (Wimmer, Glick Schiller, 2002). Con el advenimiento de la globalización, cada espacio social nacional es continuamente atravesado y reconfigurado por un complejo sistema de redes y relaciones local-global, derivando en la desterritorialización de la vida social. Las migraciones internacionales reflejan directamente esta situación. Desde la visión tradicional, impregnada por el principio del nacionalismo metodológico, las migraciones internacionales eran definidas como flujos de personas que provenían del exterior, y por tanto, como un componente externo a la sociedad y que por lo mismo, no formaba parte del Estado Nación. De aquí además, la legitimidad que se le atribuía al Estado para controlar y regular estos flujos de origen externo2.

  3. Dualismo Metodológico. En segundo lugar, cabe señalar la persistencia de un dualismo metodológico. Al analizar las causas y consecuencias de la migración, suele establecerse un línea divisoria fundamental respecto a cómo se aborda y problematiza la migración en y para los países de origen, versus a cómo se hace en y para los países de destino. En los países de origen la migración es vista como una oportunidad para el desarrollo, tanto por el aporte financiero que pueden representar las remesas, como por los aportes que puedan hacer los migrantes que retornan, en términos de capital humano, innovación tecnológica, entre otros (Kapur, 2004). En los países de destino, por el contrario, las migraciones son vistas como un problema social y político, derivado del gran volumen que representan y del bajo nivel de asimilación y adopción de las formas de vida de las sociedades de acogida, favoreciendo en cambio, la reproducción de pautas culturales y sentidos de identidad y pertenencia respecto a sus comunidades de origen (Ruhs y Martins, 2008). Esperanza de desarrollo para unos (origen), problemas y conflictos multiculturales para otros (destino). Sin duda, una construcción ideológica y sesgada de una problemática que es mucho más compleja y diversa.

  4. Las causas de la migración han quedado fuera del debate actual. El debate y reflexión sobre las causas estructurales de la migración ha quedado relegado a un segundo plano, cuando no simplemente olvidado (Delgado Wise, 2014). Así por ejemplo, suele apuntarse a las condiciones de subdesarrollo y pobreza en los países de origen, como las principales causas de la migración, pasando por alto, sin embargo, el papel que tienen en el desencadenamiento y causación de la inmigración las condiciones prevalecientes en los países de destino, especialmente, las transformaciones en su estructura económica y laboral, así como la dinámica del cambio demográfico. Asimismo, no se consideran el ensanchamiento de las brechas y asimetrías productivas, sociales y económicas entre los países centrales y las economías periféricas, y que se derivan no tanto de la ausencia de crecimiento económico, como del estilo y estrategia de desarrollo de los países periféricos, que en casi todos los casos, provienen precisamente, de imposiciones de organismos internacionales y de los gobiernos de los países centrales (Canales, 2018).

  5. Distorsión de la cuestión de los derechos. Una consecuencia de esta invisibilidad del aporte de los inmigrantes y de sus causas estructurales en los países de destino, es la distorsión que genera en el análisis y diseño de políticas orientadas a la defensa y respeto de los derechos humanos y laborales de los inmigrantes. El debate suele centrarse en los temas económicos, a la vez que se consolida una visión que considera a la migración internacional como parte de la agenda de seguridad nacional en los países de destino, todo lo cual ha redundado en propuestas y leyes que tiende a criminalizar la migración indocumentada. Si bien es ampliamente aceptado que todo Estado tiene el derecho de limitar y restringir el ingreso de no nacionales en su territorio, ello no los autoriza a controlar y regular el acceso de esas poblaciones a sus derechos fundamentales. Por el contrario, es obligación y responsabilidad de todo Estado moderno y democrático, asegurar el igual acceso y respeto de los derechos fundamentales a todas las personas (Wickramasekara, 2008).

Migración, reproducción y sociedad: bases conceptuales para una propuesta de comprensión de las migraciones

En contraposición a los enfoques hegemónicos, y retomando esta crítica a sus principales falencias y limitaciones metodológicas y conceptuales, nuestro interés es proponer un marco de análisis y comprensión de las migraciones en las sociedades contemporáneas. Para ello, nos sustentamos en el enfoque de la Reproducción, el cual nos refiere a una “visión estructural y a largo plazo sobre cómo se reproduce y evoluciona la sociedad en su conjunto” (Dowbor, 1999, p. 360). En nuestro caso somos aún más específicos y usamos el concepto de Reproducción como marco general para entender no sólo las formas que asume la estructuración de la sociedad contemporánea, sino específicamente, por el papel que le cabe en ello a las migraciones. Si pudiéramos resumir esta propuesta, diríamos que se trata de pasar del análisis y entendimiento de la reproducción de la migración como proceso social (principio de la causación acumulativa de Massey, 1990), a entender y analizar la migración como un factor de la Reproducción de la Sociedad. Al respecto, retomamos la propuesta de Ricciardi (2017) quien plantea que “una teoría política de las migraciones debe indagar sobre las formas de producción y reproducción de la sociedad” (p. 32; énfasis nuestros). En tal sentido, apostamos por una teoría de las migraciones que las entienda como un componente de la reproducción de las sociedades contemporáneas. Por lo mismo, es una perspectiva desde la sociedad y su constitución como Polis, y de las migraciones como campo de mediación de ese proceso de constitución y reproducción de las sociedades globales y postmodernas.

