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História, Ciências, Saúde-Manguinhos

versão impressa ISSN 0104-5970versão On-line ISSN 1678-4758

Hist. cienc. saude-Manguinhos vol.23 no.4 Rio de Janeiro out./dez. 2016

https://doi.org/10.1590/s0104-59702016000400004 

ANÁLISE

Los simuladores: verdad y poder en la psiquiatría de José Ingenieros

Sandra Caponi1 

1Profesora, Departamento de Sociologia e Ciências Políticas/ Universidade Federal de Santa Catarina. Campus Universitário Trindade. Caixa Postal 476. 88010-970 – Florianópolis – SC – Brasil. sandracaponi@gmail.com


Resumen

Tomando como punto de partida el curso de Michel Foucault “El poder psiquiátrico”, se analiza el libro Simulación de la locura, publicado en 1903 por el psiquiatra argentino José Ingenieros. Foucault afirma que el problema de la simulación recorre transversalmente toda la historia de la psiquiatría moderna. Inicialmente se analizan las referencias que José Ingenieros dedica a la cuestión de la simulación en la lucha por la vida, para luego abordar la temática de la simulación en los estados patológicos en general y, por fin, la simulación de la locura y la problemática de la degeneración. Ingenieros participa de esa lucha epistemológica y política que se establece entre peritos-psiquiatras y simuladores en torno a la cuestión de la verdad.

Palabras-clave: simulación; psiquiatría; locura; José Ingenieros (1877-1925); Michel Foucault (1926-1984)

Abstract

Using Michel Foucault’s lectures on “Psychiatric power” as its starting point, this article analyzes the book Simulación de la locura (The simulation of madness), published in 1903 by the Argentine psychiatrist José Ingenieros. Foucault argues that the problem of simulation permeates the entire history of modern psychiatry. After initial analysis of José Ingenieros’s references to the question of simulation in the struggle for existence, the issue of simulation in pathological states in general is examined, and lastly the simulation of madness and the problem of degeneration. Ingenieros participates in the epistemological and political struggle that took place between experts-psychiatrists and simulators over the question of truth.

Key words: simulation; psychiatry; madness; José Ingenieros (1877-1925); Michel Foucault (1926-1984)

El problema de la simulación de la locura parece ser contemporáneo al nacimiento de la psiquiatría moderna. Vemos aparecer este problema en los principales textos de la historia de la psiquiatría a lo largo del siglo XIX e inicios de siglo XX. Inicialmente surge como tema de interés en el tratado de Pinel (2005, p.271), particularmente en el capítulo dedicado a la manía simulada y medios de reconocerla. Más tarde, a mediados del siglo XIX, este será un tema de preocupación que concentra el interés de los degeneracionistas. Benedict August Morel (1857) analiza un caso particular de simulación, el caso Desrosieres, publicado en los Annales Médico-psychologiques. Tanto los Annales Médico-psychologiques como los Annales d’Hygiéne Publique et de Médecine Legal dedican diversos artículos al problema de la simulación de la locura. Ambos publican textos y estudios referidos a casos concretos de simulación, tendientes a crear estrategias para descubrir a los simuladores, sujetos que permanentemente ponen en cuestión las posibilidades, el alcance y los límites del poder psiquiátrico.

El psiquiatra Armand Laurent se dedicará de manera insistente y casi obsesiva a problematizar la cuestión de la simulación, además de dedicar varios artículos al tema. Escribe Étude médico-légale sur la simulation de la folie (Laurent, 1866). Más tarde, será con Charcot (1887), a propósito de una enfermedad singular como la histeria, que la cuestión de la simulación vuelve a escena, por ejemplo en Leçons sur les maladies du système nerveux, faites à la Salpêtrière. En este caso, se trataba de denunciar la asociación histeria-simulación como un error que obstaculizaba el correcto entendimiento de esa enfermedad. Desde esa misma perspectiva, el problema de la simulación aparecerá más tarde en los escritos preclínicos de Freud (1992, p.14) como, por ejemplo, en Informe sobre mis estudios en París y Berlín.

Foucault (2003) dedica particular atención a las “Lecciones” de Charcot. Considera que analizando el trabajo que este neurólogo realiza utilizando hipnosis con mujeres diagnosticadas como histéricas,

se puede comprender la importancia de un problema que ha dominado la historia de la psiquiatría en el siglo XIX hasta Charcot: el problema de la simulación, la que ejerce la locura respecto de sí misma, la manera en que la histeria simula la histeria, la manera en que un síntoma verdadero es un modo de mentir y un síntoma falso es una manera de estar enfermo (p.135).

Sin embargo, como intentaremos mostrar, el problema de la simulación no desaparece del campo de la psiquiatría con Charcot. Lejos de eso, una inmensa proliferación de nuevos simuladores poblará las páginas de las revistas e libros de psiquiatras y medicina legal durante todo el siglo XIX y gran parte del siglo XX.1

Es posible decir que simulación y psiquiatría caminan juntas hasta hoy, una oponiéndose a la otra, renovando una antigua lucha de poder que, desde hace más de doscientos años se entabla entre la locura y los peritos. De este modo podemos decir, como afirma Foucault (2003), que la simulación es una forma inicial y espontánea de anti psiquiatría, una forma de oponer un contra-poder a los enunciados de verdad sobre los que se construyeron las estrategias de diagnóstico y las prescripciones terapéuticas del saber psiquiátrico. La tarea del simulador se aproxima así al trabajo de un epistemólogo, crítico interesado en cuestionar el modo como se construyen y se validan los enunciados de verdad y las certezas sobre las cuales se funda la psiquiatría.

La simulación en la lucha por la vida

Tomaré como punto de partida para este análisis el curso “El poder psiquiátrico” que Michel Foucault (2003) dicta en el Collège de France, en el período de 1973 a 1974. En ese curso, Foucault afirma que el problema de la simulación recorre toda la historia de la psiquiatría moderna, siendo la primera estrategia capaz de poner en cuestión los enunciados de verdad y falsedad sobre los cuales se articula la psiquiatría. Lo que la simulación pone en evidencia no es otra cosa que la fragilidad epistemológica de ese saber.

La razón de esta falta de articulación entre el discurso verdadero y la práctica psiquiátrica se encuentra en esta función de acrecentamiento del poder de lo real que define al poder psiquiátrico (Foucault, 2003, p.133).

El psiquiatra, en efecto, es quien debe conferir a la realidad la fuerza necesaria para apoderarse de la locura, atravesarla, hacerla desaparecer (p.131).

Si la tarea del simulador es minar el saber psiquiátrico y de ese modo limitar el alcance de sus estrategias de poder, cabe a la psiquiatría desafiar y desenmascarar a esas figuras enigmáticas. Entonces resulta posible observar hasta qué punto los micro-poderes que recorren el espacio asilar constituyen el fundamento de un saber, de una ciencia y de un conjunto de discursos de verdad.

