Maternidad, migración y trabajo: un largo viaje de Barinas hasta Acre

Maternity, migration and work: a long journey from Barinas to Acre

Lilia Elena Rodríguez Estrada Acerca del autor

Corría el año 2018 y la crisis económica en Venezuela se hacía cada vez más intensa. Muchos venezolanos salieron de su país rumbo a Brasil por diversos motivos (Da Silva Oliveira, 2012). La mayoría, en búsqueda de mejores condiciones económicas que les permitan trabajar; obtener un sueldo estable para subsistir ellos y enviar dinero a su familia. Las autoridades brasileñas estiman que alrededor de 264.000 personas venezolanas viven actualmente en el país (ACNUR, 2020). Una persona de nacionalidad brasileña que conocí por internet, jefe de un familiar mío que trabajaba en Brasil, me ofreció trabajo en el sector de Boa Vista, en Roraima, Brasil. La persona me indicó que, al estar allí, me presentaría un político importante. Durante ese año se realizarían elecciones de concejales, diputados y presidente de la nación brasileña, por lo tanto, se abrirían algunos espacios de trabajo en los organismos públicos de dicho país.

La propuesta resultaba interesante, no había motivos para desconfiar o creer que me estaban mintiendo. Esperamos la fecha de las vacaciones escolares, ya que viajaría con mi pequeña hija de 7 años edad. Su periodo académico escolar inicia en septiembre y culmina en julio y no lo quería interrumpir. Al llegar el mes de julio del año 2018, después de varios meses de trámites migratorios, ya estábamos listas para el viaje. Empezamos el recorrido interno en Venezuela, saliendo del estado de Barinas hacia el estado de Lara, seguidamente a Valencia, donde pernoctamos en un hotel para esperar el día siguiente la salida de un autobús que nos llevaría al estado Bolívar. Allí pasamos dos noches para descansar en la casa de un familiar.

Después tomamos un autobús que sale de Upata hasta Santa Elena de Uairén, cruzando selvas y lugares inhóspitos en la naturaleza para llegar a la terminal de Santa de Uairén. La persona que me contactó me dijo que me buscaría en la terminal a las ocho de la noche, pero el viaje se hizo cada vez más largo por imprevistos del camino y terminamos llegando a la una de la mañana. La persona me indicó que a esa hora no podría buscarme, que enviaría a una amiga, o que podría esperarme al día siguiente a las ocho de la mañana, para que él pudiera venir a buscarme. Yo opté por esta segunda opción. Entrando a la terminal ocurrió una explosión de un transformador de electricidad qué dejó sin iluminación todo el sitio y, por lo tanto, no podría cargar la batería de mi celular, lo cual agravaba la situación.

La persona me escribió a las nueve de la mañana para decirme que no vendría a buscarme, pero que sí quería llegar a Brasil, buscara la manera de usar la línea fronteriza para llegar a Pacaraima y que, estando allá, él me ayudaría a conseguir trabajo. Tal como me lo había ofrecido antes de iniciar el viaje. En este momento, yo tenía mucho temor, ya no quería viajar a Brasil, así que fui en la línea de transporte me había traído la noche anterior, conversé con él, para ver la posibilidad que me regresara hasta el lugar donde lo tomé y allí un familiar mío podría pagarle el pasaje. El chofer aceptó y dijo que nos regresaríamos al llenar todos los asientos del autobús.

En ese instante, alguien que estaba en la terminal, escuchó mi solicitud y como sabía que yo iba rumbo a Brasil, me dijo que podría darme la cola hasta llegar a la línea, pues él iría a pagar un taxi junto con su esposa y les sobrarían dos puestos. Él me dijo que al llegar allí podría llamar a la persona que me invitó a Brasil. Invitación que acepté y dejé el plan de regresar en el autobús y tomamos el vehículo para llegar a la línea. Íbamos el señor, con su esposa, mi hija, el chofer del auto y yo. Como el camino es un poco largo, conversamos sobre los motivos de mi viaje, la propuesta de trabajo y los planes que yo tenía. Asimismo, les comenté que llevaba mi currículum traducido al portugués para poder encontrar cualquier empleo, si no obtenía lo que me habían ofrecido.