En este marco podemos situar nuestra tesis sobre el lugar central que ocupan las migraciones contemporáneas en la reproducción social, económica y demográfica de las sociedades avanzadas. Sin embargo, esta centralidad de las migraciones no está exenta de tensiones, conflictos y contradicciones. El creciente malestar que ya se manifiesta en torno a ellas es expresión de estas contradicciones y conflictos que acompañan a la forma en que la sociedad contemporánea se constituye, y en donde la migración ocupa un rol relevante. En este sentido, entendemos que este malestar frente a las migraciones surge como consecuencia directa de la forma que asumen las transformaciones sociales, económicas, culturales y demográficas de la sociedad postmoderna, que a la vez que exigen la presencia de estos inmigrantes (extraños), paralelamente ha vuelto obsoletas las estrategias que la anterior forma industrial y desarrollista de la Modernidad y el capital, había desarrollado frente a estos extraños. Es en cierta forma, el malestar de la sociedad consigo misma, esto es, con sus formas líquidas y postmodernas que bien han caracterizado Bauman (2001). Es un malestar que es objetivado y personalizado en la figura del migrante, encarnación del extraño postmoderno por antonomasia.

Para entender y analizar el origen y consecuencia de este Malestar frente a las migraciones, enfocaremos nuestra reflexión en tres campos o dimensiones en los cuales las migraciones resultan centrales para la reproducción de las sociedades avanzadas. Por un lado, el rol de las migraciones en la reproducción demográfica, por otro lado, el aporte de las migraciones para la reproducción del capital y la economía, y por último, la centralidad de las migraciones en la reproducción de la desigualdad social y de clases.

Migración y reproducción demográfica

En el caso de los países de destino (Estados Unidos y Europa principalmente), la migración permite llenar el vacío demográfico que están generando simultáneamente dos fenómenos demográficos, a saber: el descenso de la fecundidad en el marco de la Segunda Transición Demográfica, y el proceso de envejecimiento de la población.

La Segunda Transición Demográfica es un modelo propuesto por van de Kaa (1987), para explicar el impacto de los procesos de individuación de la vida social y familiar sobre la dinámica demográfica en las sociedades europeas de fines del siglo XX. En concreto, se señalan dos tipos de consecuencias demográficas. Por un lado, un cambio en la composición y dinámica de los hogares y familias, y por otro, un continuo descenso en los niveles de natalidad y fecundidad. En el primer caso, el tradicional modelo de familia nuclear ha quedado desfasado, imponiéndose una diversidad de patrones de uniones y de familias (Herrera, 2007). En el segundo caso, los datos son elocuentes. Hacia el 2015 en Europa la tasa global de fecundidad era de sólo 1.56 hijos por mujer, variando entre 1.3 en España y Grecia, y 1.8 en Reino Unido y 2.0 en Francia. Asimismo, en los Estados Unidos la tasa de fecundidad era en 2015 de sólo 1.86 hijos por mujer (Canales, 2018). Se trata de niveles muy por debajo del reemplazo generacional y expresan una radical transformación en el comportamiento y actitud frente a los hijos y la descendencia que se manifiesta en un mayor retardo en la edad al primer hijo, aumento de madres con un solo hijo, e incremento de parejas y de mujeres que no desean tener hijos. Todos estos cambios son expresión de los procesos de individuación y de transformación en los roles femeninos y masculinos, propios de las sociedades postmodernas europeas de fines del siglo XX (Beck, Beck, 2002).

Por su parte, el proceso de envejecimiento es el cambio en la composición y estructura etárea de la población, en donde se pasa de la tradicional forma piramidal a una estructura etárea que adopta la forma de una ojiva con una base en continuo estrechamiento, derivado de la reducción de los nacimientos, y una cúspide que a la vez que se eleva también se ensancha, producto de la reducción de la mortalidad y el incremento en la esperanza de vida de las personas. Los casos de Alemania, España, Italia y los Estados Unidos ilustran esta nueva forma que adopta la estructura etárea de la población (ver gráfico 1).

