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REMHU: Revista Interdisciplinar da Mobilidade Humana

Print version ISSN 1980-8585On-line version ISSN 2237-9843

REMHU, Rev. Interdiscip. Mobil. Hum. vol.28 no.60 Brasília Sept./Dec. 2020  Epub Dec 09, 2020

http://dx.doi.org/10.1590/1980-85852503880006007 

Dossiê: "Luchas migrantes y políticas migratorias mesoamericanas"

La migración centroamericana a los Estados Unidos en tiempos del COVID-19

Central American-US Migration in the Time of COVID-19

*Investigador asociado de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”. San Salvador, El Salvador. E-mail: jlrochag@yahoo.com.


Resumen

La pandemia del COVID-19 y las medidas para enfrentarla han trastocado innumerables procesos sociales. La migración hacia los Estados Unidos está lejos de ser la excepción. Después de aportar cifras que apoyan la hipótesis del descenso del flujo migratorio hacia los Estados Unidos en 2020 debido al temor al coronavirus y a una contracción del mercado laboral, este texto compara la situación de los migrantes centroamericanos en dos ubicaciones: los suburbios de Virginia y la ciudad de Los Angeles. Cuatro centroamericanos proporcionan información fresca sobre cómo están lidiando con las restricciones impuestas por los diferentes niveles del Estado y la reducción de las oportunidades de empleo. Sus declaraciones permiten identificar algunos factores de elevada influencia en un incremento de riesgos y daños en la ciudad de Los Angeles: densidad poblacional, desacuerdos entre las autoridades estatales y un estilo de vida de intensa socialización típico de una megalópolis. Por esta razón el impacto del COVID-19 en los lugares aquí mencionados es una historia de dos ciudades con fuertes contrastes. Quedan muchas preguntas para seguir investigando. Este texto ante todo muestra un retrato de cómo los asuntos relacionados con la pandemia son enfrentados por los migrantes en la vida cotidiana, según sus propias palabras.

Palabras clave migración a los Estados Unido; centroamericanos; desigualdad; COVID-19

Abstract

The COVID-19 pandemic and the measures put in place to confront it have disrupted countless social processes. Immigration to the United States is far from being the exception. After providing data supporting the hypothesis that there was a decrease in the flow of immigration to the United States in 2020 due to fear of the coronavirus and a contraction of the labor market, this paper compares the situation of Central American migrants in two settlements: Virginia suburbs and Los Angeles city. Four Central Americans provide fresh information on how they are coping with the restrictions imposed by different levels of the State, and the reduction of employment opportunities. Their statements allow us to identify some factors of high influence in the increase of risks and damages in Los Angeles city: population density, disagreements between State authorities, and a megalopolis lifestyle of intense socialization. That is why the impact of COVID-19 in the places mentioned is a tale of two cities with strong contrasts. Many questions remain for further inquiry. This paper mainly shows a portrait of how the issues related to the pandemic are faced by immigrants in everyday life, in their own words.

Keywords Migration to the United States; Central Americans; Inequality; COVID-19

La pandemia de COVID-19 ha dado la vuelta al planeta y trastornado nuestras vidas. La globalización de dinámicas socioeconómicas ha sido sometida a un frenazo paralizante. Las líneas aéreas suspendieron sus vuelos, el turismo se desplomó, los cuentahabientes solo pueden entrar a las sucursales bancarias a cuenta gotas y los productos importados son cada día menos visibles. El capitalismo no está en coma como algunos quisieran y pregonan, pero sí cojea y a ratos se arrastra. La movilidad poblacional no escapa a la ralentización de los procesos. Pero sí es afectada severamente. Hace más de una década el historiador británico Eric Hobsbawm (2013, p. 34) evidenció la simultaneidad de epidemias y migración cuando dijo que “junto con los miles de millones de viajeros, también las epidemias viajan por todas partes; desde el sida a la xenofobia”. Qué tanto y cómo están siendo afectadas las vidas de los migrantes centroamericanos que buscan el “sueño americano” son las preguntas que intentaré responder con ayuda de las estadísticas disponibles y de las experiencias de algunos migrantes centroamericanos que llevan más de una década viviendo en Estados Unidos.

Conversé con dos salvadoreños, un guatemalteco y un hondureño a quienes conozco desde que en 2014 hice un prolongado trabajo de campo entre migrantes o, como en el caso de Carlos Portillo, desde mucho antes, cuando trabajé con desplazados de guerra en El Salvador. Ofrecen algunos puntos de vista desde oteaderos ubicados en dos extremos de Estados Unidos: unos viven en Virginia y otros en Los Angeles. Dos de ellos ya regularizaron su situación migratoria y dos permanecen sin autorización.

Las entrevistas fueron realizadas entre el 4 de junio y el 10 de agosto de 2020 para rastrear una trayectoria mínimamente longitudinal en dos meses que fueron de gran afectación del COVID-19 en los Estados Unidos y que abarcaron la aplicación de medidas restrictivas, su relajamiento y su ulterior reimplantación. La elección de los entrevistados buscaba la posibilidad de una comparación entre dos zonas muy diversas para evitar la falacia de la media tabla (es decir, para distinguir entre lo particular y lo generalizable) y para explorar los efectos de la heterogeneidad estatal en un sistema político donde la existencia de distintos niveles de poder tiene un peso considerable.

Las entrevistas fueron realizadas en largas sesiones de conversación por WhatsApp y un ulterior intercambio de mensajes en el que los migrantes, teniendo en cuenta mi foco de interés, me iban suministrando, como una especie de colaboradores de la investigación, la información que daba cuenta de cómo iba evolucionando el enfrentamiento de la pandemia en sus zonas de residencia y trabajo. Debido a las dificultades de hacer investigación en esas circunstancias, la posibilidad de obtener testimonios francos y amplios descansó sobre la confianza construida en anteriores investigaciones, en 2014 y 2017, donde sí hubo una oportunidad de relación directa e incluso de que dos de ellos me incluyeran como trabajador en las pequeñas empresas que dirigen. La elección estuvo, por tanto, guiada por ese criterio de tener una relación previa y por mi conocimiento detallado de las condiciones en que su vida cotidiana se desenvuelve.

