INTRODUCCIÓN
Recientemente, la Revista Brasileira de Cancerologia (RBC) hizo pública una convocatoria de artículos originales para publicaciones en el número temático sobre "Vigilancia del cáncer y sus factores de riesgo", cuyo tema central fue abordar las brechas y los avances en las investigaciones sobre la prevención y vigilancia del cáncer en el Sistema Único de Salud (SUS) en el Brasil. Una temática muy oportuna para defender la opinión sobre el reto de incentivar la prevención de cáncer pediátrico. Tras una revisión de la literatura, fueron resumidas las principales evidencias que sustentan las iniciativas ya existentes sobre prevención de cánceres pediátricos. En contraste con las neoplasias de adultos, no existen programas de rastreo poblacional de cáncer pediátrico, basados en evidencias o estrategias de reducción de riesgos en el estilo de vida, incluso con estudios epidemiológicos señalando hacia la vigencia de determinados factores de riesgos.
Las neoplasias pediátricas son rápidamente fatales si no son diagnosticadas y tratadas en centros especializados. En los países con alto índice de desarrollo humano (IDH), el 80% de los pacientes con cáncer pediátrico tiene una sobrevida superior a 5 años de vida. Esta estimación muestra el progreso substancial que fue hecho en el diagnóstico y en los protocolos terapéuticos vigentes. Consecuentemente, la disminución de la mortalidad del cáncer pediátrico depende de recursos adecuados para diagnóstico temprano y para los tratamientos de alta complejidad en salud.
DESARROLLO
Incidencias de tumores pediátricos
Las tasas de incidencia de base poblacional (TIbp) de los cánceres pediátricos varían en todo el mundo entre las neoplasias hematológicas, como leucemias y linfomas, y los tumores sólidos, como sistema nervioso central (SNC), Wilms, retinoblastoma, sarcomas y tumores raros como hepatoblastoma, tumor gonadal y de células germinativas1.
En el Brasil, las TIbp ajustadas por edad, sexo y tipo de cáncer, calculadas en 2010 demostraron una variación consistente de incidencia entre los Registros de Cáncer de Base Poblacional (RCBP) en el país en relación con los principales grupos de neoplasias: leucemias, linfomas y tumores del SNC. La tasa promedio de incidencia global fue de 154,3 por millón; niños de 1 a 4 años de edad tuvieron las tasas de incidencia más altas, lideradas por las leucemias2. Los cánceres prevalentes en adolescentes y adultos jóvenes (AAJ), de 13 a 24 años, difieren de aquellos en niños y adultos, y se propuso un sistema de clasificación para reclasificar esos casos3. Camargo et al.4, aplicando la clasificación de AAJ, analizaron las informaciones de los RCBP del Brasil y encontraron una mediana de TIbp de 232,31 por millón para sexo femenino y 218,07 por millón para sexo masculino, con altas tasas de incidencia de carcinoma del cuello uterino4. Estas TIbp en AAJ difieren de países con alto IDH, cuyo orden de prevalencia es liderado por leucemias, linfoma de Hodgkin, tumor de tiroides, melanoma y tumores del SNC5.
Desgraciadamente, a pesar de la divulgación de tendencia de elevación de TIbp, principalmente en los países de bajos y medios ingresos económicos (países con bajo y medio IDH), los esfuerzos de planeamiento de control del cáncer pediátrico todavía se encuentran descuidados. Los cánceres infantiles (edad inferior a 10 años) son los más afectados, destacando el gran desafío para la implementación de la prevención primaria. La leucemia linfoblástica aguda (LLA) es la más frecuente, con un pico de incidencia entre 2-4 años, y tiene inmunofenotipo y citogenética bien definidos.