Partiendo de estas afirmaciones de Foucault, pretendo analizar el libro Simulación de la locura, publicado en 1903 por el psiquiatra argentino José Ingenieros (1877-1925). Este texto surge inicialmente como resultado de la tesis realizada por Ingenieros, en el año 1900, con el objetivo de obtener el título de médico. En el año 1903, esa tesis será publicada en forma de libro, agregándole un capítulo inicial denominado “La simulación en la lucha por la vida” (Ingenieros, 1962d, p.21-118). Por esta obra, la Academia de Medicina de Buenos Aires le otorgará a Ingenieros la medalla de oro destinada a premiar la mejor obra científica argentina. De tal modo que, como afirma Cristina Fernandez (2006), Simulación de la locura cimentará la fama de Ingenieros como el más prestigioso alienista, sociólogo y criminalista argentino de su época.2

La obra de José Ingenieros se inscribe en un momento histórico clave para la constitución de Argentina como Estado-nación. Forma parte de un grupo de intelectuales positivistas que, desde los años 1880 hasta 1910,3 crearon estrategias y discursos tendientes a la construcción del proceso de modernización y urbanización del país. Esta circunstancia imponía nuevos desafíos destinados a la gestión biopolítica de las multitudes argentinas, creándose grandes debates en torno a fenómenos tales como la reorganización urbana, la educación infantil, la puericultura. Surgirá también, en ese momento, la necesidad de definir nuevas formas de administrar los problemas derivados de ese proceso modernizador: crimen, locura, prostitución, inmigración, sin dejar de lado los problemas referidos a la cuestión racial. Es en este marco que debemos situar a José Ingenieros, reconocido como uno de los intelectuales argentinos más importantes de ese período. Sus estudios no solo estaban dedicados a la psiquiatría, sino también a la sociología, a la psicología y, fundamentalmente, al campo naciente de la criminología y la medicina legal.4

En Simulación de la locura, Ingenieros dialoga con diversas corrientes de la psiquiatría y la medicina legal de la última mitad del siglo XIX (Stagnano, 2006). Dialoga con la psiquiatría francesa, representada por nombres como Laurent (1866), Morel (1857), Magnan (1887) y Legrain (1895), con la escuela alemana, particularmente con Kraepelin (1907) y Krafft-Ebing (1903), con psiquiatras latinoamericanos como el brasileño Nina Rodriguez (1899) y, fundamentalmente, con la psiquiatría, criminología y medicina legal italiana.5 Aunque son múltiples las referencias a Lombroso, se considera deudor de la llamada Nueva Escuela de Criminología Positiva, representada por Garófalo (1885) y Ferri (1895), quienes a su entender consiguieron superar algunas de las limitaciones presentes en la teoría del criminal nato defendida por Lombroso (1892).

Sin embargo, no será en las diversas escuelas o corrientes psiquiátricas y criminológicas donde Ingenieros se propone encontrar el fundamento último para explicar y anticipar el fenómeno de la simulación de la locura. Por el contrario, se propone encontrar una explicación científica de este fenómeno en el campo de la biología, particularmente en la teoría evolucionista de Darwin (1859) y Wallace (1889).

A este tema le dedicará el primer capítulo del libro, retornando una y otra vez sobre esta misma cuestión en los capítulos siguientes. La simulación es entendida por analogía con el mimetismo animal. Dirá que a través del análisis de la evolución de las especies ha podido llegar a definir la ley general que explica el fenómeno de la simulación: “La simulación es un medio de lucha por la vida cuyo resultado es la mejor adaptación del simulador a las condiciones del medio” (Ingenieros, 1962e, p.121).

Esa será la conclusión general que le servirá de marco explicativo para analizar la cuestión de la simulación. Ingenieros (1962d, p.70) considera que solamente partiendo de esa ley general y siguiendo “un riguroso método científico”, se podrá resolver el complejo problema de la simulación de la locura. Es que, para Ingenieros (1962e, p.120), a la medicina no se le puede atribuir un verdadero estatuto de conocimiento científico, por el contrario:

El médico, aún para el estudio de las más técnicas cuestiones de medicina, se encuentra imposibilitado para llegar a una interpretación científica y filosófica, si se encierra en los límites estrechos del criterio puramente profesional. Las escuelas de medicina hacen buenos médicos, profesionales distinguidos, pero no hombres de ciencia.

Para realizar este análisis cree que es preciso pedirle a las ciencias biológicas y sociales que sus conocimientos iluminen al campo del saber médico y psiquiátrico. El evolucionismo, como la más innovadora rama de conocimiento biológico, dará las bases para una mejor comprensión del papel que los simuladores desempeñan en el mundo social. Siendo que todo fenómeno humano debe encontrar un precedente en la evolución biológica de las especies, el estudio de la simulación de la locura deberá estar precedido por un estudio de la evolución de los seres vivos.

Por eso hemos considerado necesario, conforme el evolucionismo determinista, base de la biología científica, proceder al estudio de las locuras simuladas con el estudio de los fenómenos de simulación en el mundo biológico y social. La simulación de la locura, como medio de mejor adaptación a condiciones especiales de lucha por la existencia, es simplemente, un caso especial de la simulación de estados patológicos (Ingenieros, 1962e, p.122).

Así como una mariposa que posee determinada coloración (gris por ejemplo) se adapta mejor a su medio y tiene mayores condiciones de vencer en la lucha por la vida que una mariposa multicolor, que tiende a ser más identificable por sus predadores, Ingenieros dirá, procediendo por analogía, que muchas personas utilizan estrategias miméticas semejantes en la vida humana. Ellos simulan para adaptarse mejor a su ambiente. De ese modo, la simulación tiene una utilidad, ya no solo biológica, sino también social en la lucha por la vida. Estará aquel que simula una enfermedad propia, de su profesión, para obtener un beneficio económico, aquel que simula ciertas patologías para evitar el servicio militar o, en el campo de las alienaciones mentales, aquel que simula locura para evitar ser condenado por un crimen.

En este último caso el delincuente se enfrenta a un medio externo que se presenta como hostil: el mundo jurídico. El delincuente establece con ese medio una relación de adaptación, utilizando la simulación como estrategia privilegiada. Algo semejante ocurre en la psiquiatría. Muchos enfermos mentales que se encuentran internados en asilos de alienados simulan síntomas de locura que no forman parte de su cuadro patológico, o incluso simulan estar curados para obtener el beneficio de la libertad. La simulación permite que esos enfermos se adapten a su medio, consiguiendo algunos beneficios que antes no tenían, o conquistando su libertad. Para Ingenieros, existe “sobresimulación” cuando un enfermo mental simula un estado patológico que no es el suyo y “disimulación”, cuando el enfermo oculta síntomas característicos de su enfermedad. De modo que:

Entre el gusano disimulador de su cuerpo bajo un copo de algodón y el delincuente disimulador de su responsabilidad jurídica tras una enfermedad mental, debía lógicamente existir un vínculo: ambos disfrazábanse para defenderse de sus enemigos, siendo la simulación un recurso defensivo en la lucha por la vida (Ingenieros, 1962d, p.23).