Ellos me pidieron revisarlo y, al verlo, la esposa del señor, que era brasileña, comentó que ella tenía una abuela, la cual vivía sola en una casa y requería de alguien que la cuidara, que yo pudiera servir para ese trabajo, si no recibía la propuesta por la cual estaba viajando. Al llegar a la frontera, sellé el pasaporte en el puesto de migración de salida de Venezuela y seguimos viajando juntos. Seguidamente, ellos me invitaron a guardar mis maletas en la posada donde se quedarían, mientras yo podría ir a sellar el pasaporte en el puesto de migración de entrada a Brasil y poder tener tiempo suficiente para contactar a la persona que me invitó y resolver mi situación laboral. Acepté su ofrecimiento y allí guardé las maletas.

Al llegar con mi hija al puesto de migración, la sorpresa enorme que me llevé fue ver una fila tan extensa para sellar el pasaporte de entrada a Brasil. Había alrededor de unas 3000 personas, bajo un inclemente sol, lo cual me indicaba que no iba a ser un proceso rápido como lo había imaginado.

Justo en ese instante pasa un joven con una bolsa de pan, al cual le pedí que por favor me regalara un pan para la niña. Era algo que jamás había hecho en mi vida, pedir comida en la calle, sin embargo, era necesario hacerlo, pues nos podríamos desmayar en cualquier momento debido al hambre. Luego contacté por un mensaje de texto que me regalaron, a las personas que me guardaron las maletas. Les dije que seguía en la cola del pasaporte y ellos me dijeron que podía estar tranquila, pues no se irían todavía. En ese instante logré comunicarme con el señor que me invitó a Brasil y él me indica que tampoco puede mandarme a buscar hasta allí en la línea; que buscara la manera de encontrar un carro que me llevara hasta una dirección que él me había dado días previos y que llegara sola hasta allá. En este momento tomé la decisión de no llegar hasta donde él me esperaba.

Sentí que había algo extraño en su propuesta, motivo por el cual les escribí a los señores que me guardaron las maletas, para saber si era posible trabajar con ellos, cuidando a la abuela que me habían mencionado durante el viaje en el carro hasta la línea. Ellos me preguntaron dónde estaba en ese momento para hablar conmigo, yo les dije que estaba en la cola para sellar el pasaporte y que era la última persona, entonces no sería difícil encontrarme. Asimismo, les dije que lo único que les pedía por el momento era un plato de comida, ya que no aguantaba tanta hambre. Transcurridos 10 minutos, el esposo de la señora llegó con un almuerzo completo envasado de un restaurante.

Conversó conmigo por unos instantes diciéndome que no me preocupara que ellos todavía no se irían de allí porque tenían que hacer algunas compras en la frontera. Me indicó que hiciera la cola y cumpliera con mi proceso de entrada legalmente. Esa tarde, repartieron números para las personas que estaban en la cola para que se pudieran ir a dormir en diferentes sitios sin necesidad de estar allí toda la noche. Yo tomé mi número y me fui a la posada donde estaban los señores.

Mientras preparábamos la cena, el esposo de la señora me indica que mirara un mapa que está en la pared de la cocina de la posada. Allí me indican el lugar donde estamos y donde vive la señora que yo cuidaría. En el momento, quizá por la emoción de haber encontrado personas que me ayudaran, no percibí la distancia tan enorme que había entre estos dos sitios. El sitio donde vivía la señora era el Estado de Acre, en la frontera entre Bolivia, Perú y Brasil. Ellos me indicaron que llegaría hasta un sitio antes del mismo, que es donde vivían, llamado Porto Velho, el cual es un municipio y capital del estado de Rondonia, para ayudarles unos días en la limpieza de la casa. Desde allí, yo seguiría el viaje con mi hija, hasta la señora que necesitaba de los cuidados.

