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Revista Estudos Feministas

Print version ISSN 0104-026XOn-line version ISSN 1806-9584

Rev. Estud. Fem. vol.26 no.3 Florianópolis  2018  Epub Sep 06, 2018

http://dx.doi.org/10.1590/1806-9584-2018v26n348715 

Artigos

Memorias de las militancias femeninas antes del Golpe de Estado (Valparaíso)

Memories of Women's Militancy before the Coup d'État in Chile (Valparaíso)

María Angélica Cruz Contreras1 
http://orcid.org/0000-0002-6958-859X

1Universidad de Valparaíso, Centro de Estudios Interdisciplinarios sobre Cultura Política, Memoria y Derechos Humanos, Instituto de Sociología, Valparaíso, Chile

Resumen:

Este trabajo aborda las articulaciones entre género y memorias sociales de la dictadura cívico-militar chilena focalizadas en las trayectorias políticas de mujeres militantes de izquierda. Partimos problematizando las relaciones entre género y memoria, seguido del análisis sobre el inicio de la participación política de las mujeres. Metodológicamente nos basamos en relatos de vida de mujeres que fueron jóvenes militantes durante la Unidad Popular, tras el Golpe de Estado experimentaron la represión política, se involucraron en la resistencia contra la dictadura, y en el presente permanecen activas políticamente. El análisis problematiza cómo el género se reproduce y se desafía al hacer memoria sobre el pasado reciente. A partir de ello concluimos sobre la pertinencia de partir del punto de vista de las mujeres, que reclaman las epistemologías feministas, al articular memoria y género.

Palabras clave: Trayectorias políticas de mujeres; Memorias Sociales; Epistemologías Feministas; Género

Abstract:

This work deals with the links between Gender and Social Memories of Dictatorship in Chile, focusing on the political trajectories of left-wing female activists. We begin by problematizing the connections between Gender and Memory, followed by an analysis of the beginning of these women’s political activity. We draw from a Life History methodology to learn about women who participated as young activists during the Popular Union, were politically persecuted after the Coup d’État, were involved in resistance groups, and remain politically active today. The analysis explores the way gender is reproduced and challenged in the making of a memory of the recent past. Departing from there, we conclude about the appropriateness of a Women’s Standpoint as a starting one, as Feminist Epistemologies claim, in order to articulate Social Memory and Gender.

Keywords: Female Political trajectories; Social Memory; Feminist Epistemologies; Gender

1. Presentación1

Muchas voces, provenientes tanto del ámbito académico como desde el movimiento de derechos humanos, nos han mostrado que las sociedades que vivieron regímenes autoritarios y violencias políticas no pueden suprimir el pasado solo porque avancen los años. Chile, como parte de un Cono Sur marcado por las dictaduras militares, no ha sido la excepción.

Sea de manera oficial o contra hegemónica, mediante conmemoraciones, testimonios y memoriales, a través del arte o de los medios de comunicación, el pasado se cuela en el presente. Por supuesto, lo acontecido no es interpretado de manera unívoca ni estática, sino más bien bajo heterogéneas modalidades, las que, a su vez, van cambiando de acuerdo a los nuevos contextos históricos. Asimismo, actores e instituciones entran en disputa respecto de qué y cómo rememorar, silenciar u olvidar. A todo ello aluden las memorias sociales sobre pasados violentos. No se trata de recordar por recordar, sino que los sentidos con los que se reconstruye el pasado se hacen en función de objetivos, dilemas y orientaciones colectivas del presente y de expectativas acerca de futuros compartidos. Allí es entonces donde las memorias, siempre en plural, se entrelazan con la política. Estoy resumiendo apretadamente algo que ya es materia sabida para quienes desde distintas disciplinas -y de modo interdisciplinario- venimos conformando el llamado campo de los estudios sociales de la memoria. Como argumentaremos más adelante, este campo no debiera eludir la cuestión de género si espera comprender la dimensión social del recuerdo y del olvido.

En lo que concierne a Chile, el 11 de septiembre de 1973 las Fuerzas Armadas derrocaron al gobierno de la Unidad Popular liderado por el presidente Salvador Allende, gobierno que se propuso desarrollar un programa de grandes transformaciones socialistas dentro de un régimen democrático. La dictadura cívico-militar,2 encabezada por el General Pinochet, duró largos 17 años, durante los cuales se violaron sistemáticamente los derechos humanos a través del terrorismo de Estado, y transformó radicalmente el modelo económico implantando una serie de políticas neoliberales. En 1988, con un plebiscito en el cual ganó el “No” a la continuidad de Pinochet en el poder, se inició una transición pactada que permitió la reinstalación de un régimen democrático en marzo de 1990. Sin embargo, dadas las insuficiencias democráticas que permanecieron, para muchos y muchas la transición se extendió hasta 1998, cuando el ex dictador fue detenido en Londres por crímenes de lesa humanidad.

Con todo, tras la recuperación democrática se cursaron diferentes políticas públicas de memoria destinadas a avanzar en verdad, justicia y reparación por las violaciones a los derechos humanos. En el plano socioeconómico, los gobiernos de centroizquierda que se sucedieron hasta el año 2009 impulsaron políticas que buscaban mejorar la equidad, pero sin alterar el modelo económico. Por otra parte, la vuelta a la democracia coincidió con un período de alta desmovilización social que vino a contrastar con las fervientes luchas de finales de los años 60’ y las movilizaciones contra la dictadura durante los 80’; no obstante, particularmente a partir del 2011, han comenzado a visibilizarse viejos y nuevos actores sociales reclamando desde una nueva constitución - la actual es aún heredera de la dictadura - hasta cambios sustantivos en la forma de garantizar derechos sociales (especialmente en educación), reclamar por desigualdades territoriales asociadas a la centralización o a las consecuencias de un modelo extractivista, reconocer las demandas de los pueblos originarios y, en los últimos años, movilizarse por los derechos de sexo-género como las demandas por la despenalización del aborto, el rechazo a la violencia de género y el reconocimiento de las disidencias sexuales.

Tanto en dictadura como en democracia, diferentes memorias sociales han pugnado por interpretar qué ocurrió en la sociedad chilena y qué consecuencias tuvo para la vida en común. A casi 45 años del Golpe de Estado conviven memorias y contra memorias emblemáticas (Steve STERN, 2002) sobre la violencia de Estado; pero además, con las últimas movilizaciones sociales, (re)aparecen nuevas memorias que no sólo rememoran las violaciones a los derechos humanos, sino también las transformaciones neoliberales impuestas en dictadura y las prácticas de resistencia de diversos actores sociales (Cath COLLINS; Katherine HITE; Alfredo JOIGNANT, 2013).

