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Sexualidad, Salud y Sociedad (Rio de Janeiro)

On-line version ISSN 1984-6487

Sex., Salud Soc. (Rio J.)  no.18 Rio de Janeiro Sep./Dec. 2014

http://dx.doi.org/10.1590/1984-6487.sess.2014.18.04.a 

Articles

"Como un trabajo" Tensiones entre sentidos de lo laboral y la sexualidad en mujeres que hacen sexo comercial en Argentina

"Como um trabalho". Tensões entre sentidos do trabalho e a sexualidade em mulheres que fazem sexo comercial na Argentina

"Like a job". Tensions between meanings of labor and sexuality among women who perform commercial sex in Argentina.

Santiago Morcillo1 

1Doctor en Ciencias Sociales, Grupo de Estudios Sobre Sexualidades, Instituto de Investigaciones Gino Germani, Universidad de Buenos Aires - CONICET, Buenos Aires, Argentina - santiagomorcillo@gmail.com


RESUMEN

Los feminismos han entablado una discusión acerca de la prostitución que ha devenido un debate polarizado. Dejando de lado este esquema dicotómico -prostitución como violencia o como trabajo- este artículo aborda las miradas de las propias mujeres dedicadas al sexo comercial desde la cotidianeidad de su práctica. A partir de entrevistas y observaciones realizadas en tres ciudades de Argentina, se describen y analizan las visiones de mujeres dentro y fuera de las organizaciones que las nuclean y en diversas modalidades de sexo comercial. Se busca comprender los sentidos nativos asociados al "trabajo" y las tensiones en su articulación con el sexo comercial, por un lado, y con las concepciones de sexualidad, por el otro. Finalmente, el artículo plantea la necesidad de reflexionar sobre las características singulares que adquieren los discursos de estas mujeres en el contexto local, que no siempre pueden ser comprendidas desde las líneas de lectura más usuales.

Palabras-clave: prostitución; trabajo; sexualidad; cuerpo; instrumentalidad

RESUMO

Os feminismos estabeleceram uma discussão a respeito da prostituição que ocasionou um debate polarizado. Deixando de lado este esquema dicotômico - prostituição como violência ou como trabalho - este artigo aborda os olhares das próprias mulheres dedicadas ao sexo comercial desde a cotidianidade de sua prática. A partir de entrevistas e observações realizadas em três cidades da Argentina, descrevem-se e analisam-se as visões de mulheres dentro e fora das organizações que lhes servem de núcleo e em diversas modalidades de sexo comercial. Busca-se compreender os sentidos nativos associados ao "trabalho" e as tensões em sua articulação com o sexo comercial, por um lado, e com as concepções de sexualidade, por outro. Finalmente, o artigo estabelece a necessidade de refletir sobre as características singulares que adquirem os discursos destas mulheres no contexto local, que nem sempre podem ser compreendidas a partir das linhas de leitura mais usuais.

Palavras-Chave: prostituição; trabalho; sexualidade; corpo; instrumentalidade

ABSTRACT

The feminist discussion on prostitution has become a polarized debate. Leaving aside the prostitution as violence / prostitution as labor dichotomy, this article addresses the views of women who engage in commercial sex from their everyday life in that practice. Drawing on interviews and observations conducted in three cities of Argentina, the views of women who do and do not belong to organizations, and in various forms of commercial sex, are described and analyzed. The native meanings associated to "work" are considered in line with the tensions in its articulation with commercial sex, on the one hand, and with conceptions of sexuality, on the other. The article finally argues for the need to rethink the singular characteristics acquired by the discourses of these women in their local context, which the more usual viewpoints overlook.

Key words: prostitution; work; sexuality; body; instrumentality

Perder las dicotomías, ganar las complejidades 1

La forma que ha tomado el debate público sobre la prostitución ha hecho desparecer un conjunto de matices que permitirían comprender más profundamente este fenómeno. Dentro de los feminismos, tanto en los ámbitos académicos como del activismo, desde la década de 1980 se viene desarrollando un debate acerca de la prostitución, originado en el ámbito norteamericano. Allí, en el marco de las llamadas Sex Wars, surge la oposición entre las concepciones del feminismo radical, que conceptualiza al sexo en un contexto patriarcal como un peligro, y del feminismo libertario (o pro-sexo), que lo enfocará como una posibilidad de placer. De un lado, se plantea que negociar el placer sexual no conlleva a ninguna forma de libertad, ni es el placer un tema central de la sexualidad femenina; la cuestión es la dominación y la forma de detenerla (MacKinnon, 1987). Del otro, se sostiene que la cuestión clave de la sexualidad son los aspectos potencialmente liberadores del intercambio de placer entre individuos que consienten (ver Ferguson, 1984). En estas discusiones las prostitutas ocuparon tanto el lugar de esclavas sexuales como de paradigma de la subversión sexual (Chapkis, 1997).

El debate luego se extiende a nivel internacional, acicateado también por el resurgimiento de la cuestión de la "trata de personas" (Barrancos, 2008) y el surgimiento de organizaciones de prostitutas (Piscitelli, 2006) que comienzan a reclamar bajo la autodenominación de sex workers. Varios puntos entran en disputa: las concepciones de sexualidad y de género, de autonomía y opresión, las distinciones u homogeneizaciones entre las modalidades de prostitución. Las posiciones se han polarizado en torno a la concepción de la prostitución: ¿es un trabajo o es esclavitud? Tal como se lee habitualmente el debate, parece que de la respuesta a esta pregunta se derivan -linealmente- posiciones políticas: de un lado se busca legitimar la prostitución concibiéndola como "trabajo sexual" y por el otro se la condena como una forma de violencia y se pretende la abolición de la "prostitución/esclavitud sexual". 2 En la politización y polarización del debate no siempre se advierten los matices y las diferencias teóricas de una ni otra posición. Entre quienes sostienen la idea del "trabajo sexual" existen visiones más liberales, que piensan la prostitución como un contrato entre partes iguales, y otras que, además de poner el foco en otros aspectos como la estigmatización o la criminalización, buscan registrar las asimetrías sin por ello reificar las posiciones. Las miradas que no ven a la prostitución como trabajo también varían: desde el feminismo radical, que entiende toda forma de prostitución como violencia contra las mujeres -equiparándola con la violación y la "esclavitud sexual"- hasta otros enfoques, que matizan y contextualizan la mirada sin homogeneizar todo el mercado sexual.

En Argentina este debate ha calado profundamente y se halla presente en los diálogos y disputas entre activistas e intelectuales. También las organizaciones de mujeres que se dedican al sexo comercial se hallan divididas en posiciones que replican las líneas del debate feminista: por un lado, las que se reivindican como "trabajadoras sexuales", la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR-CTA), y por el otro aquellas que sostienen una posición abolicionista y se autodenominan "mujeres en situación de prostitución", la Asociación de Mujeres Argentinas por los Derechos Humanos (AMADH), antes conocida como AMMAR Capital. La similitud en las denominaciones se debe a que estas organizaciones son fruto de una ruptura: desde mediados 1994 las mujeres estaban nucleadas en AMMAR, que al año siguiente comenzó a funcionar en la Central de Trabajadores Argentinos (CTA). En 2002, tras discusiones y diferencias aparentemente insalvables, un grupo de mujeres comenzó a funcionar autónomamente como AMMAR Capital y acabó escindiéndose, abandonando la CTA. 3 Los diálogos y las articulaciones políticas que ambas organizaciones sostienen desde entonces han pronunciado sus diferencias. Tras haber atravesado fuertes discusiones que pusieron en cuestión los prejuicios de buena parte de la CTA, las mujeres de AMMAR articulan con militantes sindicales de diversos gremios (y sólo muy recientemente, con algunos sectores del movimiento LGBTI). Las mujeres de AMADH han entablado vínculos con organizaciones del feminismo abolicionista e integran colectivos como la campaña abolicionista "Ni una mujer más víctima de las redes de prostitución", el FAN (Frente Abolicionista Nacional) o lo que se denomina movimiento "anti-trata" (ver Varela, 2013).

