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Revista Estudos Feministas

versão impressa ISSN 0104-026X

Rev. Estud. Fem. vol.19 no.3 Florianópolis set./dez. 2011

http://dx.doi.org/10.1590/S0104-026X2011000300008 

ARTIGOS

 

¿Negocian las parejas su sexualidad? significados asociados a la sexualidad y prácticas de negociación sexual

 

Do couples negotiate their sexuality? Meanings associated to sexuality and sexual negotiation practices

 

 

Mariela Carmona

Pontificia Universidad Católica de Chile

 

 


RESUMEN

El artículo expone algunos resultados de un estudio cualitativo acerca de significados asociados a la sexualidad y prácticas de negociación sexual en mujeres y hombres de nivel socioeconómico bajo de la ciudad de Santiago de Chile. Los resultados son analizados a la luz de las permanencias y transformaciones en las desigualdades de género. Pese a la existencia de discursos más igualitarios en relación a la sexualidad y a las relaciones de pareja, los que prescriben la autonomía individual, la negociación interindividual y la satisfacción sexual mutua como fuente de bienestar de la relación, se evidencia la persistencia de otros más tradicionales, los que reflejan una concepción de la sexualidad masculina como ilimitada y de la femenina como más controlada, manteniendo la idea de que hombres y mujeres son esencialmente diferentes. Frente a esto, el no hablar y el ceder fueron descritas como las principales prácticas ante las discordancias en materia sexual. Se discute el concepto de negociación sexual verbal, sugiriendo que se trata más bien de un ajuste implícito de significados, el que no siempre implica el reconocimiento de las necesidades del otro, sino que muchas veces conlleva la postergación de uno de los miembros de la pareja, generalmente de la mujer, en pos del nuevo estatus de la sexualidad en la mantención de la relación.

Palabras claves: sexualidad; género; negociación sexual; individualización social.


ABSTRACT

This article exposes some of the results of a qualitative study on meanings associated to sexuality and sexual negotiation practices among low-income level men and women of Santiago. The results are analyzed under the light of the permanence and transformations in existing gender inequalities among interviewed discourses. Despite the presence of more egalitarian discourses related to sexuality and couple relationships, which prescribe individual autonomy, inter-individual negotiation and mutual sexual satisfaction as a source of well-being of couple relationship, the persistence of more traditional discourses became evident, which reflects a conception of male sexuality as unlimited and the female sexuality as more controlled, maintaining the idea that men and women are essentially different. In this aspect, the silence or submittal were described as the major practices before discrepancies in sexual matters. We discuss the concept of verbal sexual negotiation, suggesting that it would be more an adjustment of meanings, which does not always imply recognition of the needs of the other, but many times a deferral from one member of the couple, generally the woman, in pursuit of the new status of sexuality in the maintenance of the relationship.

Key Words: Sexuality; Gender; Sexual Negotiation; Social Individualization.


 

 

Introducción

La sexualidad y su nuevo estatus en la relación de pareja

La temática de la sexualidad humana ha suscitado - ya desde fines del siglo XIX - un importante cuerpo de producción teórica en disciplinas científicas como la antropología, la sexología, la sociología y la psicología. En nuestros días, sigue aún siendo objeto de estudio1 toda vez que es considerada como un indicador fundamental en la evaluación del estado de una relación conyugal o de un vínculo amoroso. La sexualidad ha ido adquiriendo un rol cada vez más relevante tanto en la constitución como en la mantención de las relaciones de pareja, pero también en la construcción de la identidad personal.2

Pero el discurso acerca de la sexualidad como medida de bienestar de una relación es un fenómeno más bien reciente: durante largos períodos de la humanidad, la sexualidad en la pareja estuvo principalmente asociada a la procreación, manteniéndose lejana al amor-pasión o amor erótico tal como lo concebimos en nuestros días.3 Pocos dudan hoy sobre de la importancia de una sexualidad mutuamente satisfactoria como fuente de estabilidad para la pareja, instalándose un ideal de reciprocidad. En el pasado, sin embargo, la interacción sexual entre los géneros era concebida bajo un orden estricto e inmutable - basado más bien en una lógica binaria y jerárquica4 - que mantenía enormes desigualdades entre hombres y mujeres en el ámbito sexual. Lentamente, esta concepción fue dando paso a la búsqueda de relaciones de pareja más igualitarias, también en el campo del amor y la sexualidad. El amor cortés, que apareció en los medios aristocráticos y literarios franceses del siglo XII, tenía como centro una relación amorosa en que una mujer de más alto nivel social mantenía sometido a un amante de más baja extracción. Esta relación, que se pretendía inversa a la dominación masculina del cónyuge, tuvo un papel importante en el nacimiento del ideal de igualdad entre hombres y mujeres en materia sexual, aunque fuera por definición adúltera.5 Con el amor romántico, heredero del amor cortés en cuanto a la unión entre sentimiento y deseo, hacia fines del siglo XVIII el amor-pasión pasa definitivamente a formar parte constitutiva - y necesaria - de la pareja, pero en las sociedades industrializadas esta última conservará todavía un funcionamiento dependiente y fusional, fundamentalmente organizado en torno a roles de género diferenciados6 y complementarios.

En las últimas décadas, la relación de pareja como vínculo social se ha visto afectada por profundas transformaciones demográficas, sociales y culturales, las que han contribuido a producir una cierta autonomización de la sexualidad en relación a su única función reproductiva y a insistir en su rol central en la construcción del sujeto y de la pareja.7 Podemos mencionar entre ellas la revolución contraceptiva de los años '60, la entrada de las mujeres al espacio público y laboral, la focalización en la intimidad, la diversificación de trayectorias sexuales y la emergencia del fenómeno postmoderno de la individualización social.8

Es posible observar entonces, al menos en nuestras sociedades occidentales, importantes transformaciones en las formas de constituir pareja, pero sobretodo en los significados y objetivos sociales de la unión de dos personas, así como en la manera de significar el amor y la sexualidad dentro de ella.9 Es esta relación, afectiva y erótica por sí misma, más allá de su tradicional función de transmisión del patrimonio familiar o de aseguramiento de la reproducción, la que cobraría en nuestros días una importancia inédita.10

Beck y Beck-Gernsheim,11 al referirse a un mundo individualizado, proponen que las relaciones de pareja y las sexualidades ya no pueden ser anunciadas de forma obligatoria, sino que deben ser acordadas por los propios individuos. El amor romántico - aunque aún presente, según nosotros - estaría dando paso en nuestros días a lo que Giddens12 ha nombrado como el ideal de relación pura, basado en la igualdad sexual y emocional entre hombres y mujeres, así como en la negociación de sus intereses individuales. Aparecen entonces nuevos términos contemporáneos para definir el amor: "consensuado" o "confluente".13 En palabras de De Singly,14 se trataría de vivir la propia libertad, pero junto a un otro.