Antes de pasar revista a sus experiencias, importa mucho conocer las dimensiones del movimiento migratorio de sur a norte desde que la pandemia fue reconocida como un hecho. Sabemos de caravanas de migrantes del istmo que se han realizado en plena pandemia. Pero sabemos también que la gente que viaja en ellas nunca ha representado más que una mínima porción del total de centroamericanos que emprenden el viaje a los Estados Unidos. Veamos si ese volumen total ha sido afectado y en qué medida.

¿Qué dicen los números de “la migra” mexicana?

Los medios para medir el flujo migratorio no autorizado son muy falibles. Ante un movimiento poblacional masivo y escurridizo, recurrimos a formas de cálculo indirectas. Un indicador - in duda cuestionable pero bastante elocuente- es el de los eventos de detenidos por las autoridades migratorias, es decir, la cantidad de veces que se realizan aprehensiones. Partiendo del supuesto de que la eficacia de los agentes es constante -y no siempre lo es porque los presupuestos y el número de patrulleros pueden variar-, lanzamos la hipótesis de que las detenciones nos dan una idea del volumen de la migración.

En ese rubro “la migra” mexicana, según las estadísticas del portal de Gobierno de México (2019, 2020), registró un llamativo descenso en el primer semestre de 2020. Comparadas con las que logró en el mismo período de 2019, hubo un decremento del 64 % en el total de detenciones. Como los centroamericanos capturados representan el 84 % de ese universo, las cifras para ese grupo específico es casi la misma. Las 91,082 detenciones de centroamericanos de enero a junio de 2019 descendieron a 34,128 en el lapso gemelo de 2020. La afectación por países es desigual. Nicaragua decreció en un 70 % y Guatemala en un 57 %. Esos son los dos extremos. Basados en esas cifras, podemos lanzar la hipótesis de que el flujo migratorio de centroamericanos pudo disminuir a un tercio del que solía tener.

Un dato interesante que abona a nuestra suposición de que estos números hablan de un descenso creciente del flujo migratorio es el hecho de que no haya solamente una mengua en la sumatoria semestral, sino también un descenso gradual mes a mes: en enero hubo 12,447 eventos de centroamericanos detenidos, en febrero y marzo bajaron a poco más de siete mil, en abril a 2,533 y en mayo a 1,874. En junio hubo un ligero aumento a 2,033, un repunte que quizá nos hable de relajamiento en el pánico hacia la pandemia. Solo su ubicación en perspectiva de mediano plazo nos dejará claro si señala una tendencia y lo que esta significa. En todo caso, esa cifra es insignificante comparada con las 21,687 detenciones en junio de 2019.

¿Qué dicen las cifras de “la migra” gringa?

Para complementar el análisis podemos comparar esas estadísticas con las del U.S. Customs and Border Protection (2019, 2020), según cuyos récords el total de las aprehensiones de enero a julio de 2020 en la frontera sur fueron solo el 33% de las de ese mismo período en 2019: bajaron de 678,212 a 221,663. En esa frontera también se percibe el descenso gradual que discurre a contrapelo de la tendencia de 2019 y de años anteriores. En 2020 las capturas de migrantes sumaron 36,581 en enero y van descendiendo hasta las 23,197 de mayo, con repuntes en junio y julio: 32,935 y 40,746, volumen que apenas alcanza un tercio y la mitad de las detenciones de los mismos meses en 2019.

En contraste con la tendencia al descenso de 2020, en 2019 -a medida que el invierno remitía y mientras no se implantaba el sol inclemente del verano- las migraciones quizá aumentaron y probablemente el número de las aprehensiones refleja sus saltos incrementales: 58,317 en enero, 76,545 en febrero, 103,731 en marzo, 109,415 en abril y 144, 416 en mayo. A partir de junio hubo un descenso debido a las adversas condiciones climáticas para atravesar el desierto.

La tendencia decreciente también se registró en la cantidad de capturados que viajaban en unidades familiares y en la de menores no acompañados detenidos. Los primeros bajaron de 5,161 a 716 entre enero y abril. Los segundos empezaron el año con 2,680 y decrecieron hasta llegar a 712 en abril de 2020. En ambos casos hubo ascensos en los siguientes tres meses. Aun así, en el mes de julio de 2020 fueron contabilizadas veinte veces menos capturas de migrantes viajando en unidades familiares que en el mismo mes en 2019.

Quizá las cifras de quienes se presentaron por su propia voluntad ante las oficinas de migración para solicitar asilo sean más representativas del flujo migratorio porque sus oscilaciones no dependen de la eficacia e incorruptibilidad de los patrulleros, sino de los que viajaron con el preconcebido propósito de pedir asilo. El número de los que se presentaron y viajaban en unidades familiares se desplomó de 3,037 en enero a solo 61 en julio. Y el de los menores no acompañados, que empezó con 396 en enero, había descendido hasta llegar a 87 en julio, es decir, menos de un tercio de su tamaño en 2019. Si comparamos abril, el mes con menos solicitantes, tenemos 385 en 2019 y 29 en 2020. Esta reducción se debe al voluminoso número de rechazos de las solicitudes, consecuencia de una política de la administración Trump que recibió el respaldo de la Suprema Corte (Barnes, Miroff, 2020).