Al día siguiente, nos levantamos temprano para volver a la cola de la migración a sellar el pasaporte. Seguimos ahí esperando durante todo el día con el inclemente sol. A las cuatro de la tarde les envié un mensaje de un celular prestado a ver si aún me esperaban y me informaron que ellos todavía estaban en la posada, postergaron nuevamente su viaje por mí, para viajar al día siguiente, nos iríamos el día siguiente a primera hora. Al final logré sellar mi entrada legal a Brasil, la operación acogida que dirige el ejército de Brasil en conjunto con ACNUR y la Cruz Roja nos vacunaron, nos dieron asesoría legal y nos llenaron un conjunto de papeles, planillas y requisitos necesarios para el proceso de la solicitud de residencia en dicho país, indicándome que tendría ciertas facilidades para obtenerla por mi nivel de estudios académicos.

Algo que me pareció muy extraño cuando llegué a la posada en la noche, fue que el señor ya había comprado los pasajes y tenían mi nombre completo exacto y mi número de cédula; yo nunca se los había dado ni me lo habían preguntado. Esto me pareció bastante extraño; al revisar mi maleta comprobé que habían revisado todo lo que llevaba allí durante mi ausencia, en ese momento percibí cierta inocencia de mi parte. Esa noche fue muy lenta. Tenía muchos temores en mi cabeza. Al día siguiente tomamos el autobús tal como estaba planeado.

Iniciamos el viaje rumbo a Manaos, la capital del Estado de Amazonas, en Brasil. Al llegar a la terminal de Manaos, nos indican que él transporte rumbo a Porto Velho salía en cinco o siete días aproximadamente, lo cual no fue del agrado de las personas con las que viajaba, ya que tendríamos que hospedarnos en un hotel mientras transcurrían esos días. Al transcurrir los cuatro días, iniciamos el recorrido hasta la terminal de Porto Velho y de allí tomamos un taxi para poder llegar a la urbanización donde los señores tenían su vivienda.

Al estar allí, ellos me manifiestan que estaría allí hasta que la persona a la que voy a cuidar, les enviara el dinero que ellos habían gastado en mis viáticos, tanto pasajes como comidas ingeridas durante esos días. En su totalidad tenía que ser cancelado por la señora a la que iba a cuidar en el siguiente sitio. El inconveniente era que la señora ya no se veía motivada a querer cancelar, debido al monto que ellos estaban solicitando para poder llevarme o enviarme hasta su casa. En ese instante sentí mucho miedo, me dijeron que mientras no llegará ese dinero yo me encargaría de todas las labores domésticas de esa casa. Así fue, desde muy temprano, hasta muy tarde, realizaba todos los oficios, incluso me encargaba de la jardinería. En cuanto a la labor de maternidad, era fuerte debido a que ellos me pidieron que la niña quedará en un cuarto en una habitación; encerrada todo el día. Ella me preguntaba por qué no podía salir de ese cuarto. Allí se mantuvo durante todo el tiempo que duró nuestra estadía en aquella casa.

Mientras tanto, y para que todo saliera bien, yo obedecía todo lo que me pedían que hiciera. Sentía mucho temor de que, en algún momento, por negarme a hacer algo, le hicieran daño a la niña. Los días pasaban y la señora a la que yo iba a cuidar, se negaba a enviar el dinero rotundamente. Debido a eso, las personas con las que estaba conviviendo idearon un plan para obtener beneficio al tenerme allí en su casa. Esta conversación la tuvieron una noche como a las dos de la madrugada. Yo no podía conciliar el sueño y escuché todo lo que estaban planeando. Según escuché, ellos debían un dinero a un narcotraficante de Bolivia, quién les entregó una gran cantidad de dólares con la finalidad de que compraran dos vehículos en Venezuela y se los llevaran hasta Bolivia. Al parecer los precios de los autos en Venezuela resultan un buen negocio. El problema inicia cuando ellos se gastan absolutamente todo el dinero y no sabían qué decirle al dueño.

