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Sexualidad, Salud y Sociedad (Rio de Janeiro)

On-line version ISSN 1984-6487

Sex., Salud Soc. (Rio J.)  no.28 Rio de Janeiro Jan./Apr. 2018

http://dx.doi.org/10.1590/1984-6487.sess.2018.28.02.a 

Artigos

Antes de la consagración “del género” en la universidad: Trayectorias, generaciones y lenguajes en tensión durante la expansión de un área de conocimiento

Antes da consagração “do gênero” na universidade: Trajetórias, gerações e linguagens em tensão durante a expansão de uma área de conhecimento

Before the “gender” consecration in the university: Trajectories, generations and languages in tension during the expansion of a knowledge area

Rafael Blanco1 

1 Universidad de Buenos Aires. CONICET, Instituto de Investigaciones Gino Germani (IIGG), Buenos Aires, Argentina

Resumen

El objetivo de este artículo es identificar los lenguajes, genealogías y perfiles que configuraron los estudios sobre géneros y sexualidades en Argentina, previo a su actual institucionalización. Metodológicamente, se recurre a entrevistas, documentos y bibliografía secundaria, para reconstruir tres experiencias claves en el desarrollo de esta área en el ámbito de la Universidad de Buenos Aires durante los años 1990s: la Carrera de Estudios de la Mujer, el Instituto de Estudios de Género y el Área de Estudios Queer. Como resultados se destaca la apuesta por tensionar las distinciones entre el espacio universitario y su afuera, entre perfiles académicos y activistas, la crítica a los procesos de institucionalización y la búsqueda de lógicas horizontales de transmisión, propias de la formación en los años 1960s y 1970s, alternativas a las del conocimiento universitario.

Palabras clave: género; feminismo; queer; conocimiento; institucionalización; Argentina

Resumo

O objetivo deste artigo é identificar as linguagens, genealogias e perfis que configuraram os estudos sobre gêneros e sexualidades na Argentina, antes de sua atual institucionalização. Metodologicamente, são usadas entrevistas, documentos e bibliografia secundária para reconstruir três experiências-chave no desenvolvimento desta área no âmbito da Universidade de Buenos Aires, durante a década de 1990: o Programa de Pós-Graduação em Estudos da Mulher, o Instituto de Estudos de Gênero e a Área de Estudos Queer. Como resultados, destaca-se a aposta por tencionar as distinções entre o espaço universitário e seu exterior, entre perfis acadêmicos e ativistas, a crítica aos processos de institucionalização e a busca de lógicas horizontais de transmissão, características da formação nos anos 1960 e 1970, em comparação às do conhecimento universitário.

Palavras-chave: gênero; feminismo; queer; conhecimento; institucionalização; Argentina

Abstract

The objective of this work is to identify languages, genealogies and profiles that shaped the gender and sexualities studies in Argentina before its current institutionalization. Methodologically, interviews, documents and secondary bibliography are used to reconstruct three key experiences in the development of this area in the field of the University of Buenos Aires during the 1990s: the Career in Women’s Studies, the Institute of Gender Studies and the Queer Studies Area. The results highlight the idea of stressing the distinctions between the university and its outside, between academic and activist profiles, the critique of the processes of institutionalization and the search of horizontal logics of transmission, related to the education in the ‘60s and ‘70s, alternatives to those of university knowledge.

Key words: gender; feminism; queer; knowledge; institutionalization; Argentina

Introducción

A partir de los años 1980s, los términos mujer, género y, posteriormente, queer, pasaron a conforman, con distintas intensidades, parte del vocabulario académico disponible de las ciencias sociales, en Argentina y la región. La irrupción de este vocabulario proveyó claves de lectura que buscaron conmover el estatuto pretendidamente neutro del conocimiento universitario, visibilizaron sujetos, problemas y agendas, mayormente ausentes en la teoría social y cultural, y establecieron una nueva zona de lenguaje común entre el discurso universitario y el activista. Esto se produjo a través del crecimiento de cursos y programas universitarios específicos, que comenzaron a expandirse en Latinoamérica desde entonces, con el antecedente de los Estudios de la Mujer, como tempranamente identificó Marysa Navarro (1979).

Este artículo describe y analiza el derrotero de tres experiencias fundantes y contemporáneas de lo que, en este y otros trabajos, denominamos como estudios sobre géneros y sexualidades1 en Argentina: la Carrera de Especialización Interdisciplinaria de Estudios de la Mujer (CEIEM), de la Facultad de Psicología; el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género (IIEGE), de la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL); y el Área de Estudios Queer (AEQ), que se desarrolla primeramente en el Centro Cultural Ricardo Rojas y luego en FfyL, hasta su fragmentación y derivación en distintos espacios, en -y fuera de- la universidad. Estas experiencias tuvieron lugar entre fines de los años 1980s y 1990s, en el ámbito de la Universidad de Buenos Aires (UBA), la universidad con mayor población de Argentina y la segunda en Latinoamérica. Y colocaron en la vida universitaria nuevos significantes en la nominación de experiencias institucionales, tales como mujer, queer y género, algo inédito hasta entonces en la academia local; formaron parte de un fenómeno más amplio “en el que el movimiento feminista se academiza y se institucionaliza” (Valdivieso & García, 2005:43); pero también en el que colectivos de la disidencia sexual comienzan a interpelar, tensionar y articular con estas tradiciones. Interesa destacar el lugar de estos términos, como clave analítica para comprender la conformación de un área de conocimiento a partir de lenguajes, agendas, genealogías, generaciones y perfiles académicos que constituyeron, contemporáneamente, alternativas en conflicto.

El texto se centra en un ciclo de expansión de los estudios sobre géneros y sexualidades en el ámbito universitario local. En función de la literatura disponible (Femenías, 2005; Barrancos, 2007; 2013; 2017; Gogna, Pecheny & Jones, 2010; Lagunas, 2014; Blanco, 2016a) es posible caracterizar tres momentos en el desarrollo de esta área en el escenario argentino, aunque el foco aquí está puesto en el ámbito de la UBA. El inicio, con las primeras experiencias del feminismo académico en los años 198,0 luego de la última dictadura cívico-militar (1976-1983), y con el proceso de normalización universitaria; un segundo momento promediado los años 1990, de expansión, diversificación e institucionalización; finalmente, el ciclo que se inicia en la primera década de presente siglo, marcado por la profesionalización académica y del activismo, el ingreso de nuevas generaciones a esta área de estudios y su legitimación, en los organismos de investigación y acreditación científica.