La comparación nos deja como resultado que dos entidades migratorias de muy disímil dotación y cultura institucional coinciden en la reducción a un tercio de las detenciones, en su descenso gradual en los primeros meses del año y en un repunte a mediados de 2020 que está lejos de alcanzar los niveles del 2019. La pandemia parece haber menguado sustancialmente las migraciones. Si así fuera, aunque es poco probable que se trate de un giro que marque una nueva tendencia -sobre todo si tenemos en cuenta el posible aumento de migrantes en los últimos meses-, sin duda es una mengua sustancial. Las gélidas cifras posiblemente oculten proyectos truncados o diferidos de reunificación familiar y otras tragedias. Esconden también una verdad controvertida: el pánico y las políticas que restringieron la movilidad en los últimos meses pueden haber tenido mayor fuerza de contención que el inmenso abanico de políticas diseñado explícita y directamente para poner freno a la migración, desde las disuasorias hasta las más dracon ianas.

Otras razones para no migrar: desempleo y justicia retributiva

Los migrantes asentados han protagonizado otro tipo de drama. Se han enfrentado a una igualdad de trato en una especie de estado de excepción: las medidas restrictivas han sido parejas para nativos, residentes legales y extranjeros no autorizados. En un país donde todos son tratados como segregados y privados de algunos derechos básicos, parece que nadie está segregado. Pero cuando los desiguales reciben el mismo trato, el impacto no es el mismo. Por eso merece mucha atención el hecho de que, según datos del mes de mayo del Labor Council for Latin American Advancement (2020), los latinos son el segundo grupo con la mayor tasa de muertes por COVID-19: 259 por cada 100 mil habitantes, solo debajo de los 265 por cada 100 mil de los afroamericanos. Los latinos representan el 29 % de la población, pero han padecido el 34 % de las muertes atribuidas a COVID-19. Según Ed Morales (2020), la afectación también es económica: el 40 % de los latinos, versus el 27 % del total de estadounidenses, experimentan reducción de salario, y el 29 % han perdido sus puestos de trabajo, en contraste con el 20 % de la población en general.

El Pew Research Center, mediante una encuesta nacional, encontró que, en medio de la severa contracción económica, los latinos han sido más afectados que otros grupos étnicos. En junio de 2020, la tasa de desempleo total era de 14.4 %. Pero entre los latinos era de 18.5 %. Esa brecha ha sido una constante. La última gran recesión -de 2008 y 2009- dejó como sedimento una tasa de 10.6 % para la población en general y de 14 % para los latinos. El promedio actual de desempleo, que alcanza un pico histórico, esconde que entre los latinos los más afectados son los hombres, con una tasa de 20.5 %, según Jens Manuel Krogstad,y Mark Hugo López del Pew Research Center (2020). En una pequeña muestra de investigaciones anteriores, noté que los empleos masculinos eran muy inestables por su informalidad o por ser contratos que dependen de temporadas y de extensos desplazamientos. No obstante, también muchas mujeres tienen ocupaciones en ramas económicas muy afectadas. Puede que las que trabajan como niñeras para el Estado hayan conseguido mantener sus ingresos, pero las meseras, cocineras y afanadoras han sido muy golpeadas por la crisis. Este es un tema que requiere más atención.

Lo cierto es que la pandemia y la forma en que ha afectado a Estados Unidos han hecho de este país un destino menos atractivo para la migración. Ha perdido las condiciones económicas que imantaban la inmigración. Si esto no fuera suficiente, en un contexto de escasa solidaridad por el sistema de valores que apuesta mucho por una justicia retributiva, los latinos afectados por los viejos problemas y el nuevo pueden preferir disfrutar de la proverbial e inagotable solidaridad de la familia extendida. La migración puede haber disminuido no solo por las políticas referentes a la movilidad y el temor a un posible contagio durante un viaje largo que expone a múltiples contactos con desconocidos, sino también porque en tiempos de debacle generalizada no conviene cambiar la mala situación en el terruño propio por un más que probable desempleo en tierra ajena, y menos en una donde no habrá piedad con los menesterosos.

Los migrantes que ya están dentro: Virginia

La situación de algunos migrantes parece distar de lo que dicen las cifras del Pew Research Center. Reynel Claros, hondureño con casi dos décadas de vivir indocumentado en Virginia, trabaja arreglando jardines. Tiene su propia empresa de landscaping y se afianza firme sobre una clientela consolidada por años de impecable servicio. Su opinión sobre la pandemia contrasta con el pánico tan extendido:

Aquí no hemos parado -me explica-. El landscaping y la construcción no se detienen. Los restaurantes y los hoteles son los que han cerrado. Pero a mí no me falta la chamba. Si cae un nuevo cliente, tengo que hacerme la prueba, porque los resultados son válidos por una semana. Las pruebas son gratuitas si las hace el gobierno, pero las entrega en siete días. Y a veces la gente no puede esperar. Las pruebas privadas cuestan como 160 dólares, creo, pero las entregan el mismo día.

Indago un poco más porque su desaprensión me parece insólita. ¿Qué afectaciones hay en su vida? “Como yo participo mucho en grupos de iglesia, antes con los jóvenes y ahora con los matrimonios, a mí lo que más me tocó fue el cierre de las iglesias. Cerraron por varios meses, pero ya están de nuevo abiertas. Eso sí: con mucho cuidado. Con tapabocas y distanciamiento.” ¿Conoce enfermos, sabe de muertos? “Nadie de mi familia. Muertos… no sé de ninguno. He sabido de algunos colegas que han tenido síntomas y después se les quitaron. Como eran jóvenes, no pasó a más. Lo grave es que el virus pase a los pulmones. Si se combate a tiempo, no hay problema: es como otra gripe.”

Carlos Portillo es un salvadoreño también con muchos años de vivir en Virginia. Ahí conoció a la que ahora es su esposa, hija de salvadoreños inmigrantes indocumentados como él, pero nacida en suelo estadounidense y por eso ciudadana. Carlos consiguió la residencia hace pocos años, con lo cual pudo impulsar aún más la empresa de reparaciones y acabados de interiores que ya había fundado en sociedad con un paisano. Los dos socios guanacos lideran a quince empleados de diversas nacionalidades. Su triple función de propietario, gerente y trabajador es absorbente: “Yo salgo a las seis de la mañana, regreso a las seis o siete de la tarde, y entonces es cuando tengo que organizar el día siguiente y eso me toma otras dos horas y media… o sea que me estoy desocupando a las nueve.” Carlos tampoco ha padecido el desempleo: “Esto del virus gracias a Dios laboralmente a mí no me paró. No me ha parado en nada. Absolutamente en nada. He salido todos los días a trabajar. Solo los fines de semana me quedaba en casa con la familia.”