Sin embargo, el procedimiento de establecer analogías entre el mundo biológico o animal y el mundo humano solo permite extraer algunas consecuencias bastante limitadas. Los simuladores, tienden a adoptar características de enfermedades que no padecen como estrategia adaptativa al medio hostil en el que habitan. Pueden beneficiarse del nuevo lugar que ocupan para conquistar sus objetivos, de modo que, para Ingenieros (1962e, p.124), “el loco se hace el loco para pasar bien la vida”. Al mismo tiempo Ingenieros hablará de los hechos sociales en términos evolutivos, dirá que mientras las sociedades primitivas se imponen a su medio por la violencia y la fuerza, las sociedades civilizadas se valen de formas menos violentas y más fraudulentas. En ese contexto, adquiere sentido la generalización de casos de simulación que se multiplicaban en las sociedades avanzadas (Falcone, 2012, p.225).

La referencia a las teorías evolucionistas como forma de legitimación científica fue un procedimiento ampliamente utilizado en las últimas décadas del siglo XIX e inicios del siglo XX, tanto en el campo de la medicina legal y la psiquiatría, como en la criminología. En el campo de la psiquiatría de Magnan (1887) a Kraepelin (1907), la retórica darwiniana de la lucha por la vida y la sobrevivencia de los más aptos aparecen una y otra vez (Huertas, 1987; Campos, Huertas, 2000). Ingenieros retoma esa tradición en el primer capítulo de su libro, “La simulación en la lucha por la vida”, que presenta como siendo el fundamento científico de sus posteriores argumentos.

Considero, sin embargo, que es posible comprender los argumentos sobre la simulación de la locura, defendidos por Ingenieros, con absoluta prescindencia de la teoría evolucionista. Podemos decir que el riguroso procedimiento científico que José Ingenieros afirma emplear – analizar hechos sociales como el crimen, la enfermedad o la locura por referencia a las leyes que rigen la evolución biológica de las especies – acaba sobredeterminando los argumentos sin que, efectivamente, permita presentar una solución para el problema de la simulación.

Ingenieros (1962e, p.294) concluye el capitulo denominado “La simulación en la lucha por la vida” de este modo:

Las condiciones en que se desenvuelve la lucha por la vida en el ambiente social civilizado pueden hacer individualmente provechosa la simulación de la locura, como forma de mejor adaptación a las condiciones de lucha; ya sea directamente favoreciendo al simulador, ya sea indirectamente disminuyendo las resistencias que el ambiente opone al desarrollo y expansión de su personalidad.

Lo que a Ingenieros le interesa es poner de manifiesto la utilidad social de la simulación. Afirma que estudiando las circunstancias que hacen ventajosa la simulación se observa la permanencia del principio de utilidad (Ingenieros, 1962e, p.124). Sin embargo, la asociación entre simulación y utilidad social ya era un tópico presente en el discurso de psiquiatras, alienistas y criminólogos mucho antes de que la teoría evolucionista, con sus referencias a la lucha por la vida y al mimetismo, se integraran al discurso médico y psiquiátrico. Vemos así que uno de los ejes en torno a los cuales se articula el libro Étude médico-légale sur la simulation de la folie de Armand Laurent, publicado en 1866, es justamente el de intentar comprender cuál es el interés o la utilidad que la simulación de la locura representa para los simuladores, sin que exista aquí ninguna referencia al evolucionismo.

La pregunta de Laurent (1866, p.44) es “¿cuál es el motivo de esa acción?”, o mejor ¿de qué modo la simulación beneficia al simulador? Para los delincuentes será librarse de una pena, para los locos obtener algún beneficio en el asilo, para los que quieren huir del trabajo, dejar de trabajar. El texto de Laurent, que fue citado diversas veces por Ingenieros, se transformó en una referencia privilegiada para todos los psiquiatras, de fines del siglo XIX e inicios del siglo XX, interesados en definir estrategias útiles para reconocer y desenmascarar los falsos alienados.

Algo semejante ocurría con las reflexiones que Pinel (2005, p.301), cincuenta años antes, dedicara a las manías simuladas. Allí Pinel, mucho antes de que se pudiera pensar en algo semejante a la selección natural, se refiere a la utilidad de la simulación. Es posible, entonces, afirmar que la pregunta por la utilidad o motivo de la acción se vinculaba con el problema de la simulación independientemente de las referencias al evolucionismo con las que arranca el libro de Ingenieros. Éstas, hay que decirlo con clareza, tienen un valor puramente retórico; y ningún significado teórico relevante. No hay dudas de que Ingenieros buscaba validarse apelando a Darwin (Molloy, 1999, p.190); pero ese recurso nada esclarece sobre la naturaleza del problema que él realmente se estaba planteando, ni sobre la solución que estaba delineando.

Es verdad, usando un lenguaje biológico, la simulación de la que habla Ingenieros puede describirse como un comportamiento defensivo, ejecutado por un organismo individual. Pero, en realidad y pese a la pretensión de Ingenieros (1962b, p.26 y s.), las teorías evolucionistas invocadas en “La simulación en la lucha por la vida” no aluden a comportamientos individuales. El “mimetismo”, y otros fenómenos semejantes (que podrían ser descriptos como de “simulación” aunque no fuese el término usado por los naturalistas para describirlos) eran considerados por los biólogos darwinistas, que de hecho los estudiaban, como estados de caracteres propios de ciertas especies, que resultaban de la selección natural. Fenómeno, este último, que explica procesos de nivel poblacional y no de nivel organísmico (Jacob, 1970, p.186; Mayr, 1982, p.490).

Para los naturalistas que, desde Henry Bates, Fritz Müller y Alfred Russel Wallace en adelante, venían estudiando esos fenómenos (Poulton, 1897; Peckman, 1889), no menos que para los ecólogos evolucionistas de hoy (Ruxton, Speed, 20 ene. 2005), no es la mariposa individual la que modifica su comportamiento o su aspecto para engañar a su predador (Carpenter, Ford, 1933, p.5-19). El mimetismo, y los otros fenómenos semejantes, son siempre modificaciones que deben estudiarse considerando la historia evolutiva de cada linaje (Wallace, 1889, p.243; Poulton, 1890, p.14): como ocurre con cualquier adaptación evolutiva (Sober, 1984, p.203). Entre la coloración de Lepidoptera heliconidae (Bates, 1861) y el modo de actuar de cualquier organismo individual, incluido uno de la especie Homo sapiens, hay una discontinuidad ontológica que ya no se les pasaba por alto a los evolucionistas del siglo XIX y que Ingenieros desconsideró en su analogía.

La simulación en el mundo humano

El mayor problema de Ingenieros (1962e) en Simulación de la locura no era ni el fenómeno del mimetismo, ni la lucha por la vida, sino edificar argumentos que le permitieran impugnar las bases sobre las que se edificaba el derecho penal. Particularmente la defensa que la Escuela Jurídica Clásica realizaba de la justicia, centrada en la responsabilidad e inimputabilidad penal. Esta teoría de la responsabilidad penal está enteramente construida sobre un argumento que Ingenieros (1962e, p.292) considera metafísico: el argumento del libre albedrio. De acuerdo a esta teoría, sólo podrá ser castigado penalmente aquel que realizó un acto delictivo sin coacción, de modo libre y, consecuentemente, aquel que puede ser considerado como responsable por sus actos. La tarea de los delincuentes simuladores no será otra que mostrar, por sus acciones o por sus afirmaciones, que ellos no pueden ser considerados responsables. Por padecer alguna enfermedad mental, están privados de la capacidad de libre elección y consecuentemente deben ser considerados irresponsables, penalmente inimputables.