Como hipótesis, interesa sostener que el período de expansión, en el que este artículo se centra, constituyó un momento de proliferación de alternativas, distintas a la actual configuración del área. Si en el presente es posible señalar la progresiva escisión de los espacios “a la vez” académicos y activistas en los estudios sobre géneros y sexualidades -debido a una profesionalización y especialización creciente de ambas esferas (Blanco, 2016a)- la primacía de una lógica cisexista en el trabajo académico (Radi, 2014a; 2014b), o la estabilización de género como significante con capacidad para representar un espectro heterogéneo de tradiciones teóricas y políticas, trayectorias singulares y grupales (Blanco, 2014; Blanco, 2016b), el período y las experiencias señaladas permiten identificar una pluralidad de alternativas al estado actual de las cosas.

El artículo se estructura en cuatro secciones, seguidas de unas conclusiones. La primera está dedicada a una breve nota metodológica, en la que se justifican los casos seleccionados y la estrategia, metodológica y analítica, adoptada. En segundo lugar, se reconstruye la experiencia de la CEIEM y sus antecedentes en los años 1970. La tercera sección se centra en la fundación del IIEGE, que marca tanto el pasaje de la denominación mujer a género como la consagración de un perfil académico propiamente universitario. En la cuarta sección, se focaliza en el surgimiento del Área de Estudios Queer y Multiculturalismo, como experiencia disruptiva que articuló con perfiles, tradiciones, repertorios de acción y ámbitos no académicos, poco presentes en otras experiencias institucionales. Finalmente, en las conclusiones se realiza una lectura comparativa, con el objeto de señalar algunos rasgos de lo que se caracteriza aquí, a falta de una mejor expresión, como “la consagración” del término género en el desarrollo posterior de esta área de conocimiento.

Breve nota metodológica

La elección de la Carrera de Especialización Interdisciplinaria de Estudios de la Mujer, el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género y el Área de Estudios Queer, como objetos de análisis, procedió a partir de criterios que interesa precisar. En primer lugar, un trabajo de relevamiento bibliográfico, en el que se identificó la índole instituyente de estos espacios, debido a su carácter pionero, disruptivo o innovador en el ámbito universitario. En segundo lugar, ya que en numerosas entrevistas a activistas, académicas y académicos, realizadas en el marco de la investigación que da lugar a este artículo y en la revisión bibliográfica consultada, estos espacios eran referidos como un punto de inflexión (Freidin, 2004) en sus trayectorias: operaron en numerosos relatos como momentos de reorientación en sus recorridos académicos y/o activistas. Por último, la CEIEM, el IIEGE y el AEQ son objeto de interés aquí debido a la singularidad de sus denominaciones en el ámbito universitario, con la recurrencia a los términos mujer, queer y género, hecho inédito que invita a atender la producción de un novedoso vocabulario institucional.

El articulo circunscribe al período fundacional de estas tres experiencias; por ello, no constituye una historia de estos espacios sino un análisis de un momento epocal instituyente de un área de conocimiento, de institucionalidad y de discursividad, que presenta alternativas en conflicto. Temporalmente, los tres espacios se inician en la década comprendida entre 1987 y 1997, siendo los años 1990 el período en que se produce el crecimiento -en palabras de Dora Barrancos- de “los estudios relacionados con perspectivas generizadas” en distintas disciplinas y campos de conocimientos de las ciencias sociales y humanas en Argentina (2013:229).

La reconstrucción de los tres espacios se efectuó a partir de distintas fuentes documentales, orales y bibliográficas. En primer lugar, se recurrió a documentos institucionales como Libros de Actas, Memorias Institucionales, currículas, información disponible en sitios web y también a otros documentos provistos por las personas entrevistadas, como volantes, programas de actividades y panfletos confeccionados con motivo de la realización de alguna actividad. Ello permitió la demarcación de rasgos estructurales de estas experiencias y la delimitación de hitos significativos. Con el objeto de profundizar en esta caracterización, se realizaron entrevistas semi-estructuradas, a partir de una primera muestra intencionada de diez casos, realizadas entre marzo de 2016 y junio de 2017. El objetivo fue recuperar retrospectivamente los sentidos respecto de estas experiencias, la narración de acontecimientos significativos según la posición que ocuparon las personas entrevistadas, y las evaluaciones procesadas por la trayectoria posterior, y por las expectativas e interpretaciones de la situación de entrevista (Sautu, 2004).

Una particularidad al momento de realizar las entrevistas residió en la dificultad para precisar acontecimientos respecto de experiencias que tuvieron lugar hace, al menos, dos décadas. Ello potenció la necesidad de inscribir los relatos “en un contexto de inteligibilidad lo más amplio y diverso posible” que los relatos biográficos (Arfuch, 2002:189), con el objeto de establecer matices, contrastes y acuerdos respecto del desarrollo de las tres experiencias. Para ello, se recuperaron textos producidos por protagonistas, como así también otra bibliografía secundaria disponible, incluyendo coberturas periodísticas y entrevistas en medios de comunicación o publicaciones académicas.

A partir de preguntas comunes (¿quiénes participaron de estas experiencias?, ¿cómo se vinculaban con otros procesos que sucedían fuera de la universidad?, ¿sobre qué disciplinas, instituciones, saberes se asentaron estos espacios?, entre otras) se estableció, como estrategia, analítica la presentación de rasgos significativos de los tres casos, con el objeto de establecer una lectura comparativa. Por ello, la reconstrucción realizada tomó como ejes de comparación los distintos perfiles involucrados (académicos, activistas, generacionales y profesionales), las relaciones con sus épocas de surgimiento, las tradiciones teóricas, disciplinares y políticas que retomaron, las genealogías en las que se inscribieron, el tipo de actividades privilegiaron y, por último, los formatos institucionales que adoptaron cada una de estas experiencias.

La irrupción del “intenso rumor” mujer en la universidad

Antes de género, fue mujer el término que primero se materializó en una experiencia de institucionalización del feminismo en la academia argentina. La Carrera de Especialización Interdisciplinaria en Estudios de la Mujer tuvo lugar en el ámbito de la Facultad de Psicología (UBA) entre 1987 y 1995, y si bien pasaron por ella sólo dos cohortes, y sus egresadas fueron escasas (Blanco, 2018), 2 esta especialización fue la primera experiencia sistemática del feminismo universitario local y tuvo un lugar decisivo para su legitimación, en diversas disciplinas sociales y humanas (Barrancos, 2007).