Sin embargo, a Carlos se le complicó el manejo de su negocio:

Nos cancelaron algunos proyectos que teníamos planeados porque implicaban entrar en los apartamentos habitados. Todo lo que tenía que ver con eso se cerró. Hubo una pequeña escasez de trabajo, pero de ahí en adelante hemos tenido siempre. Como hay emergencias… Imagínese: si empiezan los goteos en el techo, hay que entrar, siempre hay que entrar porque es una emergencia. Y como, gracias a Dios, nosotros nos hemos extendido a la reparación de techos, siempre tenemos trabajo. Hubo un momento incómodo. Fue cuando dijeron que no querían gente en la calle. Eso nos dio un poquito de temor. Entonces hicimos una carta donde decía que el trabajo que íbamos a hacer era de emergencia y que lo estaba solicitando una de estas compañías: Avalon, Equity… todas esas compañías a las que les trabajamos y con eso ya la gente salía con un poquito más de confianza. Y hasta ahorita todavía cargamos con esa orden de trabajo. Y es que todo es una emergencia, como dicen. Así es como nos mantenemos siempre trabajando.

Lo que sí se nos complicó fueron los requisitos para ser contratados. Nosotros siempre trabajamos para empresas más grandes y nos exigen bastante para poder trabajar. Sobre todo algunas compañías con las que trabajamos nos piden tener todas las medidas de seguridad. Avalon, que es la compañía más grande que nos da trabajo, es la más exigente. Requiere, por ejemplo, que andemos siempre con la máscara puesta. Y que si vamos a entrar nos pongamos el cobertor de zapatos, los guantes y nos lavemos seguido. Esa es la política que la compañía ha tirado… ya en la práctica hasta a ellos mismos se les olvida lo que hay que hacer. Pero nosotros sí exigimos a los empleados que no se quiten la máscara por ningún motivo, porque, si los supervisores de Avalon quieren, nos corren por cualquier cosa. Por un muchacho negligente que no use la máscara, si lo ve un supervisor de peso va a decir que la compañía tal no usa esto y no le daremos más trabajo. Y ahí sí que nos vamos todos. Piden pruebas de COVID-19, máscara, escanear una cuestión en el teléfono para registrar quién entró a los apartamentos… y todo un proceso. Por eso a nosotros los jefes nos ha tocado ponernos un poquito estrictos con los muchachos. Si alguno presenta cualquier enfermedad, le pedimos que venga con la prueba negativa para que siga trabajando. Si no lo hacemos así, el problema es mucho más serio para nosotros. Si surge algo, nosotros le mostramos a los contratistas el papel con la prueba negativa. Algunos trabajadores se molestan cuando les pedimos las pruebas. Pero hay que pedirlas.

No todas las exigencias han sido de ese nivel. Uno de los empleados perdió a su hermana mayor y a su padre, con pocos días de diferencia, en el momento más candente de la pandemia. Carlos tuvo que acompañarlo en horas terribles en que ese trabajador no pudo ni siquiera despedirse de personas amadas. Como Carlos es un hombre muy religioso, igual que Reynel consigna la veda de culto como uno de los elementos más terribles de las medidas adoptadas para frenar el avance de la epidemia: “Por costumbre, por tradición o por deseo uno va a la misa los domingos… y por meses no pude ni confesarme”.

Los que están dentro en la costa oeste: Los Angeles

Al otro lado del país, en Los Angeles -una de esas ciudades que nunca duermen- vive William Pérez, incansable promotor del grupo del jardín comunitario Dolores Huerta, ubicado en Pico-Union e integrado por jóvenes mayas, predominantemente de la etnia quiché y de San Antonio Sija, aldea de San Francisco el alto, Guatemala. En el gimnasio donde laboraba, William tuvo una experiencia muy distinta de la de Carlos y Reynel:

Tuve que dejar el gimnasio donde trabajaba. Los gimnasios fueron los primeros en cerrar. El 15 de marzo se cerró. Mi último día de trabajo fue el 12 de marzo. Pasé dos meses sin un peso, vos. Ahí yo tenía contrato. Pero como también al patrón le cayó el golpe… Alrededor de ahí habían… ponele, diez gimnasios. O sea, es una zona de ricos. Ocho cerraron ya, definitivamente. Quebraron. A una de las propietarias yo recién le había pintado el local. Me llamó y me dijo: Oye, William, esto y esto y esto… Y yo le dije: Ok, yo trabajo, no te preocupes. Se lo hice por novecientos dólares. ¡Hermano, la pobre chava pintó por gusto! Ya no tuvo más para la renta, pues. Imaginate: el negocio estuvo cerrado por tres meses… ¡qué yuca! Mi patrón yo no sé cómo ha sobrevivido. A ver… porque apenas está abriendo. Pero las últimas noticias dicen que se va a volver a cerrar todo eso. Él me llamó y fui a trabajar ahí dos fines de semana. Mi conversación con él fue así: ok, te agradezco, pero yo tengo que ser honesto; necesito vivir y aquí se paga renta y otras cosas… Y con este pago, yo lo dudo; te puedo ayudar y me pagas solo seis horas los días domingos. Y aceptó. El asunto no solo era el pago. Estoy viendo la inestabilidad real de esto. Hay mandatos de gobierno aquí en Los Angeles. Cuando ellos dicen ‘vamos a cerrar’ es que van a cerrar. No hay una estabilidad, no hay una seguridad para el gimnasio. Y cabal: el gobernador ya está diciendo que este fin de semana se cierran las playas, se cierran bares, se cierran restaurantes y… al rato cierran los gimnasios, de nuevo. Y estas no son órdenes para la ciudad, sino para el estado de California.

