Open-access Los encuentros entre los sano, lo natural y lo religioso

Resumen

En el marco de un proyecto mayor que se proponía desentrañar los significados de la identificación alimentación natural / salud, concebimos este trabajo en el que destacamos -privilegiando la faceta simbólica de la alimentación y de acuerdo a nuestros objetivos en dicho proyecto- el acercamiento a lo natural a través del alimento, y la forma que toma: intentamos compararlo con ciertas formas de religiosidad. Esta comparación nos ofreció la posibilidad de nuevas interrogantes.

Abstract

Within the framework of a larger project which proposes to study the identification of natural food with health, we concentrate in this article on the way the symbolic facet of food, and the approach to nature through food compares to certain forms of religiosity. This comparison opens up new fields of inquiry.

La alimentación -fenómeno situado en la encrucijada naturaleza-cultura, dado que participan de la misma componentes innatos y componentes adquiridos- ha sido tratada por la Antropología desde diferentes tiendas teóricas. Podemos detenernos en dos de ellas que ponen de manifiesto esa encrucijada.

Así, agrupamos, por un lado, a aquellos que enfatizan los aspectos tecnoeconómicos que influyen en la confección de los distintos menúes. Marvin Harris, por ejemplo, considera que lo que a primera vista se ofrece como “caprichos gastronómicos” -se refiere a la aparente arbitrariedad con que las distintas culturas seleccionan los alimentos- tiene su explicación en razones prácticas. En sus palabras: las diferencias en cuanto a hábitos alimentarios serían producto de las “limitaciones y oportunidades ecológicas” de las distintas regiones que ocupe la población en cuestión. Estas coerciones ejercidas por el entorno reclaman una respuesta cultural. Por ejemplo: “Las culturas suelen imponer sanciones sobrenaturales al consumo de carne animal cuando se deteriora la proporción entre costos y beneficios comunales relacionados con la utilización de una especie determinada” (Harris, 1986, p. 165).

Entonces, para Harris -desde el materialismo cultural- las prescripciones, los tabúes, la religión, etc. son meros ideales que ocultan la realidad etic. Realidad que parece reducirse al mundo biológico desde el momento en que afirma que “… la fisiología y los procesos digestivos propios de nuestra especie nos predisponen a aprehender los alimentos de origen animal” (Harris, 1990). Sin más, los alimentos son “buenos para comer”.

Por otro lado, tenemos a aquellos autores que ponen el acento en la carga simbólica del fenómeno: los alimentos no sólo son portadores de nutrientes, también vehiculizan significados, comunican. Son, también, “buenos para pensar”.

A modo de muestra citamos a Mary Douglas, quien analizando las prescripciones dietéticas bíblicas, concretamente las que aparecen en el Levítico, concluye que las mismas adquieren sentido -aún las más arbitrarias- dentro de la cosmología hebrea. La misma sería recordada día a día en un acto tan cotidiano como es el comer. Los alimentos prohibidos y los permitidos estarían simbolizando la estructura social toda. Serían escogidos o rechazados, dadas sus características, porque ofrecen un material que puede ayudar a pensar el orden estatuido.

Aquí no es el medio ambiente lo relevante, no es este el motor de la regulación cultural. Mary Douglas, considerando las prescripciones como fenómenos de entidad simbólica, juzga necesario centrarse en los textos y concebir a las mismas como un sistema global. En base a éstos afirma:

Son impuras aquellas especies que son miembros imperfectos de su género, o cuyo mismo género disturba el esquema general del mundo. Para aprehender este esquema tenemos que remontarnos hasta el Génesis y la creación. Aquí se despliega una clasificación tripartita, dividida entre la tierra, las aguas y el firmamento. El Levítico adopta este esquema y concede a cada elemento su género adecuado de vida animal. En el firmamento, aves de dos patas vuelan con sus alas. En el agua, peces escamosos nadan con sus aletas. Sobre la tierra, animales de cuatro patas brincan, saltan o caminan. Cualquier clase de animales que no esté equipada con el género correcto de locomoción en su propio elemento es contraria a la santidad. El contacto con ella descalifica a una persona para acercarse al Templo (Douglas, 1973, p. 79).