En los últimos años, algunas investigadoras han venido insistiendo sobre la necesidad de incorporar la perspectiva de género en el estudio de las memorias sociales acerca de las dictaduras del Cono Sur; sin embargo, Elizabeth Jelin nos ponía ese desafío hace ya casi dos décadas.3 En tanto me he formado bajo su mentoría e influencia, este trabajo se inspira en esa invitación como deuda pendiente.

Actualmente, llevo a cabo un proyecto de investigación4 que se interroga por cómo se está (re)construyendo el género en su articulación con las memorias sociales de la dictadura cívico-militar chilena, cuestión que aterrizo empíricamente tomando las prácticas políticas del presente como escenarios de investigación. En otras palabras, y reinterpretando el argumento de Elena Casado (2002) para la transición española, queremos saber ¿cómo se construyen las nociones de ‘Mujeres’ y de ‘Hombres’ en los discursos sobre la dictadura?; ¿de qué modo en las formas de hacer memoria, la diferencia sexual se convierte en una distinción socialmente relevante?; ¿en qué situaciones se articulan unas determinadas identidades de género?; ¿cuáles son las representaciones del género al hacer memoria del pasado reciente?

Nuestra hipótesis es que, en las memorias sociales sobre el pasado reciente, no sólo las mujeres seguimos siendo invisibilizadas, sino que el género es reconstruido desde formas disímiles, de manera que opera una cierta actualización del orden dominante de género a la vez que prácticas que lo disputan e incluso transforman.

Para ello, trabajo con un corpus empírico que, a modo de collage, mezcla desde entrevistas a cargos de representación (alcaldesas/es, diputadas/os y concejeras/os municipales) y análisis de campañas electorales, hasta el seguimiento de marchas y protestas públicas, foros virtuales y entrevistas a distintos colectivos y movimientos sociales.

Pese a la diversidad de prácticas políticas que incluyo, nos interesan particularmente las experiencias más directas de la represión política, las posiciones de las mujeres, los feminismos y las sexualidades disidentes. Ello porque, como hemos argumentado en otro lugar (María Angélica CRUZ, 2015), nos convocan las interpelaciones de ciertas epistemologías feministas que defienden que la objetividad fuerte se construye no desde la neutralidad, sino que aprendiendo a mirar desde las posiciones subalternas y las formas en que éstas se mantienen (Donna HARAWAY, 2004; Sandra HARDING, 2008).

En este artículo nos concentraremos en interpretar cómo se (re)producen y/o modifican ciertas normas hegemónicas del género desde la rememoración de diversas trayectorias políticas de mujeres que, a finales de los años 1960, militaron en partidos de izquierda, luego vivieron la represión y la resistencia durante la dictadura chilena y que hasta el día de hoy permanecen activas políticamente. Arrancamos compartiendo parte de la problematización teórica del proyecto, seguido del análisis sobre los inicios de la participación política reconstruidos mediante relatos de vidas. A partir de ello, cerramos argumentando la relevancia de partir desde el punto de vista de las mujeres que proponen las epistemologías feministas.

2. De memorias sociales, género y su articulación

En el campo de los estudios sociales de la memoria, hemos venido trabajando sobre las disputas por las memorias de la dictadura chilena, particularmente la participación de la Iglesia Católica, las transmisiones intergeneracionales y las articulaciones entre estudios de memorias y epistemologías feministas (CRUZ, 2004, 2017; María José REYES; Marcela CORNEJO; CRUZ; Constanza CARRILLO; Patricio CAVIEDES, 2015). Teóricamente, seguimos las perspectivas que asumen la memoria social como un concepto para interrogarnos sobre cómo van tomando forma los sentidos acerca del pasado en función de los desafíos del presente, en el acto de rememorar y olvidar (Maurice HALBWACHS, 1968; David MIDDLETON; Derek EDWARDS, 1990; Elizabeth JELIN, 2002), asumiendo que la memoria opera como una práctica social (Félix VÁZQUEZ, 2001). Así, entendemos que las memorias no sólo no son unívocas, sino que están en permanente disputa entre memorias oficiales, sueltas, emblemáticas (Steve STERN, 2000) y subalternas (Enzo TRAVERSO, 2007), entre otras, que tratan de hegemonizar los sentidos del pasado. Igualmente, reconocemos que las memorias son centrales en la producción de identidades y los sentidos de pertenencia a una comunidad (Michael POLLAK, 2006). Ejemplificándolo en Chile, se suele asociar la demanda por recuperar la memoria a las organizaciones de derechos humanos que se caracterizan por un fuerte protagonismo de mujeres y que son reconocidas especialmente desde su vínculo familiar con las víctimas del terrorismo de Estado. Bajo la figura icónica de las Madres de los Detenidos Desaparecidos, ellas reclaman por la violencia ejercida contra sus hijos, pero también se suman a múltiples movilizaciones del presente, por ejemplo, las estudiantiles. Sin embargo, también sectores de derecha, con una marcada visibilidad femenina, han defendido el “legado” del General Pinochet como parte de sus argumentos de mujeres defensoras de la vida, movilizándose contra el proyecto de ley que en Chile despenalizó el aborto en tres causales recién en el año 2017. En ambos casos las memorias sociales nutren identidades y proyectos políticos actuales.

Con relación al género, se trata de un concepto histórico y polifónico, en correlato con las distintas maneras de asumir el feminismo. Nuestra postura se ubica en lo que se conoce como feminismo posestructuralista, especialmente vinculado a la perspectiva que ofrece Judith Butler (2007), por lo que adoptamos el género en términos situacionales (HARAWAY, 2004; HARDING, 2008; Elena CASADO, 2003; Carmen ROMERO, 2006), reconociendo su carácter relacional en vez de sustantivo, así como su capacidad para crear significados. Desde esta perspectiva, el género y el sujeto mujeres son entendidos como posiciones de sujeto que emergen en situaciones históricas contingentes, que no es lo mismo que ocupar voluntariamente posiciones abiertas a la reinterpretación ilimitada. En ese sentido, nos interesa preguntarnos por cómo ‘trabaja’ el género más que por lo que el género ‘es’. Lo anterior conlleva reconocer su carácter material-semiótico, de forma que la atención a la materialidad de las actualizaciones del género nos evite el riesgo de los textualismos que difuminan las relaciones de dominación. Esto implica entender las identidades de género dentro de las relaciones en cuales se inscriben y no como algo previo a ellas (CASADO, 2003).