Si bien la prostitución en Argentina no es ilegal, desde 1921 se penaliza la explotación de la prostitución ajena. En el marco de la actual campaña contra el tráfico de personas se han introducido varias modificaciones en la normativa legal: se amplió el espectro de casos concebidos como "trata"; se ha prohibido ofertar servicios sexuales en la prensa gráfica (hay un proyecto de ley para extender esta prohibición a las publicidades por Internet); y también se ha prohibido en varias provincias la instalación de cabarets. A ello hay que sumar que, en la mayor parte del país funcionan códigos contravencionales, que sancionan la prostitución callejera.

Si bien este proceso de polarización es comprensible en el debate público y mediático, hacer cada vez más rígida y menos matizada una posición acaba siendo poco útil a los fines de comprender las experiencias de las mujeres que se dedican al sexo comercial. No me detendré aquí en los argumentos de las posiciones en debate, pues hay una extensa bibliografía que ha abordado esta cuestión. 4 Cuando la polarización estructura al debate feminista sobre la prostitución y opone los significados de trabajo (como empoderamiento) al de violencia (como esclavitud), no resulta útil para comprender las tensiones presentes en las miradas de las protagonistas de un fenómeno complejo como es el "sexo comercial". Utilizo aquí esta denominación a fin de poner entre paréntesis las dicotomías que representan las posiciones del debate y sus supuestos, abrir las posibilidades reflexivas sobre la cuestión y hacer lugar a la comprensión de los diferentes discursos y lógicas relevadas en mi trabajo de campo.

Para comprender las concepciones que las mujeres involucradas tienen sobre la actividad resulta clave dar espacio a las ambivalencias que atraviesan sus discursos. Todas las mujeres entrevistadas durante el trabajo de campo, más allá de su participación o no en organizaciones, se referían al sexo comercial utilizando el significante "trabajo". En este artículo, más que saldar el debate o argumentar en sus términos dicotómicos, busco conocer cómo funciona este significante y de qué especificidades se carga en su uso nativo. A partir de los discursos de las entrevistadas analizo, en primer lugar las tensiones que emergen entre el sexo comercial como "trabajo" y otros sentidos habituales que ellas ligan al trabajo. En segundo término, abordo las complejidades que supone la performance laboral en relación a ciertos sentidos atribuidos a la sexualidad. Finalmente, luego de considerar las funciones que cumple esta concepción nativa del "trabajo" respecto del estigma, reflexionaré sobre algunas de las especificidades locales que requieren una elaboración conceptual distinta de aquellas que se plantean siguiendo las líneas del debate "trabajo sexual" vs. "violencia de género".

Metodología

En este contexto, resulta fructífero reconstruir las posiciones de las propias mujeres involucradas desde sus relatos. El enfoque que propongo para este artículo no pretende que dichas narrativas constituyan un acceso no mediado o transparente hacia las experiencias de las mujeres que venden sexo. Sin embargo, sus discursos nos permitirán lograr una comprensión de cómo entienden sus posiciones y, en especial, qué usos nativos emergen para dar significados a la práctica de la prostitución.

Para ello realicé entrevistas semi-estructuradas que fueron complementadas con la observación. Como técnica de producción de material empírico, la entrevista semi-estructurada habilita la posibilidad de conocer significados desde la perspectiva de las entrevistadas. A su vez, para comprender la complejidad de sentidos, me propuse una estrategia metodológica que apuntara a las multiplicidades y para ello he abordado distintos escenarios de sexo comercial. 5

El trabajo de campo, desarrollado entre 2008 y 2012, incluyó tres ciudades: Buenos Aires, San Juan y Rosario. Estas ciudades tienen diferencias tanto en lo económico y sociocultural; en los procesos de constitución histórica del sector del sexo comercial y de las organizaciones que nuclean a las personas que realizan dicha actividad; como en las posibilidades mantener el anonimato o visibilizarse. 6 Aun así, estas diferencias no repercutieron en los ejes analíticos que abordo aquí, lo cual pone de relieve la transversalidad de sentidos que se comparten.

Otras dos dimensiones de variabilidad son más importantes a los fines de este artículo. Por un lado, en el trabajo de campo incluí distintas modalidades o estratos de prostitución que combinan espacios y formas de organizar el trabajo. Siguiendo los usos nativos podemos distinguir entre: sexo comercial "de calle" (CLL), que puede contar o no con proxenetas; los cabarets (CB) o whiskerías y departamentos o "privados" (PV), donde los "dueños" suelen quedarse con una porción importante de las ganancias de las mujeres. Por último, "escort" (ES) funciona como denominación nativa que hace referencia a un nivel más "exclusivo", expresado en las tarifas más altas; las "escorts" suelen trabajar de forma independiente y son contactadas telefónicamente o vía Internet por sus clientes.

Por otro lado, dos vías de entrada distintas confluyeron en el inicio del trabajo de campo. En primer lugar, el acercamiento a las organizaciones y sus referentes, y luego el contacto directo con las mujeres en las zonas de sexo comercial callejero, en los cabarets o boliches, o a través del teléfono. El acceso a través de las organizaciones (tanto AMMAR CTA como AMADH) fue fundamental para conocer experiencias y posicionamientos políticos entre mujeres con diverso grado de militancia. Sin embargo, la mayor parte de las etnografías en nuestra región han privilegiado este camino, por ello también resultaba importante contactar directamente a mujeres que no tuvieran vínculos con las organizaciones. Persuadido por la afirmación de Perlongher de que "no hay mejor manera de estudiar el callejeo que callejeando" (1993:20), también deambulé ("yiré") por diversos escenarios a fin de entablar contactos directos (es decir, sin mediación de ninguna de las organizaciones) con las mujeres que ofrecían sexo comercial bajo distintas modalidades.

La muestra quedó integrada por 35 entrevistadas e incluyó, por partes casi iguales, tanto a mujeres que militaban en alguna de las organizaciones como a aquellas que no tenían ninguna participación. Las entrevistadas tenían entre 21 y 52 años de edad; casi un tercio de las ellas no había concluido el nivel educativo primario y sólo seis habían concluido la secundaria o comenzado estudios superiores. En cada cita de las entrevistas están consignados los pseudónimos de las entrevistas, sus edades y la modalidad principal con la que trabajaban; en el texto explicitaré cuando me refiera a entrevistadas que tenían vínculos más o menos constantes con las organizaciones.

A partir de la diversidad de experiencias que pude conocer y de sus distintos relatos en las voces de las entrevistadas, he buscado, sin dejar de contemplar la variabilidad de sus visiones, poner el foco en las construcciones más compartidas y los significados que se producen y reproducen en ellas.

De la ética laboral a las tácticas frente al estigma

Más allá de las disputas de activistas y especialistas, el uso nativo de "trabajo" como forma de referirse al sexo comercial era homogéneo entre las mujeres que entrevisté, en las distintas modalidades e incluso entre las que pertenecían a una u otra organización. Prácticamente todas las mujeres con las que dialogué veían a la actividad "como un trabajo", e incluso muchas se refirieron en algún momento llamándolo "mi trabajo". Claramente, el significante "trabajo" estaba presente todo el tiempo y adquiría gran relevancia en los discursos de las entrevistadas, tal como podemos ver en la nube de palabras. 7

Imagen 1. Nube de palabras (representa la frecuencia de los vocablos significativos mencionados en las entrevistas. Elaboración propia) 

Pero esto no nos dice mucho sobre cómo se usaba este significante. Una anécdota de una entrevistada puede servir para comenzar a comprender las ambigüedades y la complejidad de sentidos que se abren al intentar concebir al sexo comercial "como un trabajo".