No podemos pasar por alto a Lévi-Strauss (1986) y su voluminosa obra -Mitológicas-, donde a través de distintos mitos de origen de indígenas americanos, y tratando de trascender categorías sensibles -crudo, cocido, podrido- pretende llegar a “abstracciones mayores” que den cuenta de cómo la sociedad, reflejando su estructura en los mitos, “se piensa”. Una vez más, aquí los alimentos resultan, más que “buenos para comer”, “buenos para pensar”: son ideales para apreciar cómo, todas las sociedades humanas en tanto todas cocinan, elaboran ese pasaje de la naturaleza a la cultura, oposición cardinal en el pensamiento de Lévi-Strauss.

Es bajo esta faceta simbólica que nos interesa detenernos dada la naturaleza del problema que nos planteáramos investigar.1 Nos llamaba la atención la identificación que se establece entre la llamada “alimentación natural” y la salud. Nos referimos a aquellos regímenes -macrobiótico, vegetariano, naturista, etc.- que en tanto se dicen “naturales” se consideran “sanos”.

Desentrañar los significados que encierra dicha identificación era uno de los objetivos planteados en aquel proyecto.

Ubicamos esta problemática dentro de un contexto más amplio, en el que la alimentación es una manifestación más de lo que Lipovetsky denomina el culto a lo natural, refiriéndose a la legitimidad que se le concede a lo natural, lo ecológico en esta era del vacío. Probablemente esta legitimidad sea la contracara del desencanto en el progreso, la ciencia, la técnica, de lo que de alguna manera conforma el mundo desencantado.

La posmoderna es una era en la que la “naturaleza ya no es un tesoro a saquear, una fuerza a explotar sino un interlocutor digno de ser escuchado y respetado. Solidaridad de las especies vivas, protección y salud del entorno, toda la ecología se basa en un proceso de personalización de la naturaleza…” (Lipovetsky, 1986, p. 27).

En cambio, para Racionero (1993), Occidente no dialoga con la naturaleza. Su dilema es que establece con ella una relación antagónica, que se manifiesta en las crisis ecológicas. El autor propugna fijar la atención en Oriente -el previo a la “americanización”- y su armónica relación con el medio ambiente. Y si bien enmarcábamos nuestro problema en la posmodernidad, vemos que estas añoranzas por lo natural han sido recurrentes a lo largo de la historia. Un ejemplo más cercano a nosotros podría ser el de Rousseau, quien creyó ver en el buen salvaje a un hombre sano, en armonía con su entorno.

No olvidemos el telón de fondo desde el que escribe, sin duda un elemento clave a tener en cuenta: la revolución Industrial y sus múltiples transformaciones sociales.

Como decíamos, entre otras áreas, la alimentación es partícipe de ese anhelado retorno a la naturaleza. Desde los medios de comunicación se nos dice que “lo natural es lo mejor…”, que hay quesos que “tienen el sabor de la naturaleza”, que hay que “beber [agua mineral] y vivir en naturaleza”, que tales frankfurters son para “los que prefieren lo sano y natural”, etc., etc.

Lo que nos resulta llamativo es que la asociación natural-sano aparece como obvia, incuestionable, sin necesidad de dar más explicaciones. Parecería que en la naturaleza está depositado todo aquello que es considerado bueno: es la doxa. Sin más: “los alimentos adecuados para el ser humano son los que fabrica la Naturaleza para él”, reza una publicación sobre terapias alternativas y ecología.

Situándonos en otra posición, ya no desde la doxa, podemos preguntarnos acerca de esa asociación: ¿por qué lo natural es legitimador de lo sano? ¿qué es a “lo natural”? Podríamos incluso, enfocar aquello que es presentado como “natural” como una construcción cultural más.

En este sentido, para Lévi-Strauss, la alimentación es una especie de contienda donde la cultura lidia por subordinar bajo su dominio a la naturaleza, a costa de concesiones. Este pensamiento se condensa en su concepto “triángulo culinario”. Farb y Armelagos (1985, p. 126, traducción personal) lo explican así:

Dado que en todas las sociedades humanas hay algunos alimentos que pasan por una preparación por métodos de origen cultural, debe haber un sistema, según estima él [Lévi-Strauss], para decidir qué alimento preparar y de qué manera. Es por eso que nos propone un esquema triangular, donde lo crudo, lo cocido y lo podrido […] forman los tres vértices. Superpuesto a este esquema, ve dos continuums: cultura contra naturaleza y alimento preparado contra alimento en bruto.

