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Revista Bioética

versão impressa ISSN 1983-8042versão On-line ISSN 1983-8034

Rev. Bioét. vol.23 no.3 Brasília set./dez. 2015

http://dx.doi.org/10.1590/1983-80422015233099 

Artículos de investigación

Los insultos entre homosexuales: ¿la transgresión de la heteronormatividad o la duplicación de valores de género?

Felipe de Baére1

Valeska Zanello2 

Ana Carolina Romero3 

2Doutora valeskazanello@uol.com.br – Universidade de Brasília (UnB), Brasília/DF

3Graduanda a.carolinaromero@gmail.com – Centro Universitário do Distrito Federal (UDF), Brasília/DF, Brasil.

Resumen

Los insultos son poderosas armas de control social. En ellos, los valores de género no sólo están representados, sino que también se perpetúan. A partir de los resultados de investigaciones hechas previamente, con las cuales se demostró que existen valores binarios y sexistas en los insultos, el presente estudio tuvo como objetivo recopilar y comparar los insultos considerados como los peores por parte de los grupos auto-declarados homosexuales, para determinar si los mismos valores de género se hacen presentes o son diferentes. Fueron aplicados 303 cuestionarios, divididos entre 150 hombres (75 homosexuales y 75 heterosexuales) y 153 mujeres (74 homosexuales y 79 heterosexuales). Las respuestas pasaron por un análisis semántico y pragmático, y fueron posteriormente clasificadas en categorías analíticas. Después de esta etapa se llevó a cabo una comparación cuantitativa y cualitativa entre los grupos. Se observó que los peores insultos seleccionados por los grupos homosexuales fueron similares a los escogidos por los heterosexuales, lo cual sugiere la validez de la hipótesis de duplicación de valores heteronormativos en la elección de las ofensas.

Palabras-clave: Sexismo; Discriminación social; Homosexualidad

La homosexualidad, entendida contemporáneamente como la relación sexual y afectiva entre personas del mismo sexo, presupone innumerables “pre-conceptos” (representaciones) culturales e históricos, entre ellos la noción de identidad sexual 1-3. La representación de esta relación puede ser bastante diferente en una comunidad indígena, por ejemplo, en la cual la noción de persona no está basada en la idea de una identidad constante 4. Además de esto, en el pasado, las diversas sociedades, incluso la nuestra, la occidental, interactuaron de maneras diferentes con la práctica de la homosexualidad 5. De este modo, igualar la relación sexual de un joven griego con su mentor en la Grecia Antigua a la unión entre dos hombres en la actualidad sería equivocado, teniendo en cuenta las miradas distintas sobre el fenómeno que estos períodos presentan.

La aceptación social de la relación sexual entre personas del mismo sexo se vincula con el aparato ideológico establecido en un determinado momento. Según la historiografía, desde el ascenso del cristianismo hasta el siglo XVIII, este comportamiento era considerado como circunstancial, sujeto a prohibición y pena por su carácter pecaminoso 6. A partir del avance del saber médico a lo largo del siglo XIX, con la amplia elaboración de las clasificaciones patológicas, en los modelos conocidos actualmente, la relación sexual y afectiva entre personas del mismo sexo fue vinculada a las definiciones identitarias, materializada en la creación de la representación social del sujeto homosexual a partir del término homosexualidad, concebido a finales de la década de 1860 7,8.

En el momento en que la figura del individuo “homosexual” es difundida, la heterosexualidad se fundamenta como el modo naturalizado de expresión del placer. Es decir, el mantenimiento de la sexualidad como identidad propició el establecimiento de un binarismo esencialista, en el cual la homosexualidad fue percibida como diferencia y anormalidad, mientras que la heterosexualidad era concebida como la vía auténtica de relación afectiva y sexual, biológicamente manifestada en los seres humanos 1,2. Durante las décadas siguientes a la creación del término homosexualidad, mujeres y hombres homosexuales convivieron con el estigma de tener su sexualidad marcada por diagnósticos médicos, además de sufrir técnicas de curación agresivas y, en muchos casos, invasivas 6-9.

A lo largo del período en que estuvo sometida al veredicto de la medicina, la homosexualidad también fue objeto de estudio de la psicología y del psicoanálisis. A partir de la teoría freudiana 10, que se dedicó al psiquismo humano y su relación con la sexualidad, el saber psicoanalítico contribuyó a la ampliación del concepto de desviación sexual en los psicodiagnósticos, que inmediatamente fue incorporado a la semiología psiquiátrica 11. No obstante, en la mitad del siglo XX, los movimientos sociales comenzaron a cuestionar la permanencia de la concepción de la homosexualidad como enfermedad. Frente a la discriminación basada en el rótulo de anormalidad, se formaron grupos compuestos por sujetos identificados como homosexuales que, en razón de identificarse como categoría marginalizada, acabaron por crear lazos de identidad 12. Con el fortalecimiento de una esfera política-identitaria, la militancia gay en los Estados Unidos exigió que la Asociación Americana de Psiquiatría retirara la homosexualidad de la clasificación de las enfermedades mentales, lo que tuvo lugar en 1973 13.