El plan me involucraba a mí, pues según sus deseos, yo sería la encargada de llamar a esa persona y decirle estas personas estaban detenidas en el estado Bolívar-Venezuela y debía hacerlo desde mi número de WhatsApp que era un número venezolano, con mi idioma y mi acento permitiría hacer más creíble la conversación. Ellos también comentaron lo peligroso era que esta persona enviar a alguien a los alrededores de la casa y se dieran cuenta de la mentira. Como un milagro divino, al día siguiente, muy temprano, se recibió la llamada de la persona a la que yo cuidaría. Indicó que en ese momento realizaría la transferencia necesaria para cancelar los viáticos de mi viaje. Sin embargo, exigió que debía viajar el mismo día de forma inmediata. Al transcurrir una hora llegamos a la terminal y abordé un autobús en conjunto con rumbo al Estado de Acre, un estado caracterizado por ser parte de la selva amazónica del Brasil.

En la terminal de Rio Branco, capital de ese estado, me buscaría a un sobrino de la señora. Al llegar a esa casa, me sorprendió un poco ver a tres hombres acostados en colchonetas en la sala y con una oscuridad bastante fuerte. Me invitaron a pasar y me acomodaron una colchoneta a un lado de las demás. Procedí acostarme, y al día siguiente me indicaron las tareas que realizaría: tenía que encargarme de la limpieza de la casa, preparar las comidas, cuidar a los animales y lo más tedioso era soportar a una hija de la señora que era adicta a las drogas y bajo los efectos de esa sustancia peleaba constantemente su mamá, lo cual me ponía un poco nerviosa. Me daba temor que la señora sufriera un infarto (tenía ochenta y cuatro años) por culpa de su hija y luego terminara yo siendo la acusada por los familiares que no vivían allí.

Algo extraño que sucedió durante mi estadía allí. Un día, iba rumbo a la escuela a llevar a mi hija y en el camino entré a una tienda a sacar fotocopias que necesitaba para inscribirme en un curso de costura que dictaban muy cerca de allí. Al llegar a casa, la señora que yo cuidaba estaba muy enojada, gritándome sobre lo que yo estaba haciendo en esa tienda y yo me sorprendí al observar que me estaban vigilando cada vez que yo salía. Me atreví a responderle, preguntándole ¿cómo ella sabía que yo había entrado en esa tienda? Ella me respondió diciéndome que sabía cada paso que yo daba desde que salía de la casa. A partir de ese día empecé a observar que había personas en las esquinas, que observan todos los movimientos de las personas que transitaban por allí, lo cual según mis conocimientos criminológicos se parecía ya a un delito de Trata de Personas, similar a una esclavitud moderna (Cardoso, Annoni, 2015CARDOSO, Arisa; ANNONI, Danielle. La protección a las víctimas de trata de personas en Brasil. Revista Opinión Jurídica. v. 15, n. 29, p. 79-100, 2016. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5505797
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).

A los días empecé a ver con mayor detenimiento unos grafitis en las paredes de grupos, colectivos o facciones, que disputan el territorio de Acre. Las mismas nacieron en prisiones, pero en diferentes estados y años. El Comando Vermelho, en Rio, en 1979. El Primeiro Comando da Capital (PCC), en São Paulo, en 1993. La Banda de los 13 (B13) apareció en Acre en 2013, como unión de delincuentes locales para enfrentar la llegada de facciones del Sudeste y controlar el tráfico de drogas por la vía de la Amazonia (Rossi,2018ROSSI, Amanda. Guerra de facções torna Rio Branco, no Acre, a capital onde homicídios mais aumentam no Brasil. BBC News Brasil. 2018. https://www.bbc.com/portuguese/brasil-42783116. Consultado el: 11/08/2022.
https://www.bbc.com/portuguese/brasil-42...
).

Al investigar un poco más me entero de que las personas no sacaban a los niños a las calles, por temor a que fuesen secuestrados para posteriormente extraerle los órganos y venderlos en Bolivia. Días después, durante dos domingos seguidos, mientras intentaba asistir a la iglesia, dos jóvenes cayeron muertos en las aceras adyacentes a la vivienda donde yo me ubicaba. Ese año 2018 “el estado de Acre, en la frontera noroccidental con Perú, registró la segunda tasa de homicidios más alta del País” según BBC News Mundo. Al ver el incremento de la violencia y a observar lo que estaba sucediendo en dicho sector, más el temor por los secuestros de niños, empecé a desear con todas mis fuerzas poder regresar a mi casa. Le pedí a la señora el pago del primer mes de sueldo (al venirme, me ofrecieron una ayuda de trecientos reales brasileños cada mes). La señora respondió que yo estaba allí solo a cambio de comida y hospedaje, es decir, no me cancelaría mi sueldo. Esto me causó gran tristeza, razón porqué lloré diciéndole que yo necesitaba enviar dinero a Venezuela a mi familia.