Yo un día pasé... y ellas me dijeron: "¿Qué, trabajas por acá vos?" "Sí -le digo- trabajaba, a cuatro cuadras de acá". "Ah, sí, porque yo te veo pasar siempre". Pero yo no entendía de qué ella me decía. Y entonces me dice: "Yo pensé que trabajabas". Y yo agarro, la miro y le digo: "¡Sí, trabajo!" y me río. "¿Trabajás? ¿Pero cuántos años tenés?", me dice. Y le digo: "Dieciocho". "Ah, con razón vos te llevas todos los clientes", me dice. Entonces yo agarro y la miro y le digo: "No, no, pará, no mal interpretes. Nada que ver, yo no trabajo... de... coso" le digo... "Yo trabajo por hora en una casa", le digo, ¿viste? "Ah -me dice la chica- yo pensé que trabajabas como nosotras" Y yo ahí recién me di cuenta de que ellas trabajaban. (Sabrina, 21 años, CLL)

Sabrina me había contado que antes de hacer sexo comercial, como muchas de las entrevistadas, trabajaba "por hora", es decir, que hacía trabajo doméstico. En otro estudio, realizado en Misiones hace algunos años, las entrevistadas diferenciaban entre "trabajo" para el trabajo doméstico y "laburo" para la prostitución, que no era considerada trabajo (Soto, 1988). Entre las mujeres que entrevisté era frecuente la denominación trabajo "por hora", donde el trabajo doméstico es re-nombrado y, si bien la tarea desempeñada no resulta evidente, la nueva nominación permite diferenciarlo de otros trabajos. Nombrar "trabajo" al sexo comercial puede ser una forma de re-nombrar algo cuyo nombre habitual implica un estigma. Pero la dificultad para designarlo en su especificidad y diferenciarlo de otros trabajos -ejemplificada cuando Sabrina dice no trabajar "de... coso"- expone las tensiones subyacentes. En el barrio donde Sabrina trabajaba confluían mujeres con distintos trabajos y su anécdota muestra el hiato que se abre entre las concepciones más comunes de trabajo y el sexo comercial como "trabajo". Comprender al sexo comercial como "trabajo" implica compartir los sentidos que se le atribuyen y participar del colectivo o la red de vínculos que sostiene esos sentidos -de allí el malentendido que relata Sabrina-. Entonces, ¿de qué sentidos se cargaba este "trabajo" y cómo se articulaba con los sentidos más habituales del término?

El concepto de "trabajo", sus significaciones y valoraciones se han ido transformando históricamente. Annie Jacob (1995) hace un recorrido por algunos de los sentidos que se fueron volviendo hegemónicos, señalando las variaciones en los distintos períodos. La concepción antigua del trabajo lo liga con el sufrimiento y lo valora negativamente, sea por su derivación etimológica de un instrumento de tortura (tripalium) o por el contraste con la virtud de la vida contemplativa o dedicada a rezar. Desde entonces, las transformaciones incluyeron al trabajo como un sacrificio o servicio a Dios, ligado a su vez con una profesión en la ética protestante -como también ha señalado Max Weber (2003 [1905])-, y luego al trabajo como un valor moral, que se oponía a la pereza e indolencia de los "otros" colonizados. Si bien Jacob (1995) señala que el sentido actual de trabajo es en general ligado a "ganarse el pan", sabemos que en un signo coexisten -y pugnan- varios sentidos (Voloshinov, 1976); y persiste mucho de esa historia que lo liga tanto al sufrimiento como al sacrificio y a la moral.

El esfuerzo, la dignificación y la remuneración con dinero son algunos de los significados que las entrevistadas relacionaban con el "trabajo" en general. Sin embargo, el sexo comercial no se asocia sencillamente con todos estos sentidos. El tema del valor del esfuerzo en el trabajo -y la aprobación social que podría ligársele- emerge cuando las mujeres que hacen sexo comercial intentan contestar una de las imputaciones que se les hace: la falta de empeño. La inculpación pesa sobre todos los sectores de clases más desposeídas, se les atribuye ser "vagos", no querer esforzarse lo suficiente como para tener un ingreso por medios socialmente aprobados.

Daniela: Yo sé que esto no está bien, pero es lo que me está tapando ahora a mí el agua. O sea, como que me está haciendo progresar un poco. No sé si... hasta dónde. No sé, por lo menos... por el día yo tengo lo que en otros trabajos no tengo.

Santiago: ¿Y por qué decís que no está bien?

Daniela: Porque... está mal visto por la sociedad, por la gente. No sé si está bien o está mal. Yo... o sea, está mal. Yo no lo veo... al contrario, yo antes decía: "Yo nunca voy a trabajar de esto". ¿Por qué? "Porque a las minas les gusta la plata fácil". Plata fácil no es, ¿por qué?... Porque el que te toca, porque el que te contagia... o uno que esté sucio o uno que esté enfermo... No... fácil no es, no es nada fácil. Entonces yo en mi ignorancia decía... "no, no voy a trabajar nunca, porque les gusta la plata fácil". Fácil no es. Rápido sí... Pero fácil no. Es rápido. Por ahí... en una hora vos hacés 200 pesos. En un trabajo nadie te paga 200 pesos. (Daniela, 26 años, PV. El énfasis me pertenece).

La mirada moral de la sociedad interpelaba a Daniela y la hacía dudar del estatus de su actividad (y de la posibilidad de que sea "un trabajo" como los "otros trabajos"). Frente a la acusación de ser mujeres que gustan de la "vida fácil", muchas entrevistadas aclararon que podían ganar "plata rápida", pero que no era "plata fácil". De esta manera se resalta el esfuerzo, como aspecto que valoriza y moraliza al trabajo en general: el nivel relativamente más alto de ingresos y la velocidad con que se obtienen no es fortuito, sino fruto del empeño. No obstante, los intentos por santificar estos ingresos, evocando el esfuerzo y remarcando la penosidad de las tareas, chocan una y otra vez con las impugnaciones de la mirada social internalizada.

A mí no me gusta. Mirá, te voy a decir. Tengo trece hijos, lo tengo que hacer [...] Yo por ahí estaba en mi casa antes de trabajar en esto y pasaba y veía a las chicas trabajando en la ruta y decía "mirá si no van a poder ir a limpiar una casa, a ganarse la vida de otra manera". El destino me jugó mal porque yo al final terminé haciendo esto. Y ahora sé que hay muchas chicas que tienen hijos y lo necesitan. Hay otras que no, que les gusta la plata fácil (Mercedes, 34 años, PV).

Mercedes, que no llevaba mucho tiempo haciendo sexo comercial, había aprendido a relativizar la idea de que a las mujeres como ella "les gusta la plata fácil", pero sólo cuando los hijos e hijas eran la prueba irrefutable de la necesidad. La asociación con el rol de madre y la posición simbólica de los hijos era clave en los discursos de la gran mayoría de las entrevistadas, como también podemos ver en la nube de palabras. Estudios sobre mujeres trabajadoras en Argentina y en Latinoamérica han mostrado las dificultades que supone integrar sus roles laborales y aquellos más tradicionales ligados a la familia (Godoy & Stecher, 2008; Guadarrama Olivera, 2008; Masseroni & Bendini, 2003; Ruiz & Zurita, 2002). En el caso del sexo comercial, la estigmatización complica más aún, pues la apelación a la maternidad como forma de evitar la devaluación simbólica deja al descubierto la crítica moralista de la "plata fácil", como hemos visto al final del extracto de la entrevista con Mercedes. Además, para otras entrevistadas, aun sin que sea plata fácil, la posibilidad de ganar "plata rápida" le quitaba su valor y anulaba el esfuerzo.

Algunas de las mujeres que participaban en AMADH, organización que se opone a la concepción del "trabajo sexual", cuestionaban que el sexo comercial fuera un trabajo, pues no tenían condiciones laborales como obra social o jubilación. Se expone así la asociación entre "trabajo" y unas determinadas condiciones que le darían ese estatus a una actividad. Así, a las impugnaciones morales, se podrían sumar otras, por la precariedad a la que están sometidas las mujeres que hacen sexo comercial. Asimismo, otras entrevistadas de esta organización señalaban que no era un trabajo pues no era "digno".

Se me salió de la cabeza que la prostitución se puede considerar como un trabajo, porque es mentira, porque no... está... Yo no veo... qué sé yo cómo... eso verlo como... Aunque yo lo tuve que hacerlo, no lo veo como un trabajo digno para ninguna familia ni para... Y menos para una sociedad entera, que sabemos que hay mucha discriminación (Fernanda, 37 años, CB).

Cuando las entrevistadas señalaban la falta de "dignidad" del sexo comercial, esta aparecía ligada a las miradas reprobatorias de la sociedad y de sus familias. Aquí la falta de dignidad aparece más ligada a la discriminación, resultado de la moral sexual hegemónica (y las dificultades para cuestionarla), que a la práctica de comercializar sexo en sí. El nivel de estigmatización ponía en cuestión que el sexo comercial pudiera ser un trabajo, en tanto el trabajo se asocia a la dignidad.