Fuentes: US Census Bureau, National Population Projections 2014-2060; United Nations. World Population Prospects.

Gráfico 1 Pirámides de Población en Países de Destino Seleccionados. 2019 (miles de personas) 

Estas tendencias derivan en una reducción absoluta y relativa de la población en edades jóvenes, lo que da origen a una situación desfavorable en la relación de dependencia demográfica. Con base en datos y proyecciones de United Nations (2019), estimamos que en países como Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y España en Europa, así como en los Estados Unidos, la población adulta mayor (de 65 años o más) ha pasado de representar menos del 12% de la población en los setenta, a entre 20% y 23% en la actualidad, y se espera que alcance entre 25% y 30% en 2050. Asimismo, el Índice de Envejecimiento se ha casi duplicado en estos países, pasando de una relación de menos de 60 adultos mayores por cada 100 niños en los ochenta, a una relación de casi 150 adultos mayores por cada 100 niños en la actualidad, y se espera que para el 2050, la población adulta mayor más que duplique a la población infantil menor de 15 años.

Este cambio en la estructura etárea de la población genera un importante déficit demográfico en las edades jóvenes, lo que abre un espacio para la inmigración internacional que supliría estos vacíos etáreos que deja el envejecimiento en los países desarrollados. En el caso de los Estados Unidos, por ejemplo, con datos de la Current Population Survey estimamos que entre el 2000 y el 2018 la población blanca no latina de 15 a 49 años se redujo en 13.9 millones de personas. Por el contrario, la población de origen latino (inmigrantes y sus descendientes) en esas mismas edades se incrementó en 12.7 millones de personas, a la vez que las demás minorías lo hicieron en 8.8 millones de personas.

Estos datos ilustran cómo la inmigración ha contribuido a llenar el vacío demográfico que deja la dinámica de sus poblaciones. Sin embargo, este proceso tiene como consecuencia que a mediano y largo plazo se conforme un virtual reemplazo demográfico de la población en esos países, en donde la población nativa deberá compartir sus actuales privilegios de mayoría con las emergentes minorías étnicas y migratorias. No somos los primeros en ver a la migración como un proceso de remplazo demográfico. Ya en 2001, Naciones Unidas utilizaba el concepto migraciones de remplazo la cual la definía como:

la migración internacional que se necesitaría para compensar las disminuciones en el tamaño de la población y las disminuciones en la población en edad de trabajar, así como para compensar el envejecimiento general de una población (United Nations, 2001, p. 7).

Asimismo, Coleman (2006) conceptualiza este mismo fenómeno como la Tercera Transición Demográfica, estimando que de mantenerse las actuales tendencias migratorias y demográficas, hacia el 2050 los inmigrantes representarían 36% de la población en Inglaterra y Gales, 29% en Holanda e Italia, y 24% en Alemania, a los cuales habría que agregar sus descendientes nacidos en los países de destino.

Los datos para Estados Unidos parecen confirmar esta tesis del remplazo demográfico. Desde su independencia hasta 1980, la población blanca no latina representó siempre más del 80% de la población. Sin embargo, ya en 2018 esta primacía se habría reducido a sólo 60%, a la vez que según proyecciones del Buró de Censo de ese país, para el año 2044 los blancos por primera vez dejarían de ser mayoría absoluta, representado sólo 49.7% de la población, la cual se reduciría a sólo 43.6% en 2060 (gráfico 2). Por el contrario, los altos volúmenes de inmigración latinoamericana, junto a su mayor fecundidad, plantean el escenario inverso. Si en 1970 representaban menos del 5% de la población total, ya para el 2018 alcanzaban 19% y se proyecta que para el 2050 representen algo más del 30% del total de la población.

Fuentes: Hobbs, Stoops, 2002; US Population 2000 and 2010; and US Census Bureau. 2014 National Population Projections.

Gráfico 2 Estados Unidos. Población según origen étnico (%) 

Se trata de un cambio demográfico de gran trascendencia que harán que Estados Unidos transite de ser una sociedad históricamente de mayoría blanca, a una sociedad de minorías demográficas (Massey, 2015), situación que ya se manifiesta por ejemplo, en California, en donde de acuerdo a la Current Population Survey, en 2018 los latinos representan 39.2% de la población, superando en volumen a la población blanca, la que sólo alcanza a 37.7% de la población del estado.