En Brasil, los primeros movimientos de homosexuales surgieron a lo largo de la década de 1970, en el contexto de la dictadura militar, período en que fueron creados diversos grupos militantes, con el fin de cuestionar el autoritarismo vigente 9. Así como ocurría en los Estados Unidos, estas organizaciones, en principio, buscaban discutir las implicancias sociales e individuales de su orientación sexual, más allá de cuestionar la discriminación y la intolerancia. A medida que las diferentes formas de opresión eran cuestionadas en los movimientos homosexuales, el impacto negativo del machismo también comenzaba a debatirse.

Fue principalmente el grupo de las lesbianas el que buscó denunciar y contestar la reproducción de comportamientos machistas dentro de la propia militancia. Con esto, se creó un distanciamiento entre los grupos formados por hombres y aquellos formados por mujeres homosexuales, en la medida en que ellas optaron por aproximarse a los movimientos feministas, los cuales, poseedores de una gran organización y estudios en el área, podrían, de cierto modo, responder con mayor comprensión y afinidad a las demandas de los grupos de lesbianas 4.

Los estudios feministas de género surgieron en los años 1960-70, con el propósito de deconstruir la idea de una esencia femenina, concepto que contribuyó a la permanencia de las mujeres en lugares sociales no privilegiados 14. Progresivamente, esta antigua concepción reduccionista de mujer fue sustituida por una comprensión más plural, compuesta, por ejemplo, de los diferentes atributos que pueden ser incorporados por las mujeres, como los etarios, étnicos y económicos. Además de eso, tales estudios comenzaron a enfatizar la necesidad de una visión del género que considere su carácter relacional, de manera tal que los hombres también fuesen incluidos en esa perspectiva 15. Esta condición se basa en la complementariedad y en la superposición de las diversas categorías relacionadas a los papeles de género, que pertenecen al mismo modo de funcionamiento social 16.

La comprensión de carácter relacional de género, por otro lado, no debería reforzar la idea de la diferenciación entre hombres y mujeres en base al determinismo biológico, implícito en los conceptos usuales de “sexo” y “diferencia sexual”. El movimiento de la tercera ola del feminismo, en la década de 1980, rompió con esa lógica de comprensión, al sugerir que la propia comprensión del sexo es una construcción de género. Este nuevo feminismo propuso también la deconstrucción del concepto de identidad, heredero según Judith Butler 1, de una tradición metafísica occidental marcada por la idea de substancia.

Para Butler, el género no es, de ninguna manera, estable, tampoco sería un locus operativo del cual procederían los diferentes actos; sino que es, antes que nada, una identidad débilmente construida en el tiempo, una identidad instituida por una repetición estilizada de actos 17. En este sentido, el género es una performance que va rápidamente cristalizándose como consecuencia de la repetición estilizada de los actos, produciendo la idea (equivocada) de sustancialización. Tal repetición no ocurre libremente: como declara la pensadora, hay una “estrategia de supervivencia” que sugiere una situación de coacción social claramente punitiva, en la cual se da esa performance. Así, el tornarse mujer o tornarse hombre, en nuestra sociedad binaria, sería obligar al cuerpo a conformarse con una idea histórica 18 de “mujer” u “hombre”.

Así, la regulación dualista de la sexualidad es vista por Butler1 como una forma de borrar la multiplicidad de una sexualidad subversiva, que rompería con la hegemonía heterosexual, cuya reproducción contó con un gran respaldo teológico-médico-jurídico. De acuerdo con la pensadora –que destaca la presión social existente en la compulsiva linealidad entre sexo, género y sexualidad-, la heterosexualización del deseo requiere e instituye la producción de oposiciones discriminadas y asimétricas entre “femenino” y “masculino”, en donde estos son comprendidos como atributos de “macho” y “hembra” 19. Es decir, tal como en el pensamiento de Witting 2, Butler comprende la sexualidad humana como una materialización paradigmática de la incorporación de los valores género en la sociedad.

Teresa de Lauretis 20 denominó tecnologías de género a los procesos sociales que involucran discursos y epistemologías, además de las prácticas institucionales y de la vida cotidiana, que influyen en la representación social de lo masculino y lo femenino a lo largo de la historia. Según la autora, el género consistiría en una tecnología producida y reproducida mediante las más diversas técnicas sociales, prácticas institucionalizadas y actos de la vida diaria, cuya función es transformar individuos concretos en hombres y mujeres, promoviendo el anclaje en modelos de subjetividad socialmente deseables. Entre las tecnologías de género, están los medios de comunicación en general y, también, el uso de los insultos.

A pesar del avance teórico en el campo de los estudios de género, los valores machistas relacionados a las imágenes de las mujeres subsisten en nuestra cultura, entre los cuales están el ideal de supresión de los deseos sexuales en favor de la imagen de rescatada y pura 21,22; el ideal de dedicación, expresado en una supuesta esencia cuidadora, marcada por la abdicación 23,24; la volición fabricada que tiene a la conyugalidad y la maternidad 25,26; el control de los cuerpos, que impide la deliberación de la mujer sobre la continuidad de su embarazo o el incentivo a la búsqueda constante de un ideal de belleza que la destaque en el mercado afectivo 27; la violencia 28,29, y la exclusión de beneficios que garanticen la autonomía y la libertad para gozar de las mismas oportunidades aseguradas a los hombres.