Al revisar la literatura sobre Memoria Social y Género en el Cono Sur, se aprecia un interés creciente por el diálogo entre ambos campos, en la pregunta por cómo el género ha condicionado las experiencias de represión y si las dictaduras han interceptado también las agendas feministas (Cristina SCHEIBE WOLFF; Janine GOMES DA SILVA; Nuncia A.S. DE OLIVEIRA, 2015). En ese sentido, algunas investigaciones exploran tanto las dictaduras y sus efectos como la fase pre-golpista, observando los distintos estereotipos de género en el continuo golpista-autoritario (María Amelia DE ALMEIDA TELES, 2015).

Como hemos argumentado en otro trabajo sobre este mismo proyecto (CRUZ; Erick FUENTES, 2017), identificamos tres grandes directrices en un conjunto de investigaciones que, sin responder a un continuo lineal o excluyente, relacionan memoria y género.

Primero, encontramos diversos estudios sobre las consecuencias que las dictaduras militares tuvieron para las mujeres, en especial la represión política. Así, se han investigado los discursos de los diferentes informes oficiales que han buscado documentar la verdad sobre lo acontecido. En ellos se observa que temas como la violencia sexual, la feminización de la pobreza o las condiciones de vida a las que se vieron sometidas las mujeres durante la dictadura fueron marginados de la narrativa oficial. Algo similar ocurrió en los discursos de las organizaciones de derechos humanos, donde tales experiencias ocuparon un lugar subalterno. En estas memorias, las voces de las mujeres rara vez van más allá de ‘atestiguar’ sobre la represión contra compañeros y familiares. Se reclama entonces que no existe un marco de interpretación para el miedo permanente, las dificultades asociadas a la subsistencia o los conflictos vividos por las mujeres producto de la represión (Hillary HINER, 2009). Junto con eso se ha estudiado cómo las trasformaciones impuestas por las dictaduras implicaron profundos retrocesos en los derechos de las mujeres (Virginia GUZMÁN; Ute SEIBERT, 2010) e impactaron las relaciones de género (Heidi TINSMAN, 2000).

Una segunda directriz demanda rescatar el papel jugado por las mujeres en las luchas contra las dictaduras, reivindicando su capacidad de agencia tras una primera aproximación que habría centrado su atención en ellas sólo como víctimas (Margarita IGLESIAS SALDAÑA, 2010; Kelley BOLDT; Timothy WHITE, 2011). Aquí se constata que las mujeres han sido marginadas de las memorias de la resistencia, particularmente sus militancias en movimientos armados, por ende se investigan esas acciones así como las dificultades que ellas enfrentaron con sus pares masculinos (Cherie ZALAQUETT, 2011; Tamara VIDAURRÁZAGA, 2012; Alejandra OBERTI, 2014).

Del mismo modo, se observa una reivindicación del heroísmo de las militantes de izquierda, en la idea de que muchas de ellas sacrificaron sus vidas, lazos familiares y afectivos en pos de un ideario político o de liberación. Junto con eso, se analizan las renuncias a las demandas de género en favor del éxito del proyecto de izquierda en el que militaban junto a los hombres (Donna CHOVANEC, 2009; BOLDT; WHITE, 2011; Graciela SAPRIZA, 2009; Temma KAPLAN, 2007).

De manera análoga, al investigar las acciones realizadas para derrocar a la dictadura chilena desde la calle y las urnas, se ha reclamado la importancia de reconocer la aparición contestataria de agrupaciones de mujeres y feministas que demandaron Democracia en el país y en la casa (Vanessa TESSADA, 2013). Se destaca entonces el “encuentro público de las acciones de muchas mujeres en épocas de dictadura en América Latina [como uno de los] aportes más impactantes de la vida colectiva” (IGLESIAS SALDAÑA, 2010, p. 224). Desde allí, se estudia la presencia de mujeres en las acciones de resistencia activa, la importancia de las mujeres pobladoras, las formas de solidaridad ante la crisis económica, la organización social, las protesta contra las dictaduras, entre otras (BOLDT; WHITE, 2011; HINER, 2005; TINSMAN, 2000). Igualmente, desde los estudios culturales, se ha investigado la crítica que emerge en los círculos intelectuales de vanguardia en los años 80’ (Marie Louise PRATT, 1996), así como también las prácticas de las mujeres que se opusieron a la dictadura desde la palabra escrita (Nelly RICHARD, 1998; Alicia SALOMONE, 2015).

El tercer eje, sin desconocer la relevancia de la victimización y la agencia de las mujeres durante la dictadura, enfatiza la necesidad de articular memoria y género interrogándose por cómo el género opera en los trabajos de la memoria. Así, se han investigado los prismas tradicionales de género con que se suele abordar la labor de las agrupaciones de derechos humanos, a partir de un enfoque ‘maternalista’ y ‘familista’. Desde esos prismas, las mujeres desaparecen como sujetos, trasmitiéndose principalmente aquellos sentidos asociados a la valentía y el sacrificio materno, o bien interpretando el conjunto de las memorias en una distinción tradicional entre el Estado represor (masculino) y las víctimas (femeninas) (HINER, 2005; Elizabeth JELIN, 2011).

En el mismo sentido, Hillary Hiner (2009) identifica los efectos de verdad que han producido las memorias oficiales a través de los Informes Rettig y Valech -informes que en Chile buscaron documentar la verdad sobre las desapariciones, ejecuciones y torturas- utilizando un análisis de género que le permite mostrar cómo se han construido las posiciones de víctima y victimario desde estas políticas de memoria, de manera tal que se termina legitimando una transición democrática que se presenta como lo totalmente opuesto a la dictadura, invisibilizando así las continuidades que persistieron en materia de autoritarismo y violencia. A su vez, salen a la luz aspectos no observables de la memoria a simple vista, como son los discursos en que se intenta presentar a las víctimas de la represión como personajes inocentes más que como sujetos políticos. Entre tanto, la imagen del victimario anónimo no contribuye a la explicación del pasado y los grados de autoritarismo heredados.

Del mismo modo, el trabajo de Oberti (2014) no solo documenta la militancia femenina en Argentina, sino que analiza la construcción de una subjetividad revolucionaria desde una perspectiva de género.

