Open-access La sociedad y sus males: el “problema de las drogas” bajo la óptica comparada de Scientology y el pentecostalismo

Society and its evils: the “drug problem” from the comparative perspective of Scientology and Pentecostalism

Resumen

El tópico de las adicciones representa un campo de intervención persistente y complejo en el mercado de las curas espirituales y las técnicas del buen vivir. El objetivo del artículo consiste en explorar y comparar las visiones del mundo que explicita el abordaje de consumos problemáticos en dos programas religiosos de rehabilitación: uno evangélico-pentecostal y otro perteneciente a la iglesia de Scientology en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Cada uno de ellos será abordado analíticamente de acuerdo a tres dimensiones:(a) el diagnóstico que construyen sobre la causa y función de las drogas en la sociedad; (b) la etiología de la adicción y del adicto (c) finalmente, la terapéutica empleada o sugerida. El trabajo se basa en una estrategia de abordaje cualitativo que incluye observación participante, entrevistas en profundidad en Centros de Rehabilitación y análisis de un corpus de documentos escritos y audiovisuales. Entre los principales resultados podemos destacar la importancia de las adicciones en la construcción de la eficacia y veracidad del discurso religioso.

Palabras clave:
consumos problemáticos; evangélicos; Scientology; terapias espirituales.

Abstract

The topic of addictions represents a persistent and complex field of intervention in the market of spiritual healing and good living techniques. The aim of the article is to explore and compare the worldviews that emerge from the approach to problematic consumption in two religious rehabilitation programs: one evangelical-Pentecostal and another belonging to the Church of Scientology in the City of Buenos Aires, Argentina. Each of them will be tackled analytically from three dimensions: (a) the diagnosis they construct about the cause and function of drugs in society; (b) the etiology of the addiction and the addict (c) finally, the therapy used or suggested. The research is based on a qualitative approach strategy that includes participant observation, in-depth interviews in Rehabilitation Centers and analysis of a corpus of written and audiovisual documents. Among the main results, we can highlight the importance of addictions in the construction of the effectiveness and veracity of religious discourse.

Keywords:
problematic consumption; Evangelicals; Scientology; spiritual therapies

Introducción

Para las religiones de salvación, sobre todo para aquellas que procuran reforzar un ethos (un principio unificador de las conductas), intramundano y racionalizante, el “problema de las drogas” representa un tópico casi inmejorable. Allí se explicita y produce una articulación virtuosa entre tres dominios ontológicos: una teoría de la sociedad, sus vicios y peligros; una etiología de las enfermedades que se desprende de una comprensión singular del agente y una demostración fáctica, una prueba categórica, de la eficacia técnica de una terapia. En la controversia sobre las adicciones -como campo semántico y ámbito de intervención- las tecnologías religiosas sobre la cura se trasforman en casos testigos. El ex adicto ocupa su lugar preciso dentro de un argumento más amplio y de usos múltiples, cuyos fundamentos son en última instancia de naturaleza cósmica. Es un personaje social que sirve a los fines de una justificación de la acción religiosa y sus pretensiones de verosimilitud (Ceriani Cernadas, 2017) ya que un estilo de vida que produce la salvación física pero sobre todo moral de individuos excluidos, pone en valor, exhibe y constata la verdad de sus axiomas.

La tarea hermenéutica y práctica que compromete el trabajo con adicciones (actividad repleta de dificultades, abandonos, retrocesos) lo convierte en un tema singular. Allí se dan a conocer un cuerpo acotado de explicaciones nativas sobre la vida religiosa, una puesta en palabras de ciertos aspectos de la experiencia dóxica que suelen pasar desapercibidos. De esta manera, el objetivo del artículo consiste en explorar y comparar las visiones del mundo que explicita selectivamente el abordaje de consumos problemáticos, su definición y tratamiento en dos programas de rehabilitación. Cada uno de ellos será abordado analíticamente de acuerdo a tres dimensiones:(a) el diagnóstico que construyen sobre la causa y función de las drogas en la sociedad; (b) la etiología de la adicción y del adicto (c) y finalmente, la terapéutica empleada en concordancia con las definiciones previas. El resultado es la conformación de un sistema de clasificaciones y prácticas que sostienen un proyecto biográfico, también un estatus social, construido en torno al trabajo permanente sobre uno mismo.

Los programas elegidos corresponden a cosmovisiones y modelos de atención diferentes. Por un lado, la terapéutica cristiana-evangélica que actualiza una de las declinaciones posibles del pentecostalismo urbano, indisociable de las formulas poéticas de la Biblia y el diseño morfológico de las mega-iglesias. Por el otro, el esquema de abordaje y prevención propuesto por la iglesia de Scientology Argentina en donde convergen elementos orientales con el vocabulario experto de la ciencia moderna, un “budismo tecnológico” como sugiere tempranamente Frank Flinn (2009, p. 223). Por fuera del hecho igualador de representar a minorías periféricas en un medio cultural dominado por el catolicismo, ambos casos presentan distinciones estructurantes de su tarea. Para empezar, la red de programas evangélicos se encuentra notablemente más afianzada en términos históricos e institucionales mientras que la oferta de Scientology (para utilizar el vocablo que emplean sus miembros) se ubica todavía en una etapa inicial. Asimismo, y en consecuencia, el abordaje de esta última es eminentemente teórico-pedagógicos en contraposición al Evangélico que tiende a priorizar el carácter práctico de sus saberes.

Ahora bien, ¿porque establecer un contrapunto entre ambas terapéuticas? La literatura académica regional alterna entre dos énfasis epistemológicos: la especialización del estudio de caso cualitativo, cuya meta es explorar -bajo el encuadre lógico de la hermenéutica y la fenomenología social- ofertas de raigambre cristiano entendidas en sus propios términos (Pacheco; Silva; Ribeiro, 2007; Odgers-Ortiz et al., 2020; Odgers-Ortiz; Olivas-Hernández, 2018). Y los enfoques organizacionales, a veces de impronta positivista, en donde la especificad cultural de los grupos, sus matices y ambivalencias, queda subsumida dentro de la categoría genérica de “lo religioso” (Camarotti; Jones; Di Leo, 2017; Camarotti; Kornblit, 2015; Comas Arnau, 2010; Güelman; Ramírez, 2020; Ribeiro; Minayo, 2015; Sánchez; Nappo, 2008). No pocas veces dicha categoría se descompone en sub-clasificaciones compactas (“lo católico”, “lo evangélico”, “otras espiritualidades” etc.) que se enuncian y utilizan como “personalidades colectivas” (Weber, 1998, p. 12) sospechosamente simples. Ellas son analizadas en función de estructuras más amplias, o sea, como epifenómenos de la sociedad civil, el sistema de salud o el Estado. Aunque existen investigaciones que combinan (con éxito dispar) ambos registros, esta oposición tiende a consolidarse polarizando los debates científicos. Al mismo tiempo, el marco simbólico de matriz cristiana adopta un carácter incuestionado y sobrentendido. Una manera de descentrar este punto de vista es ensayando comparaciones entre ofertas culturales que no comparten los mismos fundamentos. La ventaja heurística de este ejercicio, radica en la posibilidad de desnaturalizar los consensos aparentes en torno a las categorías operativas de la pragmática religioso-terapéutica.

El artículo se encuentra organizado en tres partes. En la primera, luego de precisar aspectos metodológicos, se presenta la estructura del mercado de las curas espirituales en adicciones. En la segunda y la tercera parte son reconstruidos aspectos puntuales de las visiones del mundo que vehiculizan los programas evangélicos y de Scientology a partir de la teoría de la sociedad, las explicaciones sobre la adicción y el método de cura propuesto. Por último, en las conclusiones se emprende una comparación analítica entre ambos casos. En sus distintas variantes, el abordaje de las adicciones potencia la elaboración de argumentos públicos dirigidos a exponer frente a la sociedad civil la eficacia terapéutica de la espiritualidad. De ella se deriva una comprensión más amplia y de naturaleza moral sobre el arte del buen vivir1 dentro de entornos de riesgo socialmente fabricados (Beck, 1998; Giddens, 1995).