En relación a las masculinidades, se evidencia el carácter imperativo del ser hombre. Según Badinter, ser hombre se dice más en el imperativo que en el indicativo 30. Ser hombre es, en este sentido, la interpelación a no ser una “mujercita”, objetivo por el cual será demandado para dar pruebas durante toda su vida, en la convivencia y la pertenencia a la casa de los hombres 31. Dos valores-pilares se destacan allí: la virilidad sexual y la laboral. El primero se relaciona con la idea de un “comedor sexual activo” 32-34. El segundo, afirma la idea de la productividad, cuya señal de éxito es la acumulación de riquezas. Como este modelo no abarca a todos los hombres, se formuló el concepto de masculinidades hegemónicas, en las cuales los grupos que se adaptan a los patrones normativos serían dominantes, mientras que los subordinados serían los que no satisfacen plenamente las expectativas sociales, como los hombres homosexuales, por ejemplo 35.

Como se vio, el género consiste en una performance garantizada o evocada por prácticas sociales, entre las cuales sobresalen las tecnologías de género. En la condición de acto performativo, el insulto puede ser comprendido como una de las manifestaciones de estas tecnologías, ya que, al ser proferido, indica al interlocutor los lugares y valores sociales interdictados 36. Según Houaiss y Villar, “insultar” es un verbo que expresa la acción de agredir por medio de palabras insultantes, injuriosas; ofender, desautorizar, tratar mal, confrontar 37.

Considerando la característica de la acción indicada por el verbo “insultar”, la elección del vocablo utilizado nunca es aleatoria, sino que se da, sobre todo, en función de los valores de género. Esta elección no abarca sólo el aspecto semántico de la palabra, sino también su modo de utilización cuando se le atribuye a personas percibidas como de sexos diferentes en contextos diversos, es decir, el sentido de su uso, su aspecto pragmático 38. En el intento de identificar los valores de género presentes en los insultos, Zanello y Gomes 39 realizaron una investigación que contó con una muestra de 376 adultos en Brasilia. A través de cuestionarios, se solicitó a los participantes que señalaran cuáles eran los peores insultos atribuibles a una mujer y a un hombre, además de indicar la situación en que se daría esa ofensa.

En los resultados de la investigación, se observó que los insultos considerados como los peores por parte de las mujeres, cuando estos eran atribuidos a sí mismas, eran los que denotaban un comportamiento sexual activo (66,2%), como “puta”, “piraña” y “vagabunda”. En la segunda posición, aparecieron aquellos que poseían un carácter relacional (10,94%), tales como “interesada” y “falsa”. En tercer lugar, se evidenciaron los insultos relacionados al ideal estético, como “gorda”, por ejemplo. De este modo, las tres formas de ofensa consideradas como las peores serían justamente aquellas que se oponen a los valores que nuestra sociedad profesa en relación a las mujeres: contención y renuncia sexual; disponibilidad y dedicación al otro; y belleza.

En relación a los hombres, lo peores insultos atribuibles a sí mismos estaban relacionados al comportamiento sexual pasivo (46,6%), como “veado (marica)”, “bichinha (polla)” y “boiola (puto)”. Seguidamente, se destacaron los de trazo de carácter de autogestión (37,8%), entre ellas, “vagabundo” y “fracasado”. Por lo tanto, se percibe que las ofensas pretendían atacar a la virilidad sexual y laboral, fundamento identitario en la constitución de un “verdadero” hombre en nuestra cultura.

En la investigación, la separación de los participantes por sexo mostró que tanto hombres como mujeres compartían valores sociales machistas y utilizaban las ofensas como reafirmación de los patrones de género. Además de eso, se constató que, en ciertas ocasiones, el mismo término tomó sentidos distintos de acuerdo con su uso (aspecto pragmático), cuando se utiliza para un hombre o una mujer. Ejemplo de esto fue el término “vagabundo” que, utilizado para insultar a un hombre, adquirió el significado de “hombre que no trabaja”, “perezoso”, mientras que, usado para ofender a una mujer, tomó un sentido de “mujer de comportamiento sexual activo”. No obstante, en el caso de las mujeres, hubo respuestas en las que este insulto asumió el sentido de “mujer que no trabaja” 38.

El análisis de estos resultados, no obstante, indicó que sería interesante interrogar acerca de la sexualidad de los participantes, a fin de observar si habría distinción entre las ofensas elegidas por los grupos homosexuales y los heterosexuales, o si los valores heteronormativos también permean el discurso de los individuos homosexuales, de manera tal de encontrar una equivalencia entre ambos.

En base a esta reflexión, emergieron las siguientes preguntas: ¿podría decirse que la homofobia está presente en los insultos de los grupos de hombres autodeclarados homosexuales? Entre las mujeres homosexuales, ¿habría, en las ofensas, una presencia de los valores de contención sexual, en detrimento de las referencias a la homosexualidad? Y, si la respuesta fuera afirmativa para ambas preguntas, ¿podría pensarse que los valores machistas y misóginos prevalecerían incluso entre tales grupos? ¿Estos grupos insultan de diferentes maneras a hombres y mujeres heterosexuales y homosexuales?

Así, frente a estas preguntas, la presente investigación buscó dar continuidad a los trabajos sobre insultos realizados anteriormente, teniendo ahora como público destinatario del estudio a los grupos de lesbianas y gays. Considerando las especificidades del lenguaje adoptado por estos grupos, la presente investigación tuvo como objetivo general relevar, en un público autodenominado homosexual, los insultos considerados como los peores dirigidos tanto a mujeres y hombres heterosexuales como a mujeres y hombres homosexuales. Además de eso, se buscó realizar una comparación entre las formas de insultos cuando la ofensa es atribuida a personas en general, homosexuales o no, para después confrontar estos datos con los resultados obtenidos en un grupo autodenominado heterosexual.