En un contexto social de valorización de la libre elección en materia amorosa,15 el ideal de democratización y de negociación involucra también todo lo relativo a la sexualidad en una pareja, incorporando, entre otras cosas, la autonomía femenina y su derecho para decidir acerca de su sexualidad. Desligada de la reproducción como su único fin, la sexualidad se convertirá en una cualidad individual, negociable con otros, lo que ha sido llamado como "sexualidad plástica".16

Pero la visualización de una sociedad en cambio obliga también a pensar en la posibilidad de presenciar ciertos dilemas ante la coexistencia de discursos más tradicionales y de otros más modernos en las formas de llevar a cabo y de vivenciar la sexualidad.17 Frente a las nuevas demandas sociales de igualdad y de negociación interindividual, sería esperable encontrar estilos de subjetivización de género más flexibles en relación a las prescripciones tradicionales. Sin embargo, ellos parecen coexistir todavía con estereotipos que no se han alterado sustancialmente.18 La relación entre amor, sexualidad y pareja toma por lo tanto nuevas configuraciones y se somete a nuevas conflictivas, las que pueden reflejar muchas veces distancias entre el ideal y la praxis. La sexualidad puede constituirse entonces, además de un indicador importante sobre la vitalidad de la relación, en una fuente de conflictos y desavenencias.19

Subjetivización de género y sexualidad

La sexualidad puede ser entendida como una construcción cultural íntimamente ligada a otros tipos de categorías sociales, tales como los sistemas de género y las relaciones de poder entre ellos,20 los que contribuyen de forma importante a la formación de una identidad sexual subjetiva. Aunque sexualidad y género son categorías diferentes, el comportamiento sexual esperado para hombres y mujeres en un determinado grupo social se relaciona estrechamente con los sistemas de género particulares para ese contexto.

Las transformaciones sociales y culturales anteriormente mencionadas han llevado a hombres y mujeres a replantearse sus roles en la sociedad, cuestionando una identidad de género que investía generalmente a los hombres como proveedores y a las mujeres como dependientes y principalmente dedicadas al cuidado de la familia.21 Si, como Burin,22 partimos del supuesto de la construcción histórico-social de la subjetividad sexuada, estos cambios no sólo se refieren entonces a las condiciones objetivas de desigualdad entre hombres y mujeres, sino que también a elementos subjetivos e identitarios que modifican las relaciones de poder entre ellos.23

En materia de sexualidad, se ha puesto cada vez más en cuestión la inamovilidad de las subjetividades tradicionales ligadas al género - sobretodo a nivel discursivo -, constatando el surgimiento de trayectorias sexuales diversas.24 Sin embargo, pese a los procesos de individualización social descritos desde la teoría social y al anhelado ideal de igualdad entre hombres y mujeres, las nuevas prácticas, discursos y subjetividades de género en relación a la sexualidad coexisten aún en muchos lugares del mundo con concepciones más conservadoras.25 Al menos en algunos contextos culturales, las sexualidades femenina y masculina continúan siendo pensadas como diferentes en esencia, acercándose a lo que ha sido llamado como el doble estándar de moral sexual.26 En este modelo se valida la búsqueda de diversidad de experiencias y parejas en los hombres y el recato,27 la pasividad y la negación de sus deseos sexuales en las mujeres.28 La sexualidad así concebida se enmarca dentro de lo que ha sido llamado como masculinidad hegemónica,29 la que describía inicialmente a hombres blancos, heterosexuales y de clase media de las sociedades occidentales protestantes y modernas.30 Aunque este concepto ha sido muy utilizado en las investigaciones sobre sexualidad, se hace necesaria cierta precaución en su aplicación a todo tipo de contextos, para evitar el riesgo de naturalizarlo. Amuchástegui y Szasz31 señalan la conveniencia de pensar más bien en las masculinidades como procesos sociales y subjetivos, y no como atributos psicológicos innatos descontextualizados, lo que trae como resultado la posibilidad de observar distintas formas de ser hombre. Podríamos decir lo mismo en relación a las feminidades.

Pese a lo anterior, en su revisión de estudios sobre sexualidad en Latinoamérica, Jiménez y Tena32 describen una tendencia a encontrar ciertas constantes en las definiciones de la masculinidad, tales como por ejemplo, el rol de proveedor, la valentía y la potencia sexual. En la misma línea, Fuller33 sostiene que la masculinidad engloba dos concepciones centrales: la virilidad, entendida en términos de potencia sexual, capacidad penetrativa y acceso a distintas mujeres, y la hombría. Szasz, Rojas y Castrejón34 muestran, para el caso de México, la permanencia de normas y de discursos hegemónicos acerca de masculinidad obtenidos a partir de estudios de tipo cualitativo. Esto parece coherente con lo planteado algunos años antes por Kimmel,35 quien señalaba que pese a la diversidad de culturas, los hombres tienen siempre la necesidad de demostrar su virilidad, experimentando una sexualidad concebida culturalmente como irresistible.36 Al mismo tiempo, las mujeres son identificadas con el polo de la irracionalidad en el control de sus sentimientos, pero se les niega aún autonomía en cuanto la expresión de sus necesidades sexuales.37 Pese a lo anterior, Szasz, Rojas y Castrejón38 señalan también que estos discursos hegemónicos conviven con una diversidad de formas de ser hombres y de relacionarse en pareja, distintas según etnia, clase social y generación. Sería interesante preguntarse si la pertenencia a cada una de estas categorías estructurales tiene que ver con niveles distintos de individualización social.39 Aunque el género es todavía una limitante en cuanto a la autonomía de las mujeres de todas las edades y pertenencias sociales, Szasz, Rojas y Castrejón40 observan más posibilidades de negociación en mujeres jóvenes y de clases más altas. Esta diferencia ha sido también observada en otras culturas, como lo es por ejemplo, el caso de Portugal,41 Francia,42 algunos países andinos43 y Chile.44