Hoy poco presente en las denominaciones académicas, el significante mujer venía recorriendo un camino de al menos dos décadas en la nominación de grupos, espacios e instituciones por fuera de las universidades. A inicios de los años 1970 ya se habían conformado dos organizaciones feministas en Buenos Aires, a tono con lo que sucedía en otras grandes ciudades de occidente: la Unión Femenina Argentina (1970) y el Movimiento de Liberación Femenina (1972) (Bellucci, 2014). La celebración, en 1975, del Año Internacional de la Mujer establecido por la Organización de Naciones Unidas, había dado lugar a iniciativas locales en el ámbito estatal en el marco de lo que este organismo denominó la “Década de la Mujer” (1975-1985), y que llevó a la organización del Congreso de la Mujer Argentina, a cargo de una Coordinadora Argentina por el Año Internacional de la Mujer (Giordano, 2012), organizado poco antes del último golpe de estado (1976). Laura Masson (2007) reconstruye el proceso por el cual la mujer comienza a constituir un tema de interés internacional, y señala como un quiebre en este proceso el rol de la ONU y la serie de conferencias que este organismo convoca. Según la autora,

la creación de un día y una década internacional de la mujer, las conferencias mencionadas y los fondos disponibles a partir de entonces para proyectos (de investigación y/o de aplicación, creación de posgrados, organización de eventos) asociados a mujeres convirtieron a la mujer en un “tema” y especialmente en un tema en el cual los organismos internacionales estabas dispuestos a invertir fondos (Masson, 2007:146)

Es en este contexto internacional, en plena dictadura en el plano local, cuando los Estudios de la Mujer surgen en centros privados, fundaciones y Organizaciones No Gubernamentales (ONGs), que funcionaron como espacios de sociabilidad, debate político y producción de conocimiento. En 1979 se realiza el Primer Seminario Interdisciplinario “Ubicación de la mujer en la sociedad actual”, en el Instituto Goethe de Buenos Aires, organizado por “un par de grupos de estudio, pequeños, que venían hacía tiempo trabajando ese tema” al decir de una entrevistada que participó allí y, posteriormente, en la fundación de la Carrera de la Mujer. 3 En ese encuentro toman contacto entre sí varias de las académicas y profesionales que participarán de los inicios de la CEIEM ya en democracia, previa constitución, en 1982, de la ONG Centro de Estudios de la Mujer (CEM). Con las universidades intervenidas por el régimen dictatorial, los estudios de la mujer se expandían por fuera de éstas. En 1982 también se crean las ONGs “Lugar de Mujer”, la Asociación de en Estudios de la Mujer “25 de noviembre”, y comienza a funcionar, en el Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES), el seminario “Mujer y Sociedad”, con una periodicidad mensual. Ya con la recuperación democrática (1983), proliferan nuevos espacios activistas, como La Mesa de Mujeres Sindicalistas, El Tribunal de Violencia contra la Mujer, El Programa de Investigación Social sobre la Mujer Argentina (Bellucci, 2014). Posteriormente, el Instituto Social y Político de la Mujer (1986), la Fundación para Estudio e Investigación de la Mujer (1989) y Mujeres en Igualdad (1990) (Masson, 2007). En 1987, mismo año de creación de la Carrera, el presidente Raúl Alfonsín (1983-1989) crea la Subsecretaría Nacional de la Mujer. Como señaló la socióloga Silvia Chejter, un emergente discurso centrado en la diversidad, el pluralismo democrático, el respeto de las diferencias y las minorías posibilitó una mayor aceptación del feminismo “como institución y como ideología” (Chejter 1996:61). Así, para el momento de fundación de la CEIEM en la UBA, la mujer -en su forma singular antes que su pluralización, por entonces, menos frecuente- formaba parte destacada de un intenso “rumor social”, al decir de Marc Angenot (2010): conjuntamente con feminismo, feminista y femenino, mujer tramaba un espacio textual común, con el objeto de visibilizar, en el discurso y en el espacio público, a un sujeto con demandas específicas.

Es de estas experiencias previas que surge el grupo fundacional que motoriza el desarrollo de la CEIEM. Tanto la directora de la Carrera (Gloria Bonder) como su Secretaria Académica (Cristina Zurutuza), y dos de sus docentes iniciales (Irene Meler y Ana María Fernández), provenían del CEM y habían participado, en la organización y en las mesas, del Seminario sobre la Mujer realizado en el Goethe. Son ellas quienes dictan los primeros cursos en el ámbito universitario con la recuperación democrática, y en el marco de su disciplina de origen: Psicología. 4

Con el grupo inicial de psicólogas y psicoanalistas formadas en las décadas de 1960 y 1970, la Especialización recogía, como itinerario formativo, a los Estudios de la Mujer. El propósito de estos era “hacer visible la subordinación femenina, mediante la indagación de diversos fenómenos psicológicos, sociales, económicos y políticos” (Gogna, Pecheny & Jones, 2010:163). Bonder los caracterizaba por entonces como “una corriente de investigación crítica en el campo del conocimiento científico sobre la condición de la Mujer y las diferencias entre los sexos” (1984:27), para luego señalar su nominación regional: Estudios de la Mujer o Estudios sobre la condición femenina. La denominación no era menor, y las ambivalencias también se sucedían en otras latitudes. 5 Tal vez porque “condición femenina” anclaba en un vocabulario más restringido al campo psi, esta Carrera, de inspiración interdisciplinaria, adoptó la denominación de Estudios de la Mujer. En el contexto de la Facultad de Psicología, la apuesta a un espectro más amplio de saberes implicaba, en palabras de una docente, “no enfocar la Carrera sólo en la subjetividad” sino también establecer una apertura hacia “una visión social y cultural”.

Con este ideario, el foco de la formación estuvo puesto en las desigualdades entre varones y mujeres, hetero y cisexuales. Cada módulo, de los cinco que articulaban los tres años de formación, se adentraba en el abordaje de la situación de la mujer en algún área de la experiencia social: luego de una Introducción a los Estudios de la Mujer, continuaban los módulos “Mujer y”: Educación, Salud, Familia y Trabajo. Con esta organización, la Carrera recogía el derrotero intelectual de parte del feminismo local en los años 1970, que atendía la situación de la mujer heterosexual y de clase media, en torno a la desigualdad entre los sexos en el interior de la familia, la división sexual del trabajo y la separación entre trabajo doméstico y extra doméstico (Bellucci, 2014).