Ingresamos aquí en un territorio que en realidad poco y nada tiene que ver con la biología. Ahora de lo que se trata es de justicia y de criminología, pero fundamentalmente de psiquiatría. Y esto porque Ingenieros insiste en afirmar que los únicos capaces de descubrir si un delincuente simula o no la locura, no son ni los jueces ni los criminólogos, sino los psiquiatras. Es en ese marco donde se cruza una doble problemática: (1) quien es capaz de descubrir la verdad que se esconde tras la mentira simulada, y (2) quien debe ejercer el gobierno sobre estos sujetos que son los simuladores. Esta cuestión no se resolverá con argumentos biológicos, médicos o jurídicos, sino con argumentos psiquiátricos. Es decir, por referencia a la figura del psiquiatra, aquel que se reconoce como “señor de la locura” (Foucault, 2003, p.129), único capaz de descubrir la verdad y ejercer cierto poder sobre aquellos que se obstinan en defenderse de la condena social con falsedades y mentiras.

Entorno a la simulación se entabla una verdadera lucha, pero no es una lucha biológica. Es, al contrario, una disputa epistemológica. Un conflicto que se refiere a las formas de enunciación, ocultamiento y descubrimiento de la verdad. En el embate que se establece entre el perito y el simulador se trata de la enunciación de la verdad sobre la locura; de los criterios y métodos a ser seguidos para acceder a esa verdad; de definir, en fin, el alcance, las fronteras y los límites de lo que debe considerarse enfermedad mental. Foucault dirá que este embate se plantea en los siguientes términos. Por un lado, el saber experto del psiquiatra afirmaba: “contigo que eres loco, yo no plantearé la cuestión de la verdad; pues yo mismo detento la verdad en función de mi saber, a partir de mis categorías, y si yo detento un poder respecto de ti, que eres loco, es porque poseo esta verdad” (Foucault, 2003, p.135).

Por otro lado, los discursos y acciones de los simuladores bien pueden entenderse como respuesta a esos enunciados de verdad, enfrentándose o resistiendo a un saber psiquiátrico que se legitima por referencia al discurso médico y a sus procedimientos de clasificación, diagnóstico y terapéutica. Así frente a la asociación poder-verdad que caracteriza a la psiquiatría, los simuladores presentarán su estrategia de resistencia:

En este momento la locura responde: si tú pretendes poseer, de una vez por todas, la verdad en función de un saber ya constituido, bien, yo voy a plantear en mí mismo la cuestión de la mentira. Y, consiguientemente, cuando tú manipules mis síntomas, cuando trates con lo que tú llamas la enfermedad, caerás en la trampa, porque habrá, en medio de mis síntomas, este pequeño núcleo de oscuridad, de mentira por el cual yo te plantearé (problematizaré) la cuestión de la verdad (Foucault, 2003, p.135).

Por esa razón, Foucault (2003, p.137) llegó a afirmar que el primer intento de despsiquiatrización debe ser buscado en el fenómeno de la simulación. Sin embargo, el problema de la simulación no surge inicialmente como un problema interno al hospital psiquiátrico, no se trata simplemente de la simulación que el loco puede hacer de sus síntomas, ni exclusivamente de la tan discutida simulación de la histérica. El mismo problema se repite una y otra vez, desde el caso analizado por Morel en los Annales d’Hygiéne Publique et de Médecine Legal, en 1857, el caso Desrosiere (Morel, 1857), hasta el caso Randall Patrick McMurphy, un joven de 38 años, magistralmente interpretado por Jack Nicholson en el film One flew over the cuckoo’s nest (1975). La misma cuestión le preocupaba a Ingenieros: crear estrategias que permitieran responder al problema recurrente de la simulación de la locura por los delincuentes (Lakoff, 2005).

Ingenieros dirá que su posición se diferencia de los estudios realizados hasta ese momento, centrados en el eje locura-delincuencia, en la medida que se propone ampliar la perspectiva de análisis, integrando hechos sociales y fenómenos biológicos como el mimetismo. Por esa razón, uno de sus blancos privilegiados de ataque será el libro Étude médico-légale sur la simulation de la folie de Laurent (1866).

Sea como fuere, desde el libro clásico de Laurent, redactado con estrechez de criterio, exclusivamente clínico e informado en ideas anticientíficas, solamente disculpable por la fecha en que fue escrito, ignoramos hasta ahora la publicación de otro libro especial y sistemático sobre este tema importantísimo (Ingenieros, 1962d, p.25).

Se aproxima a la perspectiva de análisis presentada por Pasquale Penta (2010) en su libro La simulazione della pazzia, cuya segunda edición fue publicada en 1900, el mismo año en que Ingenieros defiende su tesis. Considera que esta publicación de Penta está “llena de observaciones agudas y escrito con amplio criterio científico, aunque carece de un método general, que lo conduce a llegar a conclusiones inexactas” (Ingenieros, 1962d, p.25).

Ingenieros dirá que, a diferencia de los estudios existentes, su trabajo se caracteriza por presentar una reflexión científica y sistemática sobre el problema de la simulación. Entiende que “la simulación en general debe estudiarse, primeramente, por sus manifestaciones en la serie biológica, solo después encontraremos sus manifestaciones en la vida superorgánica, en las sociedades humanas” (Ingenieros, 1962d, p.24). Aquí se hallará la clave para estudiar las simulaciones humanas de toda índole, siendo la más relevante la simulación de estados patológicos. Luego, y “solo entonces estaremos habilitados para estudiar provechosamente la simulación de la locura por los delincuentes” (p.26). El método científico propuesto supone el análisis concatenado de diversos modos de manifestación de la simulación, articulados en una serie de campos de estudio de complejidad creciente: “Desde la simulación del gusano hasta la del delincuente” (p.24).

En el Cuadro 1 hay un campo que se destaca: la “simulación de estados patológicos”, un caso particular de la simulación en la vida humana en general. Solo en ese marco se podrán construir respuestas para el problema que obcecaba a psiquiatras y criminólogos de la última mitad del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX: la “simulación de la locura en los delincuentes”. Punto final de un continuo de fraudes y engaños que cotidianamente es posible descubrir, tanto en el mundo biológico (el perro que renguea) como en el mundo humano en general.

Fuente: Ingenieros (1962d, p.25).

Cuadro 1 : Las diferentes formas de simulación 

En suma, el ensayo constituye un estudio general de la simulación como medio de lucha por la vida, estudiándola desde sus primeras manifestaciones inconscientes en el mundo biológico hasta sus complejas modalidades en la vida de los hombres civilizados. Complementando este estudio, intentaremos el análisis de la psicología de los simuladores, clasificando las variedades más notables de ese grupo, compuesto por individuos en quienes la tendencia a simular constituye el rasgo dominante de su carácter y su medio predilecto de lucha por la vida (Ingenieros, 1962d, p.25).

