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História, Ciências, Saúde-Manguinhos

versão impressa ISSN 0104-5970versão On-line ISSN 1678-4758

Hist. cienc. saude-Manguinhos vol.23 no.4 Rio de Janeiro out./dez. 2016

http://dx.doi.org/10.1590/s0104-59702016000400005 

ANÁLISE

Viajes y redes profesionales en los orígenes del alienismo español

Enric J. Novella1 

1Professor, Institut d’Història de la Medicina i de la Ciència López Piñero/Universitat de València. Plaça de Cisneros, 4. 46003 – Valencia – Spain. enric.novella@uv.es


Resumen

Este artículo examina la importancia de los viajes y las redes profesionales en los orígenes de la psiquiatría en España. Tras una revisión de los antecedentes ilustrados y los periplos terapéuticos y profesionales en el primer alienismo, se describen los desplazamientos a instituciones psiquiátricas extranjeras, durante el segundo tercio del siglo XIX, de un grupo de médicos exiliados, comisionados y pioneros españoles. Posteriormente, con su afianzamiento social, institucional y profesional, algunas figuras de la medicina mental española estrecharon sus vínculos y su proyección internacional organizando o asistiendo a congresos y otros eventos científicos. Su caso ilustra así el importante papel desempeñado por las relaciones internacionales y las redes científicas y profesionales en la difusión de los discursos y prácticas psiquiátricas.

Palabras-clave: viajes; medicina mental; redes profesionales; España; siglo XIX

Abstract

This article examines the importance of travel and professional networks in the origins of Spanish psychiatry. After reviewing the early alienists’ Enlightenment predecessors and their therapeutic and professional trajectories, it describes the trips to foreign psychiatric institutions made during the second third of the nineteenth century by a group of exiled Spanish doctors, commissioners and pioneers. Later, as they became more socially, institutionally and professionally established, some figures of Spanish psychological medicine cultivated their connections and international profile by organizing or attending conferences and other scientific events. This case illustrates the important role of international relations and scientific and professional networks in the spread of psychiatric discourses and practices.

Key words: travel; mental health care; professional networks; Spain; nineteenth century

En España una reforma profunda de la ciencia de las frenopatías necesitaba una especie de preparación, y creemos haberla encontrado en el contacto tenido con el extranjero por personas destacadas y preparadas

J.B. Ullersperger (1871)

Como es sabido, el surgimiento de la moderna medicina mental y la creación o reforma de instituciones específicamente psiquiátricas se dio en España de una forma relativamente tardía con respecto a otros países como Francia, Alemania o Inglaterra. De hecho, fue sólo a partir de mediados del siglo XIX cuando empezaron a difundirse los discursos y prácticas del nuevo alienismo, apareciendo una serie de figuras pioneras con diferentes grados de dedicación y creándose, en rápida sucesión, diversas instituciones de nuevo cuño para la atención y la custodia de locos y dementes – Leganés (1851), Sant Boi de Llobregat (1854), Nueva Belén (1857) etc. – (Espinosa Iborra, 1966). Este proceso ha sido estudiado desde varios puntos de vista, dando lugar a una serie de narrativas que han vinculado el nacimiento de la psiquiatría en España con diversos factores como la introducción o recepción de un saber psicopatológico foráneo (Rey, 1981), los requerimientos económicos y sociales del orden burgués-capitalista (Álvarez-Uría, 1983), el lento y desigual desarrollo de las instituciones del Estado moderno (Comelles, 1988) o la progresiva implantación de las coordenadas epistemológicas y culturales que permitieron la cristalización de una nueva medicina “psicológica” de la locura (Novella, 2013). En los últimos años, la circulación y asimilación de las ideas psiquiátricas, la vida y obra de algunos pioneros y las etapas fundacionales de algunas instituciones emblemáticas han sido igualmente objeto de aproximaciones más detenidas (Villasante, 2003) y se ha prestado una atención especial a las estrategias de promoción profesional y legitimación social desplegadas por la naciente medicina mental (Huertas, 2002).

En este sentido, un aspecto interesante y poco estudiado hasta la fecha ha sido el papel desempeñado en este proceso por las relaciones internacionales y las incipientes redes científicas y profesionales establecidas en el seno del alienismo europeo (Ernst, Müller, 2010; Roelcke, Weindling, Westwood, 2010). Así, por un lado, es sabido que algunos de los primeros psiquiatras españoles realizaron diversos viajes por el extranjero con el objeto de conocer instituciones y novedades asistenciales, asistir a congresos científicos o entrar en contacto con sus colegas europeos. E, inversamente, existe constancia de que numerosos alienistas europeos se interesaron activamente no solo por la historia, el estado o la organización de la asistencia a los locos en España, sino también por la misma difusión, promoción y legitimación de la medicina mental en el país. De hecho, tras la elogiosa mención de Philippe Pinel a propósito del Hospital de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza (Pinel, 1804, p.311-313) y los apuntes más críticos de su discípulo Jean-Étienne Dominique Esquirol (1818, p.60), los informes sobre los manicomios españoles – célebres por su antigüedad y su supuesta prioridad en el tratamiento diferenciado de los locos1 – fueron relativamente frecuentes en las publicaciones psiquiátricas alemanas, francesas, inglesas e incluso norteamericanas de la segunda mitad del siglo XIX (Desmaisons, 1859; Fraser, 1879; Jelly, 1885; Robertson, 1868; Schmitz, 1885; Seguin, 1883a; Ullersperger, 1871; Urquhart, 1892). Y, en algunos casos señalados como el del francés Alexandre Brierre de Boismont (1797-1881) la implicación de los alienistas extranjeros fue incluso de mayor calado, asumiendo un rol de referentes científicos y profesionales que resultaría de gran valor para sus colegas españoles e incidiría directamente en la suerte y la evolución posterior de la medicina mental española (Novella, Huertas, 2011).

El objetivo de este artículo es justamente el de examinar con detalle la importancia de estos viajes y redes profesionales en los orígenes de la psiquiatría en España. Tras una revisión de los antecedentes ilustrados y el papel desempeñado por los periplos terapéuticos y profesionales en el primer alienismo, se describen los desplazamientos de un grupo de médicos exiliados o comisionados y de algunos pioneros españoles a instituciones psiquiátricas extranjeras y el contacto con colegas europeos durante el segundo tercio del siglo XIX. Posteriormente, con su afianzamiento social, institucional y profesional, algunas figuras destacadas de la medicina mental española estrecharon sus vínculos y su proyección internacional organizando o asistiendo a congresos y otros eventos científicos. Y, de este modo, su caso ilustra el importante papel desempeñado por las relaciones internacionales y las redes científicas y profesionales en la temprana difusión de los discursos y prácticas psiquiátricas.

El viaje en el primer alienismo

Tal como sugería hace unos años el escritor checo Milan Kundera (1987, p.21), la modernidad siempre se ha entendido a sí misma como un horizonte histórico y cultural destinado a “erradicar la alteridad”. Todavía a mediados del siglo XVIII, la corte y los salones parisinos acogían, con una singular combinación de arrogancia y curiosidad, la exhibición de indígenas reclutados por naturalistas y viajeros, al tiempo que londinenses ociosos se acercaban al viejo hospital de Bedlam a contemplar, por un módico precio, el grotesco e inefable espectáculo de la locura (Foucault, 1967, p.228; Byrd, 1974). Pocas décadas después, la experiencia de las diferencias raciales, sociales y culturales favorecida por los descubrimientos geográficos, la aparición de un novedoso gusto por otras civilizaciones y la popularización del grand tour y el “turismo de madurez” movieron a las élites ilustradas a cuestionar la naturalidad de las distinciones sociales, a relativizar la condición propia y a interrogarse por la naturaleza común de todos los hombres (Pimentel, 2003). Y, en estas coordenadas, no debe sorprender que la locura, una de las figuras clásicas del “otro” en la cultura occidental, empezara a ser objeto de un renovado interés, hasta el punto de que, como ha mostrado la historiadora alemana Doris Kaufmann (1995, p.111-130), los viajeros centroeuropeos de finales del siglo XVIII popularizaron el paso por hospitales y departamentos de dementes como una importante etapa de sus Bildungsreisen o periplos formativos.2

En contraposición a la clásica interpretación de Michel Foucault, para quien esta contemplación de la locura confinada o la asistencia a los famosos espectáculos teatrales interpretados por locos en el hospicio de Charenton, durante los primeros años del siglo XIX, simbolizaban la conversión de la locura “en una cosa para mirar, [en la que] no se ve al monstruo que habita en el fondo de uno mismo” (Foucault, 1967, p.231), Kaufmann (1995, p.112) señala que las casas de locos “despertaron más que ninguna otra institución en la opinión pública ilustrada no sólo fascinación y temor, sino también consternación y deseos de reforma”. Para muchos visitantes, de hecho, los establecimientos de dementes constituían un lugar privilegiado para ensanchar el conocimiento de la naturaleza humana, de manera que en los textos que daban cuenta de sus experiencias se encuentran numerosas alusiones a su valor para familiarizarse con el lado íntimo o nocturno (Nachtseite) de uno mismo y de los demás.3 En este sentido, cabe recordar, por ejemplo, el conocido caso de Francisco de Goya, que en 1794 pintó su siniestro Corral de locos tras haber presenciado en Zaragoza numerosas escenas de abandono y maltrato de los internos en su célebre hospital (Baticle, 1995, p.143). Significativamente, la locura tuvo a partir de entonces una presencia reiterada en su producción, y no sólo como motivo de representaciones truculentas en la línea de la exaltación de lo “sublime terrible” popularizada por la estética romántica (Klein, 1998), sino también como una figura que evoca una visión sombría y crepuscular de la condición humana y apela directamente a la propia irracionalidad del observador.

Si, como ha sugerido el filósofo italiano Sergio Moravia (1980, p.260-265), la medicina mental bien puede ser considerada como una de las “ciencias de la diferencia” con las que la nueva sociedad burguesa “decidió enfrentarse a la alteridad con las armas del conocimiento”, parece obvio pues que las prácticas respectivas del viaje ilustrado (a la conquista de la barbarie), romántico (tras los pasos de lo exótico) e interior (a la búsqueda del autoconocimiento) remiten de un modo muy explícito a la constelación cultural que en el tránsito del siglo XVIII al XIX alumbró el nuevo régimen médico y moral encarnado por la psiquiatría y el manicomio.

En cualquier caso, de lo que no cabe duda es que los viajes desempeñaron un papel muy importante en el marco de la actividad de los primeros alienistas, de manera que puede decirse que pronto se convirtieron en un elemento muy importante de su cultura profesional. Así, por un lado, algunos pioneros destacados como Esquirol les atribuyeron un importante potencial terapéutico en la medida en que el “cambio de escena” propiciado por el viaje podía complementar el aislamiento del paciente en una institución donde se encontrara a salvo de las impresiones que habían provocado el extravío de su entendimiento y su mente fuera sometida a un entorno en el que primaran los estímulos salutíferos (Goldstein, 1987, p.289). De acuerdo con los principios del tratamiento moral, el paso por un lugar previamente desconocido podía utilizarse así para prolongar el aislamiento manicomial de los convalecientes – especialmente cuando eran acompañados por un extraño y no por sus amigos o parientes – y, más concretamente, para facilitar el tránsito “entre la privación de libertad y el retorno a su completo uso; entre el alejamiento de la sociedad y la entrada en el mundo” (Esquirol, 1847, p.341). En este sentido, es interesante reseñar que existe constancia documental de las tournées de numerosos pacientes del maestro francés, que en algunas ocasiones recurrió incluso a algunos de sus discípulos para que acompañaran y cuidaran de algún cliente particularmente acaudalado (Goldstein, 1987, p.145).4

Pero, aparte del viaje “terapéutico”, los desplazamientos más comunes en todo el periodo fundacional de la medicina mental se debieron más bien a motivos de tipo profesional, entre los que cabe mencionar (1) la valoración del estado de la red asistencial de cada país, (2) las estancias en instituciones modélicas o prestigiosas – habitualmente extranjeras – con el objeto de adquirir o intercambiar conocimientos, (3) el establecimiento de contactos y redes profesionales y (4) la legitimación y la promoción social de la actividad en el campo del diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades mentales. Nuevamente, Esquirol constituye, sin duda, el ejemplo más conspicuo de la práctica de este tipo de viajes en el primer alienismo, entre cuyos antecedentes (franceses) más conocidos hay que destacar, no obstante, las giras realizadas a partir de 1777 por el médico militar Jean Colombier y su adjunto François Doublet por el conjunto de las prisiones, depósitos de mendicidad, hospitales y hospicios del reino; este viaje, animado por el ministro de Luis XVI Jacques Necker, culminó en 1785 con una célebre Instruction sur la manière de gouverner les insensés et de travailler à leur guérison dans les asyles qui leur sont destinés, que constituyó una valiosísima fuente de información para el propio Pinel en los inicios de su actividad psiquiátrica en Bicêtre (Weiner, 2002, p.109-110). Más sistemático y consciente de su papel en la consolidación profesional de la medicina mental, Esquirol (1847, p.170) recorrió a lo largo de tres viajes sufragados por él mismo y realizados en 1810, 1814 y 1817 “todas las villas de Francia para visitar los establecimientos en que se encierra a los enajenados”, presentando en septiembre de 1818 una memoria al ministro del Interior y publicando ese mismo año un extenso artículo sobre el particular en el importante Dictionnaire des sciences médicales editado por C.L.F. Panckoucke (Esquirol, 1818). Significativamente, el resultado de sus viajes le sirvió para delinear una suerte de “programa o manifiesto básico” para la nueva especialidad cuyos puntos principales incluían (1) el reconocimiento público de la necesidad de que médicos entrenados expresamente trataran a los locos en instituciones específicas, (2) el lugar preeminente de París como foco de irradiación de los nuevos discursos y prácticas, (3) la urgencia de construir hospitales especializados a lo largo y ancho del país y (4) la medicalización definitiva de la atención a los dementes (Goldstein, 1987, p.130-133).

En su afán, Esquirol no se privó tampoco de recopilar información sobre el estado de los establecimientos para alienados más importantes de otros países, interesándose especialmente por los casos de Inglaterra, Holanda, Alemania, Austria, Suiza, Italia y España, y manteniendo una pequeña red de colegas informantes en cada uno de esos países.5 Posteriormente, convencidos como su maestro de la rotunda superioridad francesa – o, más bien, parisina – en el contexto internacional, algunos de sus discípulos más activos se desplazaron personalmente al extranjero para conocer de primera mano las instituciones descritas por sus informantes. Así, por ejemplo, el ya mencionado Brierre de Boismont viajó a Italia, Polonia y Alemania con el fin de visitar sus más reputados manicomios públicos y privados y elaborar una Mémoire pour l’établissement d’un hospice d’aliénés que resultó premiada por la Société des Sciences Médicales et Naturelles de Bruselas en 1834 (Brierre de Boismont, 1836). Pero, inversamente, fueron sobre todo profesionales extranjeros los que se aprestaron a viajar a Francia – y especialmente a París – con el objeto de personarse en sus famosos hospitales y familiarizarse con las innovaciones puestas en marcha por los grandes maestros franceses. Pinel, por ejemplo, alude, en la segunda edición de su Tratado médico-filosófico sobre la alienación mental (1809), a la gran cantidad de “viajeros distinguidos” que recibía en la Salpêtrière (p.193); entre otros, el joven Esquirol recordaba a algunas figuras indiscutibles de la medicina europea del momento como el alemán Johann Peter Frank, que en 1804 visitó a Pinel antes de embarcarse hacia Inglaterra y pudo comprobar la mayor eficacia de las instituciones francesas en la curación de la locura (Esquirol, 2000, p.66-67). Y, como es natural, también a Francia se dirigieron los primeros médicos españoles que se interesaron por los nuevos modos de hacer de los “médicos alienistas” y barajaron la posibilidad de emularlos e introducir en su país un aggiornamento en la gestión institucional de la locura.

Exiliados, comisionados y pioneros

El 2 de enero de 1844, el médico catalán Félix Janer (1844, p.5) iniciaba una curiosa disertación sobre los “viages médicos” (sic) en la Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona señalando que

tanto en España como en los demás países ha creído generalmente el pueblo que habían de ser más sabios y perfectos los facultativos que habían salido de su patria para visitar a las naciones extranjeras, observar sus establecimientos médicos, oír a sus más famosos profesores, y regresar tal vez con nuevas doctrinas y nuevos métodos curativos.

En realidad, y a causa de la guerra de la Independencia contra la invasión de las tropas napoleónicas (1808-1814), el conflicto permanente entre facciones políticas y el colapso económico y organizativo de los establecimientos asistenciales del Antiguo Régimen, una buena parte de los médicos españoles que visitaron las “naciones extranjeras” en las primeras décadas del siglo XIX lo hicieron como exiliados (Guerra, 1969). Y, ciertamente, junto a las traducciones, los contactos académicos formales y la circulación de la prensa médica extranjera, la salida de estos médicos – casi todos ellos liberales – resultó un factor decisivo para que no se interrumpiera en el país la difusión de las principales corrientes y novedades de la medicina europea (López Piñero, 1963).

Dos figuras destacadas de este exilio, que no llegaron a desarrollar una práctica profesional sostenida en el ámbito de la medicina mental pero sí mantuvieron un notable interés y una importante actividad publicística en este campo, fueron los catalanes Pedro Felipe Monlau (1808-1871) y Pedro Mata y Fontanet (1811-1877). Monlau, por ejemplo, se exilió en París entre 1837 y 1839 a causa de un incidente relacionado con su militancia progresista (Campos, 2003), y según su testimonio allí estableció contacto con el propio Esquirol, acompañándolo por espacio de unos días en Charenton (Monlau, 1862, p.1041). Mata, por su parte, hubo de exiliarse por motivos similares hasta en dos ocasiones en esos mismos años, primero en Montpellier y posteriormente en París, donde asistió a cátedras y cursos (quizás también con Esquirol) y se convirtió en discípulo del pionero de la toxicología Mateo Buenaventura Orfila (Corbella, Martí Amengual, 1980). A su regreso, Monlau tradujo a instancias del Ayuntamiento de Barcelona la Memoria de Brierre de Boismont, que había sido premiada en Bruselas, y unos años después trabó una estrecha relación personal con él tras asistir a la primera Conferencia Sanitaria Internacional en París (1851-1852) y se convirtió en uno de los primeros asociados extranjeros de la Société Médico-Psychologique francesa (Novella, Huertas, 2011). Y por lo que respecta a Mata, en 1843 obtuvo una cátedra en la Universidad Central y poco después publicó la primera edición de su importante Tratado de Medicina y Cirugía Legal, siendo uno de los más firmes partidarios españoles de la doctrina esquiroliana de la monomanía y reivindicando sistemáticamente la competencia exclusiva de los médicos en la determinación pericial de la locura (Martínez Pérez, 1995).

Tras el inicio, a mediados de la década de 1840, de un periodo de mayor estabilidad política y social,6 y en el contexto de una mayor preocupación de las autoridades y la opinión pública del país por las (pésimas) condiciones en las que se desarrollaba (en las instituciones tradicionales o fuera de ellas) el tratamiento y la custodia de los dementes (Novella, 2013, p.52-66), los viajes al extranjero con el objeto de visitar las instituciones más acreditadas, adquirir conocimientos “frenopáticos” y establecer contactos profesionales fueron haciéndose más frecuentes. Así, por ejemplo, a principios de octubre de 1846 El Heraldo y otros periódicos informaban del regreso a Madrid del cirujano y futuro catedrático de la Universidad Central José Calvo y Martín (1814-1904), que había sido comisionado para examinar, en representación del Instituto Médico de Emulación, diversos hospitales y departamentos de dementes en Inglaterra, Francia y Alemania: “Sería de desear – apostillaba el rotativo – que este examen no fuera infructífero para mejorar el fatal estado en que hoy se hallan las casas destinadas a albergar y curar a los infelices privados de razón” (Gacetilla…, 1846, p.4). Según su propio testimonio, Calvo – que también había tenido que exiliarse en la década de 1830 en Montpellier y París, donde asimismo conoció a Esquirol – quedó especial y muy favorablemente impresionado por el nuevo asilo de Hanwell a las afueras de Londres (entonces atendido por el pionero del non-restraint John Conolly), por el “nuevo Charenton” y por el recién inaugurado asilo de Illenau en las inmediaciones de la Selva Negra (donde seguramente fue recibido por su fundador Christian Roller) (Calvo y Martín, 1846, p.503).

Siguiendo el ejemplo del polifacético Ramón de la Sagra (1798-1871), el cual – emulando a Tocqueville – viajó en las décadas de 1830 y 1840 por los EEUU y Europa con el fin de familiarizarse con las principales reformas en el ámbito de las instituciones educativas, penitenciarias y hospitalarias (Rodríguez Caamaño, 1999),7 otros profesionales ajenos a la medicina también se interesaron en aquellos años por los manicomios foráneos. Así, por ejemplo, el diario La Época refería el 6 de abril de 1850 que el ministro de la Gobernación había comisionado al abogado madrileño Lino Saldaña “para estudiar los establecimientos de locos y los diversos sistemas conocidos en el extranjero con objeto de mejorar los establecidos en España” (Noticias…, 1850, p.4). Al parecer, dicho nombramiento, que se produjo seguramente en el marco de los preparativos para la apertura de un manicomio modelo en la capital (Villasante, 2003), no fructificó en el viaje por parte del comisionado. Y lo mismo debió ocurrir ese año en el rocambolesco caso del médico catalán Manuel Soler y Espalter (1809-1880), cuyos pormenores han sido documentados recientemente por Antonio Rey y Enric Jordá. Afincado en Madrid y con varios nombramientos administrativos a sus espaldas, Soler se ofreció motu proprio al entonces ministro de Instrucción Pública Manuel Seijas Lozano para ocupar la nueva “cátedra de enfermedades mentales” que el gobierno se proponía crear, en el contexto de la introducción de las llamadas “especialidades”, en el currículum formativo de los estudiantes de medicina. El mismo Seijas en persona atendió favorablemente su petición y le ofreció asimismo la dirección de la nueva casa de dementes proyectada en Madrid, pero con la condición expresa de “pasar a Francia y estudiar dos años esa asignatura especial haciendo la clínica en el hospital de Bicêtre u otro de importancia” (Rey, Jordá, 2011, p.87). Soler debió aceptar inicialmente estas condiciones pues una Real Orden del 28 de octubre de 1850 le comisionaba “para estudiar en el extranjero las enajenaciones mentales”, pero todo indica que finalmente no llegó a cumplirlas; solo un año más tarde se suspendía oficialmente su comisión e incluso se le exigía la devolución de los 1.500 reales que se le habían abonado por anticipado para su traslado a París (p.88).

En líneas generales, pues, puede decirse que – en caso de llevarse a cabo – casi ninguno de estos periplos tuvo una repercusión apreciable en la difusión efectiva de los discursos y prácticas del nuevo alienismo en territorio español. Ciertamente, ninguno de sus protagonistas tenía – ni podía tener – experiencia previa en la “clínica de las enajenaciones mentales” ni centró posteriormente su actividad en este campo, con lo que, más allá de algunas publicaciones aisladas, su contribución fue realmente escasa. Y, en este sentido, resulta difícil no suscribir las conclusiones del ya citado Janer (1844, p.9) cuando señalaba las limitaciones de los viajes realizados por profesionales ambiciosos pero faltos de una preparación adecuada:

¿Qué utilidad pueden sacar de un viaje, tal vez corto, unos jóvenes apenas iniciados en los primeros misterios del arte saludable que, no habiendo entrado todavía en el ejercicio más común del mismo arte, no se hallan en estado de cotejar bien los métodos nuevos, y antes desconocidos, con los antiguos, aprovecharse de las conversaciones con los facultativos más afamados y dar cuenta exacta y segura de cuanto se les pregunte acerca de su facultad en su propio país?

La primera excepción (relativa) a esta regla la protagonizó el gerundense Francisco Campderá y Camin (1793-1862), que entre 1814 y 1819 estudió medicina en Montpellier becado por la Fundación Joan Bruguera y en 1844 fundó en Lloret de Mar la llamada “Torre Lunática”, la cual, a pesar de sus reducidas dimensiones, fue el primer manicomio privado inaugurado en España (Fuster i Pomar, 1964).8 En su época de estudiante, Campderá trabó amistad con André-Pamphyle-Hyppolite Rech (1793-1853), futuro alumno interno de Esquirol (Goldstein, 1987, p.144, 385), a quien visitó en 1847 en su sanatorio privado de Pont-Saint-Côme en el curso de una gira por manicomios franceses, en la que, por lo demás, obtuvo de manos del alienista lionés Alexandre Bottex los planos del futuro Asyle d’Aliénés del Departamento del Ródano. De dichas actividades dio cuenta de forma muy elogiosa la prensa médica, distinguiendo a Campderá con los atributos del auténtico pionero y reconociendo el papel fundamental de los viajes en la adquisición de sus conocimientos:

Cuando un hombre de talento y saber se consagra 20 años a la curación de las enfermedades mentales, y estudia todos los libros, y visita los más celebrados hospitales extranjeros, y ensaya en el suyo todos los tratamientos, y concentra todas sus facultades intelectuales en una sola idea, su experiencia ha de ser ilustradísima, y rico y completo su caudal de observaciones (Descripción…, 1850, p.277).

Pero lo cierto es que, aunque su institución permanecería abierta con diversas denominaciones por espacio de casi un siglo y medio, la dedicación de Campderá – en rigor, más interesado por la botánica y la educación de los ciegos que por la clínica psiquiátrica – no llegó ni mucho menos a ese extremo, de manera que su aportación apenas dejó rastro en los inicios de la medicina mental española.

Los viajes de Emilio Pi y Molist y Antonio Pujadas

En realidad, los primeros médicos españoles que desempeñaron un papel de primer orden en la introducción de los nuevos discursos y prácticas psiquiátricas y cuyos desplazamientos profesionales al extranjero tuvieron una marcada influencia en sus contribuciones fueron los también catalanes Antonio Pujadas (1812-1881) y, sobre todo, Emilio Pi y Molist (1824-1892).9

Precozmente interesado por el campo de la patología mental, Pi ya había resultado ganador del certamen público convocado en 1846 por la Sociedad Económica Barcelonesa de Amigos del País sobre el “modo más asequible de erigir un asilo, hospital o casa de locos para uno y otro sexo, fuera de las murallas de la ciudad” (Memoria…, 1885, p.7), y poco tiempo después se incorporó al departamento de dementes del centenario Hospital de la Santa Cruz de Barcelona, el cual venía siendo objeto desde unos años antes de reiteradas denuncias por su miserable estado y de diversos planes para su reforma o traslado (Comelles, 2006, p.59-69). En este contexto, la Muy Ilustre Administración (MIA) del Hospital le comisionó en mayo de 1854, previa presentación del preceptivo informe sobre la “importancia y necesidad del viaje”, para “pasar a varios países extranjeros con el objeto de estudiar sus casas de orates más famosas y justamente acreditadas” (Duran y Obiols, Pi y Molist, 1854, p.1).10 Asesorado por el eminente médico barcelonés Raimundo Duran y Obiols (1792-1858), Pi justificó su periplo aduciendo que la “suma de conocimientos prácticos” requeridos por su empresa no podía adquirirse en España – “donde por desgracia no existe en la actualidad un solo manicomio digno de tal nombre” –, por lo que era “imprescindible ir a buscarla a los países extranjeros”, y, más concretamente, a Francia, Italia, Alemania e Inglaterra. Y, trazándose un ambicioso programa de visitas que incluía un gran número de instituciones de dichos países y un riguroso “orden de ejecución” (“inspección global, parte material, parte higiénica y parte terapéutica o curativa”), vaticinaba que

con la presencia de los infinitos datos recogidos se levantará, a no dudarlo, en Barcelona un manicomio que por la solidez y belleza de su construcción, por su excelente disposición, esmerado servicio y perfecto régimen facultativo y económico, podrá competir con los más aventajados del extranjero y será la admiración de nuestros compatriotas (Duran y Obiols, Pi y Molist, 1854, p.7).

Tras completar las correspondientes gestiones administrativas y reiterando su celo y preparación para cumplir con la misión que le había sido confiada, Pi partió a Francia el 28 de mayo de 1854 y sólo tres días después escribía ya a la MIA desde Montpellier, donde fue acompañado por el cónsul español al manicomio anejo al antiguo hospital de Saint Eloi.

Para facilitar la inspección de los manicomios – aseguraba –, así en su parte facultativa como en la económica, por medio de un método lógico, claro y preciso, he extendido para mi uso un plan o pauta, con la que me prometo abreviar las visitas a los establecimientos, sin que por otra parte deje pasar desapercibida cosa alguna de importancia (Pi y Molist, 31 mayo 1854, p.2).

El 10 de junio enviaba una nueva carta desde Lyon y relataba sus impresiones de las visitas realizadas al antiguo hospicio de l’Antiquaille y la Maison de Santé de Saint Pierre et Saint Paul, construida en 1824 y regentada por la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios; mientras el primero le pareció “distar tanto de la brillante descripción que de él he leído en alguna obra, que en punto a desahogo y salubridad … casi le aventaja el actual depósito de Barcelona”, la segunda le produjo una impresión muy favorable, destacando el “cuidado y amor con que son tratados los locos, y el afán con que son mantenidos en perfecto estado todas las salas, cuadras y dormitorios” (Pi y Molist, 10 jun. 1854, p.3). Y el 3 de julio, un día antes de partir hacia Londres, se dirigía de nuevo a la MIA desde París e informaba de su paso por la Maison Impériale de Charenton, los hospicios de la Salpêtrière y Bicêtre y el manicomio privado fundado por Esquirol, trasladado en 1827 a Ivry-sur-Seine y dirigido entonces por Jules Baillarger y Jacques-Joseph Moreau (de Tours). En esta ocasión, y especialmente en el caso de Charenton, sus comentarios fueron muy elogiosos, insistiendo en la clara superioridad de las instituciones parisinas frente a las que había visitado anteriormente:

Nada de cuanto puede servir a la curación – concluía –, alivio, comodidad, seguridad, solaz y esparcimiento de los orates, está olvidado [en ellas]. Grandes patios, vastos jardines, bosques, fuentes; salas de reunión con pianos, billares, juegos de ajedrez, damas, dominó etc.; bibliotecas o gabinetes de lectura, con varias obras, periódicos, cartas geográficas, láminas de historia natural; escuelas de gimnástica. Todo, en fin, prueba cuán bien comprendido y adelantado está aquí este interesante ramo de la beneficencia (Pi y Molist, 3 jul. 1854, p.2).

Tras su periplo francés, Pi todavía pasó más de dos meses visitando manicomios ingleses, belgas, alemanes e italianos, y no regresó a Barcelona hasta el 13 de septiembre de 1854 (MIA, 1854). Con la cuantiosa información obtenida, el 18 de enero de 1855, presentó a la MIA una “obrita bastante voluminosa” (Pi y Molist, 1860, p.XI) – cuyo manuscrito, desgraciadamente, no se ha conservado – en la que compilaba los resultados de su viaje con una Descripción de varios manicomios de Francia, Inglaterra, Bélgica, Alemania e Italia visitados en los meses de junio, julio, agosto y septiembre de 1854 y, seis meses más tarde, leyó ante la Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona un detallado informe sobre la Colonia de orates de Gheel (Bélgica) (Pi y Molist, 1856) que sí fue publicado un año después. En dicho informe, Pi presentó una “descripción histórico-médica” muy elogiosa de esta singular localidad cercana a Amberes donde, desde tiempo inmemorial, los dementes eran acogidos por familias campesinas y participaban en las labores de la comunidad (Huertas, 1988; Müller, 2004); en su opinión, la colonia de Gheel ofrecía de este modo “ventajas indisputables, inherentes a su naturaleza, que con dificultad pudiera reunir en igual grado el mejor asilo manicómico” (Pi y Molist, 1856, p.74).11

Aparentemente satisfechos con el “desempeño de su cometido”, sus valiosos conocimientos y su innegable compromiso, los gestores del hospital tuvieron a bien agradecerle los servicios prestados (MIA, 1855) y, el 3 de julio de 1855, lo nombraron médico mayor de la institución y director de sus salas de enajenados. Y, una vez informados oficialmente el cabildo eclesiástico y el ayuntamiento de la ciudad sobre “la utilidad de la construcción de un nuevo manicomio” (MIA, 1856, p.1), el 25 de junio de 1857 la MIA le encargó la redacción del proyecto en colaboración con el arquitecto José Oriol y Bernadet, con quien en agosto de ese año se dirigió nuevamente al extranjero, esta vez “a sus expensas”,

para estudiar los [manicomios] erigidos desde 1854, [los cuales], por ser muy recientes, debían de presentar el resultado o aplicación de los principios más modernos de la ciencia frenopática a la parte de la arquitectura relativa a la construcción de [dichos] establecimientos (Pi y Molist, 1860, p.XIII).

En conjunto, a lo largo de sus dos viajes, Pi visitó un gran número de instituciones en toda Europa, entre las que, aparte de las ya mencionadas, hay que consignar en Francia los manicomios de Marsella, Toulouse, Burdeos y Auxerre, el sanatorio de Pont-Saint-Côme fundado por Rech y el asilo de la Providence de Niort, proyectado por el inspector general de establecimientos de alienados y servicios sanitarios de prisiones Jean-Baptiste-Maximien Parchappe; en Inglaterra, el celebérrimo hospital de Bedlam, el de Saint-Luke – fundado en 1751 y dirigido en su primera etapa por William Battie –, el de Hanwell y el “nuevo e inmenso” de Colney Hatch; en Bélgica, el asilo de Gante – levantado conforme al proyecto de Joseph Guislain – y la casa de salud del Strop; en Holanda, el “grandioso” manicomio de Meerenberg en las inmediaciones de Haarlem; en Alemania, los asilos de Eichberg, Halle y la Charité en Berlín, entonces dirigido por Karl Wilhelm Ideler; en Austria, el “monumental” de Viena; en Suiza, el de Waldau junto a Berna, el de Préfargier, inmediato a Neuchâtel, y el de Ginebra; y, finalmente, en Italia, los tres manicomios de la ciudad de Milán (Senavra, Senavretta y Dufour), el de Turín y el de Génova (Pi y Molist, 1860, p.XIV-XV). “Sin jactancia”, Pi afirmaba haber regresado “con un rico caudal de noticias, así psiquiátricas como arquitectónicas”, y lo cierto es que la lectura de su Proyecto médico razonado para la construcción del manicomio de la Santa Cruz de Barcelona – publicado finalmente en 1860 – revela un estudio muy detenido y sistemático de las instituciones que visitó, hasta el punto de establecer una tipología diferenciada en tres modelos básicos (francés, anglo-americano y alemán). De este modo, y tal como se propuso desde un principio, el nuevo manicomio de la Santa Cruz podría construirse eligiendo lo mejor de cada uno de ellos,12 con lo que su erección – que no se completó hasta varias décadas después (Comelles, 2006, p.91-100) – bien puede interpretarse como una consecuencia bastante directa – aunque diferida – de los propios viajes de Pi.

Por lo que respecta a Antonio Pujadas, su primera estancia en el extranjero se remonta al periodo comprendido entre 1836 y 1844, cuando supuestamente se formó en Montpellier con Rech y residió en Londres y otras ciudades europeas (Ausín Hervella, 2000, p.15). Tras la instalación de varias casas de acogida y convalecencia para enfermos mentales y nerviosos en Barcelona, Pujadas se decidió a adquirir un viejo convento situado en Sant Boi de Llobregat, y en 1854 estableció allí un manicomio al que pronto intentó dotar de un régimen terapéutico y una infraestructura plenamente homologables a las de cualquier institución europea. Y con ese objetivo, entre otros, el 26 de noviembre de 1859 consiguió del ministro de la Gobernación, José Posada Herrera, el nombramiento como “comisionado regio” para visitar diversos establecimientos de dementes por todo el continente, emprendiendo poco después un largo periplo por Francia, Bélgica, Suiza, Holanda, Inglaterra, Alemania e incluso Rusia (Ausín Hervella, 2000, p.113).

Lamentablemente, Pujadas no redactó una memoria escrita de su viaje y sólo disponemos de testimonios puntuales e indirectos del mismo; así, por ejemplo, sabemos por Brierre de Boismont que el médico catalán le visitó en París a mediados de abril de 1860 y se reunió con un nutrido grupo de alienistas franceses que le proporcionaron abundante información sobre los manicomios de su país (Novella, Huertas, 2011).13 Dichos contactos acabarían siéndole de gran provecho, pues ese mismo año – y al igual que Pi en 1859 – Pujadas obtuvo el título de asociado extranjero de la Société Médico-Psychologique y, poco tiempo después, el apoyo expreso de Brierre de Boismont y otros colegas con motivo de su detención y procesamiento debido al ingreso en su establecimiento – presuntamente, de forma irregular – de Juana Sagrera, una mujer de la alta burguesía valenciana (Cuñat, 2007). Este caso, que tuvo una notable repercusión pública y una gran importancia en el proceso de institucionalización de la medicina mental española (Huertas, Novella, 2011), permitió que el prestigio de los médicos extranjeros legitimara la actuación profesional de Pujadas, que acabó siendo exonerado e incluso condecorado por Isabel II. Unos años más tarde, el fundador del primer manicomio privado de cierta envergadura que abrió sus puertas en España tendría ocasión de agradecérselo personalmente a sus colegas asistiendo al (primer) Congreso Alienista Internacional que tuvo lugar en el París de la Exposición Universal de 1867.

La búsqueda de proyección internacional

En cierto modo, la presencia de Pujadas entre los asistentes a dicho congreso – confirmada por las actas publicadas en los Annales Médico-Psychologiques, principal órgano del alienismo francés14 – puede tomarse como un simbólico punto de inflexión en la trayectoria de la medicina mental española. Como es sabido, el afianzamiento social, institucional y profesional de la psiquiatría en España no se produjo hasta el periodo posterior a 1875, pero, al menos en Cataluña, dicha consolidación ya se apuntaba claramente en los años finales del régimen isabelino (Novella, 2013, p.169-179). De este modo, la actividad de pioneros como Campderá, Pi, Pujadas y algunos otros, como los fundadores del Instituto Frenopático de Gracia, Tomás Dolsa y Pablo Llorach, y, sobre todo, Juan Giné y Partagás (1836-1903), dio lugar en los primeros años de la Restauración borbónica (1874-1931) a una serie de iniciativas orientadas ya a la construcción de una cierta cultura profesional y, más concretamente, a los primeros intentos de proyección internacional por parte de los alienistas españoles (Huertas, 2002, p.96-101).

En este contexto, uno de los acontecimientos más destacados fue, sin duda, la celebración del Primer Certamen Frenopático Español del 25 al 28 de septiembre de 1883 en las instalaciones del manicomio de Nueva Belén junto a Barcelona. Capitaneados por Giné, entonces médico-director del referido manicomio y catedrático de clínica quirúrgica, un pequeño grupo de discípulos y colegas promovió el evento con sucesivos anuncios en la (recién fundada) Revista Frenopática Barcelonesa y otras publicaciones periódicas, reuniendo finalmente un apreciable número de ponencias centradas en aspectos administrativos y asistenciales, médico-legales y clínico-terapéuticos (Villasante, 1997). Uno de los factores que realzó la proyección del certamen y contribuyó a su éxito fue justamente la participación de prestigiosos especialistas extranjeros como los franceses Valentin Magnan, Emmanuel Régis y Joseph-Guillaume Desmaisons, y el norteamericano Edward C. Seguin. Los dos primeros presentaron sendos trabajos sobre las “alucinaciones bilaterales” y la alimentación forzada de los enfermos, mientras que el último remitió una valiosa y muy documentada comunicación sobre el (lamentable) estado de la asistencia psiquiátrica en España que compuso a partir de un viaje realizado unos meses antes con el objeto de visitar los principales manicomios del país.15 Por lo que respecta a Desmaisons, médico-director del sanatorio privado para enfermos mentales del Castel d’Andorte en las proximidades de Burdeos y autor de unas Recherches historiques et médicales sur les asiles d’aliénés en Espagne (Desmaisons, 1859), por las que fue condecorado por el gobierno español, fue el único de ellos que se desplazó a Barcelona y estuvo presente en las sesiones, siendo nombrado presidente honorífico del certamen a pesar de que no presentó ningún trabajo.

Con el precedente de Pujadas y teniendo en cuenta la falta de continuidad del evento impulsado por Giné y su grupo, la nueva generación de psiquiatras españoles que alcanzó la madurez en el tránsito al siglo XX reforzó notablemente su presencia y su interés por unos foros internacionales que vivían entonces una época de gran esplendor (Porter, 1997, p.526). Así, por ejemplo, José María Esquerdo (1842-1912), propietario y director del Sanatorio de Carabanchel y figura central de la llamada “escuela madrileña” (Gracia, 1971), presidió la Sección de Neuropatías, Enfermedades Mentales y Antropología Criminal del 14º Congreso Internacional de Medicina celebrado en Madrid del 23 al 30 de abril de 1903. Esquerdo, que agasajó a los participantes con un banquete en su propio sanatorio (Fiesta…, 1903), concluyó su discurso inaugural con una alusión muy significativa al enorme valor de los congresos desde el punto de vista del reconocimiento y de la legitimación social de la profesión:

Por virtud de estas grandes solemnidades aumenta la estimación pública del mentalista, toda vez que la sociedad ve con asombro y suma complacencia a la par una legión de hombres consagrados a defender la mente humana de las irrupciones de la locura y arrojarla de su sagrado alcázar, … elevándose el alienista a la categoría augusta de los libertadores de la patria esclavizada y asemejándose al mismo Dios (Esquerdo, 1904, p.13).

Del mismo modo, los discípulos de Giné Arturo Galcerán Granés (1850-1919) y Antonio Rodríguez Morini (1863-1937) participaron en el Congreso Internacional de Asistencia a los Alienados que tuvo lugar en Milán en 1906, apoyando incluso la creación de un “instituto internacional” para el estudio de las causas de las enfermedades mentales (Huertas, 2002, p.101). Y, ese mismo año, Rodríguez Morini también participó en el 15º Congreso Internacional de Medicina celebrado en Lisboa, donde presentó una importante comunicación sobre la parálisis general progresiva (Villasante, 2000).

Consideraciones finales

De todo lo expuesto cabe concluir, pues, que los viajes “profesionales” y el establecimiento de relaciones internacionales desempeñó también, en el caso español, un papel importantísimo en la difusión de los discursos y prácticas de la medicina mental (primero) y en el largo y complejo proceso de institucionalización de la especialidad (después). En este sentido, cabe pensar que la consideración tradicional de España y sus fundaciones bajomedievales como “cuna de la psiquiatría” (Bassoe, 1945; Dieckhöfer, 1975) y la irredenta persistencia del “jofrismo” (Polo, 1996) impidieron durante años apreciar el valor histórico de la ruptura introducida por el alienismo en el manejo y la gestión de la locura; pero no cabe duda de que la (precaria pero paulatina) implantación y consolidación de dicha ruptura en el país debió mucho al esfuerzo por conocer, emular y “estar al día” de sus más inquietos pioneros.

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1 Centrándose en la figura del fraile mercedario Joan Gilabert Jofré (1350-1417), fundador del célebre Hospital dels Folls e Innocents de Valencia (1409), Cándido Polo ha definido el “jofrismo” como el ideario que, escudándose en esta larga tradición y supuesta prioridad, ha rechazado en España cualquier innovación en el manejo y gestión institucional de la locura (Polo, 1996).

2 En el caso de España, y a pesar del interés de algunos ilustrados como Cabarrús, Jovellanos o Meléndez Valdés por las condiciones de hospicios y prisiones, no es posible confirmar la difusión de esta práctica. De hecho, la mayoría de los testimonios disponibles sobre el estado de los establecimientos de dementes en el tránsito del siglo XVIII al XIX proceden de viajeros extranjeros (Espinosa Iborra, 1984).

3 Es muy significativo, en este sentido, que el mismo Esquirol (1816, p.151-152) abriera uno de sus primeros artículos sobre la locura con la siguiente afirmación: “¡Cuántas meditaciones se ofrecen al filósofo que, apartándose del tumulto del mundo, recorre un asilo para alienados! Allí encontrará las mismas ideas, los mismos errores, las mismas pasiones, los mismos infortunios: todo es como en el mundo mismo. Pero, en un asilo, los rasgos son más fuertes, los matices más acusados, los colores más vivos, los efectos más claros, porque el hombre se muestra en toda su desnudez, porque no encubre sus pensamientos, porque no oculta sus defectos, porque no presta a sus pasiones el encanto que seduce, ni a sus vicios la apariencia que engaña”.

4 Este fue el caso, por ejemplo, de Jacques-Joseph Moreau (de Tours), que, con anterioridad a su nombramiento en el Hospicio de Bicêtre, en 1840, llegó a viajar de este modo a Malta, Egipto y Turquía, donde inició sus estudios sobre los efectos psicológicos del cannabis y aprovechó para conocer diversos establecimientos de alienados como el célebre Maristán de El Cairo (Moreau de Tours, 1843).

5 En el caso español, y aparte de reproducir los datos ya mencionados por Pinel, Esquirol recurrió a los doctores Manuel Hurtado de Mendoza (Esquirol, 1818, p.55) e Ignacio Ruiz de Luzuriaga (Esquirol, 1829, p.111) que le proporcionaron información sobre el (deplorable) estado y la (baja) ocupación de los hospitales de Toledo, Granada, Córdoba, Valencia, Cádiz, Barcelona, Zaragoza y Madrid.

6 Esta época coincide en lo esencial con la llamada década moderada (1844-1854), que, dentro del largo reinado de Isabel II (1833-1868), se caracterizó por una estabilidad política y social que permitió profundizar en la construcción del estado liberal. Véanse sobre este periodo Fontana (2007) y Burdiel (2010).

7 De la Sagra dejó testimonio de sus periplos en diversas obras como Cinco meses en los Estados-Unidos de la América del Norte (París, 1836) o Relación de los viajes hechos en Europa bajo el punto de vista de la instrucción y beneficencia pública, la represión, el castigo y la reforma de los delincuentes, los progresos agrícolas e industriales y su influencia en la moralidad (Madrid, 1844).

8 Situada en un idílico paraje junto al mar y destinado a una clientela adinerada, las instalaciones y el régimen terapéutico de la “Torre Lunática” suscitaron la aprobación unánime de la opinión pública de la época, hasta el punto que su director fue consultado por el Ayuntamiento de Barcelona en el proceso de reforma del Hospital de la Santa Cruz. Así lo refería, entre otros, el madrileño El Heraldo en su edición del 25 de mayo de 1850.

9 Sobre ambos autores pueden verse, a modo introductorio, los trabajos bio-bibliográficos ya clásicos de Antonio Rey (1983, 1984). Sobre Pi y Molist, además, Comelles (2006, p.71-93) y sobre Pujadas, Ausín Hervella (2000).

10 Toda la documentación relacionada con los viajes de Pi y Molist procede del expediente conservado en el Arxiu Històric del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau de Barcelona que incluye varias cartas manuscritas de Pi a la MIA y viceversa. Quiero agradecer expresamente a Pilar Salmerón, su responsable, la localización y reproducción de estas valiosas fuentes documentales.

11 No en vano, Gheel se convirtió durante la primera mitad del siglo XIX en un auténtico lugar de peregrinaje para los alienistas europeos, quienes dejaron constancia de sus visitas y opiniones en un reguero de apuntes y publicaciones que arrancan con la Notice sur le village de Gheel (1822) de Esquirol – que había visitado la colonia el año anterior junto a su discípulo Félix Voisin – y pasan por los testimonios sucesivos del belga Joseph Guislain (1837), el italiano Giovanni Stefano Bonacossa (1838) y, nuevamente, los franceses Moreau (de Tours) (1842) y Brierre de Boismont (1846).

12 En este sentido, Pi afirmaba que su proyecto “conviene con el [modelo] francés en la colocación de los servicios generales en el centro del edificio; el papel secundario que hace en la clasificación la curabilidad ..., la contigüidad en que se hallan las crujías destinadas para las secciones; y la altura de planterreno y un piso que tienen todos los edificios ... Del sistema anglo-americano presenta la distribución de los servicios generales en el eje de separación de ambos sexos y en parte la restricción de los principios patológicos de clasificación a los estados de tranquilidad, agitación y desaseo ... Y últimamente se asemeja al alemán por la reunión del asilo de curación y casa de retiro, y por la admisión del dormitorio común como elemento principal de la habitación de los reclusos” (Pi y Molist, 1860, p.347).

13 Al parecer, Pujadas también visitó el pionero asilo para cretinos y niños idiotas, regentado en la montaña de Abendberg, junto a Interlaken, por el médico suizo Johann Jakob Guggenbühl, puesto que a su vuelta a Sant Boi afirmó inspirarse en él para crear salas específicas para “idiotas, epilépticos y ancianos” (Ausín Hervella, 2000, p.113).

14 El evento, que se desarrolló a lo largo de tres sesiones, celebradas entre el 10 y el 14 de agosto de 1867 bajo las presidencias respectivas de Paul Janet y Brierre de Boismont, ha pasado a la historia como el primer congreso internacional de la nueva especialidad y contó con la participación de una pequeña delegación extranjera en la que cabe destacar los nombres de Christian Roller y Wilhelm Griesinger (Alemania), Thomas Harrington Tuke (Inglaterra) y Cesare Lombroso (Italia). Las actas pueden consultarse en Annales… (1867, p.491-540). Tal como consta allí, Pujadas se hizo acompañar por José Martí y Artigas, médico y farmacéutico barcelonés que desempeñó diversas tareas en Sant Boi y se convirtió en uno de sus principales acreedores (Ausín Hervella, 2000, p.145).

15 Seguin, hijo del célebre médico francés Édouard Seguin (1883b, p.458), tempranamente emigrado a los EEUU y pionero de la neurología, deploraba sin ambages el “atraso general de la especialidad en España”, describiendo en los siguientes términos el nivel de los facultativos al cargo de las diferentes instituciones que visitó: “si exceptuamos tal vez media docena, los médicos que encontré encargados de los locos tenían muy pocos conocimientos frenopáticos. … Casi sin excepción eran incapaces de leer la extensa y valiosa literatura sobre enfermedades mentales que hay en alemán o inglés, y fuera de un conocimiento vago y escéptico del non-restraint, no sabían nada de la admirable manera de tratar a los locos en los países más allá de Francia”.

Recibido: Mayo de 2015; Aprobado: Julio de 2015

Translated by Catherine Jagoe.

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