En referencia a la cuestión de la dignidad del trabajo, Kathi Weeks (2011) señala que algunos discursos que defienden la idea del sex work, al paso que critican la estigmatización, pueden reestablecer una ideología que pone al trabajo como algo valioso en sí mismo. Cuando en estos discursos se hace hincapié sobre la elección voluntaria de las mujeres que hacen "trabajo sexual" -entendido como un contrato que omitiría asimetrías estructurales-, o cuando se alude a la importancia de la función social que estas labores cumplen, para Weeks se cae en un discurso que por un lado cuestiona la moral sexual, pero por otro repone la moral asociada al trabajo y su ética. Aquí vemos, en cambio, que estas posiciones que moralizan el papel del trabajo -que Weeks nota, por ejemplo, en las activistas y trabajadoras sexuales de COYOTE 8 - aparecen en los discursos abolicionistas que se oponen a la idea de "trabajo sexual". A su vez, las militantes de AMMAR CTA han oscilado en relación a esta cuestión. Anteriormente sostenían que la dignidad del "trabajo sexual" radicaba en obtener el sustento para sus hijos/as; luego, en otras ocasiones se ha planteado que el "trabajo sexual" es un trabajo de las clases obreras y, por tanto, sujeto a ciertos grados de explotación, posición que sostenían algunas entrevistadas.

Si el esfuerzo está cuestionado y la dignidad impugnada o dejada de lado, hasta aquí podríamos pensar que ninguno de los sentidos asociados al trabajo sería fácilmente asimilable al sexo comercial. Pero también la remuneración monetaria era para las entrevistadas un elemento que da significado al trabajo. En este punto, la vinculación es simple y directa: el principal pago por el "servicio" es hecho en dinero (otro elemento clave, como mostraba la nube de palabras - Fig.1 ). Aquí la impersonalidad del dinero -cuando es recibido como pago de la tarifa 9 - permite concebir al trabajo como una actividad delimitada, separada del mundo personal y orientada puramente por el beneficio económico. Participaran o no de una u otra organización, las mujeres muy frecuentemente sostenían esta mirada instrumental sobre el trabajo en el sexo comercial (aunque aparecía matizada entre algunas de las "escorts"). Esta concepción instrumental del trabajo tiene una función vital para las entrevistadas, pues a la vez que permite un vínculo con uno de los sentidos habituales del "trabajo", habilita la desimplicación respecto de las prácticas sexuales como un modo de eludir la interpelación de "puta".

Esta visión del trabajo se asocia a la búsqueda de dinero de forma puramente instrumental. Entonces, implicarse en el "hacer" de este trabajo será justamente desimplicarse en términos personales. Hacer el trabajo emocional de desligar -cuando surgen- el propio deseo, el placer sexual, y los sentimientos amorosos -"ponerse el signo pesos en la cabeza"-; y a la vez, sostener una actuación que simula lo contrario es, para muchas de las entrevistadas, ser una buena profesional. Esta desimplicación es tan efectiva que aparecía en las entrevistas con mujeres militantes que se reivindicaban como "trabajadoras sexuales", aunque tensara sus posiciones políticas. 10 También la misma concepción emergía causando evidentes tensiones en el relato de las que, aunque se autodenominaban "mujeres en situación de prostitución", veían al sexo con los clientes "como un trabajo" y hacían un uso frecuente de la denominación "trabajo" para referirse a ella.

Beatriz: Vos trabajás con la mente... Porque por más que esté el tipo encima, haciendo lo que tiene... el amor, qué sé yo, yo te voy a explicar así, porque en sí no hay amor... Claro, cuando el tipo está ocupado, está encima tuyo, vos estás pensando, yo, trabajás con la mente, estás pensando: "Ay, que se desocupe, cuánto me haré, que, que venga otro cliente, ay, que ya me faltan dos clientes, que vengan", eso. Entonces no te da lugar a mentalizarte en el sexo ¿Me entendés? Eso, eso es muy... este, ¿Cómo te puedo decir? Eso es muy profesional en las mujeres cuando trabajan así, porque te imaginás que si tenés que tratar de tener con cada persona que pasa tener un orgasmo... Tenés, que siempre que tratar de separar. [...]

Santiago: Ahá... Y, vos me dijiste recién que era muy profesional ¿En qué iría el ser profesional en esto?

Beatriz: Es una forma de decir profesional.

Santiago: No, no, está bien.

Beatriz: En que vos no te enganchás en tener sexo, por eso te digo...

Santiago: Ahá ¿En disfrutar?

Beatriz: Claro, sexo, esto es trabajo, que ahora le decimos que no es trabajo, es una forma de decir...

Santiago: Está bien, está bien.

Beatriz: Este es un trabajo y es un trabajo, estoy haciendo un trabajo, mi mente no tiene por qué estar... ahí, es así (Beatriz, 51 años, CLL).

El testimonio de Beatriz muestra cómo concebir y practicar el sexo "como un trabajo" requiere un esfuerzo y la dedicación de energías para neutralizar otros sentidos. Aun militando en una organización que plantea que la "situación de prostitución" no es un trabajo, pensar al sexo comercial "como un trabajo" es una herramienta para poder organizar esta actividad y darse a sí misma una explicación plausible sobre qué sentido tienen esas prácticas (no) sexuales. 11 La idea de "trabajo" en este caso funciona como una forma de desimplicarse y a la vez reconstruir sentidos para prácticas corporales cuyos sentidos más habituales son sexualizados.

La mirada instrumental sobre el sexo comercial concebido "como un trabajo" implica desexualizar o, mejor dicho, desligar los sentidos habituales de intimidad, placer y amor de las prácticas que se sostienen con los clientes. Esto es importante, pues estas mujeres se hallan interpeladas desde la posición estigmatizante de "puta", y la idea de que el sexo comercial sea un trabajo aparece cuestionada desde varios flancos (además de los discursos del feminismo abolicionista radical). Varias mujeres relataban que algunos clientes, de la mano del sentido común inspirado en la moral sexual patriarcal y hegemónica, las ven como seres lujuriosos, perversos, es decir, "putas". Fernanda, que como Beatriz militaba en AMADH, se sentía interpelada en ese sentido cuando algunos clientes le preguntaban por qué hacía sexo comercial. Ella sentía esto como un maltrato, pues suponía que el subtexto de esa interrogación era que le gustaba lo que hacía, y eso le resultaba inaceptable. Además, luego de militar en la organización, Fernanda había cambiado su percepción y se sentía "tratada como una cosa":

En una época yo estaba equivocada, yo decía cuando salía... "Ah, llegó la hora, yo me tengo que ir a mi trabajo". Cuando bueno... después... con el paso del tiempo, cómo se dice, la forma que yo sentía que me trataban..., sentía que no me trataban como persona, sino como una cosa [...] Ya cuando usas la palabra "te estoy pagando", ya uno se siente... como un objeto. Ya uno no se siente como una persona. Entonces cuando yo me vine a dar cuenta de eso..., de ahí en adelante me fue cambiando el pensamiento. Entonces ya de ahí para mí, no era un trabajo, era una necesidad. Fue una opción... una necesidad que me llevó a hacer eso (Fernanda).

Las prácticas enajenantes de algunos clientes parecen sumarse a los cuestionamientos sobre este "trabajo", pero sólo luego de su elaboración en el seno de la organización (el "darse cuenta" y "cambiar el pensamiento" que expresa Fernanda). Entonces, el esfuerzo que las mujeres hacen para "tomarlo como un trabajo" entra en tensión, no sólo con las concepciones del sexo como algo ligado al amor, al placer y a la intimidad, sino también con diversos discursos patriarcales y ciertos feminismos. Entonces, el mismo pago en dinero, que asegura la instrumentalidad y permite comprender la actividad como un trabajo y no como una "perversión", puede hacer que algunas mujeres se "sientan como un objeto". Según los contextos, la desimplicación subjetiva -que aleja el estigma de "puta" dominada por la lujuria- puede transformarse en una objetificación difícil de sobrellevar para algunas. Aquí, el posicionamiento en términos de los vectores estructurales de opresión no favorecían a Fernanda: migrante indocumentada, endeudada, 12 afrodescendiente, trabajando explotada en un cabaret y "vieja" para el mercado sexual; subalterna, en términos etarios, de clase, raza y género. En una situación diferente, por ejemplo, Abril, joven, blanca, "escort" independiente, sin hijos y con estudios terciarios, tenía una percepción distinta y restringía el alcance de la instrumentalización:

Mi parte comercial, yo comercializo por teléfono, empieza ahí mi parte comercial y termina cuando me pagan, después el resto... yo te trato como una persona, la transacción es el tema comercial, después el resto no tengo porqué tratarte como un objeto y no tienen porqué tratarme como un objeto (Abril, 25 años, ES).