Para Ingenieros, cada acto individual de simulación humana, sea consciente o inconsciente, voluntario o accidental debe ser analizado como una estrategia psicológica utilizada para adaptarse a las condiciones y restricciones impuestas por el medio. Este recurso no es exclusivo del mundo de los delincuentes y marginales, al contrario, puede identificarse en los más variados ámbitos de la acción humana.

Dirá, por ejemplo, que este es un recurso muy utilizado en el mundo femenino, tanto en lo que se refiere a la apariencia externa como a los sentimientos. Las mujeres que carecen de los caracteres propios de la “superioridad femenina”, consagrados por los cánones definidos de lo que constituye la belleza, suplirán esa falta natural simulando tales caracteres. En palabras de Ingenieros (1962d, p.54):

La estatura, el busto firme, la cadera torneada, el frescor juvenil, las mejillas rosadas, la dentadura armoniosa, el labio vivo, la pupila brillante, son verdaderos índices de eugenesia femenina y de aptitud para la maternidad. Cuando la naturaleza ha sido avara en esos atributos o cuando la edad empieza a borrarlos, todos ellos son simulados por las mujeres, con el vestido, el calzado, las pelucas que disimulan la imperfección y la vejez. No es menos frecuente la simulación de los sentimientos, cientos de mujeres están dispuestas a simular un cariño intenso por cualquier desconocido que les haga vislumbrar la esperanza en un matrimonio ventajoso.

Ese será uno de los ejemplos utilizados por Ingenieros para referirse a la simulación como estrategia para vencer en esa lucha entre los sexos. Exactamente en el mismo año en que Ingenieros defendía su tesis de medicina, se publicaba en Leipzig un pequeño panfleto de Paul Moebius (1982), muy difundido y criticado, sobre La inferioridad mental de la mujer. Muchos de los argumentos de la simulación femenina utilizados por Ingenieros, están presentes en ese panfleto. Moebius (1982, p.6) era un reconocido psiquiatra y neurólogo, fiel seguidor de la teoría de la degeneración de Magnan que, como Ingenieros, defendía la necesidad de aplicar rigurosamente “los últimos métodos y teorías científicas aceptados por la comunidad internacional”. Las respuestas dadas al libro de Moebius indican que, en ese momento, no existía la tan proclamada unidad de método científico. No solo feministas sino también psiquiatras, médicos y legisladores reaccionaron a ese escrito considerándolo una verdadera provocación carente de todo rigor argumentativo.

Ingenieros utilizará argumentos semejantes para referirse a la simulación en la lucha por la vida en el mundo del trabajo. Miembros de diversas profesiones, particularmente los funcionarios públicos y burócratas, harán de la simulación su verdadera profesión, aquellos que no quieren trabajar simularán la fatiga constante y el agotamiento. Entiende que existen “legiones enteras de parásitos y serviles que viven simulando trabajar” (Ingenieros, 1962d, p.58). Esa misma forma de acción es utilizada, afirma Ingenieros, por otros individuos, además de las mujeres y los burócratas: niños, propagandistas, escritores sin talento, parásitos sociales, comerciantes deshonestos, además del delincuente-simulador.

Para el común de los hombres, saber vivir equivale a saber simular. Solo algunos individuos superiores dotados de especiales condiciones en la lucha por la vida pueden imponer su personalidad al ambiente sin someterse a simular para adaptarse (Ingenieros,1962d, p.62).

Sin embargo, de acuerdo a Ingenieros (1962d, p.62), la mayoría de los hombres acepta, sin dudarlo, el fraude y la simulación para conquistar sus objetivos:

Imaginen por un momento que el astuto especulador no simule honestidad; que el literato adocenado no simule las cualidades de los que triunfan; que el comerciante no simule interés por los clientes; … que el parásito no simule ser útil a su huésped; el bruto inteligente y el inteligente bruto, según las circunstancias; que el pícaro no simule la tontería y el superior la inferioridad, según los casos; el niño una enfermedad y el maricón el afeminamiento.

Sylvia Molloy (1999, p.190-194) se detiene a analizar específicamente este último caso, es decir, el modo como el problema de la homosexualidad y la simulación entran en la estructura explicativa de Ingenieros.6

La simulación de estados patológicos

Dentro de este amplio universo de simulaciones deben ser diferenciados los casos de simulación en general, allí donde aparecen casos de fraude, mentira y ocultamiento, de un tipo especial que es la simulación de estados patológicos.

Ingenieros presenta diversos casos donde aparece la simulación de patologías. Narra historias sobre novias que simularon enfermedades para casarse, mujeres que simularon histeria para poder encontrar la oportunidad de ser infieles a sus maridos, individuos saludables que simularon accidentes para recibir una pensión de la beneficencia pública, entre muchos otros casos. Delante de esa variedad de manifestaciones, concluye que es posible identificar tres formas de simulación predominantes que resumen la mayor parte de los problemas médico-legales. Ellas son: (1) simular una enfermedad para liberarse del servicio militar; (2) la simulación de los falsos mendigos para favorecerse de la beneficencia; y (3) la simulación de la locura en general y de los delincuentes en particular.

Los dos primeros casos son considerados de importancia menor, existiendo para ambos soluciones simples que permitirían contrarrestar esas simulaciones. Dedicará algunas pocas páginas a estos casos para luego detenerse en la simulación de la locura.7 En relación al primer caso, destaca la dificultad y la limitada formación de los médicos militares para poder descubrir los artificios creados por los simuladores que inventan las más variadas enfermedades para liberarse de la obligación de realizar el servicio militar.

La simulación de enfermedades de los conscriptos no cederá a los pobres recursos de los médicos militares, ni será eficazmente combatida por la coerción … Conocemos el caso siguiente, en una Sanidad Mental se aplicaron a un sordomudo verdadero ciento ochenta puntas de fuego, en varias sesiones, por sospecharse que fuera simulador (Ingenieros, 1962d, p.99).

Para Ingenieros no se trata de buscar estrategias médicas, coercitivas o punitivas para descubrir las simulaciones de quienes quieren huir del servicio militar. La verdadera solución de este problema tampoco estará en las manos del médico, aunque este no careza de competencia. Ingenieros sabía que, como más tarde afirmará Foucault (2003, p.134), “siempre podemos engañar a un médico haciéndole creer que tenemos talo cual enfermedad o talo cual síntoma, como lo sabe cualquier persona que haya hecho el servicio militar, pero, sin embargo, la práctica médica no se pone en cuestión”.