En parte, la tradición feminista previa se tradujo en la existencia de grupos de reflexión en la Carrera, que buscaban poner en relación las experiencias de las estudiantes con las lecturas que iban tramando la formación en un ámbito de contención, ya que ello podía “despertar reacciones emocionales muchas veces intensas que es necesario atender” (Bonder, 1998). Aunque la experiencia no resultó según sus propósitos, había en esto un gesto disruptivo para la lógica del espacio universitario, ya que estos grupos se proponían como espacios de producción de conocimiento a partir de las vivencias, de la reflexividad sobre las propias biografías de quienes participaban, que iba de “lo personal a los arreglos culturales que modulaban la vida cotidiana”, al decir de una docente.

Algo menos frecuente en los espacios académicos en el presente siglo, de la CEIEM participaron exclusivamente mujeres, 6 en su mayoría con militancia previa en el feminismo o en el movimiento de mujeres, y en algunos casos, con una reconocida trayectoria. Este hecho, que estaba regulado en la admisión, se debía a una tradición de muchos grupos feministas, que buscaban propiciar o potenciar las voces de mujeres en espacios habitualmente hostiles para ellas. De ahí que las cohortes conformadas exclusivamente por mujeres, rasgo también presente en el cuerpo profesoral, tenían por función habilitar la palabra, la escucha y la discusión, en un espacio social como el académico donde esto sucedía con dificultad si ese espacio es habitado, al mismo tiempo, por varones.

Con el correr de los años 1990, la carrera fue perdiendo impulso, el desgranamiento en la cursada se fue pronunciando y las disputas internas se agudizaron. La “selva académica”, “todas mujeres que se peleaban por el poder”, o el ambiente “muy brujeril” por “la competencia muy fuerte”, entre otras expresiones que surgieron en el trabajo de entrevistas, marcan el clima -en la experiencia de una docente que participó desde el inicio hasta el final- de competencia que se vivió en esta experiencia pionera, debido a la “lucha intestina por el poder y por la titularidad del campo”. La “lucha” parece referir a la lógica que rige un ámbito como el académico, estructurado en torno a los procesos de singularización, la diferenciación, la jerarquía, la competencia y el “hacerse” un nombre propio, al decir de Pierre Bourdieu (2012) en su análisis del homo academicus. Pero su declive coincide con el auge de los debates conceptuales en torno al género, esa categoría “útil”, parafraseando el título del célebre ensayo de Joan Scott, que irrumpió con fuerza en los 1990, poco después de su aparición en inglés (1986), cuando esta historiadora sentenció:

‘hombre’ y ‘mujer’ son al mismo tiempo categorías vacías y rebosantes. Vacías porque carecen de un significado último, trascedente. Rebosantes, porque aun cuando parecen estables, contienen en su seno definiciones alternativas, negadas o eliminadas (Scott: 1990:55).

Al calor de esta crítica es que, en esos años, surgen algunas de las experiencias institucionales más vigorosas, como así también el momento en que diversos programas y materias modifican su denominación, cayendo el término mujer progresivamente en desuso. Si lo interdisciplinario será retenido en otras nominaciones institucionales, emerge con fuerza este otro significante que, metonímicamente, retiene algunos rasgos de mujer, a la vez que se distancia: comienzan los años del auge y la primacía del género, hasta el presente.

El fulgor del género y la expansión del feminismo académico

El pasaje de mujer a género constituyó un rasgo del proceso de expansión de esta área de conocimiento que persiste hasta nuestros días. Una de las experiencias señeras en la consagración de esta nominación institucional, por su impulso, crecimiento y vigencia, es el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género (IIEGE), en la Facultad de Filosofía y Letras. Tanto su rango de instituto como su denominación de género son parte de un proceso más largo, que se inicia en 1992 con la fundación del Área Interdisciplinaria de Estudios de la Mujer (AIEM) en FFyL, que tuvo por objetivo “impulsar, promover y coordinar los estudios e investigaciones científicas sobre la mujer en cualquier época y bajo todos sus aspectos”. 7 Barrancos, su primera directora, caracterizó su surgimiento como de cierre del “ciclo de ‘grupos subalternos’ para focalizar sin tapujos en la condición femenina” (2017:10), como los referidos en el apartado anterior durante el período dictatorial y aún en el inicio de la democracia.

El IIEGE se inscribe en el surgimiento de nuevas instituciones, pero también en el pasaje de la nominación de mujer a género de otras preexistentes, como la misma Área que antecede al Instituto. Las trayectorias de algunas académicas que participaron del grupo fundador de la CEIEM dan cuenta de este pasaje: luego de la dirección de la especialización en la UBA, Bonder se desempeñará en la coordinación del Área de Género, Sociedad y Políticas de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) desde 2001. La Cátedra de Introducción a los Estudios de la Mujer en la que Fernández se desempeñaba pasó a ser introductoria a los Estudios de Género en el año 2000. Por su parte, Meler coordinará desde 1998 el foro de Psicoanálisis y Género en la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires, y pocos años después, en la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales, iniciará el Programa de Estudios de Género y Subjetividad, que dirigirá junto con Mabel Burín, ambas provenientes del CEM. De ahí que el cambio de una categoría a otra no haya sido una particularidad del proceso de institucionalización del AIEM al IIEGE, sino una suerte de imperativo epocal que permeó una diversidad de experiencias y marcó el surgimiento de nuevas: en esta década se crean también en el ámbito de las Universidades Nacionales la Maestría El poder y la sociedad desde la problemática de género (Rosario, 1993), Seminario permanente Género y Ciencias Sociales (Salta, 1997) y el Área de Estudios Interdisciplinarios de Género y Educación (Luján, 1999) entre otros espacios en proceso de relevamiento.

El desplazamiento a género en la creación del Instituto estaba asentado en lo que por entonces era un fuerte debate en distintas latitudes por el curso que habían tomado los Estudios de la Mujer. En una conferencia organizada por el IIEGE en abril de 2014, Teresa de Lauretis recordaba que el concepto de género constituyó un marco conceptual que provino de la propia crítica feminista, con el objeto de ampliar “el énfasis separatista que en aquel tiempo tenían los Estudios de la Mujer”, lo que posibilitó la confluencia con los también emergentes estudios sobre masculinidades y, posteriormente, queer y sobre sexualidades (De Lauretis, 2015:108). Mirando la experiencia local, Mabel Bellucci -egresada de la CEIEM- evaluaba, a comienzos de los años 1990, que los estudios de la mujer tuvieron por mérito “hacer visible lo que se mostraba invisible para la sociedad”, desmontando “la retórica universalista”; pero señalaba que estos también tendieron al corporativismo, analizando a las mujeres “solamente a partir de las variables del género femenino, sin aludir a otros sujetos, colectivos o movimientos de contestación” (Bellucci, 1992:47).