Método

El proyecto de esta investigación fue aprobado por el Comité de Ética del Instituto de Ciencias Humanas de la Universidad de Brasilia (CEP/ICH-UnB). Luego de la aceptación por parte el CEP, los cuestionarios fueron aplicados a grupos de personas que frecuentan diferentes eventos de lesbianas, gays, bisexuales y transgénero (LGBT) distribuidos por las regiones administrativas del Distrito Federal, así como los lugares de mayor frecuencia del público destinatario de la investigación, a lo largo del segundo semestre de 2012 e inicios del año 2013.

Los cuestionarios consistían en cuatro preguntas (cada una de ellas conteniendo una indagación complementaria, destinada a esclarecer el uso de estos insultos): 1) ¿Cuáles son los peores insultos atribuidos a una mujer heterosexual? ¿En qué situación?; 2) ¿Cuáles son los peores insultos atribuidos a un hombre heterosexual? ¿En qué situación?; 3) ¿Cuáles son los peores insultos atribuidos a una mujer homosexual? ¿En qué situación?; 4) ¿Cuáles son los peores insultos atribuidos a un hombre homosexual? ¿En qué situación?

Los cuestionarios fueron aplicados en la Universidad de Brasilia, en bares y restaurantes frecuentados por el público LGBT y en la parada gay de Brasilia. Al final de la investigación fueron utilizados los datos de 303 cuestionarios, siendo 150 hombres (75 homosexuales y 65 heterosexuales) y 153 mujeres (79 heterosexuales y 74 homosexuales). Fueron excluidos 73 cuestionarios, los cuales no estaban debidamente respondidos, ya sea por la ausencia de autodenominación de la orientación sexual o porque más de la mitad de los cuatro ítems se presentaron en blanco. Se cree que el alto índice de respuestas incompletas se debió al hecho de que la aplicación de los cuestionarios tuvo lugar, sobre todo, en los momentos de ocio de los entrevistados. Se optó por la aplicación en estos lugares, por la facilidad de acceso al público destinatario. La transcripción de los datos se realizó mediante la transferencia de todas las informaciones sociodemográficas y respuestas de los sujetos para índices electrónicos, con el fin de facilitar el proceso de análisis de datos.

En el grupo de las mujeres homosexuales, la edad de las participantes fue de 16 a 62 años (promedio 28,27 años), con un 43% de escolaridad media y un 57%, superior. Entre las mujeres heterosexuales, la edad varió de 17 a 65 años (promedio 27,80 años), con 2,6% de escolaridad básica; 57,1%, media y 40,3%, superior. En el grupo de los hombres homosexuales, la edad de los participantes fue de 16 a 47 años (promedio 24,68 años), con un 1,5% de escolaridad básica; 51,5%, media, y 47%, superior. Entre los hombres heterosexuales, la edad varió de 17 a 59 años (promedio 27,73), con 57,2% de escolaridad media y 42,8% superior.

Los datos fueron sometidos tanto a análisis de contenido 40 como a análisis pragmático 41-42, buscando así evaluar el contenido semántico del término y, al mismo tiempo, el sentido de su uso (aspecto pragmático) 38. En esta etapa, los datos fueron trabajados de manera tal de permitir la selección y el agrupamiento de las respuestas de los sujetos en categorías representativas de sus contenidos, así como también para facilitar su comprensión. A lo largo del proceso, se efectivizó la contabilidad de las respuestas y de las categorías.

A partir de los ejes temático-semánticos obtenidos en los grupos, fue posible realizar una comparación de los grupos, en lo concerniente a: 1) contenidos que surgieron; 2) valores de género allí presentes. Con el fin de organizar las informaciones recogidas, los resultados fueron distribuidos en cuatro grandes bloques, de acuerdo con las divisiones analizadas de sexo (hombre y mujer) y orientación sexual autodesignada (homosexual y heterosexual).

Discusión y resultados

En lo que concierne a los insultos citados por los hombres homosexuales, cuando fueron interrogados sobre las peores ofensas atribuidas a su propio grupo, los principales resultados encontrados estaban asociados al comportamiento sexual (68%) y exclusión y repudio (12%). Además de la significativa diferencia percibida entre el primero y el segundo lugar en frecuencia, se verificó, dentro de la categoría de comportamiento sexual, el mayor número de insultos en la subcategoría “comportamiento sexual pasivo” (90%). Es decir, de acuerdo con las respuestas, los peores insultos que los hombres homosexuales consideran para sí son aquellos que denotan pasividad o comportamientos que los aproximan a trazos percibidos como femeninos. Entre los ejemplos más encontrados, están “viado (marica)”, “viadinho (mariquito)” y “bicha (polla)”. En la categoría “exclusión y repudio”, se verificaron como ejemplos “aberración” y “enfermo”.