Abril no tenía problemas en plantear no sólo que era un trabajo, sino que su trabajo le gustaba y lo disfrutaba. Su mayor capital erótico 13 y sus capacidades para manejar la negociación -y los límites de las relaciones con los clientes- le permitían construir el sexo comercial "como un trabajo", sin tener una necesidad tan fuerte de desimplicarse y matizar los efectos de la instrumentalización. Tanto la posición en términos estructurales, de clase, raza, género y etarios, como las nociones de sexualidad y la capacidad de manejo de las emociones influyen en los matices sobre las concepciones de la actividad; qué y cómo se comercializa, cómo se construye esa experiencia.

Vender el cuerpo, el sexo, el tiempo; ser o tener una máquina

¿En qué consiste? Yo le ofrezco un servicio al cliente. Le cobro tanto por cierta cantidad de tiempo. Para mí... en vez de vender mi cuerpo, como para muchas... dicen que la trabajadora sexual o la prostituta vende su cuerpo, para mí yo estoy vendiendo mi tiempo. Yo con... negocio el tiempo con el cliente (Inés, 24 años, CLL).

Inés era una militante apasionada y defendía la idea de "trabajo sexual". Aquí, distanciándose del discurso abolicionista que plantea que la prostitución es "vender el cuerpo", evoca en su explicación uno de los sentidos modernos y capitalistas del trabajo: alienación de la fuerza de trabajo por un período de tiempo, sea una jornada laboral o un "servicio".

Hasta aquí nada diferenciaría a esta trabajadora de aquellos proletarios que venden su "fuerza de trabajo" en términos marxistas. De hecho, para el propio Karl Marx (2006 [1844]), la prostitución es sólo una forma específica de la prostitución general del proletario. Sin embargo, Marx no se ocupó de cuáles eran las especificidades en este trabajo. 14 Podemos entender esta venta de fuerza de trabajo como uno de los que Marx llama trabajos serviles o improductivos, que no producen una mercancía u obra, cuyo producto es inseparable del acto de producir. 15 Pero hay una especificidad más en esta fuerza de trabajo.

En el contexto postfordista, otros pensadores han reconceptualizado las formas del trabajo, poniendo atención en la afectividad y la subjetividad -Paolo Virno, por ejemplo, dedica atención al papel de la sonrisa en el trabajo-, pero parecen pasar por alto lo que pudiera tener que ver con la sexualidad. Beatriz Preciado (2008), siguiendo los planteos del colectivo "Precarias a la deriva", señala esta restricción de los teóricos del postfordismo, los operaístas italianos, que prefieren hablar de "trabajo inmaterial" o, a lo sumo, "biopolítico", donde aparece más implicado el cuerpo pero deteniéndose al llegar a la cintura, un cuerpo desexualizado. Preciado conceptualiza la fuerza productiva del trabajo sexual como "potentia gaudendi" o "fuerza orgásmica", es decir, la capacidad de generar orgasmos, y una de sus características es que supone la alienación de órganos que "hasta ahora habíamos considerado como únicamente sexuales y, por tanto, privados, es decir, radicalmente no comercializables, pero que no son otra cosa que el tecnocuerpo sexual de la multitud" (2008:211). Doris, que como Inés militaba en AMMAR CTA, sencillamente planteaba:

Para mí, en realidad, esto es un trabajo, tal vez, digo, no, tal vez no voy a decir, seguramente que no es lo mismo que cualquier trabajo ¿No? Pero simplemente porque trabajamos con los genitales, digo yo ¿No?" (Doris, 52 años, CLL).

Sin embargo, en las experiencias de varias de las mujeres que hacen sexo comercial, lo que Preciado elabora teóricamente y que Doris plantea con aparente simpleza -pero que también es fruto de la reflexión colectiva en su organización-, no parece tan sencillo. Preciado señala que el trabajo sexual funciona en condiciones de precarización, expulsando de la ciudadanía, pero no se pregunta cómo este régimen se articula con las concepciones sobre sexualidad y los posicionamientos de los y las "trabajadoras sexuales". Considerar este aspecto permite comprender por qué hacer sexo comercial requiere, para muchas mujeres, la fijación de fronteras para evitar que los sentidos habituales del sexo invadan su trabajo. Este es un proceso que toma la forma de una lucha incesante para la que no todas tendrán las mismas armas.

Hacer y concebir al sexo comercial "como un trabajo" supone un esfuerzo constante y un proceso paulatino. En primera instancia, los aspectos prácticos de hacer sexo comercial como un trabajo conllevan intentos de organizar la actividad (horarios, lugar de trabajo, tarifas, tiempo y prácticas sexuales involucradas en los encuentros), siempre sujetos a las oscilaciones de un mercado plagado de asimetrías y en el límite de la legalidad. A la vez, la construcción discursiva del sexo comercial como "trabajo" aparece, para la mayoría de las entrevistadas, como una forma efectiva de separarse de la posición hipersexualizada de "puta", pues se busca decir (y sentir) que es sólo trabajo; varias aclaraban: "no es que me guste". Pero la situación es mucho más difícil para las militantes, pues cuando la defensa de la idea de "trabajo sexual" es una apuesta política no basta con eludir el sentido hegemónico sexualizado y estigmatizante de la prostitución, sino que deben confrontarlo -y confrontarse a sí mismas cuando lo han internalizado-, si la lucha es una disputa contrahegemónica y busca desmantelar los fundamentos del estigma de "puta".

Respecto a su propia percepción del sexo comercial y sobre cómo tenían sexo con los clientes, las entrevistadas frecuentemente afirmaban: "lo tomo como un trabajo". En esa frase, que escuché una y otra vez, se hace visible el hiato entre las construcciones y sentidos, sobre el trabajo y sobre el sexo. Decir que se encara la actividad "como un trabajo" puede leerse entendiendo que, a priori, podría no serlo (algo que nadie dudaría respecto del ejercicio de la abogacía, la albañilería, o incluso del modelaje, o el deporte profesional). El sentido habitual del sexo para muchas de estas mujeres estaba ligado al placer, al amor y a la intimidad. Desde allí se contraponía a la experiencia del sexo comercial, que era visto como "trabajo".

Para buena parte de las entrevistadas la forma básica de tener relaciones sexuales -y que eso constituyera un trabajo- suponía crear una oposición entre sexo-servicio-trabajo y sexo-placer-amor. Esta frontera constituye una forma primigenia de organizarse y de comprender al sexo como una actividad laboral.

Mi trabajo en sí consiste en dar placer al otro, no darme placer yo, eso está clarito [...] Porque yo cuando empecé a trabajar, yo me acuerdo que me agarró una compañera y me dijo: "Doris, esto se llama trabajo. No es para que vos vengas y te echés un ["polvo"]... no, Doris", me dice "Vos no, son ellos" (Doris).

La delimitación de ciertas prácticas sexuales y la construcción de lo que llamo sexo-"servicio" 16 -valiéndome de un término nativo- implican encarar el sexo con los clientes desapasionadamente y de una forma instrumental. En un trabajo anterior (Morcillo, 2011), he analizado cómo las interdicciones sobre algunas prácticas sexuales -como los besos o el sexo anal- en las relaciones con los clientes contribuyen a forjar una barrera simbólico-corporal que permite deslindar el sexo comercial de la esfera de la vida íntima. También las declaraciones sobre el uso de preservativo son significativas en este sentido. Casi la totalidad de las entrevistadas dijeron que siempre usaban preservativos con sus clientes, aunque la mayoría dijo que no lo usaban en sus relaciones de pareja o no comerciales. Este uso selectivo indica que no sólo se juega la cuestión de la salud sino también la construcción de barreras simbólicas (y corporales) que separan a los clientes de la intimidad de las mujeres. Pero además, utilizar preservativos contribuía a la rutinización y la consecuente deserotización, consagrando así el sentido instrumental del sexo-servicio. Construir este sexo-servicio y practicar el sexo comercial con una mirada laboral es posible a partir de esta oposición trabajo / placer-amor.