Los mismos Farb y Armelagos (1985, p. 216, traducción personal) reúnen bajo el concepto de “cocina” algunos elementos que no nos permiten ninguna duda sobre la “construcción cultural de lo natural”:

Cuatro elementos forman la estructura de estos comportamientos [los comportamientos alimentarios humanos]. El primero hace al muy limitado número de alimentos seleccionados dentro de lo que el medio provee -los criterios de elección son en general la facilidad de acceso y las cantidades que se puede recoger en función de la energía que es necesario emplear para obtenerlos. El segundo es la manera de acomodarlos; el tercero es el principio de sazonar tradicional del alimento de base propio de cada sociedad dada; y el cuarto es un conjunto de reglas: el número de comidas cotidianas, el hecho de que sean tomadas solas o en grupo, la puesta aparte de ciertos alimentos con fines rituales y religiosos, y por último los tabúes. Estos cuatro elementos convergen en lo que se llama una cocina.

Tomar distancia temporal es otra forma de hacernos hesitar sobre lo obvio. En un muy ligero vistazo a diferentes momentos históricos podemos apreciar que en la ecuación alimentación-salud, cuyos términos siempre estuvieron vinculados, han sido varias las fórmulas propuestas, dejando espacio reducido a “lo obvio”. ¿Qué valores entraban en juego en esos dos términos, eso sí estuvo sujeto a variaciones: lo sano y lo malsano no gozan de fronteras inalterables.

La distancia cronológica nos da licencia para extrañamientos, caros y necesarios para la Antropología. A título de ilustraciones, algunos pasajes señalados por G. Vigarello:

En el siglo XIII, clavo, canela, pimienta, jengibre, anís, nuez moscada y otras especias -traídas de Oriente, de lugares “paradisíacos”-, que conmueven los sentidos incitando incluso a la “lujuria y el frenesí”, son también asociados al rejuvenecimiento. El “hipocrás”, un vino con especias, tiene la “Está ligada a la imagen del mundo: el cuidado de la salud supone una afinidad muy especial entre el estado del cuerpo y el de los astros, entre la marcha de los órganos y la de las estaciones, los vientos, los climas y las aguas” (Vigarello, 1995, p. 44).

“El cuerpo está atravesado por ‘correspondencias’, es una idéntica reproducción de la naturaleza” (Vigarello, 1995, p. 44). Esta concepción medieval no deja de resultarnos interesante, y más adelante nos referiremos a ella.

También en el siglo XIII, mientras que un estrato social veía peligro en los excesos alimenticios, otro los vanagloriaba y celebraba sus efectos en la silueta, desbordante de salud.

Con un salto de cinco siglos, encontramos que el hoy sanitariamente desprestigiado café, era considerado una planta de poderoso efecto curativo.

Podríamos seguir enumerando “curiosidades”. Pero nos interesa destacar algunos puntos en particular dado nuestro tema.

Entre los siglos XVIII y XIX va a gestarse una postura dietética y posteriormente, otra, ubicada en las antípodas, la va a suplir. Por supuesto esto no quiere decir que una domine, que la otra desaparezca por completo. Permanecen resabios, se dan coexistencias. Así, a fines del siglo XVIII, el vegetarianismo tiene voz. Son sobrevalorados los “productos de la tierra” en desmedro de aquellos de origen animal. El campo y la ciudad están enfrentados:

El régimen vegetariano mantiene su valor de indicio cultural a fines del siglo XVIII: señala un cambio más importante, más profundo, es la confirmación de una nueva imagen de la naturaleza; es la esperanza de encontrar en ella una posible alternativa a las presiones urbanas… (Vigarello, 1995, p. 138).