Las otras categorías presentes fueron: trazos de carácter relacional (4%), en ofensas como “sin vergüenza” y “mala junta”; trazos de carácter de autogestión (1%), como “vagabundo”, “sin futuro” e “incompetente”; sexualidad como insulto (1%), que en este caso sería ofender al hombre homosexual al llamarlo de “heterosexual”; atributos físicos (1%), como “feo” y “deforme”; atributos intelectuales (1%), como “burro”, y, finalmente, la categoría “otros” (2%), en la cual las ofensas no se enmarcaban en las demás categorías, como “da moda” y “xiboca”.

Los insultos referidos a los trazos de carácter relacional son aquellos que contradicen la dignidad y la honestidad, mientras que las ofensas asociadas a los trazos de carácter de autogestión son las que aluden a la productividad, es decir, al papel profesional y a la capacidad de generar ingresos. Además de las categorías citadas, hubo cuestionarios (10%) en los cuales el participante utilizó expresiones o términos que no serían insultos si se los compara con los patrones previamente establecidos por la investigación o cuestionarios en los que se dejó los espacios de las respuestas en blanco.

Entre los hombres heterosexuales, también fueron considerados como los peores insultos atribuibles a los hombres homosexuales los de la categoría “comportamiento sexual” (79%). En ésta, el comportamiento sexual pasivo expresado en ofensas como “viado (marica)” y “bichinha (polla)”, es igualmente predominante (93%). También aparecieron otras categorías, como: trazos de carácter relacional (7%); trazos de carácter de autogestión (3%); exclusión y repudio (2%); atributos físicos (1%); atributos intelectuales (1%); sexualidad como insulto (1%), y otros (2%). En el 4% de los cuestionarios fueron utilizados términos o expresiones que no serían insultos en comparación con los patrones previamente definidos por la investigación, o se trató de ítems que quedaron sin respuesta.

Analizando los datos encontrados, se observa que la atribución de características culturalmente asociadas a las mujeres, como la pasividad, es considerada la peor forma de insultar al hombre homosexual. Estas evidencias también surgieron en los grupos de insultos de las mujeres homosexuales y heterosexuales dirigidos a los hombres homosexuales, en donde la subcategoría “comportamiento sexual pasivo” predominó en la categoría “comportamiento sexual” (96% y 98%, respectivamente). Por lo tanto, es posible percibir la misoginia predominante en los insultos atribuidos a los hombres homosexuales, dado que las peores ofensas se refieren al desprecio por las cualidades femeninas 7. El propio grupo de los hombres homosexuales, principal destinatario de este patrón de insultos e hipotéticamente capaz de subvertir ese escenario, corroboró la reafirmación misógina (Figura 1).

Figura 1 Insultos de hombres homosexuales atribuidos a hombres homosexuales en la categoría “comportamiento sexual” 

De la Figura 1 se desprende la dimensión de la presencia del comportamiento sexual pasivo en los insultos de hombres homosexuales atribuidos a su propio grupo. Este dato da cuenta de la presencia de un discurso homofóbico en la homosexualidad y la apropiación de valores viriles como representación de la homosexualidad aceptable. Según Badinter, cuando es practicada en su forma activa, la homosexualidad puede ser considerada por el hombre como un medio para afirmar su poder; bajo su forma “pasiva”, ésta es, por el contrario, un símbolo de la decadencia 43.

Para los hombres heterosexuales, las principales categorías de los peores insultos que ellos atribuyen a su grupo son los de comportamiento sexual (48%), trazos de carácter relacional (27%) y trazos de carácter de autogestión (12%). Cuatro categorías tuvieron un 2% de frecuencia; son estas: exclusión y repudio; atributos físicos; atributos intelectuales, entre otros. La categoría “políticamente correcto”, tuvo sólo un 1%. En la categoría de comportamiento sexual, hubo una mayor distribución entre las subcategorías comparada con el grupo anterior.

El comportamiento sexual pasivo sigue predominando, con el 57%, y el comportamiento sexual de pasividad por traición, expresado en insultos como “cornudo” y “chifrudo (uampudo)” – que denotan la incapacidad del hombre de tener control sobre los comportamientos sexuales del(a) compañero(a) en la relación- se encuentra en segundo lugar (26%). Luego, aparecen el comportamiento sexual activo (10%), con ofensas como “safado (desvergonzado)” y “machão (supermacho)”, y el comportamiento sexual de eficiencia (7%), con “brocha (que no se le para)” y “malo en la cama”. La subcategoría “comportamiento sexual de eficiencia” es aquella que alude a la eficacia del hombre durante la relación sexual, manifestada en expresiones como “pau mole (polla blanda)” e “impotente”. En el 4% de los cuestionarios, no hubo respuesta a esa pregunta.

En la opinión de los hombres homosexuales, las categorías que tuvieron una mayor relevancia como los peores insultos dirigidos a los hombres heterosexuales fueron: comportamiento sexual (57%), trazos de carácter de autogestión (19%) y trazos de carácter relacional (15%). En las subcategorías de los comportamientos sexuales aparecieron: comportamiento sexual pasivo, en primer lugar (74%); pasividad por traición, en segundo (15%); comportamiento sexual de eficiencia, en tercer (6%); y, finalmente, el comportamiento sexual activo (5%). Además de las principales categorías, también aparecieron en este grupo: exclusión y repudio (4%), en ofensas como “desgraciado”; atributos físicos (2%), tales como “gordo” y “pene pequeño”; políticamente correcto (1%), como ofender a un hombre heterosexual al llamarlo “machista”; y otros (1%), entre los cuales se encontró el aparentemente desconocido “frakking”. Aunque esta palabra puede ser la escritura incorrecta del término inglés “freaking”, que designa algo o alguien anormal y extraño, los errores de ortografía solamente fueron considerados cuando eran evidentes, como en el caso de “bixa”, en vez de “bicha (marica)”. En el 1% de los cuestionarios, no hubo respuesta a esta pregunta.