Frente a la dificultad que el saber médico encuentra para desenmascarar a los simuladores, será necesario imaginar otras estrategias de intervención. La propuesta de Ingenieros es desviar la mirada del individuo al medio social, intentando modificar las condiciones externas. En el caso del servicio militar esto significa atenuar el rigor de un sistema arcaico de defensa nacional, basado en la militarización de las relaciones entre naciones. Propone alterar las condiciones del servicio militar obligatorio que, por la fuerza de ley, transforma en desertor a los que no aceptanesa imposición. “El militarismo debe tender a atenuarse en los pueblos civilizados. Esa atenuación será progresiva, restringiéndose el tiempo del servicio … de esa manera desaparecerá la necesidad de simular enfermedades para eludirlo” (Ingenieros, 1962d, p.99). Ingenieros concluye que es necesario defender la desaparición gradual del servicio militar, siendo esta la única profilaxis posible para contrarrestar este tipo de simulación.

En relación al segundo tipo de simulación, su análisis no será ni tan pertinente ni tan sensato como en el caso anterior. Se trata de la simulación de enfermedades con la finalidad de explotar la beneficencia. Hablará de “parasitismo social”, de grandes grupos de mendigos que han hecho de la mendicancia una verdadera profesión, beneficiándose de la solidaridad de los semejantes y, muchas veces, creando verdaderas fortunas. Relata el caso de un famoso club de mendigos existente en la ciudad de Chicago; “una comitiva de sujetos sanísimos y alegres que comían, bebían, jugaban, fumaban y poseían una biblioteca de filósofos antiguos para recrearse en sus ratos de ocio. Todos ellos, durante el día, simulaban ser cojos, ciegos, mudos o idiotas” (Ingenieros, 1962d, p.100).

Ingenieros reitera, de ese modo, un tópico extremamente difundido en la última mitad del siglo XIX por filántropos y asociaciones de ayuda. Un discurso presente también en la literatura y en el cine, por ejemplo, en los relatos de Émile Zola (1877) o Victor Hugo (1862) y en la película argentina Dios se lo pague (1948). De formas diferentes, todos esos discursos se refieren a un fenómeno que atormentaba a las nacientes estructuras de protección social creadas en la segunda mitad del siglo XIX, en respuesta a conflictos y luchas políticas. Lo que se repetía como un problema era la dificultad para diferenciar claramente la pobreza digna de la pobreza considerada indigna, la población trabajadora, merecedora de estrategias de protección social, de aquellos que no merecían ayuda (Himmelfarb, 1988).

En este contexto las referencias al evolucionismo, al darwinismo y a la lucha por la vida, considerados por Ingenieros como argumentos necesarios para construir una teoría científica sobre la simulación, reaparecen para defender argumentos políticamente conservadores.8 La analogía trazada entre el mundo animal y humano, en el primer capítulo de Simulación de la locura, retorna como forma de justificar la exclusión de la solidaridad social a los no trabajadores, un grupo constituido por tipos diversos de “degenerados”. Así, refiriéndose a las desventajas que puede tener la solidaridad social inspirada por los necesitados y los simuladores, dirá:

Mientras multitudes laboriosas y fecundas carecen de lo necesario, duele ver que los manicomios, las cárceles, los asilos contribuyan a la cómoda holgazanería de seres improductivos, cuando no perjudiciales. El eterno problema de la lucha contra el parasitismo social de los degenerados, frente a la justa protección de las clases trabajadoras. Sergi, en Las degeneraciones humanas, ha dedicado un bello estudio a la supervivencia de los débiles e inferiores (Ingenieros, 1962d, p.93).

Por ese motivo afirma que la función social de la medicina debe estar orientada con fines selectivos a defender la especie humana, como especie biológica, “tendiendo a la conservación de los caracteres superiores y a la extinción de los incurables y degenerados” (Ingenieros, 1962d, p.94). Esta estrategia biopolítica permitiría evitar dos males sociales: el desperdicio de fuerzas y recursos destinados a la solidaridad con los inferiores, que conduce al parasitismo social; y la transmisión hereditaria de caracteres degenerativos, perjudiciales para la evolución de la especie (Ingenieros, 1962d, p.95).

Para Ingenieros, la profilaxis es la forma de responder al flagelo social, representado por la simulación de enfermedades para favorecerse de la beneficencia. Deben ser creadas reformas laborales que hagan del trabajo una obligación agradable para todos y no una desagradable imposición o “un yugo penoso para algunos” (Ingenieros, 1962d, p.100). Ingenieros propone así, para contrarrestar la simulación de los falsos mendigos, una verdadera estrategia biopolítica de gestión de las poblaciones, articulada en torno a la oposición “hacer vivir y dejar morir” (Foucault, 1978, 2004, 2005). Defiende intervenciones sociales y eugénicas capaces de establecer una partición en el mundo social entre, por un lado el mundo de los hombres laboriosos, merecedores de la beneficencia “tendiendo a la conservación de los caracteres superiores de la especie”, y, por otro, el mundo de los débiles a los que toda asistencia debería ser negada “tendiendo a la extinción de los incurables y degenerados” (Ingenieros, 1962d, p.99).

La simulación de la locura

Nos referimos hasta aquí a ese complejo mundo habitado por los simuladores: desde la mujer infiel hasta el mendigo, pasando por los que desean salvarse del servicio militar y los funcionarios públicos. Todas esas figuras fueron tematizadas con mayor o menor detenimiento en el texto de Ingenieros. Sin embargo, de los tres grandes grupos antes mencionados – la simulación para liberarse del servicio militar, para favorecerse de la beneficencia y la simulación de la locura –, Ingenieros se propone analizar con mayor detenimiento el tercer grupo: la simulación de la locura en general y la simulación de los delincuentes, en particular.

Gran parte de los casos de simulación en general, analizados por Ingenieros, transitan entre el campo de la sanidad, la locura y la degeneración: mujeres histéricas, homosexuales, hombres que huyen del trabajo o mendigos. A muchos de ellos se les atribuye una herencia patológica, a otros, características del comportamiento propias de los degenerados y de la mayoría se dirá que poseen estigmas físicos de degeneración. Los dos grupos de simuladores de estados patológicos que analizamos hasta aquí, los que quieren liberarse del servicio militar y los que quieren explotar la beneficencia, se sitúan también en un espacio que es, al mismo tiempo, interior y exterior a la locura. Es en ese marco general, donde no parece haber fronteras definidas que permitan diferenciar locura y sanidad mental, que debemos inscribir el análisis que Ingenieros realiza del tercer grupo: la simulación de la locura.

Para realizar su análisis de la simulación de la locura, Ingenieros comenzará diferenciando tres grandes sub-grupos: (1) la simulación de la locura en general; (2) la simulación de la locura por alienados verdaderos y (3) la simulación de la locura por los delincuentes.

De estos tres sub-grupos, el primero parecería ser, en principio, el menos interesante. La simulación de la locura en general ocurre cuando es conveniente para un individuo saludable simular la locura por razones que no son necesariamente de orden jurídica o legal. Ingenieros narra algunos casos concretos, como el de una joven que presenta todos los síntomas de histeria para evitar ingresar en un convento y poder casarse. Aquí la supuesta alienación impidió que la joven siguiera el destino de monja que su madre le había trazado. También narra el caso de un escritor que para conquistar alguna fama afirmaba tener delirios y alucinaciones, en ese caso se trataba de simular la locura para no sufrir restricciones a su libertad, de modo que actitudes o acciones que en otros contextos estarían prohibidas podían pasar a ser admitidas como pequeñas manifestaciones inevitables de un estado de locura.