En este último país, como en otras culturas latinoamericanas, las personas siguen llevando a cabo su vida afectiva y sexual dentro de modelos más tradicionales, aunque incorporando al mismo tiempo opciones más modernas de relacionarse sexualmente.45 Según Segovia y Delgado,46 las transformaciones en este plano habrían comenzado en este país a partir de los movimientos sociales y feministas de la década de los 70's, sufriendo un retroceso hacia posturas más conservadoras durante la dictadura militar, para posteriormente reanudarse con el regreso a la democracia en el año 1988. Los ideales del matrimonio para toda la vida, de la virginidad de los cónyuges y la división estricta del trabajo entre lo público y lo privado, se han ido modificando en la sociedad chilena para dar paso a discursos más avanzados. Sin embargo, al igual que lo descrito para otros países, algunos autores47 plantean que éstos últimos conviven con modelos socioculturales inequitativos y jerarquizados en cuanto a las relaciones entre los géneros, especialmente en los niveles socioeconómicos más bajos. En los sectores más altos, supuestamente con un mayor nivel de individualización social,48 se observa más autonomía y mayor posibilidad de negociación en las formas de vivenciar la sexualidad.

La negociación sexual en la pareja

Los discursos de igualdad, democratización y de reciprocidad en relación a la sexualidad en una pareja son vehiculizados permanentemente en nuestra sociedad a través de escenarios culturales49 a la mano, así como aquellos relativos a la libre elección en cuanto a la vida amorosa y erótica.50 Sin embargo, ellos se enfrentan a la vez con otros que señalan aún que hombres y mujeres son sexualmente y emocionalmente distintos, por lo que no entrarían a una relación de pareja con las mismas expectativas.51 Así, los miembros de una pareja pueden intentar solucionar sus diferencias en condiciones de equidad o de desequilibrio.52 Como hemos visto, lo anterior se relaciona directamente con las determinaciones culturales de género en la atribución de las características de la sexualidad de hombres y mujeres.

Parece pertinente entonces preguntarse cómo hombres y mujeres incorporan hoy las demandas culturales, cómo vivencian las nuevas exigencias, cómo construyen nuevos significados y sobretodo, cómo ajustan o negocian expectativas potencialmente contradictorias en todo aquello relacionado con su vida sexual.

Intentando dar cuenta de las estrategias llevadas a cabo por las personas para enfrentar diferencias vinculadas a su práctica sexual, se ha acuñado el término de negociación sexual,53 el que se refiere a todas las decisiones relativas a las condiciones de contexto del encuentro sexual, es decir, dónde, cuándo, cómo, etc. La negociación sexual engloba también a las formas de planificación familiar y a la prevención de enfermedades de transmisión sexual.54 Aunque se ha descrito como "una comunicación interpersonal que toma lugar durante un encuentro sexual para influenciar lo que ocurre en ese encuentro en términos de las necesidades y deseos de las dos personas involucradas",55 a nuestro juicio esta negociación involucra también otros elementos de la relación, tales como la distribución del poder y las condiciones cotidianas en que se desarrolla la vida de cada pareja. Desde esta perspectiva, la negociación sexual no puede reducirse solo al momento del encuentro amoroso, ya que es alimentada constantemente por las interacciones diarias que constituyen la dinámica de cada pareja.

De esta forma, conocer cómo una pareja negocia o ajusta su vida sexual se hace relevante por cuanto puede entregar información acerca de los modelos de género y de sexualidad latentes en esa relación.56

En el marco de la exploración de las lógicas sociales asociadas a la construcción cultural de la sexualidad a partir de la experiencia subjetiva de las personas, este artículo presenta algunos datos producidos en una investigación cualitativa cuyo principal objetivo fue la indagación de significados y prácticas relativos a la sexualidad de un grupo de hombres y mujeres chilenos de nivel socioeconómico bajo de Santiago de Chile.

La información aquí descrita muestra algunos de estos significados y, en el ámbito de las prácticas, algunas formas de negociación de los entrevistados con sus parejas. Son presentados con el propósito de aportar conocimiento relevante y de arrojar luces para la realización de investigaciones que continúen abordando la sexualidad como una construcción cultural e históricamente situada.

 

Método

Diseño

Se realizó un estudio exploratorio de tipo cualitativo, intentando la comprensión del comportamiento y del significar humano a partir del propio marco de referencia del que actúa, utilizando una perspectiva 'desde dentro' y enfatizando la subjetividad individual involucrada en el fenómeno estudiado.57

Participantes

Se entrevistó a 4 hombres y 4 mujeres de nivel socioeconómico bajo, habitantes de la ciudad de Santiago. Se realizó un muestreo intencionado teórico58 y los participantes fueron contactados a través de una ONG y de una empresa de construcción.59

En relación a los criterios de selección, se intentó una distribución homogénea por sexo. La elección de personas de nivel socioeconómico bajo obedeció a la persistencia en Chile de inequidades de género en materia de salud sexual y reproductiva, especialmente en sectores desfavorecidos. Se entrevistó a personas con máximo 12 años de escolaridad, que habitaran en comunas de menor ingreso.60 Se tomó un rango de entre 25 y 55 años. Se eligió personas de más de 25 años bajo el supuesto de que éstas podían presentar una mayor experiencia de parejas estables que personas más jóvenes. Asimismo, se fijó un máximo de 55 años intentando excluir a personas que iniciaron su vida sexual en períodos anteriores al comienzo de las transformaciones culturales anteriormente citadas, especialmente aquellas que tienen relación con el fenómeno de individualización social. En Chile, según el PNUD61 a menor edad, mayor individualización. Ésta bajaría en forma importante después de los 44 años.