Las mujeres homosexuales siguieron el patrón de los hombres homosexuales en las principales categorías de insultos dirigidos a los hombres heterosexuales. El comportamiento sexual quedó en primer lugar (53%); los trazos de carácter de autogestión, en segundo (20%), y en tercero, los trazos de carácter relacional (13%). Las subcategorías de comportamiento sexual fueron: comportamiento sexual pasivo (64%); comportamientos sexuales de pasividad por traición y deficiencia, ambos con el mismo valor (16%); además del comportamiento sexual activo (4%).

Las otras categorías que aparecieron en este grupo son: atributos físicos (4%), con insultos como “bombado (inflado)” y “careca (pelado)”; exclusión y repudio (3%), con las ofensas “sucio” y “lodo”; atributos intelectuales (2%), como “burro” e “ignorante”; y, finalmente, políticamente correcto (1%), en el cual nuevamente se encontró el término “machista” como insulto. En el 4% de los cuestionarios, se utilizaron expresiones o términos que no serían propiamente ofensas cuando se los compara con los patrones previamente establecidos por la investigación, o el ítem no fue respondido.

En la distribución de los peores insultos entre las mujeres heterosexuales dirigidos a los hombres heterosexuales, el comportamiento sexual siguió predominando (51%), a pesar de que los trazos de carácter relacional también obtuvieron una alta frecuencia (20%), seguido por los trazos de carácter de autogestión (15%), atributos intelectuales (5%), exclusión y repudio (4%) y atributos físicos (2%). Las categorías “sexualidad como insulto” y “otros” obtuvieron apenas un 1%.

En las subcategorías de comportamientos sexuales, el comportamiento sexual pasivo continuó presentando mayor frecuencia (60%), y el comportamiento sexual de pasividad por traición también obtuvo una considerable manifestación (21%). El comportamiento sexual activo y el comportamiento sexual de eficiencia fueron menos expresivos (7% y 12%, respectivamente). En el 1% de los cuestionarios, no hubo respuesta a esta pregunta.

Aunque la distribución de categorías y subcategorías de comportamiento sexual haya sido mayor en los peores insultos atribuidos a los hombres heterosexuales, es evidente que el comportamiento sexual pasivo sigue predominando en los cuestionarios. Uniendo este resultado al del grupo de los hombres homosexuales, se verifica que, independientemente del sexo y de la sexualidad de aquellos que respondieron a la investigación, los hombres siempre son llamados a responder al ideal de virilidad exigido por la sociedad, ya sean heterosexuales u homosexuales 7. Este resultado corrobora la teoría de Daniel Welzer-Lang de que los hombres deben combatir los aspectos que podrían asociarlos a las mujeres 44.

En relación a los cuestionarios en los cuales los peores insultos fueron dirigidos a las mujeres, así como en el caso de los hombres, también es posible percibir elementos predominantes en la elección de las peores ofensas. Al ser interrogadas sobre las peores ofensas atribuidas a su propio grupo, las mujeres heterosexuales eligieron el comportamiento sexual activo (74%), que fue la única subcategoría de comportamiento sexual que apareció en los resultados, con insultos como “puta”, “vadia (putillas) ” y “piranha (zorra)”.

Otras categorías, menos expresivas, fueron: atributos intelectuales (60%), como “burra”, “barbeira (chambona en la condución)”, “dona Maria (doña Susanita)”; trazos de carácter relacional (6%), como “pistoleira (trepadora)”, “deshonesta”, “traíra (traicionera)”; atributos físicos (5%), como “gorda” y “baranga (mujer fea)”; exclusión y repudio (4%), como “nojenta (asquerosa)” y “porca (cerda)”; trazos de carácter de autogestión (3%), como las ofensas “fracasada” e “incompetente”; y otros (2%), en los que fueron encontrados términos desconocidos, asta en portogues, como “banda” y “rupiada”.

En las peores ofensas que las mujeres homosexuales eligieron para las mujeres heterosexuales, está el comportamiento sexual (76%), en el cual la subcategoría “comportamiento sexual activo” representa el 89%, seguida por el comportamiento sexual invertido (8%) y el comportamiento sexual de frustración (3%) –esta última teniendo como insultos las expresiones “mal amada” y “mal cogida”. Las otras categorías encontradas fueron atributos intelectuales (3%), trazos de carácter relacional (3%), atributos físicos (6%), exclusión y repudio (4%), trazos de carácter de autogestión (3%) y otros (1%).

En la subcategoría “comportamiento sexual invertido”, las ofensas predominantes son “sapata (marimacho)”, “sapatona (marimacho)” y “caminhoneira”, que revelan, en el imaginario social, la conducta de una mujer que aspira a aproximarse a los papeles socialmente atribuidos a los hombres, es decir, una “inversión de roles”. La elección del término “invertido” se justifica por las respuestas a la pregunta complementaria ¿En qué situación?, las cuales sugirieron una idea de quiebre de la relación “necesaria” (en el imaginario social) entre sexo, género y deseo 1. En el 4% de los cuestionarios no hubo respuesta a esta pregunta.