Migración, trabajo y reproducción del capital

Este cambio demográfico que afecta a las sociedades desarrolladas se manifiesta en un déficit persistente de mano de obra. Ello es consecuencia de que la insuficiencia estructural de la demografía en estas sociedades que no permite generar los contingentes de trabajadores necesarios para ocupar los puestos de trabajo que la dinámica y crecimiento económico de estas mismas sociedades genera cotidianamente. Frente a este desajuste estructural entre la dinámica demográfica interna y la dinámica económica, la solución ha sido apelar a la inmigración masiva de trabajadores, provenientes en su mayoría de países del Tercer Mundo, donde se vive un régimen demográfico diferente.

En el caso de España, por ejemplo, entre 2000 y 2018 la economía logró generar 3.33 millones de nuevos empleos, ello a pesar del serio impacto de la crisis de los últimos años, que implicó una pérdida de casi 3.8 millones de puestos de trabajo entre 2008 y 2013. Sin embargo, la dinámica demográfica de la población española (sin los inmigrantes), logró generar tan sólo 1.56 millones de nuevos trabajadores, generándose así un déficit de mano de obra que alcanza los 1.77 millones de personas. Esto es, la economía española aún en un contexto de lento crecimiento del empleo derivado de la crisis económica actual, genera un incremento en la oferta de empleo que es 2.1 veces superior a la capacidad de crecimiento demográfico de su población activa.

Por su parte, en el caso de los Estados Unidos la situación es muy similar. En el mismo periodo la dinámica de crecimiento de su economía logró generar 20.3 millones de nuevos empleos, y ello a pesar de la pérdida de 7.5 millones de empleos entre 2007 y 2010 a causa de la crisis económica de esos años. Sin embargo, la dinámica demográfica de su población nativa no latina apenas pudo generar una oferta de fuerza de trabajo de 3.7 millones de personas. En este caso, el déficit de mano de obra supera en 5.5 veces la capacidad demográfica de su población nativa. Este desequilibrio entre la oferta de empleos y la oferta de fuerza de trabajo se manifiesta en un déficit permanente y estructural de mano de obra que ha debido ser subsanada por el aporte de la inmigración laboral proveniente de países de Latinoamérica, quienes han contribuido a cubrir más de un tercio de este déficit laboral, que se suma a otro tercio que es aportado por sus descendientes nacidos en Estados Unidos.

Fuentes: INE, España, Encuesta de Población Activa, 2000 y 2018; US Bureau of Census, Current Population Survey, March Supplement, 2000 y 2018.

Gráfico 3 España y Estados Unidos, 2000-2018. Estimación del Déficit Laboral (millones de personas) 

La contribución de la migración laboral a la reproducción del capital en las economías desarrolladas podemos medirla también a través de su aporte a la actividad productiva y al crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB). En el caso de Estados Unidos, por ejemplo, entre 2000 y 2018 el PIB creció en 4 mil millones de dólares, lo que representa un 36% acumulado para todo el periodo. Sin embargo, solo 36.7% de este crecimiento fue proporcionado por la mano de obra blanca no latina, a pesar de que representan 61% del empleo total en 2018. En cambio, los latinos (inmigrantes y nativos) contribuyeron con 29% del crecimiento del PIB aunque solo representan 16% de la población ocupada en 2018. Asimismo, los inmigrantes provenientes de otras regiones del mundo generaron 18% del crecimiento económico, aun cuando sólo representan 9.7% de la población ocupada.

Cuadro 1 Estados Unidos, 2000 y 2018. Volumen y Crecimiento del Producto Interno Bruto según Origen Étnico de la Fuerza de Trabajo  

PIB (miles de millones de dólares a precios de 2012) Crecimiento del PIB 2000-2018
2000 2018 Volumen Distr. %
PIB Total 13,569 18,407 4,838 100 %
Blancos no Latinos 9,778 11,536 1,757 36.3 %
Otros No Latinos 1,637 2,435 798 16.5 %
US Latinos 512 1,208 696 14.4 %
Inmigrantes Latinos 705 1,423 718 14.8 %
Otros Inmigrantes 937 1,806 869 18.0 %

Fuentes: Estimaciones propias con base en US Buró del Censo, Current Population Survey, March Supplement, 2000 y 2018; y US Buró de Análisis Económico, Real Value Added by Industry, https://www.bea.gov/industry/gdpbyind-data.

Este aporte al crecimiento económico, puede entenderse también como una estimación del grado de dependencia de las economías de las sociedades avanzadas respecto a la necesaria provisión de mano de obra inmigrante, ante la insuficiencia demográfica que ya se manifiesta en su población nativa.