Casos como estos, donde están en juego actos creativos y decisiones libres, nos llevarían a concordar con Foucault (2003, p.134), cuando afirma que el problema de la simulación, para el poder y el saber psiquiátrico, no se limita a la cuestión del sujeto sano que quiere hacerse pasar por loco.

Por simulación no entiendo aquí la actitud de un no loco que puede hacerse pasar por loco, pues esto jamás cuestiona realmente el poder psiquiátrico. No es cierto que el hecho de hacerse pasar por loco, cuando no se es loco, sea para la práctica psiquiátrica, para el poder psiquiátrico, algo así como un límite, un término o el fracaso esencial, ya que, después de todo, la cosa sucede en todos los órdenes del saber y más aún en medicina.

Pero si observamos con mayor detenimiento los ejemplos relatados por Ingenieros, veremos que aun cuando es el propio paciente, bajo la dirección y las intervenciones del psiquiatra, quien acaba reconociendo que sus actos eran simulados, es imposible identificar simulación con salud y no simulación con locura. Los relatos de casos evidencian la dificultad para distinguirlas nociones de simulación, locura, salud y cura. No existe una línea de demarcación clara entre loco y no loco y nada indica que desenmascarar al simulador signifique declarar su sanidad mental.

En “El poder psiquiátrico” (2003) y dando continuidad a los estudios realizados en El nacimiento de la clínica (1987), Foucault se había ocupado de mostrar que aun cuando la psiquiatría del siglo XIX se constituyó como un discurso científico que encontraba su legitimidad en los procedimientos de la medicina general, esto es en las referencias a la anátomo-patología y al discurso clínico o clasificatorio, existían grandes diferencias entre los procedimientos de identificación y diagnóstico utilizados en cada caso. A excepción de la parálisis general, no existía ninguna posibilidad de establecer correlaciones anátomo-patológicas o explicaciones orgánicas para las enfermedades mentales. “Estos dos discursos eran simplemente una especie de garantía de la verdad, de una práctica psiquiátrica que quería que la verdad le fuese concedida de una vez por todas y que nunca fuese cuestionada” (Foucault, 2003, p.133).

Cuando Foucault afirma que no es cierto que la simulación del no loco represente el límite o fracaso del poder psiquiátrico, porque esto sucede también en la medicina general, tomará como ejemplo al simulador que desea evitar el servicio militar. Coincidentemente, ese será el primer grupo analizado por Ingenieros.

En el caso relatado por Ingenieros, leemos que cientos de quemaduras en la piel de un sordomudo que se creía simulador llevaron al descrédito de los médicos militares cuando se descubrió que efectivamente padecía esa enfermedad. Podemos oponer a ese ejemplo el procedimiento utilizado cotidianamente por psiquiatras como Laurent (1866), quien utilizaba reiteradas exposiciones de enfermos o simuladores a duchas frías para determinar la veracidad de la alienación. Esta estrategia tenía un resultado seguro, la repetición de casos de pulmonía, pero no permitía ni descartar la simulación ni enunciar un diagnóstico de alienación mental. Aun así, ese procedimiento se repitió por décadas siendo reivindicado por muchos prestigiosos psiquiatras.

De hecho, los procedimientos utilizados por la psiquiatría para reconocer las simulaciones reproducen las mismas estrategias utilizadas para definir la existencia de patologías mentales en general. Un modelo que, aun cuando encuentre su validez y su prestigio por referencia a la medicina general, en su práctica concreta prescinde de cualquier referencia a la anátomo-clínica (Foucault, 2003, p.133).

El simulador se sitúa exactamente en ese vértice o límite frágil y ambiguo que existe entre sanidad y locura. Un límite fuertemente dependiente tanto de circunstancias internas, la herencia patológica, como de circunstancias externas referidas a las condiciones del medio, como lo muestran los casos relatados por Ingenieros.

Como ya fue mencionado, uno de los casos de simulación en general que presenta es el de una joven que decide simular síntomas de histeria9 para poder casarse e huir del destino de monja que su madre le había impuesto. Sobre este caso, Ingenieros (1962e, p.126) concluye: “al comenzar su simulación solo tenía el propósito de fingir ligeros ataques histeriformes; pero así como la función hace al órgano, la simuladora en pocos días elevó insensiblemente el diapasón, hasta simular un completo delirio histérico”. Agregará que la repetición voluntaria de ciertos mecanismos lleva a hacerlos involuntarios y automáticos y que, generalmente, los individuos que fingen un estado mórbido por mucho tiempo acaban incurriendo en el hecho fingido.

El segundo caso de simulación en general presentado por Ingenieros se refiere al comportamiento de un joven que simula excitación maníaca e ideas delirantes para “evitar la tiranía del cuartel”. Su padre era “nervioso”, su madre normal y tenía un hermano “neurópata”. Su mayor problema era “padecer una profunda aversión al trabajo”. Las características físicas descriptas son: “asimetría craniana, paladar abovedado, mala implantación de dientes, irregularidades del sistema piloso y otros signos degenerativos. Estado mental propio de los degenerados hereditarios, sin fenómenos fijos” (Ingenieros, 1962e, p.126). Este caso, entre muchos otros, le permite a Ingenieros llegar a la conclusión de que existe una línea de continuidad que unifica a los tres sub-grupos principales de simulación de la locura: la simulación en general, la sobresimulación y el delincuente simulador.

La fragilidad de los procedimientos descriptivos, utilizados para demarcar lo normal y lo patológico en el campo de la psiquiatría, le permite a Ingenieros trazar una línea continua de simulaciones.10 Los tres sub-grupos forman parte de una sucesión de hechos de gravedad creciente, interconectados por un denominador común: la teoría de la degeneración y a la locura de los degenerados. Pues, “la simulación de la locura aparece en sujetos anormales, cerebros claudicantes, neurópatas tarados por la degeneración” (Ingenieros, 1962e, p.127).

De este modo, ni la confesión de la simulación ni la capacidad del perito para reconocer al simulador permitirán identificar un estado de sanidad mental. Ingenieros construye este argumento recurriendo a la teoría de Krafft-Ebing (1903), quien defiende la existencia de una tendencia mórbida, anterior a la simulación, que puede ser tanto consciente como subconsciente o automática. Pero es la teoría de la degeneración la que le permite establecer la línea de continuidad entre normalidad y patología: “La falsedad del carácter es también una anomalía frecuente en los degenerados; ofrecen una tendencia irresistible a mentir, a fingir, a disimular, a calumniar. Muchos tejen una vida de embustes … Aquí reside el origen de la simulación inconsciente que se observa en tantos degenerados” (Ingenieros, 1962d, p.87).