Entre el grupo fundador del IIEGE se encontraban académicas que venían realizando investigaciones, jornadas y trabajo docente en el marco de los estudios feministas, de las mujeres o de género, involucradas o no en el activismo extracadémico; en algunos casos, habían devenido feministas en el exilio durante los años 1970. 8 Sin desconocer otras pertenencias, adscripciones, ni la riqueza de las trayectorias, es posible arriesgar como un rasgo compartido entre quienes participan de los inicios del IIEGE una opción por la academia como territorio de intervención, mediante la producción y transmisión de conocimiento en espacios propios de la vida universitaria: la cátedra, el aula, la producción de textos, la dirección de tesis, becas y proyectos, la articulación con otras instituciones. En esta línea, el Instituto participó, desde su fundación, de la organización de diversas actividades académicas (congresos, jornadas, actividades con conferencistas del exterior), como así también una cuantiosa producción bibliográfica, de tesis, y la edición de la revista Mora desde 1995.

La diversificación de las líneas y temas del IIEGE se produjo con la incorporación de nuevas generaciones y, con ello, renovados perfiles. Si en sus inicios fue dirigido por un cuerpo de representantes de distintas carreras (Artes, Antropología, Filosofía, Historia y Letras), en una modalidad asamblearia más propia de los grupos de activismo, luego del pasaje de Área a Instituto en 1997, éste adoptará, acorde reglamentaciones académicas, una dirección concursada. Su primera directora fue Barrancos, quien ocupó ese cargo en el año 2000 por espacio de una década.

Con el tiempo se incorporaron al IIEGE graduadas, graduados y estudiantes que buscaban suplir vacancias de la formación de grado. Si la identificación con mujer conllevaba fuertemente un rasgo generacional -el de esa primera generación de académicas feministas- género, en cambio, se reveló como un término capaz de producir reconocimiento de un modo intergeneracional y establecer otra interpelación. El crecimiento del sistema de Ciencia y Técnica en Argentina entre el 2004 y el 2015 impactó en el Instituto en el número de jóvenes tesistas: no sólo con la incorporación de varones -algo diferencial respecto de los inicios en los años 1990- sino también en la diversificación de los temas, especialmente en torno a la disidencia sexual. Por caso, al cumplirse veinte años del inicio del proceso de fundación del Instituto, una becaria recuerda que fue el grupo “Historia, género y política de los años ‘70” el espacio de reflexión historiográfica donde “ensayamos lecturas sobre el pasado que buscan develar lo que tienen de violento y de ficcional el higiénico relato positivista de la historia blanca, varonil y heterosexual” (AAVV, 2013:176). De modo que género fue alojando nuevos significados: de una contigüidad con mujer dada por la forma singular y la continuidad de algunas trayectorias, formadas en el feminismo y los grupos de mujeres, hasta un momento actual, imbricado con los análisis sobre sexualidades y próximo a su pluralización más reciente: géneros.

Si la atención a las sexualidades comenzó a tomar una mayor relevancia en las líneas de investigación y en las producciones del Instituto, como una tendencia general y más tardía en relación con el género en el ámbito universitario (Gogna, Pecheny & Jones, 2010), ello no quiere decir que éstas no estuvieran presentes desde antes. Y no sólo en las ciencias sociales y las humanidades locales, sino también en la misma institución, la Facultad de Filosofía y Letras, en la que contemporáneamente a la creación del IIEGE, se fundaba el Área de Estudios Queer, como una deriva de la crítica a los procesos de estabilización del género. Y es que lo queer va a surgir, como ensaya Mabel Campagnolli (2013), como un término que buscará desestabilizar los feminismos ante la amenaza de la constitución de un nuevo centro, que en parte su creciente institucionalización ya en los años 1990 parecía expresar.

La disrupción de lo queer y la crítica a la institucionalización universitaria

El Área de Estudios Queer y Multiculturalismo -tal su nombre inicial- se conforma en 1997 en un “entre” la Facultad de Filosofía y Letras, y el Centro Cultural Ricardo Rojas (CCRR-UBA). La experiencia de “el Área”, como se la popularizó, tiene antecedentes en grupos estudiantiles, actividades y espacios de activismo extrauniversitarios convergentes hasta medidos de los 2000, cuando se van a producir distintas escisiones, que tendrán como resultado la proliferación de experiencias ligadas a su núcleo inicial. Derivas de esta primera experiencia serán el Programa de Teoría Queer, que formará parte de la Secretaría de Extensión Universitaria y Bienestar Estudiantil (y, más precisamente, del de educación en cárceles o “UBA XXII”), la conformación del Área de Tecnologías de Género (en el CCRR) y la integración, como Área queer, a la organización de la Federación Argentina de lesbianas, gays, bisexuales y trans (FALGTB).

La denominación queer de este espacio implicó el recurso a un término en otra lengua que hasta entonces circulaba localmente como parte de un código restringido. Si en inglés esta palabra viene siendo utilizada hace más de cuatro siglos con fines peyorativos (como raro, extraño o dudoso, entre otros), ha sido reapropiada por los movimientos de la disidencia sexual como un modo de protesta (de Lauretis, 2015), y ha dado lugar a múltiples aportaciones en el ámbito de las ciencias sociales y humanas. La fundación del AEQ es concomitante con el auge de los estudios queer, en expansión durante los 1990 en la academia de Estados Unidos y Canadá. En referencia a estos desarrollos, de Lauretis sostiene que la teoría queer propuso un horizonte discursivo que pretendió articular y compatibilizar las practicas teóricas y las prácticas políticas; el objetivo fue posibilitar “otra manera de pensar lo sexual” trascendiendo “los silencios que se habían construido en los ‘estudios lésbicos y gay’” en su proceso de institucionalización académica (2015:109).