Cuestiones de método

En lo que concierne a las bases empíricas del artículo, el trabajo sistematiza y presenta los resultados de un proyecto de investigación, financiado por la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica. El mismo tuvo como objetivo principal la exploración cualitativa de la diversidad de terapéuticas religiosas dirigidas al tratamiento de adicciones en el Gran Buenos Aires (2014-2024), contemplando el papel de las materialidades en el proceso de cura. El estudio se focaliza en el análisis de ofertas evangélicas -pentecostales y adventistas- las cuales fueron reconstruidas internamente, atendiendo a las peculiaridades de su historia y morfología; la red de organizaciones y agentes externos de las que participan; las nociones, tecnologías, saberes y rituales que despliegan los especialistas y la elaboración de itinerarios terapéuticos de usuarios y ex-usuarios. A lo largo de la investigación la oferta evangélica fue complementada con el abordaje de otras propuestas espirituales que tematizan y trabajan con las adicciones. La elección de la iglesia de Scientology obedece a la estrategia deliberada por objetivar y complejizar los supuestos cosmológicos a partir de un punto de vista no cristiano respecto al problema de las drogas.

Cabe señalar, que el diseño del proyecto responde a un paradigma interpretativo e inductivo. Por lo tanto, las estrategias metodológicas utilizadas fueron la etnografía y los estudios de caso. En el presente artículo priorizamos los modelos de carácter ambulatorio, denominados Centros u Hospitales de día y las tareas de prevención de Scientology. Si bien el proyecto abarca una extensión más amplia, los casos elegidos se encuentran localizados en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. La investigación incluye la observación participante en las actividades internas (reuniones semanales, cultos, encuentros de consolidación, terapias deportivas, grupos de intercesión, rutinas cotidianas y actividades de difusión) así como entrevistas en profundidad abiertas, extensas y recurrentes (32 en total) a usuarios, operadores, auditores, directores y presidentes entre ambos programas. Podemos incluir también el análisis de los documentos escritos (libros: Dianética (Hubbard, 1987), Scientology (Hubbard, 2007), Rehabilitar a una sociedad drogada (Hubbard, 2012), textos, manuales: Escuela de Vida módulos 1, 2, 3 y 4, folletos) y audiovisuales (documental: La verdad sobre las drogas, emisiones de radio Josué y contenidos en las redes). El trabajo de campo se llevó a cabo entre el 2015 y el 2019 con incursiones posteriores hasta el 2023 en el Programa evangélico-pentecostal Josué y centros afines y entre el 2020 y el 2023 en la sede central de Scientology.

El mercado de curas espirituales

En la Argentina la oferta de tratamientos de recuperación a personas con consumos problemáticos constituye un entramado de relaciones complejo estructurado en base a la intersección de tres circuitos diferenciales: el público, el laico y el religioso.2 El primero corresponde al organismo estatal a cargo del desarrollo de proyectos dirigidos mayormente a la prevención y acompañamiento en el trabajo con las adicciones. Nos referimos a la Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la Nación Argentina (SEDRONAR) creada en 1989. Aquí predomina un paradigma político-social que define sobre todo un encuadre normativo a través de un registro nacional de entidades reconocidas y de diferente tipo y una población específica sobre la cual intervenir. También ofrece la posibilidad de realizar derivaciones, establece convenios y produce conocimiento científico así como documentos y materiales de difusión. La función primera del Estado consiste en gestionar y regular la oferta disponible legitimándola y estableciendo afinidades con el circuito laico y el religioso.3 De esta forma, el marco gubernamental delimita una órbita de intervención que organiza y legisla las terapéuticas en adicciones (Epele, 2010; Jones; Cunial, 2016).

El segundo circuito al que denominamos como laico se encuentra gobernado por un paradigma sanitario biomédico en el cual predominan las clínicas de atención privadas. Ellas se caracterizan por un enfoque que se alinea con distintas propuestas del “campo psi” (sobre todo la psiquiatría, el psicoanálisis y la psicología cognitiva), incorporan las terapias deportivas y la producción de hábitos saludables relativos a la alimentación, el trabajo y el descanso. Estas clínicas tienen mayor impacto en sectores socialmente favorecidos capaces de cubrir los costos de internación residencial o los tratamientos ambulatorios.

Finalmente, el tercer circuito propone un paradigma espiritual cuyo rasgo distintivo consiste en el desarrollo de modelos de atención que jerarquizan un punto de vista religioso de la cura. Se prioriza un conjunto de axiomas, símbolos, ritos, personas y objetos que informan el proceso de rehabilitación.4 Aunque no desconocen, ni desacreditan los aportes estrictamente biomédicos, gubernamentales o del campo psi, los mismos se encuentran circunscriptos a una perspectiva en donde la fórmula última de autoridad corresponde a los profesionales de lo sagrado.5 Los programas tienden a ser gratuitos (más allá de aportes, donaciones, diezmos) y universales, facilitando el acceso a poblaciones vulnerables. Vistas en su conjunto, las bases institucionales de los dispositivos religiosos tienden a adoptar una lógica integrada de redes de cuidado. A los fines de una comparación sistemática es preciso describir las características dominantes de los casos elegidos.

En lo que respecta a los dispositivos evangélicos, los modelos de atención de mayor impacto se dividen entre las Comunidades Terapéuticas y los Centros de día. Los primeros ofrecen un tratamiento organizado en torno a la internación y el trabajo intensivo, mientras que los Hospitales de día adoptan un diseño ambulatorio; esto es, de entradas y salidas pautadas en donde la familia o el responsable a cargo ocupa un lugar clave. El presente artículo aborda un programa de estas características.6 El Centro moviliza, por un lado, un acervo de saberes sutiles relacionados con el círculo mágico del culto, la poética del símbolo, los ritos y sus actos creadores, la fuerza performativa de las palabras y las declinaciones prácticas de lo sagrado-carismático (Algranti, 2023). Y por el otro, propone un conjunto de reglas ordinarias que participan del régimen intensivo de sociabilidad. Podemos sugerir que la combinación de ambos recursos da forma a un sistema experto si nos atenemos a los fundamentos profesionales de las técnicas empleadas y a su capacidad para organizar la experiencia y la intimidad del yo (Giddens, 1995, p. 31). Los mismos conducen la praxis religioso-terapéutica de la rehabilitación la cual tiene como objetivo manifiesto destruir el estatus preexistente para generar las estructuras de un proyecto biográfico alternativo.7 La eficacia del tratamiento (estipulada por los líderes en un 30%) depende de la internalización, aunque sea imperfecta, de las teorías nativas y las clasificaciones morales sobre las causas de la enfermedad y las oportunidades de sanación.

Por su parte la propuesta de Scientology opera en otra dirección. Su presencia en la Argentina es reciente si consideramos que sus bases institucionales se establecen a principios del siglo XXI luego de una etapa preliminar de carácter misionero. A diferencia de la lógica congregante y dispersa de los templos evangélicos, Scientology responde a una estructura jerárquica8 -análoga al catolicismo romano- que encuentra su máxima autoridad interna en la “Iglesia madre”, Church of Scientology International (CSI), y en las organizaciones avanzadas (como el Centro de Tecnología Religiosa). En su visión del mundo, la técnica prevalece sobre el imperativo de la creencia: Dios -el ser supremo de la octava dinámica- representa una hipótesis a comprobar y la fe describe, en todo caso, una probabilidad sujeta a examen (Hubbard, 2007). El arte del conocimiento de sí que emprenden los miembros (a partir de la auditación9 y el entrenamiento) ocupa un lugar de primer orden para aumentar la conciencia. De hecho, el vocablo Scientology conjuga el término latino “scio” (saber) con la palabra griega “logos” (estudio) para designar el fundamento de esta religión: “saber cómo saber” (Hubbard, 2012, p. 123). Para ellos es necesaria una tecnología adecuada de la mente en donde se combinan el método experimental de la ciencia moderna con las verdades de oriente relativas sobre todo al budismo y al hinduismo (Lewis 2009; Wilson, 1998).

