RESUMEN
Este artículo presenta un análisis de la gestión del estado Qing relativa a las pugnas por el poder en la corte y formación de facciones que contendían por el trono imperial tras el derrocamiento de la dinastía Ming por parte de la dinastía Qing en 1644. El objetivo de este artículo es analizar las luchas en torno al poder y la legitimidad de una dinastía foránea, los Qing, pertenecientes a la etnia manchú, contra la etnia han, mayoritaria en China. Así, se pretende demostrar la nueva teoría que presenta este artículo, la “power paradox theory” [teoría de la paradoja del poder], cuya finalidad es reevaluar la capacidad del estado Qing en la gestión de su expansión territorial y asimilación de minorías étnicas mediante la fuerza militar y el ejercicio despótico del poder, o, por el contrario, fomentar reformas económicas y políticas aperturistas para una eficiente gestión de recursos.
Palabras claves:
China; High Qing; Teoría de la paradoja del poder; Compañía de Jesús; Gran divergencia; Historia global
ABSTRACT
This article presents an analysis of the Qing state’s management of power struggles in the court and the formation of factions contending for the imperial throne after the Qing dynasty overthrew the Ming dynasty in 1644. This article aims to analyze the struggles surrounding the power and legitimacy of a foreign dynasty, the Qing, belonging to the Manchu ethnic group, against the Han ethnic group, the majority in China. Thus, this article aims to demonstrate the new theory presented herein, the “power paradox theory”, whose purpose is to reevaluate the Qing state’s ability to manage its territorial expansion and assimilation of ethnic minorities through military force and despotic exercise of power, or, conversely, to promote economic and political reforms for efficient resource management.
Keyword:
China; High Qing; Power Paradox Theory; Company of Jesús, Great Divergence; Global History
INTRODUCCIÓN: REEVALUACIÓN DE LA GRAN DIVERGENCIA Y ESTRUCTURA POLÍTICA DE LA CHINA QING A TRAVÉS DE LA “POWER PARADOX THEORY”
En las últimas dos décadas, la conocida Escuela de California (Vries, 2010)2 ha transformado el estudio relativo a los orígenes y desarrollo de economías y sistemas políticos modernos, desafiando las narrativas eurocéntricas tradicionales asociadas a los trabajos de Max Weber (2001), Fernand Braudel (1979), Immanuel Wallerstein (1979), o David Landes (1998). Este enfoque revisionista, ejemplificado en la obra de The Great Divergence de Kenneth Pomeranz (2000), propuso un análisis comparativo entre las economías del noroeste europeo y las regiones costeras de China, demostrando que, hasta el siglo XVIII, ambos espacios presentaban niveles similares de desarrollo comercial, productividad agrícola y estándares de vida.
La contribución fundamental de esta corriente radica en haber desplazado la supuesta “excepcionalidad” europea hacia un análisis de factores contingentes - como el acceso a recursos naturales y materias primas del Nuevo Mundo y al carbón - que explican el despegue industrial británico (Wong, 1997). Sin embargo, las líneas de investigación propuestas por la “nueva historia global” (Drayton; Motadel, 2018) enfatizan el uso de nuevas metodologías cualitativas para superar las limitaciones de los métodos cuantitativos (Maddison, 2007)3, los cuales han estancado el debate de la gran divergencia al estar “virtualmente acabado” (O’Brien, 2020).
Resulta evidente que el legado de la Escuela de California reside en haber sustituido las narrativas eurocéntricas por un relato que presta más atención a regiones de Asia y su rol en la economía global, relevante no solo para reinterpretar el pasado, sino también para analizar el actual orden multipolar y sistema económico policéntrico (Perez-Garcia; Sousa, 2018). Sin embargo, el nuevo giro historiográfico debe apostar por el uso, análisis y cruce de fuentes, como pueden ser los tratados, compilaciones sobre el desarrollo de la China imperial, diarios, crónicas de viajeros y misioneros en China, que escasamente se han utilizado para reevaluar el debate de la gran divergencia e implementar estudios comparativos entre regiones de China y Occidente.
Siguiendo esta nueva línea de investigación, en el presente estudio se han utilizado principalmente fondos documentales - archivos, colecciones inéditas y manuscritos - de la Biblioteca del The Beijing Center for Chinese Studies (Beijing, China) que albergan fuentes primarias sobre el desarrollo político, social y económico de la dinastía Qing (1644-1911) a través de los testimonios de las misiones jesuitas en China. Estas fuentes ofrecen una visión excepcionalmente precisa sobre la transición de la dinastía Ming (1368-1644) a la Qing, el desarrollo y formación del nuevo imperio manchú a través de las luchas de poder y expansión territorial. Así, a través de un análisis cualitativo de esta documentación es posible superar las posibles deficiencias en el uso de metodologías cuantitativas que han fundamentado el debate de la gran divergencia. Esta documentación destaca particularmente por su capacidad de articular escalas de análisis, conectando las microhistorias regionales con las grandes dinámicas imperiales, especialmente los enfrentamientos y luchas de poder en torno a la corte de Pekín.
Un análisis detallado de estas fuentes permite demostrar la nueva teoría que presenta este artículo, la “power paradox theory” [teoría de la paradoja del poder] basada en evaluar la capacidad del estado Qing en su gestión de los nuevos territorios incorporados al imperio, donde el dilema o paradoja radica principalmente en el uso de la fuerza militar y ejercicio despótico del poder, o en apostar por un conjunto de reformas y políticas aperturistas destinadas al comercio y adquisición de bienes, recursos y tecnologías de Occidente (Perez-Garcia, 2021). Es decir, bajo el mandato despótico de los gobernantes no Han (manchúes) de la dinastía Qing, una dinastía “extranjera”, China se enfrentó a una encrucijada histórica. Por un lado, existía la posibilidad de modernizar el país mediante la adopción de nuevas tecnologías y reformas económicas, aprovechando los intercambios con Occidente. Por el otro, se imponía la tentación de cerrar fronteras y consolidar el control sobre los territorios occidentales recién incorporados. Este “dilema de supremacía” - o “power paradox theory” es aplicable no solo al Reino del Centro, sino también a cualquier estado altamente intervencionista, del período moderno o incluso de nuestra época actual - reflejaba las tensiones inherentes a un sistema que priorizaba la acumulación de poder y el control absoluto sobre la población y la sociedad.