Procedimiento

Se realizaron entrevistas semiestructuradas62 en un encuentro individual de aproximadamente 2 horas, durante los meses de abril y mayo 2001. Los participantes fueron informados sobre los objetivos de la investigación, condiciones de confidencialidad y de anonimato en el tratamiento y publicación de la información dentro del ámbito académico y científico, y acerca de la voluntariedad de su participación.

El análisis de la información incorporó una mirada de género como una forma de acceder a las similitudes y a las diferencias, pero también a las relaciones de poder en el dominio de la sexualidad. La edad fue considerada finalmente en el análisis de forma menos exhaustiva, sólo señalando la presencia de diferencias evidentes.

Se siguieron inicialmente los procedimientos del Análisis de Contenido de Bardin.63 Las entrevistas fueron analizadas una a una según unidades semánticas. Se confeccionó, para el análisis transversal, una tabla de doble entrada que, además de considerar los contenidos manifiestos de las respuestas, consideró los significados latentes a través de un análisis hermenéutico de cada entrevista, inspirado en los trabajos de Monitor,64 quien propone un método de interpretación de textos para hacer emerger el sentido latente contenido en el discurso de un individuo, accediendo de esta forma a sus representaciones.65

 

Resultados

Asociaciones espontáneas en torno a la sexualidad

En este ejercicio, todas las mujeres hablaron de amor, de afectividad, y luego de otros elementos de corte romántico. Si bien reconocieron, especialmente las más jóvenes, que para ellas es también importante el placer físico y los aspectos sensoriales asociados al acto sexual, se refirieron a 'caricias' en el marco de una expresión de ternura, más que al orgasmo o al placer erótico. Marcaron una diferencia entre el encuentro sexual propiamente tal y otros momentos de cariño que también consideran como sexualidad en pareja, y que conciben como importantes, algunas de ellas incluso más que el acto sexual mismo.

Es interesante que, a diferencia de los hombres, al preguntárseles sobre su vida sexual, ellas enmarcaron sus respuestas dentro de su relación de pareja actual. Más que relatar sus experiencias pasadas con otras parejas, las mujeres hablaron de aquellos hombres con los que conviven o están casadas. Refirieron su experiencia sexual hacia a un otro significativo con el cual tenían un lazo afectivo. Esta forma de referirse a la sexualidad, que refleja una fuerte unión entre sexo y amor, ha sido observada en las respuestas de mujeres en estudios realizados en Chile66 y otros países. En Francia, por ejemplo, incluso si se refieren a sus experiencias sexuales pasadas, se ha constatado una diferencia importante entre el número de parejas reportado por hombres y mujeres, lo que los investigadores se explican porque las mujeres consideran solo las parejas significativas en términos afectivos, mientras que los hombres realizan una lista exhaustiva de sus parejas sexuales.67 Esto parece coherente con el modelo hegemónico en materia de la sexualidad, que prescribe una sexualidad ilimitada para los hombres y más limitada para las mujeres, sino en términos de exclusividad sexual, por lo menos en la asociación entre vida sexual y relación amorosa. Al enmarcar su deseo en el amor, las mujeres continuan ejerciendo su sexualidad en el marco del autocontrol, toda vez que la reservan para un otro significativo en términos emocionales.

Por otra parte, al hablar las mujeres de su relación de pareja actual, su vida sexual fue descrita en todos los casos como un aspecto relevante para la calidad de la relación. Para ellas los problemas en este ámbito inciden de forma directa en el bienestar de la pareja, y por lo tanto, la sexualidad es algo que debe cuidarse. Sus palabras parecen esperables a la luz de los discursos contemporáneos que ponen la sexualidad como condición de la estabilidad de la pareja. Todas coincidieron en que la sexualidad es algo que se va preparando, trabajando, que no se trae de antemano; no es 'algo que llega', una 'obligación' o una 'carga', como, según ellas, la entendían muchas mujeres en el pasado. Para algunos estas palabras podrían estar mostrando un mayor nivel de involucramiento tanto en términos de iniciativa como de disposición al encuentro sexual. Reflexionaremos sobre esto en la discusión final. Por lo pronto, pese a la importancia otorgada por las mujeres al aspecto afectivo de la sexualidad, es claro que la disociación tradicional amor/sexo estaría dando paso a una visión aparentemente algo más integrativa: el sexo va de la mano con el amor, pero el amor también necesita del sexo.

Los hombres, por su parte, asociaron la palabra sexualidad con una relación física entre dos sexos, sin hablar espontáneamente de afectos o sentimientos. Estos resultados son similares a aquellos obtenidos en estudios a mayor escala realizados en Chile. En el Estudio Nacional de Comportamiento Sexual del año 1998,68 el amor es lo más asociado a la sexualidad en mujeres y hombres, pero éstos, en proporción, hablan más de placer que las mujeres.

En nuestro estudio, al contrario de las mujeres, la primera asociación que los hombres hicieron al preguntárseles por sexualidad estuvo referida a su experiencia personal, enmarcada dentro de toda su trayectoria sexual. No aludieron en un primer momento a una mujer en particular, sino que sus respuestas siempre estuvieron referidas a 'la mujer' en términos genéricos. No mencionaron espontáneamente su relación de pareja. Sin embargo, cuando se les preguntó sobre ésta, la sexualidad no apareció como un aspecto totalmente desligado de la afectividad, especialmente en los más jóvenes, resultados también similares a los obtenidos por Benavente y Vergara.69 Para ellos, la sexualidad tiene que ver también con el amor y con el goce mutuo, así como con la mantención de la unidad de la pareja. Sin embargo, parecieron ser más capaces que las mujeres de abstraerse de la afectividad para pensar en la sexualidad. La sexualidad, por lo menos cuando se piensa espontáneamente, no se liga en los hombres automáticamente a una relación de pareja, como fue el caso de las mujeres. Sin embargo, es considerada como un elemento fundamental al momento de pensar en el bienestar de una pareja estable.

Coexisten, de esta forma, discursos diversos. Aunque parecen ser menos marcados que antes, tras estas diferencias entre hombres y mujeres en la concepción de la sexualidad se mantendrían algunos elementos de modelos más tradicionales. Pese a que las mujeres consideran en mayor medida aspectos como el placer y la satisfacción física, la sexualidad sigue siendo para ellas un campo especialmente relacionado con la relación de pareja, con el amor y con la afectividad. Los hombres, por su parte, están de acuerdo en que en una relación de pareja la afectividad es algo importante para mantener una buena sexualidad, pero asocian ésta última más bien con el placer físico individual, relatando sus primeros encuentros sexuales como experiencias determinantes en la constitución de su identidad masculina.

