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REMHU: Revista Interdisciplinar da Mobilidade Humana

Print version ISSN 1980-8585On-line version ISSN 2237-9843

REMHU, Rev. Interdiscip. Mobil. Hum. vol.28 no.58 Brasília Jan./Apr. 2020  Epub May 11, 2020

https://doi.org/10.1590/1980-85852503880005814 

Relatos e reflexões

“Vienen por un sueño americano que ya no existe”: Migrantes y deportados en la frontera norte de México

“They come for the American dream that no longer exists”: Migrants and deportations in the Northern Mexican border

*Profesora e Investigadora del Instituto de Altos Estudios Sociales, Universidad Nacional de San Martín. Buenos Aires, Argentina. E-mail: silviahirsch5@gmail.com.

**Profesora e Investigadora del Instituto de Investigaciones Culturales-Museo, Universidad Autónoma de Baja California. Mexicali, México. E-mail: areli.veloz@gmail.com.


Es abril, la temperatura en Mexicali, Baja California, México, llega a los 40°C, el agreste paisaje es un desierto con serranías y el río Colorado atraviesa la tierra seca. Nos preguntamos cómo sobreviven y cómo resisten los cientos de migrantes que cruzan el desierto buscando refugio y bienestar en Estados Unidos, cuando las temperaturas en el verano se elevan a 50°, y los árboles de Mesquite no alcanzan a dar cobijo.

Esta breve crónica intenta brindar un retrato de las experiencias de las mujeres que han huido de México o Centroamérica por motivos de la violencia, con el objetivo de cruzar a Estados Unidos, y quienes han sido deportadas, de los Estados Unidos a México, y separadas de sus hijos. La investigación empírica se llevó a cabo en abril de 2019 en las ciudades Mexicali y Tijuana. Visitamos albergues y asociaciones de apoyo a migrantes y deportados, conversamos y entrevistamos a su personal de apoyo. Asimismo, dialogamos con las mujeres migrantes y deportadas, y observamos sus actividades cotidianas en estos espacios y realizamos algunas entrevistas.

La interdicción que representa la frontera, como lo nombra Heyman, da cuenta de que la vigilancia y el control es central para mantener las desigualdades globales en términos sociales, económicos y políticos, restringiendo la movilidad poblacional de quienes viven en situaciones precarias y tratan de conseguir mejores formas de vida (Heyman, 1999).

La población migrante que llega a la frontera, o que es deportada de Estados Unidos, queda detenida en ciudades como Mexicali y Tijuana, y acuden a albergues y refugios para dormir, comer, recibir ayuda médica y legal, y un poco de contención. Muchos arriban en estado de agotamiento, fisco y emocional, en algunos casos más de tres meses de viaje y angustiantes obstáculos. Su trayecto migratorio desde países de Centroamérica o de distintos estados de México está atravesado por los distintos tipos de violencia que les llevan a vivir diversas situaciones de vulnerabilidad, hostigamiento y temores a sus vidas y sus cuerpos.

Foto de Silvia Hirsch

Foto 1 Muro en Tijuana, en la frontera entre México y Estados Unidos 

Por lo tanto, la violencia además de ser vivida -reflejándose en situaciones de mayor riesgo y vulnerabilidad para los y las migrantes- se observa en la sistematicidad de su alcance, apareciendo en la relación “formal” del Estado y la informalidad, vista por medio carteles u organizaciones delictivas o criminales, por lo que la violencia, desde su sentido estructural tiene una dimensión política.