Pero ya en el siglo XIX la campaña -y la “ignorancia de sus pobladores”- no es más el recinto de lo sano, sí lo es la ciudad, y concomitantemente a esto “comienzan nuevas apreciaciones sobre los alimentos: las verduras, los cereales y los farináceos ya no son un régimen satisfactorio” (Vigarello, 1995, p. 171). Ahora es la carne la que colma las expectativas de los “ilustrados” urbícolas.

La Modernidad es también escenario de otros dos hechos que no podemos dejar pasar por alto dado su directa incidencia en la alimentación. Por un lado, la progresiva infiltración del saber médico en los comportamientos cotidianos. Por otro, el desarrollo de la Química orgánica y los planteamientos de Lavoisier acerca de la materia y su transformación incesante.

En definitiva, el conocimiento científico se hará sentir también en la alimentación, y entre otros cambios aparejados a esta infiltración del saber, vemos que las “correspondencias” que destacáramos para el medievo, son completamente dejadas de lado. el mundo comienza a desencantarse

Ahora,

Las prácticas alimenticias ya no son las mismas; los regímenes se basan en cifras inéditas que establecen equivalencias, por ejemplo entre una determinada cantidad de pan y una cantidad muy diferente de verduras o galletas: sólo se toma en cuenta el valor nutritivo y la cantidad de energía (Vigarello, 1995, p. 187).

El concepto de una combustión eficaz ha cambiado todo: el alimento al quemarse, provoca simultáneamente eliminación y energía. El organismo se purifica y se fortalece, cuanto mayor es su actividad. Alcanza una mayor eficacia (Vigarello, 1995, p. 191).

Los extrañamientos -al menos los mayores- parecen cesar aquí, en este acercamiento entre la ciencia y la alimentación. Con variantes, sin duda, pero la visión moderna es muy similar a la que encontramos, por ejemplo, en una publicación (Gerard, 1968) de este siglo. Extractamos algunos pasajes:

Cuando el sentido común organizado y comprobado que es la ciencia se ha aplicado al gran problema de la alimentación, ha sido necesario efectuar numerosísimas pruebas para distinguir lo verdadero de lo falso y conseguir así un pequeño resto de conocimiento válido que constituye la nueva ciencia de la nutrición (Gerard, 1968, p. 14, destacado nuestro).

La ciencia se plantea qué sustancias son indispensables en la alimentación y en qué cantidad se necesitan (Gerard, 1968, p. 15).

El especialista en nutrición no se ocupa tanto de la carne, de la harina y de las espinacas como de los verdaderos materiales alimenticios que contienen: proteínas, grasas, hidratos de carbono, vitaminas y minerales (Gerard, 1968, p. 34, destacado nuestro).

Es claro que una buena dieta es la que contiene muchos alimentos elegidos certeramente de modo que el cuerpo, a partir del suministro que pasa por el tubo digestivo, pueda disponer de los átomos y moléculas que necesita para la construcción, reparación, transformación y combustión (Gerard, 1968, p. 34, destacados nuestros).

Acostumbrados a tablas calóricas, sentencias sobre las vitaminas, proteínas, etc. y donde hallarlas, sobre las cantidades adecuadas de cada ingesta, la relación edad-sexo-altura-peso complexión, etc., nuevamente nos extrañamos si contrastamos esta visión con las prescripciones de los regímenes naturistas actuales. Para exponer algunas de ellas, extractadas de publicaciones periódicas, las hemos ordenado en una serie de ítems. Cabe aclarar, por una parte, que aquí nos referimos a los presupuestos de diferentes regímenes naturistas -sabiendo que entre ellos hay divergencias- y, por otra, que no estamos aludiendo a las prácticas de los individuos que los siguen, sino que lo que aquí presentamos es una especie de deber ser de esas dietas.

Por otra parte, también aclaramos que no nos interesa el valor de verdad de lo enunciado, sino destacar cómo aparecen y qué valor cobra al interior de los regímenes naturistas. Algunos de ellos son compartidos por otras voces.

1) En los diferentes textos2 aparecen una serie de alimentos valorados, permitidos y otra de prohibidos, en tanto se consideran perjudiciales para la salud.