Finalmente, Leyla Troncoso e Isabel Piper (2015) identifican dos formas de investigar el cruce entre memoria y género en el Cono Sur: la idea de construir ‘una memoria propiamente femenina’ y la de ‘analizar modos propios de transmitir memorias de mujeres’. El argumento de las autoras defiende que, pese a que ambos enfoques son necesarios -en tanto contribuyen a disputar los contenidos hegemónicos de la memoria colectiva abriendo paso al reconocimiento de otros sujetos políticos- resultan insuficientes en la medida que arriesgan remitir a claves esencialistas para entender el género. De este modo, insertarían al sujeto femenino en un proceso social sin cuestionarse ni al sujeto ni al proceso, mientras que una articulación de género y memoria supone preguntarse por ambos elementos al mismo tiempo: “la memorización del género y la generización de la memoria” (TRONCOSO; PIPER, 2015, p. 66).

En esta tercera búsqueda se inspira nuestro proyecto; sin embargo, tal y como presentaremos al final, tenemos dudas de que esta tercera vía termine minimizando las dos primeras, vale decir, las memorias sobre cómo las dictaduras impactaron a las mujeres y cómo sus prácticas resistieron a la violencia y buscaron transformar el orden vigente. Retomaremos esto al final, tras ejemplificar algunas formas en las que estamos analizando la articulación entre memoria y género en los relatos de las mujeres.

3. Cómo el género es reproducido y tensionado en las memorias sobre los inicios de las trayectorias políticas

Como señalamos antes, partimos de dos pistas tomadas de Elizabeth Jelin (2011). Primero, que es en el plano de la subjetividad de las memorias dónde la dimensión de género se deja ver más directamente. Por esa razón nos concentramos en cómo ciertas mujeres reconstruyen sus trayectorias políticas a partir de sus relatos de vida. Segunda pista, en las memorias oficiales sobre el pasado reciente en Chile -tanto desde las instancias estatales como desde el movimiento de derechos humanos- los estereotipos tradicionales de género más bien se han reproducido, de ahí que optamos por indagar en memorias más sueltas, subalternas o subterráneas para explorar no sólo los modos en que el género se reproduce, sino también cómo éste se tensa o transgrede.

Para ello, nos contactamos con mujeres militantes de partidos y movimientos de izquierda -especialmente de la izquierda revolucionaria- de los años 60’, que para el Golpe de Estado eran jóvenes, casi todas en ese momento estudiantes de universidades de Valparaíso, y que más tarde vivieron en carne propia la represión y la resistencia.5

Dos de ellas militaban en las Juventudes Comunistas a mediados y fines de los 60’; mientras que las otras tres lo hacían en el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria). Como caso de contraste sumamos un varón, también por entonces estudiante universitario y militante del MIR. Todas las mujeres experimentaron la represión política de manera directa a través del secuestro, la tortura, la condena y la prisión política; en algunos casos se sumó el exilio y la relegación. Para efectos de este trabajo, nos hemos concentrado en el análisis de las mujeres que tras el Golpe de Estado siguieron participando durante toda la dictadura en distintas formas de resistencia y que, hasta ahora, con más de sesenta años, continúan activas en diferentes prácticas políticas. De hecho, como esta investigación incluye etnografía de marchas en la ciudad de Valparaíso, suelo encontrármelas en todo tipo de manifestaciones. Algunas siguen militando en sus partidos políticos a los que ingresaron de jóvenes e incluso se han postulado a cargos de representación, otras son activistas de diversos colectivos (por ejemplo: radios populares) y todas son parte de organizaciones derechos humanos, particularmente de ex presas políticas; pero hay algo más que las une: de variados modos en los años 80’ ellas estuvieron vinculadas a los colectivos de mujeres y feministas que, como decía un famoso lienzo, reclamaban democracia en el país y en la casa.

Con eso en mente, un primer punto del análisis que queremos destacar es que tras nuestra consigna “cuéntame tu historia o trayectoria política”, la mayor parte de las entrevistadas iniciaron sus relatos situando a sus respectivas familias de origen como punto de partida de sus recuerdos. Por el contrario, los varones inician sus historias contando directamente cuándo y cómo comenzaron su militancia en un partido.

- ¿Cuéntame… cuéntame sobre tu trayectoria política. - Bueno la verdad que… como hablar de trayectoria política es como eh … es bien amplio pero yo creo que tiene mucho que ver con los contextos y la vida cotidiana donde uno ha nacido y donde uno ha hecho su… su vida de infancia y de adolescencia y bueno yo también he pensado muchas veces de a dónde a mí me vino esta… esta decisión de optar por una… por una eh… visión del mundo que tiene que ver con el tema… hoy día nosotros hablamos de los derechos, pero en esos tiempos era como el deseo de la igualdad. En ese sentido, yo creo que viene por parte de mis abuelos, el hecho de que… de parte de mi padre, los abuelos vienen del norte, son que… trabajaron en la salitrera y siempre nos contaban la historia cuando éramos muy pequeños de cómo habían logrado escapar de toda la represión de González Videla. (María)6 Bueno cuanto entré a la escuela yo tenía 19 años. Y bueno ahí me fui incorporando a la política universitaria fundamentalmente y dónde nosotros si bien éramos mayoría en la escuela, éramos minoría en la universidad (…) y nuestra escuela estaba controlada o dominada por sectores del MIR al que yo ingresé. (Gustavo)

Quienes eran jóvenes mujeres a finales de los convulsionados años 60’ también participaron en organizaciones estudiantiles universitarias7 y militaron en partidos y movimientos revolucionarios de izquierda, pero sus relatos no se inician allí, sino en los recuerdos de su infancia y adolescencia vinculados directamente a las familias en las que crecieron. Así, trazan una suerte de búsqueda de una cierta concatenación causal, situando de uno u otro modo a sus familias como los espacios que les permitieron desplegar sus intereses colectivos. Hay casos en que ello ocurre como la continuación lógica de las militancias de los padres o abuelos -siempre varones- o como consecuencia de las formas en que ellos influyeron en estas mujeres quienes, siendo niñas, conocieron de marchas y mítines, reuniones en los partidos o ritos ciudadanos como la celebración del Día del Trabajador.