Desde el 2008, tras la “guerra contra el narcotráfico” en México, se agudizaron los desplazamientos hacia las fronteras por las diversas amenazas de los carteles de drogas en distintos estados del país, lo cual se aúno a las deportaciones que se dieron en el período de gobierno de Barak Obama, en Estados Unidos, donde se registró un aproximado de 2.8 millones de deportaciones a México, según el INM (Instituto Nacional de Migración). Consecutivamente, en el 2015, se registró un tipo de migración distinta al de las últimas décadas, que fue la migración del llamado “sur global” a las ciudades fronterizas de México, donde, en un primer momento, ingresaron a Baja California 3 mil haitianos procedente de Brasil y Haití, así como de África. En octubre de 2018, el éxodo masivo de migrantes a las fronteras se intensificó con la llegada de las “caravanas” que comenzaron en Honduras, y a ellas se sumaron migrantes de El Salvador, Guatemala, Nicaragua, e incluso Cuba, Venezuela, entre otros países. La cantidad de gente desbordó la capacidad de los diversos albergues que brindan las organizaciones sociales, religiosas y, en menor medida, estatales en México. Problema que se agudizó, desde febrero de 2019, tras la cancelación de programas gubernamentales, como el Fondo Migrante, y la prohibición de transferir recursos a las organizaciones civiles y ONG´S del país.

Sin embargo, en las ciudades fronterizas las organizaciones civiles y religiosas han sido centrales en el momento de brindar apoyo a los migrantes. Entre ellas esta COBINA (Consejo Binacional por la Diversidad Sexual, Discriminación de los Derechos Humanos LGBTII A.C.), que se encuentra en el centro histórico de Mexicali. COBINA está dirigido por Altagracia, quien nos comenta que comenzaron como un colectivo LGTTBI en noviembre de 1987, “pero en el transcurso del caminar, empezamos a ayudar a trabajadoras sexuales porque salió la pandemia del Sida, COBINA da servicio a toda la gente que entre por esa puerta, sin distinción de raza, género, orientación política, trabajamos con madres solteras, migrantes, con trabajadoras sexuales y con el colectivo LGBTTI. Actualmente se asisten a las caravanas de migrantes, nos vinculamos con casa migrante de Tijuana y con Médicos Sin Fronteras, y lo básico lo atendemos acá".

Desde 1987, COBINA comenzó a recibir una gran cantidad de migrantes. Como menciona Altagracia, en el albergue "los migrantes de nuestros países que son desplazados, gente de Haití, Venezuela, Cuba, Centroamérica, y todo aquel que quiera y tenga el derecho de migrar, es atendido”.

Altagracia nos habla, con pasión y coraje, de cómo y en qué circunstancias formó la asociación –en 2014 se constituyó como asociación civil-, sintiéndose dichosa de ser un refugio para personas con adicciones y un albergue para alojar a los migrantes y deportados, y enfatiza la atención a mujeres y niños. Presta consulta jurídica y médica, asesoría psicológica, y tienen un dispensario con medicamentos, un comedor comunitario, y trabajan con la prevención a las adicciones.

Altagracia ve con preocupación que, desde el 2014, se desplacen más personas a las fronteras, a lo que se aúna la deportación, que “llegan por el afán de un sueño americano que ya no existe, el afán que les vendieron que van a agarrar el dinero a paladas, no hay sueño americano, mira pasando Calexico (la ciudad vecina a Mexicali del otro lado de la frontera), la renta al mes es de 600 dólares y más al norte 1000, tú crees que fuera fácil, tú que no conoces a nadie, vas a ir a los albergues, que están saturados, te van a poner una fianza de 10.000 dólares, quién va a pagar. Los coyotes (guías que cruzan a la gente, de manera ilegal, por la frontera) están cobrando 12.000 a 15.000 (dólares) a todo el que quiera pasar, y los están secuestrando”. De manera crítica denuncia que ya no cuentan con recursos del Estado. Refiriéndose a la política del gobierno en turno, del cual habla con desilusión y que da cuenta de un sentimiento social frente a las instituciones que “ya no logran instituir lo social, sobre todo en términos de equidad ante la justicia e igualdad de oportunidades en un contexto de aumento en las disparidades de lo social” (Fassin, 2018, p. 13).