Parte de este ideario fue retomado en su apropiación local por el AEQ, lo que -en el recuerdo de una de sus miembros iniciales- puede ser leído como disonante en su época. La utilización de un término en otra lengua, no fácilmente relacionable con tradiciones y genealogías políticas locales, como las referenciadas en los apartados anteriores, no fue inocuo. “Aquí se nos acusaba de ser liberales, políticamente correctos, extranjerizantes y de proponer una tolerancia liberal”, recuerda Silvia Delfino, docente de FFyL con militancia política desde los años 1970 y ya en democracia, en organismos de Derechos Humanos, que estuvo desde los inicios del Área. En un texto escrito junto a Flavio Rapisardi (otro de los miembros iniciales del AEQ, que provenía de una experiencia anterior en FFyL, el Colectivo Eros) ironizan que ante aquellas críticas

imaginamos entonces cambiar nuestra denominación por la de ‘La Queerencia, Centro criollo de políticas de la diferencia’, tratando de asumir la ‘territorialización’ local de lo queer (Delfino & Rapisardi, 2010:11).

Delfino reconstruye su propio proceso de apropiación local de lo queer a partir de una serie de viajes que realiza a Canadá, entre 1992 y 1997. Allí toma contacto con la emergente bibliografía queer; recuerda que “entonces traía todos esos textos” que encontraba a su paso por bibliotecas universitarias, a la vez que participa en las polémicas, prácticas e iniciativas que movilizaban estos estudios en la academia de aquel país. Según Barrancos (2013), los desarrollos norteamericanos de lo queer tuvieron un impacto decisivo y animaron tanto la acción política como la indagación académica en Argentina, en especial, por los debates entre éstos y los Estudios de la Mujer y de Género. Uno de los debates que Delfino recuerda con más vigor es el de la interpelación que los estudios queer realizaban al propio espacio universitario, tematizando las formas de exclusión en esta institución “de distintas minorías”, en sus palabras, debido a las regulaciones heteronormativas, racistas y clasistas que regían en las casas de estudio canadienses.

El término se inscribía en genealogías distintas a las de los pujantes estudios de género y tradiciones dentro del feminismo. Rapisardi publicaba en 1997 una articulo centrado en el análisis de la identidad homosexual desde los “gay and lesbian studies” y la “queer theory”, recurriendo a referencias como Judith Butler y Eve Sedgwick -a menudo caracterizadas como posfeministas o “feminismo queer”- (Rapisardi, 1997:9), Jaques Derrida, Michel Foucault y Ernesto Laclau, ligados al deconstruccionismo y el posestructuralismo. Estas referencias convergían en la caracterización que el autor realizaba de la noción de identidad, concepto en revisión en aquellos años y que ingresará con fuerza al vocabulario de las ciencias sociales desde entonces, desde la teoría queer “y la necesidad de conformar una amplia alianza social y política como modo de profundizar las libertades democráticas” (Rapisardi, 1997:12). Los procesos de exclusión referidos por Delfino, y la idea de “alianza amplia” por Rapisardi, van a ser dos rasgos que articularán la experiencia del AEQ.

Pero no fue sólo el auge de los estudios queer lo que animó la creación del Área: las nuevas lecturas se tramaron con trayectorias biográficas y grupales de más larga data y recuperaron lecturas y repertorios de acción ausentes de otros espacios académicos. Uno de los antecedentes del AEQ en el ámbito universitario lo constituye el Colectivo Eros (1993), en torno al cual se organiza un grupo de estudiantes de FFyL 9. Ellos no provenían de la militancia de los setenta sino que habían ingresado a la actividad política durante la recuperación democrática, con repertorios de acción y causas militantes distintas a la generación anterior, muchas de ellas centradas en la democratización de la vida cotidiana (Blanco & Vommaro, 2017). En palabras de Delfino, con quienes comienzan a hacer actividades en los noventa, los miembros de Eros provenían de “una cultura política diferente”, que articulaba adscripciones solapadas entre el espacio universitario y “los movimientos gays, lésbicos, trans, que en ese momento era fundamentalmente la CHA” (la Comunidad Homosexual Argentina); aunque también cabe remarcar la experiencia política previa de sus integrantes en la gestión de las áreas de Cultura y Extensión de FFyL, en la organización de actividades y en la política universitaria. El nombre Eros, a su vez, trazaba una relación imaginaria con los setenta, por relación al grupo homónimo del que participaba el poeta, militante y sociólogo argentino Néstor Perlongher. Estas heterogéneas referencias, repertorios y tradiciones fueron articulándose en torno al significante queer en el devenir del Área.

Una de las actividades iniciáticas del AEQ, aunque por entonces sin esta nominación, se realizó en FFyL en diciembre de 1996 y se convocó bajo el título “Jornadas sobre experiencias estéticas y conflictos culturales”, dedicada a la memoria de Carlos Jáuregui, activista por los derechos gays-lésbicos, fallecido pocos meses antes a causa del Sida. El propósito era, según el programa, “reflexionar acerca de los materiales y experiencias en que la relación entre desigualdad y diferencia de edad, raza, género y orientación sexual convocan un conflicto en la cultura”. La actividad invitaba a performances, piezas teatrales sobre textos de la poetisa Alejandra Pizarnik y de Joyce Mansour; coreografías, proyecciones de cine y diapositivas, lecturas de poesía y narrativas; exposición de plástica y fotografía, y bandas de música. Estas Jornadas se realizaron en aulas, pasillos y el patio de la Facultad; entre los nombres se mezclaban militantes de distintas generaciones, activistas por los derechos humanos y de la disidencia sexual, artistas de la emergente escena under porteña de fines de los noventa, académicos y académicas. Las Jornadas señalaron, en parte, los repertorios de acción del Área: la realización de actividades culturales como modo de intervención política.

La apuesta a la intervención artística y performática era crucial aquí. Cecilia Palmeiro (2014) sostiene, en el análisis que realiza de la apropiación local del término queer, que el mismo fue importado a la Argentina en la experiencia del AEQ como perspectiva teórico-crítica y como plataforma militante para el activismo de la disidencia sexual local. Fue producto de una reformulación vernácula que invitaba, tanto a activar cultural y políticamente desde la Facultad, a la vez que a intervenir en luchas políticas en la ciudad de Buenos Aires. Según reconstruye Juan Péchin, quien participó del AEQ, queer designó aquí “una perspectiva política y un modo de la crítica que se articularon entre la calle y la academia” con el objeto de interpelar los regímenes clasificatorios (Péchin, 2017:88). De ahí que el uso de este término en la denominación del Área implicó una elaboración, disruptiva, en un contexto de creciente institucionalización de los estudios de género.