Percepciones acerca de la sexualidad masculina y la femenina

Coherentemente con los resultados anteriores, las entrevistadas, especialmente las de mayor edad, señalaron que para tener sexo, las mujeres prefieren estar seguras de sus sentimientos hacia su pareja y de los de ésta hacia ellas. La sexualidad debe estar enmarcada en una relación de amor. Esto no quiere decir que el amor sea lo único que cuenta: especialmente las más jóvenes, piensan que la mujer busca el placer tanto como el hombre, pero sí creen que ellas 'se entregan' al sexo con más dificultad que ellos y por lo tanto tienen que estar más seguras de los sentimientos en juego. Llama la atención la persistencia de la utilización del concepto de 'entrega' en el lenguaje referido a la sexualidad femenina. Esta noción de dificultad nos retrotrae inevitablemente a concepciones tradicionales que asocian la sexualidad con el miedo al embarazo no deseado y la pérdida de control sobre la reproducción, y por otra parte, con el ideal de pureza en la mujer.

En esta misma línea, un aspecto interesante de resaltar es el valor que las mujeres entrevistadas asignaron a la virginidad femenina. Se observó aquí una diferencia entre las mujeres de mayor edad y las más jóvenes. En las primeras, la presencia de aspectos morales y de una educación más tradicional se reflejó en su aseveración de que lo ideal es no tener relaciones sexuales antes de casarse. En su experiencia, si ellas llegaban a tenerlas, vivenciaban siempre una gran culpabilidad y un sentimiento de traición a sus familias y a la religión.

En las segundas, sin embargo, la valoración de la virginidad no reflejó del todo una concepción conservadora ligada a la moral, sino que se relacionó más bien con la idea de 'entregarse' a alguien que se quiere, con el 'estar segura' de los propios sentimientos y de los del otro hacia ellas. Ser virgen antes del matrimonio no es para ellas lo relevante: la sexualidad antes de casarse no es algo 'impuro' si se experimenta dentro de una relación afectiva. Aunque la noción de entregarse a un otro permanece, se observa en esta entrega una preocupación por la mantención de la relación, más que sentimientos de culpa ligados a una moral institucional. La dificultad en la 'entrega' sexual hacia otro parece mitigarse si existe amor de por medio.

Cuando las mujeres se refirieron a la sexualidad masculina, marcaron diferencias importantes para cada género, lo que parece continuar reproduciendo modelos más tradicionales, cercanos a la masculinidad hegemónica y al doble estándar moral sexual. Si bien las mujeres expresaron que para ellas la búsqueda de satisfacción es algo importante, y se reconocieron como seres sexuados, señalaron que ellas son capaces de 'retenerse' más, valorando por sobre todo la estabilidad en la pareja. Para ellas, los hombres son más 'animalitos' y parecen reflexionar menos ante la urgencia de su sexualidad. Esta idea de 'impulsividad' hace pensar en la persistencia de una concepción del hombre como 'menos controlable' y con un deseo sexual mayor. Este elemento pareció importante desde el punto de vista de la adhesión inconsciente de las propias mujeres a modelos que reproducen las desigualdades entre los géneros: bajo esta óptica, ellas describieron la infidelidad masculina como algo más esperable, o por lo menos más entendible, y la fidelidad femenina como necesaria para salvaguardar la relación. Se observa aquí nuevamente el mandato de control asociado a la sexualidad de las mujeres.

Los hombres, por su parte, señalaron directamente que 'el hombre' tiene más deseo sexual que 'la mujer'. Es interesante como al hablar de 'la mujer' o de 'el hombre', se naturaliza y se generaliza a través del lenguaje la diferencia sexual asociada al género. El hombre está siempre dispuesto a tener sexo, y debe 'controlarse en sus instintos'. Pareció importante recalcar la noción de 'urgencia' mencionada para 'el hombre' pero no para 'la mujer'. Esto sería concordante con estereotipos que se refieren a la sexualidad masculina como una sexualidad activa y que reacciona fácilmente ante diversos estímulos, y a una sexualidad femenina más pasiva, más reposada, más 'controlada'. Las respuestas de los hombres se dividen nítidamente en dos períodos, el antes y el después de la pareja actual. Esta 'impulsividad' era algo que se podía vivir más libremente antes de tener un compromiso estable, y después es algo que debe ser 'controlado'. En la misma línea, Benavente y Vergara70 describen la permanencia del mandato hacia las mujeres hacia el control de la propia sexualidad, pero también de la sexualidad de sus parejas ante la noción de urgencia e inevitabilidad del deseo masculino. De esta forma, son las mujeres quienes deben establecer los límites a los deseos incontrolables de sus parejas al permitirles satisfacerlos dentro de la propia relación.