Georges Bataille (1997) considera que la repelencia entre el mundo del erotismo y el mundo laboral es estructurante de la civilización moderna. El primero aparece como una fuerza que derriba las individualidades; el mundo del trabajo es racional e instrumental. Para Bataille, la prostitución moderna -que él llama "baja prostitución"- constituye una degradación del sexo a la animalidad. Sólo algunas pocas de las mujeres que entrevisté, especialmente las "escorts" jóvenes, estaban en condiciones de hacer sexo comercial en un terreno más movedizo, entre el erotismo y el trabajo, según el esquema de Bataille. Para el resto, la imposición de fronteras era la forma de eludir o limitar la degradación, y tener sexo, con el carácter instrumental que Bataille asocia al mundo laboral. Si dije que las entrevistadas asociaban trabajo y esfuerzo, también para muchas el sexo no debía ser placentero, si se hace "como un trabajo". Si se excluye el placer y se lo mantiene únicamente como una experiencia de los clientes -como planteaba Doris más arriba-, es más viable resaltar el esfuerzo que hay presente en el "trabajo" de hacer un sexo-servicio.

Mirá, mi trabajo, cuando estoy trabajando, consiste en, nada, en brindarle lo mejor a la otra persona, ¿entendés? Ese es mi trabajo, hacer que se sienta bien y... que pase un rato agradable, para que el cliente obviamente vuelva, ¿entendés? Para mí es un trabajo común y corriente. Si vos trabajás de kiosquero, trabajás de almacenero, siempre vas a intentar venderle algo de buena calidad para que el cliente vuelva o le guste lo que vos le estás vendiendo. Bueno, yo hago lo mismo, cuando atiendo a un cliente trato de darle lo mejor y que se sienta bien para que pueda volver y yo pueda seguir continuando mi trabajo. De todas maneras yo me concienticé siempre que esto es un trabajo, nunca me enganché con nadie del ambiente, que he conocido mucha gente, nunca me he enganchado con nadie, como te digo, siempre me concienticé de que es un trabajo, como cualquier otro" (Yamila, 27 años, ES).

La performance que supone el sexo comercial conlleva siempre algún grado de desvinculación afectiva, pues debe oponerse al imaginario romántico sobre el sexo. Yamila, a la vez que, como casi todas las "escorts", hacía servicios "onda novia" (performances de sexo comercial que emulan relaciones afectivas de pareja) y podía "sentirse bien" con algunos clientes, también señalaba la necesidad de "concientizarse de que es un trabajo". La separación que Yamila remarca al aclarar "cuando estoy trabajando", supone una diferencia con otros espacios. Concebir "como un trabajo" al sexo que tiene con los clientes es para ella "no engancharse", diferenciarlo del sexo como una experiencia personal ligada al amor.

Pero el carácter que toma hacer sexo "como un trabajo" puede variar y el contraste con las relaciones íntimas puede performarse bajo formas corporal y emocionalmente distintas. Mientras Yamila "brindaba lo mejor" a sus clientes en un departamento céntrico en Buenos Aires, Vanesa, en la zona de la terminal de Ómnibus de Rosario -en una habitación montada en un espacio que parecía haber sido un garaje, donde un tabique de tablas separaba su cama de la que usaba su hermana- contrastaba su trabajo con su intimidad así:

Esto es una máquina que si me das 40 pesos hago lo que tengo que hacer y fue. Conforme o no conforme te doy mi tiempo. En mi casa tomáte todo el tiempo que quieras, relajémonos y vivamos el sexo (Vanesa, 36 años, PV).

Convertir la performance en una maniobra precisamente calibrada habilita la tecnificación del sexo y su entrada en el mundo del trabajo. Hacer sexo comercial asimilándolo con el trabajo tal como se concibe en el marco de las sociedades modernas y capitalistas lleva, en algunos casos, a que se utilice la metáfora de la "máquina" -referida por varias entrevistadas- para describir un sexo maquínico, carente de emociones y sentimientos personales:

Vanesa: Yo tengo una máquina acá. ¿Entendés? Entra, le pido la plata. Se desviste, me desvisto, porque tengo muchas quejas, hay un libro de quejas (risa), eh... le pongo el preservativo, le hago el oral y después me... me penetra para... le doy 10 minutos, 15. O sea yo no... te acostumbrás. Soy... ya es, con todos los clientes es lo mismo. Pasa, la plata es antes. Primero el preservativo en la mano.

Santiago: ¿Y cómo es esto que decís "una máquina"?

Vanesa: Lo tomo como un trabajo. Es mi trabajo. Vivo de esto y sin esto no vivo.

Esta apelación a la metáfora de la máquina habilita un espacio distinto tanto del "objeto" inanimado como del sujeto voluntarista. Esta máquina permite poner en cuestión la posición de André Gorz (1997) quien, desde la sociología del trabajo, niega que la prostitución pueda ser un servicio pues el sexo no podría "reducirse a una secuencia de actos tecnificados y estandarizados" (1997:193). 18 La figura de la máquina introduce una nueva imagen para repensar también la infra-animalidad vergonzante que Bataille les atribuye a las prostitutas, concebidas como parte del lumpenproletariado. Aquí suena más ajustada la caracterización de Preciado (2008), que retoma el concepto de Haraway para concebir un devenir cyborg del trabajador sexual:

... las tecnomáquinas sexuales del siglo XXI: cuerpos vivos a los que se les niega el acceso al espacio público, privados de discurso público y derecho de insumisión, despojados del derecho a sindicamiento, huelga, seguro médico y paro (Preciado, 2008:217).

Sin embargo, lejos de la politización cuestionadora de la sexualidad, las concepciones de las mujeres a las que pude entrevistar trazaban, en su conjunto, un zigzagueo propio de quienes, amenazadas desde varios flancos, buscan más la elusión que el espacio público -a excepción de las pocas que tenían un rol destacado como militantes-. Pensar el aspecto técnico del sexo en un terreno comercial suponía un esfuerzo de desplazamiento para muchas de estas mujeres. Si bien en las últimas décadas los significados asociados a la sexualidad se han transformado -por ejemplo, aparece toda una faceta desligada de la reproducción- también otros aspectos muestran cierta permanencia. Antes de comenzar a hacer sexo comercial, para muchas de las entrevistadas el sexo parecía estar ligado al afecto, a la intimidad, al placer y al amor, esferas que se enlazan simbólicamente a lo sentimental-romántico y se oponen a la tecnicidad de lo laboral mercantil. En este sentido, Julia O'Connell Davidson (1996) argumenta que el sexo no termina de ser completamente mercantilizado. Podemos leer la imposición de límites sobre determinadas prácticas sexuales mencionada por varias entrevistadas como la en-carnación de esta no-completitud de la venta.

Esto no significa dar un carácter ontológicamente fijo a la sexualidad, asociándole perpetuamente los valores románticos no comerciales. La(s) sexualidad(es) y las prácticas corporales que usualmente se comprenden como sexo pueden asumir una amplitud de significados, permitiendo cierto grado de desarticulación entre el cuerpo y las discursividades que dan significado a la sexualidad (Oerton & Phoenix, 2001). Noah Zatz (1997) reclama que para comprender al trabajo sexual: "Las teorías constructivistas de la sexualidad necesitan tener en cuenta a la vez que la sexualidad puede no ser genital, y que la genitalidad puede ser no sexual" (1997:280). Esta perspectiva permite abrir los sentidos sobre las prácticas corporales; sin embargo puede llevar a confundir las posibilidades significativas en abstracto con las posibilidades concretas de construir significados, que dependen de un complejo entramado de relaciones de poder históricamente materializadas. La maleabilidad de los significados que pueden asumir las prácticas corporales/sexuales funciona en el marco de conflictos sobre los sentidos y los márgenes en los cuales el sexo, así como otras prácticas ligadas a la intimidad -tal como plantea Hochschild-serían comercializables (y bajo qué condiciones).20 El que se recurra a excluir ciertas prácticas (sexuales) del intercambio comercial muestra la dificultad que supone pensar partes o usos del cuerpo como desligados de la sexualidad y la intimidad. La convivencia entre estas interdicciones sexuales y las expresiones del sexo maquinizado permiten observar las tensiones que se conjugan en las concepciones del sexo comercial "como un trabajo".