A diferencia de la CEIEM o el IIEGE, el Área constituyó en sus inicios no un programa académico formal, con una institucionalidad rígida sino un espacio “por igual” académico y activista de intervención político- cultural. Participaron del AEQ docentes, investigadores, investigadoras, ensayistas, estudiantes de grado y de posgrado, y activistas con trayectorias de militancia, diferentes y múltiples (en los movimientos de derechos humanos, espacios gremiales, gay-lésbicos, trans, en colectivos anti-represivos, artísticos, entre otros), varones y mujeres, cis y trans. Lohana Berkins, fundadora de la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual (ALITT), recordaba que, en el camino de construcción de alianzas, en la lucha por el reconocimiento, “las travestis encontramos en el espacio universitario buenos/as aliados/as. Algunas integramos hoy el Área de Estudios Queer y Multiculturalismo de la Universidad de Buenos Aires” (Berkins, 2003:130). Una adscripción que señalaba frente a experiencias esquivas, incluso dentro de la academia, y que posibilitaba asimismo un proceso de interpelación al propio campo académico: a sus saberes, a su voz autorizada, a sus límites. “A nosotras también nos sentaban en mesas junto a un intelectual y empezábamos a discutir, en nuestros términos, con nuestras capacidades, pero empezábamos a discutir”, analizaba Berkins (2008:4), quien comenzó a participar, junto Marlene Wayar y Nadia Echazú, compañeras de militancia (Bellucci, 2016). Por ello, y sin desmarcarse de la trama universitaria en la que funcionó en sus inicios, el AEQ no se centró en las estrategias de legitimación o acreditación que fueron consolidando los estudios de género y sexualidades locales, tales como la expedición de títulos, el desarrollo de proyectos financiados o la especialización en un área del conocimiento. Así, lo queer no vino a señalar un objeto de estudio ni un atributo de producciones particulares, sino un modo de acción y organización colectiva. Según Delfino y Rapisardi, buscaron desmarcarse de “la fetichización de la diversidad sexual como un tema de profesionalización individual”, que visualizaban por entonces en la “institucionalización acrítica de ámbitos de producción cultural o de ‘estudios de mujer’, gay, lésbicos, queer” (2010:12). No obstante, tampoco eludió su lugar de referencia en la conformación de un área de conocimiento que comenzaba a expandirse, incluso más allá de la metrópolis. El investigador Carlos Figari recuerda la organización de “un encuentro académico GLTTB” pionero en su universidad de origen, ubicada en una provincia argentina al noroeste del país:

Conjuntamente con el Área hicimos el primer encuentro académico GLTTB en la Universidad Nacional de Catamarca, que seguramente debe haber sido la primera actividad de estas características que se hizo en el interior de Argentina (Figari, 2009:4).

Estas tensiones, entre ámbito especializado y modo de organización, le imprimieron al AEQ un rasgo diferencial en cuanto a espacio formativo. El Área fue un intenso lugar de aprendizajes y experimentación, especialmente para las nuevas generaciones, que se fueron integrando al calor del creciente proceso de profesionalización académica (y también activista) que se dio desde fines de los noventa. Pero esa formación no se produjo en los formatos de los proyectos financiados, las programaciones científicas o la docencia en el aula, sino en algunas de las luchas y conflictos políticos que marcaron la época: participación en los juicios por casos de violencia policial; las manifestaciones del año 2001 y las asambleas barriales posteriores; la lucha por la reforma del código contravencional porteño en 2004; entre otras. “De leer teoría de género, de tener ese background conceptual, pasé a las discusiones de ahí que eran políticas o de coyuntura”, recuerda una investigadora que se formó como doctoranda en el Área: “eso que yo había leído se encarnaba en cuerpos, en relatos, en experiencias”. De ahí que la institucionalización del AEQ haya sido, a falta de un mejor decir, selectiva: se inscribió en el ámbito de la UBA, entre FFyL y el Rojas, contó para la organización de actividades en ocasiones con apoyos institucionales, pero a la vez se mantuvo relativamente alejada de los crecientes criterios de evaluación y acreditación que comenzaron a regir férreamente la vida académica.

Finalmente, a mediados del 2000, y en un proceso de reconfiguración de la política, las luchas y las coaliciones que vinieron luego de la crisis del 2001, el surgimiento de nuevos espacios y colectivos activistas, y el ascenso de Néstor Kirchner a la Presidencia (2003), el Área se fragmentó en distintos espacios luego de un intenso debate interno, vertebrados por las trayectorias de quienes participaron de la fundación del AEQ. Como Área Queer, formó parte de la constitución de la FALGTB en 2005, organización que la activista María Rachid (en el AEQ desde sus inicios) presidió hasta el 2010, y que tuvo un rol protagónico en el proceso de sanción de la llamada “Ley de matrimonio igualitario” (2010). El área de Tecnologías de Género fue otra deriva con sede en “el Rojas” de la UBA: allí comenzó a editarse El Teje. Primer periódico travesti latinoamericano, con el objetivo de “dar voz a través de la palabra materializada y con cierta sistematización al silencio social histórico del que somos víctimas las travestis y transexuales”, como escribía su directora, Marlene Wayar en el primer número (2007:2). Finalmente, otro grupo se reconviertió, como parte del Programa de Educación en Cárceles, de Filosofía y Letras; “las instituciones también caducan, no hay que llorarlas, hay que llevarlas a otro lugar”, evalúa Delfino, al dar cuenta de ese pasaje del que formó parte. Así, distintos sentidos de queer, sin posibilidad de sutura, se van a materializar en estas derivas: una tensión constante entre la estabilización y el nomadismo institucional, entre la constitución en un área especializada de conocimiento, de caracterización de grupos sociales, sujetos o producciones específicas y su lugar articulador entre distintas formas de opresión.

Conclusiones

Interesa en este apartado, a modo de conclusiones, retomar comparativamente estas tres experiencias tomando como eje principal la recurrencia en sus denominaciones a los términos mujer, queer y género, ya que en torno a éstos han ido articulándose tradiciones teóricas, políticas, generaciones y formas organizacionales específicas. Como indicó Johan Scott, “las palabras, como las ideas y las cosas que están destinadas a significar, tienen historia” (1990:23). De ahí que interese tomar estos tres significantes como portadores de una memoria epocal, para establecer algunas reflexiones en clave comparativa.