Estos datos ilustran el grado de dependencia que adquieren las economías desarrolladas respecto a la migración laboral para sostener el crecimiento económico, y por tanto, para la reproducción ampliada del capital. Por un lado, contribuyen directamente a cubrir el déficit de mano de obra que genera su dinámica demográfica; por otro lado, suelen emplearse en sectores que aunque son de baja productividad, no dejan de ser relevantes y fundamentales para mantener la dinámica productiva y el crecimiento económico, aspectos sin duda esenciales para mantener su posición hegemónica y de dominio económico, político y militar a nivel mundial.

iii) Migración y Desigualdad Social y de Clases

En términos de la organización del trabajo, la globalización ha implicado una creciente polarización de la estructura ocupacional junto a una mayor segmentación de los mercados laborales (Sassen, 2007). Esto ha derivado en el incremento de las ocupaciones y actividades laborales ubicadas en los extremos de la estratificación ocupacional. Al respecto, los datos para Estados Unidos nos permiten ilustrar esta tesis. Entre el 2000 y 2018, mientras las ocupaciones directamente productivas (manufactura, y similares) perdieron 6.5 millones de empleos, en los niveles más altos de dirección (ejecutivos, profesionales, etcétera) y en los niveles ocupacionales más bajos (trabajos y servicios no calificados), se generaron 18 y 9.0 millones de nuevos puestos de trabajo, respectivamente3.

Este crecimiento de los extremos ocupacionales parece estar directamente vinculados entre sí. La expansión de las ocupaciones en la cúspide de la estructura ocupacional, junto a su alto nivel de poder adquisitivo, genera una mayor demanda de trabajo en servicios y personales, tanto cualificados (diseñadores de interiores, servicios profesionales diversos, redes de comunicaciones y transportes, entre otros), como de baja calificación (servicios personales, sociales y del cuidado). En ambos casos, se trata de trabajos orientados a la sustentación de los patrones de vida y consumo de estos nuevos profesionales y ejecutivos que genera la economía de la información.

Esta polarización de las ocupaciones es la base para la consolidación de las nuevas formas que asume la estratificación socio-ocupacional y en donde la condición étnica y migratoria adquiere cada vez un rol más preponderante. Al respecto, diversos estudios documentan el creciente papel de los inmigrantes en diversas actividades económicas orientadas a la reproducción social y cotidiana de la población nativa, particularmente la de los estratos sociales medios y altos. Se trata de diversas ocupaciones en lo que se ha llamado como servicios de proximidad o servicios para la reproducción de la vida cotidiana (Parella, 2003). El caso más paradigmático es el del servicio doméstico, pero no es el único. Junto a él, podemos señalar la configuración de un sistema de maternidad transnacional, el cual puede extenderse también a la llamada transnacionalización de la industria del cuidado (Ehrenteich, Hochschild, 2004). Se trata de un conjunto de actividades y ocupaciones orientadas al cuidado de personas enfermas, niños y adultos mayores, preparación de alimentos, limpieza y mantenimiento, entre otras, y que crecientemente están siendo llenadas por trabajadores y trabajadoras migrantes.

La mercantilización del servicio doméstico no es algo nuevo en la sociedad capitalista, lo novedoso en la situación actual es que en los países desarrollados la masiva demanda por este tipo de trabajadoras se da en el contexto de los cambios sociales y demográficos que ya hemos señalado. El envejecimiento demográfico, la inserción masiva de la mujer al mercado de trabajo, los cambios en la formación y estructura de los hogares, la reducción de la fecundidad, entre otros, impulsan una demanda creciente por trabajadoras que se dediquen a esas labores. Esta situación abre un nicho laboral para que migrantes provenientes de países periféricos se incorporen a este tipo de mercados de trabajo realizando las tareas más arduas del hogar, como la limpieza, el mantenimiento y el cuidado de personas, entre otras. Este proceso configura una forma emergente de división social del trabajo, que se sustenta en una forma de “trasvase de desigualdades de clase y etnia” (Parella, 2003, p. 15). En efecto, la emancipación de las mujeres nativas de los países desarrollados, quienes se habrían liberado de las antiguas cadenas que las ataban a las tareas del hogar y los ámbitos de la reproducción, en realidad han transferido esas condiciones de subordinación y vulnerabilidad hacia las mujeres inmigrantes que requieren de esos ingresos para su propia reproducción social, y que se ven obligadas a desatender sus propias cargas y responsabilidades reproductivas de sus familias que se han quedado en sus países de origen. En este contexto, no es de extrañar que surja un proceso de etnoestratificación (Catarino, Oso, 2000) o de racialización de los servicios reproductivos (Hondagneu-Sotelo, 2007).

