Resumen
Introducción El proceso de vivir en calle no es un fenómeno fortuito, sino que se gesta antes de que ocurra. Se vincula a una serie de factores que abarcan desde vivencias en la infancia hasta circunstancias familiares, laborales y contextuales que, en conjunto, condicionan su desarrollo. Las personas que residen en calle, a través de diversos mecanismos culturales, sociales e institucionales experimentan exclusiones y procesos que se centran en la perspectiva de injusticia ocupacional.
Objetivo Bajo esta mirada, nuestro objetivo es comprender las experiencias y desafíos que enfrentan las personas en situación de calle en el ejercicio de roles familiares y laborales significativos, desde una perspectiva de injusticia ocupacional interpretada.
Método Bajo una perspectiva cualitativa con diseño fenomenológico, se entrevista a hombres en situación de calle en Concepción, Chile. Esta investigación cumple los criterios éticos de calidad y rigurosidad y ha sido aprobada por el comité de ética de (anónimo).
Resultados Los hallazgos develan historias que comparten elementos comunes de injusticia ocupacional que se gestan desde la infancia (como violencias, abandonos, desconexión emocional, entre otras), junto con relatos que resaltan el rol familiar y laboral como eje de nostalgia y dolor al vivir en calle. No obstante, los hombres entrevistados reconocen aprendizajes y motivaciones para un posible cambio en sus proyectos vitales, respecto del ejercicio de roles familiares y laborales.
Conclusión La injusticia ocupacional, debe ser intervenida desde un conocimiento histórico de las personas que la viven, y conocer los roles laborales y familiares es clave para comprender las historias vitales de las personas en situación de calle.
Palabras clave:
Personas con Mala Vivienda; Terapia Ocupacional; Relaciones Familiares; Justicia Social
Abstract
Introduction The process of becoming homeless is not a chance phenomenon; rather, it begins before it occurs. It is linked to a series of factors ranging from childhood experiences to family, work, and contextual circumstances that, together, condition its development. Through various cultural, social, and institutional mechanisms, homeless people experience exclusion and processes that are centered on the perspective of occupational injustice.
Objective From this perspective, our objective is to understand the experiences and challenges faced by homeless people in the exercise of meaningful family and work roles, from a perspective of interpreted occupational injustice.
Method Using a qualitative perspective and a phenomenological design, interviews were conducted with homeless men in Concepción, Chile. This research meets ethical criteria of quality and rigor and was approved by the ethics committee of (anonymous).
Results The findings reveal stories that share common elements of occupational injustice beginning in childhood, such as violence, abandonment, and emotional disconnection, among others, together with accounts that highlight family and work roles as sources of nostalgia and pain while living on the street. Nevertheless, the interviewed men recognize learning experiences and motivations for possible change in their life projects with regard to the exercise of family and work roles.
Conclusion Occupational injustice must be addressed through historical knowledge of the people who experience it, and understanding work and family roles is key to understanding the life histories of homeless people.
Keywords:
Homeless Persons; Occupational Therapy; Family Relations; Social Justice
Resumo
Introdução O processo de tornar-se uma pessoa em situação de rua não é um fenômeno fortuito; ao contrário, ele começa a se gestar antes de ocorrer. Está vinculado a uma série de fatores que vão desde experiências da infância até circunstâncias familiares, laborais e contextuais que, em conjunto, condicionam seu desenvolvimento. Por meio de diversos mecanismos culturais, sociais e institucionais, as pessoas em situação de rua vivenciam exclusões e processos centrados na perspectiva da injustiça ocupacional.
Objetivo Sob essa perspectiva, nosso objetivo é compreender as experiências e os desafios enfrentados pelas pessoas em situação de rua no exercício de papéis familiares e laborais significativos, a partir de uma perspectiva de injustiça ocupacional interpretada.
Método Sob uma perspectiva qualitativa e com delineamento fenomenológico, foram realizadas entrevistas com homens em situação de rua em Concepción, Chile. Esta pesquisa atende a critérios éticos de qualidade e rigor e foi aprovada pelo comitê de ética de (anônimo).
Resultados Os achados revelam histórias que compartilham elementos comuns de injustiça ocupacional que se iniciam na infância, como violências, abandonos e desconexão emocional, entre outros, juntamente com relatos que destacam os papéis familiares e laborais como fontes de nostalgia e dor ao viver em situação de rua. Não obstante, os homens entrevistados reconhecem aprendizados e motivações para uma possível mudança em seus projetos de vida no que diz respeito ao exercício de papéis familiares e laborais.
Conclusão A injustiça ocupacional deve ser abordada a partir de um conhecimento histórico das pessoas que a vivenciam, e conhecer os papéis laborais e familiares é fundamental para compreender as histórias de vida das pessoas em situação de rua.
Palavras-chave:
Pessoas em Situação de Rua; Terapia Ocupacional; Relações Familiares; Justiça Social
Introducción
La situación de calle -también denominada sinhogarismo, habitante de calle o homelessness- es un uso relativo para aquellas personas que pernoctan en espacios públicos o privados sin una infraestructura adecuada o básica que pueda ser considerada vivienda (Chile, 2022). En Chile, este fenómeno social, constituye una problemática multidimensional, reconocida por el Estado como una emergencia humanitaria. Según datos oficiales del Ministerio de Desarrollo Social y Familia de Chile, durante el año 2024 se registraron 21.722 personas en esta realidad, aumentando un 6% respecto a 2023 y un 102% desde 2017 (Chile, 2024).
Residir en la calle responde a diversas formas de exclusión que se sostienen en la intersección de factores individuales, estructuras sociales, económicas y políticas. Esta condición implica una ruptura radical de la continuidad biográfica —es decir, una quiebra en los vínculos sociales, identitarios y ocupacionales que estructuran la vida cotidiana—, resultado de la interacción entre determinantes estructurales, institucionales e históricos (Morales Chuco, 2021). Esta ruptura no solo conlleva la pérdida de condiciones materiales, sino también de pertenencia, reconocimiento y agencia, lo que configura un escenario de injusticia ocupacional (Hocking, 2017; Wilcock & Townsend, 2009). Estas configuraciones se manifiestan en la restricción sistemática del acceso a ocupaciones significativas y en la imposibilidad de ejercer roles fundamentales —como el laboral y el familiar— que son esenciales para la construcción de identidad, sentido de pertenencia y bienestar (Whiteford et al., 2021). Como consecuencia de estos procesos, se restringe la participación significativa y el ejercicio de roles —laborales y familiares— que resultan esenciales para la construcción de identidad, pertenencia y bienestar (Hocking, 2017). Sin embargo, estas restricciones no se limitan al presente, ya que traen consigo vulneraciones y violencias desde la infancia, como la ruptura familiar y el abandono, que son factores que contribuyen a la trayectoria que conduce hacia la situación de calle (Arredondo Vergara, 2024; Goffman, 2006; Chile, 2024; Montes, 2008).
La permanencia prolongada en la calle generalmente no ocurre de manera repentina, sino que responde a una dinámica gradual. Durante ese proceso, la persona alterna entre vivir en la calle, regresar temporalmente a su hogar y, en ciertos casos, permanecer en instituciones de abrigo o centros de control social (Lenta, 2013).
Frente a esta realidad, las personas desarrollan estrategias de sobrevivencia para afrontar barreras constantes como la discriminación, la violencia y la estigmatización social (Flores et al., 2015). La exposición reiterada a la mirada social genera mecanismos de invisibilización y anonimato que, si bien pueden funcionar como mecanismos de protección, autonomía y control sobre el entorno, es necesario evitar una lectura individualista que las interprete como simples adaptaciones personales. Pues, desde una perspectiva crítica, Hammell (2021) advierte que las prácticas ocupacionales que ignoran los determinantes sociales y estructurales de la salud corren el riesgo de reproducir desigualdades, al centrar la intervención en el individuo sin considerar las condiciones que lo afectan. En consonancia y desde una mirada disciplinar, Guajardo Córdoba & Galheigo (2015) proponen una Terapia Ocupacional emancipadora, que reconozca a las personas en situación de calle como sujetos políticos, y sus ocupaciones como formas de resistencia frente a la exclusión. Así, las estrategias de sobrevivencia deben ser comprendidas como prácticas sociales cargadas de sentido, que emergen en contextos de vulneración de derechos y que interpelan a la disciplina a actuar desde una ética transformadora que funcionan como formas de protección, autonomía y control sobre el entorno. Sin embargo, aunque funcionales a corto plazo, estas estrategias pueden tornarse desadaptativas, afectando la forma en que se experimentan y ejercen las ocupaciones diarias, condicionando la agencia personal y erosionando el sentido de pertenencia y participación social (Hammell, 2021).
El estigma social, frecuentemente asociado a percepciones negativas como delincuencia y drogadicción, vulnera la dignidad, afecta la salud mental y promueve procesos de automarginación que restringen el acceso a ocupaciones significativas y debilitan el sentido de pertenencia (Hammell, 2021; Organización Panamericana de la Salud, 2023; Reilly et al., 2022). No obstante, el estigma enfrentado no solo se impone desde el exterior, sino que también es resistido activamente, dando lugar a actos de reafirmación identitaria que desafían y cuestionan las representaciones sociales dominantes y evidencian nuevas formas de agencia y participación ocupacional (Geffner & Agrest, 2021; Silva Villar et al., 2021). Estas formas de resistencia, lejos de ser meras respuestas individuales, deben ser comprendidas como prácticas sociales que emergen en contextos de exclusión estructural. Desde esta perspectiva, la Terapia Ocupacional comunitaria y crítica se posiciona como una praxis política, orientada no solo a acompañar procesos de recuperación identitaria, sino también a incidir en las condiciones sociales que perpetúan el estigma y la injusticia ocupacional. Reconocer estas ocupaciones como expresiones de agencia y dignidad implica asumir un compromiso ético con la transformación social y el fortalecimiento de la ciudadanía de quienes habitan la calle (Pino Morán et al., 2015).
En palabras de Wilcock & Townsend (2009, p. 193), esta situación constituye una expresión concreta de injusticia ocupacional, entendida como “[…] la vulneración de los derechos de una persona o grupo de personas a tener acceso a oportunidades y recurss para el desempeño y compromiso ocupacional con el fin de lograr y mantener la salud”. Asimismo, Whiteford & Hocking (2012), profundizan esta perspectiva y señalan que la imposibilidad de participar en ocupaciones significativas afecta directamente el bienestar, la identidad y el sentido de pertenencia (Whiteford, 2000). Desde esta perspectiva, el acceso a ocupaciones significativas no solo constituye una dimensión del bienestar, sino también un derecho humano fundamental, cuya negación perpetúa formas de injusticia estructural (Fenoy-Garriga et al., 2021).
En este contexto, la Terapia Ocupacional social y el enfoque de las actividades políticas de la vida diaria (Galheigo, 2011) emergen como propuestas que reconocen el potencial transformador de las ocupaciones en la vida colectiva. Estas perspectivas invitan a comprender la participación ocupacional no solo como un medio de adaptación individual, sino como una forma de agencia política y ciudadanía activa, especialmente relevante en contextos de exclusión como el sinhogarismo. Olivares-Aising (2018) proponen una articulación entre la justicia ocupacional y el desarrollo a escala humana, que destacan cómo la negación sistemática de oportunidades para participar en ocupaciones significativas constituye una forma de violencia estructural. Esta perspectiva se alinea con los planteamientos de Kronenberg & Pollard (2007) que advierten que las personas que viven al margen de la sociedad enfrentan barreras sistemáticas para participar en ocupaciones significativas. Así, la vida en calle se configura como una condición de supervivencia diaria, inscrita en una clase marginada caracterizada por la exclusión y la falta de reconocimiento social, perpetuando la injusticia ocupacional y dificultando la construcción y sostenimiento de proyectos de vida (Bauman, 2000).
Frente a la complejidad de la exclusión estructural y la injusticia ocupacional que afecta a las personas en situación de calle, resulta fundamental comprender las condiciones que determinan sus experiencias. Autores como Hammell (2019), Pierce (2011) y Hyett et al. (2019) destacan la importancia de aproximaciones interpretativas que visibilicen el sentido personal y social de sus acciones, especialmente en contextos de vulnerabilidad. Desde esta perspectiva, esta investigación no solo busca describir experiencias, sino también reconocer las formas de agencia, resistencia y resignificación que emergen en condiciones de exclusión, contribuyendo así a una comprensión más profunda y situada del fenómeno del sinhogarismo y sus implicanciones ocupacionales. Para la Terapia Ocupacional, esto implica trascender intervenciones centradas en el individuo y avanzar hacia prácticas comprometidas con la transformación de las condiciones estructurales que limitan la participación ocupacional (Hocking, 2017; Simó Algado et al., 2016).
Estructura social y situación de Calle
La literatura en el área de las ocupaciones subraya que el acceso oportuno a ocupaciones con sentido, así como a entornos seguros y vínculos protectores, resultan fundamentales para consolidar una participación ocupacional estable (Galvaan, 2012; Whiteford et al., 2021). Sin embargo, las condiciones estructurales —como la pobreza, la desigualdad, la precariedad y las experiencias de vida desfavorables— configuran trayectorias marcadas por el desarraigo, la inestabilidad y la vulnerabilidad, que limitan el acceso a oportunidades significativas de participación. Estas trayectorias reflejan formas tempranas de injusticia ocupacional, donde la negación sistemática de oportunidades de participación interrumpe el desarrollo de la identidad, genera rupturas identitarias, desajustes biográficos en las trayectorias vitales, perpetuando la marginalidad y la estigmatización (Hammell, 2019; Wilcock & Hocking, 2015). De esta forma, la persistente exclusión no sólo interrumpe el desarrollo ocupacional, sino que también consolida un ciclo de exclusión social que se expresa de manera extrema en las personas que se encuentran en situación de calle (Galvaan, 2012).
En este sentido Pino Morán & Ulloa (2016) abogan por una Terapia Ocupacional que permita comprender el sinhogarismo no como una falla individual, sino como el resultado de procesos históricos de exclusión, precarización y despojo que afectan a determinados grupos sociales. Comprender la situación de calle exige, por tanto, situar las experiencias individuales dentro de un entramado más amplio de estructura social, que configura las posibilidades de participación, desarrollo y bienestar ocupacional.
Desde esta comprensión, la Terapia Ocupacional se ve interpelada a desarrollar intervenciones que no sólo aborden las necesidades individuales, sino que incidan en las condiciones estructurales que restringen la participación ocupacional. Esto implica un compromiso ético y político con la transformación social, basado en los principios de justicia ocupacional y derechos humanos (Fenoy-Garriga et al., 2021; Hocking, 2017). En esta línea, el enfoque de derechos humanos exige superar las respuestas asistencialistas y reconocer a las personas en situación de calle como sujetos políticos, con capacidad de agencia y derecho a una vida digna (México, 2023). La justicia ocupacional, como concepto en evolución, permite visibilizar estas injusticias y propone estrategias que vinculan la ocupación con la inclusión social y la ciudadanía (Parra-Esquivel, 2015).
Roles familiares y laborales al vivir en situación calle
Las personas forjan su identidad a partir de las actividades cotidianas, que “[…] derivan de los impulsos para hacer cosas” (Kielhofner, 2006, p. 43). Desde la perspectiva ocupacional, estas actividades se ordenan en los roles, definidos como aspectos internalizados de la identidad, moldeados por la cultura y el entorno, que otorgan estatus social y guían el comportamiento cotidiano. Su significado es dinámico y está determinado por el contexto cultural, social e histórico (Álvarez et al., 2021; American Occupational Therapy Association, 2020).
Los roles laborales, asociados no solo a la subsistencia sino también al reconocimiento social y la autoestima, se ven comprometidos en las personas que viven en la calle. Algunos estudios evidencian que dicha población valora el trabajo como fuente de independencia, sentido y conexión social (Flores et al., 2015). Sin embargo, la exclusión social derivada de la pobreza, discriminación y marginación limita el acceso a oportunidades laborales, redes sociales y sistemas de apoyo adecuados, dificultando así la participación sostenida en roles ocupacionales significativos (Blank et al., 2015). Paralelamente, los roles familiares también sufren un impacto significativo: la imposibilidad de cumplir con expectativas y responsabilidades familiares suele generar sentimientos negativos que afectan su bienestar emocional.
Desde una perspectiva estructural, la interrupción de los roles laborales y familiares no puede entenderse únicamente como resultado de decisiones personales, sino como consecuencia de trayectorias marcadas por la exclusión sistémica, la precarización del trabajo y la desintegración de redes de apoyo (Hogar de Cristo, 2021). En este contexto, estudios como los de Fenoy-Garriga et al. (2021) y Flores et al. (2015) destacan que esta imposibilidad se vincula con políticas públicas insuficientes, estigmatización institucional y la falta de dispositivos de inclusión sostenida.
De esta manera, si bien los roles ocupacionales cumplen un papel protagónico en la construcción de autoconcepto y la organización de la vida cotidiana, dada la exclusión social que experimentan quienes viven en la calle, sus roles significativos suelen interrumpirse, debilitarse o perderse, afectando su identidad y participación social (Peñafiel Pedrosa, 2009). Esta imposibilidad de cumplir con expectativas socialmente establecidas impacta negativamente en la identidad y participación ocupacional, generando sentimientos de pérdida, desarraigo y baja autoestima (Fenoy-Garriga et al., 2021). En otras palabras, la vivencia en situación de calle refuerza estas barreras y limita el compromiso en actividades significativas (Marshall et al., 2024).
Estas injusticias se manifiestan en la negación de oportunidades para mantener vínculos familiares, acceder a empleos dignos o participar en espacios comunitarios que reconozcan el valor de las personas más allá de su exclusión (American Occupational Therapy Association, 2020; Durocher et al., 2014). Como plantean Leyton Navarro & Muñoz Arce (2016) la exclusión social en América Latina no solo implica carencias materiales, sino también déficits de ciudadanía, fragilidad institucional y ausencia de reconocimiento, lo que limita la agencia y la pertenencia de los sujetos en sus comunidades. Esta perspectiva se articula con enfoques estructurales que vinculan la exclusión social con procesos como la precarización del trabajo, la individualización de las trayectorias y la pérdida de vínculos sociales. Las personas en esta situación buscan resignificar sus trayectorias en ocupaciones, conservar vínculos afectivos, contribuir con otros o evitar reproducir historias de infancia, como formas de ejercicio reflexivo y reconfiguración identitaria (Álvarez et al., 2021; Gómez Lillo, 2003). Sin embargo, estas acciones se desempeñan en contextos de exclusión que dificultan su continuidad y el ejercicio efectivo de sus roles dentro de la sociedad. Aunque estas formas de agencia emergen en condiciones de alta vulnerabilidad, su sostenibilidad depende en gran medida de la existencia de políticas públicas inclusivas, redes de apoyo y entornos que reconozcan y valoren la participación ocupacional como un derecho, enmarcado en la construcción de justicia ocupacional desde una mirada crítica y situada (Parra-Esquivel, 2015).
En esta línea, Pino Morán & Ulloa (2016) proponen una desobediencia epistémica que cuestione los marcos teóricos dominantes y reconozca las formas de vida y participación que emergen desde contextos de exclusión. Esta mirada crítica permite valorar la agencia de las personas en situación de calle reconociendo sus saberes, experiencias y resistencias cotidianas, al tiempo que “[…] pone en tensión sus fundamentos hegemónicos, que quiere develar las relaciones de poder en las cuales se ha producido su conocimiento y práctica” (Pino Morán & Ulloa, 2016, p. 423).
Injusticia ocupacional como marco para comprender la exclusión desde los roles
La imposibilidad de ejercer roles significativos es una limitación que no se explica únicamente por factores individuales, sino que emerge de estructuras sociales, políticas y culturales que limitan una participación activa o ésta es insuficiente (American Occupational Therapy Association, 2020).
La injusticia ocupacional está atravesada por condiciones estructurales que limitan el acceso a recursos, derechos y oportunidades esenciales para el desarrollo humano, como pobreza, desigualdad, precariedad laboral y ausencia de redes de apoyo institucional, llegando a ser una marginación ocupacional (Nilsson & Townsend, 2010). Las respuestas asistenciales, aunque necesarias, resultan insuficientes para reparar las condiciones que limitan el acceso a ocupaciones significativas y la reconstrucción de roles vitales.
Rosas Tapia (2021) ha documentado cómo el sinhogarismo se entrelaza con dinámicas de desigualdad urbana, racismo estructural y políticas públicas insuficientes. En esta línea, esta invisibilización no solo dificulta la formulación de políticas públicas efectivas, sino que también perpetúa narrativas estigmatizantes que despojan a estas personas de su agencia y ciudadanía. En este contexto, el sinhogarismo se configura como una expresión de injusticia social profundamente arraigada en las dinámicas urbanas, económicas y culturales (Navarro Carrascal & Gaviria Londoño, 2010).
Por ende, desde una perspectiva crítica y situada, la Terapia Ocupacional se posiciona como una disciplina capaz de visibilizar estas condiciones sociales y proponer intervenciones éticas, situadas al contexto y comprometidas con la justicia ocupacional. Tal como señalan Pino Morán & Ulloa (2016), una Terapia Ocupacional situada en el sur global debe asumir una postura crítica frente a los marcos hegemónicos, promoviendo prácticas que reconozcan las condiciones históricas y estructurales que configuran la exclusión. En este sentido, el quehacer profesional no puede restringirse a la restitución funcional ni a intervenciones centradas exclusivamente en el individuo. Como señalan Fenoy-Garriga et al. (2021), el compromiso ético de la disciplina implica abogar por la participación en ocupaciones humanas y humanizantes, reconocer el acceso a ocupaciones significativas como un derecho humano fundamental, y que promueva una sociedad más justa y equitativa.
Objetivo
El presente trabajo tiene como propósito observar los roles familiares y laborales que ejercen o aspiran a ejercer los informantes. Además, se busca relacionar las vivencias de la infancia con elementos de injusticia ocupacional interpretados por el equipo investigador a partir de categorías emergentes en el análisis de datos. Esta perspectiva permite relevar dimensiones humanas y estrategias de las personas en situación de calle, que contribuyan a una comprensión más profunda de esta realidad orientadas a la justicia social y ocupacional en respuesta a las formas de exclusión que afectan a esta población (Bufarini, 2020; Whiteford et al., 2021).
Método
Este estudio se lleva a cabo mediante un enfoque cualitativo con diseño fenomenológico, con el propósito de comprender las vivencias de personas sin hogar en el Gran Concepción. El enfoque cualitativo permite investigar significados subjetivos desde una perspectiva integral, reconociendo la diversidad de realidades sociales (De La Cuesta-Benjumea, 2011; Mejía Navarrete, 2004). El diseño fenomenológico se centra en describir y entender las experiencias vividas por los participantes en relación al fenómeno compartido de vivir en la calle (Hernández Sampieri & Fernández-Collado, 2014).
La muestra fue seleccionada de manera intencionada y por conveniencia, utilizando la técnica de muestreo en cadena o bola de nieve (Flick, 2018). Se eligieron participantes que cumplían con los siguientes criterios de inclusión: tener entre 18 y 65 años, estar en situación de calle por más de un año, y haber tenido relaciones familiares o laborales anteriores. Se excluyeron aquellos que no tuvieran capacidad narrativa suficiente o que estuvieran bajo la influencia de sustancias durante la entrevista. Finalmente, la muestra estuvo compuesta por siete hombres en situación de calle.
La recolección de información se realizó a través de entrevistas semiestructuradas. El guión de entrevista fue previamente validado por tres expertos en el área metodológica y disciplinar, asegurando su adecuación y claridad. Cada entrevista se desarrolló en espacios públicos del Gran Concepción, procurando garantizar la comodidad, privacidad y bienestar de los entrevistados; los lugares escogidos frecuentemente fueron plazas con baja concurrencia de personas en el momento de la entrevista.
Se llevó a cabo una única entrevista con cada participante, decisión basada en la dificultad de mantener un contacto continuo con personas en situación de calle y en el respeto a su autonomía y disponibilidad. El equipo de investigación no tenía relación previa con los participantes, y el acceso se realizó sin apoyo institucional, mediante contacto directo en espacios públicos. El estudio fue parte de un proyecto académico autofinanciado, sin vinculación con entidades gubernamentales o privadas.
Desde una perspectiva reflexiva, el equipo investigador reconoce su posición externa al fenómeno estudiado, lo que exigió una revisión constante de los supuestos personales y disciplinares durante el trabajo de campo. Se mantuvo una actitud empática y respetuosa, evitando prácticas asistencialistas o intervencionistas, y se fomentó una escucha activa que permitiera que los relatos surgieran sin influencias externas. Estas reflexiones fueron documentadas en diarios de campo individuales, que también aportaron al análisis posterior.
Todos los participantes firmaron un consentimiento informado en el que se especificaron los objetivos del estudio, el carácter voluntario de su participación y las medidas de confidencialidad. La investigación no presentó riesgos físicos ni psicológicos para los participantes. Las entrevistas fueron grabadas en audio y luego transcritas de manera literal.
Desde el punto de vista ético, se respetaron los principios de autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia (Piscoya-Arbañil, 2019). Esta investigación fue aprobada por el comité de ética de la zona sur de la Universidad Santo Tomás, Sede Concepción,hile.
Para el análisis se empleó el software ATLAS.Ti versión 25, aplicando el método de análisis de contenido con un enfoque de comparación constante (Verd & Lozares, 2016). El análisis fue realizado por dos investigadores de forma independiente, quienes codificaron los textos, identificaron unidades de significado, y elaboraron categorías y subcategorías. Posteriormente, se llevó a cabo una triangulación interna para consensuar las categorías emergentes y establecer conexiones entre los relatos y los conceptos teóricos del estudio.
Resultados
Para el análisis se identificaron una serie de temas que reflejan las experiencias y significados atribuidos por las personas en situación de calle en tres áreas claves; a) los roles que han ejercido o aspiran a ejercer, particularmente en los ámbitos familiar y laboral, b) las experiencias de la infancia y c) aquellas vivencias que reflejan injusticia ocupacional, interpretadas por el equipo investigador a partir de categorías emergentes en el análisis de datos.
Estos hallazgos se organizan en función de esas categorías analíticas, lo que permite una comprensión más profunda de los relatos obtenidos. Los nombres que describen cada comunicación personal fueron modificados para resguardar la confidencialidad de los informantes.
Infancias marcadas por la violencia, abandono e institucionalización
En la Figura 1 se presentan aspectos que comparten varios de los informantes. Los relatos de Carlos, Cristian y Roberto revelan infancias atravesadas por la ausencia de figuras parentales estables y experiencias de abandono. En algunos casos, se describen contextos de violencia, delincuencia, así como vivencias de cárcel (privación de libertad) a temprana edad. En otros, como el caso de Cristian, quien fue cuidado por su abuela hasta los cinco años, posteriormente permaneció en múltiples instituciones para la protección de niños, niñas y adolescentes en diversas ciudades. Lo que sugiere una infancia institucionalizada y fragmentada.
Otra situación es la de Roberto, que conoce a su padre y madre biológicos tardíamente, después de haber estado en un hogar (centro de acogida para menores de edad).
Estas trayectorias muestran una falta de vínculos afectivos estables y el desarraigo familiar, que son factores comunes que pueden contribuir a su situación actual en la calle.
Me la viví como niño chico, me pegaron, que no hicieron, me crié en la maldá, me crié en los robos [robando/ delitos de robo o hurto] (Carlos, 42 años, comunicación personal, 5 de junio de 2024).
Mi abuelita me crió hasta los 5 años, a los 7 años murió […] me había mandado para un hogar. Y después tuve 2 hogares en Santiago uno en Puerto Montt y 2 en Conce (Cristian, 44 años, comunicación personal, 31 de mayo de 2024).
Mi papá llegó a buscarme al hogar después de haber salido de la cárcel […] Mi mamá la conocí porque mi hermana mayor […] me conoció a mí, sino no la hubiese conocido (Roberto, 30 años, comunicación personal, 31 de mayo de 2024).
Por otra parte, Pedro representa un caso distinto: su infancia estuvo marcada por un entorno económico más favorable y con acceso a diversos bienes culturales. Fue educado con expectativas altas respecto de su proyecto vital, ya que su madre aspiraba a que fuese Médico. Sin embargo, su relato muestra una ruptura con ese proyecto vital, causada por el consumo de drogas y una búsqueda de identidad fuera de esos valores familiares. A diferencia de los otros perfiles, Pedro no fue víctima directa de abandono o institucionalización, pero sí de una desconexión emocional con su entorno familiar, con violencia física que lo llevó a buscar en amistades y el consumo de estupefacientes una validación personal y social, pero que al final lo condujo a la calle.
Yo siempre he sido medio jaranero entonces no supe valorizar en el momento uno ni siquiera sabe valorizar a la mamá, cuando la mamá te da la oportunidad, pensé que mi vieja era mala conmigo sí, a mí me pegaban, pero Brígido porque no tenía papá y a mí me hacía la pregunta yo y se lo preguntaba, ¿tú me quieres a mí o no? Porqué a mi vieja no le gustaba que yo saliera a la calle, era como el hijo regalón, mimado, el que lo tenía todo, cuna de oro, así nací yo, que usaba humita me vestían más cuico [elegante], pero yo no era para ese mundo. Mira mi familia denigraba a los pobres […] mi vieja fue jefa […] ella quería tener un hijo doctor y yo a mí me gustó la droga (Pedro, 67 años, comunicación personal, 5 de junio de 2024).
La calle como memoria viva
Para los informantes, la calle no es solo un lugar físico, sino una consecuencia de sus trayectorias vitales. Carlos y Pedro reconocen haber sido “maldadosos” en su juventud, pero también muestran procesos de transformación personal al realizar aprendizajes que les otorga la calle. Cristian y Roberto, en cambio, no relatan conductas delictivas en su infancia, pero sí una vida marcada por la precariedad y la falta de oportunidades en el ámbito educativo y laboral. Sumado a ello está la falta de vínculos familiares significativos.
La calle aparece como un espacio hostil, pero también como el único lugar donde han podido construir cierta autonomía o identidad, aunque sea en condiciones adversas.
Los discursos están cargados de reflexiones sobre el pasado, muchas veces con dolor, pero también con cierta resignificación (ver Figura 2). Carlos habla de haber “entendido” después de estar preso (privado de libertad); Pedro reconoce que no supo valorar a su madre hasta que fue tarde; Cristian muestra orgullo por su desempeño escolar, aunque no pudo continuar en sus estudios y Roberto expresa una desconexión emocional con su familia, pero también una aceptación de su destino.
Estas narrativas muestran cómo, a pesar de las adversidades, cada uno ha construido una interpretación de su historia que les permite seguir adelante.
[…] ahora estoy viviendo mi vida normal, voy a llevar ocho años en la calle y viviendo como corresponde, sin robar (Carlos, 42 años, comunicación personal, 5 de junio de 2024).
[…] la calle no es para dormir es solamente para descansar […] hay que saber vivir en la calle (Pedro, 67 años, comunicación personal, 5 de junio de 2024).
[…] yo quería estudiar paramédico, pero mi situación económica como fue muy mala, no pude lograrla. Y quedé aquí en la calle (Cristian, 44 años, comunicación personal, 31 de mayo de 2024).
[…] obviamente que si estaba cerca de mi familia y el único trabajo que había en el lugar era la pesca, obviamente iba aprender eso (Roberto, 30 años, comunicación personal, 31 de mayo de 2024).
[…] entendí, pero tuve que vivirla pa eso (Carlos, 42 años, comunicación personal, 5 de junio de 2024).
[…]uno ni siquiera sabe valorizar a la mamá […] uno lo entiende después (Pedro, 67 años, comunicación personal, 5 de junio de 2024).
[…] sí llegué hasta quinto año y saqué primer lugar, con diploma, en matemáticas (Cristian, 44 años, comunicación personal, 31 de mayo de 2024).
Solo conozco 4, sé que mi otra hermana se llama Camila, pero no se quién es […] no se nada de ella (Roberto, 30 años, comunicación personal, 31 de mayo de 2024).
Vínculos familiares significativos, pero frágiles y fragmentados
Los relatos muestran que, aunque las personas en situación de calle reconocen y valoran los roles familiares (como hijos, padres, hermanos o nietos), estos vínculos han sido frágiles, interrumpidos o marcados por el abandono. La familia aparece como una figura simbólica importante, pero algunas veces distante o mirada desde la pérdida. Varios de los participantes relatan haber perdido contacto con sus seres queridos, lo que representa una de las pérdidas más dolorosas asociadas a la vida en calle. A pesar de ello, el deseo de reconectar o de haber tenido una experiencia familiar distinta sigue presente (Figura 2).
Perdí mi familia, perdí a mis hijos, perdí a la mujer que a lo mejor amé toda mi vida, perdí todo por la calle (Carlos, 42 años, comunicación personal, 5 de junio de 2024).
Mi mamá la conocí por mi hermana mayor… Tengo familia en Boca Sur, un tío, pero realmente la comunicación y el vínculo con ellos es malo (Roberto, 30 años, comunicación personal, 31 de mayo de 2024).
Yo vivía en Boca Sur con mis abuelos, ellos fallecieron y yo me fui (Ismael, 38 años, comunicación personal, 5 de junio de 2024).
El rol parental como aspiración, deuda y temor
Varios de los participantes han sido padres, y este rol aparece como una fuente de motivación, pero también de culpa y temor. Algunos expresan el deseo de reencontrarse con sus hijos o de formar una familia, pero temen repetir los patrones de abandono o sufrimiento que vivieron. El rol parental se convierte así en una aspiración que otorga sentido, pero también en un espejo que refleja sus propias carencias afectivas y traumas que, parecieran estar aún presentes y marcados por el dolor en cada uno de los relatos.
Mi máximo interés y motivación es poder ver a mis hijos. Poder conversar, expresar sentimientos (José, 59 años, comunicación personal, 5 de junio de 2024).
Me gustaría salir de la situación calle, para ver todo lo que necesito tener para mantener y tener un hijo. No me gustaría repetir lo que yo pasé (Roberto, 30 años, comunicación personal, 31 de mayo de 2024).
Me gustaría tener una pareja y formar una buena familia… me gustaría, pero no quiero, porque no quiero seguir sufriendo como he sufrido (Cristian, 44 años, comunicación personal, 31 de mayo de 2024).
Trayectorias laborales diversas, pero interrumpidas por la exclusión
En el ámbito laboral, los relatos muestran que las personas en situación de calle han tenido experiencias laborales variadas, tanto en empleos formales como informales. Estos empleos fueron fuente de estabilidad económica, autoestima y una mejor calidad de vida y sentido de utilidad. A pesar de haber tenido trayectorias laborales diversas, la situación de calle, junto con antecedentes penales, consumo de sustancias y conflictos personales, ha interrumpido su continuidad laboral. Hoy, sus condiciones de vida interfieren directamente con su participación en estos roles. La falta de oportunidades reales, sumada a la discriminación social y las condiciones materiales adversas, ha reducido sus posibilidades de reinserción laboral.
La frustración por no poder ejercer estos roles actualmente es evidente en los relatos de los informantes y varios expresan deseos de retomar oficios que les apasionan.
Trabajé en loza Penco [Empresa Comunal]… después se abrió una termo cerámica […] y ahí trabajé 3 años y medio o más (Pedro, 67 años, comunicación personal, 5 de junio de 2024).
Trabajé en auditoría, empresas de aseo, cargador de camiones a pulso […] Fui buzo igual (Roberto, 30 años, comunicación personal, 31 de mayo de 2024).
Mi primer trabajo fue en la escuela de artesanos navales, era cocinero (José, 59 años, comunicación personal, 5 de junio de 2024).
Trabajaba de maestro cocinero en un restaurant en Rancagua (Carlos, 42 años, comunicación personal, 5 de junio de 2024).
Las historias de cada uno de los informantes muestran que las experiencias familiares y laborales de las personas en situación de calle están restringidas por contextos adversos: institucionalización en la infancia, violencia intrafamiliar, pobreza, consumo de drogas y privación de libertad. Estos factores han limitado su acceso a redes de apoyo, oportunidades educativas y laborales, y han afectado su capacidad de sostener vínculos afectivos. A pesar de ello, muestran conciencia de estos patrones y expresan deseos de cambio, aunque con temor e incertidumbre.
Estuve casi 16 años preso, yo me comí mi juventud preso [cárcel] … eso me hizo entender muchas cosas (Carlos, 42 años, comunicación personal, 5 de junio de 2024).
Llegué a situación calle desde los 9 o 10 años, no tenía papás, vivía en residencias (Roberto, 30 años, comunicación personal, 31 de mayo de 2024).
Desde chico yo andaba haciendo otras cosas, entonces me pasé casi toda mi infancia y adolescencia privado de libertad, casi 27 años (Ismael, 38 años, comunicación personal, 5 de junio de 2024).
Las Figuras 1 y 2 sintetizan las experiencias de los informantes que están marcadas por el abandono, institucionalización y violencia en la infancia, situaciones que hacen interpretar que es la antesala de su actual vida en calle. Así, las figuras muestran aquellas categorías que resultan clave en las historias vitales de los entrevistados y se debe matizar que la calle no es un destino elegido, sino la consecuencia de múltiples exclusiones acumuladas desde la niñez.
Injusticia ocupacional
En la Figura 3 se visualizan los aspectos mencionados en los relatos de los informantes, que refieren a los entornos sociales y estructurales que provocan ciertas restricciones en sus posibilidades de participación ocupacional efectiva. Estas limitaciones impactan en su vida diaria, son barreras que restringen el acceso a empleos, la posibilidad de ejercer roles sociales activos, e incluso la posibilidad de tener un lugar adecuado donde pernoctar.
De estos testimonios, emerge un sentimiento común: una sensación de inutilidad, que afecta negativamente su sentido de pertenencia en la comunidad y, en consecuencia, debilita su compromiso con las ocupaciones significativas (trabajo, educación, actividades de la vida diaria, entre otras).
Uno entra al patio de comida del mall a pedir dinero o a comprar y la gente mira mal, los guardias me corretean (Roberto, 30 años, comunicación personal, 31 de mayo de 2024).
La dificultad más grande aquí es no tener un hogar... si me dan una pega ahora ¿dónde me voy a lavar? ¿Dónde me voy a bañar?... voy a trabajar y me vengo con la misma ropa sucia... (Carlos, 42 años, comunicación personal, 5 de junio de 2024).
Busqué 8 veces en aseo ornato... mandé currículums y jamás me llamaron... mejor no busco más trabajo porque voy a andar humillándome... (Cristian, 44 años, comunicación personal, 31 de mayo de 2024).
La ausencia de un lugar donde vivir no solo implica la falta de condiciones mínimas de abrigo, sino también imposibilita realizar actividades básicas, como la higiene personal que son necesarias para acceder a un empleo. Esta carencia obstaculiza directamente su rol laboral y participación ocupacional, provocando un círculo vicioso de exclusión.
Además, los informantes coinciden en que existen barreras sociales que limitan su participación en los roles que anhelan desempeñar. Según Kielhofner (2004), el entorno puede ser tanto facilitador como limitante de la conducta ocupacional, y en estos casos, actúa claramente como un factor restrictivo. A pesar de ello, muchos mantienen una fuerte motivación interna por superarse, encontrar empleo y así mejorar otras áreas de su vida: como, relaciones familiares, acceso a vivienda y una mejor gestión del tiempo libre. No obstante, el peso de las barreras estructurales frena el avance hacia estos objetivos.
Como persona me han pasado a llevar muchas veces… nos miran como si no existiéramos… nos discriminan (Carlos, 42 años, comunicación personal, 5 de junio de 2024).
Voy a la ferretería con las frazadas encima y me miran como que ando puro webeando… me sacan para afuera. Eso es discriminación (Jose, 55 años, comunicación personal, 31 de mayo de 2024).
De repente he querido hacer una pega y trabajar, pero ha costado (José, 9 años, comunicación personal, 5 de junio de 2024).
Cuidaba autos… llegaron otros… me dejaron de lado… los guardias ahora cuidan autos y me echan... siempre va a ser lo mismo (Roberto, 30 años, comunicación personal, 31 de mayo de 2024).
Discusión
Comprender la experiencia de vivir en situación de calle implica reconocerla como un fenómeno social complejo, atravesado por múltiples dimensiones estructurales, históricas y subjetivas. Uno de los hallazgos más consistentes en este estudio es la presencia de infancias marcadas por el abandono, la violencia y la institucionalización. Tal como señalan Goffman (2006) y Arredondo Vergara (2024), estas experiencias tempranas generan estigmas sociales que acompañan a las personas a lo largo de su vida, limitan sus oportunidades de desarrollo de su máximo potencial y participación.
Desde una perspectiva situada en el sur global, investigadores como Piña & Arellano (2024) sugieren ver la calle no solo como un espacio de exclusión, sino también como un lugar de vida, acción y resistencia, desafiando los modelos importados que no reconocen las especificidades latinoamericanas. Esta visión permite ampliar la comprensión del fenómeno de la calle más allá de la falta de material, reconoce las maneras en que las personas la ocupan y dan sentido a su experiencia en contextos de desigualdad estructural. A partir de enfoques latinoamericanos, las ocupaciones colectivas y prácticas comunitarias se entienden como formas de resistencia ante la exclusión social. Las personas sin hogar no solo ocupan espacios, sino que también crean lazos y significados que desafían las lógicas asistencialistas, convirtiendo la calle en un lugar de vida, participación y lucha por derechos (García-Ruiz, 2016 como se cita en Simó Algado et al., 2016).
La falta de vínculos afectivos estables y la exposición a contextos violentos favorecen el uso de estrategias desadaptativas, como el consumo de sustancias o la participación en actividades delictivas, que en algunos casos derivan en privación de libertad. Estas vivencias no solo configuran el pasado de las personas en situación de calle, sino que moldean su presente, afectan su percepción de sí y su capacidad para establecer relaciones sociales significativas (Durocher et al., 2014). A pesar de las condiciones adversas, los participantes construyen interpretaciones de su historia que les permiten seguir adelante, mostrando procesos de transformación personal y una búsqueda de sentido (Segura-Carrillo et al., 2023). Esta resignificación se vincula con la noción de ocupación significativa propuesta por Kielhofner (2004), quien plantea que las personas se involucran en actividades que les otorgan sentido y propósito. En este contexto, la calle se convierte en un escenario donde, a pesar de las limitaciones, las personas en situación de calle intentan ejercer cierto control sobre su vida, aunque sea en condiciones de precariedad.
Los vínculos familiares aparecen como una dimensión ambivalente: por un lado, son fuente de dolor y ruptura; por otro, representan una aspiración cargada de nostalgia y una motivación para el cambio. La pérdida del rol de padre, hijo o pareja es vivida como una de las consecuencias más dolorosas de la vida en la calle.
Sin embargo, los informantes expresan el deseo de reconstruir estos vínculos, lo que se convierte en una fuente de sentido y aspiración. No obstante, estas motivaciones se desarrollan en contextos de alta vulnerabilidad, donde las posibilidades reales de transformación están mediadas por el acceso a recursos, redes de apoyo y políticas públicas inclusivas.
Los roles internalizados permiten a las personas identificarse con ciertas funciones sociales (Fenoy-Garriga et al., 2021). En este caso, aunque los informantes no ejercen activamente sus roles familiares, estos se mantienen como parte de su identidad ocupacional y como una meta a alcanzar. La American Occupational Therapy Association (2020) refuerza esta idea al señalar que el compromiso en ocupaciones significativas proporciona un sentido de competencia y plenitud, elementos que las personas en situación de calle buscan recuperar a través de la reconstrucción de sus vínculos familiares.
En el ámbito laboral, los relatos evidencian trayectorias diversas, interrumpidas por la exclusión social, el consumo de sustancias, la privación de libertad y la discriminación. A pesar de haber tenido experiencias laborales significativas, las condiciones actuales de vida dificultan el acceso, desempeño y mantenimiento de un empleo. La falta de un lugar donde vivir, la imposibilidad de mantener una higiene adecuada y los prejuicios sociales actúan como barreras estructurales que perpetúan la exclusión.
Flores et al. (2015) destacan que el trabajo no solo proporciona estabilidad económica, sino que también fortalece la autoestima y permite sostener vínculos familiares. En este sentido, el rol laboral se convierte en un eje central para la reconstrucción de la identidad ocupacional de las personas en situación de calle. Sin embargo, como muestran los discursos, la discriminación y el estigma social dificultan su reinserción laboral y social, genera frustración y, en algunos casos, una actitud de renuncia.
Los relatos de los participantes evidencian múltiples formas de injusticia ocupacional, tal como las define Durocher et al. (2014) privación, alienación y marginación. La privación ocupacional se manifiesta en la imposibilidad de acceder a actividades significativas debido a factores externos, como la falta de vivienda o antecedentes penales. La alienación se expresa en la desconexión con roles significativos, como el familiar o laboral, lo que afecta la identidad y el bienestar. La marginación, por su parte, se traduce en la exclusión sistemática de espacios sociales y laborales, basada en estigmas y prejuicios.
Kronenberg & Pollard (2007) señalan que estas formas de injusticia tienen un impacto directo en la salud y el bienestar de las personas, al limitar su participación en ocupaciones significativas. En el caso de las personas en situación de calle, estas barreras estructurales no solo restringen su acceso a recursos básicos, sino que también afectan su sentido de pertenencia y su motivación para el cambio (Hammell, 2019; Hocking, 2017).
La discriminación basada en el estigma es uno de los factores más mencionados por los participantes. Ser observado, rechazado o expulsado de espacios públicos genera una sensación de invisibilidad y desvalorización que afecta profundamente la autoestima y la motivación. Bufarini (2020) y Di Iorio et al. (2021) destacan que esta exposición constante a la mirada social negativa influye en la autoimagen de las personas en situación de calle, lo que dificulta el desarrollo de herramientas personales para la reinserción.
Esta situación puede derivar en una actitud de resignación, donde las personas dejan de buscar empleo o de intentar reconstruir sus vínculos, no por falta de motivación, sino por la acumulación de experiencias de rechazo. Sin embargo, como señala Kielhofner (2004) aunque las barreras externas limiten la acción, la motivación intrínseca sigue presente.
Un hallazgo interesante es la tensión entre la percepción de libertad que expresan algunas personas en situación de calle y las limitaciones reales que enfrentan en su vida ocupacional. Aunque se consideran libres por haber escapado de contextos opresivos, su capacidad de elección sigue restringida por factores estructurales. Esta paradoja se relaciona con la definición de marginación ocupacional de Nilsson & Townsend (2010) quienes la entienden como circunstancias invisibles que limitan el poder de decisión de los individuos.
Finalmente, Fenoy-Garriga et al. (2021), Pino Morán & Ulloa (2016) subrayan la necesidad de que la Terapia Ocupacional adopte un enfoque de derechos en el trabajo con personas en situación de calle. La falta de conocimiento sobre sus derechos y deberes, sumada a los estigmas sociales, contribuye a su exclusión y marginalización.
Conclusión
Los resultados de esta investigación muestran que las personas en situación de calle poseen motivaciones, habilidades y deseos de cambio, pero enfrentan barreras estructurales que dificultan su inclusión. Reconocer estas barreras y trabajar para eliminarlas es una tarea ética y política que involucra a toda la sociedad. Desde esta perspectiva, es fundamental que las intervenciones no solo se centren en el individuo, sino también en la transformación de los contextos que limitan su participación.
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Cómo citar:
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Disponibilidad de los datos
Los datos que respaldan los resultados de este estudio están disponibles a través del autor de correspondencia, previa solicitud razonable.
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Editora de sección
Profa. Dra. Daniela Edelvis Testa
Los datos que respaldan los resultados de este estudio están disponibles a través del autor de correspondencia, previa solicitud razonable.