Ante esta situación, decidí cumplir con mis oficios domésticos, pero no dirigirle la palabra ni a ella, ni a su hija. Entonces, al transcurrir siete días, después de tener dos meses allí, me dio los trecientos reales que me había ofrecido la señora que me contactó en la frontera. Por internet averigüé el costo del pasaje para volver a mi país y tenía un costo de mil reales, lo cual sería difícil de reunir, sí solo ganaba trecientos al mes. Seguía cumpliendo con mis tareas domésticas y el único momento en que descansaba era cuando salía de casa a llevar o traer a mi hija de la escuela. Allí era donde podía conversar con otras personas.

En cuanto al proceso de migración y en general el hecho de estar en otro país, me parece bastante fuerte. Cuando empecé a observar los peligros que corríamos en dicho lugar, empecé a ubicar personas que me pudieran ayudar con algo de dinero para completar el pasaje de regreso. Los domingos iba a la iglesia y allí tenía algunas amistades, les comenté mi caso y allí me donaron entre varias personas alrededor de noventa reales. También conversé con un familiar de la señora, quien me dio cincuenta reales. Un familiar que tenía en otro estado de Brasil me transfirió a la cuenta de una gran amiga que hice en Acre, el monto de seiscientos reales y así fui reuniendo hasta tener todo el dinero.

La noche que le dije que me iba, no lo podía creer porque sabía que yo no tenía el dinero. Sin embargo, conseguí que me donaran hasta una carrera de taxi para llegar hasta la terminal. La cancelaría el dueño del supermercado donde yo hacía las compras de los ingredientes para la comida. De esa forma pude salir de Rio Branco, específicamente del lugar donde estaba viviendo llamado Barrio 06 de agosto.

En cuanto a la maternidad, que es el eje en el que se enmarca esta reflexión, considero que es difícil ejercer como encargada de los oficios domésticos sin beneficios de ley, sin horarios de descanso, entre otras cosas. Los niños sufren la ausencia de su mamá, sin embargo, se adaptan. Siempre intenté hacer que mi hija viera que todo era parte de un juego, concentrar su mayor atención en las actividades que mandaban de la escuela. Mientras limpiaba o cocinaba, intentaba aprender también el portugués hablando con ella, y a ratos pasaba a mirar cómo iba con las tareas, este era nuestro día a día.

Quiero además narrar algo que sucedió durante mi estadía y que considero que fue lo que más me impulso a querer salir de aquel lugar. Un día la señora que yo cuidaba fue a una consulta médica, y yo la acompañé. Ella tenía que firmar unos papeles, pero como su vista ya le fallaba, ella coloca en mi mano su documento de identidad y me dice copié allí su firma, indicándome que solo son unos documentos para certificar que sí recibió el servicio médico. Ella estaba parada al lado mío todo el tiempo. Entonces yo lo hice.

Al día siguiente fuimos a realizar una diligencia en el centro de atención al ciudadano y estando allí me dice que vuelva a firmar algo que ella no logra ver bien la línea donde va la rúbrica, nos entregaron una copia de ese recibo o constancia de pago de algún impuesto. En esos días, un familiar de ella observa la copia de esa hoja en la casa y cuando ve la firma ellos se alarmaron gravemente, le preguntan a la señora si ella firmó eso, lo cual niega y gritan en voz fuerte y me amenazan de una vez con llamar a la Policía Nacional para detenerme. Dijeron que merecía que me llevaran detenida a la cárcel. Yo les expliqué, en mi portugués rudimentario, que lo firmé porque ella me lo pidió y que me pareció que era un trámite insignificante. En realidad, sentí y sospecho aún, hoy en día, que era una forma para evitar que yo viajara, hasta vengarse por haber gastado viáticos en mí.