Al respecto, los datos para Estados Unidos nos permiten ilustrar estos procesos de racialización de las ocupaciones. Como se observa en la gráfica 4, mientras en las ocupaciones de los niveles altos de la jerarquía ocupacional (directivos, profesionales, ejecutivos) predomina la participación de trabajadores blancos no latinos (68%), en las ocupaciones de los estratos inferiores (servicio doméstico, cuidado de personas, limpieza y mantenimiento, preparación de alimentos, entre otras) la participación de este grupo demográfico cae a sólo el 48%. Por el contrario, las minorías demográficas muestran una inserción laboral opuesta. Destaca el caso de los trabajadores de origen latino (inmigrantes de primera y segundas generaciones), quienes aun cuando constituyen el 16% de la fuerza de trabajo, representan 38% de los trabajadores de la construcción, y 24% de los trabajadores en servicios personales y en actividades de la reproducción social de la población nativa. De esta forma, la polarización ocupacional en el caso de los Estados Unidos, adopta la forma de una diferenciación racializada, estableciéndose segmentos ocupacionales diferenciados para cada grupo demográfico según su condición étnica y migratoria.

Esta racialización de las ocupaciones tiene a su vez su correlato en la forma que asume la desigualdad social y la distribución del ingreso en los Estados Unidos. Mientras en el estrato más alto de ingresos, los blancos representan 72% de la población, lo latinos sólo son 7%. Por el contrario, en los estratos de menos ingresos la población de origen blanco apenas representa el 42% de la población pobre y el 47% de la población en situación vulnerable. En cambio, los latinos y otras minorías étnicas (afroamericanos, principalmente), representan 51% de la población en situación de pobreza y 47% de la población en situación de vulnerabilidad económica.

Fuentes: US Census Bureau, Current Population Survey, ASEC March Supplement 2016.

Gráfico 4 Estados Unidos, 2018, Composición por origen étnico de la estructura ocupacional y la estructura de clases 

Estos datos ilustran la forma racializada de la desigualdad social en los Estados Unidos, en donde la condición étnica y migratoria tiende a ser un factor esencial para determinar la posición social y económica de los individuos en la estructura de clases y en la distribución del ingreso.

Las contradicciones del modelo: el malestar con las migraciones

Nuestra tesis sobre la centralidad de las migraciones en la reproducción social, económica y demográfica en las sociedades avanzadas, podemos sintetizarla en el siguiente diagrama.

Figura 1 La Centralidad de las Migraciones en la Reproducción de las Sociedades Avanzadas 

Por un lado, el cambio demográfico que experimentan las sociedades avanzadas, expresado en el envejecimiento de la población y el descenso de la fecundidad muy por debajo de los niveles de remplazo generacional, genera déficits persistentes de población, que se expresan ya como un desajuste estructural entre la capacidad de la demografía para generar la población trabajadora que demanda la dinámica económica. Esto se manifiesta como un déficit crónico de fuerza de trabajo el cual es cubierto por la inmigración desde países del Tercer Mundo, donde la dinámica de la población aún experimenta fases de crecimiento demográfico.

En este sentido, la migración se complementa tanto el cambio demográfico supliendo los déficits de población activa, como con el cambio económico, contribuyendo con fuerza de trabajo para la reproducción del capital, así como con el cambio social y cultural, sustentando los procesos de individuación, nuevos estilos de vida y patrones de consumo propios de sociedades liquidas, todo lo cual se corresponden en realidad, con la consolidación de nuevas formas de la desigualdad social y de la estructura de clases en las sociedades avanzadas.

Esta centralidad de la migración en la reproducción social de las sociedades avanzadas, no está exenta, sin embargo, de una serie de contradicciones, tensiones o dilemas sociales, demográficos y económicos. En el caso de los Estados Unidos y Europa, los mismos beneficios que este régimen demográfico genera, al dar sustentabilidad demográfica a su reproducción social y económica, tienen su propia contradicción, que se manifiesta en la magnitud del cambio en la composición de la población que este régimen de reproducción demográfica genera en esas mismas sociedades. Si por un lado la inmigración permite compensar los vacíos demográficos y laborales que deja el envejecimiento de la población, también es, por otro lado, la base de la transformación demográfica de estas sociedades.

En el contexto actual de envejecimiento demográfico y reducción de la natalidad y fecundidad en los países centrales, lo que está en cuestión es la misma capacidad de reproducción demográfica de sus poblaciones. Es su incapacidad para sustentar su propio remplazo poblacional lo que hace las migraciones adquieran un nuevo carácter, e impliquen a mediano y largo plazo, un proceso de remplazo étnico-demográfico de gran magnitud. En el caso de Estados Unidos, por ejemplo, Massey (2015) refiere a este proceso de remplazo, como la transición de una sociedad de mayoría blanca a una sociedad de minorías demográficas. En el mismo tenor, Coleman (2006) refiere a este proceso como una Tercera Transición Demográfica, señalando con ello la magnitud y trascendencia histórica de estos procesos demográficos y sociales.