Hipótesis plausibles sobre la etiopatología de los tumores malignos de la primera infancia (LLAs, tumor de Wilms, retinoblastoma, neuroblastoma y meduloblastoma) se sustentan debido a la interacción entre la predisposición genética y exposiciones ambientales6. De esta forma, los factores de riesgos se dividen principalmente en dos categorías: (1) endógena y (2) exógena. La primera abarca factores genéticos como alteraciones cromosómicas, variantes genómicas y cambios epigenéticos; ya la segunda categoría comprende los factores de riesgos, por causa de las exposiciones (irradiación ionizante, radiación UV), químicos (contaminantes ambientales, tabaco, compuestos N-nitrosos, benceno) y agentes biológicos (aflatoxina, esteroides, virus).
Factores endógenos: heredabilidad, susceptibilidad genética
De una forma global, el porcentaje de niños con cáncer asociado al componente hereditario varía entre 5-50%, según los tipos de tumores (hematológicos o sólidos). Niños con anormalidades cromosómicas derivadas de errores genéticos son altamente susceptibles a neoplasias, variando con el tipo del tumor, como gliomas (45%), retinoblastoma (45-50%), Wilms (5-10%), leucemias (5%). Las investigaciones epidemiológica-genética demuestran que el tumor de Wilms, el rabdomiosarcoma y el hepatoblastoma comparten patogénesis común con anomalías congénitas involucrando al cromosoma 117,8. Está ya bien documentada la predisposición genética con retinoblastoma (mutación en RB1), sarcomas (mutaciones en P53), tumores de SNC y meningiomas (mutaciones en genes de la familia APC y NF2) por medio de herencia autosómica dominante de las variantes genéticas. En estos casos, el cáncer ocurre por la acumulación de alteraciones genéticas y epigenéticas adicionales. De acuerdo con el modelo de "dos aciertos" de Knudson, las pérdidas de funciones de los genes ocurren por intermedio de deleción o inactivación de los genes blanco, en los dos alelos8-10. Estas mutaciones suceden en el ámbito de una célula individual, por lo tanto, una única mutación no es suficiente para la carcinogénesis y necesita de otras alteraciones secundarias de origen ambiental para el desarrollo completo de la carcinogénesis. Las leucemias agudas (LA) y los tumores como retinoblastoma, neuroblastoma, tumor de Wilms, que ocurren hasta la edad de 4 años, tienen firmas genéticas "pre neoplásicas" e indican un origen intrauterino. Con relación a las neoplasias hematológicas, una evidencia incuestionable es la predisposición para LA en niños con trisomía del cromosoma 21, también conocida como síndrome de Down. Hipotéticamente, la interacción de variantes poligénicas y la inestabilidad cromosómica contribuyen para la diversidad clonal de las leucemias en esos niños11,12.
Recientemente, varios estudios vienen divulgando la ocurrencia de varios miembros de una misma familia, con leucemias agudas y la identificación de variantes genéticas asociadas, lo que caracteriza al componente genético de esos casos13. Para las evidencias de asociaciones genéticas y hereditarias, la vigilancia para diagnóstico temprano en esos tumores es crucial para el tratamiento y la calidad de vida del niño.
Factores exógenos: medio ambiente
Las leucemias y los tumores embrionarios en la primera infancia frecuentemente se originan durante la vida fetal, con eventos genéticos somáticos. Los denominados clones celulares pueden evolucionar hacia el fenotipo tumoral si hubiere interacción con factores ambientales10,14. Algunos niños son especialmente vulnerables a estos factores de riesgos en virtud de variaciones genéticas "silenciosas". Estudios epidemiológicos identificaron varios factores de riesgo ambientales asociados a LA y AAJ, cuyos resultados son confirmados mediante metaanálisis de dos grandes consorcios internacionales con diversos países15,16.
Dos factores de riesgos (irradiación ionizante y exposición a pesticidas durante la preconcepción y embarazo materno) son asociados consistentemente a las leucemias de la primera infancia (LLA y leucemias mieloides) y a los tumores de origen embrionario17. Vivir en las cercanías de instalaciones nucleares, campos electromagnéticos, refinerías de petróleo, así como el contacto con benceno, solventes y pinturas domésticas durante la vida intrauterina y en la primera infancia mostraron un nivel de evidencia de riesgo. La ingestión materna de hormonas, el alto peso al nacer y el parto por cesárea están positivamente asociados a las LA y presentaron algún nivel de evidencia17. La exposición a dosis de moderadas a altas de radiación ionizante puede causar varios tipos de cáncer y es especialmente sensible en niños.