Los hombres homosexuales eligieron como los peores insultos hacia las mujeres heterosexuales aquellos relacionados principalmente con el comportamiento sexual (80%), en donde la subcategoría “comportamiento sexual activo” permaneció en el 93%, seguida por el comportamiento sexual invertido (5%) y por el comportamiento pasivo, como insulto “pene en el culo”, y el de frustración, cada cual con apenas 1%.

En este grupo, surgieron otras categorías: trazos de carácter relacional (6%); atributos físicos (5%); atributos intelectuales (2%); exclusión y repudio (2%); otros (2%); además de trazos de carácter de autogestión y sexo biológico como insulto, cada cual con el 1%. En el 1% de los cuestionarios no hubo respuesta a esta pregunta. Los insultos asociados al comportamiento sexual de frustración, como “mal amada” y “encalhada (solterona)”, se refieren a las dificultades de la mujer de ser elegida como el objeto de amor y/o deseo de un hombre, lo que hiere de lleno el “dispositivo amoroso25, camino privilegiado, en nuestra cultura, en la constitución subjetiva de las mujeres 45.

En el grupo de los peores insultos de hombres heterosexuales dirigidos a mujeres heterosexuales, el comportamiento sexual y los atributos físicos fueron las categorías de mayor frecuencia: 70% y 13%, respectivamente. Las otras fueron menos expresivas: trazos de carácter relacional (7%), exclusión y repudio (4%), atributos intelectuales (3%), trazos de carácter de autogestión (1%) y otros (1%). En el 1% de los cuestionarios, no hubo respuestas, o fueron utilizadas expresiones o términos que no serían insultos comparados con los patrones predefinidos por la investigación. En la categoría de comportamiento sexual, siguió siendo predominante el comportamiento sexual activo (97%). Los otros tres subgrupos fueron el comportamiento sexual invertido, de frustración y pasivo, cada cual con apenas 1% de frecuencia.

En base a los resultados del presente trabajo en las investigaciones precedentes sobre insultos 38,39,46, es posible percibir que el comportamiento sexual activo, independientemente de la orientación sexual de quien insulta, sigue siendo el principal instrumento de ofensa a las mujeres heterosexuales. Es decir, existe un patrón en estos mecanismos de insulto cuya prerrogativa es la coacción a los comportamientos considerados adecuados para las mujeres 26. Dado que la docilidad y la femineidad constituyen atributos socialmente impuestos a las mujeres, ser “puta” o “vagabunda” es visto como algo ofensivo, de allí que sean considerados los peores insultos. Este fenómeno quedó bastante evidenciado en los insultos de los hombres homosexuales dirigidos a mujeres heterosexuales (Figura 2).

Figura 2 Insultos de hombres homosexuales atribuidos a mujeres heterosexuales en la categoría “comportamiento sexual” 

En las categorías de los peores insultos que las mujeres heterosexuales atribuyen a las mujeres homosexuales, están: comportamiento sexual (63%); exclusión y repudio (17%), en las cuales se encuentran ofensas como “enferma” y “nojenta (asquerosa)”; atributos físicos (5%), como “gorda” y “peluda”; atributos intelectuales (2%), como “burra”. En el 10% de los cuestionarios, las entrevistadas no consiguieron definir ningún insulto, o mencionaron expresiones como “você gosta de aranha (le gusta la arepa)”. Los trazos de carácter de autogestión y relacionales, así como la referencia a una celebridad, quedaron cada cual con un 1% de la frecuencia. Esta última categoría se refiere a la utilización de nombres de personas famosas como forma de insulto. En este grupo, el nombre elegido fue el del cantante Justin Bieber. Entre las subcategorías de comportamiento sexual, el comportamiento sexual invertido es predominante (72%), con “sapatao (marimacho)” y “machona”, seguido por el comportamiento sexual activo (25%), con “vadia (putilla)” y “puta”, y el de frustración (3%), por medio de las ofensas “solterona” y “mal amada”.

La categoría de comportamiento sexual tiene una presencia significativa en los peores insultos de los hombres heterosexuales dirigidos a las mujeres homosexuales (77%). Las demás categorías aparecieron como: trazos de carácter relacional (7%), exclusión y repudio (5%), atributos físicos (3%), seguidas por atributos intelectuales, referencia a una celebridad y otros, cada cual con 1%. En el 5% de los cuestionarios, el sujeto no respondió a esa pregunta. Las subcategorías de comportamiento sexual fueron comportamiento sexual invertido (59%), comportamiento sexual activo (33%), además de los comportamientos sexuales pasivo y de frustración, cada una con 4%.

Comparado con el grupo anterior, es mayor la lista de categorías que aparecieron en los peores insultos de los hombres homosexuales a las mujeres homosexuales: comportamiento sexual (71%), trazos de carácter relacional (5%), exclusión y repudio (5%), atributos físicos (4%), trazos de carácter de autogestión (3%). Además de las categorías “atributos intelectuales” y “otros”, el sexo biológico como insulto, cuando se consideran las palabras “hombre” o “mujer” como ofensa, quedó cada cual con 1%. Como subcategorías de comportamiento sexual, surgieron: comportamiento sexual invertido, la principal, con 83%, seguido por el comportamiento sexual activo (11%) y comportamientos sexuales de frustración y pasivo, cada uno con 3%. En el 9% de los cuestionarios, esta pregunta quedó sin respuesta.