La ciudad que William describe dista mucho merecer los versos de la famosa canción California Dreamin' de The Mamas & the Papas: “I'd be safe and warm/if I was in L.A.” Ciertamente warm, pero no safe. La inestabilidad a la que alude se refiere a lo que algunos consideran como bandazos del alcalde, pero que en gran medida proviene de la superposición de políticas de los distintos niveles del gobierno. De igual forma que en New York, en Los Angeles hubo fricciones o al menos falta de sincronización y de acuerdos entre funcionarios públicos. En Los Angeles las fricciones más fuertes se dieron entre el alcalde Eric Garcetti y la policía, que renegó de las cuarentenas intermitentes proclamadas por el alcalde a medida que iba recibiendo información oscilante sobre el impacto del virus.

Como trasfondo de esta tirantez estaba un recorte al presupuesto policial y el hecho de que Garcetti llamara asesinos a los policías en el contexto de las masivas protestas por el asesinato del afroamericano George Floyd por mano policial (Montoya, 2020). En respuesta a los alegatos policiales y de otros actores, el alcalde dejó ver que los cierres se establecieron desde los niveles del gobierno del estado y del condado (CITY NEWS SERVICE, 2020). En New York la situación fue más conflictiva y sórdida. Según el investigador guatemalteco Sergio Palencia, “a medida que las cifras [de contagios y muertes] aumentaron, [el alcalde] Di Blasio pasó a ser duramente criticado en los diarios. Andrew Cuomo, gobernador de New York, fue ocupando su lugar. Cuomo llamó al cierre de los negocios ‘no esenciales’ y contradijo públicamente a Di Blasio y luego al presidente Trump” (Palencia, 2020). Posteriormente hubo una competencia entre los políticos de los tres niveles, en un tira y afloja de medidas restrictivas y de relajamiento. La tensión se situó entre alcaldía de la ciudad, gubernatura del estado y presidente de la federación.

Meses en el desempleo dejaron a William sin un cinco: “Me comí los ahorros, vos.” Sin embargo, no se hundió moralmente porque su familia lo sostuvo y porque trató de ser útil en el hogar: “Es feo no trabajar. Pero entonces descubrí mi habilidad en la cocina. Y empecé a cocinar, vos. Comida tailandesa, comida mexicana, comida de todo”. Tampoco se hundió económicamente porque retornó a su anterior oficio: pintar casas. Pero el peligro lo sigue rodeando y él constata cómo hace estragos a su alrededor:

Es terrible. La gente está muriendo y hay pocas medidas. Eso es todo lo que aquí se está dando: lavarse las manos, mascarilla, no tocarse la cara y los seis pies de distancia. Los buses, el metro… todo está funcionando. Focos de contagio, hermano. Yo no los ocupo. Ni Uber. He andado manejando el carro de mi sobrina. Porque, quizás igual que tú y tu esposa, ella tiene el privilegio de trabajar desde casa. Y le arreglé su cuarto y desde ahí está dando terapia. No sale y yo uso su vehículo. Así que no uso los medios de transporte colectivo. Son focos de contaminación.

“Esta onda es real”

La alarma no era ni es en modo alguna infundada. Según The Weather Channel (2020), el martes 18 de agosto el condado de Los Angeles registró 222,236 personas contagiadas de coronavirus y 5,254 muertes, es decir, el 47 % del total de muertes por COVID-19 en California, pese a que ese condado apenas contiene el 25 % de la población estatal. El período pico de contagios hasta la fecha fue el mes de julio, con 7,877 nuevos casos el 6 de julio. Una semana antes, el seis de junio, tuvo lugar mi conversación con William, donde expresó su preocupación por la gente con la que realiza su apostolado:

Es un problema que las medidas sean insuficientes. Y la comunidad guatemalteca, y especialmente indígena, no tienen la conciencia de todo esto. No sé si te acordás que caminamos contigo ahí por la sexta y la Burlleigh, donde siempre hay un montón de ventas de comida. Hermano, así lo ves, igualito. El parque MacArhur está igual. Resulta que una vez un capitán de la policía se me acercó y me dijo: míster William, venga; por favor, paren esto. Le digo: hey, la gente necesita, y esta es una cuestión que estamos haciendo con mucha sutileza para protegernos. Y entonces me enseñó un reporte: siete chavos de veintidós años llegaron al hospital Buen Samaritano y según su declaración habían tenido un partido en el parque MacArhur. Ahí se contagiaron. Y todos fueron a dar al mismo hospital. Y todos, guatemaltecos. Esto es terrible. Esta onda es real.

Ya hablando de los chavos: a unos les pegó el coronavirus. Yo soy escéptico a muchas realidades, pero también uso la lógica: si hay viento, se van a mover los árboles. Y yo lo voy a sentir, aunque no lo vea. ¿Te acordás del Chispudo? Él fue el primero, pues. Y lo peor, hermano: él trabaja en un restaurante japonés de primera categoría. Me dijo: hermano, siento esto y esto, y dicen que esos son síntomas de COVID-19. Y yo: la verdad, vos lo estás sintiendo, yo solo te veo todo abultado… No lo sé, pero espero que estés en cuarentena, o sea los catorce días. Me dijo: no, hermano, estoy trabajando. Me pegué una maltratada en dimensión salvadoreña. Imaginate: una persona con los síntomas de COVID-19 trabajando en un restaurante. No era consciente del daño. Pero despertó cuando lo arrastré verbalmente. Llamó a su jefe, que lo escuchó muy preocupado. Lo puso en descanso pagado. Luego lo mandaron a hacerse el examen. Gracias Dios salió negativo. Solo tenía los síntomas. Pero es que esta cosa es curiosa, porque el tío en esa misma semana cayó positivo. Y el tío compartía cuarto con él. Cuatro personas compartían cuarto. Entonces el daño era real, no solo era sicológico.