Con relación a la exposición al tabaco, es de consenso que el humo materno durante la gestación (activo o pasivo) aumenta el riesgo de cáncer en niños. La exposición pasiva al humo durante el embarazo y durante el amamantamiento está asociada a un aumento en el riesgo de leucemia y tumores del SNC18.
Además, la exposición a pesticidas durante el embarazo se asocia consistentemente a un aumento en el riesgo para leucemia infantil, razón de probabilidades con magnitudes superiores a odds ratio (OR): 1,8819. Los pesticidas comprobadamente pueden causar daños genéticos y epigenéticos que contribuyen para la carcinogénesis20,21.
La obesidad materna, especialmente antes del embarazo, ha sido asociada a un aumento significativo en el riesgo de cáncer infantil, incluyendo leucemia y tumores cerebrales22,23. Niños nacidos de madres con índice de masa corporal ≥40 tienen un riesgo 57% mayor de desarrollar leucemia. Además, la obesidad infantil también es un factor de riesgo importante, pues puede llevar a alteraciones metabólicas e inflamatorias que predisponen al desarrollo de cánceres tanto en la infancia como en la vida adulta24. Por lo tanto, la prevención y el control de la obesidad –materna e infantil– son cruciales para reducir el riesgo de cáncer infantil.
Una de las infecciones más conocidas asociadas al riesgo de cáncer infantil es la exposición al citomegalovirus (CMV), tanto in utero, en el período neonatal o en la primera infancia. La plausibilidad biológica se sustenta en los mecanismos de la disfunción inmunológica causada por el CMV, que facilita la expansión de clones pre-leucémicos25. Otras infecciones posnatales, virales, entéricas y del tracto urinario fueron asociadas a un aumento en el riesgo de LA, linfomas y tumores del SNC26. Infecciones comunitarias durante el embarazo y alrededor del nacimiento, como el sarampión, fueron también asociadas a un riesgo aumentado de linfoma de Hodgkin27. Paradójicamente, la exposición a múltiples infecciones durante el primer año de vida puede tener un efecto protector para LLA, sugiriendo que la ausencia de múltiples contactos infecciosos en la infancia puede ser un factor de riesgo28.
Los cambios en el ambiente y la presencia de agentes pandémicos pueden afectar la incidencia de los tipos de AL. Por ejemplo, la tasa excesiva de nacimiento por cesárea aumentó significativamente a lo largo de los años en varios países (de 18,6 para 55,9%) y en paralelo con el aumento de la prevalencia de enfermedades inmunológicas crónicas en la infancia. El aumento en el riesgo de LLA (OR: 1,20; 95% CI: 1,01-1,43), linfomas, hepatoblastoma (OR: 1,89; 95% CI: 1,03-3,48) y sarcomas, en niños nacidos por cesárea (hazard ratio – HR: 1,16; 95% CI, 1,04-1,30), fue demostrado por medio de los datos de registros de nacimiento y de los RCBP de Minnesota29. Esta magnitud de riesgo fue particularmente pronunciada entre niños de 1 a 5 años de edad30. Un estudio reciente demostró esta asociación de riesgos con LLA31. Niños brasileños nacidos por cesárea y sin amamantamiento con leche materna tuvieron riesgo aumentado de LLA (OR: 1,10; 95% CI, 1,04-1,15)31. Hipotéticamente, el parto por cesárea altera la colonización microbiana inicial del recién nacido, impactando en el desarrollo del sistema de vigilancia inmunológica. Por lo tanto, el parto por cesárea ejemplifica un factor ambiental que permite la prevención con políticas para evitar cirugías obstétricas innecesarias en partos.