De los primeros: miel y derivados, arroz integral, pastas, avena, cereales en general y cereales sin moler, soja, yoghurt, levadura de cerveza, pasas de uva, nueces, frutas crudas, pollo, pescado, seitán.

De los segundos: carne, azúcar, harinas, leche de vaca y sus derivados, todo aquello que contenga conservantes y/o aditivos químicos.

2) Asociado a los alimentos, una serie de adjetivos que los describen o que describen sus propiedades, su composición: armonía, bienestar, bondades, cien por ciento natural, desintoxicación, energía, equilibrado, frescura, fuerza, pureza, revitalizante, sin tóxicos, virtudes, vitalidad. “La miel es fuente de energía”. “La jalea real posee potencial de vida”. “[determinado tipo de arroz] … posee más cantidad de energía concentrada. Comer arroz blanco es privarse de las bondades que la Madre Naturaleza nos brinda en la cáscara o en el salvado del arroz”. “Las pastas: fuentes de energía”. “[El seitán]… es proteína pura. No contiene aditivos ni conservadores químicos”. “En invierno consumiremos más raíces como zanahoria, remolacha, nabos, rabanitos y radicha, porque estas son las verduras más Yang, las que tienen más fuertemente concentrada la Energía Vital”.

En principio, lo que nos resultó interesante de este primer contraste entre lo que podríamos llamar “alimentación racional” (sólo estamos siguiendo el título de uno de los libros citados) y los regímenes naturistas es esta especie de trascendencia de la que gozan los alimentos en estos últimos.

Recordemos que en la alimentación racional lo que le interesa son “los verdaderos materiales” que componen a los alimentos. Esto es, aquello que les es intrínseco: carbohidratos, proteínas, etc.

Mientras que en las otras dietas, los diferentes alimentos son dotados de una carga de “vitalidad”, “fuerza”, etc.

En El mito del eterno retorno, refiriéndose a la capacidad de semantizar, y por lo mismo crear un orden allí donde nada hay, Mircea Eliade (1993, p. 15) considera que hay “actos humanos que no dependen del puro automatismo; que cobran sentido en la medida que trascendiendo su valor intrínseco y autónomo adquieren entidad porque participan en una realidad que los trasciende”.

Sin duda en la alimentación naturista, los alimentos son valorados más allá de carbohidratos, proteínas… los “verdaderos componentes”. Por supuesto que esto no quiere decir que los dejen de lado, que los desconozcan, sólo que son desplazados por la “pureza”, la “energía vital”, el “vigor”, etc.

Nos resulta interesante comparar este planteamiento de Eliade con otros de la antropóloga uruguaya T. Porzecanski referidos a la religiosidad. Ella considera que

Una de las características de este fenómeno [la religiosidad] es la de que el sujeto provee a las entidades sagradas de un significado especial, trascendente […] Ese valor o distinción que quiebra la dimensión de lo cotidiano y que se otorga a diferentes objetos o aspectos de la alteridad no se desprenden directamente de tales objetos o aspectos, no radica en las cosas en sí mismas, sino fundamentalmente en las relaciones entre el sujeto y las cosas o entre el sujeto y los acontecimientos elegidos como sagrados (Porzecanski, 1991, p. 7-8).

Una vez más siguiendo a Eliade, aludiendo esta vez a la sacralización, vemos que este proceso supone, en primer término, discernir: “recortar” aquello que es elegido como sacro del resto, que automáticamente pasa a ser profano. En la misma línea de lo que planteáramos, destacamos una afirmación suya: “un objeto se hace sagrado en cuanto incorpora (es decir revela) otra cosa que no es el mismo” (Eliade, 1992, p. 37, subrayado en el original).

En cuanto a los regímenes naturistas nos parece claro el recorte y la carga que colocan en los diferentes alimentos. Este recorte, que en definitiva es selección, sumado a una clasificación -primariamente: alimentos permitidos, alimentos prohibidos- va creando un ordenamiento, en donde, aparentemente, la salud, la enfermedad, la naturaleza, lo que no lo es, etc. van tomando posiciones, significados.