El ejercicio férreo del poder por parte de la élite Qing, respaldado por fuerzas coercitivas y una burocracia compleja pero ineficiente, terminó por obstaculizar el crecimiento económico sostenible y la capacidad estatal (Ma; Rubin, 2019; Perdue, 2005). La resistencia a delegar autoridad, la desconfianza hacia la innovación y la rigidez institucional condenaron al imperio Qing a un estancamiento que, con el tiempo, lo dejaría en desventaja frente a las potencias occidentales. Así, el modelo Qing - aunque en cierto grado capaz de mantener la unidad territorial y el orden interno bajo un equilibrio inestable y frágil - demostró ser incompatible con las exigencias de la modernidad emergente, ofreciendo una lección histórica sobre los límites del autoritarismo en contextos de cambio global.
El presente artículo mediante el estudio de fuentes y escritos de los jesuitas pretende analizar cómo el estado Qing apostó por un férreo control de la sociedad, lo que se visualiza a través de las luchas de poder en torno a la corte y la formación de facciones para ocupar el trono imperial. Se analizará la documentación y testimonios dejados por misioneros durante los reinados de Kāngxī 康 熙 (1661-1722) y los primeros años de Yōngzhèng 雍 正 (1722-1735). La investigación se centrará en los escritos del dominico Domingo Navarrete (ca. 1610-1689), así como en cinco miembros principales de la Compañía de Jesús en la época de ocupación manchú: François d’Entrecolles (1664-1741), Jean de Fontaney (1643-1710), Joachim Bouvet (1656-1730), Louis Le Comte (1655-1728) y Jean-Baptiste Du Halde (1674-1743). Con la excepción de Du Halde, todos estos religiosos residieron en China por un prolongado período. Aunque su labor coincidió principalmente con el gobierno del emperador Kāngxī, algunos presenciaron los últimos años del reinado de su predecesor, Shùnzhì 順 治 (1643-1661), mientras que otros vivieron los inicios del mandato de Yōngzhèng.
A través de un minucioso análisis de estos documentos, ha surgido con claridad que el fenómeno de las divisiones internas fue una constante durante ambos reinados. Los tres ejes principales de dicha fragmentación parecen haber sido: las tensiones derivadas de la composición étnica del sur de China, mayoritariamente Han; las pugnas intestinas dentro de la corte imperial en Pekín; y las alianzas tejidas en torno a los hijos del emperador Kāngxī, en las cuales participaban no solo sus preceptores y funcionarios afines, sino también, posiblemente, los linajes maternos.
EXPANSIÓN Y UNIFICACIÓN DE UN IMPERIO: LA DINASTÍA QING ENTRE LA DOMINACIÓN MANCHÚ, INTEGRACIÓN HAN E INTERPRETACIÓN JESUITA DE CHINA
Antes de analizar las fuentes y los tratados de los jesuitas como principales actores y testigos en China durante la transición dinástica entre los Ming y Qing, es fundamental señalar que la dinastía Qing estuvo gobernada por una minoría étnica extranjera: los manchúes. En este contexto, gran parte de la población étnica mayoritaria de China, la etnia Han, la percibió como una dinastía foránea, invasora e incluso bárbara. Sin embargo, no fueron los manchúes quienes derrocaron a la anterior dinastía Ming en Pekín, sino la rebelión liderada por Lǐ Zìchéng 李 自 成 (1606-1645)4, quien tomó la capital en 1644 (des Forges, 2003; Brook, 2013). Poco después, Wú Sānguì 吳三桂 (1612-1678)5, quien hasta entonces había defendido la frontera nororiental contra los Qing, permitió el avance manchú hacia Pekín para expulsar a Lǐ y la efímera dinastía que estableció, los Shun (1644-1646), conocida como los Gran Shun [dà shùn 大 順]. Sin embargo, la dinastía Qing avanzó, consolidando así su dominio en la capital en octubre de 1644, entronizando al emperador Shùnzhì, de apenas seis años (Rowe, 2012, pp. 18-19). No obstante, el control Qing sobre el territorio propiamente chino no se estabilizaría sino hasta cuatro décadas más tarde.
Durante ese periodo de cuarenta años, los Qing tuvieron que enfrentarse a revueltas y resistencias en el sur, encabezadas principalmente por leales a los Ming de etnia Han. En junio de 1644, el príncipe Fu [Fúwáng 福王] estableció los Ming del Sur en Nankín, aunque fue ejecutado un año después. Este régimen alterno tuvo múltiples pretendientes al trono y, pese a su debilidad y carácter itinerante, no fue erradicado hasta que Wú Sānguì derrotó al emperador Yǒnglì 永 曆 (1646-1662) en 1662.
Como recompensa por su rol en la expulsión de Lǐ Zìchéng y su apoyo al ascenso Qing, Wú Sānguì y otros dos exgenerales Ming - Shàng Kěxǐ 尚可喜 y Gěng Jìmào 耿 繼 茂 [conocido como “Príncipe de Jingnan” [靖南王 jìngnán wáng] por el título que heredó de su padre] - recibieron feudos en Yunnan, Guangdong y Fujian. Sin embargo, estos tres señores de la guerra terminaron alzándose contra los Qing durante la “Rebelión de los Tres Feudatarios” (1673-1681). Paralelamente, el comerciante y corsario Zhèng Chénggōng 鄭成功 [Koxinga] (1624-1662)6, leal a los Ming y líder militar en el sur, consolidó la base de poder de su padre en el litoral de Fujian. Tras fracasar en su ataque a Nankín (1659), Zhèng se replegó a Taiwán, expulsando a los holandeses en febrero de 1662. Su descendencia mantuvo en Taiwán una resistencia contra la dinastía Qing hasta 1683 cuando Zhèng y su clan no tuvieron más remedio que rendirse (Rowe, 2012, pp. 24-27; Andrade, 2008; Chen, 2018). A través del contexto histórico por el cual se enmarcan estos eventos, en las siguientes líneas se examinará cómo los misioneros cristianos interpretaron estos eventos, rebeliones y las tensiones generadas en las provincias meridionales, que rechazaban persistentemente el dominio de una dinastía foránea, no perteneciente a la etnia mayoritaria Han, como eran los Qing.