Consideraciones finales

En la estrategia biopolítica propuesta por Ingenieros terminarán borrándose las fronteras que él mismo había establecido entre tres tipos de simulación de la locura. La distinción se diluye y desaparece en ese continuo explicativo donde toda y cualquier simulación revela la existencia de algún cuadro patológico. Podremos decir entonces con Foucault (2003, p.135) que también en el caso de Ingenieros:

La simulación que fue el problema histórico de la psiquiatría en el siglo XIX es la simulación interna a la locura: la simulación ejercida por la locura con respecto a sí misma; la manera de la locura simular locura, la manera de la histeria de simular histeria, la manera como un síntoma verdadero es en cierto aspecto un modo de mentir, la manera como un falso síntoma es una forma de estar verdaderamente enfermo. Todo eso constituyó para la psiquiatría del siglo XIX el problema insoluble, el límite y, en definitiva, el fracaso a partir del cual iban a producirse una serie de repercusiones.

En la lucha que se entabla entre el perito y el simulador, la tarea de Ingenieros será limitar y anular cualquier posibilidad de triunfo de los simuladores. Y para eso apelará al mismo recurso utilizado por los degeneracionistas: ampliar las bases de la psiquiatría multiplicando el número de patologías mentales (Foucault, 1999). De ese modo, los simuladores aunque no posean una enfermedad psiquiátrica identificada, pasarán a ser vistos como individuos que padecen de alguna anomalía del carácter o de alguna deficiencia psíquica. De acuerdo a Ingenieros, esta anomalía puede estar en el origen de la simulación, como ocurriría en el caso del simulador degenerado que huía del trabajo, o puede instalarse a posteriori, justamente como un efecto indeseado de la repetición de acciones simuladas, como lo hemos visto en el caso de la joven que simulaba un cuadro de histeria.

Ingenieros se distancia así de lo que considera “la vieja clínica psiquiátrica”, heredera de Pinel (2005) y Esquirol, limitada a un pequeño número de cuadros patológicos: manía, melancolía, demencia, idiotismo y monomanías. Según dirá, al analizar el tema de la simulación, se revelan las limitaciones de esa psiquiatría clásica que circunscribe el campo de acción del médico psiquiatra a unas pocas patologías, negándose a integrar “los casos, para ella inexplicables, que saltan a la vista del psicólogo concienzudo que contempla la infinita variedad de las anomalías” (Ingenieros, 1962e, p.174).

Estamos lejos aquí del problema de la simulación tal como aparecía en la psiquiatría clásica de Pinel. Para Ingenieros es necesario retomar los trabajos realizados por psiquiatras como Morel y Magnan, cuyo cuadro de patologías psiquiátricas se había ampliado, haciendo posible pensar en la simulación de formas patológicas variadas, sin un aspecto clínico determinado. Esa era una realidad que la medicina legal se negaba a admitir, limitando el criterio de irresponsabilidad e imputabilidad penal a los pocos casos de locura definidos por la psiquiatría clásica. Es por eso que, para Ingenieros (1962e, p.173), las preguntas claves que deberemos formular para comprender el problema de la simulación son:

¿Dónde termina la salud mental? ¿Dónde comienza la locura? Es una de las cuestiones más arduas presentadas al estudio de los alienistas, sin encontrarse una fórmula definitiva que solucione sus incógnitas. La última mitad del siglo XIX vio florecer curiosos e interesantes estudios de psicopatología no sospechados por los clínicos de antaño. Junto al hombre normal y al loco, anastomosándose con ambos, se describieron tipos desequilibrados, fluctuando desde el genio hasta la delincuencia, desde la mentira hasta la inversión sexual.

Para Ingenieros, así como es complejo establecer un límite entre la completa sanidad y la patología orgánica, del mismo modo resulta imposible establecer una clara partición entre normalidad y locura. Es preciso hablar de un continuo que va de la normalidad a la locura, identificar patologías intermediarias, pequeñas anomalías y desvíos del carácter, sin mantenerse en los límites estrechos definidos por los tratados de psiquiatría que son utilizados en la mayoría de las cátedras universitarias. Al contrario, es en el estudio de los estados intermedios, allí donde aparecen los “sujetos desviados del tipo medio por la neuropatía o la degeneración” (Ingenieros, 1962e, p.177) que se podrá encontrar respuesta al problema de la simulación.

De ese modo, por la mediación de una estrategia que consiste en la ampliación del campo de la psiquiatría, posibilitada por la teoría de la degeneración, Ingenieros podrá concluir que no existen verdaderos simuladores, en la medida en que siempre poseen “anormalidades psicológicas verdaderas”. Es esa estrategia la que le permitirá a Ingenieros, finalmente, garantizar el deseado triunfo de los peritos sobre los simuladores, en esa lucha epistemológica y política por la verdad que, tal como lo ha sabido mostrar Michel Foucault, se repite una y otra vez a lo largo del siglo XIX.

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2Sobre la influencia de los estudios de José Ingenieros en el desarrollo del positivismo argentino ver, entre otros: Biagini (1980), Vermeren y Villavicencio (1998), Falcone (2012), Stagnano (2006).

3 Ver Oscar Terán (1987) y Hugo Vezzetti (1988). Ambos se detienen a analizar ese momento histórico puntual en Argentina de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX. De acuerdo a Oscar Terán (1987, p.14), “en el área del ensayo positivista argentino, lo más significativo transcurre centralmente en las obras de José Ramos Mejía, Agustín Alvarez, Carlos Octavio Bunge y José Ingenieros”.

4 José Ingenieros sucedió a Ramos Mejía en la cátedra de neuropatología (entonces llamada patología nerviosa) en la Universidad de Buenos Aires. En el año 1904, Ramos Mejía publicará Los simuladores de talento, retomando algunas de las ideas expresadas por Ingenieros en Simulación de la locura.

5Ver La locura en Argentina (Ingenieros,1962a) y Criminología (Ingenieros,1962b).

6La autora señala dos lecturas posibles, una lectura afirma que el homosexual rompe la estructura explicativa de los simuladores fraudulentos de Ingenieros, en la medida en que al simular la feminidad no estaría valiéndose de un engaño o mentira, sino justamente resaltando aquello que efectivamente es; exhibiendo su feminidad. Desde esa perspectiva defendida por Molloy, la feminidad sería una característica inherente a la homosexualidad. Una segunda lectura concluiría que “el hombre simularía lo que no es – una mujer – porque, según para Ingenieros, él es realmente un hombre” (Molloy, 1999, p.192). Y es en torno a esta segunda lectura que Silvia Molloy edifica su crítica a Ingenieros, sin dejar de incurrir en cierto anacronismo. Considera que ese modo de abordar la homosexualidad representa “un reduccionismo brutal a un esencialismo binario” (p.192).

7Dejaremos de lado aquí a los delincuentes simuladores. Sobre ese tema, que es central en el libro de Ingenieros, deberá ser realizado un análisis específico.

8Algo semejante ocurrirá con la Escuela Jurídica Positiva, defendida por Enrico Ferri. Al respecto, ver a Galfione (2012).

9Ver, también, “Histeria y sugestión” (Ingenieros, 1962c).

10 Foucault (1999) abordará extensamente la temática del surgimiento de una psiquiatría de lo no patológico en el curso “Los anormales” que dictará en el Collège de France en el año 1975.

Recibido: Julio de 2014; Aprobado: Diciembre de 2014

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