Nos invita a conocer las instalaciones de COBINA, y visitamos el dispensario que atiende Cecilia, una enfermera que a pesar de los pocos medicamentes que y recibe, trata los principales problemas que padece la población migrante al llegar al albergue: la deshidratación, los pies heridos de caminar en el desierto y las lesiones de la piel. Pero también los casos de tuberculosis que están en aumento.

Al salir de COBINA vemos que habían llegado dos personas de Estados Unidos que tienen una organización que opera en Calexico llamada Bondad Frontera-Border Kindness, que ayuda principalmente a mujeres y niños migrantes, y desde el 2018 les proveen cobijo, alimentos, agua y acompañamiento. Esta organización articula con COBINA para canalizar las donaciones y acompañar a los migrantes en los trámites legales.

Posteriormente, bajo un intenso sol, caminamos algunas cuadras para visitar la “Posada del Migrante”. Nos acompañan dos personas que estaban en COBINA, uno de ellos tiene tan solo 13 años y nos va contando que ha salido con su madre de Guatemala, a causa de las amenazas que ella recibió por parte de la Mara, por lo que decidió desplazarse a Estados Unidos, donde vive su hermana. Nos va comentando, con una voz nostálgica, que en Guatemala se quedaron su hermano más pequeño y su abuela, quien lo está cuidando.

Foto de Silvia Hirsch

Foto 2 Albergue para migrantes en Mexicali 

El albergue era un hotel abandonado que se recuperó para alojar a los migrantes. Allí se alojan, en este momento, 150 personas, que incluye 37 niños. En la Posada se organiza a las mujeres en un piso y a los hombres en otro, y todos comparten el patio exterior. Nos recibe Casandra, que está a cargo del Albergue y acompaña a los migrantes en sus audiencias para asilo en los Estados Unidos y los consuela en los momentos más duros del proceso migratorio.

Las organizaciones civiles, como COBINA o la “Posada del Migrante”, surgen como parte de la ausencia del gobierno frente a las problemáticas que enfrentan la población migrante en su paso por México, lo cual se puede ver desde dos posturas. De lado positivo, estas organizaciones, en articulación con otras casas de migrantes y organizaciones de la sociedad civil locales y globales, han extendido sus capacidades de “atención, proyección, incidencia en las políticas públicas y en su presión sobre el Estado” (Bobes, 2017, p. 143-144). De lado negativo, en estas organizaciones también se infiltra la nueva delincuencia organizada que ve a los migrantes como posibles “secuestrables” (Casillas, 2011, p. 148). Panorama que muestra la vulnerabilidad por la cual pasan los migrantes en su tránsito por México, la cual se intensifica en relacion a la condicion de género, raza y clase.

Foto de Silvia Hirsch

Foto 3 Comedor para migrantes en Mexicali 

La experiencia migratoria oculta una violencia de género y sexual que, “como metanarrativa causal de las migraciones del sur global, es soportada, resistida y confrontada por las mujeres centroamericanas en su paso por México” (Cortés, 2018, p. 40). El caso de Juana, es una muestra de ello, madre de dos hijos que huyó en noviembre de su Guatemala por la violencia y por la extorsión de las Maras, que le exigían dinero de la recaudación de su puesto de ropa. Juana ayuda en la Posada, con voz temblorosa cuenta que los mareros estuvieron a punto de cortarle un dedo.