“Esto vino a cambiar la vida de todos”

William rememora los inicios de la pandemia y su desarrollo en su entorno inmediato. En contraste con los testimonios de la costa este, su experiencia es más impetuosa, tanto en los rasgos negativos de los contagios como en las actividades con las que le hicieron frente:

¿Te acordás de Víctor? Víctor salió positivo. Nosotros siempre hemos tenido comunicación. Desde noviembre yo venía siguiendo noticias de China. En febrero estaba cenando con diez de los chavos guatemaltecos y yo les dije: Hey, ¿saben qué, muchá? Si tienen dinero, guárdenlo, porque yo creo que nos van a encerrar. Y ellos dijeron: Ay, hermano, usted solo es cosas… se pasa, cómo va a creer. Víctor dijo que eso del coronavirus es mentira. Y yo lo refutaba: Yo estoy seguro de que a mí no me va a pegar, porque ya me estoy programando de que si yo me enjuago, voy a estar bien. Y así quedó la discusión. El 15 de marzo ellos empezaron a ver que nos encerraron a todos, pero él siguió trabajando en la construcción. Víctor fue el que no paró de trabajar, pero ahí se contaminó. Ya cuando se contagió, me dice: Hermano, yo no puedo caminar, me duele aquí, me duele allá. Como pudo, fue a hacerse el examen y le resultó positivo. Convaleció veintidós días. Siguió todo el protocolo. Fue a visitarlo muy protegido. Ahora está bien. Pero, vos, esto vino a cambiar la vida de todos.

A Miguel no lo conociste. Es otro chavo. Trabaja en un restaurante de lujo mexicano. Ahí un señor imprudente andaba positivo y a nadie le dijo. Se desmayó en la cocina y el Miguel lo auxilió sin saber qué tenía. Resulta que cuando fue al hospital le dijeron que tenía no sé cuántos días con COVID-19. Pero nadie lo sabía y el señor se lo pasó a muchos. Era el cocinero. Imaginate qué terrible. Eso pasa en los restaurantes. El cocinero estaba positivo y siguió llegando. Imaginate toda la comida que ese señor preparó. Miguel, de 27 años, resultó positivo y está seguro de que ahí fue donde lo agarró. Hoy precisamente me envió un texto este chavo Miguel para contarme que el señor está agonizando. Yo les digo: no vayan a lugares a comer. Traten de cocinar mejor sus huevos. Es que no sabemos, vos, me dicen. Y yo les contesto: Hay mucho riesgo ahorita. Por eso las autoridades están peleando para poner quinientos dólares de multa a quien no use la mascarilla.

Pero la vida no solo les cambió para mal. William invirtió el ocio de su desempleo en labores filantrópicas:

Por catorce semanas estuvimos dando frutas y vegetales. José Ruiz fundó algo que le llama ‘Cultiva LA’ y la gente, incluyendo USC [University of Southern California] le donó dinero para que él ayudara a la comunidad. Pues ahí de voluntarios estuvimos ayudando catorce semanas. Y ya la ciudad nos dijo: eso que intentan está bien, pero es de alto riesgo. Entonces, ya no más. Como la ciudad dice, no lo vamos a hacer desde esta semana porque aquí hay un foco de infección terrible.

Cultiva Los Angeles [www.cultivala.org] fue creado por José Miguel Ruiz, estadounidense de origen mexicano, para transformar la relación de la urbe angelina con la agricultura y los comestibles. Por medio de cultivos orgánicos y pequeños mercaditos al aire libre, apuestan por una mejor dieta, empleo local y empoderamiento comunitario. Por el momento, treintaidós cultivadores abastecen a 1,850 consumidores. Durante la pandemia distribuyeron vegetales a una golpeada población latina, en un área de la ciudad habitada por muchos migrantes de primera generación.

El sastre de Beverly Hills: “luchar contra la corriente de las necesidades”

Eleuterio Hernández, habilidoso sastre con un taller en Beverly Hills, trabaja para la exclusiva firma Battistoni, que solo tiene tres tiendas en el mundo: en Roma, Londres y Los Angeles. Aprecia la ventaja de su situación cuando la coteja con la de sus paisanos que no migraron:

Trabajo en una tienda muy elegante. Es una compañía pequeña comparada con otras tiendas. Estoy agradecido porque a pesar de que no tengo los documentos legales de este país me han permitido trabajar con ellos e incluso me han ofrecido la ayuda para una legalización. Por el momento no es posible porque no hay ninguna ley que me ampare. Sin embargo, me han apoyado en lo posible. Han pagado mis gastos. Solo he perdido un 2 % de mi salario habitual. Creo que los que vivimos en Estados Unidos no lo sufrimos tanto como los mismos paisanos que están en su propio país y sin ayuda. Aquí nadie se muere por falta de comida. Por otro lado, los que tienen hijos que son ciudadanos han recibido algo de ayuda por parte del distrito escolar: 365 dólares por cada niño. No es lo suficiente para pagar un mes de renta. Lo que preocupa por ahora es la moratoria para los que deben el alquiler. La han extendido hasta finales de septiembre. Será un tiempo difícil. Pero no tanto como para los guatemaltecos que viven dentro del país. Ni siquiera una libra de frijoles han recibido los aldeanos que están encerrados y sin trabajo y sin oportunidades de empleo. Muchos han recurrido a colocar una bandera, símbolo de hambre. El presidente Alejandro Giammattei considera como adversario político a quien los organiza. Aquí también hay escasez, pero es para el que no está acostumbrado luchar contra la corriente de las necesidades.