Negociación sexual en la pareja

¿Cómo ajustan hombres y mujeres sus expectativas al momento de vivir la sexualidad con sus parejas? La información recogida mostró que, en general, los entrevistados conversan muy poco acerca de las condiciones de su sexualidad con sus parejas. Si bien las mujeres sienten que pueden expresar más libremente que antes sus necesidades y sus deseos, el proceso de toma de acuerdos no está para ellas exento de dificultades. Cuando las necesidades de ambos son contradictorias, especialmente en el tema del deseo y de la disposición al encuentro sexual, sus parejas generalmente reaccionan con cierto desagrado, por lo que la mayor parte de las mujeres termina cediendo ante las demandas de los hombres. En relación a la discordancia del deseo, la Encuesta Nacional de Comportamiento Sexual71 mostró que pelear o discutir son las alternativas menos usadas, mientras que el no hablar o el seducir son comportamientos que asume más de un tercio de los hombres y de las mujeres que reconocen discordancia. La conducta de no hablar es definida por los investigadores como no-negociación y la conducta de seducción como negociación, ya que necesita del consentimiento del otro a quien se seduce. Por último, la encuesta describe el ceder ante las demandas de otro como una alternativa de evitación del conflicto y por lo tanto de no-negociación. Desde esta misma lógica, nuestros resultados nos muestran que los entrevistados no negocian con sus parejas su disposición al sexo. La mayoría de las mujeres señalan que en ocasiones no tienen deseo, lo que casi nunca ocurre al revés. Las respuestas de los hombres señalan también que son las mujeres las que a veces no están dispuestas a tener sexo. Observamos lo mismo para el caso de otros países: en la última encuesta de comportamiento sexual realizada en Francia, por ejemplo, las mujeres respondieron cuatro veces más que los hombres haber aceptado tener relaciones sexuales sin desearlo.72 Ante esta situación, nuestras entrevistadas describen que, para evitar el conflicto, ellas no hablan, sino que más bien ceden ante las demandas de los hombres. Por otra parte, los hombres tampoco negocian, ya que, o se molestan con sus parejas, lo que puede generar discusiones, o seducen, como una forma de evitar conflictos. Pero ¿qué significa seducir a otro? Desde nuestra perspectiva, la conducta de seducción podría ser también entendida como una conducta de no-negociación solapada: ¿Genera la seducción siempre deseo, o se trata nuevamente de ceder ante las demandas de un otro? Creemos que pensar la seducción como conducta de no- negociación es plausible a la luz de la demanda cultural de satisfacción mutua y de cuidado de la vida sexual como elemento importante en la vida de pareja. Al percibir las claves de seducción de sus parejas, las mujeres pueden, en algunas ocasiones, sentirse seducidas y experimentar deseo; en otras, sin embargo, podrían estar cediendo ante el riesgo de mantener una sexualidad insatisfactoria que haga peligrar el bienestar de su relación. Desde este punto de vista, la seducción puede ser entendida como un ajuste de expectativas o de significados relativos a la sexualidad y a la relación de pareja. Finalmente no es el deseo el que se negocia, sino que otros elementos implicados en la relación de pareja. Profundizaremos este tema en la discusión.

Por último, en nuestro estudio, solo en el campo planificación familiar las mujeres manifestaron un claro poder de decisión. La cantidad de hijos y el momento propicio para los embarazos son los únicos temas que nuestros entrevistados conversan en pareja, aunque finalmente son siempre ellas quienes deciden. En este ámbito, las mujeres son capaces de señalar directamente a sus parejas sus deseos, sus dudas y sus aprehensiones. Al decidir sobre su propio cuerpo, existiría una mayor toma de conciencia, en relación al pasado, acerca de los derechos sexuales y reproductivos de la mujer. Sin embargo, esto podría estar reflejando también el mantenimiento de la asociación de la mujer con la responsabilidad de la maternidad y con el mandato del control sobre la reproducción. Si bien en nuestros entrevistados los métodos anticonceptivos son siempre negociados, la última palabra la tiene la mujer y finalmente la responsabilidad recae sobre ella.

 

Discusión

Los resultados sugieren que las demandas culturales de igualdad y de reciprocidad dentro de una pareja, la obligación de satisfacción mutua en el ámbito sexual, así como la posibilidad de autonomía individual en la elección entre diversas alternativas posibles, coexisten aún hoy, al menos en algunos sectores de la sociedad chilena, con un orden más tradicional de división de géneros. De esta manera, se encontraron algunas significaciones y prácticas más cercanas al modelo de masculinidad hegemónica y del doble estándar moral sexual, las que parecen persistir frente al lento desarrollo de nuevos escenarios culturales.

Discursos sobre el bienestar como fuente de estabilidad de la pareja, así como la prescripción de una sexualidad acordada y negociada desde los propios individuos, circulan permanentemente en nuestra sociedad, convirtiendo la sexualidad en un asunto individual y de libre elección. Estos mandatos se plasman en las respuestas de nuestros entrevistados, los que resaltaron una y otra vez la búsqueda de una sexualidad satisfactoria como fuente de bienestar para sus parejas, asumiendo, especialmente las mujeres, la obligación de cuidado de su vida sexual.

Por otra parte, a nivel discursivo, la relación de pareja y la sexualidad son hoy en día pensadas en función de un ideal de relación pura.73 Se trataría de un proyecto de a dos que contempla la igualdad sexual y emocional entre hombres y mujeres, y la negociación entre ambos, procurando la mantención de las individualidades en una relación confluente.74 La pareja es definida desde la búsqueda de la comunicación emocional, considerando que las recompensas derivadas de dicha comunicación serían la base primordial para que este tipo de relación confluente se mantenga.75

Nuestros resultados nos muestran, sin embargo, que esta visión un tanto voluntarista de la sexualidad y de la relación de pareja, propia de un contexto de individualización social en que, desde la igualdad de oportunidades, las personas son llamadas a negociar con otros y a construirse a sí mismas a través de la reflexividad individual,76 se vería aún enfrentada a estilos de subjetivización tradicionales, los que mantendrían el desequilibrio de poder entre géneros. Observamos así en las respuestas de nuestros entrevistados acerca de su sexualidad, polaridades relacionadas con el 'control' femenino y el 'descontrol' masculino, o la dificultad de las mujeres para 'entregarse' frente a la inevitabilidad de la sexualidad de los hombres. Estas polaridades contienen implícita la idea de un miembro de la pareja que debe entregarse a otro y ayudarlo en su descontrol. Coincidimos con Benavente y Vergara77 en su concepción del cuerpo para otro de las mujeres y del cuerpo para sí de los hombres. En la misma línea, Bozon,78 al acuñar el concepto de orientaciones íntimas para describir las maneras en las que los individuos interpretan sus experiencias sexuales, describe una predominancia en las mujeres del modelo denominado de la sexualidad conyugal, en el que la vida sexual estaría al servicio de la construcción de pareja, siendo el alimento de la relación e informado del funcionamiento o éxito de ésta.79 En los hombres predominaría un segundo modelo, denominado del deseo individual, en el que el deseo sexual, más centrado en el sujeto mismo, es interpretado como una pulsión. Aunque se dirija a una pareja específica, el deseo tiene significación por sí mismo para el individuo, al igual que la elicitación del deseo en otro. Es el retorno regular de la disposición al deseo y a ser deseado lo que confirma al individuo en su identidad. Esta afirmación es coincidente con nuestros resultados, por cuanto los hombres, a través del cuerpo para sí, mantienen la idea de una sexualidad ligada al placer y a la pulsión individual, a diferencia de las mujeres, quienes si bien hablan también de placer, describen su vida sexual en función del afecto y de la relación de pareja.