Eso tuvo un efecto contraproducente en mí, lejos de darme miedo y quererme quedar para, según ellas, agradecerles que no me denunciaran a la Policía; quería salir corriendo e irme lo más rápido posible. Después de una amenaza como esa, ¿quién querría quedarse?. Ellas aún no sabían que efectivamente ya tenía el dinero y hasta el transporte listo para la terminal. La noche siguiente me despedí de la señora y de su hija, agradeciendo todo lo que me brindaron, sobre todo la posibilidad de aprender el idioma y emprendí mi viaje de regreso a Venezuela. Las amistades de la iglesia me regalaron alguna ropa, zapatos y una muñeca para mi hija.

Luego de regreso logré llegar hasta el estado de Roraima, específicamente hasta Boa Vista, donde vivía un familiar y allí trabajaría con él unos días, mientras reunía el dinero para poder llegar hasta mi estado de Barinas, en Venezuela. Durante esa estadía pude enterarme de que muchas mujeres venezolanas eran contratadas para pulverizar yuca, un tubérculo que se come mucho como aditivo en los alimentos por tradición en Brasil, se le conoce o recibe el nombre de “fariña de mandioca“.

También supe de otras mujeres que trabajaban como empleadas domésticas en casas, pero los mismos hombres brasileños (que serían los patrones) vociferaban afuera del lugar donde yo me hospedaba, que contratan venezolanas para que le prestaran sus servicios sexuales, además de las tareas como servicio doméstico. Eso, según ellos, les permitía tener dos mujeres en la misma casa, tanto su esposa como a la muchacha de servicio doméstico. Lo veían como algo muy natural, como algo muy normal, cuando en realidad es un delito de Explotación Sexual (ANSA Latina, 2018). También indudablemente había otro grupo de venezolanas que se dedicaban abiertamente a la prostitución en las calles.

Estando allí laboré unos días haciendo los alimentos para los empleados de una empresa de repartición de gas. El viaje a Venezuela se retrasó una semana más por estar cerrada la frontera con motivo de las elecciones presidenciales. Días después fue abierto el paso y pude tomar el autobús que cruzaría desde Boa Vista hasta Valencia, estado Carabobo, en Venezuela. En el camino de regreso hice amistad con una señora que venía también de Brasil y me contó su travesía: ella fue a Brasil para vivir en Manaos, ayudando en una iglesia, donde le ofrecieron ser predicadora; sin embargo, al llegar, le asignaron todo lo que era los oficios de aseo y limpieza dentro de la iglesia y de servicio doméstico en la casa del Pastor. Esto fue bastante triste para ella, porque iba con otro plan de vida. Ni siquiera la dejaban predicar porque no dominaba a la perfección el idioma.

Esa noche nos hospedamos en su casa en Valencia, porque llegamos de noche y al día siguiente continuó mi viaje a Barinas. Llegué sin ningún problema hasta mi hogar. Esa es la historia de mi viaje hasta Acre, esperando les sirva a los lectores, para evitar migrar si tienen las condiciones básicas mínimas para vivir en su país o por lo menos se aseguren que cuentan con un destino estable y legal en el lugar a donde van a llegar. La reflexión para los países de origen es que se debe “avanzar en lo concerniente a las condiciones generales para que los ciudadanos no necesiten (o sean forzados) a abandonar el país, esa es ciertamente, la mejor opción posible” (Domínguez, 2007DOMÍNGUEZ, Carlos. Brasil y el proceso migratorio intrarregional en América Latina y el Caribe tendencias, perspectivas y oportunidades. Revista Población y Desarrollo. n. 34, p. 6-15, 2007. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5654249
https://dialnet.unirioja.es/servlet/arti...
, p. 15).

Bibliografía

Fechas de Publicación

  • Publicación en esta colección
    05 Set 2022
  • Fecha del número
    May-Aug 2022

Histórico

  • Recibido
    10 Abr 2022
  • Acepto
    05 Ago 2022
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