No podemos dejar pasar por alto la afirmación “En invierno consumiremos más raíces como zanahoria, remolacha, nabos, rabanitos y radicha, porque estas son verduras más Yang, las que tienen más fuertemente concentrada la Energía Vital…” que anteriormente citáramos, en la medida que nos resulta equiparable con las “correspondencias” que aparecían en la Edad Media.

En una publicación acerca de la Macrobiótica encontramos más claramente expuestas las “correspondencias” en estos regímenes:

La fuerza de la influencia celestial que se irradia día y noche sobre la Tierra, es 7 veces más intensa que la fuerza expansiva acelerada por la rotación de la Tierra en el presente. La intensidad de la fuerza de la velocidad de escape de la Tierra es de 7, mientras que en los demás planetas varía. La formación natural de las olas en el océano muestra una proporción de 7:1 entre su extensión y altura.

La relación 1:7 entre la fuerza de influencia celestial, fuerza centrípeta, hacia el centro de la Tierra, y la fuerza de expansión generada por el movimiento de la Tierra, y en nuestra estructura humana, sugieren que en nuestra absorción de ambiente físico en forma de alimento, líquidos y respiración deben estar compuestos en esta relación de 1:7 (Kushi, 1979).

Así, el hombre en su alimentación estaría reproduciendo un pequeño cosmos.

Respecto a lo “permitido” y lo “prohibido”, tenemos:

Para vivir mejor, no consumas nunca más en tu vida leche de vaca, ni derivados, no manteca, no yogur, no queso, no dulce de leche. ¿Conoces algún animal que tome leche de algún otro animal, de otra especie? ¿Conoces algún animal que después de destetado continúe tomando leche? ¿Por qué el ser humano toma leche de vaca?… además la leche de vaca al ser heteróloga de otra especie, al entrar en nuestro organismo, acidifica la sangre. El metabolismo interno para compensar eso, saca calcio de los huesos para evitar la catástrofe interna. Es así que se produce la osteoporosis. Los seres humanos no necesitamos calcio ni ningún otro nutriente de la leche de vaca. ¡Esta es del ternero!

El pasado párrafo podríamos haberlo encabezado con el título de la obra de Mary Douglas: Pureza y peligro: un análisis de los conceptos de contaminación y tabú. Sin embargo, continuamos con el estudioso de las religiones. Eliade (1992, p. 40) sostiene que

El mecanismo del tabú es siempre el mismo: ciertas cosas, personas o regiones participan de un régimen ontológico totalmente diferente y por ello su contacto produce una ruptura del nivel ontológico que podría ser fatal.

Las preguntas que se formulan en esta especie de alegato contra la leche de vaca nos sitúan ante algo que v más allá de las razones sanitarias explicitadas (metabolismo, osteoporosis). Por ejemplo, a preguntas tales como: ¿Conoces algún animal que después de destetado continúe tomando leche?” “¿Por qué el ser humano toma leche de vaca?” Podríamos confrontarlas con: “¿Por qué no continuar tomando leche?” “¿Por qué el ser humano debe seguir las pautas del resto de los animales?” No es en absoluto nuestra intención emitir un juicio de valor sobre estos razonamientos, sino poner de manifiesto que a los mismos subyace una concepción acerca del hombre, que no son verdades unívocas.

En este sentido traíamos a colación la cita de Eliade y nos preguntamos ¿de qué universo ontológico participa el hombre? ¿Con quién lo comparte?, de acuerdo a los postulados naturistas, que sin duda tienen raíces en filosofías orientales.

Y teniendo en cuenta este origen oriental, pensamos en una especie de “difusión cultural” particular: en base a ello nos preguntamos cómo son incorporadas o releídas las prescripciones, ¿despojadas de la matriz filosófica en la que cobraban sentido algunas de ellas? Algunas son muy diferentes a las del lugar de reinserción. Por ejemplo el caso del Uruguay y su tradicional valoración del vacuno, enemigo de ciertos regímenes como acabábamos de ver. ¿Han adquirido nuevos significados? Continuando con los ítems, tenemos:

3) Una serie de prescripciones que podríamos asimilar a la contaminación, el tabú, que mencionáramos anteriormente. “Para vivir mejor, consume abundante cantidad de frutas crudas, todas, muchas. No hay frutas prohibidas. Ni hay frutas que den alergias… Lo que sucede es que tu alimentación es mala en general y no tienes en cuenta las combinaciones en los alimentos y usas muchos productos animales”. “[Hay que] prestar atención a las combinaciones de los alimentos”. “No más olores a cadáveres de animales fritos, en nuestras casas, en nuestra ropa…” “Un trozo de carne es tan sólo un pedazo de cadáver y su putrefacción crea deshechos venenosos dentro del cuerpo. Por consiguiente la carne tiene que ser rápidamente eliminada” (todos subrayados nuestros) Un seguidor del régimen macrobiótico nos indicó las siguientes “combinaciones malas”: tabaco-leche, combinar más de un almidón en una misma comida (ej. arroz-papas, fideos-papas), cereales-cítricos.

El mismo calificó de veneno blanco al azúcar refinado.

Mary Douglas (1973, p. 21), en la obra que mencionáramos, haciendo una revisión de lo que se consideraba que separaba la religiosidad de los pueblos etnográficos de la nuestra, considera que “para nosotros las cosas y los lugares sagrados deben estar protegidos contra la profanación. La santidad y la impureza se hallan en polos opuestos”. Y ubica en el universo primitivo el considerar que “el contacto con cadáveres, la sangre o el esputo”, pueden ser vistos como “trasmisores de peligro”.

Aquí nos encontramos con esos “peligros” que Mary Douglas coloca del lado de los “primitivos”, sólo que ahora enarbolados para legitimar ciertas prácticas sanitarias de seguidores “laicos”.

4) Una serie de atributos, cualidades concedidas a la naturaleza. “Conviene recordar que los alimentos adecuados para el ser humano son los que fabrica la Naturaleza para él”. “Y así es la Naturaleza y sus productos: si nosotros los respetamos, ellos nos respetan a nosotros, otorgándonos bienestar y salud”. “… es importante que en todo proceso de recuperación de salud sanar primero nuestro vínculo con la Naturaleza”. “La Naturaleza ha previsto…” “… nuestro alimento, que es sencillo y tan simple -como toda verdad- adecuado y saludable -como todo lo justo- y lleno de vida, como la Naturaleza a la que pertenecemos.” “Comer arroz blanco es privarse de las bondades que la Madre Naturaleza nos brinda en la cáscara o en el salvado del arroz”.

En estas frases podríamos apreciar esa personalización de la naturaleza de la que habla Lipovetsky y que mencionáramos al comienzo: la naturaleza no sólo prevé, brinda, fabrica, sino que además, lo hace para el hombre.

También encontramos una serie de apreciaciones que son presentadas como dadas, obvias, pero que podrían no serlo tanto: ¿la naturaleza fabrica alimentos para el hombre? ¿Pertenecen a la naturaleza?, ¿la verdad es “simple y sencilla”?

5) En la misma línea que lo anterior, encontramos también una serie de “opiniones” que instauran una práctica, que la legitiman o que la descalifican, establecen un antes y un después. Reiteramos, no nos interesa el valor de verdad de lo enunciado, nos quedamos con lo que gravita en torno al alimento. “Todas las civilizaciones han dependido, en gran parte, del cultivo de un cereal”. Menciones a Egipto, India, Babilonia, Grecia, Roma, China, América precolombina, y sus respectivas densidades temporales, como lugares donde el hombre se nutría del alimento que se quiere presentar actualmente como idóneo. “Son, siempre han sido y serán por muchos años los más adecuados, puesto que la especie humana ha vivido hasta estos días alimentándose con lo que plantaba, cosechaba, recogía y eventualmente cazaba o pescaba. Recién hace pocas décadas -muy pocas comparadas con la historia del hombre- que la industria alimentaria introdujo una variable en nuestro proceso de alimentación normal y natural: lo rico. No importa si alimenta o no, si nutre o no, importa que sea rico y que se venda…”. “Algunos de los grupos étnicos más fuertes fueron creados (sic) con avena. Los hunos, los escoceses…” “Todo es consecuencia de una mala alimentación desde que dejamos el pecho de nuestras madres”.