Frente al ideal de una sexualidad negociada, en la asociación de la sexualidad femenina con las nociones de entrega, de control, de satisfacción del otro, observamos en nuestros resultados un límite confuso entre el mandato de reciprocidad y finalmente la postergación de las propias necesidades. ¿Se establece efectivamente una relación de reciprocidad? ¿Expresan las mujeres sus necesidades ante los desacuerdos? En sus respuestas ellas señalan que generalmente ceden ante las demanas de sus hombres, porque deben "cuidar" la sexualidad en su relación de pareja. Pero alcanzar la igualdad en una relación necesita del reconocimiento mutuo. En términos de Honnetf,80 la relación amorosa, concebida como ideal de individuación recíproca, debe contemplar una común dedicación y la consideración de las necesidades del otro. Percibimos con dificultad en nuestros resultados un reconocimiento recíproco en hombres y mujeres. Desde esta perspectiva, tal y como lo señalamos en los resultados, podemos interpretar el silencio como una conducta de no-negociación ante la discordancia del deseo. No hablar ante el desacuerdo es no expresar verbalmente las propias necesidades. Pero la seducción, para algunos una forma de negociación, no implica necesariamente un reconocimiento de las necesidades de quien se seduce, lo que podría estar manteniendo también el estatus quo en relación a mujeres postergando una vez más sus propias necesidades, esta vez en pos de un mandato de bienestar sexual en la pareja. En el ceder y en el seducir operaría un ajuste de expectativas en relación a la sexualidad, lo que no siempre implica tomar en cuenta las necesidades del otro, especialmente si los significados disponibles mantienen la desigualdad. Es posible cuestionar entonces la noción de negociación sexual concebida sólo como una práctica verbal. La toma de acuerdos operaría más bien en forma implícita, adoptando la forma de un ajuste de significados, lo que, aunque puede ser entendido como una forma de negociar, no asegura siempre el equilibrio en relación a las necesidades de cada individuo.

En este sentido, concordamos con Moreno81 en su argumento de que hombres y mujeres no entrarían siempre a una relación de pareja en condiciones de igualdad, y por lo tanto no estarían al mismo nivel al momento de negociar. Especialmente en países con población de alta vulnerabilidad social, las fuertes inequidades en las condiciones de vida dificultarían oportunidades de elección en diversas materias.82 Así, continuarían existiendo diferencias en cuanto a las condiciones materiales que contextualizan la relación, tales como las responsabilidades asignadas a las labores domésticas y al cuidado de los hijos, al nivel de involucramiento en el trabajo remunerado, a la contribución económica al ingreso familiar.83 Esta división desigual es un factor importante en relación al tiempo y energía destinados al encuentro sexual, lo que podría explicar en parte las discordancias del deseo y el por qué son ellas quienes en ocasiones están menos disponibles para el encuentro sexual, más allá de nociones esencialistas. Pero como observamos en nuestros resultados, a estas diferencias estructurales se asocian también desigualdades en términos de la subjetivización de género en relación a la sexualidad, subrayando la noción de entrega y de cuerpo para otro en la sexualidad femenina.

Sugerimos entonces que discursos como el de la individualización y de la relación pura sean utilizados con cautela al momento de estudiar la pareja y la sexualidad, considerándolos más bien como ideales que se enfrentarían a las dificultades que impone aún la permanencia de diferencias en la delimitación de roles de género. Frente al mandato de búsqueda de autonomía y de reciprocidad, se hace necesario entonces intentar interpretaciones que de alguna forma confronten o contextualicen una explicación de este tipo en cada realidad particular, evitando así la reproducción de la desigualdad entre géneros a partir de escenarios culturales en apariencia más democráticos, pero que no siempre se condicen con las condiciones materiales y subjetivas que operan en una relación de pareja.

 

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Recebido em 31 de dezembro de 2008, reapresentado em 7 de setembro de 2010 e aceito para publicação em 6 de outubro de 2010

 

 