Esta última frase me trae a la memoria unas conferencias donde Carol C. Gould expuso la que a su juicio era la ontología social de Marx, una concepción que se aparta de las idea de libertad como ausencia de necesidades que Aristóteles acuñó y que se difundió por siglos en la filosofía y pasó a la política con Hobbes y a la economía gracias a Adam Smith. Marx rompe con la tradición porque su idea de libertad no implica carencia de constricciones, sino la lucha contra estas. Ahí es donde el hombre, según Marx, satisface sus necesidades y genera nuevas necesidades y metas. El trabajo no es una esclavitud, sino la liberación. Por eso Marx escribió que “la superación de los obstáculos es en sí misma una actividad liberadora” (Gould, 1978, p.102). Y ahora Eleuterio nos recuerda que la lucha contra la corriente de las necesidades es el terreno donde se garantiza la supervivencia en situaciones límite.

Sin embargo, también señala que en Los Angeles hubo retos que desbordaron o incluso bloquearon la capacidad de lucha, es decir, el trabajo, una de las fuentes de legitimidad de los migrantes:

Muchos negocios todavía no tienen permiso para operar. Están cerrados, aunque en la gran mayoría se ve el movimiento. Yo mismo veo que por aquí no hay mucha gente en las calles. No se paró la ciudad totalmente, pero hay menos movimiento. Costó mucho creer que exista una enfermedad tan grave. Una que hace tanto daño. Nosotros tenemos una organización. Porque de allá de donde yo vengo habemos dos mil personas. Procedentes de San Antonio Sija, de donde vengo, donde crecí. Entonces nosotros tenemos una fundación que cuando muere una persona aquí paga su repatriación a Guatemala. Por cada persona que muere nosotros colaboramos con diez dólares. A lo largo del tiempo hemos acopiado fondos y se ha crecido una fuerte cantidad de dinero. Por eso ahorita no se recoge dinero a cada ratito. Ahora ya no los enviamos con el cuerpo entero, sino cremados. Este año han salido diez muertes de la comunidad de donde yo vengo. Sumando la aldea en general, donde mi hermano está de alcalde, se han muerto treinta personas en una comunidad de 15 mil habitantes. Se está muriendo mucha gente. Son cifras considerables comparadas con otros años. En Los Angeles teníamos diez muertos al año. Ya tenemos esos diez y apenas van seis meses del año. No todos se han muerto de COVID-19. Pero esa cantidad de gente que se ha muerto es preocupante. Se ve que la enfermedad es muy fuerte. Aquí en Los Angeles la mayoría de los de San Antonio que han muerto son jóvenes. La gente que trabaja y se cuida no tiene problema, pero algunos no cuidan su salud. Padecen de diabetes, obesidad y toman muchas bebidas alcohólicas. Esos son más propensos a contagiarse y son más propensos a que les dé una enfermedad muy fuerte porque tienen las defensas muy bajas. Las personas que se han muerto han padecido de eso. Les tocó el virus y ahí se quedaron. Algunos también les pasó que fueron al hospital y allá se murieron. Otros se quedaron en casa y se salvaron. Y dicen que les pegó fuerte. Siento que las personas que se trataron en casa y se trataron con remedios caseros parece que les sirvió bastante. Yo no lo garantizo, pero eso es lo que siento, basado en lo que me han contado. Creo que la medicina aquí no está muy avanzada.

La entrevista con Eleuterio fue realizada el 4 de agosto, cuando había pasado la que hasta el momento ha sido la peor racha de COVID-19 en Los Angeles. Por eso no “hay mucha gente en las calles”, me dijo. Eleuterio ponderó la afectación entre los dos mil paisanos de San Antonio Sija que viven en Los Angeles y descubrió una sobremortalidad: los muertos se duplicaron, y ya no fueron enviados los cadáveres, sino las cenizas. La mayoría de los muertos han sido jóvenes porque la mayoría de los migrantes -y muy especialmente ese grupo de San Antonio Sija- son jóvenes. En parte fueron muy golpeados porque tienen una intensa vida laboral y social, y por no abstenerse de ella. Y, también, según Eleuterio, por una salud frágil que es previa a la pandemia y sobre la cual se ceba el virus.

En fidelidad a su marco cognitivo de origen, Eleuterio menciona un tópico constante entre los latinos: la desconfianza hacia el sistema de salud estadounidense. No menciona sus costos, sino su eficacia. La crítica más frecuente entre los latinos se enfoca en los costos y en la frialdad de los médicos, en contraste con médicos de sus países de origen que solían gastar tiempo en sus pacientes. Que eran pacientes con los pacientes. A la crítica de Eleuterio subyace una reivindicación de la medicina tradicional y quizás de la atención que brinda la familia. Por eso dice que se han salvado los que permanecen entre sus familiares y recurren a tratamientos tradicionales. Contrariamente a lo que algunos han sostenido, los migrantes no viven en un sostenido y lineal proceso de aculturación (Abraído-Lanza et al., 2016). No siempre al comparar el anterior y el nuevo entorno siempre emiten un juicio favorable al segundo. Eleuterio empieza su relato con una opción favorable Estados Unidos en el terreno laboral y político. Pero finaliza con una revalorización de sus raíces en el terreno de la salud. Quizá las situaciones límite suspenden o revierten los procesos de aculturación. En todo caso, en Eleuterio conviven juicios que no son monovalentes.

Reflexiones finales

Los testimonios de los cuatro migrantes son insuficientes para llegar a conclusiones firmes. La muestra es minúscula y ni siquiera con el auxilio de las estadísticas permite establecer ninguna correlación entre condiciones demográficas (tamaño y densidad poblacional) y comportamiento de los indicadores del coronavirus (contagios, mortalidad y letalidad). Pero las palabras de estos hombres que luchan por sus sueños ponen rostros y sentimientos a las gélidas cifras, y exponen algunos problemas ocultos en los pliegues de los porcentajes. Nos hablan de una diversidad de vivencias. Por momentos parecen estar describiendo dos países distintos. La experiencia de la pandemia es más inmediata y aterradora en Los Angeles. Sus viviendas y centros laborales están insertos en el hormiguero de un condado que absorbe a la cuarta parte de la población de California, pero donde han ocurrido casi la mitad de las muertes por COVID-19 en ese estado.