Los estudios epidemiológicos abordando únicamente AAJ son escasos. Este grupo en parte es incluido en el grupo etario de investigaciones pediátricas (hasta 14 años) y en adultos (a partir de 18 años), por lo tanto se hace urgente responder sobre cuáles son las exposiciones ambientales asociadas a eventos moleculares somáticos que elevan el riesgo de neoplasias en AAJ.
Cáncer pediátrico y prevención primaria
La prevención eficaz del cáncer infantil depende no solo de la identificación de los factores de riesgo asociados a la enfermedad, sino también del reconocimiento de los pacientes que presentan mayor riesgo de desarrollarla, cuyas medidas preventivas podrían ser más benéficas. Frente a lo expuesto, las iniciativas de prevención pueden resumirse en dos grupos de tumores: (1) aquellos de origen intrauterino; (2) los que afectan a adolescentes y adultos jóvenes. Entre los principales factores de riesgo modificables relacionados al cáncer en la primera infancia, están la prevención de la exposición materna, durante la gestación, a radiaciones ionizantes, pesticidas, tabaquismo, exposiciones parentales, obesidad materna e infantil, además de infecciones virales específicas que suceden entre madre e hijo.
La suplementación materna de folato puede influir en la metilación del ADN en genes críticos para el desarrollo del cáncer, sugiriendo un mecanismo protector (OR: 0,37), por lo tanto, se recomienda la suplementación de folato para mujeres embarazadas para prevenir no solo defectos del tubo neural, sino reducir el riesgo de cáncer infantil32. Adicionalmente, el amamantamiento ha sido asociado a un efecto protector contra el cáncer infantil. Un metaanálisis mostró que el amamantamiento está asociado a una reducción significativa en el riesgo de leucemia (OR: 0,77; 95% CI, 0,65-0,91)33.
La adolescencia y la edad de adulto joven son fases complejas de la vida con muchas transiciones físicas, emocionales, cognitivas y sociales que representan grandes desafíos para la implantación de programas de prevención primaria. La magnitud de los factores de riesgos en AAJ tímidamente mencionados aquí y los estudios epidemiológicos abordando únicamente AAJ son escasos. Sin embargo, ya existen iniciativas prometedoras en el Brasil, como la vacunación contra el papilomavirus humano (VPH) entre poblaciones adolescentes, campañas contra el tabaco, sobre exposición solar y control de la obesidad34,35. Los tratamientos antirretrovirales para VIH vertical también pueden ser considerados una medida preventiva para la ocurrencia de linfomas en niños36. Existe una gran brecha que necesita avanzar en el triaje genético neonatal y en la implementación de programas de vigilancia para síndromes de predisposición al cáncer37. Estudios de modelamiento sugieren que el triaje genético neonatal puede identificar niños en riesgo y permitir la vigilancia temprana, resultando en una reducción convincente en las muertes por cáncer38,39.
CONCLUSIÓN
Las perspectivas para la prevención del cáncer infantil son alentadoras, y el impacto de los factores de riesgo más consensualmente identificados asociados a la patogénesis de las neoplasias pediátricas podrá ser evitado. Además de las prevenciones de exposición de riesgos ambientales (materno-fetal), se debe incluir la identificación de variantes genéticas patogénicas asociadas a predisponentes al cáncer en el panel de triaje genético de recién nacidos. Pocos estudios realizaron rastreo neonatal (en la sangre del cordón umbilical, o en el examen del recién nacido) a gran escala y son capaces de determinar la eficacia del procedimiento para respaldar una iniciativa de salud pública. Por lo tanto, la implementación de este triaje genético neonatal enfrenta desafíos éticos, logísticos y de costo-efectividad. La integración de herramientas de soporte para la decisión clínica y la educación de los profesionales de salud y de las familias son esenciales para maximizar los beneficios de este enfoque. No hay duda de que la presencia de alteraciones genéticas somáticas y/o constitutivas detectadas tempranamente puede contribuir en la comprensión de la epidemiologia de las neoplasias pediátricas.
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