De esta forma, el dilema actual que enfrentan los países desarrollados es que para reproducirse económica y socialmente, necesitan transformarse demográficamente. El problema de ello, es que no se trata de una transformación demográfica cualquiera, sino de una que conlleva el cuestionamiento y erosión de las bases que sustentan las actuales hegemonías demográficas que se quieren reproducir (de clase, étnicas, generacionales, entre otras). En este marco, podemos entender la profundidad y trascendencia histórica del dilema que enfrentan actualmente los países del Primer Mundo, a saber:

  • O bien se asegura el proceso de reproducción social y económica con base en la adopción de una política de apertura y tolerancia a la inmigración, pero que conlleva, sin embargo, una profunda transformación étnico y cultural de su población,

  • O bien se adopta una política radical de control y freno a la inmigración masiva, pero a riesgo de entrar en un proceso de insustentabilidad demográfica que pondría en riesgo no sólo la estabilidad poblacional, sino también la estabilidad económica y social de esos países.

Se trata de un dilema de naturaleza demográfica pero que tiene decisivas implicaciones económicas, sociales y políticas. Su importancia radica en los impactos que tendría una reducción de la población activa sobre el desarrollo de las fuerzas productivas y económicas de los países centrales. En otras palabras, de no mantenerse esta inmigración y transformación étnica de la población, la misma economía, junto con la demografía de esos países, se verían seriamente comprometidas.

Esta es a nuestro entender, la base estructural que explica el creciente Malestar con las Migraciones en los países centrales. No es sólo que la inmigración se constituya como un amplio contingente demográfico de extraños, con valores, identidades, culturas e idiosincrasias que se consideran ajenos y que atentan contra los principios y valores culturales de las tradicionales mayorías demográficas que desde siempre han prevalecido en las sociedades europeas y desarrolladas.

Es en realidad el temor a este remplazo étnico-demográfico que parece acompañar a las migraciones contemporáneas. Es el riesgo a sentirse desplazados por estos nuevos ciudadanos del mundo global, que aunque provienen desde sus patios interiores e inferiores, su mera presencia plantea un riesgo que la demografía de los países desarrollados ya no parece ser capaz de enfrentar con mediano éxito, al menos no a mediano y largo plazo.

Frente a ello, surgen diversas manifestaciones de rechazo y estigmatización del inmigrante, ese extraño propio de esta era postmoderna y global. Así por ejemplo, se le enfrenta reforzando posiciones racistas y discriminatorias que sustenten diversos mecanismos de etnoestratificación y de racialización de la desigualdad social. Como dice Ricciardi (2017), el racismo actualmente no representa tanto una forma de exclusión del otro, del extraño, como una forma de vulneración de su existencia social, económica y cultural. No es que no haya voces que planteen un racismo a la vieja usanza de exclusión y expulsión, cuando no, la aniquilación de los otros, considerados seres inferiores, sino que esa estrategia de racialización de la sociedad ya no es eficiente ni eficaz, pues implicaría poner en riesgo la misma capacidad de reproducción social de las clases dominantes.

El racismo contemporáneo debe enfrentar el hecho irrefutable de la dependencia social y económica respecto a estos extraños, a los inmigrantes. Por lo mismo, no es su exclusión, su expulsión del paraíso de la postmodernidad, sino su inclusión subordinada y precarizada, racializada lo que parece ser la estrategia más viable. Pero en ello lleva su propia penitencia, que es el tener que aceptar no sólo la presencia de los inmigrantes, de estos extraños de la postmodernidad, sino aceptar el riesgo que ello implica, el riesgo en términos de remplazo étnico-demográfico que cual espada de Damocles pende sobre las sociedades desarrolladas.

Este malestar con las migraciones se refuerza además con posiciones clasistas frente a los inmigrantes. Es un malestar de clase, al menos en un doble sentido. Por un lado, porque es el rechazo a la situación de dependencia estructural respecto a la inmigración, que caracteriza actualmente la reproducción social de las clases hegemónicas en las sociedades desarrolladas. Por otro lado, porque no es un malestar de la sociedad así en general y abstracto, sino que es el malestar de sus clases hegemónicas frente a los inmigrantes.