Los estudios sobre géneros y sexualidades tienen, hoy, un lugar destacado en las ciencias sociales y humanas, de Argentina y la región. Es decir, son reconocido entre pares, por los organismos de financiamiento y ciencia y técnica, y poseen espacios de diverso estatuto en las universidades (áreas, programas de posgrado, asignaturas, institutos, entre otros formatos). No obstante, el actual estado de las cosas es la resultante de un largo proceso, de al menos tres décadas, en los que el punto de partida es bien distinto al presente: su expansión conllevó un arduo proceso de legitimación, un aprendizaje de las reglas de las instituciones (de los dispositivos de evaluación, acreditación, organización), la transformación de lenguajes y corpus, y la delimitación de perfiles específicos. Interesó atender a este proceso analizando tres experiencias de institucionalización de esta área de conocimiento durante su período de expansión en los años 1990, teniendo en cuenta que sólo uno de éstos continúa vigente con los contornos de su programa institucional original: el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género.

La disolución de la CEIEM va acompañada por la relativa caída en desuso del significante mujer. Este término venía recorriendo un largo camino en la generación de feministas formadas en los círculos y grupos de mujeres de los años 1960 y 1970, quienes iniciaron un proceso de legitimación en la academia de estos estudios, a la vez que de sus propios recorridos. El desplazamiento hacia el género, a mediados de los noventa -también en singular- le confiere valor histórico al primer término: mujer parecería nombrar un primer momento en el proceso de institucionalización de los estudios feministas en la academia, término que no acompaña su proceso de expansión.

Por su parte, queer convocó a perfiles académicos y/o activistas, pero no necesariamente enrolados en las distintas vertientes del feminismo, sino en el espacio de la disidencia sexual; asimismo, interpeló al activismo de las luchas anti-represivas, lo que en alguna medida explica la deriva de una parte del AEQ en el programa de educación en cárceles. A diferencia de otros espacios, participaron allí personas cis y trans. Si, como señala Blas Radi (2014b), la academia cis se caracteriza por una presencia nominal de varones o mujeres trans como tema, objeto de una actividad o debate pero a la vez por una ausencia efectiva en el espacio universitario, el AEQ por momentos buscó resolver esa tensión, al mismo tiempo que intentó atravesar las distinciones entre lo universitario y lo no universitario.

A su vez, los términos mujer, género y queer retienen rasgos epocales. Mujer tiene primacía desde los años 1970, cobra impulso en el lenguaje de los organismos internacionales, y con él nomina una diversidad de instituciones estatales y de la sociedad civil. Progresivamente, sobre fines de la década de los años 1980, cuando surge la CEIEM, comienza a producirse un desplazamiento de este hacia género, pasaje que corporiza el propio IIEGE en 1997, con el antecedente del AIEG cinco años antes. Si entre género y mujer hay una relación de contigüidad en la significación, no sucede lo mismo con queer: éste irrumpe para habilitar otros significados, tradiciones, y establecer genealogías diferentes. Es probable que prueba de ello sea la coexistencia en la Facultad de Filosofía y Letras del IIEGE y el AEQ.

Los términos referidos convocaban distintas tradiciones. Éstas excedían las fronteras locales, pero fueron reapropiados en clave local. Si los estudios de la mujer y de género retomaban, en las trayectorias de las mismas protagonistas, la historia del movimiento feminista, los desarrollos durante la época de la dictadura en los centros privados y espacios de mujeres, lo queer trazaba una genealogía con el movimiento de liberación homosexual de los setenta y las luchas antidiscriminatorias del período democrático. Articuló, a su vez, con otra cuenca de lecturas: aquellas que provenían del “posfeminismo” estadounidense, la recepción de Foucault, el posestructuralismo y una atención, en el lenguaje de este intelectual francés, al dispositivo de la sexualidad.

Maximizando los matices, los tipos de actividades nucleados por estos espacios académicos y en torno a estos significantes fueron diferentes. Mientras que la CEIEM se propuso como un espacio docente de transmisión de saberes, el IIEGE se erigió como un espacio de investigación académica, y el AEQ como una plataforma de intervención, en y más allá del espacio universitario. En parte, ello se debió a la corporización de estos significantes en distintos formatos institucionales: un programa curricular en torno a la mujer, un instituto de investigaciones en género, un área queer. Tal vez en la vigencia de género como vocabulario disponible, y ya no sólo en las ciencias sociales y humanidades, se deba a la fuerte institucionalización de este término, y a la capacidad de las instituciones de anclar en el tiempo y producir durabilidad. El relativo desuso de los otros dos, mujer y queer, puede pensarse también en función de este rasgo, de su más débil institucionalización, lo que no quita su actual circulación, la reactualización de estos términos, la posibilidad de reactivar algunas de sus significaciones olvidadas o su potencial disruptivo.

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1 Por estudios sobre géneros y sexualidades se refiere aquí a un conjunto heterogéneo trabajos orientadas a indagar dimensiones del orden social atravesadas por el género y la sexualidad, y los modos en que este es regulado por una serie de dispositivos legales, morales y culturales (Heilborn y Carrara, 2005). Evitamos la referencia a un campo en sentido de P. Bourdieu debido a la inexistencia de reglas de juego que estructuren el conflicto, la competencia y las posiciones acerca de los distintos modos legítimos de producir conocimiento, y se los caracteriza, siguiendo a Vaggione, como un “área en formación” (2012:10).

2Una tercera cohorte tuvo lugar en la Universidad Nacional del Comahue en convenio con la UBA a inicios de los años 1990.

3En adelante, las frases entrecomilladas sin referencia bibliográfica corresponden a fragmentos de entrevistas realizadas en el marco de la investigación referida en la Nota al pie n°2.

4Para un desarrollo pormenorizado de la CEIEM ver Blanco (2018).

5Bonder (1984) señala que esta corriente se ha denominado Women Studies en los países sajones, y Etudes Fémenines y Recheches Féministes en Francia

6Referimos en lo sucesivo a mujeres y varones cis.

7Según la memoria institucional, recuperada de http://genero.institutos.filo.uba.ar/

8Éste se conformaba por A. Amado, M. Barbieri, M. Roulet, S. Murphy, M. Nari y N. Domínguez (las últimas dos habían pasado por la experiencia de la CEIEM), quienes fueron las primeras coordinadoras del área.

9Entre ellos se encontraban egresados de FFyL, que luego tuvieron una destacada trayectoria académica y/o de gestión allí, como A. Capalbo, M. Valdez, R Manetti y el mismo Rapisardi.

Recibido: 08 de Noviembre de 2017; Aprobado: 01 de Febrero de 2018

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