mi salida fue por la delincuencia, extorsiones. La Mara no deja a uno tener vida, piden un porcentaje de lo que una gana. Ellos quieren un 25%, yo vendía ropa, comida, helados, ese ha sido mi negocio, y ellos miran que a una le va bien y comienzan a exigir cierta cantidad de dinero y una se lo da por miedo. Intentaron cortarme un dedo, me enterraron una navaja en la pierna, y porque corría riesgo mi vida y la de mis hijos me tuve que salir. Nos refugiamos en casa de una prima y me siguieron hasta allá, y decidí ir a México. Sí, tenía ese sueño de algún día estar en Estados Unidos, pero no en esos planes. Me tocó salir de allá a escondidas, no me despedí de nadie, entramos a México arriesgando, nos decían que era peligroso. Mi prima también estaba con problemas y nos venimos ella, sus hijas y yo con mis hijas. Cruzamos sin saber que nos podían agarrar, nos agarró migración mexicana, pasando la primera aduana, después de la frontera, nos metieron a la cárcel, no podíamos comunicarnos con nadie, teníamos comida y donde dormir, pero en malas condiciones. No podíamos regresar a nuestro país. Estuvimos 22 días en detención porque nos dijeron que nos querían deportar, pero decíamos que no queríamos regresar. Después COMAR (Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados) nos ayudó a salir de ahí, con libertad condicional por esperar un papel para poder viajar.

Las mujeres han estado presentes en los flujos migratorios actuales. Sus desplazamientos, están atravesados por el tema de la violencia, la cual es una constante en el proceso migratorio: la expulsión, las amenazas y las realidades dolorosas durante el trayecto y el lugar de destino (Asakura, Torres, 2013, p. 76). Juana continúa contándonos cuando las llevaron al albergue:

nos dieron un techo, comida, 15 días, luego ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) nos brindó una tarjeta con dinero para que pueda alquilar un cuarto y comer. Cuando nos dieron la visa decidimos avanzar, yo ya estaba recibiendo amenazas en el celular porque en Tapachula venían caravanas, del grupo de delincuentes son varios, hasta los mismos policías están con ellos, porque tienen más derecho que uno, están en todas partes, me topé en Tijuana (con los mareros) yo salía a comprar y me tuve que esconder. Yo le dije a mi amiga vamos a Mexicali, y fuimos a sacar el número para pasar a migración americana, para ver si nos dejaban entrar legalmente con asilo.

Sin embargo, Juana nos relata que ha sentido la discriminación en México y reflexiona sobre el proceso de migración a Estados Unidos.

Trump no está dejando entrar, pero estamos esperando que nos escuchen, que cuando miren que una persona corre riesgo lo pueden ayudar, yo no quiero todo fácil, pero es desesperante, una anda acá con miedo. Le pido a Estados Unidos protección y que me dejen trabajar, tengo dos hijos que mantener. Aquí (en México) hay gente de Honduras, El Salvador, Nicaragua, Guatemala, y también mexicanos, vienen por violencia, es como una rutina diaria en todos los países. Antes venían por un bienestar económico, ahora ya no, la mayoría viene huyendo de algo.

Foto de Silvia Hirsch

Foto 4 Migrantes descansando en un albergue 

Asimismo, otra de las problemáticas que se expresan en la migración vista desde el género, es la separación de madres e hijos por la deportación. Desde hace una década se han intensificado las deportaciones de mujeres de los Estados Unidos que han sido separadas de sus hijos, debido al fortalecimiento de un “aparato legislativo y judicial” que ha facilitado las deportaciones (Barbosa, Alarcón, 2015, p. 81). En Tijuana, ubicada a 178km de Mexicali, conocimos la asociación Madres Soñadoras-Dreamers’ Moms.

Las Dreamers moms son un grupo de mujeres que han sido deportadas y sus hijos, esposos y familiares han quedado del otro lado de la frontera, lo cual genera crisis emocionales que las incita a crear redes y grupos de solidaridad y apoyo en torno a una situación que saben es injusta, llevándolas a politizar la emoción para la recuperación de sus hijos e integración familiar. Yolanda es la creadora y líder del grupo Dreamers moms, y nos comentó que cuando la deportaron se sumió en una depresión profunda, no podía enfrentar la separación de sus hijos adolescentes, hasta que un día decidió levantarse y buscar por internet otros casos sobre madres separadas de sus hijos por deportaciones. Encontró por internet que había un grupo de madres que se habían organizado y comenzó a formar la agrupación en Tijuana. Así fueron llegando Tania, Patricia, Esther y muchas otras, de diferentes edades y orígenes, todas madres que dejaron a sus hijos, de diferentes edades, en Estados Unidos.