Reflexiones finales

Es importante destacar que no es posible reducir a un único modelo la diversidad de las experiencias de mujeres en el sexo comercial, pero varios de los relatos que he tomado aquí plantean la posibilidad de reconstruir analíticamente algunos patrones y elementos comunes que, a mi juicio, no han recibido suficiente atención. En nuestra región, particularmente en Argentina, el contexto de la actual campaña de "lucha contra la trata", hace contrastar la alta circulación de discursos sobre prostitución con la relativamente escasa investigación empírica. Esta situación pone de relieve la necesidad de comprender en sus especificidades locales algunas de las formas de funcionamiento del "trabajo" en relación al sexo comercial, pues éstas no pueden ser comprendidas cabalmente si nos apegamos a las versiones más dicotómicas del debate feminista.

En un plano general, para la mayoría de las mujeres la experiencia de involucrarse en el sexo comercial no es algo sencillo de elaborar por fuera del discurso que las interpela como mujeres desviadas. La moral sexual hegemónica y patriarcal sanciona con el "estigma de puta" a todas aquellas que se aparten de los confines de la sexualidad postulada como normal (Juliano, 2003; Pheterson, 2000). Desde la modernidad, esta moral, en articulación con discursos jurídicos, religiosos y de la medicina, ha construido el personaje de la "prostituta" como un ser perverso -naturalizando y ocultado las relaciones de poder, generizadas, racializadas y clasistas, que subyacen a dicha operación-. En este marco, la idea de "trabajo", aun con todos los problemas que hemos visto, aparece como el principal escudo frente a la interpelación estigmatizante de "puta".

En este artículo, a partir del análisis de las concepciones que sostenían las entrevistadas sobre su actividad, hemos podido ver cómo se expresan un conjunto de tensiones respecto al "trabajo". Vimos los desajustes entre el sexo comercial y algunas de las ideas y valores comúnmente asociados al "trabajo" en general: esfuerzo, dignidad. Pero también la instrumentalización que aparece en la concepción sobre el sexo con los clientes "como un trabajo", que permite ligar la actividad con otro sentido asociado al trabajo: remuneración.

La comprensión de este "trabajo" a la manera de un trabajo alienado, tal como los de otros/as trabajadores/as en el capitalismo, permite la desimplicación y desligar la propia subjetividad de esa actividad. Entonces, allí donde la performance hace aparecer un sexo maquinizado, se corre de los carriles de la dicotomía de placer / peligro planteada en las sex wars que dieron las líneas generales para el debate feminista sobre la prostitución. Estas líneas no ponen en el centro de su reflexión qué significa una sexualidad laboral desligada de la esfera íntima (donde podría aparecer el peligro) y de la búsqueda erótica (donde emerge el placer). Si bien la posición pro-sexo habilita una comprensión para las experiencias y las concepciones de sexualidad de algunas de las escorts entrevistadas, en otros casos resulta de escasa utilidad.

La trasformación del sexo que se tiene con los clientes en un sexo mecanizado era lograda frecuentemente por la demarcación de límites a las prácticas sexuales y restringiendo el placer. El sexo performado "como trabajo" plantea, en cierta medida, una concepción de la corporalidad distinta, pero si ésta no pone en cuestión la moral sexual se puede tornar una relocalización de las zonas o prácticas interdictas. Así se produce un desplazamiento respecto de las concepciones hegemónicas de corporalidad y sexualidad, pero distinto del que plantean las activistas norteamericanas de COYOTE. En estos planteos hay una crítica profunda a la moral sexual burguesa y se reivindica el valor del trabajo sexual -muchas veces como terapéutico- (Bernstein, 2007). Sin embargo, estas activistas que acuñaron la idea del sex work 21 como forma de enfrentar la estigmatización, mantienen intacta la ligazón entre la sexualidad y la subjetividad.

Desde una perspectiva política, tener sexo comercial "como un trabajo" pero sin retomar una ética laboralista (es decir, desde una posición anticapitalista), representa un desafío múltiple. Por un lado, cuestiona la repelencia entre el sexo y el mundo de lo laboral/instrumental y, por el otro, podría ser una forma de desestabilizar las interpelaciones del dispositivo de sexualidad que construyen sujetos desde sus prácticas sexuales. Sin embargo, resulta difícil para quienes están en una posición subtalterna transformar esta manera de performar el sexo comercial en una política que dispute sentidos sobre la sexualidad -para dar batalla confrontando la estigmatización-; cuando deben protegerse bajo el velo del secreto o viendo la performance como no-sexual, y la sexualidad "verdadera" acaba siendo reenviada a la intimidad romántica. Estas complejidades, y las ambivalencias que se reflejan en los modos de identificaciones de estas mujeres, donde reconocerse como "trabajadora" resulta arriesgado y problemático para muchas (Morcillo, 2013b), ponen en cuestión hasta qué punto es efectiva la estrategia política de organizarse como movimientos identitarios.

El desafío de comprender, en un plano analítico, cómo las mujeres que hacen sexo comercial en nuestro contexto generan concepciones sobre "trabajo" en tensión con sus concepciones de sexualidad, implica no sólo un enfoque laboral, ni una mirada centrada únicamente en las relaciones de género. Requiere, por un lado, expandir las reconceptulizaciones acerca del trabajo, que han puesto en cuestión el modelo clásico del trabajador asalariado y hablan de la feminización del trabajo -pero sin hacer referencias a las formas de trabajo precarizadas, sexualizadas y en marcos paracapitalistas-. Y por otro lado, demanda considerar las tensiones que generan los dispositivos productores de cuerpos sexuados, inscribiéndolos en un sistema que no sólo es androcéntrico y heteronormativo, sino que también corona al sexo en el centro de la intimidad -y a la vez propicia su tránsito comercial pero marginado de la esfera pública y política-, y produce -y silencia- a la "puta" (excepto bajo la figura testimonial de la víctima, la "ex prostituta").

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1Agradezco los debates con mis colegas del Grupo de Estudios sobre Sexualidades, con otros/as colegas que discutieron una versión preliminar en las VII Jornadas de Sociología en La Plata, Argentina, y también los comentarios y sugerencias de los/as evaluadores/as anónimos.

2Véanse lecturas de este tipo por ejemplo en Jeffreys (2009); o en el contexto local, Lipsicz (2003).

3La ruptura de AMMAR ha sido abordada por Justo (2004) e Irrazábal (2006); entre otras/os. Un texto importante para comprender los posicionamientos de las organizaciones, pues transcribe las propias palabras de las principales dirigentes y activistas, es "Diálogo: prostitución/trabajo sexual: las protagonistas hablan" (Berkins & Korol, 2007).

4Hay abundantes textos sobre el tema en el contexto anglosajón (por ejemplo, Bernstein, 1999; Chapkis, 1997; Dworkin, 1993; Jeffreys, 2009; Kesler, 2002; O'Connell Davidson, 2002; Overall, 1992; Scoular, 2004; entre otros tantos) y también algunos en nuestra región (Aucía, 2008; Barrancos, 2008; CLADEM, 2003; Daich, 2012; Olivar, 2013; Piscitelli, 2005).

5La meta conocer un abanico amplio de situaciones y contextos, sumada a la restricción de accesibilidad que presenta el trabajo con sujetos/as estigmatizados/as, me convenció de desistir de una etnografía en el sentido más clásico. Una crítica a los presupuestos de la etnografía clásica "malinowskiana" puede hallarse en el debate entre George Marcus y Judith Okely (2007).