Mi padre nos llevaba a los primeros de mayo, porque todo el mundo iba y festejaba el día del trabajador o nos llevaba al partido socialista. Yo crecí con esa cultura política. (Irene)

En otros casos, las mujeres inician sus historias recordando el interés que había en sus familias de origen por el acontecer político nacional. Son relatos que traen al presente escenas de conversaciones cotidianas, donde se debatían los hechos políticos de esos años (por ejemplo, el asesinato del Che Guevara) o las noticias nacionales de un tiempo que ha sido generalmente cualificado por las memorias dominantes como políticamente muy polarizado. En ocasiones, esos recuerdos se mezclan con la caracterización de sus espacios de crianza como escenarios de mucha sociabilidad donde la familia y el barrio configuraban redes de encuentros cotidianos.

Mi padre era comunista, a mucha honra, participaba (…) se hacían normalmente estas sobremesas que eran muy cotidianas y además tenía tíos que también participaban, estaba mucha gente (…) aquí en Valparaíso, entonces era así, llevaba desde hombres, un intelectual a la mesa, se sentaba mucha, mucha gente en la mesa. (Ingrid)

Nuestra interpretación es que no se trata de que los hombres no recibieran una socialización política familiar que incidiera en que ingresaran a la militancia, sino que, en la medida en que la práctica militante ha sido mayoritariamente masculina por la tradicional distribución de roles de género, la participación política de las mujeres es algo que hay que explicar porque no era algo obvio, ni en esos tiempos, ni en los actuales. Retrotraerse a la familia es parte de esa autoexplicación.

Tal como ha argumentado Oberti (2014) para el caso de las militancias políticas femeninas de los años sesenta en organizaciones armadas en Argentina, los referentes familiares son importantes en la decisión de ingresar a la política, ya sea como continuidad o como distanciamiento de las posiciones paternas. Sin embargo, aquí me interesa proponer, desde una lectura performativa del género, que en esta manera de relatar el inicio de las trayectorias políticas femeninas, las normas del género ni se reproducen ni se transgreden del todo, pero sí se tensionan.

En un sentido, se podría pensar que el género hegemónico se reproduce en tanto el origen de las militancias se sitúa en la familia, lugar tradicionalmente asignado a las mujeres; pero, en otro, podemos interpretar que las formas de conversación familiar que tematizaban la realidad nacional o la participación en diversas prácticas políticas son memorizadas como prácticas propias de un Chile caracterizado por una “cultura política” y una vida “cotidiana” interesada en lo político. Así, el tono de sus relatos no las sitúa como mujeres jóvenes transgresoras de un orden de género tradicional, sino como sujetos interesados en la política como cualquier otro hijo o hija, de su tiempo.

Era dirigenta de mi curso por lo tanto participaba (…), además empecé a tener responsabilidades y participaba más activamente porque, desde la Jota [Juventudes Comunistas] participaba con los jóvenes voluntarios en la distribución de alimentos, eso sobre todo lo que tiene que ver con el trabajo de los jóvenes relevantes de compromiso, porque la verdad es que en la práctica no alcanzábamos, (…) Era muy intenso, también se insistía mucho una sociedad muy ideologizada de ese tiempo, casi nadie permanecía al margen. (Ingrid)

Sin perjuicio de lo anterior, no podemos escindir la forma en que opera el género de los modos en que trabajan las memorias de la represión. El remitir a la familia como punto de origen de los relatos sobre las trayectorias políticas femeninas puede ser interpretado, igualmente, como un recurso que, poniendo énfasis en la “normalidad” de sus familias e infancias, opera como una suerte de contrapartida al estigma que estas mujeres han vivido por sus compromisos políticos y la represión que experimentaron durante la dictadura. Como han documentado diversos estudios, ese estigma afecta también a los varones en lo que respecta a sus militancias políticas de izquierda, pero en las mujeres se entrecruza y agudiza con su desacato a los patrones de género, algo que les implicó, entre otras formas, modos de tortura donde fueron violentadas sexualmente e insultadas por salirse de la norma que las definía como “mujeres”.8

Entonces, caracterizar sus infancias como “normales”, enmarcadas dentro de recuerdos familiares, opera discursivamente como una forma de contrarrestar la deshumanización de la que fueron objeto. Así, la relevancia de la familia de origen para estas mujeres transforma su sentido tradicional del género -como lugar natural de lo femenino- en una concatenación causal del relato que viene a disputar la (a)normalidad de sus compromisos políticos.

Entonces, tuve una infancia, yo soy súper feliz con mi infancia, o sea, sin grandes cosas, pero una infancia normal, yo miro para atrás, súper normal. (Elizabeth) Porque, a ver, quiero empezar con una palabra, que hasta ahora, ya van a ser 40 y tantos años del golpe militar, del régimen militar: Estigma. No, no hablemos. No, si ya pasó ya. No, si los detenidos desaparecidos no, eso no existió. (Irene)

Ahora que escribo este texto, termino de leer un muy buen libro, Mujeres tras las rejas de Pinochet (Vivian LAVÍN, 2015), donde opera un recurso parecido. Se trata de testimonios de mujeres que eran jóvenes en los años 80’, que participaron en diversas formas de resistencia armada contra la dictadura y que por ello fueron torturadas y mantenidas como presas políticas por varios años, incluso los primeros del régimen democrático. Este texto también parte con sus historias de infancia. Así, este recurso opera como un quiebre con los estigmas que la prensa vehiculizó durante la dictadura, tildándolas de “terroristas”; pero también con las memorias que las encapsulan en la dicotómica distinción de “heroínas” o “víctimas”. Los testimonios que rememoran el pasado previo a la militancia permiten a esas mujeres una reflexividad llena de tensiones y pliegues que los relatos dominantes aplastan.

Ahora bien, si nos preguntamos por el modo en que el género tradicional se reproduce al hacer memoria, nos encontramos con que en casi todos los relatos la socialización política familiar se encarna en figuras masculinas, casi siempre el padre, un abuelo o algún hermano mayor. Son ellos los que las llevaban a los mítines políticos, al partido o los que les hablaban de política. En ocasiones el padre aparece incluso como cómplice del inicio de la militancia de la hija. Las madres, abuelas o hermanas, en cambio, resultan invisibles en la formación política, y cuando se las describe, los calificativos destacan aspectos femeninos tradicionales (“era humilde”); mientras que sus ocupaciones se señalan como parte de sus identidades más que de su quehacer: mientras el padre “trabajaba” en una empresa, la madre “era” dueña de casa. No negamos que el relato sea verosímil con lo que hacían hombres y mujeres a mediados del siglo XX como figuras parentales, más bien nos importa destacar que en la rememoración esas figuras aparecen apegadas a los roles tradicionales sin que se destaquen otras características de los padres y las madres como parte de las explicaciones sobre el origen de las trayectorias políticas.