Tania es una de las madres que tiene a sus hijos en Estados Unidos, es de Guadalajara, tiene unos 30 años y se crió en California, pero llegó a Estados Unidos con sus padres, a los 3 años de edad, ahí cursó la primaria y secundaria, por lo que es bilingüe. Por procesos burocráticos la familia no pudo legalizar su situación a pesar de tener dos hermanos nacidos en California. Se le vencieron los permisos de trabajo y tuvieron órdenes de deportación. A los 24 años tuvo un incidente con un hombre, por violencia doméstica, y el policía que acudió le pidió los papeles y a partir de ese momento se evidenció la irregularidad de su residencia en Estados Unidos, y el ICE (Inmigration and Customs Enforcement) la detuvo en abril del 2010. Tania firmó la salida voluntaria de Estados Unidos y la dejaron en la frontera, en Tijuana, se quedó a vivir en esta ciudad, consiguió trabajo, lo cual fue fácil, al haber cursado estudios en California, y saber inglés . Cuando salió de Estados Unidos su hija tenía 2 años, pero ya pasaron 9 y no la ha vuelto a ver porque el padre de la niña, con el cual comparte la tenencia, no la lleva a México a ver a su madre.

Yolanda, de una manera sumamente reflexiva y tras la experiencia de acompañar y apoyar a distintas mujeres, nos dice, cuando habla de los hijos que se quedaron en Estados Unidos:

…tu vida se quedó allá, tu vida te la arrebató una ley de migración. Los que tienen hijos mayores de edad los pueden pedir, vemos la posibilidad de volver por medio de la visa tipo 1, hay mujeres que ya estamos en ese proceso, tardas muchos años, 6 o 7 años de espera. Nos dedicamos a recaudar fondos, conseguir abogados, asesoría gratuita, hacemos videos para subir a las redes sociales, que la gente conozca los casos, que donen, la gente se conmueve. Somos miles de mujeres alrededor del mundo en la misma situación. Somos una comunidad, una familia, estamos juntas en navidades, en cada cumpleaños, en las graduaciones y casamientos de sus hijos a la distancia vía skype o videos. Una familia sustituta a poca distancia del muro.

Las consecuencias de la separación de madres e hijos son brutales, como indica Yolanda: “Todas fuimos buscando una vida mejor, el castigo es muy severo, ningún gobierno nos ayuda”.

Las mujeres del grupo nos contaron las situaciones emocionales que atraviesan: depresión, profunda desesperación, angustia. Esther dice que a veces cae, pero se vuelve a levantar, y una compañera le responde “cuando te sientas mal, acuérdate de la comunidad, llámanos y vas a ver cómo te va a apoyar toda la raza.” El acompañamiento y el apoyo de las madres de la organización se ve presente, por medio de frases que son alentadoras en esos momentos de crisis, como le responde otra compañera: “tienes que estar bien fuerte amiga, Dios no tiene fronteras. No va haber madre alguna que no vea sus hijos.”

La migración atraviesa la vida de las personas, el muro es un obstáculo pero no detiene el avance de quienes buscan seguridad, cobijo, sosiego. El muro es sólo un reflejo de las políticas migratorias que hace décadas se evidencian en los cuerpos que aparecen sin vida en el desierto, en los cuerpos deshidratados y violentados y en la separación de familias. Pero, también el muro refleja la reflexión y la resistencia que existe en los desplazamientos y en la manera diversa de estar y vivir en la frontera.

Foto de Silvia Hirsch

Foto 5 Grupo de madres soñadoras en Tijuana 

Bibliografía

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Recibido: 11 de Junio de 2019; Aprobado: 6 de Marzo de 2020

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