Entre los cambios en el estatus social de la mujer ocurridos en el siglo XX, uno de los más relevantes se refiere a la maternidad. Dejó de ser una obligación o un dictado social para convertirse en una opción: tener hijos si, cuando y como se desea.
Queda evidente que la redefinición de la maternidad, del lugar de las mujeres en el mundo e incluso de sus cuerpos - ahora tan productivos como reproductivos - no son procesos lineales ni exentos de contradicciones1. La inclusión de las mujeres en la dinámica de la producción y el consumo de bienes, un proceso estrechamente relacionado con el control de su capacidad de procrear, no representa necesariamente su reconocimiento como sujetos libres y autónomos. Incluso la valoración de su labor reproductiva sigue siendo frágil. Esto se debe a que los cambios de mentalidad no se producen al mismo ritmo que los cambios en la vida cotidiana, impulsados por la interferencia política y del mercado. Además, los cambios de mentalidad orientados a la igualdad de derechos entre mujeres y hombres requieren abordar los demás aspectos de la desigualdad que se entrecruzan en la composición del escenario en el que se desenvuelve la vida de cada mujer.
Los avances y retrocesos, la resistencia y las ambigüedades son características de la dinámica de las sociedades y se ocultan tras la participación, intencional o no, de diferentes actores sociales. Las interacciones y prácticas cotidianas pueden reforzar u ocultar las necesidades de las mujeres, creando un mosaico de demandas y deseos no siempre armonioso.
Es en este contexto que las prácticas de salud y cuidado en relación con las mujeres adquieren especial relevancia. Garantizar que el proceso de embarazo y parto se desarrolle con el mínimo riesgo y molestias para ellas supone, en cierto modo, desnaturalizar la reproducción biológica al otorgarle la dimensión social que, de hecho, la circunscribe. O, dicho de otro modo, reconocer que la posibilidad de elegir la maternidad no reduce su importancia. Por el contrario, confiere a esta elección un valor social que a veces se descuida en las concepciones de la maternidad como destino y fin último de la existencia de las mujeres. Asimismo, al identificar los problemas de salud que pueden comprometer no solo la vida reproductiva, sino también su salud y bienestar, se reafirma el derecho de las mujeres a una vida digna2 y se recupera el significado de la atención integral a su salud.
Los artículos recopilados en este número temático ofrecen al lector la oportunidad de reflexionar sobre las contribuciones del sector salud en el proceso de redefinición de la maternidad y el cuerpo de las mujeres, ya sea señalando las ambigüedades en las prácticas que refuerzan las representaciones de género, edadismo y capacitismo, o señalando las conexiones entre la salud mental y la violencia de pareja durante el embarazo. Al señalar cómo las desigualdades sociales, en particular la pobreza y el racismo, afectan a las mujeres, se reitera que las tecnologías médicas por sí solas no son suficientes para lograr buenos resultados de salud, se requieren políticas integrales para abordar las desigualdades que viven muchas mujeres.