Como correlato del protagonismo paterno en la socialización política familiar las madres cobran una mayor centralidad en el relato cuando, avanzando en la historia, estas mujeres me narran sus experiencias de represión política. De este modo, las madres aparecen en el detalle de las escenas de búsqueda de las hijas tras su secuestro o detención, como visitas regulares en las cárceles cuando fueron recluidas como presas políticas, quienes las ayudaron en la crianza de los hijos mientras huían o pasaban a la clandestinidad o las que las visitaban en el exilio. Las madres se vuelven protagónicas en la contención afectiva, el cuidado y el apoyo para rearmarse, por ejemplo, después de la tortura.

Otro eje del análisis pone atención en los sentidos del presente que se ponen en juego al hacer memoria del pasado previo al Golpe de Estado. Como indicamos al inicio, los sentidos que construimos del pasado están siempre en función de las preocupaciones del presente y los desafíos de futuro, de manera que “esos sentidos se construyen y cambian en relación y en diálogo con otros, que pueden compartir y confrontar las experiencias y expectativas de cada uno, individual y grupalmente” (JELIN, 2011, p. 557).

Precisamente en torno a esa confrontación de experiencias, aparecen nuevos sentidos asociados a la transmisión intergeneracional de la dictadura chilena, entendida en clave dialógica. No se trata sólo de lo que las generaciones protagonistas del Golpe heredan a las sucesoras (CORNEJO; REYES; CRUZ; Nicolás VILLARROEL; Anastassia VIVANCO; Enzo CÁCERES; Carolina ROCHA, 2013), sino también cómo las movilizaciones estudiantiles de los últimos diez años han afectado a las generaciones adultas al desestabilizar los sentidos comunes de la postdictadura sobre el modelo económico chileno. Un ejemplo ha sido la instalación de las demandas por una educación gratuita, pública y de calidad, que hoy cuentan con un amplio apoyo de los chilenos/as, algo que era impensable en los años 90’ y hasta mediados de la década del 2000.

De este modo, al contextualizar los recuerdos de los años previos al golpe de Estado aparecen diversas referencias a cómo, en ese tiempo, no había tanta segregación escolar, los colegios privados de Valparaíso eran “accesibles” o los liceos públicos eran “buenos”.

Yo estuve primero en el Colegio Alemán, porque soy del Cerro Alegre. Entonces todos íbamos al Colegio Alemán, aunque fuéramos hijos de chilenos, porque era el colegio que estaba cerca, y en ese tiempo, de todas maneras, los colegios privados no eran caros, eran accesibles. (Elizabeth) Mi papá era médico, pero (…) no es el médico de hoy en día, digamos que era especialista en salud pública, y trabajaba todo el día en el hospital y hacía dos horas consultas, o sea, tenía un pasar que era bien trabajado y, por lo tanto, para él que nosotros llegáramos a la universidad, que era gratuita, era como un descanso, cosa que hoy en día nadie te entiende, que claro las cosas han cambiado tanto. (Amanda)

Ello se suma a los recuerdos de la sociabilidad de la vida de barrio en una ciudad puerto que en el presente está cada vez más atravesada por los procesos de gentrificación tras su nombramiento como ciudad patrimonial.

Las navidades las pasábamos juntos. El año nuevo, sobre todo en esos años no había los turistas que llegaba al paseo Yugoslavo. Entonces, toda la gente del cerro se juntaba en el paseo. Entonces, tuve una infancia, yo soy súper feliz con mi infancia. (Elizabeth)

De igual forma afloran las añoranzas de formas de vida donde las preocupaciones políticas y colectivas que marcaron los años sesenta se contraponen a la apatía política, atomización y el individualismo del presente. Frente a ello se valoran positivamente las múltiples marchas y protestas ciudadanas, estudiantiles, feministas, indígenas, regionalistas y de diversa índole que se han venido incrementando en los últimos años en Chile, particularmente en Valparaíso.

Esa ternura tan grande que es la solidaridad expresada en cuestiones así cotidianas, (…), eso se va perdiendo cuando, cuando existe tanto individualismo, exitismo y todas estas cosas que, que justamente el sistema te va empujando a eso, entonces por eso te digo tenemos una deuda en eso. (Ingrid)

Nos parece que en esto último, en los sentidos del presente que organizan el recuerdo, una encuentra ciertos desacatos a los mandatos de género tradicionales. Las preocupaciones políticas asociadas a las insuficiencias del modelo socioeconómico chileno, las presiones por una nueva Constitución o los reclamos de organizaciones ciudadanas regionales en contra de las transformaciones urbanas de ciudades como Valparaíso, no se corresponden con las preocupaciones tildadas como asuntos “de mujeres”. Ciertamente cada uno de estos objetos de disputa política del presente afecta desigualmente a las mujeres, pero no podríamos decir que son típicamente femeninas ni feministas. Son preocupaciones por un orden social más justo no sólo para las mujeres, tal como las que en los 60’ movilizaron a las jóvenes militantes de la izquierda.

Finalmente, en la narración del ingreso a la política y su desempeño hasta antes del golpe de Estado, llama la atención que en casi todos los casos si bien se parte por una militancia vinculada a la experiencia estudiantil universitaria, incluidas las mujeres provenientes de familias obreras, se trata siempre de entramados múltiples. Así, ellas combinaban la militancia en un partido (el MIR o JJCC) con la participación en organizaciones estudiantiles que a fines de los 60’ estaban en pleno proceso de reforma universitaria. En otros casos, se unían al trabajo poblacional como parte de organizaciones populares territoriales de Valparaíso o se mezclaban con las luchas sindicales. Desde esta participación múltiple apoyaban activamente al gobierno de Salvador Allende, ya sea colaborando en acciones de voluntariado poblacional y obrero (alfabetización, construcción de viviendas, etc.) o porque se involucraron en las luchas campesinas asociadas a la reforma agraria durante la Unidad Popular. No puedo afirmar que los jóvenes varones no hayan tenido prácticas múltiples, lo que me importa destacar es que en ellos la consigna “cuéntame tu historia política” provoca relatos donde narran exclusivamente sus vidas en el partido o, a lo sumo, en la organización estudiantil como lo políticamente relevante. A cambio, en los relatos de varones cobra más fuerza narrar cómo se incorporaron al gobierno de Allende recién titulados y empezaron a “tomar decisiones”. Los énfasis de ellas van mucho más por el lado de descubrir, valorar o solidarizar con la vida que verdaderamente transcurría fuera de los muros universitarios: en los cerros, en las poblaciones, en las fábricas, en el campo.