Los misioneros europeos establecidos en China no pasaron por alto las tensiones étnicas, pero resulta particularmente interesante cómo Navarrete, como fraile dominico, mantuvo una perspectiva distinta a la de los jesuitas. Como dominico, su principal preocupación era aplicar un enfoque de evangelización “desde las bases”, comenzando por los grupos sociales bajos y con menos recursos económicos. Los jesuitas, en cambio, se centraban en la corte Qing y abogaban por una estrategia “de arriba hacia abajo” para difundir el cristianismo. “Convenzan al emperador”, argumentaban, “y el resto seguirá”. Dada esta postura, fueron notablemente más condescendientes con el gobierno del emperador Kāngxī y, muy probablemente, buscaron describir y representar su reinado de la manera más favorable posible. Por ello, en lo que respecta a la percepción de la dinastía manchú entre la etnia Han de la China del sur, el relato de Navarrete podría ser más fidedigno. En su Tratado histórico, político, ético y religioso de la monarquía de China (1676), Navarrete escribe:
No puede negarse que [Kāngxī] gobierna con cierta severidad: es odiado por los naturales, lo cual no extraña, pues es un extranjero y su nación es tenida por bárbara entre los chinos [sic]7.
Aunque su juicio sobre Kāngxī es crítico, aquí Navarrete coincide con lo expuesto anteriormente acerca de la resistencia liderada por la etnia Han en las provincias meridionales contra el dominio Qing. Los jesuitas, sin embargo, no ignoraban estas tensiones étnicas, aunque las presentaban bajo una perspectiva distinta. Según Bouvet, “el principal objetivo de Kāngxī era hacerse querer por ambas naciones que debía gobernar[.]” (Bouvet, 1699, p. 3). Esto sugiere que, si bien el emperador era consciente del resentimiento de la población Han hacia el dominio manchú, más que gobernar con “severidad” (como afirmaba Navarrete), buscaba ganarse el apoyo de la mayoría Han mediante una política basada en la tolerancia e indulgencia. Bouvet ilustra esto con ejemplos de su generosidad durante las labores de auxilio tras desastres naturales. Tras un devastador terremoto en Pekín, Kāngxī “perdonó el pago del tributo anual completo - que ascendía a entre treinta y cuarenta millones de libras - y ordenó abrir los graneros públicos[.]” (Bouvet, 1699, p. 27).
Además de estas medidas de emergencia, los Qing intentaron consolidar su legitimidad entre los chinos Han mediante una política de aproximación al grupo de intelectuales. Desde Shùnzhì - quien reabrió la Academia Hànlín [Hànlín yuàn 翰林院] en 1658 (Stevens, 1996, pp. 231-233) -, los emperadores manchúes adoptaron numerosos elementos de la cultura intelectual china, en lo que se podría definir como un “proyecto sínico” con la finalidad de unificar el Reino del Centro. Si bien la reapertura de la Academia Hànlín pudo granjearles inicialmente el apoyo de los letrados, también reinstauró un círculo de pensadores críticos con las políticas imperiales (Rowe, 2012, pp. 34-35). Aun así, Shùnzhì y sus sucesores continuaron dialogando con esta élite: Shùnzhì, Kāngxī y Yōngzhèng escribieron tratados y pronunciaron discursos sobre temas como la piedad filial, la armonía y el arte de gobernar.
Al principio, el lenguaje empleado estaba dirigido a los eruditos de la Academia Hànlín, pero Kāngxī posteriormente adoptó un estilo más sencillo para llegar a un público más amplio (Philosinensis, 1841). Este esfuerzo por integrarse en la cultura intelectual no solo buscaba desmentir la imagen de los manchúes como “bárbaros”, sino también demostrar su comprensión de la civilización china. Resulta significativo que los propios jesuitas reconocieran la importancia de ganarse a los literati (intelectuales), como grupo social alto, pues creían que la conversión de los eruditos más influyentes facilitaría la adhesión de los grupos sociales de estatus bajo (Lockman, 1743, p. 89).
Aunque Shùnzhì y Kāngxī adoptaron ciertos elementos de la cultura china para apaciguar a sus súbditos, las fuentes y narraciones de los jesuitas revelan que Kāngxī tuvo cuidado de evitar que sus oficiales manchúes adoptasen por completo el proceso de sinización que el propio gobernante manchú impulsaba. Según Bouvet, el emperador vigilaba que sus súbditos, “especialmente los tártaros de la raza de Manchuria, no cayeran en la vida lujosa de los chinos [sic]” (Bouvet, 1699, p. 38). Consideraba que este estilo de vida, asociado al vicio y la decadencia, estaba particularmente arraigado en el sur, por lo que “rara vez enviaba tártaros como mandarines a las provincias meridionales del imperio[.]” (Bouvet, 1699, p. 39).
Una posible explicación es que Kāngxī consideraba a los manchúes como su base de apoyo más leal. Enviarlos a gobernar regiones aún rebeldes habría expuesto su lealtad a influencias subversivas y corrupción, debilitando su control. La corrupción se había extendido en el sur de China debido al comercio de ultramar y la acumulación de plata por parte de elites comerciales de origen Han y Hakka, lo que suponía un factor de riesgo para la estabilidad de la dinastía Qing debido al poder que estas elites estaban alcanzando en las regiones de Guangdong y Fujian (Cheong, 1997; Hung, 2009; Gipouloux, 2022; Perez-Garcia, 2021). Las crónicas de los jesuitas también reflejan la desconfianza de Kāngxī hacia el sur: en 1689, durante varios viajes para inspeccionar y supervisar estas regiones, visitó Suzhou, Hangzhou y Nankín - esta última, capital y principal establecimiento donde los Ming del Sur organizaron sus actividades y movimientos de insurgencia cuarenta y cinco años atrás. Si bien lo más probable es que el viaje buscaba evaluar el desarrollo regional, también le permitió examinar la eficacia - y lealtad - de los gobernadores provinciales, así como de los oficiales regionales en el ejercicio de sus puestos y cargos por los que fueron directamente designados por Kāngxī.
Las fuentes históricas de la época, especialmente las relativas a los jesuitas, destacan que Kāngxī era meticuloso al asignar cargos y posiciones importantes y de alto rango en el sur de China. Incluso así, y tras una selección minuciosa de oficiales y representantes del gobierno central, no confiaba plenamente en sus funcionarios: recurría a espías en las oficinas provinciales para asegurar el cumplimiento de sus órdenes. Esto sugiere que, pese a haber vencido a los Ming del Sur, sofocado la rebelión de los Tres Feudatarios y derrotado a Zhèng Chénggōng, y la rebelión de su hijo y su clan en Taiwán, Kāngxī y su corte mantenían recelos profundos hacia las provincias meridionales, donde el resentimiento contra el dominio manchú persistía soterrado.