6Buenos Aires -metrópolis urbana y moderna- es la ciudad donde tienen mayor importancia las organizaciones y, en el período del trabajo de campo, la única donde había una organización abolicionista, AMADH. En San Juan -ciudad pequeña, periférica y de moral sexual conservadora-, en tanto, no existía al momento ningún tipo de organización. En este esquema, Rosario ocupa un punto intermedio. A pesar de ser más pequeña que Buenos Aires, la ciudad portuaria de Rosario ha sido históricamente una plaza significativa en el mercado sexual argentino (Múgica, 2009). Luego, especialmente a partir del asesinato de la dirigenta Sandra Cabrera, la organización de trabajadoras sexuales (AMMAR CTA) tuvo un destacado papel en la ciudad y era una referencia fuerte para las mujeres que hacían sexo comercial allí.

7Tanto en las entrevistas como en las conversaciones informales tuve cuidado de no introducir la palabra "trabajo", pero en todas las ocasiones las mujeres comenzaron a utilizarla. Mediante software realicé un conteo y noté que "trabajo" y su familia de palabras fueron los vocablos significativos más mencionados. En base a este conteo está construida la nube de palabras, que incluye las 50 palabras significativas con mayor cantidad de menciones en las entrevistas. Aquí tiene sólo una función ilustrativa, pues no analizaré en profundidad cada una de estas palabras (la mayoría de ellas coincide con los nudos analíticos que he abordado en mi tesis doctoral). La representación de la nube da una dimensión de en qué medida se prefiere hablar de "trabajo" -por contraposición a la menor frecuencia de la palabra "sexo" y sus derivados-. Sobre la nube de palabras como herramienta metodológica, véase McNaught & Lam, 2010.

8COYOTE es una conocida organización de trabajadoras sexuales en Estados Unidos. Surgida en la década de 1970 fue uno de los primeros colectivos de prostitutas que cuestionaron los prejuicios morales que las estigmatizan -la sigla del nombre significa Call Off Your Old Tired Ethics (deja tu vieja y agotada moral) -.

9Sin embargo, la multiplicidad de intercambios económicos sexuales entre las mujeres que hacen sexo comercial y sus clientes para nada se reduce al dinero entregado bajo la forma de la tarifa (Morcillo, 2013a).

10Me refiero a la desimplicación bajo la forma del desdoblamiento ("hago esto cuando vengo a trabajar; pero luego vuelvo a mi casa y soy otra, soy madre, ama de casa") reforzada por el secreto que oculta la actividad a las personas de su entorno -situación en la que se hallaban buena parte de las entrevistadas-. En el contexto brasileño, las tensiones de las formas de identificaciones políticas y el estigma pueden explorarse en Olivar, 2012; Jayme et al., 2013.

11En el fragmento de la entrevista, cuando Beatriz dice no engancharse en tener "sexo", yo le repregunto por el "disfrute" y ella vuelve a decirme "claro, sexo". Allí puede leerse, por un lado, la asociación directa entre sexo y placer; por otro, una oposición entre el sexo y las prácticas que se llevan a cabo en el sexo comercial: no es "sexo", es "trabajo".

12Fernanda se encargó de aclarar que nadie la había obligado, que había elegido "prostituirse". Sin embargo, también mencionó que vino a la Argentina con otras expectativas y que tuvo que tomar esa opción porque estaba empezando a endeudarse y el trabajo como empleada doméstica no podía pagar siquiera los intereses del préstamo que le habían hecho. Esto es lo que se denomina debt bondage, o sea, un sistema de endeudamiento que puede ser una forma más efectiva de control y coacción que el uso de la fuerza física, pero que supone sólo una dependencia temporaria y, por ende, problematiza las dicotomías trata/migración ilegal (traffiking / smuggling) forzado/voluntario (Julia O'Connell Davidson, 1998).

13Recupero aquí, críticamente, la propuesta de Catherine Hakim (2010) sobre la noción de "capital erótico", como otra forma de capital que se sumaría a aquellas que conceptualiza Bourdieu. Según Hakim, el capital erótico es "una combinación de estética, atractivo visual, físico, social y sexual para otros miembros de la sociedad" (2010:501). Esta conceptualización resulta útil, pero luego Hakim la esencializa y pierde de vista el carácter relacional del capital (olvida que lo que da valor a este capital no es sólo el trabajo personal sobre sí mismo, sino también la mirada del otro). Tener en cuenta esto pone en cuestión el pretendido carácter subversivo que Hakim otorga al capital erótico. Coincido con Green (2013) en que el principal problema de la noción de capital de Hakim es que deja de lado el concepto bourdesiano de "campo" y pierde así poder sociológico. Parte de mi análisis supone evaluar cómo funciona el "capital erótico" en el "campo" del mercado sexual, acotado al caso del sexo comercial.

14Marx y Engels abordaron la prostitución sólo lateralmente, sea como expresión particular de la explotación capitalista, sea como contracara de la monogamia, el matrimonio y las formas de la familia burguesa ligadas a la propiedad privada (Engels, 1997 [1884]).

15Paolo Virno, siguiendo a Marx, enumera: "pianistas, mayordomos, bailarines, docentes, oradores, médicos, sacerdotes, etc." (2003).

16"Servicio" era una de las denominaciones nativas para referirse al sexo con los clientes. También se puede denominar hacer el "pase" o la "salida".

17Este uso uniforme, según las mujeres, difiere de las experiencias relatadas por los clientes en los foros y de las ofertas que aparecen en los avisos, donde los servicios "sin globito" [preservativo] son frecuentes. Sin embargo, más allá del uso real o no de preservativos, me interesa leer los sentidos que se asocian a esta práctica.

18Según Gorz la prostitución presenta una contradicción entre el servicio que se vende y su "naturaleza". La prostitución implicaría "actos que yo no puedo producir a voluntad ni por encargo"; estos actos esencialmente privados serían una dimensión inalienable de la existencia, donde la participación afectiva en la experiencia del otro me hacen "existir como sujeto absolutamente singular" (1997:193). Esta concepción esencialista y naturalizada de la sexualidad como clave última de la subjetividad, es uno de los efectos de lo que Foucault (2002) llamó el dispositivo de sexualidad. Gorz, quien señala que la concepción que tenemos de trabajo es un invento de la modernidad, no otorga el mismo estatus para la sexualidad, la cual entrega a las arenas de la naturaleza y deja fuera de la historia.

19Lo que Bataille (1997) llama "baja prostitución" -por oposición a la "prostitución religiosa"- estaría ligado a la miseria económica y al abandono de las prohibiciones que distinguen lo humano de lo animal. "La miseria extrema desliga a los hombres de las prohibiciones que fundamentan en ellos la humanidad; no los desliga, como lo hace la transgresión: una suerte de rebajamiento, imperfecto sin duda, da libre curso al impulso animal." (1997:102). Pero como la prostituta no puede conseguir la perfecta indiferencia de los animales está en un estrato aún inferior para Bataille, y "también de ese mundo se excluye la clara limpieza del mundo del trabajo" (1997:103). Bataille no sólo unifica los sentidos de la sexualidad en torno al erotismo, sino que desconoce que para las prostitutas (especialmente de aquél estrato que él llama "baja prostitución") la rutinización de los actos habilita la posibilidad de reconcebirlos y por ello se reconocen en la figura de la "máquina" más que en la animalidad.

20Arlie Hochschild (2008) señala el conflicto en torno a la "frontera de mercantilización" donde dos fuerzas que pugnan entre sí por los trabajos de cuidados y emocionales, una defendiendo el privilegio de la familia sobre éstos y otra abriendo paso al mercado en este terreno. Resta aquí, a mi juicio, complejizar más la mirada sobre "el mercado" como un terreno heterogéneo.

21Según la activista y prostituta Carol Leigh (1997), la expresión sex work y luego sex workerfueron acuñadas por ella en 1980 debido a los problemas que causaba a las mujeres presentarse como "prostitutas" en los contextos feministas y como intento de construir una identificación positiva. Este neologismo acabará desplazando las anteriores denominaciones, aunque algunas prostitutas activistas, como Gabriela Leite o Pia Covre, persistieron en la idea de reivindicarse directamente como "putas" y cambiar su sentido degradante.

Recibido: 31 de Julio de 2014; Aprobado: 06 de Noviembre de 2014

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