Entonces después me fui incorporando ya a las actividades externas y fundamentalmente siempre con mis amigos de la escuela de arquitectura, posteriormente ya en el año 71’ yo me recibo de arquitecto (…) Y alguno de nosotros nos incorporamos a trabajar en el gobierno, en el Ministerio de la Vivienda (…) allí pudimos tomar muchas decisiones. (Gustavo)

En esas tramas múltiples de las mujeres, la memoria y el género se entrecruzan para reflexionar sobre cómo siempre eran, en tanto mujeres, una minoría en el trabajo político extra universitario y partidista.

Pero yo nunca me encontré con mujeres trabajando conmigo a nivel poblacional, a las mujeres de la universidad no les gustaba eso (…). Yo las veía a ellas, esto de pasarlo bien, de estar en un ambiente universitario, estar discutiendo, ah, pero me chocaba un poco, el desconocimiento de la realidad, de lo que vivía el obrero, de lo que comía… (Amanda) En la Jota [Juventudes Comunistas] no había material para saber qué eran las luchas obreras, qué es lo que eran los valores proletarios, porque ellos (…) no entendían nada lo que eran (…) por eso me fui con los pirquineros. (Elizabeth)

En todo ello destaca el que se narran a sí mismas como jóvenes más bien en solitario, pese a su profundo compromiso colectivo, no son parte de la generación de jóvenes que no podían no comprometerse con su tiempo, algo que parece más reservado a las rememoraciones masculinas, sino mujeres jóvenes diferentes.

bueno ese era el panorama… difícilmente los jóvenes de esa época podían estar ausentes de vincularse en alguna posición política, la mayoría de los jóvenes de mi generación y mis compañeros eran de izquierda. (Gustavo)

La pluralidad de sus prácticas políticas y el fuerte sentido de sujeto que decide, me hace pensar en el paralelo que podríamos trazar entre esa suerte de mujeres jóvenes protagonistas de múltiples compromisos, y los nuevos estereotipos de las mujeres chilenas del siglo XXI, que se condensan en que somos fuertes, “empoderadas” y autónomas, con una gran capacidad para hacer bien muchas cosas a la vez: madres, apoderadas en el colegio, trabajadores exitosas, activas deportistas de gimnasio para mantenerse bien en las clases más altas, esforzadas microempresarias populares que sacan solas sus familias-hogares-negocios adelante. Lo común es que esa multiplicidad sea destacada como parte de las cualidades intrínsecamente femeninas (podemos hacer varias cosas a la vez a diferencia de los hombres) e individuales, y no como una nueva forma de desigualdad social asociada a la falta de co-responsabilidad de los hombres en la crianza, las persistentes brechas salariales, las exigencias extras que se hacen a las pocas mujeres que ocupan cargos políticos, entre otras. Una multiplicidad que parece no tensionar el discurso de la igualdad que, tal como ha señalado Godoy Ramos (2016), ha sido absorbido por las lógicas individuales del emprendimiento femenino en el Chile neoliberal de la postdictadura.

En cambio, las memorias de este grupo de mujeres acentúan compromisos múltiples de carácter colectivo y contestatario. El recuerdo de sus acciones en el campo, la fábrica, la universidad o el barrio es siempre enmarcado en un discurso de cómo durante la Unidad Popular los sectores subalternos se articularon en prácticas revolucionarias y populares. Es en ese sentido que la norma de género hegemónica se tensiona: ellas no se recuerdan como jóvenes mujeres pasivas, individuales o domésticas ni exclusivamente como militantes de la política tradicional sino desde posiciones de sujeto múltiples, colectivas y protagónicas. Por cierto, no estaba aún presente una dimensión contestaría de género en clave feminista como ocurrirá en los años 80’, pero a diferencia de las memorias masculinas que recuerdan sus juventudes principalmente desde los espacios militantes y/o universitarios, ellas incluyen en sus testimonios cómo la política atravesaba la vida cotidiana, la familia, el barrio, el voluntariado en la alfabetización de los trabajadores o el trabajo con la infancia. Es en ese sentido que interpreto que la norma de género es tensionada al politizar lo naturalizado como personal, privado, femenino.

Por lo tanto, las memorias femeninas no aseguran transgredir las normas hegemónicas del género. Sabemos que el género opera primero como una interpelación que nos precede y que se trata de una práctica encarnada donde difícilmente podemos rechazar del todo las normas hegemónicas (BUTLER, 2007). Pero cuando a las mujeres no se las interroga solo por las violencias sufridas, sino también por el recuerdo de sus capacidades de agencia y sus prácticas políticas, las normas hegemónicas del género pueden fisurarse permitiendo que aparezca una mixtura de reproducción, tensión y posibilidades de subversión. Así por ejemplo, entendemos que al recordar la infancia y adolescencia se recrean socializaciones políticas familiares más bien tradicionales, pero también esos recuerdos permiten ocupar posiciones de sujeto para reconstruir una subjetividad que les posibilite recuperar algo de normalidad a vidas estigmatizadas por la represión política. Así también pueden entrelazar el recuerdo de sus tiempos escolares o la vida de barrios a la denuncia de un Chile neoliberal del presente apartándose del estereotipo de mujeres interesadas políticamente solo en cuestiones femeninas o atrincheradas en una autonomía entendida solo en clave individual. Del mismo modo, pueden rememorar compromisos políticos múltiples en vez de la exclusividad militante universitaria para, a través del recuerdo, politizar lo naturalizado o dejado en la trastienda de lo políticamente relevante.

4. Reflexiones feministas: ventajas de articular memoria y género desde el punto de vista de las mujeres

Centrarme en la historia política personal de María, Elizabeth, Amanda, Ingrid e Irene me ha permitido empezar a comprender ciertas articulaciones entre género y memoria. Como indicamos en la presentación del debate teórico, esta articulación se ha planteado como una salida que evita los riesgos de esencializar el género al concentrarnos sólo en investigar lo que pasó con las mujeres. Sin embargo, al evitar tales riesgos aparecen otros problemas: hay quienes han entendido que este tipo de críticas, más cercanas al feminismo postmoderno, podría hacernos pensar en un feminismo sin mujeres.