Los latinos que entrevisté en Los Angeles viven y se mueven en el corazón de la ciudad: el parque MacArhur, Pico-Union y Beverly Hills. La densidad poblacional de Los Angeles tuvo su peso para estimular los contagios y disparar el número de muertes. Quizá la letalidad también dependió de la forma de la pirámide poblacional. Pero la experiencia directa y dura de la pandemia fue en parte producto de su emplazamiento: los migrantes de Los Angeles viven y trabajan en la ciudad, y no en los suburbios, como los de Virginia, que residen a muchas millas de distancia del centro poblacional voluminoso más cercano. Todo el condado de Prince William tiene un poco más de 400 mil habitantes y está conformado por un archipiélago de residenciales separados por enormes predios no habitados. El condado de Los Angeles es un continuum urbano de casi 10 millones de personas en perpetuo bullir. Sin duda, también pesó mucho el intenso estilo de vida social de la megalópolis y la renuencia a modificarlo, como explicó William Pérez. Como se colige de las cifras de Eleuterio Hernández, el lejano oeste fue letal para los migrantes de San Antonio Sija.

Las políticas hacia la pandemia han tenido un papel ambivalente. Ante lo que se ha percibido como una falta de liderazgo proactivo de la Casa Blanca, los gobernadores han tomado las riendas y también las autoridades de los condados y de las alcaldías. Esto significó una diversidad de políticas y fechas muy disímiles en la declaración del estado de alarma y la adopción de medidas (BBC, 2020). Las medidas oscilantes y las fricciones entre los distintos niveles del sistema político estadounidense hicieron que la incertidumbre se cebara sobre la población y, posiblemente, minaron la credibilidad de algunas advertencias sobre la pandemia. En suma, la heterogeneidad estatal, que es una riqueza burocrática y que a menudo abre las puertas a los indocumentados -por ejemplo, en las ciudades santuario, donde la policía local no colabora en la implementación de la legislación migratoria federal (García, Manuel, 2015)- ha sido conflictiva y caldo de cultivo de ásperos desacuerdos que aumentan la perplejidad y el malestar. Sin embargo, también fue una oportunidad de contrarrestar la negligencia de las autoridades cuando se mostraron en exceso desaprensivas.

Una incógnita sobre la que necesitamos indagar más -pero sobre la que estos testimonios ofrecen algunas pistas- es el tema de si la condición de migrante entraña mayores riesgos. Las cifras parecen incontestables. Sin embargo, nos hablan de unas diferencias relativamente leves. De la mayor parte de las declaraciones de los cuatro migrantes se puede inferir que las restricciones y afectaciones no se limitan a la población migrante. Las personas migrantes han adquirido una extraña forma de ciudadanía limitada: comparten las mismas restricciones que los nativos, naturalizados y residentes autorizados. Ana Raquel Minian (2018, p. 79) observa que el sentido del espacio de los migrantes “se contrae debido a que deben limitar sus movimientos fuera de casa para evitar ser deportados”. Las medidas para enfrentar el coronavirus contrajeron el sentido del espacio para todos los habitantes sin distinción de etnia ni estatus migratorio.

La mayor tasa de desempleo entre los latinos es explicable por el tipo de empleos de los migrantes latinoamericanos. En algunos estados, los meseros, sastres, afanadoras y niñeras, son predominantemente migrantes latinos y latinas. Entre los entrevistados vimos que los afectados son un sastre y un empleado de gimnasio. Se necesita más respaldo estadístico para llegar a una conclusión bien sustentada. Y se necesita también prestar más atención a los efectos de las formas y tiempos de los procesos burocráticos: para el tipo de empleos de los migrantes la morosidad de los procesos es fatal. Obtener resultados en una semana significa que un potencial empleado puede perder una oportunidad laboral y también que, cuando presenta el documento que certifica su resultado negativo al COVID-19, puede estar en la segunda semana de incubación.

Es más que probable que en el tema de la relación entre migrantes latinos y el sistema de salud -y el manejo de su salud en general- se encuentren claves que expliquen la mayor morbilidad y letalidad del virus entre los latinos. Debemos volver los ojos a la cobertura de salud. En ese terreno reemerge el tema de migrantes que pagan impuestos -lo cual les daría derecho a una ciudadanía reivindicativa a juicio de Bosniak (2014)-, pero reciben beneficios mínimos del estado de bienestar, lo cual produce un marcado desbalance de deberes y derechos. También es preciso tomar en serio las afirmaciones de Eleuterio sobre las dietas y otros hábitos inadecuados de los migrantes. Aunque un ethos de la retribución subyace a su explicación, sus afirmaciones han sido sostenidas por estudiosos del tema (Mainous et al., 2008). Algunas de esas investigaciones imputan los padecimientos de salud de los latinos a su marginación (Berk, 2001; Vega et al., 2009).

En 2020 las amenazas a los inmigrantes no solo provienen de la pandemia. Las políticas migratorias siguen corriendo por los mismos cauces y manteniendo su tendencia crecientemente xenófoba. Estamos en año censal y, por ello, en las vísperas de un reapportionment, es decir, de una reasignación del número de sillas que corresponden a cada estado en la cámara de representantes. La propuesta de Donald Trump de no contabilizar como población en Estados Unidos a los migrantes no autorizados -una distinción que es ajena al censo y que, una vez hecha, disminuiría el peso de California, Florida y Texas en la Cámara de representantes- puede ser determinante en los comicios de 2020 (Passel, Cohn, 2020). Y también puede tener un fuerte impacto en las políticas migratorias porque, como respuesta a sus bases, los congresistas de esos estados se han contado entre los más interesados en la migración y algunos de ellos han sido favorables a la causa de los indocumentados.

Referencias bibliográficas

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Recibido: 28 de Septiembre de 2020; Aprobado: 05 de Noviembre de 2020

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