Además, cabe destacar que muchas provincias del sur - especialmente Zhejiang y Fujian - mostraron una fuerte resistencia a la presencia jesuita en China. Le Comte, quien partió de Francia en 1685, relata cómo el virrey de Zhejiang “se sintió profundamente ofendido por nuestro desembarco y estaba resuelto a repatriarnos.” (Mavor, 1797a, p. 228). Este sentimiento contra las misiones cristianas se extendía aún más al sur, en Fujian, como evidencia la Historia del Emperador Yongzheng de Du Halde, donde se afirma que un funcionario de Fujian convenció al emperador para “decretar la expulsión de todos los extranjeros de las provincias y enviarlos a la corte o a Macao[.]” (Du Halde, 1736, p. 503).
Sin embargo, es probable que Le Comte y su grupo de jesuitas hubieran sido rechazados al llegar a Ningbo de no ser por la intervención del padre Intorcetta, un misionero italiano ya establecido en China. Según Le Comte, Intorcetta ocultó una carta, por la cual se informaba al emperador sobre la llegada de los jesuitas, en un paquete que sabía llegaría directamente a Kāngxī. Este “error intencional” probablemente se debió a su temor de que ciertos funcionarios interceptaran la carta, no haciéndola llegar a Kāngxī, si conocían su contenido. Tras recibir esta carta, Kāngxī consultó con su Consejo, que recomendó enviar a los jesuitas a la corte de Pekín, argumentando que sus conocimientos matemáticos podrían ser útiles.
Aunque el Consejo de Kāngxī apoyó el traslado de los jesuitas a la capital, el hecho de que Intorcetta tuviera que recurrir a este subterfugio, ocultar la misiva en lugar de enviarla directamente al emperador mediante el protocolo establecido, sugiere que los jesuitas se enfrentaban a una dura oposición dirigida por camarillas y grupos de poder que controlaban los canales oficiales por los que circulaba la información y comunicación directa con el emperador. Además, el hecho de que el Consejo de Kāngxī recomendase concentrar a los jesuitas en Pekín podría reflejar un deseo de controlarlos más fácilmente estando próximos a la corte, evitando su dispersión por provincias y regiones potencialmente hostiles. Lo significativo aquí es que revela cómo diversos grupos de poder con intereses dispares dentro de la corte Qing pugnaban por influir en las decisiones y políticas de Kāngxī. Este hecho muestra que el principal peligro y riesgo de la dinastía era su debilidad interna en donde diversas oligarquías, clanes y camarillas se disputaban el control del poder.
La manifestación y muestra de poder militar por parte de los gobernantes manchúes evidenciaba la debilidad y dificultad en socavar las facciones y grupos disidentes, durante los siglos XVIII y XIX, mucho después de haber sofocado la Rebelión de los Tres Feudatarios o las campañas militares emprendidas por el emperador Qiánlóng 乾隆 (1735-1796) de expansión territorial hacia regiones occidentales. Esto muestra la frágil capacidad del estado Qing en la gestión de gobierno, tanto en términos de infraestructura y logística como en lo relativo a la administración social y económica de los nuevos territorios anexados mediante un marcado proyecto de asimilación de la cultura china llevado a cabo por la propia dinastía manchú. Esta debilidad, especialmente en el período conocido como “High Qing” [shèng qīng 盛清] (Dunstan, 2014), se manifestaría en el medio plazo con el estallido de la Primera Guerra del Opio (1839-1842). Esta guerra habría que revisarla como un conflicto doméstico, incluso como guerra civil, entre la etnia gobernante manchú (Qing) y la etnia mayoritaria, Han, considerada como legítima heredera del Gran Reino Ming.
Pero volvamos al origen de este faccionalismo y luchas de poder, muy arraigado desde el inicio de la dinastía Qing, en los años del reinado de Kāngxī, cuando aparentemente los dirigentes manchúes gozaban de una cierta estabilidad. Los manuscritos y tratados redactados por los jesuitas sugieren que las principales facciones en la corte de Kāngxī incluían diversos órganos administrativos y grupos de influencia. Éstos serían tribunales como el de matemáticas, los eruditos confucianos, los lamas tibetanos, la guardia imperial, los esclavos, los eunucos, los hijos del emperador con sus sirvientes domésticos y, por supuesto, los propios jesuitas.
Uno de los primeros conflictos entre facciones que enfrentó Kāngxī tras sofocar la Rebelión de los Tres Feudatarios fue impulsado por un grupo de esclavos chinos en Pekín que conspiraron para “asesinar a todos sus amos de origen tártaro por descendencia” y posteriormente “prender fuego en cuatro o cinco puntos de la ciudad.” (Bouvet, 1699, pp. 17, 35, 37). Años más tarde, hacia el final de su reinado, Kāngxī se enfrentó a otro motín cuando oficiales de su guardia - que se encontraban sin recursos y endeudados - le solicitaron auxilio económico. El emperador respondió con generosidad y les otorgó 800 libras a los oficiales de alto rango y 400 a los de menor jerarquía. Este gesto, sin embargo, enfureció a los esclavos, quienes, al verse excluidos de las recompensas, se rebelaron nuevamente e incluso irrumpieron en los jardines del palacio.
Dado que uno de los principales motivos para mantener a los jesuitas en la corte era su pericia en matemáticas, era inevitable que su presencia entrara en conflicto con el ya establecido Tribunal de Matemáticas. Una de las principales tareas de este tribunal era observar los astros y realizar cálculos con el objetivo de presentar predicciones en la corte y así fundamentar decisiones y políticas que el emperador debería tomar. De este modo, este tribunal gozaba de gran influencia y favor político en la corte imperial. Du Halde relata, por ejemplo, cómo un astrólogo predijo en secreto que si el segundo hijo de Kāngxī, Yǔnréng 允礽, no ascendía al trono en un año determinado, jamás lo lograría. Se cree que esta profecía impulsó a Yǔnréng a intentar usurpar el trono en 1709. Aunque luego fue declarado inocente de esta conspiración, Yǔnréng perdió finalmente su condición de heredero al ser aparentemente hallado culpable de un nuevo intento de golpe de estado para así ocupar el trono imperial (Du Halde, 1736, pp. 497-498).
Aunque Yǔnréng fue declarado inocente del primer intento de golde de estado, el hecho de que los astrólogos del tribunal se atrevieran a hacer este tipo de predicciones como pronosticar fechas de sucesión demuestra el poder de influencia que ejercían sobre la corte. Sin embargo, los jesuitas desafiaron esta influencia mediante cálculos astronómicos más precisos y, sobre todo, cuestionando la validez misma de hacer predicciones políticas basadas en los métodos y análisis de datos más que cuestionables que los astrólogos de la corte realizaban. Su enfoque científico minaba la autoridad tradicional de los astrólogos, generando tensiones entre el saber empírico jesuita y las prácticas proféticas, y sin base científica, del tribunal.