En tanto teórica y políticamente me importa un nosotras -contingente y conflictivo- del que formo parte desde una posición de investigadora feminista, creo que el riesgo se compensa con la posibilidad que ofrecen las perspectivas de las mujeres, como posiciones de sujeto que encarnan múltiples subalternidades, a las que invitan las epistemologías feministas del punto de vista articulado con una noción de género performativo, encarnado y material-semiótico. Lo que he podido analizar respecto a cómo se articulan género y memoria ha sido posible por partir desde las vidas y las memorias de ciertas mujeres situadas afectiva, histórica, cultural y políticamente.

No he entrevistado sólo a mujeres, pero me he concentrado en cómo la forma en que ellas hacen memoria del pasado ofrece perspectivas desde abajo que fortalecen la objetividad fuerte, entendida como conocimiento situado. Estas memorias no son válidas solo por el legítimo derecho a que sean conocidas y valoradas, sino porque a través de ellas podemos comprender mejor cómo la diferencia sexual opera como una marca desigual en la política.

En tal sentido, en lo que respecta a memorizar el género, sus relatos facilitan entender que fueron jóvenes desafiando las normas de género y pagaron altos costos por ello, tantos que no pueden reconstruir el origen de sus trayectorias políticas como cualquier varón militante, tienen que explicar lo raro, afectando sus formas de reconstrucción identitaria. Entender esto contribuye a nuestras memorias feministas porque nos permite preguntarnos por cómo las mujeres de hoy en la política viven el desacato a la norma. Facilita comprender, también, cuando avancemos en sus historias, los vínculos entre la violencia de Estado y la violencia de género que todavía persiste. En lo que respecta a generizar la memoria, empiezo a ver cómo, al (re)construir sus trayectorias políticas, y por lo tanto sus subjetividades, el género trabaja (re)creando y desafiando los mandatos hegemónicos.

Memorizar el género y generizar la memoria no puede entonces excluir los puntos de vista subalternos de las mujeres si queremos entender cómo las desiguales relaciones de género se perpetúan transformándose. Preguntarnos por cómo trabajan las memorias desde el género hace visible la parcialidad de lo que se presenta como visión universal, impersonal o desinteresada de los sujetos políticos, y desafía al menos algunas de las formas en que se ejerce la práctica política del presente como práctica no generizada.

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1Este artículo es parte del Proyecto Fondecyt Iniciación N° 11150115 “Articulaciones entre género y memoria social sobre la dictadura cívico-militar chilena desde las prácticas cotidianas del presente”, del que la autora es investigadora responsable. Agradecemos a Fondecyt el financiamiento del estudio y, muy especialmente, a todas las personas que colaboraron con la investigación a través de sus testimonios. Agradecemos también el trabajo de las asistentes Marián Llantén, Ignacia Banda y Valeska Orellana, así como la lectura crítica del manuscrito de la Dra. Mónica Iglesias.

2En los últimos años, varias investigadoras/es venimos anexando el apellido de “cívico-militar” porque pese a que técnicamente se trató de un régimen dictatorial militar, contó con la participación, la complicidad y el apoyo de civiles, por ejemplo, importantes medios de comunicación o el poder judicial.

3No me refiero solo a un capítulo dedicado al género en su ya emblemática obra Los Trabajos de la Memoria (Elizabeth JELIN, 2002), sino a cómo nos insistió sobre este desafío en el Programa de formación de investigadores jóvenes “Memoria Colectiva y Represión. Perspectivas comparativas sobre el proceso de democratización en el cono sur de América Latina”, organizado por el Social Science Research Council, que lideró a finales de los años noventa.

4Proyecto Fondecyt 11150115 financiado por CONICYT- Chile.

5Los resultados que aquí presentamos se basan en la técnica de los relatos de vida entendidos desde una perspectiva etnosociológica (Daniel BERTAUX, 2005). Los relatos se realizaron en dos o tres encuentros. Tratándose de un estudio con un diseño cualitativo, y estando aún en curso, el muestreo de seis casos está sujeto tanto a la saturación como a la búsqueda de casos que permitan poner en juego las primeras hipótesis del análisis.

6Todos los nombres reales han sido cambiados por nombres de fantasía para resguardar el anonimato, tales nombres son un homenaje a mis maestras de vida.

7La diversidad de experiencias que estamos analizando tienen un denominador común: el paso por la universidad como espacio prioritario de politización de los jóvenes a finales de los 60’, que incluye a las jóvenes. No todas ellas pudieron terminar sus carreras, pero pasaron por allí, incluyendo a las que provenían de familias obreras. Nos ha costado conseguir entrevistas con mujeres que cumplan con el requisito de haber participado antes, durante y después de la dictadura sin formación universitaria. Nuestras entrevistadas nos han dicho que las mujeres sin estudios superiores, casi todas pobladoras activas durante la Unidad Popular y la dictadura, ya no siguen participando. Para ellas eso se explica en gran medida porque sus condiciones de clase las ha hecho tener que priorizar el cuidado de sí mismas -muchas están con problemas de salud- o de sus familias.

8La represión política tuvo una marca de género, particularmente la tortura que incluyó prácticas de violencia política sexual, y eso es parte del estigma. Para las mujeres no ha sido fácil romper el silencio sobre tales experiencias. La literatura sobre este tema precisamente ha buscado problematizar los límites del habla, lo que ha motivado la discusión sobre la morbosidad y el pudor que rodean las representaciones de la violencia sexual y los consecuentes desafíos para una escucha que no vuelva a transgredir la intimidad (SAPRIZA, 2009; JELIN, 2002; KAPLAN, 2007). Asimismo, el estigma refiere también al triunfo oficial de la feminidad conservadora durante la dictadura y los procesos de ‘contra-revolución’ de género que impusieron el regreso de las mujeres al espacio privado y el remplazo de su actuación política por un papel de salvaguarda moral de la nación bajo la protección del régimen (PRATT, 1996).

María Angélica Cruz Contreras (mariaangelica.cruz@uv.cl) es socióloga formada en la Universidad de Chile y doctora en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Académica del Instituto de Sociología de la Universidad de Valparaíso. Sus líneas de investigación son las epistemologías feministas, las relaciones entre ciencias sociales y políticas públicas y, especialmente, las memorias sociales sobre la dictadura cívico-militar chilena. Ha investigado las disputas por las memorias sobre el rol de la Iglesia Católica en la dictadura, y la transmisión intergeneracional de las memorias del pasado reciente. Actualmente lleva a cabo un proyecto Fondecyt sobre las articulaciones entre género y memoria social en Santiago y Valparaíso.

Recibido: 25 de Enero de 2017; Revisado: 13 de Marzo de 2018; Aprobado: 10 de Abril de 2018

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