El perfeccionamiento espiritual que se produce al alcanzar niveles de conciencia cada vez más elevados se desarrolla correlativamente al reconocimiento de la responsabilidad que tiene el individuo respecto a su entorno. Se afirma entonces una ética intra-mundana que se propone mejorar la sociedad de acuerdo a un ideal religioso. Su área de intervención son las actividades comunitarias entre las que se destaca especialmente la rehabilitación de adictos y delincuentes, dos figuras arquetípicas de la desviación. Su Programa de Purificación afirma tener un 80% de éxito en la recuperación de consumos problemáticos (Hubbard, 2012, p. 78-79).

Para grupos religiosos que ocupan una posición estructuralmente inferior, cuya autoridad depende en parte de su aptitud para intervenir en el mundo y dramatizar este acto, el tópico de las adicciones constituye un espacio clave. Es posible explorar su alcance y relevancia recuperando las tres dimensiones de análisis anticipadas en la introducción: la relación entre las drogas y la sociedad; la noción de persona y enfermedad y el diseño de una terapia apropiada.

Primer caso: Ronald Hubbard y la invención de un lugar propio

“Lo que hay en Scientology -afirma durante una entrevista personal el presidente de la iglesia de Argentina- termina siendo de características tan absolutamente prácticas que parecieran estar alejadas de aquellas cosas únicamente relacionada a la cuestión de la fe y hasta a veces también degradada en simples creencias.” Esta religión eminentemente útil, novedosa, tecnológica ocupa una posición ambivalente en el espacio de la cura de almas y del buen vivir. Su ambigüedad responde en parte al mismo proceso de descubrimiento experimental que le dio origen y que fue desarrollando su fundador Ronald Hubbard10 a mediados del siglo XX. Scientology evoluciona de una práctica terapéutica pensada en un principio como una ciencia de la salud mental -tal y como se formaliza en la Dianética de 1950- hacia una justificación metafísica de los fundamentos y valores espirituales que resume posteriormente su cosmovisión.

En homología con otras religiones modernas (Wilson, 1998, p. 139-140), esta convergencia entre procedimientos científicos y hallazgos espirituales le permite establecer una doble polémica. Por un lado, toma distancia de los argumentos basados en el dogma, el misterio, “las simples creencias” que no se ponen a prueba ni verifican. También plantea un desacuerdo con las descripciones taxativas respecto a la idea de dios, la realidad y la verdad en tanto nociones predeterminadas. En este sentido, introduce una crítica a lo que entienden son algunas variantes de las religiones tradicionales basadas a veces en la costumbre y la aceptación. Por otro lado, disputa con las ciencias de la conducta humana, en especial con el psicoanálisis y la psiquiatría a las que cuestiona su estatuto de conocimiento riguroso sobre la mente (Kent; Manca, 2012). Debate contra el “error metodológico” que se desprende de no reconocer al espíritu humano, o sea, el hecho de postular una visión “desalmada” de la persona cuyo comportamiento se pretende indagar. En todo caso, la psicología constituye a lo sumo una creencia, una opinión hipotética, tan válida como otra, pero disfrazada de objetividad. Mientras que es posible identificar puntos de conexión incluso de diálogo abierto con otras religiones, también con agentes estatales (García Bossio; Monjeau Castro, 2018, p. 333), en el caso de las ciencias de la psiquis hay una controversia declarada. Distinta es la situación de la sociología, la filosofía o la antropología cuyos discursos de autoridad son solicitados por Scientology de manera explícita para producir legitimaciones académicas de su clasificación como grupo religioso.11

Su condición liminar respecto a distintos campos del saber y tradiciones antiguas, se resuelve a través de la postulación práctica de una tecnología de la mente dirigida a aumentar la conciencia y lograr la liberación del universo físico. El aspecto tecnológico de su propuesta describe un sistema de procedimientos racionales, controlados, metódicos, basados en la prueba y la experiencia guiada, que conducen paulatinamente hacia una ilustración espiritual. En este sentido, el problema de las drogas se inserta dentro de una cronología y una trama de sentido más amplia en donde se pone a prueba la eficacia técnica de los descubrimientos de Hubbard y la fuerza de sus demostraciones.

Sociedades químicamente orientadas: el encuentro de Stevenson y Huxley

El enigma y el complot se encuentran presentes en el diagnóstico temprano de Hubbard sobre el uso moderno de las drogas como un instrumento de regulación social. Sus observaciones de mediados de 1950 establecen las bases de un argumento definitivo: las drogas se expanden y representan una barrera bioquímica al progreso de la mente y del espíritu. Asimismo, no existe una psicoterapia efectiva que resuelva el problema ya que “el científico social, el psicólogo y el psiquiatra, así como los ministerios de salud, han fracasado en el manejo de la enfermedad psicosomática generalizada” (Hubbard, 2012, p. 21). De hecho, no se trata de una simple falla, sino de una acción orquestada, una psicopolítica de la drogadicción que proviene del gobierno y de los profesionales de la salud. La masificación de las sustancias es el resultado de un esfuerzo conjunto de los servicios de inteligencia y la psiquiatría por alcanzar el dominio de la voluntad humana; primero con fines bélicos y de espionaje a través de la experimentación con elementos psicotrópicos en el marco de programas federales de control mental y luego a partir de una producción farmacológica relativamente autonomizada que opera como una “industria de los estados de ánimo rápidos” dirigidos a gestionar dolores físicos, pero sobre todo percepciones, sentimientos, sensibilidades de la vida cotidiana.

El gobierno de las emociones que promueven los medicamentos de circulación legal convive con otras sustancias y circuitos clandestinos de consumo. Las adicciones producen entre sus peores efectos un síndrome de “Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, vale decir, suscitan cambios repentinos de la personalidad que llevan a comportamientos criminales y acciones dementes (tiroteos en escuelas, asesinatos en serie, actos terroristas o irrupciones violentas). La sociedad imaginada por Scientology alterna entre dos retratos literarios de la modernidad y sus males, ambos anglosajones y próximos al género de la ciencia ficción que Hubbard conocía y dominaba. Por un lado, la novela El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde (1886) de Robert Stevenson en donde se aborda el trastorno de la conducta y el desdoblamiento de la identidad a partir de una poción desarrollada científicamente. Por el otro, el argumento distópico de Aldous Huxley en Un mundo feliz (1932) el cual tematiza, entre otros puntos, el uso sistemático de los químicos (soma) y de la tecnología para la administración total de las relaciones sociales y sus ciclos. Ambos extremos convergen en la tesis de la inevitabilidad de las drogas (ante la ausencia de una terapéutica adecuada) y su ambivalencia estructural; ya que funcionan como mecanismos colectivos de control de las poblaciones y su opuesto, esto es, como causa dominante de las conductas erráticas y hostiles que conlleva la adicción.

En esta teoría de la sociedad, las drogas “callejeras”, “médicas”, “psiquiátricas” participan de una taxonomía más amplia de sustancias que interfieren en los procesos normales del cuerpo y la biología. El ser humano se encuentra indefectiblemente expuesto a toxinas que provienen del alcohol, de los productos comerciales, de los contenidos sintéticos que se utilizan en la industria y la agricultura (herbicidas o fertilizantes), los conservadores de alimentos y aditivos, los perfumes y fragancias o incluso la radiación solar. Los compuestos artificiales son en parte responsables de un mal funcionamiento del cuerpo, del cansancio, la depresión, el estrés, la irritabilidad. También los residuos, descubre Hubbard, quedan depositados en el tejido adiposo, en la grasa del cuerpo. Esto significa que no se descomponen y que, en el caso de las drogas, pueden generar “flashbacks” o “viajes secos” cuando la sustancia vuelve al torrente sanguíneo y recrean escenas retrospectivas de la adicción. La trama de intrigas excede al Estado, las farmacéuticas o el narcotráfico. Es la misma sociedad industrial la que fabrica y presenta entornos de riesgo para sus habitantes. Ellos se encuentran sometidos -lo sepan o no- a un cierto grado de envenenamiento o contaminación permanente que afecta su salud física, mental y espiritual. Por eso, en base a estas premisas, el campo de intervención terapéutico de Scientology y sus programas de purificación comprenden a la población en su totalidad.

En el presente cuadro de la sociedad y sus peligros no nos encontramos con la idea de un código moral antiguo y quebrantado, tampoco con un estado de plenitud perdido, ni con la agencia de entidades espirituales fastas o nefastas. El paisaje social se ajusta mejor a un modelo conspirativo, a la trama secreta de un complot (Boltanski, 2016, p. 242), en donde las drogas expresan de manera hiperbólica la situación política de una sociedad orientada por químicos cuyos remanentes obstaculizan la elevación de la conciencia y la autodeterminación de los individuos.

Exhortaciones: reflexividad y autodominio

¿Qué ocurre con las personas en este entorno hostil y artificial? Para entender la teoría de la acción que postula Scientology y los consecuentes efectos de las adicciones en las mismas, es preciso señalar uno de los principales descubrimientos de la Diánetica. En dicho libro Hubbard afirma haber encontrado a través del estudio de la naturaleza del hombre una parte de la mente que funciona como un registro secuencial de todas las experiencias pasadas de sufrimiento y privación. El presidente de la iglesia lo explica categóricamente: “No te olvidas nunca de nada, no existe la pérdida de la memoria, el tiempo no cura nada”. Estos sucesos traumáticos quedan almacenados de manera inconsciente en la “mente reactiva”. Allí se construyen poderosos cuadros de imagen mental, “engramas”, que representan una carga o peso flotante producto de la acumulación de energía que interviene en la “línea temporal” de cada individuo. El banco de engrama constituye una fuente de aberración que atenta contra la supervivencia ya que merma las capacidades emocionales, comunicativas y cognitivas de las personas y las llevan a repetir patrones compulsivamente, es responsable en parte de los temores, las resistencias, incluso las enfermedades psicosomáticas (Frigerio, 1998, p. 201-202). En contrapartida, la “mente analítica” (también denominada “máquina computadora”) comprende la facultad de analizar, conceptualizar y resolver los problemas, describe la racionalidad y la cordura óptima. Es a partir de ella -y mediante tecnologías de auditación y entrenamiento- que el individuo puede trabajar sobre los incidentes dolorosos, agotar su carga, y fortalecer su capacidad de autodeterminación hasta alcanzar el estado de conciencia espiritual de “Clear” o incluso de “Thetan Operante”.

Ahora bien, en lo que concierne a la comprensión de las adicciones el enfoque de Scientology parte de la idea de un consumidor que retiene la totalidad de las experiencias traumáticas y las percepciones alteradas que producen los químicos, bajo un conjunto desordenado de cuadros de imagen mental. Ellos se combinan y mezclan en su intelecto contra su voluntad, influyendo en la conducta y sobre todo en su percepción de la realidad. El hombre deviene en un “animal reactivo”, esto es, un individuo sujeto a la repetición, al retorno caótico de las emociones pretéritas, la compulsión y la irracionalidad de los engramas (la “energía mental dañina”) que compromete sus capacidades. Si bien esta condición corresponde -en consonancia con su teoría de una sociedad- a todas las personas que no participan del método de Hubbard en el caso de las drogas los efectos de las toxinas tienden a ser exponenciales y dramáticos. Por otra parte, la noción de persona no incluye solamente a la mente y sus divisiones, sino también al cuerpo y al espíritu “el único agente verdaderamente terapeútico en este universo” (Hubbard, 2012, p. 20).

Entre las sentencias fundamentales de Scientology se encuentra la afirmación de que el hombre es en realidad una entidad espiritual, un “Thetan” - noción homologa a la de alma-. El Thetan o fuerza de vida es la identidad básica y olvidada de las personas. Ella se caracteriza por ser benévola, infinitivamente creativa, inmaterial e inmortal. Su existencia va más allá de los ciclos biológicos, es capaz de ocupar diferentes cuerpos y retener sus vivencias. La paradoja fundante de esta entidad estática es que si bien ella se mantiene apartada del universo físico (el MEST12) al cual contribuyó a crear, en algún momento los Thetanes quedaron retenidos en este plano, envueltos en las experiencias del pasado. Esto supuso una disminución de sus capacidades y también una pérdida de los estados de conciencia respecto al impulso de la “supervivencia infinita” y las ocho dinámicas que componen en Scientology la visión expandida del cosmos. Ellas comienzan por la dinámica del “Yo” y continúa -incrementando la escala- por la dinámica de la “Familia”, los “Grupos”, la “Especie”, las “Formas de vida”, el “Universos Físico”, los “Espíritus” y, finalmente, el “Infinito o Ser Supremo” al cual cada uno puede darle su propio contenido específico. A mayor conciencia, mayor comprensión y responsabilidad dirigida al entorno. En esta teoría del agente las definiciones máximas de la cura provienen de la recuperación plena de la identidad espiritual a través de una tecnología guiada de trabajo sobre uno mismo.

Nos encontramos con una comprensión del consumidor en el marco de una ontología compleja y plural que entiende al individuo como un ser eminentemente atrapado y disminuido no sólo por las toxinas químicas, sino también por los efectos de la mente reactiva, la falta de una tecnología mental adecuada y la desinformación sistemática sobre su naturaleza espiritual. Es allí donde reside la posibilidad de expandir la conciencia y junto con ella la capacidad de controlarse a uno mismo y al entorno.

Métodos técnicos, fines espirituales

La respuesta de Scientology al problema de las adicciones se desprende de manera coherente e integrada de su cosmovisión, es decir, la terapéutica maximiza, concentra, redirecciona el método de trabajo diseñado para la vida en general hacia el abordaje concreto de los consumos problemáticos. La institución de referencia es “Narconon”, una red mundial de centros de rehabilitación laicos fundada en 1966 y que opera en principio de manera independiente a la iglesia con el objetivo de legitimarla (Kent, 2017). Más allá de una experiencia breve en la provincia de Buenos Aires, este tipo de centros de atención no tienen una presencia estable en el país. Por el momento, las acciones conjuntas se encuentran focalizadas en tareas de orden pedagógico con campañas de educación para la prevención de adicciones. Sin embargo, a partir de documentos escritos y audiovisuales así como entrevistas, es posible atender a los aspectos claves de este modelo de tratamiento.

El primero, refiere a un Programa de Purificación que se especializa en la eliminación de residuos químicos almacenados en la grasa corporal, a través del ejercicio físico, la nutrición y el consumo de vitaminas, en especial la “Niacina” cuyo efecto -descubre Hubbard- en combinación con el calor del sauna contribuye a desprender las toxinas de las drogas, pero también de la radiación, los medicamento y los productos de consumo masivo a través de sesiones de sudoración. A medida que el cuerpo se purifica, se libera de impurezas y recobra su equilibrio bioquímico, el programa ofrece la posibilidad (sólo para los interesados) de trabajar con las causas pretéritas de las adicciones, indisociables de los traumas y su duplicación en cuadros de imagen mental. Aquí interviene la tecnología de Dianética y Scientology a partir de la práctica de la auditación dirigía a identificar y superar experiencias que reducen el nivel de conciencia respecto a las cuestiones espirituales. Para ello emplea el E-Metro (Electropsicómetro), un dispositivo compuesto por dos electrodos que liberan una cantidad sutil de corriente, produciendo un circuito cerrado con el cuerpo de la persona auditada. El ministro realiza preguntas prestablecidas mientras lee y codifica los patrones de movimientos de la aguja que surgen con cada respuesta. Esta secuencia permite identificar la “carga” inconsciente asociada a incidentes puntuales. Ella representa energía mental dañina y acumulada que afecta a la persona con sentimientos de enojo, rechazo, apatía o abatimiento. El auditor no aconseja, orienta ni interpreta estas manifestaciones de la mente reactiva ya que es el individuo quien debe producir sus propios actos de conocimiento con sus consecuentes modificaciones existenciales. La máxima implícita obedece a una declinación posible de la inquietud de si (Foucault, 2002, p. 28) en tanto forma de espiritualidad que exhorta al cuidado de uno mismo, al dominio propio para poder dominar el mundo físico. El axioma de base postula que “lo que es real para la persona es verdad”. Existe un esfuerzo sostenido en no desacreditar, ni inhibir las definiciones subjetivas de lo verdadero. Como afirma un miembro de la iglesia: “Scientology empieza por donde vos necesitas”.

La persona siente que hay algo que tiene que corregir o la persona no lo siente. Si la persona tiene conciencia de que hay algo que está mal en un área de su vida, eso es lo que es verdad para nosotros porque eso es lo que es verdad para él. Esto de andar diciéndole al ser humano qué es lo que dios dice ha sido nefasto. Cuando los psicólogos empiezan a interpretar al paciente es nefasto. Estás matando a la persona ¿cómo la vas a hacer libre si él no va a producir su propio descubrimiento? (Presidente de Scientology).

En Argentina la modalidad dominante de trabajo corresponde al desarrollo de cursos de educación para la prevención de adicciones mayormente solicitados por escuelas de la provincia de Buenos Aires. Dichos cursos constan de charlas grupales en base a la difusión de materiales escritos y audiovisuales que tematizan “La verdad sobre las drogas”, atendiendo sobre todo a la clasificación y ordenamiento de las mismas, la explicitación de sus nombres “callejeros”, los efectos físicos a corto y largo plazo, el modo en que se ofrecen, las razones del consumo y las consecuencias sociales. Las charlas proponen un encuadre laico en donde se distribuye una folletería religiosamente desmarcada. No obstante, en el modo en que se presenta la información se insinúan las estructuras de pensamiento y la hermenéutica de Scientology: la idea de una mentira social orquestada que encubre el manejo bioquímico de las emociones, la complicidad del entorno y los círculos afectivos, un estado de envenenamiento casi inevitable, el énfasis en los efectos sobre la mente y el sistema nervioso, la pérdida de capacidades (como la creatividad), la permanencia de los químicos en el cuerpo y la postulación de un sentimiento indeseado en la génesis del consumo (un dolor físico, la necesidad de calmarse, agradar, ser aceptado etc.). Sin llegar a tematizar la espiritualidad, la estrategia de los cursos apunta a difundir información estructurada de acuerdo a un diagnóstico social y humano en torno a las drogas. Una teoría de la sociedad y del agente que contribuye a crear consenso sobre la pérdida de la autodeterminación en un ambiente de riesgo socialmente organizado.

Segundo caso: racionalizaciones espirituales del pentecostalismo

Los centros evangélicos de atención se encuentran doblemente validados tanto por el paradigma público-gubernamental como por el religioso. Esto supone ocupar una posición estructuralmente favorable; poseen y custodian un estatus consolidado en el espacio de la cura de almas y del buen vivir. A diferencia de Scientology, el modelo de tratamiento evangélico de las adicciones no surge ni se define -al menos no en principio- a partir de la polémica con el campo psi, ni con la biomedicina; tampoco enuncia su expertise bajo las fórmulas y nomenclaturas técnicas de la ciencia. Sus fundamentos son estrictamente de orden espiritual, desde allí postula la legitimidad y el alcance de su terapéutica. El tratamiento psiquiátrico, los estudios médicos y en menor medida el asesoramiento psicológico son opciones potencialmente compatibles con el abordaje cristiano siempre y cuando la autoridad última recaiga en el enfoque pastoral.

Este entendimiento de saberes expertos no está exento de conflictos. Su articulación es el resultado de un arduo trabajo de apertura que se desarrolla correlativamente -y de manera no lineal- a la profesionalización de los Programas. El último director del Centro de día reconoce, por ejemplo, la controversia que supuso responder al planteo del pastor principal (fundador de una mega-iglesia) sobre el imperativo de incorporar las competencias del campo psi al trabajo con adicciones. Después de todo y de acuerdo a su propia trayectoria: “A mí el que me había hecho salir [de las drogas] era el Señor, no fue ni el psiquiatra, ni el psicólogo, para mí era Cristo. […] es más, yo había ido a ver al psiquiatra y había ido a ver a psicólogos y no funcionaron”. La disputa de criterios se traslada al terreno de la sexualidad y la práctica de la masturbación: “nosotros le decíamos algo a los chicos y él [el psiquiatra] venía y decía otra cosa, pero él utilizaba el librito de la ciencia y nosotros utilizábamos la Palabra [En referencia a la Biblia]”. La actitud permisiva del enfoque psiquiátrico (a cargo incluso de profesionales cristianos) chocaba contra el discernimiento de la masturbación como una forma de “atadura” que interrumpe, mundaniza, contamina el estado de gracia procurado. Es el pastor principal quien arbitra esta contienda entre juicios opuestos en favor de una jerarquía de puntos de vista en donde se priorizan las proposiciones religiosas por sobre las psiquiátricas. La compatibilización de lógicas terapéuticas representa un área de actividad en tensión permanente ya que reactualiza la pregunta incómoda por quién conduce el proceso de cura.

Mientras Scientology se construye así misma a través de un rechazo de los argumentos ortodoxos del campo psi, la oferta evangélica logra establecer articulaciones funcionales con la psiquiatría y el psicoanálisis. Dos de las razones que explican este acuerdo son, por un lado, el carácter inductivo, semi-abierto y pragmático que gobierna al esquema de tratamiento cristiano y por el otro el hecho de que sus fundamentos obedezcan a una racionalidad -casi exclusivamente- espiritual, indiferente a los discursos de autoridad de la ciencia y sus disputas inter-disciplinares.

La categoría de “mundo” en el imaginario evangélico sobre las drogas

En los Centros de día de matriz pentecostal, la narrativa dominante en torno a las adicciones y sus causas no reproduce la lógica hipercontrolada de las conspiraciones. La mecánica de pensamiento -así como la trama y la simbología que la articula- es diferente a la de Scientology y su semántica tecnológica, informada por la ciencia, la espiritualidad oriental, la ficción literaria. En este caso, se emplea la ontología y la hermenéutica del Evangelio, un lenguaje simultáneamente poético y literal cuyas referencias cósmicas integran el tópico de las adicciones, también el narcotráfico, junto a otras problemáticas sociales (la pobreza, la desocupación, la desigualdad social, la corrupción, la violencia etc.), sin otorgarle un rango privilegiado en la taxonomía sobre la sociedad y sus males. De hecho, la cuestión de las drogas representa una declinación específica de un diagnóstico general y de carácter estrictamente moral. Para entenderlo es necesario explorar la categoría de “mundo” en los entornos de tratamiento, como una clasificación útil y por lo tanto elástica, anticipatoria, indiferente a las contradicciones. Su capacidad de significación obedece en parte a que este término sintetiza -retomando a Max Weber (1998, p. 412) y a Paul Ricoeur (2006)- tanto una Teodicea, que explica en base a racionalizaciones la imperfección del universo, como una simbólica del Mal en donde se identifican y dimensionan a los agentes demoníacos que actúan en el caos.

El “mundo” es un significante maestro que postula un estado de ignorancia de la “Ley de Dios” o de conocimiento y trasgresión de la misma. En ambos casos describe una relación inadecuada con las reglas que remite a la responsabilidad individual y a la idea de pecado. Este último “significa [de acuerdo al manual que emplea el Centro] vivir sin ley, fuera de la ley o rechazando la Ley de Dios. Es la determinación del hombre para hacer su propia voluntad y deseo, ignorando el deseo y la voluntad de Dios” (Carnival, 2017, p. 38). En tanto escenario de pecado el mundo es una categoría de primer orden ya que otorga un soporte metafísico y existencial a la teodicea evangélica sobre el origen del sufrimiento y su eternización a través de las generaciones. Bajo esta lógica general, las drogas son del mundo y están en él, representan una manifestación, pero no de un complot infalible, sino del más absoluto desgobierno. De hecho, la falta de orden es uno de los tropos recurrentes a través de los cuales se relatan las vivencias personales de abatimiento.

Ahora bien, el estado de anarquía que rige los dominios extra-iglesia se distingue por la acción continua de potencias nefastas -“una nada activa y contagiosa” (Hertz, 2020, p. 121)- que resume la simbólica del Mal. El problema de las drogas posee entonces una dimensión estrictamente sacra, pero ya no a nivel de un encuadre metafísico, sino en un sentido próximo, urgente, prosaico: demonizaciones diferenciales atacan, ensucian, la mente con dudas constantes y deseos de recaídas, con sentimientos de culpa, vergüenza, condenación, con temores bien fundados, expresiones de celos y odio por sus acciones o inacciones remotas y con descalificaciones sobre cada avance del proceso. La mancha contaminante y contagiosa del demonio (“príncipe de este mundo”) interviene a través de pactos y engaños que explican las resistencias a la terapéutica (O’Neill, 2020). La sociedad imaginada designa un territorio anómico, de permanente batalla. El operador debe interceder en dos frentes: entre Dios y la persona para lograr su conversión plena y entre el Diablo (lo sagrado impuro) y la persona para liberarla de las formas secretas de opresión. La naturaleza moralizante de esta lectura radica en el doble énfasis que se atribuye, por un lado, a la responsabilidad individual y, por el otro, a la relación frágil e incompleta con las reglas que prescribe la divinidad y la iglesia administra.

La teodicea y el simbolismo del Mal son aproximaciones válidas en la medida en que se las relativice. Si bien las circunstancias que rodean la producción de la cura tienden a radicalizar -por razones obvias- la antinomia iglesia-mundo, la experiencia de este último en la praxis de los templos y fuera de ellos se caracteriza por una valoración dual del mismo. El mundo comprende un espacio de horror y fascinación, de huida y conquista, de rechazo, pero también de apropiación selectiva de sus logros técnicos, sus saberes y maravillas puestas al servicio de metas religiosas. El drama del hombre se dirime en esta tensión irresoluble.

Una persona, tres entidades

Nos interesa reconstruir la noción de agente que se deriva no de la teología cristiana-pentecostal y su coherencia semántica, sino aquella noción que informada en parte por este pensamiento docto funciona bajo los énfasis del medio social en cuestión y sus metas terapéuticas. La teoría general de la sociedad contempla un mundo ambivalente y en este escenario se desarrolla la condición dramática del ser humano, un sujeto atrapado entre dos eternidades: la pérdida del paraíso y la segunda venida de Jesús. Entre ambos extremos cósmicos se instaura un estado de transición, de incerteza, comprendido por el tiempo histórico que habitan las personas y en el que se lleva adelante una batalla espiritual por las almas individuales. El problema de la salvación es un rasgo cosmológico de primer orden del ethos pentecostal, definido también por el contrapunto entre el reconocimiento del libre albedrio, es decir, la primacía de la voluntad en un extremo y en el otro, la idea sugerida de destino que insinúa el “Plan” de Dios. El dilema de la elección coloca la responsabilidad última de las acciones en los sujetos, de ahí la impronta eminentemente moral que interpela y alcanza asimismo a la iglesia y su tarea evangelística.

La noción elemental de persona la describe como un ser tripartito compuesto por el Cuerpo, el Alma y el Espíritu. La adicción trastoca el equilibrio entre estos tres dominios de la ontología evangélica. El Cuerpo, como superficie más expuesta a los avatares del mundo, resume los deseos, los impulsos, las tentaciones e incentivos que gobiernan internamente la acción de manera prereflexiva, motivados por estímulos externos. El Alma, equivalente en una de sus acepciones a la personalidad, expresa el universo de las emociones, los sentimientos, los estados de ánimo, comprometiendo a la mente y a la voluntad. Esta entidad única, irremplazable, definitiva, antecede y trasciende al cuerpo terrenal, puede ser salvada o condenada por eso requiere de una técnica de trabajo sobre si misma. Finalmente, el Espíritu describe la presencia de lo sagrado ya sea en su forma pura o impura en la persona. En este marco de sentido, la idea de un Cuerpo sin Alma y Espíritu es irrepresentable, ya que la espiritualidad -y en esto coinciden con Scientology- es constitutiva de la condición humana. A tal punto que su negación o desapego no son otra cosa, sino la prueba justa de la existencia de potencias malignas que promueven la autosuficiencia para apartar al hombre de Dios. El Espíritu introduce en esta ontología otra función estructurante: conecta (al menos como posibilidad y ejercicio) las acciones mínimas de la persona con la mitología bíblica, con su cronología, sus tramas de sentido, las gestas arquetípicas de sus mayores, sus pactos y promesas.

Las adicciones confirman una modificación existencial del equilibrio y la jerarquía entre estas tres entidades. La génesis del consumo remite a algún tipo de daño o herida que se manifiesta en el Cuerpo, pero que se identifica sobre todo a nivel del Alma, es allí donde se acumulan, imprimen y en parte se olvidan las vivencias del pasado relacionadas con los vínculos domésticos-familiares. Es un dolor emocional el que se intenta tapar con las adicciones, produciendo por un lado una dependencia química y por el otro, una reformulación de la personalidad a partir de todo tipo de “caretas” que disimulan, disfrazan, el conflicto del Alma. En los “Encuentros”13 se las distingue y nombra -casi goffmanianamente- a cada una de ellas: careta de aislamiento, de aparentar, de susceptibilidad, de posesión, de perfeccionismo, de crítica y proyección de las propias debilidades. Las caretas producen un “personaje” que se desenvuelve en el Mundo con cierta eficacia, reproduce sus estructuras y estatus, pero comprende un ser-otro distinto de la identidad auténtica. A nivel del Espíritu las drogas conllevan todo tipo de claudicaciones propias del pecado por donde entra el demonio con el propósito de destruir a las personas. Desconocer la ley de Dios significa entregarle -incluso sin saberlo- autoridad al Enemigo sobre el Cuerpo y el Alma. Uno de los efectos de las adicciones más tematizados es la pérdida de la autoestima, esto es, la desvalorización social y el sentimiento persistente de “no poder”, “de no servir para nada” propio del juicio del Mundo sobre la imagen del yo del individuo y que el Diablo utiliza en su contra.

En definitiva, la teoría del agente en el marco del tratamiento describe una apropiación posible y estratégica de la ontología cristiana. Aquí la causa de la adicción obedece al desgobierno generalizado producto de una herida no sanada, los artificios del Mundo y la acción de potencias nefastas que refuerzan la situación de esclavitud y el personaje que las sostiene. La cura va a requerir de una ascesis y una mística determinada en donde converge la acción racionalizante del obrar con los fundamentos comunitarios de la experiencia.

Duplicidades del yo: ser llamado por el verdadero nombre

Los procedimientos evangélicos relativos al abordaje de las adicciones son de naturaleza eminentemente práctica. Esto no significa la ausencia de una lógica y una estructura de metas preestablecidas así como una reflexión sobre las mismas, sino el hecho de que cada una de estas partes que componen su método se encuentran subordinadas a resolver cuestiones concretas, variables, contradictorias, producto de una población que abarca trayectorias sociales heterogéneas. El modelo terapéutico parte de una definición de máxima: postula la transformación del yo y sus entidades a partir de la espiritualidad, en tanto sistema experto que domina los conocimientos sobre la cura del alma y el buen vivir. Es la producción de un doble, la duplicidad del yo, ya que la antigua identidad conserva una función clave en la construcción de un nuevo relato sobre sí mismo. En concordancia con su teoría del agente, la sanidad presume el restablecimiento de un equilibrio, también una jerarquía, entre el Espíritu, el Alma y el Cuerpo, desplegando una ascesis y una mística diferencial sobre cada una de ellas.

La acción sobre el Espíritu comprende la tarea primera y más importante. Describe la voluntad de realizar el tratamiento y pronunciar la oración de fe. Dicha plegaria implica el arrepentimiento por los pecados y la aceptación de Jesucristo como Señor y Salvador. Es a partir de este suceso que el pacto ficcional de la terapéutica cristiana cobra sentido; es el acto que permite suspender -al menos como intención- la incredulidad e introducirse en una definición posible de lo real-sagrado con sus reglas de veracidad, sus justificaciones, su casuística compleja. Es la introducción sacra en el juego social de la cura en toda su seriedad y eficacia (Huizinga, 2022). Bajo el axioma de la espiritualidad como fundamento de todo, se reconoce la conducción pastoral del proceso, esto incluye la participación en los cultos semanales, la lectura de la Biblia, los cursos de la Escuela de Vida, la pedagogía del ayuno, la oración, la guerra espiritual, las interdicciones ceremoniales y los ritos de liberación. El estado de gracia que expresa la idea de estar “lleno del Espíritu Santo” eufemiza un trabajo permanente por sostener, tornar legítima, una relación de dominación-obediencia fundada en la autoridad religiosa.

Las técnicas sobre el Alma operan a partir del reconocimiento previo de los atributos espirituales y sintetizan dos tipos de intervenciones en la vida sentimental. La primera consiste en una puesta en palabras del estatus previo (asociado al “personaje” construido por y para el mundo), exhibirlos en sus excesos, sus fallas, su desorden endémico y sus patrones para identificar aquello que se quiere dejar atrás. El tratamiento representa un estado liminal, un “desierto”, cuyo tránsito culmina con la conquista de un nuevo estatus dentro del estilo de vida evangélico (Palacio Ramírez, 2009; Turner, 1988). La segunda implica discernir y reconocer públicamente las heridas emocionales que justifican la deriva del mundo y la adicción como mecanismo de ocultamiento. La insistencia racionalizadora sobre el trauma lleva a un examen de los vínculos intrafamiliares o amorosos como génesis de las impresiones que gobiernan la identidad dañada. Ambos ejercicios transcurren mayoritariamente en un mismo escenario: los Grupos de Contención en donde un operador socio-terapéutico espiritual en adicciones14 conduce los encuentros, incitando a que cada integrante emplee la reflexividad del Evangelio y sus operaciones de sentido para exponer la vida interna de sus emociones ante un auditorio de pares.

Asimismo, el Cuerpo es objeto de un rediseño consciente vinculado a la semiótica de la cura. Esto obedece a que los avances terapéuticos tienen su correlato insustituible en la veracidad de las impresiones que se proyectan hacia los otros, deben convencer. La producción de situaciones de orden en el Espíritu y en el Alma, también en las rutinas domésticas, están llamadas a impactar exteriormente en el cuerpo (López Escoboza, 2018). Este último aparece, entonces en una de sus posibilidades, como un sistema de signos que emite mensajes sobre el estado de gracia, o sea, el honor social, el respeto, que pretende la persona. La metáfora de la vida interior como una copa que se llena, vacía y renueva del Espíritu tiene su contraparte en el control expresivo de la cara, en el modo de vestirse, en el aseo, en el vocabulario, en la inhibición de la agresividad junto al imperativo de la cortesía, en la gestualidad del quebrantamiento y la emoción o en el cuidado respecto a los consumos culturales. La acreditación de las modificaciones externas requiere de una temporalidad específica. Por ejemplo, una trasformación drástica puede trasmitir la sospecha de impostación, de pretender ser lo que todavía no se es y el fingimiento -al igual que las adulaciones y el engaño- son atributos del Enemigo.

En resumen, la terapéutica evangélica entiende la cura como un proyecto de transformación de la persona y las entidades que la habitan en base a una ascesis y una mística tutelada, cuidadosamente tipificada y colectiva en su proceso. Describe un cambio que contempla la enunciación y destrucción del estatus previo y la producción de uno nuevo.

Conclusiones

Desde un punto de vista religioso, el imaginario de las drogas traduce a la sociedad argentina una versión posible del antiguo misterio de la salvación, junto a la cura de almas y el cuidado de sí. En consecuencia, el tópico de las adicciones expone tanto los fundamentos metafísicos como las declinaciones prácticas de las terapéuticas espirituales en el esfuerzo por producir los juicios de veracidad sobre su visión del mundo. En el ex adicto se proyecta un efecto de demostración respecto a la potencia y el alcance que ostentan los profesionales del buen vivir. Dicha demostración es de carácter totalizante, funciona a fuerza de establecer una teoría de la sociedad, del agente y de la terapia. La naturaleza total de la propuesta religiosa aparece más claramente cuando se establecen comparaciones entre tradiciones diferentes. En este sentido, intentamos contribuir a la literatura sobre el tema en dos direcciones. Por un lado, a partir de un enfoque que combina la perspectiva interpretativa con otra de naturaleza organizacional atenta a las uniformidades morfológicas de los Programas. Por otro lado, incluimos el abordaje comparativo de casos que no comparten los mismos fundamentos cosmovisionales. Esto contribuyó a una toma de distancia, una desfamiliarización, de los presupuestos cristianos con los que se entiende y estudia al hecho religioso. Para concluir podemos avanzar hacia un contrapunto analítico entre ambas terapéuticas.

En primer lugar, el problema de las drogas se enmarca en una sociedad imaginada de acuerdo a énfasis distintos. En Scientology se impone una trama de complots y responsabilidades colectivas en base a una acción conjunta del gobierno, los servicios de inteligencia y las farmacéuticas. La rivalidad con el “campo psi” obedece en parte a su rol en el sostenimiento de este modelo social. Asimismo, las toxinas se encuentran masificadas por la industria de los alimentos, produciendo entornos de riesgo y contaminación a gran escala. La sociedad en su conjunto atenta contra las posibilidades de autodominio y elevación de la conciencia. En contrapartida, el enfoque evangélico es de naturaleza cósmica y moral. La sociedad es renombrada con la categoría de “mundo” para delimitar y describir un espacio de transición. Las drogas -y las conductas adictivas en todas sus variantes- son una expresión de la anomia espiritual. Este mundo corrompido y corruptor genera situaciones opresivas que el “Enemigo” instrumentaliza. Pese a sus peligros o tal vez a causa de ellos, el mundo designa un enclave de fascinación y conquista. Si en Scientology se impone una teoría intrigante de la sociedad cuyas máximas apuntan a la lógica del secreto, la sospecha y como respuesta la fuerza de la gnosis, el enfoque evangélico sostiene una comprensión moralizadora que tematiza la relación con la regla y la idea del Bien. Ya se trate de una sociedad hiperregulada o de una sociedad anómica ambos coinciden en el olvido o la inhibición sistemática de la espiritualidad como fuente de todo desorden cósmico y ontológico.

En segundo lugar, las teorías nativas del agente presentan una unidad de estilo respecto al diagnóstico previo. Es la espiritualidad en falta la causa primera de una subjetividad menguada y en inferioridad de condiciones. En el caso de Scientology las experiencias traumáticas que la “mente reactiva” almacena, duplica, reactualiza permanentemente, confirman un estado de desconocimiento: el olvido de que la persona es antes que nada un “Thetan” habitando un cuerpo. Las drogas -en concordancia con todas las toxinas- obstaculizan la elevación de esta conciencia espiritual. La teoría Theta-Mest y sus premisas describen a un individuo doblemente sometido por las imágenes mentales del pasado y por las emociones químicas. Por su parte, los centros de atención evangélicos postulan la tesis de un desequilibrio entre las entidades que componen a la persona, la anomia social tiene su correspondencia en una anomia subjetiva. Bajo una lógica análoga, la desobediencia a las prescripciones divinas explica la adicción y el desorden interno. El resultado es la circunstancia de atrapamiento físico-espiritual y la pérdida de la auto-estima. Scientology apela al malestar, a la verdad oculta y a las potencialidades inhibidas de la conciencia. Los evangélicos enuncian una teoría sobre los escenarios de caos y el estigma que enfrenta el adicto. El foco en la conciencia o en la experiencia promueve terapéuticas distintas. Sin embargo, ambas coinciden al menos en dos puntos. El primero refiere a una fenomenología de las coacciones que impone el ambiente. El segundo contempla el fundamento ante-predicativo de la espiritualidad en tanto experiencia primera, ella permite introducir un marco cosmológico que justifica la técnica incluso cuando falla.

Finalmente, la concepción de la cura se encuentra sobredeterminada en ambos modelos por el binomio actor-sociedad. Scientology propone un abordaje más teórico que práctico. Enuncia un ideal terapéutico racionalizante, tecnológico en sus formas, basado en Programas de purificación. El tipo de relación social sugerido es el de maestro-discípulo bajo la fórmula Auditor-Preclear. La meta es producir actos de conocimiento y liberación de la conciencia espiritual a partir -y no en contra- de las definiciones subjetivas de lo real. Un individuo reflexivo y “en causa”, comprende su responsabilidad en las dinámicas de la existencia y vuelve sobre el mundo para introducir una transformación en él. Este sistema opera hasta ahora como proyecto. Lo que existe son esfuerzos preventivos por difundir en las escuelas una estructura de pensamiento sobre las drogas. Por el contrario, la terapéutica evangélica prioriza la práctica sobre la teoría e instituye relaciones sociales en donde se afirma el esquema individuo-grupo. A diferencia de Scientology, la ascesis y la mística acontecen en encuadres comunitarios. El tratamiento prioriza tres áreas: la dinámica colectiva y sus procesos rituales, la experiencia personal de lo sagrado y la destrucción del estatus previo junto a la creación de uno nuevo. Se trata de una terapéutica fuertemente comprometida con la generación de una estima social paralela. Una posición que separa al individuo del “mundo” para devolverlo (al igual que Scientology) como un ciudadano conforme a la ley.

En ambos casos, las clasificaciones espirituales componen un sistema experto que ejerce un efecto totalizador: sitúan al problema de las drogas dentro de un enfoque cósmico y ontológico que renombra -y en cierto sentido desplaza- a las adicciones. Las formula como una de las declinaciones posibles de los males sociales mientras designa, hace existir, al yo sagrado en el individuo. Esta autoimagen requiere para actualizarse y pasar a la acción de un juego social y una gnosis determinada a cargo de profesionales en el arte del buen vivir.

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  • 1
    Con este concepto nos proponemos enfatizar particularmente la dimensión axiológica y moral del enfoque -en este caso- religioso; junto al cuerpo de prácticas rituales, mitos, discursos expertos, símbolos y objetos auráticos dirigidos a definir los fundamentos de una vida significativa y su opuesto, esto es, las formas impuras y contaminantes del ideal en cuestión. En concordancia, los profesionales del buen vivir comprenden a los mediadores que sistematizan y hacen posible la trasmisión de una imagen del mundo sujeta a todo tipo de contestaciones, críticas y ajustes prácticos por parte de quienes la apropian y aplican. Para un mayor desarrollo ver Algranti (2025).
  • 2
    Los paradigmas señalados distinguen estilos de pensamiento y regímenes emocionales disimiles, asociados al modelo de cura elegido. No obstante, esta clasificación formal no omite la existencia de ofertas hibridas como el caso de Narcóticos Anónimos o los Centros Adventistas.
  • 3
    Una de los solapamientos más explícitos ocurrió durante la experiencia de dirección del cura Juan Carlos Molina, es decir, con la designación de un sacerdote católico a cargo del SEDRONAR. Para un mayor desarrollo ver Ferreyra (2019).
  • 4
    De acuerdo a los datos cuantitativos más recientes (Mallimaci et al., 2019, p. 10-16) la escena religiosa de la Argentina tiende a caracterizarse -entre el 2008 y el 2019- por la presencia de un catolicismo mayoritario, pero en descenso (del 76.5% al 62.9%) y el crecimiento paralelo tanto de las personas que no se identifican con las adscripciones religiosas disponibles (aumentaron del 11.3% al 18.9%) como de los evangélicos (pasaron del 9% al 15.3%). En lo que concierne a la problemática de las adicciones la interpretación dominante tiende a situarla en el espacio de intervención de la iglesia y la ascesis de sus modelos terapéuticos como formas de acceso a la verdad.
  • 5
    La espiritualidad dominante es de matriz cristiana, sobre todo evangélica-pentecostal y católica, aunque en los últimos años emergen otras propuestas, tal es el caso de Scientology.
  • 6
    El caso de estudio se encuentra doblemente integrado bajo la órbita de unas de las principales mega-iglesias de la Ciudad de Buenos Aires y dentro de la Red Nacional Cristiana de Rehabilitación, Capacitación y Prevención de Adicciones. Existen asimismo otras instituciones similares (tanto evangélicas como católicas) profesionalizadas en el abordaje espiritual-cristiano de las adicciones.
  • 7
    Se trata de un movimiento análogo al procesos de destrucción y producción de estatus en grupos marginales tratados por la literatura especializada (Brenneman, 2012; Smile, 2013; Teixeira, 2009; Vital da Cunha, 2015).
  • 8
    La iglesia local es de “Clase V” esto significa que están autorizados para realizar cultos (reuniones periódicas, bodas, funerales, ceremonias de asignación de nombres) y para ordenar ministros, pero no participan en la definición de la doctrina, la coordinación de las misiones o en el diseño de su cultura material.
  • 9
    La acción de auditar comprende una práctica religiosa basada en la interrogación, la escucha y la interpretación de un artefacto especialmente diseñado para esta técnica. El objetivo último consiste en aumentar -autoexamen mediante- el nivel de conciencia espiritual de la persona, invirtiendo el proceso regresivo de atrapamiento en el universo material. La misma se lleva a cabo a través se sesiones generalmente individuales entre un Auditor y un Preclear, el feligrés, empleando el “E-Metro”. Este último es un dispositivo calibrado que permite identificar -a partir de preguntas prestablecidas, instrucciones y el consecuente movimiento de la aguja- las áreas de trauma espiritual sobre las que trabaja el auditor. La duración de las sesiones es sumamente variable.
  • 10
    A los fines de una caracterización sociológica del liderazgo de Ronald Hubbard el mismo se ajusta -siguiendo aquí a los análisis de Bryan Wilson, también Régis Dericquebourg- a la figura del maestro o el genio antes que a la del profeta. Si las verdades de este último dependen de las revelaciones, en el caso de Hubbard la legitimidad de sus enseñanzas es producto no de la mística sino de la investigación científica de la mente y el espíritu. Algunos hitos interesantes en su trayectoria previa a la creación de Scientology son: su procedencia de una familia de militares de la región medio Oeste de Estados Unidos; una adolescencia marcada por los viajes y el contacto cultural con las tradiciones orientales (en especial el budismo y el taoísmo); sus estudios incompletos en ingeniería y física nuclear, luego durante la década de 1930 el desarrollo de una carrera literaria exitosa dentro del género de la ciencia ficción pulp, la participación breve en la marina durante la Segunda Guerra Mundial y, a partir de su regreso, la experimentación sistemática con las técnicas terapéuticas que fundamentan primero la Dianética (1950), “ciencia de la supervivencia” (este libro tuvo una amplia recepción comercial) y luego el proyecto de Scientology en donde sistematiza la dimensión espiritual de sus hallazgos creando asimismo una organización de escala mundial.
  • 11
    El libro confesional Cienciología: teología y práctica de una religión contemporánea es un ejemplo notable de la incorporación estratégica de la reflexividad científica en la producción de argumentos socialmente válidos sobre la naturaleza y objetivo del grupo. Este material institucional fue publicado en Copenhague por la New Era Publications International ApS en 1998. El libro está compuesto por siete capítulos en los que se abordan diferentes aspectos de la Cienciología (la doctrina, la práctica, las escrituras y símbolos, la estructura organizacional, la vida de su fundador etc.). Luego incluye diez apéndices en donde prestigiosos académicos argumentan a favor del carácter religioso de su propuesta.
  • 12
    MEST es un acrónimo compuesto de las palabras Matter, Energy, Space, Time.
  • 13
    Los Encuentros son actividades prolongadas de consolidación. Los mismos ofrecen una sucesión de charlas distribuidas a lo largo de un día y a cargo de los Operadores del Programa. En el Encuentro se trabajan conceptos claves del tratamiento (la parábola del Alfarero, el Perdón, la protección divina, la autoestima, las caretas, la familia, la liberación entre otros). La actividad incluye un almuerzo colectivo y un culto de cierre abierto a todos los familiares y de alta intensidad espiritual.
  • 14
    La autoridad de ejercicio de los Operadores es de bases mixtas. Descansa, por un parte, en el carácter tutelado de un cargo sujeto a la aprobación del curso OSTE que integra la Red Nacional Cristiana de Rehabilitación, Capacitación y Prevención de las Adicciones. Por otra parte, los fundamentos del liderazgo también reconocen intensamente el valor de la propia experiencia de recuperación. No se trata de un prerrequisito para conducir los grupos, sino de un recurso que gravita con fuerza en la interacción y la performance exitosa, cuasi carismática, del líder.

Fechas de Publicación

  • Publicación en esta colección
    08 Ago 2025
  • Fecha del número
    Jan-Apr 2025

Histórico

  • Recibido
    14 Dic 2023
  • Acepto
    11 Abr 2025
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