Asimismo, este malestar se fortalece también desde la economía política de la reproducción de las sociedades desarrolladas en esta era de postmodernidad y globalización. Es el malestar frente a la dependencia económica respecto a la provisión de fuerza de trabajo migrante. Es el malestar frente al dilema económico y social que plantea la reproducción y acumulación del capital en la actualidad en estas sociedades. Por un lado, requiere de amplios contingentes de fuerza de trabajo para su explotación y extracción de valor (trabajo) y su capitalización. Pero por otro lado, esta fuerza de trabajo no existe en abstracto, sino que bajo la forma de personas, de inmigrantes de carne y hueso, con derechos sociales, humanos, económicos y laborales. Aquí es donde retumba con más fuerza la aguda visión del escritor suizo Max Frisch, quien señalaba precisamente, cómo los migrantes nos enfrentan a nuestra propia contradicción, a un dilema sin salida en esta sociedad postmoderna. Los queremos como fuerza de trabajo, dócil y flexible, que puedan acomodarse y ajustarse a nuestras necesidades líquidas y cambiantes, cuya única constante es su fluidez permanente. Pero esa fuerza de trabajo viene en formato de personas con derechos y necesidades, en forma de extraños a los que no puedo asimilar, porque son eso, extraños, pero tampoco ya puedo expulsar, porque nos son completamente necesarios. Entonces surge este malestar, esta incomodidad cotidiana frente a ellos, a los extraños, a los migrantes, a los aliens.

Hay sencillamente demasiados: no en los solares en construcción, ni en las fábricas, ni tampoco en las cuadras ni en la cocina, sino fuera de hora. Especialmente el domingo hay inesperadamente demasiados (Max Frisch, Foreignization 1, citado en Bauman, 2001, p. 39).

Es decir, son demasiado pocos cuando se trata de estar dentro de las horas de trabajo, que es cuando los necesitamos, pero son demasiado muchos cuando se trata de estar fuera de esas horas, a deshora, que son nuestras horas de ocio, de reproducción, de constitución cotidiana de nuestras formas culturales e identitarias, cuando somos nosotros mismos, y no meras formas del capital capitalizándose, cuando somos concreción material y simbólica de nuestra existencia, y no una abstracción en un proceso de extracción de valor y plusvalía.

Este dilema es la base del malestar frente a las migraciones. Entre que son demasiado pocos y son demasiado muchos, entre que los necesitamos pero no los queremos, entre que ya no hay espacios ni para la asimilación ni para su expulsión, sólo para su constitución como extraños, como otros, como migrantes, como aliens. El dilema en la sociedad postmoderna, líquida y global no es ya cómo librarse de los migrantes y de su extrañeidad, sino “cómo vivir con la alteridad cotidiana y permanentemente” que impone su presencia (Bauman, 2001, p. 42).

El problema para las clases y grupos sociales dominantes, es que la migración y los inmigrantes no son figuras marginales o excepcionales, como a menudo son tratadas, sino que constituyen un componente central en la constitución social y política de las sociedades desarrolladas y globales. Los migrantes son útiles y necesarios a esta postmodernidad, pero lo son en su calidad de extraños. Es esta terrible maldición de la era postmoderna, de necesitarlos pero no desearlos lo que da origen al Malestar frente a las Migraciones.

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1 El caso más reciente, es la autoexclusión de los Estados Unidos, seguida de otros países europeos, de la firma del Pacto Global de las Migraciones impulsado por la Organización Internacional de las Migraciones y las Naciones Unidas.

2 Para una crítica del nacionalismo metodológico presente en las perspectivas de análisis hegemónicas de las migraciones, véase la amplia literatura desarrollada en torno a la tesis del Transnacionalismo y el papel de las migraciones en la configuración de campos transnacionales de interacción y reproducción de las comunidades, familias y sujetos migrantes (Glick-Schiller, Bash, Szanton-Blanc, 1992). Se trata de una perspectiva que pone el acento no en la separación que implica la ausencia y distanciamiento geográfico, sino en la multiplicidad de redes sociales y familiares a través de las cuales se mantiene, reproducen y fortalecen los vínculos familiares y comunitarios, traspasando fronteras nacionales y geográficas (Levitt, de la Deehesa, 2017). Con las migraciones se activan y consolidan un complejo sistema de redes sociales, familiares y comunitarias, que permiten expandir y desterritorializar las relaciones económicas, demográficas y culturales, y a través de las cuales se configura un complejo sistema de circulación de gente, dinero, bienes, información, comunicación, sistemas de poder y decisiones, que articulan e integran la vida cotidiana de los asentamientos de los migrantes en los lugares de destino como sus familias y comunidades de origen.

3 Situación similar documenta Canales (2018) para el caso de España, y otros países europeos.

Recibido: 29 de Junio de 2019; Aprobado: 16 de Septiembre de 2019

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