De lo que reunimos bajo estos dos ítems nos llama la atención, por un lado, esa especie de “confianza” depositada en la naturaleza: es un legitimador incuestionable de salud. Aparece -aparentemente- como un recinto de “bondades”: perdimos salud al abandonarla, sanamos al volver a ella.

Más allá de esta especie de “retorno a Edén”, nuevamente pensamos en componentes que acercan estos comportamientos a los religiosos. Geertz (1992, p. 107), distinguiendo la “perspectiva religiosa” de la del sentido común, sostiene que en la primera “no domina la acción sobre realidades más amplias, sino la aceptación de ellas, la fe en ellas”.

Y con respecto a la comparación con la “perspectiva científica”, que se caracterizaría por el desapego y el análisis de la realidad, en la religiosa, en cambio, prevalecería la entrega, el encuentro. No existiría tampoco en esta perspectiva cuestionamiento a esas “realidades más amplias”, sino aceptación de las mismas. Esto último nos recuerda a esas opiniones, que decíamos parecen instaurar, desde allí, prácticas.

Geertz (1992, p. 89) concibe la religión como “un sistema de símbolos que obra para establecer vigorosos, penetrantes y duraderos estados anímicos y motivaciones en los hombres formulando concepciones con una aureola de efectividad tal que los estados anímicos parecen de un realismo único”. Esta concepción nos parece que ilustra las situaciones que planteamos aquí desde el punto que ella toma en cuenta sí de qué está hecha la religión -sistema simbólico- pero además, la repercusión que ésto produce en el individuo -vigorosos, penetrantes y duraderos estados anímicos-. Esta perspectiva, nos resulta interesante porque nos obliga a reflexionar en la identificación primera que establecíamos -naturaleza- salud- en la que el acercamiento hacia lo natural podría estar dotado de componentes parecidos a los religiosos, de una parafernalia de símbolos, pero donde la obtención de salud tendrá que ser efectiva.

Referencias

  • DOUGLAS, M. Pureza y peligro: un análisis de los conceptos de contaminación y tabú. Madrid: Ed. Siglo XXI, 1973.
  • ELIADE, M. Tratado de historia de las religiones México: Ed. Era, 1992.
  • ELIADE, M. El mito del eterno retorno Barcelona: Ed. Alianza, 1993.
  • FARB, P.; ARMELAGOS, G. Anthropologie des coutumes alimentaires Paris: Editions Denöel, 1985.
  • GEERTZ, C. La interpretación de las culturas Barcelona: Ed. Gedisa, 1992.
  • GERARD, R. W. La alimentación racional del hombre Madrid: Ed. Alianza, 1968.
  • HARRIS, M. Caníbales y reyes Barcelona: Ed. Salvat, 1986.
  • HARRIS, M. Bueno para comer Madrid: Ed. Alianza, 1990.
  • KUSHI, M. El libro de la Macrobiótica Málaga: Producción Sol Universal, 1979.
  • LÉVI-STRAUSS, C. Mitológicas: lo crudo y lo cocido México: Ed. Fondo de Cultura Económica, 1986.
  • LIPOVETSKY, G. La era del vacío: ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Barcelona: Ed. Anagrama, 1986.
  • PORZECANSKI, T. Rituales: ensayos antropológicos sobre umbanda, ciencias sociales y mitologías. Montevideo: Ed. Luis A. Retta, 1991.
  • RACIONERO, L. Oriente y Occidente: filosofía oriental y dilemas occidentales. Barcelona: Ed. Anagrama, 1993.
  • VIGARELLO, G. Lo sano y lo malsano Montevideo: Ed. Trilce, 1995.
  • 1
    Este tema forma parte de la investigación planteada para la aprobación del Taller de Investigación de Antropología Social I, que culminó en el proyecto “Natural para comer, bueno para curar: los significados de la alimentáción natural salud”.
  • 2
    Todos los extractos pertenecen a la revista TODOVIDA, publicación trimestral uruguaya. Ejemplares consultados: nº 5 (septiembre 1993), nº 6 (enero 1994), nº 7 (mayo 1994), nº 10 (septiembre 1995).

Fechas de Publicación

  • Publicación en esta colección
    02 Feb 2026
  • Fecha del número
    Jan-Jun 1996
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