1 La mayor parte de los estudios recientes en materia de sexualidad han indagado en las prácticas, significados u orientaciones normativas relacionadas con el comportamiento sexual. Por ejemplo, las grandes encuestas en Francia (Alfred SPIRA, Nathalie BAJOS y GRUPO ACSF, 1993; Nathalie BAJOS y Michel BOZON, 2008), en Finlandia (Elina HAAVIO-MANNILA y Osmo KONTULA, 1995), en USA (Edgard LAUMANN, John GAGNON, Robert MICHAEL y Stuart MICHAELS, 1994) y en Chile (CONASIDA, 2000). La epidemia del sida contribuyó a focalizar las encuestas en temas de salud reproductiva. Tal es el caso de las DHS (Demographic and Health Surveys) y de las encuestas de la OMS sobre el sida, y también de algunas encuestas en Europa, USA, Brasil y Chile (BOZON, 2009b). Desde una aproximación cualitativa, las investigaciones se han orientado generalmente hacia los significados que las personas dan a la sexualidad en sus vidas (María Cristina BENAVENTE y Claudia VERGARA, 2006; Sinikka ELLIOT y Debra UMBERSON, 2008; Dariela SHARIM, Uca SILVA, Andrea RODÓ y Diana RIVERA, 1996; Teresa VALDÉS, Jaqueline GYSLING y María Cristina BENAVENTE, 1999).
2 BENAVENTE y VERGARA, 2006; BOZON, 2009a; Oscar DE CRISTÓFORIS, 2009; ELLIOTT y UMBERSON, 2008.
3 DE CRISTÓFORIS, 2009.
4 Françoise HERITIER, 1996.
5 BOZON, 2009a.
6 Sofia ABOIM, 2006.
7 BOZON, 2009a; ELLIOTT y UMBBERSON, 2008; Claudia MORENO, 2008; PALMA, 2006.
8 Se ha descrito, principalmente desde la sociología, la existencia de importantes procesos de individualización social ocurridos a partir de la mitad del siglo XX. Las personas estarían expuestas, como producto de la caída de algunas de las instituciones tradicionales, con roles establecidos y fijos, a una mayor cantidad de referentes en la construcción de su proyecto identitario, debiendo improvisar autónomamente sus propias biografías (Jacqueline BARUS-MICHEL, Eugène ENRIQUEZ y André LEVY, 2002; Ulrich BECK y Elisabeth BECK-GERNSHEIM, 2003; BOZON, 2009a; Manuel CASTELLS, 1999; Soledad HERRERA, 2007; Anthony GIDDENS, 1992; Gilles LIPOVETSKY, 1986; MORENO, 2008; PNUD, 2002).
9 BECK y BECK-GERNSHEIM, 2003; BENAVENTE y VERGARA, 2006; BOZON, 2009a; DE CRISTÓFORIS, 2009; François DE SINGLY, 2002 y 2005; GIDDENS, 1992; Jean-Claude KAUFMANN, 1993; Niklas LUHMANN, 1985; MORENO, 2008; PALMA, 2006; SHARIM, 2005; Teresa VALDÉS y Ximena VALDÉS, 2005; Jeffrey WEEKS, 1998a y 1998b.
10 PNUD, 2002.
11 BECK y BECK-GERNSHEIM, 2003.
12 GIDDENS, 1992.
13 DE CRISTÓFORIS, 2009; GIDDENS, 1992.
14 DE SINGLY, 2002.
15 Andréa MORAES, 2009.
16 GIDDENS, 1992.
17 MORENO, 2008; PALMA, 2006; SHARIM, 2005; SHARIM, SILVA, RODÓ y RIVERA, 1996; VALDÉS y VALDÉS, 2005.
18 Mabel BURIN, 1998.
19 ELLIOTT y UMBERSON, 2008.
20 FOUCAULT, 1976 y 1984; WEEKS, 1998a y 1998b.
21 BENAVENTE y VERGARA, 2006.
22 BURIN, 1998.
23 BENAVENTE y VERGARA, 2006; SHARIM, 2005.
24 BOZON, 2009a.
25 SHARIM, 2005.
26 CRAWFORD y POPP, 2003, citados en ELLIOTT y UMBERSON, 2008.
27 Gad HOROWITZ y Michael KAUFMAN, 1989.
28 Ivone SZASZ, Olga ROJAS y José Luis CASTREJÓN, 2008.
29 CONNELL, 2003, citado en Ana AMUCHÁSTEGUI y Ivone SZASZ, 2007.
30 Michel KIMMEL, 1992; Victor SEIDLER, 1995.
31 AMUCHÁSTEGUI y SZASZ, 2007.
32 María Lucero JIMÉNEZ y Olivia TENA, 2007.
33 Norma FULLER, 1997.
34 SZASZ, ROJAS y CASTREJÓN, 2008.
35 KIMMEL, 1992.
36 SEIDLER, 1995.
37 SEIDLER, 1995.
38 SZASZ, ROJAS y CASTREJÓN, 2008.
39 Para el caso de Chile, se ha descrito un nivel mayor de individualización social en personas jóvenes y de mayor nivel socioeconómico (PNUD, 2002).
40 SZASZ, ROJAS y CASTREJÓN, 2008.
41 ABOIM, 2006; Anália TORRES, 2000.
42 Nathalie BELTZER, Nathalie BAJOS y Anne LAPORTE, 2008.
43 Michel BOZON, Cecilia GAYET y Jaime BARRIENTOS, 2009.
44 BENAVENTE y VERGARA, 2006; PNUD, 2002.
45 BENAVENTE y VERGARA, 2006; CONASIDA, 2000; SHARIM, SILVA, RODÓ y RIVERA, 1996.
46 Jimena SEGOVIA y Jaime DELGADO, 2008.
47 BENAVENTE y VERGARA, 2006; SEGOVIA y DELGADO, 2008; SHARIM, 2005.
48 PNUD, 2002.
49 Para más información del concepto de escenarios culturales se sugiere consultar John GAGNON y William SIMON, 1973.
50 MORAES, 2009.
51 ELLIOT y UMBERSON, 2008.

52 CONASIDA, 2000.
53 CONASIDA, 2000; CRAWFORD, KIPPAX y WALDBY, 1994; GALARZA y SERRANO-GARCÍA, 1997, ambos citados en Patricia NOBOA y Irma SERRANO, 2006.
54 CONASIDA, 2000.
55 CRAWFORD, KIPPAX, y WALDBY, 1994, p. 2, citados en NOBOA y SERRANO, 2006, p. 24.
56 CONASIDA, 2000.
57 Mariane KRAUSE, 1995; Julio MEJÍA, 2004.
58 Michael PATTON, 1990; Charles TEDDLIE y Fen YU, 2007.
59 Agradecemos a DOMOS, Centro de Desarrollo de la Mujer y a SIGDO KOOPERS, S.A.
60 Según datos entregados por el Ministerio de Planificación de Chile en su Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional (CASEN, 2000).
61 PNUD, 2002.
62 Uwe FLICK, 2004; Alvaro GAÍNZA, 2006.
63 Laurence BARDIN, 1977.
64 Michel MOLITOR, 1990.
65 MOLITOR, 1990.
66 Teresa VALDÉS, 1988; Teresa VALDÉS, Jacqueline GYSLING y María Cristina BENAVENTE, 1999; BENAVENTE y VERGARA, 2006.
67 BAJOS y BOZON, 2008; SPIRA, BAJOS y GROUPE ACSF, 1993.
68 CONASIDA, 2000.
69 BENAVENTE y VERGARA, 2006.
70 BENAVENTE y VERGARA, 2006.
71 CONASIDA, 2000.
72 Michèle FERRAND, Nathalie BAJOS y Armelle ANDRO, 2008.
73 GIDDENS, 1992.
74 MORENO, 2008.
75 GIDDENS, 1992.
76 BOZON, 2009a; Axel HONNETH, 2008.
77 BENAVENTE y VERGARA, 2006.
78 BOZON, 2001.
79 BOZON, 2001.
80 HONNETH, 1997.
81 MORENO, 2008.
82 Fernando ROBLES, 2000.
83 BELTZER, BAJOS y LAPORTE, 2008.