El comportamiento sexual permaneció como categoría mayoritaria en los peores insultos elegidos por las mujeres homosexuales para su propio grupo (80%). Además de esto, el subgrupo más destacado de esta categoría también fue el comportamiento sexual invertido (76%), seguido por el comportamiento sexual activo (16%), y el pasivo y de frustración, con 8% cada uno. Las otras categorías que aparecieron con menor frecuencia fueron exclusión y repudio (5%), atributos físicos (4%), trazos de carácter relacional (3%), atributos intelectuales (2%) y otros (1%). En el 5% de los cuestionarios, no hubo respuesta a esta pregunta. Se percibe, por lo tanto, que las mujeres homosexuales siguieron los mismos comportamientos mayoritarios presentes en el grupo de los hombres homosexuales, homogeneizando, consecuentemente, los resultados. (Figura 3).

Figura 3 Insultos de mujeres homosexuales atribuidos a mujeres homosexuales en la categoría “comportamiento sexual” 

Consideraciones finales

La intención de esta investigación fue identificar de qué manera los sujetos autodeclarados homosexuales utilizan los insultos y, sobre todo, verificar si los valores de género permanecen en el sostenimiento de los roles sociales tradicionales. En base a los resultados, fue posible verificar una escasa distinción en el empleo de los insultos en los grupos analizados, lo que siguiere la perpetuación de los principios machistas y de los valores de género en nuestra sociedad.

Entre los hombres homosexuales, las ofensas atribuidas a los hombres, tanto homosexuales como heterosexuales, se mantiene la categoría del comportamiento sexual pasivo como insulto predominante, aunque los insultos sean dirigidos al propio grupo. Por lo tanto, aunque muchas veces sean marginalizados y oprimidos por causa de su homosexualidad, los entrevistados recurren a los mismos mecanismos homofóbicos contra los hombres en general. Además de eso, los hombres homosexuales, consideraron los peores insultos a las mujeres heterosexuales aquellos asociados al comportamiento sexual activo y, para las mujeres homosexuales, aquellos relacionados al comportamiento sexual invertido, reafirmando patrones normativos impuestos a las mujeres.

Análogamente a los hombres homosexuales, las mujeres autopercibidas como homosexuales también presentan una tendencia a apropiarse de los valores heteronormativos en la elección de los peores insultos dirigidos a los diferentes grupos. Por lo tanto, también atribuyen como las peores ofensas a los hombres, sean estos heterosexuales u homosexuales, aquellas que denotan comportamiento sexual pasivo. Además de esto, ratifican la división encontrada en el grupo de las mujeres heterosexuales, en el cual los peores insultos atribuidos a su grupo se refieren a la subcategoría de comportamiento sexual activo, mientras que las peores ofensas dirigidas al propio grupo de las mujeres homosexuales corresponden a la subcategoría de comportamiento sexual invertido.

En síntesis, a partir de los datos obtenidos, se puede inferir que los hombres y las mujeres homosexuales, aunque no estén encuadrados en los patrones de heterosexualidad oposicional 1, reiteran los roles sociales y tradicionales de género, los cuales pregonan la virilidad para los hombres y la reserva sexual para las mujeres. Además de esto, a pesar de que se encuentren al margen de la heteronormatividad, estos reproducen los comportamientos de los heterosexuales. Frente a este cuadro, este estudio pretende resaltar la importancia de la reflexión acerca de los mecanismos que construyen subjetividad y orientan los juicios morales en la vida social, ya que se entiende que son fundamentales para la toma de consciencia sobre los patrones de comportamiento vigentes, los cuales, al reproducir moralidades inequitativas, represivas e incluso contrarias a las bases de la ciudadanía, van en oposición al respeto por la autonomía individual.

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Aprovação CEP/ICH-UnB 05-04/2012

Corrección

A pedido de los autores, publicamos una corrección en el artículo Los insultos entre homosexuales: ¿la transgresión de la heteronormatividad o la duplicación de valores de género?, con número DOI 10.1590/1983-80422015233099, publicado en la Revista Bioética, volumen 23, número 3, en la página donde se leía:

Figura 1 Insultos de hombres homosexuales atribuidos a hombres homosexuales en la categoría “comportamiento sexual” 

léase:

Figura 1 Insultos de hombres homosexuales atribuidos a hombres homosexuales en la categoría “comportamiento sexual” 

Recibido: 23 de Mayo de 2015; Revisado: 13 de Julio de 2015; Aprobado: 3 de Agosto de 2015

Correspondência: Valeska Zanello Departamento de Psicologia Clínica (PCL), Campus Darcy Ribeiro, Universidade de Brasília (UnB), Asa Norte, CEP 70910-900. Brasília/DF, Brasil.

1

Graduando felipebaere@gmail.com

Declaram não haver conflito de interesse.

Participación de los autores

Felipe de Baére participó de la recolección y análisis de los datos y de la redacción del artículo. Valeska Zanello fue responsable por la concepción de la investigación, además de participar en la recolección y análisis de los datos y de la redacción del artículo. Ana Carolina Romero participó de la recolección y análisis de los datos.

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