Los manuscritos jesuitas muestran numerosos casos en los que la autoridad del Tribunal de Matemáticas fue cuestionada. Le Comte relata cómo el padre Verbiest criticó los instrumentos del observatorio de Pekín y los reemplazó por otros más precisos. Los astrónomos del tribunal se resistieron inicialmente a estos cambios, negándose a utilizar las nuevas herramientas hasta que el propio Kāngxī les ordenó hacerlo (Mavor, 1797b). Bouvet describe otro incidente significativo: un duelo público entre Verbiest y Yáng Guāngxiān 楊光先 en el que los dos astrónomos debían calcular dónde caería la sombra de un palo al mediodía siguiente. Verbiest acertó en sus cálculos mientras Yáng falló, lo que no solo aumentó el favor de los jesuitas ante Kāngxī, sino que también exacerbó el resentimiento de los astrónomos chinos hacia los matemáticos europeos y jesuitas (Bouvet, 1699, p. 49).
Estos éxitos científicos, ejemplificados en el duelo entre Verbiest y Yáng Guāngxiān, sumados al posterior triunfo de la medicina usada por los jesuitas al curar una enfermedad de Kāngxī (D’Entrecolles, 1714, p. 169), consolidaron su influencia sobre el emperador, quien se mostró más abierto a estudiar con los misioneros. Los jesuitas aprovecharon esta posición para mejorar la percepción que Kāngxī tenía del cristianismo. Tras recuperarse de su enfermedad gracias a las medicinas aplicadas por los jesuitas, el emperador llegó a emitir un edicto permitiendo la práctica de la religión cristiana en todo el imperio. La educación que recibió Kāngxī de los jesuitas también lo llevó a dudar de la utilidad de las observaciones astronómicas para predecir eventos o guiar decisiones políticas. Aunque nunca disolvió el Tribunal de Matemáticas, Bouvet registra en sus escritos y tratados que Kāngxī le confesó a él y a otros jesuitas que “no concedía la menor importancia a sus observaciones[.]” (Bouvet, 1699, p. 72). Esta actitud quedó clara cuando, al organizar el matrimonio de su hijo mayor, Kāngxī eligió personalmente a la esposa antes incluso de que el tribunal realizara sus cálculos astrológicos.
La creciente influencia de los jesuitas sobre la toma de decisiones del emperador Kāngxī, y su cuestionamiento constante de los métodos tradicionales utilizados por los astrónomos chinos del Tribunal de Matemáticas generaron un profundo resentimiento hacia los jesuitas entre diversos grupos de la corte. Los astrónomos chinos veían erosionado su prestigio, los funcionarios confucianos desconfiaban de las innovaciones extranjeras (occidentales), y las facciones de poder en torno a la corte percibían a los jesuitas como intrusos en el delicado equilibrio de poder ejercido por los manchúes (Qing) que aún se encontraban sofocando la disidencia de la etnia Han que amenazaba la estabilidad y unidad del imperio. Esta animadversión se manifestó en repetidos intentos por expulsar a los misioneros, poniendo en riesgo su permanencia en China en varias ocasiones.
Uno de los primeros intentos por expulsar a los jesuitas de la corte de Kāngxī provino del astrónomo Yáng Guāngxiān, el mismo que posteriormente tendría el famoso duelo con Verbiest. Según relata Du Halde, alrededor de 1664 [año 41 del ciclo sexagenario o gānzhī 干支], cuando Kāngxī aún no ejercía el poder directo, Yáng presentó una petición ante los Cuatro Regentes para expulsar a los misioneros de Pekín o aplicarles castigos severos. Como resultado de esta presión, el padre Adam Schall y otros tres jesuitas fueron encarcelados, condenándose a Schall a muerte por desmembramiento. Sin embargo, un fuerte terremoto ocurrido antes de ejecutarse la sentencia fue interpretado como una señal celestial, lo que llevó al perdón de Schall y sus compañeros. A pesar de esto, además de Schall y los otros tres jesuitas que le acompañaban, todos los demás misioneros fueron desterrados a la provincia de Guangdong (Du Halde, 1736, pp. 489-490).
Aunque esta medida sería revocada posteriormente, el episodio demuestra que desde los primeros años del reinado de Kāngxī existían facciones activamente operando con el objetivo de eliminar la influencia de los jesuitas. A pesar de haber gozado del favor del emperador Kāngxī durante muchos años de su reinado, los jesuitas nunca estuvieron completamente a salvo de los ataques de estas facciones y camarillas. No obstante, la amenaza más significativa para la presencia de los jesuitas en la corte probablemente surgió de sus disputas con otras órdenes misioneras y la consiguiente controversia de los ritos (Rowe, 2012, pp. 139-140).
Aunque las fuentes consultadas no mencionan explícitamente el efecto e impacto de la controversia de los ritos, es probable que tanto esta polémica como la llegada del cardenal de Tournon a Pekín contribuyeran significativamente a la pérdida del favor del emperador Kāngxī. Du Halde documenta cómo en 1717, un “mandarín de la guerra” llamado Tchin mao [Qin Mao] presentó ante Kāngxī una acusación contra los misioneros por graves delitos, lo que llevó a la reactivación de dos edictos que prohibían la construcción de iglesias y exigían a los misioneros obtener un permiso imperial para residir y predicar en China (Du Halde, 1736, pp. 498-499). Esta desconfianza hacia los misioneros europeos persistiría durante gran parte de la dinastía Qing, alcanzando su punto álgido durante el reinado del emperador Yōngzhèng, cuando los misioneros fueron confinados principalmente a Cantón y posteriormente a Macao (Du Halde, 1736, p. 508).
CAMARILLAS, FACCIONES Y JUEGOS DE PODER EN TORNO A LA CORTE IMPERIAL DE PEKÍN
Los escritos elaborados por los jesuitas revelan cómo se formaron facciones en torno a los distintos grupos de poder de la corte Qing, desempeñando un papel crucial en las pugnas por la sucesión. En las siguientes líneas se analizará cómo las fuentes y los tratados redactados por los jesuitas nos dan una visión detallada de la formación de camarillas y juegos de poder alrededor de varios príncipes, pretendientes al trono imperial, y cómo estos grupos articularon sus estrategias en las disputas por la sucesión. Como se mencionó anteriormente con el caso del astrólogo que predijo la fecha en que Yǔnréng debía ascender al trono, era evidente que los diferentes grupos cortesanos tenían sus favoritos para suceder al emperador Kāngxī. Para la mayoría, este favorito parecía ser Yǔnréng, el segundo hijo de Kāngxī,8 pero las fuentes analizadas indican que cada uno de los hijos legítimos de Kāngxī contaba con su propio séquito de sirvientes domésticos, así como con tutores del Colegio Imperial y gobernadores que habían sido “criados en la corte del emperador [sic] desde su infancia.” (Bouvet, 1699, p. 88).
Bouvet señala que Kāngxī se involucraba personalmente en la educación de todos sus hijos, pero la de Yǔnréng recibía una atención especial. Incluso se menciona en las fuentes que existía un tribunal dedicado exclusivamente a la crianza y educación de Yǔnréng, lo que subraya su estatus privilegiado como heredero inicial. Sin embargo, dado que cada príncipe tenía sus propios mentores, gobernadores y servidores, es probable que cada uno de estos grupos tuviera un interés personal en colocar a su pupilo en el trono. Estas redes de influencia y poder seguramente trascendían el ámbito doméstico, ya que muchos príncipes eran hijos de distintas esposas, cada una respaldada por sus propios grupos familiares cuya extensión clientelar, tanto de lazos de parentesco como no consanguíneos, era de una amplia magnitud.
Asimismo, debido a una costumbre manchú que obligaba a las familias de este origen étnico a presentar a sus hijas solteras ante el emperador para una posible selección como consortes, muchas de las esposas de Kāngxī eran hijas de altos funcionarios manchúes con un gran poder dentro de la corte imperial. Si bien las fuentes no indagan hasta qué punto estas mujeres y sus familias ejercieron influencia directa en la corte, surge una pregunta de gran relevancia: ¿Cuál fue el nivel de presión que estos clanes, liderados por poderosos oficiales manchúes, ejercieron ante el emperador para favorecer a sus nietos en la sucesión? ¿Qué tipo de alianzas y estrategias tejieron con facciones cortesanas o con los tutores de los príncipes?
El caso de Yǔnréng ilustra la volatilidad de estas dinámicas. Aunque Kāngxī lo nombró heredero en 1675 (cuando solo tenía dos años), su posición se vio socavada por intrigas palaciegas y sus propios errores. Las fuentes analizadas mencionan que, tras ser acusado de conspirar contra su padre en 1708, fue depuesto, restaurado y finalmente destituido de nuevo en 1712. Estas decisiones muestran el grado de inestabilidad y fragilidad en torno al ejercicio de poder y a la línea sucesoria en la corte, lo cual refleja no solo los defectos de Yǔnréng, sino también la intensa presión ejercida por las facciones rivales.
Los jesuitas, aunque centrados en su misión evangelizadora, percibieron con agudeza estas redes de poder en torno a los príncipes. Sus relatos sugieren que la corte Qing era como un tablero de ajedrez donde tutores, literati, funcionarios y familias maternas movían sus piezas para influir en la sucesión. Si bien Kāngxī mantuvo un control férreo, la pugna entre sus hijos - especialmente tras la caída de Yǔnréng - abrió décadas de inestabilidad, culminando en el ascenso de Yōngzhèng (1722) tras una disputa aún turbia. Esta visión y perspectiva de los acontecimientos que nos ofrecen las fuentes primarias, como los tratados de los jesuitas, aunque fragmentarias, ilumina un aspecto clave del sistema Qing: la política dinástica como campo de batalla entre lealtades, ambiciones y visiones contradictorias del imperio.
El análisis de estas luchas de poder y faccionalismo en torno a la corte imperial demuestra la “power paradox theory” mediante la débil capacidad del estado, en el denominado período “High Qing”, para sofocar estas luchas, mantener la unidad del imperio, y evitar el estancamiento de la economía. Un estado fuertemente minado por conflictos políticos internos en torno al ejercicio del poder con una capacidad administrativa y resortes poco efectivos para resolver la política doméstica tuvieron consecuencias en la divergencia económica a largo plazo entre China y regiones europeas. China reunía las condiciones para desarrollarse más rápidamente que sus homólogos europeos. Sin embargo, la elevada concentración de poder, las limitaciones institucionales con la multiplicación de una burocracia ineficiente, el faccionalismo, el aislamiento de la comunidad europea (como fue el caso de los jesuitas), el sistema fiscal extralegal, las prácticas de corrupción y un sistema asimétrico de información entre las provincias y el gobierno central fueron factores endógenos que frenaron el desarrollo económico de China.
Según Bouvet, existía una costumbre en la corte Qing por la cual, al cumplir los dieciséis o diecisiete años, los hijos del emperador recibían el título de rey, junto con un palacio propio, sirvientes y una renta para mantener su corte. De haberse aplicado estrictamente, esta práctica habría fomentado un mayor faccionalismo, permitiendo que cada príncipe, cada uno de los hijos de Kāngxī, construyera su propia base de poder fuera de Pekín y eventualmente reclamara el trono tras la muerte de Kāngxī. Sin embargo, las fuentes sugieren que el emperador evitó seguir esta tradición al pie de la letra. Bouvet relata que, cuando partió de China en 1694, el hijo mayor de Kāngxī - de 23 años, casado y con hijos - seguía viviendo en el palacio imperial, en lugar de haber recibido un feudo independiente.
Aunque Bouvet atribuye esta decisión al afecto especial de Kāngxī por su primogénito, es igualmente plausible que el emperador, consciente de los celos de este hijo ante el nombramiento de Yǔnréng como heredero, optara por mantenerlo cerca para evitar que desafiara abiertamente la sucesión. Esta precaución resultó acertada. Du Halde revela que la primera conspiración atribuida a Yǔnréng - de la que luego fue absuelto - en realidad fue urdida por el hijo mayor de Kāngxī, quien supuestamente colaboró y conspiró con lamas tibetanos para sembrar dudas sobre la lealtad de Yǔnréng (Du Halde, 1736, p. 497).
Pero la trama no se limitaba a las alianzas entre Yǔnréng y los lamas tibetanos, ya que el grado de una conspiración de tal magnitud implicaba a una amplia gama de actores y colaboradores. El jesuita D’Entrecolles añade que, incluso después de la absolución de Yǔnréng, muchos ministros de Kāngxī abogaron por nombrar al octavo hijo del emperador como nuevo heredero. Su motivación, al parecer, era el temor a represalias: si Yǔnréng ascendía al trono, podría castigar a quienes habían intentado deponerlo (D’Entrecolles, 1714, p. 167). Kāngxī, sin embargo, percibió esta estrategia y respondió destituyendo al ministro principal de esta facción antes de restablecer los títulos de Yǔnréng.
Las implicaciones y efectos de estas alianzas de poder motivadas por conspiraciones y faccionalismo, propició que el emperador Kāngxī diseñara una estrategia precisa basada en un fuerte control centralizado del poder. Este control tenía como objetivo retener a sus hijos en la corte. De este modo, Kāngxī evitó que desarrollaran redes de poder regionales, minimizando el riesgo de rebeliones. Se evidencia de este modo un claro juego de equilibrios de poder, intereses y concesiones. La restauración de Yǔnréng en 1709 no fue un acto de mera indulgencia paterna, sino una advertencia a las facciones cortesanas sobre los límites de su influencia. A pesar de estas medidas, las intrigas continuaron, demostrando que ni siquiera un emperador con el grado de determinación y firmeza de Kāngxī podía erradicar por completo las pugnas sucesorias. Tal concentración de poder y grado de intervencionismo demuestra la tesis de la “power paradox theory” la cual pone de manifiesto la constante acumulación de poder como muestra de la debilidad y fragilidad del sistema y la gestión de gobierno.
El octavo hijo, Yìnsì 胤禩, emergería más tarde como figura clave en la lucha sucesoria, liderando una facción que los jesuitas no llegaron a documentar plenamente. Su exclusión del trono refleja el coste de desafiar la voluntad imperial a través de intrigas y la formación de grupos de poder. Estos hechos relatados en la documentación legada por los jesuitas muestran a la corte Qing como un ecosistema de lealtades cambiantes, donde incluso los gestos aparentemente personales - como alojar a un hijo adulto en palacio - tenían profundas ramificaciones políticas. Kāngxī, maestro en el arte del poder, usó tanto la proximidad como el castigo ejemplar para contener a las facciones que disputaban el poder. Sin embargo, como mostraría el turbulento ascenso de Yōngzhèng en 1722, ningún mecanismo de control podía garantizar una transición pacífica en un sistema donde tantos actores - desde lamas tibetanos hasta ministros - tenían intereses en juego. La expansión territorial manchú mediante la conquista de regiones occidentales bajo un férreo poder militar muestra la debilidad del sistema y el riesgo de la unidad del imperio al incorporar a diversas etnias y regiones al dominio Qing bajo un proyecto de aculturación sínica y subyugación social y política. Este sería un factor clave en el devenir de la China imperial hasta su declive en 1911.
El restablecimiento de Yǔnréng como príncipe heredero resultó efímero. Como muestra la documentación analizada en esta investigación, pronto fue destituido definitivamente por conspirar genuinamente contra Kāngxī. Estos enfrentamientos entre hermanos dejaron una profunda huella en el emperador. Du Halde menciona un episodio peculiar en 1718: durante una enfermedad, Kāngxī habría considerado nombrar como sucesor a un príncipe descendiente de la familia imperial perteneciente a la dinastía Yuan. Aunque no hay otras fuentes que corroboren este dato - lo que sugiere un posible error de Du Halde -, la anécdota podría reflejar un momento de desesperación en el que Kāngxī amenazó con elegir un heredero fuera de su linaje directo, escogiendo a su sucesor de otro clan manchú, para frenar las conspiraciones, luchas de poder y faccionalismo instigado por sus hijos.
La sola posibilidad de aplicar esta medida pudo haber causado una fuerte conmoción en la corte. Un alto funcionario llegó a suplicar al emperador que restituyera a Yǔnréng como sucesor, acto que Kāngxī castigó con la ejecución del oficial por insubordinación. Este episodio revela hasta qué punto Kāngxī había endurecido su postura: incluso las peticiones aparentemente leales eran interpretadas como desafíos a su autoridad. Finalmente, Kāngxī eligió como heredero a uno de sus hijos. En noviembre de 1722, durante una cacería en el jardín imperial de Changchun, Kāngxī cayó gravemente enfermo. Al regresar a Pekín, consciente de su fin, tomó la decisión que había postergado durante años: designó heredero a su cuarto hijo, Yìnzhēn 胤禛. El 20 de diciembre de 1722, Kāngxī falleció en el Palacio de la Pureza Celestial, y Yìnzhēn ascendió al trono como emperador Yōngzhèng (Du Halde, 1736, pp. 499, 501).
La cuestión de la sucesión del emperador Kāngxī quedó marcada por una sombra de dudas y suspicacias en torno a la elección del cuarto hijo. La impronta del faccionalismo, conspiraciones y revueltas internas en torno a las luchas de poder y legitimidad del régimen seguía marcando el transcurso de la dinastía Qing, ya entrado el siglo XVIII. Las circunstancias de la muerte de Kāngxī - repentina y sin testigos independientes - alimentaron rumores de que Yōngzhèng pudo haber acelerado el proceso. La ausencia de un edicto público previo contrastaba con la tradición Qing, dando pie a teorías sobre un “testamento falsificado”. Los partidarios del octavo príncipe, Yìnsì, y del decimocuarto, Yinti 胤禵 (comandante militar en la frontera noroeste), quedaron marginados, lo que generó revueltas soterradas durante las décadas de 1720s y 1730s. De esta forma, tiene cierta lógica argumentar que las reformas económicas de Qiánlóng, como la implementación del Sistema de Cantón [yīkǒu tōngshāng - 口通商] (Van Dyke, 2005; Liang, 1999) para controlar el comercio con potencias occidentales, estuvieran probablemente dirigidas a controlar posibles insurrecciones en la población Han del sur de China que alimentaban el faccionalismo y las luchas de poder en torno a la corte imperial.
El legado de luchas dinásticas y afirmación de legitimidad, inherente a la dinastía Qing desde que los manchúes llegaron al poder, demostró que ni siquiera un gobernante tan poderoso como Kāngxī - quien reinó 61 años - pudo resolver las tensiones entre camarillas y grupos de poder que estaban fuertemente arraigadas en el sistema político y en el estado Qing. El dilema o paradoja del poder en torno a los príncipes o al “gobernante virtuoso”, de educarlos para gobernar sin darles poder real, era una contradicción insoluble.
El ejercicio de un marcado absolutismo por parte de Kāngxī, al concentrar todas las decisiones en sus manos, dejó un vacío que continuó fomentando las intrigas, conspiraciones y faccionalismo tras su muerte. De esta forma el ascenso del emperador Yōngzhèng al trono imperial marcó el triunfo de un hijo que había operado desde las sombras, evitando las trampas del faccionalismo abierto que destruyó a Yǔnréng.
Los jesuitas, testigos privilegiados de estos eventos, captaron solo fragmentos de estos dramáticos acontecimientos que se pueden observar en las fuentes que se han analizado en esta investigación. Sus relatos, aunque valiosos, apenas vislumbran la complejidad de una corte donde, como escribió el propio Yōngzhèng en sus Comentarios sobre el Disenso [Dàyì juémí lù 大義覺迷錄], “hasta los muros tenían oídos” (Qing Yongzheng, 1969, pp. 351-352). La verdad completa de aquella noche de diciembre de 1722 quizás permanezca, como muchos secretos palaciegos, enterrada entre los documentos y memoriales de los archivos imperiales de Pekín.
La historia de Du Halde revela que el faccionalismo que marcó los últimos años de Kāngxī continuó de manera similar durante el reinado de Yōngzhèng, quien actuó con mano dura para eliminar cualquier oposición. Poco después de ascender al trono en 1722, Yōngzhèng lanzó una serie de purgas contra sus hermanos, cuyas ambiciones representaban una amenaza latente. Así, Yōngzhèng forzó al noveno hijo de Kāngxī a pagar una sanción económica con una suma exorbitante bajo la acusación de haber acumulado riquezas ilegítimamente, fue desterrado de Pekín y falleció en circunstancias sospechosas poco después. Yōngzhèng posteriormente se dirigió hacia el decimocuarto hijo del emperador Kāngxī, un experimentado general al mando de tropas en la frontera, quien fue llamado a la capital y apartado de sus funciones, probablemente para evitar que encabezara una rebelión militar. Los octavo y décimo hermanos de Yōngzhèng cayeron en desgracia, perdiendo cargos y privilegios. Según Du Halde, solo el decimotercer hermano gozó de la confianza de Yōngzhèng, convirtiéndose en su principal colaborador.
Sin embargo, la represión no se limitó a la familia imperial. Yōngzhèng también persiguió a funcionarios sospechosos de apoyar a sus rivales, muchos de los cuales habían sido protectores de los misioneros jesuitas (Du Halde, 1736, pp. 501-502). Esta medida fue un duro golpe para los jesuitas y la misión cristiana en China, quienes durante el reinado de Yōngzhèng se enfrentaron a progresivas y severas restricciones. Todas estas restricciones, purgas para derrocar facciones enemigas y la posible escalada de revueltas internas definieron el corto período que reinó Yōngzhèng de la misma forma que al de Kāngxī, un reinado marcado por las luchas de poder y conflictos internos.
CONCLUSIONES
A través de los relatos, tratados y fuentes de los jesuitas en China, se han podido identificar tres ejes principales y posibles causas al problema del faccionalismo, división interna, formación de camarillas y grupos de poder durante los reinados de los emperadores Kāngxī y Yōngzhèng. Éstos serían: (1) tensiones étnicas, (2) luchas internas de poder en la corte y faccionalismo, y (3) disputas sucesorias y legitimidad en la ocupación del trono. Las tensiones étnicas entre los Han chinos y los Qing manchúes tenían su origen desde que se produjo el derrocamiento de la dinastía Ming por la Qing, cuando los Han sustentaban el poder. El resentimiento de la mayoría Han hacia la dinastía manchú, percibida como extranjera y opresora, alimentó resistencias en provincias como Zhejiang, Fujian y Guangdong.
Las luchas internas de poder en torno a la corte se pueden observar a través de tribunales (como el de Matemáticas), eruditos confucianos, eunucos, guardias imperiales, esclavos y los propios jesuitas, existiendo así una feroz competencia por influir en las decisiones y políticas del emperador, al igual que gozar de su favor, creando un entramado de alianzas y rivalidades. Esto fomentó un clima de inestabilidad en la gestión de las nuevas fronteras y vasta expansión territorial de la dinastía Qing que se caracterizó por un fuerte intervencionismo y poderío militar. Finalmente, las disputas sucesorias aglutinarían tanto las tensiones étnicas como el faccionalismo, surgiendo así todo tipo de alianzas en donde cada príncipe contaba con su propia red de tutores, sirvientes y aliados políticos, lo que convertía la sucesión en una batalla campal entre facciones palaciegas.
Aunque Yōngzhèng logró consolidar su poder, las purgas de sus primeros años demostraron que el faccionalismo no era un problema efímero, sino una característica estructural del sistema Qing. La obsesión por controlar a sus hermanos y cortesanos revela que, a pesar de su reputación como reformador eficaz, Yōngzhèng nunca pudo escapar por completo de las dinámicas que habían desgastado a su padre. Para los jesuitas, este clima de desconfianza tuvo consecuencias fatales: lo que comenzó como un conflicto entre facciones en las disputas por ocupar el trono terminó por arrinconar a los misioneros, acelerando su declive en China. Así, las fuentes europeas no solo iluminan las intrigas de la corte, sino que también muestran cómo el faccionalismo Qing terminó por sellar el destino de la misión cristiana en el Imperio Celestial, siendo en el largo plazo estas luchas de poder la causa principal del declive de la dinastía Qing y su final derrocamiento en 1911.
El periodo conocido como “High Qing”, definido convencionalmente como una “época próspera”, no lo fue tanto en realidad, como revela un análisis minucioso de las transformaciones socioeconómicas y culturales de este periodo. Los emperadores “extranjeros”, manchúes (no pertenecientes a la etnia Han), Kāngxī y Yōngzhèng, fueron incapaces de sofocar las disputas por el control de poder entre facciones y clanes. Este conjunto de factores, y en particular la obstaculización de los avances socioeconómicos, demuestra que la capacidad estatal de la China Qing era muy débil. Asimismo, el estado se vio inmerso en una “paradoja del poder” [power paradox] o “dilema de supremacía” caracterizada por un alto intervencionismo, ejecución y uso autocrático del poder para mantener una compleja red de burócratas y clientelas, que contrariamente fomentaban el faccionalismo, y así de alguna forma poder mantener el orden local y la estabilidad interna sustentada en un frágil equilibrio de intereses políticos. Este hecho sería un factor decisivo en el estancamiento económico de China, y, por tanto, en la divergencia económica y el proceso de modernización entre China y las regiones europeas.
Declaración de disponibilidad de datos:
Todo el conjunto de datos que respalda los resultados de este estudio